50. ¡Medio centenar!

Me siento feliz. Con este post, llego a la cifra de 50 publicados… Lo cual no es cierto, porque existe uno, el de presentación, por llamarlo de alguna manera, numerado como 0. La verdad es que me hace gracia que así sea, su cualidad de 50 apócrifo, aunque sospecho que es uno de esos chistes tontos que sólo me hacen reír a mí: quienes me conocen ya saben de qué estoy hablando. Con todo, 50 posts (o 51, puesto que, stricto sensu, el 50 es el dedicado a Bolaño, y me parece bien que de la redondez de ese número se beneficie una publicación sobre el chileno) son muchos más posts de los que pensaba que escribiría cuando inicié esta andadura en septiembre de 2015. Claro, no son muchos, una media de (calculo con los dedos… y dos que me llevo, más la incidencia de la órbita jupiterina hacen un total de:) unas 14 publicaciones anuales. En el universo blog, en imparable contracción, es hablar de una menudencia. Una menudencia, además, que es probable que siga haciéndose más y más chiquita, hasta que sea prácticamente inexistente. Voy a embarcarme, y estoy embarcado ya, en otros proyectos, laborales y personales, que se adueñan y se adueñarán del ya de por sí escaso tiempo que hasta la fecha le dedico a este blog. Sin embargo, aunque he sentido la tentación de eliminarlo, al final he decidido mantenerlo activo, para cuando se me antoje volver a él.

 
Ahora que he hecho números, me pregunto si podría haber publicado más cosas aquí, y la respuesta es ambivalente: después de echarle un vistazo a esos blogs que aún son leídos, y compartidos, y comentados, y que acumulan pulgares enhiestos y corazoncitos virtuales, sí, podría haber publicado muchos más posts de los que he publicado; pero si me sincero conmigo mismo, la respuesta es un no categórico. Por incapacidad a todos los niveles en que se puede ser no capaz, seguro, pero también por pudor. Me explico: entre las virtudes de muchos de esos blogs (y hablo sólo de los que se sirven básicamente de la palabra escrita y que pretenden ser divulgativos), se me antoja que la más importante es la del número de seguidores, al que se subordinan la calidad, la honestidad intelectual (me repatea que se hagan pasar como propias ideas que no lo son, o que no se referencien debidamente) y la profundidad. Lo perverso de esto, de tener muchos y activos seguidores, es que puedes sentirte obligado a ser una presencia constante, y sin darte cuenta te encuentras metido hasta el cuello en el charco de lo banal, máxime teniendo presente que toda creación tiene algo de onanismo, sirve de alimento a nuestro ego, siempre ávido de notoriedad y reconocimiento (y las necesidades derivan de carencias, es bien sabido). Y aunque tal vez ahora peco de soberbia, Alfredópolis no va en esa línea, lo cual era y es y será siempre mi intención. Mis pajas mentales, que me las hago, no lo voy a negar, tienen otros protagonistas y otros escenarios.
 
Que no me importa ser leído o no serlo (o que no me importa demasiado) ya lo he dicho aquí antes, y no iba de farol. En mi blog escribo sobre una vida que tiene poco de literaria, la mía, sobre mis gustos e intereses, que no suelen coincidir con los de la mayoría, sobre (algunas de) mis opiniones… así que, por un lado, sería presuntuoso pretender tener un número de lectores semejante al de esos blogs estrella de los que hablaba antes; mientras que, por otro, tampoco soy alguien que escriba para todo el mundo, así que es del todo imposible que mi casillero de visitantes-lectores sea milmillonario. Quien escribe, escribe para un lector ideal, no voy a descubriros ahora la sopa de ajos, y aunque no tengo muy claro quién es el mío, sí sé que no coincide con el de mis compañeros blogueros. Es así, y no hay que darle demasiadas vueltas al asunto, porque de verdad que importa poco. Me sigue pareciendo más valioso no traicionarme a mí mismo ni tomarle el pelo a nadie. Con eso ya me doy por satisfecho. Tengo exactamente los lectores que tengo que tener, y si a alguien me debo, es a ellos.
 
Pero la verdad es que aún me sorprendo cuando alguien me dice que sigue mi blog, siempre acabamos topando con otra rara avis. Como muestra, un botón: hace poco, no puedo precisar cuándo, una persona me dijo que había leído los posts tal, y tal, y tal, y me comentó alguna de las cosas que en ellos había escrito y que había activado no sé qué alerta para que la avisara cuando publicase algo nuevo. Pues bien, ¡ni sé qué demonios puede haber activado, ni me acordaba de aquello que decía haber leído! Eso sí, creo que salvé la conversación de forma más o menos honrosa (¡tampoco está la cosa para ir espantando lectores!). No sé, me lo paso bien cuando escribo, no lo haría si no fuese así, pero tiendo a olvidarlo todo una vez que lo publico. Entre otras cosas, porque estoy seguro de que he escrito muchas tonterías, y aunque cada vez tengo menos vergüenza, aún me queda una poca.
 
Decía que me siento feliz por haber llegado a las 50 publicaciones (no quiero irme por las ramas como suelo hacer, defecto que me señalan siempre algunas personas; lo cual me resulta curioso, porque la que iba a ser mi directora de tesis doctoral me decía que mi mayor problema radicaba en ser demasiado sintético a la hora de explicarme por escrito… un detalle importante: es especialista en literatura decimonónica, discípula del gran Sergio Besser), y ésa es la verdad. Y con motivo de tal dicha, voy a sortear un lote de libros entre los lectores que dejen un comentario aquí o en la página de Facebook dedicada al blog: La Poética, de Aristóteles, con la inclusión de los capítulos XXVII y XXVIII, editados por Adso de Melk; La importancia del amor paterno, de Franz Kafka; Finalmente el tiempo sí existe, boludos, de Jorge Luis Borges; Guía ilustrada del Ulises, de James Joyce, con un vale de descuento para las dos primeras visitas al psiquiatra; Al fin Bartleby lo hizo, de Herman Melville; Sé que lo único que has leído de mi divino libro es el Infierno, valiente hipócrita, de Dante Alighieri; La Biblia y la verdad rigurosa, de autor omnipotente y desconocido (1 página y dos líneas); Ella me tentaba, de Lewis Carroll; Franco, ese mito erótico, autores varios y prólogo-orgía a ocho manos de Francisco Marhuenda, Pablo Casado, Santiago Abascal y Eduardo Inda, edición corregida y ampliada por José María Aznar; y Cómo intentar estar en el centro de todo cuando te pesa mucho más el huevo derecho, sobre todo en sus extremos. Una canción desesperada, de Albert Rivera.
 
¡Mucha suerte a todos!

 

 

 
 
 

 

 

44. Cuando un amigo se va

 

Algo se muere en el alma
cuando un amigo se va.
 
Amigos de Gines: El adiós (1975).
 
 
 
Si tuviera que catalogar las canciones con mayor presencia en mi infancia, la sevillana El adiós, de Amigos de Gines (creo que se trataba de ellos, aunque bien podría haber sido otro grupo; ya les preguntaré a mis padres, si me acuerdo, cuál era), figuraría en un lugar destacado[1].
 
Y no es porque me gustase especialmente, no. De hecho, las sevillanas no forman parte, ni nunca lo han hecho, de mi lista de reproducción musical habitual, lo cual no impide, bien es cierto, que disfrute del sentimiento, y lo valore, de quienes participan en toda su parafernalia[2]. Tampoco es debido a que me gustase la letra, porque, aunque es fácil que te remueva por dentro, no me encontraba en condiciones de asimilarla por una cuestión lógica de inmadurez existencial.
 
Sin embargo, sí que captaba que para mis padres, cada vez que el casete del coche la reproducía (y lo podía hacer muchas veces durante un viaje de hasta 12 horas de duración), adquiría un significado que iba más allá de lo que yo llegaba a entender; además, la desconcertante capacidad de cambiar la atmósfera que tenía (cinco minutos antes podíamos estar cantando a coro El señor don Gato, Vamos a contar mentiras o alguna de Los Payasos de la tele tan alegremente), de enrarecerla, era mayor y más profunda cuando se trataba del viaje de vuelta. Y eso me turbaba, porque añadía unas gotas de desazón a mi incomprensión.
 
Aunque no puedo precisar con exactitud cuándo sucedió, años más tarde comprendí que aquella canción daba voz a todo por lo que habían pasado mis padres muchos años antes: el dolor de tener que dejar su tierra, a sus padres, a sus hermanos (en el caso de mi padre), a sus amigos, sus vidas enteras cuando emigraron a Barcelona con una mano delante y otra detrás. Para ellos, era el dolor mismo hecho canción, un llanto ejecutado a ritmo de guitarra española y a duras penas disimulado delante de aquellas dos personitas, mi hermano y yo, que viajaban en el asiento trasero. Las vacaciones, en concreto la vuelta de vacaciones, éste fue mi descubrimiento, suponía el retorno de todo aquello; y El adiós hurgaba en una herida que nunca ha llegado a cicatrizar[3] (sí que su dolor se ha mitigado, creo, pero nunca ha llegado a desaparecer); era un elemento más que jugaba su papel en el inacabable proceso de duelo que viven mis padres.
 
Desde luego, no podemos sentirnos culpables, haríamos mal si así lo hiciéramos, porque no tuvimos voz ni voto en aquella lejana y, por encima de todo, valiente decisión, por mucho que se tomara pensando en nosotros cuando todavía no éramos. Al contrario, me siento muy agradecido, y eternamente en deuda con mis padres por renunciar a todo lo que renunciaron. Y aunque no hay forma humana de saber qué hubiese pasado si no hubiesen emigrado, dudo mucho de que a nosotros, sus hijos y ahora también sus nietas, nos hubiese ido mejor. Ahora yo también soy padre, y como tal tomaré las decisiones que tenga que tomar teniendo muy presente a mi hija; así, si tengo que variar de un modo drástico el rumbo de mi vida en cualquier momento, serán ella y sus intereses futuros los motivos que me lleven a hacerlo por delante de cualquier otra razón. Por eso sé que mis padres hicieron lo que tenían que hacer, por lo menos para los que aún estábamos por venir. Y si tienen que sufrir[4], que lo hagan sólo por ellos; su nostalgia, su pérdida y su vacío jamás serán los nuestros: nosotros no hemos tenido que alejarnos de nadie ni nos sentimos privados de nada, el estado actual de las cosas es nuestra normalidad. Las lágrimas que han llorado han evitado que fuésemos nosotros los que tuviésemos que llorar. A fin de cuentas, no se puede extrañar lo que nunca se ha tenido.
 
Sin embargo, la vida se ha encargado (tal vez siempre lo hace con cada uno de nosotros) de que los recuerdos de El adiós y, sobre todo, de la atmósfera que generaba evoquen mis propios vacíos y mis propias ausencias. Diferentes a los de mis padres, claro, y tal vez menos traumáticos vistos desde fuera, lo acepto, pero míos y sólo míos, y por tanto, mucho más dolorosos para mí. No es algo insólito: nuestro transitar podría resumirse en una serie de personas que vamos sumando y restando a nuestras vidas (good friends we have, good friends we’ve lost, along the way, que cantaba el amigo Bob), y es frecuente que la pérdida de amigos deje mayor huella que su conservación o su nueva adquisición. Quizá es cierto eso de que no valoramos las cosas hasta que las hemos perdido. En mi caso, ya en la edad adulta he experimentado unos adioses definitivos (el maldito cáncer y el terrible asesinato se han llevado por delante la vida de dos amigos) y otros que no tienen por qué serlo, por mucho que su barco se haya hecho pequeño en el mar. Sin embargo, por mucho que estos adioses no sean definitivos (por fortuna), no dejan de ser adioses. Hoy, sin ir más lejos, despido a mi amigo y compañero Jordi, sin cuya presencia la vida en la editorial donde hemos trabajado codo con codo durante los últimos años no será la misma. Ya no lo es. Por lo menos para mí.
 
Foto tomada el 6 de abril de 2017, en plena April Madness de la edición.

El suyo es un adiós agridulce: por una parte, me alegro de que por fin se jubile, de que tenga tiempo para hacer esas otras cosas para las que nunca tiene tiempo (hace poco que me ha confesado que quiere aprender a tocar la guitarra eléctrica, uno de sus sueños por cumplir siempre aplazado sine die), para disfrutar de su familia, para viajar, para leer y escribir, para seguir con su café filosófico en el barrio del Raval de Barcelona, con su coral… en fin, para todo lo que haga un jubilado de sus características e inquietudes; pero, por otra, me apena que se tenga que ir con un proyecto sin concluir (y casi sin empezar; si existe el infierno, sé de tres o cuatro personas que no van a necesitar de abrigo en la otra vida…) y que alguien con una mente tan despierta y con tanta sabiduría que compartir tenga que abandonar la editorial… pero sobre todo me apena que me vaya a dejar sólo[5] (soy así de egoísta, cuando doy con personas que brillan y me hacen brillar, quiero tenerlas a mi ladito, por y para siempre), que los martes y los jueves no aparezca por mi despacho para hablar de cualquier cosa, divina o humana, no recibir correos electrónicos o algún whatsapp a las tres de la madrugada donde me cuente la nueva idea que se le acaba de ocurrir, nuestras conversaciones literarias, sus clases improvisadas de filosofía, nuestras discusiones sobre cualquier pequeñez de índole lingüística, nuestras travesuras y maquinaciones, las recomendaciones culinarias, el intercambio de libros, su reacción a mis maldades, su letra ininteligible, sus párrafos oscuros, su tozudez (no conozco a nadie que defienda sus ideas con tantos y tan variados argumentos como él) para combatir la mía…

Y es que, aun a riesgo de ser injusto, porque es cierto que tengo la suerte de seguir contando con bellísimas personas a mi alrededor (en caso contrario, no formarían parte de mi presente; a mí eso de que hay que tener amigos hasta en el infierno no me vale; quien allí habite ya puede tener por seguro que no será considerado mi amigo), si tuviera que quedarme con sólo una persona de las que me he encontrado desde que trabajo en el mundo editorial, Jordi sería el elegido. Por todo, por ser como es como persona y por ser como es como profesional, por el placer que me ha proporcionado ser su editor[6] (por ser yo el exigido por él para esa labor) y traductor, por considerarme su amigo, por estar siempre ahí.

Pero ahora se me va. Lo que parecía una broma de mal gusto el pasado día 11 cuando me lo comunicó en privado acaba de ocurrir. Y como si no pasara nada, mañana saldrá el sol e iré a trabajar. Y se sucederán los martes y los jueves, semana a semana, y mes y mes. Y él no aparecerá. Y ese vacío que deja el amigo que se va es como un pozo sin fondo que no se vuelve a llenar.

 


 

[1] Asimismo, sigue muy vivo el recuerdo de otras, como A la puerta de Toledo, de Chiquetete; Esta noche se casa mi niña, de Ecos del Rocío; Blanca y Azul, de Los Marismeños; y Alas de libertad, de Sombra y Luz, aunque esta última diría que se trata de una rumba y que ya no era tan pequeño cuando mis padres la escuchaban en el coche.
[2] Del mismo modo que me sucede con cualquier otro baile regional. Todos poseen algo mágico, que conecta al individuo con la tierra que lo vio nacer, o con aquélla, sea por la razón que sea, que ha decidido hacer suya.
[3] Se me ocurre ahora Emigrante del sur, de los Romeros de la Puebla, otra sevillana capaz de evocar en mis padres, una y otra vez, el mismo sentimiento de pérdida.
[4] Por supuesto que me gustaría que nada afligiese a mis padres, pero éste del que hablo es un dolor que yo no puedo mitigar en absoluto. Lamentablemente para ellos, no se puede volver atrás en el tiempo, el pasado, valga la redundancia, ya pasó. Y por la parte que me toca, con toda sinceridad lo escribo, lo prefiero así.
[5] Sara, la secretaria con quien trabajo habitualmente, opina de mí que soy autista (en la primera acepción del término, la de replegarse patológicamente sobre uno mismo), y mucho me temo que la marcha de Jordi va a acentuar aún más esta “peculiaridad” mía.
[6] Su libro, sin duda, es el mejor que ha pasado por mis manos, y aunque su edición ha sido la que más estrés me ha generado (por los plazos, por la complejidad, por la originalidad, por la de veces que la he tenido que pelear y explicar para que fuese entendida y aprobada, por la gente que se suponía que debía ayudar y no ha hecho más que introducir palos entre las ruedas), también es de la que mayores satisfacciones he obtenido… sin exagerar, ha sido el libro que, ¡por fin!, me ha hecho disfrutar de mi trabajo como editor, el que más me ha exigido y al que más le he dado.