59. Ser madre

He sido uno de esos futuros padres a los que les hubiese encantado poder vivir qué es estar embarazada y sentir cómo la vida se abre paso en mi interior, poder establecer ese vínculo especial que une a madre e hija muchos meses antes de la llegada al mundo de la segunda. Así lo sentí y así lo verbalicé en su momento. Aunque ni fue siempre así ni es así hoy en día. La verdad es que me he repensado eso de querer ser madre.

Sí, ya sé que es políticamente incorrecto afirmar lo que voy a afirmar en breve, y que para según quién sea el receptor de este texto debería haber empezado, antes incluso de llegar a plantearme manifestar mi opinión al respecto, disculpándome por ser hombre y, para más inri, blanco y occidental, por mi identidad sexual coincidente con mi fenotipo sexual y, por supuesto, por que Napoleón, como buen macho alfa que fue, conquistara Europa casi en su totalidad (cosas de convertir la falacia ad hominem en modus vivendi); pero como creo que mi voluntad no ha tenido nada que ver en tan graves delitos, voy a pasarme lo políticamente correcto por las criadillas: estoy contento (aunque quizá el adjetivo preciso sea aliviado) de haber nacido hombre y de no tener que ser yo quien conciba. Al menos en lo que respecta a los aspectos sociobiológicos del asunto, de los que me ocuparé tan pronto como finalice esta introito, me alegra haber nacido hombre (con todos y cada uno de los pecados inherentes a mi condición manifestados con anterioridad). Cierto es que luego la cultura lo jode todo, pero mientras tanto, ciñéndome a lo puramente sociobiológico, sí, para mí hoy es una bendición no poder concebir.

La verdad sea dicha, hasta que no superamos con éxito el crítico primer trimestre quería ser padre, pero no madre. Y eso que ya empezaba a verle algún problema al asuntillo de no ser yo el embarazado: por mucho que te impliques y que lo vivas, estás condenado a hacerlo desde la barrera. No experimentas ningún cambio (sí, ya sé que hormonalmente el hombre también experimenta cambios, pero no son comparables a los que experimenta la mujer, no me condenéis aún a la hoguera), y lo único que te queda es la preocupación. De repente, si dormías bien, dejas de hacerlo, atento a las respiraciones y movimientos de quien descansa a tu lado. Llegas a hacerte pesado, debido a tu incapacidad de sentir lo que la otra persona está sintiendo, y la pregunta, en la cama, en el trabajo o mientras te das una ducha, siempre es la misma: ¿estará yendo todo bien? En nuestro caso, todo fue bien hasta la noche previa a la primera ecografía (maldita sea nuestra suerte, ¿verdad?): un grito en la noche procedente del lavabo y sangre, mucha sangre, en un pijama y en una cama, parecían materializar nuestra peor pesadilla. Y confieso que no fue hasta ese momento que por fin me sentí padre, paradójicamente cuando todo indicaba que había dejado de serlo. Y fue esa noche, que por fortuna tuvo un final feliz, cuando inicié un proceso madurativo que me ha llevado a ser quien soy hoy. Lo tengo claro, si hay dos momentos que me han marcado y me han despojado del velo de la ignorancia tras el que se oculta lo que de verdad importa en la vida, fueron esa noche y las más de 27 horas de parto que tuvimos que afrontar meses más tarde.

Claro, a partir de ese susto, me convertí en un guardián siempre atento a cualquier movimiento: si mi pareja se levantaba a orinar en mitad de la noche (cosa que una embarazada hace muchas veces), yo acababa irrumpiendo en el lavabo para cerciorarme de que todo estaba correcto; si respiraba más fuerte de lo normal o se quejaba por cansancio, ahí volvía a aparecer yo a ver qué pasaba. Un plasta insoportable, vamos. Y eso que a partir de ahí, pese a que activaron el protocolo de embarazo de alto riesgo (un aplauso a la atención dispensada por la Seguridad Social hasta el momento del parto, no sabemos valorar lo que tenemos), tuvimos un embarazo de lo más tranquilo y agradable. Y he ahí que empecé a desear ser yo quien estuviese embarazado: mi pareja sentía a la pequeña que crecía en su interior, disfrutaba de ella, se encontraba en un momento dulce, doy fe; no sabéis cómo agradezco que no se convirtiese en una de esas personas que se obsesiona con la vida que lleva dentro, siempre preocupada por si se mueve o no, siempre pensando en lo peor; no, ella hizo lo que hacen las personas inteligentes: saborear un momento único, propiciar el milagro de la vida con una sonrisa; para loco obsesionado ya estaba yo… de ahí que, supongo, se abriera paso en mí el deseo imposible de quedarme embarazado: ella podía saber si todo iba bien sin necesidad de preguntar, sin tener que estar siempre alerta, se podía relajar, podía jugar a imaginar cómo sería la pequeña Júlia. Yo, me sincero, en ningún momento me relajé, salvo en las ocasiones en las que ponía mi mano en su vientre para sentir cómo se movía nuestra pequeña o al final de las visitas al ginecólogo cuando nos aseguraban, por fin, que todo estaba bien.

 
Junior (1994), película dirigida por Ivan Reitman y protagonizada por Arnold Schwarzenegger, Danny DeVito y Emma Thompson.
 
Sin embargo, los días 21 y 22 de julio de 2017 se me fueron todas las tonterías, y lo de ser yo quien sufriera los dolores de parto, o a quien le inyectaran la anestesia epidural, o quien tuviera dos partos en uno, o quien hiciera equilibrismo en el umbral del más allá, o a quien le practicaran una cesárea de urgencia, o quien necesitase morfina para combatir el dolor, o quien tuviera que someterse a un largo tratamiento posparto (no voy a revivir aquellas 27 horas interminables, 30 en realidad hasta que la mamá pudo tener a su hija por fin entre sus brazos; quien quiera saber más sobre cómo vino al mundo Júlia puede leerlo en este mismo blog), dejó de parecerme algo deseable. Lo de ser madre, salvo algunos versos libres, y siempre según mi experiencia, puede ser desagradablemente prosaico.

Algún ingenuo podría pensar que lo peor, una vez en casa, ya ha pasado, pero es justo entonces cuando empieza lo realmente duro. Y no me refiero a los cuidados del bebé, no, a fin de cuentas, para unos padres primerizos un bebé es terreno ignoto, un mapa en blanco que vas coloreando hora a hora y día a día con la misma ilusión con que los aventureros de siglos pasados, pese a las dificultades que se pudieran encontrar, pintaban el mapamundi al ritmo de sus descubrimientos. No, eso no supone ningún tipo de problema, y si lo supone, como es cosa tuya, lo afrontas y lo solventas. No obstante, la lógica inexperiencia de los progenitores primerizos propicia algo que nos desquicia sobremanera (sobre todo a la mamá, que es a quien suelen hacerle los comentarios relativos a la educación y crianza del bebé; y, en general, proceden de otras mujeres, no está de más decirlo, con relación de parentesco o sin él, conocidas o desconocidas por completo, que hablar es gratis y todo el mundo puede hacerlo). Me refiero a la lluvia de consejos (desde ya os confieso que el único consejo útil me lo dio mi amiga Mireia: “el único consejo que te voy a dar es que no hagáis caso de los consejos”), a las comparaciones, a las críticas, a los comentarios más o menos nocivos y a las exigencias: “tienes que hacer esto o aquello”, “pues en mis tiempos se hacía A o B, y todos mis hijos se han criado perfectamente”, “esto que haces es una chorrada, tendrías que hacerlo de esta o de aquella manera”; “pues mi hija o mi hijo con este tiempo ya saltaba a la comba, escalaba montañas y hacía el pino” (sí, exagero y ridiculizo a gente y comentarios que bien merecido lo tienen), “mi hija en el útero ya dijo papá, mamá y caca, y con los meses que ahora tiene Júlia componía sonetos, y no sólo no llevaba pañal, sino que nos ayudaba en el aseo de la abuela, la pobre, que estaba impedida”, “yo sólo le di el pecho hasta los 6 meses, pero no por mí, no, que el pediatra me dijo que mi leche era de calidad suprema, y mejor no hablar de la cantidad, que tenía para amamantar a la vez a toda la descendencia de Gedeón, pero ya sabes, la niña nos salió perezosa, así que si Júlia no mama, debe de ser un problema de calidad y/o cantidad de tu leche”, “¡pero qué horas son estas de salir a comprar, tendrías que estar toda la mañana esperando a que viniera a ver a tu hija! (si es que decido venir, pero por si acaso tú tienes que estar ahí, sin moverte, esperándome a mí…)”, “¿dónde vas con este frío/calor? (tenemos una vecina que si por ella fuera, mi hija aún no habría pisado la calle…)”, “pues no voy a ver a tu hija porque no me dices que lo haga, que cuando vengo (cuando a la persona en cuestión, y sólo a la persona en cuestión, le va bien, claro, ni se te ocurra proponerle otro día u otra hora, que entonces el interés se disipa) nunca os va bien (¿has probado a llamar antes?, digo yo; ¿tanto te cuesta imaginar que los demás también tenemos una vida y que no consiste en estar pendiente de tus deseos, intereses y/o apetencias?)”, y así podría seguir hasta el infinito…

Diréis que, como Max Estrella, soy un hiperbólico andaluz, que no hay para tanto. Y es cierto, en condiciones normales todos y cada uno de los consejos, comentarios o críticas anteriores hubiesen sido ignorados, pero como las circunstancias mandan, y las nuestras no fueron sencillas durante los primeros meses de vida de Júlia, nos acabaron afectando (más a mi pareja, insisto, que fue el blanco habitual de todos ellos). Si tu hija no gana peso al ritmo que debería, si tú estás quitándote horas de sueño, de descanso y del reposo necesario para recuperarte de la sangría que fue tu parto y haciendo un esfuerzo para seguir con la lactancia materna exclusiva y a demanda (a demanda significa ‘cada vez que el bebé pida’; lo de hacerlo con un horario establecido y alternándolo con leche de fórmula, al principio, o con papillas, después, ya no es lactancia exclusiva y a demanda, que quede claro), es decir, pasándote el poco tiempo que tu bebé te deja libre enganchada a un sacaleches para que el refuerzo que tienes que darle no sea una leche creada en un laboratorio en base a una fórmula universal (que es lo que te recomiendan algunos pediatras y enfermeras cuando se da este problema, que parece que vayan a comisión; menos mal que hay especialistas y cursos de lactancia en la sanidad pública… si la gente se informase, para lo cual hay que querer informarse, claro está, y buscase la ayuda que nosotros hemos tenido, los datos sobre lactancia materna en España, de los que me ocuparé más adelante, serían otros), lo que menos necesitas es que venga alguien a tocarte la moral (de hecho, no necesitas que venga nadie, haga o no haga comentarios). Entre otras muchas razones, porque esa persona no suele tener ni puñetera idea de lo que habla, y porque es muy probable que esa persona en concreto no suponga ni una autoridad ni un ejemplo a seguir en lo que a la educación y crianza de tu hija se refiere. Pero claro, como a estas personas, al menos nosotros no les hemos dicho nada cuando eran ellas quienes estaban en nuestra situación (por el mismo respeto que ellas no nos tienen, no por avenencia con sus decisiones), piensan que lo han hecho todo bien y que eso les da derecho a meterse en tu vida, a juzgarte y, por supuesto, a condenarte. Y ya sabéis lo que sucede con las personas que creen que no se han equivocado nunca: suelen ser las que más errores (cuando no barbaridades) cometen.

Y así, por fin, hemos llegado al tema estrella, el de la lactancia (que quede claro desde ya que esto no es una crítica a quienes hayan decidido alimentar con biberón a sus bebés; su decisión es tan respetable como la nuestra, faltaría más; pero sí es una crítica a quienes no respetan las decisiones de los demás, y no sólo eso, sino que se cargan de razones para demostrarte que, como siempre, te equivocas). Desde mucho tiempo antes de que Júlia viniese al mundo, mi pareja y yo (aunque poco peso tiene mi opinión en algo que no es cosa mía; lo más que he podido hacer ha sido apoyarla en su decisión y actuar como refuerzo positivo) decidimos que la prioridad sería la lactancia materna (hasta tal punto estábamos convencidos de ello, que el día del nacimiento de nuestra pequeña me negué a que le diesen un biberón a Júlia mientras esperábamos que su madre saliese por fin de quirófano; ¿imprudencia?, ¿riesgo innecesario? Tal vez, pero todo al final salió bien, así que yo lo considero un éxito). Pero no por capricho, ni por mantener la ligazón afectiva con la criaturita ni por ninguna de esas chorradas que quienes te critican te escupen (porque te llegan a escupir, sí, tal es la inquina con que manifiestan sus “inocentes” opiniones), sino porque nos habíamos informado al respecto (para estas cosas hacen cursos preparto primero, y posparto después), y llegamos a la conclusión de que era lo mejor para nuestra hija. Insisto, para nuestra hija, no para la madre (para el padre sí, lo reconozco: yo no he tenido que levantarme en mitad de la noche a calentar un biberón ni una sola vez). Quienes hayan optado por la lactancia materna exclusiva y a demanda sabrán que no exagero cuando digo que para la madre es durísimo, por eso no entiendo ciertas críticas al respecto.

Así las cosas, lo primero que nos sorprendió acerca de la lactancia materna es que la duración media (nuestro país no dispone de un sistema oficial de monitorización y seguimiento de la lactancia adecuado, los datos son los resultados de encuestas sobre hábitos sanitarios) de ésta en España es de unos 6 meses (en este país la palabra conciliación es sólo eso, una palabra, así que la incorporación al trabajo de las mamás dificulta un bien para sus descendientes), y que sólo un 46,9% de las madres llegan a los 6 meses (a las 6 semanas dan el pecho el 71% de las madres; y a los 3 meses, el 66,5%; podéis consultar el informe de 2015 de la Asociación Española de Pediatría aquí, no me invento nada). Pasados los 6 primeros meses, sólo un 28,5% sigue dando el pecho y, aunque no disponemos de los datos al respecto, se estima que pasado el año esta cifra es de un 20% (la recomendación de la OMS es, como mínimo, alargar la lactancia hasta los 2 años de edad por cuestiones inmunológicas). Y decía que los datos nos sorprendieron porque al ser animales mamíferos como somos, entendíamos que lo lógico era que la situación fuese a la inversa, que la alimentación con biberón fuese menos habitual de lo que a la postre es. Las razones de que la realidad sea la que es y no otra, no hace falta ser un superdotado, son, grosso modo, la necesidad de la incorporación laboral de la madre; la incomodidad, el sacrificio y las preocupaciones (que si no se me engancha, que si no me coge peso, que si mira qué percentil más bajo, que si no me deja dormir ni una hora seguida…) que supone darle el pecho a demanda a un bebé (el complejo de vaca lechera existe, sobre todo durante los primeros meses de vida); y, en menor medida, la imposibilidad de amamantar por cuestiones físicas como enfermedades, la estética (si queréis excentricidades, también las hay: conozco el caso de una mamá que no le daba el pecho a su hijo porque cómo iba a hacer semejante guarrería… sí, para ella los senos no son más que órganos sexuales) y algunas corrientes antilactancia, en mi opinión (documentada, que os veo venir), sin base científica que las respalde. Y que cada cual que piense lo que quiera, pero a quienes me dicen que es lo mismo alimentar con el pecho que con el biberón, les pregunto: ¿cómo puede ser igual una leche creada en un laboratorio mediante una fórmula válida para cualquier bebé que una generada por la madre para adaptarse a las necesidades individuales y en cada momento de su bebé?

Y sigo: ¿qué sucede si eres tan osada (tú y tu bebé, que esto es cosa de dos) como para alargar la lactancia más allá de los dos años? Pues si nos atenemos a lo que dice la ciencia, nada malo. Al contrario, estaremos haciéndole un bien (y esto tampoco me lo invento, lo dicen la Organización Mundial de la Salud, UNICEF, la Asociación Española de Pediatría, la American Academy of Pediatrics, la Australian Breastfeeding, la Canadian Pediatric Association, la American Association of Family Physicians, la American Dietetic Association, la National Association of Pediatric Nurse o la American Public Health Association; la AEP nos lo da todo mascadito aquí): mejor alimentación, menos infecciones, menor incidencia de ciertos tipos de cáncer y enfermedades autoinmunes en el futuro, mayor desarrollo intelectual, mejor desarrollo emocional y psicosocial, mejor salud mental en la edad adulta… y esto en lo que respecta al niño o la niña, porque resulta que la lactancia más allá de lo mínimo recomendado también tiene beneficios para la mamá: menos riesgo de diabetes tipo 2, cáncer de mama u ovario, hipertensión e infarto de miocardio. Y aun así, si a mi pareja le hubieran dado 10 euros cada vez que le han preguntado “¿todavía le das el pecho? (con cara de espanto, o de asco, o de ya está otra vez sacándose la teta)
, ya nos hubiésemos podido jubilar. ¿Por qué la pregunta? Pues porque quien la formula se retrotrae a un estadio precientífico donde la oscuridad, la ignorancia y, por consiguiente, el mito, la leyenda la fe y su reverso tenebroso, el fanatismo se hacen fuertes. Y del mito, la leyenda, la fe y el fanatismo (y una pizquita de mala leche) provienen afirmaciones como: “lo que tú no quieres es que tu hija crezca, quieres perpetuar el máximo tiempo posible que sea tu bebé”, “flaco favor le haces, no va a madurar en la vida”, “le vas a dar el pecho hasta que venga a buscarla el novio”, “uy, qué marrana, todavía enganchada a la teta”, “en el colegio nos han dicho que no es bueno seguir dándole el pecho, que les dificulta la adquisición del lenguaje (really? Yo soy filólogo, y del lenguaje y su adquisición sé algo, y diría que algo más que alguien que ha cursado un magisterio, y como ellos también tengo conexión a Internet, así que perdonad que os diga que no cuela; además, no deja de ser sorprendente que los maestros tengan conocimientos de lactancia y, en cambio, tanto pediatras como enfermeras tengan que buscar formación extra sobre la materia fuera de sus planes de estudio…)”, “lo único que vas a conseguir con esto es hacerla que dependa demasiado de ti (sólo voy a decir que las profesoras de la guardería de Júlia nos dicen que serán muy felices el día que nuestra hija les pida ayuda para algo… y aunque Júlia es única y especial para muchas cosas, no creo que sea la excepción que confirma la regla)”, “pareces una africana, todo el día con la niña colgada de la teta (pues ojalá, el déficit de lactancia materna es, sobre todo, un problema de los países del mal llamado Primer Mundo)”… y que sí, que navegando por la Red podemos encontrar artículos y opiniones que digan lo contrario a lo que yo he escrito aquí en base a los estudios de las organizaciones antes citadas (como el de este señor, más pendiente de polemizar y ganar dinero con su libro que de aquello tan tonto del rigor científico; y así le fue, refutado por la AEP y por el mismo hospital que le paga la nómina), como también podemos encontrar quien defienda que la Tierra es plana. ¿Rechazamos las opiniones científicas, entonces? ¿Nos volvemos todos tierraplanistas? Yo creo que no, ¿verdad? Pues aplicaos lo mismo en lo que respecta a la lactancia materna. O, por lo menos, informaos un poquito. Y que si la información que encontráis no coincide con lo que hicisteis en vuestro momento, pues no pasa nada, se supone que lo hicisteis como lo hicisteis porque pensabais que era lo mejor, y nadie os dijo nada. Y lo mismo hacemos nosotros. Y lo mismo exigimos nosotros. Libertad y respeto, that’s all Folks!

Por suerte, como decía al principio, yo no soy madre (si lo fuera, aunque no existe nada más estéril que discutir con la ignorancia, a más de una y de uno le había puesto la cara colorada, yo no tengo la paciencia que tiene mi pareja), pero sí soy padre, y como padre que soy les digo a los metomentodo de vidas aburridas: la lactancia de mi hija es cosa de mi hija y de su mamá (si yo que soy el padre no digo nada, y no diría nada en caso de que estuviera en contra, que no lo estoy, imaginaos qué tiene que decir al respecto una persona ajena a nuestra casa), y se prolongará (he aquí uno de los términos que nos lleva a la confusión, calificar a la lactancia más allá de los 2 años de prolongada, pues se quiere entender prolongar como ‘alargar algo de manera innecesaria’, pero creo que ya ha quedado claro que de innecesaria no tiene nada) hasta que ambas así lo quieran. Vuestras opiniones no son más que prejuicios, fruto de vuestra ignorancia. Y quedaos con un dato: el destete espontáneo en Homo sapiens sapiens (por si a alguien se le vuelve a olvidar que somos una especie animal) se da entre los 2,5 y los 7 años de edad, así que nos podemos ir ahorrando futuros comentarios al respecto. Gracias.

54. El periodo de adaptación

La llegada de septiembre, además de marcar el fin del periodo vacacional y la vuelta a la rutina (el trabajo, la convocatoria de elecciones, la liga de fútbol… vamos, lo normal de cada año), significa para quienes tenemos hijos de entre 0 y 5 años (por ponerle, aun a riesgo de equivocarme, un límite al asunto) tener que hacer malabarismos para afrontar ese periodo anormal con que conseguir la normalidad comúnmente llamado adaptación.
Y aunque es cierto que para nuestros hijos se trata de un periodo más que necesario (y para sus progenitores, que a todo tiene que acostumbrarse uno y todos tenemos sentimientos, por mucho que haya personas empeñadas en reservarse la exclusividad sentimental, pero eso ya es otra historia), para nosotros, padres y madres, suele ser más una putada que una ayuda, sobre todo a la hora de conciliar nuestras jornadas laborales con los horarios que se establecen en los diferentes centros educativos; aquí se da una primera diferencia entre las guarderías y escuelas públicas y las privadas: el dinero mueve montañas, amplía horarios y avanza fechas; que sea beneficioso o perjudicial para los más pequeños no es algo que esté en posición de juzgar, como mínimo me falta la mitad de la información, y además no es mi intención.
Seamos sinceros, en este país la palabra conciliación está más vacía de contenido que libertad, o que democracia, o que igualdad, o que la expresión amparado por la Constitución, por poner otros ejemplos sangrantes. Aquí, conciliar significa reducir tu jornada laboral (con el consiguiente recorte de sueldo, faltaría más, que somos europeos sólo en aquello que les interesa a unos pocos, a los de siempre, vamos), o guardarte unos días de tus vacaciones (quien lo pueda hacer; yo, por ejemplo, no puedo: la empresa donde trabajo cierra de tal a tal fecha, y no tengo la opción de mover mis días vacacionales), o echar mano de esa bolsa de horas extraordinarias que has ido acumulando a lo largo del año con vistas a posibles imprevistos (llamémosles adaptación, o enfermedad infantil o, simplemente, reuniones con los profesores de tu hija), o prometer que esos días u horas que necesitas por el bien de tu hija ya los recuperarás más adelante (¿cómo y cuándo?), o pedir por favor (al loro: por favor), puesto que no vas a poder recuperar esas horas que necesitas debido a que tu hija va a seguir necesitando tu atención y compañía todos los días de su vida hasta una edad determinada, que descuenten de tu sueldo esos días y/o horas que has necesitado para cuidar y acompañar (ojo al sentido del término acompañar, que es el verdadero sentido de este post, creo que más simpático de lo que parece hasta el momento, por mucho que me esté adentrando en las tinieblas en su introducción) a tu hija durante esos primeros días de guardería y/o colegio. O bien ya mandarlo todo a la mierda y llamar al trabajo diciendo que has sido víctima de una gastroenteritis nocturna, o que tienes unas décimas de fiebre, y que te quedas descansando en casa, pero que ya mañana o pasado mañana estarás en condiciones de reincorporarte a tu puesto…
Pues bien, en el caso de la adaptación a la guardería de Júlia, nuestra pequeña de dos años, mi pareja tuvo que pedir dos días de permiso, 5 y 6 de septiembre, que aún hoy sigue recuperando (cuando puede, porque tiene que salir a escape del trabajo y devorar más que comer para llegar a tiempo de recoger a nuestra pequeña; que sí, que la podríamos dejar más tiempo, pero somos de los que pensamos que, si hemos tenido descendencia, es cosa nuestra, así que salvo causa mayor no la dejamos más tiempo del necesario en la guardería ni se la “endosamos” a los abuelos), y yo, aprovechando que tenía un buen número de horas a mi favor (cosa de estar en un año laboral prácticamente sin puentes, a lo que le sumo que alargo mi jornada cuando tengo trabajo “por lo que pueda pasar”), las mañanas de los días 9 y 10 del mismo mes. Hasta ahora no habíamos tenido demasiados problemas al respecto: yo no he reducido mi jornada laboral en ningún momento para que mi hija pudiese estar el máximo tiempo posible con su madre (en lo que representa un sacrificio más que una forma de desentenderse, pese a que haya gente que no lo entienda así, y por aquella razón tan tonta de que somos animales mamíferos, y mamas que nutran de leche en mi casa sólo están las de mi pareja…), casi dos años a la postre, pero desde hace ya unos meses estamos trabajando los dos, así que había que adaptarse a la nueva situación porque no se puede ocupar ella sola de toda la logística que comporta tener un hijo.
Como es natural después de haber pasado un mes con mamá y papá, contando, además, los 14 días de vacaciones en los que hemos estado 24 horas por y para ella, el primer día de guardería (la primera hora y media, que eso es una adaptación: ir incrementando el tiempo que pasa la niña en la guardería con el acompañamiento de sus padres; y a medida que aumenta el tiempo allí, va disminuyendo el acompañamiento paterno) no fue bien. Júlia lloró y no quiso despegarse de su madre, aunque la segunda parte de ese primer día la pasó “bastante bien”. Para el segundo día Júlia ya había entendido perfectamente que, del mismo modo que papá y mamá tienen que ir a trabajar, a ella le toca ir al cole (así le llamamos en casa a la guardería): ni siquiera dejó que su madre se parara a saludar a otros padres, ella tenía que ir al cole y no podía entretenerse en saludar a nadie (ojalá tuviera yo la mitad de las habilidades adaptativas a los cambios que tiene mi hija, y no es pasión de padre, no). Allí, besito y abrazo a su mami, y a jugar, que la nueva clase la espera.
Pero entonces el proceso adaptativo se ve interrumpido por el fin de semana, y eso, junto al hecho de que el lunes sería yo quien la llevase a la guardería en lugar de su madre, nos hacía temer que volviese a tener un mal día. Pero nos equivocábamos: Júlia se despertó, desayunó y emprendió el camino hacia la guardería con absoluta normalidad. Más o menos a mitad del trayecto, se despidió de su mamá y completamos la ruta cantando y jugando. Y una vez en la guardería, y tras enseñarme el nuevo espacio y jugar unos 10 minutos conmigo, me dio un besito, me abrazó y me soltó un “¡adiós, papa!” que me dejó de piedra. Vale, hija, pues me voy (no me quieras tanto, pensé entre divertido y aliviado), en un ratito vengo a buscarte. Así que salí y me tomé tranquilamente un té matcha (¡menuda cosa me ha descubierto mi pareja!) mientras leía un poco y esperaba que fuese la hora de irla a buscar. Llegado el momento la recogí (la cosa ha ido muy bien, me dicen las profesoras), la dejé en casa de los abuelos, donde protestó un poco, y me fui a trabajar. Mañana será otro día, pensé (el último antes del parón, otro más, de la Diada, y antes de ampliar el horario y juntar a todos los niños de la clase; hasta ahora los habían dividido en dos turnos).
El martes día 10 de septiembre amenazaba con tormentas (según los meteorólogos, iba a caer la de Dios), y aunque nos llovió un poco en la parte final del trayecto hasta la guardería y el día pintaba bastante mal, al final no fue para tanto. Pero Júlia estaba como el tiempo, y ese día, cuando parecía que todo estaba solucionado, no quiso separarse de mí y lloró cuando le dije que me iba un ratito y luego volvía a buscarla. Así que me quedé jugando con ella: vestimos y le cambiamos el pañal a una de las muñecas que tienen allí para que jueguen, le dimos un paseo en el carrito por toda la clase y, finalmente, nos tumbamos para jugar con la increíble multitud de dinosaurios (¡dinosaurios!) de plástico que guardan en una de las cajas de los juguetes. Y cuando digo nos tumbamos, es que nos tumbamos de verdad. Y venga dinosaurio para aquí, y venga dinosaurio para allá, y éste le muerde el dedo al papa, y aquél, la nariz a Júlia, todo ello con los efectos sonoros adecuados para la ocasión, no penséis que jugábamos en silencio (es curioso que a Júlia le gustan los dinosaurios de verdad, los que tienen dientes afilados, y garras, y aspecto fiero, y en concreto su preferido es el Tyrannosaurus rex, buen gusto que tiene ella; pero no cualquier tiranosaurio porque al que sale en las películas Toy Story no le hizo ni caso, y cada vez que yo se lo daba lo metía de nuevo en la caja, pese a estar provisto de una sonrisa que le da un aspecto de lo más simpático). Con todo, al final de cada escaramuza reptiliana, por aquello de que no fuesen a pensar que educo a mi hija en la violencia más despiadada (¡joder, la de la vida real! Se supone que los dinosaurios eran así, ¿no?), todos los dinosaurios se daban besitos y se abrazaban como buenos amigos que son…
 
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La verdad es que no sabía cuánto tiempo llevaba jugando con mi hija y los dinosaurios (si por casualidad hubiesen sido Playmobil o muñecos de Star Wars me podrían haber dado las doce perfectamente), pero empezaba a tener la mosca detrás de la oreja porque el resto de padres no jugaban con sus hijos (en cambio, a Júlia y a mí se habían acercado otros niños, y jugábamos también con ellos), y aunque en principio pensé que vaya una gente sosa, llegó el momento en que todo empezó a resultarme sospechoso. Así que cuando empezaron a marcharse los primeros padres, decidí volver a hacer una intentona. Sin embargo, Júlia se me enganchó a la pierna con ese abrazo parasitario tan propio de los niños pequeños y empezó a llorar porque no quería que el papa se fuera. Entonces intervino una de las dos profesoras, la cogió y con tono y mirada de reproche me dijo: Claro, como jugando con el papa se lo pasa tan bieeeeeeen (así, estirando el adverbio)… Touché, cogí la indirecta a la primera, me despedí de Júlia y, turbado, me fui a tomar un matcha: había acabado mi primer día de adaptación expulsado de la clase por mi hija, y el segundo, por una de sus profesores. ¡No es un mal bagaje en absoluto!
Una vez que recogí a Júlia de la guardería, la dejé en casa de los abuelos (donde repitió la escenita parasitaria) y llegué al trabajo, comenté la jugada con mis compañeros Marta y Jordi (la primera tiene un hijo un poco más pequeño que Júlia, y el segundo, una hija y un hijo ya adolescentes), ¡y no creáis que se rieron poco! ¿Pero cómo se me había ocurrido ponerme a jugar con la niña? (pues porque mi hija quería jugar conmigo, ¡y yo no soy un padre soso de ésos que o bien no les sale o bien sienten algún tipo de pueril vergüenza de ponerse a hacer el indio con sus hijos en público!) Además de que tampoco me apetecía, ni me apetece, ponerme a hablar con otros padres sobre nuestros hijos: que si el mío ya recita el abecedario del revés, que si la mía ya caminaba cuando estaba en el útero, que si la mía con tres meses ya andaba y ahora es capaz de saltar un metro en vertical y a pies juntos… ya sabéis la de tonterías que decimos los padres cuando hablamos de nuestros hijos… Se supone que durante el periodo de adaptación la misión de los padres es acompañar a los pequeños, pero no interactuar con ellos, pues de ese modo se acostumbran a estar sin nosotros… de repente se me enciende la bombilla, y el eco de una conversación casi olvidada retumba en mi cabeza. Por si acaso me equivoco, cuando por fin hablo con mi pareja, ella se encarga de confirmar mis sospechas: poseía toda la información referente a la adaptación porque lo habíamos hablado con anterioridad… creo que no os descubro nada nuevo si os confieso que me sentía culpable. Errar es cosa de humanos, y uno aprende a sobrellevar los errores que comete y a aceptar sus consecuencias, pero si tus errores acaban afectando negativamente a tus hijos…
Y como la mente es así, al menos la mía lo es, empecé a imaginarme que por culpa de mi Jurassic Park particular el proceso de adaptación de Júlia tendría que volver a empezar porque seguiría echando de menos a sus padres y lloraría desconsoladamente cada mañana cuando su madre la dejara en la guardería (os recuerdo que al día siguiente era festivo en Catalunya, y luego venían dos días de guardería más, el último de ellos ya full time)… le pedí a mi pareja que se disculpara en mi nombre con la profesora que amablemente me había echado de clase el día 10, y me expliqué a mí mismo, supongo que para excusarme, que entre las muchas cosas que cambian (o se deterioran) en una pareja cuando llega un hijo, hay que contar con la comunicación. Y no es porque no se hable, no, se habla y mucho, y casi siempre es sobre los hijos. Lo que ocurre es que en muchas ocasiones esas conversaciones se dan en situaciones comunicativas complicadas: a última hora del día, ya agotados; mientras se baña o se cambia a los hijos; mientras se prepara la cena; mientras nuestros hijos cantan o bailan, o las dos cosas a la vez; etc. Así que en muchos casos las respuestas a la información que a uno se le transmite (sea quien sea de los progenitores el receptor) es sí, sí, o entendido, o ajá, cuando en realidad no se ha procesado absolutamente nada de lo que te han dicho. Y luego, claro está, uno se tumba en el suelo a hacer de diplodoco que huye despavorido del ataque de un famélico tiranosaurio…
Ya os avisaba unas líneas más atrás de que ya me gustaría tener la mitad de las habilidades adaptativas que posee mi hija, y no os engañaba. Por fortuna, todo ha tenido un final feliz (de lo contrario no estaría escribiendo sobre ello), y Júlia está más que encantada con la guardería. Disfruta como una niña pequeña (nunca mejor dicho, y como tiene que ser) de su tiempo allí, y demuestra que, además de una polvorilla, es muy independiente (las profesoras se alegran cuando les dice algo, o les da un besito, porque en toda la mañana no las requiere para nada, salvo los accidentes típicos de estas edades). ¡Imaginaos que nada más acabar de comer, sin esperar a nada ni a nadie, coge su muñeca Poppy (la de Trolls), se va a toda pastilla a la estancia donde duermen la siesta, se quita sus zapatitos y se pone a dormir! Así que, pese a todos los impedimentos: la inexistencia de una conciliación real, un padre que no está muy afortunado cuando es su turno de ejercer de acompañante y los días de fiesta que cortaban el proceso; podemos decir que hemos superado, y con nota, la prueba (gracias a Júlia en su mayor parte).
Yo, por mi parte, al final pienso que hice bien (supongo que porque no ha habido ningún problema): mi hija requería y esperaba de mí que estuviera y jugara con ella, y eso es lo que hice. ¿Que lo volvería a hacer? Por supuesto, ¡y más si el asunto consiste en jugar con dinosaurios (por no hablar de si se tratase de Playmobil o figuras de Star Wars)!

51. A propósito de ser feliz

“Yo he sido feliz casi todos los días de mi vida, al menos durante un ratito, incluso en las situaciones más adversas”, escribía Roberto Bolaño en la última entrevista que concedió en vida[1] (puesto que fue así, por escrito, y quien la haya leído sabrá que el chileno se lo tuvo que pasar muy bien respondiendo a las preguntas de la periodista de la edición mexicana de Playboy). Y se me ocurre que esas palabras son un epitafio maravilloso, la más bella despedida, el mejor bálsamo posible para quienes aún no parten, además de una sana filosofía de vida.

No sé si todo el mundo es feliz, al menos en los términos en que afirmaba serlo Bolaño, pero yo sí lo soy[2], y me cuesta creer que el resto del mundo no lo pueda ser. Sí, ya sé que existen patologías que dificultan en grado sumo eso de ser feliz y que todos pasamos por fases de amargura existencial en que la felicidad nos parece un imposible sólo al alcance del resto del mundo. Pero se trata de una ilusión, de una broma sin gracia, de ahí a que no seamos felices ni ese ratito del que hablaba Bolaño…

Claro, lo que sucede con la felicidad es que nunca tenemos suficiente (¿conocéis a alguien en su sano juicio que diga que está cansado de ser feliz?), si de nosotros dependiera, siempre seríamos felices. Pero se nos escapa que la felicidad es una anomalía que altera el estado normal de las cosas, y que precisamente requiere de esa normalidad que se viste habitualmente de tedio, monotonía, aburrimiento y tristeza para poder ser reconocida cuando tenga a bien venir a visitarnos. Sin oscuridad, la luz carece de sentido, es de Perogrullo.

He escrito “cuando [la felicidad] tenga a bien venir a visitarnos” ex professo, porque uno no elige ser feliz, no puedes decirte de buena mañana, entre sorbo y sorbo de humeante café con leche: “hágase la felicidad”, y esperar que la felicidad se haga. La felicidad, como tal vez también sucede con el amor, más esquiva es cuanto más se la busca. Al menos, la felicidad que emana de nuestro interior. Ésta se resiste a, por decirlo de alguna manera, ser producida. Llega cuando llega, y no podemos precisar qué la origina, ni quién, ni cuándo, ni cómo, ni dónde, ni por qué hasta que la estamos experimentando.

Sin embargo, también podemos encontrar la felicidad en el exterior, y ésta sí que depende de nuestra pericia, puesto que para ello debemos entrenar y ejercitar nuestra mirada y nuestra empatía. Es bien sabido que no hay mayor ciego que el que no quiere ver, y qué queréis que os diga, tenemos siempre tanta prisa y vivimos tan ocupados y tan pendientes de nosotros mismos que muchas veces pasamos por alto detalles, a simple vista insignificantes, con potencial para hacernos felices, “al menos durante un ratito”. Pongo un ejemplo personal:

Ayer jueves tenía uno de esos días que los que tenemos de todo pero no sabemos valorarlo solemos calificar de malo: venía de una noche de escaso sueño y aún menos descanso (y van… bueno, mejor no contabilizarlas), volvía del médico (donde no me habían dado malas noticias, pero tampoco buenas), tenía un tic nervioso en el ojo izquierdo y esperaba que llegase de una vez el tren que con riguroso retraso me acercaría al trabajo, donde, para más inri, me esperaba una tarea tan aburrida y tan poco agradecida que no se la desearía ni a mis peores enemigos (bueno, miento, a mis enemigos y enemigas, sí; aquí duplicar el género es necesario). Sin duda, parecía una buena ocasión para desahogarse con alguien, pero la experiencia me ha enseñado que lo mejor es cocinar lo más apetitosamente posible tus problemas, porque vas a tener que comértelos solito. A la mayoría de la gente le importan, perdonadme la expresión, una mierda tus problemas, o le importan siempre y cuando no sean verdaderos problemas, porque entonces le supera la información y no sabe qué hacer con ella, o bastante complicada es su vida ya como para complicársela más con semejantes historias, o… (casi todos lo hacemos, no me excluyo en absoluto, aunque he escrito “la mayoría” como concesión a la excepción). Y a las dos o tres o cuatro personas (no creo que igualen en número los dedos de una mano) que sí les importarían, que se prestarían a ayudarte y que te serían útiles, ni que fuera como simples oyentes mudos, siempre suelen estar lejos en ese preciso instante.

Y así me encontraba yo, con mis pocas ganas y mi mal día, en el andén de la estación de tren de mi localidad de residencia, cuando decidí, más por necesidad que por verdadero apetito, comerme el bocadillo que me había preparado para desayunar. Lo cierto es que tenía planeado dar buena cuenta de él cuando ya estuviese sentado cómodamente en el tren (el día empieza a mejorar, una ventaja de viajar más tarde de lo habitual: puedo sentarme sin necesidad de jugar a ver quién se levanta en las próximas cinco o seis paradas; más allá ya no merece la pena hacerlo). Pero, ¡ojo, que se acumulan las pequeñas alegrías!, decido comérmelo ya porque así dispondré de casi media hora de lectura de una novela que me urge acabar porque me esperan los libros de Sant Jordi. Así que empiezo a comerme el bocadillo de mortadela de pavo con aceitunas (si no la habéis probado, hacedlo de una vez, ¡os hará felices!) cuando un gorrión se posa a mis pies y empieza a mirarme del modo ancestral con que sólo pueden mirarte las aves (y con curiosidad, añado yo).

Ya con una sonrisa, me doy cuenta de que no me mira a mí, sino a mi bocadillo, así que empiezo a tirarle migas de pan: una, dos… y antes de que deje caer la tercera, el gorrioncillo empieza a revolotear a mi alrededor (bueno, alrededor de mi bocadillo), y ya las siguientes migas que le lanzo no llegan nunca a tocar el suelo porque el hábil y desvergonzado pajarillo las caza al vuelo como Tor, el mejor perro del mundo (otro recuerdo feliz), cazaba las piñas que le lanzábamos mi pareja y yo cuando lo sacábamos de paseo. Si hubiese querido, el gorrión habría comido de la palma de mi mano, o directamente de mi bocadillo, pero me estaba gustando el jueguecito, y parecía que a él también. Y me hacía feliz pensar que mi presencia no sólo no le suponía un peligro, sino que lo mantenía a salvo de las palomas, unas competidoras que siempre parten con la ventaja del tamaño, que no nos quitaban ojo desde las alturas.

Y me imagino que la escena de alguien que se dedica a lanzarle migas de pan a un gorrión al tiempo que habla con él en una estación de tren de cercanías, además de a los dos protagonistas, haría feliz a las personas que supieran mirarla con los ojos adecuados. Conmigo, en caso de haber sido yo el espectador ocasional, lo habría conseguido.
Para mí el día ya había cambiado. Mi ratito de felicidad había llegado de la manera más inesperada. Y sin necesidad de poner en juego el comodín de mi pequeña Júlia, siempre ganador. Ella aún me esperaba a la vuelta del trabajo.


[1] Mónica MARISTAIN: Playboy, 9, ed. mexicana (2003), y en “Estrella distante”, Página 12, Buenos Aires (2003). Recogida en Entre paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama (2004), donde, curiosamente, el editor Ignacio Echevarría elimina esta respuesta de Bolaño y la pregunta que la origina (“¿Cuándo ha sido más feliz?”). Al menos yo no he sido capaz de encontrarla en la edición que manejo.

[2] También es cierto que para mí es muy sencillo: sólo tengo que bajar del tren cada día para ser recibido por mi pareja y mi hija, que es la niña más guapa, simpática, cariñosa e inteligente del mundo. O ponerme a jugar con Júlia, o simplemente mirar cómo juegan ellas, madre e hija, para sentirme la persona más feliz y afortunada del mundo.

45. A ti, otoño, alondra permisiva

 

No temas al otoño, si ha venido.
Aunque caiga la flor, queda la rama.
La rama queda para hacer el nido[1].
 
 
 
 
 
Quienes me conocen ya saben de mi gusto por todo aquello que habita en los márgenes de lo que se suele llamar normalidad, de mi interés por todo lo que escapa a lo canónicamente establecido, de mi admiración por lo poco admirado, lo desconocido, lo marginado, lo ignorado o lo silenciado. Y esta tendencia, o defecto (¡uno más!), o virtud, no sé por qué opción decantarme, es extrapolable a mi interés o desinterés por el resto de seres humanos. Supongo que, como buen cronopio que soy, me paso la vida en pos de otras criaturas que, como a mí mismo me ocurre, se ahogan entre los famas y las esperanzas se les deshacen en las manos mucho antes de comprobar su insipidez[2].
 
Dejando de lado a las personas y volviendo a mis filias “raritas”, hoy quiero romper una lanza por el otoño, el patito feo de las estaciones para la mayoría de los mortales (¿cómo va a poder competir con la floreada primavera[3], con el vacacional verano o con el familiar invierno?). Sí, ya sé que es el pinchaglobos que cada año marca el fin de la fiesta, el reloj que convierte carrozas en calabazas, quien clausura las terrazas y guarda en las despensas las cervecitas y las tapas al raso a la espera de tiempos mejores. Con su llegada, además, se acortan los días y se inicia el seguro derribo de nuestras defensas frente a los implacables ejércitos víricos (no en vano, winter is coming), se abona el campo de las depresiones y la melancolía, y la energía, que ni se crea ni se destruye, parece abandonarnos…
 
Europapress.es
 
De acuerdo, visto así, a priori no parece que el otoño tenga nada atractivo que ofrecernos, pero yo me inclino por pensar que toda la negatividad que se le atribuye se debe antes a la pérdida del verano y a la inmediatez del invierno que al otoño en sí mismo. Así, si hacemos el esfuerzo imaginativo de considerarlo aislado de su contexto, estoy convencido de que su valoración será muy diferente. Sí, es evidente que el otoño es mi estación del año preferida, precisamente porque no tiene nada de floreado, de caluroso ni de familiar (considerada la familia en un sentido amplio y extenso, la generadora de compromisos poco apetecibles, para que me entendáis), aunque no necesito echar mano de odiosas comparaciones para ponderar sus virtudes.
 
Para mí, el otoño es un campo de metáforas; una alondra permisiva; una invitación a recuperar la calidez de los cuerpos; un coito tierno con la cama; un ménage à trois con el sofá y la manta; un chapoteo que se abre camino bajo la lluvia; la victoria de la noche; un murmullo susurrado por las hojas secas; un sol a medio gas; el sabor que tiene el olor crepitante de las castañas; un bosque que nos viste con su manto húmedo; una chimenea útil; un suspiro que toma cuerpo; un hogar por fin habitado; una nueva vida que nos saluda desde la tumba; un cigarrillo que se consume entre los dedos del exfumador; una aurora perezosa; un crepúsculo precoz; un instante que invita a la reflexión; el otoño es (fue), hoy y para siempre, el momento de tu concepción. Cayó la flor, pero con la rama hice mi nido.
 
 

 


 

[1]Leopoldo LUGONES: “Amor eterno”, en Las horas doradas (1922).
[2]Para los que no estéis familiarizados con el universo creado por Cortázar, cronopios, famas y esperanzas son unas criaturas que vieron la luz en los relatos que componían Historias de Cronopios y Famas (1962). Grosso modo, los cronopios son seres candorosos, idealistas, sensibles, que viven al margen de las cosas y carecen de brújula existencial (“un dibujo fuera del margen, un poema sin rimas”, dijo Julio de ellos); los famas, en cambio, son seres rígidos, cuyas vidas son dirigidas por el orden y la organización, [¿pseudo?]virtuosos y sentenciosos (ya la primera vez que supe de ellos los identifiqué con aquellas personas cuyas bibliotecas personales están perfectamente ordenadas por géneros y por el tamaño y el color de sus libros); las esperanzas, por último, son seres a mitad de camino de todo (ni chicha ni limoná): desaboridos, insensibles, ignorantes y profundamente aburridos (peixos bullits, que decimos en catalán).
[3]Aunque ya Eliot nos la desmitificara en 1922 con aquello de April is the cruelest month
 

43. Vacaciones en familia

 

Me siento cómodo con este blog porque la relación que mantengo con él es semejante a la que puedo mantener con un buen amigo: no importa el tiempo transcurrido desde la última vez que coincidimos, bastan unos minutos (una copa o un café) para reanudar todo lo que había quedado aplazado por el espacio y el tiempo. Simplemente necesitamos de unos momentos para ponernos al día y reanudar la amistad allí donde la habíamos dejado. Así las cosas, puesto que desde finales de julio no publico nada aquí, creo me toca hablar de las vacaciones antes de ocuparme de otros temas.
 
Pues bien, ciñéndome al tema vacacional, supongo que todos habéis oído alguna vez, al reincorporaros al trabajo tras las vacaciones, la típica pregunta del típico compañero el típico “primer día después de”: Las vacaciones, ¿bien o en familia? En mi caso, para mi desgracia, la tengo que escuchar cada año… y es que no todo el mundo tiene claro eso de que los chascarrillos tienen gracia una vez, o dos, o tal vez tres, pero estirarlos más es confiar demasiado en la tolerancia de los otros… a lo que voy: sí, en efecto, mis vacaciones han sido en familia, pero, entiendo yo, no con esa familia a la que se refiere el chiste en cuestión.
 
Y es que lo que se dice familias, las hay de muchos tipos; y aunque se puede pertenecer a más de uno de los grupos con que las resumo, de un modo rápido y despreocupado, a continuación, grosso modo las clasifico así[1]: la que siempre ha estado, está y va a estar ahí; la que te buscas (pienso en los amigos, y en los compañeros de viaje); la que vas ganando con los años (por ejemplo, la política; que no tiene por qué ser mala, al contrario, por lo menos en mi caso); la que te ha tocado (personas de las que conoces su nombre, con suerte, y poco más, que a lo mejor no has visto en tu vida, o que hace tanto tiempo que las has visto que ya ni las recuerdas); la lejana (geográfica y/o emocionalmente); la molesta[2]… y la que acaba formando uno mismo, con su pareja y sus hijos, si es que decide y puede tenerlos. Y es con este último tipo de familia con el que he tenido la suerte de pasar las vacaciones.
 
Libre de todo compromiso moral y, por tanto, sin cargo de conciencia alguno que me impela a hacer lo contrario (desde que falleció el último de mis abuelos me siento así, la verdad), hace muchos años ya que no “sacrifico” mis vacaciones estivales con visitas familiares[3]. Al fin y al cabo, la distancia que separa a A de B es exactamente la misma que la que separa a B de A (nota mental: comprobar en Google Maps que esto sigue siendo así), y aunque mis vacaciones y tiempo necesario de descanso y desconexión no son más importantes que el de otras personas, también es cierto que no valen menos. Así que prefiero, una vez que he aprendido a comportarme como todo el mundo se comporta (esto es: hacer caso en exclusiva a mis apetencias e intereses), pasar las vacaciones con quien quiero y de la manera que quiero. Es más, ser padres ya es eso, volver a experimentar “primeras veces” (primer aniversario, primeras Navidades, primer diente, primera palabra, primer paso, primeras vacaciones…), muchas de las cuales ya ni recuerdas. Y la verdad es que afrontábamos las vacaciones con muchísimas ganas e ilusión, no en vano iban a ser las primeras con nuestra hija.
 
Así pues, gracias al impagable trabajo logístico de mi pareja, emprendimos las primeras vacaciones con Júlia, nuestra pequeña de 12 meses de edad por aquel entonces. Y ya desde la misma planificación se notó eso de que un hijo te cambia la vida (eso es así, y a todos los niveles), tanto en el destino elegido y lo que haríamos una vez llegados allí (no muy lejano, apto para un bebé que por aquel entonces sólo gateaba, poco caluroso y con actividades adecuadas tanto para Júlia como para sus papás) como en la cantidad de bultos con que cargar (se trataba de pasar quince días y catorce noches alejados de las comodidades domésticas). Sobre esto último, os digo que llegó un momento en que pensé alquilar un camión, o en hacer dos viajes, tal era la cantidad de cosas que considerábamos necesarias (las vidas de los padres primerizos son fértiles en por si acasos, y el capitalismo, además, se encarga de alimentar tu imaginario con toda nueva necesidad hipotética que se te pase por la cabeza o, directamente, te genera una nueva cada vez. Y, claro está, ¡qué no estamos dispuestos a hacer por nuestros pequeños!). Por suerte, y aunque nunca fui un gran jugador de Tetris, conseguí hacerlo caber todo en el coche… eso sí, sumándole el asiento del copiloto y buena parte de lo que quedaba desocupado en los asientos traseros al maletero.
 
Pero no os creáis, no todo han sido flors i violes (me cuesta tanto creerme a la gente que se empeña en vender su vida como perfecta que cualquier imperfección en la mía, por pequeña que sea, tengo que mencionarla): como decía, tener hijos te cambia la vida, y dentro de esos cambios hay que contar con los ritmos, las cosas posibles e imposibles de hacer en tus nuevas circunstancias y un número de variables casi infinitas que sólo echas de menos cuando ya no las tienes (la normalidad anterior a, podemos convenir en llamarlas). De tal modo que la lluvia; las trece horas que suele dormir Júlia repartidas entre la noche, bien entrada la mañana y la siesta; el tiempo lluvioso (cuya temperatura tendría que haber agradecido siempre, pues mientras que el resto del país se evaporaba bajo los efectos de la ola de calor, nosotros dormíamos bien tapaditos y sin pizca de humedad) y tener un montón de senderos por los que no podía transitar se conjuraron para hacerme tener uno de esos días en los que no me soporto ni yo mismo[4] (uno de quince, no está mal; conozco a personas a las que una baldosa mal puesta es suficiente para torcerles el día, cuando no la semana entera, de ésas que por mucho que les sonría la vida nunca estarán bien porque se dedican a buscar excusas para no ser felices). Acostumbrado a ser el tipo de turista que explota hasta la extenuación la zona donde ha decido veranear, me parecía poca cosa lo que Júlia nos “obligaba” a hacer… ¡sí, señoría, culpable de egoísmo e inexperiencia!
 
 
Sin embargo, el cambio de actitud fue relativamente sencillo: sólo había que centrarse en lo bien que se lo pasaba la pequeña, en cómo se ganaba con su simpatía y su sonrisa eterna a los vecinos del pueblo, a los compañeros de desayuno o a los clientes de tal o cual restaurante; en cómo disfrutaba de la compañía de otros niños (todo un acierto escoger como destino una zona de turismo tan familiar); en cómo jugaba con las cabritas o en qué cara puso cuando vio su primer oso y el resto de animales en el parque que visitamos; en cómo se ha ido convirtiendo en una gran gourmet, pues sólo hay que ver lo que come para saber si lo que pagamos en tal o cual restaurante merece o no la pena (y después de años de ir de restaurantes, os podemos asegurar que Júlia tiene el morro fino… en efecto, no nos va a salir barata)… por desgracia, ella no recordará sus primeras vacaciones, pero para nosotros serán inolvidables. Y no las cambiaría por nada del mundo, entre otras cosas, porque nos han servido de aprendizaje: hemos detectado muchos errores (¿os he dicho alguna vez que no somos perfectos?), que nos serán muy útiles de cara a las vacaciones venideras, que esperamos que sean muchas y todavía mejores.
 
Así que, en efecto, querido ser-cansino-que-cada-año-me-preguntas-lo-mismo-y-ya-hace-tiempo-que-has-dejado-de-tener-gracia, mis vacaciones han sido en familia, con mi familia, lo cual no ha sido impedimento para que hayan ido mucho más que bien.
 
 
 
 

 


 

[1] Mi sentido arácnido me advierte de que siempre es mejor guardar silencio sobre estos temas. Sin embargo, voy a ignorarlo, una vez más, por las razones siguientes: 1. No hay nada peor que la autocensura; 2. Escribo desde mi verdad, sin pretender convencer a nadie de lo que digo ni, por descontado, sin intención de que nadie se dé por aludido porque no escribo sobre nadie en concreto; y 3. Escribo desde la asunción de que yo también formo parte de alguno o de varios de los grupos para otras personas, o de las equivalencias que ellas, a su vez, hayan hecho; es del todo normal que así sea. Si yo, con lo zoquete que soy, lo entiendo, ¿qué puedo esperar de personas mucho más inteligentes que yo?
[2] La lejana y la molesta podrían ser subtipos de la que me ha tocado, cierto es. Pero no todos los que me han tocado son lejanos o molestos, ni únicamente son molestos los que me han tocado, ya se entiende. Eso sí, no creo para nada en la importancia determinante de eso que se ha dado en llamar la sangre. Si lo único que comparto con alguien es una parte de mi código genético, me parece demasiado poco, la verdad. En la vida, y en las relaciones humanas en concreto, hay muchas cosas más. Por lo menos para mí.
[3] Durante mi infancia, las vacaciones en el pueblo (en el pueblo de mis padres, en realidad, porque ni es mi pueblo ni es mi tierra, ni nunca lo serán), como les sucedía a muchos hijos de inmigrantes españoles, eran lo habitual. Pero no sólo las de verano: recuerdo alguna que otra Semana Santa e, incluso, haber hecho triplete un año con las de Navidad. Eso sí, como mínimo una vez al año tocaba hacerse los 1000 kilómetros en coche para ir a visitar a la familia. Pero a medida que he ido creciendo y mis abuelos han ido faltando (los paternos, porque los maternos se trasladaron a Barcelona para estar cerca de sus hijas), y no está de más decirlo, he empezado a hacerme esas preguntas que todo lo cambian (sí, las del tipo “¿y por qué yo sí y tú no?”, o “¿por qué siempre yo?”), las visitas se han distanciado hasta casi desaparecer por completo. Eso sí, durante las primeras vacaciones que hice en pareja después de muchos veranos sin disfrutar de un merecido descanso estival (la pobreza del estudiante, ya me entendéis), aún hice un hueco para ir de visita por aquello de “hace mucho tiempo que no los veo”.
[4] Infinitas gracias a mi pareja por aguantarme cuando esto sucede, no conozco a nadie igual. Tolerante, comprensiva, no rencorosa, con una habilidad adaptativa que supera con mucho mis capacidades. Todo un ejemplo a seguir.

 

31. Júlia

Cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre.
Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ

Hace ya unos meses, con motivo de las veintiuna semanas de embarazo, escribía un post, Palabritas para Júlia, en el que me hacía eco, entre otras cosas, de ese último momento crucial antes de poder sostener entre mis brazos a mi hija: el parto. También comparaba qué supone ser padres aquí, en el mundo occidental, con serlo en uno de esos vagones que van a la cola de esa locomotora aparentemente imparable llamada primer mundo. Y el tiempo me ha dado la razón[1].

En efecto, uno se encamina al hospital el día señalado con nervios, un poco de miedo y, sobre todo, cargado de ilusión, porque: ¿qué puede salir mal? Has llegado al final del camino, ahora sólo quedan unos cuantos empujones y en unas horas estará tu bebé recién nacido enganchado a la vida que succiona del pecho de su mamá. Decides ser prudente, y hasta que no monitorizan a la madre y te confirman que ya está de parto, no avisas a la familia: alegría, jolgorio, llamadas que se suceden y se entrecruzan y preparativos para ir a recibir como se debe a la nueva niña llegada a la familia.

Sin embargo, pronto las cosas se tuercen. Lo que nunca podía salir mal empieza a truncarse. Las contracciones se detienen vete a saber por qué y la frecuencia cardíaca de ese bebé que esperas se ralentiza peligrosamente. Pero no pasa nada, ingresan a la mamá y se procede a inducir el parto. Te tranquilizas, eliminas de tu pensamiento cualquier sombra tenebrosa: estamos en Barcelona, aquí esas cosas no pasan. Nos han dicho que todo irá bien. Pero las horas pasan, y nada cambia. Te enganchas cual adicto al monitor que marca la llegada de las contracciones y el ritmo cardíaco de tu pequeña. Acompañas el dolor y respiras con tu pareja, deseando compartir un dolor y un sufrimiento que es imposible traspasar. Y las horas pasan, ¿cuántas llevamos ya? Deciden romper la bolsa, pero por mucha oxitocina intravenosa que reciba la madre la dilatación no acaba de producirse. Cambio de turno del personal.

Y entonces, a las 12 horas, llega la tentación, el ofrecimiento de la anestesia epidural. Sinceramente, yo la hubiese aceptado, me veo incapaz de aguantar el dolor que llevaba tantas horas aguantando mi pareja. Pero ella no, ella es infinitamente más fuerte que yo, se ha convertido en un animal, y sabe, quizá se lo ha revelado la naturaleza desde el eco de los tiempos, que todavía es pronto para ponérsela. Y aguanta, y sufre, y empuja, y mantiene con vida a costa de la suya propia, pues su tensión arterial se desmorona, a su futura hija. Paseos arriba y abajo por el pasillo interrumpidos por el fuerte dolor de cada contracción. Sudores, dolores musculares en las piernas de tanto dolor sufrido, masajes, respiraciones, cambios de postura. Nada. Se avisa a la familia: que vengan mañana a primera hora, que todo parece indicar que Júlia llegará de madrugada. No, mejor que no vengan al hospital, aquí lo único que van a hacer es cansarse, porque no van a dejar que entre nadie a ver a Marta. Todo va bien y es normal, les mientes o, lo que es lo mismo, les ocultas información.

A las 16 horas y 5 centímetros de dilatación la mamá autoriza que le inyecten la anestesia. Otra aventura desagradable y dolorosa. La cosa mejora, las contracciones, que suben al ritmo que incrementa la cantidad de oxitocina que penetra en su riego sanguíneo, son ya constantes, y por lo menos no duelen. Pero las horas siguen pasando y esos pocos centímetros que nos separan del final se hacen de rogar. Pero volvemos a tranquilizarnos, es cosa de esperar, y ya no nos va de unas cuantas horas más. Pasamos el tiempo calculando grosso modo cuánto tiempo nos queda: dos o tres horas más. Para las 4 de la madrugada, digo yo. Pero una vez más me equivoco.

Entonces vuelve a visitarnos el miedo: con cada contracción, el cuello del útero presiona la cabeza de Júlia, y su frecuencia cardíaca vuelve a caer. Se empieza a hablar de sufrimiento fetal. Le pinchan la cabeza para controlarle el PH, hasta cuatro veces en el tiempo que aún tardará en nacer la pequeña, pues temen que esa presión esté afectando a la llegada de oxígeno al cerebro de nuestra hija. Las pruebas salen bien, una tras otra, pero la madre cada vez está más débil y cansada, y ambos estamos absolutamente aterrados. Queremos acabar con esto ya, madre e hija están sufriendo innecesariamente. Cesárea, la solución que seguramente nadie quería, pero que todos contemplábamos como una opción más que posible durante todo el embarazo, se convierte en el pensamiento único. El personal que asiste al parto decide esperar.

Cambio de turno. Dejan pasar la dosis de anestesia para que el pujo de la madre sea más fuerte. Dolor inaguantable, a mí empieza a fallarme el temple y empiezo a temer el desenlace. La madre aguanta como una leona, pero su tensión arterial marca un nuevo mínimo y acaso convierte la cesárea en una solución aún más peligrosa. Tres ginecólogas diferentes intentan darle un giro a la cabecita de Júlia, que ahora, curiosa que es ella, se ha puesto a mirar hacia arriba. Nada. Gente que no hemos visto hasta ahora empieza a juntarse fuera de la sala de partos y miran a través del ojo de buey de la puerta. Sensación de movimiento. Y miedo, mucho miedo.

24 horas desde que atravesamos las puertas del hospital. Tres ginecólogas diferentes lo prueban. Nada. Último intento: fórceps para rotar la cabeza del bebé. La madre empieza a vomitar, víctima del cansancio y del dolor insoportable. Meconio. Alerta. Sangría, destrozo, lágrimas, terror, una niña que no consiente que le den la vuelta y una madre que grita que le hagan la cesárea ya. La sala de partos se llena de gente extraña. Cambio de camilla y directa a quirófano.

Dicen que quienes no creen en ningún dios, en momentos de extrema necesidad, acaban por acordarse de Dios. Pero yo no lo hice, y eso que temía quedarme sin las dos, madre e hija, una vez que desaparecieron tras las puertas de la sala de partos. Todo lo contrario. Dios no pintaba nada allí, ni estaba ni se le esperaba, en ningún momento sentí su presencia ni su gracia. Tal vez andaba sentado a la mesa del patrón, como cantaba Atahualpa Yupanqui hace ya muchos años.

Me mudo de ropa. Me dejarán entrar en el quirófano. A día de hoy no sé si porque sabían que todo acabaría yendo bien o porque pensaban que todo podía acabar de la peor manera posible. Minutos que parecen años esperando que me vengan a buscar. Por fin. Son las 9:54 horas. El quirófano, luz cegadora, mucha gente, una mesa de operaciones. Mi pareja. Me siento a su lado, cerca de su cabeza. Le pregunto cómo esta. Bien, contesta ella. ¿La has visto?, me pregunta con lágrimas en los ojos. Me giro y veo a Júlia donde antes sólo había visto a tres mujeres con mascarillas manipulando algo. Allí está. Pero la están entubando. Le ha costado empezar a respirar. Angustia. Empiezo a llorar. La última comadrona que nos ha acompañado se da la vuelta y levanta el pulgar. Júlia está bien, pero algo va mal con su madre. Está extremadamente roja y empieza a vomitar bilis, lo único que tiene en el estómago después de tantas horas. Se quieren llevar a Júlia. Ahora soy consciente de haber visto una incubadora nada más entrar al quirófano. En el último momento deciden no hacerlo, las pediatras y la comadrona me dicen que se quedará conmigo, monitorizada, para que haga el piel con piel.

Nos sacan del quirófano. Una silla en una habitación a oscuras. Me quito la ropa con la que entré al quirófano y coloco a mi hija recién nacida sobre mi pecho. Llora, le canto, creo, le hablo de su mamá, todo el tiempo que paso con ella le hablo de su mamá. Pero ella no vuelve. Pasa una hora, pasan dos. Las dos horas más largas de mi vida. Pregunto constantemente por mi pareja: “ahora la traerán, están acabando de comprobar que todo esté bien”, pero ahora nunca es. Me dicen que ya han pasado dos horas y que la niña tiene que comer, así que le traerán un biberón. Me niego en rotundo. Si la niña tiene que comer y la madre está tan bien como dicen, que se la lleven y se la coloquen en su pecho. La comadrona decide pesar y medir a la niña, me quiere distraer, lo sé. Me cambian de habitación. Ahora traerán a la madre. Pero la madre no acaba de venir. Me temo lo peor, y sigo hablándole a Júlia de su mamá. De lo fuerte que ha sido y de lo que ha pasado y está pasando para que ella haya venido al mundo. Que tiene que ser muy fuerte de ahora en adelante, que los dos tenemos que ser muy fuertes. Que a esta vida hay que plantarle dos pares de narices.

Se presenta la jefa de ginecología que ha asistido el parto. Me habla de complicaciones, de lesiones, de medicación. De pautas y dietas, de futuras revisiones y de recuperación. ¿Y mi pareja? Ahora la traen, esta vez parece que sí es cierto. Y sí, al cabo de diez minutos una camilla entra en la habitación y la mamá de Júlia se reúne con nosotros al fin. Cansada, demacrada, sin fuerzas, aún hace un último esfuerzo y le da de mamar por primera vez a su hija, que se engancha con ganas. Ha ganado la vida. Ya respiro.

Sin embargo, que nadie se equivoque: que el nacimiento de Júlia haya sido una experiencia tan traumática no significa que no haya sido algo absolutamente maravilloso. Es cierto que, como cantaba Antonio Flores en aquella canción dedicada a su hija Alba, su “llegada al mundo fue así, te costó salir”, que no hemos visto la poesía durante esas 48 horas que han sido las peores de nuestra vida, pero el nacimiento de Júlia es lo mejor que nos ha pasado. Poesía es ella en sí misma, cada uno de sus gestos y sus miradas, sus llantos en mitad de la noche y sus ruiditos, sus mofletes y sus piernecitas y sus bracitos, su forma de alimentarse del pecho de su madre. Ahora ya todo aquello ha pasado, todo lo que no podía salir mal y que durante muchos instantes adquirió el oscuro tono de lo peor no es más que un recuerdo, una experiencia de la que aprenderemos y que nos hará madurar, algo, en definitiva, que ya nos ha hecho más fuertes. Júlia remonta y se acerca al mes de vida ganando más del doble de peso de lo normal durante la última semana, recupera todo lo que perdió en su batalla por su propia vida, y su mamá ya ha dejado de medicarse, y aunque para la recuperación completa aún le faltan unos cuantos meses, se encuentra mucho mejor. Y a mí me enorgullece tener en mi vida a dos luchadoras como ellas, me contagian su fuerza, y me hacen sentirme el hombre más afortunado y feliz del mundo.

Sé que se suele decir que todos los padres esperan de sus hijos grandes cosas, y a propósito de esto cito a un exprofesor de latín y amigo, que a raíz del nacimiento de Júlia me escribía: “como es fruto del amor, será una niña encantadora y amable y cariñosa”, y no puedo desear algo más importante que eso para mi hija. Bueno, sí, que sea muy feliz, algo que su concepción bajo la influencia de Amor (puro amor, sin necesidad, ni urgencia, ni trauma, una feliz casualidad biológica entre dos personas que se aman) parece garantizarle[2].

Por último, pero no por ello menos importante, me gustaría dedicarle un espacio en este post a toda esa buena gente que ha estado con nosotros todo el tiempo (y a los que les pido perdón si los he saturado con las fotos de mi hija; soy un papá orgulloso, y eso puede convertirlo a uno en un auténtico pesado, pero no puedo dejar de compartir mi dicha con la gente que me quiere y a la que quiero): familiares, amigos, compañeros-amigos y compañeros a secas, vecinos y conocidos. Bien es cierto que sin vosotros, sin vuestro amor, sin vuestro interés y sin vuestro afecto hubiésemos salido igualmente adelante, porque somos así, llevamos toda una vida creciéndonos frente a la adversidad, pero eso no implica que todo haya sido mucho más fácil sintiendo vuestro aliento. A todas y todos vosotros, que ya sabéis perfectamente quiénes sois, os digo que tenéis nuestra gratitud eterna.


[1] Aunque sé que muchas personas piensan que la escritura siempre bucea en el pasado, y en efecto así es la mayoría de las veces, para mí es algo que debe ser concebido por y para el futuro, ésa es su mayor grandeza. Y así leo yo hoy ese antiguo post.
[2] ¿Recordáis las palabras al respecto de Vincent Freeman/Jerome Morrow, el personaje interpretado por Ethan Hawke en Gattaca?
 
 

24. Palabritas para Júlia

La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

José Agustín GOYTISOLO

Dicen que en algunas partes del África subsahariana las familias no deciden el nombre de sus hijos recién nacidos hasta pasados unos dos años de su llegada al mundo. La mortalidad infantil es elevadísima en ese continente, y darle un nombre a algo, en este caso a un bebé, es darle vida; supone crear un vínculo afectivo que puede hacer aún más traumática la más que posible pérdida, así que inteligentemente deciden esperar a ver si la suerte les sonríe. ¡Cuán distinto debe de ser tener un hijo tan al sur!
Ajenos a tan terrible realidad, aquí, en el mundo occidental, decidimos mucho antes de que ese bebé vea la luz cómo se llamará; fantaseamos con cómo será, a quién se parecerá, si heredará ese rasgo propio o del otro que tanto amamos o detestamos; imaginamos de qué modo cambiará, para bien y para siempre, nuestras vidas. Aquí, en el mundo occidental, donde ser feliz es una obligación, todo debe ir bien. Y si no es así, lo disimulamos.
Sin embargo, y pese a todo lo anterior, las preocupaciones de cada uno son las preocupaciones de cada uno, por mucho que las desgracias ajenas puedan ayudar a relativizarlo todo en un momento dado. En mi caso concreto, en nuestro caso, porque un embarazo se vive en plural, por muy marginal que sea el papel que le toca al padre[1], no podemos decir que todo esté siendo miel sobre hojuelas. Tal vez a día de hoy sí que la situación se ha normalizado y empezamos a disfrutar, pero llegar hasta aquí, a la semana veintiuno (cinco meses y una semana para los que no estén familiarizados con la manera de medir el tiempo de quienes esperan un hijo) no ha sido nada fácil: no somos viejos pero tampoco jóvenes, y a esa circunstancia le sumamos algún hándicap, que no detallaré aquí, que aún convertía, y convierte, el camino que recorre la pequeña Júlia a 159 latidos por minuto en una empresa un pelín más heroica de lo normal.
¿Cuántas veces habremos escuchado que a un hijo se le quiere incondicionalmente, y que ese amor va emparejado siempre al sufrimiento y a la preocupación? Pues es absolutamente cierto. He perdido la cuenta de las lágrimas que nos has hecho verter, Júlia: de alegría, de tristeza, de miedo, de absoluta y pura felicidad, ¡y todavía no te tenemos con nosotros!
Pero un embarazo es un fenómeno que todo lo transforma, es algo tan grande que, por muy prudente que te hayas repetido mil veces que debes ser, por muchas metas volantes que te marques (la de las doce semanas, la de las veinte, ahora la de las 28, luego vendrá el parto…), te acabará arrastrando. Bueno, a ti y a toda la gente que forma parte de tu vida, aunque sea de refilón. La felicidad que es capaz de generar, por decirlo de alguna manera, nos contagia a todos.
Y así, con paso lento pero seguro, la ilusión se acaba imponiendo al miedo, la vida se abre paso, y la pequeña Júlia ya va siendo una realidad: ya sabemos el sexo y, en consecuencia, le hemos dado un nombre (Júlia, en catalán, la j inicial es fricativa prepalatal), y se desarrolla perfectamente, ajena a tanta preocupación y a tanta alegría. Ya existe, ya se la quiere y se la necesita y se la espera. Ya no se puede renunciar a ella. Ya se ha convertido en el primer y en el último pensamiento de todos los días, en el motivo principal por el que hago y dejo de hacer muchas cosas.
¿Qué puedo decirte a ti, pequeña Júlia, que eres sin ser? Simplemente que estoy deseando verte la carita, tenerte entre mis brazos, oír tu llanto, darte mordisquitos en el cuello y hacerte pedorretas en la barriguita; correr tras de ti cuando des tus primeros pasos por este mundo que será tuyo; ayudarte a coger el sueño mientras te cuento, a mi manera, los antiguos mitos griegos, o mientras me invento mil y una historias que tú protagonices. Me muero de ganas por salir a pasear contigo, llevarte al parque, y por jugar a mil cosas en casa aquellos días en que el tiempo no nos permita salir a la calle. Parece que ya escucho el tono de tu voz cuando articulas tu primera palabra y veo cómo te sale tu primer dientecito. No veo el momento en que pongas a prueba nuestra resistencia al sueño, y nos hagas reír con tu forma de ver el mundo, inocente, pura y sin las complicaciones de la vida adulta. Planifico vacaciones y excursiones, y me regocijo con los parecidos y las diferencias que irán surgiendo durante el proceso que te llevará a ser tú misma. Me veo volviendo del trabajo a toda prisa con la enorme motivación que supone pasar tiempo contigo. En definitiva, que cuento los segundos que faltan para que tu energía irrumpa en nuestras vidas y conviertas en tres lo que siempre había sido dos.
Sin más, me despido. Pero te aseguro que esto no es todo. A lo sumo, no es más que el prólogo de esta fascinante y bella historia que justo ahora empezamos a escribir juntos.
Te dejo con Palabras para Julia según Paco Ibáñez, a la espera de poder leerlo y escucharla juntos. Tu papi que te quiere:













[1] Marginal y penoso, diría yo, porque biológicamente (y socialmente: ¡que alguien haga el favor de decirles a mis vecinitas que yo también estoy de enhorabuena, que a mí también me pueden felicitar!) quedamos relegados a un segundo plano: nuestro cuerpo no experimenta ningún cambio, no sufrimos ningún desajuste hormonal, nuestras entrañas no son capaces de albergar una nueva vida; así que lo único que podemos ser es buenos compañeros de viaje y sufridores (por la madre esencialmente, y ya luego por esa criaturita que se va formando en su interior) condenados a vivir durante nueve meses pendientes del teléfono o de cualquier pequeño gesto que pueda significar una novedad, cuándo y dónde sea.

21. De la paternidad y otras cosas

Voy a ser padre. ¿Se os ocurre mejor manera que ésta de arrancar un nuevo año? ¿Algo mejor sobre lo que escribir el primer post de 2017? Ya os podéis hacer una idea de mi dicha.

Great Ape Project.

Y sí, voy a ser papá, y eso me lleva a dedicarles mis primeros pensamientos a mis propios padres, a quienes he echado mucho de menos últimamente, pero a los que por fin “he recuperado” y ya los tengo aquí de nuevo, a mi lado.

Y pienso en ellos porque no me imagino iniciar esta nueva aventura sin su apoyo, pero, sobre todo, sin su disfrute y sin su felicidad, porque por fin van a poder disfrutar de lo que significa tener un nieto, sin privaciones malévolas ni concesiones interesadas. Mi felicidad es su felicidad, parece algo tan sencillo que resulta increíble que para según qué retorcidas mentes sea tan difícil de entender.

Además, creo sinceramente que esta buena nueva les llega en el mejor momento posible. Mi padre ha perdido a una de sus hermanas en fechas muy recientes, y al dolor por su fallecimiento se le suma el desgaste propio del acompañamiento. Así que todos necesitamos esa inyección extra de alegría que supone la llegada de la vida. No cambia nada, desde luego, pero pinta de mil colores lo que desde hace un tiempo sólo ha estado teñido de negro.

Pienso también en mi único hermano, quien va a poder disfrutar de lo que significa ser tío tanto como él quiera y desee. A mí me encantó la experiencia durante el tiempo, siempre escaso, siempre con miedo de que fuese la última vez, que me dejaron serlo, y la disfruto ahora con mi sobrinilla de casi tres años. No me gustaría que dejase pasar la oportunidad, la verdad, porque luego no hay manera de volver atrás, el tiempo nunca se recupera.

Pienso asimismo en Laia, que hace que se me caiga la baba cada vez que con su vocecilla y su sonrisa me llama tiete. Se llevará escasos tres añitos con su primo o prima, no demasiado para que puedan compartirlo todo desde bien pequeños. Tal vez eso me ha faltado a mí, el más joven, con bastante diferencia, de cuatro primos (es cierto que tengo muchas primas más, mayores y menores, pero la distancia geográfica que nos ha separado siempre ha hecho que cada ocasión en la que nos veíamos fuese una primera vez), así que me hace enormemente feliz que a mi futuro hijo o hija no le vaya a pasar.

Pienso en mí mismo también, en cómo puede afectarle a mi vida la llegada al mundo de quien aún está por venir. Y si soy sincero, no me abruma la responsabilidad ni me agobia ese montón de cosas que todo el mundo me dice que a partir de ahora ya se han acabado. Al revés, espero esos cambios con ilusión (de hecho, mi vida YA ha cambiado, y para bien: sé a quién quiero y a quién no en ella; y sé qué necesito y qué no para ser feliz y hacer felices a los que me importan), y pienso tomármelos con alegría y muy buen humor. No voy a perderme ni un segundo de esta maravillosa aventura que ya hace unos meses que ha empezado, nada ni nadie va a poder distraerme.

Sobre la futura educación del bebé… ¡bufff! Me quedan tan lejos todavía esas cuitas… aunque agradezco que haya gente tan preocupada por ella que ya se haya encargado de recordármela (cierto es que en todos los cuentos de hadas hay brujas cincuentonas)… de hecho, Soberbia, Orgullo, Rencor, Envidia y Maldad se personificaron hace poco para decirme que a ver cómo educaba yo a mi futuro hijo (manda huevos, ¿eh?), pero como siempre les sucede a quienes albergan tan oscuros sentimientos, la negrura de su existencia no les deja ver la luz. Soy consciente de que, a pesar de que voy a intentar hacerlo tan bien como me permitan mis habilidades y mis capacidades, me equivocaré en muchas cosas, pero como alumno aplicado que soy, llevo un tiempo fijándome en lo que tengo a mi lado, magnífico muestrario de ejemplos a seguir y ejemplos a evitar. Así que para ir preparándome para la batalla, he elaborado un catálogo de buenos propósitos con todo ello.

En este sentido, me parece de capital importancia su educación sentimental: intentaré enseñarle lo importante que es el amor, darlo y recibirlo, pero no sólo el de sus padres (flaco favor le hacen a sus hijos quienes los encierran en fortalezas… ya sabéis, aquellos que llevan a la práctica lo de “tú eres de mamá y/o papá y de nadie más”, los que acaban convirtiendo a sus hijos en frías cáscaras vacías privadas de la capacidad de amar más allá de a sí mismos), sino el de todas las personas, que serán muchas, que lo van a querer (los familiares amigos, y los amigos familiares). Sólo así podré evitar que llegue el día en que le diga a alguien muy cercano que no lo quiere porque nunca ha estado ahí. No pienso ser tan egoísta ni cometer tal atrocidad con mi hijo, no, porque eso duele, y es propio de malas personas, lo sé por experiencia porque lo he tenido que vivir (gracias en este sentido a Marta, la futura mamá, por ser como es y no de otra manera).

Por supuesto, intentaré inculcarle valores como la empatía, eso tan raro de ponerse en el lugar del otro, la generosidad, la humildad, la tolerancia y la bondad, al tiempo que intentaré dotarle de las herramientas necesarias para luchar contra el egoísmo, la soberbia, el rencor, la envidia y la maldad. Procuraré que tenga el mayor número de intereses posibles, pero no que sirva a mis intereses ni que sea un interesado, y, sobre todo, no le traspasaré la bilis que haya acumulado a lo largo de mi existencia, por penosa que haya podido ser, ni mis traumas ni mis fobias ni mis frustraciones. Creo que bastante difícil es ya la vida a veces como para cargar a una criatura inocente con nuestra mierda existencial.

Y antes de poner el punto y final a este texto (y a muchas otras cosas), añado que si es verdad que el tiempo pone a cada uno en su sitio, sólo puedo estarle agradecido a tan abstracta y relativa entidad: tengo a un montón de gente que me quiere y a la que quiero, tengo un buen e interesante trabajo que me permite vivir bien, sin incomodidades ni privaciones, y sin depender absolutamente de nadie. Soy buena persona e intento serlo en cada uno de mis actos, por bien que a veces no me salgan como yo quisiera. Vivo un buen momento, y soy consciente de que puede ser pasajero, sí, por eso disfruto tantísimo de él, mi barco hace tiempo que navega en calma y a bordo viaja todo aquél que ha querido acompañarme. Y como guinda del pastel ahora me llega la bendición de un hijo. ¿Qué más puedo pedir?