10. El teatro del mundo

El theatrum mundies uno de aquellos tópicos literarios tan vivos y omnipresentes que hacen que uno acabe por convencerse de que la vida no es más que literatura de ficción.
Museo  Tamayo

Quién es el autor de la pieza representada y a qué responde su intención ya depende del momento histórico concreto, aunque casi siempre se puede identificar con una entidad superior que podríamos llamar  dios (ya sea corpóreo y más o menos antropomórfico, etéreo o sólo la simple intuición de un mundo ideal mejor, es indiferente): así, podemos seguir la evolución del tópico (y acaso de la naturaleza humana en general) desde la trágica antigüedad griega, siempre con actitud estoica, y su reverso romano, de carácter más ligero, hasta el mismísimo día de hoy, aunque, para ello, tengamos que jugar al ajedrez para acabar encontrando a Carroll y a Borges, y leer a Balzac o a Flaubert, sin olvidarnos, por supuesto, de Calderón (y “sus antecesores cristianos”), Shakespeare, Cervantes, Quevedo o Mateo Alemán…; la función, hasta hoy, casi siempre ha sido la misma, esto es, la representación de un orden social caracterizado por la rigidez y el inmovilismo. Dios-entidad superior-destino es el encargado de asignar los papeles que nos corresponden, y nosotros, simples marionetas, actuamos en consecuencia y en función de lo que nos marcan esos límites caprichosa (por muy inescrutable designio de que provengan) y previamente asignados. Eso sí, se nos concede un escaso margen de maniobra conocido en unas ocasiones como libre albedrío, y en otras, como razón (hasta cultura se lo he oído o leído llamar a algunas y algunos…).

Qué pasa hoy en día y adónde quiero llegar con todo esto…  pues bien, en la actualidad, después del deicidio nietzscheano y el nacimiento del nuevo hombre, como bien señalaba el muchas veces extremista filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard, el ser humano, huérfano de entidades superiores, ha creado un nuevo ente que se encarga del reparto de papeles, pero ahora ya no somos actores activos sino pasivos, meros espectadores encadenados a un sofá, con lo cual se da una vuelta de tuerca más a la idea del teatro del mundo, ya que se elimina de un plumazo la libertad de acción o libre albedrío y, por supuesto, casi cualquier posibilidad de raciocinio. En efecto, ese ente del que hablo son los medios de comunicación en general y la televisión en particular, de la que, como dice Habermas, no somos más que meros consumidores pasivos de las opiniones con que nos bombardea continuamente.
El mundo ya no es lo que sucede al otro lado de la ventana, sino lo que nos muestra esa caja tonta a la que hemos dotado de poderes divinos. Sólo tenemos que advertir que tiene la capacidad de cambiar gobiernos, iniciar y finalizar guerras, generar pandemias inexistentes, crear tendencias y manipular conciencias, controlar, en definitiva, a través del miedo… de tal manera que vivimos dentro de esa hiperrealidad baudrillardiana que imposibilita la necesaria distinción entre la realidad y su representación, con lo que al final sólo existen simulacros de la primera de ellas.
Y ahora apliquemos todo lo anterior a cada uno de nosotros, que al final es lo realmente interesante: educados como somos educados, para ser los mejores, los más guapos y los más listos, y con la obligación de no sólo serlo, sino además de parecerlo y, sobre todo, de demostrarlo y presumir de ello, pues este instante de flashes y escaparates en que nos ha tocado vivir así nos lo exige en todo momento (so pena de depresión si no conseguimos tan valiosos reconocimientos), ansiamos tener un rol social protagonista[1]. Y no hay papel más importante que el de Creador, máxime teniendo en cuenta que es una categoría vacía, un puesto vacante que quién mejor que uno mismo para ocuparlo. No en vano, todos somos los mejores, los más listos y los más guapos para nosotros mismos, sin discusión. Es entonces cuando nos abrimos una cuenta en una red social, Facebook, Twitter o Instagram, o en todas ellas, y nos dedicamos a poblar ese mundo dentro del mundo que sólo a nosotros nos pertenece y que, por consiguiente, podemos colorear a nuestro antojo.
El procedimiento de todo ello es de sobras conocido, ya lo utilizó un tal Yahvé, dicen, hace mucho tiempo. Consiste en utilizar la Palabra, lo único existente al principio, para ir dando vida a lo que antes sólo era la Nada absoluta. Son nuestros estados, y si los podemos acompañar de una buena fotografía en la que posemos en actitud muy natural aún mejor, los que irán confeccionando ese simulacro de realidad en que se convierte nuestra vida (aunque bien mirado, tal vez sea sólo el almacén de nuestros deseos, donde guardamos la ilusión de la vida que nos hubiese gustado vivir o la imagen de la persona que siempre quisimos ser). Son nuestras palabras las que se encargan de transformar en acto lo que todavía sólo lo es en potencia, ahorrándonos, ésa es su gran ventaja, el esfuerzo real intermedio. Así, nos convertimos en profesionales sin tener siquiera categoría de aprendices, irradiamos felicidad aun cuando en nuestra vida tal vez no existan más que sombras, lanzamos pildorillas de falso conocimiento sacadas de los memes que circulan por ahí o, lo que es peor todavía, leídas en el blog de algún chiflado como el que esto escribe. Y somos felices como sólo lo pueden ser quienes bebían ambrosía. O tal vez sólo lo parecemos. O ni una cosa ni la otra.


[1] Recuerdo ahora a un profesor de Literatura medieval que tuve durante la carrera, que me parecía pesadísimo, por cierto, amén de un poco salidillo, como no puede ser de otra manera en quien se especializa en tan santo periodo literario, que siempre nos hacía reparar en la diferencia entre los sabios de aquella época y los supuestos sabios actuales. Los primeros, siempre al amparo de la discreción y el anonimato; los segundos, sedientos de fama y exhibicionismo.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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