64. Todos somos Homero

Entendemos que la tradición literaria occidental, un concepto que debería sernos familiar a todos, se remonta a unas pocas obras seminales procedentes, en concreto, de la literatura clásica grecolatina y de la tradición judeocristiana. Para ser más explícitos, hablamos de los versos homéricos (fuese quien fuese Homero, existiese o no, y por muchas dudas razonables que existan sobre que sea el mismo autor que dio a luz a la Ilíada y a la Odisea; no hay tiempo ni espacio para tratar esa cuestión aquí) y de la Biblia. Y creo que es una opinión generalizada pensar que esto que ya forma parte de nuestras conversaciones literarias ha sido siempre así, que se sabe desde hace siglos que todos pertenecemos y contribuimos a esa tradición, porque la tradición es eso que perdura porque se transmite de generación en generación. Y aunque dicen que las cosas que no se nombran no existen, eso no ha sido óbice alguno para que la tradición literaria occidental siga tejiendo su red infinita de puentes sin necesidad de ser identificada como tal. Como veremos más adelante, estamos hablando, por mucho que su propio nombre nos retrotraiga a lejanos siglos pasados, de un invento moderno. ¡Larga vida a las paradojas!

Para ponernos en situación, es necesario señalar que, hasta bien entrada la Baja Edad Media, lo que se sabía en Occidente de Homero procedía de fuentes corruptas y secundarias, y lo mismo es aplicable a muchos de los autores de la Hélade. En este sentido, es imposible calibrar con precisión el daño que le hicieron a la cultura occidental los incendios de la biblioteca de Alejandría (fueron más de uno, aunque Julio César haya cargado con el muerto en el imaginario popular) y la división en dos del Imperio romano: el de Oriente se quedó con todo el saber pagano; y el de Occidente, con la religión y esos interminables siglos oscuros conocidos como Edad Media. Sin embargo, es innegable que los cruzados cristianos intentaron ponerle remedio a tan desigual reparto con la quema de libros que siguió a la toma de Constantinopla en 1204 y que los grandes escritores de la cristiandad, “enanos a hombros de gigantes”, supieron nutrirse de la frívola Roma (recordemos: alumna de la antigua Grecia aunque con una vocación mucho más lúdica y pragmática que reflexiva) para dotar de profundidad, prestigio y calidad a su propia literatura.

En esta misma línea que vengo apuntando, y a pesar de toda la barbarie en forma de impedimento y de negación característica de estos siglos, la Eneida, continuadora de los belicosos y nostálgicos versos homéricos, se convirtió en el modelo a emular por la épica medieval. Me refiero al Beowulf, a la Chanson de Roland, al Cantar de Mio Cid, al Cantar de los Nibelungos y, un poco más tarde, a las novelas de caballerías pertenecientes a la materia de Roma (que no es más que pasar por el filtro medieval a la Antigüedad clásica), a la materia de Bretaña o ciclo artúrico y a la materia de Francia o ciclo carolingio, y aún más tarde, al Orlando furioso, La Araucana, Los Lusiadas… como vemos, toda gran nación aspiraba a tener su poema de exaltación patria a la romana con que dar lustre y esplendor a sus orígenes, y qué mejor manera que mezclar su sangre, como mezclada estaba la de Eneas, con la de la divinidad. Ya veis de qué manera tan rocambolesca, a ciegas y escondido en el maletero de un auto pilotado por Virgilio, se iba abriendo paso hacia el futuro el bueno de Homero…

Y así nos plantamos en pleno siglo XX. En una Europa que acaba de derrotar a la amenaza nazi (tan destructora de cultura como lo fueron Julio César o los Reyes Católicos antes) y que vive el apogeo del método comparativo, entra en escena Ernst Robert Curtius, que publica en 1948 Literatura europea y Edad Media latina, un estudio con el que pretende demostrar el continuum entre las culturas romana y europea occidental, y que sería complementado dos años más tarde con Ensayos críticos sobre la literatura europea. Pese a que los trabajos de Curtius fueron tan alabados por su atrevimiento y originalidad como denostados por su falta de solidez teórica, tuvieron un papel fundamental en la literatura de ficción de la segunda mitad del siglo XX porque de sus obras se desprende una de las ideas motrices, tanto de la modernidad como de la posmodernidad literarias, en lo que a narrativa se refiere (curiosamente a esta última le sucede lo mismo que le sucedió a Curtius, o la amas o la odias, no hay término medio; a mí me encanta por lo que tiene de juego y desafío intelectual), aunque será la segunda la que la elevará a su máxima expresión y la que mayor provecho obtenga de ella: la literatura universal está compuesta por unos cuantos relatos originarios, los versos homéricos, y todo lo que se puede escribir ya lo escribieron los antiguos griegos (yo tuve un profesor que decía que todos nacemos, amamos, odiamos y morimos en griego y en latín, y creo que no le falta razón). Lo que viene a continuación no es más, pero tampoco menos, que las infinitas versiones, reversiones e inversiones de aquellos versos originarios. Alucinante, ¿verdad?

¿En qué se traduce todo este galimatías? ¿Dónde os quiere llevar este loco salvaje? Pues a la idea de que si ya está todo escrito, el tema, al contrario de lo que muchos piensan, no es tan importante; el contenido cede en beneficio de la forma, que es la que dota de significado y calidad a una obra literaria. Como dijo Thomas Mann, aquello sobre lo que habla un artista no es nunca lo más importante, es decir, que lo capital no es el qué, sino el cómo del asunto literario. Es más, creo que el hecho de que una novela o un relato sea literariamente bueno se debe mucho antes a cómo nos cuenta las cosas que a las cosas que nos cuenta. [Dejo pasar unos segundos para que os recuperéis del susto.]

Ejemplo paradigmático de todo esto que os estoy diciendo es Jorge Luis Borges (sí, soy de los que se alinea al lado de quienes lo consideran el precursor de la literatura posmoderna). ¿Qué dice Borges que sea original? Nada, absolutamente nada. Se ocupa de muchas cosas, claro que sí, sobre todo de literatura; pero también del papel relevante que el azar adquiere como timón de toda existencia a partir de las teorías neodarwinistas; de la teoría del caos; de la muerte de las verdades absolutas que trae consigo la relatividad; de la lógica, más difusa que nunca; de las ideas de Nietzsche, Derrida o Paul de Man sobre la fragilidad de la existencia de lo real… pero todos y cada uno de estos temas ya tienen sus especialistas, eminencias en sus campos que nos explican mucho mejor que el argentino el qué de sus materias. El (gran) mérito de Borges es convertir esos qué en ficción (de ahí que su libro de relatos más conocido se titule así, Ficciones) y hacer del cómo una obra de arte. Claro, eso hace que para mucha gente resulte pedante, inabordable o qué sé yo. Pero se trata de malas lecturas, si se está al corriente de los qué del mundo, se entiende perfectamente que los cómo laberínticos de Borges son impostura, parte esencial de su juego infinito y un espejo de nuestro propio mundo.

En efecto, como la noche con que nos topamos en la primera línea del relato “Las ruinas circulares”, todos somos unánimes en sentido etimológico: una sola alma. Todos somos Homero. Shakespeare fue tan Homero como Borges. Yo soy Homero, y tú, estimado lector, también eres Homero.

*Este artículo ha sido publicado por la revista cultural Almiar.

61. To publish, or not to publish: that is the question

Y es una pena, la verdad,
porque sería algo inefable
cambiar la torpe realidad
y ser o Borges o bailable.
Pues qué penita y qué dolor,
no tendré el Nobel, no, señor.
 
Javier KRAHE y Joaquín SABINA: “… Y todo es vanidad”,
Corral de cuernos (1985).
 
 
 
 
 

No son una ni dos ni tres las veces que alguien me ha preguntado si soy consciente de lo bien que escribo y, acto seguido, que por qué no publico algo. Supongo que con ese algo se refieren a una novela o a un libro de relatos o a un poemario o, tal vez, a un ensayo (no sé si me ven como narrador de corta o larga distancia, como poeta o como ensayista, ni siquiera estoy seguro de que me vean en realidad).

Sobre lo de que escribo bien, siempre respondo lo mismo: soy filólogo (do you remember it?), no faltaba más sino que alguien de mi perfil no escribiese bien, y por bien me refiero a correctamente: sin errores que me sonrojen, o, en caso de cometerlos, que no sean demasiado vergonzosos, y respetando la tríada elemental formada por la cohesión, la adecuación y la coherencia; aunque sé que de todo hay en la viña del Señor y yo mismo en alguna ocasión he pensado de algún colega: “¡qué lástima de dinero invertido en matrículas universitarias!”. Pero lo habitual es que quien ha cursado con éxito una filología escriba bien, lo raro suele ser lo contrario. Además, estoy de acuerdo con Bolaño [“Discurso de Caracas”, en Entre Paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama, Barcelona, 2004], lo de escribir bien está al alcance de cualquiera y, por tanto, le concedo muy poquito mérito:

 

Muchas pueden ser las patrias [de un escritor], se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso.

Sólo hay que echarle un vistazo a lo que se publica hoy para cerciorarse no ya de que no se alcanza el criterio de calidad que apuntaba Bolaño, sino que en muchas ocasiones lo que se publica ni siquiera está bien escrito, patología que se ha visto agravada, mucho me temo, por el fenómeno de la autoedición y las redes sociales, terrenos fértiles para la alimentación de vanidades: no nos engañemos, la escritura tiene mucho de onanismo, y poder decir eso de “soy escritor” y “mira, allí, en aquel estante, tengo dos libros publicados (por mí y por mi bolsillo)” es orgásmico para cierto tipo de personas. Pero no pretendo criticar la autoedición, por mucho que me sangren los ojos con los fragmentos con que algunos de estos escritores mendigan compradores para sus libros en las redes, entiendo que el hecho de que te publiquen en un gran grupo editorial puede ser harto complicado y desesperante (imposible si no reúnes un mínimo de calidad), además de que todos somos libres de gastar nuestro dinero como nos plazca, y si ésa es la ilusión de nuestra vida y es lo único que nos importa, pues bienvenida sea la autoedición y la dejo que descanse en paz, que bien merecido lo tiene.

Sin embargo, a quienes sí que voy a criticar es a aquellas personas cuyas publicaciones en una editorial son sospechosas, a las que sacan pecho (aquí es donde las redes sociales adquieren protagonismo, o nos lo dan, mejor dicho: ¡cuánto daño nos están haciendo!) por dárselas de algo que en realidad no son y es bastante posible que nunca lo lleguen a ser (vamos, que no los critico por publicar, no, sus delitos son su inexistente honestidad intelectual, el autoengaño y, lo que resulta más flagrante, el intento de engañar al resto del mundo). Quiero decir que si nuestro libro (pertenezca al género al que pertenezca y verse sobre lo que verse) ha sido publicado por una editorial que pertenece a un amigo, o a un familiar, o a un conocido, o a un examante o un amante actual, o al vecino del quinto piso, y nos deben un favor, pues no es lo mismo que si enviamos nuestro manuscrito y un consejo editorial decide publicarlo. Digamos que jugamos con ventaja, que la competencia es desleal y que es muy posible que el criterio de la calidad no haya sido el imperante a la hora de dar luz verde a la publicación. Y aunque es lícito hacerlo, y es muy aconsejable tener amigos en este mundo, deberíamos reconocer que nos han publicado por lo que nos han publicado (porque ha sido esa editorial, la de nuestro amigo, y no otra, la que lo ha hecho), pero no, está visto que la autocrítica y la sinceridad para con uno mismo y para con los demás no es lo nuestro.

 
Fotograma de Hamlet, dirigida y protagonizada por Laurence Olivier (1948). Fuente: elconfidencial.com
Otro detalle importante es, además del sello editorial que nos publica, en qué colección de su catálogo (en caso de que disponga de más de una) lo hace. Pongamos por caso que vamos a publicar un libro sobre filosofía en la editorial de ese amigo con quien nos portamos tan bien en el pasado que nos debe una: no es lo mismo que nuestro libro vea la luz entre los ejemplares que conforman la colección “Grandes pensadores contemporáneos” a que lo haga en “Con cada consumición, un montadito filosófico y un mondadientes gratis”. No, queridos, no, si esto sucede, no podemos vendernos como la reencarnación de Aristóteles (aunque creamos que lo somos). Ese amigo, más que un favor, nos habrá hecho una putada, porque por mucho que el tuerto sea el rey en el país de los ciegos, existen más países y más tuertos, incluso gente que ve con los dos ojos, y es más que posible que nos convirtamos en el hazmerreír de todos ellos; eso sí, mamá y papá, y aquellas personas que tal vez piensen que pueden necesitar en un futuro del mismo empujoncito del que hemos gozado nosotros para publicar nos comprarán un ejemplar y hasta nos dirán que les ha encantado y que qué sabios somos (aunque en otros foros hayan manifestado que no creen en nuestra filosofía, o que es superficial, o que está a la altura de, como máximo, un trabajo aceptable de primero de carrera; ¡la hipocresía se nos da tan bien!), entre aplausos y vítores el día de la presentación (y más si pagamos de nuestros bolsillos unos canapés o el favor que nos debían era tan grande como para merecer alguna botellita de cava a cargo de la editorial), por descontado. Que aun así todo esto nos da igual y nos seguimos creyendo la polla del universo, pues venga, a hacer oídos sordos a lo que nos digan y a fardar en las redes. ¡Qué cojones, que somos escritores y nos han publicado un libro, que se vaya enterando todo el mundo!
 
Entonces, ¿qué sucede conmigo, por qué no me lanzo a publicar algo? Como ya he venido desgranando, descarto por completo la autoedición en todas sus modalidades (para mí sería el equivalente a hacerme trampas jugando al solitario) y cualquier tipo de publicación que no se base en exclusiva en la calidad de lo que escribo. Es posible que si no fuese filólogo, mis lecturas (modelos de los que uno aprende y con los que se compara sin remedio) hubiesen sido otras, igual que lo que pienso sobre este asunto hubiese sido diferente, hasta cabe la posibilidad de que a estas alturas ya hubiese autoeditado algo o hubiese intentado aprovecharme de mis contactos. Pero no puedo renunciar a lo que soy, y mi autoexigencia es la que es. Joaquín Sabina, un buen lector, en una entrevista (creo que lo leí en algún medio impreso, aunque no estoy seguro) en la que le preguntaron por qué se había decantado por la música, varió con inteligencia la letra de la canción que cantaba Krahe y respondió: “Como no puedo ser Borges, no me ha quedado más remedio que ser bailable”. Yo, como no puedo ser Borges, tengo que conformarme con escribir un blog, publicar de vez en cuando algún articulito o alguna reseña en alguna revista literaria (ojo, que sé que hay gente que se cortaría un dedo con tal de ver algo suyo publicado en una revista y lo llevan intentando sin éxito mucho tiempo; a mí, y soy sincero, no me ha costado demasiado, de hecho me han publicado el 75% del material que he pretendido publicar; aunque quizá sea el 100%, que desde que uno envía su material hasta que es publicado pueden pasar X meses) y guardar en un cajón ideas, esquemas, fragmentos, capítulos inacabados, poemas, etc., a la espera de tener tiempo para dotarlos de una calidad acorde con mi exigencia. Y es que el tiempo es fundamental en esto de la escritura: uno no puede ser escritor (de calidad) escribiendo a tiempo parcial (un ratito los fines de semana, o durante las vacaciones de verano); es preciso dedicarse a diario a tal empresa, y unas cuantas horas. Por esta razón, porque no vivo de rentas y tengo que trabajar mucho para comprar algo de tiempo (pasan doce horas desde que me activo para ir al trabajo hasta que por fin vuelvo a poner un pie en casa cada día), porque tengo una familia y porque en realidad me gusta más leer que escribir, me es imposible dedicarme a la escritura como actividad profesional y de calidad, al menos, de momento. Claro, habrá quien me diga que podría sacrificar algo de eso y dedicarle ese tiempo a escribir y, así, cumplir “mi sueño”, y mi respuesta es sencilla: no sueño con publicar, y no creo que nada de lo que escriba y publique pueda sustituir económicamente a mi trabajo, ni que me dé lo que me da pasar tiempo con mi familia, ni que me sea tan placentero como leer a alguien que escribe mucho mejor que yo; y publicar por publicar, como parece que se publica hoy, lo lamento, no lo contemplo, ni lo ambiciono ni lo requiere mi vanidad. Qué penita y qué dolor, no tendré el Nobel, no, señor.