50. ¡Medio centenar!

Me siento feliz. Con este post, llego a la cifra de 50 publicados… Lo cual no es cierto, porque existe uno, el de presentación, por llamarlo de alguna manera, numerado como 0. La verdad es que me hace gracia que así sea, su cualidad de 50 apócrifo, aunque sospecho que es uno de esos chistes tontos que sólo me hacen reír a mí: quienes me conocen ya saben de qué estoy hablando. Con todo, 50 posts (o 51, puesto que, stricto sensu, el 50 es el dedicado a Bolaño, y me parece bien que de la redondez de ese número se beneficie una publicación sobre el chileno) son muchos más posts de los que pensaba que escribiría cuando inicié esta andadura en septiembre de 2015. Claro, no son muchos, una media de (calculo con los dedos… y dos que me llevo, más la incidencia de la órbita jupiterina hacen un total de:) unas 14 publicaciones anuales. En el universo blog, en imparable contracción, es hablar de una menudencia. Una menudencia, además, que es probable que siga haciéndose más y más chiquita, hasta que sea prácticamente inexistente. Voy a embarcarme, y estoy embarcado ya, en otros proyectos, laborales y personales, que se adueñan y se adueñarán del ya de por sí escaso tiempo que hasta la fecha le dedico a este blog. Sin embargo, aunque he sentido la tentación de eliminarlo, al final he decidido mantenerlo activo, para cuando se me antoje volver a él.

 
Ahora que he hecho números, me pregunto si podría haber publicado más cosas aquí, y la respuesta es ambivalente: después de echarle un vistazo a esos blogs que aún son leídos, y compartidos, y comentados, y que acumulan pulgares enhiestos y corazoncitos virtuales, sí, podría haber publicado muchos más posts de los que he publicado; pero si me sincero conmigo mismo, la respuesta es un no categórico. Por incapacidad a todos los niveles en que se puede ser no capaz, seguro, pero también por pudor. Me explico: entre las virtudes de muchos de esos blogs (y hablo sólo de los que se sirven básicamente de la palabra escrita y que pretenden ser divulgativos), se me antoja que la más importante es la del número de seguidores, al que se subordinan la calidad, la honestidad intelectual (me repatea que se hagan pasar como propias ideas que no lo son, o que no se referencien debidamente) y la profundidad. Lo perverso de esto, de tener muchos y activos seguidores, es que puedes sentirte obligado a ser una presencia constante, y sin darte cuenta te encuentras metido hasta el cuello en el charco de lo banal, máxime teniendo presente que toda creación tiene algo de onanismo, sirve de alimento a nuestro ego, siempre ávido de notoriedad y reconocimiento (y las necesidades derivan de carencias, es bien sabido). Y aunque tal vez ahora peco de soberbia, Alfredópolis no va en esa línea, lo cual era y es y será siempre mi intención. Mis pajas mentales, que me las hago, no lo voy a negar, tienen otros protagonistas y otros escenarios.
 
Que no me importa ser leído o no serlo (o que no me importa demasiado) ya lo he dicho aquí antes, y no iba de farol. En mi blog escribo sobre una vida que tiene poco de literaria, la mía, sobre mis gustos e intereses, que no suelen coincidir con los de la mayoría, sobre (algunas de) mis opiniones… así que, por un lado, sería presuntuoso pretender tener un número de lectores semejante al de esos blogs estrella de los que hablaba antes; mientras que, por otro, tampoco soy alguien que escriba para todo el mundo, así que es del todo imposible que mi casillero de visitantes-lectores sea milmillonario. Quien escribe, escribe para un lector ideal, no voy a descubriros ahora la sopa de ajos, y aunque no tengo muy claro quién es el mío, sí sé que no coincide con el de mis compañeros blogueros. Es así, y no hay que darle demasiadas vueltas al asunto, porque de verdad que importa poco. Me sigue pareciendo más valioso no traicionarme a mí mismo ni tomarle el pelo a nadie. Con eso ya me doy por satisfecho. Tengo exactamente los lectores que tengo que tener, y si a alguien me debo, es a ellos.
 
Pero la verdad es que aún me sorprendo cuando alguien me dice que sigue mi blog, siempre acabamos topando con otra rara avis. Como muestra, un botón: hace poco, no puedo precisar cuándo, una persona me dijo que había leído los posts tal, y tal, y tal, y me comentó alguna de las cosas que en ellos había escrito y que había activado no sé qué alerta para que la avisara cuando publicase algo nuevo. Pues bien, ¡ni sé qué demonios puede haber activado, ni me acordaba de aquello que decía haber leído! Eso sí, creo que salvé la conversación de forma más o menos honrosa (¡tampoco está la cosa para ir espantando lectores!). No sé, me lo paso bien cuando escribo, no lo haría si no fuese así, pero tiendo a olvidarlo todo una vez que lo publico. Entre otras cosas, porque estoy seguro de que he escrito muchas tonterías, y aunque cada vez tengo menos vergüenza, aún me queda una poca.
 
Decía que me siento feliz por haber llegado a las 50 publicaciones (no quiero irme por las ramas como suelo hacer, defecto que me señalan siempre algunas personas; lo cual me resulta curioso, porque la que iba a ser mi directora de tesis doctoral me decía que mi mayor problema radicaba en ser demasiado sintético a la hora de explicarme por escrito… un detalle importante: es especialista en literatura decimonónica, discípula del gran Sergio Besser), y ésa es la verdad. Y con motivo de tal dicha, voy a sortear un lote de libros entre los lectores que dejen un comentario aquí o en la página de Facebook dedicada al blog: La Poética, de Aristóteles, con la inclusión de los capítulos XXVII y XXVIII, editados por Adso de Melk; La importancia del amor paterno, de Franz Kafka; Finalmente el tiempo sí existe, boludos, de Jorge Luis Borges; Guía ilustrada del Ulises, de James Joyce, con un vale de descuento para las dos primeras visitas al psiquiatra; Al fin Bartleby lo hizo, de Herman Melville; Sé que lo único que has leído de mi divino libro es el Infierno, valiente hipócrita, de Dante Alighieri; La Biblia y la verdad rigurosa, de autor omnipotente y desconocido (1 página y dos líneas); Ella me tentaba, de Lewis Carroll; Franco, ese mito erótico, autores varios y prólogo-orgía a ocho manos de Francisco Marhuenda, Pablo Casado, Santiago Abascal y Eduardo Inda, edición corregida y ampliada por José María Aznar; y Cómo intentar estar en el centro de todo cuando te pesa mucho más el huevo derecho, sobre todo en sus extremos. Una canción desesperada, de Albert Rivera.
 
¡Mucha suerte a todos!

 

 

 
 
 

 

 

41. El blog de mi bebé

 

Cuando escribo se me pasa todo; mis penas desaparecen, mi valentía revive.
 
 
Anne Frank, 5 de abril de 1944.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Hace sólo unos días que le decía a mi pareja, con intención jocosa (que no quejosa), que tal vez sería mejor cambiarle el nombre a este blog. En lugar de Alfredópolis, blog personal de Alfredo Martín G., debería llamarlo Bebelópolis, el blog de mi bebé; sin lugar a dudas, a la vista del impacto producido por los tres posts escritos sobre mi hija, tendría un mayor número de visitantes (lo de los lectores reales aún no hay manera de contabilizarlo, por mucha estadística e información que nos proporcione a los autores la plataforma donde publicamos nuestros textos, y quizá sea mejor así; pero desde ya, aviso, voy a suponer que toda persona que ha entrado los ha leído). No en vano, están entre los cuatro más leídos, tal y como se puede ver en la sección “Entradas populares de este blog”, situada a la izquierda. Y si mi objetivo fuese generar tráfico en mi blog personal, todo parece indicar que el cambio de nombre podría ser una buena estrategia.
 
Ahora bien, si pienso en las razones por las que esos posts han sido más leídos que otros (los menos leídos suelen ser los que les dedico a algunas de mis lecturas, salvo curiosas excepciones), la verdad es que no me motiva mucho hacerlo (en el caso hipotético de que el cambio de nombre hubiese sido alguna vez una opción real, cosa que ya os adelanto que nunca ha sido así), y es que sólo se me ocurren las siguientes[1]: se supone que un bebé es algo positivo, bonito, que enternece, y tanto la gente que me conoce en persona, como la que no, quiere compartir y hacer suyos también esos momentos felices que se supone que encontrará en lo escrito; tal vez los que ya han sido papás o mamás se identifiquen con lo narrado, y es probable que revivan, recuerden y/o rememoren su propia (y maravillosa) experiencia gracias a ello; los que aún no hayan tenido descendencia, pero quieran reproducirse en un futuro más o menos cercano, acaso los leen para ver qué pueden esperar cuando al fin les suceda, quién sabe. Además, hay que contar con los que los leen simplemente con la intención de chafardear, porque ya sabemos que las intromisiones en la vida ajena gustan mucho en este mundo en que vivimos, y yo les derribo la cuarta pared y les muestro la mía en aquellas entradas que etiqueto como “Vida” (y lo hago porque quiero, porque me apetece y porque, en muchas ocasiones, lo necesito como bálsamo; y no requiero el beneplácito de nadie para hacer lo que hago, por si hay alguien en la sala a quien se le pase por la cabeza eso de “pues yo no lo haría”… ¡pues no lo hagas, oye!); así como con algunos otros, una minoría, espero y deseo, a quienes les da igual el tema de lo escrito: lo suyo, además del cotilleo, es la crítica y la censura, y no les guía otro propósito más que ése cuando los leen (y si eso les sirve para que sus vidas sean algo menos insulsas y aburridas, pues yo que me alegro: podéis desconectar la televisión por una noche, ya tenéis tema de conversación y alguien a quien despellejar, ¡felicidades!).
 
Dicho esto, ¿me he imaginado escribiendo sobre bebés? Pues lo cierto es que sí, el contador de visitas es siempre muy tentador, un dulce de lo más goloso, y mentiría si dijese que no lo he hecho. Pero la verdad es que me veo incapaz de hacerlo por dos razones esenciales: 1. Porque no tengo ni puta idea sobre el tema (no poseo los amplios conocimientos de esos escribidores que pueden tratar cualquier tema porque todo lo saben y de todo saben…); las cosas que puedo saber, siempre insuficientes, las voy aprendiendo cada día, y es mi propia hija de diez meses quien me las enseña (como es natural, también aprendo y desaprendo de otros padres, de pediatras y de enfermeras, pero el conocimiento verdadero es el que obtengo después de haber bajado a la arena, allí donde se demuestran o se desmontan las bellas teorías, para “enfrentarme” a mi hija), así que tengo serias dudas sobre si lo que aprendo puede ser aplicable a cualquier otro bebé que no sea ella; y 2. Porque no me da la gana. Una cosa es que cada cierto tiempo escriba algo sobre mi hija (¿qué otra cosa puedo hacer con alguien que tiene un papel capital en mi vida?), y otra muy distinta es que sólo escriba sobre ella. Y que nadie me malinterprete, Júlia es mi tema de conversación preferido, la principal protagonista de mis pensamientos, una fuente inagotable de anécdotas, la mayor de mis preocupaciones, quien me conoce ya lo sabe, pero no por ello tengo que verme obligado a escribir únicamente sobre ella, por muchos nuevos lectores que obtenga por ello. Es más, si yo así lo quisiera, no protagonizaría nunca más un texto escrito por mí (cosa que no va a suceder, ya os lo digo, porque todo lo relacionado con ser padre o madre genera mucho material susceptible de ser publicado en este blog; eso sí, unas veces ese material es tierno y/o divertido; y otras, bastante penoso, sobre todo el relacionado con lo que llamaré la flora y la fauna existente en el hábitat de ser padres[2]). Además, hay otro importante factor muy relacionado con el hecho de negarme a escribir única y exclusivamente sobre mi hija: si bien es cierto que la llegada de un hijo nos cambia la vida, altera nuestras prioridades y supone un antes y un después para nuestras existencias, flaco favor nos hacemos (a nosotros y a nuestro entorno más cercano, a todo eso que decimos que más queremos) si dejamos de ser quienes éramos. Vamos, que se trata de luchar contra la disolución de la propia personalidad, de evitar que nuestro yo adulto ceda un espacio que resulte irrecuperable una vez que nos convirtamos en el padre o la madre de X o Z; creedme, esa metamorfosis ha venido a usurpar nuestro lugar en el mundo, y aunque es una guerra que nunca podremos vencer, pues tenemos en contra la biología, los sentimientos y la cultura, debemos mitigar en lo posible sus efectos.
 
 
Así, durante los últimos diez meses[3], he escuchado en boca de varias personas eso de “ahora todo ha cambiado, ya no puedo seguir haciendo esto o aquello otro porque la prioridad es mi bebé” y bla, bla, bla. Tonterías, o miopía, un error mayúsculo, en suma. Pues claro que la prioridad es y será por mucho tiempo tu hijo o hija, pero eso no quita que uno será mejor padre o mejor madre cuanto más a gusto esté consigo mismo y mayor capacidad para ser feliz tenga (y la felicidad no siempre nos la van a proporcionar nuestros hijos, mejor que lo tengamos claro), y si lo que nos hacía felices antes de la llegada de la criatura era derribar paredes a escupitajos, es fundamental que sigamos haciéndolo[4]. Quizá no pueda ser cada día, pero si se busca el momento, estoy convencido de que se encuentra… Es más, estoy casi seguro de que, en caso contrario, nuestras cabezas (o las de nuestras parejas) tienen muchas más posibilidades de convertirse en el lugar perfecto donde los pájaros vayan a anidar, y es probable, entonces, que uno de los dos (o los dos, cada uno por su lado, que las parejas se erosionan, y mutan, y necesitan reinventarse para sobrevivir al recién llegado; pero no al principio, no, que al principio se unen más que se separan, pero sí al cabo de tres, cuatro, cinco o seis años) se encuentre diciendo aquello de “ésta no es la vida que imaginaba para mí”, “no eres tú, soy yo”, “siento como si fuésemos dos desconocidos”, “ya no te ocupas de mí ni estás pendiente de mis necesidades como antes”, “quiero volver a sentirme hombre (o mujer) más allá de padre (o madre)” o los penosos “cariño, no es lo que parece” o “puedo explicártelo todo”; si no tenemos algún caso más o menos cercano, al menos hemos visto suficiente cine o leído suficientes novelas[5]como para no tener que hacer un gran esfuerzo imaginativo, ¿verdad?
 
Así que, volviendo al meollo del asunto, en lo referente a la cuestión: to be or not to be read, manifiesto que, pese a que haya personas que no acaben de entenderlo, ser leído o no serlo en absoluto cada vez me quita menos el sueño. Bien es cierto que faltaría a la verdad si dijese que no me alegra comprobar que un post ha sido leído o que ha generado algún tipo de reacción o comentario[6], o incluso que algún loco se ha lanzado a compartirlo. Hay numerosos estudios que equiparan los efectos de un “Me gusta” a una foto subida a Facebook o a Instagram con masturbarse, ganar dinero o comer chocolate (el más reciente, de la Universidad de California en Los Ángeles, la mítica UCLA del baloncesto), por ejemplo, así que imaginaos lo que experimenta alguien como yo, que ya tiende de manera natural al hedonismo, con lo que genera algo que he escrito[7]. Pero por muchas zonas del placer que se activen en mi cerebro, por decirlo de alguna manera, no escribo para mi público, y creo que nunca lo haré. A fin de cuentas, y por mucho que le cueste creerlo a algunas personas, yo no escribo para ser conocido, ni para ganar dinero, ni para que me contrate nadie, ni por ningún tipo de reconocimiento, ni siquiera el tuyo, lamento decírtelo, querido lector, sino que principalmente lo hago por mí mismo. Tuviese o no tuviese un blog, iba a continuar escribiendo, aunque de esta manera mis textos son leídos por un número mayor de personas que si decidiera guardarlos en un cajón tras dejárselos leer a la gente de mi entorno más cercano (que era lo que hacía hasta que nació Alfredópolis[8]). Claro, si puedo elegir, prefiero que me lean a que no lo hagan, no soy hipócrita, pero lo que quiero por encima de todo es escribir.
 
Permitidme que insista en esto último: si el fin de Alfredópolis fuese conseguir un número de lectores tal que me permitiese sacar pecho, decir aquello de soy escritor, o bloguero o cronista independiente (¡juas!), además del giro copernicano que supondría el cambio de nombre y temática de lo que comparto con vosotros aquí, podría optar por otras estrategias más fecundas y sencillas. Por ejemplo, hacerme tan accesible a los motores de búsqueda de Internet como fuese posible, es decir, dotar a mi blog de una mayor visibilidad para que cuando alguien busque algo relacionado, ni que sea remotamente, con el contenido de alguno de mis posts, mi blog sea una de las opciones que el navegador le sugiera al internauta en cuestión. Pero no, podéis creerme: no le facilito en nada el hallazgo al navegante curioso y/o despistado. Así, mi modus operandi en lo que respecta a Alfredópolises el siguiente: me fijo en qué hacen dos blogueros a quienes conozco en persona (aunque a uno de ellos no sé si llamarlo así; me parece, no sé exactamente por qué, pues bloguero es la persona que crea o gestiona un blog, que el sustantivo desmerece lo que hace y disminuye, si eso es posible, el ingenio y la sabiduría que tiene a bien compartir con sus lectores), que se convierten en los límites que marcan el exceso y el defecto de lo que yo quiero para mi propio blog. El exceso sería acabar convirtiéndome en un ridículo vendedor de mí mismo, abusar del autobombo y citarme y compartir mis posts hasta la saciedad (algún día tendré la dicha de que alguien me explique qué sentido tiene compartir siete veces algo que ya has publicado con anterioridad… a mí, con sinceridad os lo digo, se me escapa… o, mejor dicho, prefiero no saberlo) en una red social abierta a todo el mundo como Twitter; al fin y al cabo, supongo, se trata de que el contador de visitas, ¡bien visible, por supuesto, para todo el mundo!, registre el número más alto posible (¿un ego de tales dimensiones tendrá bastante con un billón de visitas? No sé yo…). El defecto es publicar mis posts únicamente en mi blog, y confiar en que mis lectores vayan mirando qué he ido colgando allí desde la última vez que lo visitaron (en el caso de que no se hayan suscrito; si lo han hecho, entonces reciben una notificación vía correo electrónico anunciándoles la nueva publicación); claro, el problema es que luego, como dice este autor-modelo, acabas hasta las narices de escribir cosas que nadie lee (y a mí me hace muchísima gracia cómo lo dice, y que, pese a todo, siga publicando cosas; respect!).
 
Llegados a estas alturas, es evidente cuál de los dos modelos me parece mejor, como también es evidente que en mi valoración de cada uno de ellos juegan un papel importante tanto mi aprecio personal como mi respeto y admiración intelectual por cada uno de ellos. Cierto, pero no por eso deja de ser verdad lo que he escrito antes. Soy de los que cree, y es posible que no me equivoque, que la necesidad de estar continuamente en el candelero, más allá de interpretaciones freudianas que no vienen al caso, te convierte en un escritor folletinesco (¡y que me perdonen los estudiosos de la literatura decimonónica!), y tus textos, más allá de tu propia valoración (excelsos, faltaría más), son el heno con que se alimenta el ganado. ¿Qué decir en mi caso concreto? Pues algunos de los que leéis esto ya lo sabéis, comparto mis posts en la página de Facebook Alfredópolis y, desde allí, en mi página personal, restringida a lo que voy a llamar “mis amistades”. Nada más, ni nada menos. Con eso ya me doy por satisfecho. La posición en que me deja esto ya no me corresponde a mí juzgarla, pues sería totalmente parcial; eso ya es cosa tuya, querido lector. Mientras tanto, y sea cual sea el veredicto, no te lo tomes a mal, yo voy a seguir escribiendo. Como dejó escrito Virginia Woolf en su diario el 14 de mayo de 1925[9], cuando se disponía a dejar el periodismo (¡bien por ella, y por nosotros, los grandes beneficiados de su decisión!) y centrarse en lo que luego fue Al Faro: “la verdad es que escribir es el placer profundo; y ser leída, el superficial”.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 


 

[1] Los que leen mis entradas con fidelidad, versen sobre lo que versen (que haberlos, haylos; muito obrigado a todos ellos), quedan fuera de esta clasificación, es obvio; ellos siempre están en las estadísticas, aquí me ocupo sólo de las “anomalías detectadas por el sistema”.
[2] Es probable que en un futuro le dedique un post a esto, que tiene bastante miga la cosa.
[3] Llega un punto en que esto de tener un hijo se parece bastante a romperte un brazo: de repente todo el mundo tiene hijos, todo el mundo se relaciona con otras personas que tienen hijos, todo el mundo habla de sus hijos, y acabas viendo hijos hasta en la sopa.
[4] Claro, durante los primeros meses, y sobre todo en el caso de las madres, esto parece una utopía. Pero hay que intentarlo, por la salud mental de todos los actores implicados, empezando por ellas mismas. Llegará el momento en que se precise de una conversación adulta, de una película, de unas copas con los amig@s, de teatro, de una noche de sexo hasta que salga el sol… yo qué sé, de miles de cosas en principio poco relacionadas con el bebé, de todo aquello que en apariencia ha quedado atrás y que solíamos llamar “mi vida”.
[5] La novela decimonónica hizo un arte del adulterio como consecuencia del aburrimiento y la monotonía. Su gran pero, que en su inmensa mayoría quien lo cometía era la esposa. Quizá porque el adulterio del marido era consabido y menos censurable cuando no absolutamente disculpable y casi beneficioso para el matrimonio.
[6] Tal vez sea de perogrullo, pero no está de más decir, si dejamos de lado el polisémico silencio, que sólo se pueden recibir dos tipos de crítica: positiva y negativa, y ambas deben ser recibidas con gratitud, pero sin que la primera alimente nuestra vanidad en exceso ni que la segunda machaque nuestra autoestima. La segunda, además, puede ser de dos tipos: constructiva y destructiva. La constructiva debe ser considerada el mejor de los regalos que nos pueden hacer, pues nos sirve para seguir aprendiendo y mejorando. La destructiva busca hacernos daño, y suele provenir de un ser frustrado; para minimizar su impacto, disponemos de tres opciones: ignorarla, hacer que la Musa cante nuestra ira y darle de comer a los perros el cadáver de quien ha intentado dañarnos, y dialogar educadamente con el crítico hasta que él mismo y sus limitaciones (existenciales, de carácter, intelectuales) se evidencien; al fin y al cabo, nosotros vamos a poder hacernos los tontos todo el tiempo que queramos, pero a él le va a resultar imposible simular que es listo mucho más allá de su crítica. Sin embargo, pese a que nuestra naturaleza animal nos incline a ello, es recomendable no optar por la segunda opción: aunque puede ser muy gratificante dejar K.O. a nuestro oponente con un buen directo de derecha (siempre dialécticamente hablando, se entiende), ya tiene bastante el pobre desgraciado con ser como es. Bastantes golpes le ha dado ya la vida como para darle su merecido también nosotros. Apiadémonos de él.
[7] Estaremos de acuerdo, espero, y que me perdonen los fotógrafos aficionados, en que escribir un texto sobre lo que sea, y por ridículo que sea, tiene un pelín más de mérito que hacerte una foto tomándote un gin-tonic a la luz de la luna, ¿no? Yo al menos soy capaz de hacerme una foto parecida: sólo necesito una luna, una copa, hielo, ginebra, tónica, especias varias y/o plantas y arbustos que añadirle a la mezcla, y una cámara de fotos o un móvil.
[8] No es verdad, antes de este blog hubo otro, El rincón de pensar, que abandoné porque no tenía muy claro hacia dónde se encaminaba, y corría el riesgo de convertirse en una mala caricatura de la idea de la que partía. Asimismo, Alfredópolisreemplazó a Caballo de juguete, que era como había pensado llamar a este artefacto en un principio, y que pretendía ser un homenaje a la novela de Laurence Sterne Tristram Shandy (ejemplo paradigmático de la literatura que se recrea en el placer mismo de escribir…). Quienes la hayáis leído ya sabréis que el caballo de juguete, interpretaciones sexuales al margen, era la ocupación que permitía al tío Toby escapar de la realidad. Sin embargo, dos cosas me llevaron a adoptar el nombre actual: que se me identificara con el tío Toby (un tullido digamos que poco hábil con las mujeres) y el hecho de que por qué debía conformarme con un refugio cuando tenía al alcance de mi mano crear mi propia realidad. Así que Alfredópolis, para mí, más que un blog o una identidad virtual, es esa vida entre paréntesis que transcurre, salvo pequeñas incursiones, en paralelo a la mía.
[9] Estas palabras de Virginia Woolf son un gran ejemplo de la impostura y la desinformación que campa a sus anchas por Internet. En muchas páginas dedicadas a esas chupicitascelébres con que adornamos nuestra profunda sabiduría, las palabras de Woolf son deformadas, y en ningún caso se cita la fuente. Luego ya están los blogueros más sabios, que además de seguir deformando la cita original, quieren hacernos creer que procede de La señora Dalloway (1925). Nunca antes fue más cierto eso de que, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey.