56. El macizo de la raza

La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y de alma quieta,
ha de tener su mármol y su día,
su inefable mañana y su poeta.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero:
a la moda de Francia, realista;
un poco al uso de París, pagano,
y al estilo de España, especialista
en el vicio al alcance de la mano.
Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas,
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.
El vano ayer dará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero.
El vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahíto
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.
Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.
 
Antonio MACHADO: “El mañana efímero” (1913), en Campos de Castilla (1907-1917).
 
 
 
 
 
 
 
 
Corría el año 1913 cuando Antonio Machado, siempre muy preocupado por su España, acuñó una expresión, macizo de la raza, que, desde entonces y hasta nuestros días, más de 100 años después de que la incluyera en uno de los versos de “El mañana efímero”, tal es su grandeza, sirve para describir el carácter (entiéndase carácter como eufemismo benevolente de tara) de la sociedad española y para señalar los males que la aquejan.
 
Dedicado al periodista y político republicano Roberto Castrovido Sanz, el poema le sirve a Machado para señalar los defectos, numerosos y tangibles, y las virtudes, aún por llegar, de España. Así, la España machadiana es retratada ya desde los primeros versos como un país frívolo, fanfarrón y fullero (tahúr, zaragatera, de charanga y pandereta, de espíritu burlón); hipócritamente piadoso, obtuso, supersticioso y dado al secretismo y a la inmovilidad (cerrado y sacristía, de alma quieta, que ora y bosteza); que reparte su devoción entre los toros y las romerías (devota de Frascuelo y María); y que, por encima de todo, es reaccionario (vieja, triste, que ora y embiste cuando se digna usar la cabeza). Un país, he aquí el viso de esperanza que tiene Machado, que debe perecer (ha de tener su mármol y su día, su inefable mañana y su poeta) para renacer, después de un proceso de depuración generacional (El vano ayer engendrará un mañana vacío y ¡por ventura! pasajero,que tendrá luengo parto de varones amantes de sagradas tradiciones y de sagradas formas y maneras; y otras calvas en otras calaveras brillarán, venerables y católicas), con el propósito de esculpir su propio futuro (Mas otra España nace, la España del cincel y de la maza; Una España implacable y redentora, España que alborea con un hacha en la mano vengadora, España de la rabia y de la idea). Creo que no me equivoco si escribo que Machado erró sus predicciones…
 
Diluida entre tanta crítica amarga en el poema de Machado, la expresión el macizo de la raza no fue dotada de significado hasta el año 1962, cuando el poeta Dionisio Ridruejo la asocia, en Escrito en España, publicado en Buenos Aires (¿a alguien le sorprende que no se haya reeditado en España hasta el año 2008?), no ya a una ideología concreta, sino a la mentalidad inherente a las clases medias españolas (mientras que para Machado el macizo es producto de la indiferencia y del fanatismo propios del nacionalcatolicismo, para Ridruejo lo es de la España rural, de la pequeña burguesía y buena parte de los intelectuales: los tecnócratas relacionados con el Opus Dei que iban a impulsar España), para las que toda reforma o atisbo de cambio supone una amenaza a la esencia nacional y su condición perpetua. En palabras de Ridruejo, que pasó de ser miembro de Falange Española, responsable de la propaganda del bando franquista durante la Guerra Civil (para que nos entendamos, fue uno de los poetas del régimen junto a los Panero, Vivanco o Rosales) y combatiente voluntario de la División Azul a enfrentarse a Franco por su desviación del fascismo (por lo que llegó a ser encarcelado antes de exiliarse) y defender posturas más democráticas que coqueteaban, según el día, con el liberalismo y con la socialdemocracia, el macizo de la raza es aquella inmensidad apática y silenciosa que “respira apoliticismo, apego a los hábitos tradicionales, temor a la mudanza, confianza a las autoridades fuertes, y superstición del orden público y la estabilidad”. Sin embargo, es preciso añadir que ni Machado ni Ridruejo consideraban a la clase obrera como parte del macizo. Y es lógico y comprensible, por aquel entonces el obrerismo era combativo, y los textos de ambos, por este orden, coincidían con los primeros actos de la CNT y con la fundación de Comisiones Obreras. Dadas sus circunstancias, no es de recibo condenarlos por albergar esperanzas.
 
Sin embargo, mucho me temo que hoy en día, en pleno siglo XXI, la clase trabajadora no se libra de formar parte del macizo de la raza. Al fin y al cabo, la conciencia de clase de muchos obreros (cuando no reniegan de ello, pese a que sean precisamente eso: obreros) se reduce al deseo de vivir como viven los burgueses. Y los partidos que se han ido alternando en el poder, como buenos herederos de aquellos partidos restauradores liderados por Cánovas del Castillo y Sagasta que son (Rey, Cortes, Constitución y turno fueron sus pilares; ¿os suenan de algo? ¿No os parecen ecos del pasado que alcanzan el presente?), lo saben. Es más, diría que, para la continuidad del paraíso para unos pocos que es este país, el macizo de la raza es una cuestión de capital importancia a la hora de garantizar que nada cambie y aun así se genere la ilusión de que todos progresamos. Me explico un poco mejor.
 
En 1978, felizmente muerto el dictador que hace escasos días han vuelto a sacar de paseo con vergonzosos honores, se celebraron unas Cortes Constituyentes que, bajo la máscara de la democracia, y a pesar de algunos avances significativos (que ya se habían empezado a ver, aunque sin soporte legal, en los últimos años de la dictadura), en el fondo garantizaron que nada cambiase en lo esencial (tiene un serio problema quien no quiere ver que la Constitución se aprobó en medio de numerosas presiones y concesiones dado el régimen del que se venía): sustituía a un Franco por un Borbón (elección del dictador, no lo olvidemos, que ya en 1969 manifestó haberlo dejado todo “atado, y bien atado”); un año antes, en 1977, se aprobaba la Ley de Amnistía, que ha sido denunciada por Human Rights Watch, Amnistía Internacional y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos porque incumple la normativa internacional sobre derechos humanos (de hecho, la propia Constitución de 1978, si en realidad fuese tan importante como nos quieren hacer creer los partidos que se hacen llamar constitucionalistas, pese a menoscabar la Carta Magna que tanto aman cada vez que pueden, esto es, con unas políticas y unas leyes que vulneran y deterioran artículos, derechos y libertades, la derogaría por inconstitucional, según muchos juristas); no depuraba ni modernizaba el aparato judicial, simplemente le añadía la etiqueta de democrático; legitimaba la desigualdad tributaria entre territorios; establecía un sistema electoral que favorece a los dos grandes partidos, a su opacidad y a la instrumentalización de los aparatos del Estado en base a los intereses de esos mismos partidos… en definitiva, mera ilusión de cambio, que es lo único que el estático macizo ha estado siempre dispuesto a aceptar: la erosión del progreso real no amenazaba sus profundos cimientos.
 
De hecho, PP y PSOE, y sus sucedáneos modernos, Ciudadanos y VOX, y todas las voces autorizadas que orbitan a su alrededor, nos inoculan implacablemente la idea de que la Constitución es inamovible porque ya es cuasi perfecta. Así, se generaliza la idea de que no es necesario modificarla, entre otras cosas, porque es complicado que esos partidos, con sus supuestas diferencias ideológicas, puedan llegar al consenso necesario para emprender tamaña empresa. Al pueblo español, misoneísta donde los haya, le va como anillo al dedo esta idea. Tener que modificar algo significa que no somos perfectos, y eso sí que no estamos dispuestos a aceptarlo: ¡que se note que somos españoles, coño! ¿Veis por dónde van los tiros? La jugada maestra es presentarnos la Constitución española como un fin en sí misma, cuando en realidad es (debería ser) el principal instrumento normativo para conseguir que todos los españoles podamos convivir en base a los valores de libertad e igualdad. Por tanto, la Carta Magna debería adecuarse, para ser eficiente en su razón de ser y tantas veces como fuese necesario, a las circunstancias de cada momento histórico, y a la vista está su fracaso en este sentido. Pero claro, si desde Europa nos dicen que hay que supeditar el gasto público al pago de la deuda contraída por el Estado (entre otras cosas, debido a las corruptelas de PP y PSOE, a los rescates a bancos sin condiciones de retorno y a todas esas cosas tan necesarias para la sostenibilidad del estado de bienestar…), pues ahí están populares y socialistas, más patriotas que nadie y haciendo gala de su sentido de Estado, para reformar la Constitución en un santiamén. Y para que nos entendamos, la famosa reforma del artículo 135 significa llevar a la máxima expresión lo que los bancos nos decían en plena crisis a los ciudadanos de a pie: tú lo primero que tienes que hacer es pagar la letra del piso, luego, si eso, ya comerás. Aquí, lo que nos dicen es: primero tapa los agujeros que le han hecho tus políticos a las arcas públicas, y luego, si eso, ya te preocuparás de las pensiones, la educación pública, la sanidad, la dependencia, la igualdad… que esto se traduzca en que España siga a la cola de Europa en cuanto a gasto público social por habitante es peccata minuta. ¿No merecemos todos una cerrada ovación?
 
Desgraciadamente, no creo que esta situación sea reversible bajo ninguna circunstancia, o no, al menos, hasta que aquella juventud de la que hablaba Machado en 1913 por fin sea una realidad. Nuestros partidos, porque al final la política también es una liga de dos, se deben al poder, gobiernan única y exclusivamente por y para él (de ahí la mediocridad de nuestros políticos, la abundancia de los “a ver si me coloco”, tanto a nivel estatal como local; y de ahí, entre otras muchas cosas, las puertas giratorias), y el ciudadano de a pie sólo les importa cada vez que se convocan elecciones (del todo necesarias para seguir con esta farsa interesada). Y es entonces cuando movilizan al macizo de la raza española, siempre latente. Porque éste es el gran hallazgo de esta plutocracia que nos han vendido como democracia: conseguir que el macizo de la raza se movilice y sirva a sus intereses, que siempre coinciden o emanan de los poderosos, los que sólo se preocupan de su cortijo (y de esta forma nos mantienen atados, y bien atados). Así, con la colaboración necesaria delos medios de comunicación y de los voceros del poder, poco importa que sean mantenidos por capital privado o público, se invoca a los terribles demonios que amenazan la pureza del macizo de la raza española: si antes fueron los vascos y ETA, o ETA y los vascos, tanto da; ahora lo son la supuesta izquierda radical y sus amos venezolanos e iraníes (todo es falso, como así se ha demostrado, pero la desinformación ya ha cumplido su cometido) o los independentistas/secesionistas/fascistas (sin comentarios) catalanes… al macizo no le han importado, no le importan ni nunca le importarán el terrorismo de Estado (los GAL, para ser exactos), ni la corrupción (los ERE, la Gürtel, Castor, los papeles de Panamá… echadle un vistazo a los casos de corrupción, abiertos y cerrados, en este enlace; por curiosidad, ¿me podrían decir los que justifican su invariable voto con“el todos son iguales” cuántos se refieren a Podemos? No hay más preguntas, señoría), ni la injusta justicia, ni los recortes sociales, y el poder y sus partidos lo saben de sobras y cuentan con ello. Así pues, el verdadero cáncer de este país, el bipartidismo turnista y complaciente con los poderes fácticos, que independientemente de cuál de los dos partidos gobierne, PP o PSOE, seguirán dirigiendo la función entre bambalinas, sale airoso. Y es gracias a ese macizo de la raza que les vota pase lo que pase y hagan lo que hagan, como si de la fidelidad a los colores de un club de fútbol o a un jefe sectario se tratara.
 
GOVE&TECÉ
 
En las pocas ocasiones en que la estrategia anterior falla, y el macizo parece despertar de su letargo patriótico y reaccionario para interesarse de verdad por la política, y con esto acabo, aunque tengo la sensación de que podría seguir ad nauseam, es cuando PP y, sobre todo, PSOE echan mano de la falacia de la ideología. Es entonces cuando su antagonismo simulado acapara titulares, y el comunismo podemita (sin comentarios), Lenin, Stalin, Chávez/Maduro, el régimen iraní o el despilfarro social son enfrentados al miedo a la derecha, a Franco, a los recortes sociales, a las libertades, etc.; y se apela a los famosísimos votos útiles. El resultado, al final, siempre es el mismo: poder para unos u otros, tanto monta, o para los dos, que parece que es hacia donde nos encaminamos en estas nuevas elecciones, innecesarias si el PSOE fuese de verdad un partido de izquierdas. ¿Qué ha cambiado? Pues que con lo que sucede y seguirá sucediendo en Catalunya ya no tienen que simular que son de izquierdas, al menos hasta la próxima ocasión. ¿Para qué molestarse? El macizo no va a reparar en que el Pedro Sánchez despechado que escupía a los poderes fácticos en aquel Salvados del 30 de octubre de 2016 no ha movido un dedo para aprobar unos presupuestos generales más sociales, no ha derogado la Ley mordaza, la Reforma laboral, ni ha hecho nada de lo que se supone que debería hacer un partido de izquierdas. Entre ello, lo más importante: llegar a un acuerdo con Podemos para tener un gobierno estable de izquierdas. Supongo que su plan, ayudado por la exhumación de Franco y por la sentencia del Procés, es ganar tantos escaños como los pierda Podemos, de modo que la única posibilidad de formación de gobierno pase por aliarse con Partido Popular y/o Ciudadanos, de modo que tanto sus bases como ese electorado suyo que se considera de izquierdas (ya me diréis en base a qué, porque no será por las políticas que lleva a cabo el PSOE) no pueda sentirse traicionado: les dirán que no quedaba alternativa, y a otra cosa, mariposa. Y podemos estar tranquilos, son gente de Estado, patriotas, y si tienen que dejar de lado sus profundas diferencias ideológicas, lo harán. No me cabe la menor duda de que lo harán. Ya lo han hecho antes. Lo llevan haciendo toda la plutocracia.
 
 
 
 
 
 
 
 

46. El club de los mentirosos

 

Todos mienten por una razón: funciona.[1]
 
 
 
 
 
Hace unos meses que leí El club de los mentirosos, de Mary Karr, y desde entonces quería escribir algo sobre él. El libro en cuestión, que formaba parte de la heterogénea compra que hicimos con motivo de la última Diada de Sant Jordi (fue adquirido junto a títulos de Ian McEwan, David Foster Wallace[2], Ernest Cline[3] y un par más para nuestra hija Júlia), fue publicado en 1995 y, pese a aunar éxitos de crítica (elegido libro del año, entre otras publicaciones de prestigio, por The New York Times) y público, no hemos podido disfrutar de su traducción hasta el pasado octubre de 2017[4].

Considerado por la propia autora como unas memorias[5] (“cuando el destino te pone en bandeja unos personajes así, ¿para qué inventar nada?”), El club de los mentirosos se centra en un periodo de la infancia de Karr, transcurrido entre un pueblo de Texas, Leechville (leech significa ‘sanguijuela’, con lo cual ya podemos hacernos una idea de qué podemos encontrar tras este topónimo inventado), dedicado casi en exclusiva a la explotación de pozos petrolíferos, y otro de Colorado. Y es a través de los ojos de la pequeña Mary Marlene (Pokey, para su padre) como iremos conociendo a su familia y sus circunstancias: su padre, un obrero del petróleo y sindicalista, tan simple y rudo como una bestia, pero cálido con todo lo relacionado con su hija pequeña, su ojito derecho, líder natural de sus semejantes, alcohólico, jugador, pendenciero y, por encima de todo, gran narrador y creador de anécdotas ficticias; Lecia, la hermana mayor de Mary Marlene, que avanza a marchas forzadas hacia el cinismo característico de la vida adulta en detrimento de la inocencia propia de la infancia, sostén de la familia y tan tirana con su hermana pequeña (a fin de cuentas, es la mayor y más fuerte) como cómplice de ella; la terrible, despiadada y terrorífica abuela Moore (no quiero desvelaros nada sobre ella por si decidís aventuraros a leerlo); y, por encima del resto de miembros de la familia, la para mí inolvidable Charlie Karr, la madre de Lecia y Mary y gran protagonista del libro, tan alcohólica o más que su marido, tan imperfecta como heroica (¡tan real!), psicótica, con un pasado capaz de estremecer los cimientos de su familia cada vez que vuelve a él (¡casada en siete ocasiones!), víctima de la frustración del presente, aquejada de un bovarismo casi de manual, depresiva y obsesionada con la cultura (la suya y la de sus hijas), artista, desesperante e indignante por igual, y al final, entrañable a su manera.
 
El otro gran pilar sobre el que se sostiene El club de los mentirosos, al margen de la complejidad de los miembros de la familia Karr, son los hechos que se narran, muy capaces por sí mismos de satisfacer la curiosidad morbosa con que gustamos de asomarnos, con disimulo, a la vida de los otros: la agonía previa a la muerte, el alcoholismo, peleas, obscenidades varias, tiroteos, suicidios, abusos sexuales, huracanes e incendios devastadores, plagas de insectos y de reptiles… en definitiva, algunas luces y muchas sombras con las que deleitarnos… ¡Esperad, esperad!, ¿he escrito “los hechos que se narran”? Perdonadme, ahora mismo me aplico un correctivo de cien latigazos como mínimo. Sí, desde luego, qué se narra tiene su importancia, pero el gran logro de la autora es cómo narra esos hechos: con una habilidad narrativa sorprendente mezcla oralidad con lirismo[6] (¡menuda poeta de odas y madrigales nos ha salido la buena de Mary Karr!), lo cual dota al libro de frescura y verosimilitud, a la par que de entidad literaria. Además, todas las sombras que orbitan en torno a los Karr quedan pronto difuminadas, y es que, por muy trágico que sea lo narrado, no acabamos de sentirlo así. Al contrario, cada una de las desgracias suele ir seguida, o acompañada, de un estallido de humor o de ternura, o de ambos a la vez, y esto se consigue cediéndole el timón a la inocente y a la vez salvaje Pokey, entrenada como oyente en aquellas reuniones de adultos (a la salida del duro trabajo en la refinería, o mientras esperan pacientemente que algún pez muerda el anzuelo durante un día de pesca, o durante una partida de billar) donde se competía por contar la mejor historia, inventada, eso sí, y en las que su padre era un maestro. Ella nos presta sus ojos, y adoptamos como si fuera nuestra su propia inocencia, y así, de la mano, conjuramos los demonios invocados por cada una de las tragedias de las que somos testigos (pensándolo bien, estamos ante una Bildungsroman puesta del revés). Si tal como manifiesta la autora El club de los mentirosos le sirvió para sanar viejas heridas, creo que no me equivoco si afirmo que quien lee el libro sana con ella, tal es la capacidad de empatizar que despierta en el lector.
 
Por lo que respecta al título, que como ya se desprende de todo lo anterior remite a esas reuniones de amigos y compañeros de trabajo a las que la joven Mary Marlene acompañaba a su padre (por el mar corre la liebre; por el monte, la sardina; tralará), responde a la perfección a la intencionalidad de Karr cuando se decidió a escribir sus memorias y se convierte, a la vez, en una metáfora perfecta de la literatura misma: a través de la mentira, contar (y afrontar) la verdad. Por lo que a mí respecta, si os soy sincero, el título fue lo primero que me sedujo, pero no por lo que acabo de escribir, no tenía ni idea de qué iba El club de los mentirosos ni de quién era Mary Karr cuando decidí que formaría parte de nuestra Diada de Sant Jordi (luego ya sí, que a estas alturas acumulo años y lecturas suficientes como para andar gastando mi tiempo y mi dinero en “grandes historias que te llegan al corazón”… ¡aparta de mí este cáliz!), sino porque la idea de un club formado exclusivamente por mentirosos me remitía a algunas reuniones de trabajo a las que, por desgracia, he tenido que asistir (desde que soy un trabajador cualificado, han aumentado exponencialmente; lo curioso es que para mí son una putada, mientras que hay personas que venderían su alma al diablo con tal de ser invitadas a participar en ellas… ¡Ególatras insensatos!), ésas en las que se calla mucho y se habla poco, y lo poco que se habla suelen ser mentiras de las más lamentables, de las que revelan rostros y bajan pantalones por igual, de las que reducen la dignidad humana a mínimos vergonzosos. Pero la mentira forma parte de todos nosotros, es una de las características que nos hace humanos (pienso, por ejemplo, en el lenguaje de las abejas, incapaz de generar mentiras simplemente porque no las necesitan[7]), y todos mentimos, porque nos es útil para alcanzar nuestros objetivos, sean cuales sean: esconder una falta, destruir a alguien, ocultar un pasado, mantener una posición de privilegio u optar a ella, y un millón de razones más que no enumeraré. Lo único que podemos hacer, si tenemos un mínimo de conciencia, es no caer en los tipos de mentiras más detestables (a mí me molestan mucho, además de las anteriores, las innecesarias, aquéllas tras las que no hay ningún objetivo demasiado importante o claro, las que me hacen preguntarme “¿pero por qué me mientes en esto?”, pero yo es que soy así de rarito).

 

Sin embargo, pese a que mi primer acercamiento a las memorias de Karr partía de una premisa equivocada, pude leer el prólogo en la Red y lo que allí encontré me convenció de que debía formar parte de mi cesta de la compra. A mi manera, coincido con ella en la consideración de la literatura como terapia, algo sobre lo que ya he trazado alguna pincelada aquí[8]. Allí, Karr comparte las razones por las que se decidió a escribir algo tan personal y cómo se sintió al hacerlo: “nos resignamos extrañamente a ciertos episodios que antaño nos torturaron y estuvieron a punto de destruir nuestra familia, en cuanto fueron proclamados a los cuatro vientos. Llamadlo terapia de aversión, pero los acontecimientos calaban un pelín más hondo. Comprobamos que las heridas cicatrizaban mejor si las dejábamos al aire —si bien nunca fue ése mi propósito—. Nuestras catástrofes, tan lejanas, se volvieron asumibles. Es lo que los griegos llaman catarsis.” Y al hacerlo, se dio cuenta de que “conforme iban desapareciendo tabúes antiguos en mi familia aumentó vertiginosamente el nivel de sinceridad”. Para alguien como yo, culpable de innumerables crímenes por sincericidio, dar (¡por fin!) con alguien que prefería contar antes que callar supuso un importante espaldarazo. A fin de cuentas, ¿podéis decirme algo que haya solucionado el silencio? Ya sé que las palabras hieren, y que siempre permanecen, acostumbra a ser la excusa de los defensores del mutismo. Pero también sé que a las palabras que se han dicho, respondan a una realidad o a un simple calentón, siempre se les puede añadir otras que las dulcifiquen, las apacigüen o las justifiquen. Como ser poseedor de un lenguaje que soy, siempre que no me dejen otra alternativa, optaré por la palabra antes que por el silencio.
 
Claro que antes de contar todo lo que cuenta en El club de los mentirosos, Karr tuvo que someterse a la tiranía del consenso a la que tarde o temprano tiene que someterse todo aquél que escribe: “me encargué de prevenir a mi madre y a mi hermana Lecia de los sucesos que me proponía contar, y desde el principio la respuesta de mi madre fue: «Tú sácatelo todo de dentro, di que sí… Si a mí me hubiera importado alguna vez lo que piensa nadie me habría pasado la vida haciendo galletas y yendo a reuniones de la Asociación de Madres y Padres de Alumnos.»” Yo, por mi parte, siempre vivo con miedo de que algo de lo que escribo aquí sea malinterpretado o de que alguien que se vea reflejado se lo tome (muy) a mal. Al fin y al cabo, escribo un blog personal, que como su nombre indica, se nutre de mis propias experiencias, ideas y reflexiones. De hecho, hubo una persona que se leyó aquí y me lo reprochó. Y me hizo dudar de si lo que había hecho era correcto o no. Pero después de pensarlo fríamente llegué a la conclusión de que su nombre no aparecía en ningún sitio, ni era identificable para nadie que pudiese reconocer a tal persona (contando con que alguien que la conozca lea alguna vez mi blog y aquella entrada en concreto, cosa que dudo mucho). Y aunque era cierto que escribía sobre cosas en las que aquella persona había intervenido, también eran mis cosas, y como tales, hago con ellas lo que quiero (me parece cuanto menos inquietante el paso que hemos dado desde una posición de indignación a la de ofendidos por todo). Además de que, en ese caso concreto y sin que sirva de precedente, no escribía ninguna mentira (a lo mejor se debió a eso de que sólo le duele la sinceridad a quien vive en un mundo de mentiras, pero no sé si es esto es así ni me importa, la verdad). Así que, señoras y señores, concluyo diciendo que esto es un blog personal, y si no les gusta lo que leen, no lo hagan. Nadie les obliga a ello. Yo, por mi parte, no voy a dejar que nadie me censure (miento… ¿qué os decía sobre la omnipresencia de las mentiras en nuestras vidas? Todas las entradas de este blog le son leídas a la persona que elijo para ello antes de ser publicadas, y sus opiniones y puntualizaciones son escuchadas, valoradas y tenidas o no en cuenta finalmente), y mucho menos sin que haya necesidad de ello.

 


 

[1]Palabras del doctor Gregory House, el personaje interpretado por Hugh Laurie. Ya es revelador de por sí que la famosa serie se abriese con un episodio titulado Everybody lies (uno de los mantras habituales de House) y se cerrase con otro titulado Everybody dies: la conexión entre la mentira y la vida, y la vida y la mentira, se mantiene hasta que la muerte sobreviene.
[2]Karr y Wallace mantuvieron una relación amorosa, y según se cuenta, ella sirvió de inspiración para el personaje de Madame Psychosis en La broma infinita. Lo curioso del caso es que yo desconocía toda esta información en el momento de la compra de los libros. ¡El mundo y sus felices casualidades!
[3]Ready Player One es la viva muestra de que no se sale airoso con sólo apelar a la nostalgia. Eso sí, estoy seguro de que muchos ochenteros encontrarán placentero reencontrarse con muchos de los juegos de ordenador y las películas con que se deleitaron en su infancia. Pero la novela de Cline no es más que eso, un pastiche, un continuo de relaciones intertextuales incapaz de abrirse su propio camino. Para que nos entendamos, no es otra Stranger Things.
[4]Mary KARR: El club de los mentirosos. Traducción de Regina López Muñoz. Periférica & Errata Naturae (2017).
[5]Voy a evitar iniciar una discusión sobre el género al que pertenece el libro de Karr (que si memorias, que si autobiografía parcial, que si autoficción, que si…), porque al final resulta peregrina y sería meterme en un jardín. Si ella misma lo califica de memorias, pues que así sea.
[6] Captada con maestría por la traductora, Regina López Muñoz (al César, lo que es del César).
[7]Y pienso en mi profesora de lingüística y en el día que se puso a imitar cómo se comunican las abejas en medio de una clase. ¡Dios, qué buen rato pasamos y cómo llegamos a reírnos!
[8] Ver en este mismo blog la entrada titulada Apuntes sobre el suicidio.

 

28. Triste epístola desde el exilio

Se cuenta que el poeta elegíaco Ovidio, por orden del emperador Octavio Augusto, fue exiliado a orillas del Mar Negro, en concreto al bárbaro país de los getas, en la actual Rumanía[1].

Desde allí escribió sus últimas dos obras, Tristia y Epistulae ex Ponto (aunque la autoría de los últimos libros de esta última parece que no se debe a Ovidio), dirigidas al emperador, a su familia, a sus amigos y a sus enemigos para que intenten favorecer su retorno, y, finalmente, a la posteridad, que se convertirá en la receptora de sus dísticos gracias a la inmortalidad literaria. En efecto, una vez que va perdiendo la esperanza de volver alguna vez a la ciudad de las siete colinas, reflexiona con amargura y desencanto sobre su entorno, sobre su existencia y sobre su poesía (es, quizá, la primera reflexión metapoética moderna, que sorprende cuando se lee por la actualidad de las concepciones literarias que expone el de Sulmona).

J. M. W. Turner: Ovidio desterrado de Roma (1838).
Y salvando las distancias, yo, hoy, me siento Ovidio (de hecho, de igual modo que “todos somos Homero”, pienso que la gran mayoría deberíamos sentirnos Ovidio): desencantado, triste, exiliado, en un entorno “hostil” y como aquél que predicaba en el desierto pero con la certeza de que ningún dios acudirá a enseñarme el camino recto. Pero a diferencia del poeta, mi exilio, aunque no deja de ser forzado, no me resulta desagradable. Al contrario, a mí es Roma quien me repugna, y ni romano soy ni a Roma adoro, ni en Roma creo ni a Roma amo. Me explico:

El pasado día 19 de este mes las cosas andaban revueltas por la editorial donde trabajo como consecuencia de la serie de artículos relacionados con la supuesta manipulación de los libros de texto catalanes que la máquina de propaganda española y españolista publicaba. Y me hizo tanta gracia uno de los artículos en cuestión (no hay cosa más divertida que el periodismo una vez que eres consciente de que sólo sirve al poder; en caso contrario, no hay cosa más peligrosa), que lo compartí en Facebook. En concreto, hablo del publicado por ABC y titulado “Cómo Cataluña inculca el odio a España en las aulas”[2]. Además, para que quedase clara cuál era mi intención, que ya se sabe que tendemos a malinterpretarlo todo, lo acompañé del comentario siguiente: “cómo adoctrinar hablando del supuesto adoctrinamiento de otros, clase práctica impartida por el sindicato minoritario afín a Ciudadanos AMES y el periódico rancio ABC (que yo no sé por qué al periodismo se le llama el cuarto poder, cuando siempre ha sido, es y será un apéndice del primero). Y que éste sea el alimento con que se nutren las mentes de los españolistos… por no hablar del daño que estas gilipolleces le hacen a las editoriales en cuestión, de cuya existencia depende el sueldo de muchísimos trabajadores… en fin, una mierdaca más de este rollo que sirve para ir disimulando la corrupción y el retroceso económico y social. ¡Bravo por todos nosotros!”

Creo que como queda meridianamente claro, mi comentario perseguía los siguientes objetivos:

1. Señalar la perversión con que el periodista y el medio de comunicación utilizan el lenguaje; sí, adoctrina denunciando otro supuesto adoctrinamiento. Y es que con estas cosas sucede lo mismo que cuando se habla de lo perniciosos que son los nacionalismos, y eso te lo dice, claro está, un nacionalista español. Pero eso es lo normal, ¿no? ¡Hay que llevar a España en el corazón! ¡Claro que sí, guapi!
2. Señalar que el sindicato no es nadie, y que el ABC tampoco. Bueno, sí, herramientas de manipulación y adoctrinamiento.
3. Que hay que ser muy poco inteligente para que tus opiniones (las que hablan por boca de la verdad absoluta, ¡por supuesto!) se basen en este tipo de informaciones. Así nos va…
4. El riesgo que suponen para las empresas (y esto me preocupa porque sin empresas no hay trabajo) y, sobre todo, para sus trabajadores, este tipo de cosas. Los trabajadores catalanes podemos “hablar raro”, alimentarnos de bebés recién nacidos los días impares y odiar a muerte a los españoles, pero necesitamos trabajar para pegarnos la gran vida a costa del resto de España (salpimiéntese todo esto con ironía, sarcasmo y mala leche, de lo contrario no acabará de entenderse el sentido que quiero darle a esto que escribo).
5. Felicitarnos a todos por seguirle el juego al poder, al catalán y al español, y no ocuparnos de lo que realmente importa: nosotros somos el ojo de Sauron al que se distrae; ellos, Frodo y Sam, que ya se nos han metido por la retaguardia y siguen perforándonos poquito a poco. Y aunque ya notamos cierto escozor, aún no nos hemos dado cuenta de que la infección nos está costando la misma vida.

Pero no hay nada que hacer, ya estamos todos revisando las hemerotecas en busca de aquel artículo de aquella editorial española que publicaba aquella información filofascista, o hablando de los pitos a un himno o del rechazo a una bandera (¡qué oportuno que un equipo catalán y uno vasco hayan llegado una vez más a la final de la Copa del Rey de fútbol!), jugando a este y tú más del que no quieren que salgamos. Porque si en algún momento salimos, se les desmonta el chiringuito a todos estos políticos que nos gobiernan.

¿Pero entonces tú qué eres: español o catalán? ¿Independentista o no independentista?, me han preguntado quienes han hablado de este tema conmigo alguna vez. Pues ni una cosa ni la otra, sinceramente. La vida no es el fútbol, que si no eres del Madrid tienes que ser del Barça, no es todo blanco o negro (o azulgrana), afortunadamente. De hecho, considero igualmente limitaditos intelectualmente a los unos y a los otros (y si alguien se ofende, que se fastidie; a mí sus tonterías me afectan cada día y ya estoy muy harto de tanto tonto y de tanta tontería), igualmente dañinos. Y mis últimos votos, no me sonroja decirlo, al contrario, han ido a parar a Podemos, En Comú Podem y a la CUP, que son las propuestas políticas que mejor representan mi ideología, al margen de patrias, himnos y banderas. Porque a mí, y a ti, si te los piensas un poquito, los temas patrióticos no me tocan el corazón, sino que me afectan al bolsillo, a la salud, a la educación, en definitiva, a todo aquello que nos están robando mientras los orcos de uno y otro lado se lanzan pullas. ¿Qué queréis que os diga? Ser de izquierdas no es votar a partidos que incorporan el adjetivo obrero o el sustantivo esquerra a sus nombres pero que después aprueban y apoyan leyes de derechas. Y eso es lo que sucede tanto en España como en Cataluña, ni más ni menos. Pero no, aquí en Cataluña, en caso de conseguir la independencia todo va a ser diferente, ¿verdad? La derecha rancia catalana (Convergència o PDECat, que aunque la mona se vista de seda…) y la derecha con disimulo (ERC; ¡qué diferencia entre lo que dicen en el Congreso o los tuits de Rufián y lo que aprueban desde la Generalitat! ¡Valientes hipócritas traidores!) van a hacer políticas diferentes a las que hacen PP, PSOE y Ciudadanos desde Madrid… ¡claro que sí, guapis, ya lo estamos viendo![3]

La identificación con la patria es un truco que tiene miles de años y que sirve, en efecto, para que nada cambie. Ya desde la República (¡leed a los clásicos, cabrones!) sabemos que la defensa a ultranza de la tierra sirve para mantener un régimen clasista, antidemocrático, que aunque no es inamovible, sí está basado en una perversa meritocracia (los méritos tienen que ser observados y valorados por otros, los ciudadanos del primer nivel), y que se sostiene con una ficción inventada por el poder: la tierra es nuestra madre, nuestra nodriza, y moriremos por defenderla de cualquier ataque externo. ¿Tengo que hacer yo los paralelismos? Creo que no…

Y es que, y con esto voy acabando, cualquier cambio necesariamente tiene que venir desde abajo, ya tenemos suficiente de “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”, de este neodespotismo ilustrado que nos hace transitar por caminos que sólo interesan a unos pocos. Cualquier cambio, finalmente, tiene que venir de la clase obrera. Y éste es el verdadero problema, que a diferencia de los primeros movimientos obreros, hoy en día nadie es un obrero o, por lo menos, nadie quiere sentirse un obrero. Nos han adoctrinado tan bien, unos y otros, que nos han hecho pensar que la lucha obrera es cosa de otro siglo, ya lo obrero nos suena a sucio, nos huele a sudor, nos parece ignorante, hasta ofensivo. ¿Cómo voy a ser un obrero si tengo un sueldo que me permite tener una casa en primera línea de mar o vivir en un barrio residencial? ¿Si el sueldo de mi marido o de mi mujer me permite dar la vuelta al mundo en ochenta días? ¿Si trabajo sentado en una oficina protegido de la intemperie y visto de traje y corbata? ¿Si tengo una mutua médica y llevo a mis hijos a un colegio de élite? ¿Si me puedo comprar un móvil de última generación y no me falta absolutamente de nada? ¿Si puedo ir al teatro, o a museos, o al fútbol? Pues yo te digo que, además de ser un obrero, eres tonto o tonta de remate y, además, un cáncer para los de tu misma clase social. ¿Podrías seguir conservando todo eso si te faltase el trabajo? ¿Tu patrimonio te permitiría vivir de las rentas? ¿No? Pues entonces eres un obrero, bienvenido seas al mundo real, has conseguido salir de Matrix. Y los obreros luchan por sus derechos, y no tienen patria (de ahí aquello de la Internacional que estudiaste un día para olvidarlo para siempre), porque saben que sea cual sea su bandera, no representará sus intereses.


[1] Digo “se cuenta” porque ya desde mediados del siglo XX se alzan voces, la de A.G. Lee en concreto, que manifiestan que las poesías del exilio no son más que una invención del narizón, por decirlo de alguna manera, una artimaña literaria del de Sulmona (quien, a decir verdad, siempre fue muy moderno en cuanto a su concepción poética) sin parangón en las letras clásicas. Además de la propia historia, pues no se conserva ningún documento que confirme tal exilio, otros estudios de finales del XX, como los de Fitton Brown o el de Alvar Ezquerra, profundizan en la hipótesis de que Ovidio nunca fue exiliado. Sin embargo, yo soy de los que prefiero pensar que sí fue así, que los misteriosos carmen (¿el Ars Amandi?) et error (¿las correrías nocturnas de Julia, la hija del emperador?) que tanto molestaron a Octavio sucedieron en realidad, y que tanto Tristia como Epistulae ex Ponto recogen, entre otras cosas, la desesperación de quien es obligado a abandonar Roma.
[3] Que no se me malinterprete, todo esto no quiere decir que me alinee con quienes se niegan a que se haga un referéndum de autodeterminación vinculante en Cataluña. Al contrario, soy tan profundamente democrático que quiero que los catalanes votemos, aunque mi voto vaya a ser negativo (porque no vamos a encontrar nada nuevo bajo el sol). Soy tan profundamente democrático como para querer que la independencia de Cataluña se decida en un sistema de votación basado en “un ciudadano, un voto”, y no que se decida unilateralmente basándose en la trampa de un sistema de votación para elegir representantes en el Parlament. Soy tan profundamente democrático que lo votaría de forma directa todo, desde el sistema político monárquico de herencia fascista que tenemos hasta si estos personajes que nos gobiernan (en realidad, que se gobiernan) merecen el oxígeno que respiran.

25. Stranger Things

Desde un tiempo a esta parte, lo confieso, vivo en diferido. Se me acumula la literatura por leer, y no digamos ya las series o las películas. Para bien o para mal, no dispongo de demasiado tiempo de ocio, y no creo que las cosas cambien en un futuro, así que, por decirlo de alguna manera, voy a remolque de la actualidad. Pero desde que la estrenaron, había una serie en especial, Stranger Things, que tenía muchas ganas de ver, y por fin, hace escasas fechas, he podido hacerlo.

Reconozco que siempre me informo y siempre desconfío antes de iniciar cualquier serie. Como ya he dicho, mi tiempo libre es muy limitado, y no estoy para que me tomen el pelo (y lo mismo vale para cualquier otra cosa que alguien me aconseje: una película, una novela, una obra de teatro; exigente que es uno, supongo). Y aunque me dio mucho miedo lo que leí y escuché sobre el producto escrito y dirigido por los hermanos Duffer para Netflix (no porque las críticas fuesen negativas, sino por todo lo contrario: la cosa apestaba a comercial que echaba para atrás), decidí empezar a verla. No sé, supongo que me voy haciendo mayor y que todo aquello que me recuerda a la infancia, ese tiempo feliz y sin complicaciones al que jamás volveré si no es viajando en mi memoria, mi DeLorean particular, goza de bula de inicio.

Y es que, en efecto, Stranger Things es un homenaje a las películas norteamericanas de los años 80: proporciona horas de diversión si uno acepta jugar a identificar las escenas de aquellos filmes que alimentaron nuestra imaginación (¿y acaso nuestros sueños y pesadillas?) cuando éramos niños: Alien, E.T., Los Goonies, Indiana Jones, Encuentros en la tercera fase, Tiburón, Poltergeist, Pesadilla en Elm Street, Star Wars, Están vivos, Carrie, Indiana Jones, Ojos de fuego… todas ellas y algunas más están muy presentes, explícita o implícitamente, en la serie de los Duffer.

Sin embargo, si todo quedara en eso, si Stranger Things no fuese más que un simple pastiche de esas películas, no estaría ahora escribiendo sobre ella. El mérito de la serie es precisamente ése, saber utilizar otros textos, numerosísimos, para crear uno nuevo que se sostiene por sí mismo. Esto es, no es necesario haber visto ninguno de los referentes para que la serie te enganche; aunque si lo has hecho, mucho mejor para ti, tu “lectura” será más rica y profunda, y por supuesto, creo yo, mucho más entretenida.

La trama se sostiene, con acierto, sobre un grupo de niños de doce años que pasan los días, y nunca mejor dicho, jugando a Dungeons & Dragons (para los niños de este milenio: se trata de un juego de rol[1], es decir, un tablero, unos dados, unas cuantas figuras y mucha, muchísima imaginación, y, por supuesto, nada de tecnología, realidad virtual o cualquiera de esas cosas que amenazan hoy la sociabilidad humana), que son unos enamorados de la Tierra Media de Tolkien y de todo aquello que suene a ciencia ficción o tenga que ver con lo fantástico.

El porqué es un acierto es algo que ya sabían muy bien los directores de aquellos filmes ochenteros de los que se nutre la serie: por un lado, por esa capacidad que sólo tienen los niños, primero, de sorprenderse, y segundo, de incorporar lo raro, lo extraño, lo fantástico en definitiva, a su cotidianidad (sí, eso que nos pasamos nuestra vida de adultos añorando, seamos capaces o no de identificarlo, de verbalizarlo, de explicárnoslo a nosotros mismos); si eres un niño, querrás ser Mike, Dustin, Lucas o, incluso, Will (u Once), y vivir las aventuras que ellos viven; por otro lado, si eres un adulto, te ganarán por su simpatía, por su inocencia, por la nostalgia de aquel tiempo ya pasado o por puro proteccionismo (yo voy a ser padre de una niña en relativamente poco tiempo, así que no creo que haga falta que añada nada más al respecto).

Pero estos niños no estarán solos frente al peligro, representado, en este caso, por el gobierno de los Estados Unidos, que está llevando a cabo unos experimentos secretos para hacer frente a los soviéticos (la serie se ambienta a mediados de los años ochenta, en la fase final de la Guerra Fría), y por un monstruo que ha visto abiertas de par en par las puertas de acceso a nuestro mundo como consecuencia de esos experimentos, sino que recibirán la ayuda de dos hermanos ya adolescentes que al principio se muestran escépticos, pero que acaban sucumbiendo a la lógica de esos locos bajitos (os suena, ¿verdad?). La ayuda adulta, también típica de aquellas películas ya lejanas, se la proporcionan la madre de Will, representada, y muy bien, por cierto, por Winona Ryder, y el jefe de policía Jim Hopper (grandísimo trabajo el de David Harbour). Además, no me puedo olvidar de la que para mí es la gran estrella de la serie, Millie Bobby Brown, que interpreta con maestría el personaje de Once, mi preferido (hasta el punto de que tengo colgada una foto suya en una de las paredes de mi despacho), una niña con capacidades psicoquinéticas que será fundamental para entender todo lo que ha ocurrido, ocurre y ocurrirá en el pequeño pueblo de Hawkins.
Y sobre Once me gustaría escribir unas líneas más (hasta ahora he intentado revelar lo menos posible sobre el argumento de la serie, no sea que haya alguien que se quiera enganchar ahora, pero es muy probable que a partir de este momento se sucedan los spoilers; vayan por adelantado mis disculpas): reconozco que quedé tan fascinado por el personaje (entendedme, hacía poco tiempo que sabía el sexo de mi futura hija) de Once que empecé a leer por Internet las opiniones que sobre ella tenían el resto de fans de Stranger Things.

La verdad es que casi todos coincidimos en la grandísima interpretación de la joven actriz, todos estamos admirados con los poderes parapsicológicos de la niña y, en definitiva, todo el mundo coincide en que ella es la serie. Sin embargo, y es en este punto donde discrepo, la gente no parece ponerse de acuerdo a la hora de decidir quién es realmente Once. La opinión más extendida es que la niña y el monstruo son la misma persona. Y para llegar a esa conclusión, las opiniones se basan en palabras de la propia Once, que en un momento concreto confiesa que “yo soy el monstruo” (¡es tan literal el ser humano!).

En efecto, la niña declara ser el monstruo, pero, creo yo, que esas palabras se deben, antes que a una suerte de alteridad, a que es un ser humano, desprovisto de una infancia normal, cierto, y de buena parte del lenguaje humano (y de sus trampas también), y es esa condición humana la que la hace sentirse culpable, la que la lleva a identificarse con el monstruo. No en vano, es algo que hace ella lo que provoca la creación del portal a través del cual la criatura se abre paso desde El otro lado (The upside down, ¿‘el mundo al revés’?, ¿’el reverso de nuestro mundo’?) hasta el nuestro.

Yo tengo una idea muy diferente (y que conste que mi sentido arácnido ya me ha advertido de que soy “un hiperbólico andaluz” y de que voy a volver a lanzar una idea descabellada al mundo), basada en la información que me proporcionan tanto el nombre como la apariencia física de Once, pero también la misma serie, que creo que he visto con mucha atención.

El número que la niña lleva tatuado en su brazo, que sirve al inteligente Mike para darle un nombre a su nueva amiga, nos sugiere que antes de ella hubieron diez niños más que pasaron por las manos del doctor Martin Brenner (no hay un sujeto Doce, seguro, porque Once es la culminación del proyecto, el ejemplar perfecto de lo que los experimentos secretos buscaban desde hacía décadas). Así que de momento nos quedamos con eso, con el número once.

¿Y su aspecto físico? ¿Qué nos preguntamos la primera vez que vemos a Once? ¿Recordáis? Cabello rapado, va vestida con una pieza de ropa parecida a la de los hospitales… sí, no hay nada en ella que nos dé una idea de su sexo. Podría ser tanto un niño como una niña, y ninguna de las dos opciones nos sorprendería o con ambas quedaríamos igual de sorprendidos. ¿Veis ya por dónde voy? ¿No? Pues ahora mismo me explico, aunque para ello tengo que remontarme muchos siglos atrás.

Hay un personaje mitológico estrechamente relacionado con el hecho de ser hombre o mujer, con el número once y con algunas de las cualidades que tiene la niña de Stranger Things: Tiresias (expresiones de asombro, carcajadas, movimientos de cabeza significando negación; y no, ni he bebido ni soy víctima de ningún opiáceo), el adivino por excelencia del ciclo tebano. Según la versión más extendida (existe otra relacionada con la desnudez de la diosa Palas que me reservo para no escandalizar más al personal), paseaba el joven Tiresias por el monte, cuando se topó con dos serpientes en plena cópula. Víctima, tal vez, de un ramalazo precoz de virtud cristiana (ahora que estamos en Semana Santa…), o separó a los animalitos, o los hirió, o mató a la hembra, y como resultado de su intervención, quedó convertido en mujer. Siete años más tarde, se conoce que el hombre, y la mujer en este caso, es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra (o serpiente), paseando por el mismo lugar, volvió a ver a dos serpientes copulando y actuó del mismo modo, después de lo cual recuperó su antiguo sexo. Esa experiencia le valió para convertirse en juez de una disputa entre Zeus y Hera, que discutían sobre cuál de los dos sexos, hombre o mujer, disfrutaba más del acto sexual. Tiresias, que no perdió el tiempo durante los siete años que fue mujer, respondió que la mujer gozaba nueve veces más que el hombre en el acto sexual (vaya mierda de adivino, ¿no?), lo que le valió que Hera, muy enfadada por revelar el gran secreto de su sexo, lo cegase (a ver si va a proceder de aquí aquello de la ceguera y la masturbación que tanto gustaba a nuestros señores de la Iglesia). Zeus, en cambio, lo compensó con el don de la adivinación y con una larga vida, de unas siete generaciones humanas. Y es a propósito de ese don concedido por el Altitonante hijo del artero Crono cuando se establece la relación entre Tiresias y el número once.

Recordaréis, o no, que el Canto XI[2] de la Odisea narra el Descensus ad inferos de Odiseo, esto es, el paso de un mundo a otro, el de ultratumba, para consultar a Tiresias sobre cómo puede burlar la ira de Poseidón, encaprichado en hacer que el retorno a Ítaca sea un auténtico infierno[3]. Allí, a las puertas del Hades, es donde el astuto Odiseo recibe el oráculo del alma de Tiresias.

¿Y qué tiene que ver todo esto con Once?, os estaréis preguntando con muy buen criterio. Pues mucho, creo yo, porque además de la coincidencia en el número y en la ambigüedad sexual del personaje, resulta que la figura de Tiresias, más allá de lo que he relatado hasta este punto, ha sido vista por la cultura occidental como el mediador por excelencia: gracias a sus dotes proféticas, entre dioses y hombres; gracias a su experiencia con ambos sexos, entre hombres y mujeres; y gracias a su longevidad, entre los vivos y los muertos. ¿Y qué hace Once en el capítulo 8, titulado “La bañera”? Pues de mediadora y de profeta, es decir, de Tiresias: tras entrar en trance cual bacante, pone en contacto este mundo y el otro, indica dónde está Will antes de que el monstruo irrumpa en escena y descubre que otro de los personajes que habían desaparecido está efectivamente muerto. ¿Casualidad? ¿Interpretación forzada? Tal vez, pero, en todo caso, se trata de una interpretación más elaborada y mucho más divertida que limitarse a repetir las palabras que en un momento dado manifiesta un personaje.

Y con esto atravieso el portal y vuelvo a mi extraño mundo, a la espera de que estrenen la segunda temporada. Vale.


[1] Las excepciones no son la regla, sino que la confirman. Por todos es sabido que hoy en día este tipo de juegos tienen muy mala fama debido al eco que los medios de comunicación se han hecho de algunos tristes sucesos aislados. ¿Será porque realmente son malos o porque lo realmente malo es que la gente tenga imaginación? Porque si uno tiene imaginación, puede darle por pensar en realidades y soluciones alternativas… En fin, que es muy triste que los medios estén siempre al servicio del poder, incluso cuando no se dan cuenta de que lo están.
[2] En Middlesex, la novela de Eugenides, que se centra, entre otras cosas, en la vida de un personaje que es hermafrodita, también aparece un personaje, Capítulo XI, el hermano del protagonista, en el que siempre he querido ver el eco de ese canto de la Odisea (pero también es cosa mía, que en ningún lado he leído nada al respecto). De hecho, desde hace años vengo bromeando con que si algún día tenía un hijo, lo llamaría así, Capítulo XI. Por suerte, la gente que tengo a mi lado siempre ha sido más sensata que yo…
[3] ¿Sería consciente Artur Mas, cuando utilizaba el símil clásico, de que el viaje a Ítaca fue un infierno? ¿Y de que el único que logra volver con vida es Odiseo, el mandamás de la expedición? Si no lo era, si sólo fue la brillante idea de un asesor para dotar al proyecto de ese aura de prestigio que tiene la cultura clásica, me parece mucho menos grave que en caso contrario, porque, entonces, ¿qué papel nos tiene reservado al resto? A lo mejor espera vernos convertidos en cerdos mientras él se pega el festival con Circe, la hechicera… 

16. El rifle de Chéjov, el flâneur de Baudelaire, la multitud de Poe y la ventana de Hitchcock

Es un lugar común dentro de la enseñanza de la literatura, a propósito de la funcionalidad y la economía de los recursos narrativos, citar las palabras que un 1 de noviembre del año 1889 Antón Chéjov dirigió a su colega Aleksandr Semiónovich Lázarev, seudónimo de A. P. Gruzinski, a propósito de una obra de teatro que éste acababa de estrenar[1]:

Uno nunca debe poner un rifle cargado en el escenario si no se va a usar. Está mal hacer promesas que no piensas cumplir.

Aunque con su rifle Chéjov se refiere a un monólogo irrelevante, y por tanto innecesario, en relación con el resto de la pieza de su colega, es lógico que tan buena metáfora haya sobrepasado el género literario para el que se acuñó y se haya convertido en un gran recurso para tratar de esclarecer qué es un cuento o relato literario y qué no lo es. No en vano, Chéjov es uno de los grandes maestros cuentistas de todos los tiempos, y sus palabras parecen escritas para aplicarse a ese género.

En este sentido, no está de más recordar lo que decía Cortázar –hoy la cosa va de maestros superlativos–: mientras que la novela es un combate de boxeo que se gana a los puntos, un cuento es un combate que se gana por knockout. De ahí que todos los elementos y recursos que en él aparezcan tengan que ir encaminados, única y exclusivamente, a que el lector –el rival– bese la lona. Es del todo lógico que, dada la naturaleza del propio género, por la extensión y la intensión que lo caracterizan, en el cuento no haya nada superfluo, sino todo lo contrario: todos los elementos tienen que responder a una intención narrativa que conduzca al clímax. Los fuegos artificiales y la ornamentación nunca deberían tener cabida.

Sin embargo, creo que la idea chejoviana es común a toda gran narración. De hecho, que se considere gran narración a una obra concreta, en términos cualitativos, depende en buena parte de eso mismo, y pese a que existan grandes novelas que parezcan nadar contracorriente y se centren en el tiempo que se nos escabulle entre los dedos o en deleitarse en el mero acto narrativo –pienso en Proust, o en Sterne, o en Faulkner, por ejemplo–, todas y cada una de ellas acaban disparando sus propios rifles. 

Todo esto es aplicable al cine y a las series de televisión, que han recogido el testigo de la novela en tiempos modernos como medios de satisfacer la necesidad humana de ficción[2], tanto su narración como su recepción. De este modo, una buena película o una buena serie serán aquéllas que, en buena medida, respeten la máxima chejoviana expuesta anteriormente. Las que no lo hagan “se les caerán de las manos” a los espectadores mínimamente exigentes antes de llegar al final, o las acabarán con la misma fatiga con que un alpinista corona el Everest, pero con mucha menor satisfacción y con nulas ganas de repetir la experiencia. Exactamente igual que nos sucede con las novelas o los cuentos.


Ejemplo paradigmático de una narración construida con maestría dentro del séptimo arte es La ventana indiscreta (1954), infame traducción de Rear Window –pues si algo tiene la ventana en cuestión, casi hasta el final de la película, es la discreción–, de Alfred Hitchcock, un filme tan bien construido que desde el mismo inicio ya tenemos la certeza de que nos encontramos ante una obra en la que todas las piezas encajan para conformar un todo genial.

De hecho, la primera escena de la película, un trávelin que es uno de los grandes momentos de la historia del cine, ya nos muestra todos y cada uno de los elementos que justifican y hacen veraz, y por extensión, posible, lo que vendrá a continuación[3]:

Como se puede observar en el corte seleccionado, después de que se suban las persianas que dan al patio interior de unos bloques de viviendas desde el piso de L.B. Jefferies, el personaje interpretado por James Stewart, la cámara nos da una primera panorámica del microcosmos que supone, dentro del gran universo que son las ciudades, una comunidad de vecinos, ejemplo representativo a escala del ojo humano de esas criaturas sociales que habitan las grandes urbes del siglo XX.

Este primer vistazo magistral ya nos sitúa en qué época del año nos encontramos, detalle de fundamental importancia en el desarrollo de la trama que justo ahora comienza: todas las ventanas están abiertas, y las persianas, levantadas. Hasta el menos atento de los espectadores ya es consciente de que nos hallamos en medio del caluroso verano.

A continuación, el zoom “nos pasea” por el escenario único de la película –no está de más remarcar el guiño al teatro y a la ilusión de la ausencia de la cuarta pared, constante a lo largo de esta y otras obras de Hitchcock–, y después de fijar el objetivo en un gato al que acompañamos mientras sube unas escaleras, propicia una primera toma de contacto con los vecinos, una multitud, que irá en aumento, de personajes variopintos aún sin personalizar: un matrimonio con su hijo en el balcón –él, haciéndose el nudo de la corbata; ella, con una taza presumiblemente de café; el pequeño, montado en un triciclo y sólo vestido con unos calzoncillos–, una pareja que ha sacado el colchón al exterior para combatir el insoportable bochorno nocturno y ha pasado la noche fuera, tal vez en busca de una brisa que no ha acabado de llegar, una joven que se peina en el lavabo y el lechero, que abandona la escena, el microcosmos del que ya no escaparemos en toda la película, por un callejón. Son sólo unos segundos de metraje, cierto, pero suficientes para darnos a entender que, en caso de que haya alguien que quiera ver, sólo tendrá que mirar. El calor durante el día y la noche será su aliado.

Acto seguido, la cámara regresa a la habitación de la que había partido, y de la que volverá a salir en breve, y nos muestra un primer plano de James Stewart, aún sin bautizar, que todavía duerme. Eso sí, pese a tener las ventanas abiertas de par en par, lo vemos con la frente perlada de abundante sudor. La siguiente parada en este recorrido tan rico en matices significativos que parece no tener fin es un termómetro de pared cuyo mercurio marca 94 grados Fahrenheit, ¡34,4 ⁰C!, que para primera hora de la mañana –ésa en que la gente se anuda la corbata para ir a la oficina, toma café o se adecenta el cabello antes de salir– no está nada mal. Por una ventana lateral vemos a un hombre que se afeita, presumiblemente un músico tal y como parece indicar la presencia de un piano a la derecha del plano, y cuyo drama existencial ya nos anticipa la incómoda publicidad radiofónica que le hace cambiar en el acto de dial: dirigida a caballeros de más de cuarenta años que se sienten cansados y con sensación de debilidad nada más despertar.

Justo en ese momento suena el despertador del matrimonio que dormía en el balcón, que se incorpora con pesadez. La cámara, hiperactiva, se pasea hasta fijar su mirada en el balcón donde apenas intuimos al principio que una joven se peinaba. Ahora, con más detalle, comprobamos cómo la atractiva muchacha sale de su lavabo y que cuando va a abrocharse el sujetador, éste se le cae al suelo, propiciando uno de esos momentos morbosos que tanto le gustaban a Hitchcock . Se agacha para recogerlo, proporcionándonos un plano de sus posaderas y por fin se pone la pieza de ropa. Entonces, mientras se prepara lo que parece ser un café con leche, hace unos estiramientos que ya nos dan una pista determinante de su profesión: bailarina.

Es entonces cuando la cámara vuelve a ponerse en movimiento. En esta ocasión, enfoca hacia el exterior del callejón, el mundo dentro del cual está nuestro mundo de 114 minutos de duración aproximadamente, y lo primero que podemos observar es un camión que atraviesa la escena. Y aunque todavía no sabemos qué hace allí, no tardaremos en recibir esa información. Hitchcock es un maestro y maneja como pocos los detalles. Sólo hay que esperar unos breves segundos para tener la certeza de que todo encaja a la perfección. Un perro atado a la farola de la esquina observa el paso del camión mientras espera que su dueño venga a buscarlo –¿Estará comprando el pan, o el periódico, o estará desayunando?; cualquier hipótesis es válida, estamos a primera hora de la mañana–. Y todo esto sucede mientras la algarabía divertida de unos niños invade la escena. Y he aquí que vuelve a sonar el estruendo ensordecedor de los rifles de Chéjov al dispararse: el camión se ocupa de regar con agua las calles para mitigar el sofocante calor y, tras él, se mojan los niños que llevamos unos segundos escuchando. Al fondo, vemos un bar y a su dueño o a un asalariado que limpia los cristales de un negocio que también tendrá su importancia más adelante –¿Acaso podemos dudarlo a estas alturas?–. Es el día que amanece, seguramente vacacional. La vida que se cuela a través de un callejón en un escenario que pronto quedará impregnado por la sospecha y el asesinato. Y el calor, siempre el calor.

Retrocedemos callejón adentro en dirección a la habitación donde vimos a Stewart, aunque antes vemos la mano de un vecino o de una vecina que destapa la jaula de su pájaro. Es la hora de despertar, mascotas incluidas. Una vez allí, comprendemos por qué el protagonista no descansa en una cama: la cámara baja hasta el yeso que fija y repara alguna fractura sufrida en su pierna izquierda, y sobre él podemos leer la siguiente inscripción, que alguien ha escrito a modo de broma: Here lie the broken bones of L. B. Jefferies –‘Aquí descansan (o yacen) los huesos rotos de L. B. Jefferies’[4]–. La cámara, por fin, nos muestra el interior del comedor del domicilio, desde donde acompañaremos, día y noche, la mirada curiosa y discreta del personaje interpretado por Stewart. Pero antes, más matices significativos, pónganse a cubierto, nueva salva de disparos para dejarnos clara la profesión del protagonista, reportero gráfico: una cámara fotográfica hecha pedazos, diferentes fotografías tomadas en situaciones de riesgo –de un accidente automovilístico en plena carrera; de una gran explosión sucedida ante unos bomberos que corren impotentes; una escena de guerra en la que vemos a unos hombres rendidos ante soldados americanos; y más soldados americanos que contemplan otra explosión o el lanzamiento de algún tipo de misil– o transgresoras –una mujer cambiando la rueda pinchada de su coche; ojo, que Hitchcock nos está presentando una de las tramas paralelas de la película, de veta feminista, que encarnará Lisa C. Freemont, personaje encarnado por la bellísima Grace Kelly.

Seguimos acompañando a la cámara en su significativo transitar y descubrimos, con ella, una cámara fotográfica en perfecto estado y equipada con flash –fundamentales para el avance y la resolución del conflicto– y, por fin, ella, una foto de Lisa. Pero no se trata de una foto cualquiera, sino de un negativo. ¡Grande una y mil veces Hitchcock! Porque la prometida de Jefferies es precisamente eso, un complemento y, a la vez, todo lo contrario, el perfecto antagonista, los claroscuros opuestos a la realidad del protagonista. Y por si lo que acabo de comentar aún resultara insuficiente, finalizamos esta extenuante primera escena fijando nuestra mirada en la portada de la glamurosa revista de moda Paris Fashions, protagonizada, claro está, por Lisa C. Freemont. Y justo al lado, apenas visible, la revista Visitors from Australia. Metáfora perfecta de la trama amorosa que se desarrollará paralelamente a la detectivesca y que alzará victoriosa sobre su resistente y aventurera pareja a la bella Grace Kelly. Maravilloso, ¿verdad?

Tradicionalmente, la crítica, tanto la reputada –aquella que dirige nuestros gustos, enriquece nuestras conversaciones de café y nos hace quedar como los cinéfilos cultos de la familia cada cena de Navidad– como la que no lo es –como podría ser quien esto escribe, la que juega a dar su opinión por amor al arte, y nunca mejor dicho, en su blog–, ha considerado a La ventana indiscreta una obra maestra del voyerismo. Y no sé si eso lo piensan todos los que han visto y escrito sobre la película de Hitchcock o es que un día lo pensó alguien y el resto ya se ha dedicado a reproducir ese pensamiento único. Pero lo cierto es que todos coinciden y, perdonadme la osadía, todos se equivocan[5].

Ya sé que no es nuevo que un crítico se equivoque –creo que no hace falta reproducir ninguno de los numerosos comentarios ingeniosos que los creadores han manifestado a lo largo de la historia sobre los profesionales que se ganan la vida hablando de sus obras–, pero éstos suelen incurrir, grosso modo, en dos tipos de errores: el que se comete por exceso –el habitual en el crítico imaginativo que, intoxicado por alguna tendencia interpretativa, es capaz de ver un ejército de falos amenazantes en los cipreses de un camposanto, por ejemplo– y el que se comete por defecto –el habitual en el crítico cuyos bagaje cultural y formación distan años luz de la mente creadora y que, por consiguiente, acaban desmereciendo la obra que se supone han analizado concienzudamente–. El primero de ellos, según mi opinión, es menos grave, como mucho nos arrancará una sonrisa y no podremos dejar de valorar su capacidad creativa no explotada. Nos será muy fácil simpatizar con él, y aunque jamás haríamos nuestras semejantes teorías, si pudiéramos nos iríamos de cañas con quien lo ha cometido. El segundo, en cambio, me parece de pena capital. O por lo menos de condena al ostracismo laboral. Aunque quién sabe, tal vez sea éste el necesario para este wild new world que entre todos estamos pariendo.

Pero bajo ya de las ramas y me explico: según el DRAE, el voyeur es aquella ‘persona que disfruta contemplando actitudes íntimas o eróticas de otras personas’, y aunque es cierto que Jefferies lo hace –recordemos, por ejemplo, cómo contempla a la joven bailarina, o a la pareja de recién casados, o a Corazón Solitario–, el término voyerista se queda corto y no hace justicia a lo que “en realidad es” el personaje interpretado por Stewart. Quizá la palabra mirón sería más adecuada a su modus operandi, pero tampoco acaba de funcionar porque la contemplación del intrépido pero impedido reportero gráfico no es estática, sino todo lo contrario: es activa y, por encima de todo, creativa. Y a la trama principal, la del oscuro comerciante Lars Thorwald –Raymond Burr; ¡Perry Mason o Ironside para los que ya tenemos una edad!–, me refiero. Lo más lógico sería mirar a Thorwald y su mujer con los mismos ojos que lo hacen la novia del protagonista y Stella, la enfermera que cuida de Jefferies, o los del detective Tom Doyle: los que no ven nada fuera de lo normal en Thorwald ni en la desaparición de su cónyuge. Sin embargo, como ocurre con los niños a los que se cuenta un cuento, poco a poco caemos en las redes del relato alternativo que la mente de Jefferies va tejiendo para nosotros y acabamos viendo lo que él ve, creyendo en esa nueva versión de los hechos y participando de ella. Además hay que tener en cuenta que ese tipo de actividad que puede convertirse en parafilia suele darse en la ausencia de compañía por razones más que evidentes. En cambio, como sabemos, nuestro protagonista arde en deseos de compartir su experiencia. Demasiado para un simple voyeaur, ¿no?

Llegados a este punto, es preciso recordar que toda expresión cultural se basa en otra u otras ya existentes, nada nace de la nada, todo se inscribe en un género y una corriente, o da origen a nuevos géneros y nuevas corrientes mediante la negación y/o superación de los ya existentes por medio de una compleja red de relaciones intertextuales; no estoy diciendo nada nuevo, todo esto está suficientemente estudiado. Así que para una correcta interpretación del filme habría que rastrear en la tradición cultural occidental las posibles fuentes de las que se nutre el genio. Máxime si tenemos en cuenta que gran cantidad de la producción de Hitchcock bebe de la literatura (relatos y novelas sobre todo, pero también del teatro), y que la idea de Rear Window nace de It had to be murder[6], un relato no muy conocido de William Irish, pseudónimo de Cornell Woolrich.

Sin embargo, este antecedente literario poco nos esclarece sobre la cuestión de si L. B. Jefferies es o no es un voyeaur. Y como ya decía antes yo estoy por defender la tesis de que no: no siente ningún tipo de excitación sexual en la contemplación de las vidas privadas de sus vecinos, aunque sí es una mirada curiosa e insistente, que a priori observa las actividades de los demás sin participar en ellas. Claro, hasta que se topa con Thorwald y su mujer, y es entonces cuando su verdadera naturaleza se nos revela: Jefferies es, en realidad, un flâneur del siglo XX.


El flâneur es una figura surgida en París, en la segunda mitad del siglo XIX, cuyo principal ejemplo literario hay que buscarlo en la poesía de Charles Baudelaire[7], y que fue popularizada más tarde por la lectura crítica que del poeta maldito hizo Walter Benjamin[8]. Así, el flâneur es alguien que en su lucha contra el spleen –una suerte de tedio talentoso– se arroja a las calles, donde su personalidad creativa, tras una exploración caótica e íntima, encuentra la materia prima –la ciudad y sus gentes– de la que nutrir sus relatos. Porque el flâneur es sobre todo un explorador, un paseante urbano, alguien rico, educado y ocioso que posee una mirada casi detectivesca, capaz de registrar y moldear a su antojo lo que para los demás pasa desapercibido. El flâneur es un topógrafo urbano que descifra lo que se despliega ante sus ojos, y luego lo narra. Exactamente igual a lo que hace Jefferies a lo largo de La ventana indiscreta.

¿Vamos identificando ya al personaje interpretado por James Stewart? Claro, Jefferies no puede salir a la calle, ya nos ha quedado claro a las primeras de cambio que está condenado a mirar a través de su ventana. Pero está caracterizado con el resto de elementos propios de un flâneur, a saber: desde luego, no tiene demasiadas penurias económicas, puede pagar a una enfermera que cada día va a cuidarlo y es la pareja de una celebrity. Es alguien culto y a quien se le reconoce su trabajo, una profesión que, unida a sus inquietudes innatas, le ha permitido ver mundo. Es alguien que está acostumbrado a mirar con atención, a buscar el detalle que le proporcione la fotografía definitiva y que, tal como nos revela la película, por culpa de esa fractura ósea que lo tiene postrado en un sillón desde hace seis semanas –de un total de siete que tiene que estar en reposo–, se encuentra sumido en el más absoluto de los tedios. Vaya, que si pudiese, correría a sumergirse en la multitud que sólo pueden proporcionar las grandes ciudades. Exactamente igual que haría el flâneur.

Y es en medio de esa multitud –de la que apenas nos llegarán unas palabras, lo cual no es impedimento para que lleguemos a saber mucho de ella; homenaje, sin duda, al cine mudo en que Hitchcock inició su andadura–, y aquí resuena con fuerza otro gran maestro, Edgar Allan Poe –a quien, por cierto, Baudelaire tradujo al francés–, y su Hombre de la multitud[9], donde el flâneur individualiza con su mirada detectivesca a uno de los seres que la ocupan y se centra en él para narrarnos el relato que él y sólo él tiene en mente. En La ventana indiscreta esa multitud está representada por todos los vecinos de Jefferies, por todo aquél que se pone en su campo de visión, y Lars Thorwald es a quien el flâneur decide destacar sobre el resto en esta ocasión, es el detalle inadvertido por los otros que desata la sospecha, antesala necesaria del descubrimiento del crimen que esconde tan enigmático personaje.

Quién sabe, tal vez yo no sea más que un crítico exagerado más, tal vez esté poniendo en práctica un ejercicio de torsión para ver en Rear Window lo que quiero ver. Pero creo que estaréis de acuerdo conmigo en que La ventana indiscreta es mejor si se mira con mis mismos ojos. Mucho mejor. Y con esto me doy por satisfecho.


Cierro el texto, desconecto el ordenador y salgo a pasear. La ciudad me espera.


*Texto publicado por la revista literaria Letralia, Tierra de Letras el 30 de mayo de 2019, y por la revista cultural Almiar el 1 de febrero de 2020.


[1] ¡Qué raro debía de ser ese mundo en que la comunicación a distancia no se limitaba a 140 caracteres, emoticonos, gifs y/o a pulgares enhiestos! Cuesta trabajo imaginárselo, ¿verdad?
[2] Tal vez habría que incluir aquí las redes sociales, que hay gente que las utiliza para contarnos unas historias… lástima que esté mal visto dispararles con el rifle de Chéjov.
[3] He aquí un buen ejemplo de por qué el showingsiempre es narrativamente más interesante y efectivo que el telling.
[4] No sea que por un casual me lea Ana Botella y se pierda este detalle.
[5] Ojo, que el propio Hitchcock en más de una ocasión calificó de voyerista a L.B. Jefferies, su personaje, así que la falta de acierto de la crítica y la prensa supuestamente especializada bien podría estar inducida por el propio director. No sería el primer caso de una obra que supera a su creador. Dios es testigo.
[7]Baudelaire es sobre todo el gran poeta de la ciudad, que funciona como un espejo para él. De hecho, excepto un breve viaje a isla Mauricio, lo cual era muy raro para la época, jamás salió de ella. Pero ¿para qué? Allí tenía todo lo que necesitaba, la urbe era el espejo que reflejaba sus ansiedades y desasosiegos. Como él mismo nos dice en aquellos versos de “A una transeúnte”, en sus Cuadros parisinos: “Aullaba en torno mío la calle”.  
[8] Puede leerse de primera mano todo lo que escribe Benjamin sobre Baudelaire y la figura del flâneur en Baudelaire, ed. de José Manuel Cuesta Abad, Abada Editores (2014).

10. El teatro del mundo

El theatrum mundies uno de aquellos tópicos literarios tan vivos y omnipresentes que hacen que uno acabe por convencerse de que la vida no es más que literatura de ficción.
Museo  Tamayo

Quién es el autor de la pieza representada y a qué responde su intención ya depende del momento histórico concreto, aunque casi siempre se puede identificar con una entidad superior que podríamos llamar  dios (ya sea corpóreo y más o menos antropomórfico, etéreo o sólo la simple intuición de un mundo ideal mejor, es indiferente): así, podemos seguir la evolución del tópico (y acaso de la naturaleza humana en general) desde la trágica antigüedad griega, siempre con actitud estoica, y su reverso romano, de carácter más ligero, hasta el mismísimo día de hoy, aunque, para ello, tengamos que jugar al ajedrez para acabar encontrando a Carroll y a Borges, y leer a Balzac o a Flaubert, sin olvidarnos, por supuesto, de Calderón (y “sus antecesores cristianos”), Shakespeare, Cervantes, Quevedo o Mateo Alemán…; la función, hasta hoy, casi siempre ha sido la misma, esto es, la representación de un orden social caracterizado por la rigidez y el inmovilismo. Dios-entidad superior-destino es el encargado de asignar los papeles que nos corresponden, y nosotros, simples marionetas, actuamos en consecuencia y en función de lo que nos marcan esos límites caprichosa (por muy inescrutable designio de que provengan) y previamente asignados. Eso sí, se nos concede un escaso margen de maniobra conocido en unas ocasiones como libre albedrío, y en otras, como razón (hasta cultura se lo he oído o leído llamar a algunas y algunos…).

Qué pasa hoy en día y adónde quiero llegar con todo esto…  pues bien, en la actualidad, después del deicidio nietzscheano y el nacimiento del nuevo hombre, como bien señalaba el muchas veces extremista filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard, el ser humano, huérfano de entidades superiores, ha creado un nuevo ente que se encarga del reparto de papeles, pero ahora ya no somos actores activos sino pasivos, meros espectadores encadenados a un sofá, con lo cual se da una vuelta de tuerca más a la idea del teatro del mundo, ya que se elimina de un plumazo la libertad de acción o libre albedrío y, por supuesto, casi cualquier posibilidad de raciocinio. En efecto, ese ente del que hablo son los medios de comunicación en general y la televisión en particular, de la que, como dice Habermas, no somos más que meros consumidores pasivos de las opiniones con que nos bombardea continuamente.
El mundo ya no es lo que sucede al otro lado de la ventana, sino lo que nos muestra esa caja tonta a la que hemos dotado de poderes divinos. Sólo tenemos que advertir que tiene la capacidad de cambiar gobiernos, iniciar y finalizar guerras, generar pandemias inexistentes, crear tendencias y manipular conciencias, controlar, en definitiva, a través del miedo… de tal manera que vivimos dentro de esa hiperrealidad baudrillardiana que imposibilita la necesaria distinción entre la realidad y su representación, con lo que al final sólo existen simulacros de la primera de ellas.
Y ahora apliquemos todo lo anterior a cada uno de nosotros, que al final es lo realmente interesante: educados como somos educados, para ser los mejores, los más guapos y los más listos, y con la obligación de no sólo serlo, sino además de parecerlo y, sobre todo, de demostrarlo y presumir de ello, pues este instante de flashes y escaparates en que nos ha tocado vivir así nos lo exige en todo momento (so pena de depresión si no conseguimos tan valiosos reconocimientos), ansiamos tener un rol social protagonista[1]. Y no hay papel más importante que el de Creador, máxime teniendo en cuenta que es una categoría vacía, un puesto vacante que quién mejor que uno mismo para ocuparlo. No en vano, todos somos los mejores, los más listos y los más guapos para nosotros mismos, sin discusión. Es entonces cuando nos abrimos una cuenta en una red social, Facebook, Twitter o Instagram, o en todas ellas, y nos dedicamos a poblar ese mundo dentro del mundo que sólo a nosotros nos pertenece y que, por consiguiente, podemos colorear a nuestro antojo.
El procedimiento de todo ello es de sobras conocido, ya lo utilizó un tal Yahvé, dicen, hace mucho tiempo. Consiste en utilizar la Palabra, lo único existente al principio, para ir dando vida a lo que antes sólo era la Nada absoluta. Son nuestros estados, y si los podemos acompañar de una buena fotografía en la que posemos en actitud muy natural aún mejor, los que irán confeccionando ese simulacro de realidad en que se convierte nuestra vida (aunque bien mirado, tal vez sea sólo el almacén de nuestros deseos, donde guardamos la ilusión de la vida que nos hubiese gustado vivir o la imagen de la persona que siempre quisimos ser). Son nuestras palabras las que se encargan de transformar en acto lo que todavía sólo lo es en potencia, ahorrándonos, ésa es su gran ventaja, el esfuerzo real intermedio. Así, nos convertimos en profesionales sin tener siquiera categoría de aprendices, irradiamos felicidad aun cuando en nuestra vida tal vez no existan más que sombras, lanzamos pildorillas de falso conocimiento sacadas de los memes que circulan por ahí o, lo que es peor todavía, leídas en el blog de algún chiflado como el que esto escribe. Y somos felices como sólo lo pueden ser quienes bebían ambrosía. O tal vez sólo lo parecemos. O ni una cosa ni la otra.


[1] Recuerdo ahora a un profesor de Literatura medieval que tuve durante la carrera, que me parecía pesadísimo, por cierto, amén de un poco salidillo, como no puede ser de otra manera en quien se especializa en tan santo periodo literario, que siempre nos hacía reparar en la diferencia entre los sabios de aquella época y los supuestos sabios actuales. Los primeros, siempre al amparo de la discreción y el anonimato; los segundos, sedientos de fama y exhibicionismo.