59. Ser madre

He sido uno de esos futuros padres a los que les hubiese encantado poder vivir qué es estar embarazada y sentir cómo la vida se abre paso en mi interior, poder establecer ese vínculo especial que une a madre e hija muchos meses antes de la llegada al mundo de la segunda. Así lo sentí y así lo verbalicé en su momento. Aunque ni fue siempre así ni es así hoy en día. La verdad es que me he repensado eso de querer ser madre.

Sí, ya sé que es políticamente incorrecto afirmar lo que voy a afirmar en breve, y que para según quién sea el receptor de este texto debería haber empezado, antes incluso de llegar a plantearme manifestar mi opinión al respecto, disculpándome por ser hombre y, para más inri, blanco y occidental, por mi identidad sexual coincidente con mi fenotipo sexual y, por supuesto, por que Napoleón, como buen macho alfa que fue, conquistara Europa casi en su totalidad (cosas de convertir la falacia ad hominem en modus vivendi); pero como creo que mi voluntad no ha tenido nada que ver en tan graves delitos, voy a pasarme lo políticamente correcto por las criadillas: estoy contento (aunque quizá el adjetivo preciso sea aliviado) de haber nacido hombre y de no tener que ser yo quien conciba. Al menos en lo que respecta a los aspectos sociobiológicos del asunto, de los que me ocuparé tan pronto como finalice esta introito, me alegra haber nacido hombre (con todos y cada uno de los pecados inherentes a mi condición manifestados con anterioridad). Cierto es que luego la cultura lo jode todo, pero mientras tanto, ciñéndome a lo puramente sociobiológico, sí, para mí hoy es una bendición no poder concebir.

La verdad sea dicha, hasta que no superamos con éxito el crítico primer trimestre quería ser padre, pero no madre. Y eso que ya empezaba a verle algún problema al asuntillo de no ser yo el embarazado: por mucho que te impliques y que lo vivas, estás condenado a hacerlo desde la barrera. No experimentas ningún cambio (sí, ya sé que hormonalmente el hombre también experimenta cambios, pero no son comparables a los que experimenta la mujer, no me condenéis aún a la hoguera), y lo único que te queda es la preocupación. De repente, si dormías bien, dejas de hacerlo, atento a las respiraciones y movimientos de quien descansa a tu lado. Llegas a hacerte pesado, debido a tu incapacidad de sentir lo que la otra persona está sintiendo, y la pregunta, en la cama, en el trabajo o mientras te das una ducha, siempre es la misma: ¿estará yendo todo bien? En nuestro caso, todo fue bien hasta la noche previa a la primera ecografía (maldita sea nuestra suerte, ¿verdad?): un grito en la noche procedente del lavabo y sangre, mucha sangre, en un pijama y en una cama, parecían materializar nuestra peor pesadilla. Y confieso que no fue hasta ese momento que por fin me sentí padre, paradójicamente cuando todo indicaba que había dejado de serlo. Y fue esa noche, que por fortuna tuvo un final feliz, cuando inicié un proceso madurativo que me ha llevado a ser quien soy hoy. Lo tengo claro, si hay dos momentos que me han marcado y me han despojado del velo de la ignorancia tras el que se oculta lo que de verdad importa en la vida, fueron esa noche y las más de 27 horas de parto que tuvimos que afrontar meses más tarde.

Claro, a partir de ese susto, me convertí en un guardián siempre atento a cualquier movimiento: si mi pareja se levantaba a orinar en mitad de la noche (cosa que una embarazada hace muchas veces), yo acababa irrumpiendo en el lavabo para cerciorarme de que todo estaba correcto; si respiraba más fuerte de lo normal o se quejaba por cansancio, ahí volvía a aparecer yo a ver qué pasaba. Un plasta insoportable, vamos. Y eso que a partir de ahí, pese a que activaron el protocolo de embarazo de alto riesgo (un aplauso a la atención dispensada por la Seguridad Social hasta el momento del parto, no sabemos valorar lo que tenemos), tuvimos un embarazo de lo más tranquilo y agradable. Y he ahí que empecé a desear ser yo quien estuviese embarazado: mi pareja sentía a la pequeña que crecía en su interior, disfrutaba de ella, se encontraba en un momento dulce, doy fe; no sabéis cómo agradezco que no se convirtiese en una de esas personas que se obsesiona con la vida que lleva dentro, siempre preocupada por si se mueve o no, siempre pensando en lo peor; no, ella hizo lo que hacen las personas inteligentes: saborear un momento único, propiciar el milagro de la vida con una sonrisa; para loco obsesionado ya estaba yo… de ahí que, supongo, se abriera paso en mí el deseo imposible de quedarme embarazado: ella podía saber si todo iba bien sin necesidad de preguntar, sin tener que estar siempre alerta, se podía relajar, podía jugar a imaginar cómo sería la pequeña Júlia. Yo, me sincero, en ningún momento me relajé, salvo en las ocasiones en las que ponía mi mano en su vientre para sentir cómo se movía nuestra pequeña o al final de las visitas al ginecólogo cuando nos aseguraban, por fin, que todo estaba bien.

 
Junior (1994), película dirigida por Ivan Reitman y protagonizada por Arnold Schwarzenegger, Danny DeVito y Emma Thompson.
 
Sin embargo, los días 21 y 22 de julio de 2017 se me fueron todas las tonterías, y lo de ser yo quien sufriera los dolores de parto, o a quien le inyectaran la anestesia epidural, o quien tuviera dos partos en uno, o quien hiciera equilibrismo en el umbral del más allá, o a quien le practicaran una cesárea de urgencia, o quien necesitase morfina para combatir el dolor, o quien tuviera que someterse a un largo tratamiento posparto (no voy a revivir aquellas 27 horas interminables, 30 en realidad hasta que la mamá pudo tener a su hija por fin entre sus brazos; quien quiera saber más sobre cómo vino al mundo Júlia puede leerlo en este mismo blog), dejó de parecerme algo deseable. Lo de ser madre, salvo algunos versos libres, y siempre según mi experiencia, puede ser desagradablemente prosaico.

Algún ingenuo podría pensar que lo peor, una vez en casa, ya ha pasado, pero es justo entonces cuando empieza lo realmente duro. Y no me refiero a los cuidados del bebé, no, a fin de cuentas, para unos padres primerizos un bebé es terreno ignoto, un mapa en blanco que vas coloreando hora a hora y día a día con la misma ilusión con que los aventureros de siglos pasados, pese a las dificultades que se pudieran encontrar, pintaban el mapamundi al ritmo de sus descubrimientos. No, eso no supone ningún tipo de problema, y si lo supone, como es cosa tuya, lo afrontas y lo solventas. No obstante, la lógica inexperiencia de los progenitores primerizos propicia algo que nos desquicia sobremanera (sobre todo a la mamá, que es a quien suelen hacerle los comentarios relativos a la educación y crianza del bebé; y, en general, proceden de otras mujeres, no está de más decirlo, con relación de parentesco o sin él, conocidas o desconocidas por completo, que hablar es gratis y todo el mundo puede hacerlo). Me refiero a la lluvia de consejos (desde ya os confieso que el único consejo útil me lo dio mi amiga Mireia: “el único consejo que te voy a dar es que no hagáis caso de los consejos”), a las comparaciones, a las críticas, a los comentarios más o menos nocivos y a las exigencias: “tienes que hacer esto o aquello”, “pues en mis tiempos se hacía A o B, y todos mis hijos se han criado perfectamente”, “esto que haces es una chorrada, tendrías que hacerlo de esta o de aquella manera”; “pues mi hija o mi hijo con este tiempo ya saltaba a la comba, escalaba montañas y hacía el pino” (sí, exagero y ridiculizo a gente y comentarios que bien merecido lo tienen), “mi hija en el útero ya dijo papá, mamá y caca, y con los meses que ahora tiene Júlia componía sonetos, y no sólo no llevaba pañal, sino que nos ayudaba en el aseo de la abuela, la pobre, que estaba impedida”, “yo sólo le di el pecho hasta los 6 meses, pero no por mí, no, que el pediatra me dijo que mi leche era de calidad suprema, y mejor no hablar de la cantidad, que tenía para amamantar a la vez a toda la descendencia de Gedeón, pero ya sabes, la niña nos salió perezosa, así que si Júlia no mama, debe de ser un problema de calidad y/o cantidad de tu leche”, “¡pero qué horas son estas de salir a comprar, tendrías que estar toda la mañana esperando a que viniera a ver a tu hija! (si es que decido venir, pero por si acaso tú tienes que estar ahí, sin moverte, esperándome a mí…)”, “¿dónde vas con este frío/calor? (tenemos una vecina que si por ella fuera, mi hija aún no habría pisado la calle…)”, “pues no voy a ver a tu hija porque no me dices que lo haga, que cuando vengo (cuando a la persona en cuestión, y sólo a la persona en cuestión, le va bien, claro, ni se te ocurra proponerle otro día u otra hora, que entonces el interés se disipa) nunca os va bien (¿has probado a llamar antes?, digo yo; ¿tanto te cuesta imaginar que los demás también tenemos una vida y que no consiste en estar pendiente de tus deseos, intereses y/o apetencias?)”, y así podría seguir hasta el infinito…

Diréis que, como Max Estrella, soy un hiperbólico andaluz, que no hay para tanto. Y es cierto, en condiciones normales todos y cada uno de los consejos, comentarios o críticas anteriores hubiesen sido ignorados, pero como las circunstancias mandan, y las nuestras no fueron sencillas durante los primeros meses de vida de Júlia, nos acabaron afectando (más a mi pareja, insisto, que fue el blanco habitual de todos ellos). Si tu hija no gana peso al ritmo que debería, si tú estás quitándote horas de sueño, de descanso y del reposo necesario para recuperarte de la sangría que fue tu parto y haciendo un esfuerzo para seguir con la lactancia materna exclusiva y a demanda (a demanda significa ‘cada vez que el bebé pida’; lo de hacerlo con un horario establecido y alternándolo con leche de fórmula, al principio, o con papillas, después, ya no es lactancia exclusiva y a demanda, que quede claro), es decir, pasándote el poco tiempo que tu bebé te deja libre enganchada a un sacaleches para que el refuerzo que tienes que darle no sea una leche creada en un laboratorio en base a una fórmula universal (que es lo que te recomiendan algunos pediatras y enfermeras cuando se da este problema, que parece que vayan a comisión; menos mal que hay especialistas y cursos de lactancia en la sanidad pública… si la gente se informase, para lo cual hay que querer informarse, claro está, y buscase la ayuda que nosotros hemos tenido, los datos sobre lactancia materna en España, de los que me ocuparé más adelante, serían otros), lo que menos necesitas es que venga alguien a tocarte la moral (de hecho, no necesitas que venga nadie, haga o no haga comentarios). Entre otras muchas razones, porque esa persona no suele tener ni puñetera idea de lo que habla, y porque es muy probable que esa persona en concreto no suponga ni una autoridad ni un ejemplo a seguir en lo que a la educación y crianza de tu hija se refiere. Pero claro, como a estas personas, al menos nosotros no les hemos dicho nada cuando eran ellas quienes estaban en nuestra situación (por el mismo respeto que ellas no nos tienen, no por avenencia con sus decisiones), piensan que lo han hecho todo bien y que eso les da derecho a meterse en tu vida, a juzgarte y, por supuesto, a condenarte. Y ya sabéis lo que sucede con las personas que creen que no se han equivocado nunca: suelen ser las que más errores (cuando no barbaridades) cometen.

Y así, por fin, hemos llegado al tema estrella, el de la lactancia (que quede claro desde ya que esto no es una crítica a quienes hayan decidido alimentar con biberón a sus bebés; su decisión es tan respetable como la nuestra, faltaría más; pero sí es una crítica a quienes no respetan las decisiones de los demás, y no sólo eso, sino que se cargan de razones para demostrarte que, como siempre, te equivocas). Desde mucho tiempo antes de que Júlia viniese al mundo, mi pareja y yo (aunque poco peso tiene mi opinión en algo que no es cosa mía; lo más que he podido hacer ha sido apoyarla en su decisión y actuar como refuerzo positivo) decidimos que la prioridad sería la lactancia materna (hasta tal punto estábamos convencidos de ello, que el día del nacimiento de nuestra pequeña me negué a que le diesen un biberón a Júlia mientras esperábamos que su madre saliese por fin de quirófano; ¿imprudencia?, ¿riesgo innecesario? Tal vez, pero todo al final salió bien, así que yo lo considero un éxito). Pero no por capricho, ni por mantener la ligazón afectiva con la criaturita ni por ninguna de esas chorradas que quienes te critican te escupen (porque te llegan a escupir, sí, tal es la inquina con que manifiestan sus “inocentes” opiniones), sino porque nos habíamos informado al respecto (para estas cosas hacen cursos preparto primero, y posparto después), y llegamos a la conclusión de que era lo mejor para nuestra hija. Insisto, para nuestra hija, no para la madre (para el padre sí, lo reconozco: yo no he tenido que levantarme en mitad de la noche a calentar un biberón ni una sola vez). Quienes hayan optado por la lactancia materna exclusiva y a demanda sabrán que no exagero cuando digo que para la madre es durísimo, por eso no entiendo ciertas críticas al respecto.

Así las cosas, lo primero que nos sorprendió acerca de la lactancia materna es que la duración media (nuestro país no dispone de un sistema oficial de monitorización y seguimiento de la lactancia adecuado, los datos son los resultados de encuestas sobre hábitos sanitarios) de ésta en España es de unos 6 meses (en este país la palabra conciliación es sólo eso, una palabra, así que la incorporación al trabajo de las mamás dificulta un bien para sus descendientes), y que sólo un 46,9% de las madres llegan a los 6 meses (a las 6 semanas dan el pecho el 71% de las madres; y a los 3 meses, el 66,5%; podéis consultar el informe de 2015 de la Asociación Española de Pediatría aquí, no me invento nada). Pasados los 6 primeros meses, sólo un 28,5% sigue dando el pecho y, aunque no disponemos de los datos al respecto, se estima que pasado el año esta cifra es de un 20% (la recomendación de la OMS es, como mínimo, alargar la lactancia hasta los 2 años de edad por cuestiones inmunológicas). Y decía que los datos nos sorprendieron porque al ser animales mamíferos como somos, entendíamos que lo lógico era que la situación fuese a la inversa, que la alimentación con biberón fuese menos habitual de lo que a la postre es. Las razones de que la realidad sea la que es y no otra, no hace falta ser un superdotado, son, grosso modo, la necesidad de la incorporación laboral de la madre; la incomodidad, el sacrificio y las preocupaciones (que si no se me engancha, que si no me coge peso, que si mira qué percentil más bajo, que si no me deja dormir ni una hora seguida…) que supone darle el pecho a demanda a un bebé (el complejo de vaca lechera existe, sobre todo durante los primeros meses de vida); y, en menor medida, la imposibilidad de amamantar por cuestiones físicas como enfermedades, la estética (si queréis excentricidades, también las hay: conozco el caso de una mamá que no le daba el pecho a su hijo porque cómo iba a hacer semejante guarrería… sí, para ella los senos no son más que órganos sexuales) y algunas corrientes antilactancia, en mi opinión (documentada, que os veo venir), sin base científica que las respalde. Y que cada cual que piense lo que quiera, pero a quienes me dicen que es lo mismo alimentar con el pecho que con el biberón, les pregunto: ¿cómo puede ser igual una leche creada en un laboratorio mediante una fórmula válida para cualquier bebé que una generada por la madre para adaptarse a las necesidades individuales y en cada momento de su bebé?

Y sigo: ¿qué sucede si eres tan osada (tú y tu bebé, que esto es cosa de dos) como para alargar la lactancia más allá de los dos años? Pues si nos atenemos a lo que dice la ciencia, nada malo. Al contrario, estaremos haciéndole un bien (y esto tampoco me lo invento, lo dicen la Organización Mundial de la Salud, UNICEF, la Asociación Española de Pediatría, la American Academy of Pediatrics, la Australian Breastfeeding, la Canadian Pediatric Association, la American Association of Family Physicians, la American Dietetic Association, la National Association of Pediatric Nurse o la American Public Health Association; la AEP nos lo da todo mascadito aquí): mejor alimentación, menos infecciones, menor incidencia de ciertos tipos de cáncer y enfermedades autoinmunes en el futuro, mayor desarrollo intelectual, mejor desarrollo emocional y psicosocial, mejor salud mental en la edad adulta… y esto en lo que respecta al niño o la niña, porque resulta que la lactancia más allá de lo mínimo recomendado también tiene beneficios para la mamá: menos riesgo de diabetes tipo 2, cáncer de mama u ovario, hipertensión e infarto de miocardio. Y aun así, si a mi pareja le hubieran dado 10 euros cada vez que le han preguntado “¿todavía le das el pecho? (con cara de espanto, o de asco, o de ya está otra vez sacándose la teta)
, ya nos hubiésemos podido jubilar. ¿Por qué la pregunta? Pues porque quien la formula se retrotrae a un estadio precientífico donde la oscuridad, la ignorancia y, por consiguiente, el mito, la leyenda la fe y su reverso tenebroso, el fanatismo se hacen fuertes. Y del mito, la leyenda, la fe y el fanatismo (y una pizquita de mala leche) provienen afirmaciones como: “lo que tú no quieres es que tu hija crezca, quieres perpetuar el máximo tiempo posible que sea tu bebé”, “flaco favor le haces, no va a madurar en la vida”, “le vas a dar el pecho hasta que venga a buscarla el novio”, “uy, qué marrana, todavía enganchada a la teta”, “en el colegio nos han dicho que no es bueno seguir dándole el pecho, que les dificulta la adquisición del lenguaje (really? Yo soy filólogo, y del lenguaje y su adquisición sé algo, y diría que algo más que alguien que ha cursado un magisterio, y como ellos también tengo conexión a Internet, así que perdonad que os diga que no cuela; además, no deja de ser sorprendente que los maestros tengan conocimientos de lactancia y, en cambio, tanto pediatras como enfermeras tengan que buscar formación extra sobre la materia fuera de sus planes de estudio…)”, “lo único que vas a conseguir con esto es hacerla que dependa demasiado de ti (sólo voy a decir que las profesoras de la guardería de Júlia nos dicen que serán muy felices el día que nuestra hija les pida ayuda para algo… y aunque Júlia es única y especial para muchas cosas, no creo que sea la excepción que confirma la regla)”, “pareces una africana, todo el día con la niña colgada de la teta (pues ojalá, el déficit de lactancia materna es, sobre todo, un problema de los países del mal llamado Primer Mundo)”… y que sí, que navegando por la Red podemos encontrar artículos y opiniones que digan lo contrario a lo que yo he escrito aquí en base a los estudios de las organizaciones antes citadas (como el de este señor, más pendiente de polemizar y ganar dinero con su libro que de aquello tan tonto del rigor científico; y así le fue, refutado por la AEP y por el mismo hospital que le paga la nómina), como también podemos encontrar quien defienda que la Tierra es plana. ¿Rechazamos las opiniones científicas, entonces? ¿Nos volvemos todos tierraplanistas? Yo creo que no, ¿verdad? Pues aplicaos lo mismo en lo que respecta a la lactancia materna. O, por lo menos, informaos un poquito. Y que si la información que encontráis no coincide con lo que hicisteis en vuestro momento, pues no pasa nada, se supone que lo hicisteis como lo hicisteis porque pensabais que era lo mejor, y nadie os dijo nada. Y lo mismo hacemos nosotros. Y lo mismo exigimos nosotros. Libertad y respeto, that’s all Folks!

Por suerte, como decía al principio, yo no soy madre (si lo fuera, aunque no existe nada más estéril que discutir con la ignorancia, a más de una y de uno le había puesto la cara colorada, yo no tengo la paciencia que tiene mi pareja), pero sí soy padre, y como padre que soy les digo a los metomentodo de vidas aburridas: la lactancia de mi hija es cosa de mi hija y de su mamá (si yo que soy el padre no digo nada, y no diría nada en caso de que estuviera en contra, que no lo estoy, imaginaos qué tiene que decir al respecto una persona ajena a nuestra casa), y se prolongará (he aquí uno de los términos que nos lleva a la confusión, calificar a la lactancia más allá de los 2 años de prolongada, pues se quiere entender prolongar como ‘alargar algo de manera innecesaria’, pero creo que ya ha quedado claro que de innecesaria no tiene nada) hasta que ambas así lo quieran. Vuestras opiniones no son más que prejuicios, fruto de vuestra ignorancia. Y quedaos con un dato: el destete espontáneo en Homo sapiens sapiens (por si a alguien se le vuelve a olvidar que somos una especie animal) se da entre los 2,5 y los 7 años de edad, así que nos podemos ir ahorrando futuros comentarios al respecto. Gracias.

54. El periodo de adaptación

La llegada de septiembre, además de marcar el fin del periodo vacacional y la vuelta a la rutina (el trabajo, la convocatoria de elecciones, la liga de fútbol… vamos, lo normal de cada año), significa para quienes tenemos hijos de entre 0 y 5 años (por ponerle, aun a riesgo de equivocarme, un límite al asunto) tener que hacer malabarismos para afrontar ese periodo anormal con que conseguir la normalidad comúnmente llamado adaptación.
Y aunque es cierto que para nuestros hijos se trata de un periodo más que necesario (y para sus progenitores, que a todo tiene que acostumbrarse uno y todos tenemos sentimientos, por mucho que haya personas empeñadas en reservarse la exclusividad sentimental, pero eso ya es otra historia), para nosotros, padres y madres, suele ser más una putada que una ayuda, sobre todo a la hora de conciliar nuestras jornadas laborales con los horarios que se establecen en los diferentes centros educativos; aquí se da una primera diferencia entre las guarderías y escuelas públicas y las privadas: el dinero mueve montañas, amplía horarios y avanza fechas; que sea beneficioso o perjudicial para los más pequeños no es algo que esté en posición de juzgar, como mínimo me falta la mitad de la información, y además no es mi intención.
Seamos sinceros, en este país la palabra conciliación está más vacía de contenido que libertad, o que democracia, o que igualdad, o que la expresión amparado por la Constitución, por poner otros ejemplos sangrantes. Aquí, conciliar significa reducir tu jornada laboral (con el consiguiente recorte de sueldo, faltaría más, que somos europeos sólo en aquello que les interesa a unos pocos, a los de siempre, vamos), o guardarte unos días de tus vacaciones (quien lo pueda hacer; yo, por ejemplo, no puedo: la empresa donde trabajo cierra de tal a tal fecha, y no tengo la opción de mover mis días vacacionales), o echar mano de esa bolsa de horas extraordinarias que has ido acumulando a lo largo del año con vistas a posibles imprevistos (llamémosles adaptación, o enfermedad infantil o, simplemente, reuniones con los profesores de tu hija), o prometer que esos días u horas que necesitas por el bien de tu hija ya los recuperarás más adelante (¿cómo y cuándo?), o pedir por favor (al loro: por favor), puesto que no vas a poder recuperar esas horas que necesitas debido a que tu hija va a seguir necesitando tu atención y compañía todos los días de su vida hasta una edad determinada, que descuenten de tu sueldo esos días y/o horas que has necesitado para cuidar y acompañar (ojo al sentido del término acompañar, que es el verdadero sentido de este post, creo que más simpático de lo que parece hasta el momento, por mucho que me esté adentrando en las tinieblas en su introducción) a tu hija durante esos primeros días de guardería y/o colegio. O bien ya mandarlo todo a la mierda y llamar al trabajo diciendo que has sido víctima de una gastroenteritis nocturna, o que tienes unas décimas de fiebre, y que te quedas descansando en casa, pero que ya mañana o pasado mañana estarás en condiciones de reincorporarte a tu puesto…
Pues bien, en el caso de la adaptación a la guardería de Júlia, nuestra pequeña de dos años, mi pareja tuvo que pedir dos días de permiso, 5 y 6 de septiembre, que aún hoy sigue recuperando (cuando puede, porque tiene que salir a escape del trabajo y devorar más que comer para llegar a tiempo de recoger a nuestra pequeña; que sí, que la podríamos dejar más tiempo, pero somos de los que pensamos que, si hemos tenido descendencia, es cosa nuestra, así que salvo causa mayor no la dejamos más tiempo del necesario en la guardería ni se la “endosamos” a los abuelos), y yo, aprovechando que tenía un buen número de horas a mi favor (cosa de estar en un año laboral prácticamente sin puentes, a lo que le sumo que alargo mi jornada cuando tengo trabajo “por lo que pueda pasar”), las mañanas de los días 9 y 10 del mismo mes. Hasta ahora no habíamos tenido demasiados problemas al respecto: yo no he reducido mi jornada laboral en ningún momento para que mi hija pudiese estar el máximo tiempo posible con su madre (en lo que representa un sacrificio más que una forma de desentenderse, pese a que haya gente que no lo entienda así, y por aquella razón tan tonta de que somos animales mamíferos, y mamas que nutran de leche en mi casa sólo están las de mi pareja…), casi dos años a la postre, pero desde hace ya unos meses estamos trabajando los dos, así que había que adaptarse a la nueva situación porque no se puede ocupar ella sola de toda la logística que comporta tener un hijo.
Como es natural después de haber pasado un mes con mamá y papá, contando, además, los 14 días de vacaciones en los que hemos estado 24 horas por y para ella, el primer día de guardería (la primera hora y media, que eso es una adaptación: ir incrementando el tiempo que pasa la niña en la guardería con el acompañamiento de sus padres; y a medida que aumenta el tiempo allí, va disminuyendo el acompañamiento paterno) no fue bien. Júlia lloró y no quiso despegarse de su madre, aunque la segunda parte de ese primer día la pasó “bastante bien”. Para el segundo día Júlia ya había entendido perfectamente que, del mismo modo que papá y mamá tienen que ir a trabajar, a ella le toca ir al cole (así le llamamos en casa a la guardería): ni siquiera dejó que su madre se parara a saludar a otros padres, ella tenía que ir al cole y no podía entretenerse en saludar a nadie (ojalá tuviera yo la mitad de las habilidades adaptativas a los cambios que tiene mi hija, y no es pasión de padre, no). Allí, besito y abrazo a su mami, y a jugar, que la nueva clase la espera.
Pero entonces el proceso adaptativo se ve interrumpido por el fin de semana, y eso, junto al hecho de que el lunes sería yo quien la llevase a la guardería en lugar de su madre, nos hacía temer que volviese a tener un mal día. Pero nos equivocábamos: Júlia se despertó, desayunó y emprendió el camino hacia la guardería con absoluta normalidad. Más o menos a mitad del trayecto, se despidió de su mamá y completamos la ruta cantando y jugando. Y una vez en la guardería, y tras enseñarme el nuevo espacio y jugar unos 10 minutos conmigo, me dio un besito, me abrazó y me soltó un “¡adiós, papa!” que me dejó de piedra. Vale, hija, pues me voy (no me quieras tanto, pensé entre divertido y aliviado), en un ratito vengo a buscarte. Así que salí y me tomé tranquilamente un té matcha (¡menuda cosa me ha descubierto mi pareja!) mientras leía un poco y esperaba que fuese la hora de irla a buscar. Llegado el momento la recogí (la cosa ha ido muy bien, me dicen las profesoras), la dejé en casa de los abuelos, donde protestó un poco, y me fui a trabajar. Mañana será otro día, pensé (el último antes del parón, otro más, de la Diada, y antes de ampliar el horario y juntar a todos los niños de la clase; hasta ahora los habían dividido en dos turnos).
El martes día 10 de septiembre amenazaba con tormentas (según los meteorólogos, iba a caer la de Dios), y aunque nos llovió un poco en la parte final del trayecto hasta la guardería y el día pintaba bastante mal, al final no fue para tanto. Pero Júlia estaba como el tiempo, y ese día, cuando parecía que todo estaba solucionado, no quiso separarse de mí y lloró cuando le dije que me iba un ratito y luego volvía a buscarla. Así que me quedé jugando con ella: vestimos y le cambiamos el pañal a una de las muñecas que tienen allí para que jueguen, le dimos un paseo en el carrito por toda la clase y, finalmente, nos tumbamos para jugar con la increíble multitud de dinosaurios (¡dinosaurios!) de plástico que guardan en una de las cajas de los juguetes. Y cuando digo nos tumbamos, es que nos tumbamos de verdad. Y venga dinosaurio para aquí, y venga dinosaurio para allá, y éste le muerde el dedo al papa, y aquél, la nariz a Júlia, todo ello con los efectos sonoros adecuados para la ocasión, no penséis que jugábamos en silencio (es curioso que a Júlia le gustan los dinosaurios de verdad, los que tienen dientes afilados, y garras, y aspecto fiero, y en concreto su preferido es el Tyrannosaurus rex, buen gusto que tiene ella; pero no cualquier tiranosaurio porque al que sale en las películas Toy Story no le hizo ni caso, y cada vez que yo se lo daba lo metía de nuevo en la caja, pese a estar provisto de una sonrisa que le da un aspecto de lo más simpático). Con todo, al final de cada escaramuza reptiliana, por aquello de que no fuesen a pensar que educo a mi hija en la violencia más despiadada (¡joder, la de la vida real! Se supone que los dinosaurios eran así, ¿no?), todos los dinosaurios se daban besitos y se abrazaban como buenos amigos que son…
 
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La verdad es que no sabía cuánto tiempo llevaba jugando con mi hija y los dinosaurios (si por casualidad hubiesen sido Playmobil o muñecos de Star Wars me podrían haber dado las doce perfectamente), pero empezaba a tener la mosca detrás de la oreja porque el resto de padres no jugaban con sus hijos (en cambio, a Júlia y a mí se habían acercado otros niños, y jugábamos también con ellos), y aunque en principio pensé que vaya una gente sosa, llegó el momento en que todo empezó a resultarme sospechoso. Así que cuando empezaron a marcharse los primeros padres, decidí volver a hacer una intentona. Sin embargo, Júlia se me enganchó a la pierna con ese abrazo parasitario tan propio de los niños pequeños y empezó a llorar porque no quería que el papa se fuera. Entonces intervino una de las dos profesoras, la cogió y con tono y mirada de reproche me dijo: Claro, como jugando con el papa se lo pasa tan bieeeeeeen (así, estirando el adverbio)… Touché, cogí la indirecta a la primera, me despedí de Júlia y, turbado, me fui a tomar un matcha: había acabado mi primer día de adaptación expulsado de la clase por mi hija, y el segundo, por una de sus profesores. ¡No es un mal bagaje en absoluto!
Una vez que recogí a Júlia de la guardería, la dejé en casa de los abuelos (donde repitió la escenita parasitaria) y llegué al trabajo, comenté la jugada con mis compañeros Marta y Jordi (la primera tiene un hijo un poco más pequeño que Júlia, y el segundo, una hija y un hijo ya adolescentes), ¡y no creáis que se rieron poco! ¿Pero cómo se me había ocurrido ponerme a jugar con la niña? (pues porque mi hija quería jugar conmigo, ¡y yo no soy un padre soso de ésos que o bien no les sale o bien sienten algún tipo de pueril vergüenza de ponerse a hacer el indio con sus hijos en público!) Además de que tampoco me apetecía, ni me apetece, ponerme a hablar con otros padres sobre nuestros hijos: que si el mío ya recita el abecedario del revés, que si la mía ya caminaba cuando estaba en el útero, que si la mía con tres meses ya andaba y ahora es capaz de saltar un metro en vertical y a pies juntos… ya sabéis la de tonterías que decimos los padres cuando hablamos de nuestros hijos… Se supone que durante el periodo de adaptación la misión de los padres es acompañar a los pequeños, pero no interactuar con ellos, pues de ese modo se acostumbran a estar sin nosotros… de repente se me enciende la bombilla, y el eco de una conversación casi olvidada retumba en mi cabeza. Por si acaso me equivoco, cuando por fin hablo con mi pareja, ella se encarga de confirmar mis sospechas: poseía toda la información referente a la adaptación porque lo habíamos hablado con anterioridad… creo que no os descubro nada nuevo si os confieso que me sentía culpable. Errar es cosa de humanos, y uno aprende a sobrellevar los errores que comete y a aceptar sus consecuencias, pero si tus errores acaban afectando negativamente a tus hijos…
Y como la mente es así, al menos la mía lo es, empecé a imaginarme que por culpa de mi Jurassic Park particular el proceso de adaptación de Júlia tendría que volver a empezar porque seguiría echando de menos a sus padres y lloraría desconsoladamente cada mañana cuando su madre la dejara en la guardería (os recuerdo que al día siguiente era festivo en Catalunya, y luego venían dos días de guardería más, el último de ellos ya full time)… le pedí a mi pareja que se disculpara en mi nombre con la profesora que amablemente me había echado de clase el día 10, y me expliqué a mí mismo, supongo que para excusarme, que entre las muchas cosas que cambian (o se deterioran) en una pareja cuando llega un hijo, hay que contar con la comunicación. Y no es porque no se hable, no, se habla y mucho, y casi siempre es sobre los hijos. Lo que ocurre es que en muchas ocasiones esas conversaciones se dan en situaciones comunicativas complicadas: a última hora del día, ya agotados; mientras se baña o se cambia a los hijos; mientras se prepara la cena; mientras nuestros hijos cantan o bailan, o las dos cosas a la vez; etc. Así que en muchos casos las respuestas a la información que a uno se le transmite (sea quien sea de los progenitores el receptor) es sí, sí, o entendido, o ajá, cuando en realidad no se ha procesado absolutamente nada de lo que te han dicho. Y luego, claro está, uno se tumba en el suelo a hacer de diplodoco que huye despavorido del ataque de un famélico tiranosaurio…
Ya os avisaba unas líneas más atrás de que ya me gustaría tener la mitad de las habilidades adaptativas que posee mi hija, y no os engañaba. Por fortuna, todo ha tenido un final feliz (de lo contrario no estaría escribiendo sobre ello), y Júlia está más que encantada con la guardería. Disfruta como una niña pequeña (nunca mejor dicho, y como tiene que ser) de su tiempo allí, y demuestra que, además de una polvorilla, es muy independiente (las profesoras se alegran cuando les dice algo, o les da un besito, porque en toda la mañana no las requiere para nada, salvo los accidentes típicos de estas edades). ¡Imaginaos que nada más acabar de comer, sin esperar a nada ni a nadie, coge su muñeca Poppy (la de Trolls), se va a toda pastilla a la estancia donde duermen la siesta, se quita sus zapatitos y se pone a dormir! Así que, pese a todos los impedimentos: la inexistencia de una conciliación real, un padre que no está muy afortunado cuando es su turno de ejercer de acompañante y los días de fiesta que cortaban el proceso; podemos decir que hemos superado, y con nota, la prueba (gracias a Júlia en su mayor parte).
Yo, por mi parte, al final pienso que hice bien (supongo que porque no ha habido ningún problema): mi hija requería y esperaba de mí que estuviera y jugara con ella, y eso es lo que hice. ¿Que lo volvería a hacer? Por supuesto, ¡y más si el asunto consiste en jugar con dinosaurios (por no hablar de si se tratase de Playmobil o figuras de Star Wars)!

51. A propósito de ser feliz

“Yo he sido feliz casi todos los días de mi vida, al menos durante un ratito, incluso en las situaciones más adversas”, escribía Roberto Bolaño en la última entrevista que concedió en vida[1] (puesto que fue así, por escrito, y quien la haya leído sabrá que el chileno se lo tuvo que pasar muy bien respondiendo a las preguntas de la periodista de la edición mexicana de Playboy). Y se me ocurre que esas palabras son un epitafio maravilloso, la más bella despedida, el mejor bálsamo posible para quienes aún no parten, además de una sana filosofía de vida.

No sé si todo el mundo es feliz, al menos en los términos en que afirmaba serlo Bolaño, pero yo sí lo soy[2], y me cuesta creer que el resto del mundo no lo pueda ser. Sí, ya sé que existen patologías que dificultan en grado sumo eso de ser feliz y que todos pasamos por fases de amargura existencial en que la felicidad nos parece un imposible sólo al alcance del resto del mundo. Pero se trata de una ilusión, de una broma sin gracia, de ahí a que no seamos felices ni ese ratito del que hablaba Bolaño…

Claro, lo que sucede con la felicidad es que nunca tenemos suficiente (¿conocéis a alguien en su sano juicio que diga que está cansado de ser feliz?), si de nosotros dependiera, siempre seríamos felices. Pero se nos escapa que la felicidad es una anomalía que altera el estado normal de las cosas, y que precisamente requiere de esa normalidad que se viste habitualmente de tedio, monotonía, aburrimiento y tristeza para poder ser reconocida cuando tenga a bien venir a visitarnos. Sin oscuridad, la luz carece de sentido, es de Perogrullo.

He escrito “cuando [la felicidad] tenga a bien venir a visitarnos” ex professo, porque uno no elige ser feliz, no puedes decirte de buena mañana, entre sorbo y sorbo de humeante café con leche: “hágase la felicidad”, y esperar que la felicidad se haga. La felicidad, como tal vez también sucede con el amor, más esquiva es cuanto más se la busca. Al menos, la felicidad que emana de nuestro interior. Ésta se resiste a, por decirlo de alguna manera, ser producida. Llega cuando llega, y no podemos precisar qué la origina, ni quién, ni cuándo, ni cómo, ni dónde, ni por qué hasta que la estamos experimentando.

Sin embargo, también podemos encontrar la felicidad en el exterior, y ésta sí que depende de nuestra pericia, puesto que para ello debemos entrenar y ejercitar nuestra mirada y nuestra empatía. Es bien sabido que no hay mayor ciego que el que no quiere ver, y qué queréis que os diga, tenemos siempre tanta prisa y vivimos tan ocupados y tan pendientes de nosotros mismos que muchas veces pasamos por alto detalles, a simple vista insignificantes, con potencial para hacernos felices, “al menos durante un ratito”. Pongo un ejemplo personal:

Ayer jueves tenía uno de esos días que los que tenemos de todo pero no sabemos valorarlo solemos calificar de malo: venía de una noche de escaso sueño y aún menos descanso (y van… bueno, mejor no contabilizarlas), volvía del médico (donde no me habían dado malas noticias, pero tampoco buenas), tenía un tic nervioso en el ojo izquierdo y esperaba que llegase de una vez el tren que con riguroso retraso me acercaría al trabajo, donde, para más inri, me esperaba una tarea tan aburrida y tan poco agradecida que no se la desearía ni a mis peores enemigos (bueno, miento, a mis enemigos y enemigas, sí; aquí duplicar el género es necesario). Sin duda, parecía una buena ocasión para desahogarse con alguien, pero la experiencia me ha enseñado que lo mejor es cocinar lo más apetitosamente posible tus problemas, porque vas a tener que comértelos solito. A la mayoría de la gente le importan, perdonadme la expresión, una mierda tus problemas, o le importan siempre y cuando no sean verdaderos problemas, porque entonces le supera la información y no sabe qué hacer con ella, o bastante complicada es su vida ya como para complicársela más con semejantes historias, o… (casi todos lo hacemos, no me excluyo en absoluto, aunque he escrito “la mayoría” como concesión a la excepción). Y a las dos o tres o cuatro personas (no creo que igualen en número los dedos de una mano) que sí les importarían, que se prestarían a ayudarte y que te serían útiles, ni que fuera como simples oyentes mudos, siempre suelen estar lejos en ese preciso instante.

Y así me encontraba yo, con mis pocas ganas y mi mal día, en el andén de la estación de tren de mi localidad de residencia, cuando decidí, más por necesidad que por verdadero apetito, comerme el bocadillo que me había preparado para desayunar. Lo cierto es que tenía planeado dar buena cuenta de él cuando ya estuviese sentado cómodamente en el tren (el día empieza a mejorar, una ventaja de viajar más tarde de lo habitual: puedo sentarme sin necesidad de jugar a ver quién se levanta en las próximas cinco o seis paradas; más allá ya no merece la pena hacerlo). Pero, ¡ojo, que se acumulan las pequeñas alegrías!, decido comérmelo ya porque así dispondré de casi media hora de lectura de una novela que me urge acabar porque me esperan los libros de Sant Jordi. Así que empiezo a comerme el bocadillo de mortadela de pavo con aceitunas (si no la habéis probado, hacedlo de una vez, ¡os hará felices!) cuando un gorrión se posa a mis pies y empieza a mirarme del modo ancestral con que sólo pueden mirarte las aves (y con curiosidad, añado yo).

Ya con una sonrisa, me doy cuenta de que no me mira a mí, sino a mi bocadillo, así que empiezo a tirarle migas de pan: una, dos… y antes de que deje caer la tercera, el gorrioncillo empieza a revolotear a mi alrededor (bueno, alrededor de mi bocadillo), y ya las siguientes migas que le lanzo no llegan nunca a tocar el suelo porque el hábil y desvergonzado pajarillo las caza al vuelo como Tor, el mejor perro del mundo (otro recuerdo feliz), cazaba las piñas que le lanzábamos mi pareja y yo cuando lo sacábamos de paseo. Si hubiese querido, el gorrión habría comido de la palma de mi mano, o directamente de mi bocadillo, pero me estaba gustando el jueguecito, y parecía que a él también. Y me hacía feliz pensar que mi presencia no sólo no le suponía un peligro, sino que lo mantenía a salvo de las palomas, unas competidoras que siempre parten con la ventaja del tamaño, que no nos quitaban ojo desde las alturas.

Y me imagino que la escena de alguien que se dedica a lanzarle migas de pan a un gorrión al tiempo que habla con él en una estación de tren de cercanías, además de a los dos protagonistas, haría feliz a las personas que supieran mirarla con los ojos adecuados. Conmigo, en caso de haber sido yo el espectador ocasional, lo habría conseguido.
Para mí el día ya había cambiado. Mi ratito de felicidad había llegado de la manera más inesperada. Y sin necesidad de poner en juego el comodín de mi pequeña Júlia, siempre ganador. Ella aún me esperaba a la vuelta del trabajo.


[1] Mónica MARISTAIN: Playboy, 9, ed. mexicana (2003), y en “Estrella distante”, Página 12, Buenos Aires (2003). Recogida en Entre paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama (2004), donde, curiosamente, el editor Ignacio Echevarría elimina esta respuesta de Bolaño y la pregunta que la origina (“¿Cuándo ha sido más feliz?”). Al menos yo no he sido capaz de encontrarla en la edición que manejo.

[2] También es cierto que para mí es muy sencillo: sólo tengo que bajar del tren cada día para ser recibido por mi pareja y mi hija, que es la niña más guapa, simpática, cariñosa e inteligente del mundo. O ponerme a jugar con Júlia, o simplemente mirar cómo juegan ellas, madre e hija, para sentirme la persona más feliz y afortunada del mundo.

45. A ti, otoño, alondra permisiva

 

No temas al otoño, si ha venido.
Aunque caiga la flor, queda la rama.
La rama queda para hacer el nido[1].
 
 
 
 
 
Quienes me conocen ya saben de mi gusto por todo aquello que habita en los márgenes de lo que se suele llamar normalidad, de mi interés por todo lo que escapa a lo canónicamente establecido, de mi admiración por lo poco admirado, lo desconocido, lo marginado, lo ignorado o lo silenciado. Y esta tendencia, o defecto (¡uno más!), o virtud, no sé por qué opción decantarme, es extrapolable a mi interés o desinterés por el resto de seres humanos. Supongo que, como buen cronopio que soy, me paso la vida en pos de otras criaturas que, como a mí mismo me ocurre, se ahogan entre los famas y las esperanzas se les deshacen en las manos mucho antes de comprobar su insipidez[2].
 
Dejando de lado a las personas y volviendo a mis filias “raritas”, hoy quiero romper una lanza por el otoño, el patito feo de las estaciones para la mayoría de los mortales (¿cómo va a poder competir con la floreada primavera[3], con el vacacional verano o con el familiar invierno?). Sí, ya sé que es el pinchaglobos que cada año marca el fin de la fiesta, el reloj que convierte carrozas en calabazas, quien clausura las terrazas y guarda en las despensas las cervecitas y las tapas al raso a la espera de tiempos mejores. Con su llegada, además, se acortan los días y se inicia el seguro derribo de nuestras defensas frente a los implacables ejércitos víricos (no en vano, winter is coming), se abona el campo de las depresiones y la melancolía, y la energía, que ni se crea ni se destruye, parece abandonarnos…
 
Europapress.es
 
De acuerdo, visto así, a priori no parece que el otoño tenga nada atractivo que ofrecernos, pero yo me inclino por pensar que toda la negatividad que se le atribuye se debe antes a la pérdida del verano y a la inmediatez del invierno que al otoño en sí mismo. Así, si hacemos el esfuerzo imaginativo de considerarlo aislado de su contexto, estoy convencido de que su valoración será muy diferente. Sí, es evidente que el otoño es mi estación del año preferida, precisamente porque no tiene nada de floreado, de caluroso ni de familiar (considerada la familia en un sentido amplio y extenso, la generadora de compromisos poco apetecibles, para que me entendáis), aunque no necesito echar mano de odiosas comparaciones para ponderar sus virtudes.
 
Para mí, el otoño es un campo de metáforas; una alondra permisiva; una invitación a recuperar la calidez de los cuerpos; un coito tierno con la cama; un ménage à trois con el sofá y la manta; un chapoteo que se abre camino bajo la lluvia; la victoria de la noche; un murmullo susurrado por las hojas secas; un sol a medio gas; el sabor que tiene el olor crepitante de las castañas; un bosque que nos viste con su manto húmedo; una chimenea útil; un suspiro que toma cuerpo; un hogar por fin habitado; una nueva vida que nos saluda desde la tumba; un cigarrillo que se consume entre los dedos del exfumador; una aurora perezosa; un crepúsculo precoz; un instante que invita a la reflexión; el otoño es (fue), hoy y para siempre, el momento de tu concepción. Cayó la flor, pero con la rama hice mi nido.
 
 

 


 

[1]Leopoldo LUGONES: “Amor eterno”, en Las horas doradas (1922).
[2]Para los que no estéis familiarizados con el universo creado por Cortázar, cronopios, famas y esperanzas son unas criaturas que vieron la luz en los relatos que componían Historias de Cronopios y Famas (1962). Grosso modo, los cronopios son seres candorosos, idealistas, sensibles, que viven al margen de las cosas y carecen de brújula existencial (“un dibujo fuera del margen, un poema sin rimas”, dijo Julio de ellos); los famas, en cambio, son seres rígidos, cuyas vidas son dirigidas por el orden y la organización, [¿pseudo?]virtuosos y sentenciosos (ya la primera vez que supe de ellos los identifiqué con aquellas personas cuyas bibliotecas personales están perfectamente ordenadas por géneros y por el tamaño y el color de sus libros); las esperanzas, por último, son seres a mitad de camino de todo (ni chicha ni limoná): desaboridos, insensibles, ignorantes y profundamente aburridos (peixos bullits, que decimos en catalán).
[3]Aunque ya Eliot nos la desmitificara en 1922 con aquello de April is the cruelest month
 

43. Vacaciones en familia

 

Me siento cómodo con este blog porque la relación que mantengo con él es semejante a la que puedo mantener con un buen amigo: no importa el tiempo transcurrido desde la última vez que coincidimos, bastan unos minutos (una copa o un café) para reanudar todo lo que había quedado aplazado por el espacio y el tiempo. Simplemente necesitamos de unos momentos para ponernos al día y reanudar la amistad allí donde la habíamos dejado. Así las cosas, puesto que desde finales de julio no publico nada aquí, creo me toca hablar de las vacaciones antes de ocuparme de otros temas.
 
Pues bien, ciñéndome al tema vacacional, supongo que todos habéis oído alguna vez, al reincorporaros al trabajo tras las vacaciones, la típica pregunta del típico compañero el típico “primer día después de”: Las vacaciones, ¿bien o en familia? En mi caso, para mi desgracia, la tengo que escuchar cada año… y es que no todo el mundo tiene claro eso de que los chascarrillos tienen gracia una vez, o dos, o tal vez tres, pero estirarlos más es confiar demasiado en la tolerancia de los otros… a lo que voy: sí, en efecto, mis vacaciones han sido en familia, pero, entiendo yo, no con esa familia a la que se refiere el chiste en cuestión.
 
Y es que lo que se dice familias, las hay de muchos tipos; y aunque se puede pertenecer a más de uno de los grupos con que las resumo, de un modo rápido y despreocupado, a continuación, grosso modo las clasifico así[1]: la que siempre ha estado, está y va a estar ahí; la que te buscas (pienso en los amigos, y en los compañeros de viaje); la que vas ganando con los años (por ejemplo, la política; que no tiene por qué ser mala, al contrario, por lo menos en mi caso); la que te ha tocado (personas de las que conoces su nombre, con suerte, y poco más, que a lo mejor no has visto en tu vida, o que hace tanto tiempo que las has visto que ya ni las recuerdas); la lejana (geográfica y/o emocionalmente); la molesta[2]… y la que acaba formando uno mismo, con su pareja y sus hijos, si es que decide y puede tenerlos. Y es con este último tipo de familia con el que he tenido la suerte de pasar las vacaciones.
 
Libre de todo compromiso moral y, por tanto, sin cargo de conciencia alguno que me impela a hacer lo contrario (desde que falleció el último de mis abuelos me siento así, la verdad), hace muchos años ya que no “sacrifico” mis vacaciones estivales con visitas familiares[3]. Al fin y al cabo, la distancia que separa a A de B es exactamente la misma que la que separa a B de A (nota mental: comprobar en Google Maps que esto sigue siendo así), y aunque mis vacaciones y tiempo necesario de descanso y desconexión no son más importantes que el de otras personas, también es cierto que no valen menos. Así que prefiero, una vez que he aprendido a comportarme como todo el mundo se comporta (esto es: hacer caso en exclusiva a mis apetencias e intereses), pasar las vacaciones con quien quiero y de la manera que quiero. Es más, ser padres ya es eso, volver a experimentar “primeras veces” (primer aniversario, primeras Navidades, primer diente, primera palabra, primer paso, primeras vacaciones…), muchas de las cuales ya ni recuerdas. Y la verdad es que afrontábamos las vacaciones con muchísimas ganas e ilusión, no en vano iban a ser las primeras con nuestra hija.
 
Así pues, gracias al impagable trabajo logístico de mi pareja, emprendimos las primeras vacaciones con Júlia, nuestra pequeña de 12 meses de edad por aquel entonces. Y ya desde la misma planificación se notó eso de que un hijo te cambia la vida (eso es así, y a todos los niveles), tanto en el destino elegido y lo que haríamos una vez llegados allí (no muy lejano, apto para un bebé que por aquel entonces sólo gateaba, poco caluroso y con actividades adecuadas tanto para Júlia como para sus papás) como en la cantidad de bultos con que cargar (se trataba de pasar quince días y catorce noches alejados de las comodidades domésticas). Sobre esto último, os digo que llegó un momento en que pensé alquilar un camión, o en hacer dos viajes, tal era la cantidad de cosas que considerábamos necesarias (las vidas de los padres primerizos son fértiles en por si acasos, y el capitalismo, además, se encarga de alimentar tu imaginario con toda nueva necesidad hipotética que se te pase por la cabeza o, directamente, te genera una nueva cada vez. Y, claro está, ¡qué no estamos dispuestos a hacer por nuestros pequeños!). Por suerte, y aunque nunca fui un gran jugador de Tetris, conseguí hacerlo caber todo en el coche… eso sí, sumándole el asiento del copiloto y buena parte de lo que quedaba desocupado en los asientos traseros al maletero.
 
Pero no os creáis, no todo han sido flors i violes (me cuesta tanto creerme a la gente que se empeña en vender su vida como perfecta que cualquier imperfección en la mía, por pequeña que sea, tengo que mencionarla): como decía, tener hijos te cambia la vida, y dentro de esos cambios hay que contar con los ritmos, las cosas posibles e imposibles de hacer en tus nuevas circunstancias y un número de variables casi infinitas que sólo echas de menos cuando ya no las tienes (la normalidad anterior a, podemos convenir en llamarlas). De tal modo que la lluvia; las trece horas que suele dormir Júlia repartidas entre la noche, bien entrada la mañana y la siesta; el tiempo lluvioso (cuya temperatura tendría que haber agradecido siempre, pues mientras que el resto del país se evaporaba bajo los efectos de la ola de calor, nosotros dormíamos bien tapaditos y sin pizca de humedad) y tener un montón de senderos por los que no podía transitar se conjuraron para hacerme tener uno de esos días en los que no me soporto ni yo mismo[4] (uno de quince, no está mal; conozco a personas a las que una baldosa mal puesta es suficiente para torcerles el día, cuando no la semana entera, de ésas que por mucho que les sonría la vida nunca estarán bien porque se dedican a buscar excusas para no ser felices). Acostumbrado a ser el tipo de turista que explota hasta la extenuación la zona donde ha decido veranear, me parecía poca cosa lo que Júlia nos “obligaba” a hacer… ¡sí, señoría, culpable de egoísmo e inexperiencia!
 
 
Sin embargo, el cambio de actitud fue relativamente sencillo: sólo había que centrarse en lo bien que se lo pasaba la pequeña, en cómo se ganaba con su simpatía y su sonrisa eterna a los vecinos del pueblo, a los compañeros de desayuno o a los clientes de tal o cual restaurante; en cómo disfrutaba de la compañía de otros niños (todo un acierto escoger como destino una zona de turismo tan familiar); en cómo jugaba con las cabritas o en qué cara puso cuando vio su primer oso y el resto de animales en el parque que visitamos; en cómo se ha ido convirtiendo en una gran gourmet, pues sólo hay que ver lo que come para saber si lo que pagamos en tal o cual restaurante merece o no la pena (y después de años de ir de restaurantes, os podemos asegurar que Júlia tiene el morro fino… en efecto, no nos va a salir barata)… por desgracia, ella no recordará sus primeras vacaciones, pero para nosotros serán inolvidables. Y no las cambiaría por nada del mundo, entre otras cosas, porque nos han servido de aprendizaje: hemos detectado muchos errores (¿os he dicho alguna vez que no somos perfectos?), que nos serán muy útiles de cara a las vacaciones venideras, que esperamos que sean muchas y todavía mejores.
 
Así que, en efecto, querido ser-cansino-que-cada-año-me-preguntas-lo-mismo-y-ya-hace-tiempo-que-has-dejado-de-tener-gracia, mis vacaciones han sido en familia, con mi familia, lo cual no ha sido impedimento para que hayan ido mucho más que bien.
 
 
 
 

 


 

[1] Mi sentido arácnido me advierte de que siempre es mejor guardar silencio sobre estos temas. Sin embargo, voy a ignorarlo, una vez más, por las razones siguientes: 1. No hay nada peor que la autocensura; 2. Escribo desde mi verdad, sin pretender convencer a nadie de lo que digo ni, por descontado, sin intención de que nadie se dé por aludido porque no escribo sobre nadie en concreto; y 3. Escribo desde la asunción de que yo también formo parte de alguno o de varios de los grupos para otras personas, o de las equivalencias que ellas, a su vez, hayan hecho; es del todo normal que así sea. Si yo, con lo zoquete que soy, lo entiendo, ¿qué puedo esperar de personas mucho más inteligentes que yo?
[2] La lejana y la molesta podrían ser subtipos de la que me ha tocado, cierto es. Pero no todos los que me han tocado son lejanos o molestos, ni únicamente son molestos los que me han tocado, ya se entiende. Eso sí, no creo para nada en la importancia determinante de eso que se ha dado en llamar la sangre. Si lo único que comparto con alguien es una parte de mi código genético, me parece demasiado poco, la verdad. En la vida, y en las relaciones humanas en concreto, hay muchas cosas más. Por lo menos para mí.
[3] Durante mi infancia, las vacaciones en el pueblo (en el pueblo de mis padres, en realidad, porque ni es mi pueblo ni es mi tierra, ni nunca lo serán), como les sucedía a muchos hijos de inmigrantes españoles, eran lo habitual. Pero no sólo las de verano: recuerdo alguna que otra Semana Santa e, incluso, haber hecho triplete un año con las de Navidad. Eso sí, como mínimo una vez al año tocaba hacerse los 1000 kilómetros en coche para ir a visitar a la familia. Pero a medida que he ido creciendo y mis abuelos han ido faltando (los paternos, porque los maternos se trasladaron a Barcelona para estar cerca de sus hijas), y no está de más decirlo, he empezado a hacerme esas preguntas que todo lo cambian (sí, las del tipo “¿y por qué yo sí y tú no?”, o “¿por qué siempre yo?”), las visitas se han distanciado hasta casi desaparecer por completo. Eso sí, durante las primeras vacaciones que hice en pareja después de muchos veranos sin disfrutar de un merecido descanso estival (la pobreza del estudiante, ya me entendéis), aún hice un hueco para ir de visita por aquello de “hace mucho tiempo que no los veo”.
[4] Infinitas gracias a mi pareja por aguantarme cuando esto sucede, no conozco a nadie igual. Tolerante, comprensiva, no rencorosa, con una habilidad adaptativa que supera con mucho mis capacidades. Todo un ejemplo a seguir.

 

41. El blog de mi bebé

 

Cuando escribo se me pasa todo; mis penas desaparecen, mi valentía revive.
 
 
Anne Frank, 5 de abril de 1944.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Hace sólo unos días que le decía a mi pareja, con intención jocosa (que no quejosa), que tal vez sería mejor cambiarle el nombre a este blog. En lugar de Alfredópolis, blog personal de Alfredo Martín G., debería llamarlo Bebelópolis, el blog de mi bebé; sin lugar a dudas, a la vista del impacto producido por los tres posts escritos sobre mi hija, tendría un mayor número de visitantes (lo de los lectores reales aún no hay manera de contabilizarlo, por mucha estadística e información que nos proporcione a los autores la plataforma donde publicamos nuestros textos, y quizá sea mejor así; pero desde ya, aviso, voy a suponer que toda persona que ha entrado los ha leído). No en vano, están entre los cuatro más leídos, tal y como se puede ver en la sección “Entradas populares de este blog”, situada a la izquierda. Y si mi objetivo fuese generar tráfico en mi blog personal, todo parece indicar que el cambio de nombre podría ser una buena estrategia.
 
Ahora bien, si pienso en las razones por las que esos posts han sido más leídos que otros (los menos leídos suelen ser los que les dedico a algunas de mis lecturas, salvo curiosas excepciones), la verdad es que no me motiva mucho hacerlo (en el caso hipotético de que el cambio de nombre hubiese sido alguna vez una opción real, cosa que ya os adelanto que nunca ha sido así), y es que sólo se me ocurren las siguientes[1]: se supone que un bebé es algo positivo, bonito, que enternece, y tanto la gente que me conoce en persona, como la que no, quiere compartir y hacer suyos también esos momentos felices que se supone que encontrará en lo escrito; tal vez los que ya han sido papás o mamás se identifiquen con lo narrado, y es probable que revivan, recuerden y/o rememoren su propia (y maravillosa) experiencia gracias a ello; los que aún no hayan tenido descendencia, pero quieran reproducirse en un futuro más o menos cercano, acaso los leen para ver qué pueden esperar cuando al fin les suceda, quién sabe. Además, hay que contar con los que los leen simplemente con la intención de chafardear, porque ya sabemos que las intromisiones en la vida ajena gustan mucho en este mundo en que vivimos, y yo les derribo la cuarta pared y les muestro la mía en aquellas entradas que etiqueto como “Vida” (y lo hago porque quiero, porque me apetece y porque, en muchas ocasiones, lo necesito como bálsamo; y no requiero el beneplácito de nadie para hacer lo que hago, por si hay alguien en la sala a quien se le pase por la cabeza eso de “pues yo no lo haría”… ¡pues no lo hagas, oye!); así como con algunos otros, una minoría, espero y deseo, a quienes les da igual el tema de lo escrito: lo suyo, además del cotilleo, es la crítica y la censura, y no les guía otro propósito más que ése cuando los leen (y si eso les sirve para que sus vidas sean algo menos insulsas y aburridas, pues yo que me alegro: podéis desconectar la televisión por una noche, ya tenéis tema de conversación y alguien a quien despellejar, ¡felicidades!).
 
Dicho esto, ¿me he imaginado escribiendo sobre bebés? Pues lo cierto es que sí, el contador de visitas es siempre muy tentador, un dulce de lo más goloso, y mentiría si dijese que no lo he hecho. Pero la verdad es que me veo incapaz de hacerlo por dos razones esenciales: 1. Porque no tengo ni puta idea sobre el tema (no poseo los amplios conocimientos de esos escribidores que pueden tratar cualquier tema porque todo lo saben y de todo saben…); las cosas que puedo saber, siempre insuficientes, las voy aprendiendo cada día, y es mi propia hija de diez meses quien me las enseña (como es natural, también aprendo y desaprendo de otros padres, de pediatras y de enfermeras, pero el conocimiento verdadero es el que obtengo después de haber bajado a la arena, allí donde se demuestran o se desmontan las bellas teorías, para “enfrentarme” a mi hija), así que tengo serias dudas sobre si lo que aprendo puede ser aplicable a cualquier otro bebé que no sea ella; y 2. Porque no me da la gana. Una cosa es que cada cierto tiempo escriba algo sobre mi hija (¿qué otra cosa puedo hacer con alguien que tiene un papel capital en mi vida?), y otra muy distinta es que sólo escriba sobre ella. Y que nadie me malinterprete, Júlia es mi tema de conversación preferido, la principal protagonista de mis pensamientos, una fuente inagotable de anécdotas, la mayor de mis preocupaciones, quien me conoce ya lo sabe, pero no por ello tengo que verme obligado a escribir únicamente sobre ella, por muchos nuevos lectores que obtenga por ello. Es más, si yo así lo quisiera, no protagonizaría nunca más un texto escrito por mí (cosa que no va a suceder, ya os lo digo, porque todo lo relacionado con ser padre o madre genera mucho material susceptible de ser publicado en este blog; eso sí, unas veces ese material es tierno y/o divertido; y otras, bastante penoso, sobre todo el relacionado con lo que llamaré la flora y la fauna existente en el hábitat de ser padres[2]). Además, hay otro importante factor muy relacionado con el hecho de negarme a escribir única y exclusivamente sobre mi hija: si bien es cierto que la llegada de un hijo nos cambia la vida, altera nuestras prioridades y supone un antes y un después para nuestras existencias, flaco favor nos hacemos (a nosotros y a nuestro entorno más cercano, a todo eso que decimos que más queremos) si dejamos de ser quienes éramos. Vamos, que se trata de luchar contra la disolución de la propia personalidad, de evitar que nuestro yo adulto ceda un espacio que resulte irrecuperable una vez que nos convirtamos en el padre o la madre de X o Z; creedme, esa metamorfosis ha venido a usurpar nuestro lugar en el mundo, y aunque es una guerra que nunca podremos vencer, pues tenemos en contra la biología, los sentimientos y la cultura, debemos mitigar en lo posible sus efectos.
 
 
Así, durante los últimos diez meses[3], he escuchado en boca de varias personas eso de “ahora todo ha cambiado, ya no puedo seguir haciendo esto o aquello otro porque la prioridad es mi bebé” y bla, bla, bla. Tonterías, o miopía, un error mayúsculo, en suma. Pues claro que la prioridad es y será por mucho tiempo tu hijo o hija, pero eso no quita que uno será mejor padre o mejor madre cuanto más a gusto esté consigo mismo y mayor capacidad para ser feliz tenga (y la felicidad no siempre nos la van a proporcionar nuestros hijos, mejor que lo tengamos claro), y si lo que nos hacía felices antes de la llegada de la criatura era derribar paredes a escupitajos, es fundamental que sigamos haciéndolo[4]. Quizá no pueda ser cada día, pero si se busca el momento, estoy convencido de que se encuentra… Es más, estoy casi seguro de que, en caso contrario, nuestras cabezas (o las de nuestras parejas) tienen muchas más posibilidades de convertirse en el lugar perfecto donde los pájaros vayan a anidar, y es probable, entonces, que uno de los dos (o los dos, cada uno por su lado, que las parejas se erosionan, y mutan, y necesitan reinventarse para sobrevivir al recién llegado; pero no al principio, no, que al principio se unen más que se separan, pero sí al cabo de tres, cuatro, cinco o seis años) se encuentre diciendo aquello de “ésta no es la vida que imaginaba para mí”, “no eres tú, soy yo”, “siento como si fuésemos dos desconocidos”, “ya no te ocupas de mí ni estás pendiente de mis necesidades como antes”, “quiero volver a sentirme hombre (o mujer) más allá de padre (o madre)” o los penosos “cariño, no es lo que parece” o “puedo explicártelo todo”; si no tenemos algún caso más o menos cercano, al menos hemos visto suficiente cine o leído suficientes novelas[5]como para no tener que hacer un gran esfuerzo imaginativo, ¿verdad?
 
Así que, volviendo al meollo del asunto, en lo referente a la cuestión: to be or not to be read, manifiesto que, pese a que haya personas que no acaben de entenderlo, ser leído o no serlo en absoluto cada vez me quita menos el sueño. Bien es cierto que faltaría a la verdad si dijese que no me alegra comprobar que un post ha sido leído o que ha generado algún tipo de reacción o comentario[6], o incluso que algún loco se ha lanzado a compartirlo. Hay numerosos estudios que equiparan los efectos de un “Me gusta” a una foto subida a Facebook o a Instagram con masturbarse, ganar dinero o comer chocolate (el más reciente, de la Universidad de California en Los Ángeles, la mítica UCLA del baloncesto), por ejemplo, así que imaginaos lo que experimenta alguien como yo, que ya tiende de manera natural al hedonismo, con lo que genera algo que he escrito[7]. Pero por muchas zonas del placer que se activen en mi cerebro, por decirlo de alguna manera, no escribo para mi público, y creo que nunca lo haré. A fin de cuentas, y por mucho que le cueste creerlo a algunas personas, yo no escribo para ser conocido, ni para ganar dinero, ni para que me contrate nadie, ni por ningún tipo de reconocimiento, ni siquiera el tuyo, lamento decírtelo, querido lector, sino que principalmente lo hago por mí mismo. Tuviese o no tuviese un blog, iba a continuar escribiendo, aunque de esta manera mis textos son leídos por un número mayor de personas que si decidiera guardarlos en un cajón tras dejárselos leer a la gente de mi entorno más cercano (que era lo que hacía hasta que nació Alfredópolis[8]). Claro, si puedo elegir, prefiero que me lean a que no lo hagan, no soy hipócrita, pero lo que quiero por encima de todo es escribir.
 
Permitidme que insista en esto último: si el fin de Alfredópolis fuese conseguir un número de lectores tal que me permitiese sacar pecho, decir aquello de soy escritor, o bloguero o cronista independiente (¡juas!), además del giro copernicano que supondría el cambio de nombre y temática de lo que comparto con vosotros aquí, podría optar por otras estrategias más fecundas y sencillas. Por ejemplo, hacerme tan accesible a los motores de búsqueda de Internet como fuese posible, es decir, dotar a mi blog de una mayor visibilidad para que cuando alguien busque algo relacionado, ni que sea remotamente, con el contenido de alguno de mis posts, mi blog sea una de las opciones que el navegador le sugiera al internauta en cuestión. Pero no, podéis creerme: no le facilito en nada el hallazgo al navegante curioso y/o despistado. Así, mi modus operandi en lo que respecta a Alfredópolises el siguiente: me fijo en qué hacen dos blogueros a quienes conozco en persona (aunque a uno de ellos no sé si llamarlo así; me parece, no sé exactamente por qué, pues bloguero es la persona que crea o gestiona un blog, que el sustantivo desmerece lo que hace y disminuye, si eso es posible, el ingenio y la sabiduría que tiene a bien compartir con sus lectores), que se convierten en los límites que marcan el exceso y el defecto de lo que yo quiero para mi propio blog. El exceso sería acabar convirtiéndome en un ridículo vendedor de mí mismo, abusar del autobombo y citarme y compartir mis posts hasta la saciedad (algún día tendré la dicha de que alguien me explique qué sentido tiene compartir siete veces algo que ya has publicado con anterioridad… a mí, con sinceridad os lo digo, se me escapa… o, mejor dicho, prefiero no saberlo) en una red social abierta a todo el mundo como Twitter; al fin y al cabo, supongo, se trata de que el contador de visitas, ¡bien visible, por supuesto, para todo el mundo!, registre el número más alto posible (¿un ego de tales dimensiones tendrá bastante con un billón de visitas? No sé yo…). El defecto es publicar mis posts únicamente en mi blog, y confiar en que mis lectores vayan mirando qué he ido colgando allí desde la última vez que lo visitaron (en el caso de que no se hayan suscrito; si lo han hecho, entonces reciben una notificación vía correo electrónico anunciándoles la nueva publicación); claro, el problema es que luego, como dice este autor-modelo, acabas hasta las narices de escribir cosas que nadie lee (y a mí me hace muchísima gracia cómo lo dice, y que, pese a todo, siga publicando cosas; respect!).
 
Llegados a estas alturas, es evidente cuál de los dos modelos me parece mejor, como también es evidente que en mi valoración de cada uno de ellos juegan un papel importante tanto mi aprecio personal como mi respeto y admiración intelectual por cada uno de ellos. Cierto, pero no por eso deja de ser verdad lo que he escrito antes. Soy de los que cree, y es posible que no me equivoque, que la necesidad de estar continuamente en el candelero, más allá de interpretaciones freudianas que no vienen al caso, te convierte en un escritor folletinesco (¡y que me perdonen los estudiosos de la literatura decimonónica!), y tus textos, más allá de tu propia valoración (excelsos, faltaría más), son el heno con que se alimenta el ganado. ¿Qué decir en mi caso concreto? Pues algunos de los que leéis esto ya lo sabéis, comparto mis posts en la página de Facebook Alfredópolis y, desde allí, en mi página personal, restringida a lo que voy a llamar “mis amistades”. Nada más, ni nada menos. Con eso ya me doy por satisfecho. La posición en que me deja esto ya no me corresponde a mí juzgarla, pues sería totalmente parcial; eso ya es cosa tuya, querido lector. Mientras tanto, y sea cual sea el veredicto, no te lo tomes a mal, yo voy a seguir escribiendo. Como dejó escrito Virginia Woolf en su diario el 14 de mayo de 1925[9], cuando se disponía a dejar el periodismo (¡bien por ella, y por nosotros, los grandes beneficiados de su decisión!) y centrarse en lo que luego fue Al Faro: “la verdad es que escribir es el placer profundo; y ser leída, el superficial”.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 


 

[1] Los que leen mis entradas con fidelidad, versen sobre lo que versen (que haberlos, haylos; muito obrigado a todos ellos), quedan fuera de esta clasificación, es obvio; ellos siempre están en las estadísticas, aquí me ocupo sólo de las “anomalías detectadas por el sistema”.
[2] Es probable que en un futuro le dedique un post a esto, que tiene bastante miga la cosa.
[3] Llega un punto en que esto de tener un hijo se parece bastante a romperte un brazo: de repente todo el mundo tiene hijos, todo el mundo se relaciona con otras personas que tienen hijos, todo el mundo habla de sus hijos, y acabas viendo hijos hasta en la sopa.
[4] Claro, durante los primeros meses, y sobre todo en el caso de las madres, esto parece una utopía. Pero hay que intentarlo, por la salud mental de todos los actores implicados, empezando por ellas mismas. Llegará el momento en que se precise de una conversación adulta, de una película, de unas copas con los amig@s, de teatro, de una noche de sexo hasta que salga el sol… yo qué sé, de miles de cosas en principio poco relacionadas con el bebé, de todo aquello que en apariencia ha quedado atrás y que solíamos llamar “mi vida”.
[5] La novela decimonónica hizo un arte del adulterio como consecuencia del aburrimiento y la monotonía. Su gran pero, que en su inmensa mayoría quien lo cometía era la esposa. Quizá porque el adulterio del marido era consabido y menos censurable cuando no absolutamente disculpable y casi beneficioso para el matrimonio.
[6] Tal vez sea de perogrullo, pero no está de más decir, si dejamos de lado el polisémico silencio, que sólo se pueden recibir dos tipos de crítica: positiva y negativa, y ambas deben ser recibidas con gratitud, pero sin que la primera alimente nuestra vanidad en exceso ni que la segunda machaque nuestra autoestima. La segunda, además, puede ser de dos tipos: constructiva y destructiva. La constructiva debe ser considerada el mejor de los regalos que nos pueden hacer, pues nos sirve para seguir aprendiendo y mejorando. La destructiva busca hacernos daño, y suele provenir de un ser frustrado; para minimizar su impacto, disponemos de tres opciones: ignorarla, hacer que la Musa cante nuestra ira y darle de comer a los perros el cadáver de quien ha intentado dañarnos, y dialogar educadamente con el crítico hasta que él mismo y sus limitaciones (existenciales, de carácter, intelectuales) se evidencien; al fin y al cabo, nosotros vamos a poder hacernos los tontos todo el tiempo que queramos, pero a él le va a resultar imposible simular que es listo mucho más allá de su crítica. Sin embargo, pese a que nuestra naturaleza animal nos incline a ello, es recomendable no optar por la segunda opción: aunque puede ser muy gratificante dejar K.O. a nuestro oponente con un buen directo de derecha (siempre dialécticamente hablando, se entiende), ya tiene bastante el pobre desgraciado con ser como es. Bastantes golpes le ha dado ya la vida como para darle su merecido también nosotros. Apiadémonos de él.
[7] Estaremos de acuerdo, espero, y que me perdonen los fotógrafos aficionados, en que escribir un texto sobre lo que sea, y por ridículo que sea, tiene un pelín más de mérito que hacerte una foto tomándote un gin-tonic a la luz de la luna, ¿no? Yo al menos soy capaz de hacerme una foto parecida: sólo necesito una luna, una copa, hielo, ginebra, tónica, especias varias y/o plantas y arbustos que añadirle a la mezcla, y una cámara de fotos o un móvil.
[8] No es verdad, antes de este blog hubo otro, El rincón de pensar, que abandoné porque no tenía muy claro hacia dónde se encaminaba, y corría el riesgo de convertirse en una mala caricatura de la idea de la que partía. Asimismo, Alfredópolisreemplazó a Caballo de juguete, que era como había pensado llamar a este artefacto en un principio, y que pretendía ser un homenaje a la novela de Laurence Sterne Tristram Shandy (ejemplo paradigmático de la literatura que se recrea en el placer mismo de escribir…). Quienes la hayáis leído ya sabréis que el caballo de juguete, interpretaciones sexuales al margen, era la ocupación que permitía al tío Toby escapar de la realidad. Sin embargo, dos cosas me llevaron a adoptar el nombre actual: que se me identificara con el tío Toby (un tullido digamos que poco hábil con las mujeres) y el hecho de que por qué debía conformarme con un refugio cuando tenía al alcance de mi mano crear mi propia realidad. Así que Alfredópolis, para mí, más que un blog o una identidad virtual, es esa vida entre paréntesis que transcurre, salvo pequeñas incursiones, en paralelo a la mía.
[9] Estas palabras de Virginia Woolf son un gran ejemplo de la impostura y la desinformación que campa a sus anchas por Internet. En muchas páginas dedicadas a esas chupicitascelébres con que adornamos nuestra profunda sabiduría, las palabras de Woolf son deformadas, y en ningún caso se cita la fuente. Luego ya están los blogueros más sabios, que además de seguir deformando la cita original, quieren hacernos creer que procede de La señora Dalloway (1925). Nunca antes fue más cierto eso de que, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey.
 

 

38. Una tarde de jueves cualquiera

Jueves 16 de enero de 2018, 16:00 h., huso horario peninsular. Un editor, visiblemente fatigado, física y mentalmente[1], se despereza, mira a través de la ventana de su despacho, vuelve a desperezarse, echa una ojeada a su reloj de pulsera y comprueba que sigue coincidiendo con el del ordenador (de buena gana bajaría al vestíbulo de la editorial a ver si el del torniquete de entrada no ha perdido el compás y sigue en perfecta sincronía con ellos, pero nunca va allí por las tardes, y no es plan, se dice, de romper el equilibrio del universo); vuelve a mirar por la ventana, consulta el teléfono móvil. Sin novedades. Bosteza.
 
Se sorprende pensando con un optimismo moderado que, aunque vuelva a casa después del ocaso un día más, ya queda menos para que la oscuridad deje de ser su compañera a la entrada y a la salida del trabajo. Según el Observatorio Astronómico Nacional, para ser exactos, esto sucederá entre el 8 y el 9 de febrero; claro, siempre y cuando Renfe cumpla con sus horarios, cosa que le resulta harto difícil de creer, para qué engañarse. Por si acaso, se va a conceder un mes de plazo más, tiempo que estima suficiente para que los habituales retrasos de los trenes de cercanías (o sus misteriosas desapariciones) no sean impedimento para llegar a su ciudad de residencia mientras aún luce el sol.
Siente que ya no puede más, empieza a ponerse nervioso, así que no le queda otra salida que hacer un alto en el camino. No sabe por qué, pero transcurrido cierto tiempo (no demasiado), necesita levantarse y estirar las piernas, despejar la mente, pensar en otra cosa, “molestar” a algún compañero o compañera… De lo contrario, mucho se teme que se pondría a gritar, o correría pasillo arriba y pasillo abajo como alma que lleva el diablo. Lo que no sabe es si esto le ha sucedido siempre o es cosa de los últimos tiempos; tal vez, se le ocurre de súbito, se trate de algún tipo de enfermedad profesional que aún no le han diagnosticado.
 
Lo cierto es que no a todos sus compañeros les sucede lo mismo: hay quienes se pasan las ocho horas y pico que dura la jornada laboral sin moverse más de lo que requieren sus necesidades laborales y/o fisiológicas (¿son robots?, ¿dejan una réplica de cartón en su silla mientras disfrutan de la vida en cualquier otro sitio?, ¿son capaces de dormir con los ojos abiertos?, ¿han sido bendecidos con un sistema nervioso a prueba de bombas?), y la verdad es que en cierta manera los envidia: pasan desapercibidos y son considerados buenos trabajadores, siempre tan concentraditos y siempre dedicándole tanto tiempo a sus tareas, y siempre protestando o poniendo mala cara cuando otros hablan a la puerta de sus despachos, porque, claro está, ellos son los únicos que trabajan y nunca molestan, razón por la cual, como no puede ser de otro modo, son los únicos que tienen derecho a hablar de algo que no sea trabajo en el trabajo (y ojo, que a lo mejor detrás de su concentración o su silencio se esconde en realidad la planificación de las próximas vacaciones o hacer la compra en línea, o leer o escribir una novela; en estos casos, a las monas les es útil, y mucho, la seda)…
Pero, si no recuerda mal, volviendo al tema que nos ocupa, mientras estudiaba (como dice su madre, cuando vivía encerrado a cal y canto en su habitación; por descontado, nuestro editor siempre le estará muy agradecido a su mamá por facilitar su “reinserción” social de esta manera tan simpática y con este tipo de comentarios, a nadie se le ocurrirá pensar de él que es un bicho raro, seguro que no) también eran frecuentes las excursiones al lavabo para mojarse la cara con agua fría, o los pitillos mirando al techo, o los lanzamientos de una pelotita contra la pared cual Jack Torrance en El resplandor(esto último también lo ha intentado en el trabajo, pero su vecina de despacho no parecía muy feliz con la idea, además de que resulta que no está muy bien visto, así que ha tenido que desistir), o las salidas al balcón para tomar un poco el aire, o las Coca-Cola bebidas a ritmo de Oktoberfest, o la masturbación, siempre tan relajante y liberadora… es más, cuando escribe, porque escribe (me consta, incluso, que escribe un blog), también es frecuente ese tiempo necesario de desconexión. Por tanto, cabe concluir que, en efecto, ya era algo que le sucedía antes y que le sucede en otras situaciones, no sólo en el trabajo. Fin del misterio. Si se trata de una enfermedad, la padece desde hace años, nada que achacarle a su profesión actual. La solución de la pensión por enfermedad vuelve a escapársele de las manos.
 
Lo cierto es que si fuera por la mañana, iría a tomarse un café, pero a estas horas ya no puede ser, ha consumido con creces el cupo diario de cafeína, así que le toca levantarse e ir al lavabo. Cuatro pasos para salir de su despacho y hallarse en medio del pasillo; catorce pasos a la izquierda y giro a la derecha; doce pasos más lo sitúan frente a la entrada del lavabo; dos más, ante el lavabo de hombres; y tras otros siete pasos, ya se encuentra frente a su retrete favorito mientras dura la temporada invernal, el de la izquierda, el más alejado de la ventana por la que se cuela el frío. Ya se desabrocha el botón del pantalón y se baja la cremallera (es de los que prefiere desabrocharse por completo: tiene muy vivo en su memoria el recuerdo del pene de un amigo de la infancia al que los dientes de la cremallera de un pantalón tejano le jugaron una mala pasada, y desde entonces prefiere liberarlo todo), y alivia su vejiga. Como buen artista que se considera (qué le vamos a hacer, él también se siente la persona más especial del mundo, como tú y como yo, qué coño: cosas de haber tenido y tener a gente en nuestras vidas que nos quiere y nos dice lo guapos y lo listos que somos, ¿verdad?; y si no, pues nos lo decimos nosotros mismos, que bien que lo valemos, oye), imagina que escribe su nombre en la pared con su propio líquido excrementicio; de niño, siempre lo conseguía cuando orinaba en la calle, y eso que su nombre era de los más largos entre los de su pandilla de amigos; así nace una leyenda. Pero ya es mayorcito para esas cosas, así que logra subyugar las poderosas pulsiones de Tánatos y evacúa, como Dios manda, dentro del inodoro.
 
Tras las sacudidas de rigor del miembro viril (tres, pues tiene muy interiorizado que más de esas tres ya no se considera una maniobra higiénica inocente) y limpiarse la caprichosa gotita de la alegría con un pedacito de papel higiénico, se lava y se desinfecta las manos, y desanda el camino hasta su despacho. Sin embargo, piensa que aún es pronto, que todavía no va a poder concentrarse de nuevo en su trabajo, así que decide acercarse hasta la zona donde se sientan las secretarias y “molestar” un poco a SE. Son 46 pasos más desde su despacho, pero en dirección contraria a la del lavabo; 92, si cuenta la ida y la vuelta. No le vendrán nada mal a sus piernas, acaba por convencerse a sí mismo, además de que con SE siempre se ríe, aunque a veces, o muchas veces, mejor dicho, tenga que aguantarle alguna fresca. Pero eso forma parte de su encanto, también es verdad.
 
Así que allá se dirige él, al encuentro de SE, cuando de repente, apenas 20 pasos después de reiniciar la marcha, mira a la izquierda, hacia el interior de la “pecera grande” (tal vez al acecho de alguna otra “víctima habitual” que no sea SE: JM, o RA, o MG), el despacho que compartía con otros ocho compañeros hasta que le asignaron el actual hará ya unos años (¿cuántos? Pues la verdad es que no lo sabe con seguridad, cuando alguien va sumando años en una empresa, el tiempo se convierte en un ente todavía más impreciso de lo que ya suele serlo de ordinario), y es entonces cuando ve algo que lo deja absolutamente fascinado y que despierta esa parte juguetona que habita en él desde su niñez y que se niega a hacerse a un lado en su vida de adulto: justo en medio del despacho, dominando todo el espacio, alguien, con toda probabilidad uno de esos genios que viven en la sombra del anonimato, se dice a sí mismo, ha colocado dos sillas que miran a la entrada. La de su izquierda está ocupada por una mochila negra y una bolsa de tela de color granate; la de su derecha, en cambio, permanece desocupada, pero hay algo de desafío en su actitud, un “siéntate aquí si te atreves” o un “aquí te espero” implícitos cuyo atractivo va a ser demasiado para nuestro editor.
 Dejando de lado el indudable poder de seducción estético de la escena (cuya fuente, nunca mejor dicho[2], podría ser un Duchamp o un Kosuth, aunque en quien primero piensa nuestro protagonista es en Tracey Emin, seguramente por ser la hora de la siesta[3]), en los dos segundos que transcurren entre que decide si entrar o no al despacho, acuden a su mente una serie de posibilidades asociadas al fantástico cuadro que contempla: si me siento en la silla, ¿se abrirá un portal interdimensional o tal vez se trata de un DeLorean made in Spain que me llevará a navegar a través de los interminables océanos del tiempo?… ¡oh, Dios, se angustia, seguro que algún compañero se ha dicho a sí mismo que ya está bien, que ya ha aguantado suficiente, y ha escondido en la mochila un artefacto explosivo que detonará en tres, dos, uno…!
 
Como no podía ser de otra forma, decide entrar en el despacho. Sus pisadas sobre el parqué rompen el silencio que se respira en la dependencia (silencio y calor son los dos sustantivos que siempre asocia al tiempo que pasó en aquel despacho, y silencio y calor lo reciben nada más poner un pie en su interior) y advierten a los seis compañeros que en ese momento se hallan allí de su presencia. Sólo tres de ellos se alegran realmente de su visita (ya contaba con ello), los ya mencionados JM, RA y MG; las otras tres, pues de tres mujeres se trata, apenas levantan la cabeza antes de volver a lo que están haciendo, sea lo que sea.
 
Ante semejante acogida, es posible que otra persona se hubiese contentado con preguntarle discretamente sobre las sillas a alguno de los compañeros para quienes su visita no resultase una molestia (a lo mejor, acaba de tener un atisbo de lucidez, por eso lo cambiaron de despacho, para evitar que la manzana podrida corrompa al resto; pero no le afecta en absoluto: al fin y al cabo, sabe que, mientras tuvo su sitio allí, contribuyó a hacerle los días mejores y más entretenidos a más de uno y una, y obtuvo como recompensa buenos amigos; y eso, estaréis de acuerdo conmigo, es bonito), o que, parapetándose tras la prudencia, se hubiese quedado con la duda para siempre. Pero debemos tener presente que es Aburrimiento una de las fuerzas ancestrales que ha guiado los pasos de nuestro editor hasta allí, quien, además, se caracteriza por tener un carácter jovial y con alta propensión al juego, y que a todo ello deberíamos sumarle una buena dosis de espontaneidad inherente a su personalidad. A estas alturas de la vida, añadimos, su reserva de vergüenza ya se halla próxima a agotarse, y lo que puedan pensar los demás de él, en principio, le preocupa muy poco.
 
¡Pero qué maravilla es ésta, por Dios!, exclama dirigiéndose a JM principalmente, que se ríe desde que lo ha visto aparecer por la puerta, como si intuyera lo que vendrá a continuación. ¡Parece una pieza del MNAC! ¿Quién es el autor de esta obra de arte?, pregunta, pero las únicas respuestas que obtiene son las sonrisas mal disimuladas de unos y las miradas incómodas de otras. En su misma situación, Peter Parker ya hubiese sido advertido hace rato del peligro que corre por su sentido arácnido, y aunque no sabemos qué bicho le ha picado a nuestro editor, en caso de que se haya dado tal picadura podemos afirmar con rotundidad que no se trata de la de una araña radiactiva: ¡Dejadme, dejadme que las vea de cerca!, dice con entusiasmo mientras se abre paso hasta las sillas y se sienta en la que está desocupada con cara de acabar de recibir el mejor regalo de su vida. ¡Esto es de película, vamos! ¡Lo mejor del día de hoy con diferencia! ¡Qué digo del día… de todo lo que llevamos de mes! ¿No lo creéis así?; pero si esperaba que alguien se sumase a la fiesta, no podía estar más equivocado. Eso sí, entre los presentes, al menos JM y MG se lo están pasando en grande.
Pero nuestro editor no necesita a nadie (quizá sea una reminiscencia de su adolescencia masturbadora), y una vez que ha dado el pistoletazo de salida al cachondeo, va a ser difícil que pise el freno antes de llegar a meta. ¡Ahora mismo vuelvo, voy a buscar el móvil! Pero ¿para qué?, le pregunta entre divertida y confundida MG. ¡Pues para hacerme una foto, que si esto llega a buen puerto y os hacéis todo lo famosos que merecéis ser, el día de mañana querré contarle a mis nietos que yo estuve aquí, que formé parte de esto! Y tras decir esto, corre hasta su despacho y vuelve cual centella, móvil en mano, para iniciar su sesión fotográfica.
 
¡Venga, hazme una foto!, le pide a JM mientras se sienta en la silla desocupada adoptando la pose más chulesca que se le ocurre; y JM se levanta, coge el móvil y se transforma en un moderno Cartier-Bresson. ¡Clic!, foto. Pero cuando comprueba si ha salido bien, resulta que la ha tomado del revés. ¡Clic!, nueva foto. Mismo resultado. Hombre, J, ¿cómo puede ser que las hagas todas del revés?, le dice entre risas nuestro editor. ¡Yo no hago nada, de verdad! ¡Es tu móvil el que hace cosas raras! A ver, a ver, déjame que pruebe yo, y nuestro editor hace una foto que, como era de esperar, sale bien. ¿Ves?, al móvil no le pasa nada, ¡eres tú, que te empeñas en hacerla del revés! ¡Clic!, foto. Risas al comprobar que, de nuevo, ha sido tomada del revés. ¡Espera, espera, que te hago yo una con el mío, y así tienes una desde este ángulo!, le dice MG, quien ya se suma a unas risas cada vez menos discretas. Justo en ese momento, nuestro editor percibe por el rabillo del ojo que una de las tres personas que no se habían alegrado en exceso con su visita se levanta y abandona el despacho, pero no le da ninguna importancia: irá al lavabo, o a tomarse un café, o vaya usted a saber dónde. ¡Clic!, foto. Mismo resultado; y por fin, entre carcajadas y bromas, tras nueve intentos infructuosos, JM, a quien antes llamamos Cartier-Bresson precipitadamente, ahora lo sabemos, capta una instantánea como Dios manda.
 
 
Ya de vuelta en su despacho, mientras respira hondo y se dispone a volver a sumergirse en el mundo de los valores éticos, nuestro editor se da cuenta de que no tiene ni idea de quién ni por qué ha puesto las famosas sillas allí. Sin embargo, concluye, hay secretos que es mejor no desvelar jamás, y si el precio que tiene que pagar por el buen rato que ha pasado es ése, bienvenido sea. Justo en ese momento, JM entra en su despacho y cierra la puerta tras de sí, y literalmente muriéndose de la risa le dice: ¡A[4], ha sido la mejor performance a la que he asistido en mucho tiempo! ¡Absolutamente brutal! ¡Hoy te has superado! A nuestro editor le halagan los cumplidos de su compañero, pues se toma las palabras de JM como tales, pero no deja de sorprenderle tanto entusiasmo y, por primera vez desde que vio las sillas, nota cómo una mosca se posa detrás de su oreja. Vamos, no me creo que haya sido la única persona que ha preguntado por las sillas… No, no has sido el único que ha preguntado, pero sí has sido el único que ha organizado su show particular… ¡y ha sido desternillante! ¡Has desmontado en diez minutos lo que se han pasado haciendo toda la mañana! ¡Brutal… y absolutamente necesario! Espera, espera, que creo que me estoy perdiendo algo… ¿que he desmontado qué? Pues que llevan todo el día liadas con el aire acondicionado, que como ya sabes, es el gran problema de convivencia del despacho: que si yo tengo frío y tú no, que si a mí me da directo y lo apago… ya sabes… y se han pasado toda la mañana moviendo las sillas y colocándoles cosas encima para que el aire no molestase a quien le molesta y reconfortase a quien le reconforta… y has llegado tú y, con toda la naturalidad del mundo, les has hecho ver que lo que habían hecho era… ¡una chuminada!, acaba la frase nuestro editor. Ante sus ojos vuelve a ver salir a su compañera del despacho mientras él posaba para las fotos… ¡No me jodas! ¿Y la ideóloga de todo ha sido…? La sonrisa de JM es respuesta suficiente. ¡Madre mía, y yo pensando que había dado con un ready-made cuando en realidad me hallaba ante una obra de ingeniería del tamaño de la presa de las Tres Gargantas! ¡Seréis cabrones! Pero ¿por qué no me habéis dicho nada? ¡Y tú venga a hacer fotos! ¡Si ya no había quién te parase!, contesta entre risas JM. Además, que estas cosas siempre van bien, has trivializado el problema con naturalidad y de un modo simpático, además de en un tiempo récord… ¡Nos ha jodido!, responde, por fin consciente del problema, nuestro editor, estas cosas van bien siempre y cuando las lleve a cabo otro, ¿no? En efecto, querido amigo, así es, concluye con sorna JM. Pues me alegro de haberos sido de utilidad, espero que me dediquéis un lindo epitafio una vez que me embosquen a la salida del Senado…
 
Los días siguientes al affaire que aquí hemos narrado no han hecho más que confirmar los temores que empezaron a suscitarse en nuestro editor durante la conversación mantenida con JM en su despacho. Si bien nadie la ha emprendido a puñaladas con él y, hasta donde sabemos, continúa con vida y gozando de buena salud, aquella compañera que vio derrocada su obra por las poderosas manos de la espontaneidad, la sinceridad, la risa, la vergüenza y el ridículo ha dejado de dirigirle la palabra, y nuestro editor ha sido sepultado bajo el impenetrable manto de la invisibilidad: que se cruzan en el pasillo, vista al frente y paso rápido; que se encuentran a la puerta del lavabo, vista al suelo y paso al lado; que coinciden en la máquina del café, pues se abandona para siempre la cafeína…
 
Sin embargo, y pese a que durante los primeros días y los primeros encuentros su conciencia ha sido visitada por los molestos remordimientos, pronto ha empezado a restarle importancia al asunto. A fin de cuentas, no es que hubiese tenido nunca una relación muy fluida con la compañera en cuestión; es más, no sabe en virtud de qué, pues nunca han trabajado juntos ni pertenecen a la misma especialidad formativa ni siquiera al mismo área de trabajo, pero siempre se ha sentido como si lo mirase por encima del hombro (su profesión tiene muchas cosas buenas, pero una de las malas es ésta, la de los egos insaciables de las personas con estudios superiores: la gente siempre parece competir por ver quién es más listo o mejor que el otro, y ella, al parecer, ya hace tiempo que ha decidido quién gana esa pugna particular: ¡su cuerpecito y su mente serranos!), y, además, él sólo había pretendido pasar un buen rato, sin intención de ofender a nadie, así que pronto zanja el asunto con el definitivo ¡que le den!.
 
Lo que sí que le preocupa es la peligrosidad que entrañan y lo contraproducente que resultan en la vida adulta en general, y en la laboral en particular, la espontaneidad, la sinceridad y la autenticidad, y, si me apuráis, la alegría misma. Asume que para él ya es tarde; aunque los bofetones que reciba le hagan ser un poco más prudente, en esencia va a seguir siendo como es. Y continuará jugando a ese juego basado en la ocultación, la hipocresía y el silencio que es la vida de adulto, no le queda otra. Las cosas son así, y de muy poco sirve rebelarse (bueno, sí, para ser asesinado socialmente, pero no es eso lo que queremos, ¿verdad?). Si se me permite el símil, ya no es el joven estudiante recién licenciado que cree que podrá cambiar el mundo infecto que parece haberlo estado esperando, a él y sólo a él, para que lo limpie de podredumbre. Tiene los años y la experiencia suficientes como para haberlo despojado de su máscara y ver que su rostro está monstruosamente desfigurado por el vacío y la falsedad. Sin embargo, los tiempos cambian, y con ellos, también cambian nuestras preocupaciones; hasta hace muy poco, aunque sabe que su postura lo situaba en el peligroso borde del precipicio nihilista, asumía con resignación que el mundo es una gran boñiga jurásica, y que nada ni nadie iba a poder cambiarlo[5]. Creía que lo máximo a lo que se puede aspirar es a saber reconocer las pocas reglas y las muchas trampas con que quienes nos gobiernan limitan nuestras opciones existenciales, e ir sobreviviendo con el máximo de dignidad posible entre tanta mierda que nos rodea y nos consume. Pero desde hace poco más de nueve meses la cosa ha cambiado. Ahora es padre de una niña a la que tiene que educar, a la que tiene que dotar de herramientas de las que echar mano cuando tenga edad de enfrentarse ella sola al mundo. ¿Significa eso que prescindirá de la espontaneidad, la sinceridad, la autenticidad y la alegría, cuya propia experiencia le ha demostrado que provocan más quebraderos de cabeza que satisfacciones? No, por supuesto que no. En primer lugar, porque todo niño es la inocencia personificada, y se debe conservar esa inocencia el máximo tiempo posible (si les mentimos sobre los Reyes Magos o Santa Claus, o sobre la muerte, se dice, ¿cómo no voy a hacerlo yo con, por ejemplo, la sinceridad?). En segundo lugar, por protección: mientras un niño es niño, tiene que ser sincero con sus padres y familiares más cercanos, pues, si siempre dice la verdad, se podrán detectar algunos problemas que pueden surgir en la escuela o en su grupo de amigos o sea donde sea. En tercer lugar, porque esos valores la ayudarán a ser ella misma, harán que se convierta en una persona autónoma e independiente, capaz de tomar sus propias decisiones de un modo responsable (si, en efecto, es una persona auténtica, tendrá que pasar cuentas ante el juez más severo que existe: su propia conciencia) y, sobre todo, de vivir sin miedos. El mundo siempre encontrará el momento de cornearla, no hay por qué precipitar la ocasión.
 
Pero aquí nuestro editor, que en unas pocas líneas se nos ha convertido en padre, topa con una nueva preocupación: la educación que nos están vendiendo desde hace unos años desde sus torres de marfil quienes se dedican a pensar en esto de cómo se debe educar, haciéndonos creer que la instrucción es educación. Se nos insiste en la importancia de criar niños felices y sanos (hasta aquí bien) para que se conviertan en ciudadanos activos de la familia (joder, ¡si hay familias que, cuanto más lejos, mejor!, aunque sí que está de acuerdo con la importancia de la tribu en el proceso educativo, que bien podría entenderse por la familia, va… ¡y que lo ridiculicen y lo crucifiquen como hicieron con Anna Gabriel cuando dijo esto mismo!) y la sociedad. Esperen, esperen un momento. ¿La sociedad? ¡De qué cojones nos están hablando! ¿Tenemos que facilitar que se integren en una sociedad donde, por poner sólo unos cuantos de los muchos ejemplos sangrantes que tenemos a nuestra disposición, la corrupción campa a sus anchas, donde se recortan derechos esenciales tales como la sanidad, la educación o la libertad de expresión, o donde se convierte en abuso lo que es una brutal violación en grupo? Porque esto es nuestra sociedad, y sus ciudadanos somos quienes lo consentimos y lo toleramos. No, queridos pedagogos y madres y padres del mundo. A nuestros hijos, se envalentona nuestro editor que también es padre, hay que educarlos en la rebeldía y la destrucción. Ellos son quienes han venido a este mundo a hacerlo saltar todo por los aires. Ellos tienen que ser la dinamita. Ellos tienen que ser el martillo con que hacer añicos esos falsos ídolos en que se basa esta sociedad (la justicia, la Constitución del 78, toda esta “democracia”) y que nos han hecho creer, por activa y por pasiva, que es la mejor de las posibles. Ellos son quienes tienen que sobreponerse a nuestra inutilidad e ineficacia, a nuestra cobardía, a nuestro fracaso como ciudadanos; y tienen que hacerlo ellos, por ellos mismos y por los futuros hijos que vendrán.
 
Es ahora, en pleno subidón revolucionario, cuando nuestro editor se acuerda de esa compañera que recurre con frecuencia, para lo que sea, al Capità Enciam, personaje de ficción de la década de los 90 de la Televisió de Catalunya cuyo lema era els petits canvis són poderosos. Y piensa en su hija, y piensa que, en efecto, no hay nada más pequeño que ella. Y que en sus manos está el primero de los cambios que pondrán, para bien, el mundo del revés…


[1] Sí, aunque su trabajo apriori no es muy exigente físicamente hablando, no al menos como muchos otros que ha tenido antes de ganarse el pan como en la actualidad se lo gana (vamos, que no es que se haya pasado la vida viviendo de la sopa boba precisamente, no; ni que se haya dedicado a mamar del pezón de las arcas familiares hasta que por fin ha llegado la oportunidad de su vida o se ha materializado ese sueño para el que vino a este mundo, eso tampoco; ni menos aún ha malgastado su tiempo lamentando su mala suerte ni se ha limitado a lamerse las heridas y a decirle a todo aquél que haya tenido la mala suerte de prestarle oídos lo pobrecito que es mientras esperaba, ¡claro, la cosa va de esperar!, que un milagro hiciera por él lo que sólo estaba en sus manos: hacer más amable, dentro de sus posibilidades, el futuro), también se cansa; y sus cervicales, su espalda (tiene dos hernias discales), sus antebrazos, sus manos, sus dedos y sus piernas se resienten de la rigidez postural ligada a su oficio; y sus ojos se agotan de tanto leer, corregir, reescribir y reelaborar, ante el papel o el monitor del ordenador, durante muchas horas y día sí y día también, a lo que hay que sumarle unas buenas dosis de presión y estrés (por los plazos, por la adopción rápida de decisiones, por la asunción de errores y responsabilidades, por las batallas absurdas y no tan absurdas que tiene que librar…). ¿Que parece poca cosa? Tal vez sí, pero ya le gustaría ver en su situación a alguno o a alguna de esos que se pasan la vida embelesados con el ir y venir de las nubes, no está de más decirlo.
[2] Esta broma tonta tiene su nivel. No muy elevado, cierto es, pero lo tiene.
[3] He aquí otra broma del mismo estilo que la anterior. Es voluntad del autor y editor de este texto regalar una audioguía con el próximo post que escriba para no dificultar la lectura del texto con tantas notas al pie.
[4] Tras esta inicial se esconde el noble nombre de pila de nuestro misterioso editor (aquí vuelve a deslizarse una broma tonta… bueno, en realidad dos, pues una incluye otra; va siendo necesaria la audioguía, sí… eso, o que quien esto escribe deje de reírse de sus propios chistes…).
[5] Esta postura no siempre ha sido así, sino que se ha ido construyendo sobre los cimientos del desengaño: ha participado en movimientos antibelicistas, en campañas para erradicar el hambre, en manifestaciones en pro de todo tipo de derechos sociales, en contra de la violencia y a favor de la libertad de expresión… Y el resultado siempre ha sido el mismo: unas energías y buenas intenciones que han echado por el retrete quienes tenían que prestarle oídos a este tipo de “luchas” (cuando no se han mofado directamente de ellas).

31. Júlia

Cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre.
Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ

Hace ya unos meses, con motivo de las veintiuna semanas de embarazo, escribía un post, Palabritas para Júlia, en el que me hacía eco, entre otras cosas, de ese último momento crucial antes de poder sostener entre mis brazos a mi hija: el parto. También comparaba qué supone ser padres aquí, en el mundo occidental, con serlo en uno de esos vagones que van a la cola de esa locomotora aparentemente imparable llamada primer mundo. Y el tiempo me ha dado la razón[1].

En efecto, uno se encamina al hospital el día señalado con nervios, un poco de miedo y, sobre todo, cargado de ilusión, porque: ¿qué puede salir mal? Has llegado al final del camino, ahora sólo quedan unos cuantos empujones y en unas horas estará tu bebé recién nacido enganchado a la vida que succiona del pecho de su mamá. Decides ser prudente, y hasta que no monitorizan a la madre y te confirman que ya está de parto, no avisas a la familia: alegría, jolgorio, llamadas que se suceden y se entrecruzan y preparativos para ir a recibir como se debe a la nueva niña llegada a la familia.

Sin embargo, pronto las cosas se tuercen. Lo que nunca podía salir mal empieza a truncarse. Las contracciones se detienen vete a saber por qué y la frecuencia cardíaca de ese bebé que esperas se ralentiza peligrosamente. Pero no pasa nada, ingresan a la mamá y se procede a inducir el parto. Te tranquilizas, eliminas de tu pensamiento cualquier sombra tenebrosa: estamos en Barcelona, aquí esas cosas no pasan. Nos han dicho que todo irá bien. Pero las horas pasan, y nada cambia. Te enganchas cual adicto al monitor que marca la llegada de las contracciones y el ritmo cardíaco de tu pequeña. Acompañas el dolor y respiras con tu pareja, deseando compartir un dolor y un sufrimiento que es imposible traspasar. Y las horas pasan, ¿cuántas llevamos ya? Deciden romper la bolsa, pero por mucha oxitocina intravenosa que reciba la madre la dilatación no acaba de producirse. Cambio de turno del personal.

Y entonces, a las 12 horas, llega la tentación, el ofrecimiento de la anestesia epidural. Sinceramente, yo la hubiese aceptado, me veo incapaz de aguantar el dolor que llevaba tantas horas aguantando mi pareja. Pero ella no, ella es infinitamente más fuerte que yo, se ha convertido en un animal, y sabe, quizá se lo ha revelado la naturaleza desde el eco de los tiempos, que todavía es pronto para ponérsela. Y aguanta, y sufre, y empuja, y mantiene con vida a costa de la suya propia, pues su tensión arterial se desmorona, a su futura hija. Paseos arriba y abajo por el pasillo interrumpidos por el fuerte dolor de cada contracción. Sudores, dolores musculares en las piernas de tanto dolor sufrido, masajes, respiraciones, cambios de postura. Nada. Se avisa a la familia: que vengan mañana a primera hora, que todo parece indicar que Júlia llegará de madrugada. No, mejor que no vengan al hospital, aquí lo único que van a hacer es cansarse, porque no van a dejar que entre nadie a ver a Marta. Todo va bien y es normal, les mientes o, lo que es lo mismo, les ocultas información.

A las 16 horas y 5 centímetros de dilatación la mamá autoriza que le inyecten la anestesia. Otra aventura desagradable y dolorosa. La cosa mejora, las contracciones, que suben al ritmo que incrementa la cantidad de oxitocina que penetra en su riego sanguíneo, son ya constantes, y por lo menos no duelen. Pero las horas siguen pasando y esos pocos centímetros que nos separan del final se hacen de rogar. Pero volvemos a tranquilizarnos, es cosa de esperar, y ya no nos va de unas cuantas horas más. Pasamos el tiempo calculando grosso modo cuánto tiempo nos queda: dos o tres horas más. Para las 4 de la madrugada, digo yo. Pero una vez más me equivoco.

Entonces vuelve a visitarnos el miedo: con cada contracción, el cuello del útero presiona la cabeza de Júlia, y su frecuencia cardíaca vuelve a caer. Se empieza a hablar de sufrimiento fetal. Le pinchan la cabeza para controlarle el PH, hasta cuatro veces en el tiempo que aún tardará en nacer la pequeña, pues temen que esa presión esté afectando a la llegada de oxígeno al cerebro de nuestra hija. Las pruebas salen bien, una tras otra, pero la madre cada vez está más débil y cansada, y ambos estamos absolutamente aterrados. Queremos acabar con esto ya, madre e hija están sufriendo innecesariamente. Cesárea, la solución que seguramente nadie quería, pero que todos contemplábamos como una opción más que posible durante todo el embarazo, se convierte en el pensamiento único. El personal que asiste al parto decide esperar.

Cambio de turno. Dejan pasar la dosis de anestesia para que el pujo de la madre sea más fuerte. Dolor inaguantable, a mí empieza a fallarme el temple y empiezo a temer el desenlace. La madre aguanta como una leona, pero su tensión arterial marca un nuevo mínimo y acaso convierte la cesárea en una solución aún más peligrosa. Tres ginecólogas diferentes intentan darle un giro a la cabecita de Júlia, que ahora, curiosa que es ella, se ha puesto a mirar hacia arriba. Nada. Gente que no hemos visto hasta ahora empieza a juntarse fuera de la sala de partos y miran a través del ojo de buey de la puerta. Sensación de movimiento. Y miedo, mucho miedo.

24 horas desde que atravesamos las puertas del hospital. Tres ginecólogas diferentes lo prueban. Nada. Último intento: fórceps para rotar la cabeza del bebé. La madre empieza a vomitar, víctima del cansancio y del dolor insoportable. Meconio. Alerta. Sangría, destrozo, lágrimas, terror, una niña que no consiente que le den la vuelta y una madre que grita que le hagan la cesárea ya. La sala de partos se llena de gente extraña. Cambio de camilla y directa a quirófano.

Dicen que quienes no creen en ningún dios, en momentos de extrema necesidad, acaban por acordarse de Dios. Pero yo no lo hice, y eso que temía quedarme sin las dos, madre e hija, una vez que desaparecieron tras las puertas de la sala de partos. Todo lo contrario. Dios no pintaba nada allí, ni estaba ni se le esperaba, en ningún momento sentí su presencia ni su gracia. Tal vez andaba sentado a la mesa del patrón, como cantaba Atahualpa Yupanqui hace ya muchos años.

Me mudo de ropa. Me dejarán entrar en el quirófano. A día de hoy no sé si porque sabían que todo acabaría yendo bien o porque pensaban que todo podía acabar de la peor manera posible. Minutos que parecen años esperando que me vengan a buscar. Por fin. Son las 9:54 horas. El quirófano, luz cegadora, mucha gente, una mesa de operaciones. Mi pareja. Me siento a su lado, cerca de su cabeza. Le pregunto cómo esta. Bien, contesta ella. ¿La has visto?, me pregunta con lágrimas en los ojos. Me giro y veo a Júlia donde antes sólo había visto a tres mujeres con mascarillas manipulando algo. Allí está. Pero la están entubando. Le ha costado empezar a respirar. Angustia. Empiezo a llorar. La última comadrona que nos ha acompañado se da la vuelta y levanta el pulgar. Júlia está bien, pero algo va mal con su madre. Está extremadamente roja y empieza a vomitar bilis, lo único que tiene en el estómago después de tantas horas. Se quieren llevar a Júlia. Ahora soy consciente de haber visto una incubadora nada más entrar al quirófano. En el último momento deciden no hacerlo, las pediatras y la comadrona me dicen que se quedará conmigo, monitorizada, para que haga el piel con piel.

Nos sacan del quirófano. Una silla en una habitación a oscuras. Me quito la ropa con la que entré al quirófano y coloco a mi hija recién nacida sobre mi pecho. Llora, le canto, creo, le hablo de su mamá, todo el tiempo que paso con ella le hablo de su mamá. Pero ella no vuelve. Pasa una hora, pasan dos. Las dos horas más largas de mi vida. Pregunto constantemente por mi pareja: “ahora la traerán, están acabando de comprobar que todo esté bien”, pero ahora nunca es. Me dicen que ya han pasado dos horas y que la niña tiene que comer, así que le traerán un biberón. Me niego en rotundo. Si la niña tiene que comer y la madre está tan bien como dicen, que se la lleven y se la coloquen en su pecho. La comadrona decide pesar y medir a la niña, me quiere distraer, lo sé. Me cambian de habitación. Ahora traerán a la madre. Pero la madre no acaba de venir. Me temo lo peor, y sigo hablándole a Júlia de su mamá. De lo fuerte que ha sido y de lo que ha pasado y está pasando para que ella haya venido al mundo. Que tiene que ser muy fuerte de ahora en adelante, que los dos tenemos que ser muy fuertes. Que a esta vida hay que plantarle dos pares de narices.

Se presenta la jefa de ginecología que ha asistido el parto. Me habla de complicaciones, de lesiones, de medicación. De pautas y dietas, de futuras revisiones y de recuperación. ¿Y mi pareja? Ahora la traen, esta vez parece que sí es cierto. Y sí, al cabo de diez minutos una camilla entra en la habitación y la mamá de Júlia se reúne con nosotros al fin. Cansada, demacrada, sin fuerzas, aún hace un último esfuerzo y le da de mamar por primera vez a su hija, que se engancha con ganas. Ha ganado la vida. Ya respiro.

Sin embargo, que nadie se equivoque: que el nacimiento de Júlia haya sido una experiencia tan traumática no significa que no haya sido algo absolutamente maravilloso. Es cierto que, como cantaba Antonio Flores en aquella canción dedicada a su hija Alba, su “llegada al mundo fue así, te costó salir”, que no hemos visto la poesía durante esas 48 horas que han sido las peores de nuestra vida, pero el nacimiento de Júlia es lo mejor que nos ha pasado. Poesía es ella en sí misma, cada uno de sus gestos y sus miradas, sus llantos en mitad de la noche y sus ruiditos, sus mofletes y sus piernecitas y sus bracitos, su forma de alimentarse del pecho de su madre. Ahora ya todo aquello ha pasado, todo lo que no podía salir mal y que durante muchos instantes adquirió el oscuro tono de lo peor no es más que un recuerdo, una experiencia de la que aprenderemos y que nos hará madurar, algo, en definitiva, que ya nos ha hecho más fuertes. Júlia remonta y se acerca al mes de vida ganando más del doble de peso de lo normal durante la última semana, recupera todo lo que perdió en su batalla por su propia vida, y su mamá ya ha dejado de medicarse, y aunque para la recuperación completa aún le faltan unos cuantos meses, se encuentra mucho mejor. Y a mí me enorgullece tener en mi vida a dos luchadoras como ellas, me contagian su fuerza, y me hacen sentirme el hombre más afortunado y feliz del mundo.

Sé que se suele decir que todos los padres esperan de sus hijos grandes cosas, y a propósito de esto cito a un exprofesor de latín y amigo, que a raíz del nacimiento de Júlia me escribía: “como es fruto del amor, será una niña encantadora y amable y cariñosa”, y no puedo desear algo más importante que eso para mi hija. Bueno, sí, que sea muy feliz, algo que su concepción bajo la influencia de Amor (puro amor, sin necesidad, ni urgencia, ni trauma, una feliz casualidad biológica entre dos personas que se aman) parece garantizarle[2].

Por último, pero no por ello menos importante, me gustaría dedicarle un espacio en este post a toda esa buena gente que ha estado con nosotros todo el tiempo (y a los que les pido perdón si los he saturado con las fotos de mi hija; soy un papá orgulloso, y eso puede convertirlo a uno en un auténtico pesado, pero no puedo dejar de compartir mi dicha con la gente que me quiere y a la que quiero): familiares, amigos, compañeros-amigos y compañeros a secas, vecinos y conocidos. Bien es cierto que sin vosotros, sin vuestro amor, sin vuestro interés y sin vuestro afecto hubiésemos salido igualmente adelante, porque somos así, llevamos toda una vida creciéndonos frente a la adversidad, pero eso no implica que todo haya sido mucho más fácil sintiendo vuestro aliento. A todas y todos vosotros, que ya sabéis perfectamente quiénes sois, os digo que tenéis nuestra gratitud eterna.


[1] Aunque sé que muchas personas piensan que la escritura siempre bucea en el pasado, y en efecto así es la mayoría de las veces, para mí es algo que debe ser concebido por y para el futuro, ésa es su mayor grandeza. Y así leo yo hoy ese antiguo post.
[2] ¿Recordáis las palabras al respecto de Vincent Freeman/Jerome Morrow, el personaje interpretado por Ethan Hawke en Gattaca?
 
 

24. Palabritas para Júlia

La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

José Agustín GOYTISOLO

Dicen que en algunas partes del África subsahariana las familias no deciden el nombre de sus hijos recién nacidos hasta pasados unos dos años de su llegada al mundo. La mortalidad infantil es elevadísima en ese continente, y darle un nombre a algo, en este caso a un bebé, es darle vida; supone crear un vínculo afectivo que puede hacer aún más traumática la más que posible pérdida, así que inteligentemente deciden esperar a ver si la suerte les sonríe. ¡Cuán distinto debe de ser tener un hijo tan al sur!
Ajenos a tan terrible realidad, aquí, en el mundo occidental, decidimos mucho antes de que ese bebé vea la luz cómo se llamará; fantaseamos con cómo será, a quién se parecerá, si heredará ese rasgo propio o del otro que tanto amamos o detestamos; imaginamos de qué modo cambiará, para bien y para siempre, nuestras vidas. Aquí, en el mundo occidental, donde ser feliz es una obligación, todo debe ir bien. Y si no es así, lo disimulamos.
Sin embargo, y pese a todo lo anterior, las preocupaciones de cada uno son las preocupaciones de cada uno, por mucho que las desgracias ajenas puedan ayudar a relativizarlo todo en un momento dado. En mi caso concreto, en nuestro caso, porque un embarazo se vive en plural, por muy marginal que sea el papel que le toca al padre[1], no podemos decir que todo esté siendo miel sobre hojuelas. Tal vez a día de hoy sí que la situación se ha normalizado y empezamos a disfrutar, pero llegar hasta aquí, a la semana veintiuno (cinco meses y una semana para los que no estén familiarizados con la manera de medir el tiempo de quienes esperan un hijo) no ha sido nada fácil: no somos viejos pero tampoco jóvenes, y a esa circunstancia le sumamos algún hándicap, que no detallaré aquí, que aún convertía, y convierte, el camino que recorre la pequeña Júlia a 159 latidos por minuto en una empresa un pelín más heroica de lo normal.
¿Cuántas veces habremos escuchado que a un hijo se le quiere incondicionalmente, y que ese amor va emparejado siempre al sufrimiento y a la preocupación? Pues es absolutamente cierto. He perdido la cuenta de las lágrimas que nos has hecho verter, Júlia: de alegría, de tristeza, de miedo, de absoluta y pura felicidad, ¡y todavía no te tenemos con nosotros!
Pero un embarazo es un fenómeno que todo lo transforma, es algo tan grande que, por muy prudente que te hayas repetido mil veces que debes ser, por muchas metas volantes que te marques (la de las doce semanas, la de las veinte, ahora la de las 28, luego vendrá el parto…), te acabará arrastrando. Bueno, a ti y a toda la gente que forma parte de tu vida, aunque sea de refilón. La felicidad que es capaz de generar, por decirlo de alguna manera, nos contagia a todos.
Y así, con paso lento pero seguro, la ilusión se acaba imponiendo al miedo, la vida se abre paso, y la pequeña Júlia ya va siendo una realidad: ya sabemos el sexo y, en consecuencia, le hemos dado un nombre (Júlia, en catalán, la j inicial es fricativa prepalatal), y se desarrolla perfectamente, ajena a tanta preocupación y a tanta alegría. Ya existe, ya se la quiere y se la necesita y se la espera. Ya no se puede renunciar a ella. Ya se ha convertido en el primer y en el último pensamiento de todos los días, en el motivo principal por el que hago y dejo de hacer muchas cosas.
¿Qué puedo decirte a ti, pequeña Júlia, que eres sin ser? Simplemente que estoy deseando verte la carita, tenerte entre mis brazos, oír tu llanto, darte mordisquitos en el cuello y hacerte pedorretas en la barriguita; correr tras de ti cuando des tus primeros pasos por este mundo que será tuyo; ayudarte a coger el sueño mientras te cuento, a mi manera, los antiguos mitos griegos, o mientras me invento mil y una historias que tú protagonices. Me muero de ganas por salir a pasear contigo, llevarte al parque, y por jugar a mil cosas en casa aquellos días en que el tiempo no nos permita salir a la calle. Parece que ya escucho el tono de tu voz cuando articulas tu primera palabra y veo cómo te sale tu primer dientecito. No veo el momento en que pongas a prueba nuestra resistencia al sueño, y nos hagas reír con tu forma de ver el mundo, inocente, pura y sin las complicaciones de la vida adulta. Planifico vacaciones y excursiones, y me regocijo con los parecidos y las diferencias que irán surgiendo durante el proceso que te llevará a ser tú misma. Me veo volviendo del trabajo a toda prisa con la enorme motivación que supone pasar tiempo contigo. En definitiva, que cuento los segundos que faltan para que tu energía irrumpa en nuestras vidas y conviertas en tres lo que siempre había sido dos.
Sin más, me despido. Pero te aseguro que esto no es todo. A lo sumo, no es más que el prólogo de esta fascinante y bella historia que justo ahora empezamos a escribir juntos.
Te dejo con Palabras para Julia según Paco Ibáñez, a la espera de poder leerlo y escucharla juntos. Tu papi que te quiere:













[1] Marginal y penoso, diría yo, porque biológicamente (y socialmente: ¡que alguien haga el favor de decirles a mis vecinitas que yo también estoy de enhorabuena, que a mí también me pueden felicitar!) quedamos relegados a un segundo plano: nuestro cuerpo no experimenta ningún cambio, no sufrimos ningún desajuste hormonal, nuestras entrañas no son capaces de albergar una nueva vida; así que lo único que podemos ser es buenos compañeros de viaje y sufridores (por la madre esencialmente, y ya luego por esa criaturita que se va formando en su interior) condenados a vivir durante nueve meses pendientes del teléfono o de cualquier pequeño gesto que pueda significar una novedad, cuándo y dónde sea.

21. De la paternidad y otras cosas

Voy a ser padre. ¿Se os ocurre mejor manera que ésta de arrancar un nuevo año? ¿Algo mejor sobre lo que escribir el primer post de 2017? Ya os podéis hacer una idea de mi dicha.

Great Ape Project.

Y sí, voy a ser papá, y eso me lleva a dedicarles mis primeros pensamientos a mis propios padres, a quienes he echado mucho de menos últimamente, pero a los que por fin “he recuperado” y ya los tengo aquí de nuevo, a mi lado.

Y pienso en ellos porque no me imagino iniciar esta nueva aventura sin su apoyo, pero, sobre todo, sin su disfrute y sin su felicidad, porque por fin van a poder disfrutar de lo que significa tener un nieto, sin privaciones malévolas ni concesiones interesadas. Mi felicidad es su felicidad, parece algo tan sencillo que resulta increíble que para según qué retorcidas mentes sea tan difícil de entender.

Además, creo sinceramente que esta buena nueva les llega en el mejor momento posible. Mi padre ha perdido a una de sus hermanas en fechas muy recientes, y al dolor por su fallecimiento se le suma el desgaste propio del acompañamiento. Así que todos necesitamos esa inyección extra de alegría que supone la llegada de la vida. No cambia nada, desde luego, pero pinta de mil colores lo que desde hace un tiempo sólo ha estado teñido de negro.

Pienso también en mi único hermano, quien va a poder disfrutar de lo que significa ser tío tanto como él quiera y desee. A mí me encantó la experiencia durante el tiempo, siempre escaso, siempre con miedo de que fuese la última vez, que me dejaron serlo, y la disfruto ahora con mi sobrinilla de casi tres años. No me gustaría que dejase pasar la oportunidad, la verdad, porque luego no hay manera de volver atrás, el tiempo nunca se recupera.

Pienso asimismo en Laia, que hace que se me caiga la baba cada vez que con su vocecilla y su sonrisa me llama tiete. Se llevará escasos tres añitos con su primo o prima, no demasiado para que puedan compartirlo todo desde bien pequeños. Tal vez eso me ha faltado a mí, el más joven, con bastante diferencia, de cuatro primos (es cierto que tengo muchas primas más, mayores y menores, pero la distancia geográfica que nos ha separado siempre ha hecho que cada ocasión en la que nos veíamos fuese una primera vez), así que me hace enormemente feliz que a mi futuro hijo o hija no le vaya a pasar.

Pienso en mí mismo también, en cómo puede afectarle a mi vida la llegada al mundo de quien aún está por venir. Y si soy sincero, no me abruma la responsabilidad ni me agobia ese montón de cosas que todo el mundo me dice que a partir de ahora ya se han acabado. Al revés, espero esos cambios con ilusión (de hecho, mi vida YA ha cambiado, y para bien: sé a quién quiero y a quién no en ella; y sé qué necesito y qué no para ser feliz y hacer felices a los que me importan), y pienso tomármelos con alegría y muy buen humor. No voy a perderme ni un segundo de esta maravillosa aventura que ya hace unos meses que ha empezado, nada ni nadie va a poder distraerme.

Sobre la futura educación del bebé… ¡bufff! Me quedan tan lejos todavía esas cuitas… aunque agradezco que haya gente tan preocupada por ella que ya se haya encargado de recordármela (cierto es que en todos los cuentos de hadas hay brujas cincuentonas)… de hecho, Soberbia, Orgullo, Rencor, Envidia y Maldad se personificaron hace poco para decirme que a ver cómo educaba yo a mi futuro hijo (manda huevos, ¿eh?), pero como siempre les sucede a quienes albergan tan oscuros sentimientos, la negrura de su existencia no les deja ver la luz. Soy consciente de que, a pesar de que voy a intentar hacerlo tan bien como me permitan mis habilidades y mis capacidades, me equivocaré en muchas cosas, pero como alumno aplicado que soy, llevo un tiempo fijándome en lo que tengo a mi lado, magnífico muestrario de ejemplos a seguir y ejemplos a evitar. Así que para ir preparándome para la batalla, he elaborado un catálogo de buenos propósitos con todo ello.

En este sentido, me parece de capital importancia su educación sentimental: intentaré enseñarle lo importante que es el amor, darlo y recibirlo, pero no sólo el de sus padres (flaco favor le hacen a sus hijos quienes los encierran en fortalezas… ya sabéis, aquellos que llevan a la práctica lo de “tú eres de mamá y/o papá y de nadie más”, los que acaban convirtiendo a sus hijos en frías cáscaras vacías privadas de la capacidad de amar más allá de a sí mismos), sino el de todas las personas, que serán muchas, que lo van a querer (los familiares amigos, y los amigos familiares). Sólo así podré evitar que llegue el día en que le diga a alguien muy cercano que no lo quiere porque nunca ha estado ahí. No pienso ser tan egoísta ni cometer tal atrocidad con mi hijo, no, porque eso duele, y es propio de malas personas, lo sé por experiencia porque lo he tenido que vivir (gracias en este sentido a Marta, la futura mamá, por ser como es y no de otra manera).

Por supuesto, intentaré inculcarle valores como la empatía, eso tan raro de ponerse en el lugar del otro, la generosidad, la humildad, la tolerancia y la bondad, al tiempo que intentaré dotarle de las herramientas necesarias para luchar contra el egoísmo, la soberbia, el rencor, la envidia y la maldad. Procuraré que tenga el mayor número de intereses posibles, pero no que sirva a mis intereses ni que sea un interesado, y, sobre todo, no le traspasaré la bilis que haya acumulado a lo largo de mi existencia, por penosa que haya podido ser, ni mis traumas ni mis fobias ni mis frustraciones. Creo que bastante difícil es ya la vida a veces como para cargar a una criatura inocente con nuestra mierda existencial.

Y antes de poner el punto y final a este texto (y a muchas otras cosas), añado que si es verdad que el tiempo pone a cada uno en su sitio, sólo puedo estarle agradecido a tan abstracta y relativa entidad: tengo a un montón de gente que me quiere y a la que quiero, tengo un buen e interesante trabajo que me permite vivir bien, sin incomodidades ni privaciones, y sin depender absolutamente de nadie. Soy buena persona e intento serlo en cada uno de mis actos, por bien que a veces no me salgan como yo quisiera. Vivo un buen momento, y soy consciente de que puede ser pasajero, sí, por eso disfruto tantísimo de él, mi barco hace tiempo que navega en calma y a bordo viaja todo aquél que ha querido acompañarme. Y como guinda del pastel ahora me llega la bendición de un hijo. ¿Qué más puedo pedir?