57. ¡Larga vida al periodismo de Svetlana Alexiévich!

Y cayó del cielo una estrella que ardía como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos y de las fuentes de agua. Y el nombre de esta estrella es ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo y un sinnúmero de hombres perecieron por las aguas, porque éstas se tornaron amargas (ajenjo es chernóbil en ucraniano).

 
 
 
 
 
Confieso que mi llegada a Chernóbil se debe al visionado de la exitosa miniserie que HBO le dedicó al peor desastre nuclear de la historia de la humanidad hace escasos meses. Y confieso, también, que Chernobyl me pareció que representa muy bien lo que tuvo que ocurrir en realidad aquella lejana noche de 1986 (hay gente que afirma haber tenido que abandonar alguno de los episodios por considerarlo insoportable, mientras que yo aún me pregunto a cuál se pueden referir: ¿qué esperaban encontrar?) y que Stellan Skarsgård, en una producción plagada de grandes interpretaciones, borda su papel como Borís Shcherbina.

 

Ahora bien, pese a que en general la miniserie me gustó (como siempre sucede con las producciones de HBO, se cuidan todos y cada uno sus detalles), me dejó con ganas de más. Y no porque yo sea un morboso de ésos que están deseando fotografiarse junto al reactor 4 de la famosa central (al contrario, ese tipo de personas me parecen imbéciles sin remedio), sino porque focaliza demasiado, para mi gusto, en la búsqueda de culpables (ya sabéis, todo lo que no ha gustado de la serie en una parte importante de Rusia: el aparato del Estado comunista, sus mentiras y su abuso de poder) y en el desastre en sí, pero la situación presente y futura (no nos engañemos, Chernóbil sigue ahí, latente, y seguirá ahí por cientos de miles de años) apenas se resume en unos cuantos datos que se aportan al final. Y como siempre sucede con todo aquello que se silencia, acaba generando todavía más dudas; a mí me dejó un gran e inquietante interrogante: ¿Y ahora qué?

 
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Lo cierto es que cuando estalló el reactor en 1986 yo ya estaba en este mundo (me quedaba poco más de un mes para cumplir 6 años), pero mis recuerdos de aquel crucial momento apenas me sirven de ayuda. Sí que guardo la sensación, en algún compartimento añejo de mi memoria, de que los informativos se pasaron días hablando sobre el desastre de Chernóbil y una serie de palabras y frases que hasta muchos años después no he empezado a dotar de significado: accidente, central nuclear, radiactividad, como lo que sucedió en Hiroshima (esta comparación me acojonaba bastante, porque en casa teníamos un álbum de cromos, seguramente de mi hermano, porque yo no recuerdo haber participado en él, que reproducían las carátulas de películas más o menos exitosas de la época, y una de ellas, de cuyo nombre no consigo acordarme, sólo sé que la trama se iniciaba después de un accidente nuclear y de que la radiación convertía a los afectados en zombis, consistía en el rostro de un no-muerto dibujado siguiendo el estilo de un cómic; de ahí que desde entonces todo lo relacionado con la energía nuclear acuda a mi imaginario al son de Thriller, otro de mis terrores de la infancia), nube tóxica, muertos por radiación; lo único que comprendí, lo que necesitaba comprender, fue: no te preocupes, no hay peligro, eso ha pasado muy lejos… en Rusia (el mismo día de la explosión del reactor, el 26 de abril de 1986, según datos de la Escuela Superior Internacional de Radioecología Sájarov, se registraron niveles elevados de radiación en Polonia, Alemania, Austria y Rumanía; el 30 de abril, en Suiza y el norte de Italia; el 1 y el 2 de mayo, en Francia, Bélgica, Holanda, Gran Bretaña y el norte de Grecia; el 3 de mayo, en Israel, Kuwait, Turquía… las sustancias gaseosas y volátiles siguieron el mismo camino que la invisible radiación: el 2 de mayo, en Japón; el 4 de mayo, en China; el 5, en India y Estados Unidos; el 6, en Canadá…). Nada que temer, por supuesto… ojo, no culpo a quienes me tranquilizaron de tal manera, era lo que tenían que hacer en aquel momento y yo hubiese actuado igual con mi hija, además de que sabían tanto del desastre acaecido en Chernóbil como la mayoría de la población mundial. Pero la anécdota me sirve para mostrar cómo se reaccionó aquí ante la mayor amenaza que se ha cernido jamás sobre la especie humana.

 

Pero como decía antes, mi preocupación por el futuro (aunque paradójicamente a mí me vaya quedando menos, desde que soy padre el futuro es algo que me preocupa mucho más de lo que me preocupaba antes) me llevó a recopilar información útil, y por útil me refiero a algo inteligible para alguien como yo, es decir, con conocimientos bastante limitados de física nuclear, sobre lo ocurrido aquel funesto 26 de abril de 1986. Y fue así como me topé con Svetlana Alexiévich, de quien sabía que había sido galardonada con el Nobel de Literatura en 2015, pero poca cosa más. Nunca había leído nada de ella (la concesión del Nobel siempre me ha parecido debida más una cuestión política o a alguna otra razón oscura que se me escapa que a la valía literaria; verbigracia, los premiados españoles: José Echegaray, sin comentarios; Jacinto Benavente, un dramaturgo que vivía a espaldas de las corrientes teatrales europeas, a quien sólo hay que comparar con su contemporáneo Valle-Inclán para comprender su estadía sin retorno en el olvido; Vicente Aleixandre… ¿no había otros poetas merecedores del galardón antes que él en la erróneamente denominada Generación del 27?; y Camilo José Cela, más de lo mismo, pero en este caso como guiño y reconocimiento a la supuesta transición democrática española; al único al que salvo es a Juan Ramón Jiménez, y no sé si acierto o su salvación está condicionada por mis gustos personales), y si no hubiese visto la miniserie de HBO es posible que nunca la hubiese leído. Sea como fuere, tanto la trayectoria de la periodista bielorrusa (más de diez años alejada de su país natal por enfrentarse con la verdad a las autoridades patrias en general y al presidente Lukashenko en particular) como el título del ensayo que publicó en 1997 sobre el desastre nuclear soviético (Voces de Chernóbil: Crónica del futuro, aún hoy prohibido en Bielorrusia) captaron por completo mi atención: eso era lo que buscaba con exactitud, alguien que se ocupase de Chernóbil con la vista puesta en el futuro, que fuese capaz de llenar el vacío informativo que la serie de HBO me había dejado. Y no me equivoqué.

El ensayo, una suerte de tragedia griega del siglo XX con la vista puesta en las centurias venideras, se inicia con una nota histórica que consiste en fragmentos de entradas enciclopédicas, periódicos, publicaciones científicas y artículos colgados en la red que nos ponen en situación: el infierno es aquí y ahora, y nosotros somos sus moradores. Sin embargo, pese a lo que solemos creer, el séptimo círculo no tiene su epicentro en Ucrania o en Rusia, sino en Bielorrusia, un pequeño país agrícola de unos 10 millones de habitantes que, pese a no haber tenido jamás una sola central nuclear en su territorio, es la gran víctima de la tragedia de Chernóbil. Para que nos hagamos una idea del horror, durante la Segunda Guerra Mundial los nazis destruyeron 619 aldeas y pueblos, y murió 1 de cada 4 bielorrusos; Chernóbil destruyó 485 (70 de ellos enterrados bajo tierra para siempre para mitigar el riesgo radiactivo), 1 de cada 5 bielorrusos vive en territorio contaminado (esto es, 2100000 personas, entre ellas, unos 70000 niños), donde la mortalidad supera a la natalidad en la friolera de un 20%. Por si fuera poco, sigue presentándonos las tinieblas a golpe de dato Alexiévich, el 70% de los radionúclidos que la explosión del reactor 4 arrojó a la atmósfera cayeron sobre Bielorrusia, y afectó al 23% de su territorio, frente al 4,8% del ucraniano o el 0,5% del ruso (se estima que el cesio-137 se extiende sobre 1,8 millones de hectáreas de suelo bielorruso, y el estroncio-90, en 0,5 millones; y que el 26% de los bosques y más del 50% de los prados a orillas de los ríos Prípiat, Dnepr y Sozh están contaminados). En lo que se refiere a la incidencia directa de la radiación en la salud de la población bielorrusa, los datos son los siguientes: antes del accidente, se detectaban 82 casos de cáncer por cada 100000 habitantes; tras Chernóbil, la cifra se eleva a 6000 (sin tener en cuenta que las pequeñas dosis de radiación elevan cada año el número de niños que nacen con deficiencias mentales, disfunciones neuropsicológicas o mutaciones genéticas). En cuanto a la mortalidad, en la década que va desde el accidente hasta la publicación del ensayo de Alexiévich, la mortalidad crece un 23,5%, y en las regiones contaminadas 7 de cada 10 habitantes estaban enfermos. Desde 1990 hasta 2003 (en 2013 se publica una edición revisada del ensayo), murieron dos liquidadores (las personas encargadas de limpiar las zonas contaminadas) al día. Para la historia (la oficial, que coincide con la que vemos en la pequeña pantalla por cortesía de HBO) y la nota histórica con que realizamos nuestro particular descensus ad inferos, Chernóbil se cierra con el juicio y las sentencias a los Briujánov, Kovalenko o Diátlov, cuando en realidad no ha hecho más que empezar: hasta ahora conocemos los datos, pero aún no hemos visto con nuestros propios ojos qué aspecto tiene el horror.

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Acto seguido, Alexiévich nos presenta el primer testimonio de los muchos que pueblan su ensayo, titulado “Una solitaria voz humana” (el último, el de la esposa de un liquidador, se titulará igual), el de la esposa del bombero Vasili Ignatenko, fallecido tras participar, sin las medidas de seguridad adecuadas, en las tareas de extinción del fuego del reactor 4. Quienes hayan visto la miniserie de HBO ya sabrán de qué va tal testimonio y que te encoge el corazón (lo curioso es que Chernobyl no reconoce, o yo no he sabido encontrar tal reconocimiento, que la fuente principal de la que se nutre es el ensayo de Svetlana Alexiévich): para que nos entendamos, el ejemplo de Ignatenko y su familia sirve para ilustrar los efectos de la radiación, la agonía de quienes se ven afectados por ella y de cómo cambia la vida de sus seres queridos para siempre. Sin embargo, el testimonio de Liudmila Ignatenko, pese a ocuparse de la muerte, está inundado de amor, de pura humanidad (“Pero yo le he hablado del amor… De cómo he amado.”); no desvelaré mucho más al respecto, no pretendo destriparle la serie a quien no la haya visto, ni mucho menos el ensayo de Alexiévich, tan sólo que la constante amor y muerte (“No sé de qué hablar…”, inicia su testimonio Liudmila, “¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo?”) que en este capítulo se nos presenta se repetirá en todos y cada uno de los testimonios que conforman Voces de Chernóbil, memoria, de momento, viva (“Esta gente se está muriendo, pero nadie les ha preguntado de verdad sobre lo sucedido. Sobre lo que hemos padecido. Lo que hemos visto. La gente no quiere oír hablar de la muerte. De los horrores”) de lo que nunca debería volver a ocurrir.

Tras esta suerte de prólogo protagonizado por la historia del joven matrimonio Ignatenko, Alexiévich toma la palabra por primera y última vez (con la excepción de las indicaciones, a modo de acotaciones teatrales, con que marca los movimientos, las expresiones o las inflexiones de voz de sus entrevistados), y consigue así lo que en mi opinión es el gran logro literario del ensayo (junto a la magistral labor de edición que lleva a cabo con el abundante material compilado en su implacable y valiente labor periodística): dejar que sean sus entrevistados los que nos cuenten su experiencia, dejarles hablar sin intervenciones ni orientaciones ni preguntas-respuestas interesadas, porque ella, la periodista, no es lo importante, su opinión y sus juicios de valor carecen de interés, a nadie le importan, y ella es lo suficientemente inteligente y profesional para ser consciente de ello y optar por el silencio (sin duda, Voces de Chernóbil debería ser de lectura obligatoria en todas las facultades de periodismo del mundo, más centradas en la fabricación de cobardes creadores de opinión al servicio del poder que en la de honestos y auténticos periodistas). De resultas de todo ello emerge la verdad y su inevitable carácter polifónico.

En la entrevista que se hace a sí misma (ella es otro testimonio más de la mayor tragedia del siglo XX), Alexiévich confiesa que su ensayo es más un testimonio sobre el futuro que sobre el pasado (y aquí engarza con el perturbador interrogante que me llevó hasta ella), y que sobre todo le da miedo, como es lógico, acabar banalizando el horror. Para ella, y creo que para todo el mundo que sea consciente de lo que sucedió aquella noche primaveral de 1986, Chernóbil es una catástrofe del tiempo, pues su magnitud devastadora altera pasado, presente y futuro (sus efectos son eternos a escala humana), un reto que rebasa nuestros conocimiento e imaginación; el pasado ya no nos sirve de asidero porque nunca antes se ha vivido algo parecido: las respuestas procedentes de la física, la religión y la literatura saltaron por los aires cuando explotó el reactor 4. La nueva realidad, indescriptible por la disociación que produce entre el mundo de los sentidos y el de su expresión, las palabras, se impone, y vive al margen de la cultura. ¿Cómo se supera esta dificultad? Pues recurriendo a un pueblo bielorruso que, contra su voluntad, se ha convertido en la caja negra del viaje hacia la nada que ha emprendido la humanidad. Su información, siempre entre la dicotomía de recordar u olvidar, la historia omitida (la intrahistoria de Unamuno), va dirigida al futuro, es una voz moribunda que, desde la incomprensión del presente, espera la comprensión del porvenir. Chernóbil es el inicio de una nueva era, la de las catástrofes, que en nada se parece y en todo supera a la historia de guerras y caudillos que ha sido hasta la fecha el devenir humano.

A partir de este punto, Alexiévich divide los testimonios de la tragedia nuclear en tres partes, tituladas “La tierra de los muertos”, “La corona de la creación” y “La admiración de la tristeza”. Cada una de las partes se compone de una serie de entrevistas, llamadas monólogos por las cualidades apuntadas con anterioridad, que se cierran con un coro de voces (de soldados, del pueblo y de niños). Con los testimonios recogidos en “La tierra de los muertos”, crónica de una muerte anunciada (hoy la niña del cambio climático, Greta Thunberg, apela a nuestra sensibilidad, de forma histriónica si se quiere, y nos advierte de un futuro inhabitable para la especie humana; pero ese futuro ya es presente desde hace décadas en las zonas contaminadas bielorrusas), viajamos al futuro, donde “todo crece, florece. De la fiera al mosquito, todo vive”, salvo el ser humano. Todos aquéllos, ancianos sobre todo, que decidieron quedarse en las zonas contaminadas pese a los desalojos y las recomendaciones oficiales son Adán y Eva en el Paraíso ante la prohibición de alimentarse del fruto prohibido: todo a su alrededor está tan vivo y parece tan apetitoso como siempre, pero les está vedado por un nuevo Dios omnipresente e implacable, la radiación. Sin embargo, para muchos de estos hijos de la guerra (casi todos sufrieron la Segunda Guerra Mundial), la radiación no es un enemigo a temer, pues a quien temen “es a los hombres. A la gente armada”. “Este miedo de aquí yo no lo conozco. No lo veo. Y no lo tengo en la memoria”. De ahí que haya quien considere que “vivimos mejor con la radiación” (a fin de cuentas, cultivan para sí mismos, reciben alimentos del Estado… son tan libres como los numerosos animales domésticos abandonados a su suerte en los desalojos masivos de las zonas contaminadas), pese a que una muerte terrible les espere a todos (“Yo no temo a la muerte. A mi propia muerte”, confiesa uno de los soldados enviados a la zona del desastre, “Pero no tengo claro cómo voy a morir. Vi morir a un amigo… se hinchó. Como un tonel… Y mi vecino… se volvió negro… y se secó hasta el tamaño de un niño… Si pudiera elegir mi muerte, pediría que fuera común y corriente”).

“La corona de la creación” recrudece la dureza del ensayo, pues se centra en cómo es la nueva vida venida al mundo tras Chernóbil. Así, se inicia con el testimonio de Larisa Z., madre de una niña nacida con “aplasia del ano, aplasia de la vulva, aplasia del riñón izquierdo”, que pone en duda algo tan básico como la procreación (“Ya no puedo parir a nadie más. No me atrevo. Al salir de la maternidad, mi marido por la noche me besa, pero yo tiemblo: no debemos… Es pecado”; “¿Cómo podemos amarnos después de esto?”) y trae a primer plano la culpa (“Llamo a todas las puertas… Tomen a mi niña, aunque sea para sus experimentos científicos. Estoy dispuesta a que se convierta en una rana de laboratorio, en un conejito de Indias, con tal de que viva”) y los intentos desesperados e infructuosos de expiación (“Yo quería… Tenía que demostrar… que… Quería recibir unos documentos… Para que cuando creciera supiera que ni mi marido ni yo tenemos la culpa. Que no es por nuestro amor”). El testimonio de Katia, algunas páginas después, incide en el tema y amplía aún más un drama ya de por sí de profundidad abismal: la mácula de Chernóbil es eterna (en el espacio y en el tiempo) e imposibilita para el amor porque es pecado (“Pido amor. Pero tengo miedo. Me da miedo amar. Tengo novio… me presentó a su madre, una buena persona… cuando se enteró que soy de… Chernóbil… me preguntó: Cariño, ¿pero tú puedes tener hijos?… para algunos parir es pecado… ¿Tengo yo la culpa de querer ser feliz?”). ¿Y qué es una vida sin amor? La misma muerte. Como claro ejemplo de ello, los testimonios de los maestros que hablan sobre los niños (símbolos de la vida y el amor por antonomasia) de sus clases: “no se parecen a los niños… si se pelean… hasta los maestros se alegran”. Más acostumbrados a los entierros (de familiares, compañeros, o de pueblos enteros) que al juego que les sería propio, fantasean sobre qué especie será la última en extinguirse, cuál les sobrevivirá a ellos. Y es que tras el desastre, “el mundo se ha partido en dos: estamos nosotros, la gente de Chernóbil, y están ustedes, el resto de los hombres”. Chernóbil, cambian de tercio los testimonios, supone el descubrimiento del miedo y, a la vez, el alcance de la mayoría de edad del pueblo ruso. La tradicional educación militar que les había hecho resistir y sobrevivir a la Gran Guerra se demuestra impotente para afrontar la catástrofe nuclear (como claro ejemplo de ello, las tropas movilizadas tras la explosión del reactor… ¿pretendían ametrallar átomos? ¿Bombardear radiactividad?), y cae el velo de la ignorancia: ya no existen un átomo militar, el de Hiroshima y Nagasaki, y un átomo de la paz, el que proporciona una bombilla eléctrica en cada hogar; ambos son dos caras de la misma moneda. Claro que la culpa no es de la ciencia, sino del uso que hacemos de ella, como se apresura a manifestar la doctora en Ciencias Agrícolas Slava Konstantínovna Firsakova. El ser humano tiene tanto de destructor como de creador, así que, según ella, hay que aprender a vivir en Chernóbil, hay que aprender, en base a la información y al conocimiento, y en contra de la opacidad oficial y la ignorancia, a restablecer lo único que tiene el pueblo bielorruso: la tierra.

“La admiración de la tristeza” se apoya en los testimonios de científicos, intelectuales y antiguos dirigentes del partido comunista, además de en liquidadores y en el pueblo llano. Hablamos de gente, en su mayoría, capacitada para entender lo que estaba sucediendo o directamente implicada en lo que sucedió a raíz del desastre de Chernóbil. Cómplices, con sus acciones o con su silencio (“sí sabía que de aquella zona se debía sacar a todo ser vivo… Y, no obstante, realizábamos a conciencia nuestras mediciones y luego mirábamos la tele”; y a los pocos que intentaban alertar de la situación, nadie les prestaba oídos: “¡nadie nos escuchaba! Ni a los científicos, ni a los médicos; la ciencia estaba al servicio de la política; la medicina, atrapada por la política”), de los engaños del Estado (“Se engañaba a la gente. Y la engañaba el Estado… Toda la información se convertía en un secreto… para no provocar el pánico”). ¿Por miedo a represalias? Sí, desde luego, pero no sólo por el miedo a ser privados de un título o del carné del Partido, “sino por sus convicciones”, “por disciplina de partido”. Ante las preguntas de los campesinos que seguían con sus vidas (“se han pasado años asustando a la gente, preparándola para una guerra atómica. Pero no para un Chernóbil”), los científicos no hacían más que repetirles “Todo está bien. No pasa nada malo… antes de las comidas lávense las manos”. “Todos nosotros habíamos participado… en un crimen… en un complot”. “Aquellos lugares son de una belleza espléndida… el bosque original,… riachuelos serpenteantes, agua… transparente… hierba verde… Para [la gente] era lo normal… tú, en cambio, sabes que todo aquello está envenenado”. De hecho, ya los mismos científicos minusvaloraron la tragedia: según Valentín Alexéyevich Borisévich, exdirector del laboratorio del Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Bielorrusia, quienes se desplazaron a la central creían que el problema se solucionaría en cosa de pocas horas, pues no llevaron consigo ni ropa ni enseres para la higiene personal. De ahí que “la fe en la física se acabó en Chernóbil”. Cuando ya se había precipitado sobre la zona afectada el equivalente a 350 bombas como la que se lanzó sobre Hiroshima, se continuaba hablando de enemigos en lugar de física (“Si hubiera empezado una guerra, habríamos sabido qué hacer. Para eso disponíamos de instrucciones”; “Que si sois héroes, que si esto es una hazaña, que si estamos en primera línea… ”, le decían a un fotógrafo obligado a ejercer de liquidador, “El léxico era militar… Pero ¿qué es un rem? ¿Y los curios? ¿Qué es un microrroentgen?… el superior no podía contestarnos nada: en la escuela militar no le habían enseñado nada de eso”, sólo que los seleccionados se habían convertido en soldados y, como tales, debían cumplir las órdenes). Al final, “la fábrica de sueños [el Estado soviético] defendía nuestros mitos: podemos sobrevivir en cualquier lugar, hasta en una tierra muerta”, de ahí que ninguno de los enviados a la zona contaminada se quejase de una protección del todo insuficiente (desde una única pala a medidores de radiactividad inútiles porque no habían sido cargados previamente). Es más, “en nuestro país no puede haber ninguna catástrofe”, a nadie se le pasaba por la cabeza que lo sucedido tuviera como escenario a “la gran potencia del mundo” (el déficit de especialistas, el cierre de laboratorios, que en la construcción de la central de Chernóbil se invirtieran 2 o 3 años cuando los japoneses invertían 12 en la construcción de las suyas o que la seguridad del reactor fuese la misma que la de cualquier complejo agropecuario parecen corroborar tal afirmación). Quienes quedaron allí, “encerrados en la zona. En una trampa”, comparten “la misma suerte… en cualquier otro lugar, somos unos extraños. Unos apestados”. Y se resignan a vivir con Chernóbil hasta el fin de sus días: “Unos conocidos nuestros han tenido un niño… tiene una boca que le llega a las orejas; aunque no tiene orejas… no voy a verlos… no puedo. En cambio, mi hija sí… un día sí y otro también… no sé si se imagina su futuro o se prepara [para él]”.

Por último, el ensayo de Alexiévich finaliza con un epílogo, brutal, que reproduce uno de los numerosos anuncios con que las agencias de viajes que se lucran hoy día del turismo oscuro y la banalización de la tragedia intentan captar a sus clientes. “¿Creen ustedes que todo esto es una idea demencial? Se equivocan, el turismo nuclear goza de una gran demanda, sobre todo entre los turistas occidentales. La gente viaja al lugar en busca de nuevas y poderosas impresiones. Sensaciones que es difícil encontrar en el resto del mundo, ya tan excesivamente acondicionado y accesible al hombre. La vida se vuelve aburrida. Y la gente quiere algo eterno. Visiten La Meca nuclear. Y a unos precios moderados”.

No quiero engañar a nadie, la lectura de Voces de Chernóbil: Crónica del futuro no es nada fácil. Yo mismo nunca he sido capaz de leerme más de un monólogo cada vez (se compone de un total de 39 monólogos, 3 coros y 2 solitarias voces humanas). Las ganas de llorar, las náuseas, la rabia o la impotencia hacen que tengas que consumirlo en muy pequeñas dosis. Es un libro radiactivo, si se quiere ver así, y toda exposición que supere una pequeña dosis cada vez puede resultar muy perjudicial para nuestra salud. Y sé que hay muchos lectores que prefieren evitar este tipo de obras. Sin embargo, creo que hay que leerlo. Al margen de lo ya dicho sobre la maestría y el oficio que demuestra Svetlana Alexiévich (yo ya he añadido a mis futuras lecturas La guerra no tiene rostro de mujer, ensayo sobre el papel que las mujeres rusas, como siempre silenciadas por su sexo, jugaron en la Segunda Guerra Mundial), debemos poner en valor a la gente que presta su testimonio, desde el pasado pero con la vista puesta en el futuro, muchos de ellos víctimas inocentes y otros un poco menos inocentes y víctimas, pero todos portadores de una verdad en alarmante peligro de extinción: por ser silenciada por las autoridades y por la implacabilidad del tiempo y la enfermedad. Chernóbil podríamos haber sido nosotros, Chernóbil habla de nosotros. Chernóbil seremos nosotros.

*Este artículo fue publicado por la revista literaria Letralia. Tierra de letras el 11 de abril de 2020.

 

 

 

 

19. Réquiem por la literatura

Me imagino la concesión del premio Nobel de Literatura 2016 de la siguiente manera: el galardón tenía que recaer sí o sí en un estadounidense este año, pues eran ya muchos los que se dejaba sin premiar a alguien procedente de las Letras del amo del mundo, pero el jurado no acababa de decidirse por ningún escritor de los que componían la larga lista de posibles premiados, compuesta, entre otros, por Philip Roth, Joyce Carol Oates, Conrad McCarthy, Richard Ford, quizá Thomas Pynchon, etc.

Ante la zozobra del implacable paso del tiempo, ante la cercanía del día D y la hora H –ya iban con una semana de retraso, curioso, ¿no?−, decidieron ponerse como fecha límite la mañana del miércoles 12 de octubre, un día antes de que la secretaria de la Academia, la señora Sara Danius, anunciara, no sin un deje de turbación en la voz –¿o era resaca?–, que Bob Dylan, sí, el cantautor, era el galardonado.

Se conoce que la noche de antes, los miembros del jurado habían organizado una cena para dirimir definitivamente qué nombre inscribirían con luces de neón en el Olimpo de las Letras. Sin embargo, ya en tiempo de caros chupitos digestivos, advirtieron que la cosa aún no estaba solucionada. Roth y McCarthy empataban en primera posición, seguidos de cerca por Oates –algún camarero indiscreto comentaría al día siguiente que ésta fue eliminada de la lista fácilmente; ya llevaban dos años seguidos concediéndoselo a una mujer, y tres ya serían demasiados para la testosterona del mundo–. Así que sus eminencias se dieron un ultimátum: a la mañana siguiente, a primera hora, tendrían que desempatar, y en caso de no existir quorum, sería el presidente quien se encargaría de elegir al ganador. 
 
Acabada la cena, se citaron media hora más tarde –el tiempo necesario para que descargasen sus vejigas, para que sus chóferes introdujesen las nuevas coordenadas en el GPS y los llevasen al lugar indicado– en un club cercano, que como es bien sabido el alcohol siempre empuja a la reflexión. Una vez allí, el caprichoso destino quiso que esa noche estuviese dedicada a Bob Dylan, grande entre los grandes de la música, un referente de la segunda mitad del siglo XX –el siglo pasado ya, ¿eh?–, de modo que Blowin’ in the Wind, Hurricane o Like a Rolling Stone se fueron abriendo paso entre los profundos pensamientos de los miembros del jurado.
 
Y así nos plantamos de lleno en la mañana del miércoles 12 de octubre. El aroma a café cargado inunda la sala donde se decide la suerte del Nobel de Literatura. Las ojeras surcan las demacradas caras de los miembros del jurado. El paracetamol circula en un tráfico imparable bajo la mesa. Nadie toca el copioso desayuno, tanta es la tensión o tanta fue la ingesta de alcohol la noche anterior, no importa. Y en la cabecera de la mesa, la silla del presidente continúa desocupada. Acaba de llamar, se encuentra en un atasco. El resto de miembros descubre sus cartas, los adeptos de Roth siguen con Roth; y los de McCarthy, con McCarthy; los de Oates se han dividido por igual entre el primero y el segundo… ¡siguen empatados! Al final, coinciden todos ellos, es un alivio, será el presidente el que decida en quién recaerá el premio y asuma la responsabilidad de algo que tiene a todo el planeta en vilo… nuestras vidas, por fin, podrán volver a ser lo que eran.
 
El presidente ya está aquí, acaba de llegar y se dirige a ocupar su silla con paso cansino. Después de dar los buenos días con voz pastosa, pregunta al resto de miembros si ya tienen su veredicto. El vocal le anuncia que sí, que después del nuevo recuento efectuado esa misma mañana a primera hora, se mantiene el statu quo. Pero el presidente no lo escucha, los acordes de A Hard Rain’s Gonna Fall martillean sus sienes, y no puede quitarse de la cabeza las caderas de aquella camarera rubia que le sirvió el último gin-tonic, ni sus ojos, ni sus pechos. Bob Dylan, anuncia por fin libre de su ensoñación rubia ante el estupor del resto de miembros del jurado, el Nobel será Bob Dylan. Nos criticarán y nos vitorearán a partes iguales, no importa. Lo que de verdad importa es que hablen de nosotros. Y ahora me retiro a descansar, que he pasado mala noche. Su trabajo consiste ahora en buscar razones que justifiquen la elección. Y con un buenos días aún más cansado y pastoso abandona la escena.
 
El resto de miembros del jurado, con toda la diligencia que les permite su resaca, desempolvan los antiguos manuales de historia de la literatura, y allí encuentran los motivos que enviarán a sus voceros habituales, vividores de la cultura oficial, para defender que se le haya otorgado el premio a un cantante: unos viajan hasta el medievo, donde encuentran a los antiguos trovadores; otros llegan aún más allá, a la Grecia clásica, donde entre rosadas auroras y pies ligeros encuentran al misterioso Homero, a los aedos y los rapsodas; otros se desplazan a la cercana Lesbos, siempre morbosa, donde dan con la fragmentaria Safo. Ya está, por fin tenemos nuevo Nobel de Literatura, ustedes dennos el pan que ya nosotros les montamos el circo.
 
Como se suele decir, entre broma y broma, la verdad asoma, y aunque todo lo escrito anteriormente tiene mucho de parodia, sarcasmo e ironía, no entiendo la concesión del Nobel a Dylan sin la participación del alcohol –o algún tipo de droga propia de ambientes elitistas–; bueno, miento, sí que creo saber por qué se lo han concedido a él, y eso es lo que realmente me preocupa.
 
Para empezar diré que estamos ante un premio “tribunero”, concedido al gran público, a ése al que la literatura le importa menos que nada. Este año todo el mundo se siente parte de algo tan importante como el Nobel de Literatura, no nos engañemos. Porque aunque no se consuma, aunque se ningunee social, educativa e institucionalmente, la literatura, como parte esencial de la cultura humana, todavía conserva ese aura de prestigio; la gente con cultura, los escritores, son gente que mola; como los roqueros de antes, entre los que podríamos situar a Dylan. Todo el mundo conoce al bueno de Bob, que es cierto, tiene mucho de poesía en sus canciones, pero que no es un poeta ni poemas son sus letras.
 
Este es un premio, además, concedido a los “culturillas”, a la gente cool, a los que se apuntan a talleres literarios a escondidas, a los que se nutren de cultura acompañada de copa y canapé en certámenes a los que sólo se puede asistir con invitación previa. Los conozco, sé quiénes son, y los aborrezco. Nada que ver con los libros y las bibliotecas, no. Eso es poco chic. ¿Para qué voy a leer si en un máximo de cinco minutos de canción tengo a un Nobel a mano? Lo puedo “leer” mientras cocino, mientras estoy en el baño, mientras conduzco, mientras follo con mi amante. Fantástico, ¿no? Y así, cada vez nos vamos haciendo más pequeñitos.
 
Este es un premio que no es un premio, es una operación de mercadotecnia. Si la Academia se pusiera a vender camisetas ahora mismo, superaba los ingresos generados por las de los futbolistas Messi y Ronaldo, o las de los baloncestistas James y Curry, estoy seguro. ¿Desde cuándo un Nobel de Literatura ha abierto un telediario? Pues Dylan, un no escritor, lo ha hecho. ¿Sabéis cuántos artículos le dedicaba a Dylan El País digital el jueves? Doce. Y sólo uno de ellos, titulado “¿La muerte de la literatura?” –curiosamente a lo largo del día cambiaba a la pregunta “¿Se merece Dylan el Nobel?” o algo parecido; hoy ya había desaparecido de entre los artículos destacados; sabia gente estos cultos de El País, unos grandes referentes de la cultura de masas–, parecía opinar en contra de la elección del premiado: el periodista se hacía eco en su artículo de la novela Alabanza, de Alberto Olmos, publicada en 2014, que pronosticaba la muerte de la literatura, apocalipsis que comenzaba con la concesión del Nobel a Dylan –hoy ya hay algún otro artículo más, ¡que siga la ilusión de ecuanimidad!, que sigue esta misma línea– . Y, mucho me temo, ante eso estamos precisamente. De ahí este réquiem que hoy le dedico.
 
Porque que la literatura lleva en estado agonizante mucho tiempo lo sabemos todos. Pero que una institución como la Academia haya decidido, en beneficio propio, que un cantautor sea merecedor del Nobel de Literatura es el golpe de gracia definitivo. Pero definitivo, por suerte, de cara a las masas, que los escritores de verdad, los que le dedican su vida a la literatura, seguirán a lo suyo, como siempre y como tiene que ser, de espaldas a la oficialidad, sin necesidad de llenar estadios ni de cobrar por las entrevistas que conceden ni por ser considerados divos. Deo gratias.
 
Este premio no es un premio, es un disparate colosal y una falta de respeto. Primero, como creo que ya ha quedado claro, por parte de la Academia, que concede el Nobel de Literatura a alguien que no pertenece a la disciplina literaria con el único fin, creo yo, de que se hable de ello. Ser impopulares en el mundillo literario les ha dejado de funcionar, así que han decidido entregárselo a las grandes masas. ¿Qué hay de malo? A mí me gusta Dylan, y sus letras son geniales, piensan algunos de los believers con los que he discutido sobre el tema en los últimos días y que inundan las redes sociales con “memes” para memos y con artículos que justifican la elección del de Minnesota. Pues que Dylan no es escritor, punto y pelota. Si yo te digo ahora que el año que viene le conceden el Nobel de Química a los hermanos Roca, ¿te parecería igual de bien? Seguro que no. No es lo mismo, me dirías, querido o querida believer, Dylan es autor de poesía cantada, y uno de los mejores en lo suyo, y podría considerarse escritor. Ya, y los hermanos Roca provocan alucinantes reacciones químicas en sus fogones, ambrosía para nuestros paladares, y son de lo mejorcito en lo suyo, ¿por qué no considerarlos también grandes químicos? Ya te lo digo yo, por una cuestión de respeto o, mejor dicho, de falta de respeto. Nunca se le concedería el Nobel de Química a alguien que no fuese químico, ni el de Física a alguien que no fuese físico. Pero con el de Literatura la cosa cambia, ¿no? ¿Y por qué cambia? En efecto, porque no se le tiene el mismo respeto a la Literatura que a la Química o la Física – antiguo debate éste, ¿eh?–. Y esta falta de respeto llega hasta el punto de considerar que cualquiera puede ser escritor, ora sea Bob Dylan, ora mi vecino del sexto. Pues no, señores y señoras, andan ustedes equivocados. Miren si es complicado ser escritor que un privilegiado como Dylan nunca lo ha podido ser.
 
No puedo finalizar este post sin comentar antes un artículo que se ha utilizado en las redes sociales para defender la idoneidad del galardón –qué sospechoso resulta todo cuando hay gente que pierde su tiempo buscando en los archivos de El País, o está pendiente de Twitter, a ver si hay un chispazo que le conceda la baza definitiva; y es que no tener razones es mucho más jodido que no tener la razón, lo entiendo y me compadezco–. Se trata de uno que Benjamín Prado, que como me advertía un believer haciendo gala de un buen uso del argumento de autoridad –lo que sucede, amigo, cosa que a ti a lo mejor no te pasa, es que es posible, por formación y profesión, que yo también sea una voz autorizada para opinar sobre esto, como opina un químico sobre cosas de química, o un antropólogo sobre antropología–, es novelista y poeta, y además ha ganado varios premios literarios –vamos, que si me llega a decir que de vez en cuando le dejan el micrófono en La Sexta, me lanzo a bautizarme, a hacer la comunión y a confirmarme, lo que sea necesario con tal de formar parte de su credo –, publicó en El País en octubre de 2007, donde se exponen una serie de razones por las que, según el firmante, deberían haberle concedido el Nobel a Dylan hace ya nueve años. En él, Prado habla de límites inexistentes que sin embargo hace tiempo ya que fueron establecidos; habla de Cela, Echegaray y Churchill como galardonados absurdos –¿se le escapa que lo que está pidiendo, el Nobel para Dylan, es otra imbecilidad mayúscula o me lo parece a mí?–. Luego ya se viene arriba y dice que el cantautor está perdiendo un montón de pasta por no dedicarse a eso tan tonto de la poesía, porque sus poemas adolescentes fueron vendidos en una subasta por 66.000 euros… ya, güey, pero esos poemas se vendieron a ese precio porque Dylan es Dylan, un cantautor que se convirtió en ídolo de masas allá por las décadas de 1960 y 1970. Y si Dylan no hubiese sido Dylan nunca y se hubiese decantado por eso tan tonto de la poesía, hoy no tendría ni la fortuna que tiene ni le hubiesen concedido un Nobel absurdo. ¿Estamos en lo que estamos o seguimos soltando sandeces? Ojo, que lo que sigue sí que me parece importante, que se subraya que fue amigo de poetas, bautizó a su guitarra con el nombre de Rimbaud e incluso se hizo una foto en la tumba de Kerouac. Tal vez entonces se contagiase de saber literario, en fin…
 
Ya es hora de dejar esto y preparar la cena, que con suerte de aquí a unos años soy el nuevo Nobel de Química. Vale.