60. Salvado… por los cómics

No sé por qué extraña razón tiendo a engancharme a cosas que no me hacen ningún bien (en la esfera física puedo citar el tabaco, por ejemplo; en la psicológica y afectiva, a ciertas personas; aunque es verdad que a lo de las personas ya hace un tiempo que le estoy poniendo remedio con bastante éxito; con el tabaco, en cambio, aún no he podido, mi lucha continúa) y a apartarme de las que me hacen mucho bien. Entre estas últimas, pues hoy voy a ocuparme sólo de cosas positivas, tengo que citar los cómics.

De hecho, mis primeros pasos en esto de la literatura (creo que me voy convirtiendo en un lector bastante competente: no peco de falsa modestia, no, sino que soy lo suficientemente honrado conmigo mismo y respetuoso con la literatura como para saber que el lector ideal no existe, es una aspiración inasible, de ahí el adjetivo ideal; he acabado siendo filólogo; escribo un blog; he publicado en revistas especializadas y culturales reseñas y artículos literarios…) se deben a aquellas primeras historias que se apoyaban en poco texto y mucho dibujo. Así que creo que es de recibo, en primer lugar, dedicarles unas líneas, y en segundo lugar, volver a algo que, como decía, me hacía y me ha hecho mucho bien: me entretenían y, a la vez, sin ser yo consciente de ello, ponían la primera piedra de lo que soy hoy.

Diría que los primeros cómics que leí me llegaron, por llamarlo de alguna forma, por “herencia paterna”. No en vano, eran las historietas, tebeos para él, que mi padre había leído cuando era un niño, así que supongo que le hacía gracia que el pequeño de sus dos hijos se entretuviera con lo mismo con que él se había entretenido (y se entretenía, que alguna vez leía y releía mis cómics) muchos años atrás (gracia compartida por mí, dicho sea de paso, pues mi padre había pasado por ellos mucho tiempo antes que yo, y eso me gustaba): El Capitán Trueno y El Jabato. Aunque tampoco estoy seguro al cien por cien de que fueran ésos los primeros cómics (sí sé, con toda certeza, que fueron los primeros que leí de cabo a cabo), porque recuerdo alguna visita a la biblioteca de la escuela algún día que no podíamos salir al patio o hacer educación física debido a que llovía y correr como alma que lleva el diablo para adelantarme a mis compañeros y hacerme con algún ejemplar de Astérix y Obélix, Tintín (mi madre, ya no siendo yo tan niño, me fue comprando todos los que habían sido publicados hasta aquel momento; la pena es que hay alguno de ellos que no encuentro: o se lo presté a alguien que no me lo ha devuelto o habrá sido engullido por algún oscuro cajón que más pronto que tarde, espero, acabará regurgitándolo), Eric Castel (y mira que a mí ni me gusta el fútbol ni soy del Barça) o Yakari (preciosos, muy educativos por la simbiosis con la naturaleza y el respeto que ésta merece; ya le he querido regalar la colección completa a mi hija Júlia, pero no lo he hecho porque su mamá me ha disuadido con buen criterio: ya habrá tiempo de regalárselos, aún es pequeña, y tiene toda la razón) y no tener que conformarme con los de Teo (¡me parecían tan faltos de vida comparados con los otros!) o alguna novelita de la colección El Barco de Vapor (las series blanca y azul me parecían muy infantiles, y la naranja y la roja tenían demasiada letra como para ser leídas en la hora escasa que íbamos a estar en la biblioteca). En cualquier caso, como decía, de esos cómics me limitaba a leer las viñetas que me llamaban la atención por alguna razón, pero nunca los leía enteros (supongo que por la edad o por el poco tiempo disponible, o por la suma de ambos factores).

Sea como fuere, y en paralelo a la narrativa propia de mi edad, poco a poco fui introduciéndome en el mundo de los cómics, y a los ya citados se unieron Mortadelo y Filemón, 13 Rue del Percebe, Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio, Superlópez (¡me encantaba!, pero con tanto cambio de editorial y/o colección no he encontrado la manera de adquirirlos todos en una sola compra y sin repetir alguno), Lucky Luke, Spirou y, ya más adelante, pero no mucho más, los de factoría americana (y estoy seguro de que me voy a dejar algunos en el tintero; antes no era tan sencillo comprar cómics ni, sobre todo, seguir colecciones; te acababas leyendo lo que llegaba a la librería del barrio, ya fuera tu favorito o no, y las colecciones se quedaban a la mitad, o iniciabas una con la serie muy avanzada, o comprabas un ejemplar de una colección que nunca más volvería a estar a la venta en tu librería): Spiderman, El Capitán América, Los 4 Fantásticos, Conan el Bárbaro (qué diferente era nuestra educación, ¿verdad?), Batman, El Castigador, Daredevil, La patrulla X (nada de X-Men como ahora)… supongo que en mi debe tengo que contar el manga (y el anime, aunque sí seguí, pero no con demasiada constancia, Dragon Ball, Sailor Moon, Oliver y Benji, Los caballeros del zodiaco, Chicho Terremoto, Juana y Sergio, Ranma ½, Musculman o Cinturón Negro, casi todos gracias a la televisión pública catalana, y he visto Ghost in the Shell, Akira, Your Name o La princesa Mononoke, estas dos últimas películas por recomendación de mi excompañero Héctor, “Máquina. Huracán”, gran hallazgo del año 2018; pero reconozco que no acabo de conectar con ese mundo), que cuando empezó a leerse en estas latitudes yo ya ocupaba mis lecturas con otras cosas.

Es bien sabido que las circunstancias de cada uno determinan qué caminos se acaban transitando y cuáles no, así que supongo que el hecho de haber sido un niño enfermo y haberme pasado buena parte de mi infancia entre ingresos y visitas clínicas ha tenido mucho que ver en mi pasión inicial por los cómics: los hospitales, además de oler a hospital y ser tristes per se, son muy aburridos y hay que ocupar el tiempo, muchas veces indeterminado, que transcurre entre los ingresos y las altas médicas lo mejor que se pueda (con 5 años hice que mi madre me comprase unas cartas sobre el anime, basado en el manga homónimo, Candy Candy para jugar a algo que le gustase a mi compañera de habitación, una niña unos dos o tres años mayor que yo… que creo que podría haberse convertido en mi primer amor si no le hubiese gustado, precisamente, Candy Candy: ¡menudo dramón!). Así es que la lectura de cómics fue convirtiéndose poco a poco en mi pasatiempo favorito y el relevo que se iban dando mis padres para hacerme compañía empezó a coincidir con que quien relevaba al otro venía con un nuevo cómic en la mano para mí. Y mejor no hablar de cuando empezaron a dejarme salir a dar un paseo diario a media mañana, ¡alucinaba!: en Sabadell había librerías especializadas en cómics y jugueterías que en Cerdanyola no podíamos ni soñar (¡además de bares y restaurantes con platos que hacían que se me cayera la baba cuando leía sus menús en la entrada! ¡Qué mal aguantaba la comparación lo que comía a diario en el hospital!).

Lo cierto es que a los cómics de siempre empezaron a seguirles los especiales de cinco números (no sé si eran semestrales, anuales o qué, ya os digo que por aquella época poco o nada se sabía al respecto de periodicidades, al menos yo), sobre todo tras una prueba difícil o dolorosa superada con éxito y después de portarme “como si fuera un niño mayor” (¡soy incapaz de cuantificar la cantidad de lágrimas que me habré tragado pensando en Peter Parker o Bruce Wayne!). Qué queréis que os diga, ya no se trataba sólo de puro entretenimiento, sino que se daba un sentimiento de identificación que, con el paso de los años, me parece de lo más natural: yo era un niño enfermo, y en esas edades eso suele ser sinónimo de rarito, pero a la vez mis rarezas, supongo que era una manera de animarme, me convertían en alguien único, especial (al menos entre mi círculo más cercano), un mutante más de la patrulla. Gracias a los cómics pude soñar y pude vivir una vida diferente a la que me había tocado vivir. Me proporcionaron la ficción donde necesitaba refugiarme. Creo que mis padres no saben cuánto les agradezco (diría que nunca se lo he dicho) que siempre hayan estado dispuestos a gastar dinero en esa actividad que para ellos era tan importante (y que lo ha acabado siendo también para mí): leer. Porque primero fueron los cómics, pero luego vinieron las revistas de baloncesto, y más tarde las primeras novelas, y la poesía, etc.

Pese a todo lo anterior, llegó un momento en que dejé de leer cómics. Así, sin más, sin cuestionármelo siquiera. Simplemente dejé de tener tiempo para ocuparme de ellos. Mirado desde la distancia, creo que los consideraba un género menor (ya empezaba a decantarme, aunque sin llegar a ser un objetivo definido, por la filología, y los cómics no forman parte del canon académico oficial), más propio de lecturas juveniles que de adultas, para el que no tenía tiempo: empecé a leer novela, poesía y teatro (y ensayo y mucha crítica literaria un poco más tarde) como si no hubiese un mañana (y, de hecho, no lo hay: no disponemos de tiempo para todo ni para todos; nuestra responsabilidad radica en elegir correctamente con qué y quiénes lo gastamos, y en demasiadas ocasiones nos equivocamos), y cuando entré en la universidad ni me acordaba de que alguna vez había sido lector de cómics. Como confiesa Horacio Oliveira en el crucial capítulo 36 de la Rayuela de Cortázar (novela que he releído hace muy poco, maravillosa e imprescindible para todo espíritu que ansíe la libertad), encerrado en un furgón policial entre vagabundos y pederastas, “cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas” (y “en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar”), y algo parecido me ocurrió a mí; lo de las novelas, no lo de ir en un furgón policial entre vagabundos y pederastas.
 
Esta es la cara que se le quedó a un servidor cuando fue obsequiado con Watchmen.

Que estaba equivocado a día de hoy lo tengo muy claro (y eso que tanto los cómics que siguen en casa de mis padres como los pocos que me llevé a mi propia casa hace unos años parecían advertirme de ello cada vez que posaba mi vista en las estanterías en las que aguardaban con paciencia a que volviera su momento): ni se trata de un género menor (uno de los regalos que me hizo mi pareja el pasado día de Reyes fue Watchmen, la maravilla de Moore y Gibbons; y quien lo haya leído ya sabe de las complejas y variadas estrategias narrativas que pone en práctica para hacernos llegar las peripecias de sus héroes y superhéroes) ni, por supuesto, es una lectura infantil; además de que es una lectura totalmente complementaria con el resto de la literatura (como veis, ya lo considero un género literario más; si el teatro no está completo sin su representación, el cómic tampoco lo está sin sus ilustraciones; no veo razones para no considerarlo parte de la literatura, y que me perdonen los puristas de uno y otro lado). Y creo que ya vislumbro la razón principal por la que he vuelto al cómic: estoy agotado de tanta literatura (de narrativa, de poesía, de teatro, de ensayo). Me explico: he leído mucho, muchísimo, por devoción (en varias de sus acepciones), por formación y por profesión, pero cuanto más leo, menos disfruto de la lectura. No, tranquilos, apagad esa hoguera, no vais a tener que quemar a nadie, esto es algo que le pasa a más gente además de a mí, que lo he hablado en alguna ocasión con otros lectores tan compulsivos como exhaustivos (¡mucho más que yo!) y también les sucede lo mismo. Me refiero a que la acumulación de lecturas transforma tu manera de leer, y aunque te mueva el placer, ya nunca leerás con inocencia. Así, toda narrativa o poesía que leo, aunque siguen despertando algo de lo que despertaban la narrativa o la poesía que leí hace años, lo hacen con mucha menos intensidad, y lo que queda y se impone es el estudio, la crítica, la autopsia de lo que sea que estoy leyendo. El cómic, en cambio, supone un refrescante y renovador soplo de aire fresco, un resquicio de vida en un ambiente demasiado viciado. En este sentido, le comentaba el otro día a mi pareja acerca de la lectura de Watchmen que no sabía cuándo tenía que pasar una página, que no estaba acostumbrado a ese tipo de lectura y que no lo sabía leer… ¡maravilloso, el mundo del cómic volvía a darme justamente lo que estaba necesitando por haberlo perdido!

La vuelta a los cómics, visto así, tiene algo de círculo que se cierra, lo cual, en cierta manera, me pone los pelos de punta y, a la vez, me satisface enormemente. Como Oliveira, vuelvo al personaje de Cortázar, me encontraba encallado en la casilla número 8 de mi rayuela, pero he empezado una nueva partida y creo que ahora sí alcanzaré el Cielo, pues he recordado que para llegar allí “se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato”.

P. S.: Informándome aquí y allí, he elaborado una lista (sólo voy a citar el nombre de los guionistas, que me perdonen los ilustradores) de los cómics que me gustaría leer (y por leer entended comprar) en un futuro lo más cercano posible (todos ellos antiguos y finalizados; me sucede lo mismo con las series de televisión: las prefiero ver cuando ya han acabado o cuando ya llevan un número considerable de temporadas emitidas; aunque sé que la periodicidad es una característica relevante de ambos géneros, no llevo muy bien las esperas), así que esas decenas de personas que ahora mismo estarán preguntándose qué me pueden regalar que me haga especial ilusión, pueden recurrir a ella (pensad que esta lista vale miles de euros… ¡también acepto donativos en efectivo!): de Alan Moore, V de Vendetta, Desde el infierno, Batman: La broma asesina, La cosa del pantano y La liga de los hombres extraordinarios; de Frank Miller, Daredevil: Born Again, Batman: El regreso del Caballero Oscuro, Batman: Año uno, Sin City y 300; de Garth Ennis, Predicador y El Castigador MAX; de Brian Azzarello, 100 balas; de Darwyn Cooke, Parker: El cazador; de Jeph Loeb, Batman: El largo Halloween; de Brian K. Vaughn, Y: el último hombre; de Brian M. Bendis, Daredevil; de Robert Kirkman, Los muertos vivientes; de Neil Gaiman, The Sandman; y de Jodorowsky, La casta de los metabarones y El incal. Y para que no se diga que no lo intento con el manga, el clasicazo de Koike El lobo solitario y su cachorro y el Adolf de Tezuka.

57. ¡Larga vida al periodismo de Svetlana Alexiévich!

Y cayó del cielo una estrella que ardía como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos y de las fuentes de agua. Y el nombre de esta estrella es ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo y un sinnúmero de hombres perecieron por las aguas, porque éstas se tornaron amargas (ajenjo es chernóbil en ucraniano).

 
 
 
 
 
Confieso que mi llegada a Chernóbil se debe al visionado de la exitosa miniserie que HBO le dedicó al peor desastre nuclear de la historia de la humanidad hace escasos meses. Y confieso, también, que Chernobyl me pareció que representa muy bien lo que tuvo que ocurrir en realidad aquella lejana noche de 1986 (hay gente que afirma haber tenido que abandonar alguno de los episodios por considerarlo insoportable, mientras que yo aún me pregunto a cuál se pueden referir: ¿qué esperaban encontrar?) y que Stellan Skarsgård, en una producción plagada de grandes interpretaciones, borda su papel como Borís Shcherbina.

 

Ahora bien, pese a que en general la miniserie me gustó (como siempre sucede con las producciones de HBO, se cuidan todos y cada uno sus detalles), me dejó con ganas de más. Y no porque yo sea un morboso de ésos que están deseando fotografiarse junto al reactor 4 de la famosa central (al contrario, ese tipo de personas me parecen imbéciles sin remedio), sino porque focaliza demasiado, para mi gusto, en la búsqueda de culpables (ya sabéis, todo lo que no ha gustado de la serie en una parte importante de Rusia: el aparato del Estado comunista, sus mentiras y su abuso de poder) y en el desastre en sí, pero la situación presente y futura (no nos engañemos, Chernóbil sigue ahí, latente, y seguirá ahí por cientos de miles de años) apenas se resume en unos cuantos datos que se aportan al final. Y como siempre sucede con todo aquello que se silencia, acaba generando todavía más dudas; a mí me dejó un gran e inquietante interrogante: ¿Y ahora qué?

 
ngenespanol.com

Lo cierto es que cuando estalló el reactor en 1986 yo ya estaba en este mundo (me quedaba poco más de un mes para cumplir 6 años), pero mis recuerdos de aquel crucial momento apenas me sirven de ayuda. Sí que guardo la sensación, en algún compartimento añejo de mi memoria, de que los informativos se pasaron días hablando sobre el desastre de Chernóbil y una serie de palabras y frases que hasta muchos años después no he empezado a dotar de significado: accidente, central nuclear, radiactividad, como lo que sucedió en Hiroshima (esta comparación me acojonaba bastante, porque en casa teníamos un álbum de cromos, seguramente de mi hermano, porque yo no recuerdo haber participado en él, que reproducían las carátulas de películas más o menos exitosas de la época, y una de ellas, de cuyo nombre no consigo acordarme, sólo sé que la trama se iniciaba después de un accidente nuclear y de que la radiación convertía a los afectados en zombis, consistía en el rostro de un no-muerto dibujado siguiendo el estilo de un cómic; de ahí que desde entonces todo lo relacionado con la energía nuclear acuda a mi imaginario al son de Thriller, otro de mis terrores de la infancia), nube tóxica, muertos por radiación; lo único que comprendí, lo que necesitaba comprender, fue: no te preocupes, no hay peligro, eso ha pasado muy lejos… en Rusia (el mismo día de la explosión del reactor, el 26 de abril de 1986, según datos de la Escuela Superior Internacional de Radioecología Sájarov, se registraron niveles elevados de radiación en Polonia, Alemania, Austria y Rumanía; el 30 de abril, en Suiza y el norte de Italia; el 1 y el 2 de mayo, en Francia, Bélgica, Holanda, Gran Bretaña y el norte de Grecia; el 3 de mayo, en Israel, Kuwait, Turquía… las sustancias gaseosas y volátiles siguieron el mismo camino que la invisible radiación: el 2 de mayo, en Japón; el 4 de mayo, en China; el 5, en India y Estados Unidos; el 6, en Canadá…). Nada que temer, por supuesto… ojo, no culpo a quienes me tranquilizaron de tal manera, era lo que tenían que hacer en aquel momento y yo hubiese actuado igual con mi hija, además de que sabían tanto del desastre acaecido en Chernóbil como la mayoría de la población mundial. Pero la anécdota me sirve para mostrar cómo se reaccionó aquí ante la mayor amenaza que se ha cernido jamás sobre la especie humana.

 

Pero como decía antes, mi preocupación por el futuro (aunque paradójicamente a mí me vaya quedando menos, desde que soy padre el futuro es algo que me preocupa mucho más de lo que me preocupaba antes) me llevó a recopilar información útil, y por útil me refiero a algo inteligible para alguien como yo, es decir, con conocimientos bastante limitados de física nuclear, sobre lo ocurrido aquel funesto 26 de abril de 1986. Y fue así como me topé con Svetlana Alexiévich, de quien sabía que había sido galardonada con el Nobel de Literatura en 2015, pero poca cosa más. Nunca había leído nada de ella (la concesión del Nobel siempre me ha parecido debida más una cuestión política o a alguna otra razón oscura que se me escapa que a la valía literaria; verbigracia, los premiados españoles: José Echegaray, sin comentarios; Jacinto Benavente, un dramaturgo que vivía a espaldas de las corrientes teatrales europeas, a quien sólo hay que comparar con su contemporáneo Valle-Inclán para comprender su estadía sin retorno en el olvido; Vicente Aleixandre… ¿no había otros poetas merecedores del galardón antes que él en la erróneamente denominada Generación del 27?; y Camilo José Cela, más de lo mismo, pero en este caso como guiño y reconocimiento a la supuesta transición democrática española; al único al que salvo es a Juan Ramón Jiménez, y no sé si acierto o su salvación está condicionada por mis gustos personales), y si no hubiese visto la miniserie de HBO es posible que nunca la hubiese leído. Sea como fuere, tanto la trayectoria de la periodista bielorrusa (más de diez años alejada de su país natal por enfrentarse con la verdad a las autoridades patrias en general y al presidente Lukashenko en particular) como el título del ensayo que publicó en 1997 sobre el desastre nuclear soviético (Voces de Chernóbil: Crónica del futuro, aún hoy prohibido en Bielorrusia) captaron por completo mi atención: eso era lo que buscaba con exactitud, alguien que se ocupase de Chernóbil con la vista puesta en el futuro, que fuese capaz de llenar el vacío informativo que la serie de HBO me había dejado. Y no me equivoqué.

El ensayo, una suerte de tragedia griega del siglo XX con la vista puesta en las centurias venideras, se inicia con una nota histórica que consiste en fragmentos de entradas enciclopédicas, periódicos, publicaciones científicas y artículos colgados en la red que nos ponen en situación: el infierno es aquí y ahora, y nosotros somos sus moradores. Sin embargo, pese a lo que solemos creer, el séptimo círculo no tiene su epicentro en Ucrania o en Rusia, sino en Bielorrusia, un pequeño país agrícola de unos 10 millones de habitantes que, pese a no haber tenido jamás una sola central nuclear en su territorio, es la gran víctima de la tragedia de Chernóbil. Para que nos hagamos una idea del horror, durante la Segunda Guerra Mundial los nazis destruyeron 619 aldeas y pueblos, y murió 1 de cada 4 bielorrusos; Chernóbil destruyó 485 (70 de ellos enterrados bajo tierra para siempre para mitigar el riesgo radiactivo), 1 de cada 5 bielorrusos vive en territorio contaminado (esto es, 2100000 personas, entre ellas, unos 70000 niños), donde la mortalidad supera a la natalidad en la friolera de un 20%. Por si fuera poco, sigue presentándonos las tinieblas a golpe de dato Alexiévich, el 70% de los radionúclidos que la explosión del reactor 4 arrojó a la atmósfera cayeron sobre Bielorrusia, y afectó al 23% de su territorio, frente al 4,8% del ucraniano o el 0,5% del ruso (se estima que el cesio-137 se extiende sobre 1,8 millones de hectáreas de suelo bielorruso, y el estroncio-90, en 0,5 millones; y que el 26% de los bosques y más del 50% de los prados a orillas de los ríos Prípiat, Dnepr y Sozh están contaminados). En lo que se refiere a la incidencia directa de la radiación en la salud de la población bielorrusa, los datos son los siguientes: antes del accidente, se detectaban 82 casos de cáncer por cada 100000 habitantes; tras Chernóbil, la cifra se eleva a 6000 (sin tener en cuenta que las pequeñas dosis de radiación elevan cada año el número de niños que nacen con deficiencias mentales, disfunciones neuropsicológicas o mutaciones genéticas). En cuanto a la mortalidad, en la década que va desde el accidente hasta la publicación del ensayo de Alexiévich, la mortalidad crece un 23,5%, y en las regiones contaminadas 7 de cada 10 habitantes estaban enfermos. Desde 1990 hasta 2003 (en 2013 se publica una edición revisada del ensayo), murieron dos liquidadores (las personas encargadas de limpiar las zonas contaminadas) al día. Para la historia (la oficial, que coincide con la que vemos en la pequeña pantalla por cortesía de HBO) y la nota histórica con que realizamos nuestro particular descensus ad inferos, Chernóbil se cierra con el juicio y las sentencias a los Briujánov, Kovalenko o Diátlov, cuando en realidad no ha hecho más que empezar: hasta ahora conocemos los datos, pero aún no hemos visto con nuestros propios ojos qué aspecto tiene el horror.

alsurdeunhorizonte.com


Acto seguido, Alexiévich nos presenta el primer testimonio de los muchos que pueblan su ensayo, titulado “Una solitaria voz humana” (el último, el de la esposa de un liquidador, se titulará igual), el de la esposa del bombero Vasili Ignatenko, fallecido tras participar, sin las medidas de seguridad adecuadas, en las tareas de extinción del fuego del reactor 4. Quienes hayan visto la miniserie de HBO ya sabrán de qué va tal testimonio y que te encoge el corazón (lo curioso es que Chernobyl no reconoce, o yo no he sabido encontrar tal reconocimiento, que la fuente principal de la que se nutre es el ensayo de Svetlana Alexiévich): para que nos entendamos, el ejemplo de Ignatenko y su familia sirve para ilustrar los efectos de la radiación, la agonía de quienes se ven afectados por ella y de cómo cambia la vida de sus seres queridos para siempre. Sin embargo, el testimonio de Liudmila Ignatenko, pese a ocuparse de la muerte, está inundado de amor, de pura humanidad (“Pero yo le he hablado del amor… De cómo he amado.”); no desvelaré mucho más al respecto, no pretendo destriparle la serie a quien no la haya visto, ni mucho menos el ensayo de Alexiévich, tan sólo que la constante amor y muerte (“No sé de qué hablar…”, inicia su testimonio Liudmila, “¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo?”) que en este capítulo se nos presenta se repetirá en todos y cada uno de los testimonios que conforman Voces de Chernóbil, memoria, de momento, viva (“Esta gente se está muriendo, pero nadie les ha preguntado de verdad sobre lo sucedido. Sobre lo que hemos padecido. Lo que hemos visto. La gente no quiere oír hablar de la muerte. De los horrores”) de lo que nunca debería volver a ocurrir.

Tras esta suerte de prólogo protagonizado por la historia del joven matrimonio Ignatenko, Alexiévich toma la palabra por primera y última vez (con la excepción de las indicaciones, a modo de acotaciones teatrales, con que marca los movimientos, las expresiones o las inflexiones de voz de sus entrevistados), y consigue así lo que en mi opinión es el gran logro literario del ensayo (junto a la magistral labor de edición que lleva a cabo con el abundante material compilado en su implacable y valiente labor periodística): dejar que sean sus entrevistados los que nos cuenten su experiencia, dejarles hablar sin intervenciones ni orientaciones ni preguntas-respuestas interesadas, porque ella, la periodista, no es lo importante, su opinión y sus juicios de valor carecen de interés, a nadie le importan, y ella es lo suficientemente inteligente y profesional para ser consciente de ello y optar por el silencio (sin duda, Voces de Chernóbil debería ser de lectura obligatoria en todas las facultades de periodismo del mundo, más centradas en la fabricación de cobardes creadores de opinión al servicio del poder que en la de honestos y auténticos periodistas). De resultas de todo ello emerge la verdad y su inevitable carácter polifónico.

En la entrevista que se hace a sí misma (ella es otro testimonio más de la mayor tragedia del siglo XX), Alexiévich confiesa que su ensayo es más un testimonio sobre el futuro que sobre el pasado (y aquí engarza con el perturbador interrogante que me llevó hasta ella), y que sobre todo le da miedo, como es lógico, acabar banalizando el horror. Para ella, y creo que para todo el mundo que sea consciente de lo que sucedió aquella noche primaveral de 1986, Chernóbil es una catástrofe del tiempo, pues su magnitud devastadora altera pasado, presente y futuro (sus efectos son eternos a escala humana), un reto que rebasa nuestros conocimiento e imaginación; el pasado ya no nos sirve de asidero porque nunca antes se ha vivido algo parecido: las respuestas procedentes de la física, la religión y la literatura saltaron por los aires cuando explotó el reactor 4. La nueva realidad, indescriptible por la disociación que produce entre el mundo de los sentidos y el de su expresión, las palabras, se impone, y vive al margen de la cultura. ¿Cómo se supera esta dificultad? Pues recurriendo a un pueblo bielorruso que, contra su voluntad, se ha convertido en la caja negra del viaje hacia la nada que ha emprendido la humanidad. Su información, siempre entre la dicotomía de recordar u olvidar, la historia omitida (la intrahistoria de Unamuno), va dirigida al futuro, es una voz moribunda que, desde la incomprensión del presente, espera la comprensión del porvenir. Chernóbil es el inicio de una nueva era, la de las catástrofes, que en nada se parece y en todo supera a la historia de guerras y caudillos que ha sido hasta la fecha el devenir humano.

A partir de este punto, Alexiévich divide los testimonios de la tragedia nuclear en tres partes, tituladas “La tierra de los muertos”, “La corona de la creación” y “La admiración de la tristeza”. Cada una de las partes se compone de una serie de entrevistas, llamadas monólogos por las cualidades apuntadas con anterioridad, que se cierran con un coro de voces (de soldados, del pueblo y de niños). Con los testimonios recogidos en “La tierra de los muertos”, crónica de una muerte anunciada (hoy la niña del cambio climático, Greta Thunberg, apela a nuestra sensibilidad, de forma histriónica si se quiere, y nos advierte de un futuro inhabitable para la especie humana; pero ese futuro ya es presente desde hace décadas en las zonas contaminadas bielorrusas), viajamos al futuro, donde “todo crece, florece. De la fiera al mosquito, todo vive”, salvo el ser humano. Todos aquéllos, ancianos sobre todo, que decidieron quedarse en las zonas contaminadas pese a los desalojos y las recomendaciones oficiales son Adán y Eva en el Paraíso ante la prohibición de alimentarse del fruto prohibido: todo a su alrededor está tan vivo y parece tan apetitoso como siempre, pero les está vedado por un nuevo Dios omnipresente e implacable, la radiación. Sin embargo, para muchos de estos hijos de la guerra (casi todos sufrieron la Segunda Guerra Mundial), la radiación no es un enemigo a temer, pues a quien temen “es a los hombres. A la gente armada”. “Este miedo de aquí yo no lo conozco. No lo veo. Y no lo tengo en la memoria”. De ahí que haya quien considere que “vivimos mejor con la radiación” (a fin de cuentas, cultivan para sí mismos, reciben alimentos del Estado… son tan libres como los numerosos animales domésticos abandonados a su suerte en los desalojos masivos de las zonas contaminadas), pese a que una muerte terrible les espere a todos (“Yo no temo a la muerte. A mi propia muerte”, confiesa uno de los soldados enviados a la zona del desastre, “Pero no tengo claro cómo voy a morir. Vi morir a un amigo… se hinchó. Como un tonel… Y mi vecino… se volvió negro… y se secó hasta el tamaño de un niño… Si pudiera elegir mi muerte, pediría que fuera común y corriente”).

“La corona de la creación” recrudece la dureza del ensayo, pues se centra en cómo es la nueva vida venida al mundo tras Chernóbil. Así, se inicia con el testimonio de Larisa Z., madre de una niña nacida con “aplasia del ano, aplasia de la vulva, aplasia del riñón izquierdo”, que pone en duda algo tan básico como la procreación (“Ya no puedo parir a nadie más. No me atrevo. Al salir de la maternidad, mi marido por la noche me besa, pero yo tiemblo: no debemos… Es pecado”; “¿Cómo podemos amarnos después de esto?”) y trae a primer plano la culpa (“Llamo a todas las puertas… Tomen a mi niña, aunque sea para sus experimentos científicos. Estoy dispuesta a que se convierta en una rana de laboratorio, en un conejito de Indias, con tal de que viva”) y los intentos desesperados e infructuosos de expiación (“Yo quería… Tenía que demostrar… que… Quería recibir unos documentos… Para que cuando creciera supiera que ni mi marido ni yo tenemos la culpa. Que no es por nuestro amor”). El testimonio de Katia, algunas páginas después, incide en el tema y amplía aún más un drama ya de por sí de profundidad abismal: la mácula de Chernóbil es eterna (en el espacio y en el tiempo) e imposibilita para el amor porque es pecado (“Pido amor. Pero tengo miedo. Me da miedo amar. Tengo novio… me presentó a su madre, una buena persona… cuando se enteró que soy de… Chernóbil… me preguntó: Cariño, ¿pero tú puedes tener hijos?… para algunos parir es pecado… ¿Tengo yo la culpa de querer ser feliz?”). ¿Y qué es una vida sin amor? La misma muerte. Como claro ejemplo de ello, los testimonios de los maestros que hablan sobre los niños (símbolos de la vida y el amor por antonomasia) de sus clases: “no se parecen a los niños… si se pelean… hasta los maestros se alegran”. Más acostumbrados a los entierros (de familiares, compañeros, o de pueblos enteros) que al juego que les sería propio, fantasean sobre qué especie será la última en extinguirse, cuál les sobrevivirá a ellos. Y es que tras el desastre, “el mundo se ha partido en dos: estamos nosotros, la gente de Chernóbil, y están ustedes, el resto de los hombres”. Chernóbil, cambian de tercio los testimonios, supone el descubrimiento del miedo y, a la vez, el alcance de la mayoría de edad del pueblo ruso. La tradicional educación militar que les había hecho resistir y sobrevivir a la Gran Guerra se demuestra impotente para afrontar la catástrofe nuclear (como claro ejemplo de ello, las tropas movilizadas tras la explosión del reactor… ¿pretendían ametrallar átomos? ¿Bombardear radiactividad?), y cae el velo de la ignorancia: ya no existen un átomo militar, el de Hiroshima y Nagasaki, y un átomo de la paz, el que proporciona una bombilla eléctrica en cada hogar; ambos son dos caras de la misma moneda. Claro que la culpa no es de la ciencia, sino del uso que hacemos de ella, como se apresura a manifestar la doctora en Ciencias Agrícolas Slava Konstantínovna Firsakova. El ser humano tiene tanto de destructor como de creador, así que, según ella, hay que aprender a vivir en Chernóbil, hay que aprender, en base a la información y al conocimiento, y en contra de la opacidad oficial y la ignorancia, a restablecer lo único que tiene el pueblo bielorruso: la tierra.

“La admiración de la tristeza” se apoya en los testimonios de científicos, intelectuales y antiguos dirigentes del partido comunista, además de en liquidadores y en el pueblo llano. Hablamos de gente, en su mayoría, capacitada para entender lo que estaba sucediendo o directamente implicada en lo que sucedió a raíz del desastre de Chernóbil. Cómplices, con sus acciones o con su silencio (“sí sabía que de aquella zona se debía sacar a todo ser vivo… Y, no obstante, realizábamos a conciencia nuestras mediciones y luego mirábamos la tele”; y a los pocos que intentaban alertar de la situación, nadie les prestaba oídos: “¡nadie nos escuchaba! Ni a los científicos, ni a los médicos; la ciencia estaba al servicio de la política; la medicina, atrapada por la política”), de los engaños del Estado (“Se engañaba a la gente. Y la engañaba el Estado… Toda la información se convertía en un secreto… para no provocar el pánico”). ¿Por miedo a represalias? Sí, desde luego, pero no sólo por el miedo a ser privados de un título o del carné del Partido, “sino por sus convicciones”, “por disciplina de partido”. Ante las preguntas de los campesinos que seguían con sus vidas (“se han pasado años asustando a la gente, preparándola para una guerra atómica. Pero no para un Chernóbil”), los científicos no hacían más que repetirles “Todo está bien. No pasa nada malo… antes de las comidas lávense las manos”. “Todos nosotros habíamos participado… en un crimen… en un complot”. “Aquellos lugares son de una belleza espléndida… el bosque original,… riachuelos serpenteantes, agua… transparente… hierba verde… Para [la gente] era lo normal… tú, en cambio, sabes que todo aquello está envenenado”. De hecho, ya los mismos científicos minusvaloraron la tragedia: según Valentín Alexéyevich Borisévich, exdirector del laboratorio del Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Bielorrusia, quienes se desplazaron a la central creían que el problema se solucionaría en cosa de pocas horas, pues no llevaron consigo ni ropa ni enseres para la higiene personal. De ahí que “la fe en la física se acabó en Chernóbil”. Cuando ya se había precipitado sobre la zona afectada el equivalente a 350 bombas como la que se lanzó sobre Hiroshima, se continuaba hablando de enemigos en lugar de física (“Si hubiera empezado una guerra, habríamos sabido qué hacer. Para eso disponíamos de instrucciones”; “Que si sois héroes, que si esto es una hazaña, que si estamos en primera línea… ”, le decían a un fotógrafo obligado a ejercer de liquidador, “El léxico era militar… Pero ¿qué es un rem? ¿Y los curios? ¿Qué es un microrroentgen?… el superior no podía contestarnos nada: en la escuela militar no le habían enseñado nada de eso”, sólo que los seleccionados se habían convertido en soldados y, como tales, debían cumplir las órdenes). Al final, “la fábrica de sueños [el Estado soviético] defendía nuestros mitos: podemos sobrevivir en cualquier lugar, hasta en una tierra muerta”, de ahí que ninguno de los enviados a la zona contaminada se quejase de una protección del todo insuficiente (desde una única pala a medidores de radiactividad inútiles porque no habían sido cargados previamente). Es más, “en nuestro país no puede haber ninguna catástrofe”, a nadie se le pasaba por la cabeza que lo sucedido tuviera como escenario a “la gran potencia del mundo” (el déficit de especialistas, el cierre de laboratorios, que en la construcción de la central de Chernóbil se invirtieran 2 o 3 años cuando los japoneses invertían 12 en la construcción de las suyas o que la seguridad del reactor fuese la misma que la de cualquier complejo agropecuario parecen corroborar tal afirmación). Quienes quedaron allí, “encerrados en la zona. En una trampa”, comparten “la misma suerte… en cualquier otro lugar, somos unos extraños. Unos apestados”. Y se resignan a vivir con Chernóbil hasta el fin de sus días: “Unos conocidos nuestros han tenido un niño… tiene una boca que le llega a las orejas; aunque no tiene orejas… no voy a verlos… no puedo. En cambio, mi hija sí… un día sí y otro también… no sé si se imagina su futuro o se prepara [para él]”.

Por último, el ensayo de Alexiévich finaliza con un epílogo, brutal, que reproduce uno de los numerosos anuncios con que las agencias de viajes que se lucran hoy día del turismo oscuro y la banalización de la tragedia intentan captar a sus clientes. “¿Creen ustedes que todo esto es una idea demencial? Se equivocan, el turismo nuclear goza de una gran demanda, sobre todo entre los turistas occidentales. La gente viaja al lugar en busca de nuevas y poderosas impresiones. Sensaciones que es difícil encontrar en el resto del mundo, ya tan excesivamente acondicionado y accesible al hombre. La vida se vuelve aburrida. Y la gente quiere algo eterno. Visiten La Meca nuclear. Y a unos precios moderados”.

No quiero engañar a nadie, la lectura de Voces de Chernóbil: Crónica del futuro no es nada fácil. Yo mismo nunca he sido capaz de leerme más de un monólogo cada vez (se compone de un total de 39 monólogos, 3 coros y 2 solitarias voces humanas). Las ganas de llorar, las náuseas, la rabia o la impotencia hacen que tengas que consumirlo en muy pequeñas dosis. Es un libro radiactivo, si se quiere ver así, y toda exposición que supere una pequeña dosis cada vez puede resultar muy perjudicial para nuestra salud. Y sé que hay muchos lectores que prefieren evitar este tipo de obras. Sin embargo, creo que hay que leerlo. Al margen de lo ya dicho sobre la maestría y el oficio que demuestra Svetlana Alexiévich (yo ya he añadido a mis futuras lecturas La guerra no tiene rostro de mujer, ensayo sobre el papel que las mujeres rusas, como siempre silenciadas por su sexo, jugaron en la Segunda Guerra Mundial), debemos poner en valor a la gente que presta su testimonio, desde el pasado pero con la vista puesta en el futuro, muchos de ellos víctimas inocentes y otros un poco menos inocentes y víctimas, pero todos portadores de una verdad en alarmante peligro de extinción: por ser silenciada por las autoridades y por la implacabilidad del tiempo y la enfermedad. Chernóbil podríamos haber sido nosotros, Chernóbil habla de nosotros. Chernóbil seremos nosotros.

*Este artículo fue publicado por la revista literaria Letralia. Tierra de letras el 11 de abril de 2020.

 

 

 

 

55. Lliçó d’alemany

Decía Umberto Eco, en la que es probable que sea una de las pocas citas célebres que circulan de muro en muro y de móvil en móvil que tenga un correlato real (¡dejad ya de publicar cosas que no le hayáis leído u oído a quien se supone que las dijo o escribió, da un poco de vergüenza ajena cuánta cita mal atribuida, deformada o directamente inventada se comparte!), que el mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee. Y tengo la sensación de que con Lección de alemán, de Siegfried Lenz, he topado con uno de esos tesoros ocultos a ojos de la gran mayoría (el adjetivo precioso, en boca de Eco, no significa lo mismo que cuando es empleado por algún lector, por ejemplo, de Isabel Allende, supongo que se entiende).

A la novela de Lenz se la compara, en cuanto a su voluntad de asimilar y superar el pasado, con El tambor de hojalata, de Günter Grass, y tal vez ésta es la razón por la cual en España, pese a haber sido reseñada de manera muy positiva en prensa, ha pasado desapercibida (sí, soy un iluso, ya sé que las reseñas literarias que se publican las leemos 4 personas los días más afortunados). Envidia me dan los alemanes en este sentido (de hecho, creo que es lo único que les envidio): han sabido conjurar el nazismo, arrinconarlo, derribar sus ídolos y enterrar sus restos para siempre bajo la asunción de la culpa colectiva, mientras que aquí, en España, seguimos siendo hijos y nietos del “con Franco esto no pasaba” y del “con Franco vivíamos mejor”, y la presencia del dictador y sus “gestas” siguen muy vivas en nuestras calles y monumentos y, lo que es peor, en nuestros debates políticos (¿cómo pueden seguir siendo objeto de debate Franco y el franquismo? ¿Cómo es posible que el traslado de sus restos se convierta en un nuevo funeral de Estado?). Esto es algo muy difícil de explicar (entre otras cosas, porque es vergonzoso formar parte de una sociedad así) cuando se habla con gente que no es de aquí… al final, el eslogan Spain is different!, de forja franquista, sigue siendo lo que mejor nos define. De hecho, en Alemania Lección de alemán es de lectura obligatoria en bachillerato; ¿comparamos con las propuestas e intenciones a este respecto de ciertos partidos políticos españoles?

Sin más preámbulos, me centro en la novela de Lenz: en principio iba a ser una lectura para las vacaciones de verano, porque cuando me la prestaron yo estaba leyendo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace, un ensayo mordaz sobre la moda de hacer un crucero (que sin duda también os recomiendo, aunque no le haya dedicado un post, de hecho no se lo dedico a todo lo que leo ni a lo mejor que leo, es posible que os ahorréis un buen dinero después de su lectura; y si no, os reiréis un rato con la experiencia vivida por DFW), y otros libros me esperaban antes de plantearme siquiera empezar con el de Lenz. Sin embargo, como era la segunda vez que me lo recomendaban en un espacio relativamente breve de tiempo, y ambas recomendaciones provenían de personas que considero de fiar en cuanto a gustos literarios se refiere (en ocasiones creo que se trata de la misma persona, con otros cuerpos y otros sexos, pero la misma persona; tal es la coincidencia en sus recomendaciones), decidí ponerla por delante del resto. Y ahora puedo decir que no me equivoqué[1].

Publicada en Alemania en 1968, las únicas traducciones que teníamos al castellano hasta el pasado año 2016 eran las de Caralt Editores (1973) y Editorial Debate (1989). Hoy, por fortuna, disponemos de la de Impedimenta al castellano y de la de Club Editor al catalán, ambas del ya mencionado año 2016. Yo, en concreto, he leído Lliçó d’alemany, la fabulosa traducción de Joan Ferrarons para Club Editor. Y no miento si os digo que esta traducción ha paliado un poco la desdicha de no poder leer, por desconocimiento, la novela de Lenz en el alemán original. Por fortuna para mí, en este país en el que utilizamos las lenguas como armas arrojadizas en lugar de como herramientas comunicativas o puertas de acceso a la cultura, no soy de las personas a las que la traducción a una u otra lengua les supone un impedimento a la hora de leer un libro. Todo lo contrario, soy un privilegiado, porque puedo elegir una u otra traducción o no tener que esperar a que tal obra se publique en mi lengua materna y/o habitual. Me pierdo muchas menos cosas siendo como soy, la verdad. Los prejuicios, si algo tienen, es que nos conducen directos a la majadería.

 
Emil NOLDE: Molino (1924).
 
La novela de Lenz se inicia en 1954, en un correccional hamburgués para jóvenes inadaptados a orillas del río Elba. Allí, Siggi Jepsen, de 21 años, debe permanecer encerrado en una celda como castigo por entregar en blanco una redacción para la clase de alemán hasta que cumpla con su deber. El tema que le habían propuesto, las alegrías del deber, se convierte desde ese momento en el leitmotiv de Lliçó d’alemany. Pero Siggi no padece agrafia, ni mucho menos el incumplimiento de la tarea impuesta se debe a que no tenga nada que decir al respecto de ese tipo de alegrías, sino todo lo contrario: el joven se ve superado por la cantidad de cosas que se acumulan en su cerebro, y una simple redacción y el plazo de entrega de la misma le resultan del todo insuficientes para cumplir con su deber. Un deber al que se dedicará, valga la redundancia, con alegría.
 
En efecto, la lección de alemán de Siggi se convierte, en lo que supone uno de los muchos méritos de la novela, esto es, el juego con las perspectivas y los puntos de vista, en el libro que estamos leyendo; y el joven Jepsen, en su narrador. Desde ese momento, en un continuo viaje desde el presente hasta el pasado y viceversa, las palabras de Siggi nos conducirán al año 1943, a su infancia en Rügbull, un pueblo ficticio (trasunto, probablemente, de Rutebüll) ubicado en el Estado federal de Schleswig-Holstein (por cierto, escenario de la serie de televisión danesa 1864, a la que hace unos años le dediqué una entrada en este mismo blog), bañado por las aguas del mar del Norte y cercano a la frontera con Dinamarca, donde viviremos, a través de los ojos perplejos del niño de 10 años que entonces era, cómo el régimen nazi prohíbe pintar a Max Ludwig Nansen (una suerte de trinidad pictórica con base real: de la literaturización de los pintores Emil Nolde, cuyo verdadero nombre fue Hans Emil Hansen, Max Beckmann y Ernst Ludwig Kirchner, tres artistas calificados de degenerados y poco heroicos, emerge el personaje inventado por Lenz). La razón: que su arte es enfermizo, de inexistente raigambre alemana.
 
El encargado de hacer efectiva tan absurda, pero real, prohibición es Jens Ole Jepsen, único agente de policía de Rügbull y padre de Siggi, además de amigo de la infancia del pintor, con quien, además, le une una importante deuda. Más kantiano que el propio Kant en lo que a la ética se refiere, el policía, tan cómplice nazi como casi todo el pueblo alemán, se dedicará en cuerpo y alma a su deber, pues como agente del orden que es, debe obediencia a sus superiores de Berlín (o de Lübeck, que es la ciudad desde donde recibe órdenes). Así, se inicia una nueva guerra dentro de la guerra, la que enfrenta a la obediencia contra la necesidad, a la autoridad contra el arte, a la sumisión contra la libertad. Y como toda guerra que se precie, en ésta también hay víctimas inocentes: Siggi Jepsen tiene que nadar entre dos aguas, que lo arrastran y acaso lo condenan, la de la lealtad al padre y la de la lealtad al amigo admirado, cuya imposibilidad de pintar en el pasado encuentra un puente que nos comunica con la dificultad de escribir de nuestro narrador, y de esta forma, tanto la expresión pictórica como la escrita invocan a la memoria y se convierten en modos de expiar la culpa, asumir la responsabilidad y combatir la vergüenza. O más sencillo si se prefiere: arte y literatura son los dos únicos medios para suturar de manera efectiva las heridas del pasado, un bálsamo frente al deber que aniquila cualquier asomo de humanidad.
 
Pero Lliçó d’alemany es mucho más que todo lo comentado hasta aquí. Es una novela de tiempos enfrentados, el de la visión de la niñez con el de la visión adulta, y el de la Alemania nazi que ya empieza a vislumbrar su fin con el de la Alemania que lucha por racionalizar y superar lo irracional y casi insuperable de su pasado y de su presente; y de espacios, sobre todo de espacios. No exagero si digo que hacía mucho tiempo que no me topaba con un escritor que dominase como domina Lenz el recurso de la descripción. Y es que la sensación que tenemos cuando avanzamos en su lectura no es la de ir consumiendo páginas, sino la de ir saltando de lienzo en lienzo. El paisaje del extremo norte de Alemania, siempre amenazado por la monocromía del nazismo latente, adquiere el mismo colorido y la misma viveza que un cuadro expresionista. De hecho, cobra vida y significado, y al contrario de lo que suele suceder con el abuso de la descripción, que dificulta y dilata la trama, en Lliçó d’alemany la protagoniza, la posibilita, la hace avanzar con maestría y la enriquece semánticamente.
 
Por último, no puedo olvidar otro de los temas centrales de la novela: la libertad y su privación. Tal vez una de las lecciones más importantes que aprendemos de la obra de Lenz es que toda libertad (la inherente a la infancia, la artística, la personal…) es susceptible de ser arrebatada, cuando no se trata más que de una mera ilusión o de un engaño, autoimpuesto o impuesto por otros. La única libertad posible, según nos plantea la lección que tenemos entre manos, es interior (como la celda donde recluyen a Siggi) e invisible (como las pinturas invisibles con las que Hans Ludwig Nansen consigue burlar, y burlarse de, la prohibición a la que se le somete). Quizá deberíamos tenerla todos muy presente y aplicarla a nuestras vidas.
 
 
*Reseña publicada por la revista literaria Letralia. Tierra de Letras  el 24 de noviembre de 2019.
 
 
 
 
 

 

 
 
 

1Así pues, una novela destinada al descanso estival me duró apenas una semanita (quienes me vieran caminar mientras leía, o leer mientras caminaba, que no sé si es lo mismo, por el glamuroso barrio de Sarrià, en Barcelona, de 13:45 a 14:30 horas ya saben qué título tenía entre manos), porque lo que encontré allí me cautivó como hacía tiempo que no me cautivaba una novela “actual” (quizá de las que he leído en los últimos años, por sensaciones, por muy distintas que estas hayan sido, a la altura de Ànima, de Wadji Mouawad, en la traducción al catalán de Anna Casassas Figueras para Periscopi).

 
 

 

49. Bolaño y yo

El diablo quiere compañía y es un corruptor de voluntades que planea la caída de los otros[1].
 
 
Claudia CARD
 
 
 
 
 
Si mi vida como estudiante hubiese transcurrido con normalidad, la muerte de Roberto Bolaño me habría cogido fuera de la universidad, o cerca de licenciarme[2], y por lo tanto, ya habría leído alguna de sus novelas, como mínimo una de ellas. Pero, si no me equivoco (¿podéis creer que no recuerdo cuándo empecé la carrera ni cuándo me licencié?; diagnóstico: envejecimiento), aquel 15 de julio de 2003 aún esperaba las notas de las Pruebas de Acceso a la Universidad, o hacía poco que me consideraban apto para cursar la titulación que me viniera en gana o, como mucho, aunque me inclino más por las dos primeras opciones, disfrutaba de mis primeras vacaciones como universitario[3].
 
Sea como fuere, para mí la muerte de Bolaño no supuso nada extraordinario. El suyo era un nombre que conocía y que tenía clasificado como “novelista y poeta” en mi lista de futuras lecturas (aunque estoy seguro de que él hubiese preferido invertir el orden de la cópula anterior, como supongo que les ocurre a todos los novelistas superlativos), pero poca cosa más. Nada sabía, salvo de oídas, de su biografía, ni de sus novelas y relatos, ni mucho menos de sus poemas, desconocidos para el gran público. Eso sí, me había topado con él como personaje en la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas (Tusquets Editores, 2001), lectura obligatoria de la asignatura de Literatura española en Bachillerato[4].
 
Así las cosas, no fue hasta el segundo o tercer año de licenciatura cuando leí por primera vez a Bolaño, en el contexto de una asignatura llamada Narrativa Hispanoamericana II o algo así, y la primera toma de contacto fue, ni más ni menos, Estrella distante, “una aproximación, muy modesta, al mal absoluto[5]”, que a mí personalmente me fascinó tanto como me repugnó, que al fin y al cabo es lo que habitualmente nos sucede con el mal cuando se presenta en estado puro, si es que es lícito aplicarle tal adjetivo al mal. Sin embargo, pronto descubrí que había algo que me chirriaba de todo lo relacionado con la figura de Bolaño, hasta el punto de hacerme enfadar: la fijación de quienes escribían o hablaban sobre su vida (editores, críticos, articulistas, profesores) por destacar la multitud de trabajos que había desempeñado el chileno hasta que por fin llegó el reconocimiento (más de crítica e iguales que de lectores), y con el reconocimiento, el dinero, y se pudo dedicar full time a la literatura (cosa que no es cierta, desde que Bolaño decidió ser escritor, se pasaba el tiempo escribiendo, hiciese lo que hiciese para ganarse la vida; de hecho, como él mismo decía, todo aquello le había servido, y le servía, para ganar algo de dinero con el que comprar tiempo para poder escribir[6]).
 
Fotografía de Manolo S. Urbano. El País.
 
Entendedme, por aquel entonces yo era joven (aunque no tanto), e inmaduro (mucho más que joven), y aquel énfasis que se ponía en las penurias económicas y en lo variopinto de su currículum (que si fue vendedor de billetes de autobús, de lámparas, de bisutería, lavaplatos, botones, camarero, vigilante nocturno en un camping, mozo de carga y descarga de barcos, vendimiador…), así como en lo alejadas de las letras que transcurrieron su niñez y su primera juventud (que si su padre fue camionero y boxeador, y su madre, una profesora de matemáticas que leía best sellers como si no hubiese un mañana; que si era nieto de un militar, y bla, bla, bla), me olía, y perdonadme la expresión, a mierda clasista. Me parecía que todos y cada uno de aquellos comentaristas autorizados, y acomodados, señalaban con dedo acusador a ese nuevo Sorel llegado allende los mares porque intentaba incurrir en un mundo que no era el suyo, por nacimiento y clase social, y había que bordarle una letra escarlata en el pecho porque, además, tenía la desfachatez de irrumpir bajo la bandera del talento y la inteligencia… Hasta tal punto me preocupaba este asunto, ahora veréis la poca humildad de mi yo estudiante (como la de todos los estudiantes, que pensamos que el mundo está ahí, entre tinieblas, a la espera de que lleguemos nosotros a dejar la impronta de nuestra grandeza[7]), que me preguntaba si a mí me pasaría lo mismo en caso de que algún día publicara algo: ¿dirán (así, en futuro simple de indicativo, porque tenía que pasar) que he trabajado como operario en una fábrica, como mozo de almacén, en una cadena de montaje, pesando y empaquetando tornillos de acero inoxidable, limpiando unas cubas que de lunes a viernes contenían todo tipo de ácidos nocivos (cosa que me negué a hacer, pero a mi leyenda se le sumaría también este trabajo), reponiendo artículos en un supermercado, en la construcción, moviendo con una grúa tubos que pesaban cientos de kilos…? ¿Dirán que soy nieto de mineros? ¿Y que mi padre fue albañil durante muchos años? ¿O que es un lector voraz de novelas ambientadas en el salvaje Oeste? ¿O que mi madre es una fanática de las sopas de letras? ¿Se preguntarán, en definitiva, qué hago yo aquí? ¿Qué derecho tengo? ¿Quién me permitió estudiar?
 
Supongo que no hace falta decir que estaba puerilmente equivocado. Bolaño no hubiese sido Bolaño, precisamente, sin todo ese bagaje que se encargaban de señalar quienes habían llegado a él mucho antes que yo[8]. En aquella versión de mí mismo, como ya he dicho, confluían dos patologías: juventud e ignorancia, de las que por fortuna he ido sanando con el paso del tiempo y la profundización en el universo literario bolañesco[9]. Y es que con Bolaño, tenía que ser él, a medida que mi capacidad adquisitiva mejoraba (el pasito cualitativo y cuantitativo que separa ser muy pobre de ser pobre a secas), inicié una práctica recurrente en mis primeros años posuniversitarios: comprar, casi siempre en orden cronológico, todo lo que había publicado en vida el escritor o la escritora “a estudiar”, en aquella primera ocasión, Bolaño. Por descontado, el espacio disponible en casa y esa sensación de que el tiempo es precioso y cruelmente finito, que se acrecienta a medida que acumulamos primaveras, me ha hecho cambiar de modus operandi: ahora, cuando me interesa un escritor, ya no lo compro ni lo leo todo, sino que bebo de fuentes fiables y compro sólo aquello que realmente “tengo que leer” (con los riesgos que comporta todo canon, es evidente). Bastante me pesa ya tener que morir sin haberlo leído todo como para seguir entreteniéndome con obras de juventud, o menores, o intrascendentes (total, para dármelas de gran lector en una red social cualquiera ya me basta y me sobra con lo hecho hasta ahora)… Lo de leer en orden cronológico puede ser útil en un momento determinado para aprender el oficio[10]: no hay nada mejor para eso que mucha gente desea, esto es, saber cómo se aprende a escribir[11], que ver la evolución, o involución, de esos escritores a los que admiras. Entonces, ¿ser un lector de Literatura (con L mayúscula) y estar formado en el florido campo de las letras te garantiza convertirte en un gran escritor? No, en absoluto. Luego, mucho me temo, hay que sumarle talento, y disciplina, mucha disciplina, y trabajo, y comprensión lectora y capacidad de crítica y de autocrítica, y humildad, y constancia, y reflexión, y correcciones, muchas correcciones, y superación de la frustración y del fracaso, y valentía, y sacrificio, y… Pero sin ser un gran lector, esto es seguro, ya te puedes arrojar al río de la escritura con el flotador de tus conocimientos teóricos y tus virtudes concedidas por los dioses, a ver, valiente, si eres capaz de llegar a la otra orilla. Yo no apostaría por ello… y lo sé, no porque sea un gran escritor, sino porque me he ahogado muchas veces.
 
Pero dejo ya la digresión y vuelvo a Bolaño, que me he ido por las ramas (por las malas hierbas, mejor dicho): el poso que había dejado en mí Estrella distante me llevó a adquirir Los detectives salvajes (devorado de camino al instituto donde trabajaba en Sabadell y de vuelta a casa, y en la sala de profesores, y en las dos horas que tenía de descanso hasta que empezaban mis clases por la tarde), y luego llegaron el resto de sus novelas y relatos[12]. Por aquel entonces, toda visita a una librería, ya fuera física o virtual, acababa con la compra de 4, 5 o 6 libros por mi parte, preferentemente novelas o cuentos. Así que, como ya podéis imaginar, no tardé demasiado en tener toda su obra en prosa en mi biblioteca personal (con la poesía también pretendía hacerlo, pero Bolaño es un gran novelista…). Claro, con esto no quiero decir que haya que leer todo lo que ha escrito Bolaño, pero sí que hay que leer a Bolaño, y esto significa que si eres lector y puedes leer en español, en tu lista de lecturas no pueden faltar, para mí en el orden que sigue, Estrella distante (1996), 2666 (2004) y Los detectives salvajes (1998). Yo añadiría también Nocturno de Chile (2000) y La literatura nazi en América (1996)[13], pero con los tres primeros títulos ya es más que suficiente para darse cuenta de la importancia capital de la narrativa bolañesca, además de que estoy seguro de que quien los lea acabará por leer también los otros dos (si no más, como me ocurrió a mí en su momento).
 
De hecho, y no exagero, si un nuevo descuido romano dejase mi casa a merced de las llamas, uno de las libros que rescataría del fuego sería Estrella distante. Con esta novelita se inició mi relación con Bolaño, y esta novelita es la única hasta la fecha que he releído de todas las del chileno (y no descarto volver a ella en alguna ocasión si el futuro me lo permite). En esta novela, que marca un punto y aparte con todo lo que había publicado hasta la fecha (no he visto evolución en ningún novelista que tenga parangón con la que experimenta la obra de Bolaño desde sus primeras novelas a la irrupción de Estrella distante), ya se detectan los elementos esenciales, para mí, de la narrativa bolañesca, que resumo a continuación:
1. El diálogo constante que establece con la tradición literaria y cultural, chilena en particular y occidental en general, y con su propia obra.
2. La valentía a la hora de adentrarse en lado oscuro del ser humano y la lucha por mostrar el horror absoluto a través del lenguaje literario. El fracaso de la moral, el triunfo del superhombre nietzscheano y de su voluntad[14].
3. La lucha por la recuperación de la memoria, por evitar que el ser humano siga anestesiado frente a las atrocidades que el propio ser humano comete.
4. El descubrimiento de que la literatura, el medio más adecuado para mostrar el horror, acaba resultando también insuficiente: hay horrores, como los cometidos por los cómplices de Pinochet o por los nazis o por los asesinos de mujeres en la frontera entre México y Estados Unidos, que sobrepasan la medida humana y literaria. Es entonces cuando sobreviene el silencio como único transmisor posible de algo de significado y el lenguaje humano revela su condición de significante vacío de contenido.
5. El hallazgo que supone su ataque certero a la dicotomía que tradicionalmente opone civilización a barbarie. La denuncia de la alianza de la cultura con el poder y, por extensión, con el mal absoluto, el que arruina vidas, o partes significativas de vidas, del que sus víctimas nunca se recuperan (traduzco y parafraseo a Card[15]).
6. La búsqueda, la investigación detectivesca, como motivo literario y existencial (es buscado Wieder, y lo serán más tarde Cesárea Tinajero y Benno von Archimboldi).
7. Lo injusto de la justicia. La inutilidad de la venganza.
8. El triunfo de lo dionisíaco, y la cópula de la literatura y el sexo como intento, infructuoso, de subsanar la derrota que suponen la enfermedad y la muerte.
9. La impostura del doble, la multiplicidad de identidades, la complementariedad de personajes a través del espejo en que se convierten las tramas secundarias.
10. …
 
Iniciaba este post escribiendo que la muerte de Roberto Bolaño Ávalos no supuso nada extraordinario para mí. Y no mentía. Como no miento ahora si digo que desde hace unos años sí que se ha convertido en una gran pérdida, tantos como hace que me dejé atrapar, pese a mis reticencias iniciales, por el universo Bolaño. Si me hubiese conformado con leerlo, le profesaría la misma admiración como escritor que ya le profeso, sin duda, pero no lo consideraría, como lo considero, un amigo. Sí, ya sé que parece una locura considerar un amigo a alguien de quien no supe algo más que su nombre y su profesión cuando llevaba ya unos años muerto y con el que nunca he intercambiado palabra alguna. Pero ¿no hay gente que ha hablado una sola vez conmigo y ya cree conocerme? ¿O con la que coincido una vez por semana en el parque con los niños y ya me está proponiendo salidas en grupo para el fin de semana siguiente? Pues yo, con Bolaño, con sus novelas y relatos, y con su biografía, he intercambiado muchas más palabras y he pasado mucho más tiempo y mucho más fructífero que con el matrimonio del parque que tiene un hijo de la misma edad que mi pequeña o con el vecino del sexto las veces que coincido con él en el ascensor. Así que, en efecto, en ocasiones converso con muertos y entablo amistad con ellos.
 
Con Bolaño es natural iniciar una relación amistosa una vez que empiezas a leerlo. De hecho, creo que es necesario que así sea. Él, al menos, no se guarda nada, todos los episodios significativos de su vida están allí, en su ficción: su juventud mexicana; el nacimiento y la muerte del infrarrealismo; su vuelta a Chile; su paso por una cárcel fascista y su liberación; su vida en Catalunya, con sus luces y sus sombras; sus lecturas, entre las que destaca siempre la poesía; los concursos literarios; la ausencia de identidad patria; el sentimiento latinoamericano; sus oficios; sus amigos y él mismo, siempre él mismo… con la excepción de la enfermedad que le provocó la muerte once años después de que le fuera diagnosticada. Sólo una vez escribió sobre ella[16] y quienes lo conocieron en vida siempre manifestaron que nunca la mencionaba. Bolaño estuvo siempre demasiado ocupado con la literatura como para prestarle atención a semejante nimiedad (opinaba, y estoy completamente de acuerdo con él, que quienes se pasan la vida con sus desgracias y sus dolencias en la boca acaban haciendo pornografía). Que no le extrañe a nadie, porque la literatura fue su vida y también su muerte (es de sobras conocido que, desde 1992, se saltó numerosas revisiones médicas simplemente porque estaba escribiendo). En él se cumple, sin que sirva de precedente, esa idea un poco tonta y romántica que siempre tiene el vulgo sobre el escritor: ese ser bohemio que duerme y respira y come y caga y folla literatura. Por decirlo a la manera de Bracque: “Con la edad, el arte y la vida se funden en una sola cosa”[17]. Y en Bolaño siempre fue así.
 
No puedo negar que Bolaño es un personaje por el que, más allá de mi admiración como escritor, ya va quedando claro, siento una profunda simpatía, hasta tal punto que, en ocasiones, llego a identificarme con él (es posible que sólo esté proyectándome, lo sé, yo también soy psicólogo de bar). Y esta identificación se basa en una serie de coincidencias para mí extraordinarias, de ésas que te hacen creer que en el universo hay cierto orden entre tanto caos y que el hado tiene su papel en nuestro paso por la vida. Vaya, que parece que tenía que encontrarme con él de modo irremediable. Desde luego, coincido con el canon literario que a lo largo de su narrativa, pero también en sus entrevistas, artículos y conferencias, va creando (de hecho, me alineo más con los expulsados que con los añadidos, porque a veces disiento de la inclusión de estos últimos o porque simplemente no los he leído); aplaudo su concepción de la literatura como un hecho valiente y arriesgado, y no apto para cobardes (que suelen coincidir con los expulsados de los que hablaba antes, es evidente); como él, no gasto flores en quien no las merece (en una ocasión lo hice y aún tengo la sensación de haber ayudado a crear un monstruo: tremendo será su batacazo si el despertador de la vida no cumple pronto su función), razón por la cual tengo tantos amigos como enemigos, todos gratuitos; no experimento ningún sentimiento patrio, y rechazo cualquier tipo de nacionalismo (me gustaría decir que me siento europeo como Bolaño se sentía latinoamericano, pero esta Europa de ricos y pobres y de refugiados enjaulados me da bastante asco), así que busco asilo en mi hogar y en la literatura de calidad, que también son mis únicas patrias; como Bolaño, juego al fútbol con la pierna izquierda mientras que para el resto de cosas suelo ser diestro (él decía que su caso se debía a una dislexia jamás diagnosticada, yo digo que el mío se debe a un modelo equivocado de aprendizaje a través de la imitación: debería haber sido zurdo en todos los sentidos); me interesa la política, y me considero de izquierdas, pero rechazo de plano la unanimidad; me gusta llevarle la contraria a la gente, pero siempre lo negaré ante quien así me defina; como a Bolaño, y para desgracia mía, diría que esta es la única cosa en la que estoy a su altura y con toda probabilidad lo supero, la salvaje Ciudad de México me robó la vida de un amigo… Por último, y con esto me voy despidiendo, diré que como padre y enfermo que soy, puedo imaginar sus últimos días entre los vivos, con la espada de Damocles de la enfermedad sobre su cabeza mientras intentaba concluir 2666, novela con la que pretendía, y al final consiguió, salvaguardar el futuro de sus hijos, Lautaro y Alexandra, a quienes estoy seguro de que les dedicó el tiempo que no le concedía a la escritura. Olvidándose, una vez más, de su condición mortal.
 
“Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega[18]”.

*Artículo publicado por la revista Letralia. Tierra de Letras el 1 de agosto de 2019.
 

 

 


 

[1]The Atrocity paradigm: a theory of evil. Oxford University Press (2002). Por desgracia, no disponemos de traducción al castellano ni al catalán de la obra de Card, y no es que nos haya dejado poca cosa o no esté en sintonía con estos tiempos: Feminist ethics (1991), Lesbian choices (1995), The unnatural lottery: character and moral luck (1996), Confronting evils: terrorism, torture, genocide (2010) y Surviving atrocity, aún inédito, creo.
[2]Me doy un margen de un año, aunque es muy probable que hubiese necesitado de más tiempo si hubiera iniciado los estudios universitarios cuando se supone que debía hacerlo: soy un hedonista incorregible, y entre los 18 y los 22 o 23 años de edad no consideraba que el estudio fuera capaz de aplacar por completo mis ansias de placer.
[3]Que de vacaciones, todo sea dicho, tuvieron poco: sin dinero, teniendo que pagar una hipoteca firmada tres años atrás (y que iba siendo amortizada gracias, entre otros trabajos eventuales, a los adinerados padres de los niños de Sant Cugat del Vallès a los que les daba clases particulares de lunes a viernes… ¡han tenido que pasar muchos años para superar lo que me pagaban entonces por hora trabajada!), con muchos planes de futuro y con muy pocas ganas de hipotecar más mi presente…
[4]Que, por cierto, no me gustó demasiado, para sorpresa de mi profesor de castellano de entonces (tendré que volver a leerla cuando tenga tiempo, de aquí a unos 400 años, calculo…). Aunque de Cercas se dice que es uno de los mejores escritores en lengua española del presente (el mismo Bolaño lo decía, aunque él era muy amigo de sus amigos), y a mí me parece muy interesante y acertado todo lo que dice cuando se viste de crítico y habla de literatura en general (me refiero, por ejemplo, a El punto ciego), confieso que como novelista (y como persona, si os soy sincero: por si no lo sabéis, Cercas y Bolaño, que fueron muy amigos hasta la publicación de Soldados de Salamina, dejaron de serlo a partir de entonces. La razón: que Cercas utilizase, sin permiso y sin aviso, una vivencia del propio Bolaño para solucionar el callejón sin salida en que se había convertido su novela. En efecto, hablo de cierto exmilitar republicano al que Bolaño conoció en el camping donde trabajó como vigilante y que pudo haber estado en aquel fusilamiento del santuario del Collell… Según Cercas, al final limaron asperezas, y no lo dudo, pero, claro, siempre nos faltará la versión del chileno) no le he vuelto a dar una oportunidad desde aquella novela sobre Sánchez Mazas, fundador de Falange (del personaje histórico opino como Bolaño: no creo que hiciese nada bueno en su vida, salvo poner la semillita para que Sánchez Ferlosio viniese al mundo). No sé, ya entonces el tema de la Guerra Civil me aburría bastante (¡como si en España no se pudiese escribir sobre otra cosa!), y tanto detalle, real o ficticio, qué más da, sobre la vida del falangista me provocaba una mezcla insoportable de aburrimiento y náusea. De hecho, lo que mejor recuerdo de los Soldados de Cercas es una pregunta del examen sobre el libro y la respuesta que di: “Valora el personaje de Conchi (la novia del Javier Cercas personaje) y explica qué función cumple en la novela: Para mí (rememoro y falseo, casi con total seguridad, pero no traiciono la esencia de lo que allí escribí; mi antiguo profesor quizá podría añadir algo a estas líneas, contando con que las lea, que me recuerde y, lo que es aún más improbable, que recuerde aquel examen y aquella respuesta), el personaje de Conchi es un soplo de aire fresco que permite oxigenarnos del sopor del que somos víctimas durante muchos tramos de la novela de Cercas… Y es que Conchi, uno de los personajes que no tiene una base real en Soldados de Salamina, me parece el más creíble de todos ellos”… ¡así era y así soy yo! Adorable, ¿verdad?
[5]Roberto BOLAÑO: “Preliminar. Autorretrato”, en Entre Paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama (2004).
[6]“[…] prisas, urgencias, pero sobre todo carencia de dinero (ya sabes, para comprar tiempo)”, le decía Bolaño a Antoni García Porta en 1982 a propósito de la novela que estaban escribiendo a cuatro manos. A.G. PORTA: “La escritura a cuatro manos”, en Roberto BOLAÑO y A. G. PORTA: Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Acantilado (2008).
[7]¿Para qué soñar si no lo hacemos a lo grande? Los sueños, sueños son, y casi todos acabamos espabilando; la vida, que se empeña en ser un despertador implacable.
[8]Muy a su pesar, claro: “[…] también me encantaría encontrar a una marquesa para ir a actos sociales y no tener necesidad de trabajar, como le pasó al escritor Truman Capote”. En Almudena MONTAÑO: “L’entrevista. Roberto Bolaño Ávalos”, Actual, 46 (1998).
[9]Aunque no me avergüenzo de ellas, al contrario; sólo me avergüenzo de las cosas que no he hecho, o de las que no he dicho y tendría que haber verbalizado, o de las que no he pensado y tendrían que habérseme ocurrido. “Recuerda la persona que fuiste para saber la persona que quieres llegar a ser”, le dice Claire Bennet (Hayden Panettiere) a Noah (Jack Coleman), su padre adoptivo, en el episodio 4 de la cuarta temporada de la serie Héroes (2006-2010); máxima que tengo grabada a fuego.
[10]Bueno, eso y estar formado en filología, teoría de la literatura y literatura comparada (lo que supone leer mucha Literatura, aquí sí es imprescindible la mayúscula, y mucha metaliteratura, casi tan importante ésta como aquélla). Una formación, regulada o autodidacta, por cierto, que nunca acaba…
[11]Pues leyendo, y no a zafonesallendescoelhos o etxebarrias precisamente… la gente que lee estas cosas, y las cita, y las pondera, y las analiza como si tuviesen el Ulises entre manos, me saben a cerdo en salsa agridulce: por una parte, me enerva que haya voceros de tales artefactos (plagios, como concepto, los llamaba Bolaño; a algún poemario de juventud de Etxebarria también lo llama así la Justicia…); y por otra, me muero de la risa por la distancia existente entre el tono de entendido en la materia que pretenden darle a su discurso y la boñiga que tienen entre manos. Vamos, que es como si yo me las doy de cinéfilo consumado pero me paso la vida viendo culebrones y elaborando brillantes teorías sobre ellos. ¿Que es lícito? Pues claro que lo es, pero los culebrones son lo que son y tú eres lo que eres. ¡Espabila, el despertador hace un rato que está sonando!
[12]De todo lo que se ha publicado póstumamente, sólo he comprado y leído las novelas 2666 y El Tercer Reich, y los cuentos de El gaucho insufrible, que se publicaron junto a Llamadas telefónicas y Putas asesinas en R. BOLAÑO: Cuentos, Anagrama (2010). Aunque no me gusta demasiado la idea de las publicaciones póstumas (por aquello de qué pensaría el escritor, si hubiese hecho cambios, si era su deseo que se publicaran, y el hecho de que a lo mejor crees que estás leyendo a Bolaño y te encuentras leyendo a un negro o a su editor o vete-a-saber-a-quién), me estoy pensando adquirir también El espíritu de la ciencia-ficción, pero más por el título y por las posibles imbricaciones con Los detectives salvajes, ¡ay, la nostalgia!, que por un interés real por mi parte.
[13]Todas ellas fueron publicadas por Anagrama y Jorge Herralde, salvo la última, que fue publicada por Seix-Barral, pero que finalmente fue eliminada de su catálogo debido al escaso éxito de la primera edición (otro traspié de la editorial, que años antes ya se había quedado sin Cien años de soledad, de García Márquez). La literatura nazi en América fue reeditada, en 2010, por Herralde en Anagrama.
[14]En este sentido, y en el caso del personaje de Carlos Wieder, me sorprende que ningún estudioso de la obra de Bolaño tenga en cuenta el influjo de la figura de Kurtz, de El corazón de las tinieblas. Las voluntades de hierro de ambos personajes son causantes del horror absoluto, si bien Kurtz carece de la finalidad estética de Wieder. Ambos son tan sólo una presencia, una voz, una leyenda, un dios, lo que un tercero nos cuenta, generalmente horrorizado, sobre ellos, hasta que finalmente acaban corporeizándose: Kurtz, después de que remontemos el río Congo a lomos de los recuerdos de Marlow, y Wieder, en la localidad costera catalana de Blanes tras acompañar en su búsqueda a Abel Romero y a Arturo Belano. Durante ambos viajes somos testigos de la atrocidad de sus obras.
[15]Ver nota 1.
[16]Ver nota 18.
[17]Georges BRAQUE: El día y la noche. Acantilado (2001).
[18]Roberto BOLAÑO: “Literatura + enfermedad = enfermedad”, en Cuentos, Anagrama (2010).
 

46. El club de los mentirosos

 

Todos mienten por una razón: funciona.[1]
 
 
 
 
 
Hace unos meses que leí El club de los mentirosos, de Mary Karr, y desde entonces quería escribir algo sobre él. El libro en cuestión, que formaba parte de la heterogénea compra que hicimos con motivo de la última Diada de Sant Jordi (fue adquirido junto a títulos de Ian McEwan, David Foster Wallace[2], Ernest Cline[3] y un par más para nuestra hija Júlia), fue publicado en 1995 y, pese a aunar éxitos de crítica (elegido libro del año, entre otras publicaciones de prestigio, por The New York Times) y público, no hemos podido disfrutar de su traducción hasta el pasado octubre de 2017[4].

Considerado por la propia autora como unas memorias[5] (“cuando el destino te pone en bandeja unos personajes así, ¿para qué inventar nada?”), El club de los mentirosos se centra en un periodo de la infancia de Karr, transcurrido entre un pueblo de Texas, Leechville (leech significa ‘sanguijuela’, con lo cual ya podemos hacernos una idea de qué podemos encontrar tras este topónimo inventado), dedicado casi en exclusiva a la explotación de pozos petrolíferos, y otro de Colorado. Y es a través de los ojos de la pequeña Mary Marlene (Pokey, para su padre) como iremos conociendo a su familia y sus circunstancias: su padre, un obrero del petróleo y sindicalista, tan simple y rudo como una bestia, pero cálido con todo lo relacionado con su hija pequeña, su ojito derecho, líder natural de sus semejantes, alcohólico, jugador, pendenciero y, por encima de todo, gran narrador y creador de anécdotas ficticias; Lecia, la hermana mayor de Mary Marlene, que avanza a marchas forzadas hacia el cinismo característico de la vida adulta en detrimento de la inocencia propia de la infancia, sostén de la familia y tan tirana con su hermana pequeña (a fin de cuentas, es la mayor y más fuerte) como cómplice de ella; la terrible, despiadada y terrorífica abuela Moore (no quiero desvelaros nada sobre ella por si decidís aventuraros a leerlo); y, por encima del resto de miembros de la familia, la para mí inolvidable Charlie Karr, la madre de Lecia y Mary y gran protagonista del libro, tan alcohólica o más que su marido, tan imperfecta como heroica (¡tan real!), psicótica, con un pasado capaz de estremecer los cimientos de su familia cada vez que vuelve a él (¡casada en siete ocasiones!), víctima de la frustración del presente, aquejada de un bovarismo casi de manual, depresiva y obsesionada con la cultura (la suya y la de sus hijas), artista, desesperante e indignante por igual, y al final, entrañable a su manera.
 
El otro gran pilar sobre el que se sostiene El club de los mentirosos, al margen de la complejidad de los miembros de la familia Karr, son los hechos que se narran, muy capaces por sí mismos de satisfacer la curiosidad morbosa con que gustamos de asomarnos, con disimulo, a la vida de los otros: la agonía previa a la muerte, el alcoholismo, peleas, obscenidades varias, tiroteos, suicidios, abusos sexuales, huracanes e incendios devastadores, plagas de insectos y de reptiles… en definitiva, algunas luces y muchas sombras con las que deleitarnos… ¡Esperad, esperad!, ¿he escrito “los hechos que se narran”? Perdonadme, ahora mismo me aplico un correctivo de cien latigazos como mínimo. Sí, desde luego, qué se narra tiene su importancia, pero el gran logro de la autora es cómo narra esos hechos: con una habilidad narrativa sorprendente mezcla oralidad con lirismo[6] (¡menuda poeta de odas y madrigales nos ha salido la buena de Mary Karr!), lo cual dota al libro de frescura y verosimilitud, a la par que de entidad literaria. Además, todas las sombras que orbitan en torno a los Karr quedan pronto difuminadas, y es que, por muy trágico que sea lo narrado, no acabamos de sentirlo así. Al contrario, cada una de las desgracias suele ir seguida, o acompañada, de un estallido de humor o de ternura, o de ambos a la vez, y esto se consigue cediéndole el timón a la inocente y a la vez salvaje Pokey, entrenada como oyente en aquellas reuniones de adultos (a la salida del duro trabajo en la refinería, o mientras esperan pacientemente que algún pez muerda el anzuelo durante un día de pesca, o durante una partida de billar) donde se competía por contar la mejor historia, inventada, eso sí, y en las que su padre era un maestro. Ella nos presta sus ojos, y adoptamos como si fuera nuestra su propia inocencia, y así, de la mano, conjuramos los demonios invocados por cada una de las tragedias de las que somos testigos (pensándolo bien, estamos ante una Bildungsroman puesta del revés). Si tal como manifiesta la autora El club de los mentirosos le sirvió para sanar viejas heridas, creo que no me equivoco si afirmo que quien lee el libro sana con ella, tal es la capacidad de empatizar que despierta en el lector.
 
Por lo que respecta al título, que como ya se desprende de todo lo anterior remite a esas reuniones de amigos y compañeros de trabajo a las que la joven Mary Marlene acompañaba a su padre (por el mar corre la liebre; por el monte, la sardina; tralará), responde a la perfección a la intencionalidad de Karr cuando se decidió a escribir sus memorias y se convierte, a la vez, en una metáfora perfecta de la literatura misma: a través de la mentira, contar (y afrontar) la verdad. Por lo que a mí respecta, si os soy sincero, el título fue lo primero que me sedujo, pero no por lo que acabo de escribir, no tenía ni idea de qué iba El club de los mentirosos ni de quién era Mary Karr cuando decidí que formaría parte de nuestra Diada de Sant Jordi (luego ya sí, que a estas alturas acumulo años y lecturas suficientes como para andar gastando mi tiempo y mi dinero en “grandes historias que te llegan al corazón”… ¡aparta de mí este cáliz!), sino porque la idea de un club formado exclusivamente por mentirosos me remitía a algunas reuniones de trabajo a las que, por desgracia, he tenido que asistir (desde que soy un trabajador cualificado, han aumentado exponencialmente; lo curioso es que para mí son una putada, mientras que hay personas que venderían su alma al diablo con tal de ser invitadas a participar en ellas… ¡Ególatras insensatos!), ésas en las que se calla mucho y se habla poco, y lo poco que se habla suelen ser mentiras de las más lamentables, de las que revelan rostros y bajan pantalones por igual, de las que reducen la dignidad humana a mínimos vergonzosos. Pero la mentira forma parte de todos nosotros, es una de las características que nos hace humanos (pienso, por ejemplo, en el lenguaje de las abejas, incapaz de generar mentiras simplemente porque no las necesitan[7]), y todos mentimos, porque nos es útil para alcanzar nuestros objetivos, sean cuales sean: esconder una falta, destruir a alguien, ocultar un pasado, mantener una posición de privilegio u optar a ella, y un millón de razones más que no enumeraré. Lo único que podemos hacer, si tenemos un mínimo de conciencia, es no caer en los tipos de mentiras más detestables (a mí me molestan mucho, además de las anteriores, las innecesarias, aquéllas tras las que no hay ningún objetivo demasiado importante o claro, las que me hacen preguntarme “¿pero por qué me mientes en esto?”, pero yo es que soy así de rarito).

 

Sin embargo, pese a que mi primer acercamiento a las memorias de Karr partía de una premisa equivocada, pude leer el prólogo en la Red y lo que allí encontré me convenció de que debía formar parte de mi cesta de la compra. A mi manera, coincido con ella en la consideración de la literatura como terapia, algo sobre lo que ya he trazado alguna pincelada aquí[8]. Allí, Karr comparte las razones por las que se decidió a escribir algo tan personal y cómo se sintió al hacerlo: “nos resignamos extrañamente a ciertos episodios que antaño nos torturaron y estuvieron a punto de destruir nuestra familia, en cuanto fueron proclamados a los cuatro vientos. Llamadlo terapia de aversión, pero los acontecimientos calaban un pelín más hondo. Comprobamos que las heridas cicatrizaban mejor si las dejábamos al aire —si bien nunca fue ése mi propósito—. Nuestras catástrofes, tan lejanas, se volvieron asumibles. Es lo que los griegos llaman catarsis.” Y al hacerlo, se dio cuenta de que “conforme iban desapareciendo tabúes antiguos en mi familia aumentó vertiginosamente el nivel de sinceridad”. Para alguien como yo, culpable de innumerables crímenes por sincericidio, dar (¡por fin!) con alguien que prefería contar antes que callar supuso un importante espaldarazo. A fin de cuentas, ¿podéis decirme algo que haya solucionado el silencio? Ya sé que las palabras hieren, y que siempre permanecen, acostumbra a ser la excusa de los defensores del mutismo. Pero también sé que a las palabras que se han dicho, respondan a una realidad o a un simple calentón, siempre se les puede añadir otras que las dulcifiquen, las apacigüen o las justifiquen. Como ser poseedor de un lenguaje que soy, siempre que no me dejen otra alternativa, optaré por la palabra antes que por el silencio.
 
Claro que antes de contar todo lo que cuenta en El club de los mentirosos, Karr tuvo que someterse a la tiranía del consenso a la que tarde o temprano tiene que someterse todo aquél que escribe: “me encargué de prevenir a mi madre y a mi hermana Lecia de los sucesos que me proponía contar, y desde el principio la respuesta de mi madre fue: «Tú sácatelo todo de dentro, di que sí… Si a mí me hubiera importado alguna vez lo que piensa nadie me habría pasado la vida haciendo galletas y yendo a reuniones de la Asociación de Madres y Padres de Alumnos.»” Yo, por mi parte, siempre vivo con miedo de que algo de lo que escribo aquí sea malinterpretado o de que alguien que se vea reflejado se lo tome (muy) a mal. Al fin y al cabo, escribo un blog personal, que como su nombre indica, se nutre de mis propias experiencias, ideas y reflexiones. De hecho, hubo una persona que se leyó aquí y me lo reprochó. Y me hizo dudar de si lo que había hecho era correcto o no. Pero después de pensarlo fríamente llegué a la conclusión de que su nombre no aparecía en ningún sitio, ni era identificable para nadie que pudiese reconocer a tal persona (contando con que alguien que la conozca lea alguna vez mi blog y aquella entrada en concreto, cosa que dudo mucho). Y aunque era cierto que escribía sobre cosas en las que aquella persona había intervenido, también eran mis cosas, y como tales, hago con ellas lo que quiero (me parece cuanto menos inquietante el paso que hemos dado desde una posición de indignación a la de ofendidos por todo). Además de que, en ese caso concreto y sin que sirva de precedente, no escribía ninguna mentira (a lo mejor se debió a eso de que sólo le duele la sinceridad a quien vive en un mundo de mentiras, pero no sé si es esto es así ni me importa, la verdad). Así que, señoras y señores, concluyo diciendo que esto es un blog personal, y si no les gusta lo que leen, no lo hagan. Nadie les obliga a ello. Yo, por mi parte, no voy a dejar que nadie me censure (miento… ¿qué os decía sobre la omnipresencia de las mentiras en nuestras vidas? Todas las entradas de este blog le son leídas a la persona que elijo para ello antes de ser publicadas, y sus opiniones y puntualizaciones son escuchadas, valoradas y tenidas o no en cuenta finalmente), y mucho menos sin que haya necesidad de ello.

 


 

[1]Palabras del doctor Gregory House, el personaje interpretado por Hugh Laurie. Ya es revelador de por sí que la famosa serie se abriese con un episodio titulado Everybody lies (uno de los mantras habituales de House) y se cerrase con otro titulado Everybody dies: la conexión entre la mentira y la vida, y la vida y la mentira, se mantiene hasta que la muerte sobreviene.
[2]Karr y Wallace mantuvieron una relación amorosa, y según se cuenta, ella sirvió de inspiración para el personaje de Madame Psychosis en La broma infinita. Lo curioso del caso es que yo desconocía toda esta información en el momento de la compra de los libros. ¡El mundo y sus felices casualidades!
[3]Ready Player One es la viva muestra de que no se sale airoso con sólo apelar a la nostalgia. Eso sí, estoy seguro de que muchos ochenteros encontrarán placentero reencontrarse con muchos de los juegos de ordenador y las películas con que se deleitaron en su infancia. Pero la novela de Cline no es más que eso, un pastiche, un continuo de relaciones intertextuales incapaz de abrirse su propio camino. Para que nos entendamos, no es otra Stranger Things.
[4]Mary KARR: El club de los mentirosos. Traducción de Regina López Muñoz. Periférica & Errata Naturae (2017).
[5]Voy a evitar iniciar una discusión sobre el género al que pertenece el libro de Karr (que si memorias, que si autobiografía parcial, que si autoficción, que si…), porque al final resulta peregrina y sería meterme en un jardín. Si ella misma lo califica de memorias, pues que así sea.
[6] Captada con maestría por la traductora, Regina López Muñoz (al César, lo que es del César).
[7]Y pienso en mi profesora de lingüística y en el día que se puso a imitar cómo se comunican las abejas en medio de una clase. ¡Dios, qué buen rato pasamos y cómo llegamos a reírnos!
[8] Ver en este mismo blog la entrada titulada Apuntes sobre el suicidio.

 

39. ¿Lecturas para el verano?

¡¡¡PAREN EL MUNDO, QUE ME QUIERO BAJAR!!!
Mafalda
 
 
 
Si algo tiene la actualidad es que, con demasiada frecuencia, nos proporciona motivos de sobra para desear empaquetarlo todo y mudarnos a algún lejano y recóndito rincón de la galaxia, apartado de todo aquello que nos parezca, ni que sea remotamente, humano (hoy mismo sería un buen momento para hacerlo: la [in]justicia española, la sentencia por abuso en lugar de por violación en el juicio de La Manada, el escándalo de abusos y violaciones que salpica a alguno de los encargados de otorgar el Nobel de Literatura… vale, no sigo). Por desgracia, no está a nuestro alcance poner tierra de por medio de este modo, así que lo único que nos queda es refugiarnos en la ficción; en la literaria, en mi caso concreto.
Y en esta tesitura me encontré yo el pasado mes de agosto, cuando a la paternidad recién estrenada, a los (demasiados) días de hospital, al primer mes de convivencia con ese ser menudo que irrumpe con la fuerza de un huracán en tu vida y al terrible calor estival, les tuve que sumar las reacciones y comentarios xenófobos a raíz del atentado en Barcelona del día 17 y la matraca a favor o en contra de una independencia que ya se intuía que iba a acabar tomando un derrotero poco agradable más pronto que tarde. Y aunque para lo primero estaba preparado, porque todo lo relacionado con la paternidad era sabido y deseado (bueno, no todo era deseado ni sabido, ya se entiende, pero todo supone parte del precio a pagar por ser padre), y contra el calor no se puede hacer nada salvo conectar el aire acondicionado, vestirte con ropa fresquita y tirar de comidas y bebidas refrescantes, lo segundo ya me fue del todo intolerable, y el asco que me dan los xenófobos y la modorra que me provocan tanto los independentistas como los unionistas unidimensionales hicieron que me plantease abandonar el mundo como se lo plantea Mafalda en esa famosa viñeta con cuya cita inicio este post.
La verdad es que, como cada verano desde que me lo compré, y hará ya tanto tiempo que lo hice que no recuerdo cuánto lleva esperándome en mi mesita de noche (además de los clásicos, en sentido etimológico, de mi época de estudiante, como “El nadador”, creo que únicamente he leído los tres o cuatro primeros relatos), tenía pensado leerme los Cuentos completos de John Cheever[1], máxime teniendo en cuenta que aún me quedaba un mes de vacaciones (cosas de que se solapase la baja por paternidad con las vacaciones de verano). Y es que el volumen es tan completo, que me resulta imposible transportarlo cada día de casa al trabajo y del trabajo a casa, y se me cansa el brazo cada vez que me pongo a leerlo en la cama o en el sofá, razón por la cual ha pasado a ser “un libraco para el verano”; cosas de la edad, que no perdona, pues siendo adolescente seguí el mismo método de lectura con El Señor de los Anillos en una edición parecida, la de Círculo de Lectores, quizá más larga y más pesada, y no tuve estos problemas. Sin embargo, dado que lo que buscaba por aquel entonces era escapar de este mundo, poco útil me iba a resultar alguien cuyos relatos se centran, en su inmensa mayoría, en la vida y las miserias de la burguesía acomodada estadounidense. Para eso, mejor seguir sintonizando las noticias. Unas vacaciones más, “el Chéjov de los barrios residenciales” (qué mentes tan privilegiadas las que se inventan estos sobrenombres) tendría que esperar…
Así las cosas, creo que no volví a pensar en qué lectura podría ser el Leteo adecuado donde saciar mi sed hasta pasados unos días (con un bebé de un mes en casa no es que dispongas de demasiado tiempo libre, ni siquiera para pensar, y no creáis a quien os diga lo contrario), y ese pensamiento se abrió camino de la forma siguiente: andaba yo en plena adoración contemplativa[2]de mi hija cuando me puse a imaginar cómo serían las Navidades con ella, y el Carnaval, y el día de Sant Jordi… en definitiva, todas esas festividades que siempre me han gustado pero que, con el paso de los años, no sabría decir por qué (¿desilusión?, ¿pérdida de la capacidad de sorprenderme?, ¿imbecilidad profunda crónica y degenerativa?), van perdiendo un poco de chispa. Y tener una hija supone, en buena medida, volver a vivir esas fiestas con la ilusión de cuando eras niño: harás lo posible (ya lo hemos hecho durante sus primeros meses de vida) por que tu hija se encuentre con la atmósfera adecuada para que esos días formen parte de los mejores de su vida (no importa que no se vaya a acordar, las bases ya han quedado sólidamente sentadas este año, y habrá testimonios que así se lo atestigüen en un futuro), y, de paso, y esto quizá es lo mejor porque sucede sin ser consciente de que también lo haces por ti, de la tuya. Y así estaba yo, imaginando que volvía a ser un niño que hacía cagar al Tió de Nadal o que se disfrazaba de superhéroe, cuando me acordé de una colección de novelas de ciencia ficción, Albedo creo que se llamaba, que mis padres me compraron siendo yo un preadolescente (si hay algo que motiva a un joven ávido de lecturas, son esos “libros de adultos” que caen en sus manos mientras sus compañeros y amigos, con suerte de que lean, aún se entretienen con El Barco de Vapor[3]). En principio, pese a que no recordaba exactamente de qué iba cada una de ellas, todas cumplían los requisitos esenciales que buscaba; a saber, una acción que se desarrollara en mundos lejanos o en un planeta Tierra postapocalíptico (¡libre de xenófobos y miopes sociopolíticos!) y que, además, tuviesen cierta entidad literaria: con el tiempo, pero no así en el momento en que los leí por primera vez, qué curioso es el diálogo que mantenemos con los libros que nos pertenecen a lo largo de nuestra existencia, supe que ocho de los nueve escritores cuyas novelas formaban parte de la colección eran grandes tótems de la literatura de ciencia ficción[4](a mí me faltaban Asimov y sus novelas dedicadas a la Fundación[5], Philip K. Dick y, sobre todo, esto lo dice la persona y el editor que soy hoy, alguna voz femenina como la de Ursula K. Le Guin, de quien pienso comprarme, cuando baje el precio desmesurado que tiene la nueva edición de Minotauro, Los desposeídos). ¿Qué más podía pedir?
 
 
 
Así que, en tandas de dos, y aprovechando cualquier visita que les hiciera, fui trasladándolos de casa de mis padres a la mía (mamá, algún día acabaré de llevarme todos mis libros, lo prometo, aunque tenga que comprarme otra casa para poder meterlos todos). Y desde entonces, he dedicado mi tiempo de lectura[6]a la perturbadora serie de relatos que conforman las Crónicas marcianas, de Ray Bradbury; a Ender el Xenocida, de Orson Scott Card, tercera novela publicada de la saga de Ender y que significó mi iniciación en el universo de los protectores de la Tierra; a la censurada por las leyes franquistas Forastero en tierra extraña, de Robert A. Heinlein; a la conmovedora Flores para Algernon, de Daniel Keyes; a la clásica entre las clásicas Dune, de Frank Herbert; a Neuromante, de William Gibson, fundadora del subgénero del cyberpunk y primera de las tres novelas que forman parte de la llamada Trilogía del Sprawl, cuyo germen hay que buscarlo en el relato anterior “Johnny Mnemonic” (algunos habréis tenido la mala suerte de ver la versión cinematográfica protagonizada por Keanu Reeves…); a la apocalíptica Cántico por Leibowitz, única novela publicada en vida por Walter M. Miller; y a Pórtico, de Frederik Pohl, una de las grandes novelas de ciencia ficción de todos los tiempos y primera de la saga de los Heechee.
Y a la primera conclusión a la que llego después de volver de mi retiro narrativo y poner los pies en este mundo es que, sin ser plenamente consciente de ello, siempre he tenido muy buen gusto literario (¡bye, bye, modestia!). Es evidente que no soy el mismo lector ni la misma persona hoy que aquel joven yo que leía por primera vez las novelas en cuestión, y que ahora soy capaz de fijarme en cosas que entonces no sabía ni que existían, por eso mi juicio es mucho más severo y está mejor fundamentado, y la posibilidad de que una novela me sorprenda o me atrape es mucho menor (vamos, que no pierdo el tiempo con cualquier chuminada). Y aun así, puedo decir que he disfrutado como un chiquillo con la relectura de todas ellas.
La segunda conclusión a la que llego es que, por mucho que se quiera escapar de este mundo, estamos atrapados en él, y no hay salida. La ciencia ficción, la buena ciencia ficción, es narrativa de calidad (sí, ya sé que los puristas ahora mismo estarán mesándose los cabellos… pero que tengan en cuenta que un don nadie de esto de la literatura como Borges ya se encargó de dignificar este “subgénero de género menor” hace unas cuantas décadas…), y como tal narrativa de calidad, se dan en ella múltiples capas significativas, desde las más superficiales (como puede ser una invasión extraterrestre o alguna guerra interplanetaria por el control de la galaxia) hasta las más profundas (como podría ser un esclarecedor análisis de la condición humana). Y es que no hay nada como elevarse hasta las alturas infinitas y tomar distancia para estudiar eso que se ha dado en llamar el género humano. Así, en las novelas de la colección Albedo que hoy os recomiendo, se experimenta la soledad y la pequeñez del ser humano; se sobrevive a la guerra y se perece en ella; se siente el impulso autodestructivo que siempre nos ha caracterizado y que, al parecer, siempre nos caracterizará, hasta que acabemos por destruirnos a nosotros mismos y al planeta que nos da la vida, víctima inocente de nuestra voracidad insaciable; nos aplasta el sentimiento de culpa; nos acongoja lo desconocido; nos abruma nuestra responsabilidad personal en el devenir de la historia; vislumbramos las consecuencias de la ultratecnología y la informática; y reflexionamos, sobre todo reflexionamos, sobre la religión, la política, la familia, la sexualidad, el racismo y la xenofobia, el poder, el medio ambiente, la experimentación científica con seres humanos y la eugenesia…
Supongo que debo darme por vencido, no hay isla en este mundo ni rincón en la galaxia donde encontrar escapatoria. Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, como dijo el primer Wittgenstein, y el mundo es el límite de toda narración. Como producto humano que es, la literatura sólo puede hablar de lo humano, y así debe ser. Hasta que podamos viajar más allá de las palabras.


[1] Por cierto, la edición que tengo se vende en Amazon a partir de… ¡372,71€! ¡Válgame Dios!
[2] Adorar y contemplar son dos verbos que se adueñan de tu cotidianidad una vez que eres padre o madre, y la verdad es que no encontrarás una ocupación mejor que la de adorar y contemplar a tu bebé.
 
[3] Sin ninguna intención de menospreciar, en absoluto, una colección de libros que ha alimentado los sueños de la infancia de muchos niños, entre los que sin duda me cuento. Aún recuerdo perfectamente lo enganchado que me tuvieron, por ejemplo, Kavik, el perro lobo y Assassinat a la casa de nines, ambos de la serie roja y leídos cuando me correspondía por edad, diría yo, la serie azul o la naranja, y que si no están todavía por casa de mis padres, significa que acabaron en la bolsa que le preparé al nieto de mi vecina con todas las lecturas de mi infancia y juventud hará ya unos años (¿error?).
 
[4] El noveno en discordia es Javier Negrete, contra quien no tengo nada en absoluto, y cuya novela, La mirada de las furias, me gustó (aunque es la única que no he releído, la verdad). Sin embargo, creo que el hecho de que forme parte de la colección se debe más a eso de hacer país que a que en realidad esté a la altura del resto de grandes nombres (todos ellos, ganadores de los premios Nébula o Hugo, o de ambos). Y menos mal que Negrete es madrileño, imaginad por un momento que hubiese sido catalán: ¡la que hubiese liado Ciudadanos en el Congreso con eso del adoctrinamiento!
 
[5] Ya había pensado en las novelas de Asimov, incluso me dije que serían las siguientes una vez que acabase la colección, pero en algún sitio leí que HBO (¿y dirigida por Nolan?) preparaba, por fin, una serie sobre la saga de la Fundación que se estrenaría en breve (¿2018 o 2019?), así que decidí esperar a releerme las novelas hasta que el estreno tuviera fecha. A día de hoy, no he vuelto a leer nada al respecto, y ya pienso, incluso, que lo he soñado. Lo cual me jodería bastante, la verdad, porque procuro que todos mis sueños sean de naturaleza sexual.
[6] En realidad, miento como un bellaco; además de las novelas de la colección Albedo, he leído muchas cosas más, y eso que, como decía antes, mi tiempo de lectura se ha reducido considerablemente; por poner sólo algunos ejemplos: unos cuantos (muchos) relatos y novelas cortas de Lovecraft (¡magnífica la edición de su narrativa completa que puso en el mercado Valdemar y que ahora han vuelto a reeditar!); HHhH, de Laurent Binet; un par de novelas de Houellebecq (¡qué loco está este tío y qué vergüenza da leerlo en el tren!); algún relato de Schwob; El Hobbit, porque Peter Jackson me había robado el recuerdo cándido que guardaba de él; La conjura contra América, una de las novelas que me faltaba por leer de Philip Roth; un libro sobre escritura creativa; El punto ciego, un interesante librito que reproduce las conferencias acerca de su propia literatura y de la literatura en general que dio Javier Cercas durante su estancia en Inglaterra; y ahora tengo entre manos los libros que nos regalamos mi pareja y yo con motivo del día de Sant Jordi… creo que ya estoy listo para crear mi propio club de lectura, ¿no?
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