26. Sobre el denostado libro de texto (y lo que Alfredo encontró allí)

Después de hacer un riguroso estudio de las opiniones que se vierten en las distintas redes sociales, creo haber identificado los grandes peligros que se ciernen sobre la humanidad: las grasas animales, los embutidos, el azúcar en particular[1] y los hidratos de carbono en general, los árbitros de fútbol[2] y los libros de texto.

De los primeros, de los relacionados con la alimentación y la salud, poco tengo que decir, soy un humilde hombre de letras, y si las personas que dicen saber de ello así lo recomiendan, habrá que limitar, con sentido común, la ingesta de alimentos que puedan ser nocivos para la salud (vamos, se trata de alimentarse de acuerdo con la pirámide de la alimentación saludable o nutricional[3]). ¿Qué no estaríamos dispuestos a hacer por nuestro bienestar y el de nuestros seres queridos?
He dicho sentido común, ¿verdad? Pues, ahora que me lo pienso y que miro a mi alrededor, plagado de superalimentos y dietas exóticas y extravagantes, mejor unámosle una pequeña dosis de desconfianza, no vaya a ser que, entre recomendación y recomendación, se nos oculten acciones en una de esas empresas que comercializan esos nuevos alimentos traídos directamente desde Plutón, sanos y muy recomendables, y también muy caros, pero que, a pesar de su precio, siguen abriéndose paso en el mercado y propiciando que unos pocos hagan su agosto particular. Qué curioso, ¿no?, comiendo la mierda que hemos estado comiendo hasta ahora ha sido cuando la esperanza de vida ha alcanzado cotas más altas…
En fin, que no sería la primera vez que organismos y voces autorizadas tan poco sospechosos como la OMS[4] (ejem, ejem…) nos la juegan. Verbigracia: la gripe A, ¿la recordáis? ¿Recordáis el Tamiflu y quién estaba detrás? ¿Y la gripe aviar? ¿Y el mal de las vacas locas? Todas ellas enfermedades reales, cierto, pero, al fin y al cabo, anecdóticas a escala planetaria. Eso sí, muy rentables para según qué personas y entidades. No en vano, la salud es y será siempre uno de los negocios más rentables que existen. Ahí están las farmacéuticas para atestiguarlo.
Pero que no se me enfaden sólo los de la OMS y sus acólitos, los enfermos de la salud, que esto del business hace ya mucho que se inventó y vivimos en un sistema que tiende a mercantilizarlo todo y en el que todo acostumbra a deberse a intereses más o menos ocultos: ¿qué decir del famoso efecto 2000 que iba a colapsar el mundo? ¿Y de las pulseras Power Balance, capaces de equilibrarte la vida, conseguirte un apartamento en la playa y hacerte crecer el pene un mínimo de diez centímetros? ¿Y de las armas de destrucción masiva de Saddam? ¿Y de ETA perpetrando el mayor atentado terrorista de la historia de este país?

Sí, somos corderitos predispuestos a creer: demasiado confiados o tontos de remate, no sabría por qué opción decantarme, y si en lugar de una vez y de una persona, la información, por disparatada que sea, procede de varias fuentes y nos la repiten una y otra vez, acabarán por convencernos, ni que sea tan sólo por la sencilla razón de encajar, de formar parte del rebaño. Es más, hasta es posible que a partir de entonces seamos nosotros mismos quienes nos dediquemos a intentar convencer a otros incrédulos empleando las mismas razones con que nos convencieron antes a nosotros[5]. ¿No es maravilloso el ser humano?

Y es que somos así, forma parte de la naturaleza de algunos de nosotros buscar la aceptación mediante la conformidad (entendida ésta como la adopción de actitudes, creencias o comportamientos por la influencia del resto de miembros de la sociedad) con nuestros iguales, de ahí las modas y tendencias, entre otras cosas, tal y como demostraron el psicólogo Solomon Asch y su grupo de trabajo en 1951[6]

¿Y qué tiene que ver todo esto con los libros de texto, último de los grandes peligros que enumeraba al inicio de este post y asunto al que pretendía llegar desde el principio? Pues mucho, me temo.

Desde hace casi seis años me dedico a la edición de este tipo de libros, y antes me había dedicado a la docencia (trabajo en el que pasé por todas sus etapas, excepto por la infantil y la universitaria: primaria, secundaria y bachillerato), y, desde entonces, he tenido muchas conversaciones con docentes sobre el libro de texto y he leído muchas cosas que algunos de ellos han escrito sobre él (soy así de rarito, no doy por sentado que aquello que hago es lo mejor del mundo, así que siempre analizo mi trabajo con mirada crítica; además de que, como he transitado por ambas riberas, quizá tengo una visión un pelín más amplia que la de aquellas personas que sólo conocen uno de los dos mundos). En fin, que como sucede con el resto de cosas de esta vida, enseguida te das cuenta de si la persona que tienes delante o quien escribe según qué cosa ha pensado realmente en lo que dice o escribe o, por el contrario, se dedica a repetir ciertas ideas que circulan por ahí y que las hacen parecer modernas, progres o mejores que el resto de compañeros de profesión.

Lo cierto es que desde un tiempo a esta parte, son muchos los profesores que, insatisfechos con los libros de texto, buscan alternativas, bien sea creando sus propios materiales, bien sea adoptando ciertas estrategias pedagógicas que se vienen presentando como novedosas (pero que en realidad no lo son). Y esto es perfectamente legítimo y puede ser una buena solución, el libro de texto tiene muchas cosas malas, como también las tiene buenas, y hay tantos libros de texto malos como buenos, por descontado; así que si uno mismo puede enmendar sus fallos, adelante. Sin embargo, esto nos sitúa ante un primer riesgo: las personas no somos todas iguales, y el hábito no hace al monje, y de igual modo que no todos los médicos son el doctor House ni todos los futbolistas son Messi o Cristiano Ronaldo, tampoco todos los profesores son John Keating, el de El club de los poetas muertos; así que miedo me dan los materiales y los métodos que según quién siga para formar a nuestros hijos… El libro de texto, por contra, pese a todos sus defectos, viene respaldado por un buen número de profesionales que intervienen en su proceso de creación (docentes, editores especializados en la materia, pedagogos, etc.) y que proporcionan ciertas garantías que es posible que con el profesor aventurero no tengamos.

Con esto no pretendo realizar una defensa a ultranza del libro de texto. De hecho, no defiendo a ultranza absolutamente nada, ni siquiera a los profesores, dicho sea de paso, pero tampoco pienso darles la razón a aquellos que han encontrado en el libro de texto el chivo expiatorio con el que justificar el estado actual de la educación o, cuanto menos, lo convierten en sinónimo de la “mala educación”, poco efectiva y obsoleta. Para empezar, porque el libro de texto es como es por varios factores que quienes se dedican a criminalizarlo creo que no tienen en cuenta (por conformidad, por ignorancia, por incompetencia o porque los árboles no les dejan ver el bosque, vaya usted a saber): por un lado, por razones políticas, pues son los políticos y las consejerías y los departamentos de educación quienes establecen unos currículums educativos inabarcables que el libro de texto debe contener sí o sí, no hay vuelta de hoja (se toman tan en serio esto de la educación que se rumorea que la elaboración de los de la LOMCE supuso dos fines de semana de “arduo trabajo”: ¿en la sobremesa de copiosos manjares, acompañada de copita y puro?, pregunto yo…).

Por otro lado, quienes se dedican a la producción de libros de texto pretenden ganar dinero con ellos, en efecto (como quien se dedica a dar clases pretende estar bien pagado, y cuanto más, mejor), así que en realidad el libro de texto debe su naturaleza esencialmente a lo que requieren de él sus clientes (sí, como cualquier otra mercancía, pretende satisfacer una demanda existente). En caso contrario, estos no lo compran, es evidente, ¿no? Pero, y he aquí el quid de la cuestión, ¿quiénes son los clientes en realidad? ¿Las familias? Pues no (¡mucha atención, voy a derrumbar tu mundo ideal, tu corporativismo infantil va a ser arrojado al retrete por la cruda realidad!), las familias no son más que simples pagadores, unos mandados a los que se les dice qué libros deben comprar. ¿Y quién se lo dice? ¡Señoras y señores, han cantado bingo: los docentes!

[Si eres uno de esos docentes que demonizan el libro de texto, tranquila o tranquilo, te doy un par de segundos para que te recuperes.]

La verdad es que el libro de texto es como es, precisamente, debido a los compañeros de profesión de quienes se dedican a denostarlo. Si la demanda fuera otra, si el profesorado fuese otro, el libro de texto sería otro. No hay más, el resto son ensoñaciones que no se corresponden para nada con la realidad (vamos, que de nuevo el refranero tiene toda la razón: sería conveniente no ver tanto la paja en el ojo ajeno como la viga en el propio). Las editoriales siguen en pie y los libros de texto convencionales se siguen vendiendo porque el profesorado, en su inmensa mayoría, no ha cambiado. Y aunque es cierto que se atisban cambios (por ejemplo, en Cataluña se ha puesto en marcha la Escola Nova 21; y en otras latitudes se llevan a cabo otros proyectos de renovación similares), aún no son suficientes para revertir la situación. Y cuando esto suceda, el libro mutará a la par que el profesorado, que no os quepa duda; no en vano somos muchos los que nos jugamos nuestro sueldo y nuestro futuro en ello.

Hasta entonces, por mucho que los que trabajamos en el sector estemos de acuerdo en que la nueva realidad que vivimos requiere de una “nueva” educación, en la que aprovechemos lo bueno que tenemos hasta ahora (los incendiarios, en estas cosas, que se queden al margen) y nos formemos para ello, estaremos atados de pies y manos, porque quienes ponen los medios necesarios para que un libro pueda ver la luz no se arriesgarán, con toda la razón del mundo, hasta que sea factible y les pueda ser rentable. A día de hoy, cualquier libro que se aparte de los cánones establecidos parece estar condenado al fracaso; cualquier novedad es etiquetada de inmediato como “apuesta arriesgada”. Doy fe, creedme…

Y todo esto nos conduce directamente a preguntarnos sobre la educación. ¿Cuál es el camino a seguir? ¿Cómo será en un futuro cercano? Pues la verdad es que no tengo ni la más remota idea. Ni yo ni nadie, desde luego. Y si alguien lo supiese, como escuché en una formación-presentación sobre los “nuevos” métodos y las “nuevas” teorías educativas (emergentes, ése fue el término empleado por quien nos dio la charla para evitar calificar de nuevo algo que no lo es) hace relativamente poco, se forraría… y éste es uno de los funestos presentimientos que tengo en relación a este tema: que toda la feria que se ha montado a su alrededor no tiene más objetivo que el de ganar dinerito con cursos, conferencias, charlas, libros y demás chascarrillos, o, cuanto menos, que el business vuelve a estar por encima de un análisis profundo del problema y de la búsqueda sincera de una solución.

Y es que desconfío de los grandes teóricos, ésa es la verdad[7]. Recuerdo que cuando trabajaba de profesor de secundaria, empezaba a hablarse de los malísimos resultados que los alumnos españoles obtenían en el hoy ya famoso Informe PISA (aún me sigue poniendo los pelos de punta la capacidad de omnisciencia que finalmente adquirió; ¡era como la caja negra de los aviones, capaz de esclarecer todos los misterios de un accidente!). Se miraba a los países del norte de Europa con envidia y su educación se colaba en los discursos y las promesas de nuestros políticos (“yo quiero una educación española a imagen y semejanza de la finlandesa”, ¿os suena?), y hasta el mismísimo Jordi Évole le dedicaba uno de sus Salvados al fenómeno nórdico hace poco[8] (y con hace poco me refiero a una, dos o tres temporadas atrás). Pues bien, recuerdo que a mis alumnos de entonces, quizá alguno lo pueda ratificar, les advertía de que esa educación que nos estaban vendiendo como ejemplo a seguir no evitaba que algunos de esos países estuvieran, en aquel momento, a la cabeza del índice europeo de violencia contra la mujer por cada cien habitantes, pero que de eso no decían nada los informes, los medios, los políticos ni los pedagogos (yo había leído el dato en prensa, en una columnita insignificante)[9]

Hoy en día, por fortuna, empieza a relativizarse todo lo que tiene que ver con el Informe PISA. Sin embargo, tampoco creo que lo que nos están vendiendo desde hace un tiempo pedagogos y políticos sea la panacea, más bien todo lo contrario (espero que al final de este post quede suficientemente claro por qué hago copular a unos con otros). Y me explico: las mal llamadas nuevas estrategias didácticas siguen la senda de la máxima ilustrada que aconsejaba “enseñar deleitando”, lo cual me parece razonable a la par que inteligente. ¿Quién en su sano juicio se opondría a que sus alumnos aprendiesen pasándoselo bien? ¡A todos nos cuesta menos tragarnos la píldora cuanto más dulce es! Y para ello, se proponen una serie de métodos a seguir: trabajo por proyectos, colaborativo, en grupo, simulaciones, casos, problemas, investigaciones, círculos de aprendizaje, lluvias de ideas y, sobre todo, las estrellas del momento, las TIC (wikis, foros, webquests, blogs, chats…). ¿Alguna mente inteligente piensa que este enfoque educativo no se puede aplicar al libro de texto (tanto en papel como en su versión digital) con la cantidad de recursos que tiene una editorial a su alcance? Y aun así no lo hacemos, ¿sabéis por qué? Porque, como ya dije antes, carecemos del recurso más importante de todos: un profesorado que en su mayoría se decante por este tipo de educación y haga que las familias compren este tipo de libro.

No obstante, pese a que todo lo anterior me parece útil y seguramente sea lo indicado, tengo mis reservas en cuanto a su aplicación mucho más allá de los primeros años de formación. Porque, al fin y al cabo, es importante la adquisición de conocimientos, y cuanto mayores y más profundos sean éstos, mucho mejor, por mucho que nos quieran convencer de lo contrario. Y es que la “nueva” educación se basa en la aceptación de una serie de principios y en el rechazo de otros. Para empezar, se rechazan de plano las clases magistrales, ésas que nos pintan como las de un profesor que todo lo sabe y que monopoliza el discurso sin darle siquiera la más mínima oportunidad de intervención a los alumnos (me cuesta imaginarme algo así, pero bueno, de momento no romperé el pacto de ficción establecido con nuestros queridos pedagogos). Ahora bien, estoy seguro de que todos hemos tenido algún profesor que en sí mismo era un pozo de sabiduría, auténtico conocimiento vivo, y que era capaz de mantenerte embelesado mientras duraba su disertación magistral sobre una materia; es más, ¿cuántos de nosotros nos hemos matriculado en una asignatura solo por el profesor o la profesora que la impartía? ¿Cuántos hemos pagado por acudir a charlas, coloquios y conferencias para tener la satisfacción de oír a esa persona en cuestión? Somos descendientes de la oralidad, cuando niños nos ha gustado como nada en este mundo que nos contasen historias y hemos pedido que nos las repitiesen una y otra vez sólo por el placer de oírlas una vez más en boca de esa persona, así que, en principio, no le encuentro nada malo a eso de las clases magistrales (siempre y cuando no sean lo habitual y lo único, por supuesto)[10].

Los predicadores de la “nueva” educación, además, entienden que ésta debe ser competencial (lo cual significa, finalmente y en el mejor de los casos, convertirte en aprendiz de todo y maestro de nada) y, en muchos casos, que debe basarse en la teoría de las inteligencias múltiples[11], pues así, y sólo así, al contrario de la “otra” educación, la selectiva (la del abandono escolar, la de los licenciados, graduados e ingenieros que no encuentran trabajo), se conseguirá la inclusión y la integración de todos los alumnos independientemente de sus características concretas (llamémosles capacidades). Suena fantástico, ¿no? Y si además le añaden virtudes como la de ser creativa o la de tener la virtud de despertar el espíritu crítico y la iniciativa personal, ya nos tendrán a todos dispuestos para recibir el bautismo. Y el símil religioso no es baladí, mucha de la literatura que acompaña a esto de la “nueva” educación no hace más que hacerse eco de estas virtudes aquí y allá, pero sobre cómo se consigue que todos los niños desarrollen el espíritu crítico, por poner un ejemplo, poco nos dicen. Acaso sea una cuestión de fe…

En realidad, nos dicen, se trata de acabar con el saber enciclopédico (¡vaya, otro invento ilustrado!) y sustituirlo por un “verdadero” aprendizaje eminentemente práctico y útil, y adaptado a todos y cada uno de los alumnos[12]… Y todo esto que a priori parece tan bonito, que nos trae reminiscencias de aquello que costó tanto conseguir y que se dio por llamar democratización del saber, es una gran trampa. La democratización del saber no se consigue con la disminución de éste para ponerlo al alcance de todo el mundo, sino garantizándonos a todos de las mismas oportunidades y de las mismas condiciones para poder acceder a él plenamente, sin necesidad de que nos lo suavicen[13]. Esta “nueva” educación que nos quieren vender, en definitiva, que reniega de la memoria, cuando la memoria, según los estudios científicos, es esencial para que una persona sea inteligente, no sirve a la democratización, sino todo lo contrario: es el nuevo juego de esas élites que han visto cómo, durante un período de tiempo bastante escaso, nietos de mineros e hijos de obreros, como lo soy yo o pudieras serlo tú, tenían acceso a lo que antes era exclusivamente suyo. Hacer algo por la democratización del saber, y con esto acabo, por ejemplo, es que los estudiantes de la UAB se declaren en huelga porque las tasas universitarias son un 30% más caras en su universidad que en el resto del Estado español (¡bravo por el gobierno de Junts pel Sí, ellos sí que saben qué es lo que le interesa a su gente), o que los estudiantes de todo el país se movilicen contra la reválida o la LOMCE. El resto, no responde más que a los intereses de los poderosos, como siempre. Así que haríamos bien en prestar atención a qué vitoreamos o aplaudimos, ante qué nos arrodillamos. Vale.


[1] El azúcar en sí mismo no es malo (por mucho que se ponga como una energúmena Mercedes Milà en algún programa televisivo de “debate”; qué lástima de mujer, a lo que se llega con tal de seguir contando con tu parcela de fama); sí lo es, como todo en este mundo, cuando se consume en exceso, es decir, cuando se abusa de productos azucarados en demasía, o cuando forma parte de unos alimentos que en principio no tienen por qué contenerlo, como un bistec de ternera, por ejemplo. Pero esto es muy sencillo de evitar: deja de comprar esos productos en los supermercados que todos conocemos y hazte socio de una cooperativa alimentaria. Pagarás lo mismo que ahora pagas por algas, pseudocereales y otros sucedáneos de la dieta mediterránea, pero sin necesidad de tener que alimentarte de cosas raras y poco gustosas…
[2] Del fútbol no tengo nada que decir; por suerte para mí, no forma parte de mi vida, no sé quién gana ni quién pierde, y no se ha venido abajo mi mundo. Ha acabado por parecerme el deporte de equipo más aburrido y simplón que conozco (a lo mejor de ahí le viene su éxito). No sé, pasarte 90 minutos de tu tiempo esperando que suceda algo me parece mucho esperar… al margen de que me asquea todo lo que arrastra y el submundo que se esconde tras él. Así que hasta aquí el protagonismo que le dedico.
[3] Aquí dejo un enlace con la pirámide actualizada. Fijaos en que se añade el equilibrio emocional como uno de los factores más saludables, y es que en esto de la dieta, creo yo, hay mucho desequilibrado: http://www.efesalud.com/noticias/estilos-de-vida-saludable-nuevas-recomendaciones-de-la-piramide-nutricional-senc-2015/
[4] Y eso que hablamos de la OMS, una organización mundialmente reconocida y avalada por multitud de científicos y otros profesionales. Imagínate ahora al friki pseudocientífico de tu pueblo escribiendo sobre una dieta gracias a la cual evitarás la alopecia, cagarás limones o mearás colonia, y que la gente se lo cree… ¡pues eso está sucediendo!
[5] Me repatea la actitud de superioridad que adoptan estos adoradores de los superalimentos y de las nuevas dietas. En cierto modo, me recuerdan a algunos creyentes cuando hablas con ellos y les confiesas que tú no comulgas con su fe. Ambos colectivos comparten esa forma de mirarte por encima del hombro (nos ha jodido, son “poseedores” de la verdad, son los “elegidos”), o con indulgencia y casi con lástima, como diciendo: “¡pobre alma pecadora que irá directamente al Infierno!”.
[6] Para una primera aproximación a los experimentos y a los resultados obtenidos: https://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_Asch
[7] No ha habido mayor teórico que Platón, de quien Alfred North Whitehead llegó a decir, supuestamente, que “toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica”, y ya se sabe en qué quedaron sus teorías cada vez que intentó ponerlas en práctica en Siracusa. Eso sí, a diferencia de muchos de nuestros teóricos contemporáneos, tuvo la valentía (y la honestidad) de bajar él mismo a la arena a ver qué pasaba.
[8] Hace ya tiempo que me pregunto de quién pretende salvarnos exactamente Jordi Évole con su programa… Lo que escribe en prensa es otra cosa, pero el programita de La Sexta cada vez desprende un tufillo más cargado de sospecha. Y el problema es que pasa por ser el paradigma del periodismo objetivo y comprometido…

[9] ¿Qué queréis que os diga? Mientras duró mi tiempo como docente, siempre hice hincapié en que mis alumnos pusieran en duda cualquier información que les dieran; y ante la pregunta del alumno avispado: ¿entonces también tenemos que dudar de lo que tú nos dices?, la respuesta siempre fue “por supuesto, de lo que yo os digo es lo primero de lo que hay que dudar”. Años más tarde descubrí que Ortega y Gasset decía que “siempre que enseñes, enseña a dudar de lo que enseñas”, así que supongo que no andaba errado con aquello en lo que creía y en lo que sigo creyendo.
[10] No deja de ser curioso que quienes censuran las clases magistrales se ganen un dinerillo extra con cursos o conferencias que imparten o con libros que escriben (en muchos casos, homenajes a la superficialidad y a las afirmaciones sin base experimental ni científica; más dignos de ser considerados una herramienta para impresionar a la persona que los ama o para que su mamá le diga a todo el mundo lo listísimo que es su hijo que para ser considerados propuestas serias). A lo mejor todas las clases magistrales son nocivas excepto las suyas… qué sentido del humor tan fino tiene la gente, ¿verdad?
[11] La teoría de las inteligencias múltiples de Gardner data del año 1983 y es, cuanto menos, dudosa. Pero a este mundo en el que hay que tener a todo el mundo contento le va como anillo al dedo. Ya no eres hábil para hacer ciertas cosas, sino que eres inteligente. ¡Anda que no se duerme bien por las noches!
[12] ¿Ahora resulta que el saber ha pasado de no ocupar lugar a no servir para nada? ¿Un aprendizaje práctico y útil para qué: para ser una herramienta productiva más del sistema? Porque educación competencial es sinónimo de escasa profundización, ¡de la superficialidad característica de este mundo cada vez más disminuido! ¿Veis cómo el político penetra al pedagogo? Yo es que me lo imagino con los ojos en blanco y pidiendo más y más…
[13] En este sentido, recupero un artículo publicado en la revista cultural digital Núvol hace casi un año, a propósito de la enseñanza específica de la literatura: http://www.nuvol.com/opinio/falta-autor-la-literatura-a-les-aules/. Está en catalán, pero que no se preocupen los que no dominen esta lengua, si somos capaces de entender el “Galimatazo” del célebre capítulo (mola un huevo… lo siento, no me he podido resistir) en el que Alicia se topa con Humpty Dumpty en A través del espejo, seremos capaces también de entender lo que Ramon Bacardit dice en su artículo de opinión. Aunque ya se sabe que lo único peor que un cateto es un cateto reaccionario…

11. Chandler Bing y yo

Los seguidores de la serie estadounidense Friends (1994-2004) se acordarán del desconcierto que se adueñaba de Chandler Bing cada vez que comprobaba que ninguno de sus amigos —esa familia que sí podemos elegir— sabía exactamente cuál era su ocupación profesional. Sobre todo, que yo recuerde, esta anécdota recurrente se dio todo el tiempo que Chandler se dedicó al análisis estadístico y a la reconfiguración de datos como ejecutivo en una empresa, aunque mi memoria no alcanza para asegurar que ese desconocimiento de su actividad profesional no continuase en su oficio posterior como redactor publicitario[1].

Y la verdad es que no puedo sentirme más identificado con Chandler, que, por otro lado, siempre fue mi personaje favorito, tanto por mi formación como por mi profesión actual. No sé cuántas veces he tenido que repetir durante mi época de estudiante universitario, casi silabeando el título de la licenciatura, qué diablos era lo que estudiaba: fi-lo-lo-gí-a his-pá-ni-ca; ni cuántas veces he tenido que responder a “ah [lapso de tiempo durante el cual quien pregunta revisa su archivo de datos; variable según el emisor], ¿y eso qué es?”, o a “¿y eso para qué sirve?”, su variante más punzante.

Inocente que es uno, reconozco que al principio tiraba del DRAE y definía, tratando de que pareciese interesante —¡si hasta cambiaba el timbre de voz y arqueaba las cejas en plan “flipas, ¿eh?”!— lo que a la postre sólo nos lo resulta a unos pocos —cada vez a menos, diría yo—, filología como ‘aquella noble ciencia que estudia una cultura tal como se manifiesta en su lengua y en su literatura, principalmente a través de los textos escritos’. Ni que decir tiene que la turbación que tal aclaración provocaba en mis interlocutores enseguida me obligaba a añadir: “vamos, un filólogo es el que ama o siente interés por una lengua concreta y su más alta expresión, la literatura, en un contexto cultural determinado, y se especializa en ello”. Pero este nuevo hilo nunca fue suficiente para lograr salir del laberinto, es más, solía provocar nuevas reacciones que he conseguido clasificar en cuatro grandes grupos:

  1. Las de los turbados perpetuos, ante los cuales no me quedaba más remedio que zanjar o darle un giro de 180⁰ a la conversación con la socorrida exclamación ¡Mira, un burro volando!, u otras expresiones análogas.
  2. Las de los que me miraban con cara de estar viendo un perro verde, o un pollo con dos cabezas, o a un ser humano inteligente, que, a su vez, pueden subdividirse en dos grupos: los que añadían ¡Oh, suena a difícil! (adoro a estos tipos humanos); y los que me miraban con cara de aburrimiento y acompañaban su gesto con alguna expresión del tipo ¡Menudo tostón!. En ambos casos, como sin duda se entenderá, la conversación no seguía mucho más allá.
  3. Las de los que sonreían y me miraban con indulgencia, como si ante un pobre desvalido condenado al infierno se hallasen[2], es decir, que si hubiesen sido Sheldon Cooper, me habrían ofrecido una bebida caliente y me habrían frotado la espalda acompañando el gesto con un ea, ea. Mi odio eterno para todos ellos.
  4. Las de los que después de pensarlo un momento llegaban a la conclusión de que estudiaba para poder dar clases de castellano[3].

Con Teoría de la literatura y Literatura comparada, la antigua licenciatura de segundo ciclo universitario, ya tuve menos problemas. Seguramente me di por vencido, más por buscar esa felicidad que sólo se encuentra en la ausencia de dolor que por creer en aquello de que no hay que echarles perlas a los cerdos. En cualquier caso, decidí confesar —mentir— ante todo aquel que se interesaba —soy un hiperbólico sin remedio, hay poca gente que se interese por la vida de los demás, eso los distrae de su pasatiempo favorito, su propia vida— que aún estaba acabando la carrera. Sin embargo, pese a todos mis esfuerzos, soy débil, y ante algunos curiosos que sentía más cercanos no pude reprimir la verdad de los hechos y desvelé a qué dedicaba mi tiempo libre. Pero entonces no faltó quien pensase que eso de la teoría literaria era algo así como un taller de escritura creativa donde nos enseñaban a escribir novelas, cuentos y poemas, ni quien pensara que el método comparativo aplicado a la literatura consistía en dirimir qué novela era la mejor de todas las escritas en el mundo a lo largo de la historia después de haberlas comparado entre sí. En fin…

Una vez ya licenciado, y durante los años en que me dediqué a la docencia, creí que por fin había apartado de mí ese cáliz para siempre, aunque es cierto que entonces tuve que hacer frente a aquellos que se sorprendían, y mucho, de que Alfredo hubiese acabado trabajando de profesor. Al parecer, debo de tener cara y pose de mecánico, mamporrero, obrero, panadero, peluquero[4] o vete a saber qué, pero no de profesor. Y eso que ya damos por sabido aquello de que el hábito no hace al monje. Pero al fin y al cabo ésa ya es otra historia, y no quiero desviarme del tema.

En la actualidad, y desde hace casi cinco años, me dedico a la edición de libros de texto[5], y tengo que reconocer que mi profesión es igual de desconocida, si no más, que mis estudios previos. Para los pocos que tienen una vaga idea de qué es un editor, me paso el día sentado en una silla leyendo o corrigiendo textos —luchando contra la seductora tentación de Morfeo, ¿no?—, tal vez añadiendo alguna palabra o párrafo de mi propia cosecha, y aunque es cierto que en el mundo editorial existen las figuras del lector, el corrector y el redactor, no es el mismo trabajo que lleva a cabo un editor. Que sí, que es evidente que leo y corrijo, y también añado cosas de mi puño y letra, pero limitar el trabajo del editor a eso es quedarse muy corto.

Como dice una compañera, de quien admiro la pasión con la que habla de su trabajo como se admira una belleza que nunca se tendrá o unas abdominales que nunca se trabajarán, nadie sabe qué hace un editor porque estamos condenados a trabajar y a vivir entre las sombras que —necesariamente, añado yo— rodean el proceso de elaboración de un libro. Es verdad que como consecuencia de ese anonimato, como ella misma apunta con acierto, ningún niño soñará con ser editor cuando sea mayor, cosa que yo tampoco le recomendaría nunca, vaya eso por delante, que quien crea que estoy haciendo apología de mi profesión anda muy equivocado[6]. No soy persona que crea en la romántica idea de la vocación, o sí, pero siempre que ésta se una a las de sacrificio y renuncia, los que llevan a cabo una monja o un artista, por ejemplo, diferentes caminos que transitan por sendas al margen de este mundo, ficticias, inexistentes más allá de aquellas otras mentes y sensibilidades que comparten sus alucinaciones y/o conectan con ellas. Escuchar el sustantivo vocación en boca de otras personas para referirse a otras ocupaciones siempre me ha parecido una chuminada, una manera de excusarse o de justificar ante uno mismo y ante los demás el porqué de la dirección que se ha tomado.

Precisamente hoy, Nathan Sawaya, mister Lego, abundaba en esta idea en La Contra de La Vanguardia[7], donde confesaba que cuando decidió cambiar su vida por completo —de exitoso abogado a hacer esculturas con piezas de Lego—, muchos de sus amigos reaccionaron enfadándose, porque como él mismo explica, tu propio cambio hace que el otro pase revista a su vida, y nadie quiere quedarse atrás en cuanto a eso tan difícil de ser feliz…

Y éste es el quid de la cuestión, mucho me temo, y con esto enlazo con el testimonio anterior de Sawaya. La ignorancia se combate con el conocimiento, y el conocimiento se adquiere preguntando a quien sabe, y lo que no se pregunta, además de porque tal vez no interese, es porque se piensa que no se va a entender o porque no se quiere saber para evitar un hipotético dolor —algo así como ojos que no ven, corazón que no siente—. Porque somos cainitas por naturaleza, y pensar que algo que tiene otro, aunque sea un trabajo, ¡mira tú qué estupidez más grande!, puede ser mejor, no sólo por la supuesta remuneración, sino por la complejidad, los retos y desafíos que suponga o lo atractivo que parezca de cara a la galería, nos hace infelices. Como un día me dijo alguien, tus propios éxitos jamás serán bien recibidos, porque lo único que hacen es poner de relieve los fracasos de los otros.

Y es que hay algo de magnético e interesante en la profesión de editor, suele sonarle bien a la gente[8] aunque no sepan de qué demonios se trata. Tal vez, me aventuro, tiene que ver con el mundo del libro y, por extensión, con el de la cultura, tan denostada pero a la vez tan deseada. Porque es verdad que la cultura no sirve de nada por sí misma, no para un mundo liberal-material como el que vivimos, incluso acepto que se piense que los que trabajamos en esa órbita nos dedicamos a construir castillos en el aire, pero no es menos cierto también que pese a no tener una utilidad práctica evidente, es capaz de generar poderosas envidias, lamentablemente, de hacer diminuto a todo aquél que se considera un gigante porque no la tiene —y es muy posible que sean estos mismos los que más la ataquen.

No voy a explicar en qué consiste mi profesión, creo que a estas alturas es más que evidente, pero invito a preguntarme a quien quiera saberlo. Se lo explicaré con mucho gusto, y sin darme ínfulas innecesarias, pues soy muy consciente de que no se trata más que del trabajo que desarrollo de lunes a viernes para ganarme la vida. Nada más que eso, o todo eso.


[1] Sí recuerdo, en cambio, que cuando Chandler se pone gafas, nadie percibe el cambio, y cuando él se lo hace notar al resto, todos le confiesan que pensaban que las había llevado siempre…
[2] Alguno incluso me llegó a decir que iba directo a la lista del paro. La vida está llena de grandes motivadores y personas que son capaces de sacar lo mejor de los demás, ya lo sabemos.
[3] Mención especial dentro de este grupo, aunque metido aquí con calzador, pues merecería una categoría aparte, es el caso de una conocida que, años más tarde, cuando me dedicaba a la docencia, me preguntó que si lo que yo daba eran clases de filosofía. Oh my god! ¡Era licenciada en periodismo en la misma universidad que yo! Y sé positivamente que fue un filólogo quien le impartió una asignatura que tenía como fin que aquellos estudiantes dominasen la lengua escrita…
[4] Todas ellas soluciones para sobrevivir, mejor que salidas profesionales, tanto o más dignas que la de docente, por ejemplo.
[5] Aunque para muchos sigo dedicándome a la docencia; y es curioso que sean mayoría entre ellos  los que antes se sorprendían de que fuese docente, como si una vez asimilada la profesión, un nuevo cambio les resultara inconcebible. ¿No es maravilloso el ser humano?
[6] Tampoco quiero que se interprete esto como un intento de demolición de la propia profesión. Lo que hago unas veces me gusta más, y otras, menos. Pero no diría jamás que he nacido para esto, porque nadie nace para trabajar, sino que es este mundo el que te obliga a ello.
[8] Mi madre, lo sé bien, habla con orgullo de la profesión de su hijo, aunque no sepa exactamente a qué se dedica. A ella, por los tiempos que le tocó vivir, le fue vedada la cultura, pero la valora, precisamente, porque no la tiene o, mejor dicho, porque no la tiene en el grado que hubiese deseado tenerla.
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