55. Lliçó d’alemany

Decía Umberto Eco, en la que es probable que sea una de las pocas citas célebres que circulan de muro en muro y de móvil en móvil que tenga un correlato real (¡dejad ya de publicar cosas que no le hayáis leído u oído a quien se supone que las dijo o escribió, da un poco de vergüenza ajena cuánta cita mal atribuida, deformada o directamente inventada se comparte!), que el mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee. Y tengo la sensación de que con Lección de alemán, de Siegfried Lenz, he topado con uno de esos tesoros ocultos a ojos de la gran mayoría (el adjetivo precioso, en boca de Eco, no significa lo mismo que cuando es empleado por algún lector, por ejemplo, de Isabel Allende, supongo que se entiende).

A la novela de Lenz se la compara, en cuanto a su voluntad de asimilar y superar el pasado, con El tambor de hojalata, de Günter Grass, y tal vez ésta es la razón por la cual en España, pese a haber sido reseñada de manera muy positiva en prensa, ha pasado desapercibida (sí, soy un iluso, ya sé que las reseñas literarias que se publican las leemos 4 personas los días más afortunados). Envidia me dan los alemanes en este sentido (de hecho, creo que es lo único que les envidio): han sabido conjurar el nazismo, arrinconarlo, derribar sus ídolos y enterrar sus restos para siempre bajo la asunción de la culpa colectiva, mientras que aquí, en España, seguimos siendo hijos y nietos del “con Franco esto no pasaba” y del “con Franco vivíamos mejor”, y la presencia del dictador y sus “gestas” siguen muy vivas en nuestras calles y monumentos y, lo que es peor, en nuestros debates políticos (¿cómo pueden seguir siendo objeto de debate Franco y el franquismo? ¿Cómo es posible que el traslado de sus restos se convierta en un nuevo funeral de Estado?). Esto es algo muy difícil de explicar (entre otras cosas, porque es vergonzoso formar parte de una sociedad así) cuando se habla con gente que no es de aquí… al final, el eslogan Spain is different!, de forja franquista, sigue siendo lo que mejor nos define. De hecho, en Alemania Lección de alemán es de lectura obligatoria en bachillerato; ¿comparamos con las propuestas e intenciones a este respecto de ciertos partidos políticos españoles?

Sin más preámbulos, me centro en la novela de Lenz: en principio iba a ser una lectura para las vacaciones de verano, porque cuando me la prestaron yo estaba leyendo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace, un ensayo mordaz sobre la moda de hacer un crucero (que sin duda también os recomiendo, aunque no le haya dedicado un post, de hecho no se lo dedico a todo lo que leo ni a lo mejor que leo, es posible que os ahorréis un buen dinero después de su lectura; y si no, os reiréis un rato con la experiencia vivida por DFW), y otros libros me esperaban antes de plantearme siquiera empezar con el de Lenz. Sin embargo, como era la segunda vez que me lo recomendaban en un espacio relativamente breve de tiempo, y ambas recomendaciones provenían de personas que considero de fiar en cuanto a gustos literarios se refiere (en ocasiones creo que se trata de la misma persona, con otros cuerpos y otros sexos, pero la misma persona; tal es la coincidencia en sus recomendaciones), decidí ponerla por delante del resto. Y ahora puedo decir que no me equivoqué[1].

Publicada en Alemania en 1968, las únicas traducciones que teníamos al castellano hasta el pasado año 2016 eran las de Caralt Editores (1973) y Editorial Debate (1989). Hoy, por fortuna, disponemos de la de Impedimenta al castellano y de la de Club Editor al catalán, ambas del ya mencionado año 2016. Yo, en concreto, he leído Lliçó d’alemany, la fabulosa traducción de Joan Ferrarons para Club Editor. Y no miento si os digo que esta traducción ha paliado un poco la desdicha de no poder leer, por desconocimiento, la novela de Lenz en el alemán original. Por fortuna para mí, en este país en el que utilizamos las lenguas como armas arrojadizas en lugar de como herramientas comunicativas o puertas de acceso a la cultura, no soy de las personas a las que la traducción a una u otra lengua les supone un impedimento a la hora de leer un libro. Todo lo contrario, soy un privilegiado, porque puedo elegir una u otra traducción o no tener que esperar a que tal obra se publique en mi lengua materna y/o habitual. Me pierdo muchas menos cosas siendo como soy, la verdad. Los prejuicios, si algo tienen, es que nos conducen directos a la majadería.

 
Emil NOLDE: Molino (1924).
 
La novela de Lenz se inicia en 1954, en un correccional hamburgués para jóvenes inadaptados a orillas del río Elba. Allí, Siggi Jepsen, de 21 años, debe permanecer encerrado en una celda como castigo por entregar en blanco una redacción para la clase de alemán hasta que cumpla con su deber. El tema que le habían propuesto, las alegrías del deber, se convierte desde ese momento en el leitmotiv de Lliçó d’alemany. Pero Siggi no padece agrafia, ni mucho menos el incumplimiento de la tarea impuesta se debe a que no tenga nada que decir al respecto de ese tipo de alegrías, sino todo lo contrario: el joven se ve superado por la cantidad de cosas que se acumulan en su cerebro, y una simple redacción y el plazo de entrega de la misma le resultan del todo insuficientes para cumplir con su deber. Un deber al que se dedicará, valga la redundancia, con alegría.
 
En efecto, la lección de alemán de Siggi se convierte, en lo que supone uno de los muchos méritos de la novela, esto es, el juego con las perspectivas y los puntos de vista, en el libro que estamos leyendo; y el joven Jepsen, en su narrador. Desde ese momento, en un continuo viaje desde el presente hasta el pasado y viceversa, las palabras de Siggi nos conducirán al año 1943, a su infancia en Rügbull, un pueblo ficticio (trasunto, probablemente, de Rutebüll) ubicado en el Estado federal de Schleswig-Holstein (por cierto, escenario de la serie de televisión danesa 1864, a la que hace unos años le dediqué una entrada en este mismo blog), bañado por las aguas del mar del Norte y cercano a la frontera con Dinamarca, donde viviremos, a través de los ojos perplejos del niño de 10 años que entonces era, cómo el régimen nazi prohíbe pintar a Max Ludwig Nansen (una suerte de trinidad pictórica con base real: de la literaturización de los pintores Emil Nolde, cuyo verdadero nombre fue Hans Emil Hansen, Max Beckmann y Ernst Ludwig Kirchner, tres artistas calificados de degenerados y poco heroicos, emerge el personaje inventado por Lenz). La razón: que su arte es enfermizo, de inexistente raigambre alemana.
 
El encargado de hacer efectiva tan absurda, pero real, prohibición es Jens Ole Jepsen, único agente de policía de Rügbull y padre de Siggi, además de amigo de la infancia del pintor, con quien, además, le une una importante deuda. Más kantiano que el propio Kant en lo que a la ética se refiere, el policía, tan cómplice nazi como casi todo el pueblo alemán, se dedicará en cuerpo y alma a su deber, pues como agente del orden que es, debe obediencia a sus superiores de Berlín (o de Lübeck, que es la ciudad desde donde recibe órdenes). Así, se inicia una nueva guerra dentro de la guerra, la que enfrenta a la obediencia contra la necesidad, a la autoridad contra el arte, a la sumisión contra la libertad. Y como toda guerra que se precie, en ésta también hay víctimas inocentes: Siggi Jepsen tiene que nadar entre dos aguas, que lo arrastran y acaso lo condenan, la de la lealtad al padre y la de la lealtad al amigo admirado, cuya imposibilidad de pintar en el pasado encuentra un puente que nos comunica con la dificultad de escribir de nuestro narrador, y de esta forma, tanto la expresión pictórica como la escrita invocan a la memoria y se convierten en modos de expiar la culpa, asumir la responsabilidad y combatir la vergüenza. O más sencillo si se prefiere: arte y literatura son los dos únicos medios para suturar de manera efectiva las heridas del pasado, un bálsamo frente al deber que aniquila cualquier asomo de humanidad.
 
Pero Lliçó d’alemany es mucho más que todo lo comentado hasta aquí. Es una novela de tiempos enfrentados, el de la visión de la niñez con el de la visión adulta, y el de la Alemania nazi que ya empieza a vislumbrar su fin con el de la Alemania que lucha por racionalizar y superar lo irracional y casi insuperable de su pasado y de su presente; y de espacios, sobre todo de espacios. No exagero si digo que hacía mucho tiempo que no me topaba con un escritor que dominase como domina Lenz el recurso de la descripción. Y es que la sensación que tenemos cuando avanzamos en su lectura no es la de ir consumiendo páginas, sino la de ir saltando de lienzo en lienzo. El paisaje del extremo norte de Alemania, siempre amenazado por la monocromía del nazismo latente, adquiere el mismo colorido y la misma viveza que un cuadro expresionista. De hecho, cobra vida y significado, y al contrario de lo que suele suceder con el abuso de la descripción, que dificulta y dilata la trama, en Lliçó d’alemany la protagoniza, la posibilita, la hace avanzar con maestría y la enriquece semánticamente.
 
Por último, no puedo olvidar otro de los temas centrales de la novela: la libertad y su privación. Tal vez una de las lecciones más importantes que aprendemos de la obra de Lenz es que toda libertad (la inherente a la infancia, la artística, la personal…) es susceptible de ser arrebatada, cuando no se trata más que de una mera ilusión o de un engaño, autoimpuesto o impuesto por otros. La única libertad posible, según nos plantea la lección que tenemos entre manos, es interior (como la celda donde recluyen a Siggi) e invisible (como las pinturas invisibles con las que Hans Ludwig Nansen consigue burlar, y burlarse de, la prohibición a la que se le somete). Quizá deberíamos tenerla todos muy presente y aplicarla a nuestras vidas.
 
 
*Reseña publicada por la revista literaria Letralia. Tierra de Letras  el 24 de noviembre de 2019.
 
 
 
 
 

 

 
 
 

1Así pues, una novela destinada al descanso estival me duró apenas una semanita (quienes me vieran caminar mientras leía, o leer mientras caminaba, que no sé si es lo mismo, por el glamuroso barrio de Sarrià, en Barcelona, de 13:45 a 14:30 horas ya saben qué título tenía entre manos), porque lo que encontré allí me cautivó como hacía tiempo que no me cautivaba una novela “actual” (quizá de las que he leído en los últimos años, por sensaciones, por muy distintas que estas hayan sido, a la altura de Ànima, de Wadji Mouawad, en la traducción al catalán de Anna Casassas Figueras para Periscopi).

 
 

 

34. Prefiero el fútbol

No sé si a alguno de vosotros también os estará pasando, pero empiezo a estar harto de 1 de octubre, de referéndum, de represión, de violencia, de condenas, de amenazas, de políticos, de policías, de declaraciones, de silencios elocuentes, de miedos, de manipulaciones, de distancias insalvables, de graciosillos sin gracia, de progres de red social, de tertulianos, de periodistas, de rupturas, de falsas uniones, de ofertas de diálogo ficticias, de reyes que avivan fuegos en lugar de intentar apaciguar los ánimos, de apoyos, de traslados de empresas, de legalidades, de ilegalidades, de parrafitos de una constitución añeja o de un BOE, de ideologías oscuras y cavernarias, de unilateralidad, de inflexibilidad, de valientes y de cobardes, etc., y me niego a que mi vida sea absorbida por ese gran agujero negro que amenaza con tragárselo todo. Claro, que desconectar, lo que se dice desconectar, tampoco es que sea fácil[1].

Yo, por mi parte, ya he hecho todo lo que estaba en mi mano: participé libre y pacíficamente en un referéndum en el que no creo porque aún creo menos en los violentos (y si esa violencia la ejerce quien debería garantizar los derechos y las libertades de TODOS, para qué te cuento), me he manifestado en contra de la violencia de los cuerpos policiales y de los gobiernos que los utilizan como herramienta de represión (como he hecho siempre, de ahí el plural de gobiernos[2]), y me he enfrentado a hooligans irresponsables de uno y otro lado que no son conscientes de que nos llevan a un callejón sin salida o cuya salida puede ser terrible para todos si seguimos esta línea, aun a riesgo de pasar yo mismo por hooligan de la parte contraria cada vez, y cayendo en el fanatismo en algún caso, lo reconozco; es lo que tienen ciertos temas y ciertas personas, que acaban sacando lo peor de uno mismo, aunque no es excusa, eso también lo sé. Yo tengo que expiar mis culpas como cada uno tendrá que expiar las suyas si quiere o puede. Todos somos mayorcitos.

Ahora es el tiempo de la política, la de verdad, el momento en que quienes cobran por ella justifiquen unos sueldos que les pagamos todos. Se acabó el mostrar músculo, es hora de hablar y de pactar, de pensar en la gente y en el futuro, de dejarse el cálculo de votos de las próximas elecciones en casa. Si tanto quieren a sus países y a sus gentes como dicen, es hora de dialogar de verdad (yo les animo, señores del Partido Popular, a dialogar; lo hicieron con la banda terrorista ETA, y tienen negocios con países que apoyan al terrorismo yihadista, así que no creo que sentarse a hablar con quienes desean votar pacíficamente les vaya a suponer un escollo insalvable). Si algo ha demostrado el desarrollo, la participación y los resultados del referéndum del pasado 1 de octubre, es que ambos gobiernos, el español y el catalán, tienen un gravísimo problema. Y lo hecho hasta ahora, en lugar de acercarnos a una solución, sólo ha servido para agravarlo. Y es verdad que tal vez a los políticos les interese todo esto, pero ha llegado el momento de que los ciudadanos les digamos “¡basta!” y les exijamos que hagan su trabajo, de igual modo que a nosotros nos lo exigen de lunes a viernes en las obras, supermercados u oficinas en las que llevamos a cabo nuestra actividad laboral. Ni más, ni menos.

Y digo que ambos gobiernos tienen un gravísimo problema por lo siguiente: por un lado, a Junts pel Sí no pueden valerle los resultados del referéndum para la DUI por la anormalidad del proceso en sí mismo (que asuman su parte de culpa también, la del gobierno español ya está clara) ni por el porcentaje de participación, que lo han convertido, no nos engañemos, en una fiesta a la que sólo han acudido sus amigos de siempre y cuatro renegados que, como yo, fueron a votar para hacerle frente al miedo con el que nos han querido asustar los ultras del Partido Popular; por otro lado, el gobierno español ha quedado en una posición bastante deshonrosa ante la opinión internacional y ante sus propios ciudadanos (los normales, los otros ya sabemos que piden la aplicación del artículo 155, lo cual sería un disparate más) y se ha mostrado incapaz, por enésima vez, de hacer frente a un problema que lleva muchos años gestándose y que, en lugar de intentar solucionarlo, siempre se ha dedicado a alimentarlo (lo último ha sido fichar para su causa al Borbón, que tiene cojones lo suyo, por lo que dijo y por lo que no dijo, y por la puesta en escena). Y si encima quien ahora se ampara en la legalidad está infectado de corrupción hasta la médula, ya me diréis qué legitimidad tiene todo aquello que diga… A todo esto, habría que tener en cuenta esa máxima según la cual si una persona se salta la ley, es un problema; pero si se la saltan más de dos millones y medio de personas[3], las leyes y quienes las defienden a rajatabla son el verdadero problema. Y creo que por ahí van los tiros.

Porque no nos engañemos, para que esto se solucione pacíficamente, va a ser necesaria una profunda reforma constitucional (y si no es así, nos va a ir muy mal a todos; si no, al tiempo). Sí, ya sé que hoy todos somos juristas y sabemos mucho de leyes, pero la Constitución tiene casi cuarenta años, y además de que nadie nacido después de 1960 la ha votado, no hay que ser muy listo para darse cuenta de que la España de 2017 no tiene encaje en un texto legal que sirvió, aunque sólo aparentemente visto lo visto, para dejar atrás un régimen dictatorial. Por suerte, muchos ya nos hemos integrado de pleno en siglo XXI, y queremos leyes de este siglo. Y que no nos digan que otras constituciones no se modifican, porque es rotundamente falso. Todas se van actualizando para adecuarse a los nuevos tiempos (¿os suena eso tan típico de las películas de abogados de “acogerse a la quinta enmienda” o lo de “según la segunda enmienda”…? ¿Sabemos lo que es una enmienda?), excepto, al parecer, la española. ¿Por qué? Porque, me aventuro, los cambios constitucionales seguramente suponen para unos pocos la pérdida de sus privilegios, no nos engañemos. Pero es hora de que todos hagamos efectivo eso de que la soberanía reside en el pueblo, y obliguemos a quienes mandan a que escuchen al pueblo. Bien mirado, “el asunto catalán” tendría que ser visto como una grandísima oportunidad para el resto de españoles. Pero no parece que estén por la labor, que aquí los malos malísimos somos los catalanes…

Además, quienes nos dicen que la Constitución no se puede cambiar nos mienten descaradamente. Hace poco el Partido Popular y el PSOE se pusieron de acuerdo para modificarla en apenas unos días… ¿y sabéis para qué fue? Exacto, para limitar constitucionalmente el gasto público. ¿Y sabéis qué significa eso? Que nuestros derechos y libertades, sagrados y garantizados según nos dicen estos días, quedan supeditados a los mercados por cortesía de los partidos mayoritarios españoles y el Borbón. ¿Y no gritamos “¡a por ellos!” por esto? No, qué va, es que no nos interesa la política…

Y mientras los políticos justifican su sueldo, no les queda más remedio que hacerlo, los ciudadanos deberemos ejercitarnos en la superación del odio y la frustración, no nos queda otra. Porque no va a haber vencedores ni vencidos (de eso va alcanzar pactos: de ceder en unas cosas para conseguir otras, y esto debe afectar por igual a todos los actores implicados en el conflicto), o sí, los medios de desinformación ya se encargarán de vendernos una u otra versión, y eso no va a ser fácil. En el camino hemos dejado que nos arrebataran muchas cosas, y no todas las vamos a recuperar, ni todo lo que nos han dicho que vamos a conseguir lo vamos a acabar obteniendo. Y la situación es triste, muy triste, y penosa, muy penosa, y no puedo entender las expresiones de júbilo de un lado y otro, porque yo sólo puedo sentir pena y vergüenza. Y el verdadero peligro es que un país de cainitas como es éste no sea capaz de entenderlo. No hay nada de lo que enorgullecerse, no hay nada por lo que ser feliz en todo esto. Ni los unos ni los otros.

Eugène DELACROIX: La Libertad guiando al pueblo (1830).
Yo, por mi parte, creo que lo tengo fácil. Aunque es cierto que hay gente con la que seguramente no volveré a hablarme en la vida (o sí, pese a que hoy por hoy lo veo bastante difícil), ése es el peaje que tengo que pagar, mi existencia, como anunciaba al inicio de este post, no se limita a ningún procés, y me niego a que así sea. De hecho, prefiero el sexo con y sin amor, el amor sin sexo, la música, la literatura, el cine, el arte, una cervecita fresquita o un buen vino a todo esto. Y claro que lo que ha pasado antes y después del 1 de octubre se me quedará grabado para siempre en la memoria, y sentiré indignación cada vez que vea las imágenes de cómo la Policía Nacional y la Guardia Civil cargaba contra mi pueblo. Pero he escogido una poderosa imagen para combatir la bilis que todo esto me genera: la de mi pareja, en el colegio electoral, introduciendo en una urna la papeleta con su voto mientras nuestra hija mamaba de su pecho. Si Delacroix hubiese estado presente, La Libertad guiando al pueblo no sería el cuadro que conocemos hoy en día, estoy seguro. Mejor antídoto contra tanto odio y tanta frustración por venir no lo hay, al menos para mí. Y a él me agarro y en él confío.

Cuántas veces habré pensado, y con esto acabo, “mierda de país éste, más preocupado por el fútbol que por las cosas que de verdad importan. Si en lugar de tanto Barça o Madrid, o tanto que si fue o no fue penalti, nos ocupásemos de la política, otro gallo nos cantaría”. Sin embargo, hoy, desgraciadamente, no pienso lo mismo; después de todo lo ocurrido no me queda más remedio que gritar a los cuatro vientos que prefiero el fútbol.


[1] De hecho, el otro día me puse a ver la tercera temporada de Narcos y, ¡joder, ahí tenía de nuevo al Partido Popular!
[2] Me permito recordar, y ahora tal vez hago de abogado del diablo, que las reformas liberales de Partido Popular y Convergència han supuesto, entre otras cosas, el cierre de plantas de hospital y privatizaciones, y eso significa, aunque no de manera evidente y consumida en directo, la muerte de muchos ciudadanos inocentes: mujeres, niños y yayos. Lo que ocurre es que esos muertos son difíciles de cuantificar y tampoco interesa hacerlo, aunque quien quiera hacerse una idea aproximada, puede consultar las estadísticas, porque se han estudiado los efectos de los recortes. ¿Lo consideramos violencia? A lo mejor no, porque no vi tantísimas reacciones en aquel momento como ahora, la verdad sea dicha. Y las que vi, fueron calificadas de “antisistema”, y vistas como actos cometidos por “perroflautas y pincha ruedas de bicis” por la prensa y el gobierno españoles y catalanes y por mucha de la gente que ahora se lleva las manos a la cabeza. Que todo hay que decirlo y todo hay que tenerlo en cuenta, no jodamos.
[3] Y que no nos vengan con mayorías silenciosas. Hasta que llegó Piolín al puerto de Barcelona, yo era uno de esos silenciosos, y no creo que ni Ciudadanos ni el Partido Popular comulguen demasiado con lo que opino al respecto de todo esto. Y a lo mejor eso es lo que sucede realmente, que no quieren saber qué piensa en realidad ese grupo de gente que nunca alza la voz. Así, unos y otros pueden utilizarlo según convenga a sus intereses.

29. Into the Wild

Verano de 1992. Mientras yo disfrutaba de una nueva exhibición de Induráin en el Tour de Francia, pasaba un caluroso día en la Exposición Universal de Sevilla o vivía los Juegos Olímpicos de Barcelona, el joven Chris J. McCandless moría en los bosques de Alaska a la temprana edad de veinticuatro años.

¿Quién es Chris J. McCandless? Pues es probable que muchos ya lo conozcáis: quizá hayáis leído Into the Wild (Hacia rutas salvajes[1]), el libro donde Jon Krakauer se hace eco de su historia, o seguramente hayáis visto la película del mismo título, escrita y dirigida por Sean Penn en 2007, que tan buena recepción tuvo en su momento. Yo, sinceramente, no he tenido noticia de McCandless hasta este año, cuando los autores del libro de filosofía para cuarto de ESO que he tenido la suerte de editar proponían un fragmento del libro de Krakauer como prólogo del tema dedicado a la libertad personal y social, y sus límites. Y a partir de ahí he ido tirando del hilo (me leí el libro y este último fin de semana de tres días que he disfrutado he podido ver la película, además de bucear por Internet y empaparme de todo lo escrito referente al joven aventurero que falleció en Alaska hace ya veinticinco años[2]) de una historia que, creo yo, a nadie deja indiferente.

Grosso modo, McCandless era el primogénito de una familia adinerada del este de los Estados Unidos, un brillante estudiante, un atleta más que aceptable y no demasiado popular por una inclinación innata a la soledad, que, una vez licenciado, decide donar sus ahorros (¡24000 dólares de 1990!) a OXFAM y abandonar a su familia sin dejar rastro y dejando de lado su “brillante porvenir”. Para ello, se deshace de cualquier documento que lo pueda identificar, se inventa una nueva identidad, Alex Supertramp, y a bordo de su viejo Datsun (que pronto tuvo que abandonar), equipado con lo mínimo para procurarse la supervivencia y con la única compañía de sus libros, una cámara de fotos y una videocámara, desaparece sin previo aviso.

Su viaje, que Krakauer ha podido reconstruir gracias a las fotografías, a los vídeos y al diario que iba escribiendo Chris/Alex (y a los testimonios de las personas con las que se fue cruzando, en las que siempre dejó una impronta profunda) lo lleva a atravesar de este a oeste Estados Unidos, hasta que finalmente acaba sus días en el salvaje norte, su “aventura final”.

Las razones que lo llevan a emprender su viaje sin retorno, y que lo han convertido en uno de esos mitos adolescentes modernos, tal es el aura romántica que desprende, es la necesidad de huir de las leyes y las normas sociales, de la falta de autenticidad, del dinero y de las posesiones materiales, de la hipocresía que tuvo que vivir en su propio hogar, y, sobre todo, la pretensión de ser libre en el único lugar donde él pensaba que podía serlo, en medio de la naturaleza salvaje[3]. ¿Quién no se apunta a la filosofía de McCandless? ¿A quién no le asquea en muchas ocasiones el falso mundo en el que vivimos? ¿Quién no siente o ha sentido alguna vez ese impulso de abandonarlo todo en pos de una vida más auténtica? Pero nos falta valor, algo de lo que el joven Chris/Alex andaba sobrado.

Claro que enseguida el sentido común nos lleva a pensar que lo que el joven McCandless hizo fue una irresponsabilidad, un exceso de orgullo y egoísmo que acabó provocando un dolor irreparable a todas aquellas personas que lo querían. Una temeridad digna de alguien poco inteligente, la aventura de un loco novato que sólo podía tener el desenlace que finalmente tuvo, una tragedia personal. Yo también he pensado todo esto, he vivido la vida de Chris/Alex desde fuera, voy a ser padre en breve y no me puedo ni imaginar lo que sería que mi futura hija hiciese algo así, de modo que mi primer juicio también ha sido el de considerar a McCandless un iluso y un irresponsable. 
Última fotografía que se tomó Chris McCandless, cuando el desenlace ya era un hecho. http://www.christophermccandless.info
Pero sin necesidad de idealizarlo como lo idealizan muchos desde entonces: adolescentes que “quieren ser” Chris, las familias que organizan excursiones para ver el lugar donde el joven murió o los mismísimos Krakauer y Penn, creo que esa primera opinión está equivocada. Después de mucho pensarlo, he llegado a la conclusión (o estoy llegando, por eso escribo este post, para ver si saco algo en claro entre tanto sentimiento contradictorio) de que McCandless hizo lo correcto. Vivió como se esperaba que viviera, hizo lo que se esperaba de él, pero no encontró satisfacción en ello. Así que lo único que le quedaba era intentar vivir como él quería vivir, sin complacer a nadie más que a él mismo. Y a decir verdad, fue muy coherente y muy honesto con lo que siempre quiso. Y eso no es algo que podamos decir todos. 
Fue tan maduro que pronto se dio cuenta de que nuestra libertad individual topa con numerosos obstáculos y límites: nuestras capacidades y dependencias: físicas, cognitivas, económicas, emocionales, logísticas…; los intereses de la comunidad en que vivimos, es decir, el conflicto entre los intereses propios y los del resto de personas; y los principios morales, las normas sociales y las leyes, siempre elementos coartadores. Así que la única salida que le quedaba era la soledad. Sin embargo, y éste es el primer error y quizá el más grave de todos los que cometió Chris, la soledad no te libra de dependencias absolutamente básicas de tipo logístico: dónde dormir y, sobre todo, cómo procurarte el alimento necesario para tu subsistencia[4]. Pero claro, hoy en día ya no queda nada por descubrir, ya hemos pintado todo el mapa, la aventura en solitario sólo es posible en zonas verdaderamente salvajes, y son zonas llamadas así porque es casi imposible la vida humana en ellas.
Pero McCandless tenía eso que tienen todos los héroes y todos aquellos que adoptan comportamientos de riesgo: negaba su propia muerte. Punset dice, con ironía y buen humor, que es inmortal hasta que se demuestre lo contrario, y algo parecido deben de pensar las personas que se lanzan a aventuras potencialmente mortales como la emprendida por McCandless. Claro que entonces, debes ser consciente de que corres el riesgo de cometer pecado de hybris, que como bien sabemos es intentar sobrepasar la medida humana, ante lo cual, los antiguos dioses griegos solían castigar al pecador con una muerte o una pena cruel (a la medida de su osadía). Algo así podríamos decir que le ocurrió al joven.
El autobús mágico abandonado donde fue encontrado  el cuerpo sin vida de Chris McCandless.http://www.christophermccandless.info  
¿Significa esto que la de Christopher J. McCandless fue una vida desaprovechada? En mi opinión, rotundamente no. Chris en ningún momento quiso morir, sino todo lo contrario: pretendió vivir su vida del modo más intenso y real que se le ocurrió (el único), hasta tal punto que acabó encontrando su propia muerte. La vida de McCandless tuvo un fin muy claro: destruir su falso yo interior y llevar a cabo una revolución espiritual que le permitiese adquirir el conocimiento de la verdad, de su verdad. Y en este sentido, fue una vida plena y completa. Aunque, y éste es el punto dramático de la historia, la revelación le llegase tarde. Se encaminó hacia lo salvaje, como una suerte de Don Quijote, únicamente acompañado de las lecturas que releía una y otra vez y que servían de alimento de su imaginación y de forja de sus ideales: Tolstoi, Thoreau, London, Pasternak…, con la única diferencia de que los tuertos a enderezar no le salían al paso, sino que habitaban en su interior. Y aunque tengamos la tentación de considerarlo un loco como al caballero de la triste figura, pues sin duda es un loco quien se toma en serio a alguien que nunca pisó las tierras en que contextualiza sus novelas (London) o que su comportamiento real dista mucho de lo que proclama en sus obras (Tolstoi), no hay nadie más cuerdo que el loco, pues éste es capaz de ver sin ataduras de ningún tipo.

Ya justo antes de iniciar su incursión en Alaska, el afable anciano Ron Franz, una de las últimas personas que convivió con McCandless y que lo quiso adoptar como su nieto, y a quien Chris le cambió la vida por completo, recuerda que, en referencia a las tormentosas relaciones familiares que suponía que lo habían hecho partir, le dijo al joven, citando las Escrituras, que “cuando perdonamos, amamos”. Y quizá ese poso que dejó Franz fue el que más tarde, cuando terminó la lectura de Felicidad familiar[5], de Tolstoi, en el autobús mágico, le hiciera intentar volver a la civilización. Pero el buen tiempo necesario como aliado para garantizarle el alimento durante su estancia en Alaska se convirtió en su peor y más letal enemigo: el deshielo hacía imposible que McCandless pudiera atravesar el Teklanika, así que tuvo que volver al autobús donde moriría en apenas un mes.

Curiosamente, el último libro que su salud le permitió leer fue Doctor Zhivago, de Pasternak, donde escribió en el margen: “La felicidad sólo es real cuando es compartida” (la conocida cita de Pasternak, en concreto, es: “La felicidad no compartida no es felicidad”). Y ése fue el último descubrimiento de McCandless, con él su viaje llegó a su fin. Y podría muy bien ser el primer descubrimiento con el que iniciar nosotros nuestra propia andadura. Quizá así y sólo así la muerte de Christopher J. McCandless no fue en vano. Vale.


[1] Jon KRAKAUER: Hacia rutas salvajes, Ediciones B, B de Bolsillo. Trad. de Albert Freixa. Barcelona, 2007.
[2] Quien quiera saber más de la aventura de McCandless y de todo el universo que creó alrededor de su aventura, puede consultar el siguiente enlace: http://www.christophermccandless.info/
[3] “Hace dos años que camina por el mundo. Sin teléfono, sin piscina, sin mascotas, sin cigarrillos. La máxima libertad. Un extremista. Un viajero esteta cuyo hogar es la carretera. Escapó de Atlanta. Jamás regresará. La causa: ‘no hay nada como el oeste’. Y ahora, después de dos años de vagar por el mundo, emprende su última y mayor aventura. La batalla decisiva para destruir su falso yo interior y culminar victoriosamente su revolución espiritual. Diez días y diez noches subiendo a trenes de carga y haciendo autostop lo han llevado al magnífico e indómito norte. Huye del veneno de la civilización y camina solo a través del monte para perderse en una tierra salvaje.” Inscripción garabateada por McCandless en el autobús abandonado de Fairbanks, su hogar y su tumba en Alaska.
[4] Krakauer se empeña en señalar el envenenamiento como la causa de la muerte de McCandless: primero, lanzando la hipótesis de que confundió una planta comestible, la patata silvestre, con otra venenosa, el guisante silvestre (ésta es la que se muestra en el filme dirigido por Penn), y más tarde, suponiendo que fue la semilla de la patata, que aún no se había descubierto que era nociva para el consumo humano, la que provocó la muerte de Chris cuando éste tuvo que empezar a alimentarse de ella una vez que escaseaba el alimento. Sin embargo, creo que es más plausible que McCandless muriera de hambre, desnutrido, pues la cantidad de alimentos en forma de pequeños mamíferos y plantas que registra en su diario parecen insuficientes para garantizar la supervivencia de un ser humano adulto durante los meses que McCandless estuvo en Alaska. Bien es cierto que muchos aventureros modernos someten su cuerpo al límite y su dieta se basa en más o menos el mismo aporte calórico que la de Chris, pero también es cierto que esos aventureros finalizan sus peripecias en un plazo máximo de un mes, y luego pueden recuperarse del desgaste al que han sometido a su cuerpo. Sea como fuere, poca importancia tiene saber cómo murió finalmente McCandless.
[5] “Él tenía razón al decir que la única felicidad segura en la vida es vivir para los demás […]. Ha pasado por muchas vicisitudes y ahora creo haber descubierto qué se necesita para ser feliz. Una vida tranquila de reclusión en el campo, con la posibilidad de ser útil a aquellas personas a quienes es fácil hacer el bien y que no están acostumbradas a que nadie se preocupe por ellas. Después, trabajar, con la esperanza de que tal vez sirva para algo; luego el descanso, la naturaleza, los libros, la música, el amor al prójimo… En eso consiste mi idea de la felicidad. Y finalmente, por encima de todo, tenerte a ti por compañera y, quizá, tener hijos… ¿Qué más puede desear el corazón de un hombre?” Pasajes subrayados por Chris McCandless.