60. Salvado… por los cómics

No sé por qué extraña razón tiendo a engancharme a cosas que no me hacen ningún bien (en la esfera física puedo citar el tabaco, por ejemplo; en la psicológica y afectiva, a ciertas personas; aunque es verdad que a lo de las personas ya hace un tiempo que le estoy poniendo remedio con bastante éxito; con el tabaco, en cambio, aún no he podido, mi lucha continúa) y a apartarme de las que me hacen mucho bien. Entre estas últimas, pues hoy voy a ocuparme sólo de cosas positivas, tengo que citar los cómics.

De hecho, mis primeros pasos en esto de la literatura (creo que me voy convirtiendo en un lector bastante competente: no peco de falsa modestia, no, sino que soy lo suficientemente honrado conmigo mismo y respetuoso con la literatura como para saber que el lector ideal no existe, es una aspiración inasible, de ahí el adjetivo ideal; he acabado siendo filólogo; escribo un blog; he publicado en revistas especializadas y culturales reseñas y artículos literarios…) se deben a aquellas primeras historias que se apoyaban en poco texto y mucho dibujo. Así que creo que es de recibo, en primer lugar, dedicarles unas líneas, y en segundo lugar, volver a algo que, como decía, me hacía y me ha hecho mucho bien: me entretenían y, a la vez, sin ser yo consciente de ello, ponían la primera piedra de lo que soy hoy.

Diría que los primeros cómics que leí me llegaron, por llamarlo de alguna forma, por “herencia paterna”. No en vano, eran las historietas, tebeos para él, que mi padre había leído cuando era un niño, así que supongo que le hacía gracia que el pequeño de sus dos hijos se entretuviera con lo mismo con que él se había entretenido (y se entretenía, que alguna vez leía y releía mis cómics) muchos años atrás (gracia compartida por mí, dicho sea de paso, pues mi padre había pasado por ellos mucho tiempo antes que yo, y eso me gustaba): El Capitán Trueno y El Jabato. Aunque tampoco estoy seguro al cien por cien de que fueran ésos los primeros cómics (sí sé, con toda certeza, que fueron los primeros que leí de cabo a cabo), porque recuerdo alguna visita a la biblioteca de la escuela algún día que no podíamos salir al patio o hacer educación física debido a que llovía y correr como alma que lleva el diablo para adelantarme a mis compañeros y hacerme con algún ejemplar de Astérix y Obélix, Tintín (mi madre, ya no siendo yo tan niño, me fue comprando todos los que habían sido publicados hasta aquel momento; la pena es que hay alguno de ellos que no encuentro: o se lo presté a alguien que no me lo ha devuelto o habrá sido engullido por algún oscuro cajón que más pronto que tarde, espero, acabará regurgitándolo), Eric Castel (y mira que a mí ni me gusta el fútbol ni soy del Barça) o Yakari (preciosos, muy educativos por la simbiosis con la naturaleza y el respeto que ésta merece; ya le he querido regalar la colección completa a mi hija Júlia, pero no lo he hecho porque su mamá me ha disuadido con buen criterio: ya habrá tiempo de regalárselos, aún es pequeña, y tiene toda la razón) y no tener que conformarme con los de Teo (¡me parecían tan faltos de vida comparados con los otros!) o alguna novelita de la colección El Barco de Vapor (las series blanca y azul me parecían muy infantiles, y la naranja y la roja tenían demasiada letra como para ser leídas en la hora escasa que íbamos a estar en la biblioteca). En cualquier caso, como decía, de esos cómics me limitaba a leer las viñetas que me llamaban la atención por alguna razón, pero nunca los leía enteros (supongo que por la edad o por el poco tiempo disponible, o por la suma de ambos factores).

Sea como fuere, y en paralelo a la narrativa propia de mi edad, poco a poco fui introduciéndome en el mundo de los cómics, y a los ya citados se unieron Mortadelo y Filemón, 13 Rue del Percebe, Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio, Superlópez (¡me encantaba!, pero con tanto cambio de editorial y/o colección no he encontrado la manera de adquirirlos todos en una sola compra y sin repetir alguno), Lucky Luke, Spirou y, ya más adelante, pero no mucho más, los de factoría americana (y estoy seguro de que me voy a dejar algunos en el tintero; antes no era tan sencillo comprar cómics ni, sobre todo, seguir colecciones; te acababas leyendo lo que llegaba a la librería del barrio, ya fuera tu favorito o no, y las colecciones se quedaban a la mitad, o iniciabas una con la serie muy avanzada, o comprabas un ejemplar de una colección que nunca más volvería a estar a la venta en tu librería): Spiderman, El Capitán América, Los 4 Fantásticos, Conan el Bárbaro (qué diferente era nuestra educación, ¿verdad?), Batman, El Castigador, Daredevil, La patrulla X (nada de X-Men como ahora)… supongo que en mi debe tengo que contar el manga (y el anime, aunque sí seguí, pero no con demasiada constancia, Dragon Ball, Sailor Moon, Oliver y Benji, Los caballeros del zodiaco, Chicho Terremoto, Juana y Sergio, Ranma ½, Musculman o Cinturón Negro, casi todos gracias a la televisión pública catalana, y he visto Ghost in the Shell, Akira, Your Name o La princesa Mononoke, estas dos últimas películas por recomendación de mi excompañero Héctor, “Máquina. Huracán”, gran hallazgo del año 2018; pero reconozco que no acabo de conectar con ese mundo), que cuando empezó a leerse en estas latitudes yo ya ocupaba mis lecturas con otras cosas.

Es bien sabido que las circunstancias de cada uno determinan qué caminos se acaban transitando y cuáles no, así que supongo que el hecho de haber sido un niño enfermo y haberme pasado buena parte de mi infancia entre ingresos y visitas clínicas ha tenido mucho que ver en mi pasión inicial por los cómics: los hospitales, además de oler a hospital y ser tristes per se, son muy aburridos y hay que ocupar el tiempo, muchas veces indeterminado, que transcurre entre los ingresos y las altas médicas lo mejor que se pueda (con 5 años hice que mi madre me comprase unas cartas sobre el anime, basado en el manga homónimo, Candy Candy para jugar a algo que le gustase a mi compañera de habitación, una niña unos dos o tres años mayor que yo… que creo que podría haberse convertido en mi primer amor si no le hubiese gustado, precisamente, Candy Candy: ¡menudo dramón!). Así es que la lectura de cómics fue convirtiéndose poco a poco en mi pasatiempo favorito y el relevo que se iban dando mis padres para hacerme compañía empezó a coincidir con que quien relevaba al otro venía con un nuevo cómic en la mano para mí. Y mejor no hablar de cuando empezaron a dejarme salir a dar un paseo diario a media mañana, ¡alucinaba!: en Sabadell había librerías especializadas en cómics y jugueterías que en Cerdanyola no podíamos ni soñar (¡además de bares y restaurantes con platos que hacían que se me cayera la baba cuando leía sus menús en la entrada! ¡Qué mal aguantaba la comparación lo que comía a diario en el hospital!).

Lo cierto es que a los cómics de siempre empezaron a seguirles los especiales de cinco números (no sé si eran semestrales, anuales o qué, ya os digo que por aquella época poco o nada se sabía al respecto de periodicidades, al menos yo), sobre todo tras una prueba difícil o dolorosa superada con éxito y después de portarme “como si fuera un niño mayor” (¡soy incapaz de cuantificar la cantidad de lágrimas que me habré tragado pensando en Peter Parker o Bruce Wayne!). Qué queréis que os diga, ya no se trataba sólo de puro entretenimiento, sino que se daba un sentimiento de identificación que, con el paso de los años, me parece de lo más natural: yo era un niño enfermo, y en esas edades eso suele ser sinónimo de rarito, pero a la vez mis rarezas, supongo que era una manera de animarme, me convertían en alguien único, especial (al menos entre mi círculo más cercano), un mutante más de la patrulla. Gracias a los cómics pude soñar y pude vivir una vida diferente a la que me había tocado vivir. Me proporcionaron la ficción donde necesitaba refugiarme. Creo que mis padres no saben cuánto les agradezco (diría que nunca se lo he dicho) que siempre hayan estado dispuestos a gastar dinero en esa actividad que para ellos era tan importante (y que lo ha acabado siendo también para mí): leer. Porque primero fueron los cómics, pero luego vinieron las revistas de baloncesto, y más tarde las primeras novelas, y la poesía, etc.

Pese a todo lo anterior, llegó un momento en que dejé de leer cómics. Así, sin más, sin cuestionármelo siquiera. Simplemente dejé de tener tiempo para ocuparme de ellos. Mirado desde la distancia, creo que los consideraba un género menor (ya empezaba a decantarme, aunque sin llegar a ser un objetivo definido, por la filología, y los cómics no forman parte del canon académico oficial), más propio de lecturas juveniles que de adultas, para el que no tenía tiempo: empecé a leer novela, poesía y teatro (y ensayo y mucha crítica literaria un poco más tarde) como si no hubiese un mañana (y, de hecho, no lo hay: no disponemos de tiempo para todo ni para todos; nuestra responsabilidad radica en elegir correctamente con qué y quiénes lo gastamos, y en demasiadas ocasiones nos equivocamos), y cuando entré en la universidad ni me acordaba de que alguna vez había sido lector de cómics. Como confiesa Horacio Oliveira en el crucial capítulo 36 de la Rayuela de Cortázar (novela que he releído hace muy poco, maravillosa e imprescindible para todo espíritu que ansíe la libertad), encerrado en un furgón policial entre vagabundos y pederastas, “cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas” (y “en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar”), y algo parecido me ocurrió a mí; lo de las novelas, no lo de ir en un furgón policial entre vagabundos y pederastas.
 
Esta es la cara que se le quedó a un servidor cuando fue obsequiado con Watchmen.

Que estaba equivocado a día de hoy lo tengo muy claro (y eso que tanto los cómics que siguen en casa de mis padres como los pocos que me llevé a mi propia casa hace unos años parecían advertirme de ello cada vez que posaba mi vista en las estanterías en las que aguardaban con paciencia a que volviera su momento): ni se trata de un género menor (uno de los regalos que me hizo mi pareja el pasado día de Reyes fue Watchmen, la maravilla de Moore y Gibbons; y quien lo haya leído ya sabe de las complejas y variadas estrategias narrativas que pone en práctica para hacernos llegar las peripecias de sus héroes y superhéroes) ni, por supuesto, es una lectura infantil; además de que es una lectura totalmente complementaria con el resto de la literatura (como veis, ya lo considero un género literario más; si el teatro no está completo sin su representación, el cómic tampoco lo está sin sus ilustraciones; no veo razones para no considerarlo parte de la literatura, y que me perdonen los puristas de uno y otro lado). Y creo que ya vislumbro la razón principal por la que he vuelto al cómic: estoy agotado de tanta literatura (de narrativa, de poesía, de teatro, de ensayo). Me explico: he leído mucho, muchísimo, por devoción (en varias de sus acepciones), por formación y por profesión, pero cuanto más leo, menos disfruto de la lectura. No, tranquilos, apagad esa hoguera, no vais a tener que quemar a nadie, esto es algo que le pasa a más gente además de a mí, que lo he hablado en alguna ocasión con otros lectores tan compulsivos como exhaustivos (¡mucho más que yo!) y también les sucede lo mismo. Me refiero a que la acumulación de lecturas transforma tu manera de leer, y aunque te mueva el placer, ya nunca leerás con inocencia. Así, toda narrativa o poesía que leo, aunque siguen despertando algo de lo que despertaban la narrativa o la poesía que leí hace años, lo hacen con mucha menos intensidad, y lo que queda y se impone es el estudio, la crítica, la autopsia de lo que sea que estoy leyendo. El cómic, en cambio, supone un refrescante y renovador soplo de aire fresco, un resquicio de vida en un ambiente demasiado viciado. En este sentido, le comentaba el otro día a mi pareja acerca de la lectura de Watchmen que no sabía cuándo tenía que pasar una página, que no estaba acostumbrado a ese tipo de lectura y que no lo sabía leer… ¡maravilloso, el mundo del cómic volvía a darme justamente lo que estaba necesitando por haberlo perdido!

La vuelta a los cómics, visto así, tiene algo de círculo que se cierra, lo cual, en cierta manera, me pone los pelos de punta y, a la vez, me satisface enormemente. Como Oliveira, vuelvo al personaje de Cortázar, me encontraba encallado en la casilla número 8 de mi rayuela, pero he empezado una nueva partida y creo que ahora sí alcanzaré el Cielo, pues he recordado que para llegar allí “se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato”.

P. S.: Informándome aquí y allí, he elaborado una lista (sólo voy a citar el nombre de los guionistas, que me perdonen los ilustradores) de los cómics que me gustaría leer (y por leer entended comprar) en un futuro lo más cercano posible (todos ellos antiguos y finalizados; me sucede lo mismo con las series de televisión: las prefiero ver cuando ya han acabado o cuando ya llevan un número considerable de temporadas emitidas; aunque sé que la periodicidad es una característica relevante de ambos géneros, no llevo muy bien las esperas), así que esas decenas de personas que ahora mismo estarán preguntándose qué me pueden regalar que me haga especial ilusión, pueden recurrir a ella (pensad que esta lista vale miles de euros… ¡también acepto donativos en efectivo!): de Alan Moore, V de Vendetta, Desde el infierno, Batman: La broma asesina, La cosa del pantano y La liga de los hombres extraordinarios; de Frank Miller, Daredevil: Born Again, Batman: El regreso del Caballero Oscuro, Batman: Año uno, Sin City y 300; de Garth Ennis, Predicador y El Castigador MAX; de Brian Azzarello, 100 balas; de Darwyn Cooke, Parker: El cazador; de Jeph Loeb, Batman: El largo Halloween; de Brian K. Vaughn, Y: el último hombre; de Brian M. Bendis, Daredevil; de Robert Kirkman, Los muertos vivientes; de Neil Gaiman, The Sandman; y de Jodorowsky, La casta de los metabarones y El incal. Y para que no se diga que no lo intento con el manga, el clasicazo de Koike El lobo solitario y su cachorro y el Adolf de Tezuka.

45. A ti, otoño, alondra permisiva

 

No temas al otoño, si ha venido.
Aunque caiga la flor, queda la rama.
La rama queda para hacer el nido[1].
 
 
 
 
 
Quienes me conocen ya saben de mi gusto por todo aquello que habita en los márgenes de lo que se suele llamar normalidad, de mi interés por todo lo que escapa a lo canónicamente establecido, de mi admiración por lo poco admirado, lo desconocido, lo marginado, lo ignorado o lo silenciado. Y esta tendencia, o defecto (¡uno más!), o virtud, no sé por qué opción decantarme, es extrapolable a mi interés o desinterés por el resto de seres humanos. Supongo que, como buen cronopio que soy, me paso la vida en pos de otras criaturas que, como a mí mismo me ocurre, se ahogan entre los famas y las esperanzas se les deshacen en las manos mucho antes de comprobar su insipidez[2].
 
Dejando de lado a las personas y volviendo a mis filias “raritas”, hoy quiero romper una lanza por el otoño, el patito feo de las estaciones para la mayoría de los mortales (¿cómo va a poder competir con la floreada primavera[3], con el vacacional verano o con el familiar invierno?). Sí, ya sé que es el pinchaglobos que cada año marca el fin de la fiesta, el reloj que convierte carrozas en calabazas, quien clausura las terrazas y guarda en las despensas las cervecitas y las tapas al raso a la espera de tiempos mejores. Con su llegada, además, se acortan los días y se inicia el seguro derribo de nuestras defensas frente a los implacables ejércitos víricos (no en vano, winter is coming), se abona el campo de las depresiones y la melancolía, y la energía, que ni se crea ni se destruye, parece abandonarnos…
 
Europapress.es
 
De acuerdo, visto así, a priori no parece que el otoño tenga nada atractivo que ofrecernos, pero yo me inclino por pensar que toda la negatividad que se le atribuye se debe antes a la pérdida del verano y a la inmediatez del invierno que al otoño en sí mismo. Así, si hacemos el esfuerzo imaginativo de considerarlo aislado de su contexto, estoy convencido de que su valoración será muy diferente. Sí, es evidente que el otoño es mi estación del año preferida, precisamente porque no tiene nada de floreado, de caluroso ni de familiar (considerada la familia en un sentido amplio y extenso, la generadora de compromisos poco apetecibles, para que me entendáis), aunque no necesito echar mano de odiosas comparaciones para ponderar sus virtudes.
 
Para mí, el otoño es un campo de metáforas; una alondra permisiva; una invitación a recuperar la calidez de los cuerpos; un coito tierno con la cama; un ménage à trois con el sofá y la manta; un chapoteo que se abre camino bajo la lluvia; la victoria de la noche; un murmullo susurrado por las hojas secas; un sol a medio gas; el sabor que tiene el olor crepitante de las castañas; un bosque que nos viste con su manto húmedo; una chimenea útil; un suspiro que toma cuerpo; un hogar por fin habitado; una nueva vida que nos saluda desde la tumba; un cigarrillo que se consume entre los dedos del exfumador; una aurora perezosa; un crepúsculo precoz; un instante que invita a la reflexión; el otoño es (fue), hoy y para siempre, el momento de tu concepción. Cayó la flor, pero con la rama hice mi nido.
 
 

 


 

[1]Leopoldo LUGONES: “Amor eterno”, en Las horas doradas (1922).
[2]Para los que no estéis familiarizados con el universo creado por Cortázar, cronopios, famas y esperanzas son unas criaturas que vieron la luz en los relatos que componían Historias de Cronopios y Famas (1962). Grosso modo, los cronopios son seres candorosos, idealistas, sensibles, que viven al margen de las cosas y carecen de brújula existencial (“un dibujo fuera del margen, un poema sin rimas”, dijo Julio de ellos); los famas, en cambio, son seres rígidos, cuyas vidas son dirigidas por el orden y la organización, [¿pseudo?]virtuosos y sentenciosos (ya la primera vez que supe de ellos los identifiqué con aquellas personas cuyas bibliotecas personales están perfectamente ordenadas por géneros y por el tamaño y el color de sus libros); las esperanzas, por último, son seres a mitad de camino de todo (ni chicha ni limoná): desaboridos, insensibles, ignorantes y profundamente aburridos (peixos bullits, que decimos en catalán).
[3]Aunque ya Eliot nos la desmitificara en 1922 con aquello de April is the cruelest month