59. Ser madre

He sido uno de esos futuros padres a los que les hubiese encantado poder vivir qué es estar embarazada y sentir cómo la vida se abre paso en mi interior, poder establecer ese vínculo especial que une a madre e hija muchos meses antes de la llegada al mundo de la segunda. Así lo sentí y así lo verbalicé en su momento. Aunque ni fue siempre así ni es así hoy en día. La verdad es que me he repensado eso de querer ser madre.

Sí, ya sé que es políticamente incorrecto afirmar lo que voy a afirmar en breve, y que para según quién sea el receptor de este texto debería haber empezado, antes incluso de llegar a plantearme manifestar mi opinión al respecto, disculpándome por ser hombre y, para más inri, blanco y occidental, por mi identidad sexual coincidente con mi fenotipo sexual y, por supuesto, por que Napoleón, como buen macho alfa que fue, conquistara Europa casi en su totalidad (cosas de convertir la falacia ad hominem en modus vivendi); pero como creo que mi voluntad no ha tenido nada que ver en tan graves delitos, voy a pasarme lo políticamente correcto por las criadillas: estoy contento (aunque quizá el adjetivo preciso sea aliviado) de haber nacido hombre y de no tener que ser yo quien conciba. Al menos en lo que respecta a los aspectos sociobiológicos del asunto, de los que me ocuparé tan pronto como finalice esta introito, me alegra haber nacido hombre (con todos y cada uno de los pecados inherentes a mi condición manifestados con anterioridad). Cierto es que luego la cultura lo jode todo, pero mientras tanto, ciñéndome a lo puramente sociobiológico, sí, para mí hoy es una bendición no poder concebir.

La verdad sea dicha, hasta que no superamos con éxito el crítico primer trimestre quería ser padre, pero no madre. Y eso que ya empezaba a verle algún problema al asuntillo de no ser yo el embarazado: por mucho que te impliques y que lo vivas, estás condenado a hacerlo desde la barrera. No experimentas ningún cambio (sí, ya sé que hormonalmente el hombre también experimenta cambios, pero no son comparables a los que experimenta la mujer, no me condenéis aún a la hoguera), y lo único que te queda es la preocupación. De repente, si dormías bien, dejas de hacerlo, atento a las respiraciones y movimientos de quien descansa a tu lado. Llegas a hacerte pesado, debido a tu incapacidad de sentir lo que la otra persona está sintiendo, y la pregunta, en la cama, en el trabajo o mientras te das una ducha, siempre es la misma: ¿estará yendo todo bien? En nuestro caso, todo fue bien hasta la noche previa a la primera ecografía (maldita sea nuestra suerte, ¿verdad?): un grito en la noche procedente del lavabo y sangre, mucha sangre, en un pijama y en una cama, parecían materializar nuestra peor pesadilla. Y confieso que no fue hasta ese momento que por fin me sentí padre, paradójicamente cuando todo indicaba que había dejado de serlo. Y fue esa noche, que por fortuna tuvo un final feliz, cuando inicié un proceso madurativo que me ha llevado a ser quien soy hoy. Lo tengo claro, si hay dos momentos que me han marcado y me han despojado del velo de la ignorancia tras el que se oculta lo que de verdad importa en la vida, fueron esa noche y las más de 27 horas de parto que tuvimos que afrontar meses más tarde.

Claro, a partir de ese susto, me convertí en un guardián siempre atento a cualquier movimiento: si mi pareja se levantaba a orinar en mitad de la noche (cosa que una embarazada hace muchas veces), yo acababa irrumpiendo en el lavabo para cerciorarme de que todo estaba correcto; si respiraba más fuerte de lo normal o se quejaba por cansancio, ahí volvía a aparecer yo a ver qué pasaba. Un plasta insoportable, vamos. Y eso que a partir de ahí, pese a que activaron el protocolo de embarazo de alto riesgo (un aplauso a la atención dispensada por la Seguridad Social hasta el momento del parto, no sabemos valorar lo que tenemos), tuvimos un embarazo de lo más tranquilo y agradable. Y he ahí que empecé a desear ser yo quien estuviese embarazado: mi pareja sentía a la pequeña que crecía en su interior, disfrutaba de ella, se encontraba en un momento dulce, doy fe; no sabéis cómo agradezco que no se convirtiese en una de esas personas que se obsesiona con la vida que lleva dentro, siempre preocupada por si se mueve o no, siempre pensando en lo peor; no, ella hizo lo que hacen las personas inteligentes: saborear un momento único, propiciar el milagro de la vida con una sonrisa; para loco obsesionado ya estaba yo… de ahí que, supongo, se abriera paso en mí el deseo imposible de quedarme embarazado: ella podía saber si todo iba bien sin necesidad de preguntar, sin tener que estar siempre alerta, se podía relajar, podía jugar a imaginar cómo sería la pequeña Júlia. Yo, me sincero, en ningún momento me relajé, salvo en las ocasiones en las que ponía mi mano en su vientre para sentir cómo se movía nuestra pequeña o al final de las visitas al ginecólogo cuando nos aseguraban, por fin, que todo estaba bien.

 
Junior (1994), película dirigida por Ivan Reitman y protagonizada por Arnold Schwarzenegger, Danny DeVito y Emma Thompson.
 
Sin embargo, los días 21 y 22 de julio de 2017 se me fueron todas las tonterías, y lo de ser yo quien sufriera los dolores de parto, o a quien le inyectaran la anestesia epidural, o quien tuviera dos partos en uno, o quien hiciera equilibrismo en el umbral del más allá, o a quien le practicaran una cesárea de urgencia, o quien necesitase morfina para combatir el dolor, o quien tuviera que someterse a un largo tratamiento posparto (no voy a revivir aquellas 27 horas interminables, 30 en realidad hasta que la mamá pudo tener a su hija por fin entre sus brazos; quien quiera saber más sobre cómo vino al mundo Júlia puede leerlo en este mismo blog), dejó de parecerme algo deseable. Lo de ser madre, salvo algunos versos libres, y siempre según mi experiencia, puede ser desagradablemente prosaico.

Algún ingenuo podría pensar que lo peor, una vez en casa, ya ha pasado, pero es justo entonces cuando empieza lo realmente duro. Y no me refiero a los cuidados del bebé, no, a fin de cuentas, para unos padres primerizos un bebé es terreno ignoto, un mapa en blanco que vas coloreando hora a hora y día a día con la misma ilusión con que los aventureros de siglos pasados, pese a las dificultades que se pudieran encontrar, pintaban el mapamundi al ritmo de sus descubrimientos. No, eso no supone ningún tipo de problema, y si lo supone, como es cosa tuya, lo afrontas y lo solventas. No obstante, la lógica inexperiencia de los progenitores primerizos propicia algo que nos desquicia sobremanera (sobre todo a la mamá, que es a quien suelen hacerle los comentarios relativos a la educación y crianza del bebé; y, en general, proceden de otras mujeres, no está de más decirlo, con relación de parentesco o sin él, conocidas o desconocidas por completo, que hablar es gratis y todo el mundo puede hacerlo). Me refiero a la lluvia de consejos (desde ya os confieso que el único consejo útil me lo dio mi amiga Mireia: “el único consejo que te voy a dar es que no hagáis caso de los consejos”), a las comparaciones, a las críticas, a los comentarios más o menos nocivos y a las exigencias: “tienes que hacer esto o aquello”, “pues en mis tiempos se hacía A o B, y todos mis hijos se han criado perfectamente”, “esto que haces es una chorrada, tendrías que hacerlo de esta o de aquella manera”; “pues mi hija o mi hijo con este tiempo ya saltaba a la comba, escalaba montañas y hacía el pino” (sí, exagero y ridiculizo a gente y comentarios que bien merecido lo tienen), “mi hija en el útero ya dijo papá, mamá y caca, y con los meses que ahora tiene Júlia componía sonetos, y no sólo no llevaba pañal, sino que nos ayudaba en el aseo de la abuela, la pobre, que estaba impedida”, “yo sólo le di el pecho hasta los 6 meses, pero no por mí, no, que el pediatra me dijo que mi leche era de calidad suprema, y mejor no hablar de la cantidad, que tenía para amamantar a la vez a toda la descendencia de Gedeón, pero ya sabes, la niña nos salió perezosa, así que si Júlia no mama, debe de ser un problema de calidad y/o cantidad de tu leche”, “¡pero qué horas son estas de salir a comprar, tendrías que estar toda la mañana esperando a que viniera a ver a tu hija! (si es que decido venir, pero por si acaso tú tienes que estar ahí, sin moverte, esperándome a mí…)”, “¿dónde vas con este frío/calor? (tenemos una vecina que si por ella fuera, mi hija aún no habría pisado la calle…)”, “pues no voy a ver a tu hija porque no me dices que lo haga, que cuando vengo (cuando a la persona en cuestión, y sólo a la persona en cuestión, le va bien, claro, ni se te ocurra proponerle otro día u otra hora, que entonces el interés se disipa) nunca os va bien (¿has probado a llamar antes?, digo yo; ¿tanto te cuesta imaginar que los demás también tenemos una vida y que no consiste en estar pendiente de tus deseos, intereses y/o apetencias?)”, y así podría seguir hasta el infinito…

Diréis que, como Max Estrella, soy un hiperbólico andaluz, que no hay para tanto. Y es cierto, en condiciones normales todos y cada uno de los consejos, comentarios o críticas anteriores hubiesen sido ignorados, pero como las circunstancias mandan, y las nuestras no fueron sencillas durante los primeros meses de vida de Júlia, nos acabaron afectando (más a mi pareja, insisto, que fue el blanco habitual de todos ellos). Si tu hija no gana peso al ritmo que debería, si tú estás quitándote horas de sueño, de descanso y del reposo necesario para recuperarte de la sangría que fue tu parto y haciendo un esfuerzo para seguir con la lactancia materna exclusiva y a demanda (a demanda significa ‘cada vez que el bebé pida’; lo de hacerlo con un horario establecido y alternándolo con leche de fórmula, al principio, o con papillas, después, ya no es lactancia exclusiva y a demanda, que quede claro), es decir, pasándote el poco tiempo que tu bebé te deja libre enganchada a un sacaleches para que el refuerzo que tienes que darle no sea una leche creada en un laboratorio en base a una fórmula universal (que es lo que te recomiendan algunos pediatras y enfermeras cuando se da este problema, que parece que vayan a comisión; menos mal que hay especialistas y cursos de lactancia en la sanidad pública… si la gente se informase, para lo cual hay que querer informarse, claro está, y buscase la ayuda que nosotros hemos tenido, los datos sobre lactancia materna en España, de los que me ocuparé más adelante, serían otros), lo que menos necesitas es que venga alguien a tocarte la moral (de hecho, no necesitas que venga nadie, haga o no haga comentarios). Entre otras muchas razones, porque esa persona no suele tener ni puñetera idea de lo que habla, y porque es muy probable que esa persona en concreto no suponga ni una autoridad ni un ejemplo a seguir en lo que a la educación y crianza de tu hija se refiere. Pero claro, como a estas personas, al menos nosotros no les hemos dicho nada cuando eran ellas quienes estaban en nuestra situación (por el mismo respeto que ellas no nos tienen, no por avenencia con sus decisiones), piensan que lo han hecho todo bien y que eso les da derecho a meterse en tu vida, a juzgarte y, por supuesto, a condenarte. Y ya sabéis lo que sucede con las personas que creen que no se han equivocado nunca: suelen ser las que más errores (cuando no barbaridades) cometen.

Y así, por fin, hemos llegado al tema estrella, el de la lactancia (que quede claro desde ya que esto no es una crítica a quienes hayan decidido alimentar con biberón a sus bebés; su decisión es tan respetable como la nuestra, faltaría más; pero sí es una crítica a quienes no respetan las decisiones de los demás, y no sólo eso, sino que se cargan de razones para demostrarte que, como siempre, te equivocas). Desde mucho tiempo antes de que Júlia viniese al mundo, mi pareja y yo (aunque poco peso tiene mi opinión en algo que no es cosa mía; lo más que he podido hacer ha sido apoyarla en su decisión y actuar como refuerzo positivo) decidimos que la prioridad sería la lactancia materna (hasta tal punto estábamos convencidos de ello, que el día del nacimiento de nuestra pequeña me negué a que le diesen un biberón a Júlia mientras esperábamos que su madre saliese por fin de quirófano; ¿imprudencia?, ¿riesgo innecesario? Tal vez, pero todo al final salió bien, así que yo lo considero un éxito). Pero no por capricho, ni por mantener la ligazón afectiva con la criaturita ni por ninguna de esas chorradas que quienes te critican te escupen (porque te llegan a escupir, sí, tal es la inquina con que manifiestan sus “inocentes” opiniones), sino porque nos habíamos informado al respecto (para estas cosas hacen cursos preparto primero, y posparto después), y llegamos a la conclusión de que era lo mejor para nuestra hija. Insisto, para nuestra hija, no para la madre (para el padre sí, lo reconozco: yo no he tenido que levantarme en mitad de la noche a calentar un biberón ni una sola vez). Quienes hayan optado por la lactancia materna exclusiva y a demanda sabrán que no exagero cuando digo que para la madre es durísimo, por eso no entiendo ciertas críticas al respecto.

Así las cosas, lo primero que nos sorprendió acerca de la lactancia materna es que la duración media (nuestro país no dispone de un sistema oficial de monitorización y seguimiento de la lactancia adecuado, los datos son los resultados de encuestas sobre hábitos sanitarios) de ésta en España es de unos 6 meses (en este país la palabra conciliación es sólo eso, una palabra, así que la incorporación al trabajo de las mamás dificulta un bien para sus descendientes), y que sólo un 46,9% de las madres llegan a los 6 meses (a las 6 semanas dan el pecho el 71% de las madres; y a los 3 meses, el 66,5%; podéis consultar el informe de 2015 de la Asociación Española de Pediatría aquí, no me invento nada). Pasados los 6 primeros meses, sólo un 28,5% sigue dando el pecho y, aunque no disponemos de los datos al respecto, se estima que pasado el año esta cifra es de un 20% (la recomendación de la OMS es, como mínimo, alargar la lactancia hasta los 2 años de edad por cuestiones inmunológicas). Y decía que los datos nos sorprendieron porque al ser animales mamíferos como somos, entendíamos que lo lógico era que la situación fuese a la inversa, que la alimentación con biberón fuese menos habitual de lo que a la postre es. Las razones de que la realidad sea la que es y no otra, no hace falta ser un superdotado, son, grosso modo, la necesidad de la incorporación laboral de la madre; la incomodidad, el sacrificio y las preocupaciones (que si no se me engancha, que si no me coge peso, que si mira qué percentil más bajo, que si no me deja dormir ni una hora seguida…) que supone darle el pecho a demanda a un bebé (el complejo de vaca lechera existe, sobre todo durante los primeros meses de vida); y, en menor medida, la imposibilidad de amamantar por cuestiones físicas como enfermedades, la estética (si queréis excentricidades, también las hay: conozco el caso de una mamá que no le daba el pecho a su hijo porque cómo iba a hacer semejante guarrería… sí, para ella los senos no son más que órganos sexuales) y algunas corrientes antilactancia, en mi opinión (documentada, que os veo venir), sin base científica que las respalde. Y que cada cual que piense lo que quiera, pero a quienes me dicen que es lo mismo alimentar con el pecho que con el biberón, les pregunto: ¿cómo puede ser igual una leche creada en un laboratorio mediante una fórmula válida para cualquier bebé que una generada por la madre para adaptarse a las necesidades individuales y en cada momento de su bebé?

Y sigo: ¿qué sucede si eres tan osada (tú y tu bebé, que esto es cosa de dos) como para alargar la lactancia más allá de los dos años? Pues si nos atenemos a lo que dice la ciencia, nada malo. Al contrario, estaremos haciéndole un bien (y esto tampoco me lo invento, lo dicen la Organización Mundial de la Salud, UNICEF, la Asociación Española de Pediatría, la American Academy of Pediatrics, la Australian Breastfeeding, la Canadian Pediatric Association, la American Association of Family Physicians, la American Dietetic Association, la National Association of Pediatric Nurse o la American Public Health Association; la AEP nos lo da todo mascadito aquí): mejor alimentación, menos infecciones, menor incidencia de ciertos tipos de cáncer y enfermedades autoinmunes en el futuro, mayor desarrollo intelectual, mejor desarrollo emocional y psicosocial, mejor salud mental en la edad adulta… y esto en lo que respecta al niño o la niña, porque resulta que la lactancia más allá de lo mínimo recomendado también tiene beneficios para la mamá: menos riesgo de diabetes tipo 2, cáncer de mama u ovario, hipertensión e infarto de miocardio. Y aun así, si a mi pareja le hubieran dado 10 euros cada vez que le han preguntado “¿todavía le das el pecho? (con cara de espanto, o de asco, o de ya está otra vez sacándose la teta)
, ya nos hubiésemos podido jubilar. ¿Por qué la pregunta? Pues porque quien la formula se retrotrae a un estadio precientífico donde la oscuridad, la ignorancia y, por consiguiente, el mito, la leyenda la fe y su reverso tenebroso, el fanatismo se hacen fuertes. Y del mito, la leyenda, la fe y el fanatismo (y una pizquita de mala leche) provienen afirmaciones como: “lo que tú no quieres es que tu hija crezca, quieres perpetuar el máximo tiempo posible que sea tu bebé”, “flaco favor le haces, no va a madurar en la vida”, “le vas a dar el pecho hasta que venga a buscarla el novio”, “uy, qué marrana, todavía enganchada a la teta”, “en el colegio nos han dicho que no es bueno seguir dándole el pecho, que les dificulta la adquisición del lenguaje (really? Yo soy filólogo, y del lenguaje y su adquisición sé algo, y diría que algo más que alguien que ha cursado un magisterio, y como ellos también tengo conexión a Internet, así que perdonad que os diga que no cuela; además, no deja de ser sorprendente que los maestros tengan conocimientos de lactancia y, en cambio, tanto pediatras como enfermeras tengan que buscar formación extra sobre la materia fuera de sus planes de estudio…)”, “lo único que vas a conseguir con esto es hacerla que dependa demasiado de ti (sólo voy a decir que las profesoras de la guardería de Júlia nos dicen que serán muy felices el día que nuestra hija les pida ayuda para algo… y aunque Júlia es única y especial para muchas cosas, no creo que sea la excepción que confirma la regla)”, “pareces una africana, todo el día con la niña colgada de la teta (pues ojalá, el déficit de lactancia materna es, sobre todo, un problema de los países del mal llamado Primer Mundo)”… y que sí, que navegando por la Red podemos encontrar artículos y opiniones que digan lo contrario a lo que yo he escrito aquí en base a los estudios de las organizaciones antes citadas (como el de este señor, más pendiente de polemizar y ganar dinero con su libro que de aquello tan tonto del rigor científico; y así le fue, refutado por la AEP y por el mismo hospital que le paga la nómina), como también podemos encontrar quien defienda que la Tierra es plana. ¿Rechazamos las opiniones científicas, entonces? ¿Nos volvemos todos tierraplanistas? Yo creo que no, ¿verdad? Pues aplicaos lo mismo en lo que respecta a la lactancia materna. O, por lo menos, informaos un poquito. Y que si la información que encontráis no coincide con lo que hicisteis en vuestro momento, pues no pasa nada, se supone que lo hicisteis como lo hicisteis porque pensabais que era lo mejor, y nadie os dijo nada. Y lo mismo hacemos nosotros. Y lo mismo exigimos nosotros. Libertad y respeto, that’s all Folks!

Por suerte, como decía al principio, yo no soy madre (si lo fuera, aunque no existe nada más estéril que discutir con la ignorancia, a más de una y de uno le había puesto la cara colorada, yo no tengo la paciencia que tiene mi pareja), pero sí soy padre, y como padre que soy les digo a los metomentodo de vidas aburridas: la lactancia de mi hija es cosa de mi hija y de su mamá (si yo que soy el padre no digo nada, y no diría nada en caso de que estuviera en contra, que no lo estoy, imaginaos qué tiene que decir al respecto una persona ajena a nuestra casa), y se prolongará (he aquí uno de los términos que nos lleva a la confusión, calificar a la lactancia más allá de los 2 años de prolongada, pues se quiere entender prolongar como ‘alargar algo de manera innecesaria’, pero creo que ya ha quedado claro que de innecesaria no tiene nada) hasta que ambas así lo quieran. Vuestras opiniones no son más que prejuicios, fruto de vuestra ignorancia. Y quedaos con un dato: el destete espontáneo en Homo sapiens sapiens (por si a alguien se le vuelve a olvidar que somos una especie animal) se da entre los 2,5 y los 7 años de edad, así que nos podemos ir ahorrando futuros comentarios al respecto. Gracias.

44. Cuando un amigo se va

 

Algo se muere en el alma
cuando un amigo se va.
 
Amigos de Gines: El adiós (1975).
 
 
 
Si tuviera que catalogar las canciones con mayor presencia en mi infancia, la sevillana El adiós, de Amigos de Gines (creo que se trataba de ellos, aunque bien podría haber sido otro grupo; ya les preguntaré a mis padres, si me acuerdo, cuál era), figuraría en un lugar destacado[1].
 
Y no es porque me gustase especialmente, no. De hecho, las sevillanas no forman parte, ni nunca lo han hecho, de mi lista de reproducción musical habitual, lo cual no impide, bien es cierto, que disfrute del sentimiento, y lo valore, de quienes participan en toda su parafernalia[2]. Tampoco es debido a que me gustase la letra, porque, aunque es fácil que te remueva por dentro, no me encontraba en condiciones de asimilarla por una cuestión lógica de inmadurez existencial.
 
Sin embargo, sí que captaba que para mis padres, cada vez que el casete del coche la reproducía (y lo podía hacer muchas veces durante un viaje de hasta 12 horas de duración), adquiría un significado que iba más allá de lo que yo llegaba a entender; además, la desconcertante capacidad de cambiar la atmósfera que tenía (cinco minutos antes podíamos estar cantando a coro El señor don Gato, Vamos a contar mentiras o alguna de Los Payasos de la tele tan alegremente), de enrarecerla, era mayor y más profunda cuando se trataba del viaje de vuelta. Y eso me turbaba, porque añadía unas gotas de desazón a mi incomprensión.
 
Aunque no puedo precisar con exactitud cuándo sucedió, años más tarde comprendí que aquella canción daba voz a todo por lo que habían pasado mis padres muchos años antes: el dolor de tener que dejar su tierra, a sus padres, a sus hermanos (en el caso de mi padre), a sus amigos, sus vidas enteras cuando emigraron a Barcelona con una mano delante y otra detrás. Para ellos, era el dolor mismo hecho canción, un llanto ejecutado a ritmo de guitarra española y a duras penas disimulado delante de aquellas dos personitas, mi hermano y yo, que viajaban en el asiento trasero. Las vacaciones, en concreto la vuelta de vacaciones, éste fue mi descubrimiento, suponía el retorno de todo aquello; y El adiós hurgaba en una herida que nunca ha llegado a cicatrizar[3] (sí que su dolor se ha mitigado, creo, pero nunca ha llegado a desaparecer); era un elemento más que jugaba su papel en el inacabable proceso de duelo que viven mis padres.
 
Desde luego, no podemos sentirnos culpables, haríamos mal si así lo hiciéramos, porque no tuvimos voz ni voto en aquella lejana y, por encima de todo, valiente decisión, por mucho que se tomara pensando en nosotros cuando todavía no éramos. Al contrario, me siento muy agradecido, y eternamente en deuda con mis padres por renunciar a todo lo que renunciaron. Y aunque no hay forma humana de saber qué hubiese pasado si no hubiesen emigrado, dudo mucho de que a nosotros, sus hijos y ahora también sus nietas, nos hubiese ido mejor. Ahora yo también soy padre, y como tal tomaré las decisiones que tenga que tomar teniendo muy presente a mi hija; así, si tengo que variar de un modo drástico el rumbo de mi vida en cualquier momento, serán ella y sus intereses futuros los motivos que me lleven a hacerlo por delante de cualquier otra razón. Por eso sé que mis padres hicieron lo que tenían que hacer, por lo menos para los que aún estábamos por venir. Y si tienen que sufrir[4], que lo hagan sólo por ellos; su nostalgia, su pérdida y su vacío jamás serán los nuestros: nosotros no hemos tenido que alejarnos de nadie ni nos sentimos privados de nada, el estado actual de las cosas es nuestra normalidad. Las lágrimas que han llorado han evitado que fuésemos nosotros los que tuviésemos que llorar. A fin de cuentas, no se puede extrañar lo que nunca se ha tenido.
 
Sin embargo, la vida se ha encargado (tal vez siempre lo hace con cada uno de nosotros) de que los recuerdos de El adiós y, sobre todo, de la atmósfera que generaba evoquen mis propios vacíos y mis propias ausencias. Diferentes a los de mis padres, claro, y tal vez menos traumáticos vistos desde fuera, lo acepto, pero míos y sólo míos, y por tanto, mucho más dolorosos para mí. No es algo insólito: nuestro transitar podría resumirse en una serie de personas que vamos sumando y restando a nuestras vidas (good friends we have, good friends we’ve lost, along the way, que cantaba el amigo Bob), y es frecuente que la pérdida de amigos deje mayor huella que su conservación o su nueva adquisición. Quizá es cierto eso de que no valoramos las cosas hasta que las hemos perdido. En mi caso, ya en la edad adulta he experimentado unos adioses definitivos (el maldito cáncer y el terrible asesinato se han llevado por delante la vida de dos amigos) y otros que no tienen por qué serlo, por mucho que su barco se haya hecho pequeño en el mar. Sin embargo, por mucho que estos adioses no sean definitivos (por fortuna), no dejan de ser adioses. Hoy, sin ir más lejos, despido a mi amigo y compañero Jordi, sin cuya presencia la vida en la editorial donde hemos trabajado codo con codo durante los últimos años no será la misma. Ya no lo es. Por lo menos para mí.
 
Foto tomada el 6 de abril de 2017, en plena April Madness de la edición.

El suyo es un adiós agridulce: por una parte, me alegro de que por fin se jubile, de que tenga tiempo para hacer esas otras cosas para las que nunca tiene tiempo (hace poco que me ha confesado que quiere aprender a tocar la guitarra eléctrica, uno de sus sueños por cumplir siempre aplazado sine die), para disfrutar de su familia, para viajar, para leer y escribir, para seguir con su café filosófico en el barrio del Raval de Barcelona, con su coral… en fin, para todo lo que haga un jubilado de sus características e inquietudes; pero, por otra, me apena que se tenga que ir con un proyecto sin concluir (y casi sin empezar; si existe el infierno, sé de tres o cuatro personas que no van a necesitar de abrigo en la otra vida…) y que alguien con una mente tan despierta y con tanta sabiduría que compartir tenga que abandonar la editorial… pero sobre todo me apena que me vaya a dejar sólo[5] (soy así de egoísta, cuando doy con personas que brillan y me hacen brillar, quiero tenerlas a mi ladito, por y para siempre), que los martes y los jueves no aparezca por mi despacho para hablar de cualquier cosa, divina o humana, no recibir correos electrónicos o algún whatsapp a las tres de la madrugada donde me cuente la nueva idea que se le acaba de ocurrir, nuestras conversaciones literarias, sus clases improvisadas de filosofía, nuestras discusiones sobre cualquier pequeñez de índole lingüística, nuestras travesuras y maquinaciones, las recomendaciones culinarias, el intercambio de libros, su reacción a mis maldades, su letra ininteligible, sus párrafos oscuros, su tozudez (no conozco a nadie que defienda sus ideas con tantos y tan variados argumentos como él) para combatir la mía…

Y es que, aun a riesgo de ser injusto, porque es cierto que tengo la suerte de seguir contando con bellísimas personas a mi alrededor (en caso contrario, no formarían parte de mi presente; a mí eso de que hay que tener amigos hasta en el infierno no me vale; quien allí habite ya puede tener por seguro que no será considerado mi amigo), si tuviera que quedarme con sólo una persona de las que me he encontrado desde que trabajo en el mundo editorial, Jordi sería el elegido. Por todo, por ser como es como persona y por ser como es como profesional, por el placer que me ha proporcionado ser su editor[6] (por ser yo el exigido por él para esa labor) y traductor, por considerarme su amigo, por estar siempre ahí.

Pero ahora se me va. Lo que parecía una broma de mal gusto el pasado día 11 cuando me lo comunicó en privado acaba de ocurrir. Y como si no pasara nada, mañana saldrá el sol e iré a trabajar. Y se sucederán los martes y los jueves, semana a semana, y mes y mes. Y él no aparecerá. Y ese vacío que deja el amigo que se va es como un pozo sin fondo que no se vuelve a llenar.

 


 

[1] Asimismo, sigue muy vivo el recuerdo de otras, como A la puerta de Toledo, de Chiquetete; Esta noche se casa mi niña, de Ecos del Rocío; Blanca y Azul, de Los Marismeños; y Alas de libertad, de Sombra y Luz, aunque esta última diría que se trata de una rumba y que ya no era tan pequeño cuando mis padres la escuchaban en el coche.
[2] Del mismo modo que me sucede con cualquier otro baile regional. Todos poseen algo mágico, que conecta al individuo con la tierra que lo vio nacer, o con aquélla, sea por la razón que sea, que ha decidido hacer suya.
[3] Se me ocurre ahora Emigrante del sur, de los Romeros de la Puebla, otra sevillana capaz de evocar en mis padres, una y otra vez, el mismo sentimiento de pérdida.
[4] Por supuesto que me gustaría que nada afligiese a mis padres, pero éste del que hablo es un dolor que yo no puedo mitigar en absoluto. Lamentablemente para ellos, no se puede volver atrás en el tiempo, el pasado, valga la redundancia, ya pasó. Y por la parte que me toca, con toda sinceridad lo escribo, lo prefiero así.
[5] Sara, la secretaria con quien trabajo habitualmente, opina de mí que soy autista (en la primera acepción del término, la de replegarse patológicamente sobre uno mismo), y mucho me temo que la marcha de Jordi va a acentuar aún más esta “peculiaridad” mía.
[6] Su libro, sin duda, es el mejor que ha pasado por mis manos, y aunque su edición ha sido la que más estrés me ha generado (por los plazos, por la complejidad, por la originalidad, por la de veces que la he tenido que pelear y explicar para que fuese entendida y aprobada, por la gente que se suponía que debía ayudar y no ha hecho más que introducir palos entre las ruedas), también es de la que mayores satisfacciones he obtenido… sin exagerar, ha sido el libro que, ¡por fin!, me ha hecho disfrutar de mi trabajo como editor, el que más me ha exigido y al que más le he dado.