11. Chandler Bing y yo

Los seguidores de la serie estadounidense Friends (1994-2004) se acordarán del desconcierto que se adueñaba de Chandler Bing cada vez que comprobaba que ninguno de sus amigos —esa familia que sí podemos elegir— sabía exactamente cuál era su ocupación profesional. Sobre todo, que yo recuerde, esta anécdota recurrente se dio todo el tiempo que Chandler se dedicó al análisis estadístico y a la reconfiguración de datos como ejecutivo en una empresa, aunque mi memoria no alcanza para asegurar que ese desconocimiento de su actividad profesional no continuase en su oficio posterior como redactor publicitario[1].

Y la verdad es que no puedo sentirme más identificado con Chandler, que, por otro lado, siempre fue mi personaje favorito, tanto por mi formación como por mi profesión actual. No sé cuántas veces he tenido que repetir durante mi época de estudiante universitario, casi silabeando el título de la licenciatura, qué diablos era lo que estudiaba: fi-lo-lo-gí-a his-pá-ni-ca; ni cuántas veces he tenido que responder a “ah [lapso de tiempo durante el cual quien pregunta revisa su archivo de datos; variable según el emisor], ¿y eso qué es?”, o a “¿y eso para qué sirve?”, su variante más punzante.

Inocente que es uno, reconozco que al principio tiraba del DRAE y definía, tratando de que pareciese interesante —¡si hasta cambiaba el timbre de voz y arqueaba las cejas en plan “flipas, ¿eh?”!— lo que a la postre sólo nos lo resulta a unos pocos —cada vez a menos, diría yo—, filología como ‘aquella noble ciencia que estudia una cultura tal como se manifiesta en su lengua y en su literatura, principalmente a través de los textos escritos’. Ni que decir tiene que la turbación que tal aclaración provocaba en mis interlocutores enseguida me obligaba a añadir: “vamos, un filólogo es el que ama o siente interés por una lengua concreta y su más alta expresión, la literatura, en un contexto cultural determinado, y se especializa en ello”. Pero este nuevo hilo nunca fue suficiente para lograr salir del laberinto, es más, solía provocar nuevas reacciones que he conseguido clasificar en cuatro grandes grupos:

  1. Las de los turbados perpetuos, ante los cuales no me quedaba más remedio que zanjar o darle un giro de 180⁰ a la conversación con la socorrida exclamación ¡Mira, un burro volando!, u otras expresiones análogas.
  2. Las de los que me miraban con cara de estar viendo un perro verde, o un pollo con dos cabezas, o a un ser humano inteligente, que, a su vez, pueden subdividirse en dos grupos: los que añadían ¡Oh, suena a difícil! (adoro a estos tipos humanos); y los que me miraban con cara de aburrimiento y acompañaban su gesto con alguna expresión del tipo ¡Menudo tostón!. En ambos casos, como sin duda se entenderá, la conversación no seguía mucho más allá.
  3. Las de los que sonreían y me miraban con indulgencia, como si ante un pobre desvalido condenado al infierno se hallasen[2], es decir, que si hubiesen sido Sheldon Cooper, me habrían ofrecido una bebida caliente y me habrían frotado la espalda acompañando el gesto con un ea, ea. Mi odio eterno para todos ellos.
  4. Las de los que después de pensarlo un momento llegaban a la conclusión de que estudiaba para poder dar clases de castellano[3].

Con Teoría de la literatura y Literatura comparada, la antigua licenciatura de segundo ciclo universitario, ya tuve menos problemas. Seguramente me di por vencido, más por buscar esa felicidad que sólo se encuentra en la ausencia de dolor que por creer en aquello de que no hay que echarles perlas a los cerdos. En cualquier caso, decidí confesar —mentir— ante todo aquel que se interesaba —soy un hiperbólico sin remedio, hay poca gente que se interese por la vida de los demás, eso los distrae de su pasatiempo favorito, su propia vida— que aún estaba acabando la carrera. Sin embargo, pese a todos mis esfuerzos, soy débil, y ante algunos curiosos que sentía más cercanos no pude reprimir la verdad de los hechos y desvelé a qué dedicaba mi tiempo libre. Pero entonces no faltó quien pensase que eso de la teoría literaria era algo así como un taller de escritura creativa donde nos enseñaban a escribir novelas, cuentos y poemas, ni quien pensara que el método comparativo aplicado a la literatura consistía en dirimir qué novela era la mejor de todas las escritas en el mundo a lo largo de la historia después de haberlas comparado entre sí. En fin…

Una vez ya licenciado, y durante los años en que me dediqué a la docencia, creí que por fin había apartado de mí ese cáliz para siempre, aunque es cierto que entonces tuve que hacer frente a aquellos que se sorprendían, y mucho, de que Alfredo hubiese acabado trabajando de profesor. Al parecer, debo de tener cara y pose de mecánico, mamporrero, obrero, panadero, peluquero[4] o vete a saber qué, pero no de profesor. Y eso que ya damos por sabido aquello de que el hábito no hace al monje. Pero al fin y al cabo ésa ya es otra historia, y no quiero desviarme del tema.

En la actualidad, y desde hace casi cinco años, me dedico a la edición de libros de texto[5], y tengo que reconocer que mi profesión es igual de desconocida, si no más, que mis estudios previos. Para los pocos que tienen una vaga idea de qué es un editor, me paso el día sentado en una silla leyendo o corrigiendo textos —luchando contra la seductora tentación de Morfeo, ¿no?—, tal vez añadiendo alguna palabra o párrafo de mi propia cosecha, y aunque es cierto que en el mundo editorial existen las figuras del lector, el corrector y el redactor, no es el mismo trabajo que lleva a cabo un editor. Que sí, que es evidente que leo y corrijo, y también añado cosas de mi puño y letra, pero limitar el trabajo del editor a eso es quedarse muy corto.

Como dice una compañera, de quien admiro la pasión con la que habla de su trabajo como se admira una belleza que nunca se tendrá o unas abdominales que nunca se trabajarán, nadie sabe qué hace un editor porque estamos condenados a trabajar y a vivir entre las sombras que —necesariamente, añado yo— rodean el proceso de elaboración de un libro. Es verdad que como consecuencia de ese anonimato, como ella misma apunta con acierto, ningún niño soñará con ser editor cuando sea mayor, cosa que yo tampoco le recomendaría nunca, vaya eso por delante, que quien crea que estoy haciendo apología de mi profesión anda muy equivocado[6]. No soy persona que crea en la romántica idea de la vocación, o sí, pero siempre que ésta se una a las de sacrificio y renuncia, los que llevan a cabo una monja o un artista, por ejemplo, diferentes caminos que transitan por sendas al margen de este mundo, ficticias, inexistentes más allá de aquellas otras mentes y sensibilidades que comparten sus alucinaciones y/o conectan con ellas. Escuchar el sustantivo vocación en boca de otras personas para referirse a otras ocupaciones siempre me ha parecido una chuminada, una manera de excusarse o de justificar ante uno mismo y ante los demás el porqué de la dirección que se ha tomado.

Precisamente hoy, Nathan Sawaya, mister Lego, abundaba en esta idea en La Contra de La Vanguardia[7], donde confesaba que cuando decidió cambiar su vida por completo —de exitoso abogado a hacer esculturas con piezas de Lego—, muchos de sus amigos reaccionaron enfadándose, porque como él mismo explica, tu propio cambio hace que el otro pase revista a su vida, y nadie quiere quedarse atrás en cuanto a eso tan difícil de ser feliz…

Y éste es el quid de la cuestión, mucho me temo, y con esto enlazo con el testimonio anterior de Sawaya. La ignorancia se combate con el conocimiento, y el conocimiento se adquiere preguntando a quien sabe, y lo que no se pregunta, además de porque tal vez no interese, es porque se piensa que no se va a entender o porque no se quiere saber para evitar un hipotético dolor —algo así como ojos que no ven, corazón que no siente—. Porque somos cainitas por naturaleza, y pensar que algo que tiene otro, aunque sea un trabajo, ¡mira tú qué estupidez más grande!, puede ser mejor, no sólo por la supuesta remuneración, sino por la complejidad, los retos y desafíos que suponga o lo atractivo que parezca de cara a la galería, nos hace infelices. Como un día me dijo alguien, tus propios éxitos jamás serán bien recibidos, porque lo único que hacen es poner de relieve los fracasos de los otros.

Y es que hay algo de magnético e interesante en la profesión de editor, suele sonarle bien a la gente[8] aunque no sepan de qué demonios se trata. Tal vez, me aventuro, tiene que ver con el mundo del libro y, por extensión, con el de la cultura, tan denostada pero a la vez tan deseada. Porque es verdad que la cultura no sirve de nada por sí misma, no para un mundo liberal-material como el que vivimos, incluso acepto que se piense que los que trabajamos en esa órbita nos dedicamos a construir castillos en el aire, pero no es menos cierto también que pese a no tener una utilidad práctica evidente, es capaz de generar poderosas envidias, lamentablemente, de hacer diminuto a todo aquél que se considera un gigante porque no la tiene —y es muy posible que sean estos mismos los que más la ataquen.

No voy a explicar en qué consiste mi profesión, creo que a estas alturas es más que evidente, pero invito a preguntarme a quien quiera saberlo. Se lo explicaré con mucho gusto, y sin darme ínfulas innecesarias, pues soy muy consciente de que no se trata más que del trabajo que desarrollo de lunes a viernes para ganarme la vida. Nada más que eso, o todo eso.


[1] Sí recuerdo, en cambio, que cuando Chandler se pone gafas, nadie percibe el cambio, y cuando él se lo hace notar al resto, todos le confiesan que pensaban que las había llevado siempre…
[2] Alguno incluso me llegó a decir que iba directo a la lista del paro. La vida está llena de grandes motivadores y personas que son capaces de sacar lo mejor de los demás, ya lo sabemos.
[3] Mención especial dentro de este grupo, aunque metido aquí con calzador, pues merecería una categoría aparte, es el caso de una conocida que, años más tarde, cuando me dedicaba a la docencia, me preguntó que si lo que yo daba eran clases de filosofía. Oh my god! ¡Era licenciada en periodismo en la misma universidad que yo! Y sé positivamente que fue un filólogo quien le impartió una asignatura que tenía como fin que aquellos estudiantes dominasen la lengua escrita…
[4] Todas ellas soluciones para sobrevivir, mejor que salidas profesionales, tanto o más dignas que la de docente, por ejemplo.
[5] Aunque para muchos sigo dedicándome a la docencia; y es curioso que sean mayoría entre ellos  los que antes se sorprendían de que fuese docente, como si una vez asimilada la profesión, un nuevo cambio les resultara inconcebible. ¿No es maravilloso el ser humano?
[6] Tampoco quiero que se interprete esto como un intento de demolición de la propia profesión. Lo que hago unas veces me gusta más, y otras, menos. Pero no diría jamás que he nacido para esto, porque nadie nace para trabajar, sino que es este mundo el que te obliga a ello.
[8] Mi madre, lo sé bien, habla con orgullo de la profesión de su hijo, aunque no sepa exactamente a qué se dedica. A ella, por los tiempos que le tocó vivir, le fue vedada la cultura, pero la valora, precisamente, porque no la tiene o, mejor dicho, porque no la tiene en el grado que hubiese deseado tenerla.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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