57. ¡Larga vida al periodismo de Svetlana Alexiévich!

Y cayó del cielo una estrella que ardía como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos y de las fuentes de agua. Y el nombre de esta estrella es ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo y un sinnúmero de hombres perecieron por las aguas, porque éstas se tornaron amargas (ajenjo es chernóbil en ucraniano).

 
 
 
 
 
Confieso que mi llegada a Chernóbil se debe al visionado de la exitosa miniserie que HBO le dedicó al peor desastre nuclear de la historia de la humanidad hace escasos meses. Y confieso, también, que Chernobyl me pareció que representa muy bien lo que tuvo que ocurrir en realidad aquella lejana noche de 1986 (hay gente que afirma haber tenido que abandonar alguno de los episodios por considerarlo insoportable, mientras que yo aún me pregunto a cuál se pueden referir: ¿qué esperaban encontrar?) y que Stellan Skarsgård, en una producción plagada de grandes interpretaciones, borda su papel como Borís Shcherbina.

 

Ahora bien, pese a que en general la miniserie me gustó (como siempre sucede con las producciones de HBO, se cuidan todos y cada uno sus detalles), me dejó con ganas de más. Y no porque yo sea un morboso de ésos que están deseando fotografiarse junto al reactor 4 de la famosa central (al contrario, ese tipo de personas me parecen imbéciles sin remedio), sino porque focaliza demasiado, para mi gusto, en la búsqueda de culpables (ya sabéis, todo lo que no ha gustado de la serie en una parte importante de Rusia: el aparato del Estado comunista, sus mentiras y su abuso de poder) y en el desastre en sí, pero la situación presente y futura (no nos engañemos, Chernóbil sigue ahí, latente, y seguirá ahí por cientos de miles de años) apenas se resume en unos cuantos datos que se aportan al final. Y como siempre sucede con todo aquello que se silencia, acaba generando todavía más dudas; a mí me dejó un gran e inquietante interrogante: ¿Y ahora qué?

 
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Lo cierto es que cuando estalló el reactor en 1986 yo ya estaba en este mundo (me quedaba poco más de un mes para cumplir 6 años), pero mis recuerdos de aquel crucial momento apenas me sirven de ayuda. Sí que guardo la sensación, en algún compartimento añejo de mi memoria, de que los informativos se pasaron días hablando sobre el desastre de Chernóbil y una serie de palabras y frases que hasta muchos años después no he empezado a dotar de significado: accidente, central nuclear, radiactividad, como lo que sucedió en Hiroshima (esta comparación me acojonaba bastante, porque en casa teníamos un álbum de cromos, seguramente de mi hermano, porque yo no recuerdo haber participado en él, que reproducían las carátulas de películas más o menos exitosas de la época, y una de ellas, de cuyo nombre no consigo acordarme, sólo sé que la trama se iniciaba después de un accidente nuclear y de que la radiación convertía a los afectados en zombis, consistía en el rostro de un no-muerto dibujado siguiendo el estilo de un cómic; de ahí que desde entonces todo lo relacionado con la energía nuclear acuda a mi imaginario al son de Thriller, otro de mis terrores de la infancia), nube tóxica, muertos por radiación; lo único que comprendí, lo que necesitaba comprender, fue: no te preocupes, no hay peligro, eso ha pasado muy lejos… en Rusia (el mismo día de la explosión del reactor, el 26 de abril de 1986, según datos de la Escuela Superior Internacional de Radioecología Sájarov, se registraron niveles elevados de radiación en Polonia, Alemania, Austria y Rumanía; el 30 de abril, en Suiza y el norte de Italia; el 1 y el 2 de mayo, en Francia, Bélgica, Holanda, Gran Bretaña y el norte de Grecia; el 3 de mayo, en Israel, Kuwait, Turquía… las sustancias gaseosas y volátiles siguieron el mismo camino que la invisible radiación: el 2 de mayo, en Japón; el 4 de mayo, en China; el 5, en India y Estados Unidos; el 6, en Canadá…). Nada que temer, por supuesto… ojo, no culpo a quienes me tranquilizaron de tal manera, era lo que tenían que hacer en aquel momento y yo hubiese actuado igual con mi hija, además de que sabían tanto del desastre acaecido en Chernóbil como la mayoría de la población mundial. Pero la anécdota me sirve para mostrar cómo se reaccionó aquí ante la mayor amenaza que se ha cernido jamás sobre la especie humana.

 

Pero como decía antes, mi preocupación por el futuro (aunque paradójicamente a mí me vaya quedando menos, desde que soy padre el futuro es algo que me preocupa mucho más de lo que me preocupaba antes) me llevó a recopilar información útil, y por útil me refiero a algo inteligible para alguien como yo, es decir, con conocimientos bastante limitados de física nuclear, sobre lo ocurrido aquel funesto 26 de abril de 1986. Y fue así como me topé con Svetlana Alexiévich, de quien sabía que había sido galardonada con el Nobel de Literatura en 2015, pero poca cosa más. Nunca había leído nada de ella (la concesión del Nobel siempre me ha parecido debida más una cuestión política o a alguna otra razón oscura que se me escapa que a la valía literaria; verbigracia, los premiados españoles: José Echegaray, sin comentarios; Jacinto Benavente, un dramaturgo que vivía a espaldas de las corrientes teatrales europeas, a quien sólo hay que comparar con su contemporáneo Valle-Inclán para comprender su estadía sin retorno en el olvido; Vicente Aleixandre… ¿no había otros poetas merecedores del galardón antes que él en la erróneamente denominada Generación del 27?; y Camilo José Cela, más de lo mismo, pero en este caso como guiño y reconocimiento a la supuesta transición democrática española; al único al que salvo es a Juan Ramón Jiménez, y no sé si acierto o su salvación está condicionada por mis gustos personales), y si no hubiese visto la miniserie de HBO es posible que nunca la hubiese leído. Sea como fuere, tanto la trayectoria de la periodista bielorrusa (más de diez años alejada de su país natal por enfrentarse con la verdad a las autoridades patrias en general y al presidente Lukashenko en particular) como el título del ensayo que publicó en 1997 sobre el desastre nuclear soviético (Voces de Chernóbil: Crónica del futuro, aún hoy prohibido en Bielorrusia) captaron por completo mi atención: eso era lo que buscaba con exactitud, alguien que se ocupase de Chernóbil con la vista puesta en el futuro, que fuese capaz de llenar el vacío informativo que la serie de HBO me había dejado. Y no me equivoqué.

El ensayo, una suerte de tragedia griega del siglo XX con la vista puesta en las centurias venideras, se inicia con una nota histórica que consiste en fragmentos de entradas enciclopédicas, periódicos, publicaciones científicas y artículos colgados en la red que nos ponen en situación: el infierno es aquí y ahora, y nosotros somos sus moradores. Sin embargo, pese a lo que solemos creer, el séptimo círculo no tiene su epicentro en Ucrania o en Rusia, sino en Bielorrusia, un pequeño país agrícola de unos 10 millones de habitantes que, pese a no haber tenido jamás una sola central nuclear en su territorio, es la gran víctima de la tragedia de Chernóbil. Para que nos hagamos una idea del horror, durante la Segunda Guerra Mundial los nazis destruyeron 619 aldeas y pueblos, y murió 1 de cada 4 bielorrusos; Chernóbil destruyó 485 (70 de ellos enterrados bajo tierra para siempre para mitigar el riesgo radiactivo), 1 de cada 5 bielorrusos vive en territorio contaminado (esto es, 2100000 personas, entre ellas, unos 70000 niños), donde la mortalidad supera a la natalidad en la friolera de un 20%. Por si fuera poco, sigue presentándonos las tinieblas a golpe de dato Alexiévich, el 70% de los radionúclidos que la explosión del reactor 4 arrojó a la atmósfera cayeron sobre Bielorrusia, y afectó al 23% de su territorio, frente al 4,8% del ucraniano o el 0,5% del ruso (se estima que el cesio-137 se extiende sobre 1,8 millones de hectáreas de suelo bielorruso, y el estroncio-90, en 0,5 millones; y que el 26% de los bosques y más del 50% de los prados a orillas de los ríos Prípiat, Dnepr y Sozh están contaminados). En lo que se refiere a la incidencia directa de la radiación en la salud de la población bielorrusa, los datos son los siguientes: antes del accidente, se detectaban 82 casos de cáncer por cada 100000 habitantes; tras Chernóbil, la cifra se eleva a 6000 (sin tener en cuenta que las pequeñas dosis de radiación elevan cada año el número de niños que nacen con deficiencias mentales, disfunciones neuropsicológicas o mutaciones genéticas). En cuanto a la mortalidad, en la década que va desde el accidente hasta la publicación del ensayo de Alexiévich, la mortalidad crece un 23,5%, y en las regiones contaminadas 7 de cada 10 habitantes estaban enfermos. Desde 1990 hasta 2003 (en 2013 se publica una edición revisada del ensayo), murieron dos liquidadores (las personas encargadas de limpiar las zonas contaminadas) al día. Para la historia (la oficial, que coincide con la que vemos en la pequeña pantalla por cortesía de HBO) y la nota histórica con que realizamos nuestro particular descensus ad inferos, Chernóbil se cierra con el juicio y las sentencias a los Briujánov, Kovalenko o Diátlov, cuando en realidad no ha hecho más que empezar: hasta ahora conocemos los datos, pero aún no hemos visto con nuestros propios ojos qué aspecto tiene el horror.

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Acto seguido, Alexiévich nos presenta el primer testimonio de los muchos que pueblan su ensayo, titulado “Una solitaria voz humana” (el último, el de la esposa de un liquidador, se titulará igual), el de la esposa del bombero Vasili Ignatenko, fallecido tras participar, sin las medidas de seguridad adecuadas, en las tareas de extinción del fuego del reactor 4. Quienes hayan visto la miniserie de HBO ya sabrán de qué va tal testimonio y que te encoge el corazón (lo curioso es que Chernobyl no reconoce, o yo no he sabido encontrar tal reconocimiento, que la fuente principal de la que se nutre es el ensayo de Svetlana Alexiévich): para que nos entendamos, el ejemplo de Ignatenko y su familia sirve para ilustrar los efectos de la radiación, la agonía de quienes se ven afectados por ella y de cómo cambia la vida de sus seres queridos para siempre. Sin embargo, el testimonio de Liudmila Ignatenko, pese a ocuparse de la muerte, está inundado de amor, de pura humanidad (“Pero yo le he hablado del amor… De cómo he amado.”); no desvelaré mucho más al respecto, no pretendo destriparle la serie a quien no la haya visto, ni mucho menos el ensayo de Alexiévich, tan sólo que la constante amor y muerte (“No sé de qué hablar…”, inicia su testimonio Liudmila, “¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo?”) que en este capítulo se nos presenta se repetirá en todos y cada uno de los testimonios que conforman Voces de Chernóbil, memoria, de momento, viva (“Esta gente se está muriendo, pero nadie les ha preguntado de verdad sobre lo sucedido. Sobre lo que hemos padecido. Lo que hemos visto. La gente no quiere oír hablar de la muerte. De los horrores”) de lo que nunca debería volver a ocurrir.

Tras esta suerte de prólogo protagonizado por la historia del joven matrimonio Ignatenko, Alexiévich toma la palabra por primera y última vez (con la excepción de las indicaciones, a modo de acotaciones teatrales, con que marca los movimientos, las expresiones o las inflexiones de voz de sus entrevistados), y consigue así lo que en mi opinión es el gran logro literario del ensayo (junto a la magistral labor de edición que lleva a cabo con el abundante material compilado en su implacable y valiente labor periodística): dejar que sean sus entrevistados los que nos cuenten su experiencia, dejarles hablar sin intervenciones ni orientaciones ni preguntas-respuestas interesadas, porque ella, la periodista, no es lo importante, su opinión y sus juicios de valor carecen de interés, a nadie le importan, y ella es lo suficientemente inteligente y profesional para ser consciente de ello y optar por el silencio (sin duda, Voces de Chernóbil debería ser de lectura obligatoria en todas las facultades de periodismo del mundo, más centradas en la fabricación de cobardes creadores de opinión al servicio del poder que en la de honestos y auténticos periodistas). De resultas de todo ello emerge la verdad y su inevitable carácter polifónico.

En la entrevista que se hace a sí misma (ella es otro testimonio más de la mayor tragedia del siglo XX), Alexiévich confiesa que su ensayo es más un testimonio sobre el futuro que sobre el pasado (y aquí engarza con el perturbador interrogante que me llevó hasta ella), y que sobre todo le da miedo, como es lógico, acabar banalizando el horror. Para ella, y creo que para todo el mundo que sea consciente de lo que sucedió aquella noche primaveral de 1986, Chernóbil es una catástrofe del tiempo, pues su magnitud devastadora altera pasado, presente y futuro (sus efectos son eternos a escala humana), un reto que rebasa nuestros conocimiento e imaginación; el pasado ya no nos sirve de asidero porque nunca antes se ha vivido algo parecido: las respuestas procedentes de la física, la religión y la literatura saltaron por los aires cuando explotó el reactor 4. La nueva realidad, indescriptible por la disociación que produce entre el mundo de los sentidos y el de su expresión, las palabras, se impone, y vive al margen de la cultura. ¿Cómo se supera esta dificultad? Pues recurriendo a un pueblo bielorruso que, contra su voluntad, se ha convertido en la caja negra del viaje hacia la nada que ha emprendido la humanidad. Su información, siempre entre la dicotomía de recordar u olvidar, la historia omitida (la intrahistoria de Unamuno), va dirigida al futuro, es una voz moribunda que, desde la incomprensión del presente, espera la comprensión del porvenir. Chernóbil es el inicio de una nueva era, la de las catástrofes, que en nada se parece y en todo supera a la historia de guerras y caudillos que ha sido hasta la fecha el devenir humano.

A partir de este punto, Alexiévich divide los testimonios de la tragedia nuclear en tres partes, tituladas “La tierra de los muertos”, “La corona de la creación” y “La admiración de la tristeza”. Cada una de las partes se compone de una serie de entrevistas, llamadas monólogos por las cualidades apuntadas con anterioridad, que se cierran con un coro de voces (de soldados, del pueblo y de niños). Con los testimonios recogidos en “La tierra de los muertos”, crónica de una muerte anunciada (hoy la niña del cambio climático, Greta Thunberg, apela a nuestra sensibilidad, de forma histriónica si se quiere, y nos advierte de un futuro inhabitable para la especie humana; pero ese futuro ya es presente desde hace décadas en las zonas contaminadas bielorrusas), viajamos al futuro, donde “todo crece, florece. De la fiera al mosquito, todo vive”, salvo el ser humano. Todos aquéllos, ancianos sobre todo, que decidieron quedarse en las zonas contaminadas pese a los desalojos y las recomendaciones oficiales son Adán y Eva en el Paraíso ante la prohibición de alimentarse del fruto prohibido: todo a su alrededor está tan vivo y parece tan apetitoso como siempre, pero les está vedado por un nuevo Dios omnipresente e implacable, la radiación. Sin embargo, para muchos de estos hijos de la guerra (casi todos sufrieron la Segunda Guerra Mundial), la radiación no es un enemigo a temer, pues a quien temen “es a los hombres. A la gente armada”. “Este miedo de aquí yo no lo conozco. No lo veo. Y no lo tengo en la memoria”. De ahí que haya quien considere que “vivimos mejor con la radiación” (a fin de cuentas, cultivan para sí mismos, reciben alimentos del Estado… son tan libres como los numerosos animales domésticos abandonados a su suerte en los desalojos masivos de las zonas contaminadas), pese a que una muerte terrible les espere a todos (“Yo no temo a la muerte. A mi propia muerte”, confiesa uno de los soldados enviados a la zona del desastre, “Pero no tengo claro cómo voy a morir. Vi morir a un amigo… se hinchó. Como un tonel… Y mi vecino… se volvió negro… y se secó hasta el tamaño de un niño… Si pudiera elegir mi muerte, pediría que fuera común y corriente”).

“La corona de la creación” recrudece la dureza del ensayo, pues se centra en cómo es la nueva vida venida al mundo tras Chernóbil. Así, se inicia con el testimonio de Larisa Z., madre de una niña nacida con “aplasia del ano, aplasia de la vulva, aplasia del riñón izquierdo”, que pone en duda algo tan básico como la procreación (“Ya no puedo parir a nadie más. No me atrevo. Al salir de la maternidad, mi marido por la noche me besa, pero yo tiemblo: no debemos… Es pecado”; “¿Cómo podemos amarnos después de esto?”) y trae a primer plano la culpa (“Llamo a todas las puertas… Tomen a mi niña, aunque sea para sus experimentos científicos. Estoy dispuesta a que se convierta en una rana de laboratorio, en un conejito de Indias, con tal de que viva”) y los intentos desesperados e infructuosos de expiación (“Yo quería… Tenía que demostrar… que… Quería recibir unos documentos… Para que cuando creciera supiera que ni mi marido ni yo tenemos la culpa. Que no es por nuestro amor”). El testimonio de Katia, algunas páginas después, incide en el tema y amplía aún más un drama ya de por sí de profundidad abismal: la mácula de Chernóbil es eterna (en el espacio y en el tiempo) e imposibilita para el amor porque es pecado (“Pido amor. Pero tengo miedo. Me da miedo amar. Tengo novio… me presentó a su madre, una buena persona… cuando se enteró que soy de… Chernóbil… me preguntó: Cariño, ¿pero tú puedes tener hijos?… para algunos parir es pecado… ¿Tengo yo la culpa de querer ser feliz?”). ¿Y qué es una vida sin amor? La misma muerte. Como claro ejemplo de ello, los testimonios de los maestros que hablan sobre los niños (símbolos de la vida y el amor por antonomasia) de sus clases: “no se parecen a los niños… si se pelean… hasta los maestros se alegran”. Más acostumbrados a los entierros (de familiares, compañeros, o de pueblos enteros) que al juego que les sería propio, fantasean sobre qué especie será la última en extinguirse, cuál les sobrevivirá a ellos. Y es que tras el desastre, “el mundo se ha partido en dos: estamos nosotros, la gente de Chernóbil, y están ustedes, el resto de los hombres”. Chernóbil, cambian de tercio los testimonios, supone el descubrimiento del miedo y, a la vez, el alcance de la mayoría de edad del pueblo ruso. La tradicional educación militar que les había hecho resistir y sobrevivir a la Gran Guerra se demuestra impotente para afrontar la catástrofe nuclear (como claro ejemplo de ello, las tropas movilizadas tras la explosión del reactor… ¿pretendían ametrallar átomos? ¿Bombardear radiactividad?), y cae el velo de la ignorancia: ya no existen un átomo militar, el de Hiroshima y Nagasaki, y un átomo de la paz, el que proporciona una bombilla eléctrica en cada hogar; ambos son dos caras de la misma moneda. Claro que la culpa no es de la ciencia, sino del uso que hacemos de ella, como se apresura a manifestar la doctora en Ciencias Agrícolas Slava Konstantínovna Firsakova. El ser humano tiene tanto de destructor como de creador, así que, según ella, hay que aprender a vivir en Chernóbil, hay que aprender, en base a la información y al conocimiento, y en contra de la opacidad oficial y la ignorancia, a restablecer lo único que tiene el pueblo bielorruso: la tierra.

“La admiración de la tristeza” se apoya en los testimonios de científicos, intelectuales y antiguos dirigentes del partido comunista, además de en liquidadores y en el pueblo llano. Hablamos de gente, en su mayoría, capacitada para entender lo que estaba sucediendo o directamente implicada en lo que sucedió a raíz del desastre de Chernóbil. Cómplices, con sus acciones o con su silencio (“sí sabía que de aquella zona se debía sacar a todo ser vivo… Y, no obstante, realizábamos a conciencia nuestras mediciones y luego mirábamos la tele”; y a los pocos que intentaban alertar de la situación, nadie les prestaba oídos: “¡nadie nos escuchaba! Ni a los científicos, ni a los médicos; la ciencia estaba al servicio de la política; la medicina, atrapada por la política”), de los engaños del Estado (“Se engañaba a la gente. Y la engañaba el Estado… Toda la información se convertía en un secreto… para no provocar el pánico”). ¿Por miedo a represalias? Sí, desde luego, pero no sólo por el miedo a ser privados de un título o del carné del Partido, “sino por sus convicciones”, “por disciplina de partido”. Ante las preguntas de los campesinos que seguían con sus vidas (“se han pasado años asustando a la gente, preparándola para una guerra atómica. Pero no para un Chernóbil”), los científicos no hacían más que repetirles “Todo está bien. No pasa nada malo… antes de las comidas lávense las manos”. “Todos nosotros habíamos participado… en un crimen… en un complot”. “Aquellos lugares son de una belleza espléndida… el bosque original,… riachuelos serpenteantes, agua… transparente… hierba verde… Para [la gente] era lo normal… tú, en cambio, sabes que todo aquello está envenenado”. De hecho, ya los mismos científicos minusvaloraron la tragedia: según Valentín Alexéyevich Borisévich, exdirector del laboratorio del Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Bielorrusia, quienes se desplazaron a la central creían que el problema se solucionaría en cosa de pocas horas, pues no llevaron consigo ni ropa ni enseres para la higiene personal. De ahí que “la fe en la física se acabó en Chernóbil”. Cuando ya se había precipitado sobre la zona afectada el equivalente a 350 bombas como la que se lanzó sobre Hiroshima, se continuaba hablando de enemigos en lugar de física (“Si hubiera empezado una guerra, habríamos sabido qué hacer. Para eso disponíamos de instrucciones”; “Que si sois héroes, que si esto es una hazaña, que si estamos en primera línea… ”, le decían a un fotógrafo obligado a ejercer de liquidador, “El léxico era militar… Pero ¿qué es un rem? ¿Y los curios? ¿Qué es un microrroentgen?… el superior no podía contestarnos nada: en la escuela militar no le habían enseñado nada de eso”, sólo que los seleccionados se habían convertido en soldados y, como tales, debían cumplir las órdenes). Al final, “la fábrica de sueños [el Estado soviético] defendía nuestros mitos: podemos sobrevivir en cualquier lugar, hasta en una tierra muerta”, de ahí que ninguno de los enviados a la zona contaminada se quejase de una protección del todo insuficiente (desde una única pala a medidores de radiactividad inútiles porque no habían sido cargados previamente). Es más, “en nuestro país no puede haber ninguna catástrofe”, a nadie se le pasaba por la cabeza que lo sucedido tuviera como escenario a “la gran potencia del mundo” (el déficit de especialistas, el cierre de laboratorios, que en la construcción de la central de Chernóbil se invirtieran 2 o 3 años cuando los japoneses invertían 12 en la construcción de las suyas o que la seguridad del reactor fuese la misma que la de cualquier complejo agropecuario parecen corroborar tal afirmación). Quienes quedaron allí, “encerrados en la zona. En una trampa”, comparten “la misma suerte… en cualquier otro lugar, somos unos extraños. Unos apestados”. Y se resignan a vivir con Chernóbil hasta el fin de sus días: “Unos conocidos nuestros han tenido un niño… tiene una boca que le llega a las orejas; aunque no tiene orejas… no voy a verlos… no puedo. En cambio, mi hija sí… un día sí y otro también… no sé si se imagina su futuro o se prepara [para él]”.

Por último, el ensayo de Alexiévich finaliza con un epílogo, brutal, que reproduce uno de los numerosos anuncios con que las agencias de viajes que se lucran hoy día del turismo oscuro y la banalización de la tragedia intentan captar a sus clientes. “¿Creen ustedes que todo esto es una idea demencial? Se equivocan, el turismo nuclear goza de una gran demanda, sobre todo entre los turistas occidentales. La gente viaja al lugar en busca de nuevas y poderosas impresiones. Sensaciones que es difícil encontrar en el resto del mundo, ya tan excesivamente acondicionado y accesible al hombre. La vida se vuelve aburrida. Y la gente quiere algo eterno. Visiten La Meca nuclear. Y a unos precios moderados”.

No quiero engañar a nadie, la lectura de Voces de Chernóbil: Crónica del futuro no es nada fácil. Yo mismo nunca he sido capaz de leerme más de un monólogo cada vez (se compone de un total de 39 monólogos, 3 coros y 2 solitarias voces humanas). Las ganas de llorar, las náuseas, la rabia o la impotencia hacen que tengas que consumirlo en muy pequeñas dosis. Es un libro radiactivo, si se quiere ver así, y toda exposición que supere una pequeña dosis cada vez puede resultar muy perjudicial para nuestra salud. Y sé que hay muchos lectores que prefieren evitar este tipo de obras. Sin embargo, creo que hay que leerlo. Al margen de lo ya dicho sobre la maestría y el oficio que demuestra Svetlana Alexiévich (yo ya he añadido a mis futuras lecturas La guerra no tiene rostro de mujer, ensayo sobre el papel que las mujeres rusas, como siempre silenciadas por su sexo, jugaron en la Segunda Guerra Mundial), debemos poner en valor a la gente que presta su testimonio, desde el pasado pero con la vista puesta en el futuro, muchos de ellos víctimas inocentes y otros un poco menos inocentes y víctimas, pero todos portadores de una verdad en alarmante peligro de extinción: por ser silenciada por las autoridades y por la implacabilidad del tiempo y la enfermedad. Chernóbil podríamos haber sido nosotros, Chernóbil habla de nosotros. Chernóbil seremos nosotros.

*Este artículo fue publicado por la revista literaria Letralia. Tierra de letras el 11 de abril de 2020.

 

 

 

 

55. Lliçó d’alemany

Decía Umberto Eco, en la que es probable que sea una de las pocas citas célebres que circulan de muro en muro y de móvil en móvil que tenga un correlato real (¡dejad ya de publicar cosas que no le hayáis leído u oído a quien se supone que las dijo o escribió, da un poco de vergüenza ajena cuánta cita mal atribuida, deformada o directamente inventada se comparte!), que el mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee. Y tengo la sensación de que con Lección de alemán, de Siegfried Lenz, he topado con uno de esos tesoros ocultos a ojos de la gran mayoría (el adjetivo precioso, en boca de Eco, no significa lo mismo que cuando es empleado por algún lector, por ejemplo, de Isabel Allende, supongo que se entiende).

A la novela de Lenz se la compara, en cuanto a su voluntad de asimilar y superar el pasado, con El tambor de hojalata, de Günter Grass, y tal vez ésta es la razón por la cual en España, pese a haber sido reseñada de manera muy positiva en prensa, ha pasado desapercibida (sí, soy un iluso, ya sé que las reseñas literarias que se publican las leemos 4 personas los días más afortunados). Envidia me dan los alemanes en este sentido (de hecho, creo que es lo único que les envidio): han sabido conjurar el nazismo, arrinconarlo, derribar sus ídolos y enterrar sus restos para siempre bajo la asunción de la culpa colectiva, mientras que aquí, en España, seguimos siendo hijos y nietos del “con Franco esto no pasaba” y del “con Franco vivíamos mejor”, y la presencia del dictador y sus “gestas” siguen muy vivas en nuestras calles y monumentos y, lo que es peor, en nuestros debates políticos (¿cómo pueden seguir siendo objeto de debate Franco y el franquismo? ¿Cómo es posible que el traslado de sus restos se convierta en un nuevo funeral de Estado?). Esto es algo muy difícil de explicar (entre otras cosas, porque es vergonzoso formar parte de una sociedad así) cuando se habla con gente que no es de aquí… al final, el eslogan Spain is different!, de forja franquista, sigue siendo lo que mejor nos define. De hecho, en Alemania Lección de alemán es de lectura obligatoria en bachillerato; ¿comparamos con las propuestas e intenciones a este respecto de ciertos partidos políticos españoles?

Sin más preámbulos, me centro en la novela de Lenz: en principio iba a ser una lectura para las vacaciones de verano, porque cuando me la prestaron yo estaba leyendo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace, un ensayo mordaz sobre la moda de hacer un crucero (que sin duda también os recomiendo, aunque no le haya dedicado un post, de hecho no se lo dedico a todo lo que leo ni a lo mejor que leo, es posible que os ahorréis un buen dinero después de su lectura; y si no, os reiréis un rato con la experiencia vivida por DFW), y otros libros me esperaban antes de plantearme siquiera empezar con el de Lenz. Sin embargo, como era la segunda vez que me lo recomendaban en un espacio relativamente breve de tiempo, y ambas recomendaciones provenían de personas que considero de fiar en cuanto a gustos literarios se refiere (en ocasiones creo que se trata de la misma persona, con otros cuerpos y otros sexos, pero la misma persona; tal es la coincidencia en sus recomendaciones), decidí ponerla por delante del resto. Y ahora puedo decir que no me equivoqué[1].

Publicada en Alemania en 1968, las únicas traducciones que teníamos al castellano hasta el pasado año 2016 eran las de Caralt Editores (1973) y Editorial Debate (1989). Hoy, por fortuna, disponemos de la de Impedimenta al castellano y de la de Club Editor al catalán, ambas del ya mencionado año 2016. Yo, en concreto, he leído Lliçó d’alemany, la fabulosa traducción de Joan Ferrarons para Club Editor. Y no miento si os digo que esta traducción ha paliado un poco la desdicha de no poder leer, por desconocimiento, la novela de Lenz en el alemán original. Por fortuna para mí, en este país en el que utilizamos las lenguas como armas arrojadizas en lugar de como herramientas comunicativas o puertas de acceso a la cultura, no soy de las personas a las que la traducción a una u otra lengua les supone un impedimento a la hora de leer un libro. Todo lo contrario, soy un privilegiado, porque puedo elegir una u otra traducción o no tener que esperar a que tal obra se publique en mi lengua materna y/o habitual. Me pierdo muchas menos cosas siendo como soy, la verdad. Los prejuicios, si algo tienen, es que nos conducen directos a la majadería.

 
Emil NOLDE: Molino (1924).
 
La novela de Lenz se inicia en 1954, en un correccional hamburgués para jóvenes inadaptados a orillas del río Elba. Allí, Siggi Jepsen, de 21 años, debe permanecer encerrado en una celda como castigo por entregar en blanco una redacción para la clase de alemán hasta que cumpla con su deber. El tema que le habían propuesto, las alegrías del deber, se convierte desde ese momento en el leitmotiv de Lliçó d’alemany. Pero Siggi no padece agrafia, ni mucho menos el incumplimiento de la tarea impuesta se debe a que no tenga nada que decir al respecto de ese tipo de alegrías, sino todo lo contrario: el joven se ve superado por la cantidad de cosas que se acumulan en su cerebro, y una simple redacción y el plazo de entrega de la misma le resultan del todo insuficientes para cumplir con su deber. Un deber al que se dedicará, valga la redundancia, con alegría.
 
En efecto, la lección de alemán de Siggi se convierte, en lo que supone uno de los muchos méritos de la novela, esto es, el juego con las perspectivas y los puntos de vista, en el libro que estamos leyendo; y el joven Jepsen, en su narrador. Desde ese momento, en un continuo viaje desde el presente hasta el pasado y viceversa, las palabras de Siggi nos conducirán al año 1943, a su infancia en Rügbull, un pueblo ficticio (trasunto, probablemente, de Rutebüll) ubicado en el Estado federal de Schleswig-Holstein (por cierto, escenario de la serie de televisión danesa 1864, a la que hace unos años le dediqué una entrada en este mismo blog), bañado por las aguas del mar del Norte y cercano a la frontera con Dinamarca, donde viviremos, a través de los ojos perplejos del niño de 10 años que entonces era, cómo el régimen nazi prohíbe pintar a Max Ludwig Nansen (una suerte de trinidad pictórica con base real: de la literaturización de los pintores Emil Nolde, cuyo verdadero nombre fue Hans Emil Hansen, Max Beckmann y Ernst Ludwig Kirchner, tres artistas calificados de degenerados y poco heroicos, emerge el personaje inventado por Lenz). La razón: que su arte es enfermizo, de inexistente raigambre alemana.
 
El encargado de hacer efectiva tan absurda, pero real, prohibición es Jens Ole Jepsen, único agente de policía de Rügbull y padre de Siggi, además de amigo de la infancia del pintor, con quien, además, le une una importante deuda. Más kantiano que el propio Kant en lo que a la ética se refiere, el policía, tan cómplice nazi como casi todo el pueblo alemán, se dedicará en cuerpo y alma a su deber, pues como agente del orden que es, debe obediencia a sus superiores de Berlín (o de Lübeck, que es la ciudad desde donde recibe órdenes). Así, se inicia una nueva guerra dentro de la guerra, la que enfrenta a la obediencia contra la necesidad, a la autoridad contra el arte, a la sumisión contra la libertad. Y como toda guerra que se precie, en ésta también hay víctimas inocentes: Siggi Jepsen tiene que nadar entre dos aguas, que lo arrastran y acaso lo condenan, la de la lealtad al padre y la de la lealtad al amigo admirado, cuya imposibilidad de pintar en el pasado encuentra un puente que nos comunica con la dificultad de escribir de nuestro narrador, y de esta forma, tanto la expresión pictórica como la escrita invocan a la memoria y se convierten en modos de expiar la culpa, asumir la responsabilidad y combatir la vergüenza. O más sencillo si se prefiere: arte y literatura son los dos únicos medios para suturar de manera efectiva las heridas del pasado, un bálsamo frente al deber que aniquila cualquier asomo de humanidad.
 
Pero Lliçó d’alemany es mucho más que todo lo comentado hasta aquí. Es una novela de tiempos enfrentados, el de la visión de la niñez con el de la visión adulta, y el de la Alemania nazi que ya empieza a vislumbrar su fin con el de la Alemania que lucha por racionalizar y superar lo irracional y casi insuperable de su pasado y de su presente; y de espacios, sobre todo de espacios. No exagero si digo que hacía mucho tiempo que no me topaba con un escritor que dominase como domina Lenz el recurso de la descripción. Y es que la sensación que tenemos cuando avanzamos en su lectura no es la de ir consumiendo páginas, sino la de ir saltando de lienzo en lienzo. El paisaje del extremo norte de Alemania, siempre amenazado por la monocromía del nazismo latente, adquiere el mismo colorido y la misma viveza que un cuadro expresionista. De hecho, cobra vida y significado, y al contrario de lo que suele suceder con el abuso de la descripción, que dificulta y dilata la trama, en Lliçó d’alemany la protagoniza, la posibilita, la hace avanzar con maestría y la enriquece semánticamente.
 
Por último, no puedo olvidar otro de los temas centrales de la novela: la libertad y su privación. Tal vez una de las lecciones más importantes que aprendemos de la obra de Lenz es que toda libertad (la inherente a la infancia, la artística, la personal…) es susceptible de ser arrebatada, cuando no se trata más que de una mera ilusión o de un engaño, autoimpuesto o impuesto por otros. La única libertad posible, según nos plantea la lección que tenemos entre manos, es interior (como la celda donde recluyen a Siggi) e invisible (como las pinturas invisibles con las que Hans Ludwig Nansen consigue burlar, y burlarse de, la prohibición a la que se le somete). Quizá deberíamos tenerla todos muy presente y aplicarla a nuestras vidas.
 
 
*Reseña publicada por la revista literaria Letralia. Tierra de Letras  el 24 de noviembre de 2019.
 
 
 
 
 

 

 
 
 

1Así pues, una novela destinada al descanso estival me duró apenas una semanita (quienes me vieran caminar mientras leía, o leer mientras caminaba, que no sé si es lo mismo, por el glamuroso barrio de Sarrià, en Barcelona, de 13:45 a 14:30 horas ya saben qué título tenía entre manos), porque lo que encontré allí me cautivó como hacía tiempo que no me cautivaba una novela “actual” (quizá de las que he leído en los últimos años, por sensaciones, por muy distintas que estas hayan sido, a la altura de Ànima, de Wadji Mouawad, en la traducción al catalán de Anna Casassas Figueras para Periscopi).

 
 

 

49. Bolaño y yo

El diablo quiere compañía y es un corruptor de voluntades que planea la caída de los otros[1].
 
 
Claudia CARD
 
 
 
 
 
Si mi vida como estudiante hubiese transcurrido con normalidad, la muerte de Roberto Bolaño me habría cogido fuera de la universidad, o cerca de licenciarme[2], y por lo tanto, ya habría leído alguna de sus novelas, como mínimo una de ellas. Pero, si no me equivoco (¿podéis creer que no recuerdo cuándo empecé la carrera ni cuándo me licencié?; diagnóstico: envejecimiento), aquel 15 de julio de 2003 aún esperaba las notas de las Pruebas de Acceso a la Universidad, o hacía poco que me consideraban apto para cursar la titulación que me viniera en gana o, como mucho, aunque me inclino más por las dos primeras opciones, disfrutaba de mis primeras vacaciones como universitario[3].
 
Sea como fuere, para mí la muerte de Bolaño no supuso nada extraordinario. El suyo era un nombre que conocía y que tenía clasificado como “novelista y poeta” en mi lista de futuras lecturas (aunque estoy seguro de que él hubiese preferido invertir el orden de la cópula anterior, como supongo que les ocurre a todos los novelistas superlativos), pero poca cosa más. Nada sabía, salvo de oídas, de su biografía, ni de sus novelas y relatos, ni mucho menos de sus poemas, desconocidos para el gran público. Eso sí, me había topado con él como personaje en la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas (Tusquets Editores, 2001), lectura obligatoria de la asignatura de Literatura española en Bachillerato[4].
 
Así las cosas, no fue hasta el segundo o tercer año de licenciatura cuando leí por primera vez a Bolaño, en el contexto de una asignatura llamada Narrativa Hispanoamericana II o algo así, y la primera toma de contacto fue, ni más ni menos, Estrella distante, “una aproximación, muy modesta, al mal absoluto[5]”, que a mí personalmente me fascinó tanto como me repugnó, que al fin y al cabo es lo que habitualmente nos sucede con el mal cuando se presenta en estado puro, si es que es lícito aplicarle tal adjetivo al mal. Sin embargo, pronto descubrí que había algo que me chirriaba de todo lo relacionado con la figura de Bolaño, hasta el punto de hacerme enfadar: la fijación de quienes escribían o hablaban sobre su vida (editores, críticos, articulistas, profesores) por destacar la multitud de trabajos que había desempeñado el chileno hasta que por fin llegó el reconocimiento (más de crítica e iguales que de lectores), y con el reconocimiento, el dinero, y se pudo dedicar full time a la literatura (cosa que no es cierta, desde que Bolaño decidió ser escritor, se pasaba el tiempo escribiendo, hiciese lo que hiciese para ganarse la vida; de hecho, como él mismo decía, todo aquello le había servido, y le servía, para ganar algo de dinero con el que comprar tiempo para poder escribir[6]).
 
Fotografía de Manolo S. Urbano. El País.
 
Entendedme, por aquel entonces yo era joven (aunque no tanto), e inmaduro (mucho más que joven), y aquel énfasis que se ponía en las penurias económicas y en lo variopinto de su currículum (que si fue vendedor de billetes de autobús, de lámparas, de bisutería, lavaplatos, botones, camarero, vigilante nocturno en un camping, mozo de carga y descarga de barcos, vendimiador…), así como en lo alejadas de las letras que transcurrieron su niñez y su primera juventud (que si su padre fue camionero y boxeador, y su madre, una profesora de matemáticas que leía best sellers como si no hubiese un mañana; que si era nieto de un militar, y bla, bla, bla), me olía, y perdonadme la expresión, a mierda clasista. Me parecía que todos y cada uno de aquellos comentaristas autorizados, y acomodados, señalaban con dedo acusador a ese nuevo Sorel llegado allende los mares porque intentaba incurrir en un mundo que no era el suyo, por nacimiento y clase social, y había que bordarle una letra escarlata en el pecho porque, además, tenía la desfachatez de irrumpir bajo la bandera del talento y la inteligencia… Hasta tal punto me preocupaba este asunto, ahora veréis la poca humildad de mi yo estudiante (como la de todos los estudiantes, que pensamos que el mundo está ahí, entre tinieblas, a la espera de que lleguemos nosotros a dejar la impronta de nuestra grandeza[7]), que me preguntaba si a mí me pasaría lo mismo en caso de que algún día publicara algo: ¿dirán (así, en futuro simple de indicativo, porque tenía que pasar) que he trabajado como operario en una fábrica, como mozo de almacén, en una cadena de montaje, pesando y empaquetando tornillos de acero inoxidable, limpiando unas cubas que de lunes a viernes contenían todo tipo de ácidos nocivos (cosa que me negué a hacer, pero a mi leyenda se le sumaría también este trabajo), reponiendo artículos en un supermercado, en la construcción, moviendo con una grúa tubos que pesaban cientos de kilos…? ¿Dirán que soy nieto de mineros? ¿Y que mi padre fue albañil durante muchos años? ¿O que es un lector voraz de novelas ambientadas en el salvaje Oeste? ¿O que mi madre es una fanática de las sopas de letras? ¿Se preguntarán, en definitiva, qué hago yo aquí? ¿Qué derecho tengo? ¿Quién me permitió estudiar?
 
Supongo que no hace falta decir que estaba puerilmente equivocado. Bolaño no hubiese sido Bolaño, precisamente, sin todo ese bagaje que se encargaban de señalar quienes habían llegado a él mucho antes que yo[8]. En aquella versión de mí mismo, como ya he dicho, confluían dos patologías: juventud e ignorancia, de las que por fortuna he ido sanando con el paso del tiempo y la profundización en el universo literario bolañesco[9]. Y es que con Bolaño, tenía que ser él, a medida que mi capacidad adquisitiva mejoraba (el pasito cualitativo y cuantitativo que separa ser muy pobre de ser pobre a secas), inicié una práctica recurrente en mis primeros años posuniversitarios: comprar, casi siempre en orden cronológico, todo lo que había publicado en vida el escritor o la escritora “a estudiar”, en aquella primera ocasión, Bolaño. Por descontado, el espacio disponible en casa y esa sensación de que el tiempo es precioso y cruelmente finito, que se acrecienta a medida que acumulamos primaveras, me ha hecho cambiar de modus operandi: ahora, cuando me interesa un escritor, ya no lo compro ni lo leo todo, sino que bebo de fuentes fiables y compro sólo aquello que realmente “tengo que leer” (con los riesgos que comporta todo canon, es evidente). Bastante me pesa ya tener que morir sin haberlo leído todo como para seguir entreteniéndome con obras de juventud, o menores, o intrascendentes (total, para dármelas de gran lector en una red social cualquiera ya me basta y me sobra con lo hecho hasta ahora)… Lo de leer en orden cronológico puede ser útil en un momento determinado para aprender el oficio[10]: no hay nada mejor para eso que mucha gente desea, esto es, saber cómo se aprende a escribir[11], que ver la evolución, o involución, de esos escritores a los que admiras. Entonces, ¿ser un lector de Literatura (con L mayúscula) y estar formado en el florido campo de las letras te garantiza convertirte en un gran escritor? No, en absoluto. Luego, mucho me temo, hay que sumarle talento, y disciplina, mucha disciplina, y trabajo, y comprensión lectora y capacidad de crítica y de autocrítica, y humildad, y constancia, y reflexión, y correcciones, muchas correcciones, y superación de la frustración y del fracaso, y valentía, y sacrificio, y… Pero sin ser un gran lector, esto es seguro, ya te puedes arrojar al río de la escritura con el flotador de tus conocimientos teóricos y tus virtudes concedidas por los dioses, a ver, valiente, si eres capaz de llegar a la otra orilla. Yo no apostaría por ello… y lo sé, no porque sea un gran escritor, sino porque me he ahogado muchas veces.
 
Pero dejo ya la digresión y vuelvo a Bolaño, que me he ido por las ramas (por las malas hierbas, mejor dicho): el poso que había dejado en mí Estrella distante me llevó a adquirir Los detectives salvajes (devorado de camino al instituto donde trabajaba en Sabadell y de vuelta a casa, y en la sala de profesores, y en las dos horas que tenía de descanso hasta que empezaban mis clases por la tarde), y luego llegaron el resto de sus novelas y relatos[12]. Por aquel entonces, toda visita a una librería, ya fuera física o virtual, acababa con la compra de 4, 5 o 6 libros por mi parte, preferentemente novelas o cuentos. Así que, como ya podéis imaginar, no tardé demasiado en tener toda su obra en prosa en mi biblioteca personal (con la poesía también pretendía hacerlo, pero Bolaño es un gran novelista…). Claro, con esto no quiero decir que haya que leer todo lo que ha escrito Bolaño, pero sí que hay que leer a Bolaño, y esto significa que si eres lector y puedes leer en español, en tu lista de lecturas no pueden faltar, para mí en el orden que sigue, Estrella distante (1996), 2666 (2004) y Los detectives salvajes (1998). Yo añadiría también Nocturno de Chile (2000) y La literatura nazi en América (1996)[13], pero con los tres primeros títulos ya es más que suficiente para darse cuenta de la importancia capital de la narrativa bolañesca, además de que estoy seguro de que quien los lea acabará por leer también los otros dos (si no más, como me ocurrió a mí en su momento).
 
De hecho, y no exagero, si un nuevo descuido romano dejase mi casa a merced de las llamas, uno de las libros que rescataría del fuego sería Estrella distante. Con esta novelita se inició mi relación con Bolaño, y esta novelita es la única hasta la fecha que he releído de todas las del chileno (y no descarto volver a ella en alguna ocasión si el futuro me lo permite). En esta novela, que marca un punto y aparte con todo lo que había publicado hasta la fecha (no he visto evolución en ningún novelista que tenga parangón con la que experimenta la obra de Bolaño desde sus primeras novelas a la irrupción de Estrella distante), ya se detectan los elementos esenciales, para mí, de la narrativa bolañesca, que resumo a continuación:
1. El diálogo constante que establece con la tradición literaria y cultural, chilena en particular y occidental en general, y con su propia obra.
2. La valentía a la hora de adentrarse en lado oscuro del ser humano y la lucha por mostrar el horror absoluto a través del lenguaje literario. El fracaso de la moral, el triunfo del superhombre nietzscheano y de su voluntad[14].
3. La lucha por la recuperación de la memoria, por evitar que el ser humano siga anestesiado frente a las atrocidades que el propio ser humano comete.
4. El descubrimiento de que la literatura, el medio más adecuado para mostrar el horror, acaba resultando también insuficiente: hay horrores, como los cometidos por los cómplices de Pinochet o por los nazis o por los asesinos de mujeres en la frontera entre México y Estados Unidos, que sobrepasan la medida humana y literaria. Es entonces cuando sobreviene el silencio como único transmisor posible de algo de significado y el lenguaje humano revela su condición de significante vacío de contenido.
5. El hallazgo que supone su ataque certero a la dicotomía que tradicionalmente opone civilización a barbarie. La denuncia de la alianza de la cultura con el poder y, por extensión, con el mal absoluto, el que arruina vidas, o partes significativas de vidas, del que sus víctimas nunca se recuperan (traduzco y parafraseo a Card[15]).
6. La búsqueda, la investigación detectivesca, como motivo literario y existencial (es buscado Wieder, y lo serán más tarde Cesárea Tinajero y Benno von Archimboldi).
7. Lo injusto de la justicia. La inutilidad de la venganza.
8. El triunfo de lo dionisíaco, y la cópula de la literatura y el sexo como intento, infructuoso, de subsanar la derrota que suponen la enfermedad y la muerte.
9. La impostura del doble, la multiplicidad de identidades, la complementariedad de personajes a través del espejo en que se convierten las tramas secundarias.
10. …
 
Iniciaba este post escribiendo que la muerte de Roberto Bolaño Ávalos no supuso nada extraordinario para mí. Y no mentía. Como no miento ahora si digo que desde hace unos años sí que se ha convertido en una gran pérdida, tantos como hace que me dejé atrapar, pese a mis reticencias iniciales, por el universo Bolaño. Si me hubiese conformado con leerlo, le profesaría la misma admiración como escritor que ya le profeso, sin duda, pero no lo consideraría, como lo considero, un amigo. Sí, ya sé que parece una locura considerar un amigo a alguien de quien no supe algo más que su nombre y su profesión cuando llevaba ya unos años muerto y con el que nunca he intercambiado palabra alguna. Pero ¿no hay gente que ha hablado una sola vez conmigo y ya cree conocerme? ¿O con la que coincido una vez por semana en el parque con los niños y ya me está proponiendo salidas en grupo para el fin de semana siguiente? Pues yo, con Bolaño, con sus novelas y relatos, y con su biografía, he intercambiado muchas más palabras y he pasado mucho más tiempo y mucho más fructífero que con el matrimonio del parque que tiene un hijo de la misma edad que mi pequeña o con el vecino del sexto las veces que coincido con él en el ascensor. Así que, en efecto, en ocasiones converso con muertos y entablo amistad con ellos.
 
Con Bolaño es natural iniciar una relación amistosa una vez que empiezas a leerlo. De hecho, creo que es necesario que así sea. Él, al menos, no se guarda nada, todos los episodios significativos de su vida están allí, en su ficción: su juventud mexicana; el nacimiento y la muerte del infrarrealismo; su vuelta a Chile; su paso por una cárcel fascista y su liberación; su vida en Catalunya, con sus luces y sus sombras; sus lecturas, entre las que destaca siempre la poesía; los concursos literarios; la ausencia de identidad patria; el sentimiento latinoamericano; sus oficios; sus amigos y él mismo, siempre él mismo… con la excepción de la enfermedad que le provocó la muerte once años después de que le fuera diagnosticada. Sólo una vez escribió sobre ella[16] y quienes lo conocieron en vida siempre manifestaron que nunca la mencionaba. Bolaño estuvo siempre demasiado ocupado con la literatura como para prestarle atención a semejante nimiedad (opinaba, y estoy completamente de acuerdo con él, que quienes se pasan la vida con sus desgracias y sus dolencias en la boca acaban haciendo pornografía). Que no le extrañe a nadie, porque la literatura fue su vida y también su muerte (es de sobras conocido que, desde 1992, se saltó numerosas revisiones médicas simplemente porque estaba escribiendo). En él se cumple, sin que sirva de precedente, esa idea un poco tonta y romántica que siempre tiene el vulgo sobre el escritor: ese ser bohemio que duerme y respira y come y caga y folla literatura. Por decirlo a la manera de Bracque: “Con la edad, el arte y la vida se funden en una sola cosa”[17]. Y en Bolaño siempre fue así.
 
No puedo negar que Bolaño es un personaje por el que, más allá de mi admiración como escritor, ya va quedando claro, siento una profunda simpatía, hasta tal punto que, en ocasiones, llego a identificarme con él (es posible que sólo esté proyectándome, lo sé, yo también soy psicólogo de bar). Y esta identificación se basa en una serie de coincidencias para mí extraordinarias, de ésas que te hacen creer que en el universo hay cierto orden entre tanto caos y que el hado tiene su papel en nuestro paso por la vida. Vaya, que parece que tenía que encontrarme con él de modo irremediable. Desde luego, coincido con el canon literario que a lo largo de su narrativa, pero también en sus entrevistas, artículos y conferencias, va creando (de hecho, me alineo más con los expulsados que con los añadidos, porque a veces disiento de la inclusión de estos últimos o porque simplemente no los he leído); aplaudo su concepción de la literatura como un hecho valiente y arriesgado, y no apto para cobardes (que suelen coincidir con los expulsados de los que hablaba antes, es evidente); como él, no gasto flores en quien no las merece (en una ocasión lo hice y aún tengo la sensación de haber ayudado a crear un monstruo: tremendo será su batacazo si el despertador de la vida no cumple pronto su función), razón por la cual tengo tantos amigos como enemigos, todos gratuitos; no experimento ningún sentimiento patrio, y rechazo cualquier tipo de nacionalismo (me gustaría decir que me siento europeo como Bolaño se sentía latinoamericano, pero esta Europa de ricos y pobres y de refugiados enjaulados me da bastante asco), así que busco asilo en mi hogar y en la literatura de calidad, que también son mis únicas patrias; como Bolaño, juego al fútbol con la pierna izquierda mientras que para el resto de cosas suelo ser diestro (él decía que su caso se debía a una dislexia jamás diagnosticada, yo digo que el mío se debe a un modelo equivocado de aprendizaje a través de la imitación: debería haber sido zurdo en todos los sentidos); me interesa la política, y me considero de izquierdas, pero rechazo de plano la unanimidad; me gusta llevarle la contraria a la gente, pero siempre lo negaré ante quien así me defina; como a Bolaño, y para desgracia mía, diría que esta es la única cosa en la que estoy a su altura y con toda probabilidad lo supero, la salvaje Ciudad de México me robó la vida de un amigo… Por último, y con esto me voy despidiendo, diré que como padre y enfermo que soy, puedo imaginar sus últimos días entre los vivos, con la espada de Damocles de la enfermedad sobre su cabeza mientras intentaba concluir 2666, novela con la que pretendía, y al final consiguió, salvaguardar el futuro de sus hijos, Lautaro y Alexandra, a quienes estoy seguro de que les dedicó el tiempo que no le concedía a la escritura. Olvidándose, una vez más, de su condición mortal.
 
“Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega[18]”.

*Artículo publicado por la revista Letralia. Tierra de Letras el 1 de agosto de 2019.
 

 

 


 

[1]The Atrocity paradigm: a theory of evil. Oxford University Press (2002). Por desgracia, no disponemos de traducción al castellano ni al catalán de la obra de Card, y no es que nos haya dejado poca cosa o no esté en sintonía con estos tiempos: Feminist ethics (1991), Lesbian choices (1995), The unnatural lottery: character and moral luck (1996), Confronting evils: terrorism, torture, genocide (2010) y Surviving atrocity, aún inédito, creo.
[2]Me doy un margen de un año, aunque es muy probable que hubiese necesitado de más tiempo si hubiera iniciado los estudios universitarios cuando se supone que debía hacerlo: soy un hedonista incorregible, y entre los 18 y los 22 o 23 años de edad no consideraba que el estudio fuera capaz de aplacar por completo mis ansias de placer.
[3]Que de vacaciones, todo sea dicho, tuvieron poco: sin dinero, teniendo que pagar una hipoteca firmada tres años atrás (y que iba siendo amortizada gracias, entre otros trabajos eventuales, a los adinerados padres de los niños de Sant Cugat del Vallès a los que les daba clases particulares de lunes a viernes… ¡han tenido que pasar muchos años para superar lo que me pagaban entonces por hora trabajada!), con muchos planes de futuro y con muy pocas ganas de hipotecar más mi presente…
[4]Que, por cierto, no me gustó demasiado, para sorpresa de mi profesor de castellano de entonces (tendré que volver a leerla cuando tenga tiempo, de aquí a unos 400 años, calculo…). Aunque de Cercas se dice que es uno de los mejores escritores en lengua española del presente (el mismo Bolaño lo decía, aunque él era muy amigo de sus amigos), y a mí me parece muy interesante y acertado todo lo que dice cuando se viste de crítico y habla de literatura en general (me refiero, por ejemplo, a El punto ciego), confieso que como novelista (y como persona, si os soy sincero: por si no lo sabéis, Cercas y Bolaño, que fueron muy amigos hasta la publicación de Soldados de Salamina, dejaron de serlo a partir de entonces. La razón: que Cercas utilizase, sin permiso y sin aviso, una vivencia del propio Bolaño para solucionar el callejón sin salida en que se había convertido su novela. En efecto, hablo de cierto exmilitar republicano al que Bolaño conoció en el camping donde trabajó como vigilante y que pudo haber estado en aquel fusilamiento del santuario del Collell… Según Cercas, al final limaron asperezas, y no lo dudo, pero, claro, siempre nos faltará la versión del chileno) no le he vuelto a dar una oportunidad desde aquella novela sobre Sánchez Mazas, fundador de Falange (del personaje histórico opino como Bolaño: no creo que hiciese nada bueno en su vida, salvo poner la semillita para que Sánchez Ferlosio viniese al mundo). No sé, ya entonces el tema de la Guerra Civil me aburría bastante (¡como si en España no se pudiese escribir sobre otra cosa!), y tanto detalle, real o ficticio, qué más da, sobre la vida del falangista me provocaba una mezcla insoportable de aburrimiento y náusea. De hecho, lo que mejor recuerdo de los Soldados de Cercas es una pregunta del examen sobre el libro y la respuesta que di: “Valora el personaje de Conchi (la novia del Javier Cercas personaje) y explica qué función cumple en la novela: Para mí (rememoro y falseo, casi con total seguridad, pero no traiciono la esencia de lo que allí escribí; mi antiguo profesor quizá podría añadir algo a estas líneas, contando con que las lea, que me recuerde y, lo que es aún más improbable, que recuerde aquel examen y aquella respuesta), el personaje de Conchi es un soplo de aire fresco que permite oxigenarnos del sopor del que somos víctimas durante muchos tramos de la novela de Cercas… Y es que Conchi, uno de los personajes que no tiene una base real en Soldados de Salamina, me parece el más creíble de todos ellos”… ¡así era y así soy yo! Adorable, ¿verdad?
[5]Roberto BOLAÑO: “Preliminar. Autorretrato”, en Entre Paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama (2004).
[6]“[…] prisas, urgencias, pero sobre todo carencia de dinero (ya sabes, para comprar tiempo)”, le decía Bolaño a Antoni García Porta en 1982 a propósito de la novela que estaban escribiendo a cuatro manos. A.G. PORTA: “La escritura a cuatro manos”, en Roberto BOLAÑO y A. G. PORTA: Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Acantilado (2008).
[7]¿Para qué soñar si no lo hacemos a lo grande? Los sueños, sueños son, y casi todos acabamos espabilando; la vida, que se empeña en ser un despertador implacable.
[8]Muy a su pesar, claro: “[…] también me encantaría encontrar a una marquesa para ir a actos sociales y no tener necesidad de trabajar, como le pasó al escritor Truman Capote”. En Almudena MONTAÑO: “L’entrevista. Roberto Bolaño Ávalos”, Actual, 46 (1998).
[9]Aunque no me avergüenzo de ellas, al contrario; sólo me avergüenzo de las cosas que no he hecho, o de las que no he dicho y tendría que haber verbalizado, o de las que no he pensado y tendrían que habérseme ocurrido. “Recuerda la persona que fuiste para saber la persona que quieres llegar a ser”, le dice Claire Bennet (Hayden Panettiere) a Noah (Jack Coleman), su padre adoptivo, en el episodio 4 de la cuarta temporada de la serie Héroes (2006-2010); máxima que tengo grabada a fuego.
[10]Bueno, eso y estar formado en filología, teoría de la literatura y literatura comparada (lo que supone leer mucha Literatura, aquí sí es imprescindible la mayúscula, y mucha metaliteratura, casi tan importante ésta como aquélla). Una formación, regulada o autodidacta, por cierto, que nunca acaba…
[11]Pues leyendo, y no a zafonesallendescoelhos o etxebarrias precisamente… la gente que lee estas cosas, y las cita, y las pondera, y las analiza como si tuviesen el Ulises entre manos, me saben a cerdo en salsa agridulce: por una parte, me enerva que haya voceros de tales artefactos (plagios, como concepto, los llamaba Bolaño; a algún poemario de juventud de Etxebarria también lo llama así la Justicia…); y por otra, me muero de la risa por la distancia existente entre el tono de entendido en la materia que pretenden darle a su discurso y la boñiga que tienen entre manos. Vamos, que es como si yo me las doy de cinéfilo consumado pero me paso la vida viendo culebrones y elaborando brillantes teorías sobre ellos. ¿Que es lícito? Pues claro que lo es, pero los culebrones son lo que son y tú eres lo que eres. ¡Espabila, el despertador hace un rato que está sonando!
[12]De todo lo que se ha publicado póstumamente, sólo he comprado y leído las novelas 2666 y El Tercer Reich, y los cuentos de El gaucho insufrible, que se publicaron junto a Llamadas telefónicas y Putas asesinas en R. BOLAÑO: Cuentos, Anagrama (2010). Aunque no me gusta demasiado la idea de las publicaciones póstumas (por aquello de qué pensaría el escritor, si hubiese hecho cambios, si era su deseo que se publicaran, y el hecho de que a lo mejor crees que estás leyendo a Bolaño y te encuentras leyendo a un negro o a su editor o vete-a-saber-a-quién), me estoy pensando adquirir también El espíritu de la ciencia-ficción, pero más por el título y por las posibles imbricaciones con Los detectives salvajes, ¡ay, la nostalgia!, que por un interés real por mi parte.
[13]Todas ellas fueron publicadas por Anagrama y Jorge Herralde, salvo la última, que fue publicada por Seix-Barral, pero que finalmente fue eliminada de su catálogo debido al escaso éxito de la primera edición (otro traspié de la editorial, que años antes ya se había quedado sin Cien años de soledad, de García Márquez). La literatura nazi en América fue reeditada, en 2010, por Herralde en Anagrama.
[14]En este sentido, y en el caso del personaje de Carlos Wieder, me sorprende que ningún estudioso de la obra de Bolaño tenga en cuenta el influjo de la figura de Kurtz, de El corazón de las tinieblas. Las voluntades de hierro de ambos personajes son causantes del horror absoluto, si bien Kurtz carece de la finalidad estética de Wieder. Ambos son tan sólo una presencia, una voz, una leyenda, un dios, lo que un tercero nos cuenta, generalmente horrorizado, sobre ellos, hasta que finalmente acaban corporeizándose: Kurtz, después de que remontemos el río Congo a lomos de los recuerdos de Marlow, y Wieder, en la localidad costera catalana de Blanes tras acompañar en su búsqueda a Abel Romero y a Arturo Belano. Durante ambos viajes somos testigos de la atrocidad de sus obras.
[15]Ver nota 1.
[16]Ver nota 18.
[17]Georges BRAQUE: El día y la noche. Acantilado (2001).
[18]Roberto BOLAÑO: “Literatura + enfermedad = enfermedad”, en Cuentos, Anagrama (2010).
 

46. El club de los mentirosos

 

Todos mienten por una razón: funciona.[1]
 
 
 
 
 
Hace unos meses que leí El club de los mentirosos, de Mary Karr, y desde entonces quería escribir algo sobre él. El libro en cuestión, que formaba parte de la heterogénea compra que hicimos con motivo de la última Diada de Sant Jordi (fue adquirido junto a títulos de Ian McEwan, David Foster Wallace[2], Ernest Cline[3] y un par más para nuestra hija Júlia), fue publicado en 1995 y, pese a aunar éxitos de crítica (elegido libro del año, entre otras publicaciones de prestigio, por The New York Times) y público, no hemos podido disfrutar de su traducción hasta el pasado octubre de 2017[4].

Considerado por la propia autora como unas memorias[5] (“cuando el destino te pone en bandeja unos personajes así, ¿para qué inventar nada?”), El club de los mentirosos se centra en un periodo de la infancia de Karr, transcurrido entre un pueblo de Texas, Leechville (leech significa ‘sanguijuela’, con lo cual ya podemos hacernos una idea de qué podemos encontrar tras este topónimo inventado), dedicado casi en exclusiva a la explotación de pozos petrolíferos, y otro de Colorado. Y es a través de los ojos de la pequeña Mary Marlene (Pokey, para su padre) como iremos conociendo a su familia y sus circunstancias: su padre, un obrero del petróleo y sindicalista, tan simple y rudo como una bestia, pero cálido con todo lo relacionado con su hija pequeña, su ojito derecho, líder natural de sus semejantes, alcohólico, jugador, pendenciero y, por encima de todo, gran narrador y creador de anécdotas ficticias; Lecia, la hermana mayor de Mary Marlene, que avanza a marchas forzadas hacia el cinismo característico de la vida adulta en detrimento de la inocencia propia de la infancia, sostén de la familia y tan tirana con su hermana pequeña (a fin de cuentas, es la mayor y más fuerte) como cómplice de ella; la terrible, despiadada y terrorífica abuela Moore (no quiero desvelaros nada sobre ella por si decidís aventuraros a leerlo); y, por encima del resto de miembros de la familia, la para mí inolvidable Charlie Karr, la madre de Lecia y Mary y gran protagonista del libro, tan alcohólica o más que su marido, tan imperfecta como heroica (¡tan real!), psicótica, con un pasado capaz de estremecer los cimientos de su familia cada vez que vuelve a él (¡casada en siete ocasiones!), víctima de la frustración del presente, aquejada de un bovarismo casi de manual, depresiva y obsesionada con la cultura (la suya y la de sus hijas), artista, desesperante e indignante por igual, y al final, entrañable a su manera.
 
El otro gran pilar sobre el que se sostiene El club de los mentirosos, al margen de la complejidad de los miembros de la familia Karr, son los hechos que se narran, muy capaces por sí mismos de satisfacer la curiosidad morbosa con que gustamos de asomarnos, con disimulo, a la vida de los otros: la agonía previa a la muerte, el alcoholismo, peleas, obscenidades varias, tiroteos, suicidios, abusos sexuales, huracanes e incendios devastadores, plagas de insectos y de reptiles… en definitiva, algunas luces y muchas sombras con las que deleitarnos… ¡Esperad, esperad!, ¿he escrito “los hechos que se narran”? Perdonadme, ahora mismo me aplico un correctivo de cien latigazos como mínimo. Sí, desde luego, qué se narra tiene su importancia, pero el gran logro de la autora es cómo narra esos hechos: con una habilidad narrativa sorprendente mezcla oralidad con lirismo[6] (¡menuda poeta de odas y madrigales nos ha salido la buena de Mary Karr!), lo cual dota al libro de frescura y verosimilitud, a la par que de entidad literaria. Además, todas las sombras que orbitan en torno a los Karr quedan pronto difuminadas, y es que, por muy trágico que sea lo narrado, no acabamos de sentirlo así. Al contrario, cada una de las desgracias suele ir seguida, o acompañada, de un estallido de humor o de ternura, o de ambos a la vez, y esto se consigue cediéndole el timón a la inocente y a la vez salvaje Pokey, entrenada como oyente en aquellas reuniones de adultos (a la salida del duro trabajo en la refinería, o mientras esperan pacientemente que algún pez muerda el anzuelo durante un día de pesca, o durante una partida de billar) donde se competía por contar la mejor historia, inventada, eso sí, y en las que su padre era un maestro. Ella nos presta sus ojos, y adoptamos como si fuera nuestra su propia inocencia, y así, de la mano, conjuramos los demonios invocados por cada una de las tragedias de las que somos testigos (pensándolo bien, estamos ante una Bildungsroman puesta del revés). Si tal como manifiesta la autora El club de los mentirosos le sirvió para sanar viejas heridas, creo que no me equivoco si afirmo que quien lee el libro sana con ella, tal es la capacidad de empatizar que despierta en el lector.
 
Por lo que respecta al título, que como ya se desprende de todo lo anterior remite a esas reuniones de amigos y compañeros de trabajo a las que la joven Mary Marlene acompañaba a su padre (por el mar corre la liebre; por el monte, la sardina; tralará), responde a la perfección a la intencionalidad de Karr cuando se decidió a escribir sus memorias y se convierte, a la vez, en una metáfora perfecta de la literatura misma: a través de la mentira, contar (y afrontar) la verdad. Por lo que a mí respecta, si os soy sincero, el título fue lo primero que me sedujo, pero no por lo que acabo de escribir, no tenía ni idea de qué iba El club de los mentirosos ni de quién era Mary Karr cuando decidí que formaría parte de nuestra Diada de Sant Jordi (luego ya sí, que a estas alturas acumulo años y lecturas suficientes como para andar gastando mi tiempo y mi dinero en “grandes historias que te llegan al corazón”… ¡aparta de mí este cáliz!), sino porque la idea de un club formado exclusivamente por mentirosos me remitía a algunas reuniones de trabajo a las que, por desgracia, he tenido que asistir (desde que soy un trabajador cualificado, han aumentado exponencialmente; lo curioso es que para mí son una putada, mientras que hay personas que venderían su alma al diablo con tal de ser invitadas a participar en ellas… ¡Ególatras insensatos!), ésas en las que se calla mucho y se habla poco, y lo poco que se habla suelen ser mentiras de las más lamentables, de las que revelan rostros y bajan pantalones por igual, de las que reducen la dignidad humana a mínimos vergonzosos. Pero la mentira forma parte de todos nosotros, es una de las características que nos hace humanos (pienso, por ejemplo, en el lenguaje de las abejas, incapaz de generar mentiras simplemente porque no las necesitan[7]), y todos mentimos, porque nos es útil para alcanzar nuestros objetivos, sean cuales sean: esconder una falta, destruir a alguien, ocultar un pasado, mantener una posición de privilegio u optar a ella, y un millón de razones más que no enumeraré. Lo único que podemos hacer, si tenemos un mínimo de conciencia, es no caer en los tipos de mentiras más detestables (a mí me molestan mucho, además de las anteriores, las innecesarias, aquéllas tras las que no hay ningún objetivo demasiado importante o claro, las que me hacen preguntarme “¿pero por qué me mientes en esto?”, pero yo es que soy así de rarito).

 

Sin embargo, pese a que mi primer acercamiento a las memorias de Karr partía de una premisa equivocada, pude leer el prólogo en la Red y lo que allí encontré me convenció de que debía formar parte de mi cesta de la compra. A mi manera, coincido con ella en la consideración de la literatura como terapia, algo sobre lo que ya he trazado alguna pincelada aquí[8]. Allí, Karr comparte las razones por las que se decidió a escribir algo tan personal y cómo se sintió al hacerlo: “nos resignamos extrañamente a ciertos episodios que antaño nos torturaron y estuvieron a punto de destruir nuestra familia, en cuanto fueron proclamados a los cuatro vientos. Llamadlo terapia de aversión, pero los acontecimientos calaban un pelín más hondo. Comprobamos que las heridas cicatrizaban mejor si las dejábamos al aire —si bien nunca fue ése mi propósito—. Nuestras catástrofes, tan lejanas, se volvieron asumibles. Es lo que los griegos llaman catarsis.” Y al hacerlo, se dio cuenta de que “conforme iban desapareciendo tabúes antiguos en mi familia aumentó vertiginosamente el nivel de sinceridad”. Para alguien como yo, culpable de innumerables crímenes por sincericidio, dar (¡por fin!) con alguien que prefería contar antes que callar supuso un importante espaldarazo. A fin de cuentas, ¿podéis decirme algo que haya solucionado el silencio? Ya sé que las palabras hieren, y que siempre permanecen, acostumbra a ser la excusa de los defensores del mutismo. Pero también sé que a las palabras que se han dicho, respondan a una realidad o a un simple calentón, siempre se les puede añadir otras que las dulcifiquen, las apacigüen o las justifiquen. Como ser poseedor de un lenguaje que soy, siempre que no me dejen otra alternativa, optaré por la palabra antes que por el silencio.
 
Claro que antes de contar todo lo que cuenta en El club de los mentirosos, Karr tuvo que someterse a la tiranía del consenso a la que tarde o temprano tiene que someterse todo aquél que escribe: “me encargué de prevenir a mi madre y a mi hermana Lecia de los sucesos que me proponía contar, y desde el principio la respuesta de mi madre fue: «Tú sácatelo todo de dentro, di que sí… Si a mí me hubiera importado alguna vez lo que piensa nadie me habría pasado la vida haciendo galletas y yendo a reuniones de la Asociación de Madres y Padres de Alumnos.»” Yo, por mi parte, siempre vivo con miedo de que algo de lo que escribo aquí sea malinterpretado o de que alguien que se vea reflejado se lo tome (muy) a mal. Al fin y al cabo, escribo un blog personal, que como su nombre indica, se nutre de mis propias experiencias, ideas y reflexiones. De hecho, hubo una persona que se leyó aquí y me lo reprochó. Y me hizo dudar de si lo que había hecho era correcto o no. Pero después de pensarlo fríamente llegué a la conclusión de que su nombre no aparecía en ningún sitio, ni era identificable para nadie que pudiese reconocer a tal persona (contando con que alguien que la conozca lea alguna vez mi blog y aquella entrada en concreto, cosa que dudo mucho). Y aunque era cierto que escribía sobre cosas en las que aquella persona había intervenido, también eran mis cosas, y como tales, hago con ellas lo que quiero (me parece cuanto menos inquietante el paso que hemos dado desde una posición de indignación a la de ofendidos por todo). Además de que, en ese caso concreto y sin que sirva de precedente, no escribía ninguna mentira (a lo mejor se debió a eso de que sólo le duele la sinceridad a quien vive en un mundo de mentiras, pero no sé si es esto es así ni me importa, la verdad). Así que, señoras y señores, concluyo diciendo que esto es un blog personal, y si no les gusta lo que leen, no lo hagan. Nadie les obliga a ello. Yo, por mi parte, no voy a dejar que nadie me censure (miento… ¿qué os decía sobre la omnipresencia de las mentiras en nuestras vidas? Todas las entradas de este blog le son leídas a la persona que elijo para ello antes de ser publicadas, y sus opiniones y puntualizaciones son escuchadas, valoradas y tenidas o no en cuenta finalmente), y mucho menos sin que haya necesidad de ello.

 


 

[1]Palabras del doctor Gregory House, el personaje interpretado por Hugh Laurie. Ya es revelador de por sí que la famosa serie se abriese con un episodio titulado Everybody lies (uno de los mantras habituales de House) y se cerrase con otro titulado Everybody dies: la conexión entre la mentira y la vida, y la vida y la mentira, se mantiene hasta que la muerte sobreviene.
[2]Karr y Wallace mantuvieron una relación amorosa, y según se cuenta, ella sirvió de inspiración para el personaje de Madame Psychosis en La broma infinita. Lo curioso del caso es que yo desconocía toda esta información en el momento de la compra de los libros. ¡El mundo y sus felices casualidades!
[3]Ready Player One es la viva muestra de que no se sale airoso con sólo apelar a la nostalgia. Eso sí, estoy seguro de que muchos ochenteros encontrarán placentero reencontrarse con muchos de los juegos de ordenador y las películas con que se deleitaron en su infancia. Pero la novela de Cline no es más que eso, un pastiche, un continuo de relaciones intertextuales incapaz de abrirse su propio camino. Para que nos entendamos, no es otra Stranger Things.
[4]Mary KARR: El club de los mentirosos. Traducción de Regina López Muñoz. Periférica & Errata Naturae (2017).
[5]Voy a evitar iniciar una discusión sobre el género al que pertenece el libro de Karr (que si memorias, que si autobiografía parcial, que si autoficción, que si…), porque al final resulta peregrina y sería meterme en un jardín. Si ella misma lo califica de memorias, pues que así sea.
[6] Captada con maestría por la traductora, Regina López Muñoz (al César, lo que es del César).
[7]Y pienso en mi profesora de lingüística y en el día que se puso a imitar cómo se comunican las abejas en medio de una clase. ¡Dios, qué buen rato pasamos y cómo llegamos a reírnos!
[8] Ver en este mismo blog la entrada titulada Apuntes sobre el suicidio.

 

39. ¿Lecturas para el verano?

¡¡¡PAREN EL MUNDO, QUE ME QUIERO BAJAR!!!
Mafalda
 
 
 
Si algo tiene la actualidad es que, con demasiada frecuencia, nos proporciona motivos de sobra para desear empaquetarlo todo y mudarnos a algún lejano y recóndito rincón de la galaxia, apartado de todo aquello que nos parezca, ni que sea remotamente, humano (hoy mismo sería un buen momento para hacerlo: la [in]justicia española, la sentencia por abuso en lugar de por violación en el juicio de La Manada, el escándalo de abusos y violaciones que salpica a alguno de los encargados de otorgar el Nobel de Literatura… vale, no sigo). Por desgracia, no está a nuestro alcance poner tierra de por medio de este modo, así que lo único que nos queda es refugiarnos en la ficción; en la literaria, en mi caso concreto.
Y en esta tesitura me encontré yo el pasado mes de agosto, cuando a la paternidad recién estrenada, a los (demasiados) días de hospital, al primer mes de convivencia con ese ser menudo que irrumpe con la fuerza de un huracán en tu vida y al terrible calor estival, les tuve que sumar las reacciones y comentarios xenófobos a raíz del atentado en Barcelona del día 17 y la matraca a favor o en contra de una independencia que ya se intuía que iba a acabar tomando un derrotero poco agradable más pronto que tarde. Y aunque para lo primero estaba preparado, porque todo lo relacionado con la paternidad era sabido y deseado (bueno, no todo era deseado ni sabido, ya se entiende, pero todo supone parte del precio a pagar por ser padre), y contra el calor no se puede hacer nada salvo conectar el aire acondicionado, vestirte con ropa fresquita y tirar de comidas y bebidas refrescantes, lo segundo ya me fue del todo intolerable, y el asco que me dan los xenófobos y la modorra que me provocan tanto los independentistas como los unionistas unidimensionales hicieron que me plantease abandonar el mundo como se lo plantea Mafalda en esa famosa viñeta con cuya cita inicio este post.
La verdad es que, como cada verano desde que me lo compré, y hará ya tanto tiempo que lo hice que no recuerdo cuánto lleva esperándome en mi mesita de noche (además de los clásicos, en sentido etimológico, de mi época de estudiante, como “El nadador”, creo que únicamente he leído los tres o cuatro primeros relatos), tenía pensado leerme los Cuentos completos de John Cheever[1], máxime teniendo en cuenta que aún me quedaba un mes de vacaciones (cosas de que se solapase la baja por paternidad con las vacaciones de verano). Y es que el volumen es tan completo, que me resulta imposible transportarlo cada día de casa al trabajo y del trabajo a casa, y se me cansa el brazo cada vez que me pongo a leerlo en la cama o en el sofá, razón por la cual ha pasado a ser “un libraco para el verano”; cosas de la edad, que no perdona, pues siendo adolescente seguí el mismo método de lectura con El Señor de los Anillos en una edición parecida, la de Círculo de Lectores, quizá más larga y más pesada, y no tuve estos problemas. Sin embargo, dado que lo que buscaba por aquel entonces era escapar de este mundo, poco útil me iba a resultar alguien cuyos relatos se centran, en su inmensa mayoría, en la vida y las miserias de la burguesía acomodada estadounidense. Para eso, mejor seguir sintonizando las noticias. Unas vacaciones más, “el Chéjov de los barrios residenciales” (qué mentes tan privilegiadas las que se inventan estos sobrenombres) tendría que esperar…
Así las cosas, creo que no volví a pensar en qué lectura podría ser el Leteo adecuado donde saciar mi sed hasta pasados unos días (con un bebé de un mes en casa no es que dispongas de demasiado tiempo libre, ni siquiera para pensar, y no creáis a quien os diga lo contrario), y ese pensamiento se abrió camino de la forma siguiente: andaba yo en plena adoración contemplativa[2]de mi hija cuando me puse a imaginar cómo serían las Navidades con ella, y el Carnaval, y el día de Sant Jordi… en definitiva, todas esas festividades que siempre me han gustado pero que, con el paso de los años, no sabría decir por qué (¿desilusión?, ¿pérdida de la capacidad de sorprenderme?, ¿imbecilidad profunda crónica y degenerativa?), van perdiendo un poco de chispa. Y tener una hija supone, en buena medida, volver a vivir esas fiestas con la ilusión de cuando eras niño: harás lo posible (ya lo hemos hecho durante sus primeros meses de vida) por que tu hija se encuentre con la atmósfera adecuada para que esos días formen parte de los mejores de su vida (no importa que no se vaya a acordar, las bases ya han quedado sólidamente sentadas este año, y habrá testimonios que así se lo atestigüen en un futuro), y, de paso, y esto quizá es lo mejor porque sucede sin ser consciente de que también lo haces por ti, de la tuya. Y así estaba yo, imaginando que volvía a ser un niño que hacía cagar al Tió de Nadal o que se disfrazaba de superhéroe, cuando me acordé de una colección de novelas de ciencia ficción, Albedo creo que se llamaba, que mis padres me compraron siendo yo un preadolescente (si hay algo que motiva a un joven ávido de lecturas, son esos “libros de adultos” que caen en sus manos mientras sus compañeros y amigos, con suerte de que lean, aún se entretienen con El Barco de Vapor[3]). En principio, pese a que no recordaba exactamente de qué iba cada una de ellas, todas cumplían los requisitos esenciales que buscaba; a saber, una acción que se desarrollara en mundos lejanos o en un planeta Tierra postapocalíptico (¡libre de xenófobos y miopes sociopolíticos!) y que, además, tuviesen cierta entidad literaria: con el tiempo, pero no así en el momento en que los leí por primera vez, qué curioso es el diálogo que mantenemos con los libros que nos pertenecen a lo largo de nuestra existencia, supe que ocho de los nueve escritores cuyas novelas formaban parte de la colección eran grandes tótems de la literatura de ciencia ficción[4](a mí me faltaban Asimov y sus novelas dedicadas a la Fundación[5], Philip K. Dick y, sobre todo, esto lo dice la persona y el editor que soy hoy, alguna voz femenina como la de Ursula K. Le Guin, de quien pienso comprarme, cuando baje el precio desmesurado que tiene la nueva edición de Minotauro, Los desposeídos). ¿Qué más podía pedir?
 
 
 
Así que, en tandas de dos, y aprovechando cualquier visita que les hiciera, fui trasladándolos de casa de mis padres a la mía (mamá, algún día acabaré de llevarme todos mis libros, lo prometo, aunque tenga que comprarme otra casa para poder meterlos todos). Y desde entonces, he dedicado mi tiempo de lectura[6]a la perturbadora serie de relatos que conforman las Crónicas marcianas, de Ray Bradbury; a Ender el Xenocida, de Orson Scott Card, tercera novela publicada de la saga de Ender y que significó mi iniciación en el universo de los protectores de la Tierra; a la censurada por las leyes franquistas Forastero en tierra extraña, de Robert A. Heinlein; a la conmovedora Flores para Algernon, de Daniel Keyes; a la clásica entre las clásicas Dune, de Frank Herbert; a Neuromante, de William Gibson, fundadora del subgénero del cyberpunk y primera de las tres novelas que forman parte de la llamada Trilogía del Sprawl, cuyo germen hay que buscarlo en el relato anterior “Johnny Mnemonic” (algunos habréis tenido la mala suerte de ver la versión cinematográfica protagonizada por Keanu Reeves…); a la apocalíptica Cántico por Leibowitz, única novela publicada en vida por Walter M. Miller; y a Pórtico, de Frederik Pohl, una de las grandes novelas de ciencia ficción de todos los tiempos y primera de la saga de los Heechee.
Y a la primera conclusión a la que llego después de volver de mi retiro narrativo y poner los pies en este mundo es que, sin ser plenamente consciente de ello, siempre he tenido muy buen gusto literario (¡bye, bye, modestia!). Es evidente que no soy el mismo lector ni la misma persona hoy que aquel joven yo que leía por primera vez las novelas en cuestión, y que ahora soy capaz de fijarme en cosas que entonces no sabía ni que existían, por eso mi juicio es mucho más severo y está mejor fundamentado, y la posibilidad de que una novela me sorprenda o me atrape es mucho menor (vamos, que no pierdo el tiempo con cualquier chuminada). Y aun así, puedo decir que he disfrutado como un chiquillo con la relectura de todas ellas.
La segunda conclusión a la que llego es que, por mucho que se quiera escapar de este mundo, estamos atrapados en él, y no hay salida. La ciencia ficción, la buena ciencia ficción, es narrativa de calidad (sí, ya sé que los puristas ahora mismo estarán mesándose los cabellos… pero que tengan en cuenta que un don nadie de esto de la literatura como Borges ya se encargó de dignificar este “subgénero de género menor” hace unas cuantas décadas…), y como tal narrativa de calidad, se dan en ella múltiples capas significativas, desde las más superficiales (como puede ser una invasión extraterrestre o alguna guerra interplanetaria por el control de la galaxia) hasta las más profundas (como podría ser un esclarecedor análisis de la condición humana). Y es que no hay nada como elevarse hasta las alturas infinitas y tomar distancia para estudiar eso que se ha dado en llamar el género humano. Así, en las novelas de la colección Albedo que hoy os recomiendo, se experimenta la soledad y la pequeñez del ser humano; se sobrevive a la guerra y se perece en ella; se siente el impulso autodestructivo que siempre nos ha caracterizado y que, al parecer, siempre nos caracterizará, hasta que acabemos por destruirnos a nosotros mismos y al planeta que nos da la vida, víctima inocente de nuestra voracidad insaciable; nos aplasta el sentimiento de culpa; nos acongoja lo desconocido; nos abruma nuestra responsabilidad personal en el devenir de la historia; vislumbramos las consecuencias de la ultratecnología y la informática; y reflexionamos, sobre todo reflexionamos, sobre la religión, la política, la familia, la sexualidad, el racismo y la xenofobia, el poder, el medio ambiente, la experimentación científica con seres humanos y la eugenesia…
Supongo que debo darme por vencido, no hay isla en este mundo ni rincón en la galaxia donde encontrar escapatoria. Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, como dijo el primer Wittgenstein, y el mundo es el límite de toda narración. Como producto humano que es, la literatura sólo puede hablar de lo humano, y así debe ser. Hasta que podamos viajar más allá de las palabras.


[1] Por cierto, la edición que tengo se vende en Amazon a partir de… ¡372,71€! ¡Válgame Dios!
[2] Adorar y contemplar son dos verbos que se adueñan de tu cotidianidad una vez que eres padre o madre, y la verdad es que no encontrarás una ocupación mejor que la de adorar y contemplar a tu bebé.
 
[3] Sin ninguna intención de menospreciar, en absoluto, una colección de libros que ha alimentado los sueños de la infancia de muchos niños, entre los que sin duda me cuento. Aún recuerdo perfectamente lo enganchado que me tuvieron, por ejemplo, Kavik, el perro lobo y Assassinat a la casa de nines, ambos de la serie roja y leídos cuando me correspondía por edad, diría yo, la serie azul o la naranja, y que si no están todavía por casa de mis padres, significa que acabaron en la bolsa que le preparé al nieto de mi vecina con todas las lecturas de mi infancia y juventud hará ya unos años (¿error?).
 
[4] El noveno en discordia es Javier Negrete, contra quien no tengo nada en absoluto, y cuya novela, La mirada de las furias, me gustó (aunque es la única que no he releído, la verdad). Sin embargo, creo que el hecho de que forme parte de la colección se debe más a eso de hacer país que a que en realidad esté a la altura del resto de grandes nombres (todos ellos, ganadores de los premios Nébula o Hugo, o de ambos). Y menos mal que Negrete es madrileño, imaginad por un momento que hubiese sido catalán: ¡la que hubiese liado Ciudadanos en el Congreso con eso del adoctrinamiento!
 
[5] Ya había pensado en las novelas de Asimov, incluso me dije que serían las siguientes una vez que acabase la colección, pero en algún sitio leí que HBO (¿y dirigida por Nolan?) preparaba, por fin, una serie sobre la saga de la Fundación que se estrenaría en breve (¿2018 o 2019?), así que decidí esperar a releerme las novelas hasta que el estreno tuviera fecha. A día de hoy, no he vuelto a leer nada al respecto, y ya pienso, incluso, que lo he soñado. Lo cual me jodería bastante, la verdad, porque procuro que todos mis sueños sean de naturaleza sexual.
[6] En realidad, miento como un bellaco; además de las novelas de la colección Albedo, he leído muchas cosas más, y eso que, como decía antes, mi tiempo de lectura se ha reducido considerablemente; por poner sólo algunos ejemplos: unos cuantos (muchos) relatos y novelas cortas de Lovecraft (¡magnífica la edición de su narrativa completa que puso en el mercado Valdemar y que ahora han vuelto a reeditar!); HHhH, de Laurent Binet; un par de novelas de Houellebecq (¡qué loco está este tío y qué vergüenza da leerlo en el tren!); algún relato de Schwob; El Hobbit, porque Peter Jackson me había robado el recuerdo cándido que guardaba de él; La conjura contra América, una de las novelas que me faltaba por leer de Philip Roth; un libro sobre escritura creativa; El punto ciego, un interesante librito que reproduce las conferencias acerca de su propia literatura y de la literatura en general que dio Javier Cercas durante su estancia en Inglaterra; y ahora tengo entre manos los libros que nos regalamos mi pareja y yo con motivo del día de Sant Jordi… creo que ya estoy listo para crear mi propio club de lectura, ¿no?

37. The Leftovers

A los pocos que me aman y a quienes yo amo, a los que sienten más que a los que piensan, a los soñadores y a los que depositan su fe en los sueños como únicas realidades, ofrezco este Libro de Verdades, no como Anunciador de Verdad, sino por la Belleza que en su Verdad abunda, haciéndola verdadera.

Edgar Allan Poe: Eureka, un poema en prosa (1847). 

 
I believe in love and I live my life accordingly
But I choose to let the mystery be. 
 
Iris DeMent: “Let The Mistery Be”, en Infamous Angel (1992). 

 

Me hubiese gustado empezar este post diciendo que todo fue fruto de la casualidad, que una de esas extrañas coincidencias con que a veces nos premia la vida propició que nos encontráramos. Sería bonito, y mucho más poético, por supuesto, pero no sería verdad. La realidad, como sucede siempre, es mucho más prosaica.

Así que arranco de nuevo: sumido en el vacío existencial que separa el final de una serie del inicio de otra, o en el compás de espera previo al estreno de la nueva temporada de alguna de las que ya sigo, ahora no lo recuerdo con exactitud, tras haber agotado o descartado todas las recomendaciones (no, esta vez no me fiaba de nadie que ponderase las bondades de tal o cual amiga o compañera como para lograr que me decidiera a tener una cita a ciegas), y como no soy persona de esperar a que las cosas sucedan como por arte de magia, sino que cuando quiero algo, hago todo lo que está al alcance de mi mano para conseguirlo antes de desistir, me lancé a la búsqueda de algún título que sirviese para rellenar ese tiempo de ocio que paso frente al televisor.

En consecuencia, como muchas otras veces, acabé acudiendo a HBO, mi página de citas preferida y productora de la que guardo un mayor número de series en mi corazoncito. A nadie engaño si digo que con A dos metros bajo tierra, Los Soprano, Carnivàle y Juego de Tronos mantuve (y mantengo en el caso de la última, aunque la sitúo un peldaño por debajo de las dos primeras) unas relaciones tan intensas y placenteras que creo que jamás las olvidaré. Son de esos amores que duran toda la vida. 

Claro que su método no es infalible: Treme acabó ahogándose en el Misisipi antes de llegar al final, de True Detective me quedo tan sólo con la interpretación de McConaughey en la primera temporada, The Newsroom me parece un artefacto para que los estudiantes de periodismo se masturben, y con The Wire, no sé por qué, no me acabo de atrever1; pero comparado con los empleados por el resto de productoras, con cuyas creaciones, salvo benditas excepciones2, no he mantenido relaciones de mucho más de una noche, HBO casi siempre es garantía de éxito, ni que sea por el cuidado que pone en cada uno de los detalles de sus producciones, te gusten más o menos al final. 

Así las cosas, buscando entre todo lo que había disponible, me di de lleno con The Leftovers, que por aquel entonces constaba de dos temporadas. Y la verdad es que las críticas eran de lo más dispares: desde gente que se declaraba cautivada por la serie y la calificaba como obra de arte (la minoría, la verdad), a gente que la había descartado después de los primeros capítulos o la primera temporada (¡o incluso en el capítulo piloto!) y la calificaba de paja mental sin sentido y aburrida. Además, planeaba sobre ella el rumor de que quedaría inacabada porque en Estados Unidos no había obtenido la audiencia esperada (ni aquí, donde en escasos foros se hablaba de ella). En lo que a mí respecta, con toda sinceridad lo digo, ni las críticas positivas ni las negativas me importan demasiado, tanto las dirigidas a lo que hago yo (el otro día Julia Otero decía que para que una crítica negativa no te destroce, no debes darles alas, y a su vez, a las positivas, tampoco, y creo que está en lo cierto e intento aplicármelo siempre que se dan ambos casos) como a lo que hacen los demás, soy de los que prefieren formarse su propio juicio, aunque en este caso concreto me parecían más sólidas las pocas que leí a favor que las muchas en contra (por supuesto, siempre hay que tener en cuenta quién es el crítico, sus conocimientos de la materia, cómo expresa sus juicios, etc.); en cuanto a que la productora dejase la serie inacabada, con el precedente de Carnivàle muy presente, tampoco me preocupaba en demasía. Para mí es mucho peor estirar la goma hasta que acabe por romperse, así que más vale un buen final en mano (no nos engañemos, el formato serie, a no ser que tenga un gran número de seguidores detrás que garanticen la continuación, suele cerrar cada una de sus temporadas con un buen final, aunque no sea el definitivo ni el deseado), que cientos de capítulos volando con el fin de rentabilizar el producto tanto que no lo reconozca ni su padre. Y de esto existen numerosos ejemplos… 

En fin, sin más información que la que he relatado hasta ahora y con nada mejor que ver en aquel momento, desprovisto de unas expectativas demasiado elevadas, pero atraído por la atmósfera de rareza que todos los que habían visto la serie coincidían en señalar (qué le vamos a hacer, lo que encuentra acomodo en los márgenes de la normalidad siempre me ha parecido mucho más interesante que lo considerado normal, a todos los niveles y en todas las situaciones), me embarqué en un viaje que a la postre ha sacudido mis emociones como sólo lo había hecho antes la fascinante A dos metros bajo tierra. Y es que eso es The Leftovers, una experiencia emocional como nunca antes la hemos visto, desde los primeros segundos de metraje hasta los últimos. Para muestra, un botón: el capítulo piloto arranca con una mujer que habla visiblemente nerviosa por el manos libres (al parecer, intenta solucionar una inundación en el sótano de su casa) mientras prepara la colada en una lavandería automática y mece a su bebé, que llora desconsoladamente (los que somos padres sabemos cómo castiga el sistema nervioso el llanto de nuestros hijos, y conocemos muy bien eso de hacer veinticuatro cosas a la vez mientras intentamos que la criatura se tranquilice y deje de llorar). La acompañamos hasta su coche, la vemos colocar al bebé en el interior acorde a las normas de seguridad vial y, por fin, mientras ella se sienta en el asiento del conductor, llega el ansiado silencio. Pero siguiendo esa máxima que dice que cuando no oigas qué hace tu bebé, ponte a temblar, la mujer se gira para cerciorarse, quizá por última vez antes de iniciar la marcha y mientras le da una serie de instrucciones a su pareja, ahora el interlocutor, de que todo está en orden. Sin embargo, su bebé no está, se ha volatilizado apenas unos segundos después de que su madre fijara el Maxi-Cosi en el coche. El pánico entra en escena: los gritos de alerta y el desconsuelo de la madre se nos clavan en el corazón. Nos unimos a ella para pedir a gritos una ayuda que en nada puede ayudar. Sentimos casi tanto como ella la magnitud de su pérdida. En ese mismo momento, un niño llama a su padre, que también ha desaparecido. Es posible que sólo unos segundos antes se cogiera de su mano. El carrito donde llevan la compra que acaban de hacer, ya sin nadie que lo dirija, choca contra otro auto que se encuentra estacionado y provoca que se dispare la alarma. Un coche sin piloto embiste a otro. Una melodía empieza a alzarse entre tanto ruido, es la primera vez que una de las piezas compuestas por Max Richter nos pone los pelos de punta. Teléfonos que suenan sin respuesta, sirenas que se dirigen al desastre. Fundido en negro. Llamadas de emergencia. El caos absoluto, la desesperación, el horror. Arranca The Leftovers. Tres años después.

He escrito expresamente lo de “tres años después” porque muchas de las críticas negativas que he leído sobre la serie se centran en el hecho de que no se explica por qué desaparece la gente ni por qué desaparecen esas personas en concreto y no otras. Y aquí sería necesario tener unas nociones de narratología que al parecer todo el personal que se dedica a esto de la crítica pseudoprofesional no tiene. La desaparición un 14 de octubre del 2% de la población mundial (¡poca broma, hablamos aproximadamente de unos 140 millones de personas en todo el planeta!) no es otra cosa que el motivo narrativo que impulsa a The Leftovers, es decir, un acontecimiento que pone en movimiento la trama, la excusa imprescindible sobre la que edificar la serie. Motivos narrativos hay muchos: que un desconocido entre en el bar de un pequeño y tranquilo pueblo, que unos adolescentes de la Alemania nazi descubran el swing, que a un profesor de química de secundaria le diagnostiquen un cáncer terminal, etc3. Así que, en el caso de la serie que nos ocupa, poco o nada debería importarnos qué pasó y cuáles fueron sus causas, porque nunca es su intención dar respuesta a esas incógnitas. Y no será que no nos lo dicen constantemente: sólo en el capítulo piloto hasta tres veces y tres personajes distintos afirman con rotundidad que nunca sabremos con certeza qué pasó… pero nada, la audiencia becerril (y que me perdonen los becerros del mundo) sigue viendo capítulos, erre que erre, para ver si se desvela el misterio… 

Pero si soy sincero, vi la primera temporada, basada, según dicen, casi a rajatabla en la novela homónima de Tom Perrotta4 y quizá por eso la más floja de las tres (aunque tiene un par de capítulos absolutamente magistrales), con el miedo de que The Leftovers se pareciese más a la adaptación de una novela de Stephen King que a lo que en un principio prometía. Esto es, centrarse en el drama que supone la desaparición repentina de algunos de tus seres más queridos y en la lucha por seguir adelante pese a todo el dolor, la ira y la frustración que causa un fenómeno para el que no existe explicación (como sucede con los atentados, los accidentes o las catástrofes naturales que acaban con miles de vidas humanas). Porque de esto va el asunto, de un grupo de personajes completamente rotos que se encuentran en una sima emocional de la que no pueden escapar por la imposibilidad de pasar página, porque para ellos no hay duelo posible, ni individual ni colectivo: la religión y la ciencia, asideros tradicionales a los que agarrarse en busca de una explicación de lo inexplicable, se vienen abajo del mismo modo que se han venido abajo las vidas de cada uno de ellos en ese microcosmos que será durante la primera temporada la localidad ficticia de Mapleton, en Nueva York. De ahí que sobrevengan sectas y advenedizos, como el pertubador Remanente Culpable y el Santo Wayne. Y en medio de todo ello, el viejo orden del pasado que busca sobrevivir y volver a la normalidad, encarnado en los personajes de Kevin Garvey Jr., jefe de la policía y siempre al límite de seguir los pasos de su padre, internado por voluntad propia en un psiquiátrico; el reverendo Matt Jamison, que busca una explicación de por qué él, un hombre de Dios, no ha sido salvado; y su hermana Nora Durst, que trabaja para el nuevo departamento administrativo encargado de otorgar o denegar las ayudas a las personas cuyos seres queridos partieron repentinamente.

Con todo, The Leftovers no es una serie para todos los públicos, y esto se confirma a partir de la segunda temporada, que es cuando verdaderamente se puede decir que se libra del corsé de la novela en que se basa y despega hacia la genialidad5. Y el primer hecho significativo es el opening que dará inicio a cada capítulo: las terribles escenas que recuerdan a los frescos de la Capilla Sixtina son sustituidas por una serie de instantáneas de la vida cotidiana de personas anónimas en las que se han borrado los desaparecidos; y la sintonía de Richter, por el Let the Mistery Be de Iris DeMent (¡grandísima elección que deja atrás la castrante imaginería bíblica!). Además, si la primera temporada se centraba en Mapleton, Nueva York, la segunda se traslada a Jarden (¿del Edén?), Texas, pueblo rebautizado como Miracle porque ninguno de sus habitantes partió aquel 14 de octubre. Un lugar único, un axis mundi, una suerte de paraíso perdido donde estar a salvo de ser arrebatados. Pero como sucede con cualquier paraíso que se precie, no todo el mundo es recibido con los abrazos abiertos, y es que la entrada a este edén está protegida por muros y alambradas infranqueables. Resulta lógico, pues, dada la jugosa recompensa, que multitud de personas de toda clase y condición se hacinen a las puertas del pueblo a la espera de su oportunidad (¿te recuerda a algo, vieja y triste Europa?).

En Miracle, los Garvey entran en contacto con Erika y John, el matrimonio Murphy, y sus dos hijos adolescentes, y serán ellos los primeros que nos provocarán la sensación de hallarnos ante un peligro latente e inminente, de que no es oro todo lo que reluce, de que el pueblo tiene más de infernal que de celestial y de que el azar es más poderoso que la mano de ningún dios. De hecho, lo único milagroso que encontramos allí son los elementos fantásticos, cada vez más numerosos, más ambiguos y más desconcertantes (¡cuánto de David Lynch hay en la serie a partir de la segunda temporada!), que elevan el lenguaje narrativo y los recursos expresivos de The Leftovers por encima de lo que nos tiene acostumbrados cualquier producción televisiva o cinematográfica. Y todo ello enmarcado a la perfección entre dos grandes seísmos (el primero de ellos después de un fabuloso prólogo muy a lo Kubrick de 2001: Una odisea del espacio), distanciados entre sí por unas réplicas que sobre todo nos afectan a nosotros, los espectadores.

La tercera y última temporada se inicia, después de otro fabuloso prólogo que conecta con el presente, esta vez ambientado en el siglo XIX, a siete días del séptimo aniversario de la Marcha Repentina y en la antesala del apocalipsis en forma de un nuevo diluvio universal (y asistimos a un apocalipsis, que no os quepa la menor duda, pero en el sentido etimológico del término, el de ‘revelación’). Bien es cierto que el final de la segunda temporada ya era suficiente para concluir la serie (a mí ya me habría bastado) y que esta temporada olía a más de lo mismo, pero visto lo visto creo con toda sinceridad que lo han acabado de bordar, pero no porque se resuelvan todos los enigmas que quedan por resolver, la cosa nunca va de eso, insisto, sino como traca final de un espectáculo piromusical extraordinario que tiene lugar en Australia, una suerte de tierra prometida en la que convergen lo antiguo y lo moderno, y donde se traslada la trama tras los pasos de Kevin Garvey Sr. y su lento peregrinar. Además, los ocho capítulos que concluyen la serie abundan en el acertado recurso de la focalización variable que se adopta (¿y se entrena?) a partir de la segunda temporada, es decir, que cada uno de los capítulos, casi en exclusiva, se centra en uno de los personajes que nos han acompañado en este intenso viaje que es The Leftovers. Como si de un narrador diferente en cada capítulo se tratase, los hechos nos llegan a través del filtro del personaje que los vive (o los inventa, o los sueña, o vaya usted a saber qué), y esto es meritorio porque, pese a que pone a prueba nuestra fe en lo que se nos cuenta y supone un martillazo demoledor a esa máxima narrativa que dice Show, don’t tell, acaba funcionando, vaya si lo hace. Si todavía queda algún escéptico en la sala, que vuelva a ver el final y calle para siempre.

Como colofón, me gustaría señalar algunos de los factores que convierten a The Leftovers en una serie imprescindible (perseverando en los ya comentados y añadiendo algunos nuevos):

1. Supera el miedo al perdido de Damon Lindelof. Yo no he sabido hasta acabar de ver la serie que The Leftovers se debe a la persona que tanto amor y odio suscitó en su momento con Lost, y me alegro soberanamente. Perdidos es una de aquellas series que siempre ha provocado y provoca un sarpullido en casa, así que nunca hemos visto ni uno sólo de sus capítulos, y mucho me temo que de haber sabido que a ambas series las une tal parentesco, es muy posible que no le hubiese dado una oportunidad a la que protagoniza este post. Sí, todo el mundo tiene prejuicios.

2. Una tragedia griega moderna. La mayoría de las opiniones que se vierten sobre la serie enfatizan en que The Leftovers es el dolor hecho televisión, en que cuenta una historia desoladora a la par que apabullante donde la tristeza, la culpa, la frustración, la locura y la soledad son las verdaderas protagonistas. Y es cierto, el dolor que se nos muestra en pantalla lo sentimos como muy profundo y muy real, porque precisamente ése es su objetivo. ¿Esto la convierte en una serie oscura y, como dicen algunos, peligrosa en función de cuál sea tu estado de ánimo al enfrentarte a ella? ¿Quienes la han seguido con pasión y han disfrutado con ella son un poco masoquistas? Pues yo creo que no, y más bien me inclino por todo lo contrario: cuanto más jodido estés, más necesario es que veas The Leftovers. En cuanto a su método terapéutico, si se me permite que lo llame así, no tiene nada de novedoso, pues se remonta a la antigua tragedia griega: el espectador, mediante la experimentación del temor y la piedad, suscitada por la identificación con los personajes (¡cómo no nos vamos a identificar con ellos si, en mayor o menor medida, nuestros traumas se alimentan de las mismas ausencias, de las mismas dudas y temores, y de las mismas locuras individuales y colectivas que los de ellos!), llega a la catarsis, es decir, a la purificación de las pasiones que afectan a unos seres de ficción a lo largo de tres temporadas y a muchos de nosotros durante todas nuestras vidas.

3. El amor como motor y solución. El viaje que nos propone The Leftovers no se entiende sin la omnipresencia del amor, otro punto más a tener en cuenta para dudar de todas las opiniones que se centran en la negatividad de la serie. De hecho, este sentimiento es el motor que impulsa a los protagonistas y que soluciona el conflicto principal que se plantea: cómo pasar página a una situación traumática producida por la pérdida repentina de los seres a quienes más aman; y lo consiguen, para empezar, porque se aman a sí mismos y a los demás, por muchas dudas que alberguen todos ellos al respecto. Sin el papel capital que juega el amor en la serie, en definitiva, no podemos acabar de entender a sus complejos personajes (y si no los entendemos, ya me diréis qué sucede con una serie tan coral como ésta): Laurie, la exmujer de Kevin, actúa como actúa porque ama a su exmarido, a sus hijos y a sus nietos, a John, a Nora y al prójimo; y lo mismo podemos decir de Matt y el amor que siente por su esposa, por la idea de su paternidad, por su hermana Nora o por el mismísimo Dios. Incluso los personajes que se ganan nuestro odio a pulso, como la detestable Patti (o la Nora de algunos momentos), aman, y se ganan nuestro amor o, como mínimo, nuestra comprensión tan sólo un segundo después de que hayamos deseado que les suceda algo malo. Y como paradigma de todo esto que apunto, la relación entre Kevin y Nora, una travesía que se inicia en la primera temporada y que culmina con esos siete minutos de monólogo tan antitelevisivo con los que Carrie Coon, cómo se notan sus tablas en el teatro, acaba de enamorarnos a todos. En el camino, hemos visto cómo se conocieron, cómo se enamoraron, cómo lucharon juntos para superar su dolor y formar su propia familia, cómo se destruyeron mútuamente y, por último, una vez transcurrido el barbecho necesario, cómo recompusieron las piezas de un amor que habían saboteado. Y es entonces cuando llega la apoteosis de Kevin, quien lleva a cabo la declaración de amor más sincera y bonita que se le puede hacer a alguien: “Te creo”. “Porque estás aquí”. Y The Leftovers baja el telón.

4. Las interpretaciones y los cambios de focalización. Si bien The Leftovers, sobre todo al principio, es una serie que podríamos considerar coral, no sería la obra de arte que es sin las magníficas interpretaciones de los actores que le dan vida, tanto los que tienen un papel protagonista (Justin Theroux, Carrie Coon, Christopher Eccleston y Amy Brenneman), como alguno de los muchos secundarios (la grandísima Ann Dowd, Scott Glenn, Liv Tyler…) que transitan Mapleton, Jarden y/o Australia. “No sé si nosotros somos parte de vuestra historia –le dice el «fantasma» de Patti a Kevin sobre los Murphy cuando los conoce en la segunda temporada– o vosotros parte de la nuestra”, aunque se podría estar dirigiendo a cualquiera de nosotros, los espectadores, tal es la huella que imprimen en nuestros corazones. Y es gracias a esa fuerza que posee cada uno de ellos que la serie puede explotar uno de sus grandes recursos: el cambio de focalización. Esta herramienta narrativa permite enriquecer lo que se nos está contando, pues nuestra perspectiva gana en amplitud y dota al mensaje de una profundidad semántica que de otro modo jamás tendría.

No puedo cerrar este punto sin hablar un poco más de Nora Durst, el personaje interpretado por Carrie Coon, que debería servir de ejemplo de cómo crear un personaje absolutamente redondo. Sin duda, Nora es el personaje que presenta una mayor evolución, y eso que no lo tiene sencillo: parte de la peor situación posible, pues ella es la persona que más ha perdido en Mapleton, arrastra un complejo de culpabilidad que la hace refugiarse en el silencio y se muestra dura, fría y antipática desde el principio. Sin embargo, a medida que avanza la serie, y sobre todo a partir de la segunda temporada, la acompañamos en el intento de perdonarse a sí misma, pese a que durante muchos momentos no sabemos exactamente qué se tiene que perdonar: ¿no haber partido junto al resto de su familia?, ¿no ser digna de ser llevada?, ¿seguir con vida?, ¿tener la posibilidad de volver a empezar e intentar ser feliz?, ¿sentir la necesidad de olvidar a quienes tanto ama? Y ya en la tercera temporada, quien pasó de ser un personaje a la sombra de Kevin a coprotagonizar la serie se convierte en la protagonista absoluta de los últimos momentos que nos brinda The Leftovers y pone el broche de oro a la serie con el impresionante monólogo del que ya hablé antes. Fa-bu-lo-sa.

5. La renuncia a la búsqueda de respuestas. Como he dicho con anterioridad, quien espere respuestas puede renunciar a disfrutar con la serie. Al menos en lo que respecta a respuestas facilitadas por quienes la han creado. Aunque, a decir verdad, haberlas, haylas, pero sólo las podemos encontrar en nuestro interior, ningún agente externo viene a decirnos “Esto es así por H o por B”, no. Así que mejor será que hagamos caso a ese proverbio que dice que en el río encontramos cosas que no se hallan en el mar y echemos un vistacito a qué nos remueve por dentro lo que vemos en la pantalla. En este sentido, podemos decir que The Leftovers frustra de la misma forma que frustra la vida, donde abundan los enigmas y los porqués irresolubles, donde la ciencia y la religión tampoco lo abarcan todo, donde cada solución precisa de nuestra fe y suele ser la puerta de entrada a nuevos interrogantes, y donde cada uno de nosotros acaba por contarse la versión del cuento que más le convence para seguir adelante.

Sin embargo, The Leftovers es honesta con sus espectadores y ya desde el capítulo piloto nos advierte de que nunca sabremos las razones de todo lo que sucedió ni de todo lo que sucede, y esto se hace todavía más evidente en la segunda temporada con la incorporación de la canción de Iris DeMent al opening de cada capítulo (¡su letra nos recomienda dejar que el misterio surja, que se abra camino!). De hecho, uno de los méritos, a mi entender, de la serie es la inexistencia de la verdad y la mentira como conceptos categóricos, y que nos decantemos por una u otra depende en cada momento de nuestra necesidad. Y ésta es la clave de todo: la necesidad. ¿Qué necesitamos para seguir adelante? ¿Y para ser felices? ¿Y para tener fe o recuperarla? ¿Esto o aquello otro? No importa cuál es tu elección, si se trata de algo real o no, tampoco importa que sea algo absurdo o ridículo, se trata simplemente de que te agarres a ello con fuerza mientras te sea útil, y cuando deje de serlo, que lo sustituyas por otra cosa. Lo importante son ellos, lo importante eres tú, lo importante es su vida y tu vida, lo importante es vivir. Nada más importa. Y cuando la verdad no sea suficiente, echa mano de una mentira tolerable. Y luego de otra, y de otra… Y a esto se dedica el plantel de personajes de The Leftovers: a transitar de la verdad a la mentira y viceversa, y nosotros los acompañamos en su viaje. Kevin y Nora son los dos ejemplos más claros de esto que digo, pero no los únicos: Laurie abandona la aparente verdad inmutable del Remanente Culpable para, a través de la mentira y como una suerte de Santo Wayne provisto de buenas intenciones, aliviar el dolor de los demás con la complicidad necesaria de John; el reverendo Matt, por su parte, pasa de airear los trapos sucios de los desaparecidos para demostrar que no son personas dignas de ser salvadas, sin importarle a quién afecte esa verdad, a buscarle un significado a esa nueva palabra de Dios que debe ser descifrada y puesta en conocimiento de todo el mundo, aunque para ello él mismo deba escribir un nuevo evangelio (serán el “mismísimo Dios en persona” y la realidad de su enfermedad quienes le muestren una nueva –¿y definitiva?– verdad); el padre de Kevin sigue su verdad (la que le dictan las voces que sólo él oye) hasta que ya no le queda más remedio y el mundo inventado en el que él es protagonista lo devuelve a la cruda realidad…

Con todo, The Leftovers, pese a que no proporciona respuestas, tampoco deja que te desvíes demasiado del camino, y cuando existe un peligro real de que te pierdas, te reconduce a sacudidas, aunque sólo sea para volver a hacer que te extravíes: si decides depositar tu fe en aquellos personajes que se decantan por la hipótesis religiosa, los desenmascara descubriendo a falsos mesías, dioses que no son más que criminales charlatanes, milagros que tienen una sencilla explicación o presentándote a quien considerabas un creyente como un total descreído; si optas por ser fiel a Kevin y creerte sus alucinaciones o sueños o viajes al mundo de los muertos o a realidades paralelas, será el mismo personaje quien dinamite, y nunca mejor dicho, ese otro mundo dentro del mundo, y no sólo eso, sino que, como Christopher Sunday, el sabio aborigen convertido en Primer Ministro australiano, hace con él, te hará preguntarte qué haces ahí, por qué has seguido esa senda si en realidad no crees en ella; si, por el contrario, te alías con quienes se abrazan a la ciencia, descubrirás que no existe nada al margen del puro azar, y que la esperanza científica no es más que una gran absurdidad, una grandísima broma. Y para ello, nada mejor que hacer que aparezca el primo Larry interpretándose a sí mismo en el capítulo titulado “No seas ridículo”, el latiguillo que Balki hizo famoso en Primos lejanos a finales de los años ochenta y principios de los noventa, para demostrarnos que lo único ridículo somos nosotros por creernos semejante hipótesis…

Claro, todo esto hace que nos sintamos tan desvalidos como el padre de Kevin cuando le pregunta a su hijo en lo alto del tejado de una casa en Australia: “¿y ahora qué?”. Pues no lo sabemos, no hay certeza de nada en absoluto. O sí, si hay una constante en The Leftovers, se trata del amor, y con el amor se cierra un círculo que amenazaba con ser infinito. Y hete aquí de nuevo a Kevin y Nora y la ya citada última escena de la serie. Y hete aquí la que con toda probabilidad sea la mentira más bella jamás contada, y por boca del personaje que más fiel se había mantenido a la verdad: Nora Durst. Y como le sucede a Kevin, la creemos, no porque nos hayamos tragado un cuento sobre el que ya tenemos muchas sospechas de que es falso, sino porque necesitamos creerla y, sobre todo, ella necesita que la creamos. Y lo hacemos. Porque es mejor una mentira que nos permite vivir en el presente y mirar a un futuro posible que la verdad que nos mantiene anclados en el pasado.

6. El equilibrio entre narración y estética. The Leftovers es lo que es, además de por las interpretaciones de los actores que dan vida a la serie, gracias a los recursos narrativos y estéticos que emplea. Ya he hablado con anterioridad del cambio de focalización como uno de sus grandes logros, también me he referido, aunque sin entrar en detalle por no desvelar más de lo que ya desvelo, a esa realidad paralela que visitamos de vez en cuando junto a Kevin (¿imaginaria?, ¿onírica?, ¿subconsciente?, ¿límbica?, ¿interdimensional?), y a todo esto habría que sumarle una serie de recursos sin los cuales el mundo de la serie no funcionaría como funciona. Entre ellos, y utilizado casi a la par que la focalización variable y con su misma finalidad narrativa, destacan las anacronías (analepsis y prolepsis), que nos permiten viajar en el tiempo histórico de la serie e ir completando la información que nos falta. Además, hay que decir que, pese a algunas de las opiniones que se vierten por ahí (y con por ahí me refiero a Internet, el reino de los sabios), en ningún momento se rompe el pacto de ficción entre la serie y sus espectadores. Quien haya decidido entrar sin coraza ni prejuicios a The Leftovers no puede decir que es inverosímil lo que allí se cuenta. Quizá no sea un mundo perfecto, de acuerdo, pero sí es un mundo donde es posible, y casi inevitable, que suceda todo lo que sucede. Es un mundo raro, sí, pero creíble; diferente, pero también muy parecido al nuestro. Y eso se debe a que la compleja mitología propia en que se sustenta la serie se basa en una profunda red de referencias filosóficas, científicas y religiosas que todos reconocemos (¡anda que no estoy siendo generoso!), aunque utilizadas a menudo simplemente para ponerlas del revés.

Sin embargo, lo que de verdad sorprende de The Leftovers es lo cuidado de su estética, desde la banda sonora de la serie hasta la fotografía, pasando inevitablemente por esa apuesta tan antitelevisiva y poco moderna a priori de decidirse a contar antes que a mostrar en momentos absolutamente cruciales de la trama. Sin duda, la música compuesta por Max Richter para la serie eleva la expresividad de cada momento crucial y la emotividad de cada gesto y de cada personaje hasta cotas elevadísimas, y en esa función cuenta con la ayuda de la tan impecable como variada selección de piezas de otros compositores o grupos musicales: Schubert, Wagner, Verdi, Duke Ellington, Nina Simone, Simon & Garfunkel, Otis Redding, The Beach Boys, ABBA, Crowded House, Metallica, Coldplay… Y junto a todo ello, el excelente trabajo realizado en lo que respecta a la fotografía, que cuida todos y cada uno de los detalles de la estética de The Leftovers: los escenarios, los movimientos de cámara, el encuadre, la altura, la colocación y la dirección de los personajes, la iluminación, el color, las sensaciones que transmite cada plano…

En definitiva, es posible que pueda gustar más o menos (a estas alturas no hace falta que diga que a mí me ha fascinado y que intuyo que en un futuro será considerada como una serie de culto), pero lo que no se le puede negar a The Leftovers es la valentía de contarnos lo que nos cuenta de la manera en que lo hace. Sin embargo, como siempre sucede con la genialidad, le costará abrirse camino hasta el reconocimiento. Pero lo hará, no tengo la menor duda de que así será.

1. Ahora mismo estoy con la primera temporada de Deadwood y me está costando, no sé si por ser un wéstern, género que nunca me ha acabado de atraer; y tengo en cola Westworld, a la espera de su momento y, a poder ser, de que esté también disponible la segunda temporada por si la primera me engancha.
2. Sobre todo hablo de la grandiosa Breaking Bad (Sony); de las cuatro primeras temporadas de Dexter y las tres primeras de Homeland (Showtime); de la FOX me quedo con House, The Americans y la primera temporada de Fargo (y todavía dudo de si darle una oportunidad a Sons of Anarchy); y de Netflix, por supuesto, con Stranger Things y, salvo la última temporada, la quinta, con Orange Is the New Black (y a ver qué tal The OA, que todavía no he visto); y no me puedo olvidar, yo también tengo una faceta de cotilla, de Mujeres desesperadas (ABC) y de las carcajadas que nos pegamos mi pareja y yo con las andanzas de los Solís y con el personaje de Bree Van de Kamp/Hodge (¡genial!). De producción europea, me encantaron en su momento 1864 e Hijos del Tercer Reich, además de Roma Criminal. 1992 no estuvo mal, pero no me casaría con ella, y tengo pendiente Babylon Berlin.
3. ¿Recordáis la novela de Calvino Si una noche de invierno un viajero? Pues eso…
4. Traducida al español con el título de Ascensión. Y aunque no la he leído, si de verdad la primera temporada le debe tanto a la novela, me parece una pésima elección. ¡A ver cuándo somos capaces en este país de despojarnos de tanta imaginería cristiana! Leftover significa algo así como ‘lo sobrante’, ‘lo descartado’ y, por extensión, ‘lo inútil’.
5. De hecho, la primera temporada elige a sus espectadores como si de la selección natural se tratase; actúa como actuaba el primer año de carrera en algunas de las antiguas licenciaturas, seleccionando a aquéllos que llegarían hasta el final mediante la criba que suponía la acumulación de asignaturas-hueso en los primeros años del plan de estudios.
 

35. ¿Pienso luego existo?

Conócete a ti mismo es uno de los aforismos que daban la bienvenida a todas aquellas personas que, independientemente de su condición, acudían al templo de Apolo, en Delfos, para consultar el oráculo de la pitia en la antigua Hélade. Y ese mismo aforismo es utilizado por Julian Baggini, autor del “oscarizado” El cerdo que quería ser jamón[1], y Jeremy Stangroom para marcarnos el camino de entrada a ¿Pienso luego existo? El libro esencial de juegos filosóficos[2].
 
Como ya indica el título del libro, Baggini y Stangroom cuestionan la primera verdad indudable a la que llega el método cartesiano, el cogito[3], pero no para refutar nuestra propia existencia, sino para demostrar cuán ficticios pueden ser nuestros pensamientos, nuestros valores y nuestras opiniones. Y a todo ello se llega, no hay nada como edulcorar la píldora, a través de una serie de divertidos e ingeniosos juegos filosóficos[4]. No sé, en un mundo como el nuestro, donde proliferan los pensamientos únicos, no debería parecernos una cuestión de poca importancia.
 
En efecto, sumergirse en las páginas de ¿Pienso luego existo? es como ser Luke Skywalker adentrándose en la Cueva del Mal del planeta Dagobah[5], mítica secuencia de la saga galáctica que se nutre del mito de la caverna platónico, aunque se trate, en este caso, de un Platón invertido: tras completar los juegos que nos propone, lo único que encontraremos en su interior será lo que ya llevemos con nosotros. Por desgracia, su lectura no completará nuestro entrenamiento Jedi, pero sí que nos ayudará a tener un poco más claro qué pensamos en realidad y cómo pensamos.

Fotograma de Star Wars: Episodio V. El imperio contraataca.

Sin embargo, Baggini y Stangroom no se ocupan de toda la complejidad de eso que solemos llamar identidad personal. Se centran en la idea (errónea) de la incorregibilidad de lo mental, aplicada a la definición de nuestro yo. Los 12 juegos que conforman ¿Pienso luego existo? ponen a prueba los sólidos cimientos sobre los que creemos que se sostienen nuestras opiniones, analizan cómo funciona nuestra lógica de pensamiento y cómo construimos los silogismos de los que emanan nuestras deducciones, y examinan nuestras actitudes frente a Dios, nuestros tabús, y todo lo referente a la ética, la moral, el arte, nuestra propia existencia y nuestra libertad. En definitiva, se pone en duda todo aquello de lo que decía Descartes que no se podía dudar porque justamente dudamos, todo el material al que recurrimos habitualmente para decirnos a nosotros mismos y a todo aquél que nos preste oídos “así soy yo”.

Vale la pena preguntarnos, una vez llegados a este punto, si era necesario un libro como ¿Pienso luego existo?. De hecho, deberíamos formularnos esta pregunta ante todo libro que se publica, pero ésa es otra historia. En el caso que nos ocupa, el libro de Baggini y Stangroom, está claro que mi respuesta es afirmativa (de lo contrario, no le estaría dedicando un post en mi blog personal). Y es que, aunque parezca mentira, porque al fin y al cabo yo siempre es la persona de la que tenemos más información (aparentemente lo conocemos todo de yo: sus pensamientos más ocultos, sus fobias y sus filias, sus anhelos, sus miedos) y con la que más tiempo pasamos durante toda nuestra vida (¡nos entierran con él!), eso de conocernos a nosotros mismos no resulta nada fácil. Pensadlo bien, si lo fuera, quienes se dedican a la buenaventura hubiesen desaparecido hace tiempo de la historia de la humanidad, del mismo modo que los libros de autoayuda no inundarían las librerías ni figurarían entre los más vendidos del panorama literario (iba a escribir “de no ficción”, pero no sé yo…), por no hablar de los psicólogos, psicoanalistas y otros terapeutas de la mente humana que pagan sus facturas gracias en buena parte al desconocimiento de ese yo que a todos nos es tan familiar. Así que, ¡bienvenido sea el libro de los juegos filosóficos!

Pero aviso a hipotéticos navegantes, en ¿Pienso luego existo? nadie descubrirá su gran Verdad, ése es un trabajo que tenemos que hacer a lo largo de toda nuestra vida, pero sí que se encontrará frente a frente con muchas de sus mentiras. Como los propios autores nos advierten en la introducción:
 
[…] tras su lectura, bien puede ocurrir que el lector se descubra pensando que lo que piensa que piensa ya no es lo que pensaba. Y, al igual que esta última oración, esto puede resultar desconcertante, algo confuso, pero a fin de cuentas bastante divertido.
 

Y es cierto que eso es lo que sucede: los juegos te divierten, te desconciertan, te confunden y te sorprenden. Y además, añado yo, lo cual me ha resultado de lo más interesante, es muy posible que el lector-jugador se encuentre luchando consigo mismo para no hacer trampas. Me explico: en todo momento, o al menos a partir del primer juego, “El chequeo filosófico”, uno es consciente (tal es el revolcón que te llevas) de que sus respuestas serán evaluadas al final de la actividad que se plantea, y de que esas respuestas con toda probabilidad dirán algo de uno mismo que irá en contra de lo que piensa que piensa, y de que eso que dirán no será demasiado positivo (a no ser que tengamos algún tipo de problema de salud mental, la imagen que tenemos de nosotros mismos suele ser positiva, y la adornamos y la sustentamos con atributos e ideas que consideramos, y suelen ser considerados, positivos: tolerante, simpático, solidario, etc.). Y como los nombres con que se bautiza cada juego y las citas que los encabezan ya te dan una idea de por dónde pueden ir los tiros en aquel caso concreto, uno tiende a adecuar sus respuestas al resultado que desearía obtener[6]. Ésa es la primera gran lección de ¿Pienso luego existo?, y tal vez la más importante, al menos en mi opinión: somos unos mentirosos contumaces, y la primera víctima de nuestras mentiras somos nosotros mismos. Y si no podemos ser sinceros con nosotros mismos, ¿podremos serlo alguna vez con los demás?

¡Hagan juego, señoras y señores!

 

 


 

[1] Julian BAGGINI: El cerdo que quería ser jamón, Paidós Ibérica (2007).
[2] Julian BAGGINI: ¿Pienso luego existo? El libro esencial de juegos filosóficos, Paidós Ibérica (2008).
[3] No sabemos qué existe en realidad, porque todo es dudoso: nuestros sentidos nos engañan, el mundo en que existimos nos engaña, la misma razón nos hace cometer errores; pero si dudamos, si nos planteamos preguntas, si pensamos, significa que al menos nosotros sí existimos, por medio de nuestra intuición somos capaces de saberlo.
[4] Algunos de estos juegos, como Staying Alive, y otros pueden encontrarse en www.microphilosophy.net. La página de Internet que hace unos años recogía todos los juegos, www.doyouthinkwhatyouthink.com, ha dejado de estar operativa.
[5] Star Wars: Episodio V. El imperio contraataca (1980). Dirigida por Irvin Kershner.
[6] Mi padre siempre dice entre risas, y quizá no le falta razón, que cuando él muera, se muere lo que más quiere de su casa. Y ya sabemos que al objeto de nuestro amor se le perdona (casi) todo, sobre todo sus defectos, que hacemos lo posible por enmascararlos, los ignoramos, los minimizamos o nos convencemos a nosotros mismos de que no lo son en absoluto o de que en todo caso se deben a una percepción equivocada e incompleta de los otros.

32. La séptima función del lenguaje

Hace relativamente poco tiempo le dije a alguien que el mejor regalo material que se puede hacer es un libro. Y no lo decía de cara a la galería, como se dicen hoy muchas cosas y se adoptan muchas poses en ese gran escaparate mundial que son las redes sociales. No, lo decía porque lo creo a pies juntillas. De hecho, lo que más he regalado en toda mi vida han sido libros: porque creo que es un gran regalo para quien lo recibe y una actividad más que interesante para mí, que soy quien los regala.

Porque regalar un libro supone (a mí me lo supone), en efecto, hacer el esfuerzo de conocer a la persona destinataria del regalo, supone haberle prestado la atención necesaria como para saber sus gustos e intereses mucho más allá de lo que la persona en cuestión diga que le gusta o le interesa. Al fin y al cabo, se trata de un regalo, y por lo tanto debe ser algo que no se espere quien lo recibe (claro, si te conoce lo suficiente, ya sabrá que se trata de un libro, pero la cosa es que no sepa de qué libro se trata, supongo que se entiende lo que quiero decir).

Sin embargo, y aunque me encantaría que a mí me regalasen libros sobre todo, no tengo esa suerte. Mi ya extensa biblioteca (gracias a mis padres por seguir soportando las estanterías y cajas que siguen en su casa repletas de ellos; prometo que algún día acabaré por llevármelos todos a mi casa) me la compro yo. ¡Qué le vamos a hacer, cargo con el estigma de ser un lector voraz!, así que al parecer es difícil regalarme libros por tres razones básicas: porque debido a mi formación y a mi afición (afortunado que soy, he podido formarme y sigo haciéndolo sobre la mayor de mis aficiones, y además me gano la vida con ello) mis gustos no coinciden con los de la mayoría, signifique lo que signifique eso, porque he leído mucho y quien regala teme que el libro que ha pensado regalarme ya lo tengo o ya lo he leído (sí, tengo muchos libros, y he leído muchos más, y de esos muchos que ya he leído y que no tengo, el dinero y el espacio son limitados siempre, no me importaría tenerlos; mis libros son el mejor legado que puedo dejarle a quien ya viene por detrás, o eso creo) o por pereza de quien regala. Así que desde hace años confecciono una lista con libros que me gustaría tener (para comprármelos cuando pueda o para quien quiera regalarme algo que de verdad me guste y me ilusione).

Así las cosas, por recomendación de mi compañero y buen amigo Jordi, que además de ser una eminencia en su campo, la filosofía, es un muy buen lector, se introdujo en mi lista La séptima función del lenguaje, de Laurent Binet, segunda novela del autor de la premiada HHhH (que no he leído pero que ya tengo en casa, a la espera de ser devorada cuando le toque su turno), y de esa lista fue escogida como mi regalo con motivo del pasado día de Sant Jordi por mi pareja. Y si tengo que ser sincero, me ha parecido una de las dos mejores novelas que he leído durante el último año (la otra es Ànima, de Wadji Mouawad, en catalán, porque la traducción de Anna Casassas Figueras es excepcional, con diferencia, mucho mejor que la castellana; privilegios que tenemos los que podemos leer más de una lengua, algún día lo acabaremos por entender todos…).

La novela de Binet arranca con la conocida muerte de Roland Barthes, el autor del asesinato más célebre en el mundo de las Letras de la segunda mitad del siglo pasado, el del lector, una eminencia en el mundo de la semiología, el estudio de los signos en la vida social, para, a partir de ahí, iniciar una parodia hilarante de las novelas detectivescas y del mundo de la filosofía (sobre todo de la French Theory) imperante en el momento de la muerte del semiólogo. Quienes se hayan formado en el campo de la filosofía del lenguaje o de la lingüística y la filosofía en general no podrán reprimir las carcajadas con la multitud de personajes reales que transitan La séptima función del lenguaje y que antes, necesariamente, habrán conocido en las bibliotecas y sus mesas de estudio: el propio Barthes, Foucault, Derrida, Deleuze, Althusser, Jakobson, Lacan, Eco, Sollers, Kristeva, Chomsky, Searle, Austin y un larguísimo etcétera. Así, Binet teje con maestría una historia ficticia (paródica e irónica) con una consistente base real. De hecho, una de los grandes méritos de la novela es cómo logra explicar e integrar esos hechos que sucedieron realmente en una ficción disparatada pero perturbadoramente verosímil (y quien conozca algo de la biografía de Althusser o Foucault, o de Mitterand, y haya leído o acabe leyendo la novela sabrá de lo que hablo).

Como ya dije antes, la novela arranca con la muerte por atropello de Barthes en 1980, pretexto que sirve para iniciar la parodia detectivesca y el nivel más profundo de la trama novelesca ideada por Binet: la utilización del lenguaje por el poder, el lenguaje como arma definitiva para controlarlo todo. Al parecer, Barthes ha sido asesinado para robarle el secreto del arma total, que permitirá controlarlo y someterlo todo, hasta las elecciones presidenciales francesas: la séptima función del lenguaje.

Como ya sabréis todos, en los institutos nos enseñan que son seis las funciones del lenguaje, las de Jakobson, con ligeras variaciones en la forma de denominarlas: en general, la referencial, representativa o informativa; la emotiva, expresiva o sintomática; la apelativa o conativa; la metalingüística; la poética o estética; y la fática o relacional. A estas seis, Austin les suma la función performativa, que es aquélla cuyos enunciados, por el mero hecho de ser expresados, realizan un hecho. Para que nos entendamos: Fiat lux (‘Sea la luz’, y ya nos han contado que la luz fue). ¿Os imagináis que tal cosa fuese posible? ¿Qué político no haría todo lo que estuviese en su mano por poseer tal virtud del lenguaje? ¿Hasta dónde seríamos capaces de llegar con tal de controlar tal fórmula secreta? Pues éste es el punto de partida de la obra de Binet. Atractivo, original y muy bien pensado, ¿no?

Además, para reforzar el clima de broma infinita que transpira la novela, el joven escritor francés hace que un detective fascista que odia y que no comprende el mundo intelectual que tiene que investigar y un joven profesor de izquierdas de estudios culturales, evidentes figuras paródicas de Sherlock Holmes y el doctor Watson, sean los encargados de investigar las circunstancias ocultas tras la muerte de Barthes. Y a ellos es a quienes acompañamos en este inteligente y divertidísimo viaje ideado por el talentoso Laurent Binet. Y a todo esto se le suma, entre otras muchas cosas que no desvelaré para no reventarle a nadie la novela, una progresiva reflexión metaliteraria: uno de los personajes principales tiene la perturbadora revelación de que es muy posible que su existencia no sea real, sino ficticia. De alguna manera presiente que no es más que un personaje de novela sometido al caprichoso arbitrio de un escritor. En definitiva, la novela de Binet es una muy buena manera de pasar tu tiempo libre, si así lo deseas.

Como es natural, dado que es una novela con la que me lo he pasado tan bien, he hablado con algunas personas de ella (todas ellas lo suficientemente buenas lectoras como para no tener la necesidad de caer nunca en la petulancia): con Jordi, la persona que me la recomendó, con la que he discutido algunos puntos y hemos enriquecido mutuamente nuestras lecturas; con mi pareja, que es quien me la regaló, y es a quien suelo darle la chapa con todo lo que leo y con La séptima función del lenguaje no iba a ser menos; con Maite, historiadora del arte, que siempre tiene otra visión de lo que leemos y que al tiempo que yo leía y le recomendaba la segunda novela de Binet, ella leía y me recomendaba la primera, HHhH; y con Roser, a quien se la recomendé porque es filóloga (catalana[1]) y estoy seguro de que disfrutará de su lectura. Precisamente esta última persona, a quien le he ayudado últimamente con la bibliografía castellana para el taller de escritura creativa que dirige, me pasó un artículo de la revista política y cultural El Temps, firmado por Joan Garí, que me sorprendió por lo que allí escribía en referencia a la segunda novela de Binet[2], a la que calificaba de “frivolidad demasiado ligera”, y de la que criticaba que fuese un mero divertimento para estudiantes y que no respondiese más que al interés del autor en pasárselo bien, además de criticar que Binet convirtiese la muerte de Barthes en el punto de partida de una peripecia detectivesca, o que Louis Althusser asesinase a su mujer (cosa que hizo en la vida real; Binet sólo fantasea con los verdaderos motivos de tan terrible asesinato). Lo curioso es que todo eso que critica, el mismo Garí lo reconoce, es lo que le encantó de HHhH. ¿Por qué entonces no vale para La séptima función del lenguaje?

De Joan Garí sé poco más de lo que todo el mundo puede encontrar sobre su persona en Internet: escritor que ha cultivado diferentes géneros; columnista en diversos medios, como El País, Ara, El Temps; y escribe un blog: Ofici de lector, del que he leído, además del post que le dedica a la novela de Binet, la mitad de alguna entrada más antes de caer en brazos de Morfeo. Pero lo poco que sé ya me vale para afirmar que no es tan buen lector como él cree de sí mismo[3]. Y voy por partes con mi contraataque:

Voy a dejar de lado todo lo que decía Freud sobre los chistes y el humor, voy a pensar, hoy me siento bondadoso, que el señor Garí sí que sabe de literatura, y que su crítica se debe a una actitud equivocada a la hora de leer la novela de Binet. Ya sabemos que todos los libros nos generan expectativas, por muy virginales que queramos ser cuando nos enfrentamos a sus lecturas, y supongo que el señor Garí esperaba otra cosa de La séptima función del lenguaje, y una vez rotas sus expectativas, ha provocado la pataleta que al fin y al cabo es su crítica (porque no me negaréis que criterios demasiado serios no es que utilice, ésa es la verdad).

Es cierto, eso sí que se lo concedo, que la novela de Binet es frívola y ligera (demasiado o no, eso ya no me atrevo a decirlo, no tengo la clarividencia de este tipo de censores). ¿Y qué? ¿Eso la incapacita para ser una obra literaria a considerar? No sé yo, veamos qué nos dice la tradición literaria española al respecto, a ver si encuentro obras que podrían ser consideradas frívolas y ligeras (y que conste que no voy a hacer una búsqueda exhaustiva, así de frívolo soy yo, sólo voy a citar las obras que me vienen a la cabeza mientras escribo): El libro de buen amor, Libro del Caballero Zifar, El Conde Lucanor, el teatro de los Lope, el de Rueda y el de Vega, La Celestina, La lozana andaluza, El Lazarillo, La venganza de don Mendo, Guzmán de Alfarache, El Buscón, Fray Gerundio, El Quijote, Góngora y Quevedo, La Regenta, La desheredada, Fortunata y Jacinta, Amor y pedagogía, Tirano Banderas y todo el teatro de Valle, Tiempo de silencio, El misterio de la cripta embrujada, Sin noticias de Gurb, El laberinto de las aceitunas, Álvaro Pombo, Félix de Azúa, Vázquez Montalbán, Marías, Fernando Fernán Gómez, Sender, Jardiel Poncela, García Márquez, Vargas Llosa, Borges, Cortázar, Cabrera Infante… y en otras lenguas: Las Nubes, Lisístrata, Ars amandi, Vita Caesarum, Tirant lo Blanc, Los viajes de Gulliver, El fantasma de Canterbury, Tristram Shandy, el Ulises de Joyce, Bartleby, La conjura de los necios… todas estas obras y autores se apoyan en la parodia y en la ironía, en el humor, y muchas de ellas y ellos podrían ser frívolos y ligeros si les aplicamos los criterios de Garí. ¡Pongamos nuestros hornos a 451 grados Fahrenheit y arrojémoslos a todos al fuego! ¿Qué nos queda? Las obras y el blog de Garí seguro que sobreviven a la purga.

Sobre el inicio de la novela, Garí lamenta la elección de la muerte de Barthes, a la que califica de “vuelta de rosca” difícil de justificar. ¿Seguro? Barthes es una de las figuras más eminentes de la semiología, la noche antes de morir se reunió con Mitterrand… ¿ha leído usted la novela? ¿No engarza Barthes con todo lo que se narra a posteriori? A lo mejor es que con un purista hemos topado, de aquéllos que adoran a sus tótems y que los defiende a ultranza. De hecho, le molesta que el inspector Bayard los llame “panda de maricones estrafalarios” cuando lo raro sería que un exsoldado que combatió en Algeria, de marcada ideología fascista, los llamase de otra forma (a esto se le llama verosimilitud, y es imprescindible para no romper el pacto de ficción entre el autor, el narrador, los personajes, la obra en general, y su lector). Y esto me lleva a formularme una pregunta: ¿ha escuchado usted hablar a Foucault o a Derrida alguna vez? Dese una vuelta por YouTube y verá que la parodia de Binet es exquisita, y se cerciorará de que figuras como las del bueno de Michel, a quien admiro y he leído, no tendrían cabida en este tiempo que vivimos, precisamente, porque nos parecerían ridículas.

Lo siguiente que critica, si no recuerdo mal, es que el autor se lo haya pasado bien escribiendo su novela, como si pasártelo bien mientras escribes fuese algo censurable o que limitase o imposibilitase la calidad de la obra literaria que se escribe. ¡Señor Garí, que usted ha cultivado el ensayo, la novela y la poesía, y se dedica a escribir articulitos para la prensa! ¿No se lo pasa usted bien cuando escribe? ¿Lo suyo, entonces, qué es, masoquismo? ¿Pretende confesar alguna filia oculta que considera vergorzante y no ha encontrado una forma mejor? ¿Nos quiere hacer creer el falso mito del escritor que suda tinta cuando se enfrenta a la hoja en blanco? Cuando escribe, ¿sufre usted hasta el punto de no poder disfrutar de ello? Si es así, permítame que le diga que deje de escribir, no merece la pena si no es capaz de pasárselo bien. Dedíquese a los manjares y a los habanos, que he leído por ahí que es lo que de verdad le gusta y disfruta con ello.

Pero no, usted tiene que seguir con su crítica tan poco crítica, y es entonces cuando sugiere que la novela está destinada a provocar la hilaridad entre los estudiantes de lingüística y semiótica… y si así fuera, ¿qué hay de malo en ello? ¿Sufrió usted para aprobar alguna asignatura relacionada con la lingüística? ¿Le hicieron alguna novatada pesada en su época de estudiante que todavía no ha superado y de ahí vienen estos lodos? Sinceramente, si me dieran a elegir, preferiría divertir a unos “simples” estudiantes universitarios que dejar a alguien con sus opiniones tan poco serias y fundamentadas contento.

Espere un momento, que acabo de tener una revelación (y que conste que esto es muy raro, suelo tener acceso a los apokálypsis cuando me hallo sentado en el inodoro y nunca mientras escribo): usted, Joan Garí, nunca quiso ser escritor, nunca quiso publicar un ensayo ni un poema ni una novela, ni siquiera escribir alguna columna de opinión o crítica literaria, estoy absolutamente convencido de ello. Lo que usted siempre quiso ser y no pudo es un personaje de Umberto Eco, y que el genio piamontés lo situara en una abadía benedictina de los Apeninos como encargado de su infinita biblioteca, donde podría haberse erigido en garante de la seriedad y azote de la risa. Sí, qué quiere que le diga, se ha ganado que me lo imagine colándose en las imprentas para impregnar de veneno las letras que conforman La séptima función del lenguaje.

Que quede claro que en ningún momento he dudado de los vastos y profundos conocimientos del señor Garí, que pretendo enemistarme con él, cierto es, pero sólo hasta cierto punto. De hecho creo que los tiene, y que son tan vastos y profundos que se habrán depositado en su cerebro sepultando para siempre aquello que una vez dijera Wittgenstein con mucho tino: “una obra filosófica y seria podría escribirse exclusivamente a base de chistes”. Qué gracia, ¿no?


[1] Aunque no venga a cuento, es curioso el caso de Roser y casi único en la editorial donde trabajo. Es la única filóloga catalana que pregunta sus dudas referentes al castellano, lengua mayoritaria en los libros que publicamos por una simple cuestión de número de compradores potenciales. Y digo que es curioso porque en los seis años que llevo trabajando allí, he hecho mil preguntas referentes al catalán, no en vano, no es mi especialidad, así que intento que los especialistas me iluminen. Pero no ocurre lo mismo en el caso contrario: para el castellano poco o nunca nos preguntan los y las de catalán… claro, que luego hay que ver las cosas que salen… pero el castellano lo dominamos todos, ¿no?
[3] Que conste que mi amigo Jordi me aconsejó no escribir este post, que no me crease enemigos porque estos aguardan su momento para aparecer cuando menos te lo esperas. Pero estas cosas me superan, no puedo con estas voces autorizadas creadoras de opinión que desde su torre de marfil se dedican a dictar con pedantería lo que debemos y no debemos leer (ya se sabe que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey). Ojo, y que si esas opiniones tuviesen su sustancia, no habría nada que añadir, pero como en seguida espero demostrar, la crítica destructiva del señor Garí no tiene nada que ver con la buena o la mala literatura. Y si algún día se cruza en mi camino como enemigo en lugar de como amigo, estaré encantado de debatir con él sobre lo que sea, dicho sea de paso.

29. Into the Wild

Verano de 1992. Mientras yo disfrutaba de una nueva exhibición de Induráin en el Tour de Francia, pasaba un caluroso día en la Exposición Universal de Sevilla o vivía los Juegos Olímpicos de Barcelona, el joven Chris J. McCandless moría en los bosques de Alaska a la temprana edad de veinticuatro años.

¿Quién es Chris J. McCandless? Pues es probable que muchos ya lo conozcáis: quizá hayáis leído Into the Wild (Hacia rutas salvajes[1]), el libro donde Jon Krakauer se hace eco de su historia, o seguramente hayáis visto la película del mismo título, escrita y dirigida por Sean Penn en 2007, que tan buena recepción tuvo en su momento. Yo, sinceramente, no he tenido noticia de McCandless hasta este año, cuando los autores del libro de filosofía para cuarto de ESO que he tenido la suerte de editar proponían un fragmento del libro de Krakauer como prólogo del tema dedicado a la libertad personal y social, y sus límites. Y a partir de ahí he ido tirando del hilo (me leí el libro y este último fin de semana de tres días que he disfrutado he podido ver la película, además de bucear por Internet y empaparme de todo lo escrito referente al joven aventurero que falleció en Alaska hace ya veinticinco años[2]) de una historia que, creo yo, a nadie deja indiferente.

Grosso modo, McCandless era el primogénito de una familia adinerada del este de los Estados Unidos, un brillante estudiante, un atleta más que aceptable y no demasiado popular por una inclinación innata a la soledad, que, una vez licenciado, decide donar sus ahorros (¡24000 dólares de 1990!) a OXFAM y abandonar a su familia sin dejar rastro y dejando de lado su “brillante porvenir”. Para ello, se deshace de cualquier documento que lo pueda identificar, se inventa una nueva identidad, Alex Supertramp, y a bordo de su viejo Datsun (que pronto tuvo que abandonar), equipado con lo mínimo para procurarse la supervivencia y con la única compañía de sus libros, una cámara de fotos y una videocámara, desaparece sin previo aviso.

Su viaje, que Krakauer ha podido reconstruir gracias a las fotografías, a los vídeos y al diario que iba escribiendo Chris/Alex (y a los testimonios de las personas con las que se fue cruzando, en las que siempre dejó una impronta profunda) lo lleva a atravesar de este a oeste Estados Unidos, hasta que finalmente acaba sus días en el salvaje norte, su “aventura final”.

Las razones que lo llevan a emprender su viaje sin retorno, y que lo han convertido en uno de esos mitos adolescentes modernos, tal es el aura romántica que desprende, es la necesidad de huir de las leyes y las normas sociales, de la falta de autenticidad, del dinero y de las posesiones materiales, de la hipocresía que tuvo que vivir en su propio hogar, y, sobre todo, la pretensión de ser libre en el único lugar donde él pensaba que podía serlo, en medio de la naturaleza salvaje[3]. ¿Quién no se apunta a la filosofía de McCandless? ¿A quién no le asquea en muchas ocasiones el falso mundo en el que vivimos? ¿Quién no siente o ha sentido alguna vez ese impulso de abandonarlo todo en pos de una vida más auténtica? Pero nos falta valor, algo de lo que el joven Chris/Alex andaba sobrado.

Claro que enseguida el sentido común nos lleva a pensar que lo que el joven McCandless hizo fue una irresponsabilidad, un exceso de orgullo y egoísmo que acabó provocando un dolor irreparable a todas aquellas personas que lo querían. Una temeridad digna de alguien poco inteligente, la aventura de un loco novato que sólo podía tener el desenlace que finalmente tuvo, una tragedia personal. Yo también he pensado todo esto, he vivido la vida de Chris/Alex desde fuera, voy a ser padre en breve y no me puedo ni imaginar lo que sería que mi futura hija hiciese algo así, de modo que mi primer juicio también ha sido el de considerar a McCandless un iluso y un irresponsable. 
Última fotografía que se tomó Chris McCandless, cuando el desenlace ya era un hecho. http://www.christophermccandless.info
Pero sin necesidad de idealizarlo como lo idealizan muchos desde entonces: adolescentes que “quieren ser” Chris, las familias que organizan excursiones para ver el lugar donde el joven murió o los mismísimos Krakauer y Penn, creo que esa primera opinión está equivocada. Después de mucho pensarlo, he llegado a la conclusión (o estoy llegando, por eso escribo este post, para ver si saco algo en claro entre tanto sentimiento contradictorio) de que McCandless hizo lo correcto. Vivió como se esperaba que viviera, hizo lo que se esperaba de él, pero no encontró satisfacción en ello. Así que lo único que le quedaba era intentar vivir como él quería vivir, sin complacer a nadie más que a él mismo. Y a decir verdad, fue muy coherente y muy honesto con lo que siempre quiso. Y eso no es algo que podamos decir todos. 
Fue tan maduro que pronto se dio cuenta de que nuestra libertad individual topa con numerosos obstáculos y límites: nuestras capacidades y dependencias: físicas, cognitivas, económicas, emocionales, logísticas…; los intereses de la comunidad en que vivimos, es decir, el conflicto entre los intereses propios y los del resto de personas; y los principios morales, las normas sociales y las leyes, siempre elementos coartadores. Así que la única salida que le quedaba era la soledad. Sin embargo, y éste es el primer error y quizá el más grave de todos los que cometió Chris, la soledad no te libra de dependencias absolutamente básicas de tipo logístico: dónde dormir y, sobre todo, cómo procurarte el alimento necesario para tu subsistencia[4]. Pero claro, hoy en día ya no queda nada por descubrir, ya hemos pintado todo el mapa, la aventura en solitario sólo es posible en zonas verdaderamente salvajes, y son zonas llamadas así porque es casi imposible la vida humana en ellas.
Pero McCandless tenía eso que tienen todos los héroes y todos aquellos que adoptan comportamientos de riesgo: negaba su propia muerte. Punset dice, con ironía y buen humor, que es inmortal hasta que se demuestre lo contrario, y algo parecido deben de pensar las personas que se lanzan a aventuras potencialmente mortales como la emprendida por McCandless. Claro que entonces, debes ser consciente de que corres el riesgo de cometer pecado de hybris, que como bien sabemos es intentar sobrepasar la medida humana, ante lo cual, los antiguos dioses griegos solían castigar al pecador con una muerte o una pena cruel (a la medida de su osadía). Algo así podríamos decir que le ocurrió al joven.
El autobús mágico abandonado donde fue encontrado  el cuerpo sin vida de Chris McCandless.http://www.christophermccandless.info  
¿Significa esto que la de Christopher J. McCandless fue una vida desaprovechada? En mi opinión, rotundamente no. Chris en ningún momento quiso morir, sino todo lo contrario: pretendió vivir su vida del modo más intenso y real que se le ocurrió (el único), hasta tal punto que acabó encontrando su propia muerte. La vida de McCandless tuvo un fin muy claro: destruir su falso yo interior y llevar a cabo una revolución espiritual que le permitiese adquirir el conocimiento de la verdad, de su verdad. Y en este sentido, fue una vida plena y completa. Aunque, y éste es el punto dramático de la historia, la revelación le llegase tarde. Se encaminó hacia lo salvaje, como una suerte de Don Quijote, únicamente acompañado de las lecturas que releía una y otra vez y que servían de alimento de su imaginación y de forja de sus ideales: Tolstoi, Thoreau, London, Pasternak…, con la única diferencia de que los tuertos a enderezar no le salían al paso, sino que habitaban en su interior. Y aunque tengamos la tentación de considerarlo un loco como al caballero de la triste figura, pues sin duda es un loco quien se toma en serio a alguien que nunca pisó las tierras en que contextualiza sus novelas (London) o que su comportamiento real dista mucho de lo que proclama en sus obras (Tolstoi), no hay nadie más cuerdo que el loco, pues éste es capaz de ver sin ataduras de ningún tipo.

Ya justo antes de iniciar su incursión en Alaska, el afable anciano Ron Franz, una de las últimas personas que convivió con McCandless y que lo quiso adoptar como su nieto, y a quien Chris le cambió la vida por completo, recuerda que, en referencia a las tormentosas relaciones familiares que suponía que lo habían hecho partir, le dijo al joven, citando las Escrituras, que “cuando perdonamos, amamos”. Y quizá ese poso que dejó Franz fue el que más tarde, cuando terminó la lectura de Felicidad familiar[5], de Tolstoi, en el autobús mágico, le hiciera intentar volver a la civilización. Pero el buen tiempo necesario como aliado para garantizarle el alimento durante su estancia en Alaska se convirtió en su peor y más letal enemigo: el deshielo hacía imposible que McCandless pudiera atravesar el Teklanika, así que tuvo que volver al autobús donde moriría en apenas un mes.

Curiosamente, el último libro que su salud le permitió leer fue Doctor Zhivago, de Pasternak, donde escribió en el margen: “La felicidad sólo es real cuando es compartida” (la conocida cita de Pasternak, en concreto, es: “La felicidad no compartida no es felicidad”). Y ése fue el último descubrimiento de McCandless, con él su viaje llegó a su fin. Y podría muy bien ser el primer descubrimiento con el que iniciar nosotros nuestra propia andadura. Quizá así y sólo así la muerte de Christopher J. McCandless no fue en vano. Vale.


[1] Jon KRAKAUER: Hacia rutas salvajes, Ediciones B, B de Bolsillo. Trad. de Albert Freixa. Barcelona, 2007.
[2] Quien quiera saber más de la aventura de McCandless y de todo el universo que creó alrededor de su aventura, puede consultar el siguiente enlace: http://www.christophermccandless.info/
[3] “Hace dos años que camina por el mundo. Sin teléfono, sin piscina, sin mascotas, sin cigarrillos. La máxima libertad. Un extremista. Un viajero esteta cuyo hogar es la carretera. Escapó de Atlanta. Jamás regresará. La causa: ‘no hay nada como el oeste’. Y ahora, después de dos años de vagar por el mundo, emprende su última y mayor aventura. La batalla decisiva para destruir su falso yo interior y culminar victoriosamente su revolución espiritual. Diez días y diez noches subiendo a trenes de carga y haciendo autostop lo han llevado al magnífico e indómito norte. Huye del veneno de la civilización y camina solo a través del monte para perderse en una tierra salvaje.” Inscripción garabateada por McCandless en el autobús abandonado de Fairbanks, su hogar y su tumba en Alaska.
[4] Krakauer se empeña en señalar el envenenamiento como la causa de la muerte de McCandless: primero, lanzando la hipótesis de que confundió una planta comestible, la patata silvestre, con otra venenosa, el guisante silvestre (ésta es la que se muestra en el filme dirigido por Penn), y más tarde, suponiendo que fue la semilla de la patata, que aún no se había descubierto que era nociva para el consumo humano, la que provocó la muerte de Chris cuando éste tuvo que empezar a alimentarse de ella una vez que escaseaba el alimento. Sin embargo, creo que es más plausible que McCandless muriera de hambre, desnutrido, pues la cantidad de alimentos en forma de pequeños mamíferos y plantas que registra en su diario parecen insuficientes para garantizar la supervivencia de un ser humano adulto durante los meses que McCandless estuvo en Alaska. Bien es cierto que muchos aventureros modernos someten su cuerpo al límite y su dieta se basa en más o menos el mismo aporte calórico que la de Chris, pero también es cierto que esos aventureros finalizan sus peripecias en un plazo máximo de un mes, y luego pueden recuperarse del desgaste al que han sometido a su cuerpo. Sea como fuere, poca importancia tiene saber cómo murió finalmente McCandless.
[5] “Él tenía razón al decir que la única felicidad segura en la vida es vivir para los demás […]. Ha pasado por muchas vicisitudes y ahora creo haber descubierto qué se necesita para ser feliz. Una vida tranquila de reclusión en el campo, con la posibilidad de ser útil a aquellas personas a quienes es fácil hacer el bien y que no están acostumbradas a que nadie se preocupe por ellas. Después, trabajar, con la esperanza de que tal vez sirva para algo; luego el descanso, la naturaleza, los libros, la música, el amor al prójimo… En eso consiste mi idea de la felicidad. Y finalmente, por encima de todo, tenerte a ti por compañera y, quizá, tener hijos… ¿Qué más puede desear el corazón de un hombre?” Pasajes subrayados por Chris McCandless.

25. Stranger Things

Desde un tiempo a esta parte, lo confieso, vivo en diferido. Se me acumula la literatura por leer, y no digamos ya las series o las películas. Para bien o para mal, no dispongo de demasiado tiempo de ocio, y no creo que las cosas cambien en un futuro, así que, por decirlo de alguna manera, voy a remolque de la actualidad. Pero desde que la estrenaron, había una serie en especial, Stranger Things, que tenía muchas ganas de ver, y por fin, hace escasas fechas, he podido hacerlo.

Reconozco que siempre me informo y siempre desconfío antes de iniciar cualquier serie. Como ya he dicho, mi tiempo libre es muy limitado, y no estoy para que me tomen el pelo (y lo mismo vale para cualquier otra cosa que alguien me aconseje: una película, una novela, una obra de teatro; exigente que es uno, supongo). Y aunque me dio mucho miedo lo que leí y escuché sobre el producto escrito y dirigido por los hermanos Duffer para Netflix (no porque las críticas fuesen negativas, sino por todo lo contrario: la cosa apestaba a comercial que echaba para atrás), decidí empezar a verla. No sé, supongo que me voy haciendo mayor y que todo aquello que me recuerda a la infancia, ese tiempo feliz y sin complicaciones al que jamás volveré si no es viajando en mi memoria, mi DeLorean particular, goza de bula de inicio.

Y es que, en efecto, Stranger Things es un homenaje a las películas norteamericanas de los años 80: proporciona horas de diversión si uno acepta jugar a identificar las escenas de aquellos filmes que alimentaron nuestra imaginación (¿y acaso nuestros sueños y pesadillas?) cuando éramos niños: Alien, E.T., Los Goonies, Indiana Jones, Encuentros en la tercera fase, Tiburón, Poltergeist, Pesadilla en Elm Street, Star Wars, Están vivos, Carrie, Indiana Jones, Ojos de fuego… todas ellas y algunas más están muy presentes, explícita o implícitamente, en la serie de los Duffer.

Sin embargo, si todo quedara en eso, si Stranger Things no fuese más que un simple pastiche de esas películas, no estaría ahora escribiendo sobre ella. El mérito de la serie es precisamente ése, saber utilizar otros textos, numerosísimos, para crear uno nuevo que se sostiene por sí mismo. Esto es, no es necesario haber visto ninguno de los referentes para que la serie te enganche; aunque si lo has hecho, mucho mejor para ti, tu “lectura” será más rica y profunda, y por supuesto, creo yo, mucho más entretenida.

La trama se sostiene, con acierto, sobre un grupo de niños de doce años que pasan los días, y nunca mejor dicho, jugando a Dungeons & Dragons (para los niños de este milenio: se trata de un juego de rol[1], es decir, un tablero, unos dados, unas cuantas figuras y mucha, muchísima imaginación, y, por supuesto, nada de tecnología, realidad virtual o cualquiera de esas cosas que amenazan hoy la sociabilidad humana), que son unos enamorados de la Tierra Media de Tolkien y de todo aquello que suene a ciencia ficción o tenga que ver con lo fantástico.

El porqué es un acierto es algo que ya sabían muy bien los directores de aquellos filmes ochenteros de los que se nutre la serie: por un lado, por esa capacidad que sólo tienen los niños, primero, de sorprenderse, y segundo, de incorporar lo raro, lo extraño, lo fantástico en definitiva, a su cotidianidad (sí, eso que nos pasamos nuestra vida de adultos añorando, seamos capaces o no de identificarlo, de verbalizarlo, de explicárnoslo a nosotros mismos); si eres un niño, querrás ser Mike, Dustin, Lucas o, incluso, Will (u Once), y vivir las aventuras que ellos viven; por otro lado, si eres un adulto, te ganarán por su simpatía, por su inocencia, por la nostalgia de aquel tiempo ya pasado o por puro proteccionismo (yo voy a ser padre de una niña en relativamente poco tiempo, así que no creo que haga falta que añada nada más al respecto).

Pero estos niños no estarán solos frente al peligro, representado, en este caso, por el gobierno de los Estados Unidos, que está llevando a cabo unos experimentos secretos para hacer frente a los soviéticos (la serie se ambienta a mediados de los años ochenta, en la fase final de la Guerra Fría), y por un monstruo que ha visto abiertas de par en par las puertas de acceso a nuestro mundo como consecuencia de esos experimentos, sino que recibirán la ayuda de dos hermanos ya adolescentes que al principio se muestran escépticos, pero que acaban sucumbiendo a la lógica de esos locos bajitos (os suena, ¿verdad?). La ayuda adulta, también típica de aquellas películas ya lejanas, se la proporcionan la madre de Will, representada, y muy bien, por cierto, por Winona Ryder, y el jefe de policía Jim Hopper (grandísimo trabajo el de David Harbour). Además, no me puedo olvidar de la que para mí es la gran estrella de la serie, Millie Bobby Brown, que interpreta con maestría el personaje de Once, mi preferido (hasta el punto de que tengo colgada una foto suya en una de las paredes de mi despacho), una niña con capacidades psicoquinéticas que será fundamental para entender todo lo que ha ocurrido, ocurre y ocurrirá en el pequeño pueblo de Hawkins.
Y sobre Once me gustaría escribir unas líneas más (hasta ahora he intentado revelar lo menos posible sobre el argumento de la serie, no sea que haya alguien que se quiera enganchar ahora, pero es muy probable que a partir de este momento se sucedan los spoilers; vayan por adelantado mis disculpas): reconozco que quedé tan fascinado por el personaje (entendedme, hacía poco tiempo que sabía el sexo de mi futura hija) de Once que empecé a leer por Internet las opiniones que sobre ella tenían el resto de fans de Stranger Things.

La verdad es que casi todos coincidimos en la grandísima interpretación de la joven actriz, todos estamos admirados con los poderes parapsicológicos de la niña y, en definitiva, todo el mundo coincide en que ella es la serie. Sin embargo, y es en este punto donde discrepo, la gente no parece ponerse de acuerdo a la hora de decidir quién es realmente Once. La opinión más extendida es que la niña y el monstruo son la misma persona. Y para llegar a esa conclusión, las opiniones se basan en palabras de la propia Once, que en un momento concreto confiesa que “yo soy el monstruo” (¡es tan literal el ser humano!).

En efecto, la niña declara ser el monstruo, pero, creo yo, que esas palabras se deben, antes que a una suerte de alteridad, a que es un ser humano, desprovisto de una infancia normal, cierto, y de buena parte del lenguaje humano (y de sus trampas también), y es esa condición humana la que la hace sentirse culpable, la que la lleva a identificarse con el monstruo. No en vano, es algo que hace ella lo que provoca la creación del portal a través del cual la criatura se abre paso desde El otro lado (The upside down, ¿‘el mundo al revés’?, ¿’el reverso de nuestro mundo’?) hasta el nuestro.

Yo tengo una idea muy diferente (y que conste que mi sentido arácnido ya me ha advertido de que soy “un hiperbólico andaluz” y de que voy a volver a lanzar una idea descabellada al mundo), basada en la información que me proporcionan tanto el nombre como la apariencia física de Once, pero también la misma serie, que creo que he visto con mucha atención.

El número que la niña lleva tatuado en su brazo, que sirve al inteligente Mike para darle un nombre a su nueva amiga, nos sugiere que antes de ella hubieron diez niños más que pasaron por las manos del doctor Martin Brenner (no hay un sujeto Doce, seguro, porque Once es la culminación del proyecto, el ejemplar perfecto de lo que los experimentos secretos buscaban desde hacía décadas). Así que de momento nos quedamos con eso, con el número once.

¿Y su aspecto físico? ¿Qué nos preguntamos la primera vez que vemos a Once? ¿Recordáis? Cabello rapado, va vestida con una pieza de ropa parecida a la de los hospitales… sí, no hay nada en ella que nos dé una idea de su sexo. Podría ser tanto un niño como una niña, y ninguna de las dos opciones nos sorprendería o con ambas quedaríamos igual de sorprendidos. ¿Veis ya por dónde voy? ¿No? Pues ahora mismo me explico, aunque para ello tengo que remontarme muchos siglos atrás.

Hay un personaje mitológico estrechamente relacionado con el hecho de ser hombre o mujer, con el número once y con algunas de las cualidades que tiene la niña de Stranger Things: Tiresias (expresiones de asombro, carcajadas, movimientos de cabeza significando negación; y no, ni he bebido ni soy víctima de ningún opiáceo), el adivino por excelencia del ciclo tebano. Según la versión más extendida (existe otra relacionada con la desnudez de la diosa Palas que me reservo para no escandalizar más al personal), paseaba el joven Tiresias por el monte, cuando se topó con dos serpientes en plena cópula. Víctima, tal vez, de un ramalazo precoz de virtud cristiana (ahora que estamos en Semana Santa…), o separó a los animalitos, o los hirió, o mató a la hembra, y como resultado de su intervención, quedó convertido en mujer. Siete años más tarde, se conoce que el hombre, y la mujer en este caso, es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra (o serpiente), paseando por el mismo lugar, volvió a ver a dos serpientes copulando y actuó del mismo modo, después de lo cual recuperó su antiguo sexo. Esa experiencia le valió para convertirse en juez de una disputa entre Zeus y Hera, que discutían sobre cuál de los dos sexos, hombre o mujer, disfrutaba más del acto sexual. Tiresias, que no perdió el tiempo durante los siete años que fue mujer, respondió que la mujer gozaba nueve veces más que el hombre en el acto sexual (vaya mierda de adivino, ¿no?), lo que le valió que Hera, muy enfadada por revelar el gran secreto de su sexo, lo cegase (a ver si va a proceder de aquí aquello de la ceguera y la masturbación que tanto gustaba a nuestros señores de la Iglesia). Zeus, en cambio, lo compensó con el don de la adivinación y con una larga vida, de unas siete generaciones humanas. Y es a propósito de ese don concedido por el Altitonante hijo del artero Crono cuando se establece la relación entre Tiresias y el número once.

Recordaréis, o no, que el Canto XI[2] de la Odisea narra el Descensus ad inferos de Odiseo, esto es, el paso de un mundo a otro, el de ultratumba, para consultar a Tiresias sobre cómo puede burlar la ira de Poseidón, encaprichado en hacer que el retorno a Ítaca sea un auténtico infierno[3]. Allí, a las puertas del Hades, es donde el astuto Odiseo recibe el oráculo del alma de Tiresias.

¿Y qué tiene que ver todo esto con Once?, os estaréis preguntando con muy buen criterio. Pues mucho, creo yo, porque además de la coincidencia en el número y en la ambigüedad sexual del personaje, resulta que la figura de Tiresias, más allá de lo que he relatado hasta este punto, ha sido vista por la cultura occidental como el mediador por excelencia: gracias a sus dotes proféticas, entre dioses y hombres; gracias a su experiencia con ambos sexos, entre hombres y mujeres; y gracias a su longevidad, entre los vivos y los muertos. ¿Y qué hace Once en el capítulo 8, titulado “La bañera”? Pues de mediadora y de profeta, es decir, de Tiresias: tras entrar en trance cual bacante, pone en contacto este mundo y el otro, indica dónde está Will antes de que el monstruo irrumpa en escena y descubre que otro de los personajes que habían desaparecido está efectivamente muerto. ¿Casualidad? ¿Interpretación forzada? Tal vez, pero, en todo caso, se trata de una interpretación más elaborada y mucho más divertida que limitarse a repetir las palabras que en un momento dado manifiesta un personaje.

Y con esto atravieso el portal y vuelvo a mi extraño mundo, a la espera de que estrenen la segunda temporada. Vale.


[1] Las excepciones no son la regla, sino que la confirman. Por todos es sabido que hoy en día este tipo de juegos tienen muy mala fama debido al eco que los medios de comunicación se han hecho de algunos tristes sucesos aislados. ¿Será porque realmente son malos o porque lo realmente malo es que la gente tenga imaginación? Porque si uno tiene imaginación, puede darle por pensar en realidades y soluciones alternativas… En fin, que es muy triste que los medios estén siempre al servicio del poder, incluso cuando no se dan cuenta de que lo están.
[2] En Middlesex, la novela de Eugenides, que se centra, entre otras cosas, en la vida de un personaje que es hermafrodita, también aparece un personaje, Capítulo XI, el hermano del protagonista, en el que siempre he querido ver el eco de ese canto de la Odisea (pero también es cosa mía, que en ningún lado he leído nada al respecto). De hecho, desde hace años vengo bromeando con que si algún día tenía un hijo, lo llamaría así, Capítulo XI. Por suerte, la gente que tengo a mi lado siempre ha sido más sensata que yo…
[3] ¿Sería consciente Artur Mas, cuando utilizaba el símil clásico, de que el viaje a Ítaca fue un infierno? ¿Y de que el único que logra volver con vida es Odiseo, el mandamás de la expedición? Si no lo era, si sólo fue la brillante idea de un asesor para dotar al proyecto de ese aura de prestigio que tiene la cultura clásica, me parece mucho menos grave que en caso contrario, porque, entonces, ¿qué papel nos tiene reservado al resto? A lo mejor espera vernos convertidos en cerdos mientras él se pega el festival con Circe, la hechicera… 

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