49. Bolaño y yo

El diablo quiere compañía y es un corruptor de voluntades que planea la caída de los otros[1].
 
 
Claudia CARD
 
 
 
 
 
Si mi vida como estudiante hubiese transcurrido con normalidad, la muerte de Roberto Bolaño me habría cogido fuera de la universidad, o cerca de licenciarme[2], y por lo tanto, ya habría leído alguna de sus novelas, como mínimo una de ellas. Pero, si no me equivoco (¿podéis creer que no recuerdo cuándo empecé la carrera ni cuándo me licencié?; diagnóstico: envejecimiento), aquel 15 de julio de 2003 aún esperaba las notas de las Pruebas de Acceso a la Universidad, o hacía poco que me consideraban apto para cursar la titulación que me viniera en gana o, como mucho, aunque me inclino más por las dos primeras opciones, disfrutaba de mis primeras vacaciones como universitario[3].
 
Sea como fuere, para mí la muerte de Bolaño no supuso nada extraordinario. El suyo era un nombre que conocía y que tenía clasificado como “novelista y poeta” en mi lista de futuras lecturas (aunque estoy seguro de que él hubiese preferido invertir el orden de la cópula anterior, como supongo que les ocurre a todos los novelistas superlativos), pero poca cosa más. Nada sabía, salvo de oídas, de su biografía, ni de sus novelas y relatos, ni mucho menos de sus poemas, desconocidos para el gran público. Eso sí, me había topado con él como personaje en la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas (Tusquets Editores, 2001), lectura obligatoria de la asignatura de Literatura española en Bachillerato[4].
 
Así las cosas, no fue hasta el segundo o tercer año de licenciatura cuando leí por primera vez a Bolaño, en el contexto de una asignatura llamada Narrativa Hispanoamericana II o algo así, y la primera toma de contacto fue, ni más ni menos, Estrella distante, “una aproximación, muy modesta, al mal absoluto[5]”, que a mí personalmente me fascinó tanto como me repugnó, que al fin y al cabo es lo que habitualmente nos sucede con el mal cuando se presenta en estado puro, si es que es lícito aplicarle tal adjetivo al mal. Sin embargo, pronto descubrí que había algo que me chirriaba de todo lo relacionado con la figura de Bolaño, hasta el punto de hacerme enfadar: la fijación de quienes escribían o hablaban sobre su vida (editores, críticos, articulistas, profesores) por destacar la multitud de trabajos que había desempeñado el chileno hasta que por fin llegó el reconocimiento (más de crítica e iguales que de lectores), y con el reconocimiento, el dinero, y se pudo dedicar full time a la literatura (cosa que no es cierta, desde que Bolaño decidió ser escritor, se pasaba el tiempo escribiendo, hiciese lo que hiciese para ganarse la vida; de hecho, como él mismo decía, todo aquello le había servido, y le servía, para ganar algo de dinero con el que comprar tiempo para poder escribir[6]).
 
Fotografía de Manolo S. Urbano. El País.
 
Entendedme, por aquel entonces yo era joven (aunque no tanto), e inmaduro (mucho más que joven), y aquel énfasis que se ponía en las penurias económicas y en lo variopinto de su currículum (que si fue vendedor de billetes de autobús, de lámparas, de bisutería, lavaplatos, botones, camarero, vigilante nocturno en un camping, mozo de carga y descarga de barcos, vendimiador…), así como en lo alejadas de las letras que transcurrieron su niñez y su primera juventud (que si su padre fue camionero y boxeador, y su madre, una profesora de matemáticas que leía best sellers como si no hubiese un mañana; que si era nieto de un militar, y bla, bla, bla), me olía, y perdonadme la expresión, a mierda clasista. Me parecía que todos y cada uno de aquellos comentaristas autorizados, y acomodados, señalaban con dedo acusador a ese nuevo Sorel llegado allende los mares porque intentaba incurrir en un mundo que no era el suyo, por nacimiento y clase social, y había que bordarle una letra escarlata en el pecho porque, además, tenía la desfachatez de irrumpir bajo la bandera del talento y la inteligencia… Hasta tal punto me preocupaba este asunto, ahora veréis la poca humildad de mi yo estudiante (como la de todos los estudiantes, que pensamos que el mundo está ahí, entre tinieblas, a la espera de que lleguemos nosotros a dejar la impronta de nuestra grandeza[7]), que me preguntaba si a mí me pasaría lo mismo en caso de que algún día publicara algo: ¿dirán (así, en futuro simple de indicativo, porque tenía que pasar) que he trabajado como operario en una fábrica, como mozo de almacén, en una cadena de montaje, pesando y empaquetando tornillos de acero inoxidable, limpiando unas cubas que de lunes a viernes contenían todo tipo de ácidos nocivos (cosa que me negué a hacer, pero a mi leyenda se le sumaría también este trabajo), reponiendo artículos en un supermercado, en la construcción, moviendo con una grúa tubos que pesaban cientos de kilos…? ¿Dirán que soy nieto de mineros? ¿Y que mi padre fue albañil durante muchos años? ¿O que es un lector voraz de novelas ambientadas en el salvaje Oeste? ¿O que mi madre es una fanática de las sopas de letras? ¿Se preguntarán, en definitiva, qué hago yo aquí? ¿Qué derecho tengo? ¿Quién me permitió estudiar?
 
Supongo que no hace falta decir que estaba puerilmente equivocado. Bolaño no hubiese sido Bolaño, precisamente, sin todo ese bagaje que se encargaban de señalar quienes habían llegado a él mucho antes que yo[8]. En aquella versión de mí mismo, como ya he dicho, confluían dos patologías: juventud e ignorancia, de las que por fortuna he ido sanando con el paso del tiempo y la profundización en el universo literario bolañesco[9]. Y es que con Bolaño, tenía que ser él, a medida que mi capacidad adquisitiva mejoraba (el pasito cualitativo y cuantitativo que separa ser muy pobre de ser pobre a secas), inicié una práctica recurrente en mis primeros años posuniversitarios: comprar, casi siempre en orden cronológico, todo lo que había publicado en vida el escritor o la escritora “a estudiar”, en aquella primera ocasión, Bolaño. Por descontado, el espacio disponible en casa y esa sensación de que el tiempo es precioso y cruelmente finito, que se acrecienta a medida que acumulamos primaveras, me ha hecho cambiar de modus operandi: ahora, cuando me interesa un escritor, ya no lo compro ni lo leo todo, sino que bebo de fuentes fiables y compro sólo aquello que realmente “tengo que leer” (con los riesgos que comporta todo canon, es evidente). Bastante me pesa ya tener que morir sin haberlo leído todo como para seguir entreteniéndome con obras de juventud, o menores, o intrascendentes (total, para dármelas de gran lector en una red social cualquiera ya me basta y me sobra con lo hecho hasta ahora)… Lo de leer en orden cronológico puede ser útil en un momento determinado para aprender el oficio[10]: no hay nada mejor para eso que mucha gente desea, esto es, saber cómo se aprende a escribir[11], que ver la evolución, o involución, de esos escritores a los que admiras. Entonces, ¿ser un lector de Literatura (con L mayúscula) y estar formado en el florido campo de las letras te garantiza convertirte en un gran escritor? No, en absoluto. Luego, mucho me temo, hay que sumarle talento, y disciplina, mucha disciplina, y trabajo, y comprensión lectora y capacidad de crítica y de autocrítica, y humildad, y constancia, y reflexión, y correcciones, muchas correcciones, y superación de la frustración y del fracaso, y valentía, y sacrificio, y… Pero sin ser un gran lector, esto es seguro, ya te puedes arrojar al río de la escritura con el flotador de tus conocimientos teóricos y tus virtudes concedidas por los dioses, a ver, valiente, si eres capaz de llegar a la otra orilla. Yo no apostaría por ello… y lo sé, no porque sea un gran escritor, sino porque me he ahogado muchas veces.
 
Pero dejo ya la digresión y vuelvo a Bolaño, que me he ido por las ramas (por las malas hierbas, mejor dicho): el poso que había dejado en mí Estrella distante me llevó a adquirir Los detectives salvajes (devorado de camino al instituto donde trabajaba en Sabadell y de vuelta a casa, y en la sala de profesores, y en las dos horas que tenía de descanso hasta que empezaban mis clases por la tarde), y luego llegaron el resto de sus novelas y relatos[12]. Por aquel entonces, toda visita a una librería, ya fuera física o virtual, acababa con la compra de 4, 5 o 6 libros por mi parte, preferentemente novelas o cuentos. Así que, como ya podéis imaginar, no tardé demasiado en tener toda su obra en prosa en mi biblioteca personal (con la poesía también pretendía hacerlo, pero Bolaño es un gran novelista…). Claro, con esto no quiero decir que haya que leer todo lo que ha escrito Bolaño, pero sí que hay que leer a Bolaño, y esto significa que si eres lector y puedes leer en español, en tu lista de lecturas no pueden faltar, para mí en el orden que sigue, Estrella distante (1996), 2666 (2004) y Los detectives salvajes (1998). Yo añadiría también Nocturno de Chile (2000) y La literatura nazi en América (1996)[13], pero con los tres primeros títulos ya es más que suficiente para darse cuenta de la importancia capital de la narrativa bolañesca, además de que estoy seguro de que quien los lea acabará por leer también los otros dos (si no más, como me ocurrió a mí en su momento).
 
De hecho, y no exagero, si un nuevo descuido romano dejase mi casa a merced de las llamas, uno de las libros que rescataría del fuego sería Estrella distante. Con esta novelita se inició mi relación con Bolaño, y esta novelita es la única hasta la fecha que he releído de todas las del chileno (y no descarto volver a ella en alguna ocasión si el futuro me lo permite). En esta novela, que marca un punto y aparte con todo lo que había publicado hasta la fecha (no he visto evolución en ningún novelista que tenga parangón con la que experimenta la obra de Bolaño desde sus primeras novelas a la irrupción de Estrella distante), ya se detectan los elementos esenciales, para mí, de la narrativa bolañesca, que resumo a continuación:
1. El diálogo constante que establece con la tradición literaria y cultural, chilena en particular y occidental en general, y con su propia obra.
2. La valentía a la hora de adentrarse en lado oscuro del ser humano y la lucha por mostrar el horror absoluto a través del lenguaje literario. El fracaso de la moral, el triunfo del superhombre nietzscheano y de su voluntad[14].
3. La lucha por la recuperación de la memoria, por evitar que el ser humano siga anestesiado frente a las atrocidades que el propio ser humano comete.
4. El descubrimiento de que la literatura, el medio más adecuado para mostrar el horror, acaba resultando también insuficiente: hay horrores, como los cometidos por los cómplices de Pinochet o por los nazis o por los asesinos de mujeres en la frontera entre México y Estados Unidos, que sobrepasan la medida humana y literaria. Es entonces cuando sobreviene el silencio como único transmisor posible de algo de significado y el lenguaje humano revela su condición de significante vacío de contenido.
5. El hallazgo que supone su ataque certero a la dicotomía que tradicionalmente opone civilización a barbarie. La denuncia de la alianza de la cultura con el poder y, por extensión, con el mal absoluto, el que arruina vidas, o partes significativas de vidas, del que sus víctimas nunca se recuperan (traduzco y parafraseo a Card[15]).
6. La búsqueda, la investigación detectivesca, como motivo literario y existencial (es buscado Wieder, y lo serán más tarde Cesárea Tinajero y Benno von Archimboldi).
7. Lo injusto de la justicia. La inutilidad de la venganza.
8. El triunfo de lo dionisíaco, y la cópula de la literatura y el sexo como intento, infructuoso, de subsanar la derrota que suponen la enfermedad y la muerte.
9. La impostura del doble, la multiplicidad de identidades, la complementariedad de personajes a través del espejo en que se convierten las tramas secundarias.
10. …
 
Iniciaba este post escribiendo que la muerte de Roberto Bolaño Ávalos no supuso nada extraordinario para mí. Y no mentía. Como no miento ahora si digo que desde hace unos años sí que se ha convertido en una gran pérdida, tantos como hace que me dejé atrapar, pese a mis reticencias iniciales, por el universo Bolaño. Si me hubiese conformado con leerlo, le profesaría la misma admiración como escritor que ya le profeso, sin duda, pero no lo consideraría, como lo considero, un amigo. Sí, ya sé que parece una locura considerar un amigo a alguien de quien no supe algo más que su nombre y su profesión cuando llevaba ya unos años muerto y con el que nunca he intercambiado palabra alguna. Pero ¿no hay gente que ha hablado una sola vez conmigo y ya cree conocerme? ¿O con la que coincido una vez por semana en el parque con los niños y ya me está proponiendo salidas en grupo para el fin de semana siguiente? Pues yo, con Bolaño, con sus novelas y relatos, y con su biografía, he intercambiado muchas más palabras y he pasado mucho más tiempo y mucho más fructífero que con el matrimonio del parque que tiene un hijo de la misma edad que mi pequeña o con el vecino del sexto las veces que coincido con él en el ascensor. Así que, en efecto, en ocasiones converso con muertos y entablo amistad con ellos.
 
Con Bolaño es natural iniciar una relación amistosa una vez que empiezas a leerlo. De hecho, creo que es necesario que así sea. Él, al menos, no se guarda nada, todos los episodios significativos de su vida están allí, en su ficción: su juventud mexicana; el nacimiento y la muerte del infrarrealismo; su vuelta a Chile; su paso por una cárcel fascista y su liberación; su vida en Catalunya, con sus luces y sus sombras; sus lecturas, entre las que destaca siempre la poesía; los concursos literarios; la ausencia de identidad patria; el sentimiento latinoamericano; sus oficios; sus amigos y él mismo, siempre él mismo… con la excepción de la enfermedad que le provocó la muerte once años después de que le fuera diagnosticada. Sólo una vez escribió sobre ella[16] y quienes lo conocieron en vida siempre manifestaron que nunca la mencionaba. Bolaño estuvo siempre demasiado ocupado con la literatura como para prestarle atención a semejante nimiedad (opinaba, y estoy completamente de acuerdo con él, que quienes se pasan la vida con sus desgracias y sus dolencias en la boca acaban haciendo pornografía). Que no le extrañe a nadie, porque la literatura fue su vida y también su muerte (es de sobras conocido que, desde 1992, se saltó numerosas revisiones médicas simplemente porque estaba escribiendo). En él se cumple, sin que sirva de precedente, esa idea un poco tonta y romántica que siempre tiene el vulgo sobre el escritor: ese ser bohemio que duerme y respira y come y caga y folla literatura. Por decirlo a la manera de Bracque: “Con la edad, el arte y la vida se funden en una sola cosa”[17]. Y en Bolaño siempre fue así.
 
No puedo negar que Bolaño es un personaje por el que, más allá de mi admiración como escritor, ya va quedando claro, siento una profunda simpatía, hasta tal punto que, en ocasiones, llego a identificarme con él (es posible que sólo esté proyectándome, lo sé, yo también soy psicólogo de bar). Y esta identificación se basa en una serie de coincidencias para mí extraordinarias, de ésas que te hacen creer que en el universo hay cierto orden entre tanto caos y que el hado tiene su papel en nuestro paso por la vida. Vaya, que parece que tenía que encontrarme con él de modo irremediable. Desde luego, coincido con el canon literario que a lo largo de su narrativa, pero también en sus entrevistas, artículos y conferencias, va creando (de hecho, me alineo más con los expulsados que con los añadidos, porque a veces disiento de la inclusión de estos últimos o porque simplemente no los he leído); aplaudo su concepción de la literatura como un hecho valiente y arriesgado, y no apto para cobardes (que suelen coincidir con los expulsados de los que hablaba antes, es evidente); como él, no gasto flores en quien no las merece (en una ocasión lo hice y aún tengo la sensación de haber ayudado a crear un monstruo: tremendo será su batacazo si el despertador de la vida no cumple pronto su función), razón por la cual tengo tantos amigos como enemigos, todos gratuitos; no experimento ningún sentimiento patrio, y rechazo cualquier tipo de nacionalismo (me gustaría decir que me siento europeo como Bolaño se sentía latinoamericano, pero esta Europa de ricos y pobres y de refugiados enjaulados me da bastante asco), así que busco asilo en mi hogar y en la literatura de calidad, que también son mis únicas patrias; como Bolaño, juego al fútbol con la pierna izquierda mientras que para el resto de cosas suelo ser diestro (él decía que su caso se debía a una dislexia jamás diagnosticada, yo digo que el mío se debe a un modelo equivocado de aprendizaje a través de la imitación: debería haber sido zurdo en todos los sentidos); me interesa la política, y me considero de izquierdas, pero rechazo de plano la unanimidad; me gusta llevarle la contraria a la gente, pero siempre lo negaré ante quien así me defina; como a Bolaño, y para desgracia mía, diría que esta es la única cosa en la que estoy a su altura y con toda probabilidad lo supero, la salvaje Ciudad de México me robó la vida de un amigo… Por último, y con esto me voy despidiendo, diré que como padre y enfermo que soy, puedo imaginar sus últimos días entre los vivos, con la espada de Damocles de la enfermedad sobre su cabeza mientras intentaba concluir 2666, novela con la que pretendía, y al final consiguió, salvaguardar el futuro de sus hijos, Lautaro y Alexandra, a quienes estoy seguro de que les dedicó el tiempo que no le concedía a la escritura. Olvidándose, una vez más, de su condición mortal.
 
“Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega[18]”.

*Artículo publicado por la revista Letralia. Tierra de Letras el 1 de agosto de 2019.
 

 

 


 

[1]The Atrocity paradigm: a theory of evil. Oxford University Press (2002). Por desgracia, no disponemos de traducción al castellano ni al catalán de la obra de Card, y no es que nos haya dejado poca cosa o no esté en sintonía con estos tiempos: Feminist ethics (1991), Lesbian choices (1995), The unnatural lottery: character and moral luck (1996), Confronting evils: terrorism, torture, genocide (2010) y Surviving atrocity, aún inédito, creo.
[2]Me doy un margen de un año, aunque es muy probable que hubiese necesitado de más tiempo si hubiera iniciado los estudios universitarios cuando se supone que debía hacerlo: soy un hedonista incorregible, y entre los 18 y los 22 o 23 años de edad no consideraba que el estudio fuera capaz de aplacar por completo mis ansias de placer.
[3]Que de vacaciones, todo sea dicho, tuvieron poco: sin dinero, teniendo que pagar una hipoteca firmada tres años atrás (y que iba siendo amortizada gracias, entre otros trabajos eventuales, a los adinerados padres de los niños de Sant Cugat del Vallès a los que les daba clases particulares de lunes a viernes… ¡han tenido que pasar muchos años para superar lo que me pagaban entonces por hora trabajada!), con muchos planes de futuro y con muy pocas ganas de hipotecar más mi presente…
[4]Que, por cierto, no me gustó demasiado, para sorpresa de mi profesor de castellano de entonces (tendré que volver a leerla cuando tenga tiempo, de aquí a unos 400 años, calculo…). Aunque de Cercas se dice que es uno de los mejores escritores en lengua española del presente (el mismo Bolaño lo decía, aunque él era muy amigo de sus amigos), y a mí me parece muy interesante y acertado todo lo que dice cuando se viste de crítico y habla de literatura en general (me refiero, por ejemplo, a El punto ciego), confieso que como novelista (y como persona, si os soy sincero: por si no lo sabéis, Cercas y Bolaño, que fueron muy amigos hasta la publicación de Soldados de Salamina, dejaron de serlo a partir de entonces. La razón: que Cercas utilizase, sin permiso y sin aviso, una vivencia del propio Bolaño para solucionar el callejón sin salida en que se había convertido su novela. En efecto, hablo de cierto exmilitar republicano al que Bolaño conoció en el camping donde trabajó como vigilante y que pudo haber estado en aquel fusilamiento del santuario del Collell… Según Cercas, al final limaron asperezas, y no lo dudo, pero, claro, siempre nos faltará la versión del chileno) no le he vuelto a dar una oportunidad desde aquella novela sobre Sánchez Mazas, fundador de Falange (del personaje histórico opino como Bolaño: no creo que hiciese nada bueno en su vida, salvo poner la semillita para que Sánchez Ferlosio viniese al mundo). No sé, ya entonces el tema de la Guerra Civil me aburría bastante (¡como si en España no se pudiese escribir sobre otra cosa!), y tanto detalle, real o ficticio, qué más da, sobre la vida del falangista me provocaba una mezcla insoportable de aburrimiento y náusea. De hecho, lo que mejor recuerdo de los Soldados de Cercas es una pregunta del examen sobre el libro y la respuesta que di: “Valora el personaje de Conchi (la novia del Javier Cercas personaje) y explica qué función cumple en la novela: Para mí (rememoro y falseo, casi con total seguridad, pero no traiciono la esencia de lo que allí escribí; mi antiguo profesor quizá podría añadir algo a estas líneas, contando con que las lea, que me recuerde y, lo que es aún más improbable, que recuerde aquel examen y aquella respuesta), el personaje de Conchi es un soplo de aire fresco que permite oxigenarnos del sopor del que somos víctimas durante muchos tramos de la novela de Cercas… Y es que Conchi, uno de los personajes que no tiene una base real en Soldados de Salamina, me parece el más creíble de todos ellos”… ¡así era y así soy yo! Adorable, ¿verdad?
[5]Roberto BOLAÑO: “Preliminar. Autorretrato”, en Entre Paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama (2004).
[6]“[…] prisas, urgencias, pero sobre todo carencia de dinero (ya sabes, para comprar tiempo)”, le decía Bolaño a Antoni García Porta en 1982 a propósito de la novela que estaban escribiendo a cuatro manos. A.G. PORTA: “La escritura a cuatro manos”, en Roberto BOLAÑO y A. G. PORTA: Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Acantilado (2008).
[7]¿Para qué soñar si no lo hacemos a lo grande? Los sueños, sueños son, y casi todos acabamos espabilando; la vida, que se empeña en ser un despertador implacable.
[8]Muy a su pesar, claro: “[…] también me encantaría encontrar a una marquesa para ir a actos sociales y no tener necesidad de trabajar, como le pasó al escritor Truman Capote”. En Almudena MONTAÑO: “L’entrevista. Roberto Bolaño Ávalos”, Actual, 46 (1998).
[9]Aunque no me avergüenzo de ellas, al contrario; sólo me avergüenzo de las cosas que no he hecho, o de las que no he dicho y tendría que haber verbalizado, o de las que no he pensado y tendrían que habérseme ocurrido. “Recuerda la persona que fuiste para saber la persona que quieres llegar a ser”, le dice Claire Bennet (Hayden Panettiere) a Noah (Jack Coleman), su padre adoptivo, en el episodio 4 de la cuarta temporada de la serie Héroes (2006-2010); máxima que tengo grabada a fuego.
[10]Bueno, eso y estar formado en filología, teoría de la literatura y literatura comparada (lo que supone leer mucha Literatura, aquí sí es imprescindible la mayúscula, y mucha metaliteratura, casi tan importante ésta como aquélla). Una formación, regulada o autodidacta, por cierto, que nunca acaba…
[11]Pues leyendo, y no a zafonesallendescoelhos o etxebarrias precisamente… la gente que lee estas cosas, y las cita, y las pondera, y las analiza como si tuviesen el Ulises entre manos, me saben a cerdo en salsa agridulce: por una parte, me enerva que haya voceros de tales artefactos (plagios, como concepto, los llamaba Bolaño; a algún poemario de juventud de Etxebarria también lo llama así la Justicia…); y por otra, me muero de la risa por la distancia existente entre el tono de entendido en la materia que pretenden darle a su discurso y la boñiga que tienen entre manos. Vamos, que es como si yo me las doy de cinéfilo consumado pero me paso la vida viendo culebrones y elaborando brillantes teorías sobre ellos. ¿Que es lícito? Pues claro que lo es, pero los culebrones son lo que son y tú eres lo que eres. ¡Espabila, el despertador hace un rato que está sonando!
[12]De todo lo que se ha publicado póstumamente, sólo he comprado y leído las novelas 2666 y El Tercer Reich, y los cuentos de El gaucho insufrible, que se publicaron junto a Llamadas telefónicas y Putas asesinas en R. BOLAÑO: Cuentos, Anagrama (2010). Aunque no me gusta demasiado la idea de las publicaciones póstumas (por aquello de qué pensaría el escritor, si hubiese hecho cambios, si era su deseo que se publicaran, y el hecho de que a lo mejor crees que estás leyendo a Bolaño y te encuentras leyendo a un negro o a su editor o vete-a-saber-a-quién), me estoy pensando adquirir también El espíritu de la ciencia-ficción, pero más por el título y por las posibles imbricaciones con Los detectives salvajes, ¡ay, la nostalgia!, que por un interés real por mi parte.
[13]Todas ellas fueron publicadas por Anagrama y Jorge Herralde, salvo la última, que fue publicada por Seix-Barral, pero que finalmente fue eliminada de su catálogo debido al escaso éxito de la primera edición (otro traspié de la editorial, que años antes ya se había quedado sin Cien años de soledad, de García Márquez). La literatura nazi en América fue reeditada, en 2010, por Herralde en Anagrama.
[14]En este sentido, y en el caso del personaje de Carlos Wieder, me sorprende que ningún estudioso de la obra de Bolaño tenga en cuenta el influjo de la figura de Kurtz, de El corazón de las tinieblas. Las voluntades de hierro de ambos personajes son causantes del horror absoluto, si bien Kurtz carece de la finalidad estética de Wieder. Ambos son tan sólo una presencia, una voz, una leyenda, un dios, lo que un tercero nos cuenta, generalmente horrorizado, sobre ellos, hasta que finalmente acaban corporeizándose: Kurtz, después de que remontemos el río Congo a lomos de los recuerdos de Marlow, y Wieder, en la localidad costera catalana de Blanes tras acompañar en su búsqueda a Abel Romero y a Arturo Belano. Durante ambos viajes somos testigos de la atrocidad de sus obras.
[15]Ver nota 1.
[16]Ver nota 18.
[17]Georges BRAQUE: El día y la noche. Acantilado (2001).
[18]Roberto BOLAÑO: “Literatura + enfermedad = enfermedad”, en Cuentos, Anagrama (2010).
 

25. Stranger Things

Desde un tiempo a esta parte, lo confieso, vivo en diferido. Se me acumula la literatura por leer, y no digamos ya las series o las películas. Para bien o para mal, no dispongo de demasiado tiempo de ocio, y no creo que las cosas cambien en un futuro, así que, por decirlo de alguna manera, voy a remolque de la actualidad. Pero desde que la estrenaron, había una serie en especial, Stranger Things, que tenía muchas ganas de ver, y por fin, hace escasas fechas, he podido hacerlo.

Reconozco que siempre me informo y siempre desconfío antes de iniciar cualquier serie. Como ya he dicho, mi tiempo libre es muy limitado, y no estoy para que me tomen el pelo (y lo mismo vale para cualquier otra cosa que alguien me aconseje: una película, una novela, una obra de teatro; exigente que es uno, supongo). Y aunque me dio mucho miedo lo que leí y escuché sobre el producto escrito y dirigido por los hermanos Duffer para Netflix (no porque las críticas fuesen negativas, sino por todo lo contrario: la cosa apestaba a comercial que echaba para atrás), decidí empezar a verla. No sé, supongo que me voy haciendo mayor y que todo aquello que me recuerda a la infancia, ese tiempo feliz y sin complicaciones al que jamás volveré si no es viajando en mi memoria, mi DeLorean particular, goza de bula de inicio.

Y es que, en efecto, Stranger Things es un homenaje a las películas norteamericanas de los años 80: proporciona horas de diversión si uno acepta jugar a identificar las escenas de aquellos filmes que alimentaron nuestra imaginación (¿y acaso nuestros sueños y pesadillas?) cuando éramos niños: Alien, E.T., Los Goonies, Indiana Jones, Encuentros en la tercera fase, Tiburón, Poltergeist, Pesadilla en Elm Street, Star Wars, Están vivos, Carrie, Indiana Jones, Ojos de fuego… todas ellas y algunas más están muy presentes, explícita o implícitamente, en la serie de los Duffer.

Sin embargo, si todo quedara en eso, si Stranger Things no fuese más que un simple pastiche de esas películas, no estaría ahora escribiendo sobre ella. El mérito de la serie es precisamente ése, saber utilizar otros textos, numerosísimos, para crear uno nuevo que se sostiene por sí mismo. Esto es, no es necesario haber visto ninguno de los referentes para que la serie te enganche; aunque si lo has hecho, mucho mejor para ti, tu “lectura” será más rica y profunda, y por supuesto, creo yo, mucho más entretenida.

La trama se sostiene, con acierto, sobre un grupo de niños de doce años que pasan los días, y nunca mejor dicho, jugando a Dungeons & Dragons (para los niños de este milenio: se trata de un juego de rol[1], es decir, un tablero, unos dados, unas cuantas figuras y mucha, muchísima imaginación, y, por supuesto, nada de tecnología, realidad virtual o cualquiera de esas cosas que amenazan hoy la sociabilidad humana), que son unos enamorados de la Tierra Media de Tolkien y de todo aquello que suene a ciencia ficción o tenga que ver con lo fantástico.

El porqué es un acierto es algo que ya sabían muy bien los directores de aquellos filmes ochenteros de los que se nutre la serie: por un lado, por esa capacidad que sólo tienen los niños, primero, de sorprenderse, y segundo, de incorporar lo raro, lo extraño, lo fantástico en definitiva, a su cotidianidad (sí, eso que nos pasamos nuestra vida de adultos añorando, seamos capaces o no de identificarlo, de verbalizarlo, de explicárnoslo a nosotros mismos); si eres un niño, querrás ser Mike, Dustin, Lucas o, incluso, Will (u Once), y vivir las aventuras que ellos viven; por otro lado, si eres un adulto, te ganarán por su simpatía, por su inocencia, por la nostalgia de aquel tiempo ya pasado o por puro proteccionismo (yo voy a ser padre de una niña en relativamente poco tiempo, así que no creo que haga falta que añada nada más al respecto).

Pero estos niños no estarán solos frente al peligro, representado, en este caso, por el gobierno de los Estados Unidos, que está llevando a cabo unos experimentos secretos para hacer frente a los soviéticos (la serie se ambienta a mediados de los años ochenta, en la fase final de la Guerra Fría), y por un monstruo que ha visto abiertas de par en par las puertas de acceso a nuestro mundo como consecuencia de esos experimentos, sino que recibirán la ayuda de dos hermanos ya adolescentes que al principio se muestran escépticos, pero que acaban sucumbiendo a la lógica de esos locos bajitos (os suena, ¿verdad?). La ayuda adulta, también típica de aquellas películas ya lejanas, se la proporcionan la madre de Will, representada, y muy bien, por cierto, por Winona Ryder, y el jefe de policía Jim Hopper (grandísimo trabajo el de David Harbour). Además, no me puedo olvidar de la que para mí es la gran estrella de la serie, Millie Bobby Brown, que interpreta con maestría el personaje de Once, mi preferido (hasta el punto de que tengo colgada una foto suya en una de las paredes de mi despacho), una niña con capacidades psicoquinéticas que será fundamental para entender todo lo que ha ocurrido, ocurre y ocurrirá en el pequeño pueblo de Hawkins.
Y sobre Once me gustaría escribir unas líneas más (hasta ahora he intentado revelar lo menos posible sobre el argumento de la serie, no sea que haya alguien que se quiera enganchar ahora, pero es muy probable que a partir de este momento se sucedan los spoilers; vayan por adelantado mis disculpas): reconozco que quedé tan fascinado por el personaje (entendedme, hacía poco tiempo que sabía el sexo de mi futura hija) de Once que empecé a leer por Internet las opiniones que sobre ella tenían el resto de fans de Stranger Things.

La verdad es que casi todos coincidimos en la grandísima interpretación de la joven actriz, todos estamos admirados con los poderes parapsicológicos de la niña y, en definitiva, todo el mundo coincide en que ella es la serie. Sin embargo, y es en este punto donde discrepo, la gente no parece ponerse de acuerdo a la hora de decidir quién es realmente Once. La opinión más extendida es que la niña y el monstruo son la misma persona. Y para llegar a esa conclusión, las opiniones se basan en palabras de la propia Once, que en un momento concreto confiesa que “yo soy el monstruo” (¡es tan literal el ser humano!).

En efecto, la niña declara ser el monstruo, pero, creo yo, que esas palabras se deben, antes que a una suerte de alteridad, a que es un ser humano, desprovisto de una infancia normal, cierto, y de buena parte del lenguaje humano (y de sus trampas también), y es esa condición humana la que la hace sentirse culpable, la que la lleva a identificarse con el monstruo. No en vano, es algo que hace ella lo que provoca la creación del portal a través del cual la criatura se abre paso desde El otro lado (The upside down, ¿‘el mundo al revés’?, ¿’el reverso de nuestro mundo’?) hasta el nuestro.

Yo tengo una idea muy diferente (y que conste que mi sentido arácnido ya me ha advertido de que soy “un hiperbólico andaluz” y de que voy a volver a lanzar una idea descabellada al mundo), basada en la información que me proporcionan tanto el nombre como la apariencia física de Once, pero también la misma serie, que creo que he visto con mucha atención.

El número que la niña lleva tatuado en su brazo, que sirve al inteligente Mike para darle un nombre a su nueva amiga, nos sugiere que antes de ella hubieron diez niños más que pasaron por las manos del doctor Martin Brenner (no hay un sujeto Doce, seguro, porque Once es la culminación del proyecto, el ejemplar perfecto de lo que los experimentos secretos buscaban desde hacía décadas). Así que de momento nos quedamos con eso, con el número once.

¿Y su aspecto físico? ¿Qué nos preguntamos la primera vez que vemos a Once? ¿Recordáis? Cabello rapado, va vestida con una pieza de ropa parecida a la de los hospitales… sí, no hay nada en ella que nos dé una idea de su sexo. Podría ser tanto un niño como una niña, y ninguna de las dos opciones nos sorprendería o con ambas quedaríamos igual de sorprendidos. ¿Veis ya por dónde voy? ¿No? Pues ahora mismo me explico, aunque para ello tengo que remontarme muchos siglos atrás.

Hay un personaje mitológico estrechamente relacionado con el hecho de ser hombre o mujer, con el número once y con algunas de las cualidades que tiene la niña de Stranger Things: Tiresias (expresiones de asombro, carcajadas, movimientos de cabeza significando negación; y no, ni he bebido ni soy víctima de ningún opiáceo), el adivino por excelencia del ciclo tebano. Según la versión más extendida (existe otra relacionada con la desnudez de la diosa Palas que me reservo para no escandalizar más al personal), paseaba el joven Tiresias por el monte, cuando se topó con dos serpientes en plena cópula. Víctima, tal vez, de un ramalazo precoz de virtud cristiana (ahora que estamos en Semana Santa…), o separó a los animalitos, o los hirió, o mató a la hembra, y como resultado de su intervención, quedó convertido en mujer. Siete años más tarde, se conoce que el hombre, y la mujer en este caso, es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra (o serpiente), paseando por el mismo lugar, volvió a ver a dos serpientes copulando y actuó del mismo modo, después de lo cual recuperó su antiguo sexo. Esa experiencia le valió para convertirse en juez de una disputa entre Zeus y Hera, que discutían sobre cuál de los dos sexos, hombre o mujer, disfrutaba más del acto sexual. Tiresias, que no perdió el tiempo durante los siete años que fue mujer, respondió que la mujer gozaba nueve veces más que el hombre en el acto sexual (vaya mierda de adivino, ¿no?), lo que le valió que Hera, muy enfadada por revelar el gran secreto de su sexo, lo cegase (a ver si va a proceder de aquí aquello de la ceguera y la masturbación que tanto gustaba a nuestros señores de la Iglesia). Zeus, en cambio, lo compensó con el don de la adivinación y con una larga vida, de unas siete generaciones humanas. Y es a propósito de ese don concedido por el Altitonante hijo del artero Crono cuando se establece la relación entre Tiresias y el número once.

Recordaréis, o no, que el Canto XI[2] de la Odisea narra el Descensus ad inferos de Odiseo, esto es, el paso de un mundo a otro, el de ultratumba, para consultar a Tiresias sobre cómo puede burlar la ira de Poseidón, encaprichado en hacer que el retorno a Ítaca sea un auténtico infierno[3]. Allí, a las puertas del Hades, es donde el astuto Odiseo recibe el oráculo del alma de Tiresias.

¿Y qué tiene que ver todo esto con Once?, os estaréis preguntando con muy buen criterio. Pues mucho, creo yo, porque además de la coincidencia en el número y en la ambigüedad sexual del personaje, resulta que la figura de Tiresias, más allá de lo que he relatado hasta este punto, ha sido vista por la cultura occidental como el mediador por excelencia: gracias a sus dotes proféticas, entre dioses y hombres; gracias a su experiencia con ambos sexos, entre hombres y mujeres; y gracias a su longevidad, entre los vivos y los muertos. ¿Y qué hace Once en el capítulo 8, titulado “La bañera”? Pues de mediadora y de profeta, es decir, de Tiresias: tras entrar en trance cual bacante, pone en contacto este mundo y el otro, indica dónde está Will antes de que el monstruo irrumpa en escena y descubre que otro de los personajes que habían desaparecido está efectivamente muerto. ¿Casualidad? ¿Interpretación forzada? Tal vez, pero, en todo caso, se trata de una interpretación más elaborada y mucho más divertida que limitarse a repetir las palabras que en un momento dado manifiesta un personaje.

Y con esto atravieso el portal y vuelvo a mi extraño mundo, a la espera de que estrenen la segunda temporada. Vale.


[1] Las excepciones no son la regla, sino que la confirman. Por todos es sabido que hoy en día este tipo de juegos tienen muy mala fama debido al eco que los medios de comunicación se han hecho de algunos tristes sucesos aislados. ¿Será porque realmente son malos o porque lo realmente malo es que la gente tenga imaginación? Porque si uno tiene imaginación, puede darle por pensar en realidades y soluciones alternativas… En fin, que es muy triste que los medios estén siempre al servicio del poder, incluso cuando no se dan cuenta de que lo están.
[2] En Middlesex, la novela de Eugenides, que se centra, entre otras cosas, en la vida de un personaje que es hermafrodita, también aparece un personaje, Capítulo XI, el hermano del protagonista, en el que siempre he querido ver el eco de ese canto de la Odisea (pero también es cosa mía, que en ningún lado he leído nada al respecto). De hecho, desde hace años vengo bromeando con que si algún día tenía un hijo, lo llamaría así, Capítulo XI. Por suerte, la gente que tengo a mi lado siempre ha sido más sensata que yo…
[3] ¿Sería consciente Artur Mas, cuando utilizaba el símil clásico, de que el viaje a Ítaca fue un infierno? ¿Y de que el único que logra volver con vida es Odiseo, el mandamás de la expedición? Si no lo era, si sólo fue la brillante idea de un asesor para dotar al proyecto de ese aura de prestigio que tiene la cultura clásica, me parece mucho menos grave que en caso contrario, porque, entonces, ¿qué papel nos tiene reservado al resto? A lo mejor espera vernos convertidos en cerdos mientras él se pega el festival con Circe, la hechicera… 

12. Sant Jordi

¡Gentes de la cultura, amantes que aman en todas las posibles modalidades, catalanes, ya tenemos la Diada de Sant Jordi aquí!

Ni que decir tiene que mañana día 23 de abril celebramos mi fiesta favorita. Como es bien sabido, se conmemora la muerte de aquel apuesto caballero romano de nombre Jordi (aquí que cada cual lo bautice según su lengua) que perdió la cabeza por negarse a perseguir a los cristianos. De ahí que tan valiente negativa y trágico desenlace le valiesen la beatificación popular y la posterior canonización oficial. Pero no sólo eso, sino que la supuesta figura histórica pronto se vio ataviada con las atractivas galas del mito y la leyenda.

Una de las gestas que configuran la sombra legendaria de Sant Jordi cuenta que un malvado dragón poseído por la gula asolaba las tierras de Libia o el Montblanc, tanto da el escenario. Así pues, para evitar los estragos que tan poderosa criatura provocaba, los habitantes del lugar llegaron a la brillante conclusión de que si le ofrecían una persona en sacrificio a diario, seleccionada con anterioridad por sorteo, como aportación proteínica esencial para su dieta, la maléfica criatura dejaría vivir al resto en relativa paz.

Y así fue durante un tiempo, en menoscabo de la demografía, hasta que la macabra lotería hizo que un día la premiada fuese la bella princesa Cleodolinda. No tardaron en aparecer quienes se ofrecieran como manjar en lugar de la joven de sangre azul, pero su padre, el rey, firme en sus convicciones y de corazón incorruptible (se conoce que este tipo de monarca ya se extinguió), los rechazó uno a uno, y su hijita tuvo que emprender el camino al encuentro del dragón y la muerte.

Pero entonces la divina providencia quiso poner en su camino a un joven caballero de dorada armadura (siempre acuden héroes en ayuda de las princesas, ora sean caballeros, ora fiscales del Estado), que siguiendo una revelación que había tenido, acudía para salvar a los lugareños de aquella pérfida fiera. Y así, citados por su destino, se encontraron caballero y dragón, y ante la presencia de la asustada Cleodolinda y tras una breve lucha, Jordi, un maestro en el manejo de la lanza, dejó malherida a la bestia, que fue transportada ante el rey y sus súbditos (cómo lo hicieron no queda claro, tal vez en lugar de libios o del Montblanc, Jordi y Cleodolinda fueran vascos, no lo descartemos), donde finalmente fue rematada por aquellos que habían perdido a sus familiares y amigos por el caprichoso sorteo. De la sangre de las heridas del dragón brotó un bello rosal de rosas rojas, del que Jordi, todo un gentleman, cortó una y se la regaló a la princesa, antes de desaparecer, tan rápido como había aparecido, por siempre jamás (hay quien cree que la princesa sólo tenía de linda el nombre, y cuando el rey quiso que el caballero se casase con su hija, éste puso pies en polvorosa). De ahí que sea costumbre regalar una rosa a las personas que se aman por esta fecha, aunque, lo reconozco, yo la mayoría de las veces he regalado libros, me parecen tanto o más bellos, y sin duda más duraderos, que las rosas.

ca.wikipedia.org
Porque la Diada de Sant Jordi, patrón de Cataluña[1], coincide con el Día Internacional del Libro y de los Derechos de Autor, que por mucho que nos hayan querido vender que se debe a las muertes en esa fecha de Cervantes (falso, murió el 22 de abril y el 23 fue enterrado) y Shakespeare (falso también, según el calendario gregoriano murió el 3 de mayo), se debe en realidad a la festividad catalana[2], cuya trascendencia más allá del Ebro y los Pirineos hizo que la UNESCO propusiera esa fecha en 1995.

Desde entonces, editoriales y libreros (porque no nos engañemos, éste es un mundo donde el que menos gana, salvo cuatro excepciones, es el escritor) hacen su particular agosto el 23 de abril, y los títulos y los autores inundan nuestras calles con agrado de los que, como yo, vivimos de, por y para los libros.
Sin embargo, como no todo puede ser positivo, tendríamos que preguntarnos, pese a ya saber la respuesta en nuestro fuero interno, si realmente es necesario que se publique todo y a todo el mundo[3]. Y como todos sabemos que no, no lo es, ahora mismo estaremos explicándonos por qué pasa esto. Yo, por mi parte, apenas anuncio las siguientes ideas:
1.       El libro, por mucho romanticismo con que lo miremos, es un negocio como otro cualquiera, así que su principal fin no es otro que la obtención de beneficios económicos. Es de perogrullo, pero es imposible sobrevivir en este mundo salvaje sin ganar dinero.
2.       El hipotético lector, en caso de que exista, es heterogéneo. Por mucho que nos tiente, la república de las letras no es más que una utopía. Así que es lógico que junto a Pavese o Borges, por ejemplo, figuren el torero de turno, o el cocinero, o nuestro vecino del sexto, quien dice de sí mismo en el perfil de una red social que es poeta.
3.       La cultura se ha democratizado y, por consiguiente, se ha vulgarizado. Esto tiene cosas buenas, como que tú y yo tengamos acceso a ella, y cosas malas, como que los Coelho, las Allende o la señora que escribe pornografía para marujas se forren con eso de la literatura.
4.       Existen más libros que lectores porque los costes de producción son relativamente bajos. Y lo que a las librerías llega se puede vender, y lo que no, no. No importa la calidad, sólo la venta y el beneficio.
5.       La democratización implica, es evidente, la masificación, y la masificación, en efecto, la industrialización. Sólo hay que reparar que es de uso generalizado la expresión industria cultural en los medios para cerciorarse de que la economía lo engulle (y lo prostituye) todo. Así que aquello que solíamos entender por cultura ya no es esta cultura.

Pero no quiero amargarle a nadie el día de Sant Jordi, quizá sólo remover conciencias, si es posible, ya he dicho antes que es una festividad que a mí me encanta. Y los seres humanos somos así, y hasta a los elementos que se tornan más perversos podemos encontrarle una parte positiva. De hecho, me parece bellísima la proteica finalidad que la venta del libro adquiere en esta fecha, al margen de todo lo dicho anteriormente: quizá sirva para conseguir un amor, o para recuperarlo, tal vez sólo se busque sacar una sonrisa o gastar una broma, incluso su compra puede estar al servicio de una buena causa, como ayudar a los que menos tienen, a financiar la investigación de una enfermedad rara o a obtener el dinero que falta para que esos chicos y chicas puedan pagar el viaje de sus sueños. No importa. Eso sí, yo por mi parte pienso separar el grano de la paja, y buscar ese libro y ese autor que de verdad valgan la pena.

Feliç Diada de Sant Jordi a tothom!


[1] Cómo somos de trabajadores los catalanes, que ni siquiera el día de nuestro patrón es festivo en el calendario, por mucho que lo sea en nuestros corazones.
[2] En sus orígenes, el día del libro en Cataluña se celebró por primera vez un 7 de octubre, pero en 1929, coincidiendo con la Exposición Universal de Barcelona, se trasladó esa fecha al 23 de abril actual.
[3] De hecho, recuerdo que ya hace años se decía que España era un país de compradores de libros pero no de lectores, porque estaba bien visto tener libros en casa que arrojasen algo de luz después de tanta oscuridad franquista, y aunque al final no se acabaran leyendo, había que tenerlos, quedaban bien, eran un buen elemento decorativo. Hoy, mucho me temo, estamos perdiendo esa costumbre, y en según qué círculos hasta es gracioso no haber leído nunca un libro…

8. El público. Por un periodismo cultural culto (o en condiciones)

El pasado 22 de octubre se hacía eco El País, en su edición digital, dentro de sus páginas dedicadas a la cultura, del estreno (el pasado miércoles, día 28) de la obra de Federico García Lorca El público en el Teatro de la Abadía de Madrid, un montaje dirigido por Àlex Rigola y producido en colaboración con el TNC (Teatre Nacional de Catalunya).
Sin embargo, pese a la aparente buena nueva que esto pudiera parecer, porque llevo años esperando a que alguien se atreva a llevarla a los escenarios, debo confesar que me sentí decepcionado e indignado a partes iguales (y van…) cuando leí la noticia por el tratamiento simplista y efectista que se le da a la obra[1], más propio de un manual cualquiera de Bachillerato (o lo que es peor, de un artículo de la Wikipedia en español) que de lo que debería ser un periodismo cultural en condiciones.
Para empezar, el periodista, Néstor Villamor, encabeza la noticia que anuncia el estreno con el titular “La homosexualidad de Lorca se desnuda en La Abadía”, e ilustra el texto por venir, cómo no, con la imagen de un ensayo de la obra donde aparecen dos actores coronados a pecho descubierto en actitud amorosa (¿la Figura de Pámpanos y la Figura de Cascabeles?): ya está, Lorca, a quien pocos han leído y menos aún se han esforzado en entender, “aquel poeta que fusilaron los fascistas por su condición de homosexual”[2], ha hecho acto de presencia. El morboso de justita cultura ya tiene una buena razón leer el texto que sigue, porque a la representación ya se sabe que no va a acudir.
El cuerpo de la noticia se abre con el resumen, a todas luces insuficiente y que supongo que es lo que ha llevado al periodista a escribir el titular, que hace uno de los actores, Juan Codina, de El público: “es un ensayo homoerótico”, nos dice. Luego vienen los matices del director, que nos advierte de que no estamos ante una obra propiamente surrealista, pero que sí usa símbolos de esta estética, sobre todo freudianos, y de que Lorca plantea un viaje poético a su cabeza, durante el cual surge su miedo a la muerte en todos sus significados: la artística, la amorosa, la personal, la muerte en vida…
Pero toda obra hay que situarla en su contexto, así que Villamor se lanza a la arena y resumiendo las palabras de Rigola nos explica, siempre justificando el carácter homosexual del texto, y su titular, supongo, que fue redactado en una época convulsa, marcada por la ruptura sentimental con Emilio Aladrón y por su distanciamiento con Dalí, ambos ocupados ya en otras galas. Así que el granadino, a quien imaginamos despechado, viaja a Nueva York y Cuba, de donde vuelve con el manuscrito de la obra bajo el brazo. Y ante el rechazo de aquellos a quienes se lo muestra, decide guardarlo para el futuro porque, como dejó escrito el propio Lorca[3], “ahora el público quizás no esté preparado, pero dentro de 10 o 20 años seguro que esto va a ser un éxito”.
Y supongo, además, que Rigola piensa que el público sigue sin estar listo, porque afirma que su reto es renovar la pieza para el público actual, ya que no es un texto fácil, tanto en la estética que plantea como en su contenido[4].
Esto es todo, que es como decir nada, pues el contenido de la noticia, que se sustenta aparentemente en las entrevistas a actores y directores, sabe a poco, a demasiado poco. Estoy seguro de que alguien que hubiese hecho el trabajo previo (que empieza por leerse el texto e intentar interpretarlo) le hubiese sacado un mayor jugo a algo que para los entendidos en teatro es todo un acontecimiento. Y no ha sabido ver que para él mismo era una oportunidad, un caramelo.
MI VERSIÓN DE LOS HECHOS (la mía y la de todos aquéllos que hayan leído y estudiado la obra):
Hay que entender El público, junto a Así que pasen cinco años, como parte de las denominadas por el propio Lorca “comedias imposibles”, de ahí, tal vez, las dificultades de las que habla Rigola, Poeta en Nueva York).

integrantes de un todo que podríamos llamar ciclo de Nueva York (pues comparten el nuevo lenguaje expresivo que también se encuentra en 

De hecho, siempre me ha parecido chocante que estas “comedias imposibles” pasen desapercibidas durante la secundaria y el Bachillerato (más en esta última etapa educativa), pese a que para el propio Federico, que fue sobre todo un hombre de teatro mucho más que poeta, fuesen de capital importancia en su producción. Y no lo digo yo, pues lo dijo él mismo en alguna entrevista: “para demostrar una personalidad y tener derecho al respeto he dado otras cosas. […] En estas comedias imposibles está mi verdadero propósito”[5]. Esas “otras cosas” a las que se refiere son YermaBodas de SangreLa casa de Bernarda Alba y el mismísimo Romancero gitano, que hay que considerarlas, pues, puras concesiones al público, seguramente no obras menores, pero sí algo con lo que abrirse camino en el mundillo para poder disponer del tiempo y el reconocimiento necesarios para dedicarse a hacer lo que de verdad deseaba hacer, así como el campo de cultivo para lo que estaba por llegar y que eliminaron para siempre los falangistas.
¿Y cuál puede ser, si no, el tema principal de una obra teatral que se titula El público? Porque llamadme loco, pero yo diría que el título es el primer elemento a interpretar en cualquier obra artística. Pues sí, sorpresa, el tema principal es el público, el que asistía y asiste a las representaciones teatrales, y el que ahora se dedica a escribir noticias y a representar esas obras. El público que contempla cualquier manifestación artística sin pensar y sin cuestionarse absolutamente nada de lo que ve, el que se queda a resguardo tras la barrera. Aquél para el cual el arte es un modo de entretenimiento separado de cualquier actividad mental que no sea pasar un rato agradable. El público burgués, en definitiva, el de ayer, el de hoy y el de mañana, mucho me temo.
Porque El público, cuya primera redacción data del 22 de agosto de 1930[6], y su continuación Así que pasen cinco años, suponen, ni más ni menos, la tentativa lorquiana de renovar el teatro español en su totalidad, tanto su lenguaje como su puesta en escena, pasando por los actores y por el público que a él asistía.
Pero como es bien sabido que nada surge de la nada, el genio lorquiano, su duende, se da en un contexto de cambio y experimentación en el teatro europeo y, mucho más tarde, también en el español. En efecto, desde finales del XIX y principios del XX, la escena europea intenta dejar atrás la falsa realidad del teatro realista. Jarry, Pirandello, Artaud, Cocteau o Brecht, cada uno a su manera, pretenden conseguir que el teatro deje de ser, en palabras del autor de Seis personajes en busca de autor, un simple “pasatiempo elegante”[7].
Grosso modo, ese nuevo teatro que empieza a surgir se opone a la falsa ilusión de realidad que proyecta el teatro realista del XIX, el de los Ibsen, Chejov o Shaw, por ejemplo. Con este fin, se proponen romper con la identificación que el espectador siente hacia los diálogos, los ambientes y la problemática que se representan, y optan por la reflexión sobre aquellos temas esencialmente importantes para el ser humano.
En cuanto a la estructura, se rompe con la unidad clásica de 3 actos y se opta por la sucesión de escenas o por la escena única, sin interrupciones hasta el final de la obra.
Los interiores burgueses dejan paso a escenarios insólitos e inesperados, dinámicos, con volumen, y se elimina la cuarta pared, de manera que el público deja de ser un mero espectador y se convierte en parte importante de la obra.
Y por lo que respecta al lenguaje, la palabra cede su sitio a los elementos plásticos, a las imágenes, a la mímica, todo ello con el afán de romper con la falsa identificación entre el espectador y el actor que proponía el teatro realista[8]. En este sentido, sólo hay que recordar el teatro de la crueldad de Artaud o la teoría del distanciamiento de Brecht.
¿Y qué sucede en el teatro español? Pues, a decir verdad, hasta bien entrada la década de 1920, apenas llega una ligera brisa del nuevo teatro que se hacía en Europa. Aquí seguíamos enganchados al “modo Jacinto Benavente” hasta que las revistas y periódicos más importantes empezaron a introducirlo, pero, en general, las pocas obras propias algo innovadoras eran ignoradas[9]. Recordemos, a estos efectos, al gran Valle-Inclán, que ya andaba por aquel entonces en eso de la renovación del teatro en su totalidad, incluyendo, claro está, al público:
¿Quiénes son espectadores de las comedias? Padres honrados y tenderos, niñas idiotas, viejas con postizos, algún pollo majadero y un forastero. Los mismos que juegan a la lotería en las tertulias de la clase media. Por eso los autores de comedias —desde Moratín hasta Benavente— parecen nacidos bajo una mesa camilla. Son fetos abortados en una tertulia casera. En sus comedias están todas las lágrimas de la baja y burguesa sensibilidad madrileña[10].

Pero poco a poco la renovación teatral se abrió camino en la escena española, y un grueso de nuevas obras apareció en escena[11], al mismo tiempo que se creaban grupos de teatro experimental y escuelas teatrales[12] que dejaban de lado el interés comercial y se centraban en la regeneración de la escena española, haciendo hincapié en la formación de los actores, los aspectos no literarios del fenómeno teatral y cambiar al público para que aceptase a los nuevos autores y obras.
Y es en este contexto cuando Lorca llega a Nueva York y escribe El público, una obra contagiada del teatro de Cocteau y Pirandello, pero también de Unamuno, Shakespeare, Goethe y Calderón de la Barca, en la que, es cierto, aparece el complejo mundo interior de Federico, pero siempre mezclado con la inevitable reflexión teatral que desde sus primeras líneas propone.
Para ello, se basa en el contrapunto de dos tipos de teatro, uno bajo la arena, el de la verdad no edulcorada, el identificado con el amor de Titania en El sueño de una noche de verano, el que hace desfilar en escena los dramas propios que cada uno de los espectadores está pensando, mientras está mirando, muchas veces sin fijarse, la representación. Y como el drama de cada uno es muy punzante y generalmente nada honroso, pues los espectadores enseguida se levantarían indignados e impedirían que continuase la representación[13]; y otro al aire libre, el comercial, el falso, el de las convenciones burguesas, el que se identifica con la obra shakesperiana Romeo y Julieta.
Y como motor de todo ello encontramos el amor como fuerza oculta y casual, esa “flor venenosa” que se adueña de nuestro destino y que hace que nos enamoremos de un asno, de un hombre o de una mujer, el que está muy lejos de la falsa pasión del amor heterosexual que une a Romeo y a Julieta; el amor homosexual de Lorca, en definitiva, ahora sí, pues es su intimidad la que se representa, tan imposible de llevarse a cabo como el de la reina de las hadas shakesperiana.
Desde luego, entiendo que una noticia tiene sus límites, y que algo parecido a lo que yo he escrito aquí, por muy limitado que sea, sería imposible y contraproducente para el medio periodístico. Pero creo que ha quedado suficientemente probado que había mucho más material para la redacción de la noticia y para haber aprovechado en el momento de entrevistar al director y a los actores. Una pena, insisto, que quienes tienen la suerte de ganarse la vida con la cultura, de que les paguen por ello, se queden en el exterior y no bajen a enfagarse bajo la arena[14].
Y recojo la ya tradicional pregunta sobre para qué sirven las humanidades y con esto acabo: menos para hacerse rico, para todo. Por ejemplo, para no quedar como un tonto cuando hablemos o escribamos sobre ellas.


[1] Para juzgar la puesta en escena de la obra, me tendré que esperar a que venga en diciembre a Barcelona, para lo cual ya he comprado mis entradas. Sin embargo, digamos que las expectativas no son muy altas, y ello se lo debo  la publicación de El País de la que hablo. Tal vez no haya mal que por bien no venga y me acabe llevando una grata sorpresa. Ojalá.
[2] Tal vez, para evitar tópicos y errores, se podría haber leído, no ya a Gibson, sino lo que publica el mismo periódico para el que trabaja: http://cultura.elpais.com/2015/04/23/actualidad/1429812848_851451.html
[3] ¿Lo dejó escrito o lo declaró en una entrevista que recoge sus palabras por escrito? Misterio…
[4] Quien quiera leer la noticia al completo puede hacerlo en el siguiente enlace: http://cultura.elpais.com/cultura/2015/10/22/actualidad/1445527235_149943.html
[5] “Al habla con Federico García Lorca”, en sus Obras completas. Aguilar, pág. 1811.
[6] Nada se dice, tampoco, de que es una obra incompleta o de que no es la versión definitiva (se supone que hay otro texto posterior ya mecanografiado que aún no se ha publicado, si es que de verdad existe; los herederos de García Lorca dirán), pues de los seis cuadros que aparentemente la componen, nos falta el cuarto.
[7] “Teatro nuevo y teatro viejo”, Ensayos. Guadarrama, pp. 235-236.
[8] Se entiende que para llevar a cabo esta revolución, para “renovar el material humano”, en palabras de Brecht, fue necesaria la creación de nuevas escuelas y el surgimiento de nuevos teóricos, como los Stanislavski, Copeau, Gordon Craig, etc.
[9] El Sol, Revista de Occidente, Residencia, etc.
[10] “Cartas inéditas de Valle Inclán”, Ínsula.
[11] El otro, de Unamuno; Lo invisible, de Azorín; Tic-tac, de Claudio de la Torre; Sinrazón, de Sánchez Mejías; Los medios seres, de Gómez de la Serna; Un sueño de la razón, de Rivas Cherif entre otras.
[12] El Mirlo Blanco, El Cántaro Roto, El caracol, El Teatro de la Escuela Nueva, etc.
[13] “Llegó anoche Federico García Lorca”. Obras completas, pág. 1731.
[14] En este sentido, me viene a la cabeza el blog de una excompañera de licenciatura que luego se pasó a periodismo, Elocutio, cuyo subtítulo, “Sobre periodismo y humanidades” me parece una interesante idea y una más que necesaria praxis.