64. Todos somos Homero

Entendemos que la tradición literaria occidental, un concepto que debería sernos familiar a todos, se remonta a unas pocas obras seminales procedentes, en concreto, de la literatura clásica grecolatina y de la tradición judeocristiana. Para ser más explícitos, hablamos de los versos homéricos (fuese quien fuese Homero, existiese o no, y por muchas dudas razonables que existan sobre que sea el mismo autor que dio a luz a la Ilíada y a la Odisea; no hay tiempo ni espacio para tratar esa cuestión aquí) y de la Biblia. Y creo que es una opinión generalizada pensar que esto que ya forma parte de nuestras conversaciones literarias ha sido siempre así, que se sabe desde hace siglos que todos pertenecemos y contribuimos a esa tradición, porque la tradición es eso que perdura porque se transmite de generación en generación. Y aunque dicen que las cosas que no se nombran no existen, eso no ha sido óbice alguno para que la tradición literaria occidental siga tejiendo su red infinita de puentes sin necesidad de ser identificada como tal. Como veremos más adelante, estamos hablando, por mucho que su propio nombre nos retrotraiga a lejanos siglos pasados, de un invento moderno. ¡Larga vida a las paradojas!

Para ponernos en situación, es necesario señalar que, hasta bien entrada la Baja Edad Media, lo que se sabía en Occidente de Homero procedía de fuentes corruptas y secundarias, y lo mismo es aplicable a muchos de los autores de la Hélade. En este sentido, es imposible calibrar con precisión el daño que le hicieron a la cultura occidental los incendios de la biblioteca de Alejandría (fueron más de uno, aunque Julio César haya cargado con el muerto en el imaginario popular) y la división en dos del Imperio romano: el de Oriente se quedó con todo el saber pagano; y el de Occidente, con la religión y esos interminables siglos oscuros conocidos como Edad Media. Sin embargo, es innegable que los cruzados cristianos intentaron ponerle remedio a tan desigual reparto con la quema de libros que siguió a la toma de Constantinopla en 1204 y que los grandes escritores de la cristiandad, “enanos a hombros de gigantes”, supieron nutrirse de la frívola Roma (recordemos: alumna de la antigua Grecia aunque con una vocación mucho más lúdica y pragmática que reflexiva) para dotar de profundidad, prestigio y calidad a su propia literatura.

En esta misma línea que vengo apuntando, y a pesar de toda la barbarie en forma de impedimento y de negación característica de estos siglos, la Eneida, continuadora de los belicosos y nostálgicos versos homéricos, se convirtió en el modelo a emular por la épica medieval. Me refiero al Beowulf, a la Chanson de Roland, al Cantar de Mio Cid, al Cantar de los Nibelungos y, un poco más tarde, a las novelas de caballerías pertenecientes a la materia de Roma (que no es más que pasar por el filtro medieval a la Antigüedad clásica), a la materia de Bretaña o ciclo artúrico y a la materia de Francia o ciclo carolingio, y aún más tarde, al Orlando furioso, La Araucana, Los Lusiadas… como vemos, toda gran nación aspiraba a tener su poema de exaltación patria a la romana con que dar lustre y esplendor a sus orígenes, y qué mejor manera que mezclar su sangre, como mezclada estaba la de Eneas, con la de la divinidad. Ya veis de qué manera tan rocambolesca, a ciegas y escondido en el maletero de un auto pilotado por Virgilio, se iba abriendo paso hacia el futuro el bueno de Homero…

Y así nos plantamos en pleno siglo XX. En una Europa que acaba de derrotar a la amenaza nazi (tan destructora de cultura como lo fueron Julio César o los Reyes Católicos antes) y que vive el apogeo del método comparativo, entra en escena Ernst Robert Curtius, que publica en 1948 Literatura europea y Edad Media latina, un estudio con el que pretende demostrar el continuum entre las culturas romana y europea occidental, y que sería complementado dos años más tarde con Ensayos críticos sobre la literatura europea. Pese a que los trabajos de Curtius fueron tan alabados por su atrevimiento y originalidad como denostados por su falta de solidez teórica, tuvieron un papel fundamental en la literatura de ficción de la segunda mitad del siglo XX porque de sus obras se desprende una de las ideas motrices, tanto de la modernidad como de la posmodernidad literarias, en lo que a narrativa se refiere (curiosamente a esta última le sucede lo mismo que le sucedió a Curtius, o la amas o la odias, no hay término medio; a mí me encanta por lo que tiene de juego y desafío intelectual), aunque será la segunda la que la elevará a su máxima expresión y la que mayor provecho obtenga de ella: la literatura universal está compuesta por unos cuantos relatos originarios, los versos homéricos, y todo lo que se puede escribir ya lo escribieron los antiguos griegos (yo tuve un profesor que decía que todos nacemos, amamos, odiamos y morimos en griego y en latín, y creo que no le falta razón). Lo que viene a continuación no es más, pero tampoco menos, que las infinitas versiones, reversiones e inversiones de aquellos versos originarios. Alucinante, ¿verdad?

¿En qué se traduce todo este galimatías? ¿Dónde os quiere llevar este loco salvaje? Pues a la idea de que si ya está todo escrito, el tema, al contrario de lo que muchos piensan, no es tan importante; el contenido cede en beneficio de la forma, que es la que dota de significado y calidad a una obra literaria. Como dijo Thomas Mann, aquello sobre lo que habla un artista no es nunca lo más importante, es decir, que lo capital no es el qué, sino el cómo del asunto literario. Es más, creo que el hecho de que una novela o un relato sea literariamente bueno se debe mucho antes a cómo nos cuenta las cosas que a las cosas que nos cuenta. [Dejo pasar unos segundos para que os recuperéis del susto.]

Ejemplo paradigmático de todo esto que os estoy diciendo es Jorge Luis Borges (sí, soy de los que se alinea al lado de quienes lo consideran el precursor de la literatura posmoderna). ¿Qué dice Borges que sea original? Nada, absolutamente nada. Se ocupa de muchas cosas, claro que sí, sobre todo de literatura; pero también del papel relevante que el azar adquiere como timón de toda existencia a partir de las teorías neodarwinistas; de la teoría del caos; de la muerte de las verdades absolutas que trae consigo la relatividad; de la lógica, más difusa que nunca; de las ideas de Nietzsche, Derrida o Paul de Man sobre la fragilidad de la existencia de lo real… pero todos y cada uno de estos temas ya tienen sus especialistas, eminencias en sus campos que nos explican mucho mejor que el argentino el qué de sus materias. El (gran) mérito de Borges es convertir esos qué en ficción (de ahí que su libro de relatos más conocido se titule así, Ficciones) y hacer del cómo una obra de arte. Claro, eso hace que para mucha gente resulte pedante, inabordable o qué sé yo. Pero se trata de malas lecturas, si se está al corriente de los qué del mundo, se entiende perfectamente que los cómo laberínticos de Borges son impostura, parte esencial de su juego infinito y un espejo de nuestro propio mundo.

En efecto, como la noche con que nos topamos en la primera línea del relato “Las ruinas circulares”, todos somos unánimes en sentido etimológico: una sola alma. Todos somos Homero. Shakespeare fue tan Homero como Borges. Yo soy Homero, y tú, estimado lector, también eres Homero.

*Este artículo ha sido publicado por la revista cultural Almiar.

62. Réquiem por un sueño

El sueño de la creación artística nace en la adolescencia. Al menos así fue en mi caso y en el de algunos de los amigos que, en aquella época hormonalmente tan cambiante, sentimos esa inclinación en alguna de sus manifestaciones. Entre nosotros, el que parecía que iba más en serio era un chico que quería ser director de cine, sueño que siguió alimentando, por lo menos, hasta la treintena, momento en que le perdí la pista. Lo sorprendente del caso, vamos, lo que a mí me sorprendió y me sigue sorprendiendo, es que no era un gran cinéfilo (su conocimiento de los clásicos del séptimo arte era nulo) y renegaba de la tradición, hasta tal punto que ya siendo adulto y cursando algo relacionado con la enseñanza del anhelado oficio, me llegó a confesar que por qué tenía que saber qué habían hecho los Kurosawa, Lang, Welles, Hitchcock o Fellini, que él lo que quería era ponerse a rodar, y que le sobraba toda aquella información inútil. Por lo que sé, creó su propia productora, y entre sus grandes éxitos se cuentan algunas escenas de pornografía amateur que circulan por la red…

En mi caso, y en parte por eso estoy aquí, escribiendo este artículo, mi deseo siempre fue convertirme en escritor (siendo niño, en cambio, decía que sería médico, pero creo que más por la aprobación que esa profesión generaba en mi entorno que por verdadera vocación; ni punto de comparación la reacción que suscita la medicina con la cara de tus progenitores cuando les dices que tú lo que quieres es ser artista, ya me entendéis…). Así que me dediqué en profundidad al estudio de la literatura, en base a ese sueño adolescente y en base a que, llegado el momento de elegir qué estudiaría, opté por la única constante en mi vida hasta aquel entonces: leer. Al contrario que mi antiguo amigo, yo valoro la tradición, porque a escribir (como sucede con toda disciplina artística) se aprende de los maestros, de quienes han ejercido con anterioridad esa profesión (y de quienes lo están haciendo mientras uno se inicia, claro) con maestría, y cualquier ilusión de originalidad pasa necesariamente por su lectura y relectura, por la interiorización y puesta en práctica de sus estrategias y estilos, y ya con un poco de suerte y mucho talento, con la ruptura, reversión o inversión de todo aquello que has aprendido. Eso es la originalidad y el genio artístico. En caso contrario, puedes acabar escribiendo “a la manera de” y, sintiéndolo mucho, entre leer a un mal imitador de Faulkner y leer al Faulkner auténtico, yo me quedo con la segunda opción.

El problema del estudio de los clásicos, al menos en mi caso ha sucedido así, es que te empequeñecen, su sombra es demasiado alargada. Yo nunca seré un Borges o un Cortázar, y eso hasta ahora ha hecho que me piense muy mucho dedicarme profesionalmente a la escritura de ficción. Y quizá me equivoco y debería aspirar a ser únicamente Alfredo Martín, pero como lector competente que me considero, no le encuentro sentido al hecho de sumarme a una serie de nombres que no le aportan nada al panorama literario, salvo grosor. Pero esta idea se ha ido desarrollando con el paso de los años y con la acumulación de lecturas; como os decía, mi ilusión adolescente era ser escritor, y esa ilusión seguía muy viva durante mis años en la Facultad de Filosofía y Letras.

Y fue allí, en la universidad, en pleno crecimiento de la autoestima (al fin y al cabo, como nos decía la profesora, escritora y editora Carme Riera, se suponía que éramos la futura élite del país) y mientras me devanaba los sesos en busca de cuál sería la voz narrativa adecuada para una novela que tenía en mente y que desde entonces duerme el sueño de los justos en algún cajón, que aprendí todo lo que os contaba más arriba. Como buen estudiante que he sido, ya había dejado atrás la clasificación infantil de los tipos de narradores en función de la categoría gramatical y me centraba en la teoría de Genette que se basa en la relación que narrador y narratario establecen a través del texto. Así, iba llenando una tabla que recogía las focalizaciones y voces propuestas por el teórico francés para ver cuál sería la indicada para mi novela. Como todos los tratados recogen y los talleres literarios insisten, la elección del narrador es crucial para el éxito o el fracaso de una novela. Y yo me lo tomaba muy en serio. Al fin y al cabo, y aunque sea una perogrullada, la narrativa recibe ese nombre porque es una narración, y toda narración requiere de una figura que narre, independientemente de que esta lo sepa todo de todos los personajes, o solo de uno o dos, o se limite a darnos información sobre lo que hacen y dicen, o que sea un simple testigo, o un protagonista, o que viva en una realidad alternativa fuera del mundo narrado (veo que los profesores de talleres literarios asienten; bien, creo que voy por el buen camino), ¿verdad que sí? Pues no.

Fue la profesora Helena Usandizaga, una suerte de princesa Mérida cuasi quincuagenaria enamorada de la literatura hispanoamericana en general y de la ciudad de Lima en particular, quien me demostró, con el ejemplo de El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, que aunque importante, la figura del narrador no es fundamental (¡avisen a un médico, los profesores que antes asentían ahora están hiperventilando!). La genialidad de Puig es construir una novela (me encantaría hablaros de ella en profundidad, pero tendrá que ser en otro espacio y en otro momento) que funciona pese a renunciar a lo que todos damos por hecho que es irrenunciable. ¿Cómo? Pues supliendo al narrador con otros recursos narrativos y haciéndolo, claro está, con maestría: los diálogos que mantienen los presos Valentín, un preso político, y Molina, acusado de corrupción de menores, durante el gobierno de un Perón enfermo y a las puertas del golpe de Estado de Videla; los argumentos de películas de serie B con que Molina pretende seducir a su compañero de celda y que hacen avanzar la trama; los elementos procedentes de la cultura pop o directamente kitsch; los informes policiales o los que recogen los interrogatorios a Molina; los monólogos interiores; las notas al pie, algunas de ellas con información de psicoanalistas reales y otros inventados que sirven a Puig para hablar de la sexualidad… en definitiva, una maravilla de novela y un ejemplo de que la genialidad, como os decía muy al principio de este texto, consiste en conocer la tradición, a los maestros, la técnica y las convenciones establecidas y, luego, hacerlo saltar todo por los aires.

No sirve, a mí no me sirve al menos, quedarse con y repetir lo establecido. Las convenciones, como los sueños, convenciones son. Y quienes las conocen para saltárselas, para abrir una nueva senda en el camino, y no para adorarlas como a dioses ancestrales, son los escritores que merecen la pena ser leídos. Los escritores que yo nunca seré.

61. To publish, or not to publish: that is the question

Y es una pena, la verdad,
porque sería algo inefable
cambiar la torpe realidad
y ser o Borges o bailable.
Pues qué penita y qué dolor,
no tendré el Nobel, no, señor.
 
Javier KRAHE y Joaquín SABINA: “… Y todo es vanidad”,
Corral de cuernos (1985).
 
 
 
 
 

No son una ni dos ni tres las veces que alguien me ha preguntado si soy consciente de lo bien que escribo y, acto seguido, que por qué no publico algo. Supongo que con ese algo se refieren a una novela o a un libro de relatos o a un poemario o, tal vez, a un ensayo (no sé si me ven como narrador de corta o larga distancia, como poeta o como ensayista, ni siquiera estoy seguro de que me vean en realidad).

Sobre lo de que escribo bien, siempre respondo lo mismo: soy filólogo (do you remember it?), no faltaba más sino que alguien de mi perfil no escribiese bien, y por bien me refiero a correctamente: sin errores que me sonrojen, o, en caso de cometerlos, que no sean demasiado vergonzosos, y respetando la tríada elemental formada por la cohesión, la adecuación y la coherencia; aunque sé que de todo hay en la viña del Señor y yo mismo en alguna ocasión he pensado de algún colega: “¡qué lástima de dinero invertido en matrículas universitarias!”. Pero lo habitual es que quien ha cursado con éxito una filología escriba bien, lo raro suele ser lo contrario. Además, estoy de acuerdo con Bolaño [“Discurso de Caracas”, en Entre Paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama, Barcelona, 2004], lo de escribir bien está al alcance de cualquiera y, por tanto, le concedo muy poquito mérito:

 

Muchas pueden ser las patrias [de un escritor], se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso.

Sólo hay que echarle un vistazo a lo que se publica hoy para cerciorarse no ya de que no se alcanza el criterio de calidad que apuntaba Bolaño, sino que en muchas ocasiones lo que se publica ni siquiera está bien escrito, patología que se ha visto agravada, mucho me temo, por el fenómeno de la autoedición y las redes sociales, terrenos fértiles para la alimentación de vanidades: no nos engañemos, la escritura tiene mucho de onanismo, y poder decir eso de “soy escritor” y “mira, allí, en aquel estante, tengo dos libros publicados (por mí y por mi bolsillo)” es orgásmico para cierto tipo de personas. Pero no pretendo criticar la autoedición, por mucho que me sangren los ojos con los fragmentos con que algunos de estos escritores mendigan compradores para sus libros en las redes, entiendo que el hecho de que te publiquen en un gran grupo editorial puede ser harto complicado y desesperante (imposible si no reúnes un mínimo de calidad), además de que todos somos libres de gastar nuestro dinero como nos plazca, y si ésa es la ilusión de nuestra vida y es lo único que nos importa, pues bienvenida sea la autoedición y la dejo que descanse en paz, que bien merecido lo tiene.

Sin embargo, a quienes sí que voy a criticar es a aquellas personas cuyas publicaciones en una editorial son sospechosas, a las que sacan pecho (aquí es donde las redes sociales adquieren protagonismo, o nos lo dan, mejor dicho: ¡cuánto daño nos están haciendo!) por dárselas de algo que en realidad no son y es bastante posible que nunca lo lleguen a ser (vamos, que no los critico por publicar, no, sus delitos son su inexistente honestidad intelectual, el autoengaño y, lo que resulta más flagrante, el intento de engañar al resto del mundo). Quiero decir que si nuestro libro (pertenezca al género al que pertenezca y verse sobre lo que verse) ha sido publicado por una editorial que pertenece a un amigo, o a un familiar, o a un conocido, o a un examante o un amante actual, o al vecino del quinto piso, y nos deben un favor, pues no es lo mismo que si enviamos nuestro manuscrito y un consejo editorial decide publicarlo. Digamos que jugamos con ventaja, que la competencia es desleal y que es muy posible que el criterio de la calidad no haya sido el imperante a la hora de dar luz verde a la publicación. Y aunque es lícito hacerlo, y es muy aconsejable tener amigos en este mundo, deberíamos reconocer que nos han publicado por lo que nos han publicado (porque ha sido esa editorial, la de nuestro amigo, y no otra, la que lo ha hecho), pero no, está visto que la autocrítica y la sinceridad para con uno mismo y para con los demás no es lo nuestro.

 
Fotograma de Hamlet, dirigida y protagonizada por Laurence Olivier (1948). Fuente: elconfidencial.com
Otro detalle importante es, además del sello editorial que nos publica, en qué colección de su catálogo (en caso de que disponga de más de una) lo hace. Pongamos por caso que vamos a publicar un libro sobre filosofía en la editorial de ese amigo con quien nos portamos tan bien en el pasado que nos debe una: no es lo mismo que nuestro libro vea la luz entre los ejemplares que conforman la colección “Grandes pensadores contemporáneos” a que lo haga en “Con cada consumición, un montadito filosófico y un mondadientes gratis”. No, queridos, no, si esto sucede, no podemos vendernos como la reencarnación de Aristóteles (aunque creamos que lo somos). Ese amigo, más que un favor, nos habrá hecho una putada, porque por mucho que el tuerto sea el rey en el país de los ciegos, existen más países y más tuertos, incluso gente que ve con los dos ojos, y es más que posible que nos convirtamos en el hazmerreír de todos ellos; eso sí, mamá y papá, y aquellas personas que tal vez piensen que pueden necesitar en un futuro del mismo empujoncito del que hemos gozado nosotros para publicar nos comprarán un ejemplar y hasta nos dirán que les ha encantado y que qué sabios somos (aunque en otros foros hayan manifestado que no creen en nuestra filosofía, o que es superficial, o que está a la altura de, como máximo, un trabajo aceptable de primero de carrera; ¡la hipocresía se nos da tan bien!), entre aplausos y vítores el día de la presentación (y más si pagamos de nuestros bolsillos unos canapés o el favor que nos debían era tan grande como para merecer alguna botellita de cava a cargo de la editorial), por descontado. Que aun así todo esto nos da igual y nos seguimos creyendo la polla del universo, pues venga, a hacer oídos sordos a lo que nos digan y a fardar en las redes. ¡Qué cojones, que somos escritores y nos han publicado un libro, que se vaya enterando todo el mundo!
 
Entonces, ¿qué sucede conmigo, por qué no me lanzo a publicar algo? Como ya he venido desgranando, descarto por completo la autoedición en todas sus modalidades (para mí sería el equivalente a hacerme trampas jugando al solitario) y cualquier tipo de publicación que no se base en exclusiva en la calidad de lo que escribo. Es posible que si no fuese filólogo, mis lecturas (modelos de los que uno aprende y con los que se compara sin remedio) hubiesen sido otras, igual que lo que pienso sobre este asunto hubiese sido diferente, hasta cabe la posibilidad de que a estas alturas ya hubiese autoeditado algo o hubiese intentado aprovecharme de mis contactos. Pero no puedo renunciar a lo que soy, y mi autoexigencia es la que es. Joaquín Sabina, un buen lector, en una entrevista (creo que lo leí en algún medio impreso, aunque no estoy seguro) en la que le preguntaron por qué se había decantado por la música, varió con inteligencia la letra de la canción que cantaba Krahe y respondió: “Como no puedo ser Borges, no me ha quedado más remedio que ser bailable”. Yo, como no puedo ser Borges, tengo que conformarme con escribir un blog, publicar de vez en cuando algún articulito o alguna reseña en alguna revista literaria (ojo, que sé que hay gente que se cortaría un dedo con tal de ver algo suyo publicado en una revista y lo llevan intentando sin éxito mucho tiempo; a mí, y soy sincero, no me ha costado demasiado, de hecho me han publicado el 75% del material que he pretendido publicar; aunque quizá sea el 100%, que desde que uno envía su material hasta que es publicado pueden pasar X meses) y guardar en un cajón ideas, esquemas, fragmentos, capítulos inacabados, poemas, etc., a la espera de tener tiempo para dotarlos de una calidad acorde con mi exigencia. Y es que el tiempo es fundamental en esto de la escritura: uno no puede ser escritor (de calidad) escribiendo a tiempo parcial (un ratito los fines de semana, o durante las vacaciones de verano); es preciso dedicarse a diario a tal empresa, y unas cuantas horas. Por esta razón, porque no vivo de rentas y tengo que trabajar mucho para comprar algo de tiempo (pasan doce horas desde que me activo para ir al trabajo hasta que por fin vuelvo a poner un pie en casa cada día), porque tengo una familia y porque en realidad me gusta más leer que escribir, me es imposible dedicarme a la escritura como actividad profesional y de calidad, al menos, de momento. Claro, habrá quien me diga que podría sacrificar algo de eso y dedicarle ese tiempo a escribir y, así, cumplir “mi sueño”, y mi respuesta es sencilla: no sueño con publicar, y no creo que nada de lo que escriba y publique pueda sustituir económicamente a mi trabajo, ni que me dé lo que me da pasar tiempo con mi familia, ni que me sea tan placentero como leer a alguien que escribe mucho mejor que yo; y publicar por publicar, como parece que se publica hoy, lo lamento, no lo contemplo, ni lo ambiciono ni lo requiere mi vanidad. Qué penita y qué dolor, no tendré el Nobel, no, señor.

 

 

 

52. Cursos de escritura creativa (testimonio del joven Alfredo Martín G.)

Mi excompañero y amigo Jordi se quejaba un día, en una de aquellas conversaciones en mi despacho que tanto añoro, del panorama literario español (y catalán) actual, de la poca entidad que el género narrativo tenía comparado, por ejemplo, con lo que nos llega traducido de Estados Unidos (o de Francia, o de Inglaterra, o de Rusia, algunos de los países de origen de los novelistas que hemos leído o nos hemos recomendado[1] a lo largo de los años que hemos pasado trabajando juntos). Si no recuerdo mal, su queja se refería, sobre todo, a la escasa o nula destreza que poseen nuestros novelistas a la hora de construir sus relatos (“se desmoronan”, o algo parecido creo que dijo, o tal vez hizo un gesto que pretendía expresar esa misma idea), más que a cuestiones argumentales que sólo preocupan a los malos lectores.

Debido a mi recomendación, por aquel entonces se encontraba en plena lectura de una novela de Joyce Carol Oates (no sé cuál, pero tratándose de la Oates tanto da), así que toda comparación iba a resultar, por fuerza, odiosa. No en vano, Oates es una de las grandes novelistas de finales del siglo XX e inicios del XXI. Habitual candidata al Nobel, hablar de ella es hablar de una superdotada (tanto por su coeficiente intelectual[2] como por su prolífica producción literaria, de excelsa calidad), y sobre todo de alguien que sabe mucho de literatura: licenciada con honores, doctora, profesora emérita de escritura creativa en la prestigiosa universidad de Princeton… así que cuando Oates escribe, sabe perfectamente lo que se trae entre manos. Con semejante bagaje, se entiende que pocos novelistas pueden estar a su nivel tanto en lo que se refiere a dominio de la técnica como a eso otro, llamémosle genialidad, que sólo tiene a bien aparecer cuando se está trabajando. Y Oates en alguna entrevista ha confesado que no se ha tomado un día de descanso en la vida…

Jordi decía que aquí nadie te enseña a escribir, y que por eso nuestra narrativa tiene el nivel que tiene. Claro, se siguen publicando novelas, entre otras cosas, porque las editoriales viven de eso, pero de poca calidad (al fin y al cabo, y esto lo añado yo, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey, ¿no?). En Estados Unidos, proseguía Jordi su argumentación aprovechando el ejemplo de Oates, se enseña a escribir ficción en las facultades universitarias[3]. Aquí, en cambio, aunque algunas universidades ofrecen créditos relacionados con la escritura creativa (de relleno, para completar el currículum, de esos que cuando yo estudiaba se denominaban de libre elección), no hemos acabado de copiar el modelo anglosajón y lo de la creación literaria nos sigue pareciendo algo propio de la esfera privada, públicamente (¿o productivamente?) tan poco importante que no merece la pena ser tenido en cuenta. Sin ir más lejos, yo soy filólogo, y lo más parecido que hice durante mi licenciatura fue una asignatura llamada Prácticas de lengua oral y escrita (un semestre dedicado a cada uno de los componentes de la cópula) en la que no aprendí a hablar ni a escribir (mis capacidades, en uno y otro sentido, si es que las tengo, las he adquirido por otros medios), y eso que mis profesores fueron la catedrática Dolors Poch y el con posterioridad director de la Real Academia Española de la Lengua José Manuel Blecua hijo[4], así que a una cuestión de nivel del profesorado no se debió mi fracaso.

Ojo, que el oficio de escritor, como sucede con todos los oficios, y hasta aquí estoy de acuerdo con lo que exponía, no sin amargura, Jordi, se puede enseñar (parafraseando a Bolaño, escribir bien lo puede hacer cualquiera; lo cual no implica que lo que se escriba sea de calidad). Y, de hecho, se enseña. Pero pagando un precio, claro está, que vivimos en una sociedad capitalista. ¿Te sobran unos 17000 eurillos? Pues puedes matricularte en algún máster sobre escritura creativa. O tal vez puedes optar por alguno de los numerosos cursos privados que se ofrecen, siempre más económicos[5], ya sean presenciales o en línea, que aunque no durante tantas horas como un máster, al final se ocupan de lo mismo: tipos de personajes, tramas, puntos de vista, descripciones, diálogos, ritmos, voces narrativas y focalizaciones, temas… ya podemos olvidarnos de todo lo que hayamos leído sobre aquellos salones literarios de siglos pasados (en concreto, entre los siglos XVIII y XX) en los que la literatura era el motivo de discusión y se exponían y debatían problemas técnicos sobre la escritura, y se leían y se comentaban los textos de los asistentes. Ya hace tiempo que se extinguieron. It’s money time.

Pero la cuestión es: ¿sirven de algo los cursos de escritura creativa? Pues depende de las expectativas con que se asista a ellos. Si creemos que saldremos de allí convertidos en primeras espadas de la literatura universal, mucho me temo que nos llevaremos una gran decepción. Una cosa es que podamos aprender qué es un narrador homodiegético-intradiegético-con focalización externa, y otra muy diferente es que cuando se trate de nuestro propio texto seamos capaces de emplear con maestría los conocimientos que hayamos adquirido durante el curso. De hecho, ya son unas cuantas veces que lo manifiesto aquí, lo de escribir con maestría se logra, valga la redundancia derivativa, aprendiendo de los maestros, es decir, leyendo. Y escribiendo, sí, y dominando ciertos aspectos técnicos relacionados con la escritura, eso también: de los que nos hablarán e intentarán que dominemos (compaginando carga teórica con ejercicios prácticos) en los famosos cursos de escritura creativa. Pero no nos engañemos, lo esencial es leer, y leer, y volver a leer, y seguir leyendo… ¿Quiere decir todo esto que los cursos no sirven de nada en absoluto? No, de momento sólo afirmo que no obran milagros, y os cuento mi experiencia personal al respecto.

Hace cinco o seis años, no recuerdo con exactitud cuánto tiempo ha transcurrido desde entonces, me matriculé en el curso de escritura creativa que impartía el escritor Juan José Flores en la agencia literaria, con sede en Barcelona, International Editors’ Co (IECO), presidida, ni más ni menos, por Isabel Monteagudo. Lo cierto es que varias razones (en concreto, cinco) me hicieron decantarme por aquel curso en cuestión en lugar de, por ejemplo, matricularme en la archifamosa Escola d’Escriptura Creativa de l’Ateneu Barcelonès.
1. El precio. Qué queréis que os diga, por mucha literatura protagonizada por escritores[6] que haya consumido, en la que la asistencia de algún personaje a un taller literario (gratuito en la ficción) es casi un lugar común, sabía que por asistir a cualquier curso o taller literario iba a tener que rascarme el bolsillo, pero no estaba dispuesto a pagar cualquier precio, que soy pobre, pero no tonto, y no suelo pegarme tiros en el pie. La decisión, en este sentido, fue sencilla: entre el precio, para mí abusivo, del Ateneu y el del curso impartido por Juanjo, ganaba el segundo por goleada.
2. Las referencias. Aunque no tenía ni idea de quiénes eran Juan José Flores, la agencia literaria o la Monteagudo en aquel momento, busqué unas cuantas referencias al respecto, sobre todo centrándome en quien iba a ser mi profesor, porque lo demás, y soy del todo sincero, me importaba más bien poco (no pensaba, ni lo pienso ahora, profesionalizar unas de mis pasiones; mal asunto me parece tal solución). Pues bien, como decía, gracias a Internet me informé un poco acerca de quién era Juanjo, y descubrí que, aunque no había publicado demasiado (si no me equivoco, por aquel entonces tres o cuatro novelas y un libro de relatos), alguna de sus novelas había recibido algún elogio por parte de Fernando Valls, que, entre otras cosas, aunque no sé si confundo al crítico, valoraba la valentía de Flores por no hacer concesiones al gran público. Punto y pelota. Si lo ponderaba Valls, a quien conozco por haber sido uno de mis profesores de literatura contemporánea, me valía. No en vano, Fernando es una autoridad en cuanto a la narrativa breve (e hiperbreve) en español se refiere, y sabe de lo que habla cuando se trata de literatura (de su amplio currículum cabe destacar que ha sido director de la prestigiosa revista Quimera durante años). Así que Juan José Flores podía ser mi hombre.
3. La duración del curso y el número de alumnos matriculados. Dinero y tiempo son dos cosas que no hay que malgastar. El dinero, porque crearlo es muy costoso y se destruye con facilidad; el tiempo, porque sólo se destruye, es imposible crearlo. Así que El sueño de la ficción, nombre del curso de escritura creativa que impartía Juanjo Flores, de dos horas a la semana hasta un total de veinte (esto es: mes y medio de duración), volvía a presentarse como la opción más factible. Además, puesto que ya había decidido participar de forma presencial, el número de alumnos matriculados también jugaba a favor del curso de Juanjo, que advertía de que disponía de “plazas limitadas”. En el Ateneu, aunque no recuerdo la cifra exacta, eran muchos más, y no me hacía demasiada gracia por aquello de que soy asquerosamente selectivo en cuanto a las relaciones sociales se refiere.
4. La escuela de escritores. Si bien sobre El sueño de la ficción manejaba poca información (por no decir ninguna), del Ateneu sí que sabía algunas cosas. Por ejemplo, que se hacían llamar y creo que aún se llaman así, como reclamo publicitario, supongo, “la escuela de escritores” (ya podéis ir descartando un flechazo por mi parte); que de allí había salido Ildefonso Falcones y La catedral del mar, su gallina de los huevos de oro[7], y que ambos, hombre y monstruo, también eran utilizados como reclamos publicitarios (con lo cual la cosa no hacía más que empeorar entre el Ateneu y yo: se encontraban a un tris de perder a un posible alumno); y que una compañera de trabajo, futura poeta laureada del reino como mínimo, asistía como alumna. De hecho, por ella supe del número de alumnos matriculados y del tipo de ejercicios que hacían allí. Ella, como Falcones, y vuelvo al terreno de la suposición, se había propuesto escribir una novela a partir de alguno de los ejercicios que había presentado en el Ateneu, que al parecer le valió alguna que otra alabanza. Y así se pasaba los días, escribiendo y escribiendo, y dándole a leer cada nueva página que completaba a sus personas de confianza. Cinco o seis años después, los lectores del mundo aún esperamos su novela… Ya veis que todos los caminos me seguían llevando a Juanjo Flores.
5. Las tres cosas que debo hacer antes de morir. No, no me refiero a plantar un árbol, escribir un libro y tener descendencia, porque todo eso, aunque con alguna trampa, ya lo he hecho: no he plantado árbol alguno, pero sí que lo han hecho en mi nombre (en concreto, la compañía que me factura el gas); no hay nada publicado (a libros, me refiero) con mi nombre, pero sí que existe un libro en el mercado cuya parte dedicada a la gramática española (la mitad del manual, más o menos) he escrito yo, y hasta aquí puedo leer…; y, finalmente, soy padre desde hace dos años. Además, todo eso me parece “de personal normal”, y yo, de normal, lo sé y lo asumo, tengo poquito (me considero más anormal que especial, no soy de ese tipo de personas, maravillosas y únicas, que tanto abundan en el mundo). Si soy sincero, siempre he querido hacer otras cosas (tranquilos, no voy a dejar que mis fantasías sexuales salgan del tintero), entre ellas, asistir como alumno a un curso de escritura creativa; o hacer como que me dejaba seducir por alguna secta religiosa y asistir in situ a alguna de sus celebraciones; o participar en una de esas reuniones de solteros, creo que copiadas de los singles estadounidenses, en las que tenías cinco minutos para “conocer” a la otra persona antes de cambiar de pareja (yo creo que en cinco minutos no me da tiempo ni de salir del paritorio, así que siempre me ha interesado saber cómo condensaban su vida en tan reducido tiempo los participantes en semejante mercado de la carne). Por desgracia, creo que moriré habiendo realizado sólo una de las tres cosas que enumero, porque no me veo infiltrándome en una secta ni acudiendo a esas reuniones (no soy soltero y sería difícil de explicar, y creo, además, que ya no se organizan). Pero al menos he asistido al curso de Juanjo Flores, oye. Eso sí, tenéis suficientes pistas como para saber con qué ánimo e intenciones me encaminaba a la agencia literaria para asistir a mi primera clase como alumno…

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La primera sesión de El sueño de la ficción fue como todo primer día de un nuevo curso, estudies lo que estudies: presentación del profesor (no sabéis cómo agradecí la absoluta normalidad de Juanjo); presentación de los alumnos, que consistía en decir nuestro nombre, ocupación, relación con la literatura en general y con la escritura en particular, el porqué de nuestra matriculación en el curso y qué esperábamos encontrar allí (yo fui el último en presentarme, y después de sobreponerme a las pulsiones de Tánatos, logré no empezar mi intervención con un “Hola, me llamo Tom, y soy alcohólico”); así que dije mi nombre, y mencioné mi formación y mi profesión; en cuanto al porqué de mi matriculación en el curso, zanjé el asunto con un “siempre he sentido curiosidad por ver qué podía aprender en un curso de escritura creativa” que, al parecer, convenció a todos los presentes salvo a mí mismo); y presentación y comentario breve por parte de Juanjo del temario del curso (ahora no recuerdo si ya entonces nos pasó las fotocopias de las lecturas que trabajaríamos o nos las fue entregando en el transcurso de las sesiones siguientes). Ya hacia el final de la sesión, Juanjo nos presentó la tarea que teníamos que realizar para la segunda clase: vimos una secuencia de un filme protagonizado por George Clooney (que ni había visto ni creo que veré nunca, y que para el ejercicio que nos iba a proponer, mejor que fuera así; a posteriori investigué, eso sí: la película en cuestión era Michael Clayton), en la que se veía un coche de gama alta que abandonaba un palacete y, después de transitar un rato por la campiña inglesa (que no sé por qué tenía que ser la campiña inglesa, porque nunca he estado allí… pero me la imagino de ese modo, tonterías mías; de lo que estoy seguro es de que no transitaba por campos castellanos), el conductor, ahora ya sí con la certeza de que era Clooney, se topaba con tres caballos en libertad, así que detenía el coche, bajaba y, extasiado, se dirigía hacia ellos, y justo cuando iba a metamorfosearse en Robert Redford y a empezar a susurrarles, su auto explotaba. Fin de la secuencia. Nuestra tarea consistía en describir por escrito qué sensaciones nos había producido la escena en su totalidad. Y así nos despedimos hasta la próxima semana.

Está claro que lo que acabamos de ver, me decía en el viaje de vuelta en los ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, es una suerte de epifanía que experimenta el personaje interpretado por Clooney. Una revelación, además, que le salva la vida, y que tiene que ver con la libertad, quizá opuesta a la actividad profesional a la que se dedica el personaje, simbolizada con toda probabilidad por el vehículo de gama alta y por el caro traje que viste, unos buenos corsés. Esto es (ahora veréis que mis capacidades analítica e interpretativa no es que sean muy elaboradas ni meritorias), lo ocurrido es la señal de que es necesaria una vuelta a los orígenes, a la sencillez, a la humildad, a la vida salvaje… ahora que lo pongo por escrito, suena verosímil, ¿verdad? Y ahora que lo pongo por escrito me doy cuenta de que con esto hubiese bastado, y quizás con esto todo hubiese sido diferente a como a la postre fue. Me explico: en las horas siguientes a esa primera clase, decidí que por qué me iba a conformar con la descripción de las sensaciones que me había provocado la escena cuando podía ir un poco más allá. No porque yo sea más chulo que nadie, sino porque si me salía del camino trazado era muy probable que el asunto me resultase más divertido de lo que a priori me parecía. Así que escribí un relato breve (de unas 6 páginas de extensión) sobre un escritor que había gozado de cierto éxito, pero que se había quedado sin ideas y que, una vez demostrada la naturaleza efímera de su fama, malvivía gracias a lo poco que ganaba impartiendo cursos de escritura creativa (de donde esperaba sacar alguna idea potente para una novela) y a la generosidad de su editor[8]. Para hacerlo más desgraciado aún, pensé que debía haber sido abandonado por su mujer, quien le arrebató la custodia de sus hijos (el recuerdo de la familia perdida era evocado por una de esas plaquitas con las fotos de los hijos que se colocaban en el salpicadero del coche, tan habituales en mi niñez, donde se leía: “No corras, papá”). Todo esto se narraba a bordo del automóvil que conducía el escritor y desde el interior de su mente, de camino a Madrid, adonde viajaba por imperativo editorial, apremiado por la necesidad de volver al candelero mientras aún estuviera a tiempo y amenazado con ser engullido por la nada del olvido. El relato finalizaba en la habitación del hotel donde se alojaba en la capital, tras una conversación telefónica con su editor y otra, sin respuesta, con el contestador automático del que había sido su hogar. Entonces, el protagonista se acercaba a la ventana de su habitación y miraba cómo unos niños jugaban con la nieve que empezaba a caer sobre Madrid…

Y llegamos a la segunda sesión. Tras los saludos de rigor, nos pusimos manos a la obra, que para eso habíamos pagado. Juanjo inició la clase con más teoría, aunque ahora no podría decir sobre qué se habló, ni ese ni ningún otro día, pero después de una filología y Teoría de la literatura y Literatura comparada, todo me era más que conocido; es más, a la mierda la modestia, diría que mis conocimientos sobre la materia eran mayores y más profundos que los suyos si a la teoría nos ceñimos (a fin de cuentas, según supe más tarde, él es biólogo, lo cual no es óbice para ser escritor ni para saber mucho de literatura, claro, doy por sentado que se entiende lo que quiero decir). Sobre los ejemplos literarios y los textos propuestos (todos estaban muy bien seleccionados, la verdad), pues también se me ocurrían otros que cumplirían, como mínimo, el mismo papel, y alguno incluso mejor (pero no dije esta boca es mía, que cada maestrillo tiene su librillo, y los elegidos por él cumplían a la perfección su cometido). Pero no era eso lo que me interesaba, yo ya había acabado mis estudios y si me había matriculado en un curso de escritura creativa no era para volver a oír hablar de la morfología del cuento tradicional según Propp (aunque sabía que materia de ese tipo sería la que se trabajaría), sino para tener acceso a alguien que ya publicaba con cierta asiduidad, saber de su método (si es que merecía la pena) y otras cuestiones relacionadas con la práctica. Sólo aguardaba conocer más y mejor a Juanjo Flores antes de aprovechar mi momento, y tal y como se iban a desarrollar las cosas, no tardaría en presentarse…

Una vez llegamos a los últimos cuarenta y cinco minutos de sesión, instante en que los alumnos teníamos que leer en voz alta nuestras descripciones de la secuencia que habíamos visto la semana anterior, empezaron los problemas: eché una mirada rápida a qué habían escrito mis compañeros y comprobé, no sin preocupación, que quien más se había explayado no pasaba de media página, y que eran mayoría los que apenas habían llegado a las seis líneas (y escritas a mano). Y yo allí con mi relato de seis páginas a ordenador, bien grapadito… para más inri, Juanjo decidió que fuera yo el primero en leer: por suerte, reaccioné rápido y le dije que lo mío era muy largo, que mejor que empezasen mis compañeros por si no daba tiempo de acabar (la cara de sorpresa de Juanjo y las miradas de mis compañeros acentuaron mi ya disparado desosiego). Todo el mundo estuvo de acuerdo, yo sería el último en leer mi texto. Entonces se sucedió una serie de descripciones, ricas en adjetivos (antepuestos, pospuestos y porque es imposible meterlos con calzador en medio de los sustantivos), que si no me dormí fue por obra de la divina providencia… eso, y que comparaba lo que leían mis compañeros con lo que había escrito yo y pensaba “esta vez te has pasado, chaval”. Por supuesto, no entré en los debates y análisis posteriores a cada lectura, el peso que de repente habían adquirido las seis páginas que ocupaba mi relato doblegaba mis fuerzas y voluntad. Pero llegó mi turno, y leí mi relato… y silencio, mucho silencio, e intercambio de miradas entre mis compañeros… y, por fin, siempre le estaré agradecido por el capote (si pudiera volver atrás, el escritor de mi relato no malviviría de cursos de escritura creativa ni parasitaría de las ideas de sus alumnos), Juanjo me preguntó que si todo eso lo había escrito a raíz de la secuencia de la peli de Clooney, y empezó a destacar el dominio del lenguaje y el simbolismo de mi relato, y cuando cedió la palabra a mis compañeros… silencio y más silencio, y miradas entre ellos. Por si faltaba algo para sentir que me había pasado de la raya, Juanjo decidió variar ligeramente el ejercicio que nos propuso para la siguiente sesión: en base a una fotografía (creo que se trataba de éste), debíamos escribir una suerte de relato, cada cual dentro de sus posibilidades, como había hecho Alfredo hoy con la secuencia de la película. Pues ya estábamos, el sabelotodo del curso abandonaba la clase en la más absoluta soledad rumbo a su localidad de residencia.

A partir de la tercera sesión, se dieron una serie de cambios: con respecto a mis compañeros de curso, la relación se volvió más fría (aunque nunca fue mi intención ampliar mi nómina de amigos con ellos), algunos dejaron de asistir (supongo que eran ricos, y no les importaba malgastar el dinero que habían pagado) y, entre los que continuaban, empezaron a ser mayoría quienes se presentaban sin haber hecho las tareas pactadas, eso sí, las miradas y los cuchicheos siguieron igual; con respecto a Juanjo, digamos que empezó a dedicarme una atención especial, y a insistirme en que aquello era una agencia literaria, que la del agente literario era una figura poco utilizada y hasta desprestigiada aquí (excepto los grandes tótems, como la Balcells o la Monteagudo, por hablar de los que operan desde Barcelona), pero que era muy habitual en países como Estados Unidos, donde era impensable que alguien escribiese sin un agente literario trabajando para él. El agente, proseguía, te ahorra la frustración de tratar con las editoriales, criba por ti, te asesora y te empuja, digámoslo así, al ruedo editorial/comercial. Así que si tenía una novelita guardada en un cajón, que no lo dudara, que en la agencia le echarían un vistazo y se pondrían a mi servicio… claro, una agencia literaria vive de escritores, así que en virtud “a lo que había demostrado en el curso”, yo podía ser una potencial fuente de ingresos (como veis, mi recelo respecto a la verdadera razón existencial del curso seguía muy vivo). Pero para eso, respondía para mí, tendría que tener una novelita en el cajón, la intención de publicarla en caso de que existiera y, por último, pero no menos importante, querer que la agencia en cuestión fuese mi mediadora.

No me extiendo mucho más: durante las sesiones que faltaban hasta finalizar el curso, y al contrario de lo que creía Juanjo, esto es, que mi ejemplo haría que mis compañeros se esforzasen más (¡ay, santa inocencia, como si los participantes en estos cursos tuviesen algo que aprender! ¡Si para ellos mismos ya lo saben todo y son los mejores, su única motivación es que se lo reconozcan públicamente!), la asistencia fue decayendo (¡menudas excusas tuvimos que oír, cada cual más disparatada!), hasta que el único asistente que quedó con vida fui yo. Continué haciendo las tareas que me proponía Juanjo, y juntos comentábamos mis textos, para mi disgusto, deteniéndonos más en mis virtudes que en mis defectos[9], hablábamos de literatura, de su método, de cómo se había montado la vida laboral para poder seguir escribiendo (lo de dedicarse full time a escribir es de pajilleros; sólo le sucede a una minoría, a los más grandes, ¡ah!, y a los mercenarios, y a los que para vivir se apoyan en rentas o bailan sobre tumbas de otrora ilustres apellidos ya enterrados), de cuáles eran los pasos a seguir en caso de querer publicar algo… y poco a poco nos fuimos conociendo (si me lees, me disculpo por no haber asistido a la presentación a la que me invitaste, no me gustan esos baños públicos, los protagonice yo u otra persona) y, entre otras cosas, me presentó a Maru de Montserrat, su agente y socia de IECO, a quien le había hablado de mí y de las cosas que escribía, quien me dijo que las puertas de la agencia estarían abiertas para mí en el momento en que quisiera sacar del cajón esa novelita que seguro que ya tenía escrita…

Llegados a este punto, retomo la pregunta que formulaba hace un rato: ¿sirven de algo los cursos de escritura creativa? La respuesta, según mi experiencia personal, es ambivalente. No creo que nadie salga de allí siendo mejor escritor de lo que ya era antes de entrar, aunque sí que es probable que adquiera la práctica de escribir (yo escribí un relato breve a la semana para un total, si no ando mal encaminado, de ocho en las diez semanas de duración del curso). Por tanto, creo que sí que pueden ser útiles para la inoculación de esa dulce (pero mortal) enfermedad que es la escritura. Asimismo, se puede llegar a aprender en qué consiste el oficio, la técnica narrativa y sus vericuetos desde la segura barrera que es la teoría. Otra cosa bien distinta es cuando demos el salto a la arena y los monstruos de los que habíamos oído hablar se materialicen en nuestras peores pesadillas (y desafíos). Y, por último, pero no por ello menos importante, pueden ser útiles a la hora de perder el miedo: a escribir, a que nos lean, a leernos, a criticar y a ser criticados (se trata de abandonar la zona de confort que son nuestros familiares, amigos y vecinos, que acostumbran a tener tanta buena fe como poco criterio y que no es que suelan ser muy imparciales a la hora de emitir sus juicios). Así pues, si alguien está pensando en asistir a un curso de escritura creativa, que lo haga, pero que tenga en cuenta todo lo que he comentado aquí (o no, que si le sobra tiempo, dinero y paciencia, es libre de gastarlos como bien quiera). Y que sepa, por si aún no lo tiene claro, que como mucho es un punto de partida, nunca un fin. La meta, si es que alguna vez se alcanza, está precedida de múltiples puertos de montaña que son nuestras lecturas. Ahora bien, ni siquiera salvar tales cotas nos asegura ganar la gran vuelta, pero sí acabar la carrera, que ya es algo muy honroso y gratificante.


[1]Últimamente es mi compañera Maite la persona que ha jugado ese mismo papel: tanto la novela que acabo de leer como la serie de televisión que estoy siguiendo se deben a su recomendación. A cambio, yo le he prestado la imprescindible Antología de la literatura fantástica, selección de relatos (o fragmentos literarios) de esa Santísima Trinidad formada por Ocampo, Bioy Casares y Borges, y le he recomendado un par de series.
[2]Forma parte, entre otras asociaciones, fundaciones y academias, de Mensa Internacional.
[3]Y suelen emplearse escritores consolidados: además de Joyce Carol Oates, David Foster Wallace, Salman Rushdie, Kurt Vonnegut, John Barth, William Burroughs, Susan Sontag, Raymond Carver y tantísimos otros se han dedicado o se dedican a la enseñanza de la literatura y/o de la escritura creativa.
[4]El profesor Blecua, encargado de la parte escrita de la asignatura, siempre nos decía al comenzar su clase: “Hoy dividiremos la clase en tres partes”; pero lo cierto es que jamás supimos qué se guardaba don José Manuel para aquellos tercios del final porque nunca tuvimos oportunidad de descubrirlo: tal era la parsimonia del mayor de los hermanos Blecua, que se le morían las clases antes de cumplir con sus planes organizativos. Sospecho que era justo en aquellos momentos perdidos para siempre cuando tenía pensado enseñarnos a escribir…
[5]Aún más económica, pero mucho más fría, es la opción de comprar libros que versen sobre la escritura creativa. Yo tengo (y he leído, que una cosa no siempre implica la otra) Escribir ficción: Guía práctica de la famosa escuela de escritores de Nueva York (la Gotham Writer’s Workshop) y Mientras escribo, de Stephen King… sí, habéis leído bien: Stephen King, y lo digo así, sin sonrojarme… qué queréis que os diga, guardo un buen recuerdo de las novelas que leí de él durante mi adolescencia (menos a It, que me acojonaba, me refiero a las más famosas de aquella primera etapa tan exitosa, a las que les sumo La mitad oscura, que también me enganchó), y sentía curiosidad por saber cómo era el día a día y el modus operandi de tan fecundo escritor. Dicho lo cual, tanto uno como el otro, y cada cual a su manera, se ocupan de las cosas de siempre: aspectos técnicos, disciplina y la importancia capital de la lectura para la propia escritura.
[6]¿Sobre qué puede escribir un novelista que no sea aquello que mejor conoce? Pues eso, sobre escritores, él mismo u otros, y sobre la literatura misma, ¿no?
[7]Recuerdo, precisamente en alguna clase de Fernando Valls, cómo despellejábamos en aquella época a Falcones y a Ruiz Zafón, los vendedores de libros del momento, y cómo arrojábamos sus despojos a los perros. Hasta tal punto llegaba el pitorreo, pero también nuestro posicionamiento literario, que pensé hacerme una camiseta con el lema “¡Ni Falcones ni Zafones!”, y a lo mejor retomo la idea.
[8]Ya veis por dónde iba, ¿no? Como soy consciente de que lo mío es de risa, decidí convertirme en el protagonista del clásico chiste: “¿Vende usted manuales para hacer amigos, quiosquero de mierda?”. Lo que ocurre es que mi relato no provocó la reacción que esperaba…
[9]Al fin y al cabo, las virtudes, en caso de que existan, ya las tengo; de lo que se aprende es de los errores, pero él se empecinaba en destacar mi dominio del lenguaje, mi habilidad para crear y desarrollar tramas secundarias, mi control del tiempo narrativo en función de mis intereses… Entendedme, le agradezco sinceramente todos los elogios, fueron importantes porque venían de un escritor de verdad, de un “igual”. Pero si sólo quisiera que me dijeran lo bien que escribo, me dirigiría a mis familiares, a mis amigos y a mis vecinos de toda la vida. Estos nunca fallan si la intención es subirte la autoestima o mantener el (falso) estatus de tu ego.

50. ¡Medio centenar!

Me siento feliz. Con este post, llego a la cifra de 50 publicados… Lo cual no es cierto, porque existe uno, el de presentación, por llamarlo de alguna manera, numerado como 0. La verdad es que me hace gracia que así sea, su cualidad de 50 apócrifo, aunque sospecho que es uno de esos chistes tontos que sólo me hacen reír a mí: quienes me conocen ya saben de qué estoy hablando. Con todo, 50 posts (o 51, puesto que, stricto sensu, el 50 es el dedicado a Bolaño, y me parece bien que de la redondez de ese número se beneficie una publicación sobre el chileno) son muchos más posts de los que pensaba que escribiría cuando inicié esta andadura en septiembre de 2015. Claro, no son muchos, una media de (calculo con los dedos… y dos que me llevo, más la incidencia de la órbita jupiterina hacen un total de:) unas 14 publicaciones anuales. En el universo blog, en imparable contracción, es hablar de una menudencia. Una menudencia, además, que es probable que siga haciéndose más y más chiquita, hasta que sea prácticamente inexistente. Voy a embarcarme, y estoy embarcado ya, en otros proyectos, laborales y personales, que se adueñan y se adueñarán del ya de por sí escaso tiempo que hasta la fecha le dedico a este blog. Sin embargo, aunque he sentido la tentación de eliminarlo, al final he decidido mantenerlo activo, para cuando se me antoje volver a él.

 
Ahora que he hecho números, me pregunto si podría haber publicado más cosas aquí, y la respuesta es ambivalente: después de echarle un vistazo a esos blogs que aún son leídos, y compartidos, y comentados, y que acumulan pulgares enhiestos y corazoncitos virtuales, sí, podría haber publicado muchos más posts de los que he publicado; pero si me sincero conmigo mismo, la respuesta es un no categórico. Por incapacidad a todos los niveles en que se puede ser no capaz, seguro, pero también por pudor. Me explico: entre las virtudes de muchos de esos blogs (y hablo sólo de los que se sirven básicamente de la palabra escrita y que pretenden ser divulgativos), se me antoja que la más importante es la del número de seguidores, al que se subordinan la calidad, la honestidad intelectual (me repatea que se hagan pasar como propias ideas que no lo son, o que no se referencien debidamente) y la profundidad. Lo perverso de esto, de tener muchos y activos seguidores, es que puedes sentirte obligado a ser una presencia constante, y sin darte cuenta te encuentras metido hasta el cuello en el charco de lo banal, máxime teniendo presente que toda creación tiene algo de onanismo, sirve de alimento a nuestro ego, siempre ávido de notoriedad y reconocimiento (y las necesidades derivan de carencias, es bien sabido). Y aunque tal vez ahora peco de soberbia, Alfredópolis no va en esa línea, lo cual era y es y será siempre mi intención. Mis pajas mentales, que me las hago, no lo voy a negar, tienen otros protagonistas y otros escenarios.
 
Que no me importa ser leído o no serlo (o que no me importa demasiado) ya lo he dicho aquí antes, y no iba de farol. En mi blog escribo sobre una vida que tiene poco de literaria, la mía, sobre mis gustos e intereses, que no suelen coincidir con los de la mayoría, sobre (algunas de) mis opiniones… así que, por un lado, sería presuntuoso pretender tener un número de lectores semejante al de esos blogs estrella de los que hablaba antes; mientras que, por otro, tampoco soy alguien que escriba para todo el mundo, así que es del todo imposible que mi casillero de visitantes-lectores sea milmillonario. Quien escribe, escribe para un lector ideal, no voy a descubriros ahora la sopa de ajos, y aunque no tengo muy claro quién es el mío, sí sé que no coincide con el de mis compañeros blogueros. Es así, y no hay que darle demasiadas vueltas al asunto, porque de verdad que importa poco. Me sigue pareciendo más valioso no traicionarme a mí mismo ni tomarle el pelo a nadie. Con eso ya me doy por satisfecho. Tengo exactamente los lectores que tengo que tener, y si a alguien me debo, es a ellos.
 
Pero la verdad es que aún me sorprendo cuando alguien me dice que sigue mi blog, siempre acabamos topando con otra rara avis. Como muestra, un botón: hace poco, no puedo precisar cuándo, una persona me dijo que había leído los posts tal, y tal, y tal, y me comentó alguna de las cosas que en ellos había escrito y que había activado no sé qué alerta para que la avisara cuando publicase algo nuevo. Pues bien, ¡ni sé qué demonios puede haber activado, ni me acordaba de aquello que decía haber leído! Eso sí, creo que salvé la conversación de forma más o menos honrosa (¡tampoco está la cosa para ir espantando lectores!). No sé, me lo paso bien cuando escribo, no lo haría si no fuese así, pero tiendo a olvidarlo todo una vez que lo publico. Entre otras cosas, porque estoy seguro de que he escrito muchas tonterías, y aunque cada vez tengo menos vergüenza, aún me queda una poca.
 
Decía que me siento feliz por haber llegado a las 50 publicaciones (no quiero irme por las ramas como suelo hacer, defecto que me señalan siempre algunas personas; lo cual me resulta curioso, porque la que iba a ser mi directora de tesis doctoral me decía que mi mayor problema radicaba en ser demasiado sintético a la hora de explicarme por escrito… un detalle importante: es especialista en literatura decimonónica, discípula del gran Sergio Besser), y ésa es la verdad. Y con motivo de tal dicha, voy a sortear un lote de libros entre los lectores que dejen un comentario aquí o en la página de Facebook dedicada al blog: La Poética, de Aristóteles, con la inclusión de los capítulos XXVII y XXVIII, editados por Adso de Melk; La importancia del amor paterno, de Franz Kafka; Finalmente el tiempo sí existe, boludos, de Jorge Luis Borges; Guía ilustrada del Ulises, de James Joyce, con un vale de descuento para las dos primeras visitas al psiquiatra; Al fin Bartleby lo hizo, de Herman Melville; Sé que lo único que has leído de mi divino libro es el Infierno, valiente hipócrita, de Dante Alighieri; La Biblia y la verdad rigurosa, de autor omnipotente y desconocido (1 página y dos líneas); Ella me tentaba, de Lewis Carroll; Franco, ese mito erótico, autores varios y prólogo-orgía a ocho manos de Francisco Marhuenda, Pablo Casado, Santiago Abascal y Eduardo Inda, edición corregida y ampliada por José María Aznar; y Cómo intentar estar en el centro de todo cuando te pesa mucho más el huevo derecho, sobre todo en sus extremos. Una canción desesperada, de Albert Rivera.
 
¡Mucha suerte a todos!

 

 

 
 
 

 

 

41. El blog de mi bebé

 

Cuando escribo se me pasa todo; mis penas desaparecen, mi valentía revive.
 
 
Anne Frank, 5 de abril de 1944.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Hace sólo unos días que le decía a mi pareja, con intención jocosa (que no quejosa), que tal vez sería mejor cambiarle el nombre a este blog. En lugar de Alfredópolis, blog personal de Alfredo Martín G., debería llamarlo Bebelópolis, el blog de mi bebé; sin lugar a dudas, a la vista del impacto producido por los tres posts escritos sobre mi hija, tendría un mayor número de visitantes (lo de los lectores reales aún no hay manera de contabilizarlo, por mucha estadística e información que nos proporcione a los autores la plataforma donde publicamos nuestros textos, y quizá sea mejor así; pero desde ya, aviso, voy a suponer que toda persona que ha entrado los ha leído). No en vano, están entre los cuatro más leídos, tal y como se puede ver en la sección “Entradas populares de este blog”, situada a la izquierda. Y si mi objetivo fuese generar tráfico en mi blog personal, todo parece indicar que el cambio de nombre podría ser una buena estrategia.
 
Ahora bien, si pienso en las razones por las que esos posts han sido más leídos que otros (los menos leídos suelen ser los que les dedico a algunas de mis lecturas, salvo curiosas excepciones), la verdad es que no me motiva mucho hacerlo (en el caso hipotético de que el cambio de nombre hubiese sido alguna vez una opción real, cosa que ya os adelanto que nunca ha sido así), y es que sólo se me ocurren las siguientes[1]: se supone que un bebé es algo positivo, bonito, que enternece, y tanto la gente que me conoce en persona, como la que no, quiere compartir y hacer suyos también esos momentos felices que se supone que encontrará en lo escrito; tal vez los que ya han sido papás o mamás se identifiquen con lo narrado, y es probable que revivan, recuerden y/o rememoren su propia (y maravillosa) experiencia gracias a ello; los que aún no hayan tenido descendencia, pero quieran reproducirse en un futuro más o menos cercano, acaso los leen para ver qué pueden esperar cuando al fin les suceda, quién sabe. Además, hay que contar con los que los leen simplemente con la intención de chafardear, porque ya sabemos que las intromisiones en la vida ajena gustan mucho en este mundo en que vivimos, y yo les derribo la cuarta pared y les muestro la mía en aquellas entradas que etiqueto como “Vida” (y lo hago porque quiero, porque me apetece y porque, en muchas ocasiones, lo necesito como bálsamo; y no requiero el beneplácito de nadie para hacer lo que hago, por si hay alguien en la sala a quien se le pase por la cabeza eso de “pues yo no lo haría”… ¡pues no lo hagas, oye!); así como con algunos otros, una minoría, espero y deseo, a quienes les da igual el tema de lo escrito: lo suyo, además del cotilleo, es la crítica y la censura, y no les guía otro propósito más que ése cuando los leen (y si eso les sirve para que sus vidas sean algo menos insulsas y aburridas, pues yo que me alegro: podéis desconectar la televisión por una noche, ya tenéis tema de conversación y alguien a quien despellejar, ¡felicidades!).
 
Dicho esto, ¿me he imaginado escribiendo sobre bebés? Pues lo cierto es que sí, el contador de visitas es siempre muy tentador, un dulce de lo más goloso, y mentiría si dijese que no lo he hecho. Pero la verdad es que me veo incapaz de hacerlo por dos razones esenciales: 1. Porque no tengo ni puta idea sobre el tema (no poseo los amplios conocimientos de esos escribidores que pueden tratar cualquier tema porque todo lo saben y de todo saben…); las cosas que puedo saber, siempre insuficientes, las voy aprendiendo cada día, y es mi propia hija de diez meses quien me las enseña (como es natural, también aprendo y desaprendo de otros padres, de pediatras y de enfermeras, pero el conocimiento verdadero es el que obtengo después de haber bajado a la arena, allí donde se demuestran o se desmontan las bellas teorías, para “enfrentarme” a mi hija), así que tengo serias dudas sobre si lo que aprendo puede ser aplicable a cualquier otro bebé que no sea ella; y 2. Porque no me da la gana. Una cosa es que cada cierto tiempo escriba algo sobre mi hija (¿qué otra cosa puedo hacer con alguien que tiene un papel capital en mi vida?), y otra muy distinta es que sólo escriba sobre ella. Y que nadie me malinterprete, Júlia es mi tema de conversación preferido, la principal protagonista de mis pensamientos, una fuente inagotable de anécdotas, la mayor de mis preocupaciones, quien me conoce ya lo sabe, pero no por ello tengo que verme obligado a escribir únicamente sobre ella, por muchos nuevos lectores que obtenga por ello. Es más, si yo así lo quisiera, no protagonizaría nunca más un texto escrito por mí (cosa que no va a suceder, ya os lo digo, porque todo lo relacionado con ser padre o madre genera mucho material susceptible de ser publicado en este blog; eso sí, unas veces ese material es tierno y/o divertido; y otras, bastante penoso, sobre todo el relacionado con lo que llamaré la flora y la fauna existente en el hábitat de ser padres[2]). Además, hay otro importante factor muy relacionado con el hecho de negarme a escribir única y exclusivamente sobre mi hija: si bien es cierto que la llegada de un hijo nos cambia la vida, altera nuestras prioridades y supone un antes y un después para nuestras existencias, flaco favor nos hacemos (a nosotros y a nuestro entorno más cercano, a todo eso que decimos que más queremos) si dejamos de ser quienes éramos. Vamos, que se trata de luchar contra la disolución de la propia personalidad, de evitar que nuestro yo adulto ceda un espacio que resulte irrecuperable una vez que nos convirtamos en el padre o la madre de X o Z; creedme, esa metamorfosis ha venido a usurpar nuestro lugar en el mundo, y aunque es una guerra que nunca podremos vencer, pues tenemos en contra la biología, los sentimientos y la cultura, debemos mitigar en lo posible sus efectos.
 
 
Así, durante los últimos diez meses[3], he escuchado en boca de varias personas eso de “ahora todo ha cambiado, ya no puedo seguir haciendo esto o aquello otro porque la prioridad es mi bebé” y bla, bla, bla. Tonterías, o miopía, un error mayúsculo, en suma. Pues claro que la prioridad es y será por mucho tiempo tu hijo o hija, pero eso no quita que uno será mejor padre o mejor madre cuanto más a gusto esté consigo mismo y mayor capacidad para ser feliz tenga (y la felicidad no siempre nos la van a proporcionar nuestros hijos, mejor que lo tengamos claro), y si lo que nos hacía felices antes de la llegada de la criatura era derribar paredes a escupitajos, es fundamental que sigamos haciéndolo[4]. Quizá no pueda ser cada día, pero si se busca el momento, estoy convencido de que se encuentra… Es más, estoy casi seguro de que, en caso contrario, nuestras cabezas (o las de nuestras parejas) tienen muchas más posibilidades de convertirse en el lugar perfecto donde los pájaros vayan a anidar, y es probable, entonces, que uno de los dos (o los dos, cada uno por su lado, que las parejas se erosionan, y mutan, y necesitan reinventarse para sobrevivir al recién llegado; pero no al principio, no, que al principio se unen más que se separan, pero sí al cabo de tres, cuatro, cinco o seis años) se encuentre diciendo aquello de “ésta no es la vida que imaginaba para mí”, “no eres tú, soy yo”, “siento como si fuésemos dos desconocidos”, “ya no te ocupas de mí ni estás pendiente de mis necesidades como antes”, “quiero volver a sentirme hombre (o mujer) más allá de padre (o madre)” o los penosos “cariño, no es lo que parece” o “puedo explicártelo todo”; si no tenemos algún caso más o menos cercano, al menos hemos visto suficiente cine o leído suficientes novelas[5]como para no tener que hacer un gran esfuerzo imaginativo, ¿verdad?
 
Así que, volviendo al meollo del asunto, en lo referente a la cuestión: to be or not to be read, manifiesto que, pese a que haya personas que no acaben de entenderlo, ser leído o no serlo en absoluto cada vez me quita menos el sueño. Bien es cierto que faltaría a la verdad si dijese que no me alegra comprobar que un post ha sido leído o que ha generado algún tipo de reacción o comentario[6], o incluso que algún loco se ha lanzado a compartirlo. Hay numerosos estudios que equiparan los efectos de un “Me gusta” a una foto subida a Facebook o a Instagram con masturbarse, ganar dinero o comer chocolate (el más reciente, de la Universidad de California en Los Ángeles, la mítica UCLA del baloncesto), por ejemplo, así que imaginaos lo que experimenta alguien como yo, que ya tiende de manera natural al hedonismo, con lo que genera algo que he escrito[7]. Pero por muchas zonas del placer que se activen en mi cerebro, por decirlo de alguna manera, no escribo para mi público, y creo que nunca lo haré. A fin de cuentas, y por mucho que le cueste creerlo a algunas personas, yo no escribo para ser conocido, ni para ganar dinero, ni para que me contrate nadie, ni por ningún tipo de reconocimiento, ni siquiera el tuyo, lamento decírtelo, querido lector, sino que principalmente lo hago por mí mismo. Tuviese o no tuviese un blog, iba a continuar escribiendo, aunque de esta manera mis textos son leídos por un número mayor de personas que si decidiera guardarlos en un cajón tras dejárselos leer a la gente de mi entorno más cercano (que era lo que hacía hasta que nació Alfredópolis[8]). Claro, si puedo elegir, prefiero que me lean a que no lo hagan, no soy hipócrita, pero lo que quiero por encima de todo es escribir.
 
Permitidme que insista en esto último: si el fin de Alfredópolis fuese conseguir un número de lectores tal que me permitiese sacar pecho, decir aquello de soy escritor, o bloguero o cronista independiente (¡juas!), además del giro copernicano que supondría el cambio de nombre y temática de lo que comparto con vosotros aquí, podría optar por otras estrategias más fecundas y sencillas. Por ejemplo, hacerme tan accesible a los motores de búsqueda de Internet como fuese posible, es decir, dotar a mi blog de una mayor visibilidad para que cuando alguien busque algo relacionado, ni que sea remotamente, con el contenido de alguno de mis posts, mi blog sea una de las opciones que el navegador le sugiera al internauta en cuestión. Pero no, podéis creerme: no le facilito en nada el hallazgo al navegante curioso y/o despistado. Así, mi modus operandi en lo que respecta a Alfredópolises el siguiente: me fijo en qué hacen dos blogueros a quienes conozco en persona (aunque a uno de ellos no sé si llamarlo así; me parece, no sé exactamente por qué, pues bloguero es la persona que crea o gestiona un blog, que el sustantivo desmerece lo que hace y disminuye, si eso es posible, el ingenio y la sabiduría que tiene a bien compartir con sus lectores), que se convierten en los límites que marcan el exceso y el defecto de lo que yo quiero para mi propio blog. El exceso sería acabar convirtiéndome en un ridículo vendedor de mí mismo, abusar del autobombo y citarme y compartir mis posts hasta la saciedad (algún día tendré la dicha de que alguien me explique qué sentido tiene compartir siete veces algo que ya has publicado con anterioridad… a mí, con sinceridad os lo digo, se me escapa… o, mejor dicho, prefiero no saberlo) en una red social abierta a todo el mundo como Twitter; al fin y al cabo, supongo, se trata de que el contador de visitas, ¡bien visible, por supuesto, para todo el mundo!, registre el número más alto posible (¿un ego de tales dimensiones tendrá bastante con un billón de visitas? No sé yo…). El defecto es publicar mis posts únicamente en mi blog, y confiar en que mis lectores vayan mirando qué he ido colgando allí desde la última vez que lo visitaron (en el caso de que no se hayan suscrito; si lo han hecho, entonces reciben una notificación vía correo electrónico anunciándoles la nueva publicación); claro, el problema es que luego, como dice este autor-modelo, acabas hasta las narices de escribir cosas que nadie lee (y a mí me hace muchísima gracia cómo lo dice, y que, pese a todo, siga publicando cosas; respect!).
 
Llegados a estas alturas, es evidente cuál de los dos modelos me parece mejor, como también es evidente que en mi valoración de cada uno de ellos juegan un papel importante tanto mi aprecio personal como mi respeto y admiración intelectual por cada uno de ellos. Cierto, pero no por eso deja de ser verdad lo que he escrito antes. Soy de los que cree, y es posible que no me equivoque, que la necesidad de estar continuamente en el candelero, más allá de interpretaciones freudianas que no vienen al caso, te convierte en un escritor folletinesco (¡y que me perdonen los estudiosos de la literatura decimonónica!), y tus textos, más allá de tu propia valoración (excelsos, faltaría más), son el heno con que se alimenta el ganado. ¿Qué decir en mi caso concreto? Pues algunos de los que leéis esto ya lo sabéis, comparto mis posts en la página de Facebook Alfredópolis y, desde allí, en mi página personal, restringida a lo que voy a llamar “mis amistades”. Nada más, ni nada menos. Con eso ya me doy por satisfecho. La posición en que me deja esto ya no me corresponde a mí juzgarla, pues sería totalmente parcial; eso ya es cosa tuya, querido lector. Mientras tanto, y sea cual sea el veredicto, no te lo tomes a mal, yo voy a seguir escribiendo. Como dejó escrito Virginia Woolf en su diario el 14 de mayo de 1925[9], cuando se disponía a dejar el periodismo (¡bien por ella, y por nosotros, los grandes beneficiados de su decisión!) y centrarse en lo que luego fue Al Faro: “la verdad es que escribir es el placer profundo; y ser leída, el superficial”.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 


 

[1] Los que leen mis entradas con fidelidad, versen sobre lo que versen (que haberlos, haylos; muito obrigado a todos ellos), quedan fuera de esta clasificación, es obvio; ellos siempre están en las estadísticas, aquí me ocupo sólo de las “anomalías detectadas por el sistema”.
[2] Es probable que en un futuro le dedique un post a esto, que tiene bastante miga la cosa.
[3] Llega un punto en que esto de tener un hijo se parece bastante a romperte un brazo: de repente todo el mundo tiene hijos, todo el mundo se relaciona con otras personas que tienen hijos, todo el mundo habla de sus hijos, y acabas viendo hijos hasta en la sopa.
[4] Claro, durante los primeros meses, y sobre todo en el caso de las madres, esto parece una utopía. Pero hay que intentarlo, por la salud mental de todos los actores implicados, empezando por ellas mismas. Llegará el momento en que se precise de una conversación adulta, de una película, de unas copas con los amig@s, de teatro, de una noche de sexo hasta que salga el sol… yo qué sé, de miles de cosas en principio poco relacionadas con el bebé, de todo aquello que en apariencia ha quedado atrás y que solíamos llamar “mi vida”.
[5] La novela decimonónica hizo un arte del adulterio como consecuencia del aburrimiento y la monotonía. Su gran pero, que en su inmensa mayoría quien lo cometía era la esposa. Quizá porque el adulterio del marido era consabido y menos censurable cuando no absolutamente disculpable y casi beneficioso para el matrimonio.
[6] Tal vez sea de perogrullo, pero no está de más decir, si dejamos de lado el polisémico silencio, que sólo se pueden recibir dos tipos de crítica: positiva y negativa, y ambas deben ser recibidas con gratitud, pero sin que la primera alimente nuestra vanidad en exceso ni que la segunda machaque nuestra autoestima. La segunda, además, puede ser de dos tipos: constructiva y destructiva. La constructiva debe ser considerada el mejor de los regalos que nos pueden hacer, pues nos sirve para seguir aprendiendo y mejorando. La destructiva busca hacernos daño, y suele provenir de un ser frustrado; para minimizar su impacto, disponemos de tres opciones: ignorarla, hacer que la Musa cante nuestra ira y darle de comer a los perros el cadáver de quien ha intentado dañarnos, y dialogar educadamente con el crítico hasta que él mismo y sus limitaciones (existenciales, de carácter, intelectuales) se evidencien; al fin y al cabo, nosotros vamos a poder hacernos los tontos todo el tiempo que queramos, pero a él le va a resultar imposible simular que es listo mucho más allá de su crítica. Sin embargo, pese a que nuestra naturaleza animal nos incline a ello, es recomendable no optar por la segunda opción: aunque puede ser muy gratificante dejar K.O. a nuestro oponente con un buen directo de derecha (siempre dialécticamente hablando, se entiende), ya tiene bastante el pobre desgraciado con ser como es. Bastantes golpes le ha dado ya la vida como para darle su merecido también nosotros. Apiadémonos de él.
[7] Estaremos de acuerdo, espero, y que me perdonen los fotógrafos aficionados, en que escribir un texto sobre lo que sea, y por ridículo que sea, tiene un pelín más de mérito que hacerte una foto tomándote un gin-tonic a la luz de la luna, ¿no? Yo al menos soy capaz de hacerme una foto parecida: sólo necesito una luna, una copa, hielo, ginebra, tónica, especias varias y/o plantas y arbustos que añadirle a la mezcla, y una cámara de fotos o un móvil.
[8] No es verdad, antes de este blog hubo otro, El rincón de pensar, que abandoné porque no tenía muy claro hacia dónde se encaminaba, y corría el riesgo de convertirse en una mala caricatura de la idea de la que partía. Asimismo, Alfredópolisreemplazó a Caballo de juguete, que era como había pensado llamar a este artefacto en un principio, y que pretendía ser un homenaje a la novela de Laurence Sterne Tristram Shandy (ejemplo paradigmático de la literatura que se recrea en el placer mismo de escribir…). Quienes la hayáis leído ya sabréis que el caballo de juguete, interpretaciones sexuales al margen, era la ocupación que permitía al tío Toby escapar de la realidad. Sin embargo, dos cosas me llevaron a adoptar el nombre actual: que se me identificara con el tío Toby (un tullido digamos que poco hábil con las mujeres) y el hecho de que por qué debía conformarme con un refugio cuando tenía al alcance de mi mano crear mi propia realidad. Así que Alfredópolis, para mí, más que un blog o una identidad virtual, es esa vida entre paréntesis que transcurre, salvo pequeñas incursiones, en paralelo a la mía.
[9] Estas palabras de Virginia Woolf son un gran ejemplo de la impostura y la desinformación que campa a sus anchas por Internet. En muchas páginas dedicadas a esas chupicitascelébres con que adornamos nuestra profunda sabiduría, las palabras de Woolf son deformadas, y en ningún caso se cita la fuente. Luego ya están los blogueros más sabios, que además de seguir deformando la cita original, quieren hacernos creer que procede de La señora Dalloway (1925). Nunca antes fue más cierto eso de que, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey.
 

 

36. La grandeza de las pequeñas cosas

Estoy seguro de que todos hemos dicho alguna vez eso de que el dinero no da la felicidad, aunque ayuda, claro está (las redes sociales están repletas de memes que hacen chistes sobre esta cuestión, ya lo sabéis); que la felicidad, en última instancia, consiste en saber apreciar la grandeza de las pequeñas cosas. Incluso en alguna ocasión, o tal vez en muchas, quién sabe, habremos defendido ante otras personas que lo nuestro no es una pose, que lo pensamos realmente, que vamos en serio y somos así, y a Dios ponemos por testigo de todo ello [venga, valiente, ves tú a preguntarle a Dios si es verdad lo que te estoy diciendo, y cuando tengas su respuesta seguimos la discusión].

Pero nada de esto es del todo cierto, en el fondo lo sabemos demasiado bien: sin dinero, a día de hoy, no se puede ser feliz; no al menos en este mundo, porque el dinero es esencial para nuestra supervivencia y para poder vivir con un mínimo de dignidad. Si escasea, nos encontramos con que carecemos de alimentos que llevarnos a la boca, de higiene y de descanso. Y cuando nos vemos privados de estas tres cosas indispensables (siendo la salud el resultado de su suma y combinación), se hace imposible vivir, y conditio sine qua non para poder ser feliz es no morir en el intento, es evidente; a lo sumo, sin estas tres cosas, malvivimos[1].

¿Y ya está? ¿Una vez satisfechas estas tres necesidades básicas ya somos felices? De sobras sabemos que la respuesta es no, aunque deberíamos darnos con un canto en los dientes por gozar de una vida más o menos digna. Sin embargo, tener una vida de una calidad aceptable no significa necesariamente tener una vida feliz, ni mucho menos; incluso es probable que la felicidad no sea un requisito indispensable para acabar teniendo una vida plena, ahí lo dejo.

Además, hay que tener en cuenta que vivimos en un mundo capitalista, y que la publicidad, los medios de intoxicación y las redes sociales (hace poco un buen amigo me dijo que la envidia es uno de los pilares de la sociedad, y cada vez estoy más de acuerdo con él; las redes sociales, por descontado, la explotan como nadie) se dedican, en buena parte, a alimentar nuestros deseos, a generarnos la necesidad de adquirir productos a cambio de nuestro dinero (en ocasiones, así de inteligentes somos, con un dinero del que no disponemos, hasta el punto de llegar a comprometer una parte de esas necesidades básicas que antes mencionaba), y eso hacemos: televisores, ordenadores, tabletas, móviles, coches, viajes, restaurantes, zapatos, pisos de lujo y un larguísimo etcétera del que no nos desprenderíamos por casi nada del mundo (y creo que estoy siendo muy generoso con el cuantificador) se convierten, casi por arte de magia, en aparentes garantes de nuestra felicidad. Pero ¿es eso cierto? ¿Ya somos felices? Tal vez sí, pero sólo hasta el lanzamiento del nuevo modelo, o hasta las próximas vacaciones, o hasta que veamos lo bien que vive aquél o lo que se acaba de comprar ese otro al que llamamos amigo, o simplemente hasta que nos acabemos aburriendo (y esta cadena no se detiene, nunca lo hace… muy schopenhaueriano todo, ya lo sé).

Sí, de acuerdo, estoy haciendo trampa. La felicidad es una emoción, un estado de satisfacción física y espiritual cuya duración es finita, no permanente; por fortuna, añado yo. De hecho, si la felicidad fuese perpetua, no sería tal, pues la felicidad per se es un estado excepcional, algo que se sale de la norma. ¡Joder, reivindiquemos nuestro derecho a no ser felices! ¡Abracemos nuestra tristeza con la misma intensidad con que intentamos aferrarnos en vano a nuestra huidiza felicidad! ¡Ignoremos esos mensajes que nos dicen una y otra vez que debemos ser felices por y para siempre! ¿No nos damos cuenta de que se trata de una perversión más para llevarnos a buscar la felicidad donde en realidad no se halla o es menos duradera? Porque lo más habitual es no ser felices; de hecho, no ser felices es lo que necesitamos para poder saber qué es la felicidad y cuándo tiene a bien venir a visitarnos.

Así pues, lo que nos queda y lo más recomendable, según mi opinión, y he aquí esas pequeñas cosas que encabezan este texto, es buscar la felicidad, porque la ansiamos, porque nos hace sentir de maravilla, allí donde sea más duradera (aunque no mucho, no sea que nos inmunicemos; que de todo hay en la viña del Señor, incluso gente incapaz de ser feliz alguna vez, por propicias que sean sus circunstancias), más barata (a poder ser que no nos cueste dinero o que su precio no sea excesivo) y, sobre todo, donde sintamos que siempre estará esperándonos, a nuestra disposición para cuando la necesitemos, dispuesta a ser invocada sin necesidad de esfuerzo sobrehumano alguno por nuestra parte.

¿Cómo identificar, entonces, esas pequeñas cosas que nos hacen felices? Sobre todo, mediante la práctica y el descarte. A fin de cuentas, nuestra existencia es un campo de entrenamiento donde vamos experimentando todas aquellas cosas dotadas de potencial para hacernos felices: nos ejercitamos en el amor con distintas parejas hasta que finalmente topamos con aquélla de la que pensamos que será la definitiva; practicamos diferentes deportes hasta que nos damos cuenta de que hay uno en especial con el que disfrutamos más (y no tiene por qué ser el que mejor se nos dé, aunque ayuda sentirse uno de los buenos, desde luego); leemos diferentes géneros literarios y a diferentes escritores hasta dar con aquellos que conformarán nuestro canon particular (siempre mucho más interesante que los oficiales, sin duda); nos decidimos por un tipo de vino u otro, por un animal de compañía y no otro, por una carrera u otra o ninguna en absoluto; optamos por ser de amaneceres o de anocheceres, de mar o de montaña, de pueblo o de ciudad, de estaciones de frío o de calor… En definitiva, se trata de experimentar, dentro de las posibilidades de cada uno (yo, por ejemplo, creo que nunca viajaré al espacio, así que por mucho que los silencios eternos de los espacios infinitos de los que hablaba Pascal pudieran hacerme feliz, jamás lo sabré porque no tendré oportunidad de experimentarlos, es así de simple), el mayor número de cosas, y quedarnos con aquéllas que verdaderamente nos hagan felices. El resto, pues directas a la papelera de reciclaje; ya han cumplido su cometido.




Pero si aún nos quedan dudas después de la práctica y el descarte, y es probable que así sea, siempre podemos recurrir a la pérdida para cerciorarnos de cuán felices éramos antes de que X (llamémosle así a cualquiera de esas pequeñeces) desapareciese de nuestra vida. Y es que, aunque tan diferentes entre sí, esas pequeñas cosas suelen tener en común que sólo somos conscientes del papel capital que desempeñan en la obtención de la felicidad cuando las hemos perdido por el motivo que sea. Así sucede con el amor en cualquiera de sus formas (sin duda, uno de los productores cuya felicidad –e infelicidad, sí– resulta más duradera, barata y accesible); o con la soledad; o con el sol cuando hemos tenido que emigrar a latitudes donde no brilla en demasía su presencia; o con el canto de los pájaros si nos hemos mudado a la gran ciudad…

Así las cosas, narro la anécdota que ha dado lugar a esta disertación: el pasado 2 de enero me reincorporaba al trabajo después de las vacaciones de Navidad, y como cada día desde hace ya unos años, me unía a mis compañeros en la puerta de la editorial para comentar lo que hubiese que comentar antes de empezar la jornada laboral (la verdad es que parecemos los protagonistas de un chiste: una secretaria, una teclista, un recepcionista, un mensajero, un informático y un editor se reúnen a la puerta de…). En esta ocasión, y una vez dados los besos y abrazos característicos de los reencuentros tras el parón navideño, la conversación giró en torno a cómo nos habían ido las vacaciones y, he aquí la pregunta estrella, si nos había tocado la lotería.

Ya sabíamos que algo habíamos pillado, porque el número que se jugaba en la editorial fue premiado con 100 euros por décimo, pero la pregunta no era ésa. Cuando alguien pregunta si te ha tocado la lotería, en realidad quiere saber si has sido premiado con el dinero suficiente como para dejar de trabajar (qué triste la vida de la clase obrera, ¿verdad?) o, como mínimo, para aquello tan socorrido de “tapar agujeros”: liquidar la hipoteca o el préstamo para el coche, pagar la universidad del nene o la nena, hacer esa reforma del hogar más que necesaria para la que nunca se dan las condiciones adecuadas, dar la vuelta al mundo, etc., es decir, si ya dispones del dinero suficiente y necesario para no tener que preocuparte por lo más básico de tu existencia y puedes lanzarte a la maravillosa aventura de ser feliz.

Por supuesto, porque en caso contrario el afortunado no hubiese estado allí (siempre digo que si algún día doy el petardazo, mi paso por la empresa se verá a reducido a un rumor muy, muy dudoso, y muy, muy lejano), no ha habido suerte. Pero esa desdicha sirvió para que cada uno de nosotros diera rienda suelta a sus fantasías, y la conversación se centró entonces en “esto es lo que yo haría si de repente fuese rico”. Así que uno a uno fue narrándole al resto de los allí congregados el día a día de su nueva y venturosa vida. Reconozco que cuando me llegó el turno de hablar, estaba embelesado con tanto lujo y opulencia como había brotado de la imaginería de mis compañeros y con tanto plan futuro trazado con maestría, de modo que a bote pronto me dio cierta vergüenza confesar el tipo de vida que había imaginado para mí en caso de tener, como se suele decir, la vida resuelta[2]. Pero justo en ese momento Lápiz y tinta, mi canción preferida (tal vez porque la considero una de las más cargadas de poesía) de El Último de la Fila, empezó a sonar en mi cabeza, y ya cuando llegué a mis versos favoritos (“Libro, nube, ése es mi descanso”) había encontrado el arrojo necesario para decir: “Pues yo me levantaría temprano, desayunaría, llevaría a mi hija al colegio, daría un paseo y aprovecharía para leer y escribir (o para escribir y leer, aunque me gusta más la primera opción). Y viajaría cuando el calendario de mi pequeña me lo permitiese (no soy persona de grandes viajes, no sueño con visitar Nueva York ni Egipto ni atravesar a pie el desierto de Gobi, aunque no me disgustaría ninguna de esas aventuras, también es cierto; sólo tengo un “viaje de mi vida”: ir a Uganda, a Ruanda o a la República Democrática del Congo, o a los tres países, para ver en su hábitat natural a los pocos gorilas de montaña que quedan). Poca cosa más, la verdad. Ir a comer o a cenar a buenos restaurantes cuando se terciase, adquirir nuevos vinos para mi vinoteca y tomarme una copita, o tal vez un gin-tonic, antes de irme a dormir. Y consumir cine y teatro, claro, pero no cambiaría de domicilio ni nada de eso; aunque si me tocase tantísimo dinero que no supiese en qué gastarlo, me compraría una casa en la montaña para ir en verano y una en la playa para ir en invierno (no es broma, esto se lo he dicho a mi pareja hace relativamente poco tiempo en uno de esos días en los que nos pusimos a soñar, así que ya veis por dónde van los tiros)”. Risas, claro. Pero el dinero, como decía el joven Bolaño, sirve esencialmente para comprar tiempo con el que hacer cosas (cosas que te hagan feliz, añado yo), y a eso lo dedicaría mi yo rico.

Mientras releo el texto y pienso en un final adecuado con que concluirlo, me doy cuenta de que casi todo lo que dije que haría si fuese rico ya lo hago habitualmente o está bastante cerca de mi mano poder hacerlo (bueno, debido a mi horario laboral no creo que pueda llevar a mi hija al cole cuando llegue el momento, y no puedo dedicarle todo el tiempo que me gustaría dedicarle, desde luego, pero intento disfrutar al máximo de cada segundo que paso con ella). En todo caso, la lotería sólo me permitiría abundar en ello. Así que puedo considerarme feliz, muy feliz, y todo lo escrito más arriba no es más que el intento de explicarme a mí mismo por qué lo soy.
Te estoy muy agradecido, querido lector (para mí no tienes identidad, eres un número más en el contador de visitas de este blog), si has llegado hasta aquí, siempre es muy satisfactorio que alguien dedique su tiempo a lo que uno escribe. En recompensa por ello, y porque creo que es justo y pretendo establecer una relación contigo basada en la honradez a través de este blog, voy a confesarte algo sobre el proceso de creación de este post.

No te engaño si te digo (creo que ya lo he mencionado en alguna publicación anterior, pero puede ser que me traicione la memoria) que Alfredópolis es algo así como el patito de feo de mis ocupaciones: no es la principal ni la única, ni siquiera la más preciada, y me niego a que así sea. Su concepción se dio bajo esta premisa, y no ha cambiado ni va a cambiar. Esto no significa, sin embargo, que no le tenga cariño y que, en cierto sentido, me sienta obligado a ir publicando de vez en cuando (¡de-vez-en-cuan-do!, la cantidad siempre debería supeditarse a la calidad, y la superficialidad a la profundidad, aunque ya leo que no van por ahí los tiros…). En definitiva, eso es un blog, una actualización más o menos frecuente de contenidos que resultan de interés para su autor o autores (y para sus lectores, espero y deseo).

Así pues, como llevaba sin publicar nada desde el 10 de noviembre del año pasado, sentía cierta necesidad de hacerlo. Me gusta mi blog, me siento cómodo con él y me es útil por muchas razones. Y no es que haya experimentado el famoso y temido (¿y mítico?) bloqueo del escritor, a día de hoy puedo decir que no conozco en persona a tan terrible bestia: no he publicado nada debido a un simple orden de preferencias vitales; de hecho, diría que estoy en un buen momento creativo, que se une al personal y al laboral (hasta 6 posts más aparte de éste aguardan en la bandeja de borradores para ser finalizados, además de un par de cosas que tengo en mente), sin duda, debido a dos espacio-tiempos recientemente reconquistados: he recuperado la hora para comer que tengo cada día (excepto la de los miércoles, que la dedico a jugar al Cluedo o al parchís con mis compañeros Alma y Jordi) gracias a los tuppers con los que, desde que nació Júlia, nos avituallan (y casi desbordan) mi madre y mi suegra, de modo que ese tiempo lo dedico a leer y a pasear. Asimismo, he variado ligeramente el trayecto desde que salgo del trabajo hasta que llego a la estación de Sants, lo justo para arañarle unos tres minutos al reloj sin necesidad de bajar a paso demasiado ligero, y es en ese preciso momento cuando “escribo”.

Se vierte mucha tinta sobre el proceso de creación de quien escribe. Los propios escritores lo hacen y lo seguirán haciendo, y aunque no sé si es verdad todo lo que cuentan, no tiene nada que ver con mi propio ritual (normal, ¿no?, pocas cosas hay tan íntimas como la escritura). Como podéis ver, yo necesito dinamismo, movimiento, y una vez puesto en marcha y sin distracciones, se pone en funcionamiento mi mecanismo creativo: conjuro la memoria (reviso conversaciones y gestos, experimento sentimientos, revivo versos o fragmentos literarios, visiono mentalmente escenas de series o películas y canto canciones; explícale tú ahora a quien se cruza en mi camino que hago morisquetas, hablo solo o tarareo porque voy “escribiendo” mientras avanzo con mi mochila a la espalda) y sobrevienen las asociaciones (según mi experiencia, cuanto más extravagantes e inesperadas, mejor) que anteceden a las ideas. Por supuesto, esas ideas hay que revisarlas[3](ya se sabe: cuando tengas una idea que te parezca genial, cuéntasela a alguien cercano y verás que ya no lo es tanto; y cuando finalmente la pongas por escrito, te darás cuenta de que es una puta mierda), pero lo importante es tenerlas. Luego, cuando te pongas delante del papel o del ordenador, ya tendrás tiempo de estrujarte la cabeza sobre cuál es la mejor manera de contársela a los demás (y éste es el secreto de la escritura: el cómo y no el qué, querido Watson). Sin embargo, al menos en mi caso, es imprescindible ese “escribir” previo en el que vengo abundando desde hace unas líneas.

¿Qué pretendo con todo esto? Pues considéralo una confesión, porque debido a la necesidad (autoimpuesta, sí) de publicar algo, y viendo que la elaboración de los otros posts que antes comentaba me iban a ocupar más tiempo y esfuerzo del que esperaba (para mayor alborozo mío, que quede claro), pensé que un texto sobre aquella conversación del día 2 de enero me sería fácil de escribir y me permitiría insuflarle algo de vida a mi blog (¡como una suerte de McGuffin!). Pero claro, me pongo a escribir sobre una conversación de lo más tópica y acabo rebasando las 3000 palabras… ¿No es maravillosa la grandeza que se puede encontrar en las pequeñas cosas?


[1] Quien desee profundizar en este aspecto debería adentrarse en el mundo de la justicia distributiva (cosa que no haré yo por una cuestión de espacio y por no abusar de la paciencia de las personas que leen este blog), es decir, en cómo repartir bienes (cosas que las personas deseamos; son especialmente importantes, y entre ellos se encuentran las tres necesidades básicas anteriormente comentadas, los relevantes) y cargas (aquellos sacrificios necesarios para el mantenimiento de la sociedad; por ejemplo, los impuestos –a la vista está que las políticas económicas de PP, Ciudadanos, PNV o Convergència y sus mil nombres de seda, y las de aquéllos que les dan su apoyo para que las lleven a cabo, tienen poco en cuenta esto del reparto justo de las cargas–) en una sociedad de forma equilibrada.
[2] Sí, papá, soy pobre hasta para pedir, ya lo sé. Mi padre es de esas personas que siempre desea a lo grande, así que si en lugar de dos millones de euros, pongamos por caso, le pueden tocar trescientos, mejor que mejor; pero no para él, no, sino para solucionarle la vida al resto: a sus hijos y nietas, por supuesto, pero también hasta a la última manzana de su árbol genealógico. Y yo siempre le digo que si alguna vez le toca algo, lo que tiene que hacer es pulírselo con mi madre (igual que con lo que pueda tener después de una vida entera trabajando ambos), que ellos han salido adelante sin la ayuda de absolutamente nadie, y lo mismo podemos (y debemos) hacer el resto. Es un bonito deseo altruista el suyo, sin duda, pero no lo comparto en absoluto.
[3] Yo no soy Flaubert, ya me gustaría, pero dentro de la revisión de cualquier texto incluyo siempre su lectura en voz alta. Si no me suena bien a mí, que sé exactamente cuál es el tono y el ritmo que debe tener, difícilmente le parecerá bien acabado a otra persona.

30. Leer (y escribir)

El pasado 7 de junio se presentaba, en un acto presidido por el entonces conseller de Cultura Santi Vila (el yerno perfecto, en dura pugna con Albert Rivera: joven, guapete, barbita arreglada, ultraliberal y… ¡llibrèfil!), en la Fundació Tàpies de Barcelona, el Pla de Lectura 2020.

Vaya por adelantado que, como amante de la lectura que soy (lletraferit, mejor dicho; prefiero, con diferencia, la palabra catalana; en castellano no existe un equivalente tan bello), compartí vía Facebook un artículo de Bernat Puigtobella[1] para Núvol, donde el periodista se hacía eco del futuro acto que se iba a celebrar y citaba a algunos de los autores, críticos, editores, traductores y otras personas del mundo de la cultura que han participado en el volumen Per què llegir que ha editado la Conselleria junto al ya mencionado Plan. Y aunque el propósito de este post era y es dedicarle unas cuantas líneas al fenómeno de la lectura (y de la escritura), no he podido resistir la tentación de leerme un plan que, a priori, parece una buena idea (cualquier cosa que fomente la lectura tiene que ser buena, ¿no?). Así que antes de seguir adelante, comento lo más brevemente que pueda qué me parece el “revolucionario” plan puesto en marcha por la Conselleria de Cultura de la Generalitat de Catalunya y luego ya me centro en cosas más serias.

Ya en el Prólogo del Plan[2], firmado por el muy honorable Santi Vila i Vicente[3], se manifiesta que, en aras de la creación de una sociedad realmente educada, culta y finalmente libre, se impulsa el nuevo Plan para incentivar el hábito lector, según manifiesta el conseller llibrèfil, prioridad (cultural, se entiende) de esta legislatura que estamos viviendo… ¿de verdad que ésta es la prioridad cultural? ¿Lo que interesa es que la gente lea y a ello se dedican todos los esfuerzos y medios disponibles? Yo tengo una opinión muy distinta, que no manifestaré, pues no quiero precipitarme, así que voy a hacerle caso al señor Vila y seguiré leyendo crítica y atentamente sus propias palabras…

[Entienda el lector que ésta y la siguiente pausa que la seguirá intentan reproducir el tiempo que quien esto escribe tarda en nutrirse de la prosa didáctica del conseller]

¡Vaya, veo que el conseller llibrèfil (o quien le ha escrito el Prólogo) es un tío culto, pues parafrasea, aunque no reconoce la fuente, sin duda un rasgo de actualidad, el clásico texto de Immanuel Kant Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?[4] (La cosa promete, ¿verdad? Reconozco que me ha excitado el intelecto). El sueño ilustrado, dice… yo me sé otra máxima ilustrada: “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”, y esto empieza a apestar a despotismo, veremos si me equivoco…

[… ¡Ajá! ¡Te pillé, bandido!]

Creo que por fin he dado, 22 líneas después, con la verdadera prioridad de la legislatura: el conseller, cual mago que se precie (o trilero, mejor dicho), convierte ante nuestros ojos un acto íntimo y privado (y es que no vivimos en tiempos de aedos ni rapsodas, Bob Dylan mediante), la lectura, en un proceso colectivo, y compara la libertad individual que puede experimentar quien lee un libro con el anhelo de quien desea la independencia como salida al yugo de una supuesta represión, además de identificar a quien lee, el culto, el guay, el diferente (en sentido positivo), con los que piensan como él. Menos mal que ya nos ha avisado de que teníamos que poner en práctica la lectura crítica, eso sí que lo tiene este buen señor… Pues bien, ya tenemos la cultura supeditada a un objetivo político; quien se nos presentaba como paladín del libro acaba de mostrarnos su verdadera intención: la lectura, al contrario de lo que manifestaba el conseller inicialmente, no es un fin en sí mismo, sino un medio. Y sólo nos hemos leído el Prólogo… Fantástico esto de la deconstrucción, ¿verdad?

Pero, sigamos, que la cosa promete no tener desperdicio: una vez fijado el objetivo, a nadie se le escapa que puede haber diferentes formas de alcanzarlo; a un destino concreto se puede llegar por arriba o por abajo, y por la izquierda o por la derecha. Así que, ¿qué nos deparará el Pla de Lectura 2020? Pues no hace falta avanzar demasiado en el documento, porque en la introducción, a cargo del periodista Quim Torrent Frigola, Director general de Creació i Empreses culturals (¿Empresas culturales? ¿Cultura y empresa formando un mismo sintagma cuyo núcleo es empresas? ¡Suena la fanfarria ultraliberal! ¡Vargas Llosa acaba de tener un amago de erección!), después de mencionar la postverdad (interesante concepto, sin duda), se nos informa de que las veinte medidas del Plan no se doblegarán (¡por fin!) ante los cambios que puedan experimentar las circunstancias políticas, económicas o financieras, pero que (ay, amigos, siempre hay algún pero), para lo bueno y paro lo malo, estarán sometidas a las disponibilidades presupuestarias… ¡en qué quedamos, señor Torrent, que me tiene usted la picha hecha un lío con tanto sí, pero no! ¡Menudo brindis al sol que nos están vendiendo!

Va, sin que sirva de precedente, vamos a confiar en estos políticos que sí que dicen la verdad en la época de la postverdad, leamos el documento hasta el final, que, además, las fotografías que lo acompañan son muy chulas…

[Pausa parecida a las anteriores, pero sin tanto deleite; la descripción de las veinte medidas del Plan no tiene ni punto de comparación con la exquisita prosa del conseller llibrèfil]

Pues una vez leído dónde va a ir el dinero del contribuyente (en caso de que las disponibilidades presupuestarias así lo permitan, ya estamos advertidos) para esto de fomentar la lectura, veo que no se ha pensado destinar ni un céntimo a las bibliotecas escolares (iba a escribir también públicas, en referencia a las escuelas públicas, pero tampoco quiero provocarle un sarpullido a ningún miembro del govern). Así que, ¿para qué y para quién se destina este plan? Porque los que amamos la lectura y la hacemos formar parte de nuestra vida como algo normal (y es que se trata de normalizar, no de prestigiar, los lectores no somos más guays que el resto ni somos una especie evolucionada del Homo sapiens sapiens, ni otras paparruchadas por el estilo), sabemos que para que el hábito lector se cree y se consolide son necesarias dos cosas: la primera, que en los centros educativos (y si son públicos, mejor, ni que sea por aquello de hacer llegar al máximo número de personas la iniciativa…) se disponga de las bibliotecas adecuadas y de tiempo para que los más jóvenes descubran eso tan maravilloso que son los libros; y la segunda, que en los hogares la lectura sea algo normal, para que pase de padres a hijos. Y como veo que el llibrèfil no se quiere enterar, le adjunto Stages of the reader, una viñeta muy pedagógica del siempre genial Grant Snider, a ver si para el próximo plan nos olvidamos de tanta ilustración despótica y manipuladora, y nos centramos de verdad en la cuestión, ¿eh, conseller?:

Supongo que a nadie le habrá sorprendido que el Pla de Lectura 2020 no sea más que pura propaganda simpática (desde arriba en la escala social y por la derecha en cuanto a ideología), o no debería, ya sabemos qué tipo de personas son éstas de la antigua Convergència (en lo económico y social, una suerte de PP cuya lengua vehicular es el catalán, de igual modo que ERC es una suerte de PSOE, con el añadido de algún tuitero-regordete-ídolo-de-masas). Pero no me detengo más en una iniciativa que no va a ningún lado, y me ocupo ya de la lectura en sí misma, a ver si consigo vendérsela a alguien.
En efecto, como bien apunta alguna de las opiniones que recoge el artículo de Puigtobella, la lectura no sirve absolutamente para nada, podemos seguir viviendo sin haber leído jamás un libro, en caso contrario la especie humana ya haría tiempo que estaría en serio peligro de extinción. Pero aunque leer no nos sea útil para nada, pocas veces, y éste era el comentario con el que presentaba el artículo cuando lo compartí en Facebook, algo tan inútil resulta, a la postre, ser tan útil. Pero ¿para qué es útil entonces?
Quien esté pensando que la respuesta a la pregunta sobre la utilidad de la lectura tiene que ver con el dinero, motor de nuestro mundo, anda muy despistado. Tampoco me voy a dedicar a copiar aquí citas célebres de escritores del tipo “quien lee vive seis mil veintisiete coma tres vidas, y quien no lee se resigna a vivir sólo una”. Tengo la impresión de que esta mitificación (aparte de ser útil en las presentaciones de los malos pedagogos) de la lectura sólo complace a quienes ya leemos habitualmente, y quienes ya leemos habitualmente no necesitamos que nos canten las virtudes de algo que ya sabemos que es maravilloso. Lógico, ¿no? Si se trata de incentivar la lectura, se debe normalizar el acto lector. No en vano, desde los albores de la cultura, la lectura, en forma de literatura oral, ha estado siempre presente en la vida de los seres humanos, es ahora cuando la hemos echado de nuestras vidas o, mejor dicho, pienso yo, cuando algunos sectores económicos, políticos y sociales han hecho lo posible no sólo para que no leamos, sino para que le bordemos la letra escarlata a quien decide libremente pasar su tiempo libre ocupado en una actividad tan aburrida e improductiva como leer. Para que nos entendamos, es mucho más digno de respeto y admiración aquél que corona una cima o que corre 10 kilómetros diarios equipado con su reproductor musical para no pensar que aquél que lee 100 libros al año para pensar más y mejor… y o yo soy muy raro, o aquí hay algo que no funciona como debería funcionar.
Y es que la lectura es fundamental para el pleno desarrollo del ser humano, entre otras muchas cosas, porque amplía nuestro vocabulario: ¿recordáis a Wittgenstein y aquello que decía sobre que los límites de nuestro mundo son los límites de nuestro lenguaje? Pues es así, todo lo que no sepas nombrar no existe, la vida es lenguaje y símbolos que hay que interpretar. Además, la lectura permite fijar la ortografía y las estructuras sintácticas de la lengua que hablemos para poder comunicarnos con el resto de hablantes de forma adecuada, correcta y coherente. Asimismo, quien lee, analiza, y quien lee mucho, en consecuencia, analiza (“vive”) numerosas situaciones que siempre serán susceptibles de ser aplicadas a la vida cotidiana de cada individuo (vamos, que es muy probable que sea más difícil que nos la den con queso). La lectura también ejercita el cerebro, el músculo más importante del cuerpo humano y que nunca se trabaja en un gimnasio. Claro que nunca lo podremos vestir con unos leggins o con una camisetita ajustada, y no suele ser muy fotogénico… La lectura, además, es fundamental para la adquisición de conocimiento (sí, ya sé que cada vez que se habla de adquirir conocimiento -“inútil”- muere un gatito en el mundo, a un pedagogo le entra diarrea, a un político le tiemblan las piernas y a una mamá moderna se le tuerce el gesto porque va en contra de la enseñanza orientada a las capacidades específicas de su hijo, que lo conducirán, haciéndole el trabajo al futuro departamento de recursos humanos que se ocupe de su caso concreto, a empaquetar en cajas de cartón objetos fabricados por máquinas en una fábrica cualquiera). La lectura, en definitiva, enriquece y amplía nuestra visión y nuestra experiencia y nuestra interacción de y con el mundo, y no deberíamos dejar que nadie nos hiciese olvidarlo. ¿Pueden existir motivos más poderosos para lanzarnos a leer un libro tras otro? Para mí no los hay, pero ya decía al inicio de este post que soy un lletraferit, así que nadie tiene que convencerme de nada.
Quien esto escribe devorando El cerdo que quería ser jamón, de Julian Baggini.
Los caminos de la lectura son inescrutables, y es muy posible que nuestra incursión en este mundo nos lleve a acabar escribiendo también nosotros para que nos lean otros. De hecho, siempre que alguien me ha preguntado cómo podía aprender a escribir bien (o correctamente, que no es lo mismo: se puede escribir bien pero no correctamente, y del mismo modo se puede escribir correctamente pero no bien; en todo caso, a ambas cosas se llega de la misma forma: ¡leyendo! También es cierto que lo más frecuente es no hacerlo bien ni correctamente, todo hay que decirlo; lo que sí está claro es que quienes mejor y más correctamente escribe pocas veces dice de sí mismo que lo hace, así que algo relacionado con la humildad también interviene en esto), mi respuesta ha sido: ¡leyendo! Es muy cierto eso de dime qué lees y te diré cómo escribes.
Así las cosas, yo escribo, lo cual no hay que confundir con que soy escritor: escribo cuando puedo en este blog (de hecho, es el patito feo de mi escaso tiempo libre, de ahí que no publique muy frecuentemente y que todos los temas sobre los que escribo sufran cierto delay) porque me divierto haciéndolo, porque la escritura me relaja y me ayuda a pensar (de hecho, en muchas ocasiones no sé a ciencia cierta qué pienso sobre algo hasta que lo pongo por escrito), porque la escritura actúa como catarsis, tiene un efecto reparador en mí, y porque, en cierta manera, la escritura siempre ha sido una necesidad que, tarde o temprano, tengo que satisfacer (como un yonqui con su adicción, para que nos entendamos). Pero eso no significa que sea escritor, no me gano la vida con lo que escribo, no publico y no sé si algún día intentaré publicar algo (sobre todo por mi alto nivel de autoexigencia, que si lo que quisiese es publicar, ya podría haberlo hecho; no sé, para publicar algo con lo que no esté satisfecho intelectualmente siempre estoy a tiempo); supongo que sé lo suficiente de narrativa, poesía y teatro como para no llamarme escritor (y eso que la tentación es grande, que con esto de las redes sociales y de la autopromoción hay un montón de nuevos-y-geniales-escritores-que-no-escriben-o-lo-que-escriben-no-vale-ni-para-equilibrar-la-mesa-coja, así que es fácil llegar a pensar que si X dice que lo es, ¿qué no seré yo, que lo hago infinitamente mejor?). Pero escribo, y me gusta hacerlo. Y me gusta que mi pareja se emocione cuando le escribo algo, y que se le inunden los ojos de lágrimas cuando escribo sobre nuestra hija, o que alguien se ponga en contacto conmigo a raíz de la última entrada que publiqué en este blog (Into the Wild) porque había tenido a una suerte de McCandless en su vida al que no había entendido en su momento pero que ahora, después de leer mi texto, veía con otros ojos. Eso es lo que encuentro gratificante de la escritura, de mi escritura, la posibilidad de conexión emocional e intelectual con otras personas: encontrar nuevas palabras más allá de las palabras. El resto, el business, la fama, no me interesan.
Sin embargo, y con esto me despido, como decía el gran Borges, “uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”. Y Borges es Dios.


[3] Como curiosidad, el señor Vila se inició en esto de la política en las filas de ERC, y, vaya por Dios, si hubiese sabido qué postura ideológica acabaría haciendo suya el partido de Junqueras, bien podría haberse ahorrado el cambio. Eso sí, las conselleries habrían tenido que esperar un poco más…
[4] “Perquè afavorir l’hàbit de la lectura és condició necessària per poder disposar de ciutadans capaços d’encarnar el somni il·lustrat que va imaginar que, un dia, els humans podríem abandonar definitivament la nostra autoculpable minoria d’edat, foragitar la ignorància, la superstició i els prejudicis, i afirmar el triomf definitiu de la raó.” Pla de Lectura. Vol. 1.