43. Vacaciones en familia

 

Me siento cómodo con este blog porque la relación que mantengo con él es semejante a la que puedo mantener con un buen amigo: no importa el tiempo transcurrido desde la última vez que coincidimos, bastan unos minutos (una copa o un café) para reanudar todo lo que había quedado aplazado por el espacio y el tiempo. Simplemente necesitamos de unos momentos para ponernos al día y reanudar la amistad allí donde la habíamos dejado. Así las cosas, puesto que desde finales de julio no publico nada aquí, creo me toca hablar de las vacaciones antes de ocuparme de otros temas.
 
Pues bien, ciñéndome al tema vacacional, supongo que todos habéis oído alguna vez, al reincorporaros al trabajo tras las vacaciones, la típica pregunta del típico compañero el típico “primer día después de”: Las vacaciones, ¿bien o en familia? En mi caso, para mi desgracia, la tengo que escuchar cada año… y es que no todo el mundo tiene claro eso de que los chascarrillos tienen gracia una vez, o dos, o tal vez tres, pero estirarlos más es confiar demasiado en la tolerancia de los otros… a lo que voy: sí, en efecto, mis vacaciones han sido en familia, pero, entiendo yo, no con esa familia a la que se refiere el chiste en cuestión.
 
Y es que lo que se dice familias, las hay de muchos tipos; y aunque se puede pertenecer a más de uno de los grupos con que las resumo, de un modo rápido y despreocupado, a continuación, grosso modo las clasifico así[1]: la que siempre ha estado, está y va a estar ahí; la que te buscas (pienso en los amigos, y en los compañeros de viaje); la que vas ganando con los años (por ejemplo, la política; que no tiene por qué ser mala, al contrario, por lo menos en mi caso); la que te ha tocado (personas de las que conoces su nombre, con suerte, y poco más, que a lo mejor no has visto en tu vida, o que hace tanto tiempo que las has visto que ya ni las recuerdas); la lejana (geográfica y/o emocionalmente); la molesta[2]… y la que acaba formando uno mismo, con su pareja y sus hijos, si es que decide y puede tenerlos. Y es con este último tipo de familia con el que he tenido la suerte de pasar las vacaciones.
 
Libre de todo compromiso moral y, por tanto, sin cargo de conciencia alguno que me impela a hacer lo contrario (desde que falleció el último de mis abuelos me siento así, la verdad), hace muchos años ya que no “sacrifico” mis vacaciones estivales con visitas familiares[3]. Al fin y al cabo, la distancia que separa a A de B es exactamente la misma que la que separa a B de A (nota mental: comprobar en Google Maps que esto sigue siendo así), y aunque mis vacaciones y tiempo necesario de descanso y desconexión no son más importantes que el de otras personas, también es cierto que no valen menos. Así que prefiero, una vez que he aprendido a comportarme como todo el mundo se comporta (esto es: hacer caso en exclusiva a mis apetencias e intereses), pasar las vacaciones con quien quiero y de la manera que quiero. Es más, ser padres ya es eso, volver a experimentar “primeras veces” (primer aniversario, primeras Navidades, primer diente, primera palabra, primer paso, primeras vacaciones…), muchas de las cuales ya ni recuerdas. Y la verdad es que afrontábamos las vacaciones con muchísimas ganas e ilusión, no en vano iban a ser las primeras con nuestra hija.
 
Así pues, gracias al impagable trabajo logístico de mi pareja, emprendimos las primeras vacaciones con Júlia, nuestra pequeña de 12 meses de edad por aquel entonces. Y ya desde la misma planificación se notó eso de que un hijo te cambia la vida (eso es así, y a todos los niveles), tanto en el destino elegido y lo que haríamos una vez llegados allí (no muy lejano, apto para un bebé que por aquel entonces sólo gateaba, poco caluroso y con actividades adecuadas tanto para Júlia como para sus papás) como en la cantidad de bultos con que cargar (se trataba de pasar quince días y catorce noches alejados de las comodidades domésticas). Sobre esto último, os digo que llegó un momento en que pensé alquilar un camión, o en hacer dos viajes, tal era la cantidad de cosas que considerábamos necesarias (las vidas de los padres primerizos son fértiles en por si acasos, y el capitalismo, además, se encarga de alimentar tu imaginario con toda nueva necesidad hipotética que se te pase por la cabeza o, directamente, te genera una nueva cada vez. Y, claro está, ¡qué no estamos dispuestos a hacer por nuestros pequeños!). Por suerte, y aunque nunca fui un gran jugador de Tetris, conseguí hacerlo caber todo en el coche… eso sí, sumándole el asiento del copiloto y buena parte de lo que quedaba desocupado en los asientos traseros al maletero.
 
Pero no os creáis, no todo han sido flors i violes (me cuesta tanto creerme a la gente que se empeña en vender su vida como perfecta que cualquier imperfección en la mía, por pequeña que sea, tengo que mencionarla): como decía, tener hijos te cambia la vida, y dentro de esos cambios hay que contar con los ritmos, las cosas posibles e imposibles de hacer en tus nuevas circunstancias y un número de variables casi infinitas que sólo echas de menos cuando ya no las tienes (la normalidad anterior a, podemos convenir en llamarlas). De tal modo que la lluvia; las trece horas que suele dormir Júlia repartidas entre la noche, bien entrada la mañana y la siesta; el tiempo lluvioso (cuya temperatura tendría que haber agradecido siempre, pues mientras que el resto del país se evaporaba bajo los efectos de la ola de calor, nosotros dormíamos bien tapaditos y sin pizca de humedad) y tener un montón de senderos por los que no podía transitar se conjuraron para hacerme tener uno de esos días en los que no me soporto ni yo mismo[4] (uno de quince, no está mal; conozco a personas a las que una baldosa mal puesta es suficiente para torcerles el día, cuando no la semana entera, de ésas que por mucho que les sonría la vida nunca estarán bien porque se dedican a buscar excusas para no ser felices). Acostumbrado a ser el tipo de turista que explota hasta la extenuación la zona donde ha decido veranear, me parecía poca cosa lo que Júlia nos “obligaba” a hacer… ¡sí, señoría, culpable de egoísmo e inexperiencia!
 
 
Sin embargo, el cambio de actitud fue relativamente sencillo: sólo había que centrarse en lo bien que se lo pasaba la pequeña, en cómo se ganaba con su simpatía y su sonrisa eterna a los vecinos del pueblo, a los compañeros de desayuno o a los clientes de tal o cual restaurante; en cómo disfrutaba de la compañía de otros niños (todo un acierto escoger como destino una zona de turismo tan familiar); en cómo jugaba con las cabritas o en qué cara puso cuando vio su primer oso y el resto de animales en el parque que visitamos; en cómo se ha ido convirtiendo en una gran gourmet, pues sólo hay que ver lo que come para saber si lo que pagamos en tal o cual restaurante merece o no la pena (y después de años de ir de restaurantes, os podemos asegurar que Júlia tiene el morro fino… en efecto, no nos va a salir barata)… por desgracia, ella no recordará sus primeras vacaciones, pero para nosotros serán inolvidables. Y no las cambiaría por nada del mundo, entre otras cosas, porque nos han servido de aprendizaje: hemos detectado muchos errores (¿os he dicho alguna vez que no somos perfectos?), que nos serán muy útiles de cara a las vacaciones venideras, que esperamos que sean muchas y todavía mejores.
 
Así que, en efecto, querido ser-cansino-que-cada-año-me-preguntas-lo-mismo-y-ya-hace-tiempo-que-has-dejado-de-tener-gracia, mis vacaciones han sido en familia, con mi familia, lo cual no ha sido impedimento para que hayan ido mucho más que bien.
 
 
 
 

 


 

[1] Mi sentido arácnido me advierte de que siempre es mejor guardar silencio sobre estos temas. Sin embargo, voy a ignorarlo, una vez más, por las razones siguientes: 1. No hay nada peor que la autocensura; 2. Escribo desde mi verdad, sin pretender convencer a nadie de lo que digo ni, por descontado, sin intención de que nadie se dé por aludido porque no escribo sobre nadie en concreto; y 3. Escribo desde la asunción de que yo también formo parte de alguno o de varios de los grupos para otras personas, o de las equivalencias que ellas, a su vez, hayan hecho; es del todo normal que así sea. Si yo, con lo zoquete que soy, lo entiendo, ¿qué puedo esperar de personas mucho más inteligentes que yo?
[2] La lejana y la molesta podrían ser subtipos de la que me ha tocado, cierto es. Pero no todos los que me han tocado son lejanos o molestos, ni únicamente son molestos los que me han tocado, ya se entiende. Eso sí, no creo para nada en la importancia determinante de eso que se ha dado en llamar la sangre. Si lo único que comparto con alguien es una parte de mi código genético, me parece demasiado poco, la verdad. En la vida, y en las relaciones humanas en concreto, hay muchas cosas más. Por lo menos para mí.
[3] Durante mi infancia, las vacaciones en el pueblo (en el pueblo de mis padres, en realidad, porque ni es mi pueblo ni es mi tierra, ni nunca lo serán), como les sucedía a muchos hijos de inmigrantes españoles, eran lo habitual. Pero no sólo las de verano: recuerdo alguna que otra Semana Santa e, incluso, haber hecho triplete un año con las de Navidad. Eso sí, como mínimo una vez al año tocaba hacerse los 1000 kilómetros en coche para ir a visitar a la familia. Pero a medida que he ido creciendo y mis abuelos han ido faltando (los paternos, porque los maternos se trasladaron a Barcelona para estar cerca de sus hijas), y no está de más decirlo, he empezado a hacerme esas preguntas que todo lo cambian (sí, las del tipo “¿y por qué yo sí y tú no?”, o “¿por qué siempre yo?”), las visitas se han distanciado hasta casi desaparecer por completo. Eso sí, durante las primeras vacaciones que hice en pareja después de muchos veranos sin disfrutar de un merecido descanso estival (la pobreza del estudiante, ya me entendéis), aún hice un hueco para ir de visita por aquello de “hace mucho tiempo que no los veo”.
[4] Infinitas gracias a mi pareja por aguantarme cuando esto sucede, no conozco a nadie igual. Tolerante, comprensiva, no rencorosa, con una habilidad adaptativa que supera con mucho mis capacidades. Todo un ejemplo a seguir.

 

18. ¿Princesa o caballero templario?

Todo aquél que haya estudiado una filología pasa cíclicamente por periodos existenciales casi depresivos en los que se cuestiona por qué tuvo que decantarse por esa formación en concreto, maldice la miopía de los otros, incapaces de ver las virtudes que atesora la literatura y valorar su importancia, condena la poca estima social, laboral e institucional que reciben los profesionales de su ramo –sobre todo queremos más dinero porque estimula nuestra vocación, cierto, pero también que cada día nos agradezcan nuestra venida al mundo y todos los sacrificios que llevamos a cabo en aras de la humanidad; y una felación o un cunnilingus, eso ya sería la guinda del pastel, no nos merecemos menos–, y se lamenta de que le haya tocado vivir en una latitud y en un momento encuadrados en una república iletrada.

Cuando me toca vivir uno de esos episodios, cuando tengo uno de esos días en los que el ánimo se ha mudado al sótano, acudo al único sitio donde sé seguro que daré con esas almas gemelas que pierden su valioso tiempo sumergiéndose en la lectura: el supermercado. Allí, nueva Alejandría, mis semejantes, mes frères, ávidos de conocimiento, como si de la palabra de un antiguo dios recogida en un libro se tratase, estudian el etiquetado de los productos alimenticios, seguramente con distintas motivaciones cada uno de ellos: unos sólo querrán cerciorarse de si el alimento en cuestión está libre de alérgenos e intolerancias; otros, si es bajo en grasas, o si fue envasado en la India, o tal vez si es compatible con la dieta extraterrestre que el nuevo especialista surgido de la inventiva capitalista le ha indicado que es la más sana del mundo. En realidad no importa qué motivo los impulsa, lo relevante es que todos ellos quieren saber.
Porque así funciona nuestro cerebro para procesar eso que comúnmente llamamos realidad, así obtenemos y de ahí proviene nuestro conocimiento del mundo, del etiquetaje, de la clasificación. Pero la creación de etiquetas, aunque sumamente útil y necesaria, siempre es una tarea limitada e incompleta, jamás podremos llegar al conocimiento total de la realidad por medio de este proceso. Para que se me entienda mejor, nos enfrentamos al mundo como quien confecciona un mapa, simplificamos –etiquetamos y clasificamos– lo que éste representa para tener acceso a su conocimiento con un esfuerzo mínimo, de un vistazo por así decirlo, pero la rica complejidad se nos escapa por la propia simpleza que supone la representación, que queda limitada a algunos aspectos concretos: podremos tener mil y un mapas diferentes, físicos, políticos, lingüísticos, de densidad de población, de distribución de la riqueza, etc., tanto da, pero jamás llegaremos al Mapa, aquél capaz de representarlo absolutamente todo –y no quisiera yo caer en pecado de hybris.
Pero lo cierto es que la clasificación ha sido, es y será nuestra mejor vía de acceso al conocimiento. Por poner sólo unos ejemplos: la taxonomía es la parte de la biología que clasifica a los seres vivos según sus características; la química clasifica los elementos; las matemáticas, los números; la física, los estados de la materia; las artes, sus diferentes manifestaciones; la literatura, los géneros literarios; la geología, los minerales; la lengua, las palabras; y así podría seguir ad infinitum.
Pero, claro, como es bien sabido, lo que nos cura, aplicado en exceso, o donde o cuando no toca, nos envenena, y a mi entender eso es lo que sucede en el momento en que nos servimos del etiquetaje en la parcela social de la vida humana, en nuestro día a día, en nuestra relación con los otros. Y es a este punto precisamente donde quería llegar con este largo introito –que me lo podría haber ahorrado, cierto, y de paso evitártelo a ti, amigo lector, más cierto aún, pero no descuides que yo escribo esto porque me lo paso bien haciéndolo, y con un poco de suerte conseguiré distraerte el tiempo que dure tu lectura también a ti; my home, my rules, para que nos entendamos… y que si igualmente vamos a acabar follando, ¿qué mejor manera de hacerlo que deleitándonos en los preliminares? Déjame que me acerque poco a poco y conquiste esa parcela de ti que ya has tenido a bien concederme, pues de lo contrario no sé qué razón te impulsa a seguir leyendo todavía esto–, a cómo utilizamos el etiquetaje con las personas y qué efectos, no siempre positivos, puede tener.

Habría que empezar diciendo que todos etiquetamos, aquí no hay nadie que pueda lanzar la primera piedra; somos así, no hay vuelta de hoja, nuestro cerebro, ya lo hemos visto, se sirve de esta estrategia para acceder al conocimiento. Lo hemos aprendido desde pequeños, porque el etiquetaje forma parte de nuestra educación, desde nuestros compañeros y/o amigos de la infancia hasta nuestras relaciones en el entorno laboral, pasando, por descontado, por nuestros propios padres y nuestro círculo familiar más cercano, siempre está presente; a todos nos han colgado etiquetas y todos las hemos colgado: imbéciles, tontos, guapos, listos, no importa el calificativo. Utilizamos las etiquetas para elegir y descartar amigos, o hipotéticas parejas, para convencernos de que aquello no va con nosotros por X o por B, sin pensar demasiado qué consecuencias pueden tener los estereotipos en las personas encasilladas ni si tales juicios se asientan en una base sólida lo suficientemente real.

Pero si las etiquetas, aunque útiles, pueden ser nocivas en la vida adulta, imaginaos las terribles consecuencias que pueden darse cuando se nos aplican desde la más tierna edad. Repítele mil veces a un niño que es tonto, y en tonto lo convertirás; dile que es el más listo del mundo, y un repelente dictador de la razón será; que es el más guapo, y a la siempre efímera diosa de la belleza devotamente adorará. Sin que nos lo propongamos, y esto es lo terrible, podemos determinar negativamente su futura personalidad. En más ocasiones de las que quisiéramos el factor sociocultural se impone al biológico –nuestras predisposiciones genéticas– y al personal –nuestras elecciones libres y autónomas–, los tres elementos que confluyen y moldean nuestro futuro yo, nuestra identidad.

Pues bien, con semejante mochila de viaje andaba yo un miércoles de este pasado agosto por Ponferrada –¡no, querido lector, no me interrumpas ahora, que se me baja la erección!–, y aprovechando que ese día de la semana la visita a los museos y monumentos de la ciudad es gratuita, decidí empezar por el castillo de la ciudad. Allí, después de esperar pacientemente la cola de entrada –para que luego digan que la cultura no interesa–, te recibía un trabajador de la fortaleza, que te explicaba qué verías a lo largo de tu visita y qué exposiciones se ofertaban en su interior. La primera de ellas era una interesante muestra de cómo vestían las mujeres y hombres, cualquiera que fuese el estamento social que ocupasen, de aquella lejana época en que los caballeros templarios habitaban el castillo. Y, entonces, justo antes de traspasar el umbral de la puerta que daba acceso a la exposición, llegó a mis oídos, curioso que es uno, el comentario que ha dado origen a estas líneas que ahora escribo –¿ves? Toda espera tiene su recompensa, el asunto ya está a punto de caramelo, me dispongo a iniciar la penetración, así, con suavidad–: “Cariño –le dijo con entusiasmo una madre a su hija, que debería de tener unos siete años de edad–, ahora vamos a ver un montón de trajes de princesa, ¡ya verás qué bonitos!”

No sé si es debido a que durante los últimos años he estado muy relacionado laboralmente hablando con la educación en valores y la filosofía, si es que me preocupo en exceso por una humanidad que hace tiempo ya que está perdida o si es que siento la poderosa llamada de la naturaleza y me imagino qué haría yo en tal o cual caso si la madre o el padre de la criatura fuese, pero lo cierto es que me horrorizó el comentario. Estoy de acuerdo en que si quieres que tus hijos “consuman” cultura, hay que animarlos, debemos presentársela de manera atractiva y dinámica, pero ¿tiene que ser así? ¡Dios mío, se trataba de un castillo templario! Si no tienes ni idea de quiénes fueron, que bien podría ser, consulta la Wikipedia tramposa, pídele respuestas a san Google, haz lo que tengas que hacer pero no le mientas a tu hija, y mucho menos si esa mentira supone caer en un estereotipo sexista. Claro, como será mujer, mejor que su modelo de prestigio sean las princesitas, cuyo único mérito, factoría Disney aparte, suele ser haber nacido en una familia en concreto…
  

Tal escena me dejó preso de la ofuscación, y así deambulaba yo, de almena en almena por mi monte Sinaí particular, hasta que la providencia quiso que una nueva familia se cruzase en mi camino. La componían cuatro miembros: los padres, un niño que apenas debería de tener cuatro o cinco años de edad, y otra que aproximadamente contaba los mismos años que aquella a la que momentos antes su mamá le había vendido los trajes principescos. ¡Pero qué maravilla de niña! Disfrazada a la perfección de caballero templario, con la roja cruz paté en su pecho y equipada con sus armas, hacía de cicerone a sus padres y a su hermanito en la visita a “su” castillo. Ora les mostraba las resistentes murallas que frenaban en seco las intenciones de sus peligrosos enemigos, ora el foso o la torre del homenaje, ningún rincón quedó inexplorado –Melibeo soy y a Melibea adoro, y en Melibea creo y a Melibea amo–. Daba gusto, la verdad, seguir a la familia en su visita, y daba gusto, también es cierto, la sonrisa que te dedicaban los padres cuando se daban cuenta de cómo mirabas a su hija. Mira por dónde, el mismo lugar que me había envenenado pronto me proporcionó el antídoto, pequeñito, de apenas unos siete u ocho años de edad. La esperanza disfrazada de templario tuvo a bien acudir en mi ayuda.

Así que supongo que la respuesta a la pregunta con que titulo este post está clara: caballero templario, sin lugar a ningún género de dudas. Mucho me temo que este mundo está mucho más necesitado de las segundas que de las primeras, y no por el mundo en sí, que también, sino por ellas mismas. Eduquemos caballeras que sean independientes, que se sepan valer por sí mismas, que no tengan miedo y, sobre todo, que elijan su propio camino, sea el que sea, aunque “no sea el adecuado para ellas”.

Esta anécdota que a algunos les puede parecer una tontería me ha acompañado durante meses, tal vez por eso hoy escribo sobre ella, para exorcizarla, hasta tal punto que hace unos días se la conté a un compañero –y amigo– de trabajo, uno de esos hombres sabios con los que merece la pena hablar siempre, pues siempre te enseñan algo –y deseo que hayáis llegado ya al orgasmo, porque este buen hombre va a hacer que nuestra libido nos baje a los pies–. Tras escucharme atentamente y emitir un par de interjecciones de disconformidad a medida que avanzaba mi relato, me contó que uno de sus nietos varones, no recuerdo si el más pequeño de ellos, es un enamorado de los tutús, y que siempre que hay una reunión familiar o presiente que se avecina jarana, desaparece en su cuarto, para volver a aparecer inmediatamente vestido con su faldita –os estoy viendo, ¿eh? Y os entiendo perfectamente, yo también pasé por lo mismo y todos hemos visto Billy Elliot; sonreís imaginándoos la estelar puesta en escena del niño, incluso anunciándola con un ¡tachán! que ya lo dice todo por sí solo–. Y eso está muy bien, me decía, es cierto, todos sabemos que es lo correcto, si al niño le gusta ponerse el tutú y bailar, que lo haga. Pero claro, concluyó, llegó el día en que quiso ir al colegio con el tutú, y después de mucho pensarlo, sus padres lo convencieron para dejar esa vestimenta para las fiestas privadas.

¿Y sabéis qué? Creo que yo hubiese hecho lo mismo. Yo puedo saber perfectamente qué está bien y qué está mal, pero el mundo no tiene por qué coincidir conmigo –de hecho, viendo cómo funciona, no coincidimos en absolutamente nada–. Y el mundo, mucho me temo, acabaría riéndose del niño que lleva el tutú al cole, le colgaría unas cuantas etiquetas. Al menos este mundo que conocemos. Supongo que a uno mismo le es muy fácil arriesgarse a la mirada de los demás; a mí, por ejemplo, aunque me ha costado, me va importando un pimiento el juicio de los otros: a quien le guste, fantástico; y a quien no, pues fantástico también, no siento la necesidad de agradarle a todo el mundo ni de encajar en lo que se supone que tengo que ser. Pero creo que no expondría a mi hijo, aunque signifique obrar en contra de lo que entiendo que debería ser. Hasta que el mundo cambie.

No sé, tal vez mi granito de arena para propiciar ese cambio necesario sea éste, cuestionarme ciertas cosas y hacer que otros se las cuestionen. Y tal vez mañana coincidamos en el parque, ya en otro mundo que a día de hoy aún no existe, pero que creo posible, yo con mi hija disfrazada de Batman, y tú con tu hijo y su tutú. Ojalá así sea.

6. Con Budapest en el recuerdo

Durante dos viernes del pasado mes de setiembre, en plena crisis de los refugiados sirios en Budapest, fui a trabajar vestido con uno de los recuerdos que me traje de la joya del Danubio, ciudad que tuve el placer de visitar junto a mi pareja en agosto de 2014.

Ese recuerdo no es ni más ni menos que una camiseta negra donde se puede ver el Parlamento húngaro, la misma con la que salgo en la fotografía del apartado de Alfredópolis en el que hablo de mí mismo en tercera persona (impresionante, lo sé).

Pero más allá de la simple curiosidad con la que solemos mirar las camisetas exóticas de la gente, con humana envidia o apuntando futuros destinos vacacionales, en estas dos ocasiones me sentí juzgado como si ante un tribunal de guerra me personase en calidad de acusado.

Es bien conocida y está harto estudiada la influencia del cuarto poder, la prensa, como creador de opinión y herramienta de manipulación de masas, fiel servidor de la política, así que supongo que es difícil separar el grano de la paja en estos casos y dejar de ver a quien lleva esa camiseta como si del propio Primer Ministro Viktor Orbán se tratase. De hecho, hasta un par de comentarios me hicieron algunos compañeros sobre lo poco oportuna que resultaba la camiseta con lo que estaba pasando allí. Pero ¿os imagináis que por el simple y casual hecho de ser españoles y catalanes nos consideraran a todos iguales a Mariano Rajoy o a Artur Mas? A mí se me revuelve el estómago sólo con pensarlo.

Eso por una parte, aunque no sabría decir si quienes me miraron inquisitorialmente eran firmes defensores de los derechos humanos o, por el contrario, se trataba de aquellos que piensan que ya ayudaremos a los refugiados cuando hayamos conseguido que los de casa, más merecedores de nuestra compasión y ayuda, tengan lo mínimo e indispensable para su supervivencia.

Y qué queréis que os diga, por muy inhumanos y xenófobos que me parezcan el Gobierno de Orbán y sus métodos, sigo siendo un enamorado de la capital húngara y, ante todo, de sus gentes, por mucha publicidad negativa que se vierta, y ni todas las censuras del mundo me harán cambiar de opinión. Será por esto que dicen que viajar abre tu mente.


Representación de la unión de
Buda y Pest (y Óbuda) en el s. XIX.
Foto de Alfredo Martín G.

Porque Budapest es de esas ciudades cuyo encanto queda grabado por siempre en tu memoria y tu corazón. Y quienes la hayan visitado sabrán de lo que estoy hablando. Quienes no, que no duden en hacerlo en cuanto la situación se normalice un poco. Y si mi consejo sirve de algo, que se olviden de ese famoso paquete turístico que te lleva a las tres joyas de la Europa central (Praga, Viena y Budapest) y dediquen, si es posible, un viaje a cada una de las capitales. De lo contrario, mucho me temo, tendréis la sensación de haber visto mucho, cuando en realidad no se habrá visto nada.

Asimismo, pese a que la zona turística de Budapest se puede visitar en tres o cuatro días si compráis un bono de transporte, mi consejo es que le dediquéis una semana de vuestras vacaciones y caminéis por sus calles (a nosotros nos recordaron a la Barcelona preolímpica) y conozcáis a sus gentes, hospitalarias y simpáticas como pocas, y que no teniendo nada o teniendo muy poco, tienen la virtud, casi perdida, de compartirlo contigo.


La Gran Sinagoga. Foto de Alfredo Martín G.

Nosotros nos alojamos en el barrio judío, en el único hotel cuya recepción contaba con alumnos españoles de Turismo en prácticas (aún recordamos con una sonrisa a aquella recepcionista catalana que casi saltó el mostrador para besarnos cuando le dijimos que veníamos de Barcelona), circunstancia que ayuda cuando visitas un país cuya lengua es tan lejana como el magiar, por mucho inglés que hables (aunque es cierto que con la lengua de Shakespeare no tendréis ningún problema en restaurantes y comercios, pues todos los camareros y dependientes lo hablan más o menos fluidamente), a cinco minutos a pie de la

Monumento homenaje a los judíos exterminados
por los nazis, en el Museo Judío. Foto de Alfredo Martín G.

sinagoga de Budapest, en el corazón de Belváros o Ciudad Interior, en Pest, y a tiro de piedra de las milenarias aguas del Danubio. Quienes hayan paseado por la noche por su ribera iluminada y por sus puentes (el Dunakorzó o paseo fluvial) entenderán por qué la capital húngara es conocida como “la París del Este”. Asimismo, en Belváros destaca el edificio del Iparművészeti Múzeum (Museo de las Artes Aplicadas) y, sobre todo, el Magyar Nemzeti Múzeum (Museo Nacional Húngaro), el más grande del país, absolutamente fascinante y que se llevará unas cuantas horas de vuestras vacaciones, seguro, y la ya mencionada Nagy Zsinagóga (La Gran

Mercado Central. Foto de Alfredo Martín G.

Sinagoga, la más grande de Europa y la segunda del mundo tras la de Nueva York) y el Zsidó Múzeum (Museo Judío). Pero la oferta cultural es tan amplia que, si lo vuestro son los museos y templos, en esta zona os podréis deleitar, además, con el Földalatti Vasúti Múzeum, dedicado al ferrocarril, el Magyar Természettudományi Múzeum (Museo de Historia Natural), el Belvárosi Plébánia Templom, junto al puente de Isabel, el Ferences Templom o el Református Templom, iglesia calvinista. Si lo vuestro son las compras, no os preocupéis, la famosa Váci utca dispone de todo tipo de cafés, bares y tiendas. Eso sí, no os perdáis, al sur, el Nagycsarnok o mercado Central, de arquitectura art nouveau, una maravilla para los sentidos. 

Parlamento de Hungría desde Buda.
Foto de Alfredo Martín G.
Basílica de san Esteban. Foto de Alfredo Martín G.

Al norte de Belváros se encuentra el barrio Lipótváros, donde destaca el monumental Országház (Parlamento), que no podéis dejar de visitar. Asimismo, concertad, si es posible, visita a la Magyar Állami Operaház (Ópera Estatal de Budapest), aunque en temporada podéis asistir a ella por un precio mínimo de ¡dos euros! (igualito que en Barcelona, por ejemplo; esto es acercar la cultura al pueblo y lo demás son tonterías, supongo que la herencia comunista, en este sentido, sí es positiva). La impresionante Szent István Bazilika (Basílica de san Esteban) también es de visita obligatoria, tanto de su interior, donde, entre otras reliquias, se conserva la Santa Diestra, la mano derecha del santo, como de sus vistas panorámicas de la ciudad. Entre los museos de la zona, destaca el Néprajzi Múzeum (Museo Etnográfico), cuyas exposiciones fijas de trajes tradicionales y artesanía son espectaculares, y cuya exposición temporal dedicada al arte gitano me dejó gratamente impresionado.

La Andrassy út, la avenida más elegante de la ciudad, que discurre a lo largo de tres kilómetros, conecta los barrios anteriormente mencionados y desemboca en el Városliget o parque de la Ciudad, que alberga un zoo, un circo, un parque de atracciones, un enorme balneario y un castillo romántico, el Vajdahunyad Vára. Antes, no os podéis perder, en el número 60, la Terrorháza o Casa del terror, antigua sede de la policía nazi primero, y de la policía secreta comunista después. Con total sinceridad, os digo que no es un sitio nada agradable, de hecho, mi pareja salió del museo llorando y yo con ganas de vomitar. Pero es de aquellas cosas que todo el mundo tendría que ver, pues el horror que es capaz de causar el ser humano no tiene límites, y la única manera de hacerle frente, mucho me temo, es conocerlo. Casi al final de la avenida Andrassy,

Plaza de los Héroes. Foto de Alfredo Martín G.

nos encontramos con otro espectáculo arquitectónico, la Hősök Tere o Plaza de los Héroes, que da entrada al Városliget. En uno de sus flancos, está el fabuloso Szépműsvészeti Múzeum (Museo de Bellas Artes), cuya exposición es importante a nivel mundial.

En la orilla izquierda del Danubio se encuentra la antigua ciudad de Buda, donde destaca la montaña de Gellért, un lugar muy tranquilo para pasear y disfrutar de las vistas del río. Eso sí, eviten a los trileros que hacen su agosto particular a costa de los incautos turistas. Allí, se puede ver el famoso hotel Gellért y sus opulentos baños termales. Pero si algo merece la pena de esta parte del margen del río, es el acceso a la Margit-sziget, la isla de Margarita, situada entre los puentes de Margarita y Árpad, una antigua leprosería romana y un antiguo harén de un bajá turco, un verdadero paraíso para recorrer a pie o en bicicleta y disfrutar de un día de picnic al sol.

En las catacumbas bajo el Palacio Real de Buda,
tras la pista de Vlad el Empalador.
Foto de Alfredo Martín G.

Dominando el río desde Buda, se encuentra el denominado Distrito del Castillo, antigua capital fortificada del país y sede de la corte real. Destaca, por encima de todo lo que encontraréis allí, el Halászbástya o Bastión de Pescadores, el Budavári Palota o Palacio Real de Buda, donde está la Magyar Nemzeti Galéria o Galería Nacional Húngara, el Budapesti Történeti Muzeum (Museo de Historia de Budapest) y el precioso Mátyás Templom, en el corazón del castillo. Como curiosidad, también se pueden visitar las catacumbas del castillo, donde se cuenta que estuvo encerrado Vlad Drăculea, personaje histórico en que se basa el conde Drácula de Stoker.

Como veis, son muchas las razones para amar Budapest (a las que habría que sumar su gastronomía y sus vinos, espectaculares), como muchos son también los motivos para separar la política de todo aquello a lo que tiende y pretende corromper, como nuestras propias opiniones.