56. El macizo de la raza

La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y de alma quieta,
ha de tener su mármol y su día,
su inefable mañana y su poeta.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero:
a la moda de Francia, realista;
un poco al uso de París, pagano,
y al estilo de España, especialista
en el vicio al alcance de la mano.
Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas,
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.
El vano ayer dará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero.
El vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahíto
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.
Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.
 
Antonio MACHADO: “El mañana efímero” (1913), en Campos de Castilla (1907-1917).
 
 
 
 
 
 
 
 
Corría el año 1913 cuando Antonio Machado, siempre muy preocupado por su España, acuñó una expresión, macizo de la raza, que, desde entonces y hasta nuestros días, más de 100 años después de que la incluyera en uno de los versos de “El mañana efímero”, tal es su grandeza, sirve para describir el carácter (entiéndase carácter como eufemismo benevolente de tara) de la sociedad española y para señalar los males que la aquejan.
 
Dedicado al periodista y político republicano Roberto Castrovido Sanz, el poema le sirve a Machado para señalar los defectos, numerosos y tangibles, y las virtudes, aún por llegar, de España. Así, la España machadiana es retratada ya desde los primeros versos como un país frívolo, fanfarrón y fullero (tahúr, zaragatera, de charanga y pandereta, de espíritu burlón); hipócritamente piadoso, obtuso, supersticioso y dado al secretismo y a la inmovilidad (cerrado y sacristía, de alma quieta, que ora y bosteza); que reparte su devoción entre los toros y las romerías (devota de Frascuelo y María); y que, por encima de todo, es reaccionario (vieja, triste, que ora y embiste cuando se digna usar la cabeza). Un país, he aquí el viso de esperanza que tiene Machado, que debe perecer (ha de tener su mármol y su día, su inefable mañana y su poeta) para renacer, después de un proceso de depuración generacional (El vano ayer engendrará un mañana vacío y ¡por ventura! pasajero,que tendrá luengo parto de varones amantes de sagradas tradiciones y de sagradas formas y maneras; y otras calvas en otras calaveras brillarán, venerables y católicas), con el propósito de esculpir su propio futuro (Mas otra España nace, la España del cincel y de la maza; Una España implacable y redentora, España que alborea con un hacha en la mano vengadora, España de la rabia y de la idea). Creo que no me equivoco si escribo que Machado erró sus predicciones…
 
Diluida entre tanta crítica amarga en el poema de Machado, la expresión el macizo de la raza no fue dotada de significado hasta el año 1962, cuando el poeta Dionisio Ridruejo la asocia, en Escrito en España, publicado en Buenos Aires (¿a alguien le sorprende que no se haya reeditado en España hasta el año 2008?), no ya a una ideología concreta, sino a la mentalidad inherente a las clases medias españolas (mientras que para Machado el macizo es producto de la indiferencia y del fanatismo propios del nacionalcatolicismo, para Ridruejo lo es de la España rural, de la pequeña burguesía y buena parte de los intelectuales: los tecnócratas relacionados con el Opus Dei que iban a impulsar España), para las que toda reforma o atisbo de cambio supone una amenaza a la esencia nacional y su condición perpetua. En palabras de Ridruejo, que pasó de ser miembro de Falange Española, responsable de la propaganda del bando franquista durante la Guerra Civil (para que nos entendamos, fue uno de los poetas del régimen junto a los Panero, Vivanco o Rosales) y combatiente voluntario de la División Azul a enfrentarse a Franco por su desviación del fascismo (por lo que llegó a ser encarcelado antes de exiliarse) y defender posturas más democráticas que coqueteaban, según el día, con el liberalismo y con la socialdemocracia, el macizo de la raza es aquella inmensidad apática y silenciosa que “respira apoliticismo, apego a los hábitos tradicionales, temor a la mudanza, confianza a las autoridades fuertes, y superstición del orden público y la estabilidad”. Sin embargo, es preciso añadir que ni Machado ni Ridruejo consideraban a la clase obrera como parte del macizo. Y es lógico y comprensible, por aquel entonces el obrerismo era combativo, y los textos de ambos, por este orden, coincidían con los primeros actos de la CNT y con la fundación de Comisiones Obreras. Dadas sus circunstancias, no es de recibo condenarlos por albergar esperanzas.
 
Sin embargo, mucho me temo que hoy en día, en pleno siglo XXI, la clase trabajadora no se libra de formar parte del macizo de la raza. Al fin y al cabo, la conciencia de clase de muchos obreros (cuando no reniegan de ello, pese a que sean precisamente eso: obreros) se reduce al deseo de vivir como viven los burgueses. Y los partidos que se han ido alternando en el poder, como buenos herederos de aquellos partidos restauradores liderados por Cánovas del Castillo y Sagasta que son (Rey, Cortes, Constitución y turno fueron sus pilares; ¿os suenan de algo? ¿No os parecen ecos del pasado que alcanzan el presente?), lo saben. Es más, diría que, para la continuidad del paraíso para unos pocos que es este país, el macizo de la raza es una cuestión de capital importancia a la hora de garantizar que nada cambie y aun así se genere la ilusión de que todos progresamos. Me explico un poco mejor.
 
En 1978, felizmente muerto el dictador que hace escasos días han vuelto a sacar de paseo con vergonzosos honores, se celebraron unas Cortes Constituyentes que, bajo la máscara de la democracia, y a pesar de algunos avances significativos (que ya se habían empezado a ver, aunque sin soporte legal, en los últimos años de la dictadura), en el fondo garantizaron que nada cambiase en lo esencial (tiene un serio problema quien no quiere ver que la Constitución se aprobó en medio de numerosas presiones y concesiones dado el régimen del que se venía): sustituía a un Franco por un Borbón (elección del dictador, no lo olvidemos, que ya en 1969 manifestó haberlo dejado todo “atado, y bien atado”); un año antes, en 1977, se aprobaba la Ley de Amnistía, que ha sido denunciada por Human Rights Watch, Amnistía Internacional y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos porque incumple la normativa internacional sobre derechos humanos (de hecho, la propia Constitución de 1978, si en realidad fuese tan importante como nos quieren hacer creer los partidos que se hacen llamar constitucionalistas, pese a menoscabar la Carta Magna que tanto aman cada vez que pueden, esto es, con unas políticas y unas leyes que vulneran y deterioran artículos, derechos y libertades, la derogaría por inconstitucional, según muchos juristas); no depuraba ni modernizaba el aparato judicial, simplemente le añadía la etiqueta de democrático; legitimaba la desigualdad tributaria entre territorios; establecía un sistema electoral que favorece a los dos grandes partidos, a su opacidad y a la instrumentalización de los aparatos del Estado en base a los intereses de esos mismos partidos… en definitiva, mera ilusión de cambio, que es lo único que el estático macizo ha estado siempre dispuesto a aceptar: la erosión del progreso real no amenazaba sus profundos cimientos.
 
De hecho, PP y PSOE, y sus sucedáneos modernos, Ciudadanos y VOX, y todas las voces autorizadas que orbitan a su alrededor, nos inoculan implacablemente la idea de que la Constitución es inamovible porque ya es cuasi perfecta. Así, se generaliza la idea de que no es necesario modificarla, entre otras cosas, porque es complicado que esos partidos, con sus supuestas diferencias ideológicas, puedan llegar al consenso necesario para emprender tamaña empresa. Al pueblo español, misoneísta donde los haya, le va como anillo al dedo esta idea. Tener que modificar algo significa que no somos perfectos, y eso sí que no estamos dispuestos a aceptarlo: ¡que se note que somos españoles, coño! ¿Veis por dónde van los tiros? La jugada maestra es presentarnos la Constitución española como un fin en sí misma, cuando en realidad es (debería ser) el principal instrumento normativo para conseguir que todos los españoles podamos convivir en base a los valores de libertad e igualdad. Por tanto, la Carta Magna debería adecuarse, para ser eficiente en su razón de ser y tantas veces como fuese necesario, a las circunstancias de cada momento histórico, y a la vista está su fracaso en este sentido. Pero claro, si desde Europa nos dicen que hay que supeditar el gasto público al pago de la deuda contraída por el Estado (entre otras cosas, debido a las corruptelas de PP y PSOE, a los rescates a bancos sin condiciones de retorno y a todas esas cosas tan necesarias para la sostenibilidad del estado de bienestar…), pues ahí están populares y socialistas, más patriotas que nadie y haciendo gala de su sentido de Estado, para reformar la Constitución en un santiamén. Y para que nos entendamos, la famosa reforma del artículo 135 significa llevar a la máxima expresión lo que los bancos nos decían en plena crisis a los ciudadanos de a pie: tú lo primero que tienes que hacer es pagar la letra del piso, luego, si eso, ya comerás. Aquí, lo que nos dicen es: primero tapa los agujeros que le han hecho tus políticos a las arcas públicas, y luego, si eso, ya te preocuparás de las pensiones, la educación pública, la sanidad, la dependencia, la igualdad… que esto se traduzca en que España siga a la cola de Europa en cuanto a gasto público social por habitante es peccata minuta. ¿No merecemos todos una cerrada ovación?
 
Desgraciadamente, no creo que esta situación sea reversible bajo ninguna circunstancia, o no, al menos, hasta que aquella juventud de la que hablaba Machado en 1913 por fin sea una realidad. Nuestros partidos, porque al final la política también es una liga de dos, se deben al poder, gobiernan única y exclusivamente por y para él (de ahí la mediocridad de nuestros políticos, la abundancia de los “a ver si me coloco”, tanto a nivel estatal como local; y de ahí, entre otras muchas cosas, las puertas giratorias), y el ciudadano de a pie sólo les importa cada vez que se convocan elecciones (del todo necesarias para seguir con esta farsa interesada). Y es entonces cuando movilizan al macizo de la raza española, siempre latente. Porque éste es el gran hallazgo de esta plutocracia que nos han vendido como democracia: conseguir que el macizo de la raza se movilice y sirva a sus intereses, que siempre coinciden o emanan de los poderosos, los que sólo se preocupan de su cortijo (y de esta forma nos mantienen atados, y bien atados). Así, con la colaboración necesaria delos medios de comunicación y de los voceros del poder, poco importa que sean mantenidos por capital privado o público, se invoca a los terribles demonios que amenazan la pureza del macizo de la raza española: si antes fueron los vascos y ETA, o ETA y los vascos, tanto da; ahora lo son la supuesta izquierda radical y sus amos venezolanos e iraníes (todo es falso, como así se ha demostrado, pero la desinformación ya ha cumplido su cometido) o los independentistas/secesionistas/fascistas (sin comentarios) catalanes… al macizo no le han importado, no le importan ni nunca le importarán el terrorismo de Estado (los GAL, para ser exactos), ni la corrupción (los ERE, la Gürtel, Castor, los papeles de Panamá… echadle un vistazo a los casos de corrupción, abiertos y cerrados, en este enlace; por curiosidad, ¿me podrían decir los que justifican su invariable voto con“el todos son iguales” cuántos se refieren a Podemos? No hay más preguntas, señoría), ni la injusta justicia, ni los recortes sociales, y el poder y sus partidos lo saben de sobras y cuentan con ello. Así pues, el verdadero cáncer de este país, el bipartidismo turnista y complaciente con los poderes fácticos, que independientemente de cuál de los dos partidos gobierne, PP o PSOE, seguirán dirigiendo la función entre bambalinas, sale airoso. Y es gracias a ese macizo de la raza que les vota pase lo que pase y hagan lo que hagan, como si de la fidelidad a los colores de un club de fútbol o a un jefe sectario se tratara.
 
GOVE&TECÉ
 
En las pocas ocasiones en que la estrategia anterior falla, y el macizo parece despertar de su letargo patriótico y reaccionario para interesarse de verdad por la política, y con esto acabo, aunque tengo la sensación de que podría seguir ad nauseam, es cuando PP y, sobre todo, PSOE echan mano de la falacia de la ideología. Es entonces cuando su antagonismo simulado acapara titulares, y el comunismo podemita (sin comentarios), Lenin, Stalin, Chávez/Maduro, el régimen iraní o el despilfarro social son enfrentados al miedo a la derecha, a Franco, a los recortes sociales, a las libertades, etc.; y se apela a los famosísimos votos útiles. El resultado, al final, siempre es el mismo: poder para unos u otros, tanto monta, o para los dos, que parece que es hacia donde nos encaminamos en estas nuevas elecciones, innecesarias si el PSOE fuese de verdad un partido de izquierdas. ¿Qué ha cambiado? Pues que con lo que sucede y seguirá sucediendo en Catalunya ya no tienen que simular que son de izquierdas, al menos hasta la próxima ocasión. ¿Para qué molestarse? El macizo no va a reparar en que el Pedro Sánchez despechado que escupía a los poderes fácticos en aquel Salvados del 30 de octubre de 2016 no ha movido un dedo para aprobar unos presupuestos generales más sociales, no ha derogado la Ley mordaza, la Reforma laboral, ni ha hecho nada de lo que se supone que debería hacer un partido de izquierdas. Entre ello, lo más importante: llegar a un acuerdo con Podemos para tener un gobierno estable de izquierdas. Supongo que su plan, ayudado por la exhumación de Franco y por la sentencia del Procés, es ganar tantos escaños como los pierda Podemos, de modo que la única posibilidad de formación de gobierno pase por aliarse con Partido Popular y/o Ciudadanos, de modo que tanto sus bases como ese electorado suyo que se considera de izquierdas (ya me diréis en base a qué, porque no será por las políticas que lleva a cabo el PSOE) no pueda sentirse traicionado: les dirán que no quedaba alternativa, y a otra cosa, mariposa. Y podemos estar tranquilos, son gente de Estado, patriotas, y si tienen que dejar de lado sus profundas diferencias ideológicas, lo harán. No me cabe la menor duda de que lo harán. Ya lo han hecho antes. Lo llevan haciendo toda la plutocracia.
 
 
 
 
 
 
 
 

47. ¡Ya están aquííí!

Creo que no engaño a nadie si digo que hay temas sobre los que deseo no tener que escribir nunca. Pero, dada la gravedad del asunto, no voy a tener más remedio que profundizar un poquito más en los resultados de las elecciones a la Junta de Andalucía (ya he lanzado un par de pildoritas en las redes sociales, ¡pero es tan limitada la comunicación allí!).
Sí, ya sé, querido lector, que te estarás preguntando ahora mismo qué hace un catalán como yo, de nacimiento y de sentimiento, hablando de las elecciones andaluzas; no son las mías, cierto es, razón por la cual me disculpo de antemano por romper la sana convivencia que caracteriza a este civilizado y respetuoso país en el que nadie habla de los otros, y que caigan ahora mismo muertos todos los fascistas del reino si estoy mintiendo.
Sin embargo, no puedo negar que el pasado domingo día 2 de diciembre, para mayor gloria de España, me sentí llamado a las urnas. No en vano, llamadme iluso, pensé que tanta mención a Catalunya y a los catalanes durante la campaña andaluza se debía a que nos estaban invitando a participar en la votación (eh, que yo le atizo a mi padre y a mi madre por igual, que aquí se ha hecho lo mismo con el Espanya ens roba[1])… y es que la gente me confunde, la verdad: tanto ciudadano ajeno a Catalunya dispuesto a venir a manifestarse a Barcelona (por el bien de los catalanes, eso sí, que no se les puede negar la buena fe) y a decidir en un referéndum mi futuro y el de mis conciudadanos catalanes me ha llevado a pensar que a lo mejor yo también podía participar en las decisiones que afectan a otras comunidades. A fin de cuentas, los catalanes, con sólo nombrarnos (para mal), somos capaces de generar un buen número de votos a favor de quien tanto piensa en nosotros, así que sería de recibo salir en los créditos de la película dado el protagonismo no buscado del que solemos gozar. Preguntadles, si no me creéis, por los réditos electorales obtenidos a la “imbatible” Susana Díaz; al hombrecillo que siempre aparece detrás de Pablo Casado en los mítines y ruedas de prensa del Partido Popular andaluz (sí, el pequeño Jedi ése que le susurra a las vacas); al candidato ciudadano, extrañamente poco atractivo para formar parte ese partido político, si se me permite el apunte glamuroso; o a la gran nueva esperanza blanca de pelo en pecho y salvapatrias de Vox… brutalmente significativa en este sentido fue la reflexión de Díaz en su primera comparecencia ante los medios después de su batacazo electoral[2], cuando reconoció que su error consistía en no haber hablado más de Catalunya en el cierre de campaña. ¡Anda, toma castaña! Si yo fuese andaluz, estaría la mar de tranquilo, con estos políticos que tienen la solución al paro, la prosperidad y la mejora de perspectivas de futuro están al caer…
Pero vuelvo a la mañana del domingo: motivado como siempre lo estoy cuando me llaman a consulta democrática (y eso que casi siempre pierdo), me desperté temprano: odio las aglomeraciones en los colegios electorales, y en una región donde el índice de paro está como está y las perspectivas presentes y futuras no es que sean muy halagüeñas, era lógico pensar que las colas para votar fuesen interminables[3]. Así que me aseé con ahínco, desayuné con profusión, me vestí con el traje de los domingos y me engominé bien el pelo. Mi reflejo en el espejo parecía querer decirme: “ahora sí, ya estás listo para ir a votar, a tomarte unas cervezas o a tu propia boda; ya pareces todo un señor”. Y con las mismas, salí a la calle con la intención de participar en la fiesta democrática a la que, sin duda, había sido invitado. Así que imaginaos cuál fue mi sorpresa cuando me presenté en el colegio donde suelo votar y me lo encontré cerrado a cal y canto. Para mayor desconcierto, todas y cada una de las personas a las que les pregunté a qué hora abrían los colegios me miraban con incredulidad y respondían que no tenían ni idea. Incluso hubo quien se preocupó sinceramente por mi salud y llegó a invitarme a un café en alguno de los bares que hay en las cercanías del colegio… Tras denegar cortésmente tan amable ofrecimiento, puse pies en polvorosa hasta mi casa. Allí, por fin, no sin cierto estupor, fui consciente de mi error, el primero de algunos más que cometería a lo largo de ese día, tanto para mi propia desgracia como para la de muchas otras personas más.
Dicen que a la fuerza ahorcan, así que, a pesar de estar muy interesado en participar en unas elecciones que me habían hecho sentir tan mías, me resigné a tener que esperar hasta bien entrada la tarde para conocer los primeros sondeos y hasta pasadas las 22 horas para conocer los primeros resultados. Mi pronóstico era el siguiente: esperaba que Susana Díaz ganase las elecciones, pero que perdiese la Junta de una vez por todas (iba a escribir que los ERE tenían que acabar pasándole factura a su partido, pero es bien sabido que la corrupción no importa demasiado en este país a la hora de votar, porque ahí tenemos al Partido Popular). Qué queréis que os diga, no le tengo ninguna simpatía a esta mujer, debido a su prepotencia, a su ambición desmesurada, a sus aires de grandeza y a su catalanofobia (que no es de ahora, no, que lleva unas cuantas campañas basando sus discursos en la unidad de España y en los catalanes que queremos destruirla… que eso le haya dado y le dé votos a alguien, se llame Susana o Susano, ya es de por sí bastante penoso), y deseaba que perdiese. Por supuesto, era sabedor de que mi deseo era irrealizable, pues consistía en que el relevo lo tomara Teresa Rodríguez, más cercana a mi ideología política. Pero los deseos, deseos son, y al final lo más lógico era que la Junta se la llevara el Partido Popular con el apoyo de Ciudadanos (qué queréis que os diga, a mi esta cópula me sigue pareciendo incestuosa). Puestos a premiar un discurso anticatalán, era lógico pensar que acabasen triunfando quienes suspendieron la autonomía de Catalunya y han utilizado la justicia para llevar a políticos y no políticos catalanes a la cárcel, y quienes simbolizan, cual Cid Campeador, el espíritu de la reconquista española de Catalunya. Lo que nunca me había llegado a imaginar era la irrupción de Vox en el panorama político andaluz, por mucho que sea una tendencia europea y mundial que partidos de extrema derecha vayan asomando la cabecita en los diferentes parlamentos. No sé si es por un exceso de bondad o por inocencia, pero consideraba a los votantes andaluces un poquito más inteligentes (tranquilos, no matéis aún al mensajero, que no pienso esto en exclusivo de los andaluces y sus resultados electorales; me sucede lo mismo con todos los españoles y los catalanes cuando acudimos a las urnas). Pero no, una vez más me equivocaba: Vox obtenía, ni más ni menos, la friolera de 12 escaños.
europapress.es
Así que imaginadme, como si la pequeña Carol Anne Freeling fuese, plantado frente al televisor al tiempo que empezaba a hacerse realidad la sacudida del terremoto electoral andaluz: la Bestia ya está aquí y, mucho me temo, Andalucía sólo es el primer paso.
Si os soy sincero, ya hace tiempo que sabía que tarde o temprano esto iba a pasar, y quien me conoce ya sabe que llevo un tiempo avisándolo (no hay que ser muy inteligente, ¿verdad?). De hecho, han sido cuatro sucesos diferentes los que me han hecho anticipar, con bastante adelanto, que nos esperan tiempos oscuros: el primero, que me insultasen dos cuerpos (no puedo decir personas, porque eso implicaría suponer que este tipo de gente tiene cerebro) cuando paseaba por mi localidad de residencia acompañado de mi pareja, mi hija de apenas unos meses de vida y mis padres por la sencilla razón de ir vestido con la camiseta de una asociación cultural que destina el dinero que recauda a la ayuda de refugiados que llegan aquí huyendo de todo tipo de conflictos y persecuciones en sus países de origen; el segundo, las terribles imágenes (lo lamentable es que haya personas a las que les resulten simpáticas) llegadas desde Huelva de aquella buena gente que despedía a los miembros de la Guardia Civil que se desplazaron a Catalunya al grito de “¡a por ellos!”; el tercero, ver que personas cercanas a mí se manifestaban sin pudor alguno y con orgullo al lado de gente como la que ahora va a ocupar 12 asientos en el Parlamento andaluz; y el cuarto, oír y leer según qué posturas y opiniones de gente que consideraba amb seny antes, durante y después de aquel 1 de octubre.
Pese a todo lo escrito hasta aquí, dejando de lado mis dotes como vidente, no esperaba (o, mejor dicho, no deseaba) que todo esto sucediera tan pronto y, además, en Andalucía, pero que gente como la de Vox iba a acabar apareciendo, como veis, estaba cantado. De hecho, no es que se hayan generado espontáneamente, ni han venido de otra esfera, dimensión o mundo, sino que siempre han estado aquí, con nosotros, porque nunca hemos acabado de expulsarlos. En efecto, se esconden tras el rostro de tu vecina; del panadero del barrio al que le compras el pan religiosamente cada día; de la madre de Fulano o Mengano; de Pili, la del colmado; del albañil que hizo la reforma de tu casa; del señorito que te emplea; de la señora que se gana el pan limpiando casa ajena; de la chica simpática del banco por la que bebes los vientos desde hace tiempo… en definitiva, de gente como tú y como yo que se encontraba en un estado latente del que empieza a despertar porque ha encontrado el caldo de cultivo apropiado para crecer y multiplicarse. ¿Cuál es la receta? Pues la de siempre: un poquito de miseria, otro tanto de ignorancia, una buena parte de desesperación, mucho de poco futuro, un buen puñadito de odio y un buen trozo de culpabilización de terceros. Y toda la mezcla sazonada con abundante manipulación. Probadlo en casa, os quedará un pastelito de fascista la mar de sabroso.
A propósito de esto, durante la semana escasa que ha pasado desde que se celebraron las elecciones, se han emitido todo tipo de análisis, comentarios y justificaciones sobre lo ocurrido (¡y hasta peticiones de auxilio!). Entre los más llamativos, por flagrantes o divertidos, destaco los cuatro siguientes:
1. La gente que ha votado a Vox está cómodamente asentada en las capas altas de la sociedad andaluza. A ver, si tenemos en cuenta que el lugar donde mayor presencia tiene el partido de Abascal es la zona de Andalucía donde mayor paro hay y mayor es la presencia de emigrantes, y que le han votado más de 300000 personas (¡300000!), ¿se trata de clases acomodadas? Eso sin tener en cuenta que la gente con dinero a quien vota es al Partido Popular o a Ciudadanos (o al PSOE), que son liberales en lo económico. A quien tiene dinerito, no le interesa para nada la cerrazón económica de una ideología como la de Vox. Para que os hagáis una idea de la perversión, pongo la mano en el fuego y afirmo que prefieren vérselas con un independentista catalán (siempre que tenga dinero, que la pela és la pela, oi?) o con el rey de Arabia Saudita antes que con alguien de Vox. A fin de cuentas, el dinero no tiene patria y necesita movimiento…
2. Los andaluces, que somos un don divino para el resto de pobres mortales, no hemos votado con odio porque nosotros no somos así, nosotros no nos metemos en lo que no nos importa y nos dedicamos a hacerle mejor y más alegre la vida al prójimo. Al parecer, quienes así piensan, no oyeron los gritos de “a por ellos”, ni han escuchado las entrevistas que se les ha hecho a los habitantes de El Ejido. A lo mejor una mirada menos mitificada a la realidad sería más útil, porque es muy grave lo que tienen allí metido. No pasa nada por reconocer que hay mucho malnacido entre tanta buena gente (como en todas partes, vaya). De hecho, es esencial para plantarle cara a la extrema derecha que se sienta ampliamente en el Parlamento. Las explicaciones míticas son muy bellas, pero tienen muy poco de realidad y mucho de autoengaño. Y, así, no vamos bien.
3. Los andaluces hemos reaccionado contra los nacionalismos excluyentes. Esta excusa reconozco que es la que más me gusta: claro, para hacerle frente a los nacionalismos excluyentes le doy mi voto al nacionalismo de Vox, que si por algo se caracteriza, es por ser de lo más inclusivo. Grande, ¿no? ¡Si al final van a intentar hacernos creer que en lugar de votos metieron flores de colores en las urnas!
4. Solidaridad, en estos momentos tan duros, con el pueblo andaluz. Pues sí, toda mi solidaridad con todos aquellos andaluces que se solidarizaron en su momento con el pueblo catalán y con todos los que son conscientes de cuál es la verdadera lucha. Que tal vez no sean la gran mayoría, pero que haberlos, haylos. Sobre el resto… pues las tripas me dicen que se lo han buscado: si tú vitoreas y alientas a quien va a reprimir y a moler a golpe de porra a quien quiere votar (entonces y siempre), te mereces esto y mucho más (ya sabes, si cuando fueron a por A, B, C, D… no hiciste nada; cuando al fin vayan a por ti no quedará nadie que te ayude); y el cerebro me dice que fueron unas elecciones limpias, sin denuncia de pucherazo ni sospechas de ello, así que si eso es lo que quiere el pueblo andaluz, es lo que hay, lo han elegido democráticamente; y, finalmente, mi corazón me dice… pues a mi corazón no le voy a dejar participar en este debate porque suele nublarme el entendimiento.
Por último, y con esto acabo, toda esta superproducción no hubiese sido posible sin los miles de votantes andaluces que se quedaron cómodamente en casa y no fueron a votar. Y los entiendo perfectamente, ¿qué demonios les puede importar la educación de sus hijos, la salud de todos sus familiares o la atención a sus mayores? Visto lo visto, nada de nada. Queridos colaboradores necesarios de los resultados electorales del 2 de diciembre, sin vuestra inacción nada de esto hubiese ocurrido, supongo que tendréis el pecho henchido de orgullo andaluz.


[1]Y que tal vez es cierto, no lo niego. Pero que te lo diga quien se ha embolsado el 3% de toda obra pública desde que se extinguieron los dinosaurios y se ha dedicado a privatizar y recortar las parcelas sanitaria y educativa es, cuanto menos, vergonzoso y para hacérselo mirar.
[2]Con toda sinceridad os digo que esperaba que en algún momento afirmara, a voz en grito, “¿Socialismo?… ¡socialismo soy yo!”.
[3]Aquí, si el tema del post fuese Catalunya y los catalanes, algún payaso con ínfulas de poeta metido a cantante de medio pelo intentaría ridiculizarnos con la mala imitación de nuestra forma de hablar ante la algarabía de sus palmeros. Pero como yo tengo más estilo, educación y respeto, y tengo las luces suficientes como para entender que los dialectos y las lenguas, y sus variedades de uso, son siempre riqueza y nunca motivo de escarnio, voy a ignorar a payasos y palmeros por igual.

42. Morir bien

 

El pasado mayo llegaba al Congreso de los Diputados una proposición de ley del Parlament de Catalunya para despenalizar la eutanasia que nos pondría a la altura de países como Holanda, Bélgica o Luxemburgo (para nada sospechosos de ser unos bárbaros por sus costumbres) respecto a eso tan humano de tener una buena muerte.
 
Al mismo tiempo, el PSOE preparaba otra proposición (“más amplia”, según la describen los periodistas de El País, de nuevo libres de amar a Pedro Sánchez) y Ciudadanos pensaba en una ley de dignidad al final de la vida. Finalmente, la proposición del Parlament, al contrario de lo sucedido un año antes con una proposición muy similar de Unidos Podemos, que fue rechazada por las abstenciones de los partidos del ahora presidente Sánchez y Rivera, y la sempiterna negativa del Partido Popular, fue admitida a trámite (cuántas personas habrán sufrido innecesariamente en el tiempo transcurrido entre aquella y esta otra proposición al parecer importa poco).
 
A finales de junio, ya con Pedro Sánchez en La Moncloa, el PSOE presenta su ley sobre la eutanasia (alguien podría pensar que algo tenían que hacer los socialistas después de que nos hayamos enterado de que ni van a derogar la reforma laboral del PP, ni la ley mordaza, ni van a desmontar el lupanar en que ha convertido RTVE el gobierno de Rajoy, ni…, pero no seré yo quien lo haga, yo sí creo que el PSOE es la verdadera izquierda, la socialista y la obrera, y la del puño en alto, amén de adalid del progreso, la igualdad y la justicia social…), la número 18 sobre este asunto en la historia de nuestra democracia (iba a entrecomillar democracia, o adjetivarla con imperfecta o insuficiente o engañosa, pero que cada uno entienda lo que quiera, oye, que ya somos mayorcitos). Y parece que por fin, aunque tarde, muy tarde, y por mucho que el PP intente dilatar el proceso y tengamos que volver a pasar por esa máxima según la cual las cosas de palacio siempre van despacio, será aprobada y puesta en marcha (sea cuando sea, y a costa de mucho sufrimiento innecesario en el camino, insisto). Así que, en lo que a mí respecta, y pese a todo lo anterior, puesto que dentro de mis planes futuros tengo pensado morirme y de momento no tengo manera de saber cómo será mi partida ni en qué condiciones, lo considero una buenísima noticia.
 
 
Sin embargo, debemos preguntarnos qué ha cambiado para que ahora sí se dé lo que antes parecía imposible. En primer lugar, como ya he apuntado, que el PSOE tenga el poder, por muy limitado que sea su margen de maniobra (¿veis?, no sólo reparto palos, de vez en cuando obsequio con alguna zanahoria). Lo que antes no merecía su aprecio ni consideración, la propuesta de Unidos Podemos, supongo que por aquello de que no fuesen a robarles votos por la izquierda, ahora lo proponen como suyo para contar precisamente con esos votos (ojo, no quiero decir que no exista una verdadera preocupación por el asunto; lo que me chirría, o me asquea, mejor dicho, es el tiempo que se ha perdido en un asunto tan delicado por motivos partidistas… ¡cuán ruiz, perdón, ruin, es la política!). En segundo lugar, Ciudadanos, que vendería su alma al diablo por un puñado de votos, si es que no lo ha hecho ya, ha cambiado su abstención por el apoyo a la ley de Sánchez, creo yo, para poder seguir vendiéndonos esa mentira de que son un partido de centro, de todos y para todos. De hecho, los únicos que no se han movido de su posición entre los cuatro partidos mayoritarios dentro del panorama político español son Podemos y el Partido Popular. Y ambas posturas son lógicas dadas su ideología y estrategia política. La despenalización de la eutanasia es una vieja reivindicación de las políticas de izquierda, así que no tiene ningún sentido no apoyar la ley propuesta por el PSOE, por mucha jugarreta socialista que se haya dado. El PP, por su parte, sigue en su línea de rechazo a las libertades sociales, y más aún que se va a endurecer de aquí en adelante: Ciudadanos y VOX le restan votos de derecha y ultraderecha, y se han lanzado a recuperarlos (¡Hola, Pablo Casado!).
 
Lo que sí que resulta gracioso, o bochornoso, o casposo, que me lío con la adjetivación, son los argumentos que esgrimen los populares para justificar su rechazo. El discurso imperante en el partido teme que la eutanasia suponga menos trabajo para los médicos y resulte más barata para los gestores sanitarios que los cuidados paliativos (una inyección y chimpún: el muerto al hoyo y el vivo al bollo que se ha ahorrado en el proceso, ¿no?), de modo que una ley que la despenalice, según su opinión, lo que va a hacer es que se dispare esta suerte de “homicidios”. Sin embargo, cabe recordarles a estos defensores de las “políticas anti-” que la despenalización no significa generalización, sino que, y ahí están las estadísticas, en la mayoría de casos propician un descenso de lo regulado: verbigracia, el aborto. Lo que sí garantiza la despenalización, que no nos tomen el pelo, es que las personas que se quieran acoger, bien sea a un aborto o a que le practiquen la eutanasia, estén amparadas por la ley y puedan elegir libremente sin que nadie tenga que dar con sus huesos en la cárcel por ello.
 
Y es que por mucho discurso tremendista con que nos torpedeen, la cosa no va de que mañana me levanto un poco bajo de moral y me voy al hospital más cercano para que me eutanasien, no. Como tampoco va de que un médico perezoso (me maravilla que el PP siga teniendo tantos votantes después de andar siempre a la greña con profesionales tan importantes socialmente hablando como son los docentes o los sanitarios… ay, España…) te diga, entre bostezo y bostezo y repantingado en su silla: oye, mira, te aconsejo morir, así que fírmame estos papeles y que pase el siguiente… bueno, ahora no, que es la hora del desayuno… No, para poder acogerte a la eutanasia debes ser un caso extremo, es decir, debes padecer una enfermedad grave y/o una discapacidad crónica que impliquen un gran sufrimiento. Vamos, que tu vida ya no sea una vida que merezca vivir porque lo único que sientes es un dolor insoportable e irremediable. Quienes hayan tenido la desgracia de vivir algo así con alguno de sus seres queridos ya saben de lo que hablo (y no me quiero imaginar lo que puede ser sufrirlo en tu propia piel). Se trata, en definitiva, como bien dice Adriana Lastra, de que “el horizonte de un deterioro sin esperanzas hace que estos ciudadanos quieran decidir por sí mismos cuándo y cómo morir. Es su último derecho y su última voluntad: morir bien”. Y una ley que legalice y regule la eutanasia garantiza el que muy probablemente sea el derecho más importante de todos: disponer cuándo acabar con la propia vida.
 
Además, hay que tener en cuenta que desde que uno decide dejar de vivir (no morir, no, sino dejar de vivir de esa manera en que alguien se ve obligado a vivir en contra de su voluntad, que quede claro) hasta que le inyectan la sustancia letal que reducirá a 0 sus constantes vitales para siempre pasarán un mínimo de 32 días, es decir, que la eutanasia no es un salto al vacío, no se trata de una suerte de viaje sin retorno (bueno, al final del proceso sí, por supuesto), sino que desde que la solicite un paciente hasta que se lleve a cabo transcurrirá un tiempo prudencial en el que podrá meditar su decisión y, si así lo considera, echarse atrás. Ninguna bala lo enviará al otro mundo un segundo después de haber firmado los papeles, así que no tenemos que temer una decisión precipitada o producto de una desesperación pasajera.
 
Pero claro, como además de cuestiones jurídicas y médicas, la eutanasia también hace que nos replanteemos cuestiones de índole ética, con la iglesia hemos dado, Sancho, pues ya tenemos servido el debate: los moralistas, tan amantes de meterse en la libertad ajena, se creen interpelados y con derecho a arrojar luz (¡su Luz, la verdadera!) con su vela en este entierro (la verdad sea dicha, no me he molestado en rastrear las opiniones que puedan tener al respecto los representantes del clero, porque ellos y sus ideas trasnochadas no merecen mi consideración y mi blog no va a hacer de transmisor de sus opiniones; de todos modos, ya tienen sus púlpitos para elevar la voz, incluso cabe la posibilidad de que monten algún guateque en forma de manifestación cuales perroflautas radicales de izquierda ahora que ya no gobierna Mariano, y encontrarán sus voceros y palmeros habituales en las filas del Partido Popular y entre la prensa), y ya sabemos que en “la España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María… esa España inferior que ora y bosteza, vieja y tahúr, zaragatera y triste” siguen teniendo su peso. Pero esta vez, voy a ser un optimista pecador, ni la Divina Providencia va a impedir que tengamos una ley sobre la eutanasia.
 
Llegados a este punto, me gustaría volver a la idea que impulsa la despenalización y la regulación de la eutanasia: el derecho y la oportunidad de morir bien. ¿Qué significa exactamente morir bien? Pues además de evitar un sufrimiento que sólo irá en aumento hasta que expiremos, supone la oportunidad de despedirnos de nuestros seres queridos antes de que el deterioro de la enfermedad que padecemos convierta todo lo que aún somos en un vegetal o en un envoltorio de huesos cuya lucidez se apaga sin remedio por las brumas de la sedación. Así, morir bien es un adiós sin prisas, meditado, pausado y consciente, un dejarlo todo atado y bien atado, sin engaños ni falsas esperanzas. No se me ocurre nada más humano ni más digno con lo que abandonar la vida que una despedida así, ¿no creéis? Yo amo la vida, adoro mi vida, pero dado que tengo que morir, prefiero hacerlo mientras todavía quede un mínimo de lo que soy. O, cuanto menos, me gustaría poder elegir, con eso me conformo.
 
Si soy sincero, todo esto de la buena muerte y la eutanasia me hace pensar en Julijonas Urbonas, el artista, diseñador, investigador e ingeniero lituano que en 2010 escandalizó al mundo con su montaña rusa de la eutanasia. La obra, una maqueta a escala de una atracción cuyo autor asegura que acabaría con la vida de sus 24 pasajeros de una forma placentera, elegante y ceremonial, fue presentada en la exposición HUMAN+. The Future of Our Species, en la Science Gallery de Dublín, y posteriormente ha llegado a exponerse, entre otros lugares, en el MoMA de Nueva York. Aunque más propia de una serie de ficción de HBO que de la vida real, la Euthanasia Coaster es un monstruo posible, y eso es lo que en principio nos horroriza. No en vano, si algún día se llegase a construir, cumpliría con una eficacia casi del 100% su cometido: acabar con la vida de las dos docenas de personas que formasen su tripulación. Y es que científica y tecnológicamente hablando se trata de una máquina perfecta.
 
El último viaje que propone Urbonas se inicia con una primera subida de 510 metros, y mientras se asciende, cualquiera de los 24 pasajeros puede detener el vehículo. Una vez llegados arriba, se precipita en caída libre, alcanzando una velocidad de 360 km/h y una aceleración de hasta 10G (para que nos hagamos una idea, las montañas rusas más salvajes “sólo” llegan a 4G) a lo largo de los 7 loops y 3 minutos y 20 segundos que dura el trayecto. Pero no os preocupéis por la agonía, pues todo está perfectamente calculado para que los pasajeros hayan muerto por hipoxia cerebral en unos 60 segundos (después de tres loops), el resto del viaje sirve para garantizar la muerte de las personas cuyos organismos sean más resistentes.
 
Urbonas, que seguramente tenía en mente el proyecto desde que fue director de un parque de atracciones soviético en Klaipeda, ha dado vida a lo que John Allen, expresidente de la Philadelphia Toboggan Company, dijo una vez: “la mejor montaña rusa se construye cuando envías a 24 personas y todas vuelven muertas”. Desde luego, no creo que Urbonas pretenda en realidad que su maqueta cobre vida, por lo menos no en este mundo, pero como artista que es, ideó un artefacto que trajo a primera línea la eutanasia. Y es que una de las razones de ser del arte es precisamente ésta: remover conciencias, cuestionar principios morales, incomodar y provocar un debate, en definitiva, obligarnos a replantearnos cómo sentimos y cómo entendemos nuestra existencia[1].
 
Claro que la montaña rusa de la eutanasia nos escandaliza y nos horroriza por igual, en parte porque como seres humanos que somos aún ansiamos la divina inmortalidad y tememos la no-existencia. Para nosotros la muerte es algo muy serio, y realmente lo es, no pretendo restarle importancia, así que alguien que la concibe precedida de sensaciones placenteras nos parece poco menos que un loco. Pero si pensamos libres de prejuicios en la idea de Urbonas, lo que se nos propone, en mi opinión, tampoco es tan frívolo, más bien al contrario: la sustitución de una escena que no deja de ser patética, el goteo mortal de esa sustancia letal que, a través de una vía, se introduce en nuestro organismo para matarnos en una cama de hospital (¿ante la mirada de nuestros seres queridos?), por un último viaje que provoca en nosotros sensaciones de vértigo y excitación antes de sumirnos en la inconsciencia y la muerte. Frívola o no, no me parece una forma de morir mucho peor que una solución líquida de fármacos que me quiten la vida. Si aun así seguimos pensando que la propuesta artística de Urbonas es un disparate, tal vez deberíamos formularnos las preguntas siguientes: ¿qué es lo que me parece un disparate: la aceptación de la eutanasia, el hecho de que la eutanasia sea un motivo artístico o el vínculo entre la eutanasia (y la muerte, claro está) y una actividad lúdica? Yo ya tengo mis respuestas, pero cada uno debe buscar las suyas.
 
 
 
 
 
 
 

 


 

[1] Los sociólogos afirman que si todo el mundo respetase las normas que establece una sociedad cualquiera, se producirían menos conflictos; pero también que si nadie se saltase esas mismas normas, dicha sociedad no progresaría. Ahora bien, si todo el mundo se saltase las normas, se originaría el caos absoluto. De ahí el papel capital en la sociedad que deben desempeñar el arte y los artistas, de ahí la importancia del arte como denuncia.
 

 

34. Prefiero el fútbol

No sé si a alguno de vosotros también os estará pasando, pero empiezo a estar harto de 1 de octubre, de referéndum, de represión, de violencia, de condenas, de amenazas, de políticos, de policías, de declaraciones, de silencios elocuentes, de miedos, de manipulaciones, de distancias insalvables, de graciosillos sin gracia, de progres de red social, de tertulianos, de periodistas, de rupturas, de falsas uniones, de ofertas de diálogo ficticias, de reyes que avivan fuegos en lugar de intentar apaciguar los ánimos, de apoyos, de traslados de empresas, de legalidades, de ilegalidades, de parrafitos de una constitución añeja o de un BOE, de ideologías oscuras y cavernarias, de unilateralidad, de inflexibilidad, de valientes y de cobardes, etc., y me niego a que mi vida sea absorbida por ese gran agujero negro que amenaza con tragárselo todo. Claro, que desconectar, lo que se dice desconectar, tampoco es que sea fácil[1].

Yo, por mi parte, ya he hecho todo lo que estaba en mi mano: participé libre y pacíficamente en un referéndum en el que no creo porque aún creo menos en los violentos (y si esa violencia la ejerce quien debería garantizar los derechos y las libertades de TODOS, para qué te cuento), me he manifestado en contra de la violencia de los cuerpos policiales y de los gobiernos que los utilizan como herramienta de represión (como he hecho siempre, de ahí el plural de gobiernos[2]), y me he enfrentado a hooligans irresponsables de uno y otro lado que no son conscientes de que nos llevan a un callejón sin salida o cuya salida puede ser terrible para todos si seguimos esta línea, aun a riesgo de pasar yo mismo por hooligan de la parte contraria cada vez, y cayendo en el fanatismo en algún caso, lo reconozco; es lo que tienen ciertos temas y ciertas personas, que acaban sacando lo peor de uno mismo, aunque no es excusa, eso también lo sé. Yo tengo que expiar mis culpas como cada uno tendrá que expiar las suyas si quiere o puede. Todos somos mayorcitos.

Ahora es el tiempo de la política, la de verdad, el momento en que quienes cobran por ella justifiquen unos sueldos que les pagamos todos. Se acabó el mostrar músculo, es hora de hablar y de pactar, de pensar en la gente y en el futuro, de dejarse el cálculo de votos de las próximas elecciones en casa. Si tanto quieren a sus países y a sus gentes como dicen, es hora de dialogar de verdad (yo les animo, señores del Partido Popular, a dialogar; lo hicieron con la banda terrorista ETA, y tienen negocios con países que apoyan al terrorismo yihadista, así que no creo que sentarse a hablar con quienes desean votar pacíficamente les vaya a suponer un escollo insalvable). Si algo ha demostrado el desarrollo, la participación y los resultados del referéndum del pasado 1 de octubre, es que ambos gobiernos, el español y el catalán, tienen un gravísimo problema. Y lo hecho hasta ahora, en lugar de acercarnos a una solución, sólo ha servido para agravarlo. Y es verdad que tal vez a los políticos les interese todo esto, pero ha llegado el momento de que los ciudadanos les digamos “¡basta!” y les exijamos que hagan su trabajo, de igual modo que a nosotros nos lo exigen de lunes a viernes en las obras, supermercados u oficinas en las que llevamos a cabo nuestra actividad laboral. Ni más, ni menos.

Y digo que ambos gobiernos tienen un gravísimo problema por lo siguiente: por un lado, a Junts pel Sí no pueden valerle los resultados del referéndum para la DUI por la anormalidad del proceso en sí mismo (que asuman su parte de culpa también, la del gobierno español ya está clara) ni por el porcentaje de participación, que lo han convertido, no nos engañemos, en una fiesta a la que sólo han acudido sus amigos de siempre y cuatro renegados que, como yo, fueron a votar para hacerle frente al miedo con el que nos han querido asustar los ultras del Partido Popular; por otro lado, el gobierno español ha quedado en una posición bastante deshonrosa ante la opinión internacional y ante sus propios ciudadanos (los normales, los otros ya sabemos que piden la aplicación del artículo 155, lo cual sería un disparate más) y se ha mostrado incapaz, por enésima vez, de hacer frente a un problema que lleva muchos años gestándose y que, en lugar de intentar solucionarlo, siempre se ha dedicado a alimentarlo (lo último ha sido fichar para su causa al Borbón, que tiene cojones lo suyo, por lo que dijo y por lo que no dijo, y por la puesta en escena). Y si encima quien ahora se ampara en la legalidad está infectado de corrupción hasta la médula, ya me diréis qué legitimidad tiene todo aquello que diga… A todo esto, habría que tener en cuenta esa máxima según la cual si una persona se salta la ley, es un problema; pero si se la saltan más de dos millones y medio de personas[3], las leyes y quienes las defienden a rajatabla son el verdadero problema. Y creo que por ahí van los tiros.

Porque no nos engañemos, para que esto se solucione pacíficamente, va a ser necesaria una profunda reforma constitucional (y si no es así, nos va a ir muy mal a todos; si no, al tiempo). Sí, ya sé que hoy todos somos juristas y sabemos mucho de leyes, pero la Constitución tiene casi cuarenta años, y además de que nadie nacido después de 1960 la ha votado, no hay que ser muy listo para darse cuenta de que la España de 2017 no tiene encaje en un texto legal que sirvió, aunque sólo aparentemente visto lo visto, para dejar atrás un régimen dictatorial. Por suerte, muchos ya nos hemos integrado de pleno en siglo XXI, y queremos leyes de este siglo. Y que no nos digan que otras constituciones no se modifican, porque es rotundamente falso. Todas se van actualizando para adecuarse a los nuevos tiempos (¿os suena eso tan típico de las películas de abogados de “acogerse a la quinta enmienda” o lo de “según la segunda enmienda”…? ¿Sabemos lo que es una enmienda?), excepto, al parecer, la española. ¿Por qué? Porque, me aventuro, los cambios constitucionales seguramente suponen para unos pocos la pérdida de sus privilegios, no nos engañemos. Pero es hora de que todos hagamos efectivo eso de que la soberanía reside en el pueblo, y obliguemos a quienes mandan a que escuchen al pueblo. Bien mirado, “el asunto catalán” tendría que ser visto como una grandísima oportunidad para el resto de españoles. Pero no parece que estén por la labor, que aquí los malos malísimos somos los catalanes…

Además, quienes nos dicen que la Constitución no se puede cambiar nos mienten descaradamente. Hace poco el Partido Popular y el PSOE se pusieron de acuerdo para modificarla en apenas unos días… ¿y sabéis para qué fue? Exacto, para limitar constitucionalmente el gasto público. ¿Y sabéis qué significa eso? Que nuestros derechos y libertades, sagrados y garantizados según nos dicen estos días, quedan supeditados a los mercados por cortesía de los partidos mayoritarios españoles y el Borbón. ¿Y no gritamos “¡a por ellos!” por esto? No, qué va, es que no nos interesa la política…

Y mientras los políticos justifican su sueldo, no les queda más remedio que hacerlo, los ciudadanos deberemos ejercitarnos en la superación del odio y la frustración, no nos queda otra. Porque no va a haber vencedores ni vencidos (de eso va alcanzar pactos: de ceder en unas cosas para conseguir otras, y esto debe afectar por igual a todos los actores implicados en el conflicto), o sí, los medios de desinformación ya se encargarán de vendernos una u otra versión, y eso no va a ser fácil. En el camino hemos dejado que nos arrebataran muchas cosas, y no todas las vamos a recuperar, ni todo lo que nos han dicho que vamos a conseguir lo vamos a acabar obteniendo. Y la situación es triste, muy triste, y penosa, muy penosa, y no puedo entender las expresiones de júbilo de un lado y otro, porque yo sólo puedo sentir pena y vergüenza. Y el verdadero peligro es que un país de cainitas como es éste no sea capaz de entenderlo. No hay nada de lo que enorgullecerse, no hay nada por lo que ser feliz en todo esto. Ni los unos ni los otros.

Eugène DELACROIX: La Libertad guiando al pueblo (1830).
Yo, por mi parte, creo que lo tengo fácil. Aunque es cierto que hay gente con la que seguramente no volveré a hablarme en la vida (o sí, pese a que hoy por hoy lo veo bastante difícil), ése es el peaje que tengo que pagar, mi existencia, como anunciaba al inicio de este post, no se limita a ningún procés, y me niego a que así sea. De hecho, prefiero el sexo con y sin amor, el amor sin sexo, la música, la literatura, el cine, el arte, una cervecita fresquita o un buen vino a todo esto. Y claro que lo que ha pasado antes y después del 1 de octubre se me quedará grabado para siempre en la memoria, y sentiré indignación cada vez que vea las imágenes de cómo la Policía Nacional y la Guardia Civil cargaba contra mi pueblo. Pero he escogido una poderosa imagen para combatir la bilis que todo esto me genera: la de mi pareja, en el colegio electoral, introduciendo en una urna la papeleta con su voto mientras nuestra hija mamaba de su pecho. Si Delacroix hubiese estado presente, La Libertad guiando al pueblo no sería el cuadro que conocemos hoy en día, estoy seguro. Mejor antídoto contra tanto odio y tanta frustración por venir no lo hay, al menos para mí. Y a él me agarro y en él confío.

Cuántas veces habré pensado, y con esto acabo, “mierda de país éste, más preocupado por el fútbol que por las cosas que de verdad importan. Si en lugar de tanto Barça o Madrid, o tanto que si fue o no fue penalti, nos ocupásemos de la política, otro gallo nos cantaría”. Sin embargo, hoy, desgraciadamente, no pienso lo mismo; después de todo lo ocurrido no me queda más remedio que gritar a los cuatro vientos que prefiero el fútbol.


[1] De hecho, el otro día me puse a ver la tercera temporada de Narcos y, ¡joder, ahí tenía de nuevo al Partido Popular!
[2] Me permito recordar, y ahora tal vez hago de abogado del diablo, que las reformas liberales de Partido Popular y Convergència han supuesto, entre otras cosas, el cierre de plantas de hospital y privatizaciones, y eso significa, aunque no de manera evidente y consumida en directo, la muerte de muchos ciudadanos inocentes: mujeres, niños y yayos. Lo que ocurre es que esos muertos son difíciles de cuantificar y tampoco interesa hacerlo, aunque quien quiera hacerse una idea aproximada, puede consultar las estadísticas, porque se han estudiado los efectos de los recortes. ¿Lo consideramos violencia? A lo mejor no, porque no vi tantísimas reacciones en aquel momento como ahora, la verdad sea dicha. Y las que vi, fueron calificadas de “antisistema”, y vistas como actos cometidos por “perroflautas y pincha ruedas de bicis” por la prensa y el gobierno españoles y catalanes y por mucha de la gente que ahora se lleva las manos a la cabeza. Que todo hay que decirlo y todo hay que tenerlo en cuenta, no jodamos.
[3] Y que no nos vengan con mayorías silenciosas. Hasta que llegó Piolín al puerto de Barcelona, yo era uno de esos silenciosos, y no creo que ni Ciudadanos ni el Partido Popular comulguen demasiado con lo que opino al respecto de todo esto. Y a lo mejor eso es lo que sucede realmente, que no quieren saber qué piensa en realidad ese grupo de gente que nunca alza la voz. Así, unos y otros pueden utilizarlo según convenga a sus intereses.

33. Cuando me hice catalán

Recuerdo perfectamente cuándo me hice catalán. Fue una primavera del ya lejano año 1980. Un sábado 31 de mayo para ser exactos. A las 15 horas.

Sobre la causa principal de mi conversión sólo sé que se debió a que mis padres emigraron a Catalunya, como tantísimas otras personas, en busca de un futuro mejor para ellos y para lo que pudiese venir, que a la postre fuimos mi hermano y yo, y nuestras respectivas hijas. Un futuro, todo hay que decirlo, que no parece que la tierra de la que son originarios fuera capaz de garantizarles. Que esto de Catalunya y los emigrantes poco tiene que ver con el rapto de Helena; aquí había trabajo y se necesitaba mano de obra, y en otras partes de España había desempleo, necesidad y miseria, y no hay que ser una eminencia para darse cuenta de que si no hubiesen emigrado andaluces, extremeños o murcianos, lo hubiesen hecho personas de otras regiones o nacionalidades. Y el proceso de integración hubiese sido exactamente el mismo. Fin del falso mito según el cual ciertos emigrantes han levantado Catalunya o la han tomado sin pegar un tiro.

Y sigo con mis “sorprendentes” confesiones: amo a mi tierra, por muchas contradicciones, incoherencias y disensiones que se den en su seno, como entiendo que todo el mundo ama a la suya; y por tierra supongo que ya se entiende que me refiero a las personas que viven en ella, no a partidos, instituciones ni ideologías de un signo o de otro. Y como creo que es lógico, además de fácil de comprender, tengo más cosas en común con el resto de catalanes que con alguien que vive a mil kilómetros de distancia o en el archipiélago canario.

Sin embargo, esto que parece tan sencillo de entender en el caso de que lo manifieste henchido de orgullo patrio un cántabro, un gallego o un aragonés, cuando lo manifiesta un catalán adquiere tintes sospechosos y es recibido casi con desprecio. Y no es cosa de ahora, no, en pleno fuego cruzado pro- y anti- independencia (cosa que tampoco entiendo, la verdad; lo que resulta sorprendente no es que la mitad de Catalunya desee independizarse de esta España, sino por qué el resto quiere seguir sometiéndose a ella), sino que desde que tengo uso de razón lo he sentido en mis propias carnes. Y no voy a hablar de cosas evidentes como los insultos a la lengua, o el trato, las miradas y los comentarios directos cuando viajas por España[1] (hasta que pagas o dejas una propina, ¿eh?, que Catalunya es deleznable, pero el dinero que se genera allí no, eso siempre se acepta con una sonrisa y un gracias educado), sino de esas cosas minúsculas que se deslizan cotidianamente sin que aparentemente quien las dice se dé cuenta de ello (no sé si será una comparación muy válida, o si voy a frivolizar, pero es algo semejante a esos tics recurrentes, machistas o xenófobos, por ejemplo, que tenemos tan incorporados y que a todos nos salen o nos han salido alguna vez y contra los que hay que luchar). Me refiero a los chistes sobre catalanes (¡que se quejen también los leperos, hombre!) que no tienen ni puta gracia (para que algo sea un chiste, tiene que hacer reír; si cabe la posibilidad, ni que sea del 1%, de que pueda ofender a alguien, ya no entra dentro de la categoría de chiste, sino en la de basura ideológica; y no mueven a la risa sino al odio, ya se pueden hacer todas las fintas habidas y por haber para intentar excusarlos y excusarse quien los cuenta), a los “eres muy gracioso para o pese a ser catalán” o “cómo se nota que tienes raíces andaluzas”, o a “si fueses X (que cada cual sustituya la X por el gentilicio que más gracioso y agudo le parezca) lo habrías pillado, no me acordaba de que eras catalán”, o a los “yo no tengo nada en contra de los catalanes, ¿eh?” de gente que te acaba de conocer, etc. En definitiva, todas esas bromitas y comentarios recurrentes que cuando uno se queja de ellos no recibe otra respuesta que “qué susceptible eres”, “te la coges con papel de fumar” o “es que tienes la piel muy fina”. Eso sí, mejor que no se te ocurra responderle con la misma moneda a quien se dedica a ofenderte, porque se conoce que es mucho más fácil vestirse con el traje de ofensor que con el de ofendido. Y ya verás, ya, qué mal llevan las verdades algunas personas…

Pese a todo lo dicho, no sea que quede algún despistado en el auditorio o alguien que tenga problemas de comprensión lectora, por muy catalán que sea y por mucho que quiera a mi tierra, no soy independentista. Esto no le sorprenderá a quien me conozca un poco o a quien haya leído las cosas que he escrito en este blog al respecto (ver Triste epístola desde el exilio, por ejemplo). Las patrias y las banderas son un invento muy antiguo, y sólo sirven al poder. Poco tiene que ver con ellas alguien que verdaderamente sea de izquierdas. Y como ciudadano de izquierdas que soy y me considero (la cópula no es baladí, el mundo está lleno de gente que se considera cosas que luego no es), no puedo estar a favor de la sustitución de un Estado para poner en su lugar a otro. El Estado es opresor per se, siempre, es propio de su naturaleza ser así; igual que es propio de las leyes ser punitivas. Y en el caso concreto que nos ocupa, para más inri, hablamos de sustituir la España de PP y PSOE por la Catalunya de Convergència y ERC. Creo que no hace falta que añada nada más al respecto…

Claro, como ya se imaginará, pensar como yo pienso no es fácil si tenemos en cuenta que se trata de un asunto tan polarizado. Hace escasas fechas Jordi Évole se sacaba la equidistancia de la chistera, una suerte de nueva tercera vía que pretende abrirse un hueco entre tanto maniqueísmo, y mirad el chorreo que le ha caído. Al parecer, esto al final se convierte en un si no estás conmigo, estás contra mí, y eso hace que quienes no optamos por ninguna de las dos opciones (¡si existe gente tan loca que se siente a la vez española y catalana!, aunque tampoco es mi caso) sintamos mayor opresión en el pecho que Jon Nieve en la batalla de los bastardos. Eso sí, sin ninguna esperanza de que una carga de caballería acabe sacándonos del lío en el último momento. Sin embargo, pese a todo, defiendo mi causa con fiereza y determinación, y combato sobre todo a esas voces pseudoautorizadas que inundan las redes con información manipulada y ponzoñosa, cuando no directamente falsa (que haberla la hay para todos los gustos y colores, y de un lado y del otro), y contribuyen con más mierda a sembrar un campo que ya cuenta con un excedente de abono. Pero ¿por qué gasto mi energía y mi tiempo enfrentándome a unos voceros impresentables y al coro de orcos palmeros que siempre aplauden sus mentiras y secundan sus insultos y sus amenazas (a mí me han amenazado con un duelo a catana… sí, ése es el nivel…) si sé que discutir con esas personas no sirve de nada? Pues porque creo que me juego bastante, ya que a todo lo dicho anteriormente, por si acaso aún no es suficiente, le sumo el hecho de que dentro del abanico de posibles finales que puede tener esto, existe uno, por remoto o cercano que sea, según quién te cuente la película, que supone que a todos nos va a ir muy mal (incluso es posible que aunque a Catalunya le fuese bien, a mí, por mi formación, no… ¿no lo habías pensado antes de juzgarme? Craso error el tuyo…). Y como dentro de ese todos me encuentro yo y mi familia, y no quiero tener que emigrar para buscarme la vida como tuvieron que hacer mis padres (es aquello de la independencia económica, tal vez la única independencia posible y la única a la que aspiro; aunque sólo sea para no depender de nadie, ni yo ni mi hija, ni ahora ni en un futuro), intento defender algo que cada día se hace más difícil de defender por los palos en las ruedas que van poniendo unos y otros.

Y así, a lo tonto, nos plantaremos en el 1 de octubre, día del referéndum. Y así, a lo tonto, mientras escribo esto, riguroso directo (por algo soy corresponsal…), el gobierno de España suspende el autogobierno de Catalunya mediante la intervención de sus cuentas y arresta a políticos por sus ideas (mientras seguimos subvencionando, por poner un ejemplo, a la Fundación Francisco Franco… ¡España una, grande y libre!, ¿no?). Y no sé de qué nos sorprendemos, ya hace unos años que la España de las Autonomías se pasó por el forro el pacto constitucional. ¿No os acordáis? Sí, hombre, sí, fue cuando se tumbó el Estatut de Catalunya, que había sido aprobado en mayoría por el pueblo catalán. Ése fue el primer ataque a la soberanía de Catalunya, y es muy probable que de aquellos barros…

Y es curioso -pienso mientras veo cómo los cuerpos de represión del Estado cumplen con sus órdenes y nos conducen a tiempos oscuros, fértiles en prohibiciones-, porque hace poco me hablaban de que esto de Catalunya era un golpe de Estado, cuando en realidad los golpes de Estado siempre los dan gente armada (en España, para más señas: españoles y mucho españoles), y tienen como fin derrocar un gobierno para colocar otro en su lugar. Y los catalanes independentistas no quieren derrocar ningún gobierno, no sé de qué tienen miedo los españoles unitarios, pueden seguir con su Partido Popular y su PSOE y su monarquía heredada del dictador hasta que la corrupción los sepulte. Los independentistas simplemente pretenden romper con un gobierno y pasar a gobernarse a sí mismos, y todo por la vía pacífica y democrática, y nunca golpista (y quizá otra cosa no tenga el movimiento independentista, pero ejemplar y admirable por su civismo sí que lo es, y estaría bien que según quiénes aprendiesen de ello).

Y llego por fin a ese referéndum que tantas ampollas levanta y tantos sarpullidos provoca, y confieso que soy de las personas que no pensaba ir a votar, por varias razones, algunas de las cuales ya las he ido desgranando más arriba. Entre lo que aún no he comentado, está el hecho de que no creía que este referéndum en concreto (leed bien: éste en concreto, con sus pocas garantías y la ausencia de porcentajes para que una de las opciones sea aprobada o de participación mínima, por no hablar de la inexistencia de apoyo internacional) sirviese para nada más que para volver a demostrar lo fuerte que son unos y otros ante los que ya piensan como ellos. Vamos, que si esto fuese la Escocia de William Wallace, se alinearían unos frente a otros para mostrarse sus respectivos culos y penes, y cada uno seguiría riéndose de sus propios chistes. No creo que nadie pensase que el día 2 de octubre, fuese cual fuese el resultado, fuera a cambiar algo. Por mucha ilusión que se tenga o por mucho ímpetu prohibitivo que te impulse, un Sí no iba a suponer la independencia de Catalunya y, de la misma forma, un No no iba a acabar con el independentismo catalán. Pero todo esto ya lo sabe el poder, quienes hemos decidido ignorarlo somos la gente de la calle.

Además, me niego a seguir a quien ahora me cita a las urnas recordándome en su campaña que nací con el derecho a decidir. Claro que sí, ya lo sé, y ese derecho a decidir también lo tenía cuando los ahora convocantes y defensores de derechos se dedicaban a recortar en Sanidad o Educación, competencias de la Generalitat, y mandaban a los Mossos d’Esquadra a desalojar a golpes a quienes se manifestaban en la plaza Catalunya, por ejemplo. Pero en aquella ocasión nadie me preguntó si estaba o no estaba de acuerdo con una política económica que castigaba a los más débiles ni con unos porrazos contra personas que también manifestaban su derecho a decir No a unas políticas concretas. ¡Maldita memoria y malditos principios!, ¿verdad?

Y es verdad que la situación es excepcional y que parece que el gobierno de España nunca va a propiciar un referéndum pactado y vinculante. Y es cierto que parece que no hay otra alternativa que la desobediencia civil y la convocatoria de una consulta “oficiosa”. Pero también es verdad que la desobediencia civil se origina y se promueve entre los ciudadanos, de ahí el adjetivo civil que complementa al sustantivo desobediencia. Lo que es raro, y sospechoso, y alarmante, es que sea una institución la que adopte el papel que le corresponde a los ciudadanos e incite a llevar a cabo tal desobediencia. Y creo que ya ha quedado claro qué opino de las instituciones…

Sin embargo, hace ya unos días que decidí que haría lo posible por votar, aunque fuese No, en el referéndum. Escuchar y leer a personas de todo tipo decir que votar era ilegal y antidemocrático ha sido demasiado. Entre traicionar los principios que hasta aquí vengo exponiendo y abrirle la puerta de mi casa a la censura, la prohibición y la opresión, decido participar en la votación de algo que sé que no servirá para nada más que para afianzar en su sitio a cada uno de los bloques. Es más, por si aún me quedaba un atisbo de duda, la intervención de la Guardia Civil en Catalunya ha acabado de despejarla. Quienes dicen que los catalanes quieren romper España no se dan cuenta de que quienes la han roto, acaso definitivamente, son Mariano y su partido y los poderes a los que representan. Y esto es lo que pasa con la inflexibilidad, que cuando se produce una oscilación, por pequeña que sea, acaba propiciando la ruptura.

Esta lucha de poderes, porque a fin de cuentas se trata de eso, del control y la administración del poder, ya tiene un ganador. Y sin necesidad de dar ningún golpe. El independentismo catalán puede seguir esgrimiendo el argumento de la víctima, y seguramente haya sumado algún adepto más a su causa. Las hordas de Rajoy habrán gritado de júbilo con la suspensión del autogobierno de Catalunya, pero han perdido. Aquí y en el resto del mundo civilizado.

Y lo triste de todo esto es que a partir de ahora se empezará a hacer política y a negociar. Y es muy posible que la situación política se arregle, para estas cosas el dinero es cojonudo, pero tengo serias dudas de que la fractura social, que ya existe, no nos engañemos, pueda llegar a recomponerse. Hay cosas que el dinero no las puede.

Y al final, si el gobierno sigue utilizando el Estado de derecho para privar a una parte de sus ciudadanos de sus derechos, lo que conseguirá es que gente como yo acabe posicionándose también. Por muchos principios que tenga, ahora mismo en lo primero que tengo que pensar es en el futuro de mi hija. Y si tengo que reconducir mi carrera y empezar de cero, lo haré. Prefiero eso a que mi hija tenga que crecer donde no tenga garantías de que se vayan a respetar sus libertades.

Personalmente lo tengo claro, si al final tengo que elegir, te lo avisaba al principio de este post, soy catalán. Y entiendo que te sorprenda, sólo has tenido 37 años, 3 meses y 21 días para ser consciente de ello. Y a quien no le guste, las puertas de entrada y salida a mi vida son grandes. Ancha es Castilla.


[1] Ojo, no quiero decir que todos los españoles sean así. Gente maja hay en todas partes, incluso me arriesgaría a decir que son mayoría frente al número de imbéciles que la vida te va poniendo por delante. Eso sí, siempre que he viajado por España, y lo he hecho muchos veranos, me he encontrado como mínimo con un par de ellos: el dependiente de una gasolinera, el camarero de un restaurante, el director de un hotel, la dueña de una tasca, la taquillera de un museo, un familiar, la señora que te cobra en un peaje…

28. Triste epístola desde el exilio

Se cuenta que el poeta elegíaco Ovidio, por orden del emperador Octavio Augusto, fue exiliado a orillas del Mar Negro, en concreto al bárbaro país de los getas, en la actual Rumanía[1].

Desde allí escribió sus últimas dos obras, Tristia y Epistulae ex Ponto (aunque la autoría de los últimos libros de esta última parece que no se debe a Ovidio), dirigidas al emperador, a su familia, a sus amigos y a sus enemigos para que intenten favorecer su retorno, y, finalmente, a la posteridad, que se convertirá en la receptora de sus dísticos gracias a la inmortalidad literaria. En efecto, una vez que va perdiendo la esperanza de volver alguna vez a la ciudad de las siete colinas, reflexiona con amargura y desencanto sobre su entorno, sobre su existencia y sobre su poesía (es, quizá, la primera reflexión metapoética moderna, que sorprende cuando se lee por la actualidad de las concepciones literarias que expone el de Sulmona).

J. M. W. Turner: Ovidio desterrado de Roma (1838).
Y salvando las distancias, yo, hoy, me siento Ovidio (de hecho, de igual modo que “todos somos Homero”, pienso que la gran mayoría deberíamos sentirnos Ovidio): desencantado, triste, exiliado, en un entorno “hostil” y como aquél que predicaba en el desierto pero con la certeza de que ningún dios acudirá a enseñarme el camino recto. Pero a diferencia del poeta, mi exilio, aunque no deja de ser forzado, no me resulta desagradable. Al contrario, a mí es Roma quien me repugna, y ni romano soy ni a Roma adoro, ni en Roma creo ni a Roma amo. Me explico:

El pasado día 19 de este mes las cosas andaban revueltas por la editorial donde trabajo como consecuencia de la serie de artículos relacionados con la supuesta manipulación de los libros de texto catalanes que la máquina de propaganda española y españolista publicaba. Y me hizo tanta gracia uno de los artículos en cuestión (no hay cosa más divertida que el periodismo una vez que eres consciente de que sólo sirve al poder; en caso contrario, no hay cosa más peligrosa), que lo compartí en Facebook. En concreto, hablo del publicado por ABC y titulado “Cómo Cataluña inculca el odio a España en las aulas”[2]. Además, para que quedase clara cuál era mi intención, que ya se sabe que tendemos a malinterpretarlo todo, lo acompañé del comentario siguiente: “cómo adoctrinar hablando del supuesto adoctrinamiento de otros, clase práctica impartida por el sindicato minoritario afín a Ciudadanos AMES y el periódico rancio ABC (que yo no sé por qué al periodismo se le llama el cuarto poder, cuando siempre ha sido, es y será un apéndice del primero). Y que éste sea el alimento con que se nutren las mentes de los españolistos… por no hablar del daño que estas gilipolleces le hacen a las editoriales en cuestión, de cuya existencia depende el sueldo de muchísimos trabajadores… en fin, una mierdaca más de este rollo que sirve para ir disimulando la corrupción y el retroceso económico y social. ¡Bravo por todos nosotros!”

Creo que como queda meridianamente claro, mi comentario perseguía los siguientes objetivos:

1. Señalar la perversión con que el periodista y el medio de comunicación utilizan el lenguaje; sí, adoctrina denunciando otro supuesto adoctrinamiento. Y es que con estas cosas sucede lo mismo que cuando se habla de lo perniciosos que son los nacionalismos, y eso te lo dice, claro está, un nacionalista español. Pero eso es lo normal, ¿no? ¡Hay que llevar a España en el corazón! ¡Claro que sí, guapi!
2. Señalar que el sindicato no es nadie, y que el ABC tampoco. Bueno, sí, herramientas de manipulación y adoctrinamiento.
3. Que hay que ser muy poco inteligente para que tus opiniones (las que hablan por boca de la verdad absoluta, ¡por supuesto!) se basen en este tipo de informaciones. Así nos va…
4. El riesgo que suponen para las empresas (y esto me preocupa porque sin empresas no hay trabajo) y, sobre todo, para sus trabajadores, este tipo de cosas. Los trabajadores catalanes podemos “hablar raro”, alimentarnos de bebés recién nacidos los días impares y odiar a muerte a los españoles, pero necesitamos trabajar para pegarnos la gran vida a costa del resto de España (salpimiéntese todo esto con ironía, sarcasmo y mala leche, de lo contrario no acabará de entenderse el sentido que quiero darle a esto que escribo).
5. Felicitarnos a todos por seguirle el juego al poder, al catalán y al español, y no ocuparnos de lo que realmente importa: nosotros somos el ojo de Sauron al que se distrae; ellos, Frodo y Sam, que ya se nos han metido por la retaguardia y siguen perforándonos poquito a poco. Y aunque ya notamos cierto escozor, aún no nos hemos dado cuenta de que la infección nos está costando la misma vida.

Pero no hay nada que hacer, ya estamos todos revisando las hemerotecas en busca de aquel artículo de aquella editorial española que publicaba aquella información filofascista, o hablando de los pitos a un himno o del rechazo a una bandera (¡qué oportuno que un equipo catalán y uno vasco hayan llegado una vez más a la final de la Copa del Rey de fútbol!), jugando a este y tú más del que no quieren que salgamos. Porque si en algún momento salimos, se les desmonta el chiringuito a todos estos políticos que nos gobiernan.

¿Pero entonces tú qué eres: español o catalán? ¿Independentista o no independentista?, me han preguntado quienes han hablado de este tema conmigo alguna vez. Pues ni una cosa ni la otra, sinceramente. La vida no es el fútbol, que si no eres del Madrid tienes que ser del Barça, no es todo blanco o negro (o azulgrana), afortunadamente. De hecho, considero igualmente limitaditos intelectualmente a los unos y a los otros (y si alguien se ofende, que se fastidie; a mí sus tonterías me afectan cada día y ya estoy muy harto de tanto tonto y de tanta tontería), igualmente dañinos. Y mis últimos votos, no me sonroja decirlo, al contrario, han ido a parar a Podemos, En Comú Podem y a la CUP, que son las propuestas políticas que mejor representan mi ideología, al margen de patrias, himnos y banderas. Porque a mí, y a ti, si te los piensas un poquito, los temas patrióticos no me tocan el corazón, sino que me afectan al bolsillo, a la salud, a la educación, en definitiva, a todo aquello que nos están robando mientras los orcos de uno y otro lado se lanzan pullas. ¿Qué queréis que os diga? Ser de izquierdas no es votar a partidos que incorporan el adjetivo obrero o el sustantivo esquerra a sus nombres pero que después aprueban y apoyan leyes de derechas. Y eso es lo que sucede tanto en España como en Cataluña, ni más ni menos. Pero no, aquí en Cataluña, en caso de conseguir la independencia todo va a ser diferente, ¿verdad? La derecha rancia catalana (Convergència o PDECat, que aunque la mona se vista de seda…) y la derecha con disimulo (ERC; ¡qué diferencia entre lo que dicen en el Congreso o los tuits de Rufián y lo que aprueban desde la Generalitat! ¡Valientes hipócritas traidores!) van a hacer políticas diferentes a las que hacen PP, PSOE y Ciudadanos desde Madrid… ¡claro que sí, guapis, ya lo estamos viendo![3]

La identificación con la patria es un truco que tiene miles de años y que sirve, en efecto, para que nada cambie. Ya desde la República (¡leed a los clásicos, cabrones!) sabemos que la defensa a ultranza de la tierra sirve para mantener un régimen clasista, antidemocrático, que aunque no es inamovible, sí está basado en una perversa meritocracia (los méritos tienen que ser observados y valorados por otros, los ciudadanos del primer nivel), y que se sostiene con una ficción inventada por el poder: la tierra es nuestra madre, nuestra nodriza, y moriremos por defenderla de cualquier ataque externo. ¿Tengo que hacer yo los paralelismos? Creo que no…

Y es que, y con esto voy acabando, cualquier cambio necesariamente tiene que venir desde abajo, ya tenemos suficiente de “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”, de este neodespotismo ilustrado que nos hace transitar por caminos que sólo interesan a unos pocos. Cualquier cambio, finalmente, tiene que venir de la clase obrera. Y éste es el verdadero problema, que a diferencia de los primeros movimientos obreros, hoy en día nadie es un obrero o, por lo menos, nadie quiere sentirse un obrero. Nos han adoctrinado tan bien, unos y otros, que nos han hecho pensar que la lucha obrera es cosa de otro siglo, ya lo obrero nos suena a sucio, nos huele a sudor, nos parece ignorante, hasta ofensivo. ¿Cómo voy a ser un obrero si tengo un sueldo que me permite tener una casa en primera línea de mar o vivir en un barrio residencial? ¿Si el sueldo de mi marido o de mi mujer me permite dar la vuelta al mundo en ochenta días? ¿Si trabajo sentado en una oficina protegido de la intemperie y visto de traje y corbata? ¿Si tengo una mutua médica y llevo a mis hijos a un colegio de élite? ¿Si me puedo comprar un móvil de última generación y no me falta absolutamente de nada? ¿Si puedo ir al teatro, o a museos, o al fútbol? Pues yo te digo que, además de ser un obrero, eres tonto o tonta de remate y, además, un cáncer para los de tu misma clase social. ¿Podrías seguir conservando todo eso si te faltase el trabajo? ¿Tu patrimonio te permitiría vivir de las rentas? ¿No? Pues entonces eres un obrero, bienvenido seas al mundo real, has conseguido salir de Matrix. Y los obreros luchan por sus derechos, y no tienen patria (de ahí aquello de la Internacional que estudiaste un día para olvidarlo para siempre), porque saben que sea cual sea su bandera, no representará sus intereses.


[1] Digo “se cuenta” porque ya desde mediados del siglo XX se alzan voces, la de A.G. Lee en concreto, que manifiestan que las poesías del exilio no son más que una invención del narizón, por decirlo de alguna manera, una artimaña literaria del de Sulmona (quien, a decir verdad, siempre fue muy moderno en cuanto a su concepción poética) sin parangón en las letras clásicas. Además de la propia historia, pues no se conserva ningún documento que confirme tal exilio, otros estudios de finales del XX, como los de Fitton Brown o el de Alvar Ezquerra, profundizan en la hipótesis de que Ovidio nunca fue exiliado. Sin embargo, yo soy de los que prefiero pensar que sí fue así, que los misteriosos carmen (¿el Ars Amandi?) et error (¿las correrías nocturnas de Julia, la hija del emperador?) que tanto molestaron a Octavio sucedieron en realidad, y que tanto Tristia como Epistulae ex Ponto recogen, entre otras cosas, la desesperación de quien es obligado a abandonar Roma.
[3] Que no se me malinterprete, todo esto no quiere decir que me alinee con quienes se niegan a que se haga un referéndum de autodeterminación vinculante en Cataluña. Al contrario, soy tan profundamente democrático que quiero que los catalanes votemos, aunque mi voto vaya a ser negativo (porque no vamos a encontrar nada nuevo bajo el sol). Soy tan profundamente democrático como para querer que la independencia de Cataluña se decida en un sistema de votación basado en “un ciudadano, un voto”, y no que se decida unilateralmente basándose en la trampa de un sistema de votación para elegir representantes en el Parlament. Soy tan profundamente democrático que lo votaría de forma directa todo, desde el sistema político monárquico de herencia fascista que tenemos hasta si estos personajes que nos gobiernan (en realidad, que se gobiernan) merecen el oxígeno que respiran.

7. Radicales

No deja de tener cierta gracia el panorama político español que se esfuerzan en presentarnos los miembros del Partido Popular y sus voceros habituales. Y como se acercan las elecciones generales, intuyo que lo vamos a tener que escuchar con mayor frecuencia de lo que lo aconsejarían las autoridades sanitarias (aunque tal vez es cosa mía, pero tengo la sensación de que vivimos en una continua campaña electoral, porque lo único que importa es la elección, la permanencia en el poder o su consecución, y que gobernar, lo que se dice gobernar, se gobierna bien poco, y, además, no interesa).
Según su riguroso y nada partidista análisis, que la demagogia, la corrupción, la manipulación y las mentiras siempre son cosas de los otros, la escena política se divide de la siguiente forma: ellos, virtuosos garantes del justo término medio aristotélico, se sitúan en el centro ideológico[1], y a partir de aquí, empieza la degeneración rumbo a la izquierda, que se inicia con la eliminación de la ambrosía de la dieta habitual y culmina con la compra de ropa en el Alcampo.
Así, el siguiente escalón en esa pérdida de la divinidad es Ciudadanos[2], el partido de los guapos, que aunque aún mantiene la belleza característica de los dioses del Olimpo, forma parte de lo que los populares llaman el centro-izquierda. Tal vez la prueba inequívoca de esta pérdida de la virtud la tuvimos el día después de la reciente noche electoral catalana, cuando quedó demostrado en la persona de Rivera que ellos preferían la ingesta de cava y otras sustancias para sus celebraciones a la tan conocida bebida de los dioses.
Un paso más allá en esta escala descendente, siempre a ojo de buena gaviota, se entiende, está el PSOE[3](supongo que los del PP, además de ellos mismos, son los únicos que se siguen creyendo eso de que es el partido de los obreros), que a pesar de tener a otro guapo como cabeza visible, Pedro Sánchez, y a ese rumor que dice que ha pactado junto a PP y Ciudadanos no derogar la reforma laboral, sea cual sea el futuro resultado electoral, no deja de tener ciertos mínimos tics que lo sitúan en la izquierda de la política española a ojo de buen popular.
Izquierda Unida ya ocuparía el espacio destinado a la extrema izquierda, pero no la radical, tal vez en reconocimiento al pacto contra natura extremeño que le dio esa comunidad a Monago. Pero como nunca han molestado demasiado y de todo tiene que haber en el reino del Señor, además de que nunca han acabado de entenderse con el PSOE y le “roba” a este partido unos cuantos votos, no están en el punto de mira de la ira de los dioses (y más ahora, que no han sucumbido a la seducción del maligno y no acudirán en la misma lista que Podemos).
Por último, los tertulianos y políticos “ultracentristas” se han inventado una subcategoría dentro de la extrema izquierda, ejemplo de la degradación total del Homo hispanicus, la extrema izquierda radical, hábitat donde conviven los leprosos y apestados de la CUP y Podemos[4], el séptimo círculo del infierno dantesco de la política española. De las profundidades de este averno rojo surgen ideas tan perniciosas como la justicia social, la igualdad económica o de género, la lucha contra el capital que nos asfixia y mil plagas más que amenazan con acabar con las comodidades y las libertades que tantos sudores y años de transición democrática borbónica nos han costado.
Pero como las opiniones unívocas, aquéllas que se esconden bajo lemas del tipo “Una, grande y libre”, sólo se consiguen con el miedo y la fuerza, y a mí nadie me asusta tanto y me van a tener que golpear muy fuerte para que siga a las ovejas, no puedo hacer otra cosa que pintar un panorama algo diferente:
La derecha política en España, por mucho camuflaje variopinto que se emplee, no nos engañemos y que no nos engañen, son el Partido Popular, Ciudadanos, Convergència y el Partido Nacionalista Vasco (PNV). Claro que, dentro de esta derecha, hay que hacer alguna distinción para poner a cada uno en su lugar, pues en las filas del Partido Popular y Ciudadanos, y a la altura de ese ente casposo escindido llamado VOX, conviven los neofascistas, que lo único nuevo que tienen es el elemento compositivo neo- que tan generosamente les he atribuido, con los neoliberales, adoradores del “tanto tienes, tanto vales”, y el resto, “a galeras a remar”[5], entre los que hay que contar a unos cuantos del PP y Ciudadanos (los Inda de la vida), y a Convergència y PNV.
El centro derecha es el territorio de PSOE y ERC, que aún tenemos que ver adónde le llevan a Junqueras sus amistades peligrosas convergentes. Ya dicen bien que con el paso de los años nos acomodamos y nos volvemos más conservadores[6], y de aquello que fuimos a lo que nos acabamos convirtiendo queda únicamente el nombre. Pues eso mismo les ha pasado a estos dos partidos, otrora defensores de los trabajadores y sus derechos y hoy paladines del capital y de la patria respectivamente.
Y llegamos, por fin, a la izquierda, una ideología que, por definición, tiene que ser radical, pero en su segunda acepción, a saber, la que dice que lo radical es aquello que ‘tiene en cuenta lo fundamental o

lo esencial’.  Tajantemente, desde luego, como hay que defender todo lo que realmente importa. De manera que no sé por qué utilizan ese adjetivo los “ultracentristas” como arma arrojadiza o como un insulto. Claro que, a diferencia, y por fortuna, que ya estamos en pleno siglo XXI, de aquellos anarcosindicalistas o anarcocomunistas que hacían la guerra de clases a bombazo limpio, los “radicales” de hoy han olvidado la violencia, a diferencia de sus enemigos (porque violencia es exprimir a la población y recortar en todos aquellos servicios sociales que sirven a la mayoría, y que, paradójicamente y para mayor inri, sustenta esa misma mayoría). Hoy las armas son otras, la democracia directa, la de todos en igualdad de condiciones, y la palabra, destructora de muros y constructora de puentes, pero la guerra es la misma.

Y entre estos radicales de izquierdas, con toda la ironía del mundo los llamo así, se encuentran IU, aunque intuyo que a Alberto Garzón le iría mejor si fundase un nuevo partido, de nombre “Alberto Garzón”, la CUP, Podemos, Compromís y los seguidores de Voldemort. Cada uno con sus diferentes ideales, más o menos realizables, pero todos en la tradicional brecha de la izquierda.
Llegados a este punto, tengo que aclarar que, aunque en alguna entrada anterior he hablado en contra de los nacionalismos, como no puede ser de otra manera en alguien que se considera de izquierdas, porque para mí no conducen a ningún sitio y suponen seguirles el juego a los poderosos, hablaba de todos ellos. Y si de todos ellos se habla, no está de más dejar claro que el peor de todos, el que mayor número de muertos lleva a sus espaldas en la historia, es el español, ese que parece que no exista porque es lo “normal y natural” ser y sentirse español. En este sentido, supongo que no hace falta decir lo que pasó en las Américas, eso que nos inflama el pecho cada 12 de octubre, y lo que sucedió en la olvidada Guerra Civil española. Así pues, y por no extenderme, creo que no miento cuando digo que son millones de asesinatos de ventaja los que les saca a los nacionalismos vasco y catalán, por muy condenable que sea arrebatarle la vida a alguien por motivos políticos (o por los que sean, claro).
Así pues, y para ir acabando, supongo que soy un radical de extrema izquierda. Pero qué queréis que os diga, soy nieto de mineros, mi abuelo materno y sus hermanos tuvieron que huir al monte y acabaron en prisiones fascistas, y soy hijo de familia trabajadora. Soy pueblo, eso forma parte de mi mochila de viaje y está inscrito en mi ADN. Y para mí es un orgullo. Aunque entiendo que al niño bien cuyo mayor logro en esta vida es haber nacido en casa rica le cueste entenderlo.


[1] En clave catalana, que al fin y al cabo soy catalán, es el mismo lugar que ocupa en mi Ítaca particular la Convergència de Mas.
[2] Aquí podría hablar también de UPyD, pero ya le dedicaré algunas líneas el día que hable de los dinosaurios y otras especies extinguidas.
[3] Y Esquerra Republicana de Catalunya.
[4] Y Bildu, aunque como a Voldemort, lo mejor es no nombrarlos.
[5] Reconozco que no sabría decir cuáles de los dos son peores. La respuesta correcta, tal vez, es que no se salva ninguno de ellos.
[6] Si yo fuese de esos jóvenes que piensan como sexagenarios me lo haría mirar, corren el riesgo de muerte cerebral cuando cumplan 60 años reales.

2. La izquierda fragmentada

Hace unos días, una persona a la que le tengo aprecio[1], y con la que en los últimos años diría que he hablado casi de cualquier cosa sin tapujos, me dijo que parecía mentira que, con la que nos está cayendo, la izquierda se encuentre fragmentada: unos luchando por el a unas cosas, otros, por el a otras[2].

Reconozco que me quedé sin saber qué decir durante unos segundos, pero no porque el político sea un tema que me incomode, ni porque sea uno de esos inconscientes ignorantes que van de modernos porque pasan de la res publica, ni siquiera porque sea de aquellos otros, cada vez más numerosos, esa peculiaridad tienen la fe y las cosas del corazón, ya se sabe, que cuando no comulgan con su opinión, no esgrimen más argumento que el silencio —y no es porque tengan presentes las perlas y los puercos de Mateo, Erasmo o Shakira, allá cada cual con sus referentes culturales—. No, no van por ahí los tiros.

Simplemente tardé en responder porque su concepción de la política y sus extremos no coincidían con los míos, y eso, lo reconozco, siempre me ha desorientado. ¿La izquierda, fragmentada? Pues no, no lo creo. Claro que depende de qué entendamos por izquierda…; pero para mí no lo está. En absoluto.

Es más, para mí, y espero que para muchos otros como yo, en Cataluña[3] se presentan únicamente dos partidos de izquierda a las próximas elecciones, por mucho maquillaje preelectoral que se den algunos, uno más combativo, el otro menos. Uno con el factor independentista como una de sus reivindicaciones capitales, y otro sin él, pero sin renunciar a ello si es lo que decide finalmente la mayoría. Pero ambos están donde tienen que estar y luchan por lo que tienen que luchar: las reivindicaciones sociales y laborales de siempre, la igualdad y, en definitiva, la dignidad de las personas. De todas ellas, sin distinciones ni excepciones.

En efecto, hablo y hablaba de la CUP (Candidatura d’Unitat Popular dels Països Catalans) y de la coalición Catalunya Sí que es pot (formada por Podemos, ICV-Els Verds, EUiA y EQUO). Y dejé y dejo fuera de esa izquierda, expresamente, al PSC —y al PSOE, su matriz— y a Esquerra Republicana de Catalunya.
Pues bien, después de mi primera respuesta, ese potencial amigo añadió algo aún más perturbador, pues quería que le diese mi opinión pero sin hacer ningún juicio de valor, señal, mucho me temo, de que empezaba a no gustarle lo que le estaba diciendo… pero ¿cómo se puede valorar algo sin valorarlo? Primero tendré que valorar qué es la izquierda, y luego hacer una selección de los partidos políticos que encajen en esa valoración. Así que, con un poquito de mala leche, le dije expresamente que “socialistas” —sí, entrecomillados— y Esquerra son partidos de derecha.


Los primeros, porque sus políticas económicas —y no voy a hablar de las declaraciones recientes de algún histórico dirigente— han demostrado que podían ser tan o más liberales que los ultras que habitan el Partido Popular, Ciutadans y CiU (o CDC y Unió), y los segundos, porque han dado su apoyo al gobierno “tijeretero” de Artur Mas[4], con lo cual se han convertido en cooperadores necesarios y cómplices de los delitos cometidos contra el bienestar social en Cataluña. Porque esto es así, por mucho que se haya intentado culpabilizar únicamente al Gobierno de Rajoy, la Generalitat y la ideología del partido del President Mas tienen mucho de responsables. Otra cosa muy distinta es que no lo queramos ver o que hayamos decidido que, ya que nos roban, es preferible que lo haga alguien de aquí. Lo lamento, no soy nada maquiavélico, y no creo en eso de que el fin justifica los medios —aunque diría que el principesco italiano nunca escribió la tan famosa sentencia que se le viene atribuyendo años ha—, así que no salvo a Junqueras y su partido del infierno. Sería ir contra mis principios y convicciones, sería ir contra mi propio ser.

Y de principios y convicciones creo que iba y va todo esto. Pienso que mi potencial amigo se siente y es de izquierdas, e imagino que en convocatorias electorales pasadas habrá votado a alguno de los partidos a los que intencionadamente he desterrado de la esfera siniestra, de lo contrario no me hubiera replicado, casi ofendido, que durante muchos años gente que es muy de izquierdas ha votado socialista o a ERC. Sin embargo, pregunto: ¿la tendencia de los partidos políticos responde al significado de sus siglas y a la ideología de sus votantes? ¿O, por el contrario, responde a las políticas que llevan a cabo una vez en el poder o, en su defecto, a las políticas que con su apoyo ayudan a poner en marcha? Si como creo no ando errado y la respuesta correcta es el segundo interrogante, PSC/PSOE y ERC —y no digamos ya el Junts pel sí del señor Mas[5] y su continuismo sombrío y antisocial— quedan lógicamente fuera de las izquierdas. Facta, non verba.

Decía antes que de principios y convicciones iba y va todo esto, y creo que mucha de esa gente de izquierdas de la que hablaba mi potencial amigo —tal vez incluido él mismo, quién sabe— está profundamente perdida y decepcionada, porque, en efecto, nos han hecho perdernos, nos quieren seguir perdiendo, y nos han decepcionado[6]. Pero esto no acaba aquí, hay más opciones, dos para ser exactos.

Las banderas y los himnos, aunque nos han hecho creer que son necesarios e imprescindibles, alimentan poco y, además, siempre se indigestan[7].


[1] Como él mismo dice, aunque no somos amigos, lo podríamos haber sido, o lo podríamos ser en un futuro. Con toda sinceridad, me gusta la gente que no considera un amigo a todo el mundo (ya es un primer paso para que lo acabemos siendo), soy de los que piensa que la amistad es algo que se fragua con el tiempo, y para ello, además de las simpatías y los intereses compartidos, las experiencias vividas juntos son imprescindibles. Y de ellas carecemos para considerarnos como tales. Al menos de momento.
[2] En honor a la verdad, toda esta conversación se produjo en catalán, pero para evitar los prejuicios poco inteligentes que habitualmente campan por eso llamado España, he decidido traducirla y adaptarla al español.
[3] Pues la conversación y esta reflexión que ha generado deben entenderse en clave catalana. Otra cosa es que alguien las extrapole a sus propias regiones y/o países, pero no seré yo quien se meta en problemas de casa ajena.
[4] Hoy me resisto a hablar de la deleznable corrupción que afecta a PP, PSOE (me sorprendió el otro día Susana Díaz cuando dijo que a España le sobraba Rajoy, y a Cataluña, Mas… ¿y a Andalucía no le sobra Susana Díaz? Nos quejábamos de Valencia y su inmovilismo a pesar de tanto excremento, pero lo del PSOE y Andalucía empieza a ser como las gárgolas y la catedral de Notre-Dame), Convergència y ya veremos si también a ERC…
[5] Reconozco que uno de los mayores éxitos de Convergència ha sido enmascarar su verdadera identidad, pues hay quien todavía se sorprende cuando digo que ellos y el PP son Cástor y Pólux en cuanto a su concepción de la economía se refiere. Y todo análisis que sea desapasionado y racional sobre esa cuestión acabará llegando a la misma conclusión.
[6] A mí, por ejemplo, me decepcionó profundamente ICV-EUiA cuando después de haberlos votado, pactaron a la extremeña para conseguir la alcaldía de la localidad en la que resido, con idéntico resultado posterior que el obtenido en Extremadura por ese mismo partido después de unir sus fuerzas a las del “cojonero progresista” de Monago. Esto es, vuelta a una más que discreta oposición. Y, por supuesto, la pérdida de mi voto per sæcula sæculorum.

[7] Quien esto escribe nunca ha pasado hambre, pero es nieto, hijo y sobrino de quienes sí la pasaron, y ha escuchado y ha aprendido de esos testimonios de un tiempo que ya no existe, pero que amenaza con volver. En nuestra mano está. Alea jacta est.