51. A propósito de ser feliz

“Yo he sido feliz casi todos los días de mi vida, al menos durante un ratito, incluso en las situaciones más adversas”, escribía Roberto Bolaño en la última entrevista que concedió en vida[1] (puesto que fue así, por escrito, y quien la haya leído sabrá que el chileno se lo tuvo que pasar muy bien respondiendo a las preguntas de la periodista de la edición mexicana de Playboy). Y se me ocurre que esas palabras son un epitafio maravilloso, la más bella despedida, el mejor bálsamo posible para quienes aún no parten, además de una sana filosofía de vida.

No sé si todo el mundo es feliz, al menos en los términos en que afirmaba serlo Bolaño, pero yo sí lo soy[2], y me cuesta creer que el resto del mundo no lo pueda ser. Sí, ya sé que existen patologías que dificultan en grado sumo eso de ser feliz y que todos pasamos por fases de amargura existencial en que la felicidad nos parece un imposible sólo al alcance del resto del mundo. Pero se trata de una ilusión, de una broma sin gracia, de ahí a que no seamos felices ni ese ratito del que hablaba Bolaño…

Claro, lo que sucede con la felicidad es que nunca tenemos suficiente (¿conocéis a alguien en su sano juicio que diga que está cansado de ser feliz?), si de nosotros dependiera, siempre seríamos felices. Pero se nos escapa que la felicidad es una anomalía que altera el estado normal de las cosas, y que precisamente requiere de esa normalidad que se viste habitualmente de tedio, monotonía, aburrimiento y tristeza para poder ser reconocida cuando tenga a bien venir a visitarnos. Sin oscuridad, la luz carece de sentido, es de Perogrullo.

He escrito “cuando [la felicidad] tenga a bien venir a visitarnos” ex professo, porque uno no elige ser feliz, no puedes decirte de buena mañana, entre sorbo y sorbo de humeante café con leche: “hágase la felicidad”, y esperar que la felicidad se haga. La felicidad, como tal vez también sucede con el amor, más esquiva es cuanto más se la busca. Al menos, la felicidad que emana de nuestro interior. Ésta se resiste a, por decirlo de alguna manera, ser producida. Llega cuando llega, y no podemos precisar qué la origina, ni quién, ni cuándo, ni cómo, ni dónde, ni por qué hasta que la estamos experimentando.

Sin embargo, también podemos encontrar la felicidad en el exterior, y ésta sí que depende de nuestra pericia, puesto que para ello debemos entrenar y ejercitar nuestra mirada y nuestra empatía. Es bien sabido que no hay mayor ciego que el que no quiere ver, y qué queréis que os diga, tenemos siempre tanta prisa y vivimos tan ocupados y tan pendientes de nosotros mismos que muchas veces pasamos por alto detalles, a simple vista insignificantes, con potencial para hacernos felices, “al menos durante un ratito”. Pongo un ejemplo personal:

Ayer jueves tenía uno de esos días que los que tenemos de todo pero no sabemos valorarlo solemos calificar de malo: venía de una noche de escaso sueño y aún menos descanso (y van… bueno, mejor no contabilizarlas), volvía del médico (donde no me habían dado malas noticias, pero tampoco buenas), tenía un tic nervioso en el ojo izquierdo y esperaba que llegase de una vez el tren que con riguroso retraso me acercaría al trabajo, donde, para más inri, me esperaba una tarea tan aburrida y tan poco agradecida que no se la desearía ni a mis peores enemigos (bueno, miento, a mis enemigos y enemigas, sí; aquí duplicar el género es necesario). Sin duda, parecía una buena ocasión para desahogarse con alguien, pero la experiencia me ha enseñado que lo mejor es cocinar lo más apetitosamente posible tus problemas, porque vas a tener que comértelos solito. A la mayoría de la gente le importan, perdonadme la expresión, una mierda tus problemas, o le importan siempre y cuando no sean verdaderos problemas, porque entonces le supera la información y no sabe qué hacer con ella, o bastante complicada es su vida ya como para complicársela más con semejantes historias, o… (casi todos lo hacemos, no me excluyo en absoluto, aunque he escrito “la mayoría” como concesión a la excepción). Y a las dos o tres o cuatro personas (no creo que igualen en número los dedos de una mano) que sí les importarían, que se prestarían a ayudarte y que te serían útiles, ni que fuera como simples oyentes mudos, siempre suelen estar lejos en ese preciso instante.

Y así me encontraba yo, con mis pocas ganas y mi mal día, en el andén de la estación de tren de mi localidad de residencia, cuando decidí, más por necesidad que por verdadero apetito, comerme el bocadillo que me había preparado para desayunar. Lo cierto es que tenía planeado dar buena cuenta de él cuando ya estuviese sentado cómodamente en el tren (el día empieza a mejorar, una ventaja de viajar más tarde de lo habitual: puedo sentarme sin necesidad de jugar a ver quién se levanta en las próximas cinco o seis paradas; más allá ya no merece la pena hacerlo). Pero, ¡ojo, que se acumulan las pequeñas alegrías!, decido comérmelo ya porque así dispondré de casi media hora de lectura de una novela que me urge acabar porque me esperan los libros de Sant Jordi. Así que empiezo a comerme el bocadillo de mortadela de pavo con aceitunas (si no la habéis probado, hacedlo de una vez, ¡os hará felices!) cuando un gorrión se posa a mis pies y empieza a mirarme del modo ancestral con que sólo pueden mirarte las aves (y con curiosidad, añado yo).

Ya con una sonrisa, me doy cuenta de que no me mira a mí, sino a mi bocadillo, así que empiezo a tirarle migas de pan: una, dos… y antes de que deje caer la tercera, el gorrioncillo empieza a revolotear a mi alrededor (bueno, alrededor de mi bocadillo), y ya las siguientes migas que le lanzo no llegan nunca a tocar el suelo porque el hábil y desvergonzado pajarillo las caza al vuelo como Tor, el mejor perro del mundo (otro recuerdo feliz), cazaba las piñas que le lanzábamos mi pareja y yo cuando lo sacábamos de paseo. Si hubiese querido, el gorrión habría comido de la palma de mi mano, o directamente de mi bocadillo, pero me estaba gustando el jueguecito, y parecía que a él también. Y me hacía feliz pensar que mi presencia no sólo no le suponía un peligro, sino que lo mantenía a salvo de las palomas, unas competidoras que siempre parten con la ventaja del tamaño, que no nos quitaban ojo desde las alturas.

Y me imagino que la escena de alguien que se dedica a lanzarle migas de pan a un gorrión al tiempo que habla con él en una estación de tren de cercanías, además de a los dos protagonistas, haría feliz a las personas que supieran mirarla con los ojos adecuados. Conmigo, en caso de haber sido yo el espectador ocasional, lo habría conseguido.
Para mí el día ya había cambiado. Mi ratito de felicidad había llegado de la manera más inesperada. Y sin necesidad de poner en juego el comodín de mi pequeña Júlia, siempre ganador. Ella aún me esperaba a la vuelta del trabajo.


[1] Mónica MARISTAIN: Playboy, 9, ed. mexicana (2003), y en “Estrella distante”, Página 12, Buenos Aires (2003). Recogida en Entre paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama (2004), donde, curiosamente, el editor Ignacio Echevarría elimina esta respuesta de Bolaño y la pregunta que la origina (“¿Cuándo ha sido más feliz?”). Al menos yo no he sido capaz de encontrarla en la edición que manejo.

[2] También es cierto que para mí es muy sencillo: sólo tengo que bajar del tren cada día para ser recibido por mi pareja y mi hija, que es la niña más guapa, simpática, cariñosa e inteligente del mundo. O ponerme a jugar con Júlia, o simplemente mirar cómo juegan ellas, madre e hija, para sentirme la persona más feliz y afortunada del mundo.

50. ¡Medio centenar!

Me siento feliz. Con este post, llego a la cifra de 50 publicados… Lo cual no es cierto, porque existe uno, el de presentación, por llamarlo de alguna manera, numerado como 0. La verdad es que me hace gracia que así sea, su cualidad de 50 apócrifo, aunque sospecho que es uno de esos chistes tontos que sólo me hacen reír a mí: quienes me conocen ya saben de qué estoy hablando. Con todo, 50 posts (o 51, puesto que, stricto sensu, el 50 es el dedicado a Bolaño, y me parece bien que de la redondez de ese número se beneficie una publicación sobre el chileno) son muchos más posts de los que pensaba que escribiría cuando inicié esta andadura en septiembre de 2015. Claro, no son muchos, una media de (calculo con los dedos… y dos que me llevo, más la incidencia de la órbita jupiterina hacen un total de:) unas 14 publicaciones anuales. En el universo blog, en imparable contracción, es hablar de una menudencia. Una menudencia, además, que es probable que siga haciéndose más y más chiquita, hasta que sea prácticamente inexistente. Voy a embarcarme, y estoy embarcado ya, en otros proyectos, laborales y personales, que se adueñan y se adueñarán del ya de por sí escaso tiempo que hasta la fecha le dedico a este blog. Sin embargo, aunque he sentido la tentación de eliminarlo, al final he decidido mantenerlo activo, para cuando se me antoje volver a él.

 
Ahora que he hecho números, me pregunto si podría haber publicado más cosas aquí, y la respuesta es ambivalente: después de echarle un vistazo a esos blogs que aún son leídos, y compartidos, y comentados, y que acumulan pulgares enhiestos y corazoncitos virtuales, sí, podría haber publicado muchos más posts de los que he publicado; pero si me sincero conmigo mismo, la respuesta es un no categórico. Por incapacidad a todos los niveles en que se puede ser no capaz, seguro, pero también por pudor. Me explico: entre las virtudes de muchos de esos blogs (y hablo sólo de los que se sirven básicamente de la palabra escrita y que pretenden ser divulgativos), se me antoja que la más importante es la del número de seguidores, al que se subordinan la calidad, la honestidad intelectual (me repatea que se hagan pasar como propias ideas que no lo son, o que no se referencien debidamente) y la profundidad. Lo perverso de esto, de tener muchos y activos seguidores, es que puedes sentirte obligado a ser una presencia constante, y sin darte cuenta te encuentras metido hasta el cuello en el charco de lo banal, máxime teniendo presente que toda creación tiene algo de onanismo, sirve de alimento a nuestro ego, siempre ávido de notoriedad y reconocimiento (y las necesidades derivan de carencias, es bien sabido). Y aunque tal vez ahora peco de soberbia, Alfredópolis no va en esa línea, lo cual era y es y será siempre mi intención. Mis pajas mentales, que me las hago, no lo voy a negar, tienen otros protagonistas y otros escenarios.
 
Que no me importa ser leído o no serlo (o que no me importa demasiado) ya lo he dicho aquí antes, y no iba de farol. En mi blog escribo sobre una vida que tiene poco de literaria, la mía, sobre mis gustos e intereses, que no suelen coincidir con los de la mayoría, sobre (algunas de) mis opiniones… así que, por un lado, sería presuntuoso pretender tener un número de lectores semejante al de esos blogs estrella de los que hablaba antes; mientras que, por otro, tampoco soy alguien que escriba para todo el mundo, así que es del todo imposible que mi casillero de visitantes-lectores sea milmillonario. Quien escribe, escribe para un lector ideal, no voy a descubriros ahora la sopa de ajos, y aunque no tengo muy claro quién es el mío, sí sé que no coincide con el de mis compañeros blogueros. Es así, y no hay que darle demasiadas vueltas al asunto, porque de verdad que importa poco. Me sigue pareciendo más valioso no traicionarme a mí mismo ni tomarle el pelo a nadie. Con eso ya me doy por satisfecho. Tengo exactamente los lectores que tengo que tener, y si a alguien me debo, es a ellos.
 
Pero la verdad es que aún me sorprendo cuando alguien me dice que sigue mi blog, siempre acabamos topando con otra rara avis. Como muestra, un botón: hace poco, no puedo precisar cuándo, una persona me dijo que había leído los posts tal, y tal, y tal, y me comentó alguna de las cosas que en ellos había escrito y que había activado no sé qué alerta para que la avisara cuando publicase algo nuevo. Pues bien, ¡ni sé qué demonios puede haber activado, ni me acordaba de aquello que decía haber leído! Eso sí, creo que salvé la conversación de forma más o menos honrosa (¡tampoco está la cosa para ir espantando lectores!). No sé, me lo paso bien cuando escribo, no lo haría si no fuese así, pero tiendo a olvidarlo todo una vez que lo publico. Entre otras cosas, porque estoy seguro de que he escrito muchas tonterías, y aunque cada vez tengo menos vergüenza, aún me queda una poca.
 
Decía que me siento feliz por haber llegado a las 50 publicaciones (no quiero irme por las ramas como suelo hacer, defecto que me señalan siempre algunas personas; lo cual me resulta curioso, porque la que iba a ser mi directora de tesis doctoral me decía que mi mayor problema radicaba en ser demasiado sintético a la hora de explicarme por escrito… un detalle importante: es especialista en literatura decimonónica, discípula del gran Sergio Besser), y ésa es la verdad. Y con motivo de tal dicha, voy a sortear un lote de libros entre los lectores que dejen un comentario aquí o en la página de Facebook dedicada al blog: La Poética, de Aristóteles, con la inclusión de los capítulos XXVII y XXVIII, editados por Adso de Melk; La importancia del amor paterno, de Franz Kafka; Finalmente el tiempo sí existe, boludos, de Jorge Luis Borges; Guía ilustrada del Ulises, de James Joyce, con un vale de descuento para las dos primeras visitas al psiquiatra; Al fin Bartleby lo hizo, de Herman Melville; Sé que lo único que has leído de mi divino libro es el Infierno, valiente hipócrita, de Dante Alighieri; La Biblia y la verdad rigurosa, de autor omnipotente y desconocido (1 página y dos líneas); Ella me tentaba, de Lewis Carroll; Franco, ese mito erótico, autores varios y prólogo-orgía a ocho manos de Francisco Marhuenda, Pablo Casado, Santiago Abascal y Eduardo Inda, edición corregida y ampliada por José María Aznar; y Cómo intentar estar en el centro de todo cuando te pesa mucho más el huevo derecho, sobre todo en sus extremos. Una canción desesperada, de Albert Rivera.
 
¡Mucha suerte a todos!

 

 

 
 
 

 

 

36. La grandeza de las pequeñas cosas

Estoy seguro de que todos hemos dicho alguna vez eso de que el dinero no da la felicidad, aunque ayuda, claro está (las redes sociales están repletas de memes que hacen chistes sobre esta cuestión, ya lo sabéis); que la felicidad, en última instancia, consiste en saber apreciar la grandeza de las pequeñas cosas. Incluso en alguna ocasión, o tal vez en muchas, quién sabe, habremos defendido ante otras personas que lo nuestro no es una pose, que lo pensamos realmente, que vamos en serio y somos así, y a Dios ponemos por testigo de todo ello [venga, valiente, ves tú a preguntarle a Dios si es verdad lo que te estoy diciendo, y cuando tengas su respuesta seguimos la discusión].

Pero nada de esto es del todo cierto, en el fondo lo sabemos demasiado bien: sin dinero, a día de hoy, no se puede ser feliz; no al menos en este mundo, porque el dinero es esencial para nuestra supervivencia y para poder vivir con un mínimo de dignidad. Si escasea, nos encontramos con que carecemos de alimentos que llevarnos a la boca, de higiene y de descanso. Y cuando nos vemos privados de estas tres cosas indispensables (siendo la salud el resultado de su suma y combinación), se hace imposible vivir, y conditio sine qua non para poder ser feliz es no morir en el intento, es evidente; a lo sumo, sin estas tres cosas, malvivimos[1].

¿Y ya está? ¿Una vez satisfechas estas tres necesidades básicas ya somos felices? De sobras sabemos que la respuesta es no, aunque deberíamos darnos con un canto en los dientes por gozar de una vida más o menos digna. Sin embargo, tener una vida de una calidad aceptable no significa necesariamente tener una vida feliz, ni mucho menos; incluso es probable que la felicidad no sea un requisito indispensable para acabar teniendo una vida plena, ahí lo dejo.

Además, hay que tener en cuenta que vivimos en un mundo capitalista, y que la publicidad, los medios de intoxicación y las redes sociales (hace poco un buen amigo me dijo que la envidia es uno de los pilares de la sociedad, y cada vez estoy más de acuerdo con él; las redes sociales, por descontado, la explotan como nadie) se dedican, en buena parte, a alimentar nuestros deseos, a generarnos la necesidad de adquirir productos a cambio de nuestro dinero (en ocasiones, así de inteligentes somos, con un dinero del que no disponemos, hasta el punto de llegar a comprometer una parte de esas necesidades básicas que antes mencionaba), y eso hacemos: televisores, ordenadores, tabletas, móviles, coches, viajes, restaurantes, zapatos, pisos de lujo y un larguísimo etcétera del que no nos desprenderíamos por casi nada del mundo (y creo que estoy siendo muy generoso con el cuantificador) se convierten, casi por arte de magia, en aparentes garantes de nuestra felicidad. Pero ¿es eso cierto? ¿Ya somos felices? Tal vez sí, pero sólo hasta el lanzamiento del nuevo modelo, o hasta las próximas vacaciones, o hasta que veamos lo bien que vive aquél o lo que se acaba de comprar ese otro al que llamamos amigo, o simplemente hasta que nos acabemos aburriendo (y esta cadena no se detiene, nunca lo hace… muy schopenhaueriano todo, ya lo sé).

Sí, de acuerdo, estoy haciendo trampa. La felicidad es una emoción, un estado de satisfacción física y espiritual cuya duración es finita, no permanente; por fortuna, añado yo. De hecho, si la felicidad fuese perpetua, no sería tal, pues la felicidad per se es un estado excepcional, algo que se sale de la norma. ¡Joder, reivindiquemos nuestro derecho a no ser felices! ¡Abracemos nuestra tristeza con la misma intensidad con que intentamos aferrarnos en vano a nuestra huidiza felicidad! ¡Ignoremos esos mensajes que nos dicen una y otra vez que debemos ser felices por y para siempre! ¿No nos damos cuenta de que se trata de una perversión más para llevarnos a buscar la felicidad donde en realidad no se halla o es menos duradera? Porque lo más habitual es no ser felices; de hecho, no ser felices es lo que necesitamos para poder saber qué es la felicidad y cuándo tiene a bien venir a visitarnos.

Así pues, lo que nos queda y lo más recomendable, según mi opinión, y he aquí esas pequeñas cosas que encabezan este texto, es buscar la felicidad, porque la ansiamos, porque nos hace sentir de maravilla, allí donde sea más duradera (aunque no mucho, no sea que nos inmunicemos; que de todo hay en la viña del Señor, incluso gente incapaz de ser feliz alguna vez, por propicias que sean sus circunstancias), más barata (a poder ser que no nos cueste dinero o que su precio no sea excesivo) y, sobre todo, donde sintamos que siempre estará esperándonos, a nuestra disposición para cuando la necesitemos, dispuesta a ser invocada sin necesidad de esfuerzo sobrehumano alguno por nuestra parte.

¿Cómo identificar, entonces, esas pequeñas cosas que nos hacen felices? Sobre todo, mediante la práctica y el descarte. A fin de cuentas, nuestra existencia es un campo de entrenamiento donde vamos experimentando todas aquellas cosas dotadas de potencial para hacernos felices: nos ejercitamos en el amor con distintas parejas hasta que finalmente topamos con aquélla de la que pensamos que será la definitiva; practicamos diferentes deportes hasta que nos damos cuenta de que hay uno en especial con el que disfrutamos más (y no tiene por qué ser el que mejor se nos dé, aunque ayuda sentirse uno de los buenos, desde luego); leemos diferentes géneros literarios y a diferentes escritores hasta dar con aquellos que conformarán nuestro canon particular (siempre mucho más interesante que los oficiales, sin duda); nos decidimos por un tipo de vino u otro, por un animal de compañía y no otro, por una carrera u otra o ninguna en absoluto; optamos por ser de amaneceres o de anocheceres, de mar o de montaña, de pueblo o de ciudad, de estaciones de frío o de calor… En definitiva, se trata de experimentar, dentro de las posibilidades de cada uno (yo, por ejemplo, creo que nunca viajaré al espacio, así que por mucho que los silencios eternos de los espacios infinitos de los que hablaba Pascal pudieran hacerme feliz, jamás lo sabré porque no tendré oportunidad de experimentarlos, es así de simple), el mayor número de cosas, y quedarnos con aquéllas que verdaderamente nos hagan felices. El resto, pues directas a la papelera de reciclaje; ya han cumplido su cometido.




Pero si aún nos quedan dudas después de la práctica y el descarte, y es probable que así sea, siempre podemos recurrir a la pérdida para cerciorarnos de cuán felices éramos antes de que X (llamémosle así a cualquiera de esas pequeñeces) desapareciese de nuestra vida. Y es que, aunque tan diferentes entre sí, esas pequeñas cosas suelen tener en común que sólo somos conscientes del papel capital que desempeñan en la obtención de la felicidad cuando las hemos perdido por el motivo que sea. Así sucede con el amor en cualquiera de sus formas (sin duda, uno de los productores cuya felicidad –e infelicidad, sí– resulta más duradera, barata y accesible); o con la soledad; o con el sol cuando hemos tenido que emigrar a latitudes donde no brilla en demasía su presencia; o con el canto de los pájaros si nos hemos mudado a la gran ciudad…

Así las cosas, narro la anécdota que ha dado lugar a esta disertación: el pasado 2 de enero me reincorporaba al trabajo después de las vacaciones de Navidad, y como cada día desde hace ya unos años, me unía a mis compañeros en la puerta de la editorial para comentar lo que hubiese que comentar antes de empezar la jornada laboral (la verdad es que parecemos los protagonistas de un chiste: una secretaria, una teclista, un recepcionista, un mensajero, un informático y un editor se reúnen a la puerta de…). En esta ocasión, y una vez dados los besos y abrazos característicos de los reencuentros tras el parón navideño, la conversación giró en torno a cómo nos habían ido las vacaciones y, he aquí la pregunta estrella, si nos había tocado la lotería.

Ya sabíamos que algo habíamos pillado, porque el número que se jugaba en la editorial fue premiado con 100 euros por décimo, pero la pregunta no era ésa. Cuando alguien pregunta si te ha tocado la lotería, en realidad quiere saber si has sido premiado con el dinero suficiente como para dejar de trabajar (qué triste la vida de la clase obrera, ¿verdad?) o, como mínimo, para aquello tan socorrido de “tapar agujeros”: liquidar la hipoteca o el préstamo para el coche, pagar la universidad del nene o la nena, hacer esa reforma del hogar más que necesaria para la que nunca se dan las condiciones adecuadas, dar la vuelta al mundo, etc., es decir, si ya dispones del dinero suficiente y necesario para no tener que preocuparte por lo más básico de tu existencia y puedes lanzarte a la maravillosa aventura de ser feliz.

Por supuesto, porque en caso contrario el afortunado no hubiese estado allí (siempre digo que si algún día doy el petardazo, mi paso por la empresa se verá a reducido a un rumor muy, muy dudoso, y muy, muy lejano), no ha habido suerte. Pero esa desdicha sirvió para que cada uno de nosotros diera rienda suelta a sus fantasías, y la conversación se centró entonces en “esto es lo que yo haría si de repente fuese rico”. Así que uno a uno fue narrándole al resto de los allí congregados el día a día de su nueva y venturosa vida. Reconozco que cuando me llegó el turno de hablar, estaba embelesado con tanto lujo y opulencia como había brotado de la imaginería de mis compañeros y con tanto plan futuro trazado con maestría, de modo que a bote pronto me dio cierta vergüenza confesar el tipo de vida que había imaginado para mí en caso de tener, como se suele decir, la vida resuelta[2]. Pero justo en ese momento Lápiz y tinta, mi canción preferida (tal vez porque la considero una de las más cargadas de poesía) de El Último de la Fila, empezó a sonar en mi cabeza, y ya cuando llegué a mis versos favoritos (“Libro, nube, ése es mi descanso”) había encontrado el arrojo necesario para decir: “Pues yo me levantaría temprano, desayunaría, llevaría a mi hija al colegio, daría un paseo y aprovecharía para leer y escribir (o para escribir y leer, aunque me gusta más la primera opción). Y viajaría cuando el calendario de mi pequeña me lo permitiese (no soy persona de grandes viajes, no sueño con visitar Nueva York ni Egipto ni atravesar a pie el desierto de Gobi, aunque no me disgustaría ninguna de esas aventuras, también es cierto; sólo tengo un “viaje de mi vida”: ir a Uganda, a Ruanda o a la República Democrática del Congo, o a los tres países, para ver en su hábitat natural a los pocos gorilas de montaña que quedan). Poca cosa más, la verdad. Ir a comer o a cenar a buenos restaurantes cuando se terciase, adquirir nuevos vinos para mi vinoteca y tomarme una copita, o tal vez un gin-tonic, antes de irme a dormir. Y consumir cine y teatro, claro, pero no cambiaría de domicilio ni nada de eso; aunque si me tocase tantísimo dinero que no supiese en qué gastarlo, me compraría una casa en la montaña para ir en verano y una en la playa para ir en invierno (no es broma, esto se lo he dicho a mi pareja hace relativamente poco tiempo en uno de esos días en los que nos pusimos a soñar, así que ya veis por dónde van los tiros)”. Risas, claro. Pero el dinero, como decía el joven Bolaño, sirve esencialmente para comprar tiempo con el que hacer cosas (cosas que te hagan feliz, añado yo), y a eso lo dedicaría mi yo rico.

Mientras releo el texto y pienso en un final adecuado con que concluirlo, me doy cuenta de que casi todo lo que dije que haría si fuese rico ya lo hago habitualmente o está bastante cerca de mi mano poder hacerlo (bueno, debido a mi horario laboral no creo que pueda llevar a mi hija al cole cuando llegue el momento, y no puedo dedicarle todo el tiempo que me gustaría dedicarle, desde luego, pero intento disfrutar al máximo de cada segundo que paso con ella). En todo caso, la lotería sólo me permitiría abundar en ello. Así que puedo considerarme feliz, muy feliz, y todo lo escrito más arriba no es más que el intento de explicarme a mí mismo por qué lo soy.
Te estoy muy agradecido, querido lector (para mí no tienes identidad, eres un número más en el contador de visitas de este blog), si has llegado hasta aquí, siempre es muy satisfactorio que alguien dedique su tiempo a lo que uno escribe. En recompensa por ello, y porque creo que es justo y pretendo establecer una relación contigo basada en la honradez a través de este blog, voy a confesarte algo sobre el proceso de creación de este post.

No te engaño si te digo (creo que ya lo he mencionado en alguna publicación anterior, pero puede ser que me traicione la memoria) que Alfredópolis es algo así como el patito de feo de mis ocupaciones: no es la principal ni la única, ni siquiera la más preciada, y me niego a que así sea. Su concepción se dio bajo esta premisa, y no ha cambiado ni va a cambiar. Esto no significa, sin embargo, que no le tenga cariño y que, en cierto sentido, me sienta obligado a ir publicando de vez en cuando (¡de-vez-en-cuan-do!, la cantidad siempre debería supeditarse a la calidad, y la superficialidad a la profundidad, aunque ya leo que no van por ahí los tiros…). En definitiva, eso es un blog, una actualización más o menos frecuente de contenidos que resultan de interés para su autor o autores (y para sus lectores, espero y deseo).

Así pues, como llevaba sin publicar nada desde el 10 de noviembre del año pasado, sentía cierta necesidad de hacerlo. Me gusta mi blog, me siento cómodo con él y me es útil por muchas razones. Y no es que haya experimentado el famoso y temido (¿y mítico?) bloqueo del escritor, a día de hoy puedo decir que no conozco en persona a tan terrible bestia: no he publicado nada debido a un simple orden de preferencias vitales; de hecho, diría que estoy en un buen momento creativo, que se une al personal y al laboral (hasta 6 posts más aparte de éste aguardan en la bandeja de borradores para ser finalizados, además de un par de cosas que tengo en mente), sin duda, debido a dos espacio-tiempos recientemente reconquistados: he recuperado la hora para comer que tengo cada día (excepto la de los miércoles, que la dedico a jugar al Cluedo o al parchís con mis compañeros Alma y Jordi) gracias a los tuppers con los que, desde que nació Júlia, nos avituallan (y casi desbordan) mi madre y mi suegra, de modo que ese tiempo lo dedico a leer y a pasear. Asimismo, he variado ligeramente el trayecto desde que salgo del trabajo hasta que llego a la estación de Sants, lo justo para arañarle unos tres minutos al reloj sin necesidad de bajar a paso demasiado ligero, y es en ese preciso momento cuando “escribo”.

Se vierte mucha tinta sobre el proceso de creación de quien escribe. Los propios escritores lo hacen y lo seguirán haciendo, y aunque no sé si es verdad todo lo que cuentan, no tiene nada que ver con mi propio ritual (normal, ¿no?, pocas cosas hay tan íntimas como la escritura). Como podéis ver, yo necesito dinamismo, movimiento, y una vez puesto en marcha y sin distracciones, se pone en funcionamiento mi mecanismo creativo: conjuro la memoria (reviso conversaciones y gestos, experimento sentimientos, revivo versos o fragmentos literarios, visiono mentalmente escenas de series o películas y canto canciones; explícale tú ahora a quien se cruza en mi camino que hago morisquetas, hablo solo o tarareo porque voy “escribiendo” mientras avanzo con mi mochila a la espalda) y sobrevienen las asociaciones (según mi experiencia, cuanto más extravagantes e inesperadas, mejor) que anteceden a las ideas. Por supuesto, esas ideas hay que revisarlas[3](ya se sabe: cuando tengas una idea que te parezca genial, cuéntasela a alguien cercano y verás que ya no lo es tanto; y cuando finalmente la pongas por escrito, te darás cuenta de que es una puta mierda), pero lo importante es tenerlas. Luego, cuando te pongas delante del papel o del ordenador, ya tendrás tiempo de estrujarte la cabeza sobre cuál es la mejor manera de contársela a los demás (y éste es el secreto de la escritura: el cómo y no el qué, querido Watson). Sin embargo, al menos en mi caso, es imprescindible ese “escribir” previo en el que vengo abundando desde hace unas líneas.

¿Qué pretendo con todo esto? Pues considéralo una confesión, porque debido a la necesidad (autoimpuesta, sí) de publicar algo, y viendo que la elaboración de los otros posts que antes comentaba me iban a ocupar más tiempo y esfuerzo del que esperaba (para mayor alborozo mío, que quede claro), pensé que un texto sobre aquella conversación del día 2 de enero me sería fácil de escribir y me permitiría insuflarle algo de vida a mi blog (¡como una suerte de McGuffin!). Pero claro, me pongo a escribir sobre una conversación de lo más tópica y acabo rebasando las 3000 palabras… ¿No es maravillosa la grandeza que se puede encontrar en las pequeñas cosas?


[1] Quien desee profundizar en este aspecto debería adentrarse en el mundo de la justicia distributiva (cosa que no haré yo por una cuestión de espacio y por no abusar de la paciencia de las personas que leen este blog), es decir, en cómo repartir bienes (cosas que las personas deseamos; son especialmente importantes, y entre ellos se encuentran las tres necesidades básicas anteriormente comentadas, los relevantes) y cargas (aquellos sacrificios necesarios para el mantenimiento de la sociedad; por ejemplo, los impuestos –a la vista está que las políticas económicas de PP, Ciudadanos, PNV o Convergència y sus mil nombres de seda, y las de aquéllos que les dan su apoyo para que las lleven a cabo, tienen poco en cuenta esto del reparto justo de las cargas–) en una sociedad de forma equilibrada.
[2] Sí, papá, soy pobre hasta para pedir, ya lo sé. Mi padre es de esas personas que siempre desea a lo grande, así que si en lugar de dos millones de euros, pongamos por caso, le pueden tocar trescientos, mejor que mejor; pero no para él, no, sino para solucionarle la vida al resto: a sus hijos y nietas, por supuesto, pero también hasta a la última manzana de su árbol genealógico. Y yo siempre le digo que si alguna vez le toca algo, lo que tiene que hacer es pulírselo con mi madre (igual que con lo que pueda tener después de una vida entera trabajando ambos), que ellos han salido adelante sin la ayuda de absolutamente nadie, y lo mismo podemos (y debemos) hacer el resto. Es un bonito deseo altruista el suyo, sin duda, pero no lo comparto en absoluto.
[3] Yo no soy Flaubert, ya me gustaría, pero dentro de la revisión de cualquier texto incluyo siempre su lectura en voz alta. Si no me suena bien a mí, que sé exactamente cuál es el tono y el ritmo que debe tener, difícilmente le parecerá bien acabado a otra persona.

29. Into the Wild

Verano de 1992. Mientras yo disfrutaba de una nueva exhibición de Induráin en el Tour de Francia, pasaba un caluroso día en la Exposición Universal de Sevilla o vivía los Juegos Olímpicos de Barcelona, el joven Chris J. McCandless moría en los bosques de Alaska a la temprana edad de veinticuatro años.

¿Quién es Chris J. McCandless? Pues es probable que muchos ya lo conozcáis: quizá hayáis leído Into the Wild (Hacia rutas salvajes[1]), el libro donde Jon Krakauer se hace eco de su historia, o seguramente hayáis visto la película del mismo título, escrita y dirigida por Sean Penn en 2007, que tan buena recepción tuvo en su momento. Yo, sinceramente, no he tenido noticia de McCandless hasta este año, cuando los autores del libro de filosofía para cuarto de ESO que he tenido la suerte de editar proponían un fragmento del libro de Krakauer como prólogo del tema dedicado a la libertad personal y social, y sus límites. Y a partir de ahí he ido tirando del hilo (me leí el libro y este último fin de semana de tres días que he disfrutado he podido ver la película, además de bucear por Internet y empaparme de todo lo escrito referente al joven aventurero que falleció en Alaska hace ya veinticinco años[2]) de una historia que, creo yo, a nadie deja indiferente.

Grosso modo, McCandless era el primogénito de una familia adinerada del este de los Estados Unidos, un brillante estudiante, un atleta más que aceptable y no demasiado popular por una inclinación innata a la soledad, que, una vez licenciado, decide donar sus ahorros (¡24000 dólares de 1990!) a OXFAM y abandonar a su familia sin dejar rastro y dejando de lado su “brillante porvenir”. Para ello, se deshace de cualquier documento que lo pueda identificar, se inventa una nueva identidad, Alex Supertramp, y a bordo de su viejo Datsun (que pronto tuvo que abandonar), equipado con lo mínimo para procurarse la supervivencia y con la única compañía de sus libros, una cámara de fotos y una videocámara, desaparece sin previo aviso.

Su viaje, que Krakauer ha podido reconstruir gracias a las fotografías, a los vídeos y al diario que iba escribiendo Chris/Alex (y a los testimonios de las personas con las que se fue cruzando, en las que siempre dejó una impronta profunda) lo lleva a atravesar de este a oeste Estados Unidos, hasta que finalmente acaba sus días en el salvaje norte, su “aventura final”.

Las razones que lo llevan a emprender su viaje sin retorno, y que lo han convertido en uno de esos mitos adolescentes modernos, tal es el aura romántica que desprende, es la necesidad de huir de las leyes y las normas sociales, de la falta de autenticidad, del dinero y de las posesiones materiales, de la hipocresía que tuvo que vivir en su propio hogar, y, sobre todo, la pretensión de ser libre en el único lugar donde él pensaba que podía serlo, en medio de la naturaleza salvaje[3]. ¿Quién no se apunta a la filosofía de McCandless? ¿A quién no le asquea en muchas ocasiones el falso mundo en el que vivimos? ¿Quién no siente o ha sentido alguna vez ese impulso de abandonarlo todo en pos de una vida más auténtica? Pero nos falta valor, algo de lo que el joven Chris/Alex andaba sobrado.

Claro que enseguida el sentido común nos lleva a pensar que lo que el joven McCandless hizo fue una irresponsabilidad, un exceso de orgullo y egoísmo que acabó provocando un dolor irreparable a todas aquellas personas que lo querían. Una temeridad digna de alguien poco inteligente, la aventura de un loco novato que sólo podía tener el desenlace que finalmente tuvo, una tragedia personal. Yo también he pensado todo esto, he vivido la vida de Chris/Alex desde fuera, voy a ser padre en breve y no me puedo ni imaginar lo que sería que mi futura hija hiciese algo así, de modo que mi primer juicio también ha sido el de considerar a McCandless un iluso y un irresponsable. 
Última fotografía que se tomó Chris McCandless, cuando el desenlace ya era un hecho. http://www.christophermccandless.info
Pero sin necesidad de idealizarlo como lo idealizan muchos desde entonces: adolescentes que “quieren ser” Chris, las familias que organizan excursiones para ver el lugar donde el joven murió o los mismísimos Krakauer y Penn, creo que esa primera opinión está equivocada. Después de mucho pensarlo, he llegado a la conclusión (o estoy llegando, por eso escribo este post, para ver si saco algo en claro entre tanto sentimiento contradictorio) de que McCandless hizo lo correcto. Vivió como se esperaba que viviera, hizo lo que se esperaba de él, pero no encontró satisfacción en ello. Así que lo único que le quedaba era intentar vivir como él quería vivir, sin complacer a nadie más que a él mismo. Y a decir verdad, fue muy coherente y muy honesto con lo que siempre quiso. Y eso no es algo que podamos decir todos. 
Fue tan maduro que pronto se dio cuenta de que nuestra libertad individual topa con numerosos obstáculos y límites: nuestras capacidades y dependencias: físicas, cognitivas, económicas, emocionales, logísticas…; los intereses de la comunidad en que vivimos, es decir, el conflicto entre los intereses propios y los del resto de personas; y los principios morales, las normas sociales y las leyes, siempre elementos coartadores. Así que la única salida que le quedaba era la soledad. Sin embargo, y éste es el primer error y quizá el más grave de todos los que cometió Chris, la soledad no te libra de dependencias absolutamente básicas de tipo logístico: dónde dormir y, sobre todo, cómo procurarte el alimento necesario para tu subsistencia[4]. Pero claro, hoy en día ya no queda nada por descubrir, ya hemos pintado todo el mapa, la aventura en solitario sólo es posible en zonas verdaderamente salvajes, y son zonas llamadas así porque es casi imposible la vida humana en ellas.
Pero McCandless tenía eso que tienen todos los héroes y todos aquellos que adoptan comportamientos de riesgo: negaba su propia muerte. Punset dice, con ironía y buen humor, que es inmortal hasta que se demuestre lo contrario, y algo parecido deben de pensar las personas que se lanzan a aventuras potencialmente mortales como la emprendida por McCandless. Claro que entonces, debes ser consciente de que corres el riesgo de cometer pecado de hybris, que como bien sabemos es intentar sobrepasar la medida humana, ante lo cual, los antiguos dioses griegos solían castigar al pecador con una muerte o una pena cruel (a la medida de su osadía). Algo así podríamos decir que le ocurrió al joven.
El autobús mágico abandonado donde fue encontrado  el cuerpo sin vida de Chris McCandless.http://www.christophermccandless.info  
¿Significa esto que la de Christopher J. McCandless fue una vida desaprovechada? En mi opinión, rotundamente no. Chris en ningún momento quiso morir, sino todo lo contrario: pretendió vivir su vida del modo más intenso y real que se le ocurrió (el único), hasta tal punto que acabó encontrando su propia muerte. La vida de McCandless tuvo un fin muy claro: destruir su falso yo interior y llevar a cabo una revolución espiritual que le permitiese adquirir el conocimiento de la verdad, de su verdad. Y en este sentido, fue una vida plena y completa. Aunque, y éste es el punto dramático de la historia, la revelación le llegase tarde. Se encaminó hacia lo salvaje, como una suerte de Don Quijote, únicamente acompañado de las lecturas que releía una y otra vez y que servían de alimento de su imaginación y de forja de sus ideales: Tolstoi, Thoreau, London, Pasternak…, con la única diferencia de que los tuertos a enderezar no le salían al paso, sino que habitaban en su interior. Y aunque tengamos la tentación de considerarlo un loco como al caballero de la triste figura, pues sin duda es un loco quien se toma en serio a alguien que nunca pisó las tierras en que contextualiza sus novelas (London) o que su comportamiento real dista mucho de lo que proclama en sus obras (Tolstoi), no hay nadie más cuerdo que el loco, pues éste es capaz de ver sin ataduras de ningún tipo.

Ya justo antes de iniciar su incursión en Alaska, el afable anciano Ron Franz, una de las últimas personas que convivió con McCandless y que lo quiso adoptar como su nieto, y a quien Chris le cambió la vida por completo, recuerda que, en referencia a las tormentosas relaciones familiares que suponía que lo habían hecho partir, le dijo al joven, citando las Escrituras, que “cuando perdonamos, amamos”. Y quizá ese poso que dejó Franz fue el que más tarde, cuando terminó la lectura de Felicidad familiar[5], de Tolstoi, en el autobús mágico, le hiciera intentar volver a la civilización. Pero el buen tiempo necesario como aliado para garantizarle el alimento durante su estancia en Alaska se convirtió en su peor y más letal enemigo: el deshielo hacía imposible que McCandless pudiera atravesar el Teklanika, así que tuvo que volver al autobús donde moriría en apenas un mes.

Curiosamente, el último libro que su salud le permitió leer fue Doctor Zhivago, de Pasternak, donde escribió en el margen: “La felicidad sólo es real cuando es compartida” (la conocida cita de Pasternak, en concreto, es: “La felicidad no compartida no es felicidad”). Y ése fue el último descubrimiento de McCandless, con él su viaje llegó a su fin. Y podría muy bien ser el primer descubrimiento con el que iniciar nosotros nuestra propia andadura. Quizá así y sólo así la muerte de Christopher J. McCandless no fue en vano. Vale.


[1] Jon KRAKAUER: Hacia rutas salvajes, Ediciones B, B de Bolsillo. Trad. de Albert Freixa. Barcelona, 2007.
[2] Quien quiera saber más de la aventura de McCandless y de todo el universo que creó alrededor de su aventura, puede consultar el siguiente enlace: http://www.christophermccandless.info/
[3] “Hace dos años que camina por el mundo. Sin teléfono, sin piscina, sin mascotas, sin cigarrillos. La máxima libertad. Un extremista. Un viajero esteta cuyo hogar es la carretera. Escapó de Atlanta. Jamás regresará. La causa: ‘no hay nada como el oeste’. Y ahora, después de dos años de vagar por el mundo, emprende su última y mayor aventura. La batalla decisiva para destruir su falso yo interior y culminar victoriosamente su revolución espiritual. Diez días y diez noches subiendo a trenes de carga y haciendo autostop lo han llevado al magnífico e indómito norte. Huye del veneno de la civilización y camina solo a través del monte para perderse en una tierra salvaje.” Inscripción garabateada por McCandless en el autobús abandonado de Fairbanks, su hogar y su tumba en Alaska.
[4] Krakauer se empeña en señalar el envenenamiento como la causa de la muerte de McCandless: primero, lanzando la hipótesis de que confundió una planta comestible, la patata silvestre, con otra venenosa, el guisante silvestre (ésta es la que se muestra en el filme dirigido por Penn), y más tarde, suponiendo que fue la semilla de la patata, que aún no se había descubierto que era nociva para el consumo humano, la que provocó la muerte de Chris cuando éste tuvo que empezar a alimentarse de ella una vez que escaseaba el alimento. Sin embargo, creo que es más plausible que McCandless muriera de hambre, desnutrido, pues la cantidad de alimentos en forma de pequeños mamíferos y plantas que registra en su diario parecen insuficientes para garantizar la supervivencia de un ser humano adulto durante los meses que McCandless estuvo en Alaska. Bien es cierto que muchos aventureros modernos someten su cuerpo al límite y su dieta se basa en más o menos el mismo aporte calórico que la de Chris, pero también es cierto que esos aventureros finalizan sus peripecias en un plazo máximo de un mes, y luego pueden recuperarse del desgaste al que han sometido a su cuerpo. Sea como fuere, poca importancia tiene saber cómo murió finalmente McCandless.
[5] “Él tenía razón al decir que la única felicidad segura en la vida es vivir para los demás […]. Ha pasado por muchas vicisitudes y ahora creo haber descubierto qué se necesita para ser feliz. Una vida tranquila de reclusión en el campo, con la posibilidad de ser útil a aquellas personas a quienes es fácil hacer el bien y que no están acostumbradas a que nadie se preocupe por ellas. Después, trabajar, con la esperanza de que tal vez sirva para algo; luego el descanso, la naturaleza, los libros, la música, el amor al prójimo… En eso consiste mi idea de la felicidad. Y finalmente, por encima de todo, tenerte a ti por compañera y, quizá, tener hijos… ¿Qué más puede desear el corazón de un hombre?” Pasajes subrayados por Chris McCandless.