58. Que te regalen libros

Sigo pensando que una de las cosas más bonitas del mundo es que te regalen libros. Entre otras muchas razones, porque además de lo que te pueden llegar a transmitir la prosa o los versos de tan precioso presente, que te regalen un libro siempre tiene mucho de historia oculta a todos aquellos que no sean el emisor y el receptor implicados en tan feliz transacción.

De algún modo, he aquí la magia del asunto, ser obsequiado con un libro inicia, o establece, o reafirma, o cierra un vínculo, y el recuerdo de tal inicio, establecimiento, reafirmación o cierre nos acompaña mientras el libro vive, o hasta el momento en que dejamos de vivir nosotros. Eso sí, es posible que, una vez leído, el libro sea olvidado como tantos otros lo han sido antes, y que vaya a parar a las oscuras profundidades de nuestras bibliotecas personales. Sin embargo, el día que, por la razón que sea, quizá plumero en mano, caprichoso es el destino, volvamos a fijar la vista en él, nos estará esperando para narrarnos, de nuevo, su propia historia, aquella historia. No la literaria, no, quienes acumulamos ya un buen número de lecturas sabemos que tal cosa no es más que una ilusión: los libros se olvidan (no así lo que sentimos al leerlos o la valoración que hicimos de su lectura o la identificación con tal o cual personaje o el odio que les profesamos), pero su historia, si es que la tiene, no, eso jamás se olvida. Cosas de nuestra condición humana, supongo.

Hoy me siento un tipo afortunado: me han regalado un libro. No me regales flores, de Carmen Plaza (madre de mi compañera Maite), prologado por Josep Anton Vidal, poeta y traductor, un sabio de los de antes, quien hace escasas fechas elogiaba (¿se puede sentir mayor dicha?) mi reseña de Lliçó d’alemany, publicada aquí y en la revista literaria Letralia. Y creo que la historia oculta de la antología poética de Carmen, a quien le he resuelto alguna duda lingüística y le he corregido el discurso de alguna presentación (desde la distancia, y como favor a ella, que sin conocerla personalmente me cae bien: una economista que acaba siendo poeta tiene algo de descreído que al final ha visto la luz; y a su hija, que me cae aún mejor), siempre me sabrá a final, a etapa consumida, a adiós. Pero no estoy triste, no, de esta despedida cada vez más inminente me pienso llevar el recuerdo y la amistad de muchas personas que no me han regalado flores, pero sí su tiempo, su atención y su cariño. Así que no estoy triste ni me voy a entristecer: hoy me han regalado un libro.

52. Cursos de escritura creativa (testimonio del joven Alfredo Martín G.)

Mi excompañero y amigo Jordi se quejaba un día, en una de aquellas conversaciones en mi despacho que tanto añoro, del panorama literario español (y catalán) actual, de la poca entidad que el género narrativo tenía comparado, por ejemplo, con lo que nos llega traducido de Estados Unidos (o de Francia, o de Inglaterra, o de Rusia, algunos de los países de origen de los novelistas que hemos leído o nos hemos recomendado[1] a lo largo de los años que hemos pasado trabajando juntos). Si no recuerdo mal, su queja se refería, sobre todo, a la escasa o nula destreza que poseen nuestros novelistas a la hora de construir sus relatos (“se desmoronan”, o algo parecido creo que dijo, o tal vez hizo un gesto que pretendía expresar esa misma idea), más que a cuestiones argumentales que sólo preocupan a los malos lectores.

Debido a mi recomendación, por aquel entonces se encontraba en plena lectura de una novela de Joyce Carol Oates (no sé cuál, pero tratándose de la Oates tanto da), así que toda comparación iba a resultar, por fuerza, odiosa. No en vano, Oates es una de las grandes novelistas de finales del siglo XX e inicios del XXI. Habitual candidata al Nobel, hablar de ella es hablar de una superdotada (tanto por su coeficiente intelectual[2] como por su prolífica producción literaria, de excelsa calidad), y sobre todo de alguien que sabe mucho de literatura: licenciada con honores, doctora, profesora emérita de escritura creativa en la prestigiosa universidad de Princeton… así que cuando Oates escribe, sabe perfectamente lo que se trae entre manos. Con semejante bagaje, se entiende que pocos novelistas pueden estar a su nivel tanto en lo que se refiere a dominio de la técnica como a eso otro, llamémosle genialidad, que sólo tiene a bien aparecer cuando se está trabajando. Y Oates en alguna entrevista ha confesado que no se ha tomado un día de descanso en la vida…

Jordi decía que aquí nadie te enseña a escribir, y que por eso nuestra narrativa tiene el nivel que tiene. Claro, se siguen publicando novelas, entre otras cosas, porque las editoriales viven de eso, pero de poca calidad (al fin y al cabo, y esto lo añado yo, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey, ¿no?). En Estados Unidos, proseguía Jordi su argumentación aprovechando el ejemplo de Oates, se enseña a escribir ficción en las facultades universitarias[3]. Aquí, en cambio, aunque algunas universidades ofrecen créditos relacionados con la escritura creativa (de relleno, para completar el currículum, de esos que cuando yo estudiaba se denominaban de libre elección), no hemos acabado de copiar el modelo anglosajón y lo de la creación literaria nos sigue pareciendo algo propio de la esfera privada, públicamente (¿o productivamente?) tan poco importante que no merece la pena ser tenido en cuenta. Sin ir más lejos, yo soy filólogo, y lo más parecido que hice durante mi licenciatura fue una asignatura llamada Prácticas de lengua oral y escrita (un semestre dedicado a cada uno de los componentes de la cópula) en la que no aprendí a hablar ni a escribir (mis capacidades, en uno y otro sentido, si es que las tengo, las he adquirido por otros medios), y eso que mis profesores fueron la catedrática Dolors Poch y el con posterioridad director de la Real Academia Española de la Lengua José Manuel Blecua hijo[4], así que a una cuestión de nivel del profesorado no se debió mi fracaso.

Ojo, que el oficio de escritor, como sucede con todos los oficios, y hasta aquí estoy de acuerdo con lo que exponía, no sin amargura, Jordi, se puede enseñar (parafraseando a Bolaño, escribir bien lo puede hacer cualquiera; lo cual no implica que lo que se escriba sea de calidad). Y, de hecho, se enseña. Pero pagando un precio, claro está, que vivimos en una sociedad capitalista. ¿Te sobran unos 17000 eurillos? Pues puedes matricularte en algún máster sobre escritura creativa. O tal vez puedes optar por alguno de los numerosos cursos privados que se ofrecen, siempre más económicos[5], ya sean presenciales o en línea, que aunque no durante tantas horas como un máster, al final se ocupan de lo mismo: tipos de personajes, tramas, puntos de vista, descripciones, diálogos, ritmos, voces narrativas y focalizaciones, temas… ya podemos olvidarnos de todo lo que hayamos leído sobre aquellos salones literarios de siglos pasados (en concreto, entre los siglos XVIII y XX) en los que la literatura era el motivo de discusión y se exponían y debatían problemas técnicos sobre la escritura, y se leían y se comentaban los textos de los asistentes. Ya hace tiempo que se extinguieron. It’s money time.

Pero la cuestión es: ¿sirven de algo los cursos de escritura creativa? Pues depende de las expectativas con que se asista a ellos. Si creemos que saldremos de allí convertidos en primeras espadas de la literatura universal, mucho me temo que nos llevaremos una gran decepción. Una cosa es que podamos aprender qué es un narrador homodiegético-intradiegético-con focalización externa, y otra muy diferente es que cuando se trate de nuestro propio texto seamos capaces de emplear con maestría los conocimientos que hayamos adquirido durante el curso. De hecho, ya son unas cuantas veces que lo manifiesto aquí, lo de escribir con maestría se logra, valga la redundancia derivativa, aprendiendo de los maestros, es decir, leyendo. Y escribiendo, sí, y dominando ciertos aspectos técnicos relacionados con la escritura, eso también: de los que nos hablarán e intentarán que dominemos (compaginando carga teórica con ejercicios prácticos) en los famosos cursos de escritura creativa. Pero no nos engañemos, lo esencial es leer, y leer, y volver a leer, y seguir leyendo… ¿Quiere decir todo esto que los cursos no sirven de nada en absoluto? No, de momento sólo afirmo que no obran milagros, y os cuento mi experiencia personal al respecto.

Hace cinco o seis años, no recuerdo con exactitud cuánto tiempo ha transcurrido desde entonces, me matriculé en el curso de escritura creativa que impartía el escritor Juan José Flores en la agencia literaria, con sede en Barcelona, International Editors’ Co (IECO), presidida, ni más ni menos, por Isabel Monteagudo. Lo cierto es que varias razones (en concreto, cinco) me hicieron decantarme por aquel curso en cuestión en lugar de, por ejemplo, matricularme en la archifamosa Escola d’Escriptura Creativa de l’Ateneu Barcelonès.
1. El precio. Qué queréis que os diga, por mucha literatura protagonizada por escritores[6] que haya consumido, en la que la asistencia de algún personaje a un taller literario (gratuito en la ficción) es casi un lugar común, sabía que por asistir a cualquier curso o taller literario iba a tener que rascarme el bolsillo, pero no estaba dispuesto a pagar cualquier precio, que soy pobre, pero no tonto, y no suelo pegarme tiros en el pie. La decisión, en este sentido, fue sencilla: entre el precio, para mí abusivo, del Ateneu y el del curso impartido por Juanjo, ganaba el segundo por goleada.
2. Las referencias. Aunque no tenía ni idea de quiénes eran Juan José Flores, la agencia literaria o la Monteagudo en aquel momento, busqué unas cuantas referencias al respecto, sobre todo centrándome en quien iba a ser mi profesor, porque lo demás, y soy del todo sincero, me importaba más bien poco (no pensaba, ni lo pienso ahora, profesionalizar unas de mis pasiones; mal asunto me parece tal solución). Pues bien, como decía, gracias a Internet me informé un poco acerca de quién era Juanjo, y descubrí que, aunque no había publicado demasiado (si no me equivoco, por aquel entonces tres o cuatro novelas y un libro de relatos), alguna de sus novelas había recibido algún elogio por parte de Fernando Valls, que, entre otras cosas, aunque no sé si confundo al crítico, valoraba la valentía de Flores por no hacer concesiones al gran público. Punto y pelota. Si lo ponderaba Valls, a quien conozco por haber sido uno de mis profesores de literatura contemporánea, me valía. No en vano, Fernando es una autoridad en cuanto a la narrativa breve (e hiperbreve) en español se refiere, y sabe de lo que habla cuando se trata de literatura (de su amplio currículum cabe destacar que ha sido director de la prestigiosa revista Quimera durante años). Así que Juan José Flores podía ser mi hombre.
3. La duración del curso y el número de alumnos matriculados. Dinero y tiempo son dos cosas que no hay que malgastar. El dinero, porque crearlo es muy costoso y se destruye con facilidad; el tiempo, porque sólo se destruye, es imposible crearlo. Así que El sueño de la ficción, nombre del curso de escritura creativa que impartía Juanjo Flores, de dos horas a la semana hasta un total de veinte (esto es: mes y medio de duración), volvía a presentarse como la opción más factible. Además, puesto que ya había decidido participar de forma presencial, el número de alumnos matriculados también jugaba a favor del curso de Juanjo, que advertía de que disponía de “plazas limitadas”. En el Ateneu, aunque no recuerdo la cifra exacta, eran muchos más, y no me hacía demasiada gracia por aquello de que soy asquerosamente selectivo en cuanto a las relaciones sociales se refiere.
4. La escuela de escritores. Si bien sobre El sueño de la ficción manejaba poca información (por no decir ninguna), del Ateneu sí que sabía algunas cosas. Por ejemplo, que se hacían llamar y creo que aún se llaman así, como reclamo publicitario, supongo, “la escuela de escritores” (ya podéis ir descartando un flechazo por mi parte); que de allí había salido Ildefonso Falcones y La catedral del mar, su gallina de los huevos de oro[7], y que ambos, hombre y monstruo, también eran utilizados como reclamos publicitarios (con lo cual la cosa no hacía más que empeorar entre el Ateneu y yo: se encontraban a un tris de perder a un posible alumno); y que una compañera de trabajo, futura poeta laureada del reino como mínimo, asistía como alumna. De hecho, por ella supe del número de alumnos matriculados y del tipo de ejercicios que hacían allí. Ella, como Falcones, y vuelvo al terreno de la suposición, se había propuesto escribir una novela a partir de alguno de los ejercicios que había presentado en el Ateneu, que al parecer le valió alguna que otra alabanza. Y así se pasaba los días, escribiendo y escribiendo, y dándole a leer cada nueva página que completaba a sus personas de confianza. Cinco o seis años después, los lectores del mundo aún esperamos su novela… Ya veis que todos los caminos me seguían llevando a Juanjo Flores.
5. Las tres cosas que debo hacer antes de morir. No, no me refiero a plantar un árbol, escribir un libro y tener descendencia, porque todo eso, aunque con alguna trampa, ya lo he hecho: no he plantado árbol alguno, pero sí que lo han hecho en mi nombre (en concreto, la compañía que me factura el gas); no hay nada publicado (a libros, me refiero) con mi nombre, pero sí que existe un libro en el mercado cuya parte dedicada a la gramática española (la mitad del manual, más o menos) he escrito yo, y hasta aquí puedo leer…; y, finalmente, soy padre desde hace dos años. Además, todo eso me parece “de personal normal”, y yo, de normal, lo sé y lo asumo, tengo poquito (me considero más anormal que especial, no soy de ese tipo de personas, maravillosas y únicas, que tanto abundan en el mundo). Si soy sincero, siempre he querido hacer otras cosas (tranquilos, no voy a dejar que mis fantasías sexuales salgan del tintero), entre ellas, asistir como alumno a un curso de escritura creativa; o hacer como que me dejaba seducir por alguna secta religiosa y asistir in situ a alguna de sus celebraciones; o participar en una de esas reuniones de solteros, creo que copiadas de los singles estadounidenses, en las que tenías cinco minutos para “conocer” a la otra persona antes de cambiar de pareja (yo creo que en cinco minutos no me da tiempo ni de salir del paritorio, así que siempre me ha interesado saber cómo condensaban su vida en tan reducido tiempo los participantes en semejante mercado de la carne). Por desgracia, creo que moriré habiendo realizado sólo una de las tres cosas que enumero, porque no me veo infiltrándome en una secta ni acudiendo a esas reuniones (no soy soltero y sería difícil de explicar, y creo, además, que ya no se organizan). Pero al menos he asistido al curso de Juanjo Flores, oye. Eso sí, tenéis suficientes pistas como para saber con qué ánimo e intenciones me encaminaba a la agencia literaria para asistir a mi primera clase como alumno…

usborne.com

La primera sesión de El sueño de la ficción fue como todo primer día de un nuevo curso, estudies lo que estudies: presentación del profesor (no sabéis cómo agradecí la absoluta normalidad de Juanjo); presentación de los alumnos, que consistía en decir nuestro nombre, ocupación, relación con la literatura en general y con la escritura en particular, el porqué de nuestra matriculación en el curso y qué esperábamos encontrar allí (yo fui el último en presentarme, y después de sobreponerme a las pulsiones de Tánatos, logré no empezar mi intervención con un “Hola, me llamo Tom, y soy alcohólico”); así que dije mi nombre, y mencioné mi formación y mi profesión; en cuanto al porqué de mi matriculación en el curso, zanjé el asunto con un “siempre he sentido curiosidad por ver qué podía aprender en un curso de escritura creativa” que, al parecer, convenció a todos los presentes salvo a mí mismo); y presentación y comentario breve por parte de Juanjo del temario del curso (ahora no recuerdo si ya entonces nos pasó las fotocopias de las lecturas que trabajaríamos o nos las fue entregando en el transcurso de las sesiones siguientes). Ya hacia el final de la sesión, Juanjo nos presentó la tarea que teníamos que realizar para la segunda clase: vimos una secuencia de un filme protagonizado por George Clooney (que ni había visto ni creo que veré nunca, y que para el ejercicio que nos iba a proponer, mejor que fuera así; a posteriori investigué, eso sí: la película en cuestión era Michael Clayton), en la que se veía un coche de gama alta que abandonaba un palacete y, después de transitar un rato por la campiña inglesa (que no sé por qué tenía que ser la campiña inglesa, porque nunca he estado allí… pero me la imagino de ese modo, tonterías mías; de lo que estoy seguro es de que no transitaba por campos castellanos), el conductor, ahora ya sí con la certeza de que era Clooney, se topaba con tres caballos en libertad, así que detenía el coche, bajaba y, extasiado, se dirigía hacia ellos, y justo cuando iba a metamorfosearse en Robert Redford y a empezar a susurrarles, su auto explotaba. Fin de la secuencia. Nuestra tarea consistía en describir por escrito qué sensaciones nos había producido la escena en su totalidad. Y así nos despedimos hasta la próxima semana.

Está claro que lo que acabamos de ver, me decía en el viaje de vuelta en los ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, es una suerte de epifanía que experimenta el personaje interpretado por Clooney. Una revelación, además, que le salva la vida, y que tiene que ver con la libertad, quizá opuesta a la actividad profesional a la que se dedica el personaje, simbolizada con toda probabilidad por el vehículo de gama alta y por el caro traje que viste, unos buenos corsés. Esto es (ahora veréis que mis capacidades analítica e interpretativa no es que sean muy elaboradas ni meritorias), lo ocurrido es la señal de que es necesaria una vuelta a los orígenes, a la sencillez, a la humildad, a la vida salvaje… ahora que lo pongo por escrito, suena verosímil, ¿verdad? Y ahora que lo pongo por escrito me doy cuenta de que con esto hubiese bastado, y quizás con esto todo hubiese sido diferente a como a la postre fue. Me explico: en las horas siguientes a esa primera clase, decidí que por qué me iba a conformar con la descripción de las sensaciones que me había provocado la escena cuando podía ir un poco más allá. No porque yo sea más chulo que nadie, sino porque si me salía del camino trazado era muy probable que el asunto me resultase más divertido de lo que a priori me parecía. Así que escribí un relato breve (de unas 6 páginas de extensión) sobre un escritor que había gozado de cierto éxito, pero que se había quedado sin ideas y que, una vez demostrada la naturaleza efímera de su fama, malvivía gracias a lo poco que ganaba impartiendo cursos de escritura creativa (de donde esperaba sacar alguna idea potente para una novela) y a la generosidad de su editor[8]. Para hacerlo más desgraciado aún, pensé que debía haber sido abandonado por su mujer, quien le arrebató la custodia de sus hijos (el recuerdo de la familia perdida era evocado por una de esas plaquitas con las fotos de los hijos que se colocaban en el salpicadero del coche, tan habituales en mi niñez, donde se leía: “No corras, papá”). Todo esto se narraba a bordo del automóvil que conducía el escritor y desde el interior de su mente, de camino a Madrid, adonde viajaba por imperativo editorial, apremiado por la necesidad de volver al candelero mientras aún estuviera a tiempo y amenazado con ser engullido por la nada del olvido. El relato finalizaba en la habitación del hotel donde se alojaba en la capital, tras una conversación telefónica con su editor y otra, sin respuesta, con el contestador automático del que había sido su hogar. Entonces, el protagonista se acercaba a la ventana de su habitación y miraba cómo unos niños jugaban con la nieve que empezaba a caer sobre Madrid…

Y llegamos a la segunda sesión. Tras los saludos de rigor, nos pusimos manos a la obra, que para eso habíamos pagado. Juanjo inició la clase con más teoría, aunque ahora no podría decir sobre qué se habló, ni ese ni ningún otro día, pero después de una filología y Teoría de la literatura y Literatura comparada, todo me era más que conocido; es más, a la mierda la modestia, diría que mis conocimientos sobre la materia eran mayores y más profundos que los suyos si a la teoría nos ceñimos (a fin de cuentas, según supe más tarde, él es biólogo, lo cual no es óbice para ser escritor ni para saber mucho de literatura, claro, doy por sentado que se entiende lo que quiero decir). Sobre los ejemplos literarios y los textos propuestos (todos estaban muy bien seleccionados, la verdad), pues también se me ocurrían otros que cumplirían, como mínimo, el mismo papel, y alguno incluso mejor (pero no dije esta boca es mía, que cada maestrillo tiene su librillo, y los elegidos por él cumplían a la perfección su cometido). Pero no era eso lo que me interesaba, yo ya había acabado mis estudios y si me había matriculado en un curso de escritura creativa no era para volver a oír hablar de la morfología del cuento tradicional según Propp (aunque sabía que materia de ese tipo sería la que se trabajaría), sino para tener acceso a alguien que ya publicaba con cierta asiduidad, saber de su método (si es que merecía la pena) y otras cuestiones relacionadas con la práctica. Sólo aguardaba conocer más y mejor a Juanjo Flores antes de aprovechar mi momento, y tal y como se iban a desarrollar las cosas, no tardaría en presentarse…

Una vez llegamos a los últimos cuarenta y cinco minutos de sesión, instante en que los alumnos teníamos que leer en voz alta nuestras descripciones de la secuencia que habíamos visto la semana anterior, empezaron los problemas: eché una mirada rápida a qué habían escrito mis compañeros y comprobé, no sin preocupación, que quien más se había explayado no pasaba de media página, y que eran mayoría los que apenas habían llegado a las seis líneas (y escritas a mano). Y yo allí con mi relato de seis páginas a ordenador, bien grapadito… para más inri, Juanjo decidió que fuera yo el primero en leer: por suerte, reaccioné rápido y le dije que lo mío era muy largo, que mejor que empezasen mis compañeros por si no daba tiempo de acabar (la cara de sorpresa de Juanjo y las miradas de mis compañeros acentuaron mi ya disparado desosiego). Todo el mundo estuvo de acuerdo, yo sería el último en leer mi texto. Entonces se sucedió una serie de descripciones, ricas en adjetivos (antepuestos, pospuestos y porque es imposible meterlos con calzador en medio de los sustantivos), que si no me dormí fue por obra de la divina providencia… eso, y que comparaba lo que leían mis compañeros con lo que había escrito yo y pensaba “esta vez te has pasado, chaval”. Por supuesto, no entré en los debates y análisis posteriores a cada lectura, el peso que de repente habían adquirido las seis páginas que ocupaba mi relato doblegaba mis fuerzas y voluntad. Pero llegó mi turno, y leí mi relato… y silencio, mucho silencio, e intercambio de miradas entre mis compañeros… y, por fin, siempre le estaré agradecido por el capote (si pudiera volver atrás, el escritor de mi relato no malviviría de cursos de escritura creativa ni parasitaría de las ideas de sus alumnos), Juanjo me preguntó que si todo eso lo había escrito a raíz de la secuencia de la peli de Clooney, y empezó a destacar el dominio del lenguaje y el simbolismo de mi relato, y cuando cedió la palabra a mis compañeros… silencio y más silencio, y miradas entre ellos. Por si faltaba algo para sentir que me había pasado de la raya, Juanjo decidió variar ligeramente el ejercicio que nos propuso para la siguiente sesión: en base a una fotografía (creo que se trataba de éste), debíamos escribir una suerte de relato, cada cual dentro de sus posibilidades, como había hecho Alfredo hoy con la secuencia de la película. Pues ya estábamos, el sabelotodo del curso abandonaba la clase en la más absoluta soledad rumbo a su localidad de residencia.

A partir de la tercera sesión, se dieron una serie de cambios: con respecto a mis compañeros de curso, la relación se volvió más fría (aunque nunca fue mi intención ampliar mi nómina de amigos con ellos), algunos dejaron de asistir (supongo que eran ricos, y no les importaba malgastar el dinero que habían pagado) y, entre los que continuaban, empezaron a ser mayoría quienes se presentaban sin haber hecho las tareas pactadas, eso sí, las miradas y los cuchicheos siguieron igual; con respecto a Juanjo, digamos que empezó a dedicarme una atención especial, y a insistirme en que aquello era una agencia literaria, que la del agente literario era una figura poco utilizada y hasta desprestigiada aquí (excepto los grandes tótems, como la Balcells o la Monteagudo, por hablar de los que operan desde Barcelona), pero que era muy habitual en países como Estados Unidos, donde era impensable que alguien escribiese sin un agente literario trabajando para él. El agente, proseguía, te ahorra la frustración de tratar con las editoriales, criba por ti, te asesora y te empuja, digámoslo así, al ruedo editorial/comercial. Así que si tenía una novelita guardada en un cajón, que no lo dudara, que en la agencia le echarían un vistazo y se pondrían a mi servicio… claro, una agencia literaria vive de escritores, así que en virtud “a lo que había demostrado en el curso”, yo podía ser una potencial fuente de ingresos (como veis, mi recelo respecto a la verdadera razón existencial del curso seguía muy vivo). Pero para eso, respondía para mí, tendría que tener una novelita en el cajón, la intención de publicarla en caso de que existiera y, por último, pero no menos importante, querer que la agencia en cuestión fuese mi mediadora.

No me extiendo mucho más: durante las sesiones que faltaban hasta finalizar el curso, y al contrario de lo que creía Juanjo, esto es, que mi ejemplo haría que mis compañeros se esforzasen más (¡ay, santa inocencia, como si los participantes en estos cursos tuviesen algo que aprender! ¡Si para ellos mismos ya lo saben todo y son los mejores, su única motivación es que se lo reconozcan públicamente!), la asistencia fue decayendo (¡menudas excusas tuvimos que oír, cada cual más disparatada!), hasta que el único asistente que quedó con vida fui yo. Continué haciendo las tareas que me proponía Juanjo, y juntos comentábamos mis textos, para mi disgusto, deteniéndonos más en mis virtudes que en mis defectos[9], hablábamos de literatura, de su método, de cómo se había montado la vida laboral para poder seguir escribiendo (lo de dedicarse full time a escribir es de pajilleros; sólo le sucede a una minoría, a los más grandes, ¡ah!, y a los mercenarios, y a los que para vivir se apoyan en rentas o bailan sobre tumbas de otrora ilustres apellidos ya enterrados), de cuáles eran los pasos a seguir en caso de querer publicar algo… y poco a poco nos fuimos conociendo (si me lees, me disculpo por no haber asistido a la presentación a la que me invitaste, no me gustan esos baños públicos, los protagonice yo u otra persona) y, entre otras cosas, me presentó a Maru de Montserrat, su agente y socia de IECO, a quien le había hablado de mí y de las cosas que escribía, quien me dijo que las puertas de la agencia estarían abiertas para mí en el momento en que quisiera sacar del cajón esa novelita que seguro que ya tenía escrita…

Llegados a este punto, retomo la pregunta que formulaba hace un rato: ¿sirven de algo los cursos de escritura creativa? La respuesta, según mi experiencia personal, es ambivalente. No creo que nadie salga de allí siendo mejor escritor de lo que ya era antes de entrar, aunque sí que es probable que adquiera la práctica de escribir (yo escribí un relato breve a la semana para un total, si no ando mal encaminado, de ocho en las diez semanas de duración del curso). Por tanto, creo que sí que pueden ser útiles para la inoculación de esa dulce (pero mortal) enfermedad que es la escritura. Asimismo, se puede llegar a aprender en qué consiste el oficio, la técnica narrativa y sus vericuetos desde la segura barrera que es la teoría. Otra cosa bien distinta es cuando demos el salto a la arena y los monstruos de los que habíamos oído hablar se materialicen en nuestras peores pesadillas (y desafíos). Y, por último, pero no por ello menos importante, pueden ser útiles a la hora de perder el miedo: a escribir, a que nos lean, a leernos, a criticar y a ser criticados (se trata de abandonar la zona de confort que son nuestros familiares, amigos y vecinos, que acostumbran a tener tanta buena fe como poco criterio y que no es que suelan ser muy imparciales a la hora de emitir sus juicios). Así pues, si alguien está pensando en asistir a un curso de escritura creativa, que lo haga, pero que tenga en cuenta todo lo que he comentado aquí (o no, que si le sobra tiempo, dinero y paciencia, es libre de gastarlos como bien quiera). Y que sepa, por si aún no lo tiene claro, que como mucho es un punto de partida, nunca un fin. La meta, si es que alguna vez se alcanza, está precedida de múltiples puertos de montaña que son nuestras lecturas. Ahora bien, ni siquiera salvar tales cotas nos asegura ganar la gran vuelta, pero sí acabar la carrera, que ya es algo muy honroso y gratificante.


[1]Últimamente es mi compañera Maite la persona que ha jugado ese mismo papel: tanto la novela que acabo de leer como la serie de televisión que estoy siguiendo se deben a su recomendación. A cambio, yo le he prestado la imprescindible Antología de la literatura fantástica, selección de relatos (o fragmentos literarios) de esa Santísima Trinidad formada por Ocampo, Bioy Casares y Borges, y le he recomendado un par de series.
[2]Forma parte, entre otras asociaciones, fundaciones y academias, de Mensa Internacional.
[3]Y suelen emplearse escritores consolidados: además de Joyce Carol Oates, David Foster Wallace, Salman Rushdie, Kurt Vonnegut, John Barth, William Burroughs, Susan Sontag, Raymond Carver y tantísimos otros se han dedicado o se dedican a la enseñanza de la literatura y/o de la escritura creativa.
[4]El profesor Blecua, encargado de la parte escrita de la asignatura, siempre nos decía al comenzar su clase: “Hoy dividiremos la clase en tres partes”; pero lo cierto es que jamás supimos qué se guardaba don José Manuel para aquellos tercios del final porque nunca tuvimos oportunidad de descubrirlo: tal era la parsimonia del mayor de los hermanos Blecua, que se le morían las clases antes de cumplir con sus planes organizativos. Sospecho que era justo en aquellos momentos perdidos para siempre cuando tenía pensado enseñarnos a escribir…
[5]Aún más económica, pero mucho más fría, es la opción de comprar libros que versen sobre la escritura creativa. Yo tengo (y he leído, que una cosa no siempre implica la otra) Escribir ficción: Guía práctica de la famosa escuela de escritores de Nueva York (la Gotham Writer’s Workshop) y Mientras escribo, de Stephen King… sí, habéis leído bien: Stephen King, y lo digo así, sin sonrojarme… qué queréis que os diga, guardo un buen recuerdo de las novelas que leí de él durante mi adolescencia (menos a It, que me acojonaba, me refiero a las más famosas de aquella primera etapa tan exitosa, a las que les sumo La mitad oscura, que también me enganchó), y sentía curiosidad por saber cómo era el día a día y el modus operandi de tan fecundo escritor. Dicho lo cual, tanto uno como el otro, y cada cual a su manera, se ocupan de las cosas de siempre: aspectos técnicos, disciplina y la importancia capital de la lectura para la propia escritura.
[6]¿Sobre qué puede escribir un novelista que no sea aquello que mejor conoce? Pues eso, sobre escritores, él mismo u otros, y sobre la literatura misma, ¿no?
[7]Recuerdo, precisamente en alguna clase de Fernando Valls, cómo despellejábamos en aquella época a Falcones y a Ruiz Zafón, los vendedores de libros del momento, y cómo arrojábamos sus despojos a los perros. Hasta tal punto llegaba el pitorreo, pero también nuestro posicionamiento literario, que pensé hacerme una camiseta con el lema “¡Ni Falcones ni Zafones!”, y a lo mejor retomo la idea.
[8]Ya veis por dónde iba, ¿no? Como soy consciente de que lo mío es de risa, decidí convertirme en el protagonista del clásico chiste: “¿Vende usted manuales para hacer amigos, quiosquero de mierda?”. Lo que ocurre es que mi relato no provocó la reacción que esperaba…
[9]Al fin y al cabo, las virtudes, en caso de que existan, ya las tengo; de lo que se aprende es de los errores, pero él se empecinaba en destacar mi dominio del lenguaje, mi habilidad para crear y desarrollar tramas secundarias, mi control del tiempo narrativo en función de mis intereses… Entendedme, le agradezco sinceramente todos los elogios, fueron importantes porque venían de un escritor de verdad, de un “igual”. Pero si sólo quisiera que me dijeran lo bien que escribo, me dirigiría a mis familiares, a mis amigos y a mis vecinos de toda la vida. Estos nunca fallan si la intención es subirte la autoestima o mantener el (falso) estatus de tu ego.

44. Cuando un amigo se va

 

Algo se muere en el alma
cuando un amigo se va.
 
Amigos de Gines: El adiós (1975).
 
 
 
Si tuviera que catalogar las canciones con mayor presencia en mi infancia, la sevillana El adiós, de Amigos de Gines (creo que se trataba de ellos, aunque bien podría haber sido otro grupo; ya les preguntaré a mis padres, si me acuerdo, cuál era), figuraría en un lugar destacado[1].
 
Y no es porque me gustase especialmente, no. De hecho, las sevillanas no forman parte, ni nunca lo han hecho, de mi lista de reproducción musical habitual, lo cual no impide, bien es cierto, que disfrute del sentimiento, y lo valore, de quienes participan en toda su parafernalia[2]. Tampoco es debido a que me gustase la letra, porque, aunque es fácil que te remueva por dentro, no me encontraba en condiciones de asimilarla por una cuestión lógica de inmadurez existencial.
 
Sin embargo, sí que captaba que para mis padres, cada vez que el casete del coche la reproducía (y lo podía hacer muchas veces durante un viaje de hasta 12 horas de duración), adquiría un significado que iba más allá de lo que yo llegaba a entender; además, la desconcertante capacidad de cambiar la atmósfera que tenía (cinco minutos antes podíamos estar cantando a coro El señor don Gato, Vamos a contar mentiras o alguna de Los Payasos de la tele tan alegremente), de enrarecerla, era mayor y más profunda cuando se trataba del viaje de vuelta. Y eso me turbaba, porque añadía unas gotas de desazón a mi incomprensión.
 
Aunque no puedo precisar con exactitud cuándo sucedió, años más tarde comprendí que aquella canción daba voz a todo por lo que habían pasado mis padres muchos años antes: el dolor de tener que dejar su tierra, a sus padres, a sus hermanos (en el caso de mi padre), a sus amigos, sus vidas enteras cuando emigraron a Barcelona con una mano delante y otra detrás. Para ellos, era el dolor mismo hecho canción, un llanto ejecutado a ritmo de guitarra española y a duras penas disimulado delante de aquellas dos personitas, mi hermano y yo, que viajaban en el asiento trasero. Las vacaciones, en concreto la vuelta de vacaciones, éste fue mi descubrimiento, suponía el retorno de todo aquello; y El adiós hurgaba en una herida que nunca ha llegado a cicatrizar[3] (sí que su dolor se ha mitigado, creo, pero nunca ha llegado a desaparecer); era un elemento más que jugaba su papel en el inacabable proceso de duelo que viven mis padres.
 
Desde luego, no podemos sentirnos culpables, haríamos mal si así lo hiciéramos, porque no tuvimos voz ni voto en aquella lejana y, por encima de todo, valiente decisión, por mucho que se tomara pensando en nosotros cuando todavía no éramos. Al contrario, me siento muy agradecido, y eternamente en deuda con mis padres por renunciar a todo lo que renunciaron. Y aunque no hay forma humana de saber qué hubiese pasado si no hubiesen emigrado, dudo mucho de que a nosotros, sus hijos y ahora también sus nietas, nos hubiese ido mejor. Ahora yo también soy padre, y como tal tomaré las decisiones que tenga que tomar teniendo muy presente a mi hija; así, si tengo que variar de un modo drástico el rumbo de mi vida en cualquier momento, serán ella y sus intereses futuros los motivos que me lleven a hacerlo por delante de cualquier otra razón. Por eso sé que mis padres hicieron lo que tenían que hacer, por lo menos para los que aún estábamos por venir. Y si tienen que sufrir[4], que lo hagan sólo por ellos; su nostalgia, su pérdida y su vacío jamás serán los nuestros: nosotros no hemos tenido que alejarnos de nadie ni nos sentimos privados de nada, el estado actual de las cosas es nuestra normalidad. Las lágrimas que han llorado han evitado que fuésemos nosotros los que tuviésemos que llorar. A fin de cuentas, no se puede extrañar lo que nunca se ha tenido.
 
Sin embargo, la vida se ha encargado (tal vez siempre lo hace con cada uno de nosotros) de que los recuerdos de El adiós y, sobre todo, de la atmósfera que generaba evoquen mis propios vacíos y mis propias ausencias. Diferentes a los de mis padres, claro, y tal vez menos traumáticos vistos desde fuera, lo acepto, pero míos y sólo míos, y por tanto, mucho más dolorosos para mí. No es algo insólito: nuestro transitar podría resumirse en una serie de personas que vamos sumando y restando a nuestras vidas (good friends we have, good friends we’ve lost, along the way, que cantaba el amigo Bob), y es frecuente que la pérdida de amigos deje mayor huella que su conservación o su nueva adquisición. Quizá es cierto eso de que no valoramos las cosas hasta que las hemos perdido. En mi caso, ya en la edad adulta he experimentado unos adioses definitivos (el maldito cáncer y el terrible asesinato se han llevado por delante la vida de dos amigos) y otros que no tienen por qué serlo, por mucho que su barco se haya hecho pequeño en el mar. Sin embargo, por mucho que estos adioses no sean definitivos (por fortuna), no dejan de ser adioses. Hoy, sin ir más lejos, despido a mi amigo y compañero Jordi, sin cuya presencia la vida en la editorial donde hemos trabajado codo con codo durante los últimos años no será la misma. Ya no lo es. Por lo menos para mí.
 
Foto tomada el 6 de abril de 2017, en plena April Madness de la edición.

El suyo es un adiós agridulce: por una parte, me alegro de que por fin se jubile, de que tenga tiempo para hacer esas otras cosas para las que nunca tiene tiempo (hace poco que me ha confesado que quiere aprender a tocar la guitarra eléctrica, uno de sus sueños por cumplir siempre aplazado sine die), para disfrutar de su familia, para viajar, para leer y escribir, para seguir con su café filosófico en el barrio del Raval de Barcelona, con su coral… en fin, para todo lo que haga un jubilado de sus características e inquietudes; pero, por otra, me apena que se tenga que ir con un proyecto sin concluir (y casi sin empezar; si existe el infierno, sé de tres o cuatro personas que no van a necesitar de abrigo en la otra vida…) y que alguien con una mente tan despierta y con tanta sabiduría que compartir tenga que abandonar la editorial… pero sobre todo me apena que me vaya a dejar sólo[5] (soy así de egoísta, cuando doy con personas que brillan y me hacen brillar, quiero tenerlas a mi ladito, por y para siempre), que los martes y los jueves no aparezca por mi despacho para hablar de cualquier cosa, divina o humana, no recibir correos electrónicos o algún whatsapp a las tres de la madrugada donde me cuente la nueva idea que se le acaba de ocurrir, nuestras conversaciones literarias, sus clases improvisadas de filosofía, nuestras discusiones sobre cualquier pequeñez de índole lingüística, nuestras travesuras y maquinaciones, las recomendaciones culinarias, el intercambio de libros, su reacción a mis maldades, su letra ininteligible, sus párrafos oscuros, su tozudez (no conozco a nadie que defienda sus ideas con tantos y tan variados argumentos como él) para combatir la mía…

Y es que, aun a riesgo de ser injusto, porque es cierto que tengo la suerte de seguir contando con bellísimas personas a mi alrededor (en caso contrario, no formarían parte de mi presente; a mí eso de que hay que tener amigos hasta en el infierno no me vale; quien allí habite ya puede tener por seguro que no será considerado mi amigo), si tuviera que quedarme con sólo una persona de las que me he encontrado desde que trabajo en el mundo editorial, Jordi sería el elegido. Por todo, por ser como es como persona y por ser como es como profesional, por el placer que me ha proporcionado ser su editor[6] (por ser yo el exigido por él para esa labor) y traductor, por considerarme su amigo, por estar siempre ahí.

Pero ahora se me va. Lo que parecía una broma de mal gusto el pasado día 11 cuando me lo comunicó en privado acaba de ocurrir. Y como si no pasara nada, mañana saldrá el sol e iré a trabajar. Y se sucederán los martes y los jueves, semana a semana, y mes y mes. Y él no aparecerá. Y ese vacío que deja el amigo que se va es como un pozo sin fondo que no se vuelve a llenar.

 


 

[1] Asimismo, sigue muy vivo el recuerdo de otras, como A la puerta de Toledo, de Chiquetete; Esta noche se casa mi niña, de Ecos del Rocío; Blanca y Azul, de Los Marismeños; y Alas de libertad, de Sombra y Luz, aunque esta última diría que se trata de una rumba y que ya no era tan pequeño cuando mis padres la escuchaban en el coche.
[2] Del mismo modo que me sucede con cualquier otro baile regional. Todos poseen algo mágico, que conecta al individuo con la tierra que lo vio nacer, o con aquélla, sea por la razón que sea, que ha decidido hacer suya.
[3] Se me ocurre ahora Emigrante del sur, de los Romeros de la Puebla, otra sevillana capaz de evocar en mis padres, una y otra vez, el mismo sentimiento de pérdida.
[4] Por supuesto que me gustaría que nada afligiese a mis padres, pero éste del que hablo es un dolor que yo no puedo mitigar en absoluto. Lamentablemente para ellos, no se puede volver atrás en el tiempo, el pasado, valga la redundancia, ya pasó. Y por la parte que me toca, con toda sinceridad lo escribo, lo prefiero así.
[5] Sara, la secretaria con quien trabajo habitualmente, opina de mí que soy autista (en la primera acepción del término, la de replegarse patológicamente sobre uno mismo), y mucho me temo que la marcha de Jordi va a acentuar aún más esta “peculiaridad” mía.
[6] Su libro, sin duda, es el mejor que ha pasado por mis manos, y aunque su edición ha sido la que más estrés me ha generado (por los plazos, por la complejidad, por la originalidad, por la de veces que la he tenido que pelear y explicar para que fuese entendida y aprobada, por la gente que se suponía que debía ayudar y no ha hecho más que introducir palos entre las ruedas), también es de la que mayores satisfacciones he obtenido… sin exagerar, ha sido el libro que, ¡por fin!, me ha hecho disfrutar de mi trabajo como editor, el que más me ha exigido y al que más le he dado.

23. Los amigos

Las relaciones que establecemos con el resto de personas responden a un esquema de sucesivos círculos concéntricos. En función del afecto que les tenemos, situamos a esas personas, o tal vez se van situando ellas mismas, en un círculo u otro.

Cuanto más cerca se hallan del centro, más y mejor conocen a nuestro verdadero yo, casi todas nuestras luces y nuestras sombras les son familiares, se convierten en compañeras imprescindibles de ese viaje que es la vida. Si se me permite el símil lingüístico, son argumentos que seleccionamos, son imprescindibles para la coherencia de nuestra existencia. Habitan el terreno de los amigos, independientemente de que exista o no un parentesco con ellas.

Por contra, cuanto más lejos se hallan del centro, más desconocidas nos resultan y más desconocidos les resultamos nosotros a ellas. Su papel en nuestra existencia es prácticamente irrelevante. Lingüísticamente hablando, serían adjuntos, que si están no molestan, pero que al no haber sido seleccionadas por nosotros, se convierten en prescindibles. Habitan, por consiguiente, el terreno de los conocidos, independientemente de si se da o no una relación de consanguinidad con ellas.
Más allá del último círculo, o del muro, ahora que está tan de moda levantar barreras, se haya el vasto mundo de las personas desconocidas, bien porque nuestros caminos jamás se han cruzado, bien porque con el poco contacto que hemos podido tener con ellas ya hemos tenido suficiente. A éstas se les reserva el olvido hasta su completa desaparición. Sí, es aquello de “si te he visto, no me acuerdo” o, de una forma más moderna, “mejor habla con mi mano” o “¡contigo no, bicho!”; son infinitas las expresiones verbales para expresar esta misma idea. Aquéllas, por su parte, pues quién sabe, tal vez algún día se abran paso hasta el centro, la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Es algo inherente a lo que se desconoce por completo.

En cualquier caso, la distancia afectiva que separa al primer grupo, el de los amigos, de los otros dos es equiparable a la que separa el todo de la nada. Con los primeros compartimos nuestras alegrías y, sobre todo, nuestras penas (¿acaso hay mejor vara de medir quién merece la pena y quién no que los malos momentos?). Nos alegramos como el que más con sus momentos felices y nos apenamos con sus desgracias de igual modo que vemos y sentimos que ellos hacen lo mismo con nosotros. En definitiva, estamos y están ahí para cualquier cosa que suceda.

Por supuesto, la posición asignada no es definitiva ni inamovible, pues se somete a continua revisión, la actualizamos constantemente en función de cómo actúan y nos tratan esas personas. Así, es posible avanzar desde extramuros hasta el mismísimo centro, como también se puede hacer el camino a la inversa, naturalmente[1].

De hecho, paradojas de la vida, es más probable que, en caso de movimiento, una persona considerada como un amigo acabe saltando el muro que no que alguien totalmente desconocido llegue al centro. No en vano, de los amigos esperamos cosas, les exigimos más que al resto de personas, y cuando nos decepcionan y no reaccionan y/o enmiendan el daño ocasionado, es muy probable que acabemos expulsándolos de nuestra vida. Aunque añadamos más dolor al dolor. En cambio, la confianza no se la damos a cualquiera, así que, como decía, es más difícil la promoción que la degradación. Y si te has llevado muchas decepciones, todavía lo resulta más, pues con tal de protegerte es probable que acabes haciendo ese último círculo aún más pequeño.
Pues bien, últimamente me he llevado un par de decepciones bastante sonadas, una ya esperada y otra que me ha pillado con la guardia baja, totalmente desprotegido, porque se trata de una de esas personas por las que decimos “yo pondría la mano en el fuego por fulanito o fulanita, él o ella jamás me lo haría”. 
De la esperada, la verdad, pues poco me lamento. Duele como duele la muerte de ese ser querido que lleva años agonizando por una larga enfermedad, pero que acabas pensando que quizá sea lo mejor para todo el mundo. He hecho todo lo posible y no ha podido ser, el paciente se nos ha ido. La inesperada, la verdad, me ha dejado bastante tocado. No soy persona de muchos amigos, en el sentido que tiene un amigo para mí y que llevo un rato apuntando (es curioso, últimamente he leído en algún artículo que los que tienen pocos amigos son más listos que el resto; yo no sé si soy o no soy más listo que el resto, para mí sólo es lo normal), y éste en concreto pensaba mantenerlo hasta el último de mis días. Así que ya os podéis imaginar cómo me he sentido con todo el asunto, sobre todo porque he intentado reconducir la situación y ni así ha sido posible. Muy probablemente los sentimientos que yo albergo por esa persona no son ni han sido nunca correspondidos.

Y así andaba yo la semana pasada, a punto de lanzarme en brazos de Coelho y su pseudoliteratura lacrimógena para cauterizar mis heridas, a un tris de empezar a publicar en las redes sociales memes como “ya no espero nada de las personas” o cosas por el estilo y sumar así reconfortantes likes a mi causa, cuando recibí en mi móvil un mensaje de alguien con quien no tenía contacto desde hace unos seis años (y que me perdone por hacer público esto si algún día lee estas líneas; suelo poner por escrito lo bueno y lo malo que me sucede, y esto creo que merecía la pena colgarlo en mi blog).

Pablo PICASSO: Dos mujeres corriendo en la playa (1922).

Nos conocimos en el trabajo[2], cuando me dedicaba a la docencia, y poco a poco pasamos de ser compañeros a convertirnos en amigos. Supongo que basándonos en la risa y en el sentido del humor, nos hacíamos el día a día más fácil el uno al otro. Pero llegó un momento en que nos distanciamos por la absurda razón de pensar diferente sobre algunas cosas, y hasta la fecha. 

Ni que decir tiene que le estaré siempre agradecido por haberme escrito y por haberse disculpado sinceramente, de igual modo que yo me he disculpado y he reconocido que fui injusto con él. Y le estaré siempre agradecido por guardar tan buen recuerdo de mí, como yo lo guardo de él, pues es lo que ha hecho posible que nos podamos reencontrar. Pero, sobre todo, le estaré eternamente agradecido por devolverme la ilusión y la confianza en las [buenas] personas y la fe en la palabra como solución a los conflictos y en el perdón sincero. Ya estoy harto de esos perdones que no son reales; si perdonas, lo haces con todas las consecuencias, eso de “yo perdono, pero no olvido” y los “yo no te guardo rencor, pero ya nunca será igual” hablan y actúan por boca del orgullo. Y el orgullo para lo único que sirve es para distanciarte de las personas que de verdad te quieren. Si alguien te dice que te perdona pero el posterior trato que te dispensa ha cambiado con respecto al que te dispensaba antes de la discusión o el malentendido, lo único que hace es generarte la terrible sensación de culpa. Y aunque la culpa es un poderoso motivo literario y fundamental para la filosofía existencialista, cuando se hace sentir a las personas reales puede tener efectos muy nocivos.

Y yo necesito rodearme de gente que sepa ver sus fallos y que me pida perdón si se han equivocado, de igual modo que necesito que sepan perdonarme a mí, porque lo van a tener que hacer si de verdad me quieren tener en sus vidas: ¡me equivoco tantas veces!

Dicen, y con esto ya acabo, que lo que la vida te quita por un lado, te lo devuelve por otro. ¿Será verdad? Pues en breve, tan pronto como pueda sincronizar horarios con ese amigo que he recuperado, lo descubriré. Disfrutad de lo que tenéis, y perdonad mucho y bien, y haced todo lo que esté en vuestras manos por que os perdonen.


[1] Creo que es de recibo reconocer que la verbalización de las ideas del todo o nada y la actualización constante de las relaciones con los otros no son mías. Pese a que creo en ellas y me parecen acertadas, yo antes no las utilizaba exactamente así. Proceden de alguien que se ha encargado de hacer ese camino a la inversa y que se ha convertido en una de las mayores decepciones de mi vida. Quizá por eso el espacio que tiene asignado en este post es el de una simple nota al pie y no el del cuerpo central del texto. Pero ya todos somos mayorcitos, es cierto.

[2] No tiene nada de raro, ya lo sé, eso de que los nuevos amigos que haces en la vida de adulto los encuentres en el trabajo, es lógico, pues pasamos más horas con los compañeros que con nuestras parejas, familias y amigos de siempre, no en vano nuestros horarios coinciden con los de ellos. Sin ir más lejos, a la decepción de la que hablaba antes también la “conocí” en mi actual trabajo, donde además creo que he hecho dos o tres buenos amigos más.

15. Cuatro años

 
 
No es que morir nos duela tanto.
Es vivir lo que más nos duele.
Pero el morir es algo diferente,
un algo detrás de la puerta.
 
La costumbre del pájaro de ir al Sur
−antes de que los hielos lleguen
acepta una mejor latitud−.
Nosotros somos los pájaros que se quedan.
 
Los temblorosos, rondando la puerta del granjero,
mendigando su ocasional migaja
hasta que las compasivas nieves
convencen a nuestras plumas para ir a casa.
 
 
Emily DICKINSON, 335.
 

Hoy se cumplen cuatro años desde que el azar quiso poner tu cuerpo al alcance de unos cuchillos guiados por la miseria y el sinsentido, por la barbarie misma materializada en tres pobres diablos que, no contentos con desgarrar tu carne una vez, se ensañaron contigo hasta privarnos de tu compañía para siempre. Tal vez fue aquélla tu última enseñanza: la vida es un breve paréntesis entre el nacimiento y la muerte, un absurdo que el día menos pensado se nos escapa entre los dedos. Un capricho químico, en todo caso, en el que ningún Dios ni el Destino ni las segundas oportunidades tienen nada que decir, por mucho que juguemos a engañarnos con ello   –porque no puede existir un plan divino, por inescrutable o retorcido que sea, que consienta lo que te ocurrió, eso un Dios con todas las capacidades no lo toleraría; de igual modo me niego a creer que tu final ya estuviera escrito con sangre en las estrellas, ni que vayas a volver entre los vivos, por mucha falta que nos hagas ni por mucho que lo merezcas.

 
 
 
Pero miento, para mí no fuiste asesinado aquel 11 de junio de 2012, sino el viernes 15, cuando después de la revisión cotidiana de la bandeja de entrada de mi correo electrónico, fui a parar a los dos últimos emails que habíamos intercambiado hacía escasas fechas y en los que nos poníamos al corriente de nuestras últimas novedades −qué ridículas resultan ahora nuestras cuitas del momento, ¿verdad?−. Leer de nuevo tus palabras sobre la aventura que emprendías en tierras mexicanas me hizo preguntarme cómo te estaría yendo por allí, pero antes de escribirte decidí echarle un vistazo a tu blog: sin novedades, no habías vuelto a publicar nada después de tu última entrada. Estarías muy ocupado, pensé, nuevo país, nueva universidad, nuevas clases que impartir, el reencuentro con unos familiares que hacía tiempo que no veías… demasiado para mantener al día tu bosque… sin embargo, el excesivo número de comentarios que tu última publicación había originado hizo que mi curiosidad me llevase a leer lo que había allí.
 
Y aunque al principio no entendía lo que escribían quienes comentaban –no lo podía entender−, fue entonces, mientras apuraba el primer café de aquel viernes que no olvidaré jamás, cuando fuiste asesinado. No reescribiré lo que sentí en aquel instante infinito –pues todavía dura, aunque latente–, en cierta manera porque no podría: la rabia y la desolación han desaparecido, pero no así el dolor. El dolor nunca nos deja; se mitiga, se transforma en otra cosa, pero ya nunca nos abandona. Sólo diré, con las palabras con que lo expresa Szymborska en “Un gato en un piso vacío”, poema que expresa como pocos qué significa la muerte para los que continúan vivos, que Morir, eso no se le hace a un gato[1].
 
Cuatro días, fueron exactamente cuatro días de vida los que te concedieron mi ignorancia de los hechos. Como sucede con Beatriz Viterbo al inicio de El Aleph, el universo entero seguía con su arrogante existencia, el reloj seguía sonando a la misma hora, el agua seguía hirviendo a la misma temperatura, el sol seguía encontrando el cenit en el mismo momento y el calor seguía apretando con la misma obstinada humedad. Tú ya te habías marchado para nunca volver, y la naturaleza te respondía con indiferencia. ¿Qué podíamos saber el resto?
 
Durante estos últimos días he vuelto a leer algunas de las publicaciones de tu blog –en realidad, lo reconozco, lo he visitado en muchas otras ocasiones, como quien lleva flores a la tumba del ser querido e intenta, de manera infructuosa, comunicarse una última vez con él–, de las tuyas, porque tu bosque ya no es sólo tuyo, en cierta manera nos pertenece a todos –tu mamá y un amigo siguieron escribiendo allí por un tiempo; y han publicado tu tesis doctoral y toda tu poesía completa; no te enojes, estoy seguro de que todo ha sido con la mejor de las intenciones, un último intento de mantener vivo lo que fuiste y ya no serás–, y algunas de las cosas que allí escribiste muchos años atrás resultan perturbadoras a la luz de hoy, casi como epifanías. Me refiero, por ejemplo, a “El día que ya no esté”[2], del 28 diciembre de 2009.
 
Y tienes toda la razón en lo que allí escribes, desaparecerás de la memoria del mundo como nos acabará sucediendo a todos, acaso ya has empezado a desvanecerte para siempre, pero mientras tanto sigues muy vivo en tus familiares y amigos, que te recordamos y te añoramos, que te imaginamos y te inventamos cada vez que te pensamos. Concédenos por lo menos eso, ¿qué otro consuelo nos queda? Para mí siempre serás poesía, el caos de una clase de literatura, la sonrisa del Gato de Cheshire, la impostura de aquél que posee tanta sabiduría, Baudelaire, hipocondría, contracturas lumbares y cervicales, una cara amable entre mil rostros desfigurados en el enjambre que son los túneles del metro de Barcelona, Emily Dickinson, un corto cubano, un cadáver exquisito, la brisa de aire fresco por la mañana, un café de máquina, una muerte en Venecia y Tadzio frente al mar, el eco de una conversación pasada resonando en boca de otra persona, el síndrome del túnel carpiano, un verso escondido, blanco, puro, un correo electrónico a tiempo, un querido amigo en la distancia.
 
En “Impasse”[3], tu última publicación, ya desde Ciudad de México, te preguntabas qué habría sido de tu vida si diez años atrás hubieses empezado por allí. Y no tengo respuesta, no tengo ni la más remota idea de qué hubiese supuesto para tu vida. No hay manera humana de saberlo sin recurrir a la ficción especulativa. Para la mía, en cambio, sí que lo tengo claro. Me hubieses privado de alguien realmente maravilloso,  –mon semblable, –mon frère!, porque:

Compartir-te
ha estat deturar el temps, per retrobar-me
més ingenu que mai i amb un sanglot
a flor de pell, com una criatura.[4]
 

 

*Este artículo, actualizado y ampliado, ha sido publicado por la revista cultural Almiar.


 

[1] Morir, eso no se le hace a un gato. / Porque qué puede hacer un gato / en un piso vacío. / Trepar por las paredes. / Restregarse entre los muebles. / Parece que nada ha cambiado / y, sin embargo, ha cambiado. / Que nada se ha movido, / pero está descolocado. / Y por la noche la lámpara ya no se enciende.
Se oyen pasos en la escalera, / pero no son esos. / La mano que pone el pescado en el plato, / tampoco es aquélla que lo ponía.
Hay algo aquí que no empieza / a la hora de siempre. / Hay algo que no ocurre / como debería. / Aquí había alguien que estaba y estaba, / que de repente se fue / e insistentemente no está.
Se ha buscado en todos los armarios. / Se ha recorrido la estantería. / Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado. / Incluso se ha roto la prohibición / y se han desparramado los papeles. / Qué más se puede hacer. / Dormir y esperar.
Ya verá cuando regrese, / ya verá cuando aparezca. / Se va a enterar / de que eso no se le puede hacer a un gato. / Se irá hacia él / como si no quisiera, / despacito, / con las patas muy ofendidas. / Y nada de saltos ni maullidos al principio. Wislawa Szymborska: “Un gato en un piso vacío”. Fin y principio (1996).
 
[2] El día de mi muerte no me echarás de menos. Echar de menos es tener la esperanza de que asome mi rostro tras la puerta. Pero entonces ya no volveré.
No quedaré en nada, en nadie, no seré más que elemento transfigurado en otro elemento. Que no haya música, ni pierdas el tiempo pensándome fantasma o viento sobre el árbol. Todo puede seguir su misma rutina, a nadie le parecerá importante cualquier remota detención.
Mejor camina hacia otra parte. No te sientes a esperar. Sigue otra huella. La mía se habrá fundido en los mismos circuitos donde todos se calcan. Haz un montón de piedras e imagina que sobre ellas nacerá otro lirio, otra casa, otro libro, otro barco que ya no me llevará.
Que ninguna de mis fotos sirva para extrañarme: pues ese de las fotos ya no soy yo, ni lo será este yo tampoco cuando acabe el poema. El pasado sólo existe en la idea del pasado. Y una fotografía sólo congela un minúsculo tiempo.
El día que ya no esté que sea el día más común, el que te exija la mayor indiferencia. Total, ya no estaré para decirte que calles o que rías, ni podré acariciar tu cabeza con mi mano cuando llegue la noche para serenarte. Es un hecho simple la naturaleza. ¿Por qué cuesta aceptarla?
No me iré a ningún sitio ni me quedaré contigo. Siempre hay una maravillosa mentira en el ‘para siempre’. Quizás creerás oír mi voz, grave o nublada, en cada palabra mía que recuerdes, en cada diminuto personaje que me he inventado como justificación. Mi voz sobre el armario y los papeles, sobre mi cama roja con sus siete almohadas y las cortinas a ninguna parte. Pero será la forma  en que imagines lo que fui, o sea, lo que no soy, lo que ya no seré.
Y si alguna vez trasmigro -si existiera al menos una de esas infinitas posibilidades- sólo podré recordarme yo mismo, desfigurado a través de mi pálpito, en el nuevo cuerpo habitado. Puede que de algún modo te lo haga saber. O puede que nunca más me acuerde de ti y ya no te venga a buscar. (F. H. / F. E. C. L.).
 
[3] Estoy en la Ciudad de México y llueve. El silencio de mi estancia se interrumpe por estridentes tonos telefónicos o por la cercanía con que parecen volar los aviones, no sé si despegando o a punto de aterrizar. Cumplo mi cuarto día en un sitio donde pude una vez emigrar, y que hoy me recibe de paso; una ciudad monumental, caótica, desmesurada, como si la extensión sobre la altiplanicie pretendiera llenar un vacío en una forma barroca contemporánea. De día, sentado en la cocina mientras tomo una taza de chocolate, he sentido repicar en la calle las estridencias del carro de la basura. Todo en el Distrito Federal es estridencia: las voces de los comerciantes, los conductores gritando, los atestados comercios, los colores y olores, la brutal uniformidad de ciertas expresiones, la risa y la alegría, el horizonte volcánico, la fértil imaginación. También las esperanzas y los silencios.
Paseo de noche por la ciudad, y todo termina por ocultarse tras las luces. Toda esa maraña histórica, tremendamente rica, se difumina con las luces nocturnas, y sientes respirar la ciudad a pesar de sus contrastes, de sus avenidas incesantes, de sus iglesias, de sus glorietas donde puedes ver ensayar a jóvenes actores como si se tratase de una pareja de enamorados siendo filmados desde una esquina desconocida. Todo es como un comienzo, como una pregunta nunca hecha. Como un nido de vastedades sucesivas, interminables.
Estoy en la Ciudad de México y tengo gastritis mientras veo caer grandes chaparrones del cielo, y se mojan las sillas de madera de la terraza, la mesa llena de queso traído de Zacatecas, los enormes cristales impolutos. El cielo más cercano que nunca, antojadizo, volátil. Nada, sin embargo, me resulta familiar. Y me pregunto qué habría sido de mi vida hace más de diez años si hubiera empezado por aquí. (F. H. / F. E. C. L.).
 
[4] No t’he dut flors, Antonio, t’he portat / un silenci amorós per no interrompre / el teu íntim diàleg amb la mort / que fa tants anys que dura. Compartir-te / ha estat deturar el temps, per retrobar-me / més ingenu que mai i amb un sanglot / a flor de pell, com una criatura. / No t’he dut res, Antonio, però estimo / més que abans aquest mar que m’ha vist créixer / i prop del qual confio de morir / d’ençà que he vist que tu m’hi acompanyaves. Miquel Martí i Pol: “Compliment a Antonio Machado”. Llibre de les solituds (1997).