40. Bien está lo que bien acaba

Como aficionado y socio del Club Joventut de Badalona, no puedo estar más de acuerdo con el refrán que encabeza este post con el que pretendo resumir brevemente la temporada 2017-2018 de la Penya. Y es que, pese a todo, hemos tenido un final de temporada espectacular, histórico, diría yo, porque que uno de los equipos que aspiran a ganar títulos, o que luche por entrar en el playoff, gane ocho de los últimos diez partidos de la temporada es algo que entra dentro de lo esperable, pero que lo haga el último clasificado, cuando se encontraba a cuatro victorias de la salvación deportiva y con un problema de liquidez económica que parecía anunciar la liquidación de la SAD y la desaparición como club de baloncesto, es la repanocha.

Así que, como aficionado y socio del Club Joventut de Badalona, despido la temporada con una sonrisa y más orgulloso que aliviado (a día de hoy los problemas económicos aún no están solucionados, y ya veremos cómo influyen las intrigas políticas que se viven en el ayuntamiento de Badalona en el desenlace de la situación), y con más ganas de baloncesto. Pero para ello, tendré que esperar a la temporada que viene. Ahora es tiempo de analizar el curso baloncestístico, y mirar hacia el futuro, de aprender de los muchos errores que se han cometido para no volverlos a repetir, y de intentar seguir la línea que han marcado las decisiones acertadas que finalmente se han tomado. Eso en el ámbito deportivo, puesto que en el económico hay muchos actores implicados y su resolución va para largo (espero que no demasiado, porque la parcela deportiva, como hemos comprobado dolorosamente esta temporada, está estrechamente ligada a la económica; así que espero que esas personalidades que tan sonrientes aparecen en las fotos hagan el favor de ponerse las pilas, porque a la Penya le va la vida en ello).

Pese a todo lo que hemos sufrido, y aunque pueda parecer mentira, creo que todos empezamos la temporada con bastante optimismo. Se pretendía renovar la columna vertebral que tan buena segunda vuelta había hecho la temporada anterior y se consiguió en los casos de Jerome Jordan y Tomasz Gielo, aunque a Albert Sàbat se le dejó marchar al Obradoiro y Luka Bogdanovic se retiró del baloncesto, temporal o definitivamente, sólo él lo sabe, para disfrutar de su recién estrenada paternidad. Diego Ocampo, que había hecho un buen trabajo (con el factor suerte a su favor, siempre tan determinante, porque fue una lesión de Albert Miralles la que propició la contratación de Jordan y el redescubrimiento de Garrett Stutz, para mí clave en el buen rendimiento del Joventut de la segunda vuelta de la temporada pasada), continuaba al timón, y, además, el equipo aceptaba la invitación de la FIBA y después de muchos años volvía a jugar una competición europea (recordemos que alguna negativa a participar en este tipo de competiciones provocó la marcha del equipo, años atrás, de Sitapha Savané, y a lo mejor de algún jugador más o que un determinado jugador no acabase fichando por la Penya al no tener un escaparate europeo donde lucirse y promocionarse), la Fiba Champions Cup. Y con este fin, supongo, porque había que pasar tres rondas previas para llegar a la fase de grupos de la competición y el primer partido se jugaba en Tbilisi el 19 de septiembre, se confeccionó más rápido de lo habitual (para un club acostumbrado a tener que esperar a las gangas de septiembre, claro) una plantilla de doce fichas senior (muy raro en la Penya, que siempre puede echar mano de sus canteranos, santo y seña del club, en un momento determinado) que ya a algunos nos dio mala espina. Sin embargo, si algo ha tenido el Joventut durante los últimos años, además de deudas económicas, ha sido acierto a la hora de fichar, así que si había que confiar en la plantilla, se confiaba, se lo habían ganado a pulso. Eso sí, estaba claro que se corrían muchos riesgos en dos posiciones vitales en el baloncesto, la de base y la de pívot, porque para la primera se contaba con Dominik Mavra, un prometedor base croata que aún no había demostrado nada (bueno, sí, en la liga macedonia) y que, para más inri, se incorporaría tarde a la pretemporada (fue el último descarte de la selección croata antes del Europeo), y Nenad Dimitrijevic, un joven de la cantera que, debido al bajo rendimiento y posterior salida del equipo de Sarunas Vasiliauskas la temporada pasada, había dado el salto al primer equipo del Joventut de Badalona desde el Arenys de la Liga EBA; y para la segunda, con el ya mencionado Jerome Jordan, cuya resistencia física nunca ha sido la mayor de sus virtudes, pero pese a ello se suponía que debía jugar alrededor de 30 minutos por partido de una temporada completa en ACB (para Europa se contaba, supongo, con los otros dos pívots), con Simon Birgander, un prometedor center sueco de sólo 20 años que antes de vestirse la elástica verdinegra era suplente en el Clavijo de LEB Oro, y un desconocido pívot congoleño, Omari Gudul, que se había estado ganando las habichuelas en Bulgaria antes de recalar en Badalona. Sin embargo, parecía que el equilibrio en el resto de posiciones podría solventar cualquier dificultad en esos dos puestos: si Mavra y Neno se cargaban de faltas o arrastraban problemas físicos, siempre podrían ejercer de base en momentos puntuales Sergi Vidal y los norteamericanos Patrick Richard y Alex Ruoff (con experiencia en ACB, en Bilbao, que venía de hacer una muy buena temporada en Alemania y llamado a ser una de nuestras referencias ofensivas); si los suplentes de Jordan tenían un mal día, siempre se podía jugar con Gielo y Kulvietis (debutante en ACB, primera temporada fuera de su país, Lituania), y parchear con Nogués en la posición de 4, ninguno de nuestros rivales directos contaba en sus filas con pívots determinantes. Así pues, todo pintaba de maravilla para encarar una temporada que, además, se iniciaba con excelentes noticias en el terreno económico consistentes en condonaciones, renegociaciones y acuerdos de patrocinio… ¡Albricias, por fin veíamos la luz al final del túnel!

¿Qué pasó después? Pues que la realidad se encargó de ir derribando poco a poco todo lo planeado: nos elimina de la Fiba Champions League un equipo finlandés de media tabla; nuestro fichaje estrella, el pegamento que iba a hacer que todo lo demás funcionara, Ruoff, nunca llega a debutar porque en el momento de su fichaje no se detectó una lesión en sus rodillas que lo tendría en el dique seco, como mínimo, hasta febrero (de hecho, a día de hoy el club no ha explicado qué ha pasado con él, pero todo parece indicar que el jugador, como es lógico, ha cobrado todo lo que había firmado); Mavra, llamado a ser el base titular del equipo, al parecer con problemas de indisciplina y extradeportivos, es condenado al ostracismo a las primeras de cambio por Ocampo y a las pocas jornadas (tras la sexta, para ser exactos; es reemplazado por Maalik Wayns, un base estadounidense que ayudaría en la anotación) se llega a un acuerdo con él y vuelve a Macedonia; Neno se ve sobrepasado por la situación y de repente es incapaz, incluso, de llevar el balón con relativa seguridad al campo contrario; Richard y Vidal, que no son bases y nunca lo han sido, hacen lo que pueden, pero el equipo se queda sin la anotación exterior del estadounidense, única referencia clara y más o menos constante durante esos primeros partidos, y pasa a ser muy fácil de defender: los rivales no tienen más que cerrarse sobre Jordan porque el resto es incapaz de meter un balón en una piscina; además, somos un regalo para el base rival, que jornada sí y jornada también nos hace un hijo; Birgander demuestra ser muy blandito y estar aún muy verde para darle descanso a Jordan, que ya de por sí es una hermanita de la caridad en defensa; sobre Gudul, la verdad, es que no sé qué decir, porque apenas ha jugado algo, pero debe de ser muy malo para que tal y como estaba el patio no rascase unos minutitos; Gielo, que tenía que ser nuestro Bogdanovic de este año, no es que parezca que haya perdido su mejor arma, el tiro exterior, sino que está tan perdido y tan falto de confianza que parece un chiste que tardase en renovar por aspirar a ser contratado por algún equipo de Euroliga; Ventura es Ventura, y no se le puede exigir nunca lo que nunca va a ser; Xabi López-Arostegui es la única buena noticia, pero es joven y juega su primera temporada con ficha del primer equipo, no se le puede pedir más; Sergi Vidal parece que sigue siendo nuestro jugador más consistente, pero es insuficiente y el tiempo que pasa jugando de base también le pasa factura; y Diego Ocampo, que la temporada pasada cerró muchas bocas e hizo un muy buen trabajo con una plantilla bastante limitada, parece perdido: el equipo es un coladero en defensa, raro en todos aquellos que han sido alumnos del maestro Aíto, y sus rotaciones sin sentido y sus castigos desquician por igual a aficionados y jugadores.

Sin embargo, a falta del partido aplazado contra Estudiantes, el equipo se planta en la jornada 13 con 4 victorias (las mismas que conseguimos en toda la primera vuelta de la temporada anterior) y 7 derrotas, y recibe en Badalona al recién ascendido Burgos, uno de esos rivales a los que hay que ganar como sea para garantizar cierta tranquilidad en lo que resta de temporada. Pero como sucedió en el campo del Fuenlabrada, después de unos minutos brillantes la Penya deja escapar una renta importante a su favor y se disuelve cual azucarillo en vaso de agua sin que haya ni el más mínimo atisbo de reacción en la cancha ni en el banquillo. Ése es el principio del fin, el equipo entra en barrena. Recuerdo que nada más finalizar el encuentro le digo a mi pareja “acabamos de descender”. Bien es cierto que quedaba mucha liga, pero el equipo que perdió contra el Burgos era un equipo muerto. A partir de ahí, es de sobras conocido lo que ocurre: el equipo encadena la friolera de 13 derrotas consecutivas y se convierte en el farolillo rojo de la competición, y a la pésima situación deportiva se une la delicada situación económica, que se traduce en impagos a jugadores y empleados del club. Eso sí, después de la derrota frente al Murcia en Badalona, se consigue la cesión de Nico Laprovittola, que estaba apartado del primer equipo en el Zenit de San Petersburgo, a coste cero. Dos derrotas más (frente al Barça y el Estudiantes) provocan el cese de Diego Ocampo y la contratación de Carles Duran, cesado a su vez un par de meses antes en Bilbao (curiosamente dos meses son los que hay que esperar para poder contratar a un entrenador que haya entrenado en ACB esa misma temporada, y dos meses de más son los que estuvo Ocampo en Badalona), el entrenador que yo deseaba para la Penya ya al final de la etapa Maldonado (ver en este mismo blog Tanquem la paradeta, del 25 de mayo de 2016). La siguiente derrota, la primera de las cinco que encadenará Carles al frente del Joventut, propicia que Baspenya, grupo de accionistas mayoritario del club, ante la congelación del dinero pactado con la alcaldesa de Badalona debido a una posible utilización fraudulenta de los fondos recibidos por la Fundación en la época Albiol-Villacampa, preste el dinero necesario para contratar a Demitrius Conger, un alero norteamericano que viaja desde Australia para ocupar la plaza de extracomunitario que deja libre el lesionado Wayns[1]. Pero el debut de Conger no puede llegar en peor día, porque el Joventut cae en Sevilla en uno de esos partidos marcados en rojo en el calendario y, para colmo de males, deja que el Real Betis le iguale el average particular en una serie de malas decisiones finales. Los aficionados empezamos a pensar que, pese a que la solución Duran es la buena, ha llegado demasiado tarde. El tiempo mínimo y necesario para recuperar anímicamente a una plantilla hundida no existe. El fantasma del descenso y la desaparición empieza a materializarse.

Y así, tras caer en Vitoria frente al Baskonia, llegamos al partido en casa contra Obradoiro, que ya sabemos que se acabó convirtiendo en uno de los mayores y más vergonzosos robos de la historia de la ACB[2]. Pero al contrario de lo que pensábamos los aficionados en ese momento, que se había desperdiciado la última bala que guardábamos en la recámara, fuentes internas del club señalan esa derrota como el momento que dio inicio a la que hemos vivido después. Como si la rabia por la injusticia de la que fuimos víctimas fuese la llama que prendió el fuego con el que hemos abrasado a ocho de los once rivales que nos quedaban hasta el final de la liga regular (a esta racha de derrotas aún le faltaba una, en Tenerife, para completar las trece que encadenamos). Y ese cambio tiene nombres propios: Nicolás Laprovittola, Demitrius Conger, Tomasz Gielo, Simon Birgander, Albert Ventura, Patrick Richard y, sobre todo, don Carles Duran, ante quien me quito el sombrero. Y es que no se puede entender lo que ha ocurrido en estos casi tres meses sin el trabajo que el bueno de Duran ha llevado a cabo (¡Dios, que lo renueven ya!), porque aunque la mayoría de los elogios se los está llevando Nico (que ha sido una maravilla verlo jugar, ha anotado y ha hecho jugar a sus compañeros como hacía tiempo que no veía hacerlo a un base; con la minga, vamos), hay que recordar que se pierden siete partidos seguidos ya con el argentino dirigiendo al equipo, y en algunos de ellos las malas decisiones que toma en los instantes finales son decisivas… pero Duran le da confianza, lo hace crecer, y con él crecen el resto de compañeros. El primero, Birgander, un jugador hundido con Ocampo (éste es uno de los mayores errores que figura en el debe del gallego, olvidarse de que, como muy bien decía Aíto, hay que tener a todo el mundo implicado y en dinámica de partido, hasta al último de la rotación, por que si no, el día que lo necesites no te va a responder; al contrario, restará más que sumará), y Gielo, que pasa de ser un simple tirador (no metedor) de tres a aportar en otras muchas facetas. Pero, además, Duran consigue que Jordan y Richard den un paso al lado sin molestarse y, lo que es más importante, aportando en todo momento lo que necesita el equipo de ellos, en su caso concreto, un rol menos importante; aguanta el mes que requiere Conger para aclimatarse a una nueva liga, y que tras no jugar ni un solo minuto en Tenerife, el alero se convierte en un fijo en las pajiplantillas con que todos los verdinegros soñamos de cara a la temporada que viene; recupera la garra de Ventura y lo convierte, además de en el perro de presa en defensa que es, en un tirador muy seguro cuando recibe libre de marca (que le pregunten a los equipos de Euroliga a los que hemos ganado, Valencia y Unicaja, qué opinan de su muñeca de madera); y, lo que parecía imposible, condena a Sergi Vidal, más preocupado por su futuro que por el del equipo, al banquillo, una decisión que no se atrevió a tomar Ocampo en su momento y que se veía de lejos que era lo que había que hacer. Incluso es posible que su falta de determinación en este sentido le acabase costando el puesto al gallego, porque seguir manteniendo en pista a un jugador que renuncia mirar al aro…

Y así hemos llegado al final de la peor temporada de la larga historia de la Penya según su clasificación final, la decimoquinta, pero no en cuanto a número de victorias (se han cosechado 12, mientras que en la temporada pasada, con Ocampo, y en la 2000-2001, con Izquierdo, el ayudante de Obradovic, y la vuelta de Manel Comas a Badalona, se ganaron únicamente 11 partidos) ni en cuanto a juego desplegado, por lo menos en esta intensa recta final del campeonato. Como socio y aficionado del Club Joventut de Badalona aún disfruto del buen sabor de boca que me ha dejado mi equipo, y espero con ansia el inicio de la temporada 2018-2019, con el deseo de que de una vez por todas lo económico y lo deportivo vayan por fin de la mano. Sí, bien está lo que bien acaba, hacía mucho tiempo que no vibraba tanto con el equipo como lo he hecho durante estos tres últimos meses. Feliz verano a todos y Força Penya!, en la ACB nos vemos.


[1] Curioso cuanto menos lo de los médicos del club este año: primero lo de Ruoff, y luego lo de Wayns, que llevaba quejándose de su rodilla unos cuantos partidos y nos hicieron creer, dado que descartaron cualquier tipo de lesión, que se borraba al no cobrar… el tiempo demostró que no fingía, y acabó pasando por quirófano un mes tarde, porque, de haberlo hecho cuando empezaron sus molestias, su baja hubiese coincidido con el parón provocado por la ventana FIBA y la Copa del Rey, de tal modo que no se hubiese perdido casi ningún partido. Eso sí, “gracias a todo ello”, la Penya ha podido disfrutar de un jugadorazo como Conger, vital en la recta final del campeonato.
[2] Ojo al dato con este partido, que ahora, una vez salvados, parece una tontería, pero que de haberse sumado la victoria al casillero de la Penya como tendría que haberse hecho, acumularíamos 13 victorias, y a lo mejor no hubiésemos perdido el posterior partido intrascendente en San Sebastián, de modo que en lugar de decimoquintos, hubiésemos acabado decimosegundos, por delante de Obradoiro, Delteco y Burgos. Y parece una tontería, sí, pero resulta que hay unos cuantos miles de euros de diferencia en derechos televisivos entre una posición y la otra, y para un equipo que no dispone de la cantera del fútbol o algo por el estilo de donde extraer millones de euros, año sí y año también, es bastante importante. Hago baloncesto ficción, lo sé, pero el derecho a soñar no nos fue arrebatado por la victoria de ningún equipo ni por el acierto de ningún jugador, sino por un personajillo gallego silbato en mano, con premeditación y alevosía.

34. Prefiero el fútbol

No sé si a alguno de vosotros también os estará pasando, pero empiezo a estar harto de 1 de octubre, de referéndum, de represión, de violencia, de condenas, de amenazas, de políticos, de policías, de declaraciones, de silencios elocuentes, de miedos, de manipulaciones, de distancias insalvables, de graciosillos sin gracia, de progres de red social, de tertulianos, de periodistas, de rupturas, de falsas uniones, de ofertas de diálogo ficticias, de reyes que avivan fuegos en lugar de intentar apaciguar los ánimos, de apoyos, de traslados de empresas, de legalidades, de ilegalidades, de parrafitos de una constitución añeja o de un BOE, de ideologías oscuras y cavernarias, de unilateralidad, de inflexibilidad, de valientes y de cobardes, etc., y me niego a que mi vida sea absorbida por ese gran agujero negro que amenaza con tragárselo todo. Claro, que desconectar, lo que se dice desconectar, tampoco es que sea fácil[1].

Yo, por mi parte, ya he hecho todo lo que estaba en mi mano: participé libre y pacíficamente en un referéndum en el que no creo porque aún creo menos en los violentos (y si esa violencia la ejerce quien debería garantizar los derechos y las libertades de TODOS, para qué te cuento), me he manifestado en contra de la violencia de los cuerpos policiales y de los gobiernos que los utilizan como herramienta de represión (como he hecho siempre, de ahí el plural de gobiernos[2]), y me he enfrentado a hooligans irresponsables de uno y otro lado que no son conscientes de que nos llevan a un callejón sin salida o cuya salida puede ser terrible para todos si seguimos esta línea, aun a riesgo de pasar yo mismo por hooligan de la parte contraria cada vez, y cayendo en el fanatismo en algún caso, lo reconozco; es lo que tienen ciertos temas y ciertas personas, que acaban sacando lo peor de uno mismo, aunque no es excusa, eso también lo sé. Yo tengo que expiar mis culpas como cada uno tendrá que expiar las suyas si quiere o puede. Todos somos mayorcitos.

Ahora es el tiempo de la política, la de verdad, el momento en que quienes cobran por ella justifiquen unos sueldos que les pagamos todos. Se acabó el mostrar músculo, es hora de hablar y de pactar, de pensar en la gente y en el futuro, de dejarse el cálculo de votos de las próximas elecciones en casa. Si tanto quieren a sus países y a sus gentes como dicen, es hora de dialogar de verdad (yo les animo, señores del Partido Popular, a dialogar; lo hicieron con la banda terrorista ETA, y tienen negocios con países que apoyan al terrorismo yihadista, así que no creo que sentarse a hablar con quienes desean votar pacíficamente les vaya a suponer un escollo insalvable). Si algo ha demostrado el desarrollo, la participación y los resultados del referéndum del pasado 1 de octubre, es que ambos gobiernos, el español y el catalán, tienen un gravísimo problema. Y lo hecho hasta ahora, en lugar de acercarnos a una solución, sólo ha servido para agravarlo. Y es verdad que tal vez a los políticos les interese todo esto, pero ha llegado el momento de que los ciudadanos les digamos “¡basta!” y les exijamos que hagan su trabajo, de igual modo que a nosotros nos lo exigen de lunes a viernes en las obras, supermercados u oficinas en las que llevamos a cabo nuestra actividad laboral. Ni más, ni menos.

Y digo que ambos gobiernos tienen un gravísimo problema por lo siguiente: por un lado, a Junts pel Sí no pueden valerle los resultados del referéndum para la DUI por la anormalidad del proceso en sí mismo (que asuman su parte de culpa también, la del gobierno español ya está clara) ni por el porcentaje de participación, que lo han convertido, no nos engañemos, en una fiesta a la que sólo han acudido sus amigos de siempre y cuatro renegados que, como yo, fueron a votar para hacerle frente al miedo con el que nos han querido asustar los ultras del Partido Popular; por otro lado, el gobierno español ha quedado en una posición bastante deshonrosa ante la opinión internacional y ante sus propios ciudadanos (los normales, los otros ya sabemos que piden la aplicación del artículo 155, lo cual sería un disparate más) y se ha mostrado incapaz, por enésima vez, de hacer frente a un problema que lleva muchos años gestándose y que, en lugar de intentar solucionarlo, siempre se ha dedicado a alimentarlo (lo último ha sido fichar para su causa al Borbón, que tiene cojones lo suyo, por lo que dijo y por lo que no dijo, y por la puesta en escena). Y si encima quien ahora se ampara en la legalidad está infectado de corrupción hasta la médula, ya me diréis qué legitimidad tiene todo aquello que diga… A todo esto, habría que tener en cuenta esa máxima según la cual si una persona se salta la ley, es un problema; pero si se la saltan más de dos millones y medio de personas[3], las leyes y quienes las defienden a rajatabla son el verdadero problema. Y creo que por ahí van los tiros.

Porque no nos engañemos, para que esto se solucione pacíficamente, va a ser necesaria una profunda reforma constitucional (y si no es así, nos va a ir muy mal a todos; si no, al tiempo). Sí, ya sé que hoy todos somos juristas y sabemos mucho de leyes, pero la Constitución tiene casi cuarenta años, y además de que nadie nacido después de 1960 la ha votado, no hay que ser muy listo para darse cuenta de que la España de 2017 no tiene encaje en un texto legal que sirvió, aunque sólo aparentemente visto lo visto, para dejar atrás un régimen dictatorial. Por suerte, muchos ya nos hemos integrado de pleno en siglo XXI, y queremos leyes de este siglo. Y que no nos digan que otras constituciones no se modifican, porque es rotundamente falso. Todas se van actualizando para adecuarse a los nuevos tiempos (¿os suena eso tan típico de las películas de abogados de «acogerse a la quinta enmienda» o lo de «según la segunda enmienda»…? ¿Sabemos lo que es una enmienda?), excepto, al parecer, la española. ¿Por qué? Porque, me aventuro, los cambios constitucionales seguramente suponen para unos pocos la pérdida de sus privilegios, no nos engañemos. Pero es hora de que todos hagamos efectivo eso de que la soberanía reside en el pueblo, y obliguemos a quienes mandan a que escuchen al pueblo. Bien mirado, “el asunto catalán” tendría que ser visto como una grandísima oportunidad para el resto de españoles. Pero no parece que estén por la labor, que aquí los malos malísimos somos los catalanes…

Además, quienes nos dicen que la Constitución no se puede cambiar nos mienten descaradamente. Hace poco el Partido Popular y el PSOE se pusieron de acuerdo para modificarla en apenas unos días… ¿y sabéis para qué fue? Exacto, para limitar constitucionalmente el gasto público. ¿Y sabéis qué significa eso? Que nuestros derechos y libertades, sagrados y garantizados según nos dicen estos días, quedan supeditados a los mercados por cortesía de los partidos mayoritarios españoles y el Borbón. ¿Y no gritamos “¡a por ellos!” por esto? No, qué va, es que no nos interesa la política…

Y mientras los políticos justifican su sueldo, no les queda más remedio que hacerlo, los ciudadanos deberemos ejercitarnos en la superación del odio y la frustración, no nos queda otra. Porque no va a haber vencedores ni vencidos (de eso va alcanzar pactos: de ceder en unas cosas para conseguir otras, y esto debe afectar por igual a todos los actores implicados en el conflicto), o sí, los medios de desinformación ya se encargarán de vendernos una u otra versión, y eso no va a ser fácil. En el camino hemos dejado que nos arrebataran muchas cosas, y no todas las vamos a recuperar, ni todo lo que nos han dicho que vamos a conseguir lo vamos a acabar obteniendo. Y la situación es triste, muy triste, y penosa, muy penosa, y no puedo entender las expresiones de júbilo de un lado y otro, porque yo sólo puedo sentir pena y vergüenza. Y el verdadero peligro es que un país de cainitas como es éste no sea capaz de entenderlo. No hay nada de lo que enorgullecerse, no hay nada por lo que ser feliz en todo esto. Ni los unos ni los otros.

Eugène DELACROIX: La Libertad guiando al pueblo (1830).
Yo, por mi parte, creo que lo tengo fácil. Aunque es cierto que hay gente con la que seguramente no volveré a hablarme en la vida (o sí, pese a que hoy por hoy lo veo bastante difícil), ése es el peaje que tengo que pagar, mi existencia, como anunciaba al inicio de este post, no se limita a ningún procés, y me niego a que así sea. De hecho, prefiero el sexo con y sin amor, el amor sin sexo, la música, la literatura, el cine, el arte, una cervecita fresquita o un buen vino a todo esto. Y claro que lo que ha pasado antes y después del 1 de octubre se me quedará grabado para siempre en la memoria, y sentiré indignación cada vez que vea las imágenes de cómo la Policía Nacional y la Guardia Civil cargaba contra mi pueblo. Pero he escogido una poderosa imagen para combatir la bilis que todo esto me genera: la de mi pareja, en el colegio electoral, introduciendo en una urna la papeleta con su voto mientras nuestra hija mamaba de su pecho. Si Delacroix hubiese estado presente, La Libertad guiando al pueblo no sería el cuadro que conocemos hoy en día, estoy seguro. Mejor antídoto contra tanto odio y tanta frustración por venir no lo hay, al menos para mí. Y a él me agarro y en él confío.

Cuántas veces habré pensado, y con esto acabo, “mierda de país éste, más preocupado por el fútbol que por las cosas que de verdad importan. Si en lugar de tanto Barça o Madrid, o tanto que si fue o no fue penalti, nos ocupásemos de la política, otro gallo nos cantaría”. Sin embargo, hoy, desgraciadamente, no pienso lo mismo; después de todo lo ocurrido no me queda más remedio que gritar a los cuatro vientos que prefiero el fútbol.


[1] De hecho, el otro día me puse a ver la tercera temporada de Narcos y, ¡joder, ahí tenía de nuevo al Partido Popular!
[2] Me permito recordar, y ahora tal vez hago de abogado del diablo, que las reformas liberales de Partido Popular y Convergència han supuesto, entre otras cosas, el cierre de plantas de hospital y privatizaciones, y eso significa, aunque no de manera evidente y consumida en directo, la muerte de muchos ciudadanos inocentes: mujeres, niños y yayos. Lo que ocurre es que esos muertos son difíciles de cuantificar y tampoco interesa hacerlo, aunque quien quiera hacerse una idea aproximada, puede consultar las estadísticas, porque se han estudiado los efectos de los recortes. ¿Lo consideramos violencia? A lo mejor no, porque no vi tantísimas reacciones en aquel momento como ahora, la verdad sea dicha. Y las que vi, fueron calificadas de “antisistema”, y vistas como actos cometidos por “perroflautas y pincha ruedas de bicis” por la prensa y el gobierno españoles y catalanes y por mucha de la gente que ahora se lleva las manos a la cabeza. Que todo hay que decirlo y todo hay que tenerlo en cuenta, no jodamos.
[3] Y que no nos vengan con mayorías silenciosas. Hasta que llegó Piolín al puerto de Barcelona, yo era uno de esos silenciosos, y no creo que ni Ciudadanos ni el Partido Popular comulguen demasiado con lo que opino al respecto de todo esto. Y a lo mejor eso es lo que sucede realmente, que no quieren saber qué piensa en realidad ese grupo de gente que nunca alza la voz. Así, unos y otros pueden utilizarlo según convenga a sus intereses.

30. Leer (y escribir)

El pasado 7 de junio se presentaba, en un acto presidido por el entonces conseller de Cultura Santi Vila (el yerno perfecto, en dura pugna con Albert Rivera: joven, guapete, barbita arreglada, ultraliberal y… ¡llibrèfil!), en la Fundació Tàpies de Barcelona, el Pla de Lectura 2020.

Vaya por adelantado que, como amante de la lectura que soy (lletraferit, mejor dicho; prefiero, con diferencia, la palabra catalana; en castellano no existe un equivalente tan bello), compartí vía Facebook un artículo de Bernat Puigtobella[1] para Núvol, donde el periodista se hacía eco del futuro acto que se iba a celebrar y citaba a algunos de los autores, críticos, editores, traductores y otras personas del mundo de la cultura que han participado en el volumen Per què llegir que ha editado la Conselleria junto al ya mencionado Plan. Y aunque el propósito de este post era y es dedicarle unas cuantas líneas al fenómeno de la lectura (y de la escritura), no he podido resistir la tentación de leerme un plan que, a priori, parece una buena idea (cualquier cosa que fomente la lectura tiene que ser buena, ¿no?). Así que antes de seguir adelante, comento lo más brevemente que pueda qué me parece el “revolucionario” plan puesto en marcha por la Conselleria de Cultura de la Generalitat de Catalunya y luego ya me centro en cosas más serias.

Ya en el Prólogo del Plan[2], firmado por el muy honorable Santi Vila i Vicente[3], se manifiesta que, en aras de la creación de una sociedad realmente educada, culta y finalmente libre, se impulsa el nuevo Plan para incentivar el hábito lector, según manifiesta el conseller llibrèfil, prioridad (cultural, se entiende) de esta legislatura que estamos viviendo… ¿de verdad que ésta es la prioridad cultural? ¿Lo que interesa es que la gente lea y a ello se dedican todos los esfuerzos y medios disponibles? Yo tengo una opinión muy distinta, que no manifestaré, pues no quiero precipitarme, así que voy a hacerle caso al señor Vila y seguiré leyendo crítica y atentamente sus propias palabras…

[Entienda el lector que ésta y la siguiente pausa que la seguirá intentan reproducir el tiempo que quien esto escribe tarda en nutrirse de la prosa didáctica del conseller]

¡Vaya, veo que el conseller llibrèfil (o quien le ha escrito el Prólogo) es un tío culto, pues parafrasea, aunque no reconoce la fuente, sin duda un rasgo de actualidad, el clásico texto de Immanuel Kant Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?[4] (La cosa promete, ¿verdad? Reconozco que me ha excitado el intelecto). El sueño ilustrado, dice… yo me sé otra máxima ilustrada: “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”, y esto empieza a apestar a despotismo, veremos si me equivoco…

[… ¡Ajá! ¡Te pillé, bandido!]

Creo que por fin he dado, 22 líneas después, con la verdadera prioridad de la legislatura: el conseller, cual mago que se precie (o trilero, mejor dicho), convierte ante nuestros ojos un acto íntimo y privado (y es que no vivimos en tiempos de aedos ni rapsodas, Bob Dylan mediante), la lectura, en un proceso colectivo, y compara la libertad individual que puede experimentar quien lee un libro con el anhelo de quien desea la independencia como salida al yugo de una supuesta represión, además de identificar a quien lee, el culto, el guay, el diferente (en sentido positivo), con los que piensan como él. Menos mal que ya nos ha avisado de que teníamos que poner en práctica la lectura crítica, eso sí que lo tiene este buen señor… Pues bien, ya tenemos la cultura supeditada a un objetivo político; quien se nos presentaba como paladín del libro acaba de mostrarnos su verdadera intención: la lectura, al contrario de lo que manifestaba el conseller inicialmente, no es un fin en sí mismo, sino un medio. Y sólo nos hemos leído el Prólogo… Fantástico esto de la deconstrucción, ¿verdad?

Pero, sigamos, que la cosa promete no tener desperdicio: una vez fijado el objetivo, a nadie se le escapa que puede haber diferentes formas de alcanzarlo; a un destino concreto se puede llegar por arriba o por abajo, y por la izquierda o por la derecha. Así que, ¿qué nos deparará el Pla de Lectura 2020? Pues no hace falta avanzar demasiado en el documento, porque en la introducción, a cargo del periodista Quim Torrent Frigola, Director general de Creació i Empreses culturals (¿Empresas culturales? ¿Cultura y empresa formando un mismo sintagma cuyo núcleo es empresas? ¡Suena la fanfarria ultraliberal! ¡Vargas Llosa acaba de tener un amago de erección!), después de mencionar la postverdad (interesante concepto, sin duda), se nos informa de que las veinte medidas del Plan no se doblegarán (¡por fin!) ante los cambios que puedan experimentar las circunstancias políticas, económicas o financieras, pero que (ay, amigos, siempre hay algún pero), para lo bueno y paro lo malo, estarán sometidas a las disponibilidades presupuestarias… ¡en qué quedamos, señor Torrent, que me tiene usted la picha hecha un lío con tanto sí, pero no! ¡Menudo brindis al sol que nos están vendiendo!

Va, sin que sirva de precedente, vamos a confiar en estos políticos que sí que dicen la verdad en la época de la postverdad, leamos el documento hasta el final, que, además, las fotografías que lo acompañan son muy chulas…

[Pausa parecida a las anteriores, pero sin tanto deleite; la descripción de las veinte medidas del Plan no tiene ni punto de comparación con la exquisita prosa del conseller llibrèfil]

Pues una vez leído dónde va a ir el dinero del contribuyente (en caso de que las disponibilidades presupuestarias así lo permitan, ya estamos advertidos) para esto de fomentar la lectura, veo que no se ha pensado destinar ni un céntimo a las bibliotecas escolares (iba a escribir también públicas, en referencia a las escuelas públicas, pero tampoco quiero provocarle un sarpullido a ningún miembro del govern). Así que, ¿para qué y para quién se destina este plan? Porque los que amamos la lectura y la hacemos formar parte de nuestra vida como algo normal (y es que se trata de normalizar, no de prestigiar, los lectores no somos más guays que el resto ni somos una especie evolucionada del Homo sapiens sapiens, ni otras paparruchadas por el estilo), sabemos que para que el hábito lector se cree y se consolide son necesarias dos cosas: la primera, que en los centros educativos (y si son públicos, mejor, ni que sea por aquello de hacer llegar al máximo número de personas la iniciativa…) se disponga de las bibliotecas adecuadas y de tiempo para que los más jóvenes descubran eso tan maravilloso que son los libros; y la segunda, que en los hogares la lectura sea algo normal, para que pase de padres a hijos. Y como veo que el llibrèfil no se quiere enterar, le adjunto Stages of the reader, una viñeta muy pedagógica del siempre genial Grant Snider, a ver si para el próximo plan nos olvidamos de tanta ilustración despótica y manipuladora, y nos centramos de verdad en la cuestión, ¿eh, conseller?:

Supongo que a nadie le habrá sorprendido que el Pla de Lectura 2020 no sea más que pura propaganda simpática (desde arriba en la escala social y por la derecha en cuanto a ideología), o no debería, ya sabemos qué tipo de personas son éstas de la antigua Convergència (en lo económico y social, una suerte de PP cuya lengua vehicular es el catalán, de igual modo que ERC es una suerte de PSOE, con el añadido de algún tuitero-regordete-ídolo-de-masas). Pero no me detengo más en una iniciativa que no va a ningún lado, y me ocupo ya de la lectura en sí misma, a ver si consigo vendérsela a alguien.
En efecto, como bien apunta alguna de las opiniones que recoge el artículo de Puigtobella, la lectura no sirve absolutamente para nada, podemos seguir viviendo sin haber leído jamás un libro, en caso contrario la especie humana ya haría tiempo que estaría en serio peligro de extinción. Pero aunque leer no nos sea útil para nada, pocas veces, y éste era el comentario con el que presentaba el artículo cuando lo compartí en Facebook, algo tan inútil resulta, a la postre, ser tan útil. Pero ¿para qué es útil entonces?
Quien esté pensando que la respuesta a la pregunta sobre la utilidad de la lectura tiene que ver con el dinero, motor de nuestro mundo, anda muy despistado. Tampoco me voy a dedicar a copiar aquí citas célebres de escritores del tipo «quien lee vive seis mil veintisiete coma tres vidas, y quien no lee se resigna a vivir sólo una». Tengo la impresión de que esta mitificación (aparte de ser útil en las presentaciones de los malos pedagogos) de la lectura sólo complace a quienes ya leemos habitualmente, y quienes ya leemos habitualmente no necesitamos que nos canten las virtudes de algo que ya sabemos que es maravilloso. Lógico, ¿no? Si se trata de incentivar la lectura, se debe normalizar el acto lector. No en vano, desde los albores de la cultura, la lectura, en forma de literatura oral, ha estado siempre presente en la vida de los seres humanos, es ahora cuando la hemos echado de nuestras vidas o, mejor dicho, pienso yo, cuando algunos sectores económicos, políticos y sociales han hecho lo posible no sólo para que no leamos, sino para que le bordemos la letra escarlata a quien decide libremente pasar su tiempo libre ocupado en una actividad tan aburrida e improductiva como leer. Para que nos entendamos, es mucho más digno de respeto y admiración aquél que corona una cima o que corre 10 kilómetros diarios equipado con su reproductor musical para no pensar que aquél que lee 100 libros al año para pensar más y mejor… y o yo soy muy raro, o aquí hay algo que no funciona como debería funcionar.
Y es que la lectura es fundamental para el pleno desarrollo del ser humano, entre otras muchas cosas, porque amplía nuestro vocabulario: ¿recordáis a Wittgenstein y aquello que decía sobre que los límites de nuestro mundo son los límites de nuestro lenguaje? Pues es así, todo lo que no sepas nombrar no existe, la vida es lenguaje y símbolos que hay que interpretar. Además, la lectura permite fijar la ortografía y las estructuras sintácticas de la lengua que hablemos para poder comunicarnos con el resto de hablantes de forma adecuada, correcta y coherente. Asimismo, quien lee, analiza, y quien lee mucho, en consecuencia, analiza («vive») numerosas situaciones que siempre serán susceptibles de ser aplicadas a la vida cotidiana de cada individuo (vamos, que es muy probable que sea más difícil que nos la den con queso). La lectura también ejercita el cerebro, el músculo más importante del cuerpo humano y que nunca se trabaja en un gimnasio. Claro que nunca lo podremos vestir con unos leggins o con una camisetita ajustada, y no suele ser muy fotogénico… La lectura, además, es fundamental para la adquisición de conocimiento (sí, ya sé que cada vez que se habla de adquirir conocimiento -«inútil»- muere un gatito en el mundo, a un pedagogo le entra diarrea, a un político le tiemblan las piernas y a una mamá moderna se le tuerce el gesto porque va en contra de la enseñanza orientada a las capacidades específicas de su hijo, que lo conducirán, haciéndole el trabajo al futuro departamento de recursos humanos que se ocupe de su caso concreto, a empaquetar en cajas de cartón objetos fabricados por máquinas en una fábrica cualquiera). La lectura, en definitiva, enriquece y amplía nuestra visión y nuestra experiencia y nuestra interacción de y con el mundo, y no deberíamos dejar que nadie nos hiciese olvidarlo. ¿Pueden existir motivos más poderosos para lanzarnos a leer un libro tras otro? Para mí no los hay, pero ya decía al inicio de este post que soy un lletraferit, así que nadie tiene que convencerme de nada.
Quien esto escribe devorando El cerdo que quería ser jamón, de Julian Baggini.
Los caminos de la lectura son inescrutables, y es muy posible que nuestra incursión en este mundo nos lleve a acabar escribiendo también nosotros para que nos lean otros. De hecho, siempre que alguien me ha preguntado cómo podía aprender a escribir bien (o correctamente, que no es lo mismo: se puede escribir bien pero no correctamente, y del mismo modo se puede escribir correctamente pero no bien; en todo caso, a ambas cosas se llega de la misma forma: ¡leyendo! También es cierto que lo más frecuente es no hacerlo bien ni correctamente, todo hay que decirlo; lo que sí está claro es que quienes mejor y más correctamente escribe pocas veces dice de sí mismo que lo hace, así que algo relacionado con la humildad también interviene en esto), mi respuesta ha sido: ¡leyendo! Es muy cierto eso de dime qué lees y te diré cómo escribes.
Así las cosas, yo escribo, lo cual no hay que confundir con que soy escritor: escribo cuando puedo en este blog (de hecho, es el patito feo de mi escaso tiempo libre, de ahí que no publique muy frecuentemente y que todos los temas sobre los que escribo sufran cierto delay) porque me divierto haciéndolo, porque la escritura me relaja y me ayuda a pensar (de hecho, en muchas ocasiones no sé a ciencia cierta qué pienso sobre algo hasta que lo pongo por escrito), porque la escritura actúa como catarsis, tiene un efecto reparador en mí, y porque, en cierta manera, la escritura siempre ha sido una necesidad que, tarde o temprano, tengo que satisfacer (como un yonqui con su adicción, para que nos entendamos). Pero eso no significa que sea escritor, no me gano la vida con lo que escribo, no publico y no sé si algún día intentaré publicar algo (sobre todo por mi alto nivel de autoexigencia, que si lo que quisiese es publicar, ya podría haberlo hecho; no sé, para publicar algo con lo que no esté satisfecho intelectualmente siempre estoy a tiempo); supongo que sé lo suficiente de narrativa, poesía y teatro como para no llamarme escritor (y eso que la tentación es grande, que con esto de las redes sociales y de la autopromoción hay un montón de nuevos-y-geniales-escritores-que-no-escriben-o-lo-que-escriben-no-vale-ni-para-equilibrar-la-mesa-coja, así que es fácil llegar a pensar que si X dice que lo es, ¿qué no seré yo, que lo hago infinitamente mejor?). Pero escribo, y me gusta hacerlo. Y me gusta que mi pareja se emocione cuando le escribo algo, y que se le inunden los ojos de lágrimas cuando escribo sobre nuestra hija, o que alguien se ponga en contacto conmigo a raíz de la última entrada que publiqué en este blog (Into the Wild) porque había tenido a una suerte de McCandless en su vida al que no había entendido en su momento pero que ahora, después de leer mi texto, veía con otros ojos. Eso es lo que encuentro gratificante de la escritura, de mi escritura, la posibilidad de conexión emocional e intelectual con otras personas: encontrar nuevas palabras más allá de las palabras. El resto, el business, la fama, no me interesan.
Sin embargo, y con esto me despido, como decía el gran Borges, «uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído». Y Borges es Dios.


[3] Como curiosidad, el señor Vila se inició en esto de la política en las filas de ERC, y, vaya por Dios, si hubiese sabido qué postura ideológica acabaría haciendo suya el partido de Junqueras, bien podría haberse ahorrado el cambio. Eso sí, las conselleries habrían tenido que esperar un poco más…
[4] “Perquè afavorir l’hàbit de la lectura és condició necessària per poder disposar de ciutadans capaços d’encarnar el somni il·lustrat que va imaginar que, un dia, els humans podríem abandonar definitivament la nostra autoculpable minoria d’edat, foragitar la ignorància, la superstició i els prejudicis, i afirmar el triomf definitiu de la raó.” Pla de Lectura. Vol. 1.

28. Triste epístola desde el exilio

Se cuenta que el poeta elegíaco Ovidio, por orden del emperador Octavio Augusto, fue exiliado a orillas del Mar Negro, en concreto al bárbaro país de los getas, en la actual Rumanía[1].

Desde allí escribió sus últimas dos obras, Tristia y Epistulae ex Ponto (aunque la autoría de los últimos libros de esta última parece que no se debe a Ovidio), dirigidas al emperador, a su familia, a sus amigos y a sus enemigos para que intenten favorecer su retorno, y, finalmente, a la posteridad, que se convertirá en la receptora de sus dísticos gracias a la inmortalidad literaria. En efecto, una vez que va perdiendo la esperanza de volver alguna vez a la ciudad de las siete colinas, reflexiona con amargura y desencanto sobre su entorno, sobre su existencia y sobre su poesía (es, quizá, la primera reflexión metapoética moderna, que sorprende cuando se lee por la actualidad de las concepciones literarias que expone el de Sulmona).

J. M. W. Turner: Ovidio desterrado de Roma (1838).
Y salvando las distancias, yo, hoy, me siento Ovidio (de hecho, de igual modo que “todos somos Homero”, pienso que la gran mayoría deberíamos sentirnos Ovidio): desencantado, triste, exiliado, en un entorno “hostil” y como aquél que predicaba en el desierto pero con la certeza de que ningún dios acudirá a enseñarme el camino recto. Pero a diferencia del poeta, mi exilio, aunque no deja de ser forzado, no me resulta desagradable. Al contrario, a mí es Roma quien me repugna, y ni romano soy ni a Roma adoro, ni en Roma creo ni a Roma amo. Me explico:

El pasado día 19 de este mes las cosas andaban revueltas por la editorial donde trabajo como consecuencia de la serie de artículos relacionados con la supuesta manipulación de los libros de texto catalanes que la máquina de propaganda española y españolista publicaba. Y me hizo tanta gracia uno de los artículos en cuestión (no hay cosa más divertida que el periodismo una vez que eres consciente de que sólo sirve al poder; en caso contrario, no hay cosa más peligrosa), que lo compartí en Facebook. En concreto, hablo del publicado por ABC y titulado “Cómo Cataluña inculca el odio a España en las aulas”[2]. Además, para que quedase clara cuál era mi intención, que ya se sabe que tendemos a malinterpretarlo todo, lo acompañé del comentario siguiente: “cómo adoctrinar hablando del supuesto adoctrinamiento de otros, clase práctica impartida por el sindicato minoritario afín a Ciudadanos AMES y el periódico rancio ABC (que yo no sé por qué al periodismo se le llama el cuarto poder, cuando siempre ha sido, es y será un apéndice del primero). Y que éste sea el alimento con que se nutren las mentes de los españolistos… por no hablar del daño que estas gilipolleces le hacen a las editoriales en cuestión, de cuya existencia depende el sueldo de muchísimos trabajadores… en fin, una mierdaca más de este rollo que sirve para ir disimulando la corrupción y el retroceso económico y social. ¡Bravo por todos nosotros!”

Creo que como queda meridianamente claro, mi comentario perseguía los siguientes objetivos:

1. Señalar la perversión con que el periodista y el medio de comunicación utilizan el lenguaje; sí, adoctrina denunciando otro supuesto adoctrinamiento. Y es que con estas cosas sucede lo mismo que cuando se habla de lo perniciosos que son los nacionalismos, y eso te lo dice, claro está, un nacionalista español. Pero eso es lo normal, ¿no? ¡Hay que llevar a España en el corazón! ¡Claro que sí, guapi!
2. Señalar que el sindicato no es nadie, y que el ABC tampoco. Bueno, sí, herramientas de manipulación y adoctrinamiento.
3. Que hay que ser muy poco inteligente para que tus opiniones (las que hablan por boca de la verdad absoluta, ¡por supuesto!) se basen en este tipo de informaciones. Así nos va…
4. El riesgo que suponen para las empresas (y esto me preocupa porque sin empresas no hay trabajo) y, sobre todo, para sus trabajadores, este tipo de cosas. Los trabajadores catalanes podemos “hablar raro”, alimentarnos de bebés recién nacidos los días impares y odiar a muerte a los españoles, pero necesitamos trabajar para pegarnos la gran vida a costa del resto de España (salpimiéntese todo esto con ironía, sarcasmo y mala leche, de lo contrario no acabará de entenderse el sentido que quiero darle a esto que escribo).
5. Felicitarnos a todos por seguirle el juego al poder, al catalán y al español, y no ocuparnos de lo que realmente importa: nosotros somos el ojo de Sauron al que se distrae; ellos, Frodo y Sam, que ya se nos han metido por la retaguardia y siguen perforándonos poquito a poco. Y aunque ya notamos cierto escozor, aún no nos hemos dado cuenta de que la infección nos está costando la misma vida.

Pero no hay nada que hacer, ya estamos todos revisando las hemerotecas en busca de aquel artículo de aquella editorial española que publicaba aquella información filofascista, o hablando de los pitos a un himno o del rechazo a una bandera (¡qué oportuno que un equipo catalán y uno vasco hayan llegado una vez más a la final de la Copa del Rey de fútbol!), jugando a este y tú más del que no quieren que salgamos. Porque si en algún momento salimos, se les desmonta el chiringuito a todos estos políticos que nos gobiernan.

¿Pero entonces tú qué eres: español o catalán? ¿Independentista o no independentista?, me han preguntado quienes han hablado de este tema conmigo alguna vez. Pues ni una cosa ni la otra, sinceramente. La vida no es el fútbol, que si no eres del Madrid tienes que ser del Barça, no es todo blanco o negro (o azulgrana), afortunadamente. De hecho, considero igualmente limitaditos intelectualmente a los unos y a los otros (y si alguien se ofende, que se fastidie; a mí sus tonterías me afectan cada día y ya estoy muy harto de tanto tonto y de tanta tontería), igualmente dañinos. Y mis últimos votos, no me sonroja decirlo, al contrario, han ido a parar a Podemos, En Comú Podem y a la CUP, que son las propuestas políticas que mejor representan mi ideología, al margen de patrias, himnos y banderas. Porque a mí, y a ti, si te los piensas un poquito, los temas patrióticos no me tocan el corazón, sino que me afectan al bolsillo, a la salud, a la educación, en definitiva, a todo aquello que nos están robando mientras los orcos de uno y otro lado se lanzan pullas. ¿Qué queréis que os diga? Ser de izquierdas no es votar a partidos que incorporan el adjetivo obrero o el sustantivo esquerra a sus nombres pero que después aprueban y apoyan leyes de derechas. Y eso es lo que sucede tanto en España como en Cataluña, ni más ni menos. Pero no, aquí en Cataluña, en caso de conseguir la independencia todo va a ser diferente, ¿verdad? La derecha rancia catalana (Convergència o PDECat, que aunque la mona se vista de seda…) y la derecha con disimulo (ERC; ¡qué diferencia entre lo que dicen en el Congreso o los tuits de Rufián y lo que aprueban desde la Generalitat! ¡Valientes hipócritas traidores!) van a hacer políticas diferentes a las que hacen PP, PSOE y Ciudadanos desde Madrid… ¡claro que sí, guapis, ya lo estamos viendo![3]

La identificación con la patria es un truco que tiene miles de años y que sirve, en efecto, para que nada cambie. Ya desde la República (¡leed a los clásicos, cabrones!) sabemos que la defensa a ultranza de la tierra sirve para mantener un régimen clasista, antidemocrático, que aunque no es inamovible, sí está basado en una perversa meritocracia (los méritos tienen que ser observados y valorados por otros, los ciudadanos del primer nivel), y que se sostiene con una ficción inventada por el poder: la tierra es nuestra madre, nuestra nodriza, y moriremos por defenderla de cualquier ataque externo. ¿Tengo que hacer yo los paralelismos? Creo que no…

Y es que, y con esto voy acabando, cualquier cambio necesariamente tiene que venir desde abajo, ya tenemos suficiente de “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”, de este neodespotismo ilustrado que nos hace transitar por caminos que sólo interesan a unos pocos. Cualquier cambio, finalmente, tiene que venir de la clase obrera. Y éste es el verdadero problema, que a diferencia de los primeros movimientos obreros, hoy en día nadie es un obrero o, por lo menos, nadie quiere sentirse un obrero. Nos han adoctrinado tan bien, unos y otros, que nos han hecho pensar que la lucha obrera es cosa de otro siglo, ya lo obrero nos suena a sucio, nos huele a sudor, nos parece ignorante, hasta ofensivo. ¿Cómo voy a ser un obrero si tengo un sueldo que me permite tener una casa en primera línea de mar o vivir en un barrio residencial? ¿Si el sueldo de mi marido o de mi mujer me permite dar la vuelta al mundo en ochenta días? ¿Si trabajo sentado en una oficina protegido de la intemperie y visto de traje y corbata? ¿Si tengo una mutua médica y llevo a mis hijos a un colegio de élite? ¿Si me puedo comprar un móvil de última generación y no me falta absolutamente de nada? ¿Si puedo ir al teatro, o a museos, o al fútbol? Pues yo te digo que, además de ser un obrero, eres tonto o tonta de remate y, además, un cáncer para los de tu misma clase social. ¿Podrías seguir conservando todo eso si te faltase el trabajo? ¿Tu patrimonio te permitiría vivir de las rentas? ¿No? Pues entonces eres un obrero, bienvenido seas al mundo real, has conseguido salir de Matrix. Y los obreros luchan por sus derechos, y no tienen patria (de ahí aquello de la Internacional que estudiaste un día para olvidarlo para siempre), porque saben que sea cual sea su bandera, no representará sus intereses.


[1] Digo “se cuenta” porque ya desde mediados del siglo XX se alzan voces, la de A.G. Lee en concreto, que manifiestan que las poesías del exilio no son más que una invención del narizón, por decirlo de alguna manera, una artimaña literaria del de Sulmona (quien, a decir verdad, siempre fue muy moderno en cuanto a su concepción poética) sin parangón en las letras clásicas. Además de la propia historia, pues no se conserva ningún documento que confirme tal exilio, otros estudios de finales del XX, como los de Fitton Brown o el de Alvar Ezquerra, profundizan en la hipótesis de que Ovidio nunca fue exiliado. Sin embargo, yo soy de los que prefiero pensar que sí fue así, que los misteriosos carmen (¿el Ars Amandi?) et error (¿las correrías nocturnas de Julia, la hija del emperador?) que tanto molestaron a Octavio sucedieron en realidad, y que tanto Tristia como Epistulae ex Ponto recogen, entre otras cosas, la desesperación de quien es obligado a abandonar Roma.
[3] Que no se me malinterprete, todo esto no quiere decir que me alinee con quienes se niegan a que se haga un referéndum de autodeterminación vinculante en Cataluña. Al contrario, soy tan profundamente democrático que quiero que los catalanes votemos, aunque mi voto vaya a ser negativo (porque no vamos a encontrar nada nuevo bajo el sol). Soy tan profundamente democrático como para querer que la independencia de Cataluña se decida en un sistema de votación basado en “un ciudadano, un voto”, y no que se decida unilateralmente basándose en la trampa de un sistema de votación para elegir representantes en el Parlament. Soy tan profundamente democrático que lo votaría de forma directa todo, desde el sistema político monárquico de herencia fascista que tenemos hasta si estos personajes que nos gobiernan (en realidad, que se gobiernan) merecen el oxígeno que respiran.

27. Y al final vino el lobo

A todos nos han contado, cuando éramos niños, la fábula atribuida a Esopo El pastor mentiroso y el lobo (bueno, en mi caso se trataba de una variante materna titulada Pedrito y el lobo). Como recordaréis, el pastor, que para mí siempre se llamó y se llamará Pedrito, tenía un sentido del humor un tanto especial, pues se dedicaba a alarmar al resto de pastores y habitantes de su pueblo al grito de “¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo!”. Cuando éstos acudían en auxilio de Pedrito, lo encontraban alegremente tumbado a la sombra y riéndose de los que allí habían acudido en respuesta a su llamada de alerta. ¡Inocentes, habían picado! Y esto lo repetía el imprudente Pedrito un día sí y el otro también, sin ser consciente de aquel refrán que dice que “en boca del mentiroso, lo cierto se hace dudoso”.

Así las cosas, llegó el día en que el lobo, cansado de la dieta vegetariana que llevaba, y en previsión del invierno cada vez más próximo (se conoce que era más fan de HBO que de Netflix, así que sabía que winter is coming), quiso darse un caprichito, y qué mejor manera de hacerlo que zamparse aquellas ovejitas que cada día Pedrito llevaba al prado a pastar. Al ver que el lobo se acercaba, Pedrito dio la voz de alarma, pero esta vez nadie acudió en su ayuda: cansados como estaban sus conocidos y amigos de las bromas del pastor, supusieron que una vez más quería tomarles el pelo. Y el lobo, que le cogió enseguida el gusto a eso de la carne, una vez que acabó con la última de las ovejas, dio buena cuenta de Pedrito.
Precisamente esto es lo que nos ha ocurrido a los seguidores del Joventut de Badalona esta temporada que para nosotros ya ha bajado el telón, y no será que no estábamos avisados: desde hace ya muchos años, atravesamos una crítica situación económica que nos ha llevado a entrar en concurso de acreedores (esto es, a no tener solvencia económica), a ser embargados y, muy recientemente, a plantearse la liquidación de la SAD (no voy a entrar en las razones que nos han llevado hasta este extremo, pues serían largas y muy polémicas, y habría que recurrir, para completar la información oficial, a conversaciones privadas mantenidas en bares de Badalona con padres de exjugadores muy famosos…).
Como es lógico, la mala situación económica ha ido afectando a la parte puramente deportiva (nihil sub solem novum, desde hace años el objetivo es conseguir la permanencia, y a partir de ahí, escalar en la clasificación tanto como sea posible; si hubiésemos descendido de categoría hubiese significado la desaparición del club por no poder hacer frente a la deuda), sobre todo en el hecho de no poder renovar a jugadores importantes de un año para el otro, o tener que malvender a los jóvenes que llevamos toda la vida formando para ir enjugando la enorme deuda contraída a lo largo de estos años (con Hacienda, con el ayuntamiento, con las entidades bancarias), además de tener que esperar a que el resto de equipos acaben de confeccionar sus plantillas para poder fichar lo que sobra en el mercado estival (con lo cual, generalmente se ficha tarde y mal, y la pretemporada se tiene que hacer en menos tiempo del aconsejable) o tener que renunciar el año pasado a jugar la competición europea ganada con justicia en el parqué la temporada anterior.

Sin embargo, y pese a todo lo expuesto, el sufrimiento de los socios y aficionados verdinegros hasta este año se había concentrado en los meses de julio y agosto, cuando no sabíamos a ciencia cierta si podríamos salir a competir, por motivos económicos, la temporada siguiente (para quien no lo sepa, para competir en ACB hay que pagar un canon salvaje e injusto para un club únicamente de baloncesto; por eso desde hace años ningún equipo desciende ni asciende por razones puramente baloncestísticas, aunque parece que esto va a cambiar en breve, si es que los clubes de Euroleague, los del fútbol más Baskonia y Málaga, dejan de chantajear y de imponer su voluntad y sus intereses al resto). Durante la temporada, la verdad sea dicha, aunque hemos tenido momentos mejores y momentos peores, no hemos sufrido por la salvación deportiva. Hasta este año, claro está, cuando por fin le hemos visto las orejas al lobo.

Y es que la temporada 2016-2017 ha sido la más complicada que recuerdo ya desde el mismo inicio. A las dificultades para fichar jugadores que ya comentaba antes, se unía este año la de fichar entrenador: en principio, el club apostaba por entrenadores con pasado en el club y que conociesen la filosofía de la casa, aunque tuviesen poca o nula experiencia (y que saliesen baratitos, añado yo): Paco Redondo, miembro del cuerpo técnico de Pablo Laso en el Real Madrid, Carles Durán, ayudante de Pedro Martínez en Valencia y actualmente entrenador del Bilbao Basket, y Zan Tabak, que más tarde fichó por el Betis, club que lo acabó despidiendo como medida desesperada para intentar salir del pozo que finalmente los ha acabado engullendo, fueron tanteados por la directiva verdinegra y en los tres casos la respuesta fue la misma: un no rotundo.

Finalmente, el elegido fue Diego Ocampo y, la verdad sea dicha, el técnico gallego ha suscitado muchas dudas, a mí el primero, desde que se supo que sería el entrenador que dirigiría a la Penya durante las próximas dos temporadas. Y eso pese a que su perfil parecía encajar perfectamente con el spirit of Badalona y con lo que buscaba el club (ha trabajado verano tras verano dirigiendo a diferentes selecciones de las categorías inferiores de la FEB), pero todos recordábamos que fue cortado en Murcia pese a haber logrado el mejor récord del club pimentonero antes de la época Katsikaris y el 3-13 que cosechó en Estudiantes antes de ser despedido en su última experiencia como entrenador ACB. Así que, dudas, todas las del mundo. Y más cuando se fueron sabiendo los nombres de algunos de los nuevos fichajes, Lapornik, Vasiliauskas y Stutz sobre todo; a Gielo todos lo vimos como una apuesta más que interesante y el retorno de Bogdanovic a Badalona, pese a sus pocas cualidades defensivas y reboteadoras, se antojaba imprescindible para cubrir esa figura del 4 abierto cada vez más importante en baloncesto y para dotar a la plantilla de una amenaza exterior.

Penya.com

Y los peores presagios no tardaron en confirmarse: el arranque de la temporada 2016-2017 estuvo más lleno de sombras que de luces (0 victorias y 5 derrotas), y todos los focos se dirigieron a Ocampo y a varios jugadores de la plantilla. Incluso hubo quien empezó a acordarse de Maldonado[1] y las críticas al nuevo entrenador de la Penya empezaron a subir de tono (lo cierto es que el aficionado verdinegro pasa por ser un entendido del baloncesto, pero durante este año he tenido la sensación de que las gradas y los foros albergaban a más futbolero del aconsejable para la salud; ¡que ya no somos el Joventut de Lolo que arrasaba en España ni la Penya de Obradovic que conquistaba Europa ni aquel equipo de Aíto que maravillaba a todo el continente con el baloncesto que jugaban sus jóvenes perlas!). Las jornadas avanzaban y las derrotas, pese a victorias de prestigio como las obtenidas ante Valencia y Unicaja de Málaga y competir en casi todos los partidos, se acumulaban. Con el fin de enderezar el rumbo, se acordó la baja de Vasiliauskas (un base de LEB y poco más, y creo que estoy siendo generoso con él, por mucho que disputase el Mundial de España en 2014 con Lituania) y se fichó a Terry Smith (otro desconocido baratito) para sustituirlo y al jamaicano Jerome Jordan para reforzar la posición de pívot (“por suerte” Miralles se lesionó y no dejamos que Stutz pasase a reforzar a uno de nuestros rivales, el Manresa). Pese a todo, al final de la primera vuelta seguíamos coqueteando con el descenso (4-12).

Sin embargo, pese a que la plebe quería sangre y señalaba a Ocampo partido tras partido (supongo que son los mismos que en su día pitaban a Sito Alonso…), la directiva decidió aguantar al técnico gallego en su puesto (a decir verdad, no sé si confiaban en él realmente o es que la situación económica no permitía despedirlo, indemnizarlo y fichar a un sustituto que sacase al equipo de las últimas posiciones de la clasificación). Y el tiempo le ha dado la razón: hemos completado una segunda mitad de la temporada fantástica (7-9), haciendo un muy buen baloncesto en momentos puntuales[2], destacando para mí la defensa de ayudas y la preparación previa de los partidos (yo creo que con Maldonado esta temporada hubiésemos bajado, sinceramente lo digo), y aunque es cierto que Ocampo ha cometido errores (como responsabilizar a algún jugador después de alguna derrota, no acertar con algunas rotaciones y preparar jugadas decisivas que no han salido y nos han costado victorias), la verdad es que ha cumplido con todos los objetivos que estoy seguro que le marcaron cuando lo ficharon: salvar la categoría, trabajar con los jóvenes (Valencia estará muy contento con el Abalde que se llevan, Gielo ha progresado mucho desde que aterrizó en Badalona, Ventura se ha convertido en un coloso, en el alma del equipo, Dimitrijevic ha dado un salto enorme desde liga EBA al primer equipo y Xabi López-Arostegui ha debutado en ACB; el pobre Nogués, por desgracia, sólo ha tenido mala suerte) y sentar las bases para un futuro cercano más esperanzador, ya una vez muy bien encauzados los problemas económicos (esto daría para otro post) y una vez concretado el relevo, más que necesario, en la presidencia del club y la SAD.

Esto no significa que los próximos años vayan a ser un camino de rosas, va a ser necesario picar mucha piedra para volver allí donde estábamos, pero que cuenten con nosotros, que además les llevamos un gran refuerzo: la pequeña Júlia ya tiene su uniforme verdinegro (de lo más cuqui, por cierto) y tan pronto como sea posible será un alma más en el Pavelló Olímpic de Badalona. Força Penya!, y feliz verano (que bien lo merecemos).


[1] El ilustre Jordi Robirosa y Dejean, que ya sabemos que cuando no habla de su Barça, critica a su rival futbolístico o nos recuerda alguno de sus viajes al mítico Boston Garden, ¡llegó a decir que Maldonado era el mejor fichaje del Estudiantes! Perdone usted y su sabiduría baloncestística, querido Jordi, pero que me diga usted que, entre todos los fichajes del equipo del Ramiro (Edwin Jackson, Omar Cook, Goran Suton, Sitapha Savané, Ali Traoré, Dylan Page…; y más tarde Ondrej Balvin o Alec Brown), el mejor es el de Maldonado clama al cielo… por muy catalán que sea y por muy independentista que haya proclamado ser el de Sant Adrià del Besós. Una cosa es fer país y otra muy distinta hacer el ridículo e intentar tomarnos el pelo a todos. De hecho, jugando de pena el año pasado, el Joventut de Maldonado acabó 13-21; y el Estudiantes de Maldonado, que iba a jugar la Copa y meterse en las eliminatorias por el título, ha acabado con un pobre 13-19, sólo dos victorias más que una Penya con una de las peores plantillas que ha tenido nunca (mucho peor, por lo menos, que todas las que él entrenó en Badalona durante sus cinco temporadas aquí).
[2] Hay algún equipo por aquí cerca, de cuyo nombre no quiero acordarme, cuyo juego ha dado bastante pena durante todo el año, y eso que tiene más de veinte veces nuestro presupuesto…

26. Sobre el denostado libro de texto (y lo que Alfredo encontró allí)

Después de hacer un riguroso estudio de las opiniones que se vierten en las distintas redes sociales, creo haber identificado los grandes peligros que se ciernen sobre la humanidad: las grasas animales, los embutidos, el azúcar en particular[1] y los hidratos de carbono en general, los árbitros de fútbol[2] y los libros de texto.

De los primeros, de los relacionados con la alimentación y la salud, poco tengo que decir, soy un humilde hombre de letras, y si las personas que dicen saber de ello así lo recomiendan, habrá que limitar, con sentido común, la ingesta de alimentos que puedan ser nocivos para la salud (vamos, se trata de alimentarse de acuerdo con la pirámide de la alimentación saludable o nutricional[3]). ¿Qué no estaríamos dispuestos a hacer por nuestro bienestar y el de nuestros seres queridos?
He dicho sentido común, ¿verdad? Pues, ahora que me lo pienso y que miro a mi alrededor, plagado de superalimentos y dietas exóticas y extravagantes, mejor unámosle una pequeña dosis de desconfianza, no vaya a ser que, entre recomendación y recomendación, se nos oculten acciones en una de esas empresas que comercializan esos nuevos alimentos traídos directamente desde Plutón, sanos y muy recomendables, y también muy caros, pero que, a pesar de su precio, siguen abriéndose paso en el mercado y propiciando que unos pocos hagan su agosto particular. Qué curioso, ¿no?, comiendo la mierda que hemos estado comiendo hasta ahora ha sido cuando la esperanza de vida ha alcanzado cotas más altas…
En fin, que no sería la primera vez que organismos y voces autorizadas tan poco sospechosos como la OMS[4] (ejem, ejem…) nos la juegan. Verbigracia: la gripe A, ¿la recordáis? ¿Recordáis el Tamiflu y quién estaba detrás? ¿Y la gripe aviar? ¿Y el mal de las vacas locas? Todas ellas enfermedades reales, cierto, pero, al fin y al cabo, anecdóticas a escala planetaria. Eso sí, muy rentables para según qué personas y entidades. No en vano, la salud es y será siempre uno de los negocios más rentables que existen. Ahí están las farmacéuticas para atestiguarlo.
Pero que no se me enfaden sólo los de la OMS y sus acólitos, los enfermos de la salud, que esto del business hace ya mucho que se inventó y vivimos en un sistema que tiende a mercantilizarlo todo y en el que todo acostumbra a deberse a intereses más o menos ocultos: ¿qué decir del famoso efecto 2000 que iba a colapsar el mundo? ¿Y de las pulseras Power Balance, capaces de equilibrarte la vida, conseguirte un apartamento en la playa y hacerte crecer el pene un mínimo de diez centímetros? ¿Y de las armas de destrucción masiva de Saddam? ¿Y de ETA perpetrando el mayor atentado terrorista de la historia de este país?

Sí, somos corderitos predispuestos a creer: demasiado confiados o tontos de remate, no sabría por qué opción decantarme, y si en lugar de una vez y de una persona, la información, por disparatada que sea, procede de varias fuentes y nos la repiten una y otra vez, acabarán por convencernos, ni que sea tan sólo por la sencilla razón de encajar, de formar parte del rebaño. Es más, hasta es posible que a partir de entonces seamos nosotros mismos quienes nos dediquemos a intentar convencer a otros incrédulos empleando las mismas razones con que nos convencieron antes a nosotros[5]. ¿No es maravilloso el ser humano?

Y es que somos así, forma parte de la naturaleza de algunos de nosotros buscar la aceptación mediante la conformidad (entendida ésta como la adopción de actitudes, creencias o comportamientos por la influencia del resto de miembros de la sociedad) con nuestros iguales, de ahí las modas y tendencias, entre otras cosas, tal y como demostraron el psicólogo Solomon Asch y su grupo de trabajo en 1951[6]

¿Y qué tiene que ver todo esto con los libros de texto, último de los grandes peligros que enumeraba al inicio de este post y asunto al que pretendía llegar desde el principio? Pues mucho, me temo.

Desde hace casi seis años me dedico a la edición de este tipo de libros, y antes me había dedicado a la docencia (trabajo en el que pasé por todas sus etapas, excepto por la infantil y la universitaria: primaria, secundaria y bachillerato), y, desde entonces, he tenido muchas conversaciones con docentes sobre el libro de texto y he leído muchas cosas que algunos de ellos han escrito sobre él (soy así de rarito, no doy por sentado que aquello que hago es lo mejor del mundo, así que siempre analizo mi trabajo con mirada crítica; además de que, como he transitado por ambas riberas, quizá tengo una visión un pelín más amplia que la de aquellas personas que sólo conocen uno de los dos mundos). En fin, que como sucede con el resto de cosas de esta vida, enseguida te das cuenta de si la persona que tienes delante o quien escribe según qué cosa ha pensado realmente en lo que dice o escribe o, por el contrario, se dedica a repetir ciertas ideas que circulan por ahí y que las hacen parecer modernas, progres o mejores que el resto de compañeros de profesión.

Lo cierto es que desde un tiempo a esta parte, son muchos los profesores que, insatisfechos con los libros de texto, buscan alternativas, bien sea creando sus propios materiales, bien sea adoptando ciertas estrategias pedagógicas que se vienen presentando como novedosas (pero que en realidad no lo son). Y esto es perfectamente legítimo y puede ser una buena solución, el libro de texto tiene muchas cosas malas, como también las tiene buenas, y hay tantos libros de texto malos como buenos, por descontado; así que si uno mismo puede enmendar sus fallos, adelante. Sin embargo, esto nos sitúa ante un primer riesgo: las personas no somos todas iguales, y el hábito no hace al monje, y de igual modo que no todos los médicos son el doctor House ni todos los futbolistas son Messi o Cristiano Ronaldo, tampoco todos los profesores son John Keating, el de El club de los poetas muertos; así que miedo me dan los materiales y los métodos que según quién siga para formar a nuestros hijos… El libro de texto, por contra, pese a todos sus defectos, viene respaldado por un buen número de profesionales que intervienen en su proceso de creación (docentes, editores especializados en la materia, pedagogos, etc.) y que proporcionan ciertas garantías que es posible que con el profesor aventurero no tengamos.

Con esto no pretendo realizar una defensa a ultranza del libro de texto. De hecho, no defiendo a ultranza absolutamente nada, ni siquiera a los profesores, dicho sea de paso, pero tampoco pienso darles la razón a aquellos que han encontrado en el libro de texto el chivo expiatorio con el que justificar el estado actual de la educación o, cuanto menos, lo convierten en sinónimo de la “mala educación”, poco efectiva y obsoleta. Para empezar, porque el libro de texto es como es por varios factores que quienes se dedican a criminalizarlo creo que no tienen en cuenta (por conformidad, por ignorancia, por incompetencia o porque los árboles no les dejan ver el bosque, vaya usted a saber): por un lado, por razones políticas, pues son los políticos y las consejerías y los departamentos de educación quienes establecen unos currículums educativos inabarcables que el libro de texto debe contener sí o sí, no hay vuelta de hoja (se toman tan en serio esto de la educación que se rumorea que la elaboración de los de la LOMCE supuso dos fines de semana de “arduo trabajo”: ¿en la sobremesa de copiosos manjares, acompañada de copita y puro?, pregunto yo…).

Por otro lado, quienes se dedican a la producción de libros de texto pretenden ganar dinero con ellos, en efecto (como quien se dedica a dar clases pretende estar bien pagado, y cuanto más, mejor), así que en realidad el libro de texto debe su naturaleza esencialmente a lo que requieren de él sus clientes (sí, como cualquier otra mercancía, pretende satisfacer una demanda existente). En caso contrario, estos no lo compran, es evidente, ¿no? Pero, y he aquí el quid de la cuestión, ¿quiénes son los clientes en realidad? ¿Las familias? Pues no (¡mucha atención, voy a derrumbar tu mundo ideal, tu corporativismo infantil va a ser arrojado al retrete por la cruda realidad!), las familias no son más que simples pagadores, unos mandados a los que se les dice qué libros deben comprar. ¿Y quién se lo dice? ¡Señoras y señores, han cantado bingo: los docentes!

[Si eres uno de esos docentes que demonizan el libro de texto, tranquila o tranquilo, te doy un par de segundos para que te recuperes.]

La verdad es que el libro de texto es como es, precisamente, debido a los compañeros de profesión de quienes se dedican a denostarlo. Si la demanda fuera otra, si el profesorado fuese otro, el libro de texto sería otro. No hay más, el resto son ensoñaciones que no se corresponden para nada con la realidad (vamos, que de nuevo el refranero tiene toda la razón: sería conveniente no ver tanto la paja en el ojo ajeno como la viga en el propio). Las editoriales siguen en pie y los libros de texto convencionales se siguen vendiendo porque el profesorado, en su inmensa mayoría, no ha cambiado. Y aunque es cierto que se atisban cambios (por ejemplo, en Cataluña se ha puesto en marcha la Escola Nova 21; y en otras latitudes se llevan a cabo otros proyectos de renovación similares), aún no son suficientes para revertir la situación. Y cuando esto suceda, el libro mutará a la par que el profesorado, que no os quepa duda; no en vano somos muchos los que nos jugamos nuestro sueldo y nuestro futuro en ello.

Hasta entonces, por mucho que los que trabajamos en el sector estemos de acuerdo en que la nueva realidad que vivimos requiere de una “nueva” educación, en la que aprovechemos lo bueno que tenemos hasta ahora (los incendiarios, en estas cosas, que se queden al margen) y nos formemos para ello, estaremos atados de pies y manos, porque quienes ponen los medios necesarios para que un libro pueda ver la luz no se arriesgarán, con toda la razón del mundo, hasta que sea factible y les pueda ser rentable. A día de hoy, cualquier libro que se aparte de los cánones establecidos parece estar condenado al fracaso; cualquier novedad es etiquetada de inmediato como “apuesta arriesgada”. Doy fe, creedme…

Y todo esto nos conduce directamente a preguntarnos sobre la educación. ¿Cuál es el camino a seguir? ¿Cómo será en un futuro cercano? Pues la verdad es que no tengo ni la más remota idea. Ni yo ni nadie, desde luego. Y si alguien lo supiese, como escuché en una formación-presentación sobre los “nuevos” métodos y las “nuevas” teorías educativas (emergentes, ése fue el término empleado por quien nos dio la charla para evitar calificar de nuevo algo que no lo es) hace relativamente poco, se forraría… y éste es uno de los funestos presentimientos que tengo en relación a este tema: que toda la feria que se ha montado a su alrededor no tiene más objetivo que el de ganar dinerito con cursos, conferencias, charlas, libros y demás chascarrillos, o, cuanto menos, que el business vuelve a estar por encima de un análisis profundo del problema y de la búsqueda sincera de una solución.

Y es que desconfío de los grandes teóricos, ésa es la verdad[7]. Recuerdo que cuando trabajaba de profesor de secundaria, empezaba a hablarse de los malísimos resultados que los alumnos españoles obtenían en el hoy ya famoso Informe PISA (aún me sigue poniendo los pelos de punta la capacidad de omnisciencia que finalmente adquirió; ¡era como la caja negra de los aviones, capaz de esclarecer todos los misterios de un accidente!). Se miraba a los países del norte de Europa con envidia y su educación se colaba en los discursos y las promesas de nuestros políticos (“yo quiero una educación española a imagen y semejanza de la finlandesa”, ¿os suena?), y hasta el mismísimo Jordi Évole le dedicaba uno de sus Salvados al fenómeno nórdico hace poco[8] (y con hace poco me refiero a una, dos o tres temporadas atrás). Pues bien, recuerdo que a mis alumnos de entonces, quizá alguno lo pueda ratificar, les advertía de que esa educación que nos estaban vendiendo como ejemplo a seguir no evitaba que algunos de esos países estuvieran, en aquel momento, a la cabeza del índice europeo de violencia contra la mujer por cada cien habitantes, pero que de eso no decían nada los informes, los medios, los políticos ni los pedagogos (yo había leído el dato en prensa, en una columnita insignificante)[9]

Hoy en día, por fortuna, empieza a relativizarse todo lo que tiene que ver con el Informe PISA. Sin embargo, tampoco creo que lo que nos están vendiendo desde hace un tiempo pedagogos y políticos sea la panacea, más bien todo lo contrario (espero que al final de este post quede suficientemente claro por qué hago copular a unos con otros). Y me explico: las mal llamadas nuevas estrategias didácticas siguen la senda de la máxima ilustrada que aconsejaba “enseñar deleitando”, lo cual me parece razonable a la par que inteligente. ¿Quién en su sano juicio se opondría a que sus alumnos aprendiesen pasándoselo bien? ¡A todos nos cuesta menos tragarnos la píldora cuanto más dulce es! Y para ello, se proponen una serie de métodos a seguir: trabajo por proyectos, colaborativo, en grupo, simulaciones, casos, problemas, investigaciones, círculos de aprendizaje, lluvias de ideas y, sobre todo, las estrellas del momento, las TIC (wikis, foros, webquests, blogs, chats…). ¿Alguna mente inteligente piensa que este enfoque educativo no se puede aplicar al libro de texto (tanto en papel como en su versión digital) con la cantidad de recursos que tiene una editorial a su alcance? Y aun así no lo hacemos, ¿sabéis por qué? Porque, como ya dije antes, carecemos del recurso más importante de todos: un profesorado que en su mayoría se decante por este tipo de educación y haga que las familias compren este tipo de libro.

No obstante, pese a que todo lo anterior me parece útil y seguramente sea lo indicado, tengo mis reservas en cuanto a su aplicación mucho más allá de los primeros años de formación. Porque, al fin y al cabo, es importante la adquisición de conocimientos, y cuanto mayores y más profundos sean éstos, mucho mejor, por mucho que nos quieran convencer de lo contrario. Y es que la “nueva” educación se basa en la aceptación de una serie de principios y en el rechazo de otros. Para empezar, se rechazan de plano las clases magistrales, ésas que nos pintan como las de un profesor que todo lo sabe y que monopoliza el discurso sin darle siquiera la más mínima oportunidad de intervención a los alumnos (me cuesta imaginarme algo así, pero bueno, de momento no romperé el pacto de ficción establecido con nuestros queridos pedagogos). Ahora bien, estoy seguro de que todos hemos tenido algún profesor que en sí mismo era un pozo de sabiduría, auténtico conocimiento vivo, y que era capaz de mantenerte embelesado mientras duraba su disertación magistral sobre una materia; es más, ¿cuántos de nosotros nos hemos matriculado en una asignatura solo por el profesor o la profesora que la impartía? ¿Cuántos hemos pagado por acudir a charlas, coloquios y conferencias para tener la satisfacción de oír a esa persona en cuestión? Somos descendientes de la oralidad, cuando niños nos ha gustado como nada en este mundo que nos contasen historias y hemos pedido que nos las repitiesen una y otra vez sólo por el placer de oírlas una vez más en boca de esa persona, así que, en principio, no le encuentro nada malo a eso de las clases magistrales (siempre y cuando no sean lo habitual y lo único, por supuesto)[10].

Los predicadores de la “nueva” educación, además, entienden que ésta debe ser competencial (lo cual significa, finalmente y en el mejor de los casos, convertirte en aprendiz de todo y maestro de nada) y, en muchos casos, que debe basarse en la teoría de las inteligencias múltiples[11], pues así, y sólo así, al contrario de la “otra” educación, la selectiva (la del abandono escolar, la de los licenciados, graduados e ingenieros que no encuentran trabajo), se conseguirá la inclusión y la integración de todos los alumnos independientemente de sus características concretas (llamémosles capacidades). Suena fantástico, ¿no? Y si además le añaden virtudes como la de ser creativa o la de tener la virtud de despertar el espíritu crítico y la iniciativa personal, ya nos tendrán a todos dispuestos para recibir el bautismo. Y el símil religioso no es baladí, mucha de la literatura que acompaña a esto de la “nueva” educación no hace más que hacerse eco de estas virtudes aquí y allá, pero sobre cómo se consigue que todos los niños desarrollen el espíritu crítico, por poner un ejemplo, poco nos dicen. Acaso sea una cuestión de fe…

En realidad, nos dicen, se trata de acabar con el saber enciclopédico (¡vaya, otro invento ilustrado!) y sustituirlo por un “verdadero” aprendizaje eminentemente práctico y útil, y adaptado a todos y cada uno de los alumnos[12]… Y todo esto que a priori parece tan bonito, que nos trae reminiscencias de aquello que costó tanto conseguir y que se dio por llamar democratización del saber, es una gran trampa. La democratización del saber no se consigue con la disminución de éste para ponerlo al alcance de todo el mundo, sino garantizándonos a todos de las mismas oportunidades y de las mismas condiciones para poder acceder a él plenamente, sin necesidad de que nos lo suavicen[13]. Esta “nueva” educación que nos quieren vender, en definitiva, que reniega de la memoria, cuando la memoria, según los estudios científicos, es esencial para que una persona sea inteligente, no sirve a la democratización, sino todo lo contrario: es el nuevo juego de esas élites que han visto cómo, durante un período de tiempo bastante escaso, nietos de mineros e hijos de obreros, como lo soy yo o pudieras serlo tú, tenían acceso a lo que antes era exclusivamente suyo. Hacer algo por la democratización del saber, y con esto acabo, por ejemplo, es que los estudiantes de la UAB se declaren en huelga porque las tasas universitarias son un 30% más caras en su universidad que en el resto del Estado español (¡bravo por el gobierno de Junts pel Sí, ellos sí que saben qué es lo que le interesa a su gente), o que los estudiantes de todo el país se movilicen contra la reválida o la LOMCE. El resto, no responde más que a los intereses de los poderosos, como siempre. Así que haríamos bien en prestar atención a qué vitoreamos o aplaudimos, ante qué nos arrodillamos. Vale.


[1] El azúcar en sí mismo no es malo (por mucho que se ponga como una energúmena Mercedes Milà en algún programa televisivo de “debate”; qué lástima de mujer, a lo que se llega con tal de seguir contando con tu parcela de fama); sí lo es, como todo en este mundo, cuando se consume en exceso, es decir, cuando se abusa de productos azucarados en demasía, o cuando forma parte de unos alimentos que en principio no tienen por qué contenerlo, como un bistec de ternera, por ejemplo. Pero esto es muy sencillo de evitar: deja de comprar esos productos en los supermercados que todos conocemos y hazte socio de una cooperativa alimentaria. Pagarás lo mismo que ahora pagas por algas, pseudocereales y otros sucedáneos de la dieta mediterránea, pero sin necesidad de tener que alimentarte de cosas raras y poco gustosas…
[2] Del fútbol no tengo nada que decir; por suerte para mí, no forma parte de mi vida, no sé quién gana ni quién pierde, y no se ha venido abajo mi mundo. Ha acabado por parecerme el deporte de equipo más aburrido y simplón que conozco (a lo mejor de ahí le viene su éxito). No sé, pasarte 90 minutos de tu tiempo esperando que suceda algo me parece mucho esperar… al margen de que me asquea todo lo que arrastra y el submundo que se esconde tras él. Así que hasta aquí el protagonismo que le dedico.
[3] Aquí dejo un enlace con la pirámide actualizada. Fijaos en que se añade el equilibrio emocional como uno de los factores más saludables, y es que en esto de la dieta, creo yo, hay mucho desequilibrado: http://www.efesalud.com/noticias/estilos-de-vida-saludable-nuevas-recomendaciones-de-la-piramide-nutricional-senc-2015/
[4] Y eso que hablamos de la OMS, una organización mundialmente reconocida y avalada por multitud de científicos y otros profesionales. Imagínate ahora al friki pseudocientífico de tu pueblo escribiendo sobre una dieta gracias a la cual evitarás la alopecia, cagarás limones o mearás colonia, y que la gente se lo cree… ¡pues eso está sucediendo!
[5] Me repatea la actitud de superioridad que adoptan estos adoradores de los superalimentos y de las nuevas dietas. En cierto modo, me recuerdan a algunos creyentes cuando hablas con ellos y les confiesas que tú no comulgas con su fe. Ambos colectivos comparten esa forma de mirarte por encima del hombro (nos ha jodido, son “poseedores” de la verdad, son los “elegidos”), o con indulgencia y casi con lástima, como diciendo: “¡pobre alma pecadora que irá directamente al Infierno!”.
[6] Para una primera aproximación a los experimentos y a los resultados obtenidos: https://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_Asch
[7] No ha habido mayor teórico que Platón, de quien Alfred North Whitehead llegó a decir, supuestamente, que “toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica”, y ya se sabe en qué quedaron sus teorías cada vez que intentó ponerlas en práctica en Siracusa. Eso sí, a diferencia de muchos de nuestros teóricos contemporáneos, tuvo la valentía (y la honestidad) de bajar él mismo a la arena a ver qué pasaba.
[8] Hace ya tiempo que me pregunto de quién pretende salvarnos exactamente Jordi Évole con su programa… Lo que escribe en prensa es otra cosa, pero el programita de La Sexta cada vez desprende un tufillo más cargado de sospecha. Y el problema es que pasa por ser el paradigma del periodismo objetivo y comprometido…

[9] ¿Qué queréis que os diga? Mientras duró mi tiempo como docente, siempre hice hincapié en que mis alumnos pusieran en duda cualquier información que les dieran; y ante la pregunta del alumno avispado: ¿entonces también tenemos que dudar de lo que tú nos dices?, la respuesta siempre fue “por supuesto, de lo que yo os digo es lo primero de lo que hay que dudar”. Años más tarde descubrí que Ortega y Gasset decía que “siempre que enseñes, enseña a dudar de lo que enseñas”, así que supongo que no andaba errado con aquello en lo que creía y en lo que sigo creyendo.
[10] No deja de ser curioso que quienes censuran las clases magistrales se ganen un dinerillo extra con cursos o conferencias que imparten o con libros que escriben (en muchos casos, homenajes a la superficialidad y a las afirmaciones sin base experimental ni científica; más dignos de ser considerados una herramienta para impresionar a la persona que los ama o para que su mamá le diga a todo el mundo lo listísimo que es su hijo que para ser considerados propuestas serias). A lo mejor todas las clases magistrales son nocivas excepto las suyas… qué sentido del humor tan fino tiene la gente, ¿verdad?
[11] La teoría de las inteligencias múltiples de Gardner data del año 1983 y es, cuanto menos, dudosa. Pero a este mundo en el que hay que tener a todo el mundo contento le va como anillo al dedo. Ya no eres hábil para hacer ciertas cosas, sino que eres inteligente. ¡Anda que no se duerme bien por las noches!
[12] ¿Ahora resulta que el saber ha pasado de no ocupar lugar a no servir para nada? ¿Un aprendizaje práctico y útil para qué: para ser una herramienta productiva más del sistema? Porque educación competencial es sinónimo de escasa profundización, ¡de la superficialidad característica de este mundo cada vez más disminuido! ¿Veis cómo el político penetra al pedagogo? Yo es que me lo imagino con los ojos en blanco y pidiendo más y más…
[13] En este sentido, recupero un artículo publicado en la revista cultural digital Núvol hace casi un año, a propósito de la enseñanza específica de la literatura: http://www.nuvol.com/opinio/falta-autor-la-literatura-a-les-aules/. Está en catalán, pero que no se preocupen los que no dominen esta lengua, si somos capaces de entender el “Galimatazo” del célebre capítulo (mola un huevo… lo siento, no me he podido resistir) en el que Alicia se topa con Humpty Dumpty en A través del espejo, seremos capaces también de entender lo que Ramon Bacardit dice en su artículo de opinión. Aunque ya se sabe que lo único peor que un cateto es un cateto reaccionario…

22. Vida y tiempo



Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.
Francisco de QUEVEDO



Vida y tiempo son dos conceptos unidos, nunca mejor dicho, hasta que la muerte los separe. De hecho, una de las acepciones del DRAE −la novena, para ser exactos− define vida como el ‘tiempo que transcurre desde el nacimiento de un ser hasta su muerte o hasta el presente’. Somos seres finitos, nuestra vida está limitada en y por el tiempo. La ciencia podrá dilatar nuestra existencia, como ha venido haciéndolo desde el siglo XIX, pero en algún momento nos iremos para nunca volver, lo siento, señor Disney, eso es tan seguro como que nos pasaremos la vida pagando impuestos. Y ojo, en todo momento me estoy refiriendo a la ciencia, no a las pseudociencias tan de moda últimamente, sobre las que prometo escribir otro día si me veo con ganas.

En este sentido, os recuerdo que se está hablando de que en un futuro muy cercano podremos vivir muchos más años de los que vivimos ahora, pero en ningún caso se habla de inmortalidad, sólo de ganarle tiempo a nuestro tiempo. Hago un pequeño inciso, pese a que sé que es otro tema, pero me resulta muy curioso que todo esto se diga en un momento en que sabemos que el cambio climático hará imposible la vida humana en el planeta, en que sabemos que muchos de los nacidos ahora mismo no encontrarán nunca un trabajo, que gran parte de la población mundial sufrirá y perecerá por la escasez de alimentos y agua, o que un meteorito de dimensiones descomunales colisionará contra la Tierra y acabará con todo ser viviente sobre la superficie del planeta; así que, ¿vivir más para qué? A lo mejor, llamadme loco, tendríamos que destinar nuestras energías a otras cosas. En fin, sigo con lo mío.

La pregunta clave es y sigue siendo la siguiente: ¿qué es el tiempo? Pues no tengo ni la más remota idea, como, de hecho, nadie la tiene. Tiempo es un concepto que se resiste a todo aquél que intenta definirlo, y aunque se ha delimitado su significación desde muy distintos campos, al final todas las propuestas resultan insuficientes o incompletas, o más propias del mundo de la ficción. El tiempo es una magnitud más cuya unidad, según conveniencia del sistema internacional, es el segundo, es relativo, o lineal, o circular, o simplemente no existe. Pero, en cualquier caso, nosotros lo experimentamos, de eso no hay duda, tenemos una experiencia consciente de su paso que, a la postre, es el nuestro. Muere con nosotros a la vez que nos mata.

Fotograma de El Hombre Mosca (1923), película dirigida por Harold Lloyd.

Nuestro tiempo, la consciencia que tenemos de él, es tricéfalo, pues se compone de pasado, presente y futuro. El pasado es lo que ya no es y nunca será, por mucho que sus largos tentáculos puedan oprimirnos en el presente; a priori es irreversible e inamovible, aunque como podemos visitarlo cada vez que queramos con nuestra memoria, siempre tendremos la opción de edulcorarlo, magnificarlo o simplemente ignorarlo. Pero lo pasado, pasado está, es de sobras sabido. El futuro, por su parte, es incierto, porque todavía no es, y en el momento en que es, pierde su condición de futuro. Es una gran nada que nunca logra ser. Así que lo único que existe es el presente, lo único que somos es ese presente cansado del que habla Quevedo en uno de los versos con que abro este nuevo post. Ese momento continuo de nuestra existencia que muere y se regenera a cada segundo, lo único que cambia sin moverse, lo que no es que, cuando por fin logra serlo, deja de existir y se convierte en algo que ya no será.

Pero nosotros no sólo existimos, sino que también vivimos. Tú y yo y esa roca que recibe los embates del mar compartimos la existencia, tenemos presencia en la realidad, pero sólo nosotros dos, querido lector, lo lamento profundamente por la roca, tenemos la fortuna de vivir, tenemos consciencia de nuestra existencia, de nuestro anclaje en el eterno presente, y podemos, y debemos, interactuar con ella. No en vano, no dispondremos de una segunda oportunidad una vez que hayamos perdido la vida.

¿Oís ese rumor, queridos amigos? Es el coro de adolescentes de entre catorce y cuarenta y cinco años que alza su voz sobre la del resto de los mortales para invocar a esa antigua divinidad a la que han decidido dedicar su vida: Carpe diem! Carpe diem! Carpe diem! Sí, claro, no hay mejor manera de afrontar ese eterno instante que, como ya hemos visto, es nuestra existencia que dedicándolo a menesteres que nos resulten placenteros. No obstante, sin pretender desmerecer en absoluto la máxima horaciana, habría que tener en cuenta algunos pequeños matices que uno va descubriendo con el paso de los años y que expondré a continuación. Y es que los adolescentes carecen de muchas cosas, entre ellas, experiencia vital; así que lo que se dice caso, hagámosles el justo y necesario, por muy atractivo que en apariencia nos resulte su mensaje:

  1. Memento mori: todos, altos y bajos, guapos y feos, listos y tontos, gordos y delgados, ricos y pobres, mujeres y hombres, niños y ancianos, vamos a morir. 
  2. Hay tantos presentes como segundos nos separan de la muerte. 
  3. Lo que hagas en un presente determinado puede influir, positiva o negativamente, en futuros presentes. 
  4. Pese a tu condición mortal, si todo va bien, tu vida constará de muchos presentes.

Visto lo visto, y si sirve de algo mi experiencia (supongo que a nadie le extraña que hable de mí y de lo que he vivido y vivo, ¡esto es un blog personal!), hay que unirse a esa secta que, es muy posible, adora a Horacio sin tener ni idea de quién fue Horacio (¡Pinchadiscos!, dirán algunos de los que ya estén en la treintena); eso no importa, pero sí que es muy importante que, cuando formalicemos nuestro ingreso en tan jubilosa comunidad, tengamos en cuenta un pequeño matiz: es preferible decantarse por ‘no malgastes tu tiempo’ como traducción de carpe diem! y máxima existencial, que por ‘disfruta el momento’. La segunda opción está llena de incógnitas futuras, mientras que la primera, pese a que implica no abandonarse del todo al presente, conlleva no encontrarte abandonado en los presentes por venir. Y esto es aplicable a todos los ámbitos de nuestra vida a los que tenemos que dedicarles nuestro tiempo y nuestra energía: formación, trabajo, familia, amistades, relaciones, etc. Vale.

19. Réquiem por la literatura

Me imagino la concesión del premio Nobel de Literatura 2016 de la siguiente manera: el galardón tenía que recaer sí o sí en un estadounidense este año, pues eran ya muchos los que se dejaba sin premiar a alguien procedente de las Letras del amo del mundo, pero el jurado no acababa de decidirse por ningún escritor de los que componían la larga lista de posibles premiados, compuesta, entre otros, por Philip Roth, Joyce Carol Oates, Conrad McCarthy, Richard Ford, quizá Thomas Pynchon, etc.

Ante la zozobra del implacable paso del tiempo, ante la cercanía del día D y la hora H –ya iban con una semana de retraso, curioso, ¿no?−, decidieron ponerse como fecha límite la mañana del miércoles 12 de octubre, un día antes de que la secretaria de la Academia, la señora Sara Danius, anunciara, no sin un deje de turbación en la voz –¿o era resaca?–, que Bob Dylan, sí, el cantautor, era el galardonado.

Se conoce que la noche de antes, los miembros del jurado habían organizado una cena para dirimir definitivamente qué nombre inscribirían con luces de neón en el Olimpo de las Letras. Sin embargo, ya en tiempo de caros chupitos digestivos, advirtieron que la cosa aún no estaba solucionada. Roth y McCarthy empataban en primera posición, seguidos de cerca por Oates –algún camarero indiscreto comentaría al día siguiente que ésta fue eliminada de la lista fácilmente; ya llevaban dos años seguidos concediéndoselo a una mujer, y tres ya serían demasiados para la testosterona del mundo–. Así que sus eminencias se dieron un ultimátum: a la mañana siguiente, a primera hora, tendrían que desempatar, y en caso de no existir quorum, sería el presidente quien se encargaría de elegir al ganador. 
 
Acabada la cena, se citaron media hora más tarde –el tiempo necesario para que descargasen sus vejigas, para que sus chóferes introdujesen las nuevas coordenadas en el GPS y los llevasen al lugar indicado– en un club cercano, que como es bien sabido el alcohol siempre empuja a la reflexión. Una vez allí, el caprichoso destino quiso que esa noche estuviese dedicada a Bob Dylan, grande entre los grandes de la música, un referente de la segunda mitad del siglo XX –el siglo pasado ya, ¿eh?–, de modo que Blowin’ in the Wind, Hurricane o Like a Rolling Stone se fueron abriendo paso entre los profundos pensamientos de los miembros del jurado.
 
Y así nos plantamos de lleno en la mañana del miércoles 12 de octubre. El aroma a café cargado inunda la sala donde se decide la suerte del Nobel de Literatura. Las ojeras surcan las demacradas caras de los miembros del jurado. El paracetamol circula en un tráfico imparable bajo la mesa. Nadie toca el copioso desayuno, tanta es la tensión o tanta fue la ingesta de alcohol la noche anterior, no importa. Y en la cabecera de la mesa, la silla del presidente continúa desocupada. Acaba de llamar, se encuentra en un atasco. El resto de miembros descubre sus cartas, los adeptos de Roth siguen con Roth; y los de McCarthy, con McCarthy; los de Oates se han dividido por igual entre el primero y el segundo… ¡siguen empatados! Al final, coinciden todos ellos, es un alivio, será el presidente el que decida en quién recaerá el premio y asuma la responsabilidad de algo que tiene a todo el planeta en vilo… nuestras vidas, por fin, podrán volver a ser lo que eran.
 
El presidente ya está aquí, acaba de llegar y se dirige a ocupar su silla con paso cansino. Después de dar los buenos días con voz pastosa, pregunta al resto de miembros si ya tienen su veredicto. El vocal le anuncia que sí, que después del nuevo recuento efectuado esa misma mañana a primera hora, se mantiene el statu quo. Pero el presidente no lo escucha, los acordes de A Hard Rain’s Gonna Fall martillean sus sienes, y no puede quitarse de la cabeza las caderas de aquella camarera rubia que le sirvió el último gin-tonic, ni sus ojos, ni sus pechos. Bob Dylan, anuncia por fin libre de su ensoñación rubia ante el estupor del resto de miembros del jurado, el Nobel será Bob Dylan. Nos criticarán y nos vitorearán a partes iguales, no importa. Lo que de verdad importa es que hablen de nosotros. Y ahora me retiro a descansar, que he pasado mala noche. Su trabajo consiste ahora en buscar razones que justifiquen la elección. Y con un buenos días aún más cansado y pastoso abandona la escena.
 
El resto de miembros del jurado, con toda la diligencia que les permite su resaca, desempolvan los antiguos manuales de historia de la literatura, y allí encuentran los motivos que enviarán a sus voceros habituales, vividores de la cultura oficial, para defender que se le haya otorgado el premio a un cantante: unos viajan hasta el medievo, donde encuentran a los antiguos trovadores; otros llegan aún más allá, a la Grecia clásica, donde entre rosadas auroras y pies ligeros encuentran al misterioso Homero, a los aedos y los rapsodas; otros se desplazan a la cercana Lesbos, siempre morbosa, donde dan con la fragmentaria Safo. Ya está, por fin tenemos nuevo Nobel de Literatura, ustedes dennos el pan que ya nosotros les montamos el circo.
 
Como se suele decir, entre broma y broma, la verdad asoma, y aunque todo lo escrito anteriormente tiene mucho de parodia, sarcasmo e ironía, no entiendo la concesión del Nobel a Dylan sin la participación del alcohol –o algún tipo de droga propia de ambientes elitistas–; bueno, miento, sí que creo saber por qué se lo han concedido a él, y eso es lo que realmente me preocupa.
 
Para empezar diré que estamos ante un premio “tribunero”, concedido al gran público, a ése al que la literatura le importa menos que nada. Este año todo el mundo se siente parte de algo tan importante como el Nobel de Literatura, no nos engañemos. Porque aunque no se consuma, aunque se ningunee social, educativa e institucionalmente, la literatura, como parte esencial de la cultura humana, todavía conserva ese aura de prestigio; la gente con cultura, los escritores, son gente que mola; como los roqueros de antes, entre los que podríamos situar a Dylan. Todo el mundo conoce al bueno de Bob, que es cierto, tiene mucho de poesía en sus canciones, pero que no es un poeta ni poemas son sus letras.
 
Este es un premio, además, concedido a los “culturillas”, a la gente cool, a los que se apuntan a talleres literarios a escondidas, a los que se nutren de cultura acompañada de copa y canapé en certámenes a los que sólo se puede asistir con invitación previa. Los conozco, sé quiénes son, y los aborrezco. Nada que ver con los libros y las bibliotecas, no. Eso es poco chic. ¿Para qué voy a leer si en un máximo de cinco minutos de canción tengo a un Nobel a mano? Lo puedo “leer” mientras cocino, mientras estoy en el baño, mientras conduzco, mientras follo con mi amante. Fantástico, ¿no? Y así, cada vez nos vamos haciendo más pequeñitos.
 
Este es un premio que no es un premio, es una operación de mercadotecnia. Si la Academia se pusiera a vender camisetas ahora mismo, superaba los ingresos generados por las de los futbolistas Messi y Ronaldo, o las de los baloncestistas James y Curry, estoy seguro. ¿Desde cuándo un Nobel de Literatura ha abierto un telediario? Pues Dylan, un no escritor, lo ha hecho. ¿Sabéis cuántos artículos le dedicaba a Dylan El País digital el jueves? Doce. Y sólo uno de ellos, titulado “¿La muerte de la literatura?” –curiosamente a lo largo del día cambiaba a la pregunta “¿Se merece Dylan el Nobel?” o algo parecido; hoy ya había desaparecido de entre los artículos destacados; sabia gente estos cultos de El País, unos grandes referentes de la cultura de masas–, parecía opinar en contra de la elección del premiado: el periodista se hacía eco en su artículo de la novela Alabanza, de Alberto Olmos, publicada en 2014, que pronosticaba la muerte de la literatura, apocalipsis que comenzaba con la concesión del Nobel a Dylan –hoy ya hay algún otro artículo más, ¡que siga la ilusión de ecuanimidad!, que sigue esta misma línea– . Y, mucho me temo, ante eso estamos precisamente. De ahí este réquiem que hoy le dedico.
 
Porque que la literatura lleva en estado agonizante mucho tiempo lo sabemos todos. Pero que una institución como la Academia haya decidido, en beneficio propio, que un cantautor sea merecedor del Nobel de Literatura es el golpe de gracia definitivo. Pero definitivo, por suerte, de cara a las masas, que los escritores de verdad, los que le dedican su vida a la literatura, seguirán a lo suyo, como siempre y como tiene que ser, de espaldas a la oficialidad, sin necesidad de llenar estadios ni de cobrar por las entrevistas que conceden ni por ser considerados divos. Deo gratias.
 
Este premio no es un premio, es un disparate colosal y una falta de respeto. Primero, como creo que ya ha quedado claro, por parte de la Academia, que concede el Nobel de Literatura a alguien que no pertenece a la disciplina literaria con el único fin, creo yo, de que se hable de ello. Ser impopulares en el mundillo literario les ha dejado de funcionar, así que han decidido entregárselo a las grandes masas. ¿Qué hay de malo? A mí me gusta Dylan, y sus letras son geniales, piensan algunos de los believers con los que he discutido sobre el tema en los últimos días y que inundan las redes sociales con “memes” para memos y con artículos que justifican la elección del de Minnesota. Pues que Dylan no es escritor, punto y pelota. Si yo te digo ahora que el año que viene le conceden el Nobel de Química a los hermanos Roca, ¿te parecería igual de bien? Seguro que no. No es lo mismo, me dirías, querido o querida believer, Dylan es autor de poesía cantada, y uno de los mejores en lo suyo, y podría considerarse escritor. Ya, y los hermanos Roca provocan alucinantes reacciones químicas en sus fogones, ambrosía para nuestros paladares, y son de lo mejorcito en lo suyo, ¿por qué no considerarlos también grandes químicos? Ya te lo digo yo, por una cuestión de respeto o, mejor dicho, de falta de respeto. Nunca se le concedería el Nobel de Química a alguien que no fuese químico, ni el de Física a alguien que no fuese físico. Pero con el de Literatura la cosa cambia, ¿no? ¿Y por qué cambia? En efecto, porque no se le tiene el mismo respeto a la Literatura que a la Química o la Física – antiguo debate éste, ¿eh?–. Y esta falta de respeto llega hasta el punto de considerar que cualquiera puede ser escritor, ora sea Bob Dylan, ora mi vecino del sexto. Pues no, señores y señoras, andan ustedes equivocados. Miren si es complicado ser escritor que un privilegiado como Dylan nunca lo ha podido ser.
 
No puedo finalizar este post sin comentar antes un artículo que se ha utilizado en las redes sociales para defender la idoneidad del galardón –qué sospechoso resulta todo cuando hay gente que pierde su tiempo buscando en los archivos de El País, o está pendiente de Twitter, a ver si hay un chispazo que le conceda la baza definitiva; y es que no tener razones es mucho más jodido que no tener la razón, lo entiendo y me compadezco–. Se trata de uno que Benjamín Prado, que como me advertía un believer haciendo gala de un buen uso del argumento de autoridad –lo que sucede, amigo, cosa que a ti a lo mejor no te pasa, es que es posible, por formación y profesión, que yo también sea una voz autorizada para opinar sobre esto, como opina un químico sobre cosas de química, o un antropólogo sobre antropología–, es novelista y poeta, y además ha ganado varios premios literarios –vamos, que si me llega a decir que de vez en cuando le dejan el micrófono en La Sexta, me lanzo a bautizarme, a hacer la comunión y a confirmarme, lo que sea necesario con tal de formar parte de su credo –, publicó en El País en octubre de 2007, donde se exponen una serie de razones por las que, según el firmante, deberían haberle concedido el Nobel a Dylan hace ya nueve años. En él, Prado habla de límites inexistentes que sin embargo hace tiempo ya que fueron establecidos; habla de Cela, Echegaray y Churchill como galardonados absurdos –¿se le escapa que lo que está pidiendo, el Nobel para Dylan, es otra imbecilidad mayúscula o me lo parece a mí?–. Luego ya se viene arriba y dice que el cantautor está perdiendo un montón de pasta por no dedicarse a eso tan tonto de la poesía, porque sus poemas adolescentes fueron vendidos en una subasta por 66.000 euros… ya, güey, pero esos poemas se vendieron a ese precio porque Dylan es Dylan, un cantautor que se convirtió en ídolo de masas allá por las décadas de 1960 y 1970. Y si Dylan no hubiese sido Dylan nunca y se hubiese decantado por eso tan tonto de la poesía, hoy no tendría ni la fortuna que tiene ni le hubiesen concedido un Nobel absurdo. ¿Estamos en lo que estamos o seguimos soltando sandeces? Ojo, que lo que sigue sí que me parece importante, que se subraya que fue amigo de poetas, bautizó a su guitarra con el nombre de Rimbaud e incluso se hizo una foto en la tumba de Kerouac. Tal vez entonces se contagiase de saber literario, en fin…
 
Ya es hora de dejar esto y preparar la cena, que con suerte de aquí a unos años soy el nuevo Nobel de Química. Vale.
 

18. ¿Princesa o caballero templario?

Todo aquél que haya estudiado una filología pasa cíclicamente por periodos existenciales casi depresivos en los que se cuestiona por qué tuvo que decantarse por esa formación en concreto, maldice la miopía de los otros, incapaces de ver las virtudes que atesora la literatura y valorar su importancia, condena la poca estima social, laboral e institucional que reciben los profesionales de su ramo –sobre todo queremos más dinero porque estimula nuestra vocación, cierto, pero también que cada día nos agradezcan nuestra venida al mundo y todos los sacrificios que llevamos a cabo en aras de la humanidad; y una felación o un cunnilingus, eso ya sería la guinda del pastel, no nos merecemos menos–, y se lamenta de que le haya tocado vivir en una latitud y en un momento encuadrados en una república iletrada.

Cuando me toca vivir uno de esos episodios, cuando tengo uno de esos días en los que el ánimo se ha mudado al sótano, acudo al único sitio donde sé seguro que daré con esas almas gemelas que pierden su valioso tiempo sumergiéndose en la lectura: el supermercado. Allí, nueva Alejandría, mis semejantes, mes frères, ávidos de conocimiento, como si de la palabra de un antiguo dios recogida en un libro se tratase, estudian el etiquetado de los productos alimenticios, seguramente con distintas motivaciones cada uno de ellos: unos sólo querrán cerciorarse de si el alimento en cuestión está libre de alérgenos e intolerancias; otros, si es bajo en grasas, o si fue envasado en la India, o tal vez si es compatible con la dieta extraterrestre que el nuevo especialista surgido de la inventiva capitalista le ha indicado que es la más sana del mundo. En realidad no importa qué motivo los impulsa, lo relevante es que todos ellos quieren saber.
Porque así funciona nuestro cerebro para procesar eso que comúnmente llamamos realidad, así obtenemos y de ahí proviene nuestro conocimiento del mundo, del etiquetaje, de la clasificación. Pero la creación de etiquetas, aunque sumamente útil y necesaria, siempre es una tarea limitada e incompleta, jamás podremos llegar al conocimiento total de la realidad por medio de este proceso. Para que se me entienda mejor, nos enfrentamos al mundo como quien confecciona un mapa, simplificamos –etiquetamos y clasificamos– lo que éste representa para tener acceso a su conocimiento con un esfuerzo mínimo, de un vistazo por así decirlo, pero la rica complejidad se nos escapa por la propia simpleza que supone la representación, que queda limitada a algunos aspectos concretos: podremos tener mil y un mapas diferentes, físicos, políticos, lingüísticos, de densidad de población, de distribución de la riqueza, etc., tanto da, pero jamás llegaremos al Mapa, aquél capaz de representarlo absolutamente todo –y no quisiera yo caer en pecado de hybris.
Pero lo cierto es que la clasificación ha sido, es y será nuestra mejor vía de acceso al conocimiento. Por poner sólo unos ejemplos: la taxonomía es la parte de la biología que clasifica a los seres vivos según sus características; la química clasifica los elementos; las matemáticas, los números; la física, los estados de la materia; las artes, sus diferentes manifestaciones; la literatura, los géneros literarios; la geología, los minerales; la lengua, las palabras; y así podría seguir ad infinitum.
Pero, claro, como es bien sabido, lo que nos cura, aplicado en exceso, o donde o cuando no toca, nos envenena, y a mi entender eso es lo que sucede en el momento en que nos servimos del etiquetaje en la parcela social de la vida humana, en nuestro día a día, en nuestra relación con los otros. Y es a este punto precisamente donde quería llegar con este largo introito –que me lo podría haber ahorrado, cierto, y de paso evitártelo a ti, amigo lector, más cierto aún, pero no descuides que yo escribo esto porque me lo paso bien haciéndolo, y con un poco de suerte conseguiré distraerte el tiempo que dure tu lectura también a ti; my home, my rules, para que nos entendamos… y que si igualmente vamos a acabar follando, ¿qué mejor manera de hacerlo que deleitándonos en los preliminares? Déjame que me acerque poco a poco y conquiste esa parcela de ti que ya has tenido a bien concederme, pues de lo contrario no sé qué razón te impulsa a seguir leyendo todavía esto–, a cómo utilizamos el etiquetaje con las personas y qué efectos, no siempre positivos, puede tener.

Habría que empezar diciendo que todos etiquetamos, aquí no hay nadie que pueda lanzar la primera piedra; somos así, no hay vuelta de hoja, nuestro cerebro, ya lo hemos visto, se sirve de esta estrategia para acceder al conocimiento. Lo hemos aprendido desde pequeños, porque el etiquetaje forma parte de nuestra educación, desde nuestros compañeros y/o amigos de la infancia hasta nuestras relaciones en el entorno laboral, pasando, por descontado, por nuestros propios padres y nuestro círculo familiar más cercano, siempre está presente; a todos nos han colgado etiquetas y todos las hemos colgado: imbéciles, tontos, guapos, listos, no importa el calificativo. Utilizamos las etiquetas para elegir y descartar amigos, o hipotéticas parejas, para convencernos de que aquello no va con nosotros por X o por B, sin pensar demasiado qué consecuencias pueden tener los estereotipos en las personas encasilladas ni si tales juicios se asientan en una base sólida lo suficientemente real.

Pero si las etiquetas, aunque útiles, pueden ser nocivas en la vida adulta, imaginaos las terribles consecuencias que pueden darse cuando se nos aplican desde la más tierna edad. Repítele mil veces a un niño que es tonto, y en tonto lo convertirás; dile que es el más listo del mundo, y un repelente dictador de la razón será; que es el más guapo, y a la siempre efímera diosa de la belleza devotamente adorará. Sin que nos lo propongamos, y esto es lo terrible, podemos determinar negativamente su futura personalidad. En más ocasiones de las que quisiéramos el factor sociocultural se impone al biológico –nuestras predisposiciones genéticas– y al personal –nuestras elecciones libres y autónomas–, los tres elementos que confluyen y moldean nuestro futuro yo, nuestra identidad.

Pues bien, con semejante mochila de viaje andaba yo un miércoles de este pasado agosto por Ponferrada –¡no, querido lector, no me interrumpas ahora, que se me baja la erección!–, y aprovechando que ese día de la semana la visita a los museos y monumentos de la ciudad es gratuita, decidí empezar por el castillo de la ciudad. Allí, después de esperar pacientemente la cola de entrada –para que luego digan que la cultura no interesa–, te recibía un trabajador de la fortaleza, que te explicaba qué verías a lo largo de tu visita y qué exposiciones se ofertaban en su interior. La primera de ellas era una interesante muestra de cómo vestían las mujeres y hombres, cualquiera que fuese el estamento social que ocupasen, de aquella lejana época en que los caballeros templarios habitaban el castillo. Y, entonces, justo antes de traspasar el umbral de la puerta que daba acceso a la exposición, llegó a mis oídos, curioso que es uno, el comentario que ha dado origen a estas líneas que ahora escribo –¿ves? Toda espera tiene su recompensa, el asunto ya está a punto de caramelo, me dispongo a iniciar la penetración, así, con suavidad–: “Cariño –le dijo con entusiasmo una madre a su hija, que debería de tener unos siete años de edad–, ahora vamos a ver un montón de trajes de princesa, ¡ya verás qué bonitos!”

No sé si es debido a que durante los últimos años he estado muy relacionado laboralmente hablando con la educación en valores y la filosofía, si es que me preocupo en exceso por una humanidad que hace tiempo ya que está perdida o si es que siento la poderosa llamada de la naturaleza y me imagino qué haría yo en tal o cual caso si la madre o el padre de la criatura fuese, pero lo cierto es que me horrorizó el comentario. Estoy de acuerdo en que si quieres que tus hijos “consuman” cultura, hay que animarlos, debemos presentársela de manera atractiva y dinámica, pero ¿tiene que ser así? ¡Dios mío, se trataba de un castillo templario! Si no tienes ni idea de quiénes fueron, que bien podría ser, consulta la Wikipedia tramposa, pídele respuestas a san Google, haz lo que tengas que hacer pero no le mientas a tu hija, y mucho menos si esa mentira supone caer en un estereotipo sexista. Claro, como será mujer, mejor que su modelo de prestigio sean las princesitas, cuyo único mérito, factoría Disney aparte, suele ser haber nacido en una familia en concreto…
  

Tal escena me dejó preso de la ofuscación, y así deambulaba yo, de almena en almena por mi monte Sinaí particular, hasta que la providencia quiso que una nueva familia se cruzase en mi camino. La componían cuatro miembros: los padres, un niño que apenas debería de tener cuatro o cinco años de edad, y otra que aproximadamente contaba los mismos años que aquella a la que momentos antes su mamá le había vendido los trajes principescos. ¡Pero qué maravilla de niña! Disfrazada a la perfección de caballero templario, con la roja cruz paté en su pecho y equipada con sus armas, hacía de cicerone a sus padres y a su hermanito en la visita a “su” castillo. Ora les mostraba las resistentes murallas que frenaban en seco las intenciones de sus peligrosos enemigos, ora el foso o la torre del homenaje, ningún rincón quedó inexplorado –Melibeo soy y a Melibea adoro, y en Melibea creo y a Melibea amo–. Daba gusto, la verdad, seguir a la familia en su visita, y daba gusto, también es cierto, la sonrisa que te dedicaban los padres cuando se daban cuenta de cómo mirabas a su hija. Mira por dónde, el mismo lugar que me había envenenado pronto me proporcionó el antídoto, pequeñito, de apenas unos siete u ocho años de edad. La esperanza disfrazada de templario tuvo a bien acudir en mi ayuda.

Así que supongo que la respuesta a la pregunta con que titulo este post está clara: caballero templario, sin lugar a ningún género de dudas. Mucho me temo que este mundo está mucho más necesitado de las segundas que de las primeras, y no por el mundo en sí, que también, sino por ellas mismas. Eduquemos caballeras que sean independientes, que se sepan valer por sí mismas, que no tengan miedo y, sobre todo, que elijan su propio camino, sea el que sea, aunque “no sea el adecuado para ellas”.

Esta anécdota que a algunos les puede parecer una tontería me ha acompañado durante meses, tal vez por eso hoy escribo sobre ella, para exorcizarla, hasta tal punto que hace unos días se la conté a un compañero –y amigo– de trabajo, uno de esos hombres sabios con los que merece la pena hablar siempre, pues siempre te enseñan algo –y deseo que hayáis llegado ya al orgasmo, porque este buen hombre va a hacer que nuestra libido nos baje a los pies–. Tras escucharme atentamente y emitir un par de interjecciones de disconformidad a medida que avanzaba mi relato, me contó que uno de sus nietos varones, no recuerdo si el más pequeño de ellos, es un enamorado de los tutús, y que siempre que hay una reunión familiar o presiente que se avecina jarana, desaparece en su cuarto, para volver a aparecer inmediatamente vestido con su faldita –os estoy viendo, ¿eh? Y os entiendo perfectamente, yo también pasé por lo mismo y todos hemos visto Billy Elliot; sonreís imaginándoos la estelar puesta en escena del niño, incluso anunciándola con un ¡tachán! que ya lo dice todo por sí solo–. Y eso está muy bien, me decía, es cierto, todos sabemos que es lo correcto, si al niño le gusta ponerse el tutú y bailar, que lo haga. Pero claro, concluyó, llegó el día en que quiso ir al colegio con el tutú, y después de mucho pensarlo, sus padres lo convencieron para dejar esa vestimenta para las fiestas privadas.

¿Y sabéis qué? Creo que yo hubiese hecho lo mismo. Yo puedo saber perfectamente qué está bien y qué está mal, pero el mundo no tiene por qué coincidir conmigo –de hecho, viendo cómo funciona, no coincidimos en absolutamente nada–. Y el mundo, mucho me temo, acabaría riéndose del niño que lleva el tutú al cole, le colgaría unas cuantas etiquetas. Al menos este mundo que conocemos. Supongo que a uno mismo le es muy fácil arriesgarse a la mirada de los demás; a mí, por ejemplo, aunque me ha costado, me va importando un pimiento el juicio de los otros: a quien le guste, fantástico; y a quien no, pues fantástico también, no siento la necesidad de agradarle a todo el mundo ni de encajar en lo que se supone que tengo que ser. Pero creo que no expondría a mi hijo, aunque signifique obrar en contra de lo que entiendo que debería ser. Hasta que el mundo cambie.

No sé, tal vez mi granito de arena para propiciar ese cambio necesario sea éste, cuestionarme ciertas cosas y hacer que otros se las cuestionen. Y tal vez mañana coincidamos en el parque, ya en otro mundo que a día de hoy aún no existe, pero que creo posible, yo con mi hija disfrazada de Batman, y tú con tu hijo y su tutú. Ojalá así sea.

17. ¡Gracias por todo!

Otra vez no pudo ser, éstas serían las palabras para resumir la actuación del combinado español de baloncesto masculino en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Pero, a diferencia de ocasiones pasadas, cuando nos emplazábamos para la siguiente cita olímpica con los estadounidenses, ésta es más dolorosa porque casi con toda probabilidad era la última oportunidad, al menos en mucho tiempo, en que jugábamos contra ellos con posibilidades reales de ganarles[1].


Con todo, y antes de meterme de lleno a analizar algunas de las razones por las que “sólo” nos hemos quedado en el tercer peldaño del podio olímpico, el bronce ganado en Río frente a Australia, y de qué manera, supone el broche de oro de una generación sin parangón en el baloncesto español. Desde Sydney 2000, año del debut de Navarro y de la incomprensible ausencia de la convocatoria del mayor de los Gasol –así nos fue en aquella lejana cita olímpica−, España ha cosechado dos platas olímpicas y un bronce, y sólo se ha quedado sin metal en Atenas 2004, cuando fuimos eliminados por una selección de los Estados Unidos que finalmente se tendría que conformar con el bronce, aunque aquel nefasto día de cuartos de final contaron con un Marbury estelar.


Eso en cuanto a Juegos Olímpicos se refiere, que durante el ciclo olímpico de cuatro años que va de Juegos a Juegos, estos señores han ganado siete medallas en campeonatos de Europa: 3 oros, en 2009, 2011 y 2015; 2 platas, en 2003 y 2007; y 2 bronces, en 2001 y 2013 –la única lograda sin Pau en el equipo–. De hecho, sólo se ha bajado del podio europeo en 2005, también sin el mayor de los Gasol en el equipo, cuando la Alemania de Nowitzki nos eliminó en semifinales y Francia nos machacó posteriormente en la lucha por el bronce. 


En los mundiales, sin embargo, no nos ha ido tan bien, pese a que en 2006, en Japón, logramos tocar el cielo cuando nos proclamamos campeones del mundo frente a la Grecia de Papaloukas y Schortsanitis, cuyas diabluras habían desarbolado a los Estados Unidos en semifinales. El oro de Osaka es nuestra única medalla, pues quedamos quintos en 2002, después de que Alemania nos apeara en cuartos cuando parecía que íbamos a por todas –aunque nos fuimos del torneo con el buen sabor de boca de haber ganado el último partido a los estadounidenses ante su público, nuestra única victoria frente a ellos–, sextos en 2010, sin Pau en el equipo, y caímos en cuartos de final frente a Francia en nuestro mundial, en 2014, con Pau pero también con Orenga como seleccionador y José Luis Sáez aún como presidente de la FEB… 


No nos podemos quejar, ¿verdad? Aunque más allá de los metales y los títulos, quizá el éxito más grande de este grupo humano haya sido robarle un par de minutos de atención al fútbol en un país que en lo deportivo vive por y para el deporte que se juega sobre el césped[2]. Y es que gente, aficionados y periodistas, que a lo largo del año no ven ni un segundo de baloncesto cada verano inundan las redes con sus comentarios sobre el deporte de la canasta y se abren informativos con comentarios sobre la grandeza de Gasol –recuérdese el partido contra Francia del Eurobasket de 2015 y las reacciones que provocó–, sobre seleccionadores que lo harían mucho mejor que “el Gominas” o sobre lo mucho o lo poco que aporta Claver a la selección de baloncesto –a estos últimos les recuerdo que el valenciano fue fundamental para eliminar a Grecia y Francia el año pasado, y que viene de hacer una grandísima temporada en Kuban, el equipo revelación de la Euroleague; sí, “no marca muchos goles”, es cierto, pero es fundamental, o debería serlo, no sólo para la selección, sino para cualquier equipo–, etc.


Pero vuelvo al presente y me centro en esta selección que hace escasas horas que se ha colgado el bronce en Río –imaginaos cuál es su grandeza cuando ganar una medalla nos sabe a poco–. La cosa empezaba bien, pues por fin se acababa el ciclo José Luis Sáez y sus chanchullos absurdos, y se iniciaba la etapa Garbajosa, un hombre que hasta hace dos días formaba parte del grupo y que en teoría sabía de primera mano lo que necesitaba el equipo para llegar a Brasil en las mejores condiciones para asaltar el oro olímpico. Y aquí empiezan los problemas, creo yo: mientras el resto de selecciones, dejando a Estados Unidos de lado, se ponían a punto midiéndose a rivales de entidad –algunas de ellas, además, se jugaban el ser o no ser en los preolímpicos–, nosotros nos conformábamos con Angola, que no participaba, Lituania –en dos ocasiones, éste sí un rival de peso, aunque después la competición ha puesto a los bálticos en su sitio–, Venezuela, en dos ocasiones, y, por último, Senegal, que tampoco estaba clasificada para Río y que no contaba con su mejor jugador, el NBA Dieng. Cuando los responsables de la preparación se dieron cuenta de que la cosa no iba bien se intentó poner un parche de última hora, así que se concertó un entrenamiento-pachanga de poco más de una hora de duración con Australia, ya en tierras brasileñas. Insuficiente, como hemos podido comprobar.


Y si las cosas que están en tu mano no las controlas, prepárate cuando lleguen los imprevistos: la lesión ya conocida de Marc Gasol, y las que sufrieron durante la preparación Álex Abrines y, sobre todo, Pau Ribas. Además, a esto hay que sumarle los problemas contractuales de nuestros NBA: Pau, Sergio y Abrines se perdieron entrenamientos por la formalización de sus nuevos contratos; y los problemas personales que lamentablemente ha sufrido Ricky Rubio. Así que no es de extrañar que iniciásemos la competición faltos de ritmo, cosa que “hemos pagado” con un bronce cuando perfectamente hubiese sido una plata o, quizá, un oro.


Luego está el tema de la composición definitiva del equipo: la conocida lesión de Marc Gasol suponía la entrada de Willy Hernangómez o de Serge Ibaka –por aquello de tener presencia interior y rebote– , pero creo, y esto es una hipótesis mía, que la no presencia de Ibaka en Río se decidió el año pasado, cuando el jugador nacido en el Congo se borró del Eurobasket de Francia. Es cierto que su ausencia se ha vendido como un acuerdo entre ambas partes, jugador y FEB, pero creo que no me equivoco cuando digo que la negativa de Serge el año pasado ha propiciado la de la FEB éste. Todo lo demás se me antoja un gesto de cara a la galería y un dejar la puerta abierta por si acaso te necesito en un futuro. Eso y que el compromiso de Mirotic, además de su calidad ofensiva, es indiscutible, no lo olvidemos. 


Más importante para mí es la ausencia por lesión de Pau Ribas, porque perdíamos su intensidad defensiva y su fiabilidad en el tiro exterior, y suponía la entrada en la lista de José Manuel Calderón, convertido en un simple agitatoallas en el banquillo y cuya actitud corporal –ahí están las imágenes para quien las quiera revisar– durante los dos primeros partidos del torneo, los que nos condenaron a vernos con los estadounidenses antes de lo deseado, indicaban cierto comportamiento sospechoso… alguien además de mí mismo habrá visto algo de esto, porque al día siguiente de la dolorosa derrota frente a Brasil se publicaban declaraciones del base extremeño haciendo hincapié en que él había ido a Río para ayudar y para desarrollar un rol dentro del equipo que tenía muy claro. Polémica zanjada por si algún mirón más había reparado en el de Villanueva de la Serena… Claro, que de estar Pau Ribas sano, tampoco está claro que Scariolo hubiese optado por él en lugar de Calderón, que la valentía precisamente no es el rasgo característico del transalpino y la sombra de un jugador con tan dilatada carrera en la NBA se antoja harto alargada.


Pero si lo pensamos, creo que la solución Ribas era la mejor, por las características del canterano de la Penya que comentaba anteriormente y porque con Rubio, Sergio y Llull –que juega todo el año de base, por Dios– ya estaba cubierta la posición de point guard y ganábamos una rotación en la posición de 2. Navarro es mucho Navarro, y tiene que ir hasta que quiera a la selección, pero ya no es aquel jugador que era, lo hemos visto durante todo el año y se ha confirmado, pese a las ganas que le ha puesto, en Río. Además de que es un coladero en defensa –por eso se optó por la variante zonal, poco efectiva ante los Estados Unidos, cuando él estaba en pista–, y aquí hay que felicitar a Scariolo, que lo emparejó en defensa con Klay Thompson, ¡ole tú, Sergio! 


Y es cierto que los jugadores perdieron frente a Croacia y Brasil inexplicablemente. En el primer partido, después de echar por la borda una renta a nuestro favor de 14 puntos, y en el segundo por no cerrar el rebote en el último ataque carioca y por el nefasto porcentaje de acierto desde la línea de tiros libres –confirmado, Pau Gasol es humano–, pero la dirección de Scariolo, una vez más, dejó bastante que desear. Y esto me duele porque el italiano va a pasar a la historia como el seleccionador español más laureado de la historia, pese a no saber utilizar todo el potencial que un año sí y otro también la FEB ha puesto a su disposición.


Doy algunos datos: al contrario de lo que suele suceder en el resto de equipos y de lo que rige la lógica deportiva, ésa que nos dice que durante los partidos clasificatorios de los equipos potentes los minutos se reparten entre todos y luego, cuando llegan los cruces, el momento de la verdad, las rotaciones se reducen, Scariolo lo hace al revés: contra Croacia Calderón y Abrines no pisaron la cancha; Willy jugó 3 minutos; Navarro, 11; Felipe, 13; Claver, 10; y Rubio, 12. Contra Brasil, más de lo mismo: Calderón y Abrines, un minuto por cabeza; Willy no jugó; Navarro, 12 minutos; Claver, 10; y Felipe, 11. ¿Por qué, me pregunto yo, siempre saca pecho el italiano de la profundidad de banquillo de la selección española? El primer día, en el que Bogdanovic nos mató, ¿no podría haber puesto más minutos a Claver sobre él? ¿Llull no podría haber defendido a Ukic cuando Ricky se cargó de faltas y Sergio era desbordado por el base croata? Y contra Brasil, más de lo mismo, pero con Marcelinho Huertas jugando de base en el equipo contrario, lo que se unió a la ausencia de Willy para enfrentarlo a los rocosos pívots brasileños y darle minutos de descanso a Gasol… enésimo bloqueo mental del italiano, diría yo, y a salvar la delicada situación de la mejor manera posible.

Luego, como viene ocurriendo en cada campeonato de la era Scariolo, los chicos se pusieron las pilas y ganaron, sucesivamente, a Nigeria con muchos apuros –¿alguien recuerda aquel campeonato de Europa que ganamos arrollando después de vernos algunos minutos eliminados por Gran Bretaña? Pues eso, con la salvedad de que en los Juegos Olímpicos participan los estadounidenses, es la única diferencia–, a Lituania y a Argentina –resulta curioso que del llamado grupo de la muerte, el único equipo que ha llegado a semifinales ha sido España, ahí lo dejo–. Poco mérito le doy yo a Scariolo en todo esto, y mucho a los jugadores, pero bien está lo que bien acaba, supongo que llevan años pensando desde la FEB, y así nos plantamos en semifinales ante el coco estadounidense. 

Ya en semis, después de la dulce paliza a Francia –¡17 muy buenos minutos de juego de Hernangómez![3]–, demostramos una vez más que somos el único equipo, pese a todas las dificultades que vengo comentando, capaz de jugar de tú a tú en partidos de verdad a los Estados Unidos a día de hoy. Pero salió cruz, pese al gran trabajo defensivo realizado –grande en especial Rudy frenando a Durant y ayudando en todo lo que se puede ayudar en este deporte tan rico en matices que es el baloncesto–. Nos superaron en el rebote y estuvieron más acertados que nosotros, que cometimos algunos errores poco incomprensibles de concentración y de comunicación en momentos clave. Nos faltó tiro exterior y nos sobró, quizá, presión. Demasiado ante un equipo frente al que tienes que estar casi perfecto en todas las facetas del juego si no quieres que te pasen por encima. 

Todas y cada una de estas cosas acabaron “condenándonos” a la lucha por el bronce frente a una Australia que hasta semifinales maravilló con su baloncesto alegre en ataque y duro en defensa, pero felicitémonos por él y disfrutemos de este equipo, que es posible que en poco tiempo el “simple hecho” de llegar a unas semifinales sea como ganar un oro.

¡Enhorabuena, equipo! ¡Muchísimas gracias por hacernos disfrutar un verano más de vuestro baloncesto!


[1] No sólo porque se antoje imposible tener a otro Pau Gasol, sino, además, por tener la oportunidad de acompañarlo de los Navarro, Rudy, Reyes, Llull, Mirotic, Sergio, etc. [2] De hecho, todas las virtudes que se han cantado, se cantan y se cantarán de estos chavales fueron las mismas cuando tiempo después la selección española de fútbol consiguió ganar algo: que lo importante era el buen rollo en el vestuario, que los valores humanos estaban muy por encima de los deportivos, etc. Señal de que sirvieron de ejemplo para lo que estaba por venir sobre el césped o de la poca originalidad de nuestros periodistas, o de ambas cosas.

[3] Tranquilícese el personal, repriman los vítores y los aplausos, que “la minutada” de Willy no se debió a que por fin los árboles le dejaran ver el bosque a Scariolo, sino que después nos enteramos de que Pau tenía problemas en un gemelo.

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