61. To publish, or not to publish: that is the question

Y es una pena, la verdad,
porque sería algo inefable
cambiar la torpe realidad
y ser o Borges o bailable.
Pues qué penita y qué dolor,
no tendré el Nobel, no, señor.
 
Javier KRAHE y Joaquín SABINA: “… Y todo es vanidad”,
Corral de cuernos (1985).
 
 
 
 
 

No son una ni dos ni tres las veces que alguien me ha preguntado si soy consciente de lo bien que escribo y, acto seguido, que por qué no publico algo. Supongo que con ese algo se refieren a una novela o a un libro de relatos o a un poemario o, tal vez, a un ensayo (no sé si me ven como narrador de corta o larga distancia, como poeta o como ensayista, ni siquiera estoy seguro de que me vean en realidad).

Sobre lo de que escribo bien, siempre respondo lo mismo: soy filólogo (do you remember it?), no faltaba más sino que alguien de mi perfil no escribiese bien, y por bien me refiero a correctamente: sin errores que me sonrojen, o, en caso de cometerlos, que no sean demasiado vergonzosos, y respetando la tríada elemental formada por la cohesión, la adecuación y la coherencia; aunque sé que de todo hay en la viña del Señor y yo mismo en alguna ocasión he pensado de algún colega: “¡qué lástima de dinero invertido en matrículas universitarias!”. Pero lo habitual es que quien ha cursado con éxito una filología escriba bien, lo raro suele ser lo contrario. Además, estoy de acuerdo con Bolaño [“Discurso de Caracas”, en Entre Paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama, Barcelona, 2004], lo de escribir bien está al alcance de cualquiera y, por tanto, le concedo muy poquito mérito:

 

Muchas pueden ser las patrias [de un escritor], se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso.

Sólo hay que echarle un vistazo a lo que se publica hoy para cerciorarse no ya de que no se alcanza el criterio de calidad que apuntaba Bolaño, sino que en muchas ocasiones lo que se publica ni siquiera está bien escrito, patología que se ha visto agravada, mucho me temo, por el fenómeno de la autoedición y las redes sociales, terrenos fértiles para la alimentación de vanidades: no nos engañemos, la escritura tiene mucho de onanismo, y poder decir eso de “soy escritor” y “mira, allí, en aquel estante, tengo dos libros publicados (por mí y por mi bolsillo)” es orgásmico para cierto tipo de personas. Pero no pretendo criticar la autoedición, por mucho que me sangren los ojos con los fragmentos con que algunos de estos escritores mendigan compradores para sus libros en las redes, entiendo que el hecho de que te publiquen en un gran grupo editorial puede ser harto complicado y desesperante (imposible si no reúnes un mínimo de calidad), además de que todos somos libres de gastar nuestro dinero como nos plazca, y si ésa es la ilusión de nuestra vida y es lo único que nos importa, pues bienvenida sea la autoedición y la dejo que descanse en paz, que bien merecido lo tiene.

Sin embargo, a quienes sí que voy a criticar es a aquellas personas cuyas publicaciones en una editorial son sospechosas, a las que sacan pecho (aquí es donde las redes sociales adquieren protagonismo, o nos lo dan, mejor dicho: ¡cuánto daño nos están haciendo!) por dárselas de algo que en realidad no son y es bastante posible que nunca lo lleguen a ser (vamos, que no los critico por publicar, no, sus delitos son su inexistente honestidad intelectual, el autoengaño y, lo que resulta más flagrante, el intento de engañar al resto del mundo). Quiero decir que si nuestro libro (pertenezca al género al que pertenezca y verse sobre lo que verse) ha sido publicado por una editorial que pertenece a un amigo, o a un familiar, o a un conocido, o a un examante o un amante actual, o al vecino del quinto piso, y nos deben un favor, pues no es lo mismo que si enviamos nuestro manuscrito y un consejo editorial decide publicarlo. Digamos que jugamos con ventaja, que la competencia es desleal y que es muy posible que el criterio de la calidad no haya sido el imperante a la hora de dar luz verde a la publicación. Y aunque es lícito hacerlo, y es muy aconsejable tener amigos en este mundo, deberíamos reconocer que nos han publicado por lo que nos han publicado (porque ha sido esa editorial, la de nuestro amigo, y no otra, la que lo ha hecho), pero no, está visto que la autocrítica y la sinceridad para con uno mismo y para con los demás no es lo nuestro.

 
Fotograma de Hamlet, dirigida y protagonizada por Laurence Olivier (1948). Fuente: elconfidencial.com
Otro detalle importante es, además del sello editorial que nos publica, en qué colección de su catálogo (en caso de que disponga de más de una) lo hace. Pongamos por caso que vamos a publicar un libro sobre filosofía en la editorial de ese amigo con quien nos portamos tan bien en el pasado que nos debe una: no es lo mismo que nuestro libro vea la luz entre los ejemplares que conforman la colección “Grandes pensadores contemporáneos” a que lo haga en “Con cada consumición, un montadito filosófico y un mondadientes gratis”. No, queridos, no, si esto sucede, no podemos vendernos como la reencarnación de Aristóteles (aunque creamos que lo somos). Ese amigo, más que un favor, nos habrá hecho una putada, porque por mucho que el tuerto sea el rey en el país de los ciegos, existen más países y más tuertos, incluso gente que ve con los dos ojos, y es más que posible que nos convirtamos en el hazmerreír de todos ellos; eso sí, mamá y papá, y aquellas personas que tal vez piensen que pueden necesitar en un futuro del mismo empujoncito del que hemos gozado nosotros para publicar nos comprarán un ejemplar y hasta nos dirán que les ha encantado y que qué sabios somos (aunque en otros foros hayan manifestado que no creen en nuestra filosofía, o que es superficial, o que está a la altura de, como máximo, un trabajo aceptable de primero de carrera; ¡la hipocresía se nos da tan bien!), entre aplausos y vítores el día de la presentación (y más si pagamos de nuestros bolsillos unos canapés o el favor que nos debían era tan grande como para merecer alguna botellita de cava a cargo de la editorial), por descontado. Que aun así todo esto nos da igual y nos seguimos creyendo la polla del universo, pues venga, a hacer oídos sordos a lo que nos digan y a fardar en las redes. ¡Qué cojones, que somos escritores y nos han publicado un libro, que se vaya enterando todo el mundo!
 
Entonces, ¿qué sucede conmigo, por qué no me lanzo a publicar algo? Como ya he venido desgranando, descarto por completo la autoedición en todas sus modalidades (para mí sería el equivalente a hacerme trampas jugando al solitario) y cualquier tipo de publicación que no se base en exclusiva en la calidad de lo que escribo. Es posible que si no fuese filólogo, mis lecturas (modelos de los que uno aprende y con los que se compara sin remedio) hubiesen sido otras, igual que lo que pienso sobre este asunto hubiese sido diferente, hasta cabe la posibilidad de que a estas alturas ya hubiese autoeditado algo o hubiese intentado aprovecharme de mis contactos. Pero no puedo renunciar a lo que soy, y mi autoexigencia es la que es. Joaquín Sabina, un buen lector, en una entrevista (creo que lo leí en algún medio impreso, aunque no estoy seguro) en la que le preguntaron por qué se había decantado por la música, varió con inteligencia la letra de la canción que cantaba Krahe y respondió: “Como no puedo ser Borges, no me ha quedado más remedio que ser bailable”. Yo, como no puedo ser Borges, tengo que conformarme con escribir un blog, publicar de vez en cuando algún articulito o alguna reseña en alguna revista literaria (ojo, que sé que hay gente que se cortaría un dedo con tal de ver algo suyo publicado en una revista y lo llevan intentando sin éxito mucho tiempo; a mí, y soy sincero, no me ha costado demasiado, de hecho me han publicado el 75% del material que he pretendido publicar; aunque quizá sea el 100%, que desde que uno envía su material hasta que es publicado pueden pasar X meses) y guardar en un cajón ideas, esquemas, fragmentos, capítulos inacabados, poemas, etc., a la espera de tener tiempo para dotarlos de una calidad acorde con mi exigencia. Y es que el tiempo es fundamental en esto de la escritura: uno no puede ser escritor (de calidad) escribiendo a tiempo parcial (un ratito los fines de semana, o durante las vacaciones de verano); es preciso dedicarse a diario a tal empresa, y unas cuantas horas. Por esta razón, porque no vivo de rentas y tengo que trabajar mucho para comprar algo de tiempo (pasan doce horas desde que me activo para ir al trabajo hasta que por fin vuelvo a poner un pie en casa cada día), porque tengo una familia y porque en realidad me gusta más leer que escribir, me es imposible dedicarme a la escritura como actividad profesional y de calidad, al menos, de momento. Claro, habrá quien me diga que podría sacrificar algo de eso y dedicarle ese tiempo a escribir y, así, cumplir “mi sueño”, y mi respuesta es sencilla: no sueño con publicar, y no creo que nada de lo que escriba y publique pueda sustituir económicamente a mi trabajo, ni que me dé lo que me da pasar tiempo con mi familia, ni que me sea tan placentero como leer a alguien que escribe mucho mejor que yo; y publicar por publicar, como parece que se publica hoy, lo lamento, no lo contemplo, ni lo ambiciono ni lo requiere mi vanidad. Qué penita y qué dolor, no tendré el Nobel, no, señor.

 

 

 

51. A propósito de ser feliz

“Yo he sido feliz casi todos los días de mi vida, al menos durante un ratito, incluso en las situaciones más adversas”, escribía Roberto Bolaño en la última entrevista que concedió en vida[1] (puesto que fue así, por escrito, y quien la haya leído sabrá que el chileno se lo tuvo que pasar muy bien respondiendo a las preguntas de la periodista de la edición mexicana de Playboy). Y se me ocurre que esas palabras son un epitafio maravilloso, la más bella despedida, el mejor bálsamo posible para quienes aún no parten, además de una sana filosofía de vida.

No sé si todo el mundo es feliz, al menos en los términos en que afirmaba serlo Bolaño, pero yo sí lo soy[2], y me cuesta creer que el resto del mundo no lo pueda ser. Sí, ya sé que existen patologías que dificultan en grado sumo eso de ser feliz y que todos pasamos por fases de amargura existencial en que la felicidad nos parece un imposible sólo al alcance del resto del mundo. Pero se trata de una ilusión, de una broma sin gracia, de ahí a que no seamos felices ni ese ratito del que hablaba Bolaño…

Claro, lo que sucede con la felicidad es que nunca tenemos suficiente (¿conocéis a alguien en su sano juicio que diga que está cansado de ser feliz?), si de nosotros dependiera, siempre seríamos felices. Pero se nos escapa que la felicidad es una anomalía que altera el estado normal de las cosas, y que precisamente requiere de esa normalidad que se viste habitualmente de tedio, monotonía, aburrimiento y tristeza para poder ser reconocida cuando tenga a bien venir a visitarnos. Sin oscuridad, la luz carece de sentido, es de Perogrullo.

He escrito “cuando [la felicidad] tenga a bien venir a visitarnos” ex professo, porque uno no elige ser feliz, no puedes decirte de buena mañana, entre sorbo y sorbo de humeante café con leche: “hágase la felicidad”, y esperar que la felicidad se haga. La felicidad, como tal vez también sucede con el amor, más esquiva es cuanto más se la busca. Al menos, la felicidad que emana de nuestro interior. Ésta se resiste a, por decirlo de alguna manera, ser producida. Llega cuando llega, y no podemos precisar qué la origina, ni quién, ni cuándo, ni cómo, ni dónde, ni por qué hasta que la estamos experimentando.

Sin embargo, también podemos encontrar la felicidad en el exterior, y ésta sí que depende de nuestra pericia, puesto que para ello debemos entrenar y ejercitar nuestra mirada y nuestra empatía. Es bien sabido que no hay mayor ciego que el que no quiere ver, y qué queréis que os diga, tenemos siempre tanta prisa y vivimos tan ocupados y tan pendientes de nosotros mismos que muchas veces pasamos por alto detalles, a simple vista insignificantes, con potencial para hacernos felices, “al menos durante un ratito”. Pongo un ejemplo personal:

Ayer jueves tenía uno de esos días que los que tenemos de todo pero no sabemos valorarlo solemos calificar de malo: venía de una noche de escaso sueño y aún menos descanso (y van… bueno, mejor no contabilizarlas), volvía del médico (donde no me habían dado malas noticias, pero tampoco buenas), tenía un tic nervioso en el ojo izquierdo y esperaba que llegase de una vez el tren que con riguroso retraso me acercaría al trabajo, donde, para más inri, me esperaba una tarea tan aburrida y tan poco agradecida que no se la desearía ni a mis peores enemigos (bueno, miento, a mis enemigos y enemigas, sí; aquí duplicar el género es necesario). Sin duda, parecía una buena ocasión para desahogarse con alguien, pero la experiencia me ha enseñado que lo mejor es cocinar lo más apetitosamente posible tus problemas, porque vas a tener que comértelos solito. A la mayoría de la gente le importan, perdonadme la expresión, una mierda tus problemas, o le importan siempre y cuando no sean verdaderos problemas, porque entonces le supera la información y no sabe qué hacer con ella, o bastante complicada es su vida ya como para complicársela más con semejantes historias, o… (casi todos lo hacemos, no me excluyo en absoluto, aunque he escrito “la mayoría” como concesión a la excepción). Y a las dos o tres o cuatro personas (no creo que igualen en número los dedos de una mano) que sí les importarían, que se prestarían a ayudarte y que te serían útiles, ni que fuera como simples oyentes mudos, siempre suelen estar lejos en ese preciso instante.

Y así me encontraba yo, con mis pocas ganas y mi mal día, en el andén de la estación de tren de mi localidad de residencia, cuando decidí, más por necesidad que por verdadero apetito, comerme el bocadillo que me había preparado para desayunar. Lo cierto es que tenía planeado dar buena cuenta de él cuando ya estuviese sentado cómodamente en el tren (el día empieza a mejorar, una ventaja de viajar más tarde de lo habitual: puedo sentarme sin necesidad de jugar a ver quién se levanta en las próximas cinco o seis paradas; más allá ya no merece la pena hacerlo). Pero, ¡ojo, que se acumulan las pequeñas alegrías!, decido comérmelo ya porque así dispondré de casi media hora de lectura de una novela que me urge acabar porque me esperan los libros de Sant Jordi. Así que empiezo a comerme el bocadillo de mortadela de pavo con aceitunas (si no la habéis probado, hacedlo de una vez, ¡os hará felices!) cuando un gorrión se posa a mis pies y empieza a mirarme del modo ancestral con que sólo pueden mirarte las aves (y con curiosidad, añado yo).

Ya con una sonrisa, me doy cuenta de que no me mira a mí, sino a mi bocadillo, así que empiezo a tirarle migas de pan: una, dos… y antes de que deje caer la tercera, el gorrioncillo empieza a revolotear a mi alrededor (bueno, alrededor de mi bocadillo), y ya las siguientes migas que le lanzo no llegan nunca a tocar el suelo porque el hábil y desvergonzado pajarillo las caza al vuelo como Tor, el mejor perro del mundo (otro recuerdo feliz), cazaba las piñas que le lanzábamos mi pareja y yo cuando lo sacábamos de paseo. Si hubiese querido, el gorrión habría comido de la palma de mi mano, o directamente de mi bocadillo, pero me estaba gustando el jueguecito, y parecía que a él también. Y me hacía feliz pensar que mi presencia no sólo no le suponía un peligro, sino que lo mantenía a salvo de las palomas, unas competidoras que siempre parten con la ventaja del tamaño, que no nos quitaban ojo desde las alturas.

Y me imagino que la escena de alguien que se dedica a lanzarle migas de pan a un gorrión al tiempo que habla con él en una estación de tren de cercanías, además de a los dos protagonistas, haría feliz a las personas que supieran mirarla con los ojos adecuados. Conmigo, en caso de haber sido yo el espectador ocasional, lo habría conseguido.
Para mí el día ya había cambiado. Mi ratito de felicidad había llegado de la manera más inesperada. Y sin necesidad de poner en juego el comodín de mi pequeña Júlia, siempre ganador. Ella aún me esperaba a la vuelta del trabajo.


[1] Mónica MARISTAIN: Playboy, 9, ed. mexicana (2003), y en “Estrella distante”, Página 12, Buenos Aires (2003). Recogida en Entre paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama (2004), donde, curiosamente, el editor Ignacio Echevarría elimina esta respuesta de Bolaño y la pregunta que la origina (“¿Cuándo ha sido más feliz?”). Al menos yo no he sido capaz de encontrarla en la edición que manejo.

[2] También es cierto que para mí es muy sencillo: sólo tengo que bajar del tren cada día para ser recibido por mi pareja y mi hija, que es la niña más guapa, simpática, cariñosa e inteligente del mundo. O ponerme a jugar con Júlia, o simplemente mirar cómo juegan ellas, madre e hija, para sentirme la persona más feliz y afortunada del mundo.

38. Una tarde de jueves cualquiera

Jueves 16 de enero de 2018, 16:00 h., huso horario peninsular. Un editor, visiblemente fatigado, física y mentalmente[1], se despereza, mira a través de la ventana de su despacho, vuelve a desperezarse, echa una ojeada a su reloj de pulsera y comprueba que sigue coincidiendo con el del ordenador (de buena gana bajaría al vestíbulo de la editorial a ver si el del torniquete de entrada no ha perdido el compás y sigue en perfecta sincronía con ellos, pero nunca va allí por las tardes, y no es plan, se dice, de romper el equilibrio del universo); vuelve a mirar por la ventana, consulta el teléfono móvil. Sin novedades. Bosteza.
 
Se sorprende pensando con un optimismo moderado que, aunque vuelva a casa después del ocaso un día más, ya queda menos para que la oscuridad deje de ser su compañera a la entrada y a la salida del trabajo. Según el Observatorio Astronómico Nacional, para ser exactos, esto sucederá entre el 8 y el 9 de febrero; claro, siempre y cuando Renfe cumpla con sus horarios, cosa que le resulta harto difícil de creer, para qué engañarse. Por si acaso, se va a conceder un mes de plazo más, tiempo que estima suficiente para que los habituales retrasos de los trenes de cercanías (o sus misteriosas desapariciones) no sean impedimento para llegar a su ciudad de residencia mientras aún luce el sol.
Siente que ya no puede más, empieza a ponerse nervioso, así que no le queda otra salida que hacer un alto en el camino. No sabe por qué, pero transcurrido cierto tiempo (no demasiado), necesita levantarse y estirar las piernas, despejar la mente, pensar en otra cosa, “molestar” a algún compañero o compañera… De lo contrario, mucho se teme que se pondría a gritar, o correría pasillo arriba y pasillo abajo como alma que lleva el diablo. Lo que no sabe es si esto le ha sucedido siempre o es cosa de los últimos tiempos; tal vez, se le ocurre de súbito, se trate de algún tipo de enfermedad profesional que aún no le han diagnosticado.
 
Lo cierto es que no a todos sus compañeros les sucede lo mismo: hay quienes se pasan las ocho horas y pico que dura la jornada laboral sin moverse más de lo que requieren sus necesidades laborales y/o fisiológicas (¿son robots?, ¿dejan una réplica de cartón en su silla mientras disfrutan de la vida en cualquier otro sitio?, ¿son capaces de dormir con los ojos abiertos?, ¿han sido bendecidos con un sistema nervioso a prueba de bombas?), y la verdad es que en cierta manera los envidia: pasan desapercibidos y son considerados buenos trabajadores, siempre tan concentraditos y siempre dedicándole tanto tiempo a sus tareas, y siempre protestando o poniendo mala cara cuando otros hablan a la puerta de sus despachos, porque, claro está, ellos son los únicos que trabajan y nunca molestan, razón por la cual, como no puede ser de otro modo, son los únicos que tienen derecho a hablar de algo que no sea trabajo en el trabajo (y ojo, que a lo mejor detrás de su concentración o su silencio se esconde en realidad la planificación de las próximas vacaciones o hacer la compra en línea, o leer o escribir una novela; en estos casos, a las monas les es útil, y mucho, la seda)…
Pero, si no recuerda mal, volviendo al tema que nos ocupa, mientras estudiaba (como dice su madre, cuando vivía encerrado a cal y canto en su habitación; por descontado, nuestro editor siempre le estará muy agradecido a su mamá por facilitar su “reinserción” social de esta manera tan simpática y con este tipo de comentarios, a nadie se le ocurrirá pensar de él que es un bicho raro, seguro que no) también eran frecuentes las excursiones al lavabo para mojarse la cara con agua fría, o los pitillos mirando al techo, o los lanzamientos de una pelotita contra la pared cual Jack Torrance en El resplandor(esto último también lo ha intentado en el trabajo, pero su vecina de despacho no parecía muy feliz con la idea, además de que resulta que no está muy bien visto, así que ha tenido que desistir), o las salidas al balcón para tomar un poco el aire, o las Coca-Cola bebidas a ritmo de Oktoberfest, o la masturbación, siempre tan relajante y liberadora… es más, cuando escribe, porque escribe (me consta, incluso, que escribe un blog), también es frecuente ese tiempo necesario de desconexión. Por tanto, cabe concluir que, en efecto, ya era algo que le sucedía antes y que le sucede en otras situaciones, no sólo en el trabajo. Fin del misterio. Si se trata de una enfermedad, la padece desde hace años, nada que achacarle a su profesión actual. La solución de la pensión por enfermedad vuelve a escapársele de las manos.
 
Lo cierto es que si fuera por la mañana, iría a tomarse un café, pero a estas horas ya no puede ser, ha consumido con creces el cupo diario de cafeína, así que le toca levantarse e ir al lavabo. Cuatro pasos para salir de su despacho y hallarse en medio del pasillo; catorce pasos a la izquierda y giro a la derecha; doce pasos más lo sitúan frente a la entrada del lavabo; dos más, ante el lavabo de hombres; y tras otros siete pasos, ya se encuentra frente a su retrete favorito mientras dura la temporada invernal, el de la izquierda, el más alejado de la ventana por la que se cuela el frío. Ya se desabrocha el botón del pantalón y se baja la cremallera (es de los que prefiere desabrocharse por completo: tiene muy vivo en su memoria el recuerdo del pene de un amigo de la infancia al que los dientes de la cremallera de un pantalón tejano le jugaron una mala pasada, y desde entonces prefiere liberarlo todo), y alivia su vejiga. Como buen artista que se considera (qué le vamos a hacer, él también se siente la persona más especial del mundo, como tú y como yo, qué coño: cosas de haber tenido y tener a gente en nuestras vidas que nos quiere y nos dice lo guapos y lo listos que somos, ¿verdad?; y si no, pues nos lo decimos nosotros mismos, que bien que lo valemos, oye), imagina que escribe su nombre en la pared con su propio líquido excrementicio; de niño, siempre lo conseguía cuando orinaba en la calle, y eso que su nombre era de los más largos entre los de su pandilla de amigos; así nace una leyenda. Pero ya es mayorcito para esas cosas, así que logra subyugar las poderosas pulsiones de Tánatos y evacúa, como Dios manda, dentro del inodoro.
 
Tras las sacudidas de rigor del miembro viril (tres, pues tiene muy interiorizado que más de esas tres ya no se considera una maniobra higiénica inocente) y limpiarse la caprichosa gotita de la alegría con un pedacito de papel higiénico, se lava y se desinfecta las manos, y desanda el camino hasta su despacho. Sin embargo, piensa que aún es pronto, que todavía no va a poder concentrarse de nuevo en su trabajo, así que decide acercarse hasta la zona donde se sientan las secretarias y “molestar” un poco a SE. Son 46 pasos más desde su despacho, pero en dirección contraria a la del lavabo; 92, si cuenta la ida y la vuelta. No le vendrán nada mal a sus piernas, acaba por convencerse a sí mismo, además de que con SE siempre se ríe, aunque a veces, o muchas veces, mejor dicho, tenga que aguantarle alguna fresca. Pero eso forma parte de su encanto, también es verdad.
 
Así que allá se dirige él, al encuentro de SE, cuando de repente, apenas 20 pasos después de reiniciar la marcha, mira a la izquierda, hacia el interior de la “pecera grande” (tal vez al acecho de alguna otra “víctima habitual” que no sea SE: JM, o RA, o MG), el despacho que compartía con otros ocho compañeros hasta que le asignaron el actual hará ya unos años (¿cuántos? Pues la verdad es que no lo sabe con seguridad, cuando alguien va sumando años en una empresa, el tiempo se convierte en un ente todavía más impreciso de lo que ya suele serlo de ordinario), y es entonces cuando ve algo que lo deja absolutamente fascinado y que despierta esa parte juguetona que habita en él desde su niñez y que se niega a hacerse a un lado en su vida de adulto: justo en medio del despacho, dominando todo el espacio, alguien, con toda probabilidad uno de esos genios que viven en la sombra del anonimato, se dice a sí mismo, ha colocado dos sillas que miran a la entrada. La de su izquierda está ocupada por una mochila negra y una bolsa de tela de color granate; la de su derecha, en cambio, permanece desocupada, pero hay algo de desafío en su actitud, un “siéntate aquí si te atreves” o un “aquí te espero” implícitos cuyo atractivo va a ser demasiado para nuestro editor.
 Dejando de lado el indudable poder de seducción estético de la escena (cuya fuente, nunca mejor dicho[2], podría ser un Duchamp o un Kosuth, aunque en quien primero piensa nuestro protagonista es en Tracey Emin, seguramente por ser la hora de la siesta[3]), en los dos segundos que transcurren entre que decide si entrar o no al despacho, acuden a su mente una serie de posibilidades asociadas al fantástico cuadro que contempla: si me siento en la silla, ¿se abrirá un portal interdimensional o tal vez se trata de un DeLorean made in Spain que me llevará a navegar a través de los interminables océanos del tiempo?… ¡oh, Dios, se angustia, seguro que algún compañero se ha dicho a sí mismo que ya está bien, que ya ha aguantado suficiente, y ha escondido en la mochila un artefacto explosivo que detonará en tres, dos, uno…!
 
Como no podía ser de otra forma, decide entrar en el despacho. Sus pisadas sobre el parqué rompen el silencio que se respira en la dependencia (silencio y calor son los dos sustantivos que siempre asocia al tiempo que pasó en aquel despacho, y silencio y calor lo reciben nada más poner un pie en su interior) y advierten a los seis compañeros que en ese momento se hallan allí de su presencia. Sólo tres de ellos se alegran realmente de su visita (ya contaba con ello), los ya mencionados JM, RA y MG; las otras tres, pues de tres mujeres se trata, apenas levantan la cabeza antes de volver a lo que están haciendo, sea lo que sea.
 
Ante semejante acogida, es posible que otra persona se hubiese contentado con preguntarle discretamente sobre las sillas a alguno de los compañeros para quienes su visita no resultase una molestia (a lo mejor, acaba de tener un atisbo de lucidez, por eso lo cambiaron de despacho, para evitar que la manzana podrida corrompa al resto; pero no le afecta en absoluto: al fin y al cabo, sabe que, mientras tuvo su sitio allí, contribuyó a hacerle los días mejores y más entretenidos a más de uno y una, y obtuvo como recompensa buenos amigos; y eso, estaréis de acuerdo conmigo, es bonito), o que, parapetándose tras la prudencia, se hubiese quedado con la duda para siempre. Pero debemos tener presente que es Aburrimiento una de las fuerzas ancestrales que ha guiado los pasos de nuestro editor hasta allí, quien, además, se caracteriza por tener un carácter jovial y con alta propensión al juego, y que a todo ello deberíamos sumarle una buena dosis de espontaneidad inherente a su personalidad. A estas alturas de la vida, añadimos, su reserva de vergüenza ya se halla próxima a agotarse, y lo que puedan pensar los demás de él, en principio, le preocupa muy poco.
 
¡Pero qué maravilla es ésta, por Dios!, exclama dirigiéndose a JM principalmente, que se ríe desde que lo ha visto aparecer por la puerta, como si intuyera lo que vendrá a continuación. ¡Parece una pieza del MNAC! ¿Quién es el autor de esta obra de arte?, pregunta, pero las únicas respuestas que obtiene son las sonrisas mal disimuladas de unos y las miradas incómodas de otras. En su misma situación, Peter Parker ya hubiese sido advertido hace rato del peligro que corre por su sentido arácnido, y aunque no sabemos qué bicho le ha picado a nuestro editor, en caso de que se haya dado tal picadura podemos afirmar con rotundidad que no se trata de la de una araña radiactiva: ¡Dejadme, dejadme que las vea de cerca!, dice con entusiasmo mientras se abre paso hasta las sillas y se sienta en la que está desocupada con cara de acabar de recibir el mejor regalo de su vida. ¡Esto es de película, vamos! ¡Lo mejor del día de hoy con diferencia! ¡Qué digo del día… de todo lo que llevamos de mes! ¿No lo creéis así?; pero si esperaba que alguien se sumase a la fiesta, no podía estar más equivocado. Eso sí, entre los presentes, al menos JM y MG se lo están pasando en grande.
Pero nuestro editor no necesita a nadie (quizá sea una reminiscencia de su adolescencia masturbadora), y una vez que ha dado el pistoletazo de salida al cachondeo, va a ser difícil que pise el freno antes de llegar a meta. ¡Ahora mismo vuelvo, voy a buscar el móvil! Pero ¿para qué?, le pregunta entre divertida y confundida MG. ¡Pues para hacerme una foto, que si esto llega a buen puerto y os hacéis todo lo famosos que merecéis ser, el día de mañana querré contarle a mis nietos que yo estuve aquí, que formé parte de esto! Y tras decir esto, corre hasta su despacho y vuelve cual centella, móvil en mano, para iniciar su sesión fotográfica.
 
¡Venga, hazme una foto!, le pide a JM mientras se sienta en la silla desocupada adoptando la pose más chulesca que se le ocurre; y JM se levanta, coge el móvil y se transforma en un moderno Cartier-Bresson. ¡Clic!, foto. Pero cuando comprueba si ha salido bien, resulta que la ha tomado del revés. ¡Clic!, nueva foto. Mismo resultado. Hombre, J, ¿cómo puede ser que las hagas todas del revés?, le dice entre risas nuestro editor. ¡Yo no hago nada, de verdad! ¡Es tu móvil el que hace cosas raras! A ver, a ver, déjame que pruebe yo, y nuestro editor hace una foto que, como era de esperar, sale bien. ¿Ves?, al móvil no le pasa nada, ¡eres tú, que te empeñas en hacerla del revés! ¡Clic!, foto. Risas al comprobar que, de nuevo, ha sido tomada del revés. ¡Espera, espera, que te hago yo una con el mío, y así tienes una desde este ángulo!, le dice MG, quien ya se suma a unas risas cada vez menos discretas. Justo en ese momento, nuestro editor percibe por el rabillo del ojo que una de las tres personas que no se habían alegrado en exceso con su visita se levanta y abandona el despacho, pero no le da ninguna importancia: irá al lavabo, o a tomarse un café, o vaya usted a saber dónde. ¡Clic!, foto. Mismo resultado; y por fin, entre carcajadas y bromas, tras nueve intentos infructuosos, JM, a quien antes llamamos Cartier-Bresson precipitadamente, ahora lo sabemos, capta una instantánea como Dios manda.
 
 
Ya de vuelta en su despacho, mientras respira hondo y se dispone a volver a sumergirse en el mundo de los valores éticos, nuestro editor se da cuenta de que no tiene ni idea de quién ni por qué ha puesto las famosas sillas allí. Sin embargo, concluye, hay secretos que es mejor no desvelar jamás, y si el precio que tiene que pagar por el buen rato que ha pasado es ése, bienvenido sea. Justo en ese momento, JM entra en su despacho y cierra la puerta tras de sí, y literalmente muriéndose de la risa le dice: ¡A[4], ha sido la mejor performance a la que he asistido en mucho tiempo! ¡Absolutamente brutal! ¡Hoy te has superado! A nuestro editor le halagan los cumplidos de su compañero, pues se toma las palabras de JM como tales, pero no deja de sorprenderle tanto entusiasmo y, por primera vez desde que vio las sillas, nota cómo una mosca se posa detrás de su oreja. Vamos, no me creo que haya sido la única persona que ha preguntado por las sillas… No, no has sido el único que ha preguntado, pero sí has sido el único que ha organizado su show particular… ¡y ha sido desternillante! ¡Has desmontado en diez minutos lo que se han pasado haciendo toda la mañana! ¡Brutal… y absolutamente necesario! Espera, espera, que creo que me estoy perdiendo algo… ¿que he desmontado qué? Pues que llevan todo el día liadas con el aire acondicionado, que como ya sabes, es el gran problema de convivencia del despacho: que si yo tengo frío y tú no, que si a mí me da directo y lo apago… ya sabes… y se han pasado toda la mañana moviendo las sillas y colocándoles cosas encima para que el aire no molestase a quien le molesta y reconfortase a quien le reconforta… y has llegado tú y, con toda la naturalidad del mundo, les has hecho ver que lo que habían hecho era… ¡una chuminada!, acaba la frase nuestro editor. Ante sus ojos vuelve a ver salir a su compañera del despacho mientras él posaba para las fotos… ¡No me jodas! ¿Y la ideóloga de todo ha sido…? La sonrisa de JM es respuesta suficiente. ¡Madre mía, y yo pensando que había dado con un ready-made cuando en realidad me hallaba ante una obra de ingeniería del tamaño de la presa de las Tres Gargantas! ¡Seréis cabrones! Pero ¿por qué no me habéis dicho nada? ¡Y tú venga a hacer fotos! ¡Si ya no había quién te parase!, contesta entre risas JM. Además, que estas cosas siempre van bien, has trivializado el problema con naturalidad y de un modo simpático, además de en un tiempo récord… ¡Nos ha jodido!, responde, por fin consciente del problema, nuestro editor, estas cosas van bien siempre y cuando las lleve a cabo otro, ¿no? En efecto, querido amigo, así es, concluye con sorna JM. Pues me alegro de haberos sido de utilidad, espero que me dediquéis un lindo epitafio una vez que me embosquen a la salida del Senado…
 
Los días siguientes al affaire que aquí hemos narrado no han hecho más que confirmar los temores que empezaron a suscitarse en nuestro editor durante la conversación mantenida con JM en su despacho. Si bien nadie la ha emprendido a puñaladas con él y, hasta donde sabemos, continúa con vida y gozando de buena salud, aquella compañera que vio derrocada su obra por las poderosas manos de la espontaneidad, la sinceridad, la risa, la vergüenza y el ridículo ha dejado de dirigirle la palabra, y nuestro editor ha sido sepultado bajo el impenetrable manto de la invisibilidad: que se cruzan en el pasillo, vista al frente y paso rápido; que se encuentran a la puerta del lavabo, vista al suelo y paso al lado; que coinciden en la máquina del café, pues se abandona para siempre la cafeína…
 
Sin embargo, y pese a que durante los primeros días y los primeros encuentros su conciencia ha sido visitada por los molestos remordimientos, pronto ha empezado a restarle importancia al asunto. A fin de cuentas, no es que hubiese tenido nunca una relación muy fluida con la compañera en cuestión; es más, no sabe en virtud de qué, pues nunca han trabajado juntos ni pertenecen a la misma especialidad formativa ni siquiera al mismo área de trabajo, pero siempre se ha sentido como si lo mirase por encima del hombro (su profesión tiene muchas cosas buenas, pero una de las malas es ésta, la de los egos insaciables de las personas con estudios superiores: la gente siempre parece competir por ver quién es más listo o mejor que el otro, y ella, al parecer, ya hace tiempo que ha decidido quién gana esa pugna particular: ¡su cuerpecito y su mente serranos!), y, además, él sólo había pretendido pasar un buen rato, sin intención de ofender a nadie, así que pronto zanja el asunto con el definitivo ¡que le den!.
 
Lo que sí que le preocupa es la peligrosidad que entrañan y lo contraproducente que resultan en la vida adulta en general, y en la laboral en particular, la espontaneidad, la sinceridad y la autenticidad, y, si me apuráis, la alegría misma. Asume que para él ya es tarde; aunque los bofetones que reciba le hagan ser un poco más prudente, en esencia va a seguir siendo como es. Y continuará jugando a ese juego basado en la ocultación, la hipocresía y el silencio que es la vida de adulto, no le queda otra. Las cosas son así, y de muy poco sirve rebelarse (bueno, sí, para ser asesinado socialmente, pero no es eso lo que queremos, ¿verdad?). Si se me permite el símil, ya no es el joven estudiante recién licenciado que cree que podrá cambiar el mundo infecto que parece haberlo estado esperando, a él y sólo a él, para que lo limpie de podredumbre. Tiene los años y la experiencia suficientes como para haberlo despojado de su máscara y ver que su rostro está monstruosamente desfigurado por el vacío y la falsedad. Sin embargo, los tiempos cambian, y con ellos, también cambian nuestras preocupaciones; hasta hace muy poco, aunque sabe que su postura lo situaba en el peligroso borde del precipicio nihilista, asumía con resignación que el mundo es una gran boñiga jurásica, y que nada ni nadie iba a poder cambiarlo[5]. Creía que lo máximo a lo que se puede aspirar es a saber reconocer las pocas reglas y las muchas trampas con que quienes nos gobiernan limitan nuestras opciones existenciales, e ir sobreviviendo con el máximo de dignidad posible entre tanta mierda que nos rodea y nos consume. Pero desde hace poco más de nueve meses la cosa ha cambiado. Ahora es padre de una niña a la que tiene que educar, a la que tiene que dotar de herramientas de las que echar mano cuando tenga edad de enfrentarse ella sola al mundo. ¿Significa eso que prescindirá de la espontaneidad, la sinceridad, la autenticidad y la alegría, cuya propia experiencia le ha demostrado que provocan más quebraderos de cabeza que satisfacciones? No, por supuesto que no. En primer lugar, porque todo niño es la inocencia personificada, y se debe conservar esa inocencia el máximo tiempo posible (si les mentimos sobre los Reyes Magos o Santa Claus, o sobre la muerte, se dice, ¿cómo no voy a hacerlo yo con, por ejemplo, la sinceridad?). En segundo lugar, por protección: mientras un niño es niño, tiene que ser sincero con sus padres y familiares más cercanos, pues, si siempre dice la verdad, se podrán detectar algunos problemas que pueden surgir en la escuela o en su grupo de amigos o sea donde sea. En tercer lugar, porque esos valores la ayudarán a ser ella misma, harán que se convierta en una persona autónoma e independiente, capaz de tomar sus propias decisiones de un modo responsable (si, en efecto, es una persona auténtica, tendrá que pasar cuentas ante el juez más severo que existe: su propia conciencia) y, sobre todo, de vivir sin miedos. El mundo siempre encontrará el momento de cornearla, no hay por qué precipitar la ocasión.
 
Pero aquí nuestro editor, que en unas pocas líneas se nos ha convertido en padre, topa con una nueva preocupación: la educación que nos están vendiendo desde hace unos años desde sus torres de marfil quienes se dedican a pensar en esto de cómo se debe educar, haciéndonos creer que la instrucción es educación. Se nos insiste en la importancia de criar niños felices y sanos (hasta aquí bien) para que se conviertan en ciudadanos activos de la familia (joder, ¡si hay familias que, cuanto más lejos, mejor!, aunque sí que está de acuerdo con la importancia de la tribu en el proceso educativo, que bien podría entenderse por la familia, va… ¡y que lo ridiculicen y lo crucifiquen como hicieron con Anna Gabriel cuando dijo esto mismo!) y la sociedad. Esperen, esperen un momento. ¿La sociedad? ¡De qué cojones nos están hablando! ¿Tenemos que facilitar que se integren en una sociedad donde, por poner sólo unos cuantos de los muchos ejemplos sangrantes que tenemos a nuestra disposición, la corrupción campa a sus anchas, donde se recortan derechos esenciales tales como la sanidad, la educación o la libertad de expresión, o donde se convierte en abuso lo que es una brutal violación en grupo? Porque esto es nuestra sociedad, y sus ciudadanos somos quienes lo consentimos y lo toleramos. No, queridos pedagogos y madres y padres del mundo. A nuestros hijos, se envalentona nuestro editor que también es padre, hay que educarlos en la rebeldía y la destrucción. Ellos son quienes han venido a este mundo a hacerlo saltar todo por los aires. Ellos tienen que ser la dinamita. Ellos tienen que ser el martillo con que hacer añicos esos falsos ídolos en que se basa esta sociedad (la justicia, la Constitución del 78, toda esta “democracia”) y que nos han hecho creer, por activa y por pasiva, que es la mejor de las posibles. Ellos son quienes tienen que sobreponerse a nuestra inutilidad e ineficacia, a nuestra cobardía, a nuestro fracaso como ciudadanos; y tienen que hacerlo ellos, por ellos mismos y por los futuros hijos que vendrán.
 
Es ahora, en pleno subidón revolucionario, cuando nuestro editor se acuerda de esa compañera que recurre con frecuencia, para lo que sea, al Capità Enciam, personaje de ficción de la década de los 90 de la Televisió de Catalunya cuyo lema era els petits canvis són poderosos. Y piensa en su hija, y piensa que, en efecto, no hay nada más pequeño que ella. Y que en sus manos está el primero de los cambios que pondrán, para bien, el mundo del revés…


[1] Sí, aunque su trabajo apriori no es muy exigente físicamente hablando, no al menos como muchos otros que ha tenido antes de ganarse el pan como en la actualidad se lo gana (vamos, que no es que se haya pasado la vida viviendo de la sopa boba precisamente, no; ni que se haya dedicado a mamar del pezón de las arcas familiares hasta que por fin ha llegado la oportunidad de su vida o se ha materializado ese sueño para el que vino a este mundo, eso tampoco; ni menos aún ha malgastado su tiempo lamentando su mala suerte ni se ha limitado a lamerse las heridas y a decirle a todo aquél que haya tenido la mala suerte de prestarle oídos lo pobrecito que es mientras esperaba, ¡claro, la cosa va de esperar!, que un milagro hiciera por él lo que sólo estaba en sus manos: hacer más amable, dentro de sus posibilidades, el futuro), también se cansa; y sus cervicales, su espalda (tiene dos hernias discales), sus antebrazos, sus manos, sus dedos y sus piernas se resienten de la rigidez postural ligada a su oficio; y sus ojos se agotan de tanto leer, corregir, reescribir y reelaborar, ante el papel o el monitor del ordenador, durante muchas horas y día sí y día también, a lo que hay que sumarle unas buenas dosis de presión y estrés (por los plazos, por la adopción rápida de decisiones, por la asunción de errores y responsabilidades, por las batallas absurdas y no tan absurdas que tiene que librar…). ¿Que parece poca cosa? Tal vez sí, pero ya le gustaría ver en su situación a alguno o a alguna de esos que se pasan la vida embelesados con el ir y venir de las nubes, no está de más decirlo.
[2] Esta broma tonta tiene su nivel. No muy elevado, cierto es, pero lo tiene.
[3] He aquí otra broma del mismo estilo que la anterior. Es voluntad del autor y editor de este texto regalar una audioguía con el próximo post que escriba para no dificultar la lectura del texto con tantas notas al pie.
[4] Tras esta inicial se esconde el noble nombre de pila de nuestro misterioso editor (aquí vuelve a deslizarse una broma tonta… bueno, en realidad dos, pues una incluye otra; va siendo necesaria la audioguía, sí… eso, o que quien esto escribe deje de reírse de sus propios chistes…).
[5] Esta postura no siempre ha sido así, sino que se ha ido construyendo sobre los cimientos del desengaño: ha participado en movimientos antibelicistas, en campañas para erradicar el hambre, en manifestaciones en pro de todo tipo de derechos sociales, en contra de la violencia y a favor de la libertad de expresión… Y el resultado siempre ha sido el mismo: unas energías y buenas intenciones que han echado por el retrete quienes tenían que prestarle oídos a este tipo de “luchas” (cuando no se han mofado directamente de ellas).