67. El beso que nunca lo fue

Ha recordado su primer beso. Justo en este preciso instante y con la misma viveza con que lo vivió aquella noche ya engullida por la oscuridad de los tiempos. Un beso que no fue un beso, que no fue el primero y que ni siquiera ha sido un recuerdo vívido hasta ahora. Un beso que es un puñal guiado por la mano del pasado y que abre una herida que mancha su carne y su memoria y su recuerdo. ¿Por qué precisamente ahora?, se pregunta con una voz que ya no es voz. ¿Por qué?

Un círculo perfecto trazado con tinta invisible en el desgarrado lienzo que ha sido mi vida: el primer y el último beso. Así lo veo, así vuelvo a vivirlo, y así lo confesaría si hubiera alguien que pudiese escucharme. Pero ya no queda nadie, sólo un leve pitido que me acompaña y me arropa y me guía. Y ni siquiera fue un beso, sino un robo y una traición y una despedida. Un secreto hasta para mí misma. Dolor, pérdida, silencio, olvido.

Y no fue un beso, porque mis labios no osaron asaltar la frontera que eran, que siempre han sido, las comisuras de aquellos otros labios que una noche quise hacer míos. Apenas un leve roce, la intuición de la cálida humedad donde se encuentran los amantes. Una promesa sin futuro. Cobardía travestida de indecisión. Nueva puñalada: un beso, una noche y un para siempre en mi corazón; mas un hasta nunca en mi cabeza.

Y fue un robo, porque me aproveché de la debilidad del amigo en beneficio de mi propio egoísmo, en el amparo del frío y la noche y la calle poco transitada, a salvo de miradas indiscretas. Y fue una traición gorgónea que alcanzó a varios inocentes y a una única culpable: a ese amigo al que le había rogado no traspasar el muro de la amistad y que había cumplido su promesa obviando su dolor; a quien me esperaba en casa, acompañante de por vida, propietario de mis besos pasados y futuros, de los actuales y de los que pensará para mí cuando ya no esté y el pitido se haya extinguido; y al bebé que todavía no era, pero que sería sólo unas semanas más tarde. A mi bebé, que ya no lo es, pero que será siempre mi bebé y que ahora me acompaña y me arropa y me guía, pero no me escucha.

Dios mío, los traicioné a todos y cada uno de ellos, pero me traicioné sobre todo a mí misma. Cavé y cavé y cavé, y lo enterré todo bajo dos metros de hielo y silencio, pero la culpabilidad, ahora lo sé, escapó de la sepultura. Decidí hacer de aquel engaño mi vida, porque así sería más fácil engañarlos a todos. Y ahora no queda nadie que me escuche. Sólo un pitido que se apaga. Nueva puñalada. Y un adiós. Y una vida que se extingue y se lleva con ella culpas, traiciones, silencios y un beso que nunca lo fue.

*Este relato ha sido publicado por la revista literaria Letralia. Tierra de Letras.

66. Sueños

Puedes hacer todo lo que te propongas, cariño, me ha dicho mamá. Y aunque siempre me cuesta entender un poco las cosas que me dicen, esta vez creo que he comprendido el mensaje. Mamá estará orgullosa de mí, y me mirará como me mira cuando hago algo que quiere que haga, aunque no sepa cómo, por qué ni para qué lo he hecho. Y me abrazará como me abraza en esas ocasiones, y casi seguro que se le escapará alguna lagrimita como cuando me aguanto el pipi por las noches, o como cuando soy capaz de vestirme yo solita, o como cuando consigo recordar alguna de las cosas que me han explicado en el cole. Quiero mucho a mamá, y me voy a esforzar y voy a hacer lo que sea para que sonría. Me encanta su sonrisa, ¡y es tan guapa! A veces me pregunto si de verdad es mi mamá. A lo mejor me parezco a mi padre y por eso soy como soy. Mi padre no está, se fue de viaje nada más nacer yo, y debe de estar atrapado por la nieve como esas personas que salen en la tele, o perdido en la selva, o en una isla esperando a que lo rescaten, porque todavía no ha vuelto. A lo mejor encuentra un tesoro y todo, y cuando vuelva me trae muchos regalos. No sé bien dónde ha ido. A veces siento mucha pena por papá, porque se fue y no ha podido conocerme. Aunque mamá y yo nos hemos apañado bastante bien sin él, la verdad. Como ella siempre dice, formamos un gran equipo. Pero esta vez no, esto tengo que hacerlo yo solita. Y luego se lo contaré a mamá con pelos y señales, que no sé muy bien qué significa, pero es lo que siempre dice el abuelo cuando intenta explicarme algo que sabe que no voy a acabar de entender. Mi abuelo es el papá de mamá, y creo que no le gusta viajar y que por eso vive con nosotras. Me cae muy bien. Aquí hace frío, lo noto en las mejillas, seguro que se me han puesto coloradas como aquella vez que nevó y salimos a jugar a lanzarnos bolas de nieve. Guerra, llamaban algunos niños a aquel juego que a mí no me parecía demasiado divertido. Tampoco entiendo qué es una guerra, solo sé que mueren personas, y que la muerte me da miedo. No quiero que muera nadie. Quizás debería haber esperado a que saliera el sol, pero entonces mamá y el abuelo ya estarían despiertos, y tengo que hacerlo yo sola. Me he abrigado muy bien, y aunque me ha costado vestirme, al final lo he conseguido. Me he puesto mi gorro preferido, parece la cara de un ciervo, con cuernos y todo. Una niña se rió no hace mucho de mí por llevar ese gorro, me dijo que era de bebés. Y mamá me dijo que aquella niña no tenía ni idea de lo afortunada que soy porque siempre seré una niña. Afortunada es una palabra que me cuesta mucho decir bien. No sé, creo que también me gustaría ser mayor, aunque solo fuese por un ratito. Pero no tanto como el abuelo. Como mamá: mayor, guapa y lista. De acuerdo, eso será lo próximo que me proponga: ser mayor. Proponga también me cuesta. Bueno, tengo poco tiempo antes de que mamá y el abuelo se den cuenta de que no estoy en casa. ¡Van a alucinar! Ahora solo un pequeño esfuerzo más y ya está. Lo voy a hacer, mamá, lo voy a hacer yo solita. ¡Voy a volar!

*Este microrrelato ha sido publicado por la revista literaria Letralia. Tierra de Letras y por la revista cultural madrileña Almiar.

65. ¡La literatura es una verga bien parada!

Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles.

John Waters

Siempre he creído que leer es de las cosas más sexis que existen. Me encanta contemplar a una mujer mientras lee —aquí el determinismo de mi orientación sexual juega un papel capital—, es una de mis debilidades: analizar sus gestos; ver cómo se entrecierran sus ojos por la concentración que requiere un párrafo enrevesado o cómo se abren de par en par por la sorpresa literaria; comprobar si mueve los labios, si se los muerde, si los mueve de derecha a izquierda o solo hacia uno de los lados, o si no los mueve en absoluto; descubrir si se acaricia el cabello, o las orejas, o las cejas, o el mentón, o si juega con los botones de su camisa o con el cuello o los tirantes de su camiseta —si se trata de una lectura estival—, o de su jersey —si, por el contrario, se trata de una lectura invernal—… en definitiva, acompañar con mi mirada cómplice cualquier movimiento involuntario de los que suele conllevar la actividad lectora.

Desde hace más de una década, que es el tiempo que llevo desplazándome en transporte público de mi casa al trabajo y viceversa, mi coto de caza de mujeres lectoras se ha trasladado de las bibliotecas, los parques públicos y los cafés a la línea R4 de Cercanías de RENFE. Es ahí, si no viajo acompañado y yo mismo no voy leyendo, cuando mi radar se activa e identifico a mi «víctima». Una vez hecho esto, me siento cerca de ella —la elección del asiento donde acomodo mis posaderas no tiene relación alguna con la belleza física, no estoy hablando de eso— y me deleito con todo lo descrito en el párrafo anterior. Por suerte para mí, las mujeres leen, y leen mucho más que los hombres, al menos si me ciño a los lectores que se distraen de esta forma mientras dura su trayecto en transporte público; así que no es difícil toparme, como mínimo, con una de ellas en cada viaje.

Si sigo tirando del hilo del fecundo símil sexual, diría que todo lo expuesto con anterioridad puede ser considerado como el equivalente al encuentro e intercambio de primeras palabras y copas en un club entre dos desconocidos, que puede dar paso, o no, a una tórrida noche de intercambio de fluidos sexuales, evocaciones al Altísimo y jadeos. Sin embargo, para que la cosa pase de una noche —o de los primeros minutos de contemplación, mejor dicho— y tenga una continuidad en el tiempo, no es suficiente con leer —o tener buen sexo—, sino que me tiene que gustar lo que está leyendo, lo que el libro —y la persona— alberga en su interior. De igual modo que la contemplación de una mujer mientras lee eleva mi libido intelectual, por llamarlo de alguna manera, aquello que esté leyendo puede provocarme un deleitoso orgasmo mental o, por el contrario, enterrar mi lujuria a dos metros bajo tierra.

Así que, ¿cuál es el siguiente paso? Es evidente, intentar leer el título del libro que tiene entre manos, acción que equivaldría a un nivel de dificultad propio de observadores principiantes; o intentar leer unos cuantos de los párrafos que ella misma está leyendo e intentar identificar qué lee exactamente, acción que equivaldría a un nivel de dificultad para observadores expertos y, sin duda, mi opción preferida, aunque no os la recomiendo de entrada porque es mucho menos discreta que la primera. Y puedo dar fe de que no soy el único tarado que se dedica a estos menesteres: cuando soy yo quien lee, siempre doy con alguien que intenta leer el título de mi lectura. Aunque yo, que disfruto sobremanera con el juego, no se lo pongo fácil y voy inclinando el libro que tengo entre manos, de manera que este y aquel, ya fundidos en uno, inician un apasionado tango… ¡os sorprendería la capacidad de torsión que tienen algunas personas! Todo sea dicho, el libro electrónico, soporte que yo nunca utilizo, pero que ya os adelanto que tiene su papel en este artículo, supone una dificultad añadida a este proceso, un reto para valientes, pues te exige trabajar en el nivel para observadores expertos sin el recomendable paso previo por el nivel para principiantes.

Pero ¿qué se lee en el tren? Pues si me baso en mi trabajo de campo, cuyo objeto de estudio es la mujer lectora, se lee, sobre todo, y a cualquier hora del día, literatura erótica, y con el adjetivo erótica estoy siendo muy benévolo, porque si a los párrafos leídos desde la clandestinidad me remito, yo la calificaría de pornográfica —quizá el subidón que tal lectura proporciona a quien la consume sea útil para evitar el primer café del día, mi conocimiento de la materia llega hasta donde llega—. No en vano, diría que el 90% de las lecturas que consigo descifrar —ni os cuento el día que identifiqué al Settembrini de La montaña mágica en la lectura de una de las mujeres observadas; ¡estuve a punto de abrazarla!— sin ser descubierto en mi empeño acaban conteniendo «una verga bien parada», «un mástil enhiesto», «un bulto duro que busca acomodo entre mis nalgas» o cualquier otra fórmula más o menos elaborada para designar al pene en erección y su actividad depredadora —la utilización de la preposición a para introducir, y nunca mejor dicho, el complemento directo el pene no es baladí; en ese tipo de lecturas el falo adquiere autonomía y personalidad propias, es un semidiós que despierta de su letargo para someterlas a todas—. Claro, que el pene nunca viaja solo, sino que suele compartir travesía húmeda con cuevas provistas de un alto porcentaje de lubricidad —o, simplemente, «coñitos», si la escena ya está disparada— y pezones turgentes y con una sensibilidad tal que el más mínimo aliento basta para que su poseedora acabe estremeciéndose por el más absoluto de los placeres…

Fuente: Ilustración propiedad de eljueves.es

Sé que esto de lo que hablo no es algo nuevo, que la literatura mal llamada erótica —o «que desata pasiones», como se ha referido a ella alguna lectora de este género con la que he hablado sobre el asunto— se encuentra entre las más leídas, fenómeno que se disparó con la publicación de Cincuenta sombras de Grey y que, sin duda, ha ayudado a consolidar el libro electrónico —creo entender, he aquí una pinceladita machista, que antes daba cierto pudor ser sorprendida leyendo según qué libros, pero que ahora, con la generalización de los e-reader, ese tipo de obras ha encontrado un camuflaje perfecto para pasar desapercibidas—. Supongo que las cosas son así, los hombres, diría que todos, consumimos pornografía, ya sea como parte de las cosas que se envían y se reciben por medio de cualquier método de mensajería instantánea, ya como parte del ritual de la/s macuca/s diaria/s —entre las diferentes acepciones del sustantivo macuca, no se encuentra la de sinónimo de hacerse una paja; mi padre es la única persona a quien le he escuchado emplearlo con ese sentido, y la verdad es que me parece muy adecuado para referirse a tal actividad—; y las mujeres, las que lo hacen, prefieren no ir directas al grano y recrearse en ladrillos de más de 500 páginas, pero con poco peso literario, a modo de preliminares. Desde luego, para mí, de literatura tienen poca cosa, y se contarían entre esas lecturas que me generan impotencia instantánea.

Ilustración de CLARA.. que resume a la perfección la “bonita” historia de amor de Anastasia y Christian.

Sé perfectamente que después de lo escrito se me puede tachar de esnob en lo que se refiere a la cosa literaria. Y no lo niego, es muy posible que lo sea, siempre y cuando se considere que el esnob en esto de la literatura es aquel lector que admira y defiende la calidad y el trabajo intelectual como condiciones sin las cuales no se da una obra literaria que se precie como tal. Qué le vamos a hacer, supongo que por deformación profesional no puedo compartir esa idea, tan de nuestros tiempos —mediocre, por otra parte, y ridícula, pues la cosa llega al extremo de llegar a manifestar que se prefiere leer a Federico, el vecino taxista que acaba de autopublicar una novela, antes que a escritores consolidados o clásicos; no sé si es cosa mía, pero diría que el hecho de que unos sean consagrados y clásicos, y el otro, taxista, no se debe únicamente a un episodio de mala suerte—, de que literatura es todo aquello que se puede leer. No, por un lado está la literatura, y por otro, este tipo de artefactos elaborados con el único propósito de ser consumidos —me muero de la risa cuando escucho a este tipo de escritores afirmando que lo que desean es trascender; debe de ser una estrategia de autobombo más para que te gastes las cuatro perrillas que te sobren en su libro—. Y que sí, cabe la posibilidad de que sean mucho más rentables, tanto por el número de ventas como por la cantidad de esfuerzo de quien las escribe, y de fácil lectura, pero ni una cosa ni la otra los convierte en literatura —por no hablar ya de buena literatura—. De hecho, me inclino a pensar que es justo todo lo contrario.

Sin embargo, antes de acabar creo que debo aclarar que el género no tiene nada que ver con la calidad literaria de la obra, mi esnobismo, si se da, no llega a estos extremos: la literatura erótica, o romántica (al final, lo uno y lo otro acaban copulando la gran mayoría de las veces), no tiene por qué ser mala, a fin de cuentas, si lo sumamos a la muerte, el amor es uno de los grandes temas de la literatura de todos los tiempos. Tal vez no como componente único y esencial, pero grandes historias de amor tenemos para dar y vender en la lista de la literatura apta para un esnob, y eso que no me voy a meter en el fecundo terreno de la poesía tal y como la entendemos hoy, pero sí que voy a citar obras escritas en verso: Homero y la fiel Penélope —u Odiseo y sus amantes—, Eurípides y la terrible Medea, Ovidio y sus múltiples cambios, el Eneas virgiliano, todo lo que hay de lujurioso en el melódico libro de la Biblia, los amigos Calisto y Melibea y el amplio elenco de prostitutas que le hacen los coros en la obra de Fernando de Rojas, las lozanas andaluzas y los libros que se ocupan del buen amor, el caballero Tirante y los placeres de su vida, Dante y su Beatriz, Shakespeare, tal vez incluso Alonso Quijano y su Dulcinea, Stendhal de rossonero, Flaubert y su educación, Goethe y sus desventuras juveniles, la novela rusa del XIX, las hermanas Brontë, Jane Austen, Mann y su muerte en un día soleado de playa, los espumosos días de Vian, las cosas de Cortázar, la cólera del Pélida García Márquez… vamos, que no hay excusa que te lleve a ensombrecerte con los Grey de la vida. Por esta razón se me cae el alma a los pies cuando veo a mi alrededor tanto lector —al contrario de lo que se dice, hoy se lee más que nunca, al menos cuantitativamente hablando; con anterioridad, la cultura, y por consiguiente también la literatura, era uno de los juguetes de las clases pudientes— desperdiciando su tiempo con según qué lecturas.

Si recordáis, iniciaba este artículo con la famosa cita de John Waters, que en realidad es más larga de lo que se suele recordar: «Necesitamos hacer que los libros vuelvan a molar. Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles». En mi opinión, como creo haber dejado claro, deberíamos modificarla de este modo: si vas a casa de alguien y no tiene libros —y si los tiene, según cuáles sean—, no te lo folles. Porque si de lo que se trata es de que los libros vuelvan a molar, lo que debemos hacer es leer libros que molen. Así de simple.

64. Todos somos Homero

Entendemos que la tradición literaria occidental, un concepto que debería sernos familiar a todos, se remonta a unas pocas obras seminales procedentes, en concreto, de la literatura clásica grecolatina y de la tradición judeocristiana. Para ser más explícitos, hablamos de los versos homéricos (fuese quien fuese Homero, existiese o no, y por muchas dudas razonables que existan sobre que sea el mismo autor que dio a luz a la Ilíada y a la Odisea; no hay tiempo ni espacio para tratar esa cuestión aquí) y de la Biblia. Y creo que es una opinión generalizada pensar que esto que ya forma parte de nuestras conversaciones literarias ha sido siempre así, que se sabe desde hace siglos que todos pertenecemos y contribuimos a esa tradición, porque la tradición es eso que perdura porque se transmite de generación en generación. Y aunque dicen que las cosas que no se nombran no existen, eso no ha sido óbice alguno para que la tradición literaria occidental siga tejiendo su red infinita de puentes sin necesidad de ser identificada como tal. Como veremos más adelante, estamos hablando, por mucho que su propio nombre nos retrotraiga a lejanos siglos pasados, de un invento moderno. ¡Larga vida a las paradojas!

Para ponernos en situación, es necesario señalar que, hasta bien entrada la Baja Edad Media, lo que se sabía en Occidente de Homero procedía de fuentes corruptas y secundarias, y lo mismo es aplicable a muchos de los autores de la Hélade. En este sentido, es imposible calibrar con precisión el daño que le hicieron a la cultura occidental los incendios de la biblioteca de Alejandría (fueron más de uno, aunque Julio César haya cargado con el muerto en el imaginario popular) y la división en dos del Imperio romano: el de Oriente se quedó con todo el saber pagano; y el de Occidente, con la religión y esos interminables siglos oscuros conocidos como Edad Media. Sin embargo, es innegable que los cruzados cristianos intentaron ponerle remedio a tan desigual reparto con la quema de libros que siguió a la toma de Constantinopla en 1204 y que los grandes escritores de la cristiandad, “enanos a hombros de gigantes”, supieron nutrirse de la frívola Roma (recordemos: alumna de la antigua Grecia aunque con una vocación mucho más lúdica y pragmática que reflexiva) para dotar de profundidad, prestigio y calidad a su propia literatura.

En esta misma línea que vengo apuntando, y a pesar de toda la barbarie en forma de impedimento y de negación característica de estos siglos, la Eneida, continuadora de los belicosos y nostálgicos versos homéricos, se convirtió en el modelo a emular por la épica medieval. Me refiero al Beowulf, a la Chanson de Roland, al Cantar de Mio Cid, al Cantar de los Nibelungos y, un poco más tarde, a las novelas de caballerías pertenecientes a la materia de Roma (que no es más que pasar por el filtro medieval a la Antigüedad clásica), a la materia de Bretaña o ciclo artúrico y a la materia de Francia o ciclo carolingio, y aún más tarde, al Orlando furioso, La Araucana, Los Lusiadas… como vemos, toda gran nación aspiraba a tener su poema de exaltación patria a la romana con que dar lustre y esplendor a sus orígenes, y qué mejor manera que mezclar su sangre, como mezclada estaba la de Eneas, con la de la divinidad. Ya veis de qué manera tan rocambolesca, a ciegas y escondido en el maletero de un auto pilotado por Virgilio, se iba abriendo paso hacia el futuro el bueno de Homero…

Y así nos plantamos en pleno siglo XX. En una Europa que acaba de derrotar a la amenaza nazi (tan destructora de cultura como lo fueron Julio César o los Reyes Católicos antes) y que vive el apogeo del método comparativo, entra en escena Ernst Robert Curtius, que publica en 1948 Literatura europea y Edad Media latina, un estudio con el que pretende demostrar el continuum entre las culturas romana y europea occidental, y que sería complementado dos años más tarde con Ensayos críticos sobre la literatura europea. Pese a que los trabajos de Curtius fueron tan alabados por su atrevimiento y originalidad como denostados por su falta de solidez teórica, tuvieron un papel fundamental en la literatura de ficción de la segunda mitad del siglo XX porque de sus obras se desprende una de las ideas motrices, tanto de la modernidad como de la posmodernidad literarias, en lo que a narrativa se refiere (curiosamente a esta última le sucede lo mismo que le sucedió a Curtius, o la amas o la odias, no hay término medio; a mí me encanta por lo que tiene de juego y desafío intelectual), aunque será la segunda la que la elevará a su máxima expresión y la que mayor provecho obtenga de ella: la literatura universal está compuesta por unos cuantos relatos originarios, los versos homéricos, y todo lo que se puede escribir ya lo escribieron los antiguos griegos (yo tuve un profesor que decía que todos nacemos, amamos, odiamos y morimos en griego y en latín, y creo que no le falta razón). Lo que viene a continuación no es más, pero tampoco menos, que las infinitas versiones, reversiones e inversiones de aquellos versos originarios. Alucinante, ¿verdad?

¿En qué se traduce todo este galimatías? ¿Dónde os quiere llevar este loco salvaje? Pues a la idea de que si ya está todo escrito, el tema, al contrario de lo que muchos piensan, no es tan importante; el contenido cede en beneficio de la forma, que es la que dota de significado y calidad a una obra literaria. Como dijo Thomas Mann, aquello sobre lo que habla un artista no es nunca lo más importante, es decir, que lo capital no es el qué, sino el cómo del asunto literario. Es más, creo que el hecho de que una novela o un relato sea literariamente bueno se debe mucho antes a cómo nos cuenta las cosas que a las cosas que nos cuenta. [Dejo pasar unos segundos para que os recuperéis del susto.]

Ejemplo paradigmático de todo esto que os estoy diciendo es Jorge Luis Borges (sí, soy de los que se alinea al lado de quienes lo consideran el precursor de la literatura posmoderna). ¿Qué dice Borges que sea original? Nada, absolutamente nada. Se ocupa de muchas cosas, claro que sí, sobre todo de literatura; pero también del papel relevante que el azar adquiere como timón de toda existencia a partir de las teorías neodarwinistas; de la teoría del caos; de la muerte de las verdades absolutas que trae consigo la relatividad; de la lógica, más difusa que nunca; de las ideas de Nietzsche, Derrida o Paul de Man sobre la fragilidad de la existencia de lo real… pero todos y cada uno de estos temas ya tienen sus especialistas, eminencias en sus campos que nos explican mucho mejor que el argentino el qué de sus materias. El (gran) mérito de Borges es convertir esos qué en ficción (de ahí que su libro de relatos más conocido se titule así, Ficciones) y hacer del cómo una obra de arte. Claro, eso hace que para mucha gente resulte pedante, inabordable o qué sé yo. Pero se trata de malas lecturas, si se está al corriente de los qué del mundo, se entiende perfectamente que los cómo laberínticos de Borges son impostura, parte esencial de su juego infinito y un espejo de nuestro propio mundo.

En efecto, como la noche con que nos topamos en la primera línea del relato “Las ruinas circulares”, todos somos unánimes en sentido etimológico: una sola alma. Todos somos Homero. Shakespeare fue tan Homero como Borges. Yo soy Homero, y tú, estimado lector, también eres Homero.

*Este artículo ha sido publicado por la revista cultural Almiar.

63. Geografía del recuerdo

Si quid mea carmina possunt,

nulla dies unquam memori vos eximet aevo.

VIRGILIO: Eneida.

Si fuese redactor de guías turísticas y tuviera que escribir sobre el pequeño pueblo pesquero de la costa catalana donde pasé los primeros diecisiete años de mi vida, afirmaría que son tres sus atractivos. Dos de ellos, claros ejemplos de los encantos que caracterizan esas latitudes, son los reclamos que, desde los años ochenta, atraían a decenas de nuevos turistas estivales cada año. A saber: el famosísimo espigón, tan infinito en mi memoria que aún comunica continentes, otrora puerta de entrada a peligrosas y salvajes tierras desconocidas, escenario de mil y un juegos infantiles, además de refugio de primeros besos adolescentes y lugar de encuentro y desencuentro de numerosos y cambiantes amores de verano; y la lonja y el mercado adyacente, que abastecen a los pueblos de la zona, y que dotan a la localidad de un colorido y una vida pintoresca muy atrayentes a ojos del turista metropolitano.

Con todo, y sin desmerecer en nada a los dos focos de atención anteriores, para mí la mayor atracción del pueblo nunca podría aparecer en esa guía, entre otras razones, porque ya dejó de existir, y es muy posible que, cuando todos aquellos compañeros de juegos que crecimos juntos dejemos para siempre este mundo para seguir su estela, su recuerdo muera con nosotros. Tal vez por eso escribo hoy, para recuperar de la eternidad al viejo Vicente o, mejor dicho, con la vana ilusión de proporcionarle una inmortalidad que, pese a todo, sé que es imposible.

Pero es que la historia de Vicente es de aquellas que merecen ser contadas: hijo, como casi todos nosotros, de una familia de pescadores, desde muy joven demostró tener una sensibilidad especial, como si hubiese venido al mundo equipado con esas antenas de especie que solo tienen los grandes artistas y que lo facultaban para ver lo que para los demás era simplemente inexistente por invisible. Quienes lo conocieron desde su infancia, como mis abuelos, siempre contaban que Vicente, además de tener una mirada de esas que te leen el alma, era un ser, por encima de todo, en extremo inteligente. Absorbía lo que se le explicaba con facilidad y naturalidad pasmosas, de modo que, más pronto que tarde, la nimia enseñanza que todos los niños de aquella época recibían, limitada al catón y a las cuatro reglas, se le quedó pequeña. Ya no se trataba únicamente de que fuese una esponja, sino que generaba saber sin necesidad de haberlo recibido antes, tal era su capacidad de entendimiento del mundo y sus entresijos.

Fue el empeño de su madre, que ya adivinaba algo especial en su hijo, el que finalmente convenció a su padre de alejarlo, pese al sobresfuerzo económico que les supondría, del oficio paterno y enviarlo a casa del senyor Basili, que era algo así como el sabio reconocido de aquellos lares y que habitualmente se ocupaba de la educación de los hijos de algunos burgueses que residían por la zona. Y una vez allí, devoró con fruición todos los libros que el viejo tenía en su biblioteca. En especial se interesó en los clásicos grecolatinos y en aquellos manuales que versaban sobre filosofía natural ―cuánto llegamos a disfrutar mientras mirábamos las estrellas durante las interminables noches de agosto y el viejo Vicente nos iba nombrando los nombres de los astros y las constelaciones, y nos recitaba, cual rapsoda, los mitos clásicos que explicaban su formación―. Y demostró grandes dotes para la música. De hecho, con el transcurrir de los años, llegó a dominar con virtuosismo varios instrumentos, aunque él, más amante de madrigales que de odas y siempre más cercano a la aldea que a la corte, se decantó por el acordeón.

Y esa es la imagen imborrable que de Vicente guardo en mi memoria, la del viejo sentado en su sillita de playa, con su acordeón, a la puerta del mercado o en la plaza Mayor, siempre vestido con sus característicos polos a rayas y sus inseparables sandalias, con su sombrero en el suelo, a su lado, a la espera de la voluntad agradecida del turista desconocido o de la solidaridad del vecino conocido.

Porque lo cierto es que Vicente, pese a lo mucho que prometía y a la insistencia de sus padres y del senyor Basili, jamás abandonó el pueblo en busca de la fortuna que, al parecer, abundaba en la gran ciudad. Según contaban los vecinos, la razón de que no siguiese el mismo camino que el resto de chicos de su edad era que había decidido permanecer al lado de su madre cuando su padre fue engullido por el mar una noche de tormenta algunos años atrás. De ese modo, combatía la viuda soledad materna con su compañía, su afecto y su conversación, e intentaba paliar la exigua pensión que ella recibía con lo poco que ganaba gracias a su inseparable acordeón y a las clases particulares que impartía a los escasos estudiantes del pueblo, yo entre ellos años más tarde ―porque como no podía ser de otra manera, heredó la toga de su viejo maestro una vez que este murió.

Y aunque todos en el pueblo siempre creyeron que su marcha sería un hecho el día en que su querida madre falleciese, Vicente jamás partió. Se convirtió en testigo musical de todos los que partían y de los pocos que acababan por volver, y en eterna compañía de los que allí seguían, amarrados al espigón, al mercado, a la lonja y a su acordeón. El amor no quiso que partiera antes y el amor, caprichoso, no quiso que lo hiciera después.

Porque fue el amor, siempre el amor, según me confesó él hace ya muchos años en una de aquellas conversaciones tan amenas que intercalábamos entre lección y lección, o al final de estas, el que frenó cualquier impulso de cambio. Porque Vicente, tan sensible como era a la naturaleza humana, tenía que acabar enamorándose. Y se enamoró, vaya si se enamoró.

Tal como él mismo contaba, todo sucedió uno de esos días de agosto tan parecido a los demás que nada hacía presagiar que el destino de una persona fuese a ser alcanzado por el antojadizo chispazo del amor. La jornada transcurría con absoluta normalidad: los turistas, capitalinos la mayoría, aunque de tanto en tanto aparecía algún grupo de franceses, lo admiraban como a una atracción turística más y premiaban cada una de las canciones con que los obsequiaba aquel joven ―porque yo alguna vez también fui joven, aún recuerdo que me decía― de aspecto jovial y sonrisa interminable con unas monedas. Y así iban pasando las horas y consumiéndose la mañana, y ya se había calado el sombrero y se disponía a recoger, sillita, acordeón y todo, cuando la vio por primera vez, acercándose por el paseo marítimo que iba a morir a las puertas de la lonja y el mercado. Iba vestida únicamente con un sencillo vestido color amapola de esos que suelen ponerse encima del bañador entre el trayecto que separa el mar de la ducha reconfortante, que contrastaba con la delicadeza de una piel blanca ligeramente asalmonada, como si el mismísimo Sol no hubiese querido maltratar a tan maravillosa criatura, aunque tampoco pudiera resistirse a acariciarla. Sus delicados pies, descalzos, hacían que la naturaleza misma se estremeciera de placer con cada nuevo paso que daba sobre la parte del paseo que aún restaba sin pavimentar.

Cuando llegó a su altura, la joven se detuvo y, clavando sus preciosos ojos sobre él, le preguntó con una dulce sonrisa y en un correcto español salpicado de galantería francesa si llegaba a tiempo de que tocase algo para ella. ¡Claro que llegaba a tiempo!, rememoraba Vicente con ojos brillantes, ¡Si la llevaba esperando toda mi vida!

Y ese primer encuentro se convirtió en cotidiano todos los días que restaban de verano. La joven de origen francés y el joven acordeonista se convirtieron en estampa habitual del pueblo todos los mediodías. Y acabó el verano, y con el verano las vacaciones, y con las vacaciones las visitas de la chica. Pero a ese verano le siguió otro, y a ese otro aún otro más, y luego otro más, y sus encuentros se hicieron más frecuentes y numerosos: empezaron a compartir primeras horas, además de mediodías, y atardeceres, y cálidos paseos a la luz de la luna de agosto hasta el espigón.

Sin embargo, lo que para ella era una bonita amistad forjada para siempre en la admiración, la confianza y la sinceridad mutuas, para Vicente se fue convirtiendo, si no lo fue ya desde un primer momento, en algo mucho más profundo. Y finalmente, armado de valor y apremiado por la urgencia de aquel penúltimo mes de agosto que ya languidecía, le confesó su amor a aquella francesa que acostumbraba a veranear en su pueblo. Pero sus sentimientos no eran correspondidos ni podían serlo por razones que Vicente jamás le confesó a nadie. Todo lo reducía, citando a Ortega, a una limitación por circunstancia.

Al verano siguiente, el último en que se volvieron a ver, la chica apareció en el pueblo en un avanzado estado gestación, cargando, quizá, con aquello que hemos llamado circunstancia. Y ella y Vicente se despidieron, como siempre, con un abrazo, una sonrisa y una caricia en el espigón, pero esta vez en lugar de dos respiraciones entrecortadas que se encontraban fueron tres.

Así es como yo conocí a Vicente muchos años después, aunque él ya me conociese de mucho antes, y así es como lo dejé de ver cuando nos trasladamos, años más tarde, a la capital. Hasta ahora, que por fin he vuelto al pueblo pesquero que me vio nacer y crecer, y que lo vio morir a él, según reza la lápida al lado de la que esto escribo, hace más de treinta años. Y no tengo ni idea de cómo fue su vida hasta el último de sus días, pero lo imagino sentado en su sillita, con uno de sus polos a rayas y su sombrero, a la puerta del mercado o la lonja, o en el espigón, armado con su inseparable acordeón y oteando el horizonte en espera de aquella francesa cuya circunstancia hizo imposible cualquier otro final para esta historia.

*Este relato ha sido publicado por la revista literaria Letralia. Tierra de Letras.

62. Réquiem por un sueño

El sueño de la creación artística nace en la adolescencia. Al menos así fue en mi caso y en el de algunos de los amigos que, en aquella época hormonalmente tan cambiante, sentimos esa inclinación en alguna de sus manifestaciones. Entre nosotros, el que parecía que iba más en serio era un chico que quería ser director de cine, sueño que siguió alimentando, por lo menos, hasta la treintena, momento en que le perdí la pista. Lo sorprendente del caso, vamos, lo que a mí me sorprendió y me sigue sorprendiendo, es que no era un gran cinéfilo (su conocimiento de los clásicos del séptimo arte era nulo) y renegaba de la tradición, hasta tal punto que ya siendo adulto y cursando algo relacionado con la enseñanza del anhelado oficio, me llegó a confesar que por qué tenía que saber qué habían hecho los Kurosawa, Lang, Welles, Hitchcock o Fellini, que él lo que quería era ponerse a rodar, y que le sobraba toda aquella información inútil. Por lo que sé, creó su propia productora, y entre sus grandes éxitos se cuentan algunas escenas de pornografía amateur que circulan por la red…

En mi caso, y en parte por eso estoy aquí, escribiendo este artículo, mi deseo siempre fue convertirme en escritor (siendo niño, en cambio, decía que sería médico, pero creo que más por la aprobación que esa profesión generaba en mi entorno que por verdadera vocación; ni punto de comparación la reacción que suscita la medicina con la cara de tus progenitores cuando les dices que tú lo que quieres es ser artista, ya me entendéis…). Así que me dediqué en profundidad al estudio de la literatura, en base a ese sueño adolescente y en base a que, llegado el momento de elegir qué estudiaría, opté por la única constante en mi vida hasta aquel entonces: leer. Al contrario que mi antiguo amigo, yo valoro la tradición, porque a escribir (como sucede con toda disciplina artística) se aprende de los maestros, de quienes han ejercido con anterioridad esa profesión (y de quienes lo están haciendo mientras uno se inicia, claro) con maestría, y cualquier ilusión de originalidad pasa necesariamente por su lectura y relectura, por la interiorización y puesta en práctica de sus estrategias y estilos, y ya con un poco de suerte y mucho talento, con la ruptura, reversión o inversión de todo aquello que has aprendido. Eso es la originalidad y el genio artístico. En caso contrario, puedes acabar escribiendo “a la manera de” y, sintiéndolo mucho, entre leer a un mal imitador de Faulkner y leer al Faulkner auténtico, yo me quedo con la segunda opción.

El problema del estudio de los clásicos, al menos en mi caso ha sucedido así, es que te empequeñecen, su sombra es demasiado alargada. Yo nunca seré un Borges o un Cortázar, y eso hasta ahora ha hecho que me piense muy mucho dedicarme profesionalmente a la escritura de ficción. Y quizá me equivoco y debería aspirar a ser únicamente Alfredo Martín, pero como lector competente que me considero, no le encuentro sentido al hecho de sumarme a una serie de nombres que no le aportan nada al panorama literario, salvo grosor. Pero esta idea se ha ido desarrollando con el paso de los años y con la acumulación de lecturas; como os decía, mi ilusión adolescente era ser escritor, y esa ilusión seguía muy viva durante mis años en la Facultad de Filosofía y Letras.

Y fue allí, en la universidad, en pleno crecimiento de la autoestima (al fin y al cabo, como nos decía la profesora, escritora y editora Carme Riera, se suponía que éramos la futura élite del país) y mientras me devanaba los sesos en busca de cuál sería la voz narrativa adecuada para una novela que tenía en mente y que desde entonces duerme el sueño de los justos en algún cajón, que aprendí todo lo que os contaba más arriba. Como buen estudiante que he sido, ya había dejado atrás la clasificación infantil de los tipos de narradores en función de la categoría gramatical y me centraba en la teoría de Genette que se basa en la relación que narrador y narratario establecen a través del texto. Así, iba llenando una tabla que recogía las focalizaciones y voces propuestas por el teórico francés para ver cuál sería la indicada para mi novela. Como todos los tratados recogen y los talleres literarios insisten, la elección del narrador es crucial para el éxito o el fracaso de una novela. Y yo me lo tomaba muy en serio. Al fin y al cabo, y aunque sea una perogrullada, la narrativa recibe ese nombre porque es una narración, y toda narración requiere de una figura que narre, independientemente de que esta lo sepa todo de todos los personajes, o solo de uno o dos, o se limite a darnos información sobre lo que hacen y dicen, o que sea un simple testigo, o un protagonista, o que viva en una realidad alternativa fuera del mundo narrado (veo que los profesores de talleres literarios asienten; bien, creo que voy por el buen camino), ¿verdad que sí? Pues no.

Fue la profesora Helena Usandizaga, una suerte de princesa Mérida cuasi quincuagenaria enamorada de la literatura hispanoamericana en general y de la ciudad de Lima en particular, quien me demostró, con el ejemplo de El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, que aunque importante, la figura del narrador no es fundamental (¡avisen a un médico, los profesores que antes asentían ahora están hiperventilando!). La genialidad de Puig es construir una novela (me encantaría hablaros de ella en profundidad, pero tendrá que ser en otro espacio y en otro momento) que funciona pese a renunciar a lo que todos damos por hecho que es irrenunciable. ¿Cómo? Pues supliendo al narrador con otros recursos narrativos y haciéndolo, claro está, con maestría: los diálogos que mantienen los presos Valentín, un preso político, y Molina, acusado de corrupción de menores, durante el gobierno de un Perón enfermo y a las puertas del golpe de Estado de Videla; los argumentos de películas de serie B con que Molina pretende seducir a su compañero de celda y que hacen avanzar la trama; los elementos procedentes de la cultura pop o directamente kitsch; los informes policiales o los que recogen los interrogatorios a Molina; los monólogos interiores; las notas al pie, algunas de ellas con información de psicoanalistas reales y otros inventados que sirven a Puig para hablar de la sexualidad… en definitiva, una maravilla de novela y un ejemplo de que la genialidad, como os decía muy al principio de este texto, consiste en conocer la tradición, a los maestros, la técnica y las convenciones establecidas y, luego, hacerlo saltar todo por los aires.

No sirve, a mí no me sirve al menos, quedarse con y repetir lo establecido. Las convenciones, como los sueños, convenciones son. Y quienes las conocen para saltárselas, para abrir una nueva senda en el camino, y no para adorarlas como a dioses ancestrales, son los escritores que merecen la pena ser leídos. Los escritores que yo nunca seré.

61. To publish, or not to publish: that is the question

Y es una pena, la verdad,
porque sería algo inefable
cambiar la torpe realidad
y ser o Borges o bailable.
Pues qué penita y qué dolor,
no tendré el Nobel, no, señor.
 
Javier KRAHE y Joaquín SABINA: “… Y todo es vanidad”,
Corral de cuernos (1985).
 
 
 
 
 

No son una ni dos ni tres las veces que alguien me ha preguntado si soy consciente de lo bien que escribo y, acto seguido, que por qué no publico algo. Supongo que con ese algo se refieren a una novela o a un libro de relatos o a un poemario o, tal vez, a un ensayo (no sé si me ven como narrador de corta o larga distancia, como poeta o como ensayista, ni siquiera estoy seguro de que me vean en realidad).

Sobre lo de que escribo bien, siempre respondo lo mismo: soy filólogo (do you remember it?), no faltaba más sino que alguien de mi perfil no escribiese bien, y por bien me refiero a correctamente: sin errores que me sonrojen, o, en caso de cometerlos, que no sean demasiado vergonzosos, y respetando la tríada elemental formada por la cohesión, la adecuación y la coherencia; aunque sé que de todo hay en la viña del Señor y yo mismo en alguna ocasión he pensado de algún colega: “¡qué lástima de dinero invertido en matrículas universitarias!”. Pero lo habitual es que quien ha cursado con éxito una filología escriba bien, lo raro suele ser lo contrario. Además, estoy de acuerdo con Bolaño [“Discurso de Caracas”, en Entre Paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama, Barcelona, 2004], lo de escribir bien está al alcance de cualquiera y, por tanto, le concedo muy poquito mérito:

 

Muchas pueden ser las patrias [de un escritor], se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso.

Sólo hay que echarle un vistazo a lo que se publica hoy para cerciorarse no ya de que no se alcanza el criterio de calidad que apuntaba Bolaño, sino que en muchas ocasiones lo que se publica ni siquiera está bien escrito, patología que se ha visto agravada, mucho me temo, por el fenómeno de la autoedición y las redes sociales, terrenos fértiles para la alimentación de vanidades: no nos engañemos, la escritura tiene mucho de onanismo, y poder decir eso de “soy escritor” y “mira, allí, en aquel estante, tengo dos libros publicados (por mí y por mi bolsillo)” es orgásmico para cierto tipo de personas. Pero no pretendo criticar la autoedición, por mucho que me sangren los ojos con los fragmentos con que algunos de estos escritores mendigan compradores para sus libros en las redes, entiendo que el hecho de que te publiquen en un gran grupo editorial puede ser harto complicado y desesperante (imposible si no reúnes un mínimo de calidad), además de que todos somos libres de gastar nuestro dinero como nos plazca, y si ésa es la ilusión de nuestra vida y es lo único que nos importa, pues bienvenida sea la autoedición y la dejo que descanse en paz, que bien merecido lo tiene.

Sin embargo, a quienes sí que voy a criticar es a aquellas personas cuyas publicaciones en una editorial son sospechosas, a las que sacan pecho (aquí es donde las redes sociales adquieren protagonismo, o nos lo dan, mejor dicho: ¡cuánto daño nos están haciendo!) por dárselas de algo que en realidad no son y es bastante posible que nunca lo lleguen a ser (vamos, que no los critico por publicar, no, sus delitos son su inexistente honestidad intelectual, el autoengaño y, lo que resulta más flagrante, el intento de engañar al resto del mundo). Quiero decir que si nuestro libro (pertenezca al género al que pertenezca y verse sobre lo que verse) ha sido publicado por una editorial que pertenece a un amigo, o a un familiar, o a un conocido, o a un examante o un amante actual, o al vecino del quinto piso, y nos deben un favor, pues no es lo mismo que si enviamos nuestro manuscrito y un consejo editorial decide publicarlo. Digamos que jugamos con ventaja, que la competencia es desleal y que es muy posible que el criterio de la calidad no haya sido el imperante a la hora de dar luz verde a la publicación. Y aunque es lícito hacerlo, y es muy aconsejable tener amigos en este mundo, deberíamos reconocer que nos han publicado por lo que nos han publicado (porque ha sido esa editorial, la de nuestro amigo, y no otra, la que lo ha hecho), pero no, está visto que la autocrítica y la sinceridad para con uno mismo y para con los demás no es lo nuestro.

 
Fotograma de Hamlet, dirigida y protagonizada por Laurence Olivier (1948). Fuente: elconfidencial.com
Otro detalle importante es, además del sello editorial que nos publica, en qué colección de su catálogo (en caso de que disponga de más de una) lo hace. Pongamos por caso que vamos a publicar un libro sobre filosofía en la editorial de ese amigo con quien nos portamos tan bien en el pasado que nos debe una: no es lo mismo que nuestro libro vea la luz entre los ejemplares que conforman la colección “Grandes pensadores contemporáneos” a que lo haga en “Con cada consumición, un montadito filosófico y un mondadientes gratis”. No, queridos, no, si esto sucede, no podemos vendernos como la reencarnación de Aristóteles (aunque creamos que lo somos). Ese amigo, más que un favor, nos habrá hecho una putada, porque por mucho que el tuerto sea el rey en el país de los ciegos, existen más países y más tuertos, incluso gente que ve con los dos ojos, y es más que posible que nos convirtamos en el hazmerreír de todos ellos; eso sí, mamá y papá, y aquellas personas que tal vez piensen que pueden necesitar en un futuro del mismo empujoncito del que hemos gozado nosotros para publicar nos comprarán un ejemplar y hasta nos dirán que les ha encantado y que qué sabios somos (aunque en otros foros hayan manifestado que no creen en nuestra filosofía, o que es superficial, o que está a la altura de, como máximo, un trabajo aceptable de primero de carrera; ¡la hipocresía se nos da tan bien!), entre aplausos y vítores el día de la presentación (y más si pagamos de nuestros bolsillos unos canapés o el favor que nos debían era tan grande como para merecer alguna botellita de cava a cargo de la editorial), por descontado. Que aun así todo esto nos da igual y nos seguimos creyendo la polla del universo, pues venga, a hacer oídos sordos a lo que nos digan y a fardar en las redes. ¡Qué cojones, que somos escritores y nos han publicado un libro, que se vaya enterando todo el mundo!
 
Entonces, ¿qué sucede conmigo, por qué no me lanzo a publicar algo? Como ya he venido desgranando, descarto por completo la autoedición en todas sus modalidades (para mí sería el equivalente a hacerme trampas jugando al solitario) y cualquier tipo de publicación que no se base en exclusiva en la calidad de lo que escribo. Es posible que si no fuese filólogo, mis lecturas (modelos de los que uno aprende y con los que se compara sin remedio) hubiesen sido otras, igual que lo que pienso sobre este asunto hubiese sido diferente, hasta cabe la posibilidad de que a estas alturas ya hubiese autoeditado algo o hubiese intentado aprovecharme de mis contactos. Pero no puedo renunciar a lo que soy, y mi autoexigencia es la que es. Joaquín Sabina, un buen lector, en una entrevista (creo que lo leí en algún medio impreso, aunque no estoy seguro) en la que le preguntaron por qué se había decantado por la música, varió con inteligencia la letra de la canción que cantaba Krahe y respondió: “Como no puedo ser Borges, no me ha quedado más remedio que ser bailable”. Yo, como no puedo ser Borges, tengo que conformarme con escribir un blog, publicar de vez en cuando algún articulito o alguna reseña en alguna revista literaria (ojo, que sé que hay gente que se cortaría un dedo con tal de ver algo suyo publicado en una revista y lo llevan intentando sin éxito mucho tiempo; a mí, y soy sincero, no me ha costado demasiado, de hecho me han publicado el 75% del material que he pretendido publicar; aunque quizá sea el 100%, que desde que uno envía su material hasta que es publicado pueden pasar X meses) y guardar en un cajón ideas, esquemas, fragmentos, capítulos inacabados, poemas, etc., a la espera de tener tiempo para dotarlos de una calidad acorde con mi exigencia. Y es que el tiempo es fundamental en esto de la escritura: uno no puede ser escritor (de calidad) escribiendo a tiempo parcial (un ratito los fines de semana, o durante las vacaciones de verano); es preciso dedicarse a diario a tal empresa, y unas cuantas horas. Por esta razón, porque no vivo de rentas y tengo que trabajar mucho para comprar algo de tiempo (pasan doce horas desde que me activo para ir al trabajo hasta que por fin vuelvo a poner un pie en casa cada día), porque tengo una familia y porque en realidad me gusta más leer que escribir, me es imposible dedicarme a la escritura como actividad profesional y de calidad, al menos, de momento. Claro, habrá quien me diga que podría sacrificar algo de eso y dedicarle ese tiempo a escribir y, así, cumplir “mi sueño”, y mi respuesta es sencilla: no sueño con publicar, y no creo que nada de lo que escriba y publique pueda sustituir económicamente a mi trabajo, ni que me dé lo que me da pasar tiempo con mi familia, ni que me sea tan placentero como leer a alguien que escribe mucho mejor que yo; y publicar por publicar, como parece que se publica hoy, lo lamento, no lo contemplo, ni lo ambiciono ni lo requiere mi vanidad. Qué penita y qué dolor, no tendré el Nobel, no, señor.

 

 

 

60. Salvado… por los cómics

No sé por qué extraña razón tiendo a engancharme a cosas que no me hacen ningún bien (en la esfera física puedo citar el tabaco, por ejemplo; en la psicológica y afectiva, a ciertas personas; aunque es verdad que a lo de las personas ya hace un tiempo que le estoy poniendo remedio con bastante éxito; con el tabaco, en cambio, aún no he podido, mi lucha continúa) y a apartarme de las que me hacen mucho bien. Entre estas últimas, pues hoy voy a ocuparme sólo de cosas positivas, tengo que citar los cómics.

De hecho, mis primeros pasos en esto de la literatura (creo que me voy convirtiendo en un lector bastante competente: no peco de falsa modestia, no, sino que soy lo suficientemente honrado conmigo mismo y respetuoso con la literatura como para saber que el lector ideal no existe, es una aspiración inasible, de ahí el adjetivo ideal; he acabado siendo filólogo; escribo un blog; he publicado en revistas especializadas y culturales reseñas y artículos literarios…) se deben a aquellas primeras historias que se apoyaban en poco texto y mucho dibujo. Así que creo que es de recibo, en primer lugar, dedicarles unas líneas, y en segundo lugar, volver a algo que, como decía, me hacía y me ha hecho mucho bien: me entretenían y, a la vez, sin ser yo consciente de ello, ponían la primera piedra de lo que soy hoy.

Diría que los primeros cómics que leí me llegaron, por llamarlo de alguna forma, por “herencia paterna”. No en vano, eran las historietas, tebeos para él, que mi padre había leído cuando era un niño, así que supongo que le hacía gracia que el pequeño de sus dos hijos se entretuviera con lo mismo con que él se había entretenido (y se entretenía, que alguna vez leía y releía mis cómics) muchos años atrás (gracia compartida por mí, dicho sea de paso, pues mi padre había pasado por ellos mucho tiempo antes que yo, y eso me gustaba): El Capitán Trueno y El Jabato. Aunque tampoco estoy seguro al cien por cien de que fueran ésos los primeros cómics (sí sé, con toda certeza, que fueron los primeros que leí de cabo a cabo), porque recuerdo alguna visita a la biblioteca de la escuela algún día que no podíamos salir al patio o hacer educación física debido a que llovía y correr como alma que lleva el diablo para adelantarme a mis compañeros y hacerme con algún ejemplar de Astérix y Obélix, Tintín (mi madre, ya no siendo yo tan niño, me fue comprando todos los que habían sido publicados hasta aquel momento; la pena es que hay alguno de ellos que no encuentro: o se lo presté a alguien que no me lo ha devuelto o habrá sido engullido por algún oscuro cajón que más pronto que tarde, espero, acabará regurgitándolo), Eric Castel (y mira que a mí ni me gusta el fútbol ni soy del Barça) o Yakari (preciosos, muy educativos por la simbiosis con la naturaleza y el respeto que ésta merece; ya le he querido regalar la colección completa a mi hija Júlia, pero no lo he hecho porque su mamá me ha disuadido con buen criterio: ya habrá tiempo de regalárselos, aún es pequeña, y tiene toda la razón) y no tener que conformarme con los de Teo (¡me parecían tan faltos de vida comparados con los otros!) o alguna novelita de la colección El Barco de Vapor (las series blanca y azul me parecían muy infantiles, y la naranja y la roja tenían demasiada letra como para ser leídas en la hora escasa que íbamos a estar en la biblioteca). En cualquier caso, como decía, de esos cómics me limitaba a leer las viñetas que me llamaban la atención por alguna razón, pero nunca los leía enteros (supongo que por la edad o por el poco tiempo disponible, o por la suma de ambos factores).

Sea como fuere, y en paralelo a la narrativa propia de mi edad, poco a poco fui introduciéndome en el mundo de los cómics, y a los ya citados se unieron Mortadelo y Filemón, 13 Rue del Percebe, Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio, Superlópez (¡me encantaba!, pero con tanto cambio de editorial y/o colección no he encontrado la manera de adquirirlos todos en una sola compra y sin repetir alguno), Lucky Luke, Spirou y, ya más adelante, pero no mucho más, los de factoría americana (y estoy seguro de que me voy a dejar algunos en el tintero; antes no era tan sencillo comprar cómics ni, sobre todo, seguir colecciones; te acababas leyendo lo que llegaba a la librería del barrio, ya fuera tu favorito o no, y las colecciones se quedaban a la mitad, o iniciabas una con la serie muy avanzada, o comprabas un ejemplar de una colección que nunca más volvería a estar a la venta en tu librería): Spiderman, El Capitán América, Los 4 Fantásticos, Conan el Bárbaro (qué diferente era nuestra educación, ¿verdad?), Batman, El Castigador, Daredevil, La patrulla X (nada de X-Men como ahora)… supongo que en mi debe tengo que contar el manga (y el anime, aunque sí seguí, pero no con demasiada constancia, Dragon Ball, Sailor Moon, Oliver y Benji, Los caballeros del zodiaco, Chicho Terremoto, Juana y Sergio, Ranma ½, Musculman o Cinturón Negro, casi todos gracias a la televisión pública catalana, y he visto Ghost in the Shell, Akira, Your Name o La princesa Mononoke, estas dos últimas películas por recomendación de mi excompañero Héctor, “Máquina. Huracán”, gran hallazgo del año 2018; pero reconozco que no acabo de conectar con ese mundo), que cuando empezó a leerse en estas latitudes yo ya ocupaba mis lecturas con otras cosas.

Es bien sabido que las circunstancias de cada uno determinan qué caminos se acaban transitando y cuáles no, así que supongo que el hecho de haber sido un niño enfermo y haberme pasado buena parte de mi infancia entre ingresos y visitas clínicas ha tenido mucho que ver en mi pasión inicial por los cómics: los hospitales, además de oler a hospital y ser tristes per se, son muy aburridos y hay que ocupar el tiempo, muchas veces indeterminado, que transcurre entre los ingresos y las altas médicas lo mejor que se pueda (con 5 años hice que mi madre me comprase unas cartas sobre el anime, basado en el manga homónimo, Candy Candy para jugar a algo que le gustase a mi compañera de habitación, una niña unos dos o tres años mayor que yo… que creo que podría haberse convertido en mi primer amor si no le hubiese gustado, precisamente, Candy Candy: ¡menudo dramón!). Así es que la lectura de cómics fue convirtiéndose poco a poco en mi pasatiempo favorito y el relevo que se iban dando mis padres para hacerme compañía empezó a coincidir con que quien relevaba al otro venía con un nuevo cómic en la mano para mí. Y mejor no hablar de cuando empezaron a dejarme salir a dar un paseo diario a media mañana, ¡alucinaba!: en Sabadell había librerías especializadas en cómics y jugueterías que en Cerdanyola no podíamos ni soñar (¡además de bares y restaurantes con platos que hacían que se me cayera la baba cuando leía sus menús en la entrada! ¡Qué mal aguantaba la comparación lo que comía a diario en el hospital!).

Lo cierto es que a los cómics de siempre empezaron a seguirles los especiales de cinco números (no sé si eran semestrales, anuales o qué, ya os digo que por aquella época poco o nada se sabía al respecto de periodicidades, al menos yo), sobre todo tras una prueba difícil o dolorosa superada con éxito y después de portarme “como si fuera un niño mayor” (¡soy incapaz de cuantificar la cantidad de lágrimas que me habré tragado pensando en Peter Parker o Bruce Wayne!). Qué queréis que os diga, ya no se trataba sólo de puro entretenimiento, sino que se daba un sentimiento de identificación que, con el paso de los años, me parece de lo más natural: yo era un niño enfermo, y en esas edades eso suele ser sinónimo de rarito, pero a la vez mis rarezas, supongo que era una manera de animarme, me convertían en alguien único, especial (al menos entre mi círculo más cercano), un mutante más de la patrulla. Gracias a los cómics pude soñar y pude vivir una vida diferente a la que me había tocado vivir. Me proporcionaron la ficción donde necesitaba refugiarme. Creo que mis padres no saben cuánto les agradezco (diría que nunca se lo he dicho) que siempre hayan estado dispuestos a gastar dinero en esa actividad que para ellos era tan importante (y que lo ha acabado siendo también para mí): leer. Porque primero fueron los cómics, pero luego vinieron las revistas de baloncesto, y más tarde las primeras novelas, y la poesía, etc.

Pese a todo lo anterior, llegó un momento en que dejé de leer cómics. Así, sin más, sin cuestionármelo siquiera. Simplemente dejé de tener tiempo para ocuparme de ellos. Mirado desde la distancia, creo que los consideraba un género menor (ya empezaba a decantarme, aunque sin llegar a ser un objetivo definido, por la filología, y los cómics no forman parte del canon académico oficial), más propio de lecturas juveniles que de adultas, para el que no tenía tiempo: empecé a leer novela, poesía y teatro (y ensayo y mucha crítica literaria un poco más tarde) como si no hubiese un mañana (y, de hecho, no lo hay: no disponemos de tiempo para todo ni para todos; nuestra responsabilidad radica en elegir correctamente con qué y quiénes lo gastamos, y en demasiadas ocasiones nos equivocamos), y cuando entré en la universidad ni me acordaba de que alguna vez había sido lector de cómics. Como confiesa Horacio Oliveira en el crucial capítulo 36 de la Rayuela de Cortázar (novela que he releído hace muy poco, maravillosa e imprescindible para todo espíritu que ansíe la libertad), encerrado en un furgón policial entre vagabundos y pederastas, “cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas” (y “en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar”), y algo parecido me ocurrió a mí; lo de las novelas, no lo de ir en un furgón policial entre vagabundos y pederastas.
 
Esta es la cara que se le quedó a un servidor cuando fue obsequiado con Watchmen.

Que estaba equivocado a día de hoy lo tengo muy claro (y eso que tanto los cómics que siguen en casa de mis padres como los pocos que me llevé a mi propia casa hace unos años parecían advertirme de ello cada vez que posaba mi vista en las estanterías en las que aguardaban con paciencia a que volviera su momento): ni se trata de un género menor (uno de los regalos que me hizo mi pareja el pasado día de Reyes fue Watchmen, la maravilla de Moore y Gibbons; y quien lo haya leído ya sabe de las complejas y variadas estrategias narrativas que pone en práctica para hacernos llegar las peripecias de sus héroes y superhéroes) ni, por supuesto, es una lectura infantil; además de que es una lectura totalmente complementaria con el resto de la literatura (como veis, ya lo considero un género literario más; si el teatro no está completo sin su representación, el cómic tampoco lo está sin sus ilustraciones; no veo razones para no considerarlo parte de la literatura, y que me perdonen los puristas de uno y otro lado). Y creo que ya vislumbro la razón principal por la que he vuelto al cómic: estoy agotado de tanta literatura (de narrativa, de poesía, de teatro, de ensayo). Me explico: he leído mucho, muchísimo, por devoción (en varias de sus acepciones), por formación y por profesión, pero cuanto más leo, menos disfruto de la lectura. No, tranquilos, apagad esa hoguera, no vais a tener que quemar a nadie, esto es algo que le pasa a más gente además de a mí, que lo he hablado en alguna ocasión con otros lectores tan compulsivos como exhaustivos (¡mucho más que yo!) y también les sucede lo mismo. Me refiero a que la acumulación de lecturas transforma tu manera de leer, y aunque te mueva el placer, ya nunca leerás con inocencia. Así, toda narrativa o poesía que leo, aunque siguen despertando algo de lo que despertaban la narrativa o la poesía que leí hace años, lo hacen con mucha menos intensidad, y lo que queda y se impone es el estudio, la crítica, la autopsia de lo que sea que estoy leyendo. El cómic, en cambio, supone un refrescante y renovador soplo de aire fresco, un resquicio de vida en un ambiente demasiado viciado. En este sentido, le comentaba el otro día a mi pareja acerca de la lectura de Watchmen que no sabía cuándo tenía que pasar una página, que no estaba acostumbrado a ese tipo de lectura y que no lo sabía leer… ¡maravilloso, el mundo del cómic volvía a darme justamente lo que estaba necesitando por haberlo perdido!

La vuelta a los cómics, visto así, tiene algo de círculo que se cierra, lo cual, en cierta manera, me pone los pelos de punta y, a la vez, me satisface enormemente. Como Oliveira, vuelvo al personaje de Cortázar, me encontraba encallado en la casilla número 8 de mi rayuela, pero he empezado una nueva partida y creo que ahora sí alcanzaré el Cielo, pues he recordado que para llegar allí “se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato”.

P. S.: Informándome aquí y allí, he elaborado una lista (sólo voy a citar el nombre de los guionistas, que me perdonen los ilustradores) de los cómics que me gustaría leer (y por leer entended comprar) en un futuro lo más cercano posible (todos ellos antiguos y finalizados; me sucede lo mismo con las series de televisión: las prefiero ver cuando ya han acabado o cuando ya llevan un número considerable de temporadas emitidas; aunque sé que la periodicidad es una característica relevante de ambos géneros, no llevo muy bien las esperas), así que esas decenas de personas que ahora mismo estarán preguntándose qué me pueden regalar que me haga especial ilusión, pueden recurrir a ella (pensad que esta lista vale miles de euros… ¡también acepto donativos en efectivo!): de Alan Moore, V de Vendetta, Desde el infierno, Batman: La broma asesina, La cosa del pantano y La liga de los hombres extraordinarios; de Frank Miller, Daredevil: Born Again, Batman: El regreso del Caballero Oscuro, Batman: Año uno, Sin City y 300; de Garth Ennis, Predicador y El Castigador MAX; de Brian Azzarello, 100 balas; de Darwyn Cooke, Parker: El cazador; de Jeph Loeb, Batman: El largo Halloween; de Brian K. Vaughn, Y: el último hombre; de Brian M. Bendis, Daredevil; de Robert Kirkman, Los muertos vivientes; de Neil Gaiman, The Sandman; y de Jodorowsky, La casta de los metabarones y El incal. Y para que no se diga que no lo intento con el manga, el clasicazo de Koike El lobo solitario y su cachorro y el Adolf de Tezuka.

58. Que te regalen libros

Sigo pensando que una de las cosas más bonitas del mundo es que te regalen libros. Entre otras muchas razones, porque además de lo que te pueden llegar a transmitir la prosa o los versos de tan precioso presente, que te regalen un libro siempre tiene mucho de historia oculta a todos aquellos que no sean el emisor y el receptor implicados en tan feliz transacción.

De algún modo, he aquí la magia del asunto, ser obsequiado con un libro inicia, o establece, o reafirma, o cierra un vínculo, y el recuerdo de tal inicio, establecimiento, reafirmación o cierre nos acompaña mientras el libro vive, o hasta el momento en que dejamos de vivir nosotros. Eso sí, es posible que, una vez leído, el libro sea olvidado como tantos otros lo han sido antes, y que vaya a parar a las oscuras profundidades de nuestras bibliotecas personales. Sin embargo, el día que, por la razón que sea, quizá plumero en mano, caprichoso es el destino, volvamos a fijar la vista en él, nos estará esperando para narrarnos, de nuevo, su propia historia, aquella historia. No la literaria, no, quienes acumulamos ya un buen número de lecturas sabemos que tal cosa no es más que una ilusión: los libros se olvidan (no así lo que sentimos al leerlos o la valoración que hicimos de su lectura o la identificación con tal o cual personaje o el odio que les profesamos), pero su historia, si es que la tiene, no, eso jamás se olvida. Cosas de nuestra condición humana, supongo.

Hoy me siento un tipo afortunado: me han regalado un libro. No me regales flores, de Carmen Plaza (madre de mi compañera Maite), prologado por Josep Anton Vidal, poeta y traductor, un sabio de los de antes, quien hace escasas fechas elogiaba (¿se puede sentir mayor dicha?) mi reseña de Lliçó d’alemany, publicada aquí y en la revista literaria Letralia. Y creo que la historia oculta de la antología poética de Carmen, a quien le he resuelto alguna duda lingüística y le he corregido el discurso de alguna presentación (desde la distancia, y como favor a ella, que sin conocerla personalmente me cae bien: una economista que acaba siendo poeta tiene algo de descreído que al final ha visto la luz; y a su hija, que me cae aún mejor), siempre me sabrá a final, a etapa consumida, a adiós. Pero no estoy triste, no, de esta despedida cada vez más inminente me pienso llevar el recuerdo y la amistad de muchas personas que no me han regalado flores, pero sí su tiempo, su atención y su cariño. Así que no estoy triste ni me voy a entristecer: hoy me han regalado un libro.

57. ¡Larga vida al periodismo de Svetlana Alexiévich!

Y cayó del cielo una estrella que ardía como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos y de las fuentes de agua. Y el nombre de esta estrella es ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo y un sinnúmero de hombres perecieron por las aguas, porque éstas se tornaron amargas (ajenjo es chernóbil en ucraniano).

 
 
 
 
 
Confieso que mi llegada a Chernóbil se debe al visionado de la exitosa miniserie que HBO le dedicó al peor desastre nuclear de la historia de la humanidad hace escasos meses. Y confieso, también, que Chernobyl me pareció que representa muy bien lo que tuvo que ocurrir en realidad aquella lejana noche de 1986 (hay gente que afirma haber tenido que abandonar alguno de los episodios por considerarlo insoportable, mientras que yo aún me pregunto a cuál se pueden referir: ¿qué esperaban encontrar?) y que Stellan Skarsgård, en una producción plagada de grandes interpretaciones, borda su papel como Borís Shcherbina.

 

Ahora bien, pese a que en general la miniserie me gustó (como siempre sucede con las producciones de HBO, se cuidan todos y cada uno sus detalles), me dejó con ganas de más. Y no porque yo sea un morboso de ésos que están deseando fotografiarse junto al reactor 4 de la famosa central (al contrario, ese tipo de personas me parecen imbéciles sin remedio), sino porque focaliza demasiado, para mi gusto, en la búsqueda de culpables (ya sabéis, todo lo que no ha gustado de la serie en una parte importante de Rusia: el aparato del Estado comunista, sus mentiras y su abuso de poder) y en el desastre en sí, pero la situación presente y futura (no nos engañemos, Chernóbil sigue ahí, latente, y seguirá ahí por cientos de miles de años) apenas se resume en unos cuantos datos que se aportan al final. Y como siempre sucede con todo aquello que se silencia, acaba generando todavía más dudas; a mí me dejó un gran e inquietante interrogante: ¿Y ahora qué?

 
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Lo cierto es que cuando estalló el reactor en 1986 yo ya estaba en este mundo (me quedaba poco más de un mes para cumplir 6 años), pero mis recuerdos de aquel crucial momento apenas me sirven de ayuda. Sí que guardo la sensación, en algún compartimento añejo de mi memoria, de que los informativos se pasaron días hablando sobre el desastre de Chernóbil y una serie de palabras y frases que hasta muchos años después no he empezado a dotar de significado: accidente, central nuclear, radiactividad, como lo que sucedió en Hiroshima (esta comparación me acojonaba bastante, porque en casa teníamos un álbum de cromos, seguramente de mi hermano, porque yo no recuerdo haber participado en él, que reproducían las carátulas de películas más o menos exitosas de la época, y una de ellas, de cuyo nombre no consigo acordarme, sólo sé que la trama se iniciaba después de un accidente nuclear y de que la radiación convertía a los afectados en zombis, consistía en el rostro de un no-muerto dibujado siguiendo el estilo de un cómic; de ahí que desde entonces todo lo relacionado con la energía nuclear acuda a mi imaginario al son de Thriller, otro de mis terrores de la infancia), nube tóxica, muertos por radiación; lo único que comprendí, lo que necesitaba comprender, fue: no te preocupes, no hay peligro, eso ha pasado muy lejos… en Rusia (el mismo día de la explosión del reactor, el 26 de abril de 1986, según datos de la Escuela Superior Internacional de Radioecología Sájarov, se registraron niveles elevados de radiación en Polonia, Alemania, Austria y Rumanía; el 30 de abril, en Suiza y el norte de Italia; el 1 y el 2 de mayo, en Francia, Bélgica, Holanda, Gran Bretaña y el norte de Grecia; el 3 de mayo, en Israel, Kuwait, Turquía… las sustancias gaseosas y volátiles siguieron el mismo camino que la invisible radiación: el 2 de mayo, en Japón; el 4 de mayo, en China; el 5, en India y Estados Unidos; el 6, en Canadá…). Nada que temer, por supuesto… ojo, no culpo a quienes me tranquilizaron de tal manera, era lo que tenían que hacer en aquel momento y yo hubiese actuado igual con mi hija, además de que sabían tanto del desastre acaecido en Chernóbil como la mayoría de la población mundial. Pero la anécdota me sirve para mostrar cómo se reaccionó aquí ante la mayor amenaza que se ha cernido jamás sobre la especie humana.

 

Pero como decía antes, mi preocupación por el futuro (aunque paradójicamente a mí me vaya quedando menos, desde que soy padre el futuro es algo que me preocupa mucho más de lo que me preocupaba antes) me llevó a recopilar información útil, y por útil me refiero a algo inteligible para alguien como yo, es decir, con conocimientos bastante limitados de física nuclear, sobre lo ocurrido aquel funesto 26 de abril de 1986. Y fue así como me topé con Svetlana Alexiévich, de quien sabía que había sido galardonada con el Nobel de Literatura en 2015, pero poca cosa más. Nunca había leído nada de ella (la concesión del Nobel siempre me ha parecido debida más una cuestión política o a alguna otra razón oscura que se me escapa que a la valía literaria; verbigracia, los premiados españoles: José Echegaray, sin comentarios; Jacinto Benavente, un dramaturgo que vivía a espaldas de las corrientes teatrales europeas, a quien sólo hay que comparar con su contemporáneo Valle-Inclán para comprender su estadía sin retorno en el olvido; Vicente Aleixandre… ¿no había otros poetas merecedores del galardón antes que él en la erróneamente denominada Generación del 27?; y Camilo José Cela, más de lo mismo, pero en este caso como guiño y reconocimiento a la supuesta transición democrática española; al único al que salvo es a Juan Ramón Jiménez, y no sé si acierto o su salvación está condicionada por mis gustos personales), y si no hubiese visto la miniserie de HBO es posible que nunca la hubiese leído. Sea como fuere, tanto la trayectoria de la periodista bielorrusa (más de diez años alejada de su país natal por enfrentarse con la verdad a las autoridades patrias en general y al presidente Lukashenko en particular) como el título del ensayo que publicó en 1997 sobre el desastre nuclear soviético (Voces de Chernóbil: Crónica del futuro, aún hoy prohibido en Bielorrusia) captaron por completo mi atención: eso era lo que buscaba con exactitud, alguien que se ocupase de Chernóbil con la vista puesta en el futuro, que fuese capaz de llenar el vacío informativo que la serie de HBO me había dejado. Y no me equivoqué.

El ensayo, una suerte de tragedia griega del siglo XX con la vista puesta en las centurias venideras, se inicia con una nota histórica que consiste en fragmentos de entradas enciclopédicas, periódicos, publicaciones científicas y artículos colgados en la red que nos ponen en situación: el infierno es aquí y ahora, y nosotros somos sus moradores. Sin embargo, pese a lo que solemos creer, el séptimo círculo no tiene su epicentro en Ucrania o en Rusia, sino en Bielorrusia, un pequeño país agrícola de unos 10 millones de habitantes que, pese a no haber tenido jamás una sola central nuclear en su territorio, es la gran víctima de la tragedia de Chernóbil. Para que nos hagamos una idea del horror, durante la Segunda Guerra Mundial los nazis destruyeron 619 aldeas y pueblos, y murió 1 de cada 4 bielorrusos; Chernóbil destruyó 485 (70 de ellos enterrados bajo tierra para siempre para mitigar el riesgo radiactivo), 1 de cada 5 bielorrusos vive en territorio contaminado (esto es, 2100000 personas, entre ellas, unos 70000 niños), donde la mortalidad supera a la natalidad en la friolera de un 20%. Por si fuera poco, sigue presentándonos las tinieblas a golpe de dato Alexiévich, el 70% de los radionúclidos que la explosión del reactor 4 arrojó a la atmósfera cayeron sobre Bielorrusia, y afectó al 23% de su territorio, frente al 4,8% del ucraniano o el 0,5% del ruso (se estima que el cesio-137 se extiende sobre 1,8 millones de hectáreas de suelo bielorruso, y el estroncio-90, en 0,5 millones; y que el 26% de los bosques y más del 50% de los prados a orillas de los ríos Prípiat, Dnepr y Sozh están contaminados). En lo que se refiere a la incidencia directa de la radiación en la salud de la población bielorrusa, los datos son los siguientes: antes del accidente, se detectaban 82 casos de cáncer por cada 100000 habitantes; tras Chernóbil, la cifra se eleva a 6000 (sin tener en cuenta que las pequeñas dosis de radiación elevan cada año el número de niños que nacen con deficiencias mentales, disfunciones neuropsicológicas o mutaciones genéticas). En cuanto a la mortalidad, en la década que va desde el accidente hasta la publicación del ensayo de Alexiévich, la mortalidad crece un 23,5%, y en las regiones contaminadas 7 de cada 10 habitantes estaban enfermos. Desde 1990 hasta 2003 (en 2013 se publica una edición revisada del ensayo), murieron dos liquidadores (las personas encargadas de limpiar las zonas contaminadas) al día. Para la historia (la oficial, que coincide con la que vemos en la pequeña pantalla por cortesía de HBO) y la nota histórica con que realizamos nuestro particular descensus ad inferos, Chernóbil se cierra con el juicio y las sentencias a los Briujánov, Kovalenko o Diátlov, cuando en realidad no ha hecho más que empezar: hasta ahora conocemos los datos, pero aún no hemos visto con nuestros propios ojos qué aspecto tiene el horror.

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Acto seguido, Alexiévich nos presenta el primer testimonio de los muchos que pueblan su ensayo, titulado “Una solitaria voz humana” (el último, el de la esposa de un liquidador, se titulará igual), el de la esposa del bombero Vasili Ignatenko, fallecido tras participar, sin las medidas de seguridad adecuadas, en las tareas de extinción del fuego del reactor 4. Quienes hayan visto la miniserie de HBO ya sabrán de qué va tal testimonio y que te encoge el corazón (lo curioso es que Chernobyl no reconoce, o yo no he sabido encontrar tal reconocimiento, que la fuente principal de la que se nutre es el ensayo de Svetlana Alexiévich): para que nos entendamos, el ejemplo de Ignatenko y su familia sirve para ilustrar los efectos de la radiación, la agonía de quienes se ven afectados por ella y de cómo cambia la vida de sus seres queridos para siempre. Sin embargo, el testimonio de Liudmila Ignatenko, pese a ocuparse de la muerte, está inundado de amor, de pura humanidad (“Pero yo le he hablado del amor… De cómo he amado.”); no desvelaré mucho más al respecto, no pretendo destriparle la serie a quien no la haya visto, ni mucho menos el ensayo de Alexiévich, tan sólo que la constante amor y muerte (“No sé de qué hablar…”, inicia su testimonio Liudmila, “¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo?”) que en este capítulo se nos presenta se repetirá en todos y cada uno de los testimonios que conforman Voces de Chernóbil, memoria, de momento, viva (“Esta gente se está muriendo, pero nadie les ha preguntado de verdad sobre lo sucedido. Sobre lo que hemos padecido. Lo que hemos visto. La gente no quiere oír hablar de la muerte. De los horrores”) de lo que nunca debería volver a ocurrir.

Tras esta suerte de prólogo protagonizado por la historia del joven matrimonio Ignatenko, Alexiévich toma la palabra por primera y última vez (con la excepción de las indicaciones, a modo de acotaciones teatrales, con que marca los movimientos, las expresiones o las inflexiones de voz de sus entrevistados), y consigue así lo que en mi opinión es el gran logro literario del ensayo (junto a la magistral labor de edición que lleva a cabo con el abundante material compilado en su implacable y valiente labor periodística): dejar que sean sus entrevistados los que nos cuenten su experiencia, dejarles hablar sin intervenciones ni orientaciones ni preguntas-respuestas interesadas, porque ella, la periodista, no es lo importante, su opinión y sus juicios de valor carecen de interés, a nadie le importan, y ella es lo suficientemente inteligente y profesional para ser consciente de ello y optar por el silencio (sin duda, Voces de Chernóbil debería ser de lectura obligatoria en todas las facultades de periodismo del mundo, más centradas en la fabricación de cobardes creadores de opinión al servicio del poder que en la de honestos y auténticos periodistas). De resultas de todo ello emerge la verdad y su inevitable carácter polifónico.

En la entrevista que se hace a sí misma (ella es otro testimonio más de la mayor tragedia del siglo XX), Alexiévich confiesa que su ensayo es más un testimonio sobre el futuro que sobre el pasado (y aquí engarza con el perturbador interrogante que me llevó hasta ella), y que sobre todo le da miedo, como es lógico, acabar banalizando el horror. Para ella, y creo que para todo el mundo que sea consciente de lo que sucedió aquella noche primaveral de 1986, Chernóbil es una catástrofe del tiempo, pues su magnitud devastadora altera pasado, presente y futuro (sus efectos son eternos a escala humana), un reto que rebasa nuestros conocimiento e imaginación; el pasado ya no nos sirve de asidero porque nunca antes se ha vivido algo parecido: las respuestas procedentes de la física, la religión y la literatura saltaron por los aires cuando explotó el reactor 4. La nueva realidad, indescriptible por la disociación que produce entre el mundo de los sentidos y el de su expresión, las palabras, se impone, y vive al margen de la cultura. ¿Cómo se supera esta dificultad? Pues recurriendo a un pueblo bielorruso que, contra su voluntad, se ha convertido en la caja negra del viaje hacia la nada que ha emprendido la humanidad. Su información, siempre entre la dicotomía de recordar u olvidar, la historia omitida (la intrahistoria de Unamuno), va dirigida al futuro, es una voz moribunda que, desde la incomprensión del presente, espera la comprensión del porvenir. Chernóbil es el inicio de una nueva era, la de las catástrofes, que en nada se parece y en todo supera a la historia de guerras y caudillos que ha sido hasta la fecha el devenir humano.

A partir de este punto, Alexiévich divide los testimonios de la tragedia nuclear en tres partes, tituladas “La tierra de los muertos”, “La corona de la creación” y “La admiración de la tristeza”. Cada una de las partes se compone de una serie de entrevistas, llamadas monólogos por las cualidades apuntadas con anterioridad, que se cierran con un coro de voces (de soldados, del pueblo y de niños). Con los testimonios recogidos en “La tierra de los muertos”, crónica de una muerte anunciada (hoy la niña del cambio climático, Greta Thunberg, apela a nuestra sensibilidad, de forma histriónica si se quiere, y nos advierte de un futuro inhabitable para la especie humana; pero ese futuro ya es presente desde hace décadas en las zonas contaminadas bielorrusas), viajamos al futuro, donde “todo crece, florece. De la fiera al mosquito, todo vive”, salvo el ser humano. Todos aquéllos, ancianos sobre todo, que decidieron quedarse en las zonas contaminadas pese a los desalojos y las recomendaciones oficiales son Adán y Eva en el Paraíso ante la prohibición de alimentarse del fruto prohibido: todo a su alrededor está tan vivo y parece tan apetitoso como siempre, pero les está vedado por un nuevo Dios omnipresente e implacable, la radiación. Sin embargo, para muchos de estos hijos de la guerra (casi todos sufrieron la Segunda Guerra Mundial), la radiación no es un enemigo a temer, pues a quien temen “es a los hombres. A la gente armada”. “Este miedo de aquí yo no lo conozco. No lo veo. Y no lo tengo en la memoria”. De ahí que haya quien considere que “vivimos mejor con la radiación” (a fin de cuentas, cultivan para sí mismos, reciben alimentos del Estado… son tan libres como los numerosos animales domésticos abandonados a su suerte en los desalojos masivos de las zonas contaminadas), pese a que una muerte terrible les espere a todos (“Yo no temo a la muerte. A mi propia muerte”, confiesa uno de los soldados enviados a la zona del desastre, “Pero no tengo claro cómo voy a morir. Vi morir a un amigo… se hinchó. Como un tonel… Y mi vecino… se volvió negro… y se secó hasta el tamaño de un niño… Si pudiera elegir mi muerte, pediría que fuera común y corriente”).

“La corona de la creación” recrudece la dureza del ensayo, pues se centra en cómo es la nueva vida venida al mundo tras Chernóbil. Así, se inicia con el testimonio de Larisa Z., madre de una niña nacida con “aplasia del ano, aplasia de la vulva, aplasia del riñón izquierdo”, que pone en duda algo tan básico como la procreación (“Ya no puedo parir a nadie más. No me atrevo. Al salir de la maternidad, mi marido por la noche me besa, pero yo tiemblo: no debemos… Es pecado”; “¿Cómo podemos amarnos después de esto?”) y trae a primer plano la culpa (“Llamo a todas las puertas… Tomen a mi niña, aunque sea para sus experimentos científicos. Estoy dispuesta a que se convierta en una rana de laboratorio, en un conejito de Indias, con tal de que viva”) y los intentos desesperados e infructuosos de expiación (“Yo quería… Tenía que demostrar… que… Quería recibir unos documentos… Para que cuando creciera supiera que ni mi marido ni yo tenemos la culpa. Que no es por nuestro amor”). El testimonio de Katia, algunas páginas después, incide en el tema y amplía aún más un drama ya de por sí de profundidad abismal: la mácula de Chernóbil es eterna (en el espacio y en el tiempo) e imposibilita para el amor porque es pecado (“Pido amor. Pero tengo miedo. Me da miedo amar. Tengo novio… me presentó a su madre, una buena persona… cuando se enteró que soy de… Chernóbil… me preguntó: Cariño, ¿pero tú puedes tener hijos?… para algunos parir es pecado… ¿Tengo yo la culpa de querer ser feliz?”). ¿Y qué es una vida sin amor? La misma muerte. Como claro ejemplo de ello, los testimonios de los maestros que hablan sobre los niños (símbolos de la vida y el amor por antonomasia) de sus clases: “no se parecen a los niños… si se pelean… hasta los maestros se alegran”. Más acostumbrados a los entierros (de familiares, compañeros, o de pueblos enteros) que al juego que les sería propio, fantasean sobre qué especie será la última en extinguirse, cuál les sobrevivirá a ellos. Y es que tras el desastre, “el mundo se ha partido en dos: estamos nosotros, la gente de Chernóbil, y están ustedes, el resto de los hombres”. Chernóbil, cambian de tercio los testimonios, supone el descubrimiento del miedo y, a la vez, el alcance de la mayoría de edad del pueblo ruso. La tradicional educación militar que les había hecho resistir y sobrevivir a la Gran Guerra se demuestra impotente para afrontar la catástrofe nuclear (como claro ejemplo de ello, las tropas movilizadas tras la explosión del reactor… ¿pretendían ametrallar átomos? ¿Bombardear radiactividad?), y cae el velo de la ignorancia: ya no existen un átomo militar, el de Hiroshima y Nagasaki, y un átomo de la paz, el que proporciona una bombilla eléctrica en cada hogar; ambos son dos caras de la misma moneda. Claro que la culpa no es de la ciencia, sino del uso que hacemos de ella, como se apresura a manifestar la doctora en Ciencias Agrícolas Slava Konstantínovna Firsakova. El ser humano tiene tanto de destructor como de creador, así que, según ella, hay que aprender a vivir en Chernóbil, hay que aprender, en base a la información y al conocimiento, y en contra de la opacidad oficial y la ignorancia, a restablecer lo único que tiene el pueblo bielorruso: la tierra.

“La admiración de la tristeza” se apoya en los testimonios de científicos, intelectuales y antiguos dirigentes del partido comunista, además de en liquidadores y en el pueblo llano. Hablamos de gente, en su mayoría, capacitada para entender lo que estaba sucediendo o directamente implicada en lo que sucedió a raíz del desastre de Chernóbil. Cómplices, con sus acciones o con su silencio (“sí sabía que de aquella zona se debía sacar a todo ser vivo… Y, no obstante, realizábamos a conciencia nuestras mediciones y luego mirábamos la tele”; y a los pocos que intentaban alertar de la situación, nadie les prestaba oídos: “¡nadie nos escuchaba! Ni a los científicos, ni a los médicos; la ciencia estaba al servicio de la política; la medicina, atrapada por la política”), de los engaños del Estado (“Se engañaba a la gente. Y la engañaba el Estado… Toda la información se convertía en un secreto… para no provocar el pánico”). ¿Por miedo a represalias? Sí, desde luego, pero no sólo por el miedo a ser privados de un título o del carné del Partido, “sino por sus convicciones”, “por disciplina de partido”. Ante las preguntas de los campesinos que seguían con sus vidas (“se han pasado años asustando a la gente, preparándola para una guerra atómica. Pero no para un Chernóbil”), los científicos no hacían más que repetirles “Todo está bien. No pasa nada malo… antes de las comidas lávense las manos”. “Todos nosotros habíamos participado… en un crimen… en un complot”. “Aquellos lugares son de una belleza espléndida… el bosque original,… riachuelos serpenteantes, agua… transparente… hierba verde… Para [la gente] era lo normal… tú, en cambio, sabes que todo aquello está envenenado”. De hecho, ya los mismos científicos minusvaloraron la tragedia: según Valentín Alexéyevich Borisévich, exdirector del laboratorio del Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Bielorrusia, quienes se desplazaron a la central creían que el problema se solucionaría en cosa de pocas horas, pues no llevaron consigo ni ropa ni enseres para la higiene personal. De ahí que “la fe en la física se acabó en Chernóbil”. Cuando ya se había precipitado sobre la zona afectada el equivalente a 350 bombas como la que se lanzó sobre Hiroshima, se continuaba hablando de enemigos en lugar de física (“Si hubiera empezado una guerra, habríamos sabido qué hacer. Para eso disponíamos de instrucciones”; “Que si sois héroes, que si esto es una hazaña, que si estamos en primera línea… ”, le decían a un fotógrafo obligado a ejercer de liquidador, “El léxico era militar… Pero ¿qué es un rem? ¿Y los curios? ¿Qué es un microrroentgen?… el superior no podía contestarnos nada: en la escuela militar no le habían enseñado nada de eso”, sólo que los seleccionados se habían convertido en soldados y, como tales, debían cumplir las órdenes). Al final, “la fábrica de sueños [el Estado soviético] defendía nuestros mitos: podemos sobrevivir en cualquier lugar, hasta en una tierra muerta”, de ahí que ninguno de los enviados a la zona contaminada se quejase de una protección del todo insuficiente (desde una única pala a medidores de radiactividad inútiles porque no habían sido cargados previamente). Es más, “en nuestro país no puede haber ninguna catástrofe”, a nadie se le pasaba por la cabeza que lo sucedido tuviera como escenario a “la gran potencia del mundo” (el déficit de especialistas, el cierre de laboratorios, que en la construcción de la central de Chernóbil se invirtieran 2 o 3 años cuando los japoneses invertían 12 en la construcción de las suyas o que la seguridad del reactor fuese la misma que la de cualquier complejo agropecuario parecen corroborar tal afirmación). Quienes quedaron allí, “encerrados en la zona. En una trampa”, comparten “la misma suerte… en cualquier otro lugar, somos unos extraños. Unos apestados”. Y se resignan a vivir con Chernóbil hasta el fin de sus días: “Unos conocidos nuestros han tenido un niño… tiene una boca que le llega a las orejas; aunque no tiene orejas… no voy a verlos… no puedo. En cambio, mi hija sí… un día sí y otro también… no sé si se imagina su futuro o se prepara [para él]”.

Por último, el ensayo de Alexiévich finaliza con un epílogo, brutal, que reproduce uno de los numerosos anuncios con que las agencias de viajes que se lucran hoy día del turismo oscuro y la banalización de la tragedia intentan captar a sus clientes. “¿Creen ustedes que todo esto es una idea demencial? Se equivocan, el turismo nuclear goza de una gran demanda, sobre todo entre los turistas occidentales. La gente viaja al lugar en busca de nuevas y poderosas impresiones. Sensaciones que es difícil encontrar en el resto del mundo, ya tan excesivamente acondicionado y accesible al hombre. La vida se vuelve aburrida. Y la gente quiere algo eterno. Visiten La Meca nuclear. Y a unos precios moderados”.

No quiero engañar a nadie, la lectura de Voces de Chernóbil: Crónica del futuro no es nada fácil. Yo mismo nunca he sido capaz de leerme más de un monólogo cada vez (se compone de un total de 39 monólogos, 3 coros y 2 solitarias voces humanas). Las ganas de llorar, las náuseas, la rabia o la impotencia hacen que tengas que consumirlo en muy pequeñas dosis. Es un libro radiactivo, si se quiere ver así, y toda exposición que supere una pequeña dosis cada vez puede resultar muy perjudicial para nuestra salud. Y sé que hay muchos lectores que prefieren evitar este tipo de obras. Sin embargo, creo que hay que leerlo. Al margen de lo ya dicho sobre la maestría y el oficio que demuestra Svetlana Alexiévich (yo ya he añadido a mis futuras lecturas La guerra no tiene rostro de mujer, ensayo sobre el papel que las mujeres rusas, como siempre silenciadas por su sexo, jugaron en la Segunda Guerra Mundial), debemos poner en valor a la gente que presta su testimonio, desde el pasado pero con la vista puesta en el futuro, muchos de ellos víctimas inocentes y otros un poco menos inocentes y víctimas, pero todos portadores de una verdad en alarmante peligro de extinción: por ser silenciada por las autoridades y por la implacabilidad del tiempo y la enfermedad. Chernóbil podríamos haber sido nosotros, Chernóbil habla de nosotros. Chernóbil seremos nosotros.

*Este artículo fue publicado por la revista literaria Letralia. Tierra de letras el 11 de abril de 2020.