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Blog personal de Alfredo Martín G.

72. Adiós, 2022

La verdad es que despido el año 2022 con poca energía física (y enfermo, cosa que no es novedad: lo del virus respiratorio en época navideña es más tradicional en mi casa que el mismísimo turrón) pero con el depósito lleno de energía mental y, si echo la vista atrás, no ha sido tarea fácil volver a experimentar esta motivadora sensación.

De hecho, desde el inicio de la pandemia y el posterior confinamiento, no he estado bien a nivel anímico, al menos en algunas parcelas bien definidas de mi psique. En las otras, sí lo he estado y sí lo estoy. Quiero decir que estoy feliz con el resto de mi vida (con los altibajos lógicos, supongo que ya se entiende que no tengo un reloj que me avisa de la hora del abrazo ni voy cantando y bailando por el mundo), pero ha habido algo que había perdido durante este tiempo y que diría que he acabado, por fin, de recuperar.

En concreto, durante estos dos largos años me ha costado concentrarme y rendir en el trabajo (preocupación lógica, pero relativa porque, para mí, el trabajo, trabajo es; no me define, no me realiza, diría que está muy atrás en mi lista de prioridades existenciales, aunque no soy un pasota: al parecer, no lo hago mal del todo, mi jefe dixit) y, sobre todo, me ha costado leer y escribir algo que no estuviese relacionado, precisamente, con mi oficio.

Lo curioso del caso es que había aceptado este hecho como algo normal, sin sentirlo como una gran pérdida, cuando, en realidad, si algo lo caracteriza, es su cualidad de insólito. Y digo insólito porque, como alguna que otra vez ya he mencionado aquí, dos de las pocas constantes de mi vida han sido la lectura (la que más) y la escritura. Sin embargo, no sé por qué razón (no se lo he consultado a ningún especialista ni lo he hablado con demasiadas personas), desde que se declaró la pandemia sentarme relajadamente a leer o ponerme a pensar en escribir me provocaba una sensación de agitación y malestar que nunca antes había experimentado.

Es cierto que el tiempo libre de que dispongo es limitado: soy padre, pareja, hijo, amigo… y todas estas cosas requieren de tiempo, y se lo dedico con gusto. Pero antes también lo era y eso no me impedía leer y escribir, así que no sirven como explicación de lo que me ha sucedido.

Desde que finalizó el confinamiento, además, me he convertido en ciclista aficionado, me lo pedían a gritos tanto mi mente como mi cuerpo, y esta es una actividad que también requiere de tiempo, cada vez de más tiempo, así que me había explicado a mí mismo que si lo que necesitaba era eso, bien merecía la pena sacrificar la lectura y la escritura en su beneficio. Al menos, pensaba, en la bici me vacío, me siento bien conmigo mismo y tanto mi cuerpo y mi mente como las personas de mi entorno lo agradecen. La energía negativa acumulada por el mero hecho de vivir desaparece por el desagüe de la ducha posentrenamiento, esto es así, pero montar en bici no es lo mismo que leer o escribir, claro, y ese vacío no se acababa de llenar.

Así las cosas, pensé que si no podía leer (ni escribir, pero lo que más me preocupaba era la pérdida del hábito lector) como había leído hasta la fecha, me tendría que obligar a hacerlo de alguna manera. Como me generaba angustia enfrentarme a una novela o a un libro de relatos cualquiera, me dije a mí mismo que debería volver a los orígenes, al mundo de los cómics, que ya habéis leído aquí mismo que fue la puerta de entrada a la literatura y el germen de lo que soy hoy. Dicho y hecho: recurrí a la lista de “cómics pendientes que me gustaría leer”, seleccioné unos cuantos y los compré por internet (en aquel entonces vivíamos el apocalipsis vírico, nos dejaban salir a la calle pero poquito).

A esos cómics (leídos en paralelo a los primeros kilómetros que rodé en bicicleta, y creo que esta es la clave: recuperar el cuerpo a la vez que el espíritu, por llamarlo de alguna manera), les siguieron las primeras novelas y relatos, pero con la peculiaridad de que ni esas novelas ni esos relatos eran nuevos, es decir, que seleccioné valores seguros, novelas y relatos que ya había leído y me habían gustado y, aunque al principio me costó, fui adquiriendo ritmo lector y fui disfrutando, de nuevo, de sus lecturas.

En la actualidad, por suerte, vuelvo a leer con voracidad, y sin necesidad de restarle tiempo a nada de lo que ya forma parte de mi vida; la lectura se ha hecho su espacio con total naturalidad: la última novela me ha durado tres días, que habrían sido dos si no me hubiese dejado olvidada (¡a falta de dos capitulillos para finalizarla!) la bolsa donde la llevaba en la panadería donde compro el pan nuestro de cada día, Santa (tengo unos amigos venezolanos que lo llaman así y me gusta esa familiaridad) me ha regalado dos novelas y espero un nuevo año con muchas más. Sobre la escritura, es cierto que aún espera su mejor momento, pero aunque 2022 ha sido un año flojo en cuanto al número de textos escritos, me doy con un canto en los dientes con lo hecho hasta ahora: he seguido publicando en revistas literarias (Cinco microrrelatos, en la revista literaria Letralia, y en la revista cultural Almiar), he actualizado mínimamente este blog, he reseñado un muy buen libroPiano, piano, si arriva lontano, dicen.

Hoy me he despertado temprano, le he preparado el desayuno a mi pareja porque es su último día de trabajo del año, he desayunado, he escrito este post y le he dado un nuevo aire al blog (he cambiado el texto de entrada y la imagen de cabecera). Y todo esto mientras mi hija duerme. Cuando despierte, tocará su desayuno y jugar con ella hasta que vayamos a buscar a su mamá al trabajo. Y mañana, si mejoro del virus respiratorio, salida en bici. Y pasado…

¿Y en 2023? Pues lo que venga será recibido con energía e ilusión renovadas.

Por un feliz y próspero año 2023, amigos.

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