61. To publish, or not to publish: that is the question

Y es una pena, la verdad,
porque sería algo inefable
cambiar la torpe realidad
y ser o Borges o bailable.
Pues qué penita y qué dolor,
no tendré el Nobel, no, señor.
 
Javier KRAHE y Joaquín SABINA: “… Y todo es vanidad”,
Corral de cuernos (1985).
 
 
 
 
 

No son una ni dos ni tres las veces que alguien me ha preguntado si soy consciente de lo bien que escribo y, acto seguido, que por qué no publico algo. Supongo que con ese algo se refieren a una novela o a un libro de relatos o a un poemario o, tal vez, a un ensayo (no sé si me ven como narrador de corta o larga distancia, como poeta o como ensayista, ni siquiera estoy seguro de que me vean en realidad).

Sobre lo de que escribo bien, siempre respondo lo mismo: soy filólogo (do you remember it?), no faltaba más sino que alguien de mi perfil no escribiese bien, y por bien me refiero a correctamente: sin errores que me sonrojen, o, en caso de cometerlos, que no sean demasiado vergonzosos, y respetando la tríada elemental formada por la cohesión, la adecuación y la coherencia; aunque sé que de todo hay en la viña del Señor y yo mismo en alguna ocasión he pensado de algún colega: “¡qué lástima de dinero invertido en matrículas universitarias!”. Pero lo habitual es que quien ha cursado con éxito una filología escriba bien, lo raro suele ser lo contrario. Además, estoy de acuerdo con Bolaño [“Discurso de Caracas”, en Entre Paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama, Barcelona, 2004], lo de escribir bien está al alcance de cualquiera y, por tanto, le concedo muy poquito mérito:

 

Muchas pueden ser las patrias [de un escritor], se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso.

Sólo hay que echarle un vistazo a lo que se publica hoy para cerciorarse no ya de que no se alcanza el criterio de calidad que apuntaba Bolaño, sino que en muchas ocasiones lo que se publica ni siquiera está bien escrito, patología que se ha visto agravada, mucho me temo, por el fenómeno de la autoedición y las redes sociales, terrenos fértiles para la alimentación de vanidades: no nos engañemos, la escritura tiene mucho de onanismo, y poder decir eso de “soy escritor” y “mira, allí, en aquel estante, tengo dos libros publicados (por mí y por mi bolsillo)” es orgásmico para cierto tipo de personas. Pero no pretendo criticar la autoedición, por mucho que me sangren los ojos con los fragmentos con que algunos de estos escritores mendigan compradores para sus libros en las redes, entiendo que el hecho de que te publiquen en un gran grupo editorial puede ser harto complicado y desesperante (imposible si no reúnes un mínimo de calidad), además de que todos somos libres de gastar nuestro dinero como nos plazca, y si ésa es la ilusión de nuestra vida y es lo único que nos importa, pues bienvenida sea la autoedición y la dejo que descanse en paz, que bien merecido lo tiene.

Sin embargo, a quienes sí que voy a criticar es a aquellas personas cuyas publicaciones en una editorial son sospechosas, a las que sacan pecho (aquí es donde las redes sociales adquieren protagonismo, o nos lo dan, mejor dicho: ¡cuánto daño nos están haciendo!) por dárselas de algo que en realidad no son y es bastante posible que nunca lo lleguen a ser (vamos, que no los critico por publicar, no, sus delitos son su inexistente honestidad intelectual, el autoengaño y, lo que resulta más flagrante, el intento de engañar al resto del mundo). Quiero decir que si nuestro libro (pertenezca al género al que pertenezca y verse sobre lo que verse) ha sido publicado por una editorial que pertenece a un amigo, o a un familiar, o a un conocido, o a un examante o un amante actual, o al vecino del quinto piso, y nos deben un favor, pues no es lo mismo que si enviamos nuestro manuscrito y un consejo editorial decide publicarlo. Digamos que jugamos con ventaja, que la competencia es desleal y que es muy posible que el criterio de la calidad no haya sido el imperante a la hora de dar luz verde a la publicación. Y aunque es lícito hacerlo, y es muy aconsejable tener amigos en este mundo, deberíamos reconocer que nos han publicado por lo que nos han publicado (porque ha sido esa editorial, la de nuestro amigo, y no otra, la que lo ha hecho), pero no, está visto que la autocrítica y la sinceridad para con uno mismo y para con los demás no es lo nuestro.

 
Fotograma de Hamlet, dirigida y protagonizada por Laurence Olivier (1948). Fuente: elconfidencial.com
Otro detalle importante es, además del sello editorial que nos publica, en qué colección de su catálogo (en caso de que disponga de más de una) lo hace. Pongamos por caso que vamos a publicar un libro sobre filosofía en la editorial de ese amigo con quien nos portamos tan bien en el pasado que nos debe una: no es lo mismo que nuestro libro vea la luz entre los ejemplares que conforman la colección “Grandes pensadores contemporáneos” a que lo haga en “Con cada consumición, un montadito filosófico y un mondadientes gratis”. No, queridos, no, si esto sucede, no podemos vendernos como la reencarnación de Aristóteles (aunque creamos que lo somos). Ese amigo, más que un favor, nos habrá hecho una putada, porque por mucho que el tuerto sea el rey en el país de los ciegos, existen más países y más tuertos, incluso gente que ve con los dos ojos, y es más que posible que nos convirtamos en el hazmerreír de todos ellos; eso sí, mamá y papá, y aquellas personas que tal vez piensen que pueden necesitar en un futuro del mismo empujoncito del que hemos gozado nosotros para publicar nos comprarán un ejemplar y hasta nos dirán que les ha encantado y que qué sabios somos (aunque en otros foros hayan manifestado que no creen en nuestra filosofía, o que es superficial, o que está a la altura de, como máximo, un trabajo aceptable de primero de carrera; ¡la hipocresía se nos da tan bien!), entre aplausos y vítores el día de la presentación (y más si pagamos de nuestros bolsillos unos canapés o el favor que nos debían era tan grande como para merecer alguna botellita de cava a cargo de la editorial), por descontado. Que aun así todo esto nos da igual y nos seguimos creyendo la polla del universo, pues venga, a hacer oídos sordos a lo que nos digan y a fardar en las redes. ¡Qué cojones, que somos escritores y nos han publicado un libro, que se vaya enterando todo el mundo!
 
Entonces, ¿qué sucede conmigo, por qué no me lanzo a publicar algo? Como ya he venido desgranando, descarto por completo la autoedición en todas sus modalidades (para mí sería el equivalente a hacerme trampas jugando al solitario) y cualquier tipo de publicación que no se base en exclusiva en la calidad de lo que escribo. Es posible que si no fuese filólogo, mis lecturas (modelos de los que uno aprende y con los que se compara sin remedio) hubiesen sido otras, igual que lo que pienso sobre este asunto hubiese sido diferente, hasta cabe la posibilidad de que a estas alturas ya hubiese autoeditado algo o hubiese intentado aprovecharme de mis contactos. Pero no puedo renunciar a lo que soy, y mi autoexigencia es la que es. Joaquín Sabina, un buen lector, en una entrevista (creo que lo leí en algún medio impreso, aunque no estoy seguro) en la que le preguntaron por qué se había decantado por la música, varió con inteligencia la letra de la canción que cantaba Krahe y respondió: “Como no puedo ser Borges, no me ha quedado más remedio que ser bailable”. Yo, como no puedo ser Borges, tengo que conformarme con escribir un blog, publicar de vez en cuando algún articulito o alguna reseña en alguna revista literaria (ojo, que sé que hay gente que se cortaría un dedo con tal de ver algo suyo publicado en una revista y lo llevan intentando sin éxito mucho tiempo; a mí, y soy sincero, no me ha costado demasiado, de hecho me han publicado el 75% del material que he pretendido publicar; aunque quizá sea el 100%, que desde que uno envía su material hasta que es publicado pueden pasar X meses) y guardar en un cajón ideas, esquemas, fragmentos, capítulos inacabados, poemas, etc., a la espera de tener tiempo para dotarlos de una calidad acorde con mi exigencia. Y es que el tiempo es fundamental en esto de la escritura: uno no puede ser escritor (de calidad) escribiendo a tiempo parcial (un ratito los fines de semana, o durante las vacaciones de verano); es preciso dedicarse a diario a tal empresa, y unas cuantas horas. Por esta razón, porque no vivo de rentas y tengo que trabajar mucho para comprar algo de tiempo (pasan doce horas desde que me activo para ir al trabajo hasta que por fin vuelvo a poner un pie en casa cada día), porque tengo una familia y porque en realidad me gusta más leer que escribir, me es imposible dedicarme a la escritura como actividad profesional y de calidad, al menos, de momento. Claro, habrá quien me diga que podría sacrificar algo de eso y dedicarle ese tiempo a escribir y, así, cumplir “mi sueño”, y mi respuesta es sencilla: no sueño con publicar, y no creo que nada de lo que escriba y publique pueda sustituir económicamente a mi trabajo, ni que me dé lo que me da pasar tiempo con mi familia, ni que me sea tan placentero como leer a alguien que escribe mucho mejor que yo; y publicar por publicar, como parece que se publica hoy, lo lamento, no lo contemplo, ni lo ambiciono ni lo requiere mi vanidad. Qué penita y qué dolor, no tendré el Nobel, no, señor.

 

 

 

60. Salvado… por los cómics

No sé por qué extraña razón tiendo a engancharme a cosas que no me hacen ningún bien (en la esfera física puedo citar el tabaco, por ejemplo; en la psicológica y afectiva, a ciertas personas; aunque es verdad que a lo de las personas ya hace un tiempo que le estoy poniendo remedio con bastante éxito; con el tabaco, en cambio, aún no he podido, mi lucha continúa) y a apartarme de las que me hacen mucho bien. Entre estas últimas, pues hoy voy a ocuparme sólo de cosas positivas, tengo que citar los cómics.

De hecho, mis primeros pasos en esto de la literatura (creo que me voy convirtiendo en un lector bastante competente: no peco de falsa modestia, no, sino que soy lo suficientemente honrado conmigo mismo y respetuoso con la literatura como para saber que el lector ideal no existe, es una aspiración inasible, de ahí el adjetivo ideal; he acabado siendo filólogo; escribo un blog; he publicado en revistas especializadas y culturales reseñas y artículos literarios…) se deben a aquellas primeras historias que se apoyaban en poco texto y mucho dibujo. Así que creo que es de recibo, en primer lugar, dedicarles unas líneas, y en segundo lugar, volver a algo que, como decía, me hacía y me ha hecho mucho bien: me entretenían y, a la vez, sin ser yo consciente de ello, ponían la primera piedra de lo que soy hoy.

Diría que los primeros cómics que leí me llegaron, por llamarlo de alguna forma, por “herencia paterna”. No en vano, eran las historietas, tebeos para él, que mi padre había leído cuando era un niño, así que supongo que le hacía gracia que el pequeño de sus dos hijos se entretuviera con lo mismo con que él se había entretenido (y se entretenía, que alguna vez leía y releía mis cómics) muchos años atrás (gracia compartida por mí, dicho sea de paso, pues mi padre había pasado por ellos mucho tiempo antes que yo, y eso me gustaba): El Capitán Trueno y El Jabato. Aunque tampoco estoy seguro al cien por cien de que fueran ésos los primeros cómics (sí sé, con toda certeza, que fueron los primeros que leí de cabo a cabo), porque recuerdo alguna visita a la biblioteca de la escuela algún día que no podíamos salir al patio o hacer educación física debido a que llovía y correr como alma que lleva el diablo para adelantarme a mis compañeros y hacerme con algún ejemplar de Astérix y Obélix, Tintín (mi madre, ya no siendo yo tan niño, me fue comprando todos los que habían sido publicados hasta aquel momento; la pena es que hay alguno de ellos que no encuentro: o se lo presté a alguien que no me lo ha devuelto o habrá sido engullido por algún oscuro cajón que más pronto que tarde, espero, acabará regurgitándolo), Eric Castel (y mira que a mí ni me gusta el fútbol ni soy del Barça) o Yakari (preciosos, muy educativos por la simbiosis con la naturaleza y el respeto que ésta merece; ya le he querido regalar la colección completa a mi hija Júlia, pero no lo he hecho porque su mamá me ha disuadido con buen criterio: ya habrá tiempo de regalárselos, aún es pequeña, y tiene toda la razón) y no tener que conformarme con los de Teo (¡me parecían tan faltos de vida comparados con los otros!) o alguna novelita de la colección El Barco de Vapor (las series blanca y azul me parecían muy infantiles, y la naranja y la roja tenían demasiada letra como para ser leídas en la hora escasa que íbamos a estar en la biblioteca). En cualquier caso, como decía, de esos cómics me limitaba a leer las viñetas que me llamaban la atención por alguna razón, pero nunca los leía enteros (supongo que por la edad o por el poco tiempo disponible, o por la suma de ambos factores).

Sea como fuere, y en paralelo a la narrativa propia de mi edad, poco a poco fui introduciéndome en el mundo de los cómics, y a los ya citados se unieron Mortadelo y Filemón, 13 Rue del Percebe, Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio, Superlópez (¡me encantaba!, pero con tanto cambio de editorial y/o colección no he encontrado la manera de adquirirlos todos en una sola compra y sin repetir alguno), Lucky Luke, Spirou y, ya más adelante, pero no mucho más, los de factoría americana (y estoy seguro de que me voy a dejar algunos en el tintero; antes no era tan sencillo comprar cómics ni, sobre todo, seguir colecciones; te acababas leyendo lo que llegaba a la librería del barrio, ya fuera tu favorito o no, y las colecciones se quedaban a la mitad, o iniciabas una con la serie muy avanzada, o comprabas un ejemplar de una colección que nunca más volvería a estar a la venta en tu librería): Spiderman, El Capitán América, Los 4 Fantásticos, Conan el Bárbaro (qué diferente era nuestra educación, ¿verdad?), Batman, El Castigador, Daredevil, La patrulla X (nada de X-Men como ahora)… supongo que en mi debe tengo que contar el manga (y el anime, aunque sí seguí, pero no con demasiada constancia, Dragon Ball, Sailor Moon, Oliver y Benji, Los caballeros del zodiaco, Chicho Terremoto, Juana y Sergio, Ranma ½, Musculman o Cinturón Negro, casi todos gracias a la televisión pública catalana, y he visto Ghost in the Shell, Akira, Your Name o La princesa Mononoke, estas dos últimas películas por recomendación de mi excompañero Héctor, “Máquina. Huracán”, gran hallazgo del año 2018; pero reconozco que no acabo de conectar con ese mundo), que cuando empezó a leerse en estas latitudes yo ya ocupaba mis lecturas con otras cosas.

Es bien sabido que las circunstancias de cada uno determinan qué caminos se acaban transitando y cuáles no, así que supongo que el hecho de haber sido un niño enfermo y haberme pasado buena parte de mi infancia entre ingresos y visitas clínicas ha tenido mucho que ver en mi pasión inicial por los cómics: los hospitales, además de oler a hospital y ser tristes per se, son muy aburridos y hay que ocupar el tiempo, muchas veces indeterminado, que transcurre entre los ingresos y las altas médicas lo mejor que se pueda (con 5 años hice que mi madre me comprase unas cartas sobre el anime, basado en el manga homónimo, Candy Candy para jugar a algo que le gustase a mi compañera de habitación, una niña unos dos o tres años mayor que yo… que creo que podría haberse convertido en mi primer amor si no le hubiese gustado, precisamente, Candy Candy: ¡menudo dramón!). Así es que la lectura de cómics fue convirtiéndose poco a poco en mi pasatiempo favorito y el relevo que se iban dando mis padres para hacerme compañía empezó a coincidir con que quien relevaba al otro venía con un nuevo cómic en la mano para mí. Y mejor no hablar de cuando empezaron a dejarme salir a dar un paseo diario a media mañana, ¡alucinaba!: en Sabadell había librerías especializadas en cómics y jugueterías que en Cerdanyola no podíamos ni soñar (¡además de bares y restaurantes con platos que hacían que se me cayera la baba cuando leía sus menús en la entrada! ¡Qué mal aguantaba la comparación lo que comía a diario en el hospital!).

Lo cierto es que a los cómics de siempre empezaron a seguirles los especiales de cinco números (no sé si eran semestrales, anuales o qué, ya os digo que por aquella época poco o nada se sabía al respecto de periodicidades, al menos yo), sobre todo tras una prueba difícil o dolorosa superada con éxito y después de portarme “como si fuera un niño mayor” (¡soy incapaz de cuantificar la cantidad de lágrimas que me habré tragado pensando en Peter Parker o Bruce Wayne!). Qué queréis que os diga, ya no se trataba sólo de puro entretenimiento, sino que se daba un sentimiento de identificación que, con el paso de los años, me parece de lo más natural: yo era un niño enfermo, y en esas edades eso suele ser sinónimo de rarito, pero a la vez mis rarezas, supongo que era una manera de animarme, me convertían en alguien único, especial (al menos entre mi círculo más cercano), un mutante más de la patrulla. Gracias a los cómics pude soñar y pude vivir una vida diferente a la que me había tocado vivir. Me proporcionaron la ficción donde necesitaba refugiarme. Creo que mis padres no saben cuánto les agradezco (diría que nunca se lo he dicho) que siempre hayan estado dispuestos a gastar dinero en esa actividad que para ellos era tan importante (y que lo ha acabado siendo también para mí): leer. Porque primero fueron los cómics, pero luego vinieron las revistas de baloncesto, y más tarde las primeras novelas, y la poesía, etc.

Pese a todo lo anterior, llegó un momento en que dejé de leer cómics. Así, sin más, sin cuestionármelo siquiera. Simplemente dejé de tener tiempo para ocuparme de ellos. Mirado desde la distancia, creo que los consideraba un género menor (ya empezaba a decantarme, aunque sin llegar a ser un objetivo definido, por la filología, y los cómics no forman parte del canon académico oficial), más propio de lecturas juveniles que de adultas, para el que no tenía tiempo: empecé a leer novela, poesía y teatro (y ensayo y mucha crítica literaria un poco más tarde) como si no hubiese un mañana (y, de hecho, no lo hay: no disponemos de tiempo para todo ni para todos; nuestra responsabilidad radica en elegir correctamente con qué y quiénes lo gastamos, y en demasiadas ocasiones nos equivocamos), y cuando entré en la universidad ni me acordaba de que alguna vez había sido lector de cómics. Como confiesa Horacio Oliveira en el crucial capítulo 36 de la Rayuela de Cortázar (novela que he releído hace muy poco, maravillosa e imprescindible para todo espíritu que ansíe la libertad), encerrado en un furgón policial entre vagabundos y pederastas, “cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas” (y “en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar”), y algo parecido me ocurrió a mí; lo de las novelas, no lo de ir en un furgón policial entre vagabundos y pederastas.
 
Esta es la cara que se le quedó a un servidor cuando fue obsequiado con Watchmen.

Que estaba equivocado a día de hoy lo tengo muy claro (y eso que tanto los cómics que siguen en casa de mis padres como los pocos que me llevé a mi propia casa hace unos años parecían advertirme de ello cada vez que posaba mi vista en las estanterías en las que aguardaban con paciencia a que volviera su momento): ni se trata de un género menor (uno de los regalos que me hizo mi pareja el pasado día de Reyes fue Watchmen, la maravilla de Moore y Gibbons; y quien lo haya leído ya sabe de las complejas y variadas estrategias narrativas que pone en práctica para hacernos llegar las peripecias de sus héroes y superhéroes) ni, por supuesto, es una lectura infantil; además de que es una lectura totalmente complementaria con el resto de la literatura (como veis, ya lo considero un género literario más; si el teatro no está completo sin su representación, el cómic tampoco lo está sin sus ilustraciones; no veo razones para no considerarlo parte de la literatura, y que me perdonen los puristas de uno y otro lado). Y creo que ya vislumbro la razón principal por la que he vuelto al cómic: estoy agotado de tanta literatura (de narrativa, de poesía, de teatro, de ensayo). Me explico: he leído mucho, muchísimo, por devoción (en varias de sus acepciones), por formación y por profesión, pero cuanto más leo, menos disfruto de la lectura. No, tranquilos, apagad esa hoguera, no vais a tener que quemar a nadie, esto es algo que le pasa a más gente además de a mí, que lo he hablado en alguna ocasión con otros lectores tan compulsivos como exhaustivos (¡mucho más que yo!) y también les sucede lo mismo. Me refiero a que la acumulación de lecturas transforma tu manera de leer, y aunque te mueva el placer, ya nunca leerás con inocencia. Así, toda narrativa o poesía que leo, aunque siguen despertando algo de lo que despertaban la narrativa o la poesía que leí hace años, lo hacen con mucha menos intensidad, y lo que queda y se impone es el estudio, la crítica, la autopsia de lo que sea que estoy leyendo. El cómic, en cambio, supone un refrescante y renovador soplo de aire fresco, un resquicio de vida en un ambiente demasiado viciado. En este sentido, le comentaba el otro día a mi pareja acerca de la lectura de Watchmen que no sabía cuándo tenía que pasar una página, que no estaba acostumbrado a ese tipo de lectura y que no lo sabía leer… ¡maravilloso, el mundo del cómic volvía a darme justamente lo que estaba necesitando por haberlo perdido!

La vuelta a los cómics, visto así, tiene algo de círculo que se cierra, lo cual, en cierta manera, me pone los pelos de punta y, a la vez, me satisface enormemente. Como Oliveira, vuelvo al personaje de Cortázar, me encontraba encallado en la casilla número 8 de mi rayuela, pero he empezado una nueva partida y creo que ahora sí alcanzaré el Cielo, pues he recordado que para llegar allí “se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato”.

P. S.: Informándome aquí y allí, he elaborado una lista (sólo voy a citar el nombre de los guionistas, que me perdonen los ilustradores) de los cómics que me gustaría leer (y por leer entended comprar) en un futuro lo más cercano posible (todos ellos antiguos y finalizados; me sucede lo mismo con las series de televisión: las prefiero ver cuando ya han acabado o cuando ya llevan un número considerable de temporadas emitidas; aunque sé que la periodicidad es una característica relevante de ambos géneros, no llevo muy bien las esperas), así que esas decenas de personas que ahora mismo estarán preguntándose qué me pueden regalar que me haga especial ilusión, pueden recurrir a ella (pensad que esta lista vale miles de euros… ¡también acepto donativos en efectivo!): de Alan Moore, V de Vendetta, Desde el infierno, Batman: La broma asesina, La cosa del pantano y La liga de los hombres extraordinarios; de Frank Miller, Daredevil: Born Again, Batman: El regreso del Caballero Oscuro, Batman: Año uno, Sin City y 300; de Garth Ennis, Predicador y El Castigador MAX; de Brian Azzarello, 100 balas; de Darwyn Cooke, Parker: El cazador; de Jeph Loeb, Batman: El largo Halloween; de Brian K. Vaughn, Y: el último hombre; de Brian M. Bendis, Daredevil; de Robert Kirkman, Los muertos vivientes; de Neil Gaiman, The Sandman; y de Jodorowsky, La casta de los metabarones y El incal. Y para que no se diga que no lo intento con el manga, el clasicazo de Koike El lobo solitario y su cachorro y el Adolf de Tezuka.

52. Cursos de escritura creativa (testimonio del joven Alfredo Martín G.)

Mi excompañero y amigo Jordi se quejaba un día, en una de aquellas conversaciones en mi despacho que tanto añoro, del panorama literario español (y catalán) actual, de la poca entidad que el género narrativo tenía comparado, por ejemplo, con lo que nos llega traducido de Estados Unidos (o de Francia, o de Inglaterra, o de Rusia, algunos de los países de origen de los novelistas que hemos leído o nos hemos recomendado[1] a lo largo de los años que hemos pasado trabajando juntos). Si no recuerdo mal, su queja se refería, sobre todo, a la escasa o nula destreza que poseen nuestros novelistas a la hora de construir sus relatos (“se desmoronan”, o algo parecido creo que dijo, o tal vez hizo un gesto que pretendía expresar esa misma idea), más que a cuestiones argumentales que sólo preocupan a los malos lectores.

Debido a mi recomendación, por aquel entonces se encontraba en plena lectura de una novela de Joyce Carol Oates (no sé cuál, pero tratándose de la Oates tanto da), así que toda comparación iba a resultar, por fuerza, odiosa. No en vano, Oates es una de las grandes novelistas de finales del siglo XX e inicios del XXI. Habitual candidata al Nobel, hablar de ella es hablar de una superdotada (tanto por su coeficiente intelectual[2] como por su prolífica producción literaria, de excelsa calidad), y sobre todo de alguien que sabe mucho de literatura: licenciada con honores, doctora, profesora emérita de escritura creativa en la prestigiosa universidad de Princeton… así que cuando Oates escribe, sabe perfectamente lo que se trae entre manos. Con semejante bagaje, se entiende que pocos novelistas pueden estar a su nivel tanto en lo que se refiere a dominio de la técnica como a eso otro, llamémosle genialidad, que sólo tiene a bien aparecer cuando se está trabajando. Y Oates en alguna entrevista ha confesado que no se ha tomado un día de descanso en la vida…

Jordi decía que aquí nadie te enseña a escribir, y que por eso nuestra narrativa tiene el nivel que tiene. Claro, se siguen publicando novelas, entre otras cosas, porque las editoriales viven de eso, pero de poca calidad (al fin y al cabo, y esto lo añado yo, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey, ¿no?). En Estados Unidos, proseguía Jordi su argumentación aprovechando el ejemplo de Oates, se enseña a escribir ficción en las facultades universitarias[3]. Aquí, en cambio, aunque algunas universidades ofrecen créditos relacionados con la escritura creativa (de relleno, para completar el currículum, de esos que cuando yo estudiaba se denominaban de libre elección), no hemos acabado de copiar el modelo anglosajón y lo de la creación literaria nos sigue pareciendo algo propio de la esfera privada, públicamente (¿o productivamente?) tan poco importante que no merece la pena ser tenido en cuenta. Sin ir más lejos, yo soy filólogo, y lo más parecido que hice durante mi licenciatura fue una asignatura llamada Prácticas de lengua oral y escrita (un semestre dedicado a cada uno de los componentes de la cópula) en la que no aprendí a hablar ni a escribir (mis capacidades, en uno y otro sentido, si es que las tengo, las he adquirido por otros medios), y eso que mis profesores fueron la catedrática Dolors Poch y el con posterioridad director de la Real Academia Española de la Lengua José Manuel Blecua hijo[4], así que a una cuestión de nivel del profesorado no se debió mi fracaso.

Ojo, que el oficio de escritor, como sucede con todos los oficios, y hasta aquí estoy de acuerdo con lo que exponía, no sin amargura, Jordi, se puede enseñar (parafraseando a Bolaño, escribir bien lo puede hacer cualquiera; lo cual no implica que lo que se escriba sea de calidad). Y, de hecho, se enseña. Pero pagando un precio, claro está, que vivimos en una sociedad capitalista. ¿Te sobran unos 17000 eurillos? Pues puedes matricularte en algún máster sobre escritura creativa. O tal vez puedes optar por alguno de los numerosos cursos privados que se ofrecen, siempre más económicos[5], ya sean presenciales o en línea, que aunque no durante tantas horas como un máster, al final se ocupan de lo mismo: tipos de personajes, tramas, puntos de vista, descripciones, diálogos, ritmos, voces narrativas y focalizaciones, temas… ya podemos olvidarnos de todo lo que hayamos leído sobre aquellos salones literarios de siglos pasados (en concreto, entre los siglos XVIII y XX) en los que la literatura era el motivo de discusión y se exponían y debatían problemas técnicos sobre la escritura, y se leían y se comentaban los textos de los asistentes. Ya hace tiempo que se extinguieron. It’s money time.

Pero la cuestión es: ¿sirven de algo los cursos de escritura creativa? Pues depende de las expectativas con que se asista a ellos. Si creemos que saldremos de allí convertidos en primeras espadas de la literatura universal, mucho me temo que nos llevaremos una gran decepción. Una cosa es que podamos aprender qué es un narrador homodiegético-intradiegético-con focalización externa, y otra muy diferente es que cuando se trate de nuestro propio texto seamos capaces de emplear con maestría los conocimientos que hayamos adquirido durante el curso. De hecho, ya son unas cuantas veces que lo manifiesto aquí, lo de escribir con maestría se logra, valga la redundancia derivativa, aprendiendo de los maestros, es decir, leyendo. Y escribiendo, sí, y dominando ciertos aspectos técnicos relacionados con la escritura, eso también: de los que nos hablarán e intentarán que dominemos (compaginando carga teórica con ejercicios prácticos) en los famosos cursos de escritura creativa. Pero no nos engañemos, lo esencial es leer, y leer, y volver a leer, y seguir leyendo… ¿Quiere decir todo esto que los cursos no sirven de nada en absoluto? No, de momento sólo afirmo que no obran milagros, y os cuento mi experiencia personal al respecto.

Hace cinco o seis años, no recuerdo con exactitud cuánto tiempo ha transcurrido desde entonces, me matriculé en el curso de escritura creativa que impartía el escritor Juan José Flores en la agencia literaria, con sede en Barcelona, International Editors’ Co (IECO), presidida, ni más ni menos, por Isabel Monteagudo. Lo cierto es que varias razones (en concreto, cinco) me hicieron decantarme por aquel curso en cuestión en lugar de, por ejemplo, matricularme en la archifamosa Escola d’Escriptura Creativa de l’Ateneu Barcelonès.
1. El precio. Qué queréis que os diga, por mucha literatura protagonizada por escritores[6] que haya consumido, en la que la asistencia de algún personaje a un taller literario (gratuito en la ficción) es casi un lugar común, sabía que por asistir a cualquier curso o taller literario iba a tener que rascarme el bolsillo, pero no estaba dispuesto a pagar cualquier precio, que soy pobre, pero no tonto, y no suelo pegarme tiros en el pie. La decisión, en este sentido, fue sencilla: entre el precio, para mí abusivo, del Ateneu y el del curso impartido por Juanjo, ganaba el segundo por goleada.
2. Las referencias. Aunque no tenía ni idea de quiénes eran Juan José Flores, la agencia literaria o la Monteagudo en aquel momento, busqué unas cuantas referencias al respecto, sobre todo centrándome en quien iba a ser mi profesor, porque lo demás, y soy del todo sincero, me importaba más bien poco (no pensaba, ni lo pienso ahora, profesionalizar unas de mis pasiones; mal asunto me parece tal solución). Pues bien, como decía, gracias a Internet me informé un poco acerca de quién era Juanjo, y descubrí que, aunque no había publicado demasiado (si no me equivoco, por aquel entonces tres o cuatro novelas y un libro de relatos), alguna de sus novelas había recibido algún elogio por parte de Fernando Valls, que, entre otras cosas, aunque no sé si confundo al crítico, valoraba la valentía de Flores por no hacer concesiones al gran público. Punto y pelota. Si lo ponderaba Valls, a quien conozco por haber sido uno de mis profesores de literatura contemporánea, me valía. No en vano, Fernando es una autoridad en cuanto a la narrativa breve (e hiperbreve) en español se refiere, y sabe de lo que habla cuando se trata de literatura (de su amplio currículum cabe destacar que ha sido director de la prestigiosa revista Quimera durante años). Así que Juan José Flores podía ser mi hombre.
3. La duración del curso y el número de alumnos matriculados. Dinero y tiempo son dos cosas que no hay que malgastar. El dinero, porque crearlo es muy costoso y se destruye con facilidad; el tiempo, porque sólo se destruye, es imposible crearlo. Así que El sueño de la ficción, nombre del curso de escritura creativa que impartía Juanjo Flores, de dos horas a la semana hasta un total de veinte (esto es: mes y medio de duración), volvía a presentarse como la opción más factible. Además, puesto que ya había decidido participar de forma presencial, el número de alumnos matriculados también jugaba a favor del curso de Juanjo, que advertía de que disponía de “plazas limitadas”. En el Ateneu, aunque no recuerdo la cifra exacta, eran muchos más, y no me hacía demasiada gracia por aquello de que soy asquerosamente selectivo en cuanto a las relaciones sociales se refiere.
4. La escuela de escritores. Si bien sobre El sueño de la ficción manejaba poca información (por no decir ninguna), del Ateneu sí que sabía algunas cosas. Por ejemplo, que se hacían llamar y creo que aún se llaman así, como reclamo publicitario, supongo, “la escuela de escritores” (ya podéis ir descartando un flechazo por mi parte); que de allí había salido Ildefonso Falcones y La catedral del mar, su gallina de los huevos de oro[7], y que ambos, hombre y monstruo, también eran utilizados como reclamos publicitarios (con lo cual la cosa no hacía más que empeorar entre el Ateneu y yo: se encontraban a un tris de perder a un posible alumno); y que una compañera de trabajo, futura poeta laureada del reino como mínimo, asistía como alumna. De hecho, por ella supe del número de alumnos matriculados y del tipo de ejercicios que hacían allí. Ella, como Falcones, y vuelvo al terreno de la suposición, se había propuesto escribir una novela a partir de alguno de los ejercicios que había presentado en el Ateneu, que al parecer le valió alguna que otra alabanza. Y así se pasaba los días, escribiendo y escribiendo, y dándole a leer cada nueva página que completaba a sus personas de confianza. Cinco o seis años después, los lectores del mundo aún esperamos su novela… Ya veis que todos los caminos me seguían llevando a Juanjo Flores.
5. Las tres cosas que debo hacer antes de morir. No, no me refiero a plantar un árbol, escribir un libro y tener descendencia, porque todo eso, aunque con alguna trampa, ya lo he hecho: no he plantado árbol alguno, pero sí que lo han hecho en mi nombre (en concreto, la compañía que me factura el gas); no hay nada publicado (a libros, me refiero) con mi nombre, pero sí que existe un libro en el mercado cuya parte dedicada a la gramática española (la mitad del manual, más o menos) he escrito yo, y hasta aquí puedo leer…; y, finalmente, soy padre desde hace dos años. Además, todo eso me parece “de personal normal”, y yo, de normal, lo sé y lo asumo, tengo poquito (me considero más anormal que especial, no soy de ese tipo de personas, maravillosas y únicas, que tanto abundan en el mundo). Si soy sincero, siempre he querido hacer otras cosas (tranquilos, no voy a dejar que mis fantasías sexuales salgan del tintero), entre ellas, asistir como alumno a un curso de escritura creativa; o hacer como que me dejaba seducir por alguna secta religiosa y asistir in situ a alguna de sus celebraciones; o participar en una de esas reuniones de solteros, creo que copiadas de los singles estadounidenses, en las que tenías cinco minutos para “conocer” a la otra persona antes de cambiar de pareja (yo creo que en cinco minutos no me da tiempo ni de salir del paritorio, así que siempre me ha interesado saber cómo condensaban su vida en tan reducido tiempo los participantes en semejante mercado de la carne). Por desgracia, creo que moriré habiendo realizado sólo una de las tres cosas que enumero, porque no me veo infiltrándome en una secta ni acudiendo a esas reuniones (no soy soltero y sería difícil de explicar, y creo, además, que ya no se organizan). Pero al menos he asistido al curso de Juanjo Flores, oye. Eso sí, tenéis suficientes pistas como para saber con qué ánimo e intenciones me encaminaba a la agencia literaria para asistir a mi primera clase como alumno…

usborne.com

La primera sesión de El sueño de la ficción fue como todo primer día de un nuevo curso, estudies lo que estudies: presentación del profesor (no sabéis cómo agradecí la absoluta normalidad de Juanjo); presentación de los alumnos, que consistía en decir nuestro nombre, ocupación, relación con la literatura en general y con la escritura en particular, el porqué de nuestra matriculación en el curso y qué esperábamos encontrar allí (yo fui el último en presentarme, y después de sobreponerme a las pulsiones de Tánatos, logré no empezar mi intervención con un “Hola, me llamo Tom, y soy alcohólico”); así que dije mi nombre, y mencioné mi formación y mi profesión; en cuanto al porqué de mi matriculación en el curso, zanjé el asunto con un “siempre he sentido curiosidad por ver qué podía aprender en un curso de escritura creativa” que, al parecer, convenció a todos los presentes salvo a mí mismo); y presentación y comentario breve por parte de Juanjo del temario del curso (ahora no recuerdo si ya entonces nos pasó las fotocopias de las lecturas que trabajaríamos o nos las fue entregando en el transcurso de las sesiones siguientes). Ya hacia el final de la sesión, Juanjo nos presentó la tarea que teníamos que realizar para la segunda clase: vimos una secuencia de un filme protagonizado por George Clooney (que ni había visto ni creo que veré nunca, y que para el ejercicio que nos iba a proponer, mejor que fuera así; a posteriori investigué, eso sí: la película en cuestión era Michael Clayton), en la que se veía un coche de gama alta que abandonaba un palacete y, después de transitar un rato por la campiña inglesa (que no sé por qué tenía que ser la campiña inglesa, porque nunca he estado allí… pero me la imagino de ese modo, tonterías mías; de lo que estoy seguro es de que no transitaba por campos castellanos), el conductor, ahora ya sí con la certeza de que era Clooney, se topaba con tres caballos en libertad, así que detenía el coche, bajaba y, extasiado, se dirigía hacia ellos, y justo cuando iba a metamorfosearse en Robert Redford y a empezar a susurrarles, su auto explotaba. Fin de la secuencia. Nuestra tarea consistía en describir por escrito qué sensaciones nos había producido la escena en su totalidad. Y así nos despedimos hasta la próxima semana.

Está claro que lo que acabamos de ver, me decía en el viaje de vuelta en los ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, es una suerte de epifanía que experimenta el personaje interpretado por Clooney. Una revelación, además, que le salva la vida, y que tiene que ver con la libertad, quizá opuesta a la actividad profesional a la que se dedica el personaje, simbolizada con toda probabilidad por el vehículo de gama alta y por el caro traje que viste, unos buenos corsés. Esto es (ahora veréis que mis capacidades analítica e interpretativa no es que sean muy elaboradas ni meritorias), lo ocurrido es la señal de que es necesaria una vuelta a los orígenes, a la sencillez, a la humildad, a la vida salvaje… ahora que lo pongo por escrito, suena verosímil, ¿verdad? Y ahora que lo pongo por escrito me doy cuenta de que con esto hubiese bastado, y quizás con esto todo hubiese sido diferente a como a la postre fue. Me explico: en las horas siguientes a esa primera clase, decidí que por qué me iba a conformar con la descripción de las sensaciones que me había provocado la escena cuando podía ir un poco más allá. No porque yo sea más chulo que nadie, sino porque si me salía del camino trazado era muy probable que el asunto me resultase más divertido de lo que a priori me parecía. Así que escribí un relato breve (de unas 6 páginas de extensión) sobre un escritor que había gozado de cierto éxito, pero que se había quedado sin ideas y que, una vez demostrada la naturaleza efímera de su fama, malvivía gracias a lo poco que ganaba impartiendo cursos de escritura creativa (de donde esperaba sacar alguna idea potente para una novela) y a la generosidad de su editor[8]. Para hacerlo más desgraciado aún, pensé que debía haber sido abandonado por su mujer, quien le arrebató la custodia de sus hijos (el recuerdo de la familia perdida era evocado por una de esas plaquitas con las fotos de los hijos que se colocaban en el salpicadero del coche, tan habituales en mi niñez, donde se leía: “No corras, papá”). Todo esto se narraba a bordo del automóvil que conducía el escritor y desde el interior de su mente, de camino a Madrid, adonde viajaba por imperativo editorial, apremiado por la necesidad de volver al candelero mientras aún estuviera a tiempo y amenazado con ser engullido por la nada del olvido. El relato finalizaba en la habitación del hotel donde se alojaba en la capital, tras una conversación telefónica con su editor y otra, sin respuesta, con el contestador automático del que había sido su hogar. Entonces, el protagonista se acercaba a la ventana de su habitación y miraba cómo unos niños jugaban con la nieve que empezaba a caer sobre Madrid…

Y llegamos a la segunda sesión. Tras los saludos de rigor, nos pusimos manos a la obra, que para eso habíamos pagado. Juanjo inició la clase con más teoría, aunque ahora no podría decir sobre qué se habló, ni ese ni ningún otro día, pero después de una filología y Teoría de la literatura y Literatura comparada, todo me era más que conocido; es más, a la mierda la modestia, diría que mis conocimientos sobre la materia eran mayores y más profundos que los suyos si a la teoría nos ceñimos (a fin de cuentas, según supe más tarde, él es biólogo, lo cual no es óbice para ser escritor ni para saber mucho de literatura, claro, doy por sentado que se entiende lo que quiero decir). Sobre los ejemplos literarios y los textos propuestos (todos estaban muy bien seleccionados, la verdad), pues también se me ocurrían otros que cumplirían, como mínimo, el mismo papel, y alguno incluso mejor (pero no dije esta boca es mía, que cada maestrillo tiene su librillo, y los elegidos por él cumplían a la perfección su cometido). Pero no era eso lo que me interesaba, yo ya había acabado mis estudios y si me había matriculado en un curso de escritura creativa no era para volver a oír hablar de la morfología del cuento tradicional según Propp (aunque sabía que materia de ese tipo sería la que se trabajaría), sino para tener acceso a alguien que ya publicaba con cierta asiduidad, saber de su método (si es que merecía la pena) y otras cuestiones relacionadas con la práctica. Sólo aguardaba conocer más y mejor a Juanjo Flores antes de aprovechar mi momento, y tal y como se iban a desarrollar las cosas, no tardaría en presentarse…

Una vez llegamos a los últimos cuarenta y cinco minutos de sesión, instante en que los alumnos teníamos que leer en voz alta nuestras descripciones de la secuencia que habíamos visto la semana anterior, empezaron los problemas: eché una mirada rápida a qué habían escrito mis compañeros y comprobé, no sin preocupación, que quien más se había explayado no pasaba de media página, y que eran mayoría los que apenas habían llegado a las seis líneas (y escritas a mano). Y yo allí con mi relato de seis páginas a ordenador, bien grapadito… para más inri, Juanjo decidió que fuera yo el primero en leer: por suerte, reaccioné rápido y le dije que lo mío era muy largo, que mejor que empezasen mis compañeros por si no daba tiempo de acabar (la cara de sorpresa de Juanjo y las miradas de mis compañeros acentuaron mi ya disparado desosiego). Todo el mundo estuvo de acuerdo, yo sería el último en leer mi texto. Entonces se sucedió una serie de descripciones, ricas en adjetivos (antepuestos, pospuestos y porque es imposible meterlos con calzador en medio de los sustantivos), que si no me dormí fue por obra de la divina providencia… eso, y que comparaba lo que leían mis compañeros con lo que había escrito yo y pensaba “esta vez te has pasado, chaval”. Por supuesto, no entré en los debates y análisis posteriores a cada lectura, el peso que de repente habían adquirido las seis páginas que ocupaba mi relato doblegaba mis fuerzas y voluntad. Pero llegó mi turno, y leí mi relato… y silencio, mucho silencio, e intercambio de miradas entre mis compañeros… y, por fin, siempre le estaré agradecido por el capote (si pudiera volver atrás, el escritor de mi relato no malviviría de cursos de escritura creativa ni parasitaría de las ideas de sus alumnos), Juanjo me preguntó que si todo eso lo había escrito a raíz de la secuencia de la peli de Clooney, y empezó a destacar el dominio del lenguaje y el simbolismo de mi relato, y cuando cedió la palabra a mis compañeros… silencio y más silencio, y miradas entre ellos. Por si faltaba algo para sentir que me había pasado de la raya, Juanjo decidió variar ligeramente el ejercicio que nos propuso para la siguiente sesión: en base a una fotografía (creo que se trataba de éste), debíamos escribir una suerte de relato, cada cual dentro de sus posibilidades, como había hecho Alfredo hoy con la secuencia de la película. Pues ya estábamos, el sabelotodo del curso abandonaba la clase en la más absoluta soledad rumbo a su localidad de residencia.

A partir de la tercera sesión, se dieron una serie de cambios: con respecto a mis compañeros de curso, la relación se volvió más fría (aunque nunca fue mi intención ampliar mi nómina de amigos con ellos), algunos dejaron de asistir (supongo que eran ricos, y no les importaba malgastar el dinero que habían pagado) y, entre los que continuaban, empezaron a ser mayoría quienes se presentaban sin haber hecho las tareas pactadas, eso sí, las miradas y los cuchicheos siguieron igual; con respecto a Juanjo, digamos que empezó a dedicarme una atención especial, y a insistirme en que aquello era una agencia literaria, que la del agente literario era una figura poco utilizada y hasta desprestigiada aquí (excepto los grandes tótems, como la Balcells o la Monteagudo, por hablar de los que operan desde Barcelona), pero que era muy habitual en países como Estados Unidos, donde era impensable que alguien escribiese sin un agente literario trabajando para él. El agente, proseguía, te ahorra la frustración de tratar con las editoriales, criba por ti, te asesora y te empuja, digámoslo así, al ruedo editorial/comercial. Así que si tenía una novelita guardada en un cajón, que no lo dudara, que en la agencia le echarían un vistazo y se pondrían a mi servicio… claro, una agencia literaria vive de escritores, así que en virtud “a lo que había demostrado en el curso”, yo podía ser una potencial fuente de ingresos (como veis, mi recelo respecto a la verdadera razón existencial del curso seguía muy vivo). Pero para eso, respondía para mí, tendría que tener una novelita en el cajón, la intención de publicarla en caso de que existiera y, por último, pero no menos importante, querer que la agencia en cuestión fuese mi mediadora.

No me extiendo mucho más: durante las sesiones que faltaban hasta finalizar el curso, y al contrario de lo que creía Juanjo, esto es, que mi ejemplo haría que mis compañeros se esforzasen más (¡ay, santa inocencia, como si los participantes en estos cursos tuviesen algo que aprender! ¡Si para ellos mismos ya lo saben todo y son los mejores, su única motivación es que se lo reconozcan públicamente!), la asistencia fue decayendo (¡menudas excusas tuvimos que oír, cada cual más disparatada!), hasta que el único asistente que quedó con vida fui yo. Continué haciendo las tareas que me proponía Juanjo, y juntos comentábamos mis textos, para mi disgusto, deteniéndonos más en mis virtudes que en mis defectos[9], hablábamos de literatura, de su método, de cómo se había montado la vida laboral para poder seguir escribiendo (lo de dedicarse full time a escribir es de pajilleros; sólo le sucede a una minoría, a los más grandes, ¡ah!, y a los mercenarios, y a los que para vivir se apoyan en rentas o bailan sobre tumbas de otrora ilustres apellidos ya enterrados), de cuáles eran los pasos a seguir en caso de querer publicar algo… y poco a poco nos fuimos conociendo (si me lees, me disculpo por no haber asistido a la presentación a la que me invitaste, no me gustan esos baños públicos, los protagonice yo u otra persona) y, entre otras cosas, me presentó a Maru de Montserrat, su agente y socia de IECO, a quien le había hablado de mí y de las cosas que escribía, quien me dijo que las puertas de la agencia estarían abiertas para mí en el momento en que quisiera sacar del cajón esa novelita que seguro que ya tenía escrita…

Llegados a este punto, retomo la pregunta que formulaba hace un rato: ¿sirven de algo los cursos de escritura creativa? La respuesta, según mi experiencia personal, es ambivalente. No creo que nadie salga de allí siendo mejor escritor de lo que ya era antes de entrar, aunque sí que es probable que adquiera la práctica de escribir (yo escribí un relato breve a la semana para un total, si no ando mal encaminado, de ocho en las diez semanas de duración del curso). Por tanto, creo que sí que pueden ser útiles para la inoculación de esa dulce (pero mortal) enfermedad que es la escritura. Asimismo, se puede llegar a aprender en qué consiste el oficio, la técnica narrativa y sus vericuetos desde la segura barrera que es la teoría. Otra cosa bien distinta es cuando demos el salto a la arena y los monstruos de los que habíamos oído hablar se materialicen en nuestras peores pesadillas (y desafíos). Y, por último, pero no por ello menos importante, pueden ser útiles a la hora de perder el miedo: a escribir, a que nos lean, a leernos, a criticar y a ser criticados (se trata de abandonar la zona de confort que son nuestros familiares, amigos y vecinos, que acostumbran a tener tanta buena fe como poco criterio y que no es que suelan ser muy imparciales a la hora de emitir sus juicios). Así pues, si alguien está pensando en asistir a un curso de escritura creativa, que lo haga, pero que tenga en cuenta todo lo que he comentado aquí (o no, que si le sobra tiempo, dinero y paciencia, es libre de gastarlos como bien quiera). Y que sepa, por si aún no lo tiene claro, que como mucho es un punto de partida, nunca un fin. La meta, si es que alguna vez se alcanza, está precedida de múltiples puertos de montaña que son nuestras lecturas. Ahora bien, ni siquiera salvar tales cotas nos asegura ganar la gran vuelta, pero sí acabar la carrera, que ya es algo muy honroso y gratificante.


[1]Últimamente es mi compañera Maite la persona que ha jugado ese mismo papel: tanto la novela que acabo de leer como la serie de televisión que estoy siguiendo se deben a su recomendación. A cambio, yo le he prestado la imprescindible Antología de la literatura fantástica, selección de relatos (o fragmentos literarios) de esa Santísima Trinidad formada por Ocampo, Bioy Casares y Borges, y le he recomendado un par de series.
[2]Forma parte, entre otras asociaciones, fundaciones y academias, de Mensa Internacional.
[3]Y suelen emplearse escritores consolidados: además de Joyce Carol Oates, David Foster Wallace, Salman Rushdie, Kurt Vonnegut, John Barth, William Burroughs, Susan Sontag, Raymond Carver y tantísimos otros se han dedicado o se dedican a la enseñanza de la literatura y/o de la escritura creativa.
[4]El profesor Blecua, encargado de la parte escrita de la asignatura, siempre nos decía al comenzar su clase: “Hoy dividiremos la clase en tres partes”; pero lo cierto es que jamás supimos qué se guardaba don José Manuel para aquellos tercios del final porque nunca tuvimos oportunidad de descubrirlo: tal era la parsimonia del mayor de los hermanos Blecua, que se le morían las clases antes de cumplir con sus planes organizativos. Sospecho que era justo en aquellos momentos perdidos para siempre cuando tenía pensado enseñarnos a escribir…
[5]Aún más económica, pero mucho más fría, es la opción de comprar libros que versen sobre la escritura creativa. Yo tengo (y he leído, que una cosa no siempre implica la otra) Escribir ficción: Guía práctica de la famosa escuela de escritores de Nueva York (la Gotham Writer’s Workshop) y Mientras escribo, de Stephen King… sí, habéis leído bien: Stephen King, y lo digo así, sin sonrojarme… qué queréis que os diga, guardo un buen recuerdo de las novelas que leí de él durante mi adolescencia (menos a It, que me acojonaba, me refiero a las más famosas de aquella primera etapa tan exitosa, a las que les sumo La mitad oscura, que también me enganchó), y sentía curiosidad por saber cómo era el día a día y el modus operandi de tan fecundo escritor. Dicho lo cual, tanto uno como el otro, y cada cual a su manera, se ocupan de las cosas de siempre: aspectos técnicos, disciplina y la importancia capital de la lectura para la propia escritura.
[6]¿Sobre qué puede escribir un novelista que no sea aquello que mejor conoce? Pues eso, sobre escritores, él mismo u otros, y sobre la literatura misma, ¿no?
[7]Recuerdo, precisamente en alguna clase de Fernando Valls, cómo despellejábamos en aquella época a Falcones y a Ruiz Zafón, los vendedores de libros del momento, y cómo arrojábamos sus despojos a los perros. Hasta tal punto llegaba el pitorreo, pero también nuestro posicionamiento literario, que pensé hacerme una camiseta con el lema “¡Ni Falcones ni Zafones!”, y a lo mejor retomo la idea.
[8]Ya veis por dónde iba, ¿no? Como soy consciente de que lo mío es de risa, decidí convertirme en el protagonista del clásico chiste: “¿Vende usted manuales para hacer amigos, quiosquero de mierda?”. Lo que ocurre es que mi relato no provocó la reacción que esperaba…
[9]Al fin y al cabo, las virtudes, en caso de que existan, ya las tengo; de lo que se aprende es de los errores, pero él se empecinaba en destacar mi dominio del lenguaje, mi habilidad para crear y desarrollar tramas secundarias, mi control del tiempo narrativo en función de mis intereses… Entendedme, le agradezco sinceramente todos los elogios, fueron importantes porque venían de un escritor de verdad, de un “igual”. Pero si sólo quisiera que me dijeran lo bien que escribo, me dirigiría a mis familiares, a mis amigos y a mis vecinos de toda la vida. Estos nunca fallan si la intención es subirte la autoestima o mantener el (falso) estatus de tu ego.

11. Chandler Bing y yo

Los seguidores de la serie estadounidense Friends (1994-2004) se acordarán del desconcierto que se adueñaba de Chandler Bing cada vez que comprobaba que ninguno de sus amigos —esa familia que sí podemos elegir— sabía exactamente cuál era su ocupación profesional. Sobre todo, que yo recuerde, esta anécdota recurrente se dio todo el tiempo que Chandler se dedicó al análisis estadístico y a la reconfiguración de datos como ejecutivo en una empresa, aunque mi memoria no alcanza para asegurar que ese desconocimiento de su actividad profesional no continuase en su oficio posterior como redactor publicitario[1].

Y la verdad es que no puedo sentirme más identificado con Chandler, que, por otro lado, siempre fue mi personaje favorito, tanto por mi formación como por mi profesión actual. No sé cuántas veces he tenido que repetir durante mi época de estudiante universitario, casi silabeando el título de la licenciatura, qué diablos era lo que estudiaba: fi-lo-lo-gí-a his-pá-ni-ca; ni cuántas veces he tenido que responder a “ah [lapso de tiempo durante el cual quien pregunta revisa su archivo de datos; variable según el emisor], ¿y eso qué es?”, o a “¿y eso para qué sirve?”, su variante más punzante.

Inocente que es uno, reconozco que al principio tiraba del DRAE y definía, tratando de que pareciese interesante —¡si hasta cambiaba el timbre de voz y arqueaba las cejas en plan “flipas, ¿eh?”!— lo que a la postre sólo nos lo resulta a unos pocos —cada vez a menos, diría yo—, filología como ‘aquella noble ciencia que estudia una cultura tal como se manifiesta en su lengua y en su literatura, principalmente a través de los textos escritos’. Ni que decir tiene que la turbación que tal aclaración provocaba en mis interlocutores enseguida me obligaba a añadir: “vamos, un filólogo es el que ama o siente interés por una lengua concreta y su más alta expresión, la literatura, en un contexto cultural determinado, y se especializa en ello”. Pero este nuevo hilo nunca fue suficiente para lograr salir del laberinto, es más, solía provocar nuevas reacciones que he conseguido clasificar en cuatro grandes grupos:

  1. Las de los turbados perpetuos, ante los cuales no me quedaba más remedio que zanjar o darle un giro de 180⁰ a la conversación con la socorrida exclamación ¡Mira, un burro volando!, u otras expresiones análogas.
  2. Las de los que me miraban con cara de estar viendo un perro verde, o un pollo con dos cabezas, o a un ser humano inteligente, que, a su vez, pueden subdividirse en dos grupos: los que añadían ¡Oh, suena a difícil! (adoro a estos tipos humanos); y los que me miraban con cara de aburrimiento y acompañaban su gesto con alguna expresión del tipo ¡Menudo tostón!. En ambos casos, como sin duda se entenderá, la conversación no seguía mucho más allá.
  3. Las de los que sonreían y me miraban con indulgencia, como si ante un pobre desvalido condenado al infierno se hallasen[2], es decir, que si hubiesen sido Sheldon Cooper, me habrían ofrecido una bebida caliente y me habrían frotado la espalda acompañando el gesto con un ea, ea. Mi odio eterno para todos ellos.
  4. Las de los que después de pensarlo un momento llegaban a la conclusión de que estudiaba para poder dar clases de castellano[3].

Con Teoría de la literatura y Literatura comparada, la antigua licenciatura de segundo ciclo universitario, ya tuve menos problemas. Seguramente me di por vencido, más por buscar esa felicidad que sólo se encuentra en la ausencia de dolor que por creer en aquello de que no hay que echarles perlas a los cerdos. En cualquier caso, decidí confesar —mentir— ante todo aquel que se interesaba —soy un hiperbólico sin remedio, hay poca gente que se interese por la vida de los demás, eso los distrae de su pasatiempo favorito, su propia vida— que aún estaba acabando la carrera. Sin embargo, pese a todos mis esfuerzos, soy débil, y ante algunos curiosos que sentía más cercanos no pude reprimir la verdad de los hechos y desvelé a qué dedicaba mi tiempo libre. Pero entonces no faltó quien pensase que eso de la teoría literaria era algo así como un taller de escritura creativa donde nos enseñaban a escribir novelas, cuentos y poemas, ni quien pensara que el método comparativo aplicado a la literatura consistía en dirimir qué novela era la mejor de todas las escritas en el mundo a lo largo de la historia después de haberlas comparado entre sí. En fin…

Una vez ya licenciado, y durante los años en que me dediqué a la docencia, creí que por fin había apartado de mí ese cáliz para siempre, aunque es cierto que entonces tuve que hacer frente a aquellos que se sorprendían, y mucho, de que Alfredo hubiese acabado trabajando de profesor. Al parecer, debo de tener cara y pose de mecánico, mamporrero, obrero, panadero, peluquero[4] o vete a saber qué, pero no de profesor. Y eso que ya damos por sabido aquello de que el hábito no hace al monje. Pero al fin y al cabo ésa ya es otra historia, y no quiero desviarme del tema.

En la actualidad, y desde hace casi cinco años, me dedico a la edición de libros de texto[5], y tengo que reconocer que mi profesión es igual de desconocida, si no más, que mis estudios previos. Para los pocos que tienen una vaga idea de qué es un editor, me paso el día sentado en una silla leyendo o corrigiendo textos —luchando contra la seductora tentación de Morfeo, ¿no?—, tal vez añadiendo alguna palabra o párrafo de mi propia cosecha, y aunque es cierto que en el mundo editorial existen las figuras del lector, el corrector y el redactor, no es el mismo trabajo que lleva a cabo un editor. Que sí, que es evidente que leo y corrijo, y también añado cosas de mi puño y letra, pero limitar el trabajo del editor a eso es quedarse muy corto.

Como dice una compañera, de quien admiro la pasión con la que habla de su trabajo como se admira una belleza que nunca se tendrá o unas abdominales que nunca se trabajarán, nadie sabe qué hace un editor porque estamos condenados a trabajar y a vivir entre las sombras que —necesariamente, añado yo— rodean el proceso de elaboración de un libro. Es verdad que como consecuencia de ese anonimato, como ella misma apunta con acierto, ningún niño soñará con ser editor cuando sea mayor, cosa que yo tampoco le recomendaría nunca, vaya eso por delante, que quien crea que estoy haciendo apología de mi profesión anda muy equivocado[6]. No soy persona que crea en la romántica idea de la vocación, o sí, pero siempre que ésta se una a las de sacrificio y renuncia, los que llevan a cabo una monja o un artista, por ejemplo, diferentes caminos que transitan por sendas al margen de este mundo, ficticias, inexistentes más allá de aquellas otras mentes y sensibilidades que comparten sus alucinaciones y/o conectan con ellas. Escuchar el sustantivo vocación en boca de otras personas para referirse a otras ocupaciones siempre me ha parecido una chuminada, una manera de excusarse o de justificar ante uno mismo y ante los demás el porqué de la dirección que se ha tomado.

Precisamente hoy, Nathan Sawaya, mister Lego, abundaba en esta idea en La Contra de La Vanguardia[7], donde confesaba que cuando decidió cambiar su vida por completo —de exitoso abogado a hacer esculturas con piezas de Lego—, muchos de sus amigos reaccionaron enfadándose, porque como él mismo explica, tu propio cambio hace que el otro pase revista a su vida, y nadie quiere quedarse atrás en cuanto a eso tan difícil de ser feliz…

Y éste es el quid de la cuestión, mucho me temo, y con esto enlazo con el testimonio anterior de Sawaya. La ignorancia se combate con el conocimiento, y el conocimiento se adquiere preguntando a quien sabe, y lo que no se pregunta, además de porque tal vez no interese, es porque se piensa que no se va a entender o porque no se quiere saber para evitar un hipotético dolor —algo así como ojos que no ven, corazón que no siente—. Porque somos cainitas por naturaleza, y pensar que algo que tiene otro, aunque sea un trabajo, ¡mira tú qué estupidez más grande!, puede ser mejor, no sólo por la supuesta remuneración, sino por la complejidad, los retos y desafíos que suponga o lo atractivo que parezca de cara a la galería, nos hace infelices. Como un día me dijo alguien, tus propios éxitos jamás serán bien recibidos, porque lo único que hacen es poner de relieve los fracasos de los otros.

Y es que hay algo de magnético e interesante en la profesión de editor, suele sonarle bien a la gente[8] aunque no sepan de qué demonios se trata. Tal vez, me aventuro, tiene que ver con el mundo del libro y, por extensión, con el de la cultura, tan denostada pero a la vez tan deseada. Porque es verdad que la cultura no sirve de nada por sí misma, no para un mundo liberal-material como el que vivimos, incluso acepto que se piense que los que trabajamos en esa órbita nos dedicamos a construir castillos en el aire, pero no es menos cierto también que pese a no tener una utilidad práctica evidente, es capaz de generar poderosas envidias, lamentablemente, de hacer diminuto a todo aquél que se considera un gigante porque no la tiene —y es muy posible que sean estos mismos los que más la ataquen.

No voy a explicar en qué consiste mi profesión, creo que a estas alturas es más que evidente, pero invito a preguntarme a quien quiera saberlo. Se lo explicaré con mucho gusto, y sin darme ínfulas innecesarias, pues soy muy consciente de que no se trata más que del trabajo que desarrollo de lunes a viernes para ganarme la vida. Nada más que eso, o todo eso.


[1] Sí recuerdo, en cambio, que cuando Chandler se pone gafas, nadie percibe el cambio, y cuando él se lo hace notar al resto, todos le confiesan que pensaban que las había llevado siempre…
[2] Alguno incluso me llegó a decir que iba directo a la lista del paro. La vida está llena de grandes motivadores y personas que son capaces de sacar lo mejor de los demás, ya lo sabemos.
[3] Mención especial dentro de este grupo, aunque metido aquí con calzador, pues merecería una categoría aparte, es el caso de una conocida que, años más tarde, cuando me dedicaba a la docencia, me preguntó que si lo que yo daba eran clases de filosofía. Oh my god! ¡Era licenciada en periodismo en la misma universidad que yo! Y sé positivamente que fue un filólogo quien le impartió una asignatura que tenía como fin que aquellos estudiantes dominasen la lengua escrita…
[4] Todas ellas soluciones para sobrevivir, mejor que salidas profesionales, tanto o más dignas que la de docente, por ejemplo.
[5] Aunque para muchos sigo dedicándome a la docencia; y es curioso que sean mayoría entre ellos  los que antes se sorprendían de que fuese docente, como si una vez asimilada la profesión, un nuevo cambio les resultara inconcebible. ¿No es maravilloso el ser humano?
[6] Tampoco quiero que se interprete esto como un intento de demolición de la propia profesión. Lo que hago unas veces me gusta más, y otras, menos. Pero no diría jamás que he nacido para esto, porque nadie nace para trabajar, sino que es este mundo el que te obliga a ello.
[8] Mi madre, lo sé bien, habla con orgullo de la profesión de su hijo, aunque no sepa exactamente a qué se dedica. A ella, por los tiempos que le tocó vivir, le fue vedada la cultura, pero la valora, precisamente, porque no la tiene o, mejor dicho, porque no la tiene en el grado que hubiese deseado tenerla.