67. El beso que nunca lo fue

Ha recordado su primer beso. Justo en este preciso instante y con la misma viveza con que lo vivió aquella noche ya engullida por la oscuridad de los tiempos. Un beso que no fue un beso, que no fue el primero y que ni siquiera ha sido un recuerdo vívido hasta ahora. Un beso que es un puñal guiado por la mano del pasado y que abre una herida que mancha su carne y su memoria y su recuerdo. ¿Por qué precisamente ahora?, se pregunta con una voz que ya no es voz. ¿Por qué?

Un círculo perfecto trazado con tinta invisible en el desgarrado lienzo que ha sido mi vida: el primer y el último beso. Así lo veo, así vuelvo a vivirlo, y así lo confesaría si hubiera alguien que pudiese escucharme. Pero ya no queda nadie, sólo un leve pitido que me acompaña y me arropa y me guía. Y ni siquiera fue un beso, sino un robo y una traición y una despedida. Un secreto hasta para mí misma. Dolor, pérdida, silencio, olvido.

Y no fue un beso, porque mis labios no osaron asaltar la frontera que eran, que siempre han sido, las comisuras de aquellos otros labios que una noche quise hacer míos. Apenas un leve roce, la intuición de la cálida humedad donde se encuentran los amantes. Una promesa sin futuro. Cobardía travestida de indecisión. Nueva puñalada: un beso, una noche y un para siempre en mi corazón; mas un hasta nunca en mi cabeza.

Y fue un robo, porque me aproveché de la debilidad del amigo en beneficio de mi propio egoísmo, en el amparo del frío y la noche y la calle poco transitada, a salvo de miradas indiscretas. Y fue una traición gorgónea que alcanzó a varios inocentes y a una única culpable: a ese amigo al que le había rogado no traspasar el muro de la amistad y que había cumplido su promesa obviando su dolor; a quien me esperaba en casa, acompañante de por vida, propietario de mis besos pasados y futuros, de los actuales y de los que pensará para mí cuando ya no esté y el pitido se haya extinguido; y al bebé que todavía no era, pero que sería sólo unas semanas más tarde. A mi bebé, que ya no lo es, pero que será siempre mi bebé y que ahora me acompaña y me arropa y me guía, pero no me escucha.

Dios mío, los traicioné a todos y cada uno de ellos, pero me traicioné sobre todo a mí misma. Cavé y cavé y cavé, y lo enterré todo bajo dos metros de hielo y silencio, pero la culpabilidad, ahora lo sé, escapó de la sepultura. Decidí hacer de aquel engaño mi vida, porque así sería más fácil engañarlos a todos. Y ahora no queda nadie que me escuche. Sólo un pitido que se apaga. Nueva puñalada. Y un adiós. Y una vida que se extingue y se lleva con ella culpas, traiciones, silencios y un beso que nunca lo fue.

*Este relato ha sido publicado por la revista literaria Letralia. Tierra de Letras.

66. Sueños

Puedes hacer todo lo que te propongas, cariño, me ha dicho mamá. Y aunque siempre me cuesta entender un poco las cosas que me dicen, esta vez creo que he comprendido el mensaje. Mamá estará orgullosa de mí, y me mirará como me mira cuando hago algo que quiere que haga, aunque no sepa cómo, por qué ni para qué lo he hecho. Y me abrazará como me abraza en esas ocasiones, y casi seguro que se le escapará alguna lagrimita como cuando me aguanto el pipi por las noches, o como cuando soy capaz de vestirme yo solita, o como cuando consigo recordar alguna de las cosas que me han explicado en el cole. Quiero mucho a mamá, y me voy a esforzar y voy a hacer lo que sea para que sonría. Me encanta su sonrisa, ¡y es tan guapa! A veces me pregunto si de verdad es mi mamá. A lo mejor me parezco a mi padre y por eso soy como soy. Mi padre no está, se fue de viaje nada más nacer yo, y debe de estar atrapado por la nieve como esas personas que salen en la tele, o perdido en la selva, o en una isla esperando a que lo rescaten, porque todavía no ha vuelto. A lo mejor encuentra un tesoro y todo, y cuando vuelva me trae muchos regalos. No sé bien dónde ha ido. A veces siento mucha pena por papá, porque se fue y no ha podido conocerme. Aunque mamá y yo nos hemos apañado bastante bien sin él, la verdad. Como ella siempre dice, formamos un gran equipo. Pero esta vez no, esto tengo que hacerlo yo solita. Y luego se lo contaré a mamá con pelos y señales, que no sé muy bien qué significa, pero es lo que siempre dice el abuelo cuando intenta explicarme algo que sabe que no voy a acabar de entender. Mi abuelo es el papá de mamá, y creo que no le gusta viajar y que por eso vive con nosotras. Me cae muy bien. Aquí hace frío, lo noto en las mejillas, seguro que se me han puesto coloradas como aquella vez que nevó y salimos a jugar a lanzarnos bolas de nieve. Guerra, llamaban algunos niños a aquel juego que a mí no me parecía demasiado divertido. Tampoco entiendo qué es una guerra, solo sé que mueren personas, y que la muerte me da miedo. No quiero que muera nadie. Quizás debería haber esperado a que saliera el sol, pero entonces mamá y el abuelo ya estarían despiertos, y tengo que hacerlo yo sola. Me he abrigado muy bien, y aunque me ha costado vestirme, al final lo he conseguido. Me he puesto mi gorro preferido, parece la cara de un ciervo, con cuernos y todo. Una niña se rió no hace mucho de mí por llevar ese gorro, me dijo que era de bebés. Y mamá me dijo que aquella niña no tenía ni idea de lo afortunada que soy porque siempre seré una niña. Afortunada es una palabra que me cuesta mucho decir bien. No sé, creo que también me gustaría ser mayor, aunque solo fuese por un ratito. Pero no tanto como el abuelo. Como mamá: mayor, guapa y lista. De acuerdo, eso será lo próximo que me proponga: ser mayor. Proponga también me cuesta. Bueno, tengo poco tiempo antes de que mamá y el abuelo se den cuenta de que no estoy en casa. ¡Van a alucinar! Ahora solo un pequeño esfuerzo más y ya está. Lo voy a hacer, mamá, lo voy a hacer yo solita. ¡Voy a volar!

*Este microrrelato ha sido publicado por la revista literaria Letralia. Tierra de Letras y por la revista cultural madrileña Almiar.

63. Geografía del recuerdo

Si quid mea carmina possunt,

nulla dies unquam memori vos eximet aevo.

VIRGILIO: Eneida.

Si fuese redactor de guías turísticas y tuviera que escribir sobre el pequeño pueblo pesquero de la costa catalana donde pasé los primeros diecisiete años de mi vida, afirmaría que son tres sus atractivos. Dos de ellos, claros ejemplos de los encantos que caracterizan esas latitudes, son los reclamos que, desde los años ochenta, atraían a decenas de nuevos turistas estivales cada año. A saber: el famosísimo espigón, tan infinito en mi memoria que aún comunica continentes, otrora puerta de entrada a peligrosas y salvajes tierras desconocidas, escenario de mil y un juegos infantiles, además de refugio de primeros besos adolescentes y lugar de encuentro y desencuentro de numerosos y cambiantes amores de verano; y la lonja y el mercado adyacente, que abastecen a los pueblos de la zona, y que dotan a la localidad de un colorido y una vida pintoresca muy atrayentes a ojos del turista metropolitano.

Con todo, y sin desmerecer en nada a los dos focos de atención anteriores, para mí la mayor atracción del pueblo nunca podría aparecer en esa guía, entre otras razones, porque ya dejó de existir, y es muy posible que, cuando todos aquellos compañeros de juegos que crecimos juntos dejemos para siempre este mundo para seguir su estela, su recuerdo muera con nosotros. Tal vez por eso escribo hoy, para recuperar de la eternidad al viejo Vicente o, mejor dicho, con la vana ilusión de proporcionarle una inmortalidad que, pese a todo, sé que es imposible.

Pero es que la historia de Vicente es de aquellas que merecen ser contadas: hijo, como casi todos nosotros, de una familia de pescadores, desde muy joven demostró tener una sensibilidad especial, como si hubiese venido al mundo equipado con esas antenas de especie que solo tienen los grandes artistas y que lo facultaban para ver lo que para los demás era simplemente inexistente por invisible. Quienes lo conocieron desde su infancia, como mis abuelos, siempre contaban que Vicente, además de tener una mirada de esas que te leen el alma, era un ser, por encima de todo, en extremo inteligente. Absorbía lo que se le explicaba con facilidad y naturalidad pasmosas, de modo que, más pronto que tarde, la nimia enseñanza que todos los niños de aquella época recibían, limitada al catón y a las cuatro reglas, se le quedó pequeña. Ya no se trataba únicamente de que fuese una esponja, sino que generaba saber sin necesidad de haberlo recibido antes, tal era su capacidad de entendimiento del mundo y sus entresijos.

Fue el empeño de su madre, que ya adivinaba algo especial en su hijo, el que finalmente convenció a su padre de alejarlo, pese al sobresfuerzo económico que les supondría, del oficio paterno y enviarlo a casa del senyor Basili, que era algo así como el sabio reconocido de aquellos lares y que habitualmente se ocupaba de la educación de los hijos de algunos burgueses que residían por la zona. Y una vez allí, devoró con fruición todos los libros que el viejo tenía en su biblioteca. En especial se interesó en los clásicos grecolatinos y en aquellos manuales que versaban sobre filosofía natural ―cuánto llegamos a disfrutar mientras mirábamos las estrellas durante las interminables noches de agosto y el viejo Vicente nos iba nombrando los nombres de los astros y las constelaciones, y nos recitaba, cual rapsoda, los mitos clásicos que explicaban su formación―. Y demostró grandes dotes para la música. De hecho, con el transcurrir de los años, llegó a dominar con virtuosismo varios instrumentos, aunque él, más amante de madrigales que de odas y siempre más cercano a la aldea que a la corte, se decantó por el acordeón.

Y esa es la imagen imborrable que de Vicente guardo en mi memoria, la del viejo sentado en su sillita de playa, con su acordeón, a la puerta del mercado o en la plaza Mayor, siempre vestido con sus característicos polos a rayas y sus inseparables sandalias, con su sombrero en el suelo, a su lado, a la espera de la voluntad agradecida del turista desconocido o de la solidaridad del vecino conocido.

Porque lo cierto es que Vicente, pese a lo mucho que prometía y a la insistencia de sus padres y del senyor Basili, jamás abandonó el pueblo en busca de la fortuna que, al parecer, abundaba en la gran ciudad. Según contaban los vecinos, la razón de que no siguiese el mismo camino que el resto de chicos de su edad era que había decidido permanecer al lado de su madre cuando su padre fue engullido por el mar una noche de tormenta algunos años atrás. De ese modo, combatía la viuda soledad materna con su compañía, su afecto y su conversación, e intentaba paliar la exigua pensión que ella recibía con lo poco que ganaba gracias a su inseparable acordeón y a las clases particulares que impartía a los escasos estudiantes del pueblo, yo entre ellos años más tarde ―porque como no podía ser de otra manera, heredó la toga de su viejo maestro una vez que este murió.

Y aunque todos en el pueblo siempre creyeron que su marcha sería un hecho el día en que su querida madre falleciese, Vicente jamás partió. Se convirtió en testigo musical de todos los que partían y de los pocos que acababan por volver, y en eterna compañía de los que allí seguían, amarrados al espigón, al mercado, a la lonja y a su acordeón. El amor no quiso que partiera antes y el amor, caprichoso, no quiso que lo hiciera después.

Porque fue el amor, siempre el amor, según me confesó él hace ya muchos años en una de aquellas conversaciones tan amenas que intercalábamos entre lección y lección, o al final de estas, el que frenó cualquier impulso de cambio. Porque Vicente, tan sensible como era a la naturaleza humana, tenía que acabar enamorándose. Y se enamoró, vaya si se enamoró.

Tal como él mismo contaba, todo sucedió uno de esos días de agosto tan parecido a los demás que nada hacía presagiar que el destino de una persona fuese a ser alcanzado por el antojadizo chispazo del amor. La jornada transcurría con absoluta normalidad: los turistas, capitalinos la mayoría, aunque de tanto en tanto aparecía algún grupo de franceses, lo admiraban como a una atracción turística más y premiaban cada una de las canciones con que los obsequiaba aquel joven ―porque yo alguna vez también fui joven, aún recuerdo que me decía― de aspecto jovial y sonrisa interminable con unas monedas. Y así iban pasando las horas y consumiéndose la mañana, y ya se había calado el sombrero y se disponía a recoger, sillita, acordeón y todo, cuando la vio por primera vez, acercándose por el paseo marítimo que iba a morir a las puertas de la lonja y el mercado. Iba vestida únicamente con un sencillo vestido color amapola de esos que suelen ponerse encima del bañador entre el trayecto que separa el mar de la ducha reconfortante, que contrastaba con la delicadeza de una piel blanca ligeramente asalmonada, como si el mismísimo Sol no hubiese querido maltratar a tan maravillosa criatura, aunque tampoco pudiera resistirse a acariciarla. Sus delicados pies, descalzos, hacían que la naturaleza misma se estremeciera de placer con cada nuevo paso que daba sobre la parte del paseo que aún restaba sin pavimentar.

Cuando llegó a su altura, la joven se detuvo y, clavando sus preciosos ojos sobre él, le preguntó con una dulce sonrisa y en un correcto español salpicado de galantería francesa si llegaba a tiempo de que tocase algo para ella. ¡Claro que llegaba a tiempo!, rememoraba Vicente con ojos brillantes, ¡Si la llevaba esperando toda mi vida!

Y ese primer encuentro se convirtió en cotidiano todos los días que restaban de verano. La joven de origen francés y el joven acordeonista se convirtieron en estampa habitual del pueblo todos los mediodías. Y acabó el verano, y con el verano las vacaciones, y con las vacaciones las visitas de la chica. Pero a ese verano le siguió otro, y a ese otro aún otro más, y luego otro más, y sus encuentros se hicieron más frecuentes y numerosos: empezaron a compartir primeras horas, además de mediodías, y atardeceres, y cálidos paseos a la luz de la luna de agosto hasta el espigón.

Sin embargo, lo que para ella era una bonita amistad forjada para siempre en la admiración, la confianza y la sinceridad mutuas, para Vicente se fue convirtiendo, si no lo fue ya desde un primer momento, en algo mucho más profundo. Y finalmente, armado de valor y apremiado por la urgencia de aquel penúltimo mes de agosto que ya languidecía, le confesó su amor a aquella francesa que acostumbraba a veranear en su pueblo. Pero sus sentimientos no eran correspondidos ni podían serlo por razones que Vicente jamás le confesó a nadie. Todo lo reducía, citando a Ortega, a una limitación por circunstancia.

Al verano siguiente, el último en que se volvieron a ver, la chica apareció en el pueblo en un avanzado estado gestación, cargando, quizá, con aquello que hemos llamado circunstancia. Y ella y Vicente se despidieron, como siempre, con un abrazo, una sonrisa y una caricia en el espigón, pero esta vez en lugar de dos respiraciones entrecortadas que se encontraban fueron tres.

Así es como yo conocí a Vicente muchos años después, aunque él ya me conociese de mucho antes, y así es como lo dejé de ver cuando nos trasladamos, años más tarde, a la capital. Hasta ahora, que por fin he vuelto al pueblo pesquero que me vio nacer y crecer, y que lo vio morir a él, según reza la lápida al lado de la que esto escribo, hace más de treinta años. Y no tengo ni idea de cómo fue su vida hasta el último de sus días, pero lo imagino sentado en su sillita, con uno de sus polos a rayas y su sombrero, a la puerta del mercado o la lonja, o en el espigón, armado con su inseparable acordeón y oteando el horizonte en espera de aquella francesa cuya circunstancia hizo imposible cualquier otro final para esta historia.

*Este relato ha sido publicado por la revista literaria Letralia. Tierra de Letras.