57. ¡Larga vida al periodismo de Svetlana Alexiévich!

Y cayó del cielo una estrella que ardía como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos y de las fuentes de agua. Y el nombre de esta estrella es ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo y un sinnúmero de hombres perecieron por las aguas, porque éstas se tornaron amargas (ajenjo es chernóbil en ucraniano).

 
 
 
 
 
Confieso que mi llegada a Chernóbil se debe al visionado de la exitosa miniserie que HBO le dedicó al peor desastre nuclear de la historia de la humanidad hace escasos meses. Y confieso, también, que Chernobyl me pareció que representa muy bien lo que tuvo que ocurrir en realidad aquella lejana noche de 1986 (hay gente que afirma haber tenido que abandonar alguno de los episodios por considerarlo insoportable, mientras que yo aún me pregunto a cuál se pueden referir: ¿qué esperaban encontrar?) y que Stellan Skarsgård, en una producción plagada de grandes interpretaciones, borda su papel como Borís Shcherbina.

 

Ahora bien, pese a que en general la miniserie me gustó (como siempre sucede con las producciones de HBO, se cuidan todos y cada uno sus detalles), me dejó con ganas de más. Y no porque yo sea un morboso de ésos que están deseando fotografiarse junto al reactor 4 de la famosa central (al contrario, ese tipo de personas me parecen imbéciles sin remedio), sino porque focaliza demasiado, para mi gusto, en la búsqueda de culpables (ya sabéis, todo lo que no ha gustado de la serie en una parte importante de Rusia: el aparato del Estado comunista, sus mentiras y su abuso de poder) y en el desastre en sí, pero la situación presente y futura (no nos engañemos, Chernóbil sigue ahí, latente, y seguirá ahí por cientos de miles de años) apenas se resume en unos cuantos datos que se aportan al final. Y como siempre sucede con todo aquello que se silencia, acaba generando todavía más dudas; a mí me dejó un gran e inquietante interrogante: ¿Y ahora qué?

 
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Lo cierto es que cuando estalló el reactor en 1986 yo ya estaba en este mundo (me quedaba poco más de un mes para cumplir 6 años), pero mis recuerdos de aquel crucial momento apenas me sirven de ayuda. Sí que guardo la sensación, en algún compartimento añejo de mi memoria, de que los informativos se pasaron días hablando sobre el desastre de Chernóbil y una serie de palabras y frases que hasta muchos años después no he empezado a dotar de significado: accidente, central nuclear, radiactividad, como lo que sucedió en Hiroshima (esta comparación me acojonaba bastante, porque en casa teníamos un álbum de cromos, seguramente de mi hermano, porque yo no recuerdo haber participado en él, que reproducían las carátulas de películas más o menos exitosas de la época, y una de ellas, de cuyo nombre no consigo acordarme, sólo sé que la trama se iniciaba después de un accidente nuclear y de que la radiación convertía a los afectados en zombis, consistía en el rostro de un no-muerto dibujado siguiendo el estilo de un cómic; de ahí que desde entonces todo lo relacionado con la energía nuclear acuda a mi imaginario al son de Thriller, otro de mis terrores de la infancia), nube tóxica, muertos por radiación; lo único que comprendí, lo que necesitaba comprender, fue: no te preocupes, no hay peligro, eso ha pasado muy lejos… en Rusia (el mismo día de la explosión del reactor, el 26 de abril de 1986, según datos de la Escuela Superior Internacional de Radioecología Sájarov, se registraron niveles elevados de radiación en Polonia, Alemania, Austria y Rumanía; el 30 de abril, en Suiza y el norte de Italia; el 1 y el 2 de mayo, en Francia, Bélgica, Holanda, Gran Bretaña y el norte de Grecia; el 3 de mayo, en Israel, Kuwait, Turquía… las sustancias gaseosas y volátiles siguieron el mismo camino que la invisible radiación: el 2 de mayo, en Japón; el 4 de mayo, en China; el 5, en India y Estados Unidos; el 6, en Canadá…). Nada que temer, por supuesto… ojo, no culpo a quienes me tranquilizaron de tal manera, era lo que tenían que hacer en aquel momento y yo hubiese actuado igual con mi hija, además de que sabían tanto del desastre acaecido en Chernóbil como la mayoría de la población mundial. Pero la anécdota me sirve para mostrar cómo se reaccionó aquí ante la mayor amenaza que se ha cernido jamás sobre la especie humana.

 

Pero como decía antes, mi preocupación por el futuro (aunque paradójicamente a mí me vaya quedando menos, desde que soy padre el futuro es algo que me preocupa mucho más de lo que me preocupaba antes) me llevó a recopilar información útil, y por útil me refiero a algo inteligible para alguien como yo, es decir, con conocimientos bastante limitados de física nuclear, sobre lo ocurrido aquel funesto 26 de abril de 1986. Y fue así como me topé con Svetlana Alexiévich, de quien sabía que había sido galardonada con el Nobel de Literatura en 2015, pero poca cosa más. Nunca había leído nada de ella (la concesión del Nobel siempre me ha parecido debida más una cuestión política o a alguna otra razón oscura que se me escapa que a la valía literaria; verbigracia, los premiados españoles: José Echegaray, sin comentarios; Jacinto Benavente, un dramaturgo que vivía a espaldas de las corrientes teatrales europeas, a quien sólo hay que comparar con su contemporáneo Valle-Inclán para comprender su estadía sin retorno en el olvido; Vicente Aleixandre… ¿no había otros poetas merecedores del galardón antes que él en la erróneamente denominada Generación del 27?; y Camilo José Cela, más de lo mismo, pero en este caso como guiño y reconocimiento a la supuesta transición democrática española; al único al que salvo es a Juan Ramón Jiménez, y no sé si acierto o su salvación está condicionada por mis gustos personales), y si no hubiese visto la miniserie de HBO es posible que nunca la hubiese leído. Sea como fuere, tanto la trayectoria de la periodista bielorrusa (más de diez años alejada de su país natal por enfrentarse con la verdad a las autoridades patrias en general y al presidente Lukashenko en particular) como el título del ensayo que publicó en 1997 sobre el desastre nuclear soviético (Voces de Chernóbil: Crónica del futuro, aún hoy prohibido en Bielorrusia) captaron por completo mi atención: eso era lo que buscaba con exactitud, alguien que se ocupase de Chernóbil con la vista puesta en el futuro, que fuese capaz de llenar el vacío informativo que la serie de HBO me había dejado. Y no me equivoqué.

El ensayo, una suerte de tragedia griega del siglo XX con la vista puesta en las centurias venideras, se inicia con una nota histórica que consiste en fragmentos de entradas enciclopédicas, periódicos, publicaciones científicas y artículos colgados en la red que nos ponen en situación: el infierno es aquí y ahora, y nosotros somos sus moradores. Sin embargo, pese a lo que solemos creer, el séptimo círculo no tiene su epicentro en Ucrania o en Rusia, sino en Bielorrusia, un pequeño país agrícola de unos 10 millones de habitantes que, pese a no haber tenido jamás una sola central nuclear en su territorio, es la gran víctima de la tragedia de Chernóbil. Para que nos hagamos una idea del horror, durante la Segunda Guerra Mundial los nazis destruyeron 619 aldeas y pueblos, y murió 1 de cada 4 bielorrusos; Chernóbil destruyó 485 (70 de ellos enterrados bajo tierra para siempre para mitigar el riesgo radiactivo), 1 de cada 5 bielorrusos vive en territorio contaminado (esto es, 2100000 personas, entre ellas, unos 70000 niños), donde la mortalidad supera a la natalidad en la friolera de un 20%. Por si fuera poco, sigue presentándonos las tinieblas a golpe de dato Alexiévich, el 70% de los radionúclidos que la explosión del reactor 4 arrojó a la atmósfera cayeron sobre Bielorrusia, y afectó al 23% de su territorio, frente al 4,8% del ucraniano o el 0,5% del ruso (se estima que el cesio-137 se extiende sobre 1,8 millones de hectáreas de suelo bielorruso, y el estroncio-90, en 0,5 millones; y que el 26% de los bosques y más del 50% de los prados a orillas de los ríos Prípiat, Dnepr y Sozh están contaminados). En lo que se refiere a la incidencia directa de la radiación en la salud de la población bielorrusa, los datos son los siguientes: antes del accidente, se detectaban 82 casos de cáncer por cada 100000 habitantes; tras Chernóbil, la cifra se eleva a 6000 (sin tener en cuenta que las pequeñas dosis de radiación elevan cada año el número de niños que nacen con deficiencias mentales, disfunciones neuropsicológicas o mutaciones genéticas). En cuanto a la mortalidad, en la década que va desde el accidente hasta la publicación del ensayo de Alexiévich, la mortalidad crece un 23,5%, y en las regiones contaminadas 7 de cada 10 habitantes estaban enfermos. Desde 1990 hasta 2003 (en 2013 se publica una edición revisada del ensayo), murieron dos liquidadores (las personas encargadas de limpiar las zonas contaminadas) al día. Para la historia (la oficial, que coincide con la que vemos en la pequeña pantalla por cortesía de HBO) y la nota histórica con que realizamos nuestro particular descensus ad inferos, Chernóbil se cierra con el juicio y las sentencias a los Briujánov, Kovalenko o Diátlov, cuando en realidad no ha hecho más que empezar: hasta ahora conocemos los datos, pero aún no hemos visto con nuestros propios ojos qué aspecto tiene el horror.

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Acto seguido, Alexiévich nos presenta el primer testimonio de los muchos que pueblan su ensayo, titulado “Una solitaria voz humana” (el último, el de la esposa de un liquidador, se titulará igual), el de la esposa del bombero Vasili Ignatenko, fallecido tras participar, sin las medidas de seguridad adecuadas, en las tareas de extinción del fuego del reactor 4. Quienes hayan visto la miniserie de HBO ya sabrán de qué va tal testimonio y que te encoge el corazón (lo curioso es que Chernobyl no reconoce, o yo no he sabido encontrar tal reconocimiento, que la fuente principal de la que se nutre es el ensayo de Svetlana Alexiévich): para que nos entendamos, el ejemplo de Ignatenko y su familia sirve para ilustrar los efectos de la radiación, la agonía de quienes se ven afectados por ella y de cómo cambia la vida de sus seres queridos para siempre. Sin embargo, el testimonio de Liudmila Ignatenko, pese a ocuparse de la muerte, está inundado de amor, de pura humanidad (“Pero yo le he hablado del amor… De cómo he amado.”); no desvelaré mucho más al respecto, no pretendo destriparle la serie a quien no la haya visto, ni mucho menos el ensayo de Alexiévich, tan sólo que la constante amor y muerte (“No sé de qué hablar…”, inicia su testimonio Liudmila, “¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo?”) que en este capítulo se nos presenta se repetirá en todos y cada uno de los testimonios que conforman Voces de Chernóbil, memoria, de momento, viva (“Esta gente se está muriendo, pero nadie les ha preguntado de verdad sobre lo sucedido. Sobre lo que hemos padecido. Lo que hemos visto. La gente no quiere oír hablar de la muerte. De los horrores”) de lo que nunca debería volver a ocurrir.

Tras esta suerte de prólogo protagonizado por la historia del joven matrimonio Ignatenko, Alexiévich toma la palabra por primera y última vez (con la excepción de las indicaciones, a modo de acotaciones teatrales, con que marca los movimientos, las expresiones o las inflexiones de voz de sus entrevistados), y consigue así lo que en mi opinión es el gran logro literario del ensayo (junto a la magistral labor de edición que lleva a cabo con el abundante material compilado en su implacable y valiente labor periodística): dejar que sean sus entrevistados los que nos cuenten su experiencia, dejarles hablar sin intervenciones ni orientaciones ni preguntas-respuestas interesadas, porque ella, la periodista, no es lo importante, su opinión y sus juicios de valor carecen de interés, a nadie le importan, y ella es lo suficientemente inteligente y profesional para ser consciente de ello y optar por el silencio (sin duda, Voces de Chernóbil debería ser de lectura obligatoria en todas las facultades de periodismo del mundo, más centradas en la fabricación de cobardes creadores de opinión al servicio del poder que en la de honestos y auténticos periodistas). De resultas de todo ello emerge la verdad y su inevitable carácter polifónico.

En la entrevista que se hace a sí misma (ella es otro testimonio más de la mayor tragedia del siglo XX), Alexiévich confiesa que su ensayo es más un testimonio sobre el futuro que sobre el pasado (y aquí engarza con el perturbador interrogante que me llevó hasta ella), y que sobre todo le da miedo, como es lógico, acabar banalizando el horror. Para ella, y creo que para todo el mundo que sea consciente de lo que sucedió aquella noche primaveral de 1986, Chernóbil es una catástrofe del tiempo, pues su magnitud devastadora altera pasado, presente y futuro (sus efectos son eternos a escala humana), un reto que rebasa nuestros conocimiento e imaginación; el pasado ya no nos sirve de asidero porque nunca antes se ha vivido algo parecido: las respuestas procedentes de la física, la religión y la literatura saltaron por los aires cuando explotó el reactor 4. La nueva realidad, indescriptible por la disociación que produce entre el mundo de los sentidos y el de su expresión, las palabras, se impone, y vive al margen de la cultura. ¿Cómo se supera esta dificultad? Pues recurriendo a un pueblo bielorruso que, contra su voluntad, se ha convertido en la caja negra del viaje hacia la nada que ha emprendido la humanidad. Su información, siempre entre la dicotomía de recordar u olvidar, la historia omitida (la intrahistoria de Unamuno), va dirigida al futuro, es una voz moribunda que, desde la incomprensión del presente, espera la comprensión del porvenir. Chernóbil es el inicio de una nueva era, la de las catástrofes, que en nada se parece y en todo supera a la historia de guerras y caudillos que ha sido hasta la fecha el devenir humano.

A partir de este punto, Alexiévich divide los testimonios de la tragedia nuclear en tres partes, tituladas “La tierra de los muertos”, “La corona de la creación” y “La admiración de la tristeza”. Cada una de las partes se compone de una serie de entrevistas, llamadas monólogos por las cualidades apuntadas con anterioridad, que se cierran con un coro de voces (de soldados, del pueblo y de niños). Con los testimonios recogidos en “La tierra de los muertos”, crónica de una muerte anunciada (hoy la niña del cambio climático, Greta Thunberg, apela a nuestra sensibilidad, de forma histriónica si se quiere, y nos advierte de un futuro inhabitable para la especie humana; pero ese futuro ya es presente desde hace décadas en las zonas contaminadas bielorrusas), viajamos al futuro, donde “todo crece, florece. De la fiera al mosquito, todo vive”, salvo el ser humano. Todos aquéllos, ancianos sobre todo, que decidieron quedarse en las zonas contaminadas pese a los desalojos y las recomendaciones oficiales son Adán y Eva en el Paraíso ante la prohibición de alimentarse del fruto prohibido: todo a su alrededor está tan vivo y parece tan apetitoso como siempre, pero les está vedado por un nuevo Dios omnipresente e implacable, la radiación. Sin embargo, para muchos de estos hijos de la guerra (casi todos sufrieron la Segunda Guerra Mundial), la radiación no es un enemigo a temer, pues a quien temen “es a los hombres. A la gente armada”. “Este miedo de aquí yo no lo conozco. No lo veo. Y no lo tengo en la memoria”. De ahí que haya quien considere que “vivimos mejor con la radiación” (a fin de cuentas, cultivan para sí mismos, reciben alimentos del Estado… son tan libres como los numerosos animales domésticos abandonados a su suerte en los desalojos masivos de las zonas contaminadas), pese a que una muerte terrible les espere a todos (“Yo no temo a la muerte. A mi propia muerte”, confiesa uno de los soldados enviados a la zona del desastre, “Pero no tengo claro cómo voy a morir. Vi morir a un amigo… se hinchó. Como un tonel… Y mi vecino… se volvió negro… y se secó hasta el tamaño de un niño… Si pudiera elegir mi muerte, pediría que fuera común y corriente”).

“La corona de la creación” recrudece la dureza del ensayo, pues se centra en cómo es la nueva vida venida al mundo tras Chernóbil. Así, se inicia con el testimonio de Larisa Z., madre de una niña nacida con “aplasia del ano, aplasia de la vulva, aplasia del riñón izquierdo”, que pone en duda algo tan básico como la procreación (“Ya no puedo parir a nadie más. No me atrevo. Al salir de la maternidad, mi marido por la noche me besa, pero yo tiemblo: no debemos… Es pecado”; “¿Cómo podemos amarnos después de esto?”) y trae a primer plano la culpa (“Llamo a todas las puertas… Tomen a mi niña, aunque sea para sus experimentos científicos. Estoy dispuesta a que se convierta en una rana de laboratorio, en un conejito de Indias, con tal de que viva”) y los intentos desesperados e infructuosos de expiación (“Yo quería… Tenía que demostrar… que… Quería recibir unos documentos… Para que cuando creciera supiera que ni mi marido ni yo tenemos la culpa. Que no es por nuestro amor”). El testimonio de Katia, algunas páginas después, incide en el tema y amplía aún más un drama ya de por sí de profundidad abismal: la mácula de Chernóbil es eterna (en el espacio y en el tiempo) e imposibilita para el amor porque es pecado (“Pido amor. Pero tengo miedo. Me da miedo amar. Tengo novio… me presentó a su madre, una buena persona… cuando se enteró que soy de… Chernóbil… me preguntó: Cariño, ¿pero tú puedes tener hijos?… para algunos parir es pecado… ¿Tengo yo la culpa de querer ser feliz?”). ¿Y qué es una vida sin amor? La misma muerte. Como claro ejemplo de ello, los testimonios de los maestros que hablan sobre los niños (símbolos de la vida y el amor por antonomasia) de sus clases: “no se parecen a los niños… si se pelean… hasta los maestros se alegran”. Más acostumbrados a los entierros (de familiares, compañeros, o de pueblos enteros) que al juego que les sería propio, fantasean sobre qué especie será la última en extinguirse, cuál les sobrevivirá a ellos. Y es que tras el desastre, “el mundo se ha partido en dos: estamos nosotros, la gente de Chernóbil, y están ustedes, el resto de los hombres”. Chernóbil, cambian de tercio los testimonios, supone el descubrimiento del miedo y, a la vez, el alcance de la mayoría de edad del pueblo ruso. La tradicional educación militar que les había hecho resistir y sobrevivir a la Gran Guerra se demuestra impotente para afrontar la catástrofe nuclear (como claro ejemplo de ello, las tropas movilizadas tras la explosión del reactor… ¿pretendían ametrallar átomos? ¿Bombardear radiactividad?), y cae el velo de la ignorancia: ya no existen un átomo militar, el de Hiroshima y Nagasaki, y un átomo de la paz, el que proporciona una bombilla eléctrica en cada hogar; ambos son dos caras de la misma moneda. Claro que la culpa no es de la ciencia, sino del uso que hacemos de ella, como se apresura a manifestar la doctora en Ciencias Agrícolas Slava Konstantínovna Firsakova. El ser humano tiene tanto de destructor como de creador, así que, según ella, hay que aprender a vivir en Chernóbil, hay que aprender, en base a la información y al conocimiento, y en contra de la opacidad oficial y la ignorancia, a restablecer lo único que tiene el pueblo bielorruso: la tierra.

“La admiración de la tristeza” se apoya en los testimonios de científicos, intelectuales y antiguos dirigentes del partido comunista, además de en liquidadores y en el pueblo llano. Hablamos de gente, en su mayoría, capacitada para entender lo que estaba sucediendo o directamente implicada en lo que sucedió a raíz del desastre de Chernóbil. Cómplices, con sus acciones o con su silencio (“sí sabía que de aquella zona se debía sacar a todo ser vivo… Y, no obstante, realizábamos a conciencia nuestras mediciones y luego mirábamos la tele”; y a los pocos que intentaban alertar de la situación, nadie les prestaba oídos: “¡nadie nos escuchaba! Ni a los científicos, ni a los médicos; la ciencia estaba al servicio de la política; la medicina, atrapada por la política”), de los engaños del Estado (“Se engañaba a la gente. Y la engañaba el Estado… Toda la información se convertía en un secreto… para no provocar el pánico”). ¿Por miedo a represalias? Sí, desde luego, pero no sólo por el miedo a ser privados de un título o del carné del Partido, “sino por sus convicciones”, “por disciplina de partido”. Ante las preguntas de los campesinos que seguían con sus vidas (“se han pasado años asustando a la gente, preparándola para una guerra atómica. Pero no para un Chernóbil”), los científicos no hacían más que repetirles “Todo está bien. No pasa nada malo… antes de las comidas lávense las manos”. “Todos nosotros habíamos participado… en un crimen… en un complot”. “Aquellos lugares son de una belleza espléndida… el bosque original,… riachuelos serpenteantes, agua… transparente… hierba verde… Para [la gente] era lo normal… tú, en cambio, sabes que todo aquello está envenenado”. De hecho, ya los mismos científicos minusvaloraron la tragedia: según Valentín Alexéyevich Borisévich, exdirector del laboratorio del Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Bielorrusia, quienes se desplazaron a la central creían que el problema se solucionaría en cosa de pocas horas, pues no llevaron consigo ni ropa ni enseres para la higiene personal. De ahí que “la fe en la física se acabó en Chernóbil”. Cuando ya se había precipitado sobre la zona afectada el equivalente a 350 bombas como la que se lanzó sobre Hiroshima, se continuaba hablando de enemigos en lugar de física (“Si hubiera empezado una guerra, habríamos sabido qué hacer. Para eso disponíamos de instrucciones”; “Que si sois héroes, que si esto es una hazaña, que si estamos en primera línea… ”, le decían a un fotógrafo obligado a ejercer de liquidador, “El léxico era militar… Pero ¿qué es un rem? ¿Y los curios? ¿Qué es un microrroentgen?… el superior no podía contestarnos nada: en la escuela militar no le habían enseñado nada de eso”, sólo que los seleccionados se habían convertido en soldados y, como tales, debían cumplir las órdenes). Al final, “la fábrica de sueños [el Estado soviético] defendía nuestros mitos: podemos sobrevivir en cualquier lugar, hasta en una tierra muerta”, de ahí que ninguno de los enviados a la zona contaminada se quejase de una protección del todo insuficiente (desde una única pala a medidores de radiactividad inútiles porque no habían sido cargados previamente). Es más, “en nuestro país no puede haber ninguna catástrofe”, a nadie se le pasaba por la cabeza que lo sucedido tuviera como escenario a “la gran potencia del mundo” (el déficit de especialistas, el cierre de laboratorios, que en la construcción de la central de Chernóbil se invirtieran 2 o 3 años cuando los japoneses invertían 12 en la construcción de las suyas o que la seguridad del reactor fuese la misma que la de cualquier complejo agropecuario parecen corroborar tal afirmación). Quienes quedaron allí, “encerrados en la zona. En una trampa”, comparten “la misma suerte… en cualquier otro lugar, somos unos extraños. Unos apestados”. Y se resignan a vivir con Chernóbil hasta el fin de sus días: “Unos conocidos nuestros han tenido un niño… tiene una boca que le llega a las orejas; aunque no tiene orejas… no voy a verlos… no puedo. En cambio, mi hija sí… un día sí y otro también… no sé si se imagina su futuro o se prepara [para él]”.

Por último, el ensayo de Alexiévich finaliza con un epílogo, brutal, que reproduce uno de los numerosos anuncios con que las agencias de viajes que se lucran hoy día del turismo oscuro y la banalización de la tragedia intentan captar a sus clientes. “¿Creen ustedes que todo esto es una idea demencial? Se equivocan, el turismo nuclear goza de una gran demanda, sobre todo entre los turistas occidentales. La gente viaja al lugar en busca de nuevas y poderosas impresiones. Sensaciones que es difícil encontrar en el resto del mundo, ya tan excesivamente acondicionado y accesible al hombre. La vida se vuelve aburrida. Y la gente quiere algo eterno. Visiten La Meca nuclear. Y a unos precios moderados”.

No quiero engañar a nadie, la lectura de Voces de Chernóbil: Crónica del futuro no es nada fácil. Yo mismo nunca he sido capaz de leerme más de un monólogo cada vez (se compone de un total de 39 monólogos, 3 coros y 2 solitarias voces humanas). Las ganas de llorar, las náuseas, la rabia o la impotencia hacen que tengas que consumirlo en muy pequeñas dosis. Es un libro radiactivo, si se quiere ver así, y toda exposición que supere una pequeña dosis cada vez puede resultar muy perjudicial para nuestra salud. Y sé que hay muchos lectores que prefieren evitar este tipo de obras. Sin embargo, creo que hay que leerlo. Al margen de lo ya dicho sobre la maestría y el oficio que demuestra Svetlana Alexiévich (yo ya he añadido a mis futuras lecturas La guerra no tiene rostro de mujer, ensayo sobre el papel que las mujeres rusas, como siempre silenciadas por su sexo, jugaron en la Segunda Guerra Mundial), debemos poner en valor a la gente que presta su testimonio, desde el pasado pero con la vista puesta en el futuro, muchos de ellos víctimas inocentes y otros un poco menos inocentes y víctimas, pero todos portadores de una verdad en alarmante peligro de extinción: por ser silenciada por las autoridades y por la implacabilidad del tiempo y la enfermedad. Chernóbil podríamos haber sido nosotros, Chernóbil habla de nosotros. Chernóbil seremos nosotros.

*Este artículo fue publicado por la revista literaria Letralia. Tierra de letras el 11 de abril de 2020.

 

 

 

 

9. Violencia de género: la expresión, el problema y la solución

Vivimos en un curioso país donde si es necesario hacer un puente, se contrata a un arquitecto, aunque el puente se desmorone y su construcción suponga un agujero más a las arcas públicas; en el que si tienes que ir a juicio, debes contratar a un abogado y toda la parafernalia que rodea legalmente a ese concepto tan confuso que es la justicia; en el que nadie discutiría que el mejor pan es el que hace el panadero. Sin embargo, cuando se trata de alguna cuestión de índole lingüística, nos olvidamos de aquellos que se han especializado en el estudio de la lengua y su más alta expresión, que es la literatura, los filólogos.
Supongo que el hecho de que se obvie a los entendidos en la materia se debe a esa idea, con la que no puedo estar más de acuerdo, dicho sea de paso, de que las lenguas son un fenómeno vivo que construimos todos sus hablantes cada día tras día. Pero esto no quiere decir que todo valga, porque en algunas ocasiones y a propósito de algunos temas, es muy importante llamar a las cosas por su nombre. Y si además ese grupo de expertos decide pronunciarse, habría que dedicarles por lo menos cinco minutitos de nuestra vida —se rumorea que viven en profundas cavernas bajo la superficie terrestre, y que sólo salen de su estado vegetativo cuando la ocasión lo merece especialmente—, no sea que por una vez tengan razón.
Toda esta introducción, sazonada de ironía y sarcasmo, qué le vamos a hacer, soy como un chiquillo, se debe a que sigo leyendo y escuchando en los diferentes medios, no en vano ha estado muy presente en campaña electoral gracias a Ciudadanos, muy regeneradores ellos, la expresión violencia de género —desgraciadamente casi no hay semana que no la tengamos presente— para describir aquella violencia ejercida por los hombres sobre las mujeres, uno de los dramas de la moderna sociedad española del siglo XXI.
Pues bien, a propósito de este mal uso periodístico, como estoy seguro de que más de uno recordará, allá por el año 2004, cuando el gobierno de Rodríguez Zapatero presentaba el Proyecto de Ley de la que posteriormente se convirtió en la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, publicada en el B.O.E. el 29 de diciembre de 2004, y que está vigente, incluida su revisión del pasado 7 de octubre de 2015, desde el 28 de enero de 2005, ya la Real Academia Española publicaba un informe en el que se analizaba la torpeza lingüística de la expresión y se proponía a consideración del Gobierno su sustitución por “Ley Integral contra la violencia doméstica o por razón de sexo[1]”, sin duda más acorde con la realidad biológica del hecho y, quizá, más igualitaria —aunque hablar de igualdad en este caso me suene a mí mismo a frivolidad, ahí están los datos y la realidad, así que entiendo que deba haber una ley propia para prevenir la violencia en esta dirección, que nadie me acuse de nada antes de tiempo—. Pero como ya adelantaba al inicio de esta entrada, nadie hizo caso de lo que recomendaban y proponían los expertos.
Las razones de esta “desobediencia” a ciencia cierta no las sé, no voy a mentir, pero es posible que la inclusión del sustantivo sexo en la denominación les pareciera algo sucio a nuestros políticos, tan modernos ellos, y que les sonara a semen y flujo vaginal, tan puritanos seguimos siendo. Y si nuestros políticos pueden saltarse a la torera las recomendaciones de aquellos que limpian, fijan y dan esplendor a la lengua —sin comentarios—, quién soy yo para decir nada sobre los continuos malos usos que se han venido dando desde entonces.
Eso sí, lo que he hecho ha sido buscar en el banco de datos de El País en su versión digital las noticias que se ocupaban de este tipo de violencia —demasiadas— durante los últimos 11 meses, pues diciembre ha quedado fuera del sondeo, once años después de las recomendaciones de la RAE, por aquello de que uno es curioso y le gusta saber de primera mano qué es lo que ocurre con estas cosas —sí, soy un perro verde—, y los resultados han sido los siguientes:
En un total de 42 noticias, la expresión violencia de género aparece por lo menos una vez en 41 de ellas; violencia machista, en 25; violencia contra o sobre las mujeres, en 14; violenciadoméstica, en 8; violencia sexual, en 5; violencia intrafamiliar, en 2, aunque uno de esos usos necesitó de una fe de errores ante la reacción suscitada entre la mayoría de sus lectores; violencia sexista, en 1; y en una noticia sobre la violencia de este tipo en Colombia, aparecía una variante que a mi parecer es bastante acertada por las razones que haré explícitas más adelante: violencia por culpa del pensamiento patriarcal que impregna el sistema. Eso sí, todas estas noticias estaban etiquetadas como “Violencia de género” en el archivo del periódico.
Como se puede observar, los redactores optan mayoritariamente por la expresión maldita, aunque supongo que haciendo caso a algún antiguo profesor de estilo, recurren a diferentes expresiones sinónimas para no repetirse, cuando en realidad esos sinónimos son más apropiados, en mi opinión de aburrido filólogo, que la expresión a la que reemplazan. Cosas de la vida.
Y una vez dicho esto, me ocupo de lo que realmente importa, de la raíz del problema que subyace en ese terrible drama que es la violencia machista: creo que no me equivoco y que todo el mundo estará de acuerdo conmigo si afirmo que sólo por medio de la educación podremos ponerle fin a este tipo de violencia, es decir, y para que me entienda todo el mundo, incluidos los periodistas amantes de la equivocada expresión con que se identifica esta lacra, debemos reeducar el género[2]para combatir la violencia relacionada con el sexo. Pero ¿cómo se hace esto? Pues mediante la destrucción de nuestra tan adorada cultura occidental, mucho me temo. Porque es nuestra cultura la que, por amplia mayoría, hace que un sexo maltrate y asesine al otro.
Y lo primero que debemos tener muy presente a la hora de combatir este problema[3]es la diferencia ser humano. O, lo que es lo mismo, que sepamos identificar los rasgos innatos y  aquellos que son adquiridos[4]. Los primeros provienen de nuestra herencia biológica y forman parte de nosotros desde que nacemos hasta que morimos: el sexo, el color de la piel, los rasgos de la cara, etc. Los segundos, en cambio, los hacemos nuestros mediante el aprendizaje social: nuestra lengua vehicular, la manera como nos vestimos o peinamos, etc.
entre sexo o naturaleza y cultura, que son los dos grandes pilares sobre los que se sostiene la esencia de aquello que llamamos
Así pues, si hombres y mujeres se visten de manera diferente o se relacionan con sus parejas mediante pautas de comportamiento distintas, no se debe a ningún factor innato biológico, sino a factores culturales o de género, que como ya he dicho antes, son adquiridos y, por lo tanto, se pueden modificar. Por si mis palabras se quedan cortas, recuerdo lo que escribiera Simone de Beauvoir en El segundo sexo(1949):
No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino. Únicamente la mediación de otro puede constituir a un individuo como Otro.

Y es que no nos queda otra que reconducir, si no destruir, la cultura de la que tan orgullosos estamos. Pero no para eliminar al macho de la cúspide de la pirámide para sustituirlo por la hembra, como pretende un feminismo mal entendido[5], pues la convivencia no es competencia, sino desde la igualdad total y absoluta con la que venimos al mundo. Y por una de esas paradojas perversas de la condición humana, esto no depende de las mujeres, o no exclusivamente de ellas, por bienvenida que sea toda reivindicación en este sentido, sino de nosotros los hombres, yo el primero, que debemos dar un giro de ciento ochenta grados al pensamiento patriarcal (del que hablaba la noticia de la violencia en Colombia de la que hablaba hace unas líneas) con que nos han educado, porque, como decía el antropólogo Clifford Geertz en La interpretación de las culturas (1973):
El concepto de cultura que yo sostengo no tiene múltiples acepciones ni, por lo que se me alcanza, ninguna ambigüedad especial: cultura denota un esquema históricamente transmitido de significaciones representadas en símbolos, un sistema de concepciones heredadas y expresadas en formas simbólicas por medios con los cuales los hombres comunican, perpetúan y desarrollan su conocimiento y sus actitudes frente a la vida.

Es la hora de hacer historia, de crear una nueva historia, de cambiar de actitud. Todas y todos.


[1] http://www.uv.es/~ivorra/documentos/Genero.htmA quien no le apetezca saber la opinión de la RAE, se la resumo burdamente: el género es cosa de los sustantivos, pronombre y adjetivos, lo que los seres humanos tenemos entre las piernas, y lo que diferencia biológicamente a hombres y mujeres, es el sexo.
 [2] No sería todo lo riguroso que pretendo ser si obviase que la RAE dota al sustantivo género del significado ‘grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico’.
[3] Mucho más allá de debatir la dureza de una ley, pues las leyes son punitivas, es decir, actúan a posteriori, cuando ya es demasiado tarde, y nunca han servido para evitar que se cometa un delito o una praxis deleznable: verbigracia, la famosa Ley Seca de los EE. UU.
[4] Si bien es cierto que hay algunos rasgos en los que se dan elementos innatos y adquiridos. Por ejemplo, la inteligencia, que depende del cerebro con que nacemos, pero también del aprendizaje que vayamos adquiriendo a lo largo de nuestra vida.
[5] Porque al final se corre el riesgo de convertirse en aquello que más se odia. Y no es la solución.

8. El público. Por un periodismo cultural culto (o en condiciones)

El pasado 22 de octubre se hacía eco El País, en su edición digital, dentro de sus páginas dedicadas a la cultura, del estreno (el pasado miércoles, día 28) de la obra de Federico García Lorca El público en el Teatro de la Abadía de Madrid, un montaje dirigido por Àlex Rigola y producido en colaboración con el TNC (Teatre Nacional de Catalunya).
Sin embargo, pese a la aparente buena nueva que esto pudiera parecer, porque llevo años esperando a que alguien se atreva a llevarla a los escenarios, debo confesar que me sentí decepcionado e indignado a partes iguales (y van…) cuando leí la noticia por el tratamiento simplista y efectista que se le da a la obra[1], más propio de un manual cualquiera de Bachillerato (o lo que es peor, de un artículo de la Wikipedia en español) que de lo que debería ser un periodismo cultural en condiciones.
Para empezar, el periodista, Néstor Villamor, encabeza la noticia que anuncia el estreno con el titular “La homosexualidad de Lorca se desnuda en La Abadía”, e ilustra el texto por venir, cómo no, con la imagen de un ensayo de la obra donde aparecen dos actores coronados a pecho descubierto en actitud amorosa (¿la Figura de Pámpanos y la Figura de Cascabeles?): ya está, Lorca, a quien pocos han leído y menos aún se han esforzado en entender, “aquel poeta que fusilaron los fascistas por su condición de homosexual”[2], ha hecho acto de presencia. El morboso de justita cultura ya tiene una buena razón leer el texto que sigue, porque a la representación ya se sabe que no va a acudir.
El cuerpo de la noticia se abre con el resumen, a todas luces insuficiente y que supongo que es lo que ha llevado al periodista a escribir el titular, que hace uno de los actores, Juan Codina, de El público: “es un ensayo homoerótico”, nos dice. Luego vienen los matices del director, que nos advierte de que no estamos ante una obra propiamente surrealista, pero que sí usa símbolos de esta estética, sobre todo freudianos, y de que Lorca plantea un viaje poético a su cabeza, durante el cual surge su miedo a la muerte en todos sus significados: la artística, la amorosa, la personal, la muerte en vida…
Pero toda obra hay que situarla en su contexto, así que Villamor se lanza a la arena y resumiendo las palabras de Rigola nos explica, siempre justificando el carácter homosexual del texto, y su titular, supongo, que fue redactado en una época convulsa, marcada por la ruptura sentimental con Emilio Aladrón y por su distanciamiento con Dalí, ambos ocupados ya en otras galas. Así que el granadino, a quien imaginamos despechado, viaja a Nueva York y Cuba, de donde vuelve con el manuscrito de la obra bajo el brazo. Y ante el rechazo de aquellos a quienes se lo muestra, decide guardarlo para el futuro porque, como dejó escrito el propio Lorca[3], “ahora el público quizás no esté preparado, pero dentro de 10 o 20 años seguro que esto va a ser un éxito”.
Y supongo, además, que Rigola piensa que el público sigue sin estar listo, porque afirma que su reto es renovar la pieza para el público actual, ya que no es un texto fácil, tanto en la estética que plantea como en su contenido[4].
Esto es todo, que es como decir nada, pues el contenido de la noticia, que se sustenta aparentemente en las entrevistas a actores y directores, sabe a poco, a demasiado poco. Estoy seguro de que alguien que hubiese hecho el trabajo previo (que empieza por leerse el texto e intentar interpretarlo) le hubiese sacado un mayor jugo a algo que para los entendidos en teatro es todo un acontecimiento. Y no ha sabido ver que para él mismo era una oportunidad, un caramelo.
MI VERSIÓN DE LOS HECHOS (la mía y la de todos aquéllos que hayan leído y estudiado la obra):
Hay que entender El público, junto a Así que pasen cinco años, como parte de las denominadas por el propio Lorca “comedias imposibles”, de ahí, tal vez, las dificultades de las que habla Rigola, Poeta en Nueva York).

integrantes de un todo que podríamos llamar ciclo de Nueva York (pues comparten el nuevo lenguaje expresivo que también se encuentra en 

De hecho, siempre me ha parecido chocante que estas “comedias imposibles” pasen desapercibidas durante la secundaria y el Bachillerato (más en esta última etapa educativa), pese a que para el propio Federico, que fue sobre todo un hombre de teatro mucho más que poeta, fuesen de capital importancia en su producción. Y no lo digo yo, pues lo dijo él mismo en alguna entrevista: “para demostrar una personalidad y tener derecho al respeto he dado otras cosas. […] En estas comedias imposibles está mi verdadero propósito”[5]. Esas “otras cosas” a las que se refiere son YermaBodas de SangreLa casa de Bernarda Alba y el mismísimo Romancero gitano, que hay que considerarlas, pues, puras concesiones al público, seguramente no obras menores, pero sí algo con lo que abrirse camino en el mundillo para poder disponer del tiempo y el reconocimiento necesarios para dedicarse a hacer lo que de verdad deseaba hacer, así como el campo de cultivo para lo que estaba por llegar y que eliminaron para siempre los falangistas.
¿Y cuál puede ser, si no, el tema principal de una obra teatral que se titula El público? Porque llamadme loco, pero yo diría que el título es el primer elemento a interpretar en cualquier obra artística. Pues sí, sorpresa, el tema principal es el público, el que asistía y asiste a las representaciones teatrales, y el que ahora se dedica a escribir noticias y a representar esas obras. El público que contempla cualquier manifestación artística sin pensar y sin cuestionarse absolutamente nada de lo que ve, el que se queda a resguardo tras la barrera. Aquél para el cual el arte es un modo de entretenimiento separado de cualquier actividad mental que no sea pasar un rato agradable. El público burgués, en definitiva, el de ayer, el de hoy y el de mañana, mucho me temo.
Porque El público, cuya primera redacción data del 22 de agosto de 1930[6], y su continuación Así que pasen cinco años, suponen, ni más ni menos, la tentativa lorquiana de renovar el teatro español en su totalidad, tanto su lenguaje como su puesta en escena, pasando por los actores y por el público que a él asistía.
Pero como es bien sabido que nada surge de la nada, el genio lorquiano, su duende, se da en un contexto de cambio y experimentación en el teatro europeo y, mucho más tarde, también en el español. En efecto, desde finales del XIX y principios del XX, la escena europea intenta dejar atrás la falsa realidad del teatro realista. Jarry, Pirandello, Artaud, Cocteau o Brecht, cada uno a su manera, pretenden conseguir que el teatro deje de ser, en palabras del autor de Seis personajes en busca de autor, un simple “pasatiempo elegante”[7].
Grosso modo, ese nuevo teatro que empieza a surgir se opone a la falsa ilusión de realidad que proyecta el teatro realista del XIX, el de los Ibsen, Chejov o Shaw, por ejemplo. Con este fin, se proponen romper con la identificación que el espectador siente hacia los diálogos, los ambientes y la problemática que se representan, y optan por la reflexión sobre aquellos temas esencialmente importantes para el ser humano.
En cuanto a la estructura, se rompe con la unidad clásica de 3 actos y se opta por la sucesión de escenas o por la escena única, sin interrupciones hasta el final de la obra.
Los interiores burgueses dejan paso a escenarios insólitos e inesperados, dinámicos, con volumen, y se elimina la cuarta pared, de manera que el público deja de ser un mero espectador y se convierte en parte importante de la obra.
Y por lo que respecta al lenguaje, la palabra cede su sitio a los elementos plásticos, a las imágenes, a la mímica, todo ello con el afán de romper con la falsa identificación entre el espectador y el actor que proponía el teatro realista[8]. En este sentido, sólo hay que recordar el teatro de la crueldad de Artaud o la teoría del distanciamiento de Brecht.
¿Y qué sucede en el teatro español? Pues, a decir verdad, hasta bien entrada la década de 1920, apenas llega una ligera brisa del nuevo teatro que se hacía en Europa. Aquí seguíamos enganchados al “modo Jacinto Benavente” hasta que las revistas y periódicos más importantes empezaron a introducirlo, pero, en general, las pocas obras propias algo innovadoras eran ignoradas[9]. Recordemos, a estos efectos, al gran Valle-Inclán, que ya andaba por aquel entonces en eso de la renovación del teatro en su totalidad, incluyendo, claro está, al público:
¿Quiénes son espectadores de las comedias? Padres honrados y tenderos, niñas idiotas, viejas con postizos, algún pollo majadero y un forastero. Los mismos que juegan a la lotería en las tertulias de la clase media. Por eso los autores de comedias —desde Moratín hasta Benavente— parecen nacidos bajo una mesa camilla. Son fetos abortados en una tertulia casera. En sus comedias están todas las lágrimas de la baja y burguesa sensibilidad madrileña[10].

Pero poco a poco la renovación teatral se abrió camino en la escena española, y un grueso de nuevas obras apareció en escena[11], al mismo tiempo que se creaban grupos de teatro experimental y escuelas teatrales[12] que dejaban de lado el interés comercial y se centraban en la regeneración de la escena española, haciendo hincapié en la formación de los actores, los aspectos no literarios del fenómeno teatral y cambiar al público para que aceptase a los nuevos autores y obras.
Y es en este contexto cuando Lorca llega a Nueva York y escribe El público, una obra contagiada del teatro de Cocteau y Pirandello, pero también de Unamuno, Shakespeare, Goethe y Calderón de la Barca, en la que, es cierto, aparece el complejo mundo interior de Federico, pero siempre mezclado con la inevitable reflexión teatral que desde sus primeras líneas propone.
Para ello, se basa en el contrapunto de dos tipos de teatro, uno bajo la arena, el de la verdad no edulcorada, el identificado con el amor de Titania en El sueño de una noche de verano, el que hace desfilar en escena los dramas propios que cada uno de los espectadores está pensando, mientras está mirando, muchas veces sin fijarse, la representación. Y como el drama de cada uno es muy punzante y generalmente nada honroso, pues los espectadores enseguida se levantarían indignados e impedirían que continuase la representación[13]; y otro al aire libre, el comercial, el falso, el de las convenciones burguesas, el que se identifica con la obra shakesperiana Romeo y Julieta.
Y como motor de todo ello encontramos el amor como fuerza oculta y casual, esa «flor venenosa» que se adueña de nuestro destino y que hace que nos enamoremos de un asno, de un hombre o de una mujer, el que está muy lejos de la falsa pasión del amor heterosexual que une a Romeo y a Julieta; el amor homosexual de Lorca, en definitiva, ahora sí, pues es su intimidad la que se representa, tan imposible de llevarse a cabo como el de la reina de las hadas shakesperiana.
Desde luego, entiendo que una noticia tiene sus límites, y que algo parecido a lo que yo he escrito aquí, por muy limitado que sea, sería imposible y contraproducente para el medio periodístico. Pero creo que ha quedado suficientemente probado que había mucho más material para la redacción de la noticia y para haber aprovechado en el momento de entrevistar al director y a los actores. Una pena, insisto, que quienes tienen la suerte de ganarse la vida con la cultura, de que les paguen por ello, se queden en el exterior y no bajen a enfagarse bajo la arena[14].
Y recojo la ya tradicional pregunta sobre para qué sirven las humanidades y con esto acabo: menos para hacerse rico, para todo. Por ejemplo, para no quedar como un tonto cuando hablemos o escribamos sobre ellas.


[1] Para juzgar la puesta en escena de la obra, me tendré que esperar a que venga en diciembre a Barcelona, para lo cual ya he comprado mis entradas. Sin embargo, digamos que las expectativas no son muy altas, y ello se lo debo  la publicación de El País de la que hablo. Tal vez no haya mal que por bien no venga y me acabe llevando una grata sorpresa. Ojalá.
[2] Tal vez, para evitar tópicos y errores, se podría haber leído, no ya a Gibson, sino lo que publica el mismo periódico para el que trabaja: http://cultura.elpais.com/2015/04/23/actualidad/1429812848_851451.html
[3] ¿Lo dejó escrito o lo declaró en una entrevista que recoge sus palabras por escrito? Misterio…
[4] Quien quiera leer la noticia al completo puede hacerlo en el siguiente enlace: http://cultura.elpais.com/cultura/2015/10/22/actualidad/1445527235_149943.html
[5] “Al habla con Federico García Lorca”, en sus Obras completas. Aguilar, pág. 1811.
[6] Nada se dice, tampoco, de que es una obra incompleta o de que no es la versión definitiva (se supone que hay otro texto posterior ya mecanografiado que aún no se ha publicado, si es que de verdad existe; los herederos de García Lorca dirán), pues de los seis cuadros que aparentemente la componen, nos falta el cuarto.
[7] “Teatro nuevo y teatro viejo”, Ensayos. Guadarrama, pp. 235-236.
[8] Se entiende que para llevar a cabo esta revolución, para “renovar el material humano”, en palabras de Brecht, fue necesaria la creación de nuevas escuelas y el surgimiento de nuevos teóricos, como los Stanislavski, Copeau, Gordon Craig, etc.
[9] El Sol, Revista de Occidente, Residencia, etc.
[10] “Cartas inéditas de Valle Inclán”, Ínsula.
[11] El otro, de Unamuno; Lo invisible, de Azorín; Tic-tac, de Claudio de la Torre; Sinrazón, de Sánchez Mejías; Los medios seres, de Gómez de la Serna; Un sueño de la razón, de Rivas Cherif entre otras.
[12] El Mirlo Blanco, El Cántaro Roto, El caracol, El Teatro de la Escuela Nueva, etc.
[13] “Llegó anoche Federico García Lorca”. Obras completas, pág. 1731.
[14] En este sentido, me viene a la cabeza el blog de una excompañera de licenciatura que luego se pasó a periodismo, Elocutio, cuyo subtítulo, “Sobre periodismo y humanidades” me parece una interesante idea y una más que necesaria praxis.
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