59. Ser madre

He sido uno de esos futuros padres a los que les hubiese encantado poder vivir qué es estar embarazada y sentir cómo la vida se abre paso en mi interior, poder establecer ese vínculo especial que une a madre e hija muchos meses antes de la llegada al mundo de la segunda. Así lo sentí y así lo verbalicé en su momento. Aunque ni fue siempre así ni es así hoy en día. La verdad es que me he repensado eso de querer ser madre.

Sí, ya sé que es políticamente incorrecto afirmar lo que voy a afirmar en breve, y que para según quién sea el receptor de este texto debería haber empezado, antes incluso de llegar a plantearme manifestar mi opinión al respecto, disculpándome por ser hombre y, para más inri, blanco y occidental, por mi identidad sexual coincidente con mi fenotipo sexual y, por supuesto, por que Napoleón, como buen macho alfa que fue, conquistara Europa casi en su totalidad (cosas de convertir la falacia ad hominem en modus vivendi); pero como creo que mi voluntad no ha tenido nada que ver en tan graves delitos, voy a pasarme lo políticamente correcto por las criadillas: estoy contento (aunque quizá el adjetivo preciso sea aliviado) de haber nacido hombre y de no tener que ser yo quien conciba. Al menos en lo que respecta a los aspectos sociobiológicos del asunto, de los que me ocuparé tan pronto como finalice esta introito, me alegra haber nacido hombre (con todos y cada uno de los pecados inherentes a mi condición manifestados con anterioridad). Cierto es que luego la cultura lo jode todo, pero mientras tanto, ciñéndome a lo puramente sociobiológico, sí, para mí hoy es una bendición no poder concebir.

La verdad sea dicha, hasta que no superamos con éxito el crítico primer trimestre quería ser padre, pero no madre. Y eso que ya empezaba a verle algún problema al asuntillo de no ser yo el embarazado: por mucho que te impliques y que lo vivas, estás condenado a hacerlo desde la barrera. No experimentas ningún cambio (sí, ya sé que hormonalmente el hombre también experimenta cambios, pero no son comparables a los que experimenta la mujer, no me condenéis aún a la hoguera), y lo único que te queda es la preocupación. De repente, si dormías bien, dejas de hacerlo, atento a las respiraciones y movimientos de quien descansa a tu lado. Llegas a hacerte pesado, debido a tu incapacidad de sentir lo que la otra persona está sintiendo, y la pregunta, en la cama, en el trabajo o mientras te das una ducha, siempre es la misma: ¿estará yendo todo bien? En nuestro caso, todo fue bien hasta la noche previa a la primera ecografía (maldita sea nuestra suerte, ¿verdad?): un grito en la noche procedente del lavabo y sangre, mucha sangre, en un pijama y en una cama, parecían materializar nuestra peor pesadilla. Y confieso que no fue hasta ese momento que por fin me sentí padre, paradójicamente cuando todo indicaba que había dejado de serlo. Y fue esa noche, que por fortuna tuvo un final feliz, cuando inicié un proceso madurativo que me ha llevado a ser quien soy hoy. Lo tengo claro, si hay dos momentos que me han marcado y me han despojado del velo de la ignorancia tras el que se oculta lo que de verdad importa en la vida, fueron esa noche y las más de 27 horas de parto que tuvimos que afrontar meses más tarde.

Claro, a partir de ese susto, me convertí en un guardián siempre atento a cualquier movimiento: si mi pareja se levantaba a orinar en mitad de la noche (cosa que una embarazada hace muchas veces), yo acababa irrumpiendo en el lavabo para cerciorarme de que todo estaba correcto; si respiraba más fuerte de lo normal o se quejaba por cansancio, ahí volvía a aparecer yo a ver qué pasaba. Un plasta insoportable, vamos. Y eso que a partir de ahí, pese a que activaron el protocolo de embarazo de alto riesgo (un aplauso a la atención dispensada por la Seguridad Social hasta el momento del parto, no sabemos valorar lo que tenemos), tuvimos un embarazo de lo más tranquilo y agradable. Y he ahí que empecé a desear ser yo quien estuviese embarazado: mi pareja sentía a la pequeña que crecía en su interior, disfrutaba de ella, se encontraba en un momento dulce, doy fe; no sabéis cómo agradezco que no se convirtiese en una de esas personas que se obsesiona con la vida que lleva dentro, siempre preocupada por si se mueve o no, siempre pensando en lo peor; no, ella hizo lo que hacen las personas inteligentes: saborear un momento único, propiciar el milagro de la vida con una sonrisa; para loco obsesionado ya estaba yo… de ahí que, supongo, se abriera paso en mí el deseo imposible de quedarme embarazado: ella podía saber si todo iba bien sin necesidad de preguntar, sin tener que estar siempre alerta, se podía relajar, podía jugar a imaginar cómo sería la pequeña Júlia. Yo, me sincero, en ningún momento me relajé, salvo en las ocasiones en las que ponía mi mano en su vientre para sentir cómo se movía nuestra pequeña o al final de las visitas al ginecólogo cuando nos aseguraban, por fin, que todo estaba bien.

 
Junior (1994), película dirigida por Ivan Reitman y protagonizada por Arnold Schwarzenegger, Danny DeVito y Emma Thompson.
 
Sin embargo, los días 21 y 22 de julio de 2017 se me fueron todas las tonterías, y lo de ser yo quien sufriera los dolores de parto, o a quien le inyectaran la anestesia epidural, o quien tuviera dos partos en uno, o quien hiciera equilibrismo en el umbral del más allá, o a quien le practicaran una cesárea de urgencia, o quien necesitase morfina para combatir el dolor, o quien tuviera que someterse a un largo tratamiento posparto (no voy a revivir aquellas 27 horas interminables, 30 en realidad hasta que la mamá pudo tener a su hija por fin entre sus brazos; quien quiera saber más sobre cómo vino al mundo Júlia puede leerlo en este mismo blog), dejó de parecerme algo deseable. Lo de ser madre, salvo algunos versos libres, y siempre según mi experiencia, puede ser desagradablemente prosaico.

Algún ingenuo podría pensar que lo peor, una vez en casa, ya ha pasado, pero es justo entonces cuando empieza lo realmente duro. Y no me refiero a los cuidados del bebé, no, a fin de cuentas, para unos padres primerizos un bebé es terreno ignoto, un mapa en blanco que vas coloreando hora a hora y día a día con la misma ilusión con que los aventureros de siglos pasados, pese a las dificultades que se pudieran encontrar, pintaban el mapamundi al ritmo de sus descubrimientos. No, eso no supone ningún tipo de problema, y si lo supone, como es cosa tuya, lo afrontas y lo solventas. No obstante, la lógica inexperiencia de los progenitores primerizos propicia algo que nos desquicia sobremanera (sobre todo a la mamá, que es a quien suelen hacerle los comentarios relativos a la educación y crianza del bebé; y, en general, proceden de otras mujeres, no está de más decirlo, con relación de parentesco o sin él, conocidas o desconocidas por completo, que hablar es gratis y todo el mundo puede hacerlo). Me refiero a la lluvia de consejos (desde ya os confieso que el único consejo útil me lo dio mi amiga Mireia: “el único consejo que te voy a dar es que no hagáis caso de los consejos”), a las comparaciones, a las críticas, a los comentarios más o menos nocivos y a las exigencias: “tienes que hacer esto o aquello”, “pues en mis tiempos se hacía A o B, y todos mis hijos se han criado perfectamente”, “esto que haces es una chorrada, tendrías que hacerlo de esta o de aquella manera”; “pues mi hija o mi hijo con este tiempo ya saltaba a la comba, escalaba montañas y hacía el pino” (sí, exagero y ridiculizo a gente y comentarios que bien merecido lo tienen), “mi hija en el útero ya dijo papá, mamá y caca, y con los meses que ahora tiene Júlia componía sonetos, y no sólo no llevaba pañal, sino que nos ayudaba en el aseo de la abuela, la pobre, que estaba impedida”, “yo sólo le di el pecho hasta los 6 meses, pero no por mí, no, que el pediatra me dijo que mi leche era de calidad suprema, y mejor no hablar de la cantidad, que tenía para amamantar a la vez a toda la descendencia de Gedeón, pero ya sabes, la niña nos salió perezosa, así que si Júlia no mama, debe de ser un problema de calidad y/o cantidad de tu leche”, “¡pero qué horas son estas de salir a comprar, tendrías que estar toda la mañana esperando a que viniera a ver a tu hija! (si es que decido venir, pero por si acaso tú tienes que estar ahí, sin moverte, esperándome a mí…)”, “¿dónde vas con este frío/calor? (tenemos una vecina que si por ella fuera, mi hija aún no habría pisado la calle…)”, “pues no voy a ver a tu hija porque no me dices que lo haga, que cuando vengo (cuando a la persona en cuestión, y sólo a la persona en cuestión, le va bien, claro, ni se te ocurra proponerle otro día u otra hora, que entonces el interés se disipa) nunca os va bien (¿has probado a llamar antes?, digo yo; ¿tanto te cuesta imaginar que los demás también tenemos una vida y que no consiste en estar pendiente de tus deseos, intereses y/o apetencias?)”, y así podría seguir hasta el infinito…

Diréis que, como Max Estrella, soy un hiperbólico andaluz, que no hay para tanto. Y es cierto, en condiciones normales todos y cada uno de los consejos, comentarios o críticas anteriores hubiesen sido ignorados, pero como las circunstancias mandan, y las nuestras no fueron sencillas durante los primeros meses de vida de Júlia, nos acabaron afectando (más a mi pareja, insisto, que fue el blanco habitual de todos ellos). Si tu hija no gana peso al ritmo que debería, si tú estás quitándote horas de sueño, de descanso y del reposo necesario para recuperarte de la sangría que fue tu parto y haciendo un esfuerzo para seguir con la lactancia materna exclusiva y a demanda (a demanda significa ‘cada vez que el bebé pida’; lo de hacerlo con un horario establecido y alternándolo con leche de fórmula, al principio, o con papillas, después, ya no es lactancia exclusiva y a demanda, que quede claro), es decir, pasándote el poco tiempo que tu bebé te deja libre enganchada a un sacaleches para que el refuerzo que tienes que darle no sea una leche creada en un laboratorio en base a una fórmula universal (que es lo que te recomiendan algunos pediatras y enfermeras cuando se da este problema, que parece que vayan a comisión; menos mal que hay especialistas y cursos de lactancia en la sanidad pública… si la gente se informase, para lo cual hay que querer informarse, claro está, y buscase la ayuda que nosotros hemos tenido, los datos sobre lactancia materna en España, de los que me ocuparé más adelante, serían otros), lo que menos necesitas es que venga alguien a tocarte la moral (de hecho, no necesitas que venga nadie, haga o no haga comentarios). Entre otras muchas razones, porque esa persona no suele tener ni puñetera idea de lo que habla, y porque es muy probable que esa persona en concreto no suponga ni una autoridad ni un ejemplo a seguir en lo que a la educación y crianza de tu hija se refiere. Pero claro, como a estas personas, al menos nosotros no les hemos dicho nada cuando eran ellas quienes estaban en nuestra situación (por el mismo respeto que ellas no nos tienen, no por avenencia con sus decisiones), piensan que lo han hecho todo bien y que eso les da derecho a meterse en tu vida, a juzgarte y, por supuesto, a condenarte. Y ya sabéis lo que sucede con las personas que creen que no se han equivocado nunca: suelen ser las que más errores (cuando no barbaridades) cometen.

Y así, por fin, hemos llegado al tema estrella, el de la lactancia (que quede claro desde ya que esto no es una crítica a quienes hayan decidido alimentar con biberón a sus bebés; su decisión es tan respetable como la nuestra, faltaría más; pero sí es una crítica a quienes no respetan las decisiones de los demás, y no sólo eso, sino que se cargan de razones para demostrarte que, como siempre, te equivocas). Desde mucho tiempo antes de que Júlia viniese al mundo, mi pareja y yo (aunque poco peso tiene mi opinión en algo que no es cosa mía; lo más que he podido hacer ha sido apoyarla en su decisión y actuar como refuerzo positivo) decidimos que la prioridad sería la lactancia materna (hasta tal punto estábamos convencidos de ello, que el día del nacimiento de nuestra pequeña me negué a que le diesen un biberón a Júlia mientras esperábamos que su madre saliese por fin de quirófano; ¿imprudencia?, ¿riesgo innecesario? Tal vez, pero todo al final salió bien, así que yo lo considero un éxito). Pero no por capricho, ni por mantener la ligazón afectiva con la criaturita ni por ninguna de esas chorradas que quienes te critican te escupen (porque te llegan a escupir, sí, tal es la inquina con que manifiestan sus “inocentes” opiniones), sino porque nos habíamos informado al respecto (para estas cosas hacen cursos preparto primero, y posparto después), y llegamos a la conclusión de que era lo mejor para nuestra hija. Insisto, para nuestra hija, no para la madre (para el padre sí, lo reconozco: yo no he tenido que levantarme en mitad de la noche a calentar un biberón ni una sola vez). Quienes hayan optado por la lactancia materna exclusiva y a demanda sabrán que no exagero cuando digo que para la madre es durísimo, por eso no entiendo ciertas críticas al respecto.

Así las cosas, lo primero que nos sorprendió acerca de la lactancia materna es que la duración media (nuestro país no dispone de un sistema oficial de monitorización y seguimiento de la lactancia adecuado, los datos son los resultados de encuestas sobre hábitos sanitarios) de ésta en España es de unos 6 meses (en este país la palabra conciliación es sólo eso, una palabra, así que la incorporación al trabajo de las mamás dificulta un bien para sus descendientes), y que sólo un 46,9% de las madres llegan a los 6 meses (a las 6 semanas dan el pecho el 71% de las madres; y a los 3 meses, el 66,5%; podéis consultar el informe de 2015 de la Asociación Española de Pediatría aquí, no me invento nada). Pasados los 6 primeros meses, sólo un 28,5% sigue dando el pecho y, aunque no disponemos de los datos al respecto, se estima que pasado el año esta cifra es de un 20% (la recomendación de la OMS es, como mínimo, alargar la lactancia hasta los 2 años de edad por cuestiones inmunológicas). Y decía que los datos nos sorprendieron porque al ser animales mamíferos como somos, entendíamos que lo lógico era que la situación fuese a la inversa, que la alimentación con biberón fuese menos habitual de lo que a la postre es. Las razones de que la realidad sea la que es y no otra, no hace falta ser un superdotado, son, grosso modo, la necesidad de la incorporación laboral de la madre; la incomodidad, el sacrificio y las preocupaciones (que si no se me engancha, que si no me coge peso, que si mira qué percentil más bajo, que si no me deja dormir ni una hora seguida…) que supone darle el pecho a demanda a un bebé (el complejo de vaca lechera existe, sobre todo durante los primeros meses de vida); y, en menor medida, la imposibilidad de amamantar por cuestiones físicas como enfermedades, la estética (si queréis excentricidades, también las hay: conozco el caso de una mamá que no le daba el pecho a su hijo porque cómo iba a hacer semejante guarrería… sí, para ella los senos no son más que órganos sexuales) y algunas corrientes antilactancia, en mi opinión (documentada, que os veo venir), sin base científica que las respalde. Y que cada cual que piense lo que quiera, pero a quienes me dicen que es lo mismo alimentar con el pecho que con el biberón, les pregunto: ¿cómo puede ser igual una leche creada en un laboratorio mediante una fórmula válida para cualquier bebé que una generada por la madre para adaptarse a las necesidades individuales y en cada momento de su bebé?

Y sigo: ¿qué sucede si eres tan osada (tú y tu bebé, que esto es cosa de dos) como para alargar la lactancia más allá de los dos años? Pues si nos atenemos a lo que dice la ciencia, nada malo. Al contrario, estaremos haciéndole un bien (y esto tampoco me lo invento, lo dicen la Organización Mundial de la Salud, UNICEF, la Asociación Española de Pediatría, la American Academy of Pediatrics, la Australian Breastfeeding, la Canadian Pediatric Association, la American Association of Family Physicians, la American Dietetic Association, la National Association of Pediatric Nurse o la American Public Health Association; la AEP nos lo da todo mascadito aquí): mejor alimentación, menos infecciones, menor incidencia de ciertos tipos de cáncer y enfermedades autoinmunes en el futuro, mayor desarrollo intelectual, mejor desarrollo emocional y psicosocial, mejor salud mental en la edad adulta… y esto en lo que respecta al niño o la niña, porque resulta que la lactancia más allá de lo mínimo recomendado también tiene beneficios para la mamá: menos riesgo de diabetes tipo 2, cáncer de mama u ovario, hipertensión e infarto de miocardio. Y aun así, si a mi pareja le hubieran dado 10 euros cada vez que le han preguntado “¿todavía le das el pecho? (con cara de espanto, o de asco, o de ya está otra vez sacándose la teta)
, ya nos hubiésemos podido jubilar. ¿Por qué la pregunta? Pues porque quien la formula se retrotrae a un estadio precientífico donde la oscuridad, la ignorancia y, por consiguiente, el mito, la leyenda la fe y su reverso tenebroso, el fanatismo se hacen fuertes. Y del mito, la leyenda, la fe y el fanatismo (y una pizquita de mala leche) provienen afirmaciones como: “lo que tú no quieres es que tu hija crezca, quieres perpetuar el máximo tiempo posible que sea tu bebé”, “flaco favor le haces, no va a madurar en la vida”, “le vas a dar el pecho hasta que venga a buscarla el novio”, “uy, qué marrana, todavía enganchada a la teta”, “en el colegio nos han dicho que no es bueno seguir dándole el pecho, que les dificulta la adquisición del lenguaje (really? Yo soy filólogo, y del lenguaje y su adquisición sé algo, y diría que algo más que alguien que ha cursado un magisterio, y como ellos también tengo conexión a Internet, así que perdonad que os diga que no cuela; además, no deja de ser sorprendente que los maestros tengan conocimientos de lactancia y, en cambio, tanto pediatras como enfermeras tengan que buscar formación extra sobre la materia fuera de sus planes de estudio…)”, “lo único que vas a conseguir con esto es hacerla que dependa demasiado de ti (sólo voy a decir que las profesoras de la guardería de Júlia nos dicen que serán muy felices el día que nuestra hija les pida ayuda para algo… y aunque Júlia es única y especial para muchas cosas, no creo que sea la excepción que confirma la regla)”, “pareces una africana, todo el día con la niña colgada de la teta (pues ojalá, el déficit de lactancia materna es, sobre todo, un problema de los países del mal llamado Primer Mundo)”… y que sí, que navegando por la Red podemos encontrar artículos y opiniones que digan lo contrario a lo que yo he escrito aquí en base a los estudios de las organizaciones antes citadas (como el de este señor, más pendiente de polemizar y ganar dinero con su libro que de aquello tan tonto del rigor científico; y así le fue, refutado por la AEP y por el mismo hospital que le paga la nómina), como también podemos encontrar quien defienda que la Tierra es plana. ¿Rechazamos las opiniones científicas, entonces? ¿Nos volvemos todos tierraplanistas? Yo creo que no, ¿verdad? Pues aplicaos lo mismo en lo que respecta a la lactancia materna. O, por lo menos, informaos un poquito. Y que si la información que encontráis no coincide con lo que hicisteis en vuestro momento, pues no pasa nada, se supone que lo hicisteis como lo hicisteis porque pensabais que era lo mejor, y nadie os dijo nada. Y lo mismo hacemos nosotros. Y lo mismo exigimos nosotros. Libertad y respeto, that’s all Folks!

Por suerte, como decía al principio, yo no soy madre (si lo fuera, aunque no existe nada más estéril que discutir con la ignorancia, a más de una y de uno le había puesto la cara colorada, yo no tengo la paciencia que tiene mi pareja), pero sí soy padre, y como padre que soy les digo a los metomentodo de vidas aburridas: la lactancia de mi hija es cosa de mi hija y de su mamá (si yo que soy el padre no digo nada, y no diría nada en caso de que estuviera en contra, que no lo estoy, imaginaos qué tiene que decir al respecto una persona ajena a nuestra casa), y se prolongará (he aquí uno de los términos que nos lleva a la confusión, calificar a la lactancia más allá de los 2 años de prolongada, pues se quiere entender prolongar como ‘alargar algo de manera innecesaria’, pero creo que ya ha quedado claro que de innecesaria no tiene nada) hasta que ambas así lo quieran. Vuestras opiniones no son más que prejuicios, fruto de vuestra ignorancia. Y quedaos con un dato: el destete espontáneo en Homo sapiens sapiens (por si a alguien se le vuelve a olvidar que somos una especie animal) se da entre los 2,5 y los 7 años de edad, así que nos podemos ir ahorrando futuros comentarios al respecto. Gracias.

54. El periodo de adaptación

La llegada de septiembre, además de marcar el fin del periodo vacacional y la vuelta a la rutina (el trabajo, la convocatoria de elecciones, la liga de fútbol… vamos, lo normal de cada año), significa para quienes tenemos hijos de entre 0 y 5 años (por ponerle, aun a riesgo de equivocarme, un límite al asunto) tener que hacer malabarismos para afrontar ese periodo anormal con que conseguir la normalidad comúnmente llamado adaptación.
Y aunque es cierto que para nuestros hijos se trata de un periodo más que necesario (y para sus progenitores, que a todo tiene que acostumbrarse uno y todos tenemos sentimientos, por mucho que haya personas empeñadas en reservarse la exclusividad sentimental, pero eso ya es otra historia), para nosotros, padres y madres, suele ser más una putada que una ayuda, sobre todo a la hora de conciliar nuestras jornadas laborales con los horarios que se establecen en los diferentes centros educativos; aquí se da una primera diferencia entre las guarderías y escuelas públicas y las privadas: el dinero mueve montañas, amplía horarios y avanza fechas; que sea beneficioso o perjudicial para los más pequeños no es algo que esté en posición de juzgar, como mínimo me falta la mitad de la información, y además no es mi intención.
Seamos sinceros, en este país la palabra conciliación está más vacía de contenido que libertad, o que democracia, o que igualdad, o que la expresión amparado por la Constitución, por poner otros ejemplos sangrantes. Aquí, conciliar significa reducir tu jornada laboral (con el consiguiente recorte de sueldo, faltaría más, que somos europeos sólo en aquello que les interesa a unos pocos, a los de siempre, vamos), o guardarte unos días de tus vacaciones (quien lo pueda hacer; yo, por ejemplo, no puedo: la empresa donde trabajo cierra de tal a tal fecha, y no tengo la opción de mover mis días vacacionales), o echar mano de esa bolsa de horas extraordinarias que has ido acumulando a lo largo del año con vistas a posibles imprevistos (llamémosles adaptación, o enfermedad infantil o, simplemente, reuniones con los profesores de tu hija), o prometer que esos días u horas que necesitas por el bien de tu hija ya los recuperarás más adelante (¿cómo y cuándo?), o pedir por favor (al loro: por favor), puesto que no vas a poder recuperar esas horas que necesitas debido a que tu hija va a seguir necesitando tu atención y compañía todos los días de su vida hasta una edad determinada, que descuenten de tu sueldo esos días y/o horas que has necesitado para cuidar y acompañar (ojo al sentido del término acompañar, que es el verdadero sentido de este post, creo que más simpático de lo que parece hasta el momento, por mucho que me esté adentrando en las tinieblas en su introducción) a tu hija durante esos primeros días de guardería y/o colegio. O bien ya mandarlo todo a la mierda y llamar al trabajo diciendo que has sido víctima de una gastroenteritis nocturna, o que tienes unas décimas de fiebre, y que te quedas descansando en casa, pero que ya mañana o pasado mañana estarás en condiciones de reincorporarte a tu puesto…
Pues bien, en el caso de la adaptación a la guardería de Júlia, nuestra pequeña de dos años, mi pareja tuvo que pedir dos días de permiso, 5 y 6 de septiembre, que aún hoy sigue recuperando (cuando puede, porque tiene que salir a escape del trabajo y devorar más que comer para llegar a tiempo de recoger a nuestra pequeña; que sí, que la podríamos dejar más tiempo, pero somos de los que pensamos que, si hemos tenido descendencia, es cosa nuestra, así que salvo causa mayor no la dejamos más tiempo del necesario en la guardería ni se la “endosamos” a los abuelos), y yo, aprovechando que tenía un buen número de horas a mi favor (cosa de estar en un año laboral prácticamente sin puentes, a lo que le sumo que alargo mi jornada cuando tengo trabajo “por lo que pueda pasar”), las mañanas de los días 9 y 10 del mismo mes. Hasta ahora no habíamos tenido demasiados problemas al respecto: yo no he reducido mi jornada laboral en ningún momento para que mi hija pudiese estar el máximo tiempo posible con su madre (en lo que representa un sacrificio más que una forma de desentenderse, pese a que haya gente que no lo entienda así, y por aquella razón tan tonta de que somos animales mamíferos, y mamas que nutran de leche en mi casa sólo están las de mi pareja…), casi dos años a la postre, pero desde hace ya unos meses estamos trabajando los dos, así que había que adaptarse a la nueva situación porque no se puede ocupar ella sola de toda la logística que comporta tener un hijo.
Como es natural después de haber pasado un mes con mamá y papá, contando, además, los 14 días de vacaciones en los que hemos estado 24 horas por y para ella, el primer día de guardería (la primera hora y media, que eso es una adaptación: ir incrementando el tiempo que pasa la niña en la guardería con el acompañamiento de sus padres; y a medida que aumenta el tiempo allí, va disminuyendo el acompañamiento paterno) no fue bien. Júlia lloró y no quiso despegarse de su madre, aunque la segunda parte de ese primer día la pasó “bastante bien”. Para el segundo día Júlia ya había entendido perfectamente que, del mismo modo que papá y mamá tienen que ir a trabajar, a ella le toca ir al cole (así le llamamos en casa a la guardería): ni siquiera dejó que su madre se parara a saludar a otros padres, ella tenía que ir al cole y no podía entretenerse en saludar a nadie (ojalá tuviera yo la mitad de las habilidades adaptativas a los cambios que tiene mi hija, y no es pasión de padre, no). Allí, besito y abrazo a su mami, y a jugar, que la nueva clase la espera.
Pero entonces el proceso adaptativo se ve interrumpido por el fin de semana, y eso, junto al hecho de que el lunes sería yo quien la llevase a la guardería en lugar de su madre, nos hacía temer que volviese a tener un mal día. Pero nos equivocábamos: Júlia se despertó, desayunó y emprendió el camino hacia la guardería con absoluta normalidad. Más o menos a mitad del trayecto, se despidió de su mamá y completamos la ruta cantando y jugando. Y una vez en la guardería, y tras enseñarme el nuevo espacio y jugar unos 10 minutos conmigo, me dio un besito, me abrazó y me soltó un “¡adiós, papa!” que me dejó de piedra. Vale, hija, pues me voy (no me quieras tanto, pensé entre divertido y aliviado), en un ratito vengo a buscarte. Así que salí y me tomé tranquilamente un té matcha (¡menuda cosa me ha descubierto mi pareja!) mientras leía un poco y esperaba que fuese la hora de irla a buscar. Llegado el momento la recogí (la cosa ha ido muy bien, me dicen las profesoras), la dejé en casa de los abuelos, donde protestó un poco, y me fui a trabajar. Mañana será otro día, pensé (el último antes del parón, otro más, de la Diada, y antes de ampliar el horario y juntar a todos los niños de la clase; hasta ahora los habían dividido en dos turnos).
El martes día 10 de septiembre amenazaba con tormentas (según los meteorólogos, iba a caer la de Dios), y aunque nos llovió un poco en la parte final del trayecto hasta la guardería y el día pintaba bastante mal, al final no fue para tanto. Pero Júlia estaba como el tiempo, y ese día, cuando parecía que todo estaba solucionado, no quiso separarse de mí y lloró cuando le dije que me iba un ratito y luego volvía a buscarla. Así que me quedé jugando con ella: vestimos y le cambiamos el pañal a una de las muñecas que tienen allí para que jueguen, le dimos un paseo en el carrito por toda la clase y, finalmente, nos tumbamos para jugar con la increíble multitud de dinosaurios (¡dinosaurios!) de plástico que guardan en una de las cajas de los juguetes. Y cuando digo nos tumbamos, es que nos tumbamos de verdad. Y venga dinosaurio para aquí, y venga dinosaurio para allá, y éste le muerde el dedo al papa, y aquél, la nariz a Júlia, todo ello con los efectos sonoros adecuados para la ocasión, no penséis que jugábamos en silencio (es curioso que a Júlia le gustan los dinosaurios de verdad, los que tienen dientes afilados, y garras, y aspecto fiero, y en concreto su preferido es el Tyrannosaurus rex, buen gusto que tiene ella; pero no cualquier tiranosaurio porque al que sale en las películas Toy Story no le hizo ni caso, y cada vez que yo se lo daba lo metía de nuevo en la caja, pese a estar provisto de una sonrisa que le da un aspecto de lo más simpático). Con todo, al final de cada escaramuza reptiliana, por aquello de que no fuesen a pensar que educo a mi hija en la violencia más despiadada (¡joder, la de la vida real! Se supone que los dinosaurios eran así, ¿no?), todos los dinosaurios se daban besitos y se abrazaban como buenos amigos que son…
 
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La verdad es que no sabía cuánto tiempo llevaba jugando con mi hija y los dinosaurios (si por casualidad hubiesen sido Playmobil o muñecos de Star Wars me podrían haber dado las doce perfectamente), pero empezaba a tener la mosca detrás de la oreja porque el resto de padres no jugaban con sus hijos (en cambio, a Júlia y a mí se habían acercado otros niños, y jugábamos también con ellos), y aunque en principio pensé que vaya una gente sosa, llegó el momento en que todo empezó a resultarme sospechoso. Así que cuando empezaron a marcharse los primeros padres, decidí volver a hacer una intentona. Sin embargo, Júlia se me enganchó a la pierna con ese abrazo parasitario tan propio de los niños pequeños y empezó a llorar porque no quería que el papa se fuera. Entonces intervino una de las dos profesoras, la cogió y con tono y mirada de reproche me dijo: Claro, como jugando con el papa se lo pasa tan bieeeeeeen (así, estirando el adverbio)… Touché, cogí la indirecta a la primera, me despedí de Júlia y, turbado, me fui a tomar un matcha: había acabado mi primer día de adaptación expulsado de la clase por mi hija, y el segundo, por una de sus profesores. ¡No es un mal bagaje en absoluto!
Una vez que recogí a Júlia de la guardería, la dejé en casa de los abuelos (donde repitió la escenita parasitaria) y llegué al trabajo, comenté la jugada con mis compañeros Marta y Jordi (la primera tiene un hijo un poco más pequeño que Júlia, y el segundo, una hija y un hijo ya adolescentes), ¡y no creáis que se rieron poco! ¿Pero cómo se me había ocurrido ponerme a jugar con la niña? (pues porque mi hija quería jugar conmigo, ¡y yo no soy un padre soso de ésos que o bien no les sale o bien sienten algún tipo de pueril vergüenza de ponerse a hacer el indio con sus hijos en público!) Además de que tampoco me apetecía, ni me apetece, ponerme a hablar con otros padres sobre nuestros hijos: que si el mío ya recita el abecedario del revés, que si la mía ya caminaba cuando estaba en el útero, que si la mía con tres meses ya andaba y ahora es capaz de saltar un metro en vertical y a pies juntos… ya sabéis la de tonterías que decimos los padres cuando hablamos de nuestros hijos… Se supone que durante el periodo de adaptación la misión de los padres es acompañar a los pequeños, pero no interactuar con ellos, pues de ese modo se acostumbran a estar sin nosotros… de repente se me enciende la bombilla, y el eco de una conversación casi olvidada retumba en mi cabeza. Por si acaso me equivoco, cuando por fin hablo con mi pareja, ella se encarga de confirmar mis sospechas: poseía toda la información referente a la adaptación porque lo habíamos hablado con anterioridad… creo que no os descubro nada nuevo si os confieso que me sentía culpable. Errar es cosa de humanos, y uno aprende a sobrellevar los errores que comete y a aceptar sus consecuencias, pero si tus errores acaban afectando negativamente a tus hijos…
Y como la mente es así, al menos la mía lo es, empecé a imaginarme que por culpa de mi Jurassic Park particular el proceso de adaptación de Júlia tendría que volver a empezar porque seguiría echando de menos a sus padres y lloraría desconsoladamente cada mañana cuando su madre la dejara en la guardería (os recuerdo que al día siguiente era festivo en Catalunya, y luego venían dos días de guardería más, el último de ellos ya full time)… le pedí a mi pareja que se disculpara en mi nombre con la profesora que amablemente me había echado de clase el día 10, y me expliqué a mí mismo, supongo que para excusarme, que entre las muchas cosas que cambian (o se deterioran) en una pareja cuando llega un hijo, hay que contar con la comunicación. Y no es porque no se hable, no, se habla y mucho, y casi siempre es sobre los hijos. Lo que ocurre es que en muchas ocasiones esas conversaciones se dan en situaciones comunicativas complicadas: a última hora del día, ya agotados; mientras se baña o se cambia a los hijos; mientras se prepara la cena; mientras nuestros hijos cantan o bailan, o las dos cosas a la vez; etc. Así que en muchos casos las respuestas a la información que a uno se le transmite (sea quien sea de los progenitores el receptor) es sí, sí, o entendido, o ajá, cuando en realidad no se ha procesado absolutamente nada de lo que te han dicho. Y luego, claro está, uno se tumba en el suelo a hacer de diplodoco que huye despavorido del ataque de un famélico tiranosaurio…
Ya os avisaba unas líneas más atrás de que ya me gustaría tener la mitad de las habilidades adaptativas que posee mi hija, y no os engañaba. Por fortuna, todo ha tenido un final feliz (de lo contrario no estaría escribiendo sobre ello), y Júlia está más que encantada con la guardería. Disfruta como una niña pequeña (nunca mejor dicho, y como tiene que ser) de su tiempo allí, y demuestra que, además de una polvorilla, es muy independiente (las profesoras se alegran cuando les dice algo, o les da un besito, porque en toda la mañana no las requiere para nada, salvo los accidentes típicos de estas edades). ¡Imaginaos que nada más acabar de comer, sin esperar a nada ni a nadie, coge su muñeca Poppy (la de Trolls), se va a toda pastilla a la estancia donde duermen la siesta, se quita sus zapatitos y se pone a dormir! Así que, pese a todos los impedimentos: la inexistencia de una conciliación real, un padre que no está muy afortunado cuando es su turno de ejercer de acompañante y los días de fiesta que cortaban el proceso; podemos decir que hemos superado, y con nota, la prueba (gracias a Júlia en su mayor parte).
Yo, por mi parte, al final pienso que hice bien (supongo que porque no ha habido ningún problema): mi hija requería y esperaba de mí que estuviera y jugara con ella, y eso es lo que hice. ¿Que lo volvería a hacer? Por supuesto, ¡y más si el asunto consiste en jugar con dinosaurios (por no hablar de si se tratase de Playmobil o figuras de Star Wars)!

52. Cursos de escritura creativa (testimonio del joven Alfredo Martín G.)

Mi excompañero y amigo Jordi se quejaba un día, en una de aquellas conversaciones en mi despacho que tanto añoro, del panorama literario español (y catalán) actual, de la poca entidad que el género narrativo tenía comparado, por ejemplo, con lo que nos llega traducido de Estados Unidos (o de Francia, o de Inglaterra, o de Rusia, algunos de los países de origen de los novelistas que hemos leído o nos hemos recomendado[1] a lo largo de los años que hemos pasado trabajando juntos). Si no recuerdo mal, su queja se refería, sobre todo, a la escasa o nula destreza que poseen nuestros novelistas a la hora de construir sus relatos (“se desmoronan”, o algo parecido creo que dijo, o tal vez hizo un gesto que pretendía expresar esa misma idea), más que a cuestiones argumentales que sólo preocupan a los malos lectores.

Debido a mi recomendación, por aquel entonces se encontraba en plena lectura de una novela de Joyce Carol Oates (no sé cuál, pero tratándose de la Oates tanto da), así que toda comparación iba a resultar, por fuerza, odiosa. No en vano, Oates es una de las grandes novelistas de finales del siglo XX e inicios del XXI. Habitual candidata al Nobel, hablar de ella es hablar de una superdotada (tanto por su coeficiente intelectual[2] como por su prolífica producción literaria, de excelsa calidad), y sobre todo de alguien que sabe mucho de literatura: licenciada con honores, doctora, profesora emérita de escritura creativa en la prestigiosa universidad de Princeton… así que cuando Oates escribe, sabe perfectamente lo que se trae entre manos. Con semejante bagaje, se entiende que pocos novelistas pueden estar a su nivel tanto en lo que se refiere a dominio de la técnica como a eso otro, llamémosle genialidad, que sólo tiene a bien aparecer cuando se está trabajando. Y Oates en alguna entrevista ha confesado que no se ha tomado un día de descanso en la vida…

Jordi decía que aquí nadie te enseña a escribir, y que por eso nuestra narrativa tiene el nivel que tiene. Claro, se siguen publicando novelas, entre otras cosas, porque las editoriales viven de eso, pero de poca calidad (al fin y al cabo, y esto lo añado yo, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey, ¿no?). En Estados Unidos, proseguía Jordi su argumentación aprovechando el ejemplo de Oates, se enseña a escribir ficción en las facultades universitarias[3]. Aquí, en cambio, aunque algunas universidades ofrecen créditos relacionados con la escritura creativa (de relleno, para completar el currículum, de esos que cuando yo estudiaba se denominaban de libre elección), no hemos acabado de copiar el modelo anglosajón y lo de la creación literaria nos sigue pareciendo algo propio de la esfera privada, públicamente (¿o productivamente?) tan poco importante que no merece la pena ser tenido en cuenta. Sin ir más lejos, yo soy filólogo, y lo más parecido que hice durante mi licenciatura fue una asignatura llamada Prácticas de lengua oral y escrita (un semestre dedicado a cada uno de los componentes de la cópula) en la que no aprendí a hablar ni a escribir (mis capacidades, en uno y otro sentido, si es que las tengo, las he adquirido por otros medios), y eso que mis profesores fueron la catedrática Dolors Poch y el con posterioridad director de la Real Academia Española de la Lengua José Manuel Blecua hijo[4], así que a una cuestión de nivel del profesorado no se debió mi fracaso.

Ojo, que el oficio de escritor, como sucede con todos los oficios, y hasta aquí estoy de acuerdo con lo que exponía, no sin amargura, Jordi, se puede enseñar (parafraseando a Bolaño, escribir bien lo puede hacer cualquiera; lo cual no implica que lo que se escriba sea de calidad). Y, de hecho, se enseña. Pero pagando un precio, claro está, que vivimos en una sociedad capitalista. ¿Te sobran unos 17000 eurillos? Pues puedes matricularte en algún máster sobre escritura creativa. O tal vez puedes optar por alguno de los numerosos cursos privados que se ofrecen, siempre más económicos[5], ya sean presenciales o en línea, que aunque no durante tantas horas como un máster, al final se ocupan de lo mismo: tipos de personajes, tramas, puntos de vista, descripciones, diálogos, ritmos, voces narrativas y focalizaciones, temas… ya podemos olvidarnos de todo lo que hayamos leído sobre aquellos salones literarios de siglos pasados (en concreto, entre los siglos XVIII y XX) en los que la literatura era el motivo de discusión y se exponían y debatían problemas técnicos sobre la escritura, y se leían y se comentaban los textos de los asistentes. Ya hace tiempo que se extinguieron. It’s money time.

Pero la cuestión es: ¿sirven de algo los cursos de escritura creativa? Pues depende de las expectativas con que se asista a ellos. Si creemos que saldremos de allí convertidos en primeras espadas de la literatura universal, mucho me temo que nos llevaremos una gran decepción. Una cosa es que podamos aprender qué es un narrador homodiegético-intradiegético-con focalización externa, y otra muy diferente es que cuando se trate de nuestro propio texto seamos capaces de emplear con maestría los conocimientos que hayamos adquirido durante el curso. De hecho, ya son unas cuantas veces que lo manifiesto aquí, lo de escribir con maestría se logra, valga la redundancia derivativa, aprendiendo de los maestros, es decir, leyendo. Y escribiendo, sí, y dominando ciertos aspectos técnicos relacionados con la escritura, eso también: de los que nos hablarán e intentarán que dominemos (compaginando carga teórica con ejercicios prácticos) en los famosos cursos de escritura creativa. Pero no nos engañemos, lo esencial es leer, y leer, y volver a leer, y seguir leyendo… ¿Quiere decir todo esto que los cursos no sirven de nada en absoluto? No, de momento sólo afirmo que no obran milagros, y os cuento mi experiencia personal al respecto.

Hace cinco o seis años, no recuerdo con exactitud cuánto tiempo ha transcurrido desde entonces, me matriculé en el curso de escritura creativa que impartía el escritor Juan José Flores en la agencia literaria, con sede en Barcelona, International Editors’ Co (IECO), presidida, ni más ni menos, por Isabel Monteagudo. Lo cierto es que varias razones (en concreto, cinco) me hicieron decantarme por aquel curso en cuestión en lugar de, por ejemplo, matricularme en la archifamosa Escola d’Escriptura Creativa de l’Ateneu Barcelonès.
1. El precio. Qué queréis que os diga, por mucha literatura protagonizada por escritores[6] que haya consumido, en la que la asistencia de algún personaje a un taller literario (gratuito en la ficción) es casi un lugar común, sabía que por asistir a cualquier curso o taller literario iba a tener que rascarme el bolsillo, pero no estaba dispuesto a pagar cualquier precio, que soy pobre, pero no tonto, y no suelo pegarme tiros en el pie. La decisión, en este sentido, fue sencilla: entre el precio, para mí abusivo, del Ateneu y el del curso impartido por Juanjo, ganaba el segundo por goleada.
2. Las referencias. Aunque no tenía ni idea de quiénes eran Juan José Flores, la agencia literaria o la Monteagudo en aquel momento, busqué unas cuantas referencias al respecto, sobre todo centrándome en quien iba a ser mi profesor, porque lo demás, y soy del todo sincero, me importaba más bien poco (no pensaba, ni lo pienso ahora, profesionalizar unas de mis pasiones; mal asunto me parece tal solución). Pues bien, como decía, gracias a Internet me informé un poco acerca de quién era Juanjo, y descubrí que, aunque no había publicado demasiado (si no me equivoco, por aquel entonces tres o cuatro novelas y un libro de relatos), alguna de sus novelas había recibido algún elogio por parte de Fernando Valls, que, entre otras cosas, aunque no sé si confundo al crítico, valoraba la valentía de Flores por no hacer concesiones al gran público. Punto y pelota. Si lo ponderaba Valls, a quien conozco por haber sido uno de mis profesores de literatura contemporánea, me valía. No en vano, Fernando es una autoridad en cuanto a la narrativa breve (e hiperbreve) en español se refiere, y sabe de lo que habla cuando se trata de literatura (de su amplio currículum cabe destacar que ha sido director de la prestigiosa revista Quimera durante años). Así que Juan José Flores podía ser mi hombre.
3. La duración del curso y el número de alumnos matriculados. Dinero y tiempo son dos cosas que no hay que malgastar. El dinero, porque crearlo es muy costoso y se destruye con facilidad; el tiempo, porque sólo se destruye, es imposible crearlo. Así que El sueño de la ficción, nombre del curso de escritura creativa que impartía Juanjo Flores, de dos horas a la semana hasta un total de veinte (esto es: mes y medio de duración), volvía a presentarse como la opción más factible. Además, puesto que ya había decidido participar de forma presencial, el número de alumnos matriculados también jugaba a favor del curso de Juanjo, que advertía de que disponía de “plazas limitadas”. En el Ateneu, aunque no recuerdo la cifra exacta, eran muchos más, y no me hacía demasiada gracia por aquello de que soy asquerosamente selectivo en cuanto a las relaciones sociales se refiere.
4. La escuela de escritores. Si bien sobre El sueño de la ficción manejaba poca información (por no decir ninguna), del Ateneu sí que sabía algunas cosas. Por ejemplo, que se hacían llamar y creo que aún se llaman así, como reclamo publicitario, supongo, “la escuela de escritores” (ya podéis ir descartando un flechazo por mi parte); que de allí había salido Ildefonso Falcones y La catedral del mar, su gallina de los huevos de oro[7], y que ambos, hombre y monstruo, también eran utilizados como reclamos publicitarios (con lo cual la cosa no hacía más que empeorar entre el Ateneu y yo: se encontraban a un tris de perder a un posible alumno); y que una compañera de trabajo, futura poeta laureada del reino como mínimo, asistía como alumna. De hecho, por ella supe del número de alumnos matriculados y del tipo de ejercicios que hacían allí. Ella, como Falcones, y vuelvo al terreno de la suposición, se había propuesto escribir una novela a partir de alguno de los ejercicios que había presentado en el Ateneu, que al parecer le valió alguna que otra alabanza. Y así se pasaba los días, escribiendo y escribiendo, y dándole a leer cada nueva página que completaba a sus personas de confianza. Cinco o seis años después, los lectores del mundo aún esperamos su novela… Ya veis que todos los caminos me seguían llevando a Juanjo Flores.
5. Las tres cosas que debo hacer antes de morir. No, no me refiero a plantar un árbol, escribir un libro y tener descendencia, porque todo eso, aunque con alguna trampa, ya lo he hecho: no he plantado árbol alguno, pero sí que lo han hecho en mi nombre (en concreto, la compañía que me factura el gas); no hay nada publicado (a libros, me refiero) con mi nombre, pero sí que existe un libro en el mercado cuya parte dedicada a la gramática española (la mitad del manual, más o menos) he escrito yo, y hasta aquí puedo leer…; y, finalmente, soy padre desde hace dos años. Además, todo eso me parece “de personal normal”, y yo, de normal, lo sé y lo asumo, tengo poquito (me considero más anormal que especial, no soy de ese tipo de personas, maravillosas y únicas, que tanto abundan en el mundo). Si soy sincero, siempre he querido hacer otras cosas (tranquilos, no voy a dejar que mis fantasías sexuales salgan del tintero), entre ellas, asistir como alumno a un curso de escritura creativa; o hacer como que me dejaba seducir por alguna secta religiosa y asistir in situ a alguna de sus celebraciones; o participar en una de esas reuniones de solteros, creo que copiadas de los singles estadounidenses, en las que tenías cinco minutos para “conocer” a la otra persona antes de cambiar de pareja (yo creo que en cinco minutos no me da tiempo ni de salir del paritorio, así que siempre me ha interesado saber cómo condensaban su vida en tan reducido tiempo los participantes en semejante mercado de la carne). Por desgracia, creo que moriré habiendo realizado sólo una de las tres cosas que enumero, porque no me veo infiltrándome en una secta ni acudiendo a esas reuniones (no soy soltero y sería difícil de explicar, y creo, además, que ya no se organizan). Pero al menos he asistido al curso de Juanjo Flores, oye. Eso sí, tenéis suficientes pistas como para saber con qué ánimo e intenciones me encaminaba a la agencia literaria para asistir a mi primera clase como alumno…

usborne.com

La primera sesión de El sueño de la ficción fue como todo primer día de un nuevo curso, estudies lo que estudies: presentación del profesor (no sabéis cómo agradecí la absoluta normalidad de Juanjo); presentación de los alumnos, que consistía en decir nuestro nombre, ocupación, relación con la literatura en general y con la escritura en particular, el porqué de nuestra matriculación en el curso y qué esperábamos encontrar allí (yo fui el último en presentarme, y después de sobreponerme a las pulsiones de Tánatos, logré no empezar mi intervención con un “Hola, me llamo Tom, y soy alcohólico”); así que dije mi nombre, y mencioné mi formación y mi profesión; en cuanto al porqué de mi matriculación en el curso, zanjé el asunto con un “siempre he sentido curiosidad por ver qué podía aprender en un curso de escritura creativa” que, al parecer, convenció a todos los presentes salvo a mí mismo); y presentación y comentario breve por parte de Juanjo del temario del curso (ahora no recuerdo si ya entonces nos pasó las fotocopias de las lecturas que trabajaríamos o nos las fue entregando en el transcurso de las sesiones siguientes). Ya hacia el final de la sesión, Juanjo nos presentó la tarea que teníamos que realizar para la segunda clase: vimos una secuencia de un filme protagonizado por George Clooney (que ni había visto ni creo que veré nunca, y que para el ejercicio que nos iba a proponer, mejor que fuera así; a posteriori investigué, eso sí: la película en cuestión era Michael Clayton), en la que se veía un coche de gama alta que abandonaba un palacete y, después de transitar un rato por la campiña inglesa (que no sé por qué tenía que ser la campiña inglesa, porque nunca he estado allí… pero me la imagino de ese modo, tonterías mías; de lo que estoy seguro es de que no transitaba por campos castellanos), el conductor, ahora ya sí con la certeza de que era Clooney, se topaba con tres caballos en libertad, así que detenía el coche, bajaba y, extasiado, se dirigía hacia ellos, y justo cuando iba a metamorfosearse en Robert Redford y a empezar a susurrarles, su auto explotaba. Fin de la secuencia. Nuestra tarea consistía en describir por escrito qué sensaciones nos había producido la escena en su totalidad. Y así nos despedimos hasta la próxima semana.

Está claro que lo que acabamos de ver, me decía en el viaje de vuelta en los ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, es una suerte de epifanía que experimenta el personaje interpretado por Clooney. Una revelación, además, que le salva la vida, y que tiene que ver con la libertad, quizá opuesta a la actividad profesional a la que se dedica el personaje, simbolizada con toda probabilidad por el vehículo de gama alta y por el caro traje que viste, unos buenos corsés. Esto es (ahora veréis que mis capacidades analítica e interpretativa no es que sean muy elaboradas ni meritorias), lo ocurrido es la señal de que es necesaria una vuelta a los orígenes, a la sencillez, a la humildad, a la vida salvaje… ahora que lo pongo por escrito, suena verosímil, ¿verdad? Y ahora que lo pongo por escrito me doy cuenta de que con esto hubiese bastado, y quizás con esto todo hubiese sido diferente a como a la postre fue. Me explico: en las horas siguientes a esa primera clase, decidí que por qué me iba a conformar con la descripción de las sensaciones que me había provocado la escena cuando podía ir un poco más allá. No porque yo sea más chulo que nadie, sino porque si me salía del camino trazado era muy probable que el asunto me resultase más divertido de lo que a priori me parecía. Así que escribí un relato breve (de unas 6 páginas de extensión) sobre un escritor que había gozado de cierto éxito, pero que se había quedado sin ideas y que, una vez demostrada la naturaleza efímera de su fama, malvivía gracias a lo poco que ganaba impartiendo cursos de escritura creativa (de donde esperaba sacar alguna idea potente para una novela) y a la generosidad de su editor[8]. Para hacerlo más desgraciado aún, pensé que debía haber sido abandonado por su mujer, quien le arrebató la custodia de sus hijos (el recuerdo de la familia perdida era evocado por una de esas plaquitas con las fotos de los hijos que se colocaban en el salpicadero del coche, tan habituales en mi niñez, donde se leía: “No corras, papá”). Todo esto se narraba a bordo del automóvil que conducía el escritor y desde el interior de su mente, de camino a Madrid, adonde viajaba por imperativo editorial, apremiado por la necesidad de volver al candelero mientras aún estuviera a tiempo y amenazado con ser engullido por la nada del olvido. El relato finalizaba en la habitación del hotel donde se alojaba en la capital, tras una conversación telefónica con su editor y otra, sin respuesta, con el contestador automático del que había sido su hogar. Entonces, el protagonista se acercaba a la ventana de su habitación y miraba cómo unos niños jugaban con la nieve que empezaba a caer sobre Madrid…

Y llegamos a la segunda sesión. Tras los saludos de rigor, nos pusimos manos a la obra, que para eso habíamos pagado. Juanjo inició la clase con más teoría, aunque ahora no podría decir sobre qué se habló, ni ese ni ningún otro día, pero después de una filología y Teoría de la literatura y Literatura comparada, todo me era más que conocido; es más, a la mierda la modestia, diría que mis conocimientos sobre la materia eran mayores y más profundos que los suyos si a la teoría nos ceñimos (a fin de cuentas, según supe más tarde, él es biólogo, lo cual no es óbice para ser escritor ni para saber mucho de literatura, claro, doy por sentado que se entiende lo que quiero decir). Sobre los ejemplos literarios y los textos propuestos (todos estaban muy bien seleccionados, la verdad), pues también se me ocurrían otros que cumplirían, como mínimo, el mismo papel, y alguno incluso mejor (pero no dije esta boca es mía, que cada maestrillo tiene su librillo, y los elegidos por él cumplían a la perfección su cometido). Pero no era eso lo que me interesaba, yo ya había acabado mis estudios y si me había matriculado en un curso de escritura creativa no era para volver a oír hablar de la morfología del cuento tradicional según Propp (aunque sabía que materia de ese tipo sería la que se trabajaría), sino para tener acceso a alguien que ya publicaba con cierta asiduidad, saber de su método (si es que merecía la pena) y otras cuestiones relacionadas con la práctica. Sólo aguardaba conocer más y mejor a Juanjo Flores antes de aprovechar mi momento, y tal y como se iban a desarrollar las cosas, no tardaría en presentarse…

Una vez llegamos a los últimos cuarenta y cinco minutos de sesión, instante en que los alumnos teníamos que leer en voz alta nuestras descripciones de la secuencia que habíamos visto la semana anterior, empezaron los problemas: eché una mirada rápida a qué habían escrito mis compañeros y comprobé, no sin preocupación, que quien más se había explayado no pasaba de media página, y que eran mayoría los que apenas habían llegado a las seis líneas (y escritas a mano). Y yo allí con mi relato de seis páginas a ordenador, bien grapadito… para más inri, Juanjo decidió que fuera yo el primero en leer: por suerte, reaccioné rápido y le dije que lo mío era muy largo, que mejor que empezasen mis compañeros por si no daba tiempo de acabar (la cara de sorpresa de Juanjo y las miradas de mis compañeros acentuaron mi ya disparado desosiego). Todo el mundo estuvo de acuerdo, yo sería el último en leer mi texto. Entonces se sucedió una serie de descripciones, ricas en adjetivos (antepuestos, pospuestos y porque es imposible meterlos con calzador en medio de los sustantivos), que si no me dormí fue por obra de la divina providencia… eso, y que comparaba lo que leían mis compañeros con lo que había escrito yo y pensaba “esta vez te has pasado, chaval”. Por supuesto, no entré en los debates y análisis posteriores a cada lectura, el peso que de repente habían adquirido las seis páginas que ocupaba mi relato doblegaba mis fuerzas y voluntad. Pero llegó mi turno, y leí mi relato… y silencio, mucho silencio, e intercambio de miradas entre mis compañeros… y, por fin, siempre le estaré agradecido por el capote (si pudiera volver atrás, el escritor de mi relato no malviviría de cursos de escritura creativa ni parasitaría de las ideas de sus alumnos), Juanjo me preguntó que si todo eso lo había escrito a raíz de la secuencia de la peli de Clooney, y empezó a destacar el dominio del lenguaje y el simbolismo de mi relato, y cuando cedió la palabra a mis compañeros… silencio y más silencio, y miradas entre ellos. Por si faltaba algo para sentir que me había pasado de la raya, Juanjo decidió variar ligeramente el ejercicio que nos propuso para la siguiente sesión: en base a una fotografía (creo que se trataba de éste), debíamos escribir una suerte de relato, cada cual dentro de sus posibilidades, como había hecho Alfredo hoy con la secuencia de la película. Pues ya estábamos, el sabelotodo del curso abandonaba la clase en la más absoluta soledad rumbo a su localidad de residencia.

A partir de la tercera sesión, se dieron una serie de cambios: con respecto a mis compañeros de curso, la relación se volvió más fría (aunque nunca fue mi intención ampliar mi nómina de amigos con ellos), algunos dejaron de asistir (supongo que eran ricos, y no les importaba malgastar el dinero que habían pagado) y, entre los que continuaban, empezaron a ser mayoría quienes se presentaban sin haber hecho las tareas pactadas, eso sí, las miradas y los cuchicheos siguieron igual; con respecto a Juanjo, digamos que empezó a dedicarme una atención especial, y a insistirme en que aquello era una agencia literaria, que la del agente literario era una figura poco utilizada y hasta desprestigiada aquí (excepto los grandes tótems, como la Balcells o la Monteagudo, por hablar de los que operan desde Barcelona), pero que era muy habitual en países como Estados Unidos, donde era impensable que alguien escribiese sin un agente literario trabajando para él. El agente, proseguía, te ahorra la frustración de tratar con las editoriales, criba por ti, te asesora y te empuja, digámoslo así, al ruedo editorial/comercial. Así que si tenía una novelita guardada en un cajón, que no lo dudara, que en la agencia le echarían un vistazo y se pondrían a mi servicio… claro, una agencia literaria vive de escritores, así que en virtud “a lo que había demostrado en el curso”, yo podía ser una potencial fuente de ingresos (como veis, mi recelo respecto a la verdadera razón existencial del curso seguía muy vivo). Pero para eso, respondía para mí, tendría que tener una novelita en el cajón, la intención de publicarla en caso de que existiera y, por último, pero no menos importante, querer que la agencia en cuestión fuese mi mediadora.

No me extiendo mucho más: durante las sesiones que faltaban hasta finalizar el curso, y al contrario de lo que creía Juanjo, esto es, que mi ejemplo haría que mis compañeros se esforzasen más (¡ay, santa inocencia, como si los participantes en estos cursos tuviesen algo que aprender! ¡Si para ellos mismos ya lo saben todo y son los mejores, su única motivación es que se lo reconozcan públicamente!), la asistencia fue decayendo (¡menudas excusas tuvimos que oír, cada cual más disparatada!), hasta que el único asistente que quedó con vida fui yo. Continué haciendo las tareas que me proponía Juanjo, y juntos comentábamos mis textos, para mi disgusto, deteniéndonos más en mis virtudes que en mis defectos[9], hablábamos de literatura, de su método, de cómo se había montado la vida laboral para poder seguir escribiendo (lo de dedicarse full time a escribir es de pajilleros; sólo le sucede a una minoría, a los más grandes, ¡ah!, y a los mercenarios, y a los que para vivir se apoyan en rentas o bailan sobre tumbas de otrora ilustres apellidos ya enterrados), de cuáles eran los pasos a seguir en caso de querer publicar algo… y poco a poco nos fuimos conociendo (si me lees, me disculpo por no haber asistido a la presentación a la que me invitaste, no me gustan esos baños públicos, los protagonice yo u otra persona) y, entre otras cosas, me presentó a Maru de Montserrat, su agente y socia de IECO, a quien le había hablado de mí y de las cosas que escribía, quien me dijo que las puertas de la agencia estarían abiertas para mí en el momento en que quisiera sacar del cajón esa novelita que seguro que ya tenía escrita…

Llegados a este punto, retomo la pregunta que formulaba hace un rato: ¿sirven de algo los cursos de escritura creativa? La respuesta, según mi experiencia personal, es ambivalente. No creo que nadie salga de allí siendo mejor escritor de lo que ya era antes de entrar, aunque sí que es probable que adquiera la práctica de escribir (yo escribí un relato breve a la semana para un total, si no ando mal encaminado, de ocho en las diez semanas de duración del curso). Por tanto, creo que sí que pueden ser útiles para la inoculación de esa dulce (pero mortal) enfermedad que es la escritura. Asimismo, se puede llegar a aprender en qué consiste el oficio, la técnica narrativa y sus vericuetos desde la segura barrera que es la teoría. Otra cosa bien distinta es cuando demos el salto a la arena y los monstruos de los que habíamos oído hablar se materialicen en nuestras peores pesadillas (y desafíos). Y, por último, pero no por ello menos importante, pueden ser útiles a la hora de perder el miedo: a escribir, a que nos lean, a leernos, a criticar y a ser criticados (se trata de abandonar la zona de confort que son nuestros familiares, amigos y vecinos, que acostumbran a tener tanta buena fe como poco criterio y que no es que suelan ser muy imparciales a la hora de emitir sus juicios). Así pues, si alguien está pensando en asistir a un curso de escritura creativa, que lo haga, pero que tenga en cuenta todo lo que he comentado aquí (o no, que si le sobra tiempo, dinero y paciencia, es libre de gastarlos como bien quiera). Y que sepa, por si aún no lo tiene claro, que como mucho es un punto de partida, nunca un fin. La meta, si es que alguna vez se alcanza, está precedida de múltiples puertos de montaña que son nuestras lecturas. Ahora bien, ni siquiera salvar tales cotas nos asegura ganar la gran vuelta, pero sí acabar la carrera, que ya es algo muy honroso y gratificante.


[1]Últimamente es mi compañera Maite la persona que ha jugado ese mismo papel: tanto la novela que acabo de leer como la serie de televisión que estoy siguiendo se deben a su recomendación. A cambio, yo le he prestado la imprescindible Antología de la literatura fantástica, selección de relatos (o fragmentos literarios) de esa Santísima Trinidad formada por Ocampo, Bioy Casares y Borges, y le he recomendado un par de series.
[2]Forma parte, entre otras asociaciones, fundaciones y academias, de Mensa Internacional.
[3]Y suelen emplearse escritores consolidados: además de Joyce Carol Oates, David Foster Wallace, Salman Rushdie, Kurt Vonnegut, John Barth, William Burroughs, Susan Sontag, Raymond Carver y tantísimos otros se han dedicado o se dedican a la enseñanza de la literatura y/o de la escritura creativa.
[4]El profesor Blecua, encargado de la parte escrita de la asignatura, siempre nos decía al comenzar su clase: “Hoy dividiremos la clase en tres partes”; pero lo cierto es que jamás supimos qué se guardaba don José Manuel para aquellos tercios del final porque nunca tuvimos oportunidad de descubrirlo: tal era la parsimonia del mayor de los hermanos Blecua, que se le morían las clases antes de cumplir con sus planes organizativos. Sospecho que era justo en aquellos momentos perdidos para siempre cuando tenía pensado enseñarnos a escribir…
[5]Aún más económica, pero mucho más fría, es la opción de comprar libros que versen sobre la escritura creativa. Yo tengo (y he leído, que una cosa no siempre implica la otra) Escribir ficción: Guía práctica de la famosa escuela de escritores de Nueva York (la Gotham Writer’s Workshop) y Mientras escribo, de Stephen King… sí, habéis leído bien: Stephen King, y lo digo así, sin sonrojarme… qué queréis que os diga, guardo un buen recuerdo de las novelas que leí de él durante mi adolescencia (menos a It, que me acojonaba, me refiero a las más famosas de aquella primera etapa tan exitosa, a las que les sumo La mitad oscura, que también me enganchó), y sentía curiosidad por saber cómo era el día a día y el modus operandi de tan fecundo escritor. Dicho lo cual, tanto uno como el otro, y cada cual a su manera, se ocupan de las cosas de siempre: aspectos técnicos, disciplina y la importancia capital de la lectura para la propia escritura.
[6]¿Sobre qué puede escribir un novelista que no sea aquello que mejor conoce? Pues eso, sobre escritores, él mismo u otros, y sobre la literatura misma, ¿no?
[7]Recuerdo, precisamente en alguna clase de Fernando Valls, cómo despellejábamos en aquella época a Falcones y a Ruiz Zafón, los vendedores de libros del momento, y cómo arrojábamos sus despojos a los perros. Hasta tal punto llegaba el pitorreo, pero también nuestro posicionamiento literario, que pensé hacerme una camiseta con el lema “¡Ni Falcones ni Zafones!”, y a lo mejor retomo la idea.
[8]Ya veis por dónde iba, ¿no? Como soy consciente de que lo mío es de risa, decidí convertirme en el protagonista del clásico chiste: “¿Vende usted manuales para hacer amigos, quiosquero de mierda?”. Lo que ocurre es que mi relato no provocó la reacción que esperaba…
[9]Al fin y al cabo, las virtudes, en caso de que existan, ya las tengo; de lo que se aprende es de los errores, pero él se empecinaba en destacar mi dominio del lenguaje, mi habilidad para crear y desarrollar tramas secundarias, mi control del tiempo narrativo en función de mis intereses… Entendedme, le agradezco sinceramente todos los elogios, fueron importantes porque venían de un escritor de verdad, de un “igual”. Pero si sólo quisiera que me dijeran lo bien que escribo, me dirigiría a mis familiares, a mis amigos y a mis vecinos de toda la vida. Estos nunca fallan si la intención es subirte la autoestima o mantener el (falso) estatus de tu ego.

51. A propósito de ser feliz

“Yo he sido feliz casi todos los días de mi vida, al menos durante un ratito, incluso en las situaciones más adversas”, escribía Roberto Bolaño en la última entrevista que concedió en vida[1] (puesto que fue así, por escrito, y quien la haya leído sabrá que el chileno se lo tuvo que pasar muy bien respondiendo a las preguntas de la periodista de la edición mexicana de Playboy). Y se me ocurre que esas palabras son un epitafio maravilloso, la más bella despedida, el mejor bálsamo posible para quienes aún no parten, además de una sana filosofía de vida.

No sé si todo el mundo es feliz, al menos en los términos en que afirmaba serlo Bolaño, pero yo sí lo soy[2], y me cuesta creer que el resto del mundo no lo pueda ser. Sí, ya sé que existen patologías que dificultan en grado sumo eso de ser feliz y que todos pasamos por fases de amargura existencial en que la felicidad nos parece un imposible sólo al alcance del resto del mundo. Pero se trata de una ilusión, de una broma sin gracia, de ahí a que no seamos felices ni ese ratito del que hablaba Bolaño…

Claro, lo que sucede con la felicidad es que nunca tenemos suficiente (¿conocéis a alguien en su sano juicio que diga que está cansado de ser feliz?), si de nosotros dependiera, siempre seríamos felices. Pero se nos escapa que la felicidad es una anomalía que altera el estado normal de las cosas, y que precisamente requiere de esa normalidad que se viste habitualmente de tedio, monotonía, aburrimiento y tristeza para poder ser reconocida cuando tenga a bien venir a visitarnos. Sin oscuridad, la luz carece de sentido, es de Perogrullo.

He escrito “cuando [la felicidad] tenga a bien venir a visitarnos” ex professo, porque uno no elige ser feliz, no puedes decirte de buena mañana, entre sorbo y sorbo de humeante café con leche: “hágase la felicidad”, y esperar que la felicidad se haga. La felicidad, como tal vez también sucede con el amor, más esquiva es cuanto más se la busca. Al menos, la felicidad que emana de nuestro interior. Ésta se resiste a, por decirlo de alguna manera, ser producida. Llega cuando llega, y no podemos precisar qué la origina, ni quién, ni cuándo, ni cómo, ni dónde, ni por qué hasta que la estamos experimentando.

Sin embargo, también podemos encontrar la felicidad en el exterior, y ésta sí que depende de nuestra pericia, puesto que para ello debemos entrenar y ejercitar nuestra mirada y nuestra empatía. Es bien sabido que no hay mayor ciego que el que no quiere ver, y qué queréis que os diga, tenemos siempre tanta prisa y vivimos tan ocupados y tan pendientes de nosotros mismos que muchas veces pasamos por alto detalles, a simple vista insignificantes, con potencial para hacernos felices, “al menos durante un ratito”. Pongo un ejemplo personal:

Ayer jueves tenía uno de esos días que los que tenemos de todo pero no sabemos valorarlo solemos calificar de malo: venía de una noche de escaso sueño y aún menos descanso (y van… bueno, mejor no contabilizarlas), volvía del médico (donde no me habían dado malas noticias, pero tampoco buenas), tenía un tic nervioso en el ojo izquierdo y esperaba que llegase de una vez el tren que con riguroso retraso me acercaría al trabajo, donde, para más inri, me esperaba una tarea tan aburrida y tan poco agradecida que no se la desearía ni a mis peores enemigos (bueno, miento, a mis enemigos y enemigas, sí; aquí duplicar el género es necesario). Sin duda, parecía una buena ocasión para desahogarse con alguien, pero la experiencia me ha enseñado que lo mejor es cocinar lo más apetitosamente posible tus problemas, porque vas a tener que comértelos solito. A la mayoría de la gente le importan, perdonadme la expresión, una mierda tus problemas, o le importan siempre y cuando no sean verdaderos problemas, porque entonces le supera la información y no sabe qué hacer con ella, o bastante complicada es su vida ya como para complicársela más con semejantes historias, o… (casi todos lo hacemos, no me excluyo en absoluto, aunque he escrito “la mayoría” como concesión a la excepción). Y a las dos o tres o cuatro personas (no creo que igualen en número los dedos de una mano) que sí les importarían, que se prestarían a ayudarte y que te serían útiles, ni que fuera como simples oyentes mudos, siempre suelen estar lejos en ese preciso instante.

Y así me encontraba yo, con mis pocas ganas y mi mal día, en el andén de la estación de tren de mi localidad de residencia, cuando decidí, más por necesidad que por verdadero apetito, comerme el bocadillo que me había preparado para desayunar. Lo cierto es que tenía planeado dar buena cuenta de él cuando ya estuviese sentado cómodamente en el tren (el día empieza a mejorar, una ventaja de viajar más tarde de lo habitual: puedo sentarme sin necesidad de jugar a ver quién se levanta en las próximas cinco o seis paradas; más allá ya no merece la pena hacerlo). Pero, ¡ojo, que se acumulan las pequeñas alegrías!, decido comérmelo ya porque así dispondré de casi media hora de lectura de una novela que me urge acabar porque me esperan los libros de Sant Jordi. Así que empiezo a comerme el bocadillo de mortadela de pavo con aceitunas (si no la habéis probado, hacedlo de una vez, ¡os hará felices!) cuando un gorrión se posa a mis pies y empieza a mirarme del modo ancestral con que sólo pueden mirarte las aves (y con curiosidad, añado yo).

Ya con una sonrisa, me doy cuenta de que no me mira a mí, sino a mi bocadillo, así que empiezo a tirarle migas de pan: una, dos… y antes de que deje caer la tercera, el gorrioncillo empieza a revolotear a mi alrededor (bueno, alrededor de mi bocadillo), y ya las siguientes migas que le lanzo no llegan nunca a tocar el suelo porque el hábil y desvergonzado pajarillo las caza al vuelo como Tor, el mejor perro del mundo (otro recuerdo feliz), cazaba las piñas que le lanzábamos mi pareja y yo cuando lo sacábamos de paseo. Si hubiese querido, el gorrión habría comido de la palma de mi mano, o directamente de mi bocadillo, pero me estaba gustando el jueguecito, y parecía que a él también. Y me hacía feliz pensar que mi presencia no sólo no le suponía un peligro, sino que lo mantenía a salvo de las palomas, unas competidoras que siempre parten con la ventaja del tamaño, que no nos quitaban ojo desde las alturas.

Y me imagino que la escena de alguien que se dedica a lanzarle migas de pan a un gorrión al tiempo que habla con él en una estación de tren de cercanías, además de a los dos protagonistas, haría feliz a las personas que supieran mirarla con los ojos adecuados. Conmigo, en caso de haber sido yo el espectador ocasional, lo habría conseguido.
Para mí el día ya había cambiado. Mi ratito de felicidad había llegado de la manera más inesperada. Y sin necesidad de poner en juego el comodín de mi pequeña Júlia, siempre ganador. Ella aún me esperaba a la vuelta del trabajo.


[1] Mónica MARISTAIN: Playboy, 9, ed. mexicana (2003), y en “Estrella distante”, Página 12, Buenos Aires (2003). Recogida en Entre paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama (2004), donde, curiosamente, el editor Ignacio Echevarría elimina esta respuesta de Bolaño y la pregunta que la origina (“¿Cuándo ha sido más feliz?”). Al menos yo no he sido capaz de encontrarla en la edición que manejo.

[2] También es cierto que para mí es muy sencillo: sólo tengo que bajar del tren cada día para ser recibido por mi pareja y mi hija, que es la niña más guapa, simpática, cariñosa e inteligente del mundo. O ponerme a jugar con Júlia, o simplemente mirar cómo juegan ellas, madre e hija, para sentirme la persona más feliz y afortunada del mundo.

50. ¡Medio centenar!

Me siento feliz. Con este post, llego a la cifra de 50 publicados… Lo cual no es cierto, porque existe uno, el de presentación, por llamarlo de alguna manera, numerado como 0. La verdad es que me hace gracia que así sea, su cualidad de 50 apócrifo, aunque sospecho que es uno de esos chistes tontos que sólo me hacen reír a mí: quienes me conocen ya saben de qué estoy hablando. Con todo, 50 posts (o 51, puesto que, stricto sensu, el 50 es el dedicado a Bolaño, y me parece bien que de la redondez de ese número se beneficie una publicación sobre el chileno) son muchos más posts de los que pensaba que escribiría cuando inicié esta andadura en septiembre de 2015. Claro, no son muchos, una media de (calculo con los dedos… y dos que me llevo, más la incidencia de la órbita jupiterina hacen un total de:) unas 14 publicaciones anuales. En el universo blog, en imparable contracción, es hablar de una menudencia. Una menudencia, además, que es probable que siga haciéndose más y más chiquita, hasta que sea prácticamente inexistente. Voy a embarcarme, y estoy embarcado ya, en otros proyectos, laborales y personales, que se adueñan y se adueñarán del ya de por sí escaso tiempo que hasta la fecha le dedico a este blog. Sin embargo, aunque he sentido la tentación de eliminarlo, al final he decidido mantenerlo activo, para cuando se me antoje volver a él.

 
Ahora que he hecho números, me pregunto si podría haber publicado más cosas aquí, y la respuesta es ambivalente: después de echarle un vistazo a esos blogs que aún son leídos, y compartidos, y comentados, y que acumulan pulgares enhiestos y corazoncitos virtuales, sí, podría haber publicado muchos más posts de los que he publicado; pero si me sincero conmigo mismo, la respuesta es un no categórico. Por incapacidad a todos los niveles en que se puede ser no capaz, seguro, pero también por pudor. Me explico: entre las virtudes de muchos de esos blogs (y hablo sólo de los que se sirven básicamente de la palabra escrita y que pretenden ser divulgativos), se me antoja que la más importante es la del número de seguidores, al que se subordinan la calidad, la honestidad intelectual (me repatea que se hagan pasar como propias ideas que no lo son, o que no se referencien debidamente) y la profundidad. Lo perverso de esto, de tener muchos y activos seguidores, es que puedes sentirte obligado a ser una presencia constante, y sin darte cuenta te encuentras metido hasta el cuello en el charco de lo banal, máxime teniendo presente que toda creación tiene algo de onanismo, sirve de alimento a nuestro ego, siempre ávido de notoriedad y reconocimiento (y las necesidades derivan de carencias, es bien sabido). Y aunque tal vez ahora peco de soberbia, Alfredópolis no va en esa línea, lo cual era y es y será siempre mi intención. Mis pajas mentales, que me las hago, no lo voy a negar, tienen otros protagonistas y otros escenarios.
 
Que no me importa ser leído o no serlo (o que no me importa demasiado) ya lo he dicho aquí antes, y no iba de farol. En mi blog escribo sobre una vida que tiene poco de literaria, la mía, sobre mis gustos e intereses, que no suelen coincidir con los de la mayoría, sobre (algunas de) mis opiniones… así que, por un lado, sería presuntuoso pretender tener un número de lectores semejante al de esos blogs estrella de los que hablaba antes; mientras que, por otro, tampoco soy alguien que escriba para todo el mundo, así que es del todo imposible que mi casillero de visitantes-lectores sea milmillonario. Quien escribe, escribe para un lector ideal, no voy a descubriros ahora la sopa de ajos, y aunque no tengo muy claro quién es el mío, sí sé que no coincide con el de mis compañeros blogueros. Es así, y no hay que darle demasiadas vueltas al asunto, porque de verdad que importa poco. Me sigue pareciendo más valioso no traicionarme a mí mismo ni tomarle el pelo a nadie. Con eso ya me doy por satisfecho. Tengo exactamente los lectores que tengo que tener, y si a alguien me debo, es a ellos.
 
Pero la verdad es que aún me sorprendo cuando alguien me dice que sigue mi blog, siempre acabamos topando con otra rara avis. Como muestra, un botón: hace poco, no puedo precisar cuándo, una persona me dijo que había leído los posts tal, y tal, y tal, y me comentó alguna de las cosas que en ellos había escrito y que había activado no sé qué alerta para que la avisara cuando publicase algo nuevo. Pues bien, ¡ni sé qué demonios puede haber activado, ni me acordaba de aquello que decía haber leído! Eso sí, creo que salvé la conversación de forma más o menos honrosa (¡tampoco está la cosa para ir espantando lectores!). No sé, me lo paso bien cuando escribo, no lo haría si no fuese así, pero tiendo a olvidarlo todo una vez que lo publico. Entre otras cosas, porque estoy seguro de que he escrito muchas tonterías, y aunque cada vez tengo menos vergüenza, aún me queda una poca.
 
Decía que me siento feliz por haber llegado a las 50 publicaciones (no quiero irme por las ramas como suelo hacer, defecto que me señalan siempre algunas personas; lo cual me resulta curioso, porque la que iba a ser mi directora de tesis doctoral me decía que mi mayor problema radicaba en ser demasiado sintético a la hora de explicarme por escrito… un detalle importante: es especialista en literatura decimonónica, discípula del gran Sergio Besser), y ésa es la verdad. Y con motivo de tal dicha, voy a sortear un lote de libros entre los lectores que dejen un comentario aquí o en la página de Facebook dedicada al blog: La Poética, de Aristóteles, con la inclusión de los capítulos XXVII y XXVIII, editados por Adso de Melk; La importancia del amor paterno, de Franz Kafka; Finalmente el tiempo sí existe, boludos, de Jorge Luis Borges; Guía ilustrada del Ulises, de James Joyce, con un vale de descuento para las dos primeras visitas al psiquiatra; Al fin Bartleby lo hizo, de Herman Melville; Sé que lo único que has leído de mi divino libro es el Infierno, valiente hipócrita, de Dante Alighieri; La Biblia y la verdad rigurosa, de autor omnipotente y desconocido (1 página y dos líneas); Ella me tentaba, de Lewis Carroll; Franco, ese mito erótico, autores varios y prólogo-orgía a ocho manos de Francisco Marhuenda, Pablo Casado, Santiago Abascal y Eduardo Inda, edición corregida y ampliada por José María Aznar; y Cómo intentar estar en el centro de todo cuando te pesa mucho más el huevo derecho, sobre todo en sus extremos. Una canción desesperada, de Albert Rivera.
 
¡Mucha suerte a todos!

 

 

 
 
 

 

 

49. Bolaño y yo

El diablo quiere compañía y es un corruptor de voluntades que planea la caída de los otros[1].
 
 
Claudia CARD
 
 
 
 
 
Si mi vida como estudiante hubiese transcurrido con normalidad, la muerte de Roberto Bolaño me habría cogido fuera de la universidad, o cerca de licenciarme[2], y por lo tanto, ya habría leído alguna de sus novelas, como mínimo una de ellas. Pero, si no me equivoco (¿podéis creer que no recuerdo cuándo empecé la carrera ni cuándo me licencié?; diagnóstico: envejecimiento), aquel 15 de julio de 2003 aún esperaba las notas de las Pruebas de Acceso a la Universidad, o hacía poco que me consideraban apto para cursar la titulación que me viniera en gana o, como mucho, aunque me inclino más por las dos primeras opciones, disfrutaba de mis primeras vacaciones como universitario[3].
 
Sea como fuere, para mí la muerte de Bolaño no supuso nada extraordinario. El suyo era un nombre que conocía y que tenía clasificado como “novelista y poeta” en mi lista de futuras lecturas (aunque estoy seguro de que él hubiese preferido invertir el orden de la cópula anterior, como supongo que les ocurre a todos los novelistas superlativos), pero poca cosa más. Nada sabía, salvo de oídas, de su biografía, ni de sus novelas y relatos, ni mucho menos de sus poemas, desconocidos para el gran público. Eso sí, me había topado con él como personaje en la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas (Tusquets Editores, 2001), lectura obligatoria de la asignatura de Literatura española en Bachillerato[4].
 
Así las cosas, no fue hasta el segundo o tercer año de licenciatura cuando leí por primera vez a Bolaño, en el contexto de una asignatura llamada Narrativa Hispanoamericana II o algo así, y la primera toma de contacto fue, ni más ni menos, Estrella distante, “una aproximación, muy modesta, al mal absoluto[5]”, que a mí personalmente me fascinó tanto como me repugnó, que al fin y al cabo es lo que habitualmente nos sucede con el mal cuando se presenta en estado puro, si es que es lícito aplicarle tal adjetivo al mal. Sin embargo, pronto descubrí que había algo que me chirriaba de todo lo relacionado con la figura de Bolaño, hasta el punto de hacerme enfadar: la fijación de quienes escribían o hablaban sobre su vida (editores, críticos, articulistas, profesores) por destacar la multitud de trabajos que había desempeñado el chileno hasta que por fin llegó el reconocimiento (más de crítica e iguales que de lectores), y con el reconocimiento, el dinero, y se pudo dedicar full time a la literatura (cosa que no es cierta, desde que Bolaño decidió ser escritor, se pasaba el tiempo escribiendo, hiciese lo que hiciese para ganarse la vida; de hecho, como él mismo decía, todo aquello le había servido, y le servía, para ganar algo de dinero con el que comprar tiempo para poder escribir[6]).
 
Fotografía de Manolo S. Urbano. El País.
 
Entendedme, por aquel entonces yo era joven (aunque no tanto), e inmaduro (mucho más que joven), y aquel énfasis que se ponía en las penurias económicas y en lo variopinto de su currículum (que si fue vendedor de billetes de autobús, de lámparas, de bisutería, lavaplatos, botones, camarero, vigilante nocturno en un camping, mozo de carga y descarga de barcos, vendimiador…), así como en lo alejadas de las letras que transcurrieron su niñez y su primera juventud (que si su padre fue camionero y boxeador, y su madre, una profesora de matemáticas que leía best sellers como si no hubiese un mañana; que si era nieto de un militar, y bla, bla, bla), me olía, y perdonadme la expresión, a mierda clasista. Me parecía que todos y cada uno de aquellos comentaristas autorizados, y acomodados, señalaban con dedo acusador a ese nuevo Sorel llegado allende los mares porque intentaba incurrir en un mundo que no era el suyo, por nacimiento y clase social, y había que bordarle una letra escarlata en el pecho porque, además, tenía la desfachatez de irrumpir bajo la bandera del talento y la inteligencia… Hasta tal punto me preocupaba este asunto, ahora veréis la poca humildad de mi yo estudiante (como la de todos los estudiantes, que pensamos que el mundo está ahí, entre tinieblas, a la espera de que lleguemos nosotros a dejar la impronta de nuestra grandeza[7]), que me preguntaba si a mí me pasaría lo mismo en caso de que algún día publicara algo: ¿dirán (así, en futuro simple de indicativo, porque tenía que pasar) que he trabajado como operario en una fábrica, como mozo de almacén, en una cadena de montaje, pesando y empaquetando tornillos de acero inoxidable, limpiando unas cubas que de lunes a viernes contenían todo tipo de ácidos nocivos (cosa que me negué a hacer, pero a mi leyenda se le sumaría también este trabajo), reponiendo artículos en un supermercado, en la construcción, moviendo con una grúa tubos que pesaban cientos de kilos…? ¿Dirán que soy nieto de mineros? ¿Y que mi padre fue albañil durante muchos años? ¿O que es un lector voraz de novelas ambientadas en el salvaje Oeste? ¿O que mi madre es una fanática de las sopas de letras? ¿Se preguntarán, en definitiva, qué hago yo aquí? ¿Qué derecho tengo? ¿Quién me permitió estudiar?
 
Supongo que no hace falta decir que estaba puerilmente equivocado. Bolaño no hubiese sido Bolaño, precisamente, sin todo ese bagaje que se encargaban de señalar quienes habían llegado a él mucho antes que yo[8]. En aquella versión de mí mismo, como ya he dicho, confluían dos patologías: juventud e ignorancia, de las que por fortuna he ido sanando con el paso del tiempo y la profundización en el universo literario bolañesco[9]. Y es que con Bolaño, tenía que ser él, a medida que mi capacidad adquisitiva mejoraba (el pasito cualitativo y cuantitativo que separa ser muy pobre de ser pobre a secas), inicié una práctica recurrente en mis primeros años posuniversitarios: comprar, casi siempre en orden cronológico, todo lo que había publicado en vida el escritor o la escritora “a estudiar”, en aquella primera ocasión, Bolaño. Por descontado, el espacio disponible en casa y esa sensación de que el tiempo es precioso y cruelmente finito, que se acrecienta a medida que acumulamos primaveras, me ha hecho cambiar de modus operandi: ahora, cuando me interesa un escritor, ya no lo compro ni lo leo todo, sino que bebo de fuentes fiables y compro sólo aquello que realmente “tengo que leer” (con los riesgos que comporta todo canon, es evidente). Bastante me pesa ya tener que morir sin haberlo leído todo como para seguir entreteniéndome con obras de juventud, o menores, o intrascendentes (total, para dármelas de gran lector en una red social cualquiera ya me basta y me sobra con lo hecho hasta ahora)… Lo de leer en orden cronológico puede ser útil en un momento determinado para aprender el oficio[10]: no hay nada mejor para eso que mucha gente desea, esto es, saber cómo se aprende a escribir[11], que ver la evolución, o involución, de esos escritores a los que admiras. Entonces, ¿ser un lector de Literatura (con L mayúscula) y estar formado en el florido campo de las letras te garantiza convertirte en un gran escritor? No, en absoluto. Luego, mucho me temo, hay que sumarle talento, y disciplina, mucha disciplina, y trabajo, y comprensión lectora y capacidad de crítica y de autocrítica, y humildad, y constancia, y reflexión, y correcciones, muchas correcciones, y superación de la frustración y del fracaso, y valentía, y sacrificio, y… Pero sin ser un gran lector, esto es seguro, ya te puedes arrojar al río de la escritura con el flotador de tus conocimientos teóricos y tus virtudes concedidas por los dioses, a ver, valiente, si eres capaz de llegar a la otra orilla. Yo no apostaría por ello… y lo sé, no porque sea un gran escritor, sino porque me he ahogado muchas veces.
 
Pero dejo ya la digresión y vuelvo a Bolaño, que me he ido por las ramas (por las malas hierbas, mejor dicho): el poso que había dejado en mí Estrella distante me llevó a adquirir Los detectives salvajes (devorado de camino al instituto donde trabajaba en Sabadell y de vuelta a casa, y en la sala de profesores, y en las dos horas que tenía de descanso hasta que empezaban mis clases por la tarde), y luego llegaron el resto de sus novelas y relatos[12]. Por aquel entonces, toda visita a una librería, ya fuera física o virtual, acababa con la compra de 4, 5 o 6 libros por mi parte, preferentemente novelas o cuentos. Así que, como ya podéis imaginar, no tardé demasiado en tener toda su obra en prosa en mi biblioteca personal (con la poesía también pretendía hacerlo, pero Bolaño es un gran novelista…). Claro, con esto no quiero decir que haya que leer todo lo que ha escrito Bolaño, pero sí que hay que leer a Bolaño, y esto significa que si eres lector y puedes leer en español, en tu lista de lecturas no pueden faltar, para mí en el orden que sigue, Estrella distante (1996), 2666 (2004) y Los detectives salvajes (1998). Yo añadiría también Nocturno de Chile (2000) y La literatura nazi en América (1996)[13], pero con los tres primeros títulos ya es más que suficiente para darse cuenta de la importancia capital de la narrativa bolañesca, además de que estoy seguro de que quien los lea acabará por leer también los otros dos (si no más, como me ocurrió a mí en su momento).
 
De hecho, y no exagero, si un nuevo descuido romano dejase mi casa a merced de las llamas, uno de las libros que rescataría del fuego sería Estrella distante. Con esta novelita se inició mi relación con Bolaño, y esta novelita es la única hasta la fecha que he releído de todas las del chileno (y no descarto volver a ella en alguna ocasión si el futuro me lo permite). En esta novela, que marca un punto y aparte con todo lo que había publicado hasta la fecha (no he visto evolución en ningún novelista que tenga parangón con la que experimenta la obra de Bolaño desde sus primeras novelas a la irrupción de Estrella distante), ya se detectan los elementos esenciales, para mí, de la narrativa bolañesca, que resumo a continuación:
1. El diálogo constante que establece con la tradición literaria y cultural, chilena en particular y occidental en general, y con su propia obra.
2. La valentía a la hora de adentrarse en lado oscuro del ser humano y la lucha por mostrar el horror absoluto a través del lenguaje literario. El fracaso de la moral, el triunfo del superhombre nietzscheano y de su voluntad[14].
3. La lucha por la recuperación de la memoria, por evitar que el ser humano siga anestesiado frente a las atrocidades que el propio ser humano comete.
4. El descubrimiento de que la literatura, el medio más adecuado para mostrar el horror, acaba resultando también insuficiente: hay horrores, como los cometidos por los cómplices de Pinochet o por los nazis o por los asesinos de mujeres en la frontera entre México y Estados Unidos, que sobrepasan la medida humana y literaria. Es entonces cuando sobreviene el silencio como único transmisor posible de algo de significado y el lenguaje humano revela su condición de significante vacío de contenido.
5. El hallazgo que supone su ataque certero a la dicotomía que tradicionalmente opone civilización a barbarie. La denuncia de la alianza de la cultura con el poder y, por extensión, con el mal absoluto, el que arruina vidas, o partes significativas de vidas, del que sus víctimas nunca se recuperan (traduzco y parafraseo a Card[15]).
6. La búsqueda, la investigación detectivesca, como motivo literario y existencial (es buscado Wieder, y lo serán más tarde Cesárea Tinajero y Benno von Archimboldi).
7. Lo injusto de la justicia. La inutilidad de la venganza.
8. El triunfo de lo dionisíaco, y la cópula de la literatura y el sexo como intento, infructuoso, de subsanar la derrota que suponen la enfermedad y la muerte.
9. La impostura del doble, la multiplicidad de identidades, la complementariedad de personajes a través del espejo en que se convierten las tramas secundarias.
10. …
 
Iniciaba este post escribiendo que la muerte de Roberto Bolaño Ávalos no supuso nada extraordinario para mí. Y no mentía. Como no miento ahora si digo que desde hace unos años sí que se ha convertido en una gran pérdida, tantos como hace que me dejé atrapar, pese a mis reticencias iniciales, por el universo Bolaño. Si me hubiese conformado con leerlo, le profesaría la misma admiración como escritor que ya le profeso, sin duda, pero no lo consideraría, como lo considero, un amigo. Sí, ya sé que parece una locura considerar un amigo a alguien de quien no supe algo más que su nombre y su profesión cuando llevaba ya unos años muerto y con el que nunca he intercambiado palabra alguna. Pero ¿no hay gente que ha hablado una sola vez conmigo y ya cree conocerme? ¿O con la que coincido una vez por semana en el parque con los niños y ya me está proponiendo salidas en grupo para el fin de semana siguiente? Pues yo, con Bolaño, con sus novelas y relatos, y con su biografía, he intercambiado muchas más palabras y he pasado mucho más tiempo y mucho más fructífero que con el matrimonio del parque que tiene un hijo de la misma edad que mi pequeña o con el vecino del sexto las veces que coincido con él en el ascensor. Así que, en efecto, en ocasiones converso con muertos y entablo amistad con ellos.
 
Con Bolaño es natural iniciar una relación amistosa una vez que empiezas a leerlo. De hecho, creo que es necesario que así sea. Él, al menos, no se guarda nada, todos los episodios significativos de su vida están allí, en su ficción: su juventud mexicana; el nacimiento y la muerte del infrarrealismo; su vuelta a Chile; su paso por una cárcel fascista y su liberación; su vida en Catalunya, con sus luces y sus sombras; sus lecturas, entre las que destaca siempre la poesía; los concursos literarios; la ausencia de identidad patria; el sentimiento latinoamericano; sus oficios; sus amigos y él mismo, siempre él mismo… con la excepción de la enfermedad que le provocó la muerte once años después de que le fuera diagnosticada. Sólo una vez escribió sobre ella[16] y quienes lo conocieron en vida siempre manifestaron que nunca la mencionaba. Bolaño estuvo siempre demasiado ocupado con la literatura como para prestarle atención a semejante nimiedad (opinaba, y estoy completamente de acuerdo con él, que quienes se pasan la vida con sus desgracias y sus dolencias en la boca acaban haciendo pornografía). Que no le extrañe a nadie, porque la literatura fue su vida y también su muerte (es de sobras conocido que, desde 1992, se saltó numerosas revisiones médicas simplemente porque estaba escribiendo). En él se cumple, sin que sirva de precedente, esa idea un poco tonta y romántica que siempre tiene el vulgo sobre el escritor: ese ser bohemio que duerme y respira y come y caga y folla literatura. Por decirlo a la manera de Bracque: “Con la edad, el arte y la vida se funden en una sola cosa”[17]. Y en Bolaño siempre fue así.
 
No puedo negar que Bolaño es un personaje por el que, más allá de mi admiración como escritor, ya va quedando claro, siento una profunda simpatía, hasta tal punto que, en ocasiones, llego a identificarme con él (es posible que sólo esté proyectándome, lo sé, yo también soy psicólogo de bar). Y esta identificación se basa en una serie de coincidencias para mí extraordinarias, de ésas que te hacen creer que en el universo hay cierto orden entre tanto caos y que el hado tiene su papel en nuestro paso por la vida. Vaya, que parece que tenía que encontrarme con él de modo irremediable. Desde luego, coincido con el canon literario que a lo largo de su narrativa, pero también en sus entrevistas, artículos y conferencias, va creando (de hecho, me alineo más con los expulsados que con los añadidos, porque a veces disiento de la inclusión de estos últimos o porque simplemente no los he leído); aplaudo su concepción de la literatura como un hecho valiente y arriesgado, y no apto para cobardes (que suelen coincidir con los expulsados de los que hablaba antes, es evidente); como él, no gasto flores en quien no las merece (en una ocasión lo hice y aún tengo la sensación de haber ayudado a crear un monstruo: tremendo será su batacazo si el despertador de la vida no cumple pronto su función), razón por la cual tengo tantos amigos como enemigos, todos gratuitos; no experimento ningún sentimiento patrio, y rechazo cualquier tipo de nacionalismo (me gustaría decir que me siento europeo como Bolaño se sentía latinoamericano, pero esta Europa de ricos y pobres y de refugiados enjaulados me da bastante asco), así que busco asilo en mi hogar y en la literatura de calidad, que también son mis únicas patrias; como Bolaño, juego al fútbol con la pierna izquierda mientras que para el resto de cosas suelo ser diestro (él decía que su caso se debía a una dislexia jamás diagnosticada, yo digo que el mío se debe a un modelo equivocado de aprendizaje a través de la imitación: debería haber sido zurdo en todos los sentidos); me interesa la política, y me considero de izquierdas, pero rechazo de plano la unanimidad; me gusta llevarle la contraria a la gente, pero siempre lo negaré ante quien así me defina; como a Bolaño, y para desgracia mía, diría que esta es la única cosa en la que estoy a su altura y con toda probabilidad lo supero, la salvaje Ciudad de México me robó la vida de un amigo… Por último, y con esto me voy despidiendo, diré que como padre y enfermo que soy, puedo imaginar sus últimos días entre los vivos, con la espada de Damocles de la enfermedad sobre su cabeza mientras intentaba concluir 2666, novela con la que pretendía, y al final consiguió, salvaguardar el futuro de sus hijos, Lautaro y Alexandra, a quienes estoy seguro de que les dedicó el tiempo que no le concedía a la escritura. Olvidándose, una vez más, de su condición mortal.
 
“Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega[18]”.

*Artículo publicado por la revista Letralia. Tierra de Letras el 1 de agosto de 2019.
 

 

 


 

[1]The Atrocity paradigm: a theory of evil. Oxford University Press (2002). Por desgracia, no disponemos de traducción al castellano ni al catalán de la obra de Card, y no es que nos haya dejado poca cosa o no esté en sintonía con estos tiempos: Feminist ethics (1991), Lesbian choices (1995), The unnatural lottery: character and moral luck (1996), Confronting evils: terrorism, torture, genocide (2010) y Surviving atrocity, aún inédito, creo.
[2]Me doy un margen de un año, aunque es muy probable que hubiese necesitado de más tiempo si hubiera iniciado los estudios universitarios cuando se supone que debía hacerlo: soy un hedonista incorregible, y entre los 18 y los 22 o 23 años de edad no consideraba que el estudio fuera capaz de aplacar por completo mis ansias de placer.
[3]Que de vacaciones, todo sea dicho, tuvieron poco: sin dinero, teniendo que pagar una hipoteca firmada tres años atrás (y que iba siendo amortizada gracias, entre otros trabajos eventuales, a los adinerados padres de los niños de Sant Cugat del Vallès a los que les daba clases particulares de lunes a viernes… ¡han tenido que pasar muchos años para superar lo que me pagaban entonces por hora trabajada!), con muchos planes de futuro y con muy pocas ganas de hipotecar más mi presente…
[4]Que, por cierto, no me gustó demasiado, para sorpresa de mi profesor de castellano de entonces (tendré que volver a leerla cuando tenga tiempo, de aquí a unos 400 años, calculo…). Aunque de Cercas se dice que es uno de los mejores escritores en lengua española del presente (el mismo Bolaño lo decía, aunque él era muy amigo de sus amigos), y a mí me parece muy interesante y acertado todo lo que dice cuando se viste de crítico y habla de literatura en general (me refiero, por ejemplo, a El punto ciego), confieso que como novelista (y como persona, si os soy sincero: por si no lo sabéis, Cercas y Bolaño, que fueron muy amigos hasta la publicación de Soldados de Salamina, dejaron de serlo a partir de entonces. La razón: que Cercas utilizase, sin permiso y sin aviso, una vivencia del propio Bolaño para solucionar el callejón sin salida en que se había convertido su novela. En efecto, hablo de cierto exmilitar republicano al que Bolaño conoció en el camping donde trabajó como vigilante y que pudo haber estado en aquel fusilamiento del santuario del Collell… Según Cercas, al final limaron asperezas, y no lo dudo, pero, claro, siempre nos faltará la versión del chileno) no le he vuelto a dar una oportunidad desde aquella novela sobre Sánchez Mazas, fundador de Falange (del personaje histórico opino como Bolaño: no creo que hiciese nada bueno en su vida, salvo poner la semillita para que Sánchez Ferlosio viniese al mundo). No sé, ya entonces el tema de la Guerra Civil me aburría bastante (¡como si en España no se pudiese escribir sobre otra cosa!), y tanto detalle, real o ficticio, qué más da, sobre la vida del falangista me provocaba una mezcla insoportable de aburrimiento y náusea. De hecho, lo que mejor recuerdo de los Soldados de Cercas es una pregunta del examen sobre el libro y la respuesta que di: “Valora el personaje de Conchi (la novia del Javier Cercas personaje) y explica qué función cumple en la novela: Para mí (rememoro y falseo, casi con total seguridad, pero no traiciono la esencia de lo que allí escribí; mi antiguo profesor quizá podría añadir algo a estas líneas, contando con que las lea, que me recuerde y, lo que es aún más improbable, que recuerde aquel examen y aquella respuesta), el personaje de Conchi es un soplo de aire fresco que permite oxigenarnos del sopor del que somos víctimas durante muchos tramos de la novela de Cercas… Y es que Conchi, uno de los personajes que no tiene una base real en Soldados de Salamina, me parece el más creíble de todos ellos”… ¡así era y así soy yo! Adorable, ¿verdad?
[5]Roberto BOLAÑO: “Preliminar. Autorretrato”, en Entre Paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama (2004).
[6]“[…] prisas, urgencias, pero sobre todo carencia de dinero (ya sabes, para comprar tiempo)”, le decía Bolaño a Antoni García Porta en 1982 a propósito de la novela que estaban escribiendo a cuatro manos. A.G. PORTA: “La escritura a cuatro manos”, en Roberto BOLAÑO y A. G. PORTA: Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Acantilado (2008).
[7]¿Para qué soñar si no lo hacemos a lo grande? Los sueños, sueños son, y casi todos acabamos espabilando; la vida, que se empeña en ser un despertador implacable.
[8]Muy a su pesar, claro: “[…] también me encantaría encontrar a una marquesa para ir a actos sociales y no tener necesidad de trabajar, como le pasó al escritor Truman Capote”. En Almudena MONTAÑO: “L’entrevista. Roberto Bolaño Ávalos”, Actual, 46 (1998).
[9]Aunque no me avergüenzo de ellas, al contrario; sólo me avergüenzo de las cosas que no he hecho, o de las que no he dicho y tendría que haber verbalizado, o de las que no he pensado y tendrían que habérseme ocurrido. “Recuerda la persona que fuiste para saber la persona que quieres llegar a ser”, le dice Claire Bennet (Hayden Panettiere) a Noah (Jack Coleman), su padre adoptivo, en el episodio 4 de la cuarta temporada de la serie Héroes (2006-2010); máxima que tengo grabada a fuego.
[10]Bueno, eso y estar formado en filología, teoría de la literatura y literatura comparada (lo que supone leer mucha Literatura, aquí sí es imprescindible la mayúscula, y mucha metaliteratura, casi tan importante ésta como aquélla). Una formación, regulada o autodidacta, por cierto, que nunca acaba…
[11]Pues leyendo, y no a zafonesallendescoelhos o etxebarrias precisamente… la gente que lee estas cosas, y las cita, y las pondera, y las analiza como si tuviesen el Ulises entre manos, me saben a cerdo en salsa agridulce: por una parte, me enerva que haya voceros de tales artefactos (plagios, como concepto, los llamaba Bolaño; a algún poemario de juventud de Etxebarria también lo llama así la Justicia…); y por otra, me muero de la risa por la distancia existente entre el tono de entendido en la materia que pretenden darle a su discurso y la boñiga que tienen entre manos. Vamos, que es como si yo me las doy de cinéfilo consumado pero me paso la vida viendo culebrones y elaborando brillantes teorías sobre ellos. ¿Que es lícito? Pues claro que lo es, pero los culebrones son lo que son y tú eres lo que eres. ¡Espabila, el despertador hace un rato que está sonando!
[12]De todo lo que se ha publicado póstumamente, sólo he comprado y leído las novelas 2666 y El Tercer Reich, y los cuentos de El gaucho insufrible, que se publicaron junto a Llamadas telefónicas y Putas asesinas en R. BOLAÑO: Cuentos, Anagrama (2010). Aunque no me gusta demasiado la idea de las publicaciones póstumas (por aquello de qué pensaría el escritor, si hubiese hecho cambios, si era su deseo que se publicaran, y el hecho de que a lo mejor crees que estás leyendo a Bolaño y te encuentras leyendo a un negro o a su editor o vete-a-saber-a-quién), me estoy pensando adquirir también El espíritu de la ciencia-ficción, pero más por el título y por las posibles imbricaciones con Los detectives salvajes, ¡ay, la nostalgia!, que por un interés real por mi parte.
[13]Todas ellas fueron publicadas por Anagrama y Jorge Herralde, salvo la última, que fue publicada por Seix-Barral, pero que finalmente fue eliminada de su catálogo debido al escaso éxito de la primera edición (otro traspié de la editorial, que años antes ya se había quedado sin Cien años de soledad, de García Márquez). La literatura nazi en América fue reeditada, en 2010, por Herralde en Anagrama.
[14]En este sentido, y en el caso del personaje de Carlos Wieder, me sorprende que ningún estudioso de la obra de Bolaño tenga en cuenta el influjo de la figura de Kurtz, de El corazón de las tinieblas. Las voluntades de hierro de ambos personajes son causantes del horror absoluto, si bien Kurtz carece de la finalidad estética de Wieder. Ambos son tan sólo una presencia, una voz, una leyenda, un dios, lo que un tercero nos cuenta, generalmente horrorizado, sobre ellos, hasta que finalmente acaban corporeizándose: Kurtz, después de que remontemos el río Congo a lomos de los recuerdos de Marlow, y Wieder, en la localidad costera catalana de Blanes tras acompañar en su búsqueda a Abel Romero y a Arturo Belano. Durante ambos viajes somos testigos de la atrocidad de sus obras.
[15]Ver nota 1.
[16]Ver nota 18.
[17]Georges BRAQUE: El día y la noche. Acantilado (2001).
[18]Roberto BOLAÑO: “Literatura + enfermedad = enfermedad”, en Cuentos, Anagrama (2010).
 

48. La vida es sueño

Gustav KLIMT: Muerte y Vida (1910-1915).

Hoy he soñado que las últimas palabras de mi novela eran escritas por otra persona.

Sin la más mínima emoción.
                                       Sin aspiración poética.
                                                                   Sin la menor trascendencia.
                                                                                                       Sin dolor.
                                                                                                              Sin compasión.
                                                                                                                              Sin perdón.
                                                                                                                          Sin reproches.
                                                                                    Sin recuerdos ni conocimiento.

                                                                           Sin admiración.
                                                                   Sin rencor.
                                                           Sin amor.

Con pulso y letra de funcionario desgastado.

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46. El club de los mentirosos

 

Todos mienten por una razón: funciona.[1]
 
 
 
 
 
Hace unos meses que leí El club de los mentirosos, de Mary Karr, y desde entonces quería escribir algo sobre él. El libro en cuestión, que formaba parte de la heterogénea compra que hicimos con motivo de la última Diada de Sant Jordi (fue adquirido junto a títulos de Ian McEwan, David Foster Wallace[2], Ernest Cline[3] y un par más para nuestra hija Júlia), fue publicado en 1995 y, pese a aunar éxitos de crítica (elegido libro del año, entre otras publicaciones de prestigio, por The New York Times) y público, no hemos podido disfrutar de su traducción hasta el pasado octubre de 2017[4].

Considerado por la propia autora como unas memorias[5] (“cuando el destino te pone en bandeja unos personajes así, ¿para qué inventar nada?”), El club de los mentirosos se centra en un periodo de la infancia de Karr, transcurrido entre un pueblo de Texas, Leechville (leech significa ‘sanguijuela’, con lo cual ya podemos hacernos una idea de qué podemos encontrar tras este topónimo inventado), dedicado casi en exclusiva a la explotación de pozos petrolíferos, y otro de Colorado. Y es a través de los ojos de la pequeña Mary Marlene (Pokey, para su padre) como iremos conociendo a su familia y sus circunstancias: su padre, un obrero del petróleo y sindicalista, tan simple y rudo como una bestia, pero cálido con todo lo relacionado con su hija pequeña, su ojito derecho, líder natural de sus semejantes, alcohólico, jugador, pendenciero y, por encima de todo, gran narrador y creador de anécdotas ficticias; Lecia, la hermana mayor de Mary Marlene, que avanza a marchas forzadas hacia el cinismo característico de la vida adulta en detrimento de la inocencia propia de la infancia, sostén de la familia y tan tirana con su hermana pequeña (a fin de cuentas, es la mayor y más fuerte) como cómplice de ella; la terrible, despiadada y terrorífica abuela Moore (no quiero desvelaros nada sobre ella por si decidís aventuraros a leerlo); y, por encima del resto de miembros de la familia, la para mí inolvidable Charlie Karr, la madre de Lecia y Mary y gran protagonista del libro, tan alcohólica o más que su marido, tan imperfecta como heroica (¡tan real!), psicótica, con un pasado capaz de estremecer los cimientos de su familia cada vez que vuelve a él (¡casada en siete ocasiones!), víctima de la frustración del presente, aquejada de un bovarismo casi de manual, depresiva y obsesionada con la cultura (la suya y la de sus hijas), artista, desesperante e indignante por igual, y al final, entrañable a su manera.
 
El otro gran pilar sobre el que se sostiene El club de los mentirosos, al margen de la complejidad de los miembros de la familia Karr, son los hechos que se narran, muy capaces por sí mismos de satisfacer la curiosidad morbosa con que gustamos de asomarnos, con disimulo, a la vida de los otros: la agonía previa a la muerte, el alcoholismo, peleas, obscenidades varias, tiroteos, suicidios, abusos sexuales, huracanes e incendios devastadores, plagas de insectos y de reptiles… en definitiva, algunas luces y muchas sombras con las que deleitarnos… ¡Esperad, esperad!, ¿he escrito “los hechos que se narran”? Perdonadme, ahora mismo me aplico un correctivo de cien latigazos como mínimo. Sí, desde luego, qué se narra tiene su importancia, pero el gran logro de la autora es cómo narra esos hechos: con una habilidad narrativa sorprendente mezcla oralidad con lirismo[6] (¡menuda poeta de odas y madrigales nos ha salido la buena de Mary Karr!), lo cual dota al libro de frescura y verosimilitud, a la par que de entidad literaria. Además, todas las sombras que orbitan en torno a los Karr quedan pronto difuminadas, y es que, por muy trágico que sea lo narrado, no acabamos de sentirlo así. Al contrario, cada una de las desgracias suele ir seguida, o acompañada, de un estallido de humor o de ternura, o de ambos a la vez, y esto se consigue cediéndole el timón a la inocente y a la vez salvaje Pokey, entrenada como oyente en aquellas reuniones de adultos (a la salida del duro trabajo en la refinería, o mientras esperan pacientemente que algún pez muerda el anzuelo durante un día de pesca, o durante una partida de billar) donde se competía por contar la mejor historia, inventada, eso sí, y en las que su padre era un maestro. Ella nos presta sus ojos, y adoptamos como si fuera nuestra su propia inocencia, y así, de la mano, conjuramos los demonios invocados por cada una de las tragedias de las que somos testigos (pensándolo bien, estamos ante una Bildungsroman puesta del revés). Si tal como manifiesta la autora El club de los mentirosos le sirvió para sanar viejas heridas, creo que no me equivoco si afirmo que quien lee el libro sana con ella, tal es la capacidad de empatizar que despierta en el lector.
 
Por lo que respecta al título, que como ya se desprende de todo lo anterior remite a esas reuniones de amigos y compañeros de trabajo a las que la joven Mary Marlene acompañaba a su padre (por el mar corre la liebre; por el monte, la sardina; tralará), responde a la perfección a la intencionalidad de Karr cuando se decidió a escribir sus memorias y se convierte, a la vez, en una metáfora perfecta de la literatura misma: a través de la mentira, contar (y afrontar) la verdad. Por lo que a mí respecta, si os soy sincero, el título fue lo primero que me sedujo, pero no por lo que acabo de escribir, no tenía ni idea de qué iba El club de los mentirosos ni de quién era Mary Karr cuando decidí que formaría parte de nuestra Diada de Sant Jordi (luego ya sí, que a estas alturas acumulo años y lecturas suficientes como para andar gastando mi tiempo y mi dinero en “grandes historias que te llegan al corazón”… ¡aparta de mí este cáliz!), sino porque la idea de un club formado exclusivamente por mentirosos me remitía a algunas reuniones de trabajo a las que, por desgracia, he tenido que asistir (desde que soy un trabajador cualificado, han aumentado exponencialmente; lo curioso es que para mí son una putada, mientras que hay personas que venderían su alma al diablo con tal de ser invitadas a participar en ellas… ¡Ególatras insensatos!), ésas en las que se calla mucho y se habla poco, y lo poco que se habla suelen ser mentiras de las más lamentables, de las que revelan rostros y bajan pantalones por igual, de las que reducen la dignidad humana a mínimos vergonzosos. Pero la mentira forma parte de todos nosotros, es una de las características que nos hace humanos (pienso, por ejemplo, en el lenguaje de las abejas, incapaz de generar mentiras simplemente porque no las necesitan[7]), y todos mentimos, porque nos es útil para alcanzar nuestros objetivos, sean cuales sean: esconder una falta, destruir a alguien, ocultar un pasado, mantener una posición de privilegio u optar a ella, y un millón de razones más que no enumeraré. Lo único que podemos hacer, si tenemos un mínimo de conciencia, es no caer en los tipos de mentiras más detestables (a mí me molestan mucho, además de las anteriores, las innecesarias, aquéllas tras las que no hay ningún objetivo demasiado importante o claro, las que me hacen preguntarme “¿pero por qué me mientes en esto?”, pero yo es que soy así de rarito).

 

Sin embargo, pese a que mi primer acercamiento a las memorias de Karr partía de una premisa equivocada, pude leer el prólogo en la Red y lo que allí encontré me convenció de que debía formar parte de mi cesta de la compra. A mi manera, coincido con ella en la consideración de la literatura como terapia, algo sobre lo que ya he trazado alguna pincelada aquí[8]. Allí, Karr comparte las razones por las que se decidió a escribir algo tan personal y cómo se sintió al hacerlo: “nos resignamos extrañamente a ciertos episodios que antaño nos torturaron y estuvieron a punto de destruir nuestra familia, en cuanto fueron proclamados a los cuatro vientos. Llamadlo terapia de aversión, pero los acontecimientos calaban un pelín más hondo. Comprobamos que las heridas cicatrizaban mejor si las dejábamos al aire —si bien nunca fue ése mi propósito—. Nuestras catástrofes, tan lejanas, se volvieron asumibles. Es lo que los griegos llaman catarsis.” Y al hacerlo, se dio cuenta de que “conforme iban desapareciendo tabúes antiguos en mi familia aumentó vertiginosamente el nivel de sinceridad”. Para alguien como yo, culpable de innumerables crímenes por sincericidio, dar (¡por fin!) con alguien que prefería contar antes que callar supuso un importante espaldarazo. A fin de cuentas, ¿podéis decirme algo que haya solucionado el silencio? Ya sé que las palabras hieren, y que siempre permanecen, acostumbra a ser la excusa de los defensores del mutismo. Pero también sé que a las palabras que se han dicho, respondan a una realidad o a un simple calentón, siempre se les puede añadir otras que las dulcifiquen, las apacigüen o las justifiquen. Como ser poseedor de un lenguaje que soy, siempre que no me dejen otra alternativa, optaré por la palabra antes que por el silencio.
 
Claro que antes de contar todo lo que cuenta en El club de los mentirosos, Karr tuvo que someterse a la tiranía del consenso a la que tarde o temprano tiene que someterse todo aquél que escribe: “me encargué de prevenir a mi madre y a mi hermana Lecia de los sucesos que me proponía contar, y desde el principio la respuesta de mi madre fue: «Tú sácatelo todo de dentro, di que sí… Si a mí me hubiera importado alguna vez lo que piensa nadie me habría pasado la vida haciendo galletas y yendo a reuniones de la Asociación de Madres y Padres de Alumnos.»” Yo, por mi parte, siempre vivo con miedo de que algo de lo que escribo aquí sea malinterpretado o de que alguien que se vea reflejado se lo tome (muy) a mal. Al fin y al cabo, escribo un blog personal, que como su nombre indica, se nutre de mis propias experiencias, ideas y reflexiones. De hecho, hubo una persona que se leyó aquí y me lo reprochó. Y me hizo dudar de si lo que había hecho era correcto o no. Pero después de pensarlo fríamente llegué a la conclusión de que su nombre no aparecía en ningún sitio, ni era identificable para nadie que pudiese reconocer a tal persona (contando con que alguien que la conozca lea alguna vez mi blog y aquella entrada en concreto, cosa que dudo mucho). Y aunque era cierto que escribía sobre cosas en las que aquella persona había intervenido, también eran mis cosas, y como tales, hago con ellas lo que quiero (me parece cuanto menos inquietante el paso que hemos dado desde una posición de indignación a la de ofendidos por todo). Además de que, en ese caso concreto y sin que sirva de precedente, no escribía ninguna mentira (a lo mejor se debió a eso de que sólo le duele la sinceridad a quien vive en un mundo de mentiras, pero no sé si es esto es así ni me importa, la verdad). Así que, señoras y señores, concluyo diciendo que esto es un blog personal, y si no les gusta lo que leen, no lo hagan. Nadie les obliga a ello. Yo, por mi parte, no voy a dejar que nadie me censure (miento… ¿qué os decía sobre la omnipresencia de las mentiras en nuestras vidas? Todas las entradas de este blog le son leídas a la persona que elijo para ello antes de ser publicadas, y sus opiniones y puntualizaciones son escuchadas, valoradas y tenidas o no en cuenta finalmente), y mucho menos sin que haya necesidad de ello.

 


 

[1]Palabras del doctor Gregory House, el personaje interpretado por Hugh Laurie. Ya es revelador de por sí que la famosa serie se abriese con un episodio titulado Everybody lies (uno de los mantras habituales de House) y se cerrase con otro titulado Everybody dies: la conexión entre la mentira y la vida, y la vida y la mentira, se mantiene hasta que la muerte sobreviene.
[2]Karr y Wallace mantuvieron una relación amorosa, y según se cuenta, ella sirvió de inspiración para el personaje de Madame Psychosis en La broma infinita. Lo curioso del caso es que yo desconocía toda esta información en el momento de la compra de los libros. ¡El mundo y sus felices casualidades!
[3]Ready Player One es la viva muestra de que no se sale airoso con sólo apelar a la nostalgia. Eso sí, estoy seguro de que muchos ochenteros encontrarán placentero reencontrarse con muchos de los juegos de ordenador y las películas con que se deleitaron en su infancia. Pero la novela de Cline no es más que eso, un pastiche, un continuo de relaciones intertextuales incapaz de abrirse su propio camino. Para que nos entendamos, no es otra Stranger Things.
[4]Mary KARR: El club de los mentirosos. Traducción de Regina López Muñoz. Periférica & Errata Naturae (2017).
[5]Voy a evitar iniciar una discusión sobre el género al que pertenece el libro de Karr (que si memorias, que si autobiografía parcial, que si autoficción, que si…), porque al final resulta peregrina y sería meterme en un jardín. Si ella misma lo califica de memorias, pues que así sea.
[6] Captada con maestría por la traductora, Regina López Muñoz (al César, lo que es del César).
[7]Y pienso en mi profesora de lingüística y en el día que se puso a imitar cómo se comunican las abejas en medio de una clase. ¡Dios, qué buen rato pasamos y cómo llegamos a reírnos!
[8] Ver en este mismo blog la entrada titulada Apuntes sobre el suicidio.

 

44. Cuando un amigo se va

 

Algo se muere en el alma
cuando un amigo se va.
 
Amigos de Gines: El adiós (1975).
 
 
 
Si tuviera que catalogar las canciones con mayor presencia en mi infancia, la sevillana El adiós, de Amigos de Gines (creo que se trataba de ellos, aunque bien podría haber sido otro grupo; ya les preguntaré a mis padres, si me acuerdo, cuál era), figuraría en un lugar destacado[1].
 
Y no es porque me gustase especialmente, no. De hecho, las sevillanas no forman parte, ni nunca lo han hecho, de mi lista de reproducción musical habitual, lo cual no impide, bien es cierto, que disfrute del sentimiento, y lo valore, de quienes participan en toda su parafernalia[2]. Tampoco es debido a que me gustase la letra, porque, aunque es fácil que te remueva por dentro, no me encontraba en condiciones de asimilarla por una cuestión lógica de inmadurez existencial.
 
Sin embargo, sí que captaba que para mis padres, cada vez que el casete del coche la reproducía (y lo podía hacer muchas veces durante un viaje de hasta 12 horas de duración), adquiría un significado que iba más allá de lo que yo llegaba a entender; además, la desconcertante capacidad de cambiar la atmósfera que tenía (cinco minutos antes podíamos estar cantando a coro El señor don Gato, Vamos a contar mentiras o alguna de Los Payasos de la tele tan alegremente), de enrarecerla, era mayor y más profunda cuando se trataba del viaje de vuelta. Y eso me turbaba, porque añadía unas gotas de desazón a mi incomprensión.
 
Aunque no puedo precisar con exactitud cuándo sucedió, años más tarde comprendí que aquella canción daba voz a todo por lo que habían pasado mis padres muchos años antes: el dolor de tener que dejar su tierra, a sus padres, a sus hermanos (en el caso de mi padre), a sus amigos, sus vidas enteras cuando emigraron a Barcelona con una mano delante y otra detrás. Para ellos, era el dolor mismo hecho canción, un llanto ejecutado a ritmo de guitarra española y a duras penas disimulado delante de aquellas dos personitas, mi hermano y yo, que viajaban en el asiento trasero. Las vacaciones, en concreto la vuelta de vacaciones, éste fue mi descubrimiento, suponía el retorno de todo aquello; y El adiós hurgaba en una herida que nunca ha llegado a cicatrizar[3] (sí que su dolor se ha mitigado, creo, pero nunca ha llegado a desaparecer); era un elemento más que jugaba su papel en el inacabable proceso de duelo que viven mis padres.
 
Desde luego, no podemos sentirnos culpables, haríamos mal si así lo hiciéramos, porque no tuvimos voz ni voto en aquella lejana y, por encima de todo, valiente decisión, por mucho que se tomara pensando en nosotros cuando todavía no éramos. Al contrario, me siento muy agradecido, y eternamente en deuda con mis padres por renunciar a todo lo que renunciaron. Y aunque no hay forma humana de saber qué hubiese pasado si no hubiesen emigrado, dudo mucho de que a nosotros, sus hijos y ahora también sus nietas, nos hubiese ido mejor. Ahora yo también soy padre, y como tal tomaré las decisiones que tenga que tomar teniendo muy presente a mi hija; así, si tengo que variar de un modo drástico el rumbo de mi vida en cualquier momento, serán ella y sus intereses futuros los motivos que me lleven a hacerlo por delante de cualquier otra razón. Por eso sé que mis padres hicieron lo que tenían que hacer, por lo menos para los que aún estábamos por venir. Y si tienen que sufrir[4], que lo hagan sólo por ellos; su nostalgia, su pérdida y su vacío jamás serán los nuestros: nosotros no hemos tenido que alejarnos de nadie ni nos sentimos privados de nada, el estado actual de las cosas es nuestra normalidad. Las lágrimas que han llorado han evitado que fuésemos nosotros los que tuviésemos que llorar. A fin de cuentas, no se puede extrañar lo que nunca se ha tenido.
 
Sin embargo, la vida se ha encargado (tal vez siempre lo hace con cada uno de nosotros) de que los recuerdos de El adiós y, sobre todo, de la atmósfera que generaba evoquen mis propios vacíos y mis propias ausencias. Diferentes a los de mis padres, claro, y tal vez menos traumáticos vistos desde fuera, lo acepto, pero míos y sólo míos, y por tanto, mucho más dolorosos para mí. No es algo insólito: nuestro transitar podría resumirse en una serie de personas que vamos sumando y restando a nuestras vidas (good friends we have, good friends we’ve lost, along the way, que cantaba el amigo Bob), y es frecuente que la pérdida de amigos deje mayor huella que su conservación o su nueva adquisición. Quizá es cierto eso de que no valoramos las cosas hasta que las hemos perdido. En mi caso, ya en la edad adulta he experimentado unos adioses definitivos (el maldito cáncer y el terrible asesinato se han llevado por delante la vida de dos amigos) y otros que no tienen por qué serlo, por mucho que su barco se haya hecho pequeño en el mar. Sin embargo, por mucho que estos adioses no sean definitivos (por fortuna), no dejan de ser adioses. Hoy, sin ir más lejos, despido a mi amigo y compañero Jordi, sin cuya presencia la vida en la editorial donde hemos trabajado codo con codo durante los últimos años no será la misma. Ya no lo es. Por lo menos para mí.
 
Foto tomada el 6 de abril de 2017, en plena April Madness de la edición.

El suyo es un adiós agridulce: por una parte, me alegro de que por fin se jubile, de que tenga tiempo para hacer esas otras cosas para las que nunca tiene tiempo (hace poco que me ha confesado que quiere aprender a tocar la guitarra eléctrica, uno de sus sueños por cumplir siempre aplazado sine die), para disfrutar de su familia, para viajar, para leer y escribir, para seguir con su café filosófico en el barrio del Raval de Barcelona, con su coral… en fin, para todo lo que haga un jubilado de sus características e inquietudes; pero, por otra, me apena que se tenga que ir con un proyecto sin concluir (y casi sin empezar; si existe el infierno, sé de tres o cuatro personas que no van a necesitar de abrigo en la otra vida…) y que alguien con una mente tan despierta y con tanta sabiduría que compartir tenga que abandonar la editorial… pero sobre todo me apena que me vaya a dejar sólo[5] (soy así de egoísta, cuando doy con personas que brillan y me hacen brillar, quiero tenerlas a mi ladito, por y para siempre), que los martes y los jueves no aparezca por mi despacho para hablar de cualquier cosa, divina o humana, no recibir correos electrónicos o algún whatsapp a las tres de la madrugada donde me cuente la nueva idea que se le acaba de ocurrir, nuestras conversaciones literarias, sus clases improvisadas de filosofía, nuestras discusiones sobre cualquier pequeñez de índole lingüística, nuestras travesuras y maquinaciones, las recomendaciones culinarias, el intercambio de libros, su reacción a mis maldades, su letra ininteligible, sus párrafos oscuros, su tozudez (no conozco a nadie que defienda sus ideas con tantos y tan variados argumentos como él) para combatir la mía…

Y es que, aun a riesgo de ser injusto, porque es cierto que tengo la suerte de seguir contando con bellísimas personas a mi alrededor (en caso contrario, no formarían parte de mi presente; a mí eso de que hay que tener amigos hasta en el infierno no me vale; quien allí habite ya puede tener por seguro que no será considerado mi amigo), si tuviera que quedarme con sólo una persona de las que me he encontrado desde que trabajo en el mundo editorial, Jordi sería el elegido. Por todo, por ser como es como persona y por ser como es como profesional, por el placer que me ha proporcionado ser su editor[6] (por ser yo el exigido por él para esa labor) y traductor, por considerarme su amigo, por estar siempre ahí.

Pero ahora se me va. Lo que parecía una broma de mal gusto el pasado día 11 cuando me lo comunicó en privado acaba de ocurrir. Y como si no pasara nada, mañana saldrá el sol e iré a trabajar. Y se sucederán los martes y los jueves, semana a semana, y mes y mes. Y él no aparecerá. Y ese vacío que deja el amigo que se va es como un pozo sin fondo que no se vuelve a llenar.

 


 

[1] Asimismo, sigue muy vivo el recuerdo de otras, como A la puerta de Toledo, de Chiquetete; Esta noche se casa mi niña, de Ecos del Rocío; Blanca y Azul, de Los Marismeños; y Alas de libertad, de Sombra y Luz, aunque esta última diría que se trata de una rumba y que ya no era tan pequeño cuando mis padres la escuchaban en el coche.
[2] Del mismo modo que me sucede con cualquier otro baile regional. Todos poseen algo mágico, que conecta al individuo con la tierra que lo vio nacer, o con aquélla, sea por la razón que sea, que ha decidido hacer suya.
[3] Se me ocurre ahora Emigrante del sur, de los Romeros de la Puebla, otra sevillana capaz de evocar en mis padres, una y otra vez, el mismo sentimiento de pérdida.
[4] Por supuesto que me gustaría que nada afligiese a mis padres, pero éste del que hablo es un dolor que yo no puedo mitigar en absoluto. Lamentablemente para ellos, no se puede volver atrás en el tiempo, el pasado, valga la redundancia, ya pasó. Y por la parte que me toca, con toda sinceridad lo escribo, lo prefiero así.
[5] Sara, la secretaria con quien trabajo habitualmente, opina de mí que soy autista (en la primera acepción del término, la de replegarse patológicamente sobre uno mismo), y mucho me temo que la marcha de Jordi va a acentuar aún más esta “peculiaridad” mía.
[6] Su libro, sin duda, es el mejor que ha pasado por mis manos, y aunque su edición ha sido la que más estrés me ha generado (por los plazos, por la complejidad, por la originalidad, por la de veces que la he tenido que pelear y explicar para que fuese entendida y aprobada, por la gente que se suponía que debía ayudar y no ha hecho más que introducir palos entre las ruedas), también es de la que mayores satisfacciones he obtenido… sin exagerar, ha sido el libro que, ¡por fin!, me ha hecho disfrutar de mi trabajo como editor, el que más me ha exigido y al que más le he dado.

41. El blog de mi bebé

 

Cuando escribo se me pasa todo; mis penas desaparecen, mi valentía revive.
 
 
Anne Frank, 5 de abril de 1944.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Hace sólo unos días que le decía a mi pareja, con intención jocosa (que no quejosa), que tal vez sería mejor cambiarle el nombre a este blog. En lugar de Alfredópolis, blog personal de Alfredo Martín G., debería llamarlo Bebelópolis, el blog de mi bebé; sin lugar a dudas, a la vista del impacto producido por los tres posts escritos sobre mi hija, tendría un mayor número de visitantes (lo de los lectores reales aún no hay manera de contabilizarlo, por mucha estadística e información que nos proporcione a los autores la plataforma donde publicamos nuestros textos, y quizá sea mejor así; pero desde ya, aviso, voy a suponer que toda persona que ha entrado los ha leído). No en vano, están entre los cuatro más leídos, tal y como se puede ver en la sección “Entradas populares de este blog”, situada a la izquierda. Y si mi objetivo fuese generar tráfico en mi blog personal, todo parece indicar que el cambio de nombre podría ser una buena estrategia.
 
Ahora bien, si pienso en las razones por las que esos posts han sido más leídos que otros (los menos leídos suelen ser los que les dedico a algunas de mis lecturas, salvo curiosas excepciones), la verdad es que no me motiva mucho hacerlo (en el caso hipotético de que el cambio de nombre hubiese sido alguna vez una opción real, cosa que ya os adelanto que nunca ha sido así), y es que sólo se me ocurren las siguientes[1]: se supone que un bebé es algo positivo, bonito, que enternece, y tanto la gente que me conoce en persona, como la que no, quiere compartir y hacer suyos también esos momentos felices que se supone que encontrará en lo escrito; tal vez los que ya han sido papás o mamás se identifiquen con lo narrado, y es probable que revivan, recuerden y/o rememoren su propia (y maravillosa) experiencia gracias a ello; los que aún no hayan tenido descendencia, pero quieran reproducirse en un futuro más o menos cercano, acaso los leen para ver qué pueden esperar cuando al fin les suceda, quién sabe. Además, hay que contar con los que los leen simplemente con la intención de chafardear, porque ya sabemos que las intromisiones en la vida ajena gustan mucho en este mundo en que vivimos, y yo les derribo la cuarta pared y les muestro la mía en aquellas entradas que etiqueto como “Vida” (y lo hago porque quiero, porque me apetece y porque, en muchas ocasiones, lo necesito como bálsamo; y no requiero el beneplácito de nadie para hacer lo que hago, por si hay alguien en la sala a quien se le pase por la cabeza eso de “pues yo no lo haría”… ¡pues no lo hagas, oye!); así como con algunos otros, una minoría, espero y deseo, a quienes les da igual el tema de lo escrito: lo suyo, además del cotilleo, es la crítica y la censura, y no les guía otro propósito más que ése cuando los leen (y si eso les sirve para que sus vidas sean algo menos insulsas y aburridas, pues yo que me alegro: podéis desconectar la televisión por una noche, ya tenéis tema de conversación y alguien a quien despellejar, ¡felicidades!).
 
Dicho esto, ¿me he imaginado escribiendo sobre bebés? Pues lo cierto es que sí, el contador de visitas es siempre muy tentador, un dulce de lo más goloso, y mentiría si dijese que no lo he hecho. Pero la verdad es que me veo incapaz de hacerlo por dos razones esenciales: 1. Porque no tengo ni puta idea sobre el tema (no poseo los amplios conocimientos de esos escribidores que pueden tratar cualquier tema porque todo lo saben y de todo saben…); las cosas que puedo saber, siempre insuficientes, las voy aprendiendo cada día, y es mi propia hija de diez meses quien me las enseña (como es natural, también aprendo y desaprendo de otros padres, de pediatras y de enfermeras, pero el conocimiento verdadero es el que obtengo después de haber bajado a la arena, allí donde se demuestran o se desmontan las bellas teorías, para “enfrentarme” a mi hija), así que tengo serias dudas sobre si lo que aprendo puede ser aplicable a cualquier otro bebé que no sea ella; y 2. Porque no me da la gana. Una cosa es que cada cierto tiempo escriba algo sobre mi hija (¿qué otra cosa puedo hacer con alguien que tiene un papel capital en mi vida?), y otra muy distinta es que sólo escriba sobre ella. Y que nadie me malinterprete, Júlia es mi tema de conversación preferido, la principal protagonista de mis pensamientos, una fuente inagotable de anécdotas, la mayor de mis preocupaciones, quien me conoce ya lo sabe, pero no por ello tengo que verme obligado a escribir únicamente sobre ella, por muchos nuevos lectores que obtenga por ello. Es más, si yo así lo quisiera, no protagonizaría nunca más un texto escrito por mí (cosa que no va a suceder, ya os lo digo, porque todo lo relacionado con ser padre o madre genera mucho material susceptible de ser publicado en este blog; eso sí, unas veces ese material es tierno y/o divertido; y otras, bastante penoso, sobre todo el relacionado con lo que llamaré la flora y la fauna existente en el hábitat de ser padres[2]). Además, hay otro importante factor muy relacionado con el hecho de negarme a escribir única y exclusivamente sobre mi hija: si bien es cierto que la llegada de un hijo nos cambia la vida, altera nuestras prioridades y supone un antes y un después para nuestras existencias, flaco favor nos hacemos (a nosotros y a nuestro entorno más cercano, a todo eso que decimos que más queremos) si dejamos de ser quienes éramos. Vamos, que se trata de luchar contra la disolución de la propia personalidad, de evitar que nuestro yo adulto ceda un espacio que resulte irrecuperable una vez que nos convirtamos en el padre o la madre de X o Z; creedme, esa metamorfosis ha venido a usurpar nuestro lugar en el mundo, y aunque es una guerra que nunca podremos vencer, pues tenemos en contra la biología, los sentimientos y la cultura, debemos mitigar en lo posible sus efectos.
 
 
Así, durante los últimos diez meses[3], he escuchado en boca de varias personas eso de “ahora todo ha cambiado, ya no puedo seguir haciendo esto o aquello otro porque la prioridad es mi bebé” y bla, bla, bla. Tonterías, o miopía, un error mayúsculo, en suma. Pues claro que la prioridad es y será por mucho tiempo tu hijo o hija, pero eso no quita que uno será mejor padre o mejor madre cuanto más a gusto esté consigo mismo y mayor capacidad para ser feliz tenga (y la felicidad no siempre nos la van a proporcionar nuestros hijos, mejor que lo tengamos claro), y si lo que nos hacía felices antes de la llegada de la criatura era derribar paredes a escupitajos, es fundamental que sigamos haciéndolo[4]. Quizá no pueda ser cada día, pero si se busca el momento, estoy convencido de que se encuentra… Es más, estoy casi seguro de que, en caso contrario, nuestras cabezas (o las de nuestras parejas) tienen muchas más posibilidades de convertirse en el lugar perfecto donde los pájaros vayan a anidar, y es probable, entonces, que uno de los dos (o los dos, cada uno por su lado, que las parejas se erosionan, y mutan, y necesitan reinventarse para sobrevivir al recién llegado; pero no al principio, no, que al principio se unen más que se separan, pero sí al cabo de tres, cuatro, cinco o seis años) se encuentre diciendo aquello de “ésta no es la vida que imaginaba para mí”, “no eres tú, soy yo”, “siento como si fuésemos dos desconocidos”, “ya no te ocupas de mí ni estás pendiente de mis necesidades como antes”, “quiero volver a sentirme hombre (o mujer) más allá de padre (o madre)” o los penosos “cariño, no es lo que parece” o “puedo explicártelo todo”; si no tenemos algún caso más o menos cercano, al menos hemos visto suficiente cine o leído suficientes novelas[5]como para no tener que hacer un gran esfuerzo imaginativo, ¿verdad?
 
Así que, volviendo al meollo del asunto, en lo referente a la cuestión: to be or not to be read, manifiesto que, pese a que haya personas que no acaben de entenderlo, ser leído o no serlo en absoluto cada vez me quita menos el sueño. Bien es cierto que faltaría a la verdad si dijese que no me alegra comprobar que un post ha sido leído o que ha generado algún tipo de reacción o comentario[6], o incluso que algún loco se ha lanzado a compartirlo. Hay numerosos estudios que equiparan los efectos de un “Me gusta” a una foto subida a Facebook o a Instagram con masturbarse, ganar dinero o comer chocolate (el más reciente, de la Universidad de California en Los Ángeles, la mítica UCLA del baloncesto), por ejemplo, así que imaginaos lo que experimenta alguien como yo, que ya tiende de manera natural al hedonismo, con lo que genera algo que he escrito[7]. Pero por muchas zonas del placer que se activen en mi cerebro, por decirlo de alguna manera, no escribo para mi público, y creo que nunca lo haré. A fin de cuentas, y por mucho que le cueste creerlo a algunas personas, yo no escribo para ser conocido, ni para ganar dinero, ni para que me contrate nadie, ni por ningún tipo de reconocimiento, ni siquiera el tuyo, lamento decírtelo, querido lector, sino que principalmente lo hago por mí mismo. Tuviese o no tuviese un blog, iba a continuar escribiendo, aunque de esta manera mis textos son leídos por un número mayor de personas que si decidiera guardarlos en un cajón tras dejárselos leer a la gente de mi entorno más cercano (que era lo que hacía hasta que nació Alfredópolis[8]). Claro, si puedo elegir, prefiero que me lean a que no lo hagan, no soy hipócrita, pero lo que quiero por encima de todo es escribir.
 
Permitidme que insista en esto último: si el fin de Alfredópolis fuese conseguir un número de lectores tal que me permitiese sacar pecho, decir aquello de soy escritor, o bloguero o cronista independiente (¡juas!), además del giro copernicano que supondría el cambio de nombre y temática de lo que comparto con vosotros aquí, podría optar por otras estrategias más fecundas y sencillas. Por ejemplo, hacerme tan accesible a los motores de búsqueda de Internet como fuese posible, es decir, dotar a mi blog de una mayor visibilidad para que cuando alguien busque algo relacionado, ni que sea remotamente, con el contenido de alguno de mis posts, mi blog sea una de las opciones que el navegador le sugiera al internauta en cuestión. Pero no, podéis creerme: no le facilito en nada el hallazgo al navegante curioso y/o despistado. Así, mi modus operandi en lo que respecta a Alfredópolises el siguiente: me fijo en qué hacen dos blogueros a quienes conozco en persona (aunque a uno de ellos no sé si llamarlo así; me parece, no sé exactamente por qué, pues bloguero es la persona que crea o gestiona un blog, que el sustantivo desmerece lo que hace y disminuye, si eso es posible, el ingenio y la sabiduría que tiene a bien compartir con sus lectores), que se convierten en los límites que marcan el exceso y el defecto de lo que yo quiero para mi propio blog. El exceso sería acabar convirtiéndome en un ridículo vendedor de mí mismo, abusar del autobombo y citarme y compartir mis posts hasta la saciedad (algún día tendré la dicha de que alguien me explique qué sentido tiene compartir siete veces algo que ya has publicado con anterioridad… a mí, con sinceridad os lo digo, se me escapa… o, mejor dicho, prefiero no saberlo) en una red social abierta a todo el mundo como Twitter; al fin y al cabo, supongo, se trata de que el contador de visitas, ¡bien visible, por supuesto, para todo el mundo!, registre el número más alto posible (¿un ego de tales dimensiones tendrá bastante con un billón de visitas? No sé yo…). El defecto es publicar mis posts únicamente en mi blog, y confiar en que mis lectores vayan mirando qué he ido colgando allí desde la última vez que lo visitaron (en el caso de que no se hayan suscrito; si lo han hecho, entonces reciben una notificación vía correo electrónico anunciándoles la nueva publicación); claro, el problema es que luego, como dice este autor-modelo, acabas hasta las narices de escribir cosas que nadie lee (y a mí me hace muchísima gracia cómo lo dice, y que, pese a todo, siga publicando cosas; respect!).
 
Llegados a estas alturas, es evidente cuál de los dos modelos me parece mejor, como también es evidente que en mi valoración de cada uno de ellos juegan un papel importante tanto mi aprecio personal como mi respeto y admiración intelectual por cada uno de ellos. Cierto, pero no por eso deja de ser verdad lo que he escrito antes. Soy de los que cree, y es posible que no me equivoque, que la necesidad de estar continuamente en el candelero, más allá de interpretaciones freudianas que no vienen al caso, te convierte en un escritor folletinesco (¡y que me perdonen los estudiosos de la literatura decimonónica!), y tus textos, más allá de tu propia valoración (excelsos, faltaría más), son el heno con que se alimenta el ganado. ¿Qué decir en mi caso concreto? Pues algunos de los que leéis esto ya lo sabéis, comparto mis posts en la página de Facebook Alfredópolis y, desde allí, en mi página personal, restringida a lo que voy a llamar “mis amistades”. Nada más, ni nada menos. Con eso ya me doy por satisfecho. La posición en que me deja esto ya no me corresponde a mí juzgarla, pues sería totalmente parcial; eso ya es cosa tuya, querido lector. Mientras tanto, y sea cual sea el veredicto, no te lo tomes a mal, yo voy a seguir escribiendo. Como dejó escrito Virginia Woolf en su diario el 14 de mayo de 1925[9], cuando se disponía a dejar el periodismo (¡bien por ella, y por nosotros, los grandes beneficiados de su decisión!) y centrarse en lo que luego fue Al Faro: “la verdad es que escribir es el placer profundo; y ser leída, el superficial”.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 


 

[1] Los que leen mis entradas con fidelidad, versen sobre lo que versen (que haberlos, haylos; muito obrigado a todos ellos), quedan fuera de esta clasificación, es obvio; ellos siempre están en las estadísticas, aquí me ocupo sólo de las “anomalías detectadas por el sistema”.
[2] Es probable que en un futuro le dedique un post a esto, que tiene bastante miga la cosa.
[3] Llega un punto en que esto de tener un hijo se parece bastante a romperte un brazo: de repente todo el mundo tiene hijos, todo el mundo se relaciona con otras personas que tienen hijos, todo el mundo habla de sus hijos, y acabas viendo hijos hasta en la sopa.
[4] Claro, durante los primeros meses, y sobre todo en el caso de las madres, esto parece una utopía. Pero hay que intentarlo, por la salud mental de todos los actores implicados, empezando por ellas mismas. Llegará el momento en que se precise de una conversación adulta, de una película, de unas copas con los amig@s, de teatro, de una noche de sexo hasta que salga el sol… yo qué sé, de miles de cosas en principio poco relacionadas con el bebé, de todo aquello que en apariencia ha quedado atrás y que solíamos llamar “mi vida”.
[5] La novela decimonónica hizo un arte del adulterio como consecuencia del aburrimiento y la monotonía. Su gran pero, que en su inmensa mayoría quien lo cometía era la esposa. Quizá porque el adulterio del marido era consabido y menos censurable cuando no absolutamente disculpable y casi beneficioso para el matrimonio.
[6] Tal vez sea de perogrullo, pero no está de más decir, si dejamos de lado el polisémico silencio, que sólo se pueden recibir dos tipos de crítica: positiva y negativa, y ambas deben ser recibidas con gratitud, pero sin que la primera alimente nuestra vanidad en exceso ni que la segunda machaque nuestra autoestima. La segunda, además, puede ser de dos tipos: constructiva y destructiva. La constructiva debe ser considerada el mejor de los regalos que nos pueden hacer, pues nos sirve para seguir aprendiendo y mejorando. La destructiva busca hacernos daño, y suele provenir de un ser frustrado; para minimizar su impacto, disponemos de tres opciones: ignorarla, hacer que la Musa cante nuestra ira y darle de comer a los perros el cadáver de quien ha intentado dañarnos, y dialogar educadamente con el crítico hasta que él mismo y sus limitaciones (existenciales, de carácter, intelectuales) se evidencien; al fin y al cabo, nosotros vamos a poder hacernos los tontos todo el tiempo que queramos, pero a él le va a resultar imposible simular que es listo mucho más allá de su crítica. Sin embargo, pese a que nuestra naturaleza animal nos incline a ello, es recomendable no optar por la segunda opción: aunque puede ser muy gratificante dejar K.O. a nuestro oponente con un buen directo de derecha (siempre dialécticamente hablando, se entiende), ya tiene bastante el pobre desgraciado con ser como es. Bastantes golpes le ha dado ya la vida como para darle su merecido también nosotros. Apiadémonos de él.
[7] Estaremos de acuerdo, espero, y que me perdonen los fotógrafos aficionados, en que escribir un texto sobre lo que sea, y por ridículo que sea, tiene un pelín más de mérito que hacerte una foto tomándote un gin-tonic a la luz de la luna, ¿no? Yo al menos soy capaz de hacerme una foto parecida: sólo necesito una luna, una copa, hielo, ginebra, tónica, especias varias y/o plantas y arbustos que añadirle a la mezcla, y una cámara de fotos o un móvil.
[8] No es verdad, antes de este blog hubo otro, El rincón de pensar, que abandoné porque no tenía muy claro hacia dónde se encaminaba, y corría el riesgo de convertirse en una mala caricatura de la idea de la que partía. Asimismo, Alfredópolisreemplazó a Caballo de juguete, que era como había pensado llamar a este artefacto en un principio, y que pretendía ser un homenaje a la novela de Laurence Sterne Tristram Shandy (ejemplo paradigmático de la literatura que se recrea en el placer mismo de escribir…). Quienes la hayáis leído ya sabréis que el caballo de juguete, interpretaciones sexuales al margen, era la ocupación que permitía al tío Toby escapar de la realidad. Sin embargo, dos cosas me llevaron a adoptar el nombre actual: que se me identificara con el tío Toby (un tullido digamos que poco hábil con las mujeres) y el hecho de que por qué debía conformarme con un refugio cuando tenía al alcance de mi mano crear mi propia realidad. Así que Alfredópolis, para mí, más que un blog o una identidad virtual, es esa vida entre paréntesis que transcurre, salvo pequeñas incursiones, en paralelo a la mía.
[9] Estas palabras de Virginia Woolf son un gran ejemplo de la impostura y la desinformación que campa a sus anchas por Internet. En muchas páginas dedicadas a esas chupicitascelébres con que adornamos nuestra profunda sabiduría, las palabras de Woolf son deformadas, y en ningún caso se cita la fuente. Luego ya están los blogueros más sabios, que además de seguir deformando la cita original, quieren hacernos creer que procede de La señora Dalloway (1925). Nunca antes fue más cierto eso de que, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey.