67. El beso que nunca lo fue

Ha recordado su primer beso. Justo en este preciso instante y con la misma viveza con que lo vivió aquella noche ya engullida por la oscuridad de los tiempos. Un beso que no fue un beso, que no fue el primero y que ni siquiera ha sido un recuerdo vívido hasta ahora. Un beso que es un puñal guiado por la mano del pasado y que abre una herida que mancha su carne y su memoria y su recuerdo. ¿Por qué precisamente ahora?, se pregunta con una voz que ya no es voz. ¿Por qué?

Un círculo perfecto trazado con tinta invisible en el desgarrado lienzo que ha sido mi vida: el primer y el último beso. Así lo veo, así vuelvo a vivirlo, y así lo confesaría si hubiera alguien que pudiese escucharme. Pero ya no queda nadie, sólo un leve pitido que me acompaña y me arropa y me guía. Y ni siquiera fue un beso, sino un robo y una traición y una despedida. Un secreto hasta para mí misma. Dolor, pérdida, silencio, olvido.

Y no fue un beso, porque mis labios no osaron asaltar la frontera que eran, que siempre han sido, las comisuras de aquellos otros labios que una noche quise hacer míos. Apenas un leve roce, la intuición de la cálida humedad donde se encuentran los amantes. Una promesa sin futuro. Cobardía travestida de indecisión. Nueva puñalada: un beso, una noche y un para siempre en mi corazón; mas un hasta nunca en mi cabeza.

Y fue un robo, porque me aproveché de la debilidad del amigo en beneficio de mi propio egoísmo, en el amparo del frío y la noche y la calle poco transitada, a salvo de miradas indiscretas. Y fue una traición gorgónea que alcanzó a varios inocentes y a una única culpable: a ese amigo al que le había rogado no traspasar el muro de la amistad y que había cumplido su promesa obviando su dolor; a quien me esperaba en casa, acompañante de por vida, propietario de mis besos pasados y futuros, de los actuales y de los que pensará para mí cuando ya no esté y el pitido se haya extinguido; y al bebé que todavía no era, pero que sería sólo unas semanas más tarde. A mi bebé, que ya no lo es, pero que será siempre mi bebé y que ahora me acompaña y me arropa y me guía, pero no me escucha.

Dios mío, los traicioné a todos y cada uno de ellos, pero me traicioné sobre todo a mí misma. Cavé y cavé y cavé, y lo enterré todo bajo dos metros de hielo y silencio, pero la culpabilidad, ahora lo sé, escapó de la sepultura. Decidí hacer de aquel engaño mi vida, porque así sería más fácil engañarlos a todos. Y ahora no queda nadie que me escuche. Sólo un pitido que se apaga. Nueva puñalada. Y un adiós. Y una vida que se extingue y se lleva con ella culpas, traiciones, silencios y un beso que nunca lo fue.

*Este relato ha sido publicado por la revista literaria Letralia. Tierra de Letras.

66. Sueños

Puedes hacer todo lo que te propongas, cariño, me ha dicho mamá. Y aunque siempre me cuesta entender un poco las cosas que me dicen, esta vez creo que he comprendido el mensaje. Mamá estará orgullosa de mí, y me mirará como me mira cuando hago algo que quiere que haga, aunque no sepa cómo, por qué ni para qué lo he hecho. Y me abrazará como me abraza en esas ocasiones, y casi seguro que se le escapará alguna lagrimita como cuando me aguanto el pipi por las noches, o como cuando soy capaz de vestirme yo solita, o como cuando consigo recordar alguna de las cosas que me han explicado en el cole. Quiero mucho a mamá, y me voy a esforzar y voy a hacer lo que sea para que sonría. Me encanta su sonrisa, ¡y es tan guapa! A veces me pregunto si de verdad es mi mamá. A lo mejor me parezco a mi padre y por eso soy como soy. Mi padre no está, se fue de viaje nada más nacer yo, y debe de estar atrapado por la nieve como esas personas que salen en la tele, o perdido en la selva, o en una isla esperando a que lo rescaten, porque todavía no ha vuelto. A lo mejor encuentra un tesoro y todo, y cuando vuelva me trae muchos regalos. No sé bien dónde ha ido. A veces siento mucha pena por papá, porque se fue y no ha podido conocerme. Aunque mamá y yo nos hemos apañado bastante bien sin él, la verdad. Como ella siempre dice, formamos un gran equipo. Pero esta vez no, esto tengo que hacerlo yo solita. Y luego se lo contaré a mamá con pelos y señales, que no sé muy bien qué significa, pero es lo que siempre dice el abuelo cuando intenta explicarme algo que sabe que no voy a acabar de entender. Mi abuelo es el papá de mamá, y creo que no le gusta viajar y que por eso vive con nosotras. Me cae muy bien. Aquí hace frío, lo noto en las mejillas, seguro que se me han puesto coloradas como aquella vez que nevó y salimos a jugar a lanzarnos bolas de nieve. Guerra, llamaban algunos niños a aquel juego que a mí no me parecía demasiado divertido. Tampoco entiendo qué es una guerra, solo sé que mueren personas, y que la muerte me da miedo. No quiero que muera nadie. Quizás debería haber esperado a que saliera el sol, pero entonces mamá y el abuelo ya estarían despiertos, y tengo que hacerlo yo sola. Me he abrigado muy bien, y aunque me ha costado vestirme, al final lo he conseguido. Me he puesto mi gorro preferido, parece la cara de un ciervo, con cuernos y todo. Una niña se rió no hace mucho de mí por llevar ese gorro, me dijo que era de bebés. Y mamá me dijo que aquella niña no tenía ni idea de lo afortunada que soy porque siempre seré una niña. Afortunada es una palabra que me cuesta mucho decir bien. No sé, creo que también me gustaría ser mayor, aunque solo fuese por un ratito. Pero no tanto como el abuelo. Como mamá: mayor, guapa y lista. De acuerdo, eso será lo próximo que me proponga: ser mayor. Proponga también me cuesta. Bueno, tengo poco tiempo antes de que mamá y el abuelo se den cuenta de que no estoy en casa. ¡Van a alucinar! Ahora solo un pequeño esfuerzo más y ya está. Lo voy a hacer, mamá, lo voy a hacer yo solita. ¡Voy a volar!

*Este microrrelato ha sido publicado por la revista literaria Letralia. Tierra de Letras y por la revista cultural madrileña Almiar.

65. ¡La literatura es una verga bien parada!

Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles.

John Waters

Siempre he creído que leer es de las cosas más sexis que existen. Me encanta contemplar a una mujer mientras lee —aquí el determinismo de mi orientación sexual juega un papel capital—, es una de mis debilidades: analizar sus gestos; ver cómo se entrecierran sus ojos por la concentración que requiere un párrafo enrevesado o cómo se abren de par en par por la sorpresa literaria; comprobar si mueve los labios, si se los muerde, si los mueve de derecha a izquierda o solo hacia uno de los lados, o si no los mueve en absoluto; descubrir si se acaricia el cabello, o las orejas, o las cejas, o el mentón, o si juega con los botones de su camisa o con el cuello o los tirantes de su camiseta —si se trata de una lectura estival—, o de su jersey —si, por el contrario, se trata de una lectura invernal—… en definitiva, acompañar con mi mirada cómplice cualquier movimiento involuntario de los que suele conllevar la actividad lectora.

Desde hace más de una década, que es el tiempo que llevo desplazándome en transporte público de mi casa al trabajo y viceversa, mi coto de caza de mujeres lectoras se ha trasladado de las bibliotecas, los parques públicos y los cafés a la línea R4 de Cercanías de RENFE. Es ahí, si no viajo acompañado y yo mismo no voy leyendo, cuando mi radar se activa e identifico a mi «víctima». Una vez hecho esto, me siento cerca de ella —la elección del asiento donde acomodo mis posaderas no tiene relación alguna con la belleza física, no estoy hablando de eso— y me deleito con todo lo descrito en el párrafo anterior. Por suerte para mí, las mujeres leen, y leen mucho más que los hombres, al menos si me ciño a los lectores que se distraen de esta forma mientras dura su trayecto en transporte público; así que no es difícil toparme, como mínimo, con una de ellas en cada viaje.

Si sigo tirando del hilo del fecundo símil sexual, diría que todo lo expuesto con anterioridad puede ser considerado como el equivalente al encuentro e intercambio de primeras palabras y copas en un club entre dos desconocidos, que puede dar paso, o no, a una tórrida noche de intercambio de fluidos sexuales, evocaciones al Altísimo y jadeos. Sin embargo, para que la cosa pase de una noche —o de los primeros minutos de contemplación, mejor dicho— y tenga una continuidad en el tiempo, no es suficiente con leer —o tener buen sexo—, sino que me tiene que gustar lo que está leyendo, lo que el libro —y la persona— alberga en su interior. De igual modo que la contemplación de una mujer mientras lee eleva mi libido intelectual, por llamarlo de alguna manera, aquello que esté leyendo puede provocarme un deleitoso orgasmo mental o, por el contrario, enterrar mi lujuria a dos metros bajo tierra.

Así que, ¿cuál es el siguiente paso? Es evidente, intentar leer el título del libro que tiene entre manos, acción que equivaldría a un nivel de dificultad propio de observadores principiantes; o intentar leer unos cuantos de los párrafos que ella misma está leyendo e intentar identificar qué lee exactamente, acción que equivaldría a un nivel de dificultad para observadores expertos y, sin duda, mi opción preferida, aunque no os la recomiendo de entrada porque es mucho menos discreta que la primera. Y puedo dar fe de que no soy el único tarado que se dedica a estos menesteres: cuando soy yo quien lee, siempre doy con alguien que intenta leer el título de mi lectura. Aunque yo, que disfruto sobremanera con el juego, no se lo pongo fácil y voy inclinando el libro que tengo entre manos, de manera que este y aquel, ya fundidos en uno, inician un apasionado tango… ¡os sorprendería la capacidad de torsión que tienen algunas personas! Todo sea dicho, el libro electrónico, soporte que yo nunca utilizo, pero que ya os adelanto que tiene su papel en este artículo, supone una dificultad añadida a este proceso, un reto para valientes, pues te exige trabajar en el nivel para observadores expertos sin el recomendable paso previo por el nivel para principiantes.

Pero ¿qué se lee en el tren? Pues si me baso en mi trabajo de campo, cuyo objeto de estudio es la mujer lectora, se lee, sobre todo, y a cualquier hora del día, literatura erótica, y con el adjetivo erótica estoy siendo muy benévolo, porque si a los párrafos leídos desde la clandestinidad me remito, yo la calificaría de pornográfica —quizá el subidón que tal lectura proporciona a quien la consume sea útil para evitar el primer café del día, mi conocimiento de la materia llega hasta donde llega—. No en vano, diría que el 90% de las lecturas que consigo descifrar —ni os cuento el día que identifiqué al Settembrini de La montaña mágica en la lectura de una de las mujeres observadas; ¡estuve a punto de abrazarla!— sin ser descubierto en mi empeño acaban conteniendo «una verga bien parada», «un mástil enhiesto», «un bulto duro que busca acomodo entre mis nalgas» o cualquier otra fórmula más o menos elaborada para designar al pene en erección y su actividad depredadora —la utilización de la preposición a para introducir, y nunca mejor dicho, el complemento directo el pene no es baladí; en ese tipo de lecturas el falo adquiere autonomía y personalidad propias, es un semidiós que despierta de su letargo para someterlas a todas—. Claro, que el pene nunca viaja solo, sino que suele compartir travesía húmeda con cuevas provistas de un alto porcentaje de lubricidad —o, simplemente, «coñitos», si la escena ya está disparada— y pezones turgentes y con una sensibilidad tal que el más mínimo aliento basta para que su poseedora acabe estremeciéndose por el más absoluto de los placeres…

Fuente: Ilustración propiedad de eljueves.es

Sé que esto de lo que hablo no es algo nuevo, que la literatura mal llamada erótica —o «que desata pasiones», como se ha referido a ella alguna lectora de este género con la que he hablado sobre el asunto— se encuentra entre las más leídas, fenómeno que se disparó con la publicación de Cincuenta sombras de Grey y que, sin duda, ha ayudado a consolidar el libro electrónico —creo entender, he aquí una pinceladita machista, que antes daba cierto pudor ser sorprendida leyendo según qué libros, pero que ahora, con la generalización de los e-reader, ese tipo de obras ha encontrado un camuflaje perfecto para pasar desapercibidas—. Supongo que las cosas son así, los hombres, diría que todos, consumimos pornografía, ya sea como parte de las cosas que se envían y se reciben por medio de cualquier método de mensajería instantánea, ya como parte del ritual de la/s macuca/s diaria/s —entre las diferentes acepciones del sustantivo macuca, no se encuentra la de sinónimo de hacerse una paja; mi padre es la única persona a quien le he escuchado emplearlo con ese sentido, y la verdad es que me parece muy adecuado para referirse a tal actividad—; y las mujeres, las que lo hacen, prefieren no ir directas al grano y recrearse en ladrillos de más de 500 páginas, pero con poco peso literario, a modo de preliminares. Desde luego, para mí, de literatura tienen poca cosa, y se contarían entre esas lecturas que me generan impotencia instantánea.

Ilustración de CLARA.. que resume a la perfección la «bonita» historia de amor de Anastasia y Christian.

Sé perfectamente que después de lo escrito se me puede tachar de esnob en lo que se refiere a la cosa literaria. Y no lo niego, es muy posible que lo sea, siempre y cuando se considere que el esnob en esto de la literatura es aquel lector que admira y defiende la calidad y el trabajo intelectual como condiciones sin las cuales no se da una obra literaria que se precie como tal. Qué le vamos a hacer, supongo que por deformación profesional no puedo compartir esa idea, tan de nuestros tiempos —mediocre, por otra parte, y ridícula, pues la cosa llega al extremo de llegar a manifestar que se prefiere leer a Federico, el vecino taxista que acaba de autopublicar una novela, antes que a escritores consolidados o clásicos; no sé si es cosa mía, pero diría que el hecho de que unos sean consagrados y clásicos, y el otro, taxista, no se debe únicamente a un episodio de mala suerte—, de que literatura es todo aquello que se puede leer. No, por un lado está la literatura, y por otro, este tipo de artefactos elaborados con el único propósito de ser consumidos —me muero de la risa cuando escucho a este tipo de escritores afirmando que lo que desean es trascender; debe de ser una estrategia de autobombo más para que te gastes las cuatro perrillas que te sobren en su libro—. Y que sí, cabe la posibilidad de que sean mucho más rentables, tanto por el número de ventas como por la cantidad de esfuerzo de quien las escribe, y de fácil lectura, pero ni una cosa ni la otra los convierte en literatura —por no hablar ya de buena literatura—. De hecho, me inclino a pensar que es justo todo lo contrario.

Sin embargo, antes de acabar creo que debo aclarar que el género no tiene nada que ver con la calidad literaria de la obra, mi esnobismo, si se da, no llega a estos extremos: la literatura erótica, o romántica (al final, lo uno y lo otro acaban copulando la gran mayoría de las veces), no tiene por qué ser mala, a fin de cuentas, si lo sumamos a la muerte, el amor es uno de los grandes temas de la literatura de todos los tiempos. Tal vez no como componente único y esencial, pero grandes historias de amor tenemos para dar y vender en la lista de la literatura apta para un esnob, y eso que no me voy a meter en el fecundo terreno de la poesía tal y como la entendemos hoy, pero sí que voy a citar obras escritas en verso: Homero y la fiel Penélope —u Odiseo y sus amantes—, Eurípides y la terrible Medea, Ovidio y sus múltiples cambios, el Eneas virgiliano, todo lo que hay de lujurioso en el melódico libro de la Biblia, los amigos Calisto y Melibea y el amplio elenco de prostitutas que le hacen los coros en la obra de Fernando de Rojas, las lozanas andaluzas y los libros que se ocupan del buen amor, el caballero Tirante y los placeres de su vida, Dante y su Beatriz, Shakespeare, tal vez incluso Alonso Quijano y su Dulcinea, Stendhal de rossonero, Flaubert y su educación, Goethe y sus desventuras juveniles, la novela rusa del XIX, las hermanas Brontë, Jane Austen, Mann y su muerte en un día soleado de playa, los espumosos días de Vian, las cosas de Cortázar, la cólera del Pélida García Márquez… vamos, que no hay excusa que te lleve a ensombrecerte con los Grey de la vida. Por esta razón se me cae el alma a los pies cuando veo a mi alrededor tanto lector —al contrario de lo que se dice, hoy se lee más que nunca, al menos cuantitativamente hablando; con anterioridad, la cultura, y por consiguiente también la literatura, era uno de los juguetes de las clases pudientes— desperdiciando su tiempo con según qué lecturas.

Si recordáis, iniciaba este artículo con la famosa cita de John Waters, que en realidad es más larga de lo que se suele recordar: «Necesitamos hacer que los libros vuelvan a molar. Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles». En mi opinión, como creo haber dejado claro, deberíamos modificarla de este modo: si vas a casa de alguien y no tiene libros —y si los tiene, según cuáles sean—, no te lo folles. Porque si de lo que se trata es de que los libros vuelvan a molar, lo que debemos hacer es leer libros que molen. Así de simple.

64. Todos somos Homero

Entendemos que la tradición literaria occidental, un concepto que debería sernos familiar a todos, se remonta a unas pocas obras seminales procedentes, en concreto, de la literatura clásica grecolatina y de la tradición judeocristiana. Para ser más explícitos, hablamos de los versos homéricos (fuese quien fuese Homero, existiese o no, y por muchas dudas razonables que existan sobre que sea el mismo autor que dio a luz a la Ilíada y a la Odisea; no hay tiempo ni espacio para tratar esa cuestión aquí) y de la Biblia. Y creo que es una opinión generalizada pensar que esto que ya forma parte de nuestras conversaciones literarias ha sido siempre así, que se sabe desde hace siglos que todos pertenecemos y contribuimos a esa tradición, porque la tradición es eso que perdura porque se transmite de generación en generación. Y aunque dicen que las cosas que no se nombran no existen, eso no ha sido óbice alguno para que la tradición literaria occidental siga tejiendo su red infinita de puentes sin necesidad de ser identificada como tal. Como veremos más adelante, estamos hablando, por mucho que su propio nombre nos retrotraiga a lejanos siglos pasados, de un invento moderno. ¡Larga vida a las paradojas!

Para ponernos en situación, es necesario señalar que, hasta bien entrada la Baja Edad Media, lo que se sabía en Occidente de Homero procedía de fuentes corruptas y secundarias, y lo mismo es aplicable a muchos de los autores de la Hélade. En este sentido, es imposible calibrar con precisión el daño que le hicieron a la cultura occidental los incendios de la biblioteca de Alejandría (fueron más de uno, aunque Julio César haya cargado con el muerto en el imaginario popular) y la división en dos del Imperio romano: el de Oriente se quedó con todo el saber pagano; y el de Occidente, con la religión y esos interminables siglos oscuros conocidos como Edad Media. Sin embargo, es innegable que los cruzados cristianos intentaron ponerle remedio a tan desigual reparto con la quema de libros que siguió a la toma de Constantinopla en 1204 y que los grandes escritores de la cristiandad, “enanos a hombros de gigantes”, supieron nutrirse de la frívola Roma (recordemos: alumna de la antigua Grecia aunque con una vocación mucho más lúdica y pragmática que reflexiva) para dotar de profundidad, prestigio y calidad a su propia literatura.

En esta misma línea que vengo apuntando, y a pesar de toda la barbarie en forma de impedimento y de negación característica de estos siglos, la Eneida, continuadora de los belicosos y nostálgicos versos homéricos, se convirtió en el modelo a emular por la épica medieval. Me refiero al Beowulf, a la Chanson de Roland, al Cantar de Mio Cid, al Cantar de los Nibelungos y, un poco más tarde, a las novelas de caballerías pertenecientes a la materia de Roma (que no es más que pasar por el filtro medieval a la Antigüedad clásica), a la materia de Bretaña o ciclo artúrico y a la materia de Francia o ciclo carolingio, y aún más tarde, al Orlando furioso, La Araucana, Los Lusiadas… como vemos, toda gran nación aspiraba a tener su poema de exaltación patria a la romana con que dar lustre y esplendor a sus orígenes, y qué mejor manera que mezclar su sangre, como mezclada estaba la de Eneas, con la de la divinidad. Ya veis de qué manera tan rocambolesca, a ciegas y escondido en el maletero de un auto pilotado por Virgilio, se iba abriendo paso hacia el futuro el bueno de Homero…

Y así nos plantamos en pleno siglo XX. En una Europa que acaba de derrotar a la amenaza nazi (tan destructora de cultura como lo fueron Julio César o los Reyes Católicos antes) y que vive el apogeo del método comparativo, entra en escena Ernst Robert Curtius, que publica en 1948 Literatura europea y Edad Media latina, un estudio con el que pretende demostrar el continuum entre las culturas romana y europea occidental, y que sería complementado dos años más tarde con Ensayos críticos sobre la literatura europea. Pese a que los trabajos de Curtius fueron tan alabados por su atrevimiento y originalidad como denostados por su falta de solidez teórica, tuvieron un papel fundamental en la literatura de ficción de la segunda mitad del siglo XX porque de sus obras se desprende una de las ideas motrices, tanto de la modernidad como de la posmodernidad literarias, en lo que a narrativa se refiere (curiosamente a esta última le sucede lo mismo que le sucedió a Curtius, o la amas o la odias, no hay término medio; a mí me encanta por lo que tiene de juego y desafío intelectual), aunque será la segunda la que la elevará a su máxima expresión y la que mayor provecho obtenga de ella: la literatura universal está compuesta por unos cuantos relatos originarios, los versos homéricos, y todo lo que se puede escribir ya lo escribieron los antiguos griegos (yo tuve un profesor que decía que todos nacemos, amamos, odiamos y morimos en griego y en latín, y creo que no le falta razón). Lo que viene a continuación no es más, pero tampoco menos, que las infinitas versiones, reversiones e inversiones de aquellos versos originarios. Alucinante, ¿verdad?

¿En qué se traduce todo este galimatías? ¿Dónde os quiere llevar este loco salvaje? Pues a la idea de que si ya está todo escrito, el tema, al contrario de lo que muchos piensan, no es tan importante; el contenido cede en beneficio de la forma, que es la que dota de significado y calidad a una obra literaria. Como dijo Thomas Mann, aquello sobre lo que habla un artista no es nunca lo más importante, es decir, que lo capital no es el qué, sino el cómo del asunto literario. Es más, creo que el hecho de que una novela o un relato sea literariamente bueno se debe mucho antes a cómo nos cuenta las cosas que a las cosas que nos cuenta. [Dejo pasar unos segundos para que os recuperéis del susto.]

Ejemplo paradigmático de todo esto que os estoy diciendo es Jorge Luis Borges (sí, soy de los que se alinea al lado de quienes lo consideran el precursor de la literatura posmoderna). ¿Qué dice Borges que sea original? Nada, absolutamente nada. Se ocupa de muchas cosas, claro que sí, sobre todo de literatura; pero también del papel relevante que el azar adquiere como timón de toda existencia a partir de las teorías neodarwinistas; de la teoría del caos; de la muerte de las verdades absolutas que trae consigo la relatividad; de la lógica, más difusa que nunca; de las ideas de Nietzsche, Derrida o Paul de Man sobre la fragilidad de la existencia de lo real… pero todos y cada uno de estos temas ya tienen sus especialistas, eminencias en sus campos que nos explican mucho mejor que el argentino el qué de sus materias. El (gran) mérito de Borges es convertir esos qué en ficción (de ahí que su libro de relatos más conocido se titule así, Ficciones) y hacer del cómo una obra de arte. Claro, eso hace que para mucha gente resulte pedante, inabordable o qué sé yo. Pero se trata de malas lecturas, si se está al corriente de los qué del mundo, se entiende perfectamente que los cómo laberínticos de Borges son impostura, parte esencial de su juego infinito y un espejo de nuestro propio mundo.

En efecto, como la noche con que nos topamos en la primera línea del relato “Las ruinas circulares”, todos somos unánimes en sentido etimológico: una sola alma. Todos somos Homero. Shakespeare fue tan Homero como Borges. Yo soy Homero, y tú, estimado lector, también eres Homero.

*Este artículo ha sido publicado por la revista cultural Almiar.

63. Geografía del recuerdo

Si quid mea carmina possunt,

nulla dies unquam memori vos eximet aevo.

VIRGILIO: Eneida.

Si fuese redactor de guías turísticas y tuviera que escribir sobre el pequeño pueblo pesquero de la costa catalana donde pasé los primeros diecisiete años de mi vida, afirmaría que son tres sus atractivos. Dos de ellos, claros ejemplos de los encantos que caracterizan esas latitudes, son los reclamos que, desde los años ochenta, atraían a decenas de nuevos turistas estivales cada año. A saber: el famosísimo espigón, tan infinito en mi memoria que aún comunica continentes, otrora puerta de entrada a peligrosas y salvajes tierras desconocidas, escenario de mil y un juegos infantiles, además de refugio de primeros besos adolescentes y lugar de encuentro y desencuentro de numerosos y cambiantes amores de verano; y la lonja y el mercado adyacente, que abastecen a los pueblos de la zona, y que dotan a la localidad de un colorido y una vida pintoresca muy atrayentes a ojos del turista metropolitano.

Con todo, y sin desmerecer en nada a los dos focos de atención anteriores, para mí la mayor atracción del pueblo nunca podría aparecer en esa guía, entre otras razones, porque ya dejó de existir, y es muy posible que, cuando todos aquellos compañeros de juegos que crecimos juntos dejemos para siempre este mundo para seguir su estela, su recuerdo muera con nosotros. Tal vez por eso escribo hoy, para recuperar de la eternidad al viejo Vicente o, mejor dicho, con la vana ilusión de proporcionarle una inmortalidad que, pese a todo, sé que es imposible.

Pero es que la historia de Vicente es de aquellas que merecen ser contadas: hijo, como casi todos nosotros, de una familia de pescadores, desde muy joven demostró tener una sensibilidad especial, como si hubiese venido al mundo equipado con esas antenas de especie que solo tienen los grandes artistas y que lo facultaban para ver lo que para los demás era simplemente inexistente por invisible. Quienes lo conocieron desde su infancia, como mis abuelos, siempre contaban que Vicente, además de tener una mirada de esas que te leen el alma, era un ser, por encima de todo, en extremo inteligente. Absorbía lo que se le explicaba con facilidad y naturalidad pasmosas, de modo que, más pronto que tarde, la nimia enseñanza que todos los niños de aquella época recibían, limitada al catón y a las cuatro reglas, se le quedó pequeña. Ya no se trataba únicamente de que fuese una esponja, sino que generaba saber sin necesidad de haberlo recibido antes, tal era su capacidad de entendimiento del mundo y sus entresijos.

Fue el empeño de su madre, que ya adivinaba algo especial en su hijo, el que finalmente convenció a su padre de alejarlo, pese al sobresfuerzo económico que les supondría, del oficio paterno y enviarlo a casa del senyor Basili, que era algo así como el sabio reconocido de aquellos lares y que habitualmente se ocupaba de la educación de los hijos de algunos burgueses que residían por la zona. Y una vez allí, devoró con fruición todos los libros que el viejo tenía en su biblioteca. En especial se interesó en los clásicos grecolatinos y en aquellos manuales que versaban sobre filosofía natural ―cuánto llegamos a disfrutar mientras mirábamos las estrellas durante las interminables noches de agosto y el viejo Vicente nos iba nombrando los nombres de los astros y las constelaciones, y nos recitaba, cual rapsoda, los mitos clásicos que explicaban su formación―. Y demostró grandes dotes para la música. De hecho, con el transcurrir de los años, llegó a dominar con virtuosismo varios instrumentos, aunque él, más amante de madrigales que de odas y siempre más cercano a la aldea que a la corte, se decantó por el acordeón.

Y esa es la imagen imborrable que de Vicente guardo en mi memoria, la del viejo sentado en su sillita de playa, con su acordeón, a la puerta del mercado o en la plaza Mayor, siempre vestido con sus característicos polos a rayas y sus inseparables sandalias, con su sombrero en el suelo, a su lado, a la espera de la voluntad agradecida del turista desconocido o de la solidaridad del vecino conocido.

Porque lo cierto es que Vicente, pese a lo mucho que prometía y a la insistencia de sus padres y del senyor Basili, jamás abandonó el pueblo en busca de la fortuna que, al parecer, abundaba en la gran ciudad. Según contaban los vecinos, la razón de que no siguiese el mismo camino que el resto de chicos de su edad era que había decidido permanecer al lado de su madre cuando su padre fue engullido por el mar una noche de tormenta algunos años atrás. De ese modo, combatía la viuda soledad materna con su compañía, su afecto y su conversación, e intentaba paliar la exigua pensión que ella recibía con lo poco que ganaba gracias a su inseparable acordeón y a las clases particulares que impartía a los escasos estudiantes del pueblo, yo entre ellos años más tarde ―porque como no podía ser de otra manera, heredó la toga de su viejo maestro una vez que este murió.

Y aunque todos en el pueblo siempre creyeron que su marcha sería un hecho el día en que su querida madre falleciese, Vicente jamás partió. Se convirtió en testigo musical de todos los que partían y de los pocos que acababan por volver, y en eterna compañía de los que allí seguían, amarrados al espigón, al mercado, a la lonja y a su acordeón. El amor no quiso que partiera antes y el amor, caprichoso, no quiso que lo hiciera después.

Porque fue el amor, siempre el amor, según me confesó él hace ya muchos años en una de aquellas conversaciones tan amenas que intercalábamos entre lección y lección, o al final de estas, el que frenó cualquier impulso de cambio. Porque Vicente, tan sensible como era a la naturaleza humana, tenía que acabar enamorándose. Y se enamoró, vaya si se enamoró.

Tal como él mismo contaba, todo sucedió uno de esos días de agosto tan parecido a los demás que nada hacía presagiar que el destino de una persona fuese a ser alcanzado por el antojadizo chispazo del amor. La jornada transcurría con absoluta normalidad: los turistas, capitalinos la mayoría, aunque de tanto en tanto aparecía algún grupo de franceses, lo admiraban como a una atracción turística más y premiaban cada una de las canciones con que los obsequiaba aquel joven ―porque yo alguna vez también fui joven, aún recuerdo que me decía― de aspecto jovial y sonrisa interminable con unas monedas. Y así iban pasando las horas y consumiéndose la mañana, y ya se había calado el sombrero y se disponía a recoger, sillita, acordeón y todo, cuando la vio por primera vez, acercándose por el paseo marítimo que iba a morir a las puertas de la lonja y el mercado. Iba vestida únicamente con un sencillo vestido color amapola de esos que suelen ponerse encima del bañador entre el trayecto que separa el mar de la ducha reconfortante, que contrastaba con la delicadeza de una piel blanca ligeramente asalmonada, como si el mismísimo Sol no hubiese querido maltratar a tan maravillosa criatura, aunque tampoco pudiera resistirse a acariciarla. Sus delicados pies, descalzos, hacían que la naturaleza misma se estremeciera de placer con cada nuevo paso que daba sobre la parte del paseo que aún restaba sin pavimentar.

Cuando llegó a su altura, la joven se detuvo y, clavando sus preciosos ojos sobre él, le preguntó con una dulce sonrisa y en un correcto español salpicado de galantería francesa si llegaba a tiempo de que tocase algo para ella. ¡Claro que llegaba a tiempo!, rememoraba Vicente con ojos brillantes, ¡Si la llevaba esperando toda mi vida!

Y ese primer encuentro se convirtió en cotidiano todos los días que restaban de verano. La joven de origen francés y el joven acordeonista se convirtieron en estampa habitual del pueblo todos los mediodías. Y acabó el verano, y con el verano las vacaciones, y con las vacaciones las visitas de la chica. Pero a ese verano le siguió otro, y a ese otro aún otro más, y luego otro más, y sus encuentros se hicieron más frecuentes y numerosos: empezaron a compartir primeras horas, además de mediodías, y atardeceres, y cálidos paseos a la luz de la luna de agosto hasta el espigón.

Sin embargo, lo que para ella era una bonita amistad forjada para siempre en la admiración, la confianza y la sinceridad mutuas, para Vicente se fue convirtiendo, si no lo fue ya desde un primer momento, en algo mucho más profundo. Y finalmente, armado de valor y apremiado por la urgencia de aquel penúltimo mes de agosto que ya languidecía, le confesó su amor a aquella francesa que acostumbraba a veranear en su pueblo. Pero sus sentimientos no eran correspondidos ni podían serlo por razones que Vicente jamás le confesó a nadie. Todo lo reducía, citando a Ortega, a una limitación por circunstancia.

Al verano siguiente, el último en que se volvieron a ver, la chica apareció en el pueblo en un avanzado estado gestación, cargando, quizá, con aquello que hemos llamado circunstancia. Y ella y Vicente se despidieron, como siempre, con un abrazo, una sonrisa y una caricia en el espigón, pero esta vez en lugar de dos respiraciones entrecortadas que se encontraban fueron tres.

Así es como yo conocí a Vicente muchos años después, aunque él ya me conociese de mucho antes, y así es como lo dejé de ver cuando nos trasladamos, años más tarde, a la capital. Hasta ahora, que por fin he vuelto al pueblo pesquero que me vio nacer y crecer, y que lo vio morir a él, según reza la lápida al lado de la que esto escribo, hace más de treinta años. Y no tengo ni idea de cómo fue su vida hasta el último de sus días, pero lo imagino sentado en su sillita, con uno de sus polos a rayas y su sombrero, a la puerta del mercado o la lonja, o en el espigón, armado con su inseparable acordeón y oteando el horizonte en espera de aquella francesa cuya circunstancia hizo imposible cualquier otro final para esta historia.

*Este relato ha sido publicado por la revista literaria Letralia. Tierra de Letras.

62. Réquiem por un sueño

El sueño de la creación artística nace en la adolescencia. Al menos así fue en mi caso y en el de algunos de los amigos que, en aquella época hormonalmente tan cambiante, sentimos esa inclinación en alguna de sus manifestaciones. Entre nosotros, el que parecía que iba más en serio era un chico que quería ser director de cine, sueño que siguió alimentando, por lo menos, hasta la treintena, momento en que le perdí la pista. Lo sorprendente del caso, vamos, lo que a mí me sorprendió y me sigue sorprendiendo, es que no era un gran cinéfilo (su conocimiento de los clásicos del séptimo arte era nulo) y renegaba de la tradición, hasta tal punto que ya siendo adulto y cursando algo relacionado con la enseñanza del anhelado oficio, me llegó a confesar que por qué tenía que saber qué habían hecho los Kurosawa, Lang, Welles, Hitchcock o Fellini, que él lo que quería era ponerse a rodar, y que le sobraba toda aquella información inútil. Por lo que sé, creó su propia productora, y entre sus grandes éxitos se cuentan algunas escenas de pornografía amateur que circulan por la red…

En mi caso, y en parte por eso estoy aquí, escribiendo este artículo, mi deseo siempre fue convertirme en escritor (siendo niño, en cambio, decía que sería médico, pero creo que más por la aprobación que esa profesión generaba en mi entorno que por verdadera vocación; ni punto de comparación la reacción que suscita la medicina con la cara de tus progenitores cuando les dices que tú lo que quieres es ser artista, ya me entendéis…). Así que me dediqué en profundidad al estudio de la literatura, en base a ese sueño adolescente y en base a que, llegado el momento de elegir qué estudiaría, opté por la única constante en mi vida hasta aquel entonces: leer. Al contrario que mi antiguo amigo, yo valoro la tradición, porque a escribir (como sucede con toda disciplina artística) se aprende de los maestros, de quienes han ejercido con anterioridad esa profesión (y de quienes lo están haciendo mientras uno se inicia, claro) con maestría, y cualquier ilusión de originalidad pasa necesariamente por su lectura y relectura, por la interiorización y puesta en práctica de sus estrategias y estilos, y ya con un poco de suerte y mucho talento, con la ruptura, reversión o inversión de todo aquello que has aprendido. Eso es la originalidad y el genio artístico. En caso contrario, puedes acabar escribiendo “a la manera de” y, sintiéndolo mucho, entre leer a un mal imitador de Faulkner y leer al Faulkner auténtico, yo me quedo con la segunda opción.

El problema del estudio de los clásicos, al menos en mi caso ha sucedido así, es que te empequeñecen, su sombra es demasiado alargada. Yo nunca seré un Borges o un Cortázar, y eso hasta ahora ha hecho que me piense muy mucho dedicarme profesionalmente a la escritura de ficción. Y quizá me equivoco y debería aspirar a ser únicamente Alfredo Martín, pero como lector competente que me considero, no le encuentro sentido al hecho de sumarme a una serie de nombres que no le aportan nada al panorama literario, salvo grosor. Pero esta idea se ha ido desarrollando con el paso de los años y con la acumulación de lecturas; como os decía, mi ilusión adolescente era ser escritor, y esa ilusión seguía muy viva durante mis años en la Facultad de Filosofía y Letras.

Y fue allí, en la universidad, en pleno crecimiento de la autoestima (al fin y al cabo, como nos decía la profesora, escritora y editora Carme Riera, se suponía que éramos la futura élite del país) y mientras me devanaba los sesos en busca de cuál sería la voz narrativa adecuada para una novela que tenía en mente y que desde entonces duerme el sueño de los justos en algún cajón, que aprendí todo lo que os contaba más arriba. Como buen estudiante que he sido, ya había dejado atrás la clasificación infantil de los tipos de narradores en función de la categoría gramatical y me centraba en la teoría de Genette que se basa en la relación que narrador y narratario establecen a través del texto. Así, iba llenando una tabla que recogía las focalizaciones y voces propuestas por el teórico francés para ver cuál sería la indicada para mi novela. Como todos los tratados recogen y los talleres literarios insisten, la elección del narrador es crucial para el éxito o el fracaso de una novela. Y yo me lo tomaba muy en serio. Al fin y al cabo, y aunque sea una perogrullada, la narrativa recibe ese nombre porque es una narración, y toda narración requiere de una figura que narre, independientemente de que esta lo sepa todo de todos los personajes, o solo de uno o dos, o se limite a darnos información sobre lo que hacen y dicen, o que sea un simple testigo, o un protagonista, o que viva en una realidad alternativa fuera del mundo narrado (veo que los profesores de talleres literarios asienten; bien, creo que voy por el buen camino), ¿verdad que sí? Pues no.

Fue la profesora Helena Usandizaga, una suerte de princesa Mérida cuasi quincuagenaria enamorada de la literatura hispanoamericana en general y de la ciudad de Lima en particular, quien me demostró, con el ejemplo de El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, que aunque importante, la figura del narrador no es fundamental (¡avisen a un médico, los profesores que antes asentían ahora están hiperventilando!). La genialidad de Puig es construir una novela (me encantaría hablaros de ella en profundidad, pero tendrá que ser en otro espacio y en otro momento) que funciona pese a renunciar a lo que todos damos por hecho que es irrenunciable. ¿Cómo? Pues supliendo al narrador con otros recursos narrativos y haciéndolo, claro está, con maestría: los diálogos que mantienen los presos Valentín, un preso político, y Molina, acusado de corrupción de menores, durante el gobierno de un Perón enfermo y a las puertas del golpe de Estado de Videla; los argumentos de películas de serie B con que Molina pretende seducir a su compañero de celda y que hacen avanzar la trama; los elementos procedentes de la cultura pop o directamente kitsch; los informes policiales o los que recogen los interrogatorios a Molina; los monólogos interiores; las notas al pie, algunas de ellas con información de psicoanalistas reales y otros inventados que sirven a Puig para hablar de la sexualidad… en definitiva, una maravilla de novela y un ejemplo de que la genialidad, como os decía muy al principio de este texto, consiste en conocer la tradición, a los maestros, la técnica y las convenciones establecidas y, luego, hacerlo saltar todo por los aires.

No sirve, a mí no me sirve al menos, quedarse con y repetir lo establecido. Las convenciones, como los sueños, convenciones son. Y quienes las conocen para saltárselas, para abrir una nueva senda en el camino, y no para adorarlas como a dioses ancestrales, son los escritores que merecen la pena ser leídos. Los escritores que yo nunca seré.

61. To publish, or not to publish: that is the question

Y es una pena, la verdad,
porque sería algo inefable
cambiar la torpe realidad
y ser o Borges o bailable.
Pues qué penita y qué dolor,
no tendré el Nobel, no, señor.
 
Javier KRAHE y Joaquín SABINA: “… Y todo es vanidad”,
Corral de cuernos (1985).
 
 
 
 
 

No son una ni dos ni tres las veces que alguien me ha preguntado si soy consciente de lo bien que escribo y, acto seguido, que por qué no publico algo. Supongo que con ese algo se refieren a una novela o a un libro de relatos o a un poemario o, tal vez, a un ensayo (no sé si me ven como narrador de corta o larga distancia, como poeta o como ensayista, ni siquiera estoy seguro de que me vean en realidad).

Sobre lo de que escribo bien, siempre respondo lo mismo: soy filólogo (do you remember it?), no faltaba más sino que alguien de mi perfil no escribiese bien, y por bien me refiero a correctamente: sin errores que me sonrojen, o, en caso de cometerlos, que no sean demasiado vergonzosos, y respetando la tríada elemental formada por la cohesión, la adecuación y la coherencia; aunque sé que de todo hay en la viña del Señor y yo mismo en alguna ocasión he pensado de algún colega: “¡qué lástima de dinero invertido en matrículas universitarias!”. Pero lo habitual es que quien ha cursado con éxito una filología escriba bien, lo raro suele ser lo contrario. Además, estoy de acuerdo con Bolaño [“Discurso de Caracas”, en Entre Paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama, Barcelona, 2004], lo de escribir bien está al alcance de cualquiera y, por tanto, le concedo muy poquito mérito:

 

Muchas pueden ser las patrias [de un escritor], se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso.

Sólo hay que echarle un vistazo a lo que se publica hoy para cerciorarse no ya de que no se alcanza el criterio de calidad que apuntaba Bolaño, sino que en muchas ocasiones lo que se publica ni siquiera está bien escrito, patología que se ha visto agravada, mucho me temo, por el fenómeno de la autoedición y las redes sociales, terrenos fértiles para la alimentación de vanidades: no nos engañemos, la escritura tiene mucho de onanismo, y poder decir eso de “soy escritor” y “mira, allí, en aquel estante, tengo dos libros publicados (por mí y por mi bolsillo)” es orgásmico para cierto tipo de personas. Pero no pretendo criticar la autoedición, por mucho que me sangren los ojos con los fragmentos con que algunos de estos escritores mendigan compradores para sus libros en las redes, entiendo que el hecho de que te publiquen en un gran grupo editorial puede ser harto complicado y desesperante (imposible si no reúnes un mínimo de calidad), además de que todos somos libres de gastar nuestro dinero como nos plazca, y si ésa es la ilusión de nuestra vida y es lo único que nos importa, pues bienvenida sea la autoedición y la dejo que descanse en paz, que bien merecido lo tiene.

Sin embargo, a quienes sí que voy a criticar es a aquellas personas cuyas publicaciones en una editorial son sospechosas, a las que sacan pecho (aquí es donde las redes sociales adquieren protagonismo, o nos lo dan, mejor dicho: ¡cuánto daño nos están haciendo!) por dárselas de algo que en realidad no son y es bastante posible que nunca lo lleguen a ser (vamos, que no los critico por publicar, no, sus delitos son su inexistente honestidad intelectual, el autoengaño y, lo que resulta más flagrante, el intento de engañar al resto del mundo). Quiero decir que si nuestro libro (pertenezca al género al que pertenezca y verse sobre lo que verse) ha sido publicado por una editorial que pertenece a un amigo, o a un familiar, o a un conocido, o a un examante o un amante actual, o al vecino del quinto piso, y nos deben un favor, pues no es lo mismo que si enviamos nuestro manuscrito y un consejo editorial decide publicarlo. Digamos que jugamos con ventaja, que la competencia es desleal y que es muy posible que el criterio de la calidad no haya sido el imperante a la hora de dar luz verde a la publicación. Y aunque es lícito hacerlo, y es muy aconsejable tener amigos en este mundo, deberíamos reconocer que nos han publicado por lo que nos han publicado (porque ha sido esa editorial, la de nuestro amigo, y no otra, la que lo ha hecho), pero no, está visto que la autocrítica y la sinceridad para con uno mismo y para con los demás no es lo nuestro.

 
Fotograma de Hamlet, dirigida y protagonizada por Laurence Olivier (1948). Fuente: elconfidencial.com
Otro detalle importante es, además del sello editorial que nos publica, en qué colección de su catálogo (en caso de que disponga de más de una) lo hace. Pongamos por caso que vamos a publicar un libro sobre filosofía en la editorial de ese amigo con quien nos portamos tan bien en el pasado que nos debe una: no es lo mismo que nuestro libro vea la luz entre los ejemplares que conforman la colección “Grandes pensadores contemporáneos” a que lo haga en “Con cada consumición, un montadito filosófico y un mondadientes gratis”. No, queridos, no, si esto sucede, no podemos vendernos como la reencarnación de Aristóteles (aunque creamos que lo somos). Ese amigo, más que un favor, nos habrá hecho una putada, porque por mucho que el tuerto sea el rey en el país de los ciegos, existen más países y más tuertos, incluso gente que ve con los dos ojos, y es más que posible que nos convirtamos en el hazmerreír de todos ellos; eso sí, mamá y papá, y aquellas personas que tal vez piensen que pueden necesitar en un futuro del mismo empujoncito del que hemos gozado nosotros para publicar nos comprarán un ejemplar y hasta nos dirán que les ha encantado y que qué sabios somos (aunque en otros foros hayan manifestado que no creen en nuestra filosofía, o que es superficial, o que está a la altura de, como máximo, un trabajo aceptable de primero de carrera; ¡la hipocresía se nos da tan bien!), entre aplausos y vítores el día de la presentación (y más si pagamos de nuestros bolsillos unos canapés o el favor que nos debían era tan grande como para merecer alguna botellita de cava a cargo de la editorial), por descontado. Que aun así todo esto nos da igual y nos seguimos creyendo la polla del universo, pues venga, a hacer oídos sordos a lo que nos digan y a fardar en las redes. ¡Qué cojones, que somos escritores y nos han publicado un libro, que se vaya enterando todo el mundo!
 
Entonces, ¿qué sucede conmigo, por qué no me lanzo a publicar algo? Como ya he venido desgranando, descarto por completo la autoedición en todas sus modalidades (para mí sería el equivalente a hacerme trampas jugando al solitario) y cualquier tipo de publicación que no se base en exclusiva en la calidad de lo que escribo. Es posible que si no fuese filólogo, mis lecturas (modelos de los que uno aprende y con los que se compara sin remedio) hubiesen sido otras, igual que lo que pienso sobre este asunto hubiese sido diferente, hasta cabe la posibilidad de que a estas alturas ya hubiese autoeditado algo o hubiese intentado aprovecharme de mis contactos. Pero no puedo renunciar a lo que soy, y mi autoexigencia es la que es. Joaquín Sabina, un buen lector, en una entrevista (creo que lo leí en algún medio impreso, aunque no estoy seguro) en la que le preguntaron por qué se había decantado por la música, varió con inteligencia la letra de la canción que cantaba Krahe y respondió: “Como no puedo ser Borges, no me ha quedado más remedio que ser bailable”. Yo, como no puedo ser Borges, tengo que conformarme con escribir un blog, publicar de vez en cuando algún articulito o alguna reseña en alguna revista literaria (ojo, que sé que hay gente que se cortaría un dedo con tal de ver algo suyo publicado en una revista y lo llevan intentando sin éxito mucho tiempo; a mí, y soy sincero, no me ha costado demasiado, de hecho me han publicado el 75% del material que he pretendido publicar; aunque quizá sea el 100%, que desde que uno envía su material hasta que es publicado pueden pasar X meses) y guardar en un cajón ideas, esquemas, fragmentos, capítulos inacabados, poemas, etc., a la espera de tener tiempo para dotarlos de una calidad acorde con mi exigencia. Y es que el tiempo es fundamental en esto de la escritura: uno no puede ser escritor (de calidad) escribiendo a tiempo parcial (un ratito los fines de semana, o durante las vacaciones de verano); es preciso dedicarse a diario a tal empresa, y unas cuantas horas. Por esta razón, porque no vivo de rentas y tengo que trabajar mucho para comprar algo de tiempo (pasan doce horas desde que me activo para ir al trabajo hasta que por fin vuelvo a poner un pie en casa cada día), porque tengo una familia y porque en realidad me gusta más leer que escribir, me es imposible dedicarme a la escritura como actividad profesional y de calidad, al menos, de momento. Claro, habrá quien me diga que podría sacrificar algo de eso y dedicarle ese tiempo a escribir y, así, cumplir «mi sueño», y mi respuesta es sencilla: no sueño con publicar, y no creo que nada de lo que escriba y publique pueda sustituir económicamente a mi trabajo, ni que me dé lo que me da pasar tiempo con mi familia, ni que me sea tan placentero como leer a alguien que escribe mucho mejor que yo; y publicar por publicar, como parece que se publica hoy, lo lamento, no lo contemplo, ni lo ambiciono ni lo requiere mi vanidad. Qué penita y qué dolor, no tendré el Nobel, no, señor.

 

 

 

60. Salvado… por los cómics

No sé por qué extraña razón tiendo a engancharme a cosas que no me hacen ningún bien (en la esfera física puedo citar el tabaco, por ejemplo; en la psicológica y afectiva, a ciertas personas; aunque es verdad que a lo de las personas ya hace un tiempo que le estoy poniendo remedio con bastante éxito; con el tabaco, en cambio, aún no he podido, mi lucha continúa) y a apartarme de las que me hacen mucho bien. Entre estas últimas, pues hoy voy a ocuparme sólo de cosas positivas, tengo que citar los cómics.

De hecho, mis primeros pasos en esto de la literatura (creo que me voy convirtiendo en un lector bastante competente: no peco de falsa modestia, no, sino que soy lo suficientemente honrado conmigo mismo y respetuoso con la literatura como para saber que el lector ideal no existe, es una aspiración inasible, de ahí el adjetivo ideal; he acabado siendo filólogo; escribo un blog; he publicado en revistas especializadas y culturales reseñas y artículos literarios…) se deben a aquellas primeras historias que se apoyaban en poco texto y mucho dibujo. Así que creo que es de recibo, en primer lugar, dedicarles unas líneas, y en segundo lugar, volver a algo que, como decía, me hacía y me ha hecho mucho bien: me entretenían y, a la vez, sin ser yo consciente de ello, ponían la primera piedra de lo que soy hoy.

Diría que los primeros cómics que leí me llegaron, por llamarlo de alguna forma, por “herencia paterna”. No en vano, eran las historietas, tebeos para él, que mi padre había leído cuando era un niño, así que supongo que le hacía gracia que el pequeño de sus dos hijos se entretuviera con lo mismo con que él se había entretenido (y se entretenía, que alguna vez leía y releía mis cómics) muchos años atrás (gracia compartida por mí, dicho sea de paso, pues mi padre había pasado por ellos mucho tiempo antes que yo, y eso me gustaba): El Capitán Trueno y El Jabato. Aunque tampoco estoy seguro al cien por cien de que fueran ésos los primeros cómics (sí sé, con toda certeza, que fueron los primeros que leí de cabo a cabo), porque recuerdo alguna visita a la biblioteca de la escuela algún día que no podíamos salir al patio o hacer educación física debido a que llovía y correr como alma que lleva el diablo para adelantarme a mis compañeros y hacerme con algún ejemplar de Astérix y Obélix, Tintín (mi madre, ya no siendo yo tan niño, me fue comprando todos los que habían sido publicados hasta aquel momento; la pena es que hay alguno de ellos que no encuentro: o se lo presté a alguien que no me lo ha devuelto o habrá sido engullido por algún oscuro cajón que más pronto que tarde, espero, acabará regurgitándolo), Eric Castel (y mira que a mí ni me gusta el fútbol ni soy del Barça) o Yakari (preciosos, muy educativos por la simbiosis con la naturaleza y el respeto que ésta merece; ya le he querido regalar la colección completa a mi hija Júlia, pero no lo he hecho porque su mamá me ha disuadido con buen criterio: ya habrá tiempo de regalárselos, aún es pequeña, y tiene toda la razón) y no tener que conformarme con los de Teo (¡me parecían tan faltos de vida comparados con los otros!) o alguna novelita de la colección El Barco de Vapor (las series blanca y azul me parecían muy infantiles, y la naranja y la roja tenían demasiada letra como para ser leídas en la hora escasa que íbamos a estar en la biblioteca). En cualquier caso, como decía, de esos cómics me limitaba a leer las viñetas que me llamaban la atención por alguna razón, pero nunca los leía enteros (supongo que por la edad o por el poco tiempo disponible, o por la suma de ambos factores).

Sea como fuere, y en paralelo a la narrativa propia de mi edad, poco a poco fui introduciéndome en el mundo de los cómics, y a los ya citados se unieron Mortadelo y Filemón, 13 Rue del Percebe, Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio, Superlópez (¡me encantaba!, pero con tanto cambio de editorial y/o colección no he encontrado la manera de adquirirlos todos en una sola compra y sin repetir alguno), Lucky Luke, Spirou y, ya más adelante, pero no mucho más, los de factoría americana (y estoy seguro de que me voy a dejar algunos en el tintero; antes no era tan sencillo comprar cómics ni, sobre todo, seguir colecciones; te acababas leyendo lo que llegaba a la librería del barrio, ya fuera tu favorito o no, y las colecciones se quedaban a la mitad, o iniciabas una con la serie muy avanzada, o comprabas un ejemplar de una colección que nunca más volvería a estar a la venta en tu librería): Spiderman, El Capitán América, Los 4 Fantásticos, Conan el Bárbaro (qué diferente era nuestra educación, ¿verdad?), Batman, El Castigador, Daredevil, La patrulla X (nada de X-Men como ahora)… supongo que en mi debe tengo que contar el manga (y el anime, aunque sí seguí, pero no con demasiada constancia, Dragon Ball, Sailor Moon, Oliver y Benji, Los caballeros del zodiaco, Chicho Terremoto, Juana y Sergio, Ranma ½, Musculman o Cinturón Negro, casi todos gracias a la televisión pública catalana, y he visto Ghost in the Shell, Akira, Your Name o La princesa Mononoke, estas dos últimas películas por recomendación de mi excompañero Héctor, “Máquina. Huracán”, gran hallazgo del año 2018; pero reconozco que no acabo de conectar con ese mundo), que cuando empezó a leerse en estas latitudes yo ya ocupaba mis lecturas con otras cosas.

Es bien sabido que las circunstancias de cada uno determinan qué caminos se acaban transitando y cuáles no, así que supongo que el hecho de haber sido un niño enfermo y haberme pasado buena parte de mi infancia entre ingresos y visitas clínicas ha tenido mucho que ver en mi pasión inicial por los cómics: los hospitales, además de oler a hospital y ser tristes per se, son muy aburridos y hay que ocupar el tiempo, muchas veces indeterminado, que transcurre entre los ingresos y las altas médicas lo mejor que se pueda (con 5 años hice que mi madre me comprase unas cartas sobre el anime, basado en el manga homónimo, Candy Candy para jugar a algo que le gustase a mi compañera de habitación, una niña unos dos o tres años mayor que yo… que creo que podría haberse convertido en mi primer amor si no le hubiese gustado, precisamente, Candy Candy: ¡menudo dramón!). Así es que la lectura de cómics fue convirtiéndose poco a poco en mi pasatiempo favorito y el relevo que se iban dando mis padres para hacerme compañía empezó a coincidir con que quien relevaba al otro venía con un nuevo cómic en la mano para mí. Y mejor no hablar de cuando empezaron a dejarme salir a dar un paseo diario a media mañana, ¡alucinaba!: en Sabadell había librerías especializadas en cómics y jugueterías que en Cerdanyola no podíamos ni soñar (¡además de bares y restaurantes con platos que hacían que se me cayera la baba cuando leía sus menús en la entrada! ¡Qué mal aguantaba la comparación lo que comía a diario en el hospital!).

Lo cierto es que a los cómics de siempre empezaron a seguirles los especiales de cinco números (no sé si eran semestrales, anuales o qué, ya os digo que por aquella época poco o nada se sabía al respecto de periodicidades, al menos yo), sobre todo tras una prueba difícil o dolorosa superada con éxito y después de portarme “como si fuera un niño mayor” (¡soy incapaz de cuantificar la cantidad de lágrimas que me habré tragado pensando en Peter Parker o Bruce Wayne!). Qué queréis que os diga, ya no se trataba sólo de puro entretenimiento, sino que se daba un sentimiento de identificación que, con el paso de los años, me parece de lo más natural: yo era un niño enfermo, y en esas edades eso suele ser sinónimo de rarito, pero a la vez mis rarezas, supongo que era una manera de animarme, me convertían en alguien único, especial (al menos entre mi círculo más cercano), un mutante más de la patrulla. Gracias a los cómics pude soñar y pude vivir una vida diferente a la que me había tocado vivir. Me proporcionaron la ficción donde necesitaba refugiarme. Creo que mis padres no saben cuánto les agradezco (diría que nunca se lo he dicho) que siempre hayan estado dispuestos a gastar dinero en esa actividad que para ellos era tan importante (y que lo ha acabado siendo también para mí): leer. Porque primero fueron los cómics, pero luego vinieron las revistas de baloncesto, y más tarde las primeras novelas, y la poesía, etc.

Pese a todo lo anterior, llegó un momento en que dejé de leer cómics. Así, sin más, sin cuestionármelo siquiera. Simplemente dejé de tener tiempo para ocuparme de ellos. Mirado desde la distancia, creo que los consideraba un género menor (ya empezaba a decantarme, aunque sin llegar a ser un objetivo definido, por la filología, y los cómics no forman parte del canon académico oficial), más propio de lecturas juveniles que de adultas, para el que no tenía tiempo: empecé a leer novela, poesía y teatro (y ensayo y mucha crítica literaria un poco más tarde) como si no hubiese un mañana (y, de hecho, no lo hay: no disponemos de tiempo para todo ni para todos; nuestra responsabilidad radica en elegir correctamente con qué y quiénes lo gastamos, y en demasiadas ocasiones nos equivocamos), y cuando entré en la universidad ni me acordaba de que alguna vez había sido lector de cómics. Como confiesa Horacio Oliveira en el crucial capítulo 36 de la Rayuela de Cortázar (novela que he releído hace muy poco, maravillosa e imprescindible para todo espíritu que ansíe la libertad), encerrado en un furgón policial entre vagabundos y pederastas, “cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas” (y “en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar”), y algo parecido me ocurrió a mí; lo de las novelas, no lo de ir en un furgón policial entre vagabundos y pederastas.
 
Esta es la cara que se le quedó a un servidor cuando fue obsequiado con Watchmen.

Que estaba equivocado a día de hoy lo tengo muy claro (y eso que tanto los cómics que siguen en casa de mis padres como los pocos que me llevé a mi propia casa hace unos años parecían advertirme de ello cada vez que posaba mi vista en las estanterías en las que aguardaban con paciencia a que volviera su momento): ni se trata de un género menor (uno de los regalos que me hizo mi pareja el pasado día de Reyes fue Watchmen, la maravilla de Moore y Gibbons; y quien lo haya leído ya sabe de las complejas y variadas estrategias narrativas que pone en práctica para hacernos llegar las peripecias de sus héroes y superhéroes) ni, por supuesto, es una lectura infantil; además de que es una lectura totalmente complementaria con el resto de la literatura (como veis, ya lo considero un género literario más; si el teatro no está completo sin su representación, el cómic tampoco lo está sin sus ilustraciones; no veo razones para no considerarlo parte de la literatura, y que me perdonen los puristas de uno y otro lado). Y creo que ya vislumbro la razón principal por la que he vuelto al cómic: estoy agotado de tanta literatura (de narrativa, de poesía, de teatro, de ensayo). Me explico: he leído mucho, muchísimo, por devoción (en varias de sus acepciones), por formación y por profesión, pero cuanto más leo, menos disfruto de la lectura. No, tranquilos, apagad esa hoguera, no vais a tener que quemar a nadie, esto es algo que le pasa a más gente además de a mí, que lo he hablado en alguna ocasión con otros lectores tan compulsivos como exhaustivos (¡mucho más que yo!) y también les sucede lo mismo. Me refiero a que la acumulación de lecturas transforma tu manera de leer, y aunque te mueva el placer, ya nunca leerás con inocencia. Así, toda narrativa o poesía que leo, aunque siguen despertando algo de lo que despertaban la narrativa o la poesía que leí hace años, lo hacen con mucha menos intensidad, y lo que queda y se impone es el estudio, la crítica, la autopsia de lo que sea que estoy leyendo. El cómic, en cambio, supone un refrescante y renovador soplo de aire fresco, un resquicio de vida en un ambiente demasiado viciado. En este sentido, le comentaba el otro día a mi pareja acerca de la lectura de Watchmen que no sabía cuándo tenía que pasar una página, que no estaba acostumbrado a ese tipo de lectura y que no lo sabía leer… ¡maravilloso, el mundo del cómic volvía a darme justamente lo que estaba necesitando por haberlo perdido!

La vuelta a los cómics, visto así, tiene algo de círculo que se cierra, lo cual, en cierta manera, me pone los pelos de punta y, a la vez, me satisface enormemente. Como Oliveira, vuelvo al personaje de Cortázar, me encontraba encallado en la casilla número 8 de mi rayuela, pero he empezado una nueva partida y creo que ahora sí alcanzaré el Cielo, pues he recordado que para llegar allí “se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato”.

P. S.: Informándome aquí y allí, he elaborado una lista (sólo voy a citar el nombre de los guionistas, que me perdonen los ilustradores) de los cómics que me gustaría leer (y por leer entended comprar) en un futuro lo más cercano posible (todos ellos antiguos y finalizados; me sucede lo mismo con las series de televisión: las prefiero ver cuando ya han acabado o cuando ya llevan un número considerable de temporadas emitidas; aunque sé que la periodicidad es una característica relevante de ambos géneros, no llevo muy bien las esperas), así que esas decenas de personas que ahora mismo estarán preguntándose qué me pueden regalar que me haga especial ilusión, pueden recurrir a ella (pensad que esta lista vale miles de euros… ¡también acepto donativos en efectivo!): de Alan Moore, V de Vendetta, Desde el infierno, Batman: La broma asesina, La cosa del pantano y La liga de los hombres extraordinarios; de Frank Miller, Daredevil: Born Again, Batman: El regreso del Caballero Oscuro, Batman: Año uno, Sin City y 300; de Garth Ennis, Predicador y El Castigador MAX; de Brian Azzarello, 100 balas; de Darwyn Cooke, Parker: El cazador; de Jeph Loeb, Batman: El largo Halloween; de Brian K. Vaughn, Y: el último hombre; de Brian M. Bendis, Daredevil; de Robert Kirkman, Los muertos vivientes; de Neil Gaiman, The Sandman; y de Jodorowsky, La casta de los metabarones y El incal. Y para que no se diga que no lo intento con el manga, el clasicazo de Koike El lobo solitario y su cachorro y el Adolf de Tezuka.

59. Ser madre

He sido uno de esos futuros padres a los que les hubiese encantado poder vivir qué es estar embarazada y sentir cómo la vida se abre paso en mi interior, poder establecer ese vínculo especial que une a madre e hija muchos meses antes de la llegada al mundo de la segunda. Así lo sentí y así lo verbalicé en su momento. Aunque ni fue siempre así ni es así hoy en día. La verdad es que me he repensado eso de querer ser madre.

Sí, ya sé que es políticamente incorrecto afirmar lo que voy a afirmar en breve, y que para según quién sea el receptor de este texto debería haber empezado, antes incluso de llegar a plantearme manifestar mi opinión al respecto, disculpándome por ser hombre y, para más inri, blanco y occidental, por mi identidad sexual coincidente con mi fenotipo sexual y, por supuesto, por que Napoleón, como buen macho alfa que fue, conquistara Europa casi en su totalidad (cosas de convertir la falacia ad hominem en modus vivendi); pero como creo que mi voluntad no ha tenido nada que ver en tan graves delitos, voy a pasarme lo políticamente correcto por las criadillas: estoy contento (aunque quizá el adjetivo preciso sea aliviado) de haber nacido hombre y de no tener que ser yo quien conciba. Al menos en lo que respecta a los aspectos sociobiológicos del asunto, de los que me ocuparé tan pronto como finalice esta introito, me alegra haber nacido hombre (con todos y cada uno de los pecados inherentes a mi condición manifestados con anterioridad). Cierto es que luego la cultura lo jode todo, pero mientras tanto, ciñéndome a lo puramente sociobiológico, sí, para mí hoy es una bendición no poder concebir.

La verdad sea dicha, hasta que no superamos con éxito el crítico primer trimestre quería ser padre, pero no madre. Y eso que ya empezaba a verle algún problema al asuntillo de no ser yo el embarazado: por mucho que te impliques y que lo vivas, estás condenado a hacerlo desde la barrera. No experimentas ningún cambio (sí, ya sé que hormonalmente el hombre también experimenta cambios, pero no son comparables a los que experimenta la mujer, no me condenéis aún a la hoguera), y lo único que te queda es la preocupación. De repente, si dormías bien, dejas de hacerlo, atento a las respiraciones y movimientos de quien descansa a tu lado. Llegas a hacerte pesado, debido a tu incapacidad de sentir lo que la otra persona está sintiendo, y la pregunta, en la cama, en el trabajo o mientras te das una ducha, siempre es la misma: ¿estará yendo todo bien? En nuestro caso, todo fue bien hasta la noche previa a la primera ecografía (maldita sea nuestra suerte, ¿verdad?): un grito en la noche procedente del lavabo y sangre, mucha sangre, en un pijama y en una cama, parecían materializar nuestra peor pesadilla. Y confieso que no fue hasta ese momento que por fin me sentí padre, paradójicamente cuando todo indicaba que había dejado de serlo. Y fue esa noche, que por fortuna tuvo un final feliz, cuando inicié un proceso madurativo que me ha llevado a ser quien soy hoy. Lo tengo claro, si hay dos momentos que me han marcado y me han despojado del velo de la ignorancia tras el que se oculta lo que de verdad importa en la vida, fueron esa noche y las más de 27 horas de parto que tuvimos que afrontar meses más tarde.

Claro, a partir de ese susto, me convertí en un guardián siempre atento a cualquier movimiento: si mi pareja se levantaba a orinar en mitad de la noche (cosa que una embarazada hace muchas veces), yo acababa irrumpiendo en el lavabo para cerciorarme de que todo estaba correcto; si respiraba más fuerte de lo normal o se quejaba por cansancio, ahí volvía a aparecer yo a ver qué pasaba. Un plasta insoportable, vamos. Y eso que a partir de ahí, pese a que activaron el protocolo de embarazo de alto riesgo (un aplauso a la atención dispensada por la Seguridad Social hasta el momento del parto, no sabemos valorar lo que tenemos), tuvimos un embarazo de lo más tranquilo y agradable. Y he ahí que empecé a desear ser yo quien estuviese embarazado: mi pareja sentía a la pequeña que crecía en su interior, disfrutaba de ella, se encontraba en un momento dulce, doy fe; no sabéis cómo agradezco que no se convirtiese en una de esas personas que se obsesiona con la vida que lleva dentro, siempre preocupada por si se mueve o no, siempre pensando en lo peor; no, ella hizo lo que hacen las personas inteligentes: saborear un momento único, propiciar el milagro de la vida con una sonrisa; para loco obsesionado ya estaba yo… de ahí que, supongo, se abriera paso en mí el deseo imposible de quedarme embarazado: ella podía saber si todo iba bien sin necesidad de preguntar, sin tener que estar siempre alerta, se podía relajar, podía jugar a imaginar cómo sería la pequeña Júlia. Yo, me sincero, en ningún momento me relajé, salvo en las ocasiones en las que ponía mi mano en su vientre para sentir cómo se movía nuestra pequeña o al final de las visitas al ginecólogo cuando nos aseguraban, por fin, que todo estaba bien.

 
Junior (1994), película dirigida por Ivan Reitman y protagonizada por Arnold Schwarzenegger, Danny DeVito y Emma Thompson.
 
Sin embargo, los días 21 y 22 de julio de 2017 se me fueron todas las tonterías, y lo de ser yo quien sufriera los dolores de parto, o a quien le inyectaran la anestesia epidural, o quien tuviera dos partos en uno, o quien hiciera equilibrismo en el umbral del más allá, o a quien le practicaran una cesárea de urgencia, o quien necesitase morfina para combatir el dolor, o quien tuviera que someterse a un largo tratamiento posparto (no voy a revivir aquellas 27 horas interminables, 30 en realidad hasta que la mamá pudo tener a su hija por fin entre sus brazos; quien quiera saber más sobre cómo vino al mundo Júlia puede leerlo en este mismo blog), dejó de parecerme algo deseable. Lo de ser madre, salvo algunos versos libres, y siempre según mi experiencia, puede ser desagradablemente prosaico.

Algún ingenuo podría pensar que lo peor, una vez en casa, ya ha pasado, pero es justo entonces cuando empieza lo realmente duro. Y no me refiero a los cuidados del bebé, no, a fin de cuentas, para unos padres primerizos un bebé es terreno ignoto, un mapa en blanco que vas coloreando hora a hora y día a día con la misma ilusión con que los aventureros de siglos pasados, pese a las dificultades que se pudieran encontrar, pintaban el mapamundi al ritmo de sus descubrimientos. No, eso no supone ningún tipo de problema, y si lo supone, como es cosa tuya, lo afrontas y lo solventas. No obstante, la lógica inexperiencia de los progenitores primerizos propicia algo que nos desquicia sobremanera (sobre todo a la mamá, que es a quien suelen hacerle los comentarios relativos a la educación y crianza del bebé; y, en general, proceden de otras mujeres, no está de más decirlo, con relación de parentesco o sin él, conocidas o desconocidas por completo, que hablar es gratis y todo el mundo puede hacerlo). Me refiero a la lluvia de consejos (desde ya os confieso que el único consejo útil me lo dio mi amiga Mireia: “el único consejo que te voy a dar es que no hagáis caso de los consejos”), a las comparaciones, a las críticas, a los comentarios más o menos nocivos y a las exigencias: “tienes que hacer esto o aquello”, “pues en mis tiempos se hacía A o B, y todos mis hijos se han criado perfectamente”, “esto que haces es una chorrada, tendrías que hacerlo de esta o de aquella manera”; “pues mi hija o mi hijo con este tiempo ya saltaba a la comba, escalaba montañas y hacía el pino” (sí, exagero y ridiculizo a gente y comentarios que bien merecido lo tienen), “mi hija en el útero ya dijo papá, mamá y caca, y con los meses que ahora tiene Júlia componía sonetos, y no sólo no llevaba pañal, sino que nos ayudaba en el aseo de la abuela, la pobre, que estaba impedida”, “yo sólo le di el pecho hasta los 6 meses, pero no por mí, no, que el pediatra me dijo que mi leche era de calidad suprema, y mejor no hablar de la cantidad, que tenía para amamantar a la vez a toda la descendencia de Gedeón, pero ya sabes, la niña nos salió perezosa, así que si Júlia no mama, debe de ser un problema de calidad y/o cantidad de tu leche”, “¡pero qué horas son estas de salir a comprar, tendrías que estar toda la mañana esperando a que viniera a ver a tu hija! (si es que decido venir, pero por si acaso tú tienes que estar ahí, sin moverte, esperándome a mí…)”, “¿dónde vas con este frío/calor? (tenemos una vecina que si por ella fuera, mi hija aún no habría pisado la calle…)”, “pues no voy a ver a tu hija porque no me dices que lo haga, que cuando vengo (cuando a la persona en cuestión, y sólo a la persona en cuestión, le va bien, claro, ni se te ocurra proponerle otro día u otra hora, que entonces el interés se disipa) nunca os va bien (¿has probado a llamar antes?, digo yo; ¿tanto te cuesta imaginar que los demás también tenemos una vida y que no consiste en estar pendiente de tus deseos, intereses y/o apetencias?)”, y así podría seguir hasta el infinito…

Diréis que, como Max Estrella, soy un hiperbólico andaluz, que no hay para tanto. Y es cierto, en condiciones normales todos y cada uno de los consejos, comentarios o críticas anteriores hubiesen sido ignorados, pero como las circunstancias mandan, y las nuestras no fueron sencillas durante los primeros meses de vida de Júlia, nos acabaron afectando (más a mi pareja, insisto, que fue el blanco habitual de todos ellos). Si tu hija no gana peso al ritmo que debería, si tú estás quitándote horas de sueño, de descanso y del reposo necesario para recuperarte de la sangría que fue tu parto y haciendo un esfuerzo para seguir con la lactancia materna exclusiva y a demanda (a demanda significa ‘cada vez que el bebé pida’; lo de hacerlo con un horario establecido y alternándolo con leche de fórmula, al principio, o con papillas, después, ya no es lactancia exclusiva y a demanda, que quede claro), es decir, pasándote el poco tiempo que tu bebé te deja libre enganchada a un sacaleches para que el refuerzo que tienes que darle no sea una leche creada en un laboratorio en base a una fórmula universal (que es lo que te recomiendan algunos pediatras y enfermeras cuando se da este problema, que parece que vayan a comisión; menos mal que hay especialistas y cursos de lactancia en la sanidad pública… si la gente se informase, para lo cual hay que querer informarse, claro está, y buscase la ayuda que nosotros hemos tenido, los datos sobre lactancia materna en España, de los que me ocuparé más adelante, serían otros), lo que menos necesitas es que venga alguien a tocarte la moral (de hecho, no necesitas que venga nadie, haga o no haga comentarios). Entre otras muchas razones, porque esa persona no suele tener ni puñetera idea de lo que habla, y porque es muy probable que esa persona en concreto no suponga ni una autoridad ni un ejemplo a seguir en lo que a la educación y crianza de tu hija se refiere. Pero claro, como a estas personas, al menos nosotros no les hemos dicho nada cuando eran ellas quienes estaban en nuestra situación (por el mismo respeto que ellas no nos tienen, no por avenencia con sus decisiones), piensan que lo han hecho todo bien y que eso les da derecho a meterse en tu vida, a juzgarte y, por supuesto, a condenarte. Y ya sabéis lo que sucede con las personas que creen que no se han equivocado nunca: suelen ser las que más errores (cuando no barbaridades) cometen.

Y así, por fin, hemos llegado al tema estrella, el de la lactancia (que quede claro desde ya que esto no es una crítica a quienes hayan decidido alimentar con biberón a sus bebés; su decisión es tan respetable como la nuestra, faltaría más; pero sí es una crítica a quienes no respetan las decisiones de los demás, y no sólo eso, sino que se cargan de razones para demostrarte que, como siempre, te equivocas). Desde mucho tiempo antes de que Júlia viniese al mundo, mi pareja y yo (aunque poco peso tiene mi opinión en algo que no es cosa mía; lo más que he podido hacer ha sido apoyarla en su decisión y actuar como refuerzo positivo) decidimos que la prioridad sería la lactancia materna (hasta tal punto estábamos convencidos de ello, que el día del nacimiento de nuestra pequeña me negué a que le diesen un biberón a Júlia mientras esperábamos que su madre saliese por fin de quirófano; ¿imprudencia?, ¿riesgo innecesario? Tal vez, pero todo al final salió bien, así que yo lo considero un éxito). Pero no por capricho, ni por mantener la ligazón afectiva con la criaturita ni por ninguna de esas chorradas que quienes te critican te escupen (porque te llegan a escupir, sí, tal es la inquina con que manifiestan sus “inocentes” opiniones), sino porque nos habíamos informado al respecto (para estas cosas hacen cursos preparto primero, y posparto después), y llegamos a la conclusión de que era lo mejor para nuestra hija. Insisto, para nuestra hija, no para la madre (para el padre sí, lo reconozco: yo no he tenido que levantarme en mitad de la noche a calentar un biberón ni una sola vez). Quienes hayan optado por la lactancia materna exclusiva y a demanda sabrán que no exagero cuando digo que para la madre es durísimo, por eso no entiendo ciertas críticas al respecto.

Así las cosas, lo primero que nos sorprendió acerca de la lactancia materna es que la duración media (nuestro país no dispone de un sistema oficial de monitorización y seguimiento de la lactancia adecuado, los datos son los resultados de encuestas sobre hábitos sanitarios) de ésta en España es de unos 6 meses (en este país la palabra conciliación es sólo eso, una palabra, así que la incorporación al trabajo de las mamás dificulta un bien para sus descendientes), y que sólo un 46,9% de las madres llegan a los 6 meses (a las 6 semanas dan el pecho el 71% de las madres; y a los 3 meses, el 66,5%; podéis consultar el informe de 2015 de la Asociación Española de Pediatría aquí, no me invento nada). Pasados los 6 primeros meses, sólo un 28,5% sigue dando el pecho y, aunque no disponemos de los datos al respecto, se estima que pasado el año esta cifra es de un 20% (la recomendación de la OMS es, como mínimo, alargar la lactancia hasta los 2 años de edad por cuestiones inmunológicas). Y decía que los datos nos sorprendieron porque al ser animales mamíferos como somos, entendíamos que lo lógico era que la situación fuese a la inversa, que la alimentación con biberón fuese menos habitual de lo que a la postre es. Las razones de que la realidad sea la que es y no otra, no hace falta ser un superdotado, son, grosso modo, la necesidad de la incorporación laboral de la madre; la incomodidad, el sacrificio y las preocupaciones (que si no se me engancha, que si no me coge peso, que si mira qué percentil más bajo, que si no me deja dormir ni una hora seguida…) que supone darle el pecho a demanda a un bebé (el complejo de vaca lechera existe, sobre todo durante los primeros meses de vida); y, en menor medida, la imposibilidad de amamantar por cuestiones físicas como enfermedades, la estética (si queréis excentricidades, también las hay: conozco el caso de una mamá que no le daba el pecho a su hijo porque cómo iba a hacer semejante guarrería… sí, para ella los senos no son más que órganos sexuales) y algunas corrientes antilactancia, en mi opinión (documentada, que os veo venir), sin base científica que las respalde. Y que cada cual que piense lo que quiera, pero a quienes me dicen que es lo mismo alimentar con el pecho que con el biberón, les pregunto: ¿cómo puede ser igual una leche creada en un laboratorio mediante una fórmula válida para cualquier bebé que una generada por la madre para adaptarse a las necesidades individuales y en cada momento de su bebé?

Y sigo: ¿qué sucede si eres tan osada (tú y tu bebé, que esto es cosa de dos) como para alargar la lactancia más allá de los dos años? Pues si nos atenemos a lo que dice la ciencia, nada malo. Al contrario, estaremos haciéndole un bien (y esto tampoco me lo invento, lo dicen la Organización Mundial de la Salud, UNICEF, la Asociación Española de Pediatría, la American Academy of Pediatrics, la Australian Breastfeeding, la Canadian Pediatric Association, la American Association of Family Physicians, la American Dietetic Association, la National Association of Pediatric Nurse o la American Public Health Association; la AEP nos lo da todo mascadito aquí): mejor alimentación, menos infecciones, menor incidencia de ciertos tipos de cáncer y enfermedades autoinmunes en el futuro, mayor desarrollo intelectual, mejor desarrollo emocional y psicosocial, mejor salud mental en la edad adulta… y esto en lo que respecta al niño o la niña, porque resulta que la lactancia más allá de lo mínimo recomendado también tiene beneficios para la mamá: menos riesgo de diabetes tipo 2, cáncer de mama u ovario, hipertensión e infarto de miocardio. Y aun así, si a mi pareja le hubieran dado 10 euros cada vez que le han preguntado “¿todavía le das el pecho? (con cara de espanto, o de asco, o de ya está otra vez sacándose la teta)
, ya nos hubiésemos podido jubilar. ¿Por qué la pregunta? Pues porque quien la formula se retrotrae a un estadio precientífico donde la oscuridad, la ignorancia y, por consiguiente, el mito, la leyenda la fe y su reverso tenebroso, el fanatismo se hacen fuertes. Y del mito, la leyenda, la fe y el fanatismo (y una pizquita de mala leche) provienen afirmaciones como: “lo que tú no quieres es que tu hija crezca, quieres perpetuar el máximo tiempo posible que sea tu bebé”, “flaco favor le haces, no va a madurar en la vida”, “le vas a dar el pecho hasta que venga a buscarla el novio”, “uy, qué marrana, todavía enganchada a la teta”, “en el colegio nos han dicho que no es bueno seguir dándole el pecho, que les dificulta la adquisición del lenguaje (really? Yo soy filólogo, y del lenguaje y su adquisición sé algo, y diría que algo más que alguien que ha cursado un magisterio, y como ellos también tengo conexión a Internet, así que perdonad que os diga que no cuela; además, no deja de ser sorprendente que los maestros tengan conocimientos de lactancia y, en cambio, tanto pediatras como enfermeras tengan que buscar formación extra sobre la materia fuera de sus planes de estudio…)”, “lo único que vas a conseguir con esto es hacerla que dependa demasiado de ti (sólo voy a decir que las profesoras de la guardería de Júlia nos dicen que serán muy felices el día que nuestra hija les pida ayuda para algo… y aunque Júlia es única y especial para muchas cosas, no creo que sea la excepción que confirma la regla)”, “pareces una africana, todo el día con la niña colgada de la teta (pues ojalá, el déficit de lactancia materna es, sobre todo, un problema de los países del mal llamado Primer Mundo)”… y que sí, que navegando por la Red podemos encontrar artículos y opiniones que digan lo contrario a lo que yo he escrito aquí en base a los estudios de las organizaciones antes citadas (como el de este señor, más pendiente de polemizar y ganar dinero con su libro que de aquello tan tonto del rigor científico; y así le fue, refutado por la AEP y por el mismo hospital que le paga la nómina), como también podemos encontrar quien defienda que la Tierra es plana. ¿Rechazamos las opiniones científicas, entonces? ¿Nos volvemos todos tierraplanistas? Yo creo que no, ¿verdad? Pues aplicaos lo mismo en lo que respecta a la lactancia materna. O, por lo menos, informaos un poquito. Y que si la información que encontráis no coincide con lo que hicisteis en vuestro momento, pues no pasa nada, se supone que lo hicisteis como lo hicisteis porque pensabais que era lo mejor, y nadie os dijo nada. Y lo mismo hacemos nosotros. Y lo mismo exigimos nosotros. Libertad y respeto, that’s all Folks!

Por suerte, como decía al principio, yo no soy madre (si lo fuera, aunque no existe nada más estéril que discutir con la ignorancia, a más de una y de uno le había puesto la cara colorada, yo no tengo la paciencia que tiene mi pareja), pero sí soy padre, y como padre que soy les digo a los metomentodo de vidas aburridas: la lactancia de mi hija es cosa de mi hija y de su mamá (si yo que soy el padre no digo nada, y no diría nada en caso de que estuviera en contra, que no lo estoy, imaginaos qué tiene que decir al respecto una persona ajena a nuestra casa), y se prolongará (he aquí uno de los términos que nos lleva a la confusión, calificar a la lactancia más allá de los 2 años de prolongada, pues se quiere entender prolongar como ‘alargar algo de manera innecesaria’, pero creo que ya ha quedado claro que de innecesaria no tiene nada) hasta que ambas así lo quieran. Vuestras opiniones no son más que prejuicios, fruto de vuestra ignorancia. Y quedaos con un dato: el destete espontáneo en Homo sapiens sapiens (por si a alguien se le vuelve a olvidar que somos una especie animal) se da entre los 2,5 y los 7 años de edad, así que nos podemos ir ahorrando futuros comentarios al respecto. Gracias.

58. Que te regalen libros

Sigo pensando que una de las cosas más bonitas del mundo es que te regalen libros. Entre otras muchas razones, porque además de lo que te pueden llegar a transmitir la prosa o los versos de tan precioso presente, que te regalen un libro siempre tiene mucho de historia oculta a todos aquellos que no sean el emisor y el receptor implicados en tan feliz transacción.

De algún modo, he aquí la magia del asunto, ser obsequiado con un libro inicia, o establece, o reafirma, o cierra un vínculo, y el recuerdo de tal inicio, establecimiento, reafirmación o cierre nos acompaña mientras el libro vive, o hasta el momento en que dejamos de vivir nosotros. Eso sí, es posible que, una vez leído, el libro sea olvidado como tantos otros lo han sido antes, y que vaya a parar a las oscuras profundidades de nuestras bibliotecas personales. Sin embargo, el día que, por la razón que sea, quizá plumero en mano, caprichoso es el destino, volvamos a fijar la vista en él, nos estará esperando para narrarnos, de nuevo, su propia historia, aquella historia. No la literaria, no, quienes acumulamos ya un buen número de lecturas sabemos que tal cosa no es más que una ilusión: los libros se olvidan (no así lo que sentimos al leerlos o la valoración que hicimos de su lectura o la identificación con tal o cual personaje o el odio que les profesamos), pero su historia, si es que la tiene, no, eso jamás se olvida. Cosas de nuestra condición humana, supongo.

Hoy me siento un tipo afortunado: me han regalado un libro. No me regales flores, de Carmen Plaza (madre de mi compañera Maite), prologado por Josep Anton Vidal, poeta y traductor, un sabio de los de antes, quien hace escasas fechas elogiaba (¿se puede sentir mayor dicha?) mi reseña de Lliçó d’alemany, publicada aquí y en la revista literaria Letralia. Y creo que la historia oculta de la antología poética de Carmen, a quien le he resuelto alguna duda lingüística y le he corregido el discurso de alguna presentación (desde la distancia, y como favor a ella, que sin conocerla personalmente me cae bien: una economista que acaba siendo poeta tiene algo de descreído que al final ha visto la luz; y a su hija, que me cae aún mejor), siempre me sabrá a final, a etapa consumida, a adiós. Pero no estoy triste, no, de esta despedida cada vez más inminente me pienso llevar el recuerdo y la amistad de muchas personas que no me han regalado flores, pero sí su tiempo, su atención y su cariño. Así que no estoy triste ni me voy a entristecer: hoy me han regalado un libro.

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