38. Una tarde de jueves cualquiera

Jueves 16 de enero de 2018, 16:00 h., huso horario peninsular. Un editor, visiblemente fatigado, física y mentalmente[1], se despereza, mira a través de la ventana de su despacho, vuelve a desperezarse, echa una ojeada a su reloj de pulsera y comprueba que sigue coincidiendo con el del ordenador (de buena gana bajaría al vestíbulo de la editorial a ver si el del torniquete de entrada no ha perdido el compás y sigue en perfecta sincronía con ellos, pero nunca va allí por las tardes, y no es plan, se dice, de romper el equilibrio del universo); vuelve a mirar por la ventana, consulta el teléfono móvil. Sin novedades. Bosteza.
 
Se sorprende pensando con un optimismo moderado que, aunque vuelva a casa después del ocaso un día más, ya queda menos para que la oscuridad deje de ser su compañera a la entrada y a la salida del trabajo. Según el Observatorio Astronómico Nacional, para ser exactos, esto sucederá entre el 8 y el 9 de febrero; claro, siempre y cuando Renfe cumpla con sus horarios, cosa que le resulta harto difícil de creer, para qué engañarse. Por si acaso, se va a conceder un mes de plazo más, tiempo que estima suficiente para que los habituales retrasos de los trenes de cercanías (o sus misteriosas desapariciones) no sean impedimento para llegar a su ciudad de residencia mientras aún luce el sol.
Siente que ya no puede más, empieza a ponerse nervioso, así que no le queda otra salida que hacer un alto en el camino. No sabe por qué, pero transcurrido cierto tiempo (no demasiado), necesita levantarse y estirar las piernas, despejar la mente, pensar en otra cosa, “molestar” a algún compañero o compañera… De lo contrario, mucho se teme que se pondría a gritar, o correría pasillo arriba y pasillo abajo como alma que lleva el diablo. Lo que no sabe es si esto le ha sucedido siempre o es cosa de los últimos tiempos; tal vez, se le ocurre de súbito, se trate de algún tipo de enfermedad profesional que aún no le han diagnosticado.
 
Lo cierto es que no a todos sus compañeros les sucede lo mismo: hay quienes se pasan las ocho horas y pico que dura la jornada laboral sin moverse más de lo que requieren sus necesidades laborales y/o fisiológicas (¿son robots?, ¿dejan una réplica de cartón en su silla mientras disfrutan de la vida en cualquier otro sitio?, ¿son capaces de dormir con los ojos abiertos?, ¿han sido bendecidos con un sistema nervioso a prueba de bombas?), y la verdad es que en cierta manera los envidia: pasan desapercibidos y son considerados buenos trabajadores, siempre tan concentraditos y siempre dedicándole tanto tiempo a sus tareas, y siempre protestando o poniendo mala cara cuando otros hablan a la puerta de sus despachos, porque, claro está, ellos son los únicos que trabajan y nunca molestan, razón por la cual, como no puede ser de otro modo, son los únicos que tienen derecho a hablar de algo que no sea trabajo en el trabajo (y ojo, que a lo mejor detrás de su concentración o su silencio se esconde en realidad la planificación de las próximas vacaciones o hacer la compra en línea, o leer o escribir una novela; en estos casos, a las monas les es útil, y mucho, la seda)…
Pero, si no recuerda mal, volviendo al tema que nos ocupa, mientras estudiaba (como dice su madre, cuando vivía encerrado a cal y canto en su habitación; por descontado, nuestro editor siempre le estará muy agradecido a su mamá por facilitar su “reinserción” social de esta manera tan simpática y con este tipo de comentarios, a nadie se le ocurrirá pensar de él que es un bicho raro, seguro que no) también eran frecuentes las excursiones al lavabo para mojarse la cara con agua fría, o los pitillos mirando al techo, o los lanzamientos de una pelotita contra la pared cual Jack Torrance en El resplandor(esto último también lo ha intentado en el trabajo, pero su vecina de despacho no parecía muy feliz con la idea, además de que resulta que no está muy bien visto, así que ha tenido que desistir), o las salidas al balcón para tomar un poco el aire, o las Coca-Cola bebidas a ritmo de Oktoberfest, o la masturbación, siempre tan relajante y liberadora… es más, cuando escribe, porque escribe (me consta, incluso, que escribe un blog), también es frecuente ese tiempo necesario de desconexión. Por tanto, cabe concluir que, en efecto, ya era algo que le sucedía antes y que le sucede en otras situaciones, no sólo en el trabajo. Fin del misterio. Si se trata de una enfermedad, la padece desde hace años, nada que achacarle a su profesión actual. La solución de la pensión por enfermedad vuelve a escapársele de las manos.
 
Lo cierto es que si fuera por la mañana, iría a tomarse un café, pero a estas horas ya no puede ser, ha consumido con creces el cupo diario de cafeína, así que le toca levantarse e ir al lavabo. Cuatro pasos para salir de su despacho y hallarse en medio del pasillo; catorce pasos a la izquierda y giro a la derecha; doce pasos más lo sitúan frente a la entrada del lavabo; dos más, ante el lavabo de hombres; y tras otros siete pasos, ya se encuentra frente a su retrete favorito mientras dura la temporada invernal, el de la izquierda, el más alejado de la ventana por la que se cuela el frío. Ya se desabrocha el botón del pantalón y se baja la cremallera (es de los que prefiere desabrocharse por completo: tiene muy vivo en su memoria el recuerdo del pene de un amigo de la infancia al que los dientes de la cremallera de un pantalón tejano le jugaron una mala pasada, y desde entonces prefiere liberarlo todo), y alivia su vejiga. Como buen artista que se considera (qué le vamos a hacer, él también se siente la persona más especial del mundo, como tú y como yo, qué coño: cosas de haber tenido y tener a gente en nuestras vidas que nos quiere y nos dice lo guapos y lo listos que somos, ¿verdad?; y si no, pues nos lo decimos nosotros mismos, que bien que lo valemos, oye), imagina que escribe su nombre en la pared con su propio líquido excrementicio; de niño, siempre lo conseguía cuando orinaba en la calle, y eso que su nombre era de los más largos entre los de su pandilla de amigos; así nace una leyenda. Pero ya es mayorcito para esas cosas, así que logra subyugar las poderosas pulsiones de Tánatos y evacúa, como Dios manda, dentro del inodoro.
 
Tras las sacudidas de rigor del miembro viril (tres, pues tiene muy interiorizado que más de esas tres ya no se considera una maniobra higiénica inocente) y limpiarse la caprichosa gotita de la alegría con un pedacito de papel higiénico, se lava y se desinfecta las manos, y desanda el camino hasta su despacho. Sin embargo, piensa que aún es pronto, que todavía no va a poder concentrarse de nuevo en su trabajo, así que decide acercarse hasta la zona donde se sientan las secretarias y “molestar” un poco a SE. Son 46 pasos más desde su despacho, pero en dirección contraria a la del lavabo; 92, si cuenta la ida y la vuelta. No le vendrán nada mal a sus piernas, acaba por convencerse a sí mismo, además de que con SE siempre se ríe, aunque a veces, o muchas veces, mejor dicho, tenga que aguantarle alguna fresca. Pero eso forma parte de su encanto, también es verdad.
 
Así que allá se dirige él, al encuentro de SE, cuando de repente, apenas 20 pasos después de reiniciar la marcha, mira a la izquierda, hacia el interior de la “pecera grande” (tal vez al acecho de alguna otra “víctima habitual” que no sea SE: JM, o RA, o MG), el despacho que compartía con otros ocho compañeros hasta que le asignaron el actual hará ya unos años (¿cuántos? Pues la verdad es que no lo sabe con seguridad, cuando alguien va sumando años en una empresa, el tiempo se convierte en un ente todavía más impreciso de lo que ya suele serlo de ordinario), y es entonces cuando ve algo que lo deja absolutamente fascinado y que despierta esa parte juguetona que habita en él desde su niñez y que se niega a hacerse a un lado en su vida de adulto: justo en medio del despacho, dominando todo el espacio, alguien, con toda probabilidad uno de esos genios que viven en la sombra del anonimato, se dice a sí mismo, ha colocado dos sillas que miran a la entrada. La de su izquierda está ocupada por una mochila negra y una bolsa de tela de color granate; la de su derecha, en cambio, permanece desocupada, pero hay algo de desafío en su actitud, un “siéntate aquí si te atreves” o un “aquí te espero” implícitos cuyo atractivo va a ser demasiado para nuestro editor.
 Dejando de lado el indudable poder de seducción estético de la escena (cuya fuente, nunca mejor dicho[2], podría ser un Duchamp o un Kosuth, aunque en quien primero piensa nuestro protagonista es en Tracey Emin, seguramente por ser la hora de la siesta[3]), en los dos segundos que transcurren entre que decide si entrar o no al despacho, acuden a su mente una serie de posibilidades asociadas al fantástico cuadro que contempla: si me siento en la silla, ¿se abrirá un portal interdimensional o tal vez se trata de un DeLorean made in Spain que me llevará a navegar a través de los interminables océanos del tiempo?… ¡oh, Dios, se angustia, seguro que algún compañero se ha dicho a sí mismo que ya está bien, que ya ha aguantado suficiente, y ha escondido en la mochila un artefacto explosivo que detonará en tres, dos, uno…!
 
Como no podía ser de otra forma, decide entrar en el despacho. Sus pisadas sobre el parqué rompen el silencio que se respira en la dependencia (silencio y calor son los dos sustantivos que siempre asocia al tiempo que pasó en aquel despacho, y silencio y calor lo reciben nada más poner un pie en su interior) y advierten a los seis compañeros que en ese momento se hallan allí de su presencia. Sólo tres de ellos se alegran realmente de su visita (ya contaba con ello), los ya mencionados JM, RA y MG; las otras tres, pues de tres mujeres se trata, apenas levantan la cabeza antes de volver a lo que están haciendo, sea lo que sea.
 
Ante semejante acogida, es posible que otra persona se hubiese contentado con preguntarle discretamente sobre las sillas a alguno de los compañeros para quienes su visita no resultase una molestia (a lo mejor, acaba de tener un atisbo de lucidez, por eso lo cambiaron de despacho, para evitar que la manzana podrida corrompa al resto; pero no le afecta en absoluto: al fin y al cabo, sabe que, mientras tuvo su sitio allí, contribuyó a hacerle los días mejores y más entretenidos a más de uno y una, y obtuvo como recompensa buenos amigos; y eso, estaréis de acuerdo conmigo, es bonito), o que, parapetándose tras la prudencia, se hubiese quedado con la duda para siempre. Pero debemos tener presente que es Aburrimiento una de las fuerzas ancestrales que ha guiado los pasos de nuestro editor hasta allí, quien, además, se caracteriza por tener un carácter jovial y con alta propensión al juego, y que a todo ello deberíamos sumarle una buena dosis de espontaneidad inherente a su personalidad. A estas alturas de la vida, añadimos, su reserva de vergüenza ya se halla próxima a agotarse, y lo que puedan pensar los demás de él, en principio, le preocupa muy poco.
 
¡Pero qué maravilla es ésta, por Dios!, exclama dirigiéndose a JM principalmente, que se ríe desde que lo ha visto aparecer por la puerta, como si intuyera lo que vendrá a continuación. ¡Parece una pieza del MNAC! ¿Quién es el autor de esta obra de arte?, pregunta, pero las únicas respuestas que obtiene son las sonrisas mal disimuladas de unos y las miradas incómodas de otras. En su misma situación, Peter Parker ya hubiese sido advertido hace rato del peligro que corre por su sentido arácnido, y aunque no sabemos qué bicho le ha picado a nuestro editor, en caso de que se haya dado tal picadura podemos afirmar con rotundidad que no se trata de la de una araña radiactiva: ¡Dejadme, dejadme que las vea de cerca!, dice con entusiasmo mientras se abre paso hasta las sillas y se sienta en la que está desocupada con cara de acabar de recibir el mejor regalo de su vida. ¡Esto es de película, vamos! ¡Lo mejor del día de hoy con diferencia! ¡Qué digo del día… de todo lo que llevamos de mes! ¿No lo creéis así?; pero si esperaba que alguien se sumase a la fiesta, no podía estar más equivocado. Eso sí, entre los presentes, al menos JM y MG se lo están pasando en grande.
Pero nuestro editor no necesita a nadie (quizá sea una reminiscencia de su adolescencia masturbadora), y una vez que ha dado el pistoletazo de salida al cachondeo, va a ser difícil que pise el freno antes de llegar a meta. ¡Ahora mismo vuelvo, voy a buscar el móvil! Pero ¿para qué?, le pregunta entre divertida y confundida MG. ¡Pues para hacerme una foto, que si esto llega a buen puerto y os hacéis todo lo famosos que merecéis ser, el día de mañana querré contarle a mis nietos que yo estuve aquí, que formé parte de esto! Y tras decir esto, corre hasta su despacho y vuelve cual centella, móvil en mano, para iniciar su sesión fotográfica.
 
¡Venga, hazme una foto!, le pide a JM mientras se sienta en la silla desocupada adoptando la pose más chulesca que se le ocurre; y JM se levanta, coge el móvil y se transforma en un moderno Cartier-Bresson. ¡Clic!, foto. Pero cuando comprueba si ha salido bien, resulta que la ha tomado del revés. ¡Clic!, nueva foto. Mismo resultado. Hombre, J, ¿cómo puede ser que las hagas todas del revés?, le dice entre risas nuestro editor. ¡Yo no hago nada, de verdad! ¡Es tu móvil el que hace cosas raras! A ver, a ver, déjame que pruebe yo, y nuestro editor hace una foto que, como era de esperar, sale bien. ¿Ves?, al móvil no le pasa nada, ¡eres tú, que te empeñas en hacerla del revés! ¡Clic!, foto. Risas al comprobar que, de nuevo, ha sido tomada del revés. ¡Espera, espera, que te hago yo una con el mío, y así tienes una desde este ángulo!, le dice MG, quien ya se suma a unas risas cada vez menos discretas. Justo en ese momento, nuestro editor percibe por el rabillo del ojo que una de las tres personas que no se habían alegrado en exceso con su visita se levanta y abandona el despacho, pero no le da ninguna importancia: irá al lavabo, o a tomarse un café, o vaya usted a saber dónde. ¡Clic!, foto. Mismo resultado; y por fin, entre carcajadas y bromas, tras nueve intentos infructuosos, JM, a quien antes llamamos Cartier-Bresson precipitadamente, ahora lo sabemos, capta una instantánea como Dios manda.
 
 
Ya de vuelta en su despacho, mientras respira hondo y se dispone a volver a sumergirse en el mundo de los valores éticos, nuestro editor se da cuenta de que no tiene ni idea de quién ni por qué ha puesto las famosas sillas allí. Sin embargo, concluye, hay secretos que es mejor no desvelar jamás, y si el precio que tiene que pagar por el buen rato que ha pasado es ése, bienvenido sea. Justo en ese momento, JM entra en su despacho y cierra la puerta tras de sí, y literalmente muriéndose de la risa le dice: ¡A[4], ha sido la mejor performance a la que he asistido en mucho tiempo! ¡Absolutamente brutal! ¡Hoy te has superado! A nuestro editor le halagan los cumplidos de su compañero, pues se toma las palabras de JM como tales, pero no deja de sorprenderle tanto entusiasmo y, por primera vez desde que vio las sillas, nota cómo una mosca se posa detrás de su oreja. Vamos, no me creo que haya sido la única persona que ha preguntado por las sillas… No, no has sido el único que ha preguntado, pero sí has sido el único que ha organizado su show particular… ¡y ha sido desternillante! ¡Has desmontado en diez minutos lo que se han pasado haciendo toda la mañana! ¡Brutal… y absolutamente necesario! Espera, espera, que creo que me estoy perdiendo algo… ¿que he desmontado qué? Pues que llevan todo el día liadas con el aire acondicionado, que como ya sabes, es el gran problema de convivencia del despacho: que si yo tengo frío y tú no, que si a mí me da directo y lo apago… ya sabes… y se han pasado toda la mañana moviendo las sillas y colocándoles cosas encima para que el aire no molestase a quien le molesta y reconfortase a quien le reconforta… y has llegado tú y, con toda la naturalidad del mundo, les has hecho ver que lo que habían hecho era… ¡una chuminada!, acaba la frase nuestro editor. Ante sus ojos vuelve a ver salir a su compañera del despacho mientras él posaba para las fotos… ¡No me jodas! ¿Y la ideóloga de todo ha sido…? La sonrisa de JM es respuesta suficiente. ¡Madre mía, y yo pensando que había dado con un ready-made cuando en realidad me hallaba ante una obra de ingeniería del tamaño de la presa de las Tres Gargantas! ¡Seréis cabrones! Pero ¿por qué no me habéis dicho nada? ¡Y tú venga a hacer fotos! ¡Si ya no había quién te parase!, contesta entre risas JM. Además, que estas cosas siempre van bien, has trivializado el problema con naturalidad y de un modo simpático, además de en un tiempo récord… ¡Nos ha jodido!, responde, por fin consciente del problema, nuestro editor, estas cosas van bien siempre y cuando las lleve a cabo otro, ¿no? En efecto, querido amigo, así es, concluye con sorna JM. Pues me alegro de haberos sido de utilidad, espero que me dediquéis un lindo epitafio una vez que me embosquen a la salida del Senado…
 
Los días siguientes al affaire que aquí hemos narrado no han hecho más que confirmar los temores que empezaron a suscitarse en nuestro editor durante la conversación mantenida con JM en su despacho. Si bien nadie la ha emprendido a puñaladas con él y, hasta donde sabemos, continúa con vida y gozando de buena salud, aquella compañera que vio derrocada su obra por las poderosas manos de la espontaneidad, la sinceridad, la risa, la vergüenza y el ridículo ha dejado de dirigirle la palabra, y nuestro editor ha sido sepultado bajo el impenetrable manto de la invisibilidad: que se cruzan en el pasillo, vista al frente y paso rápido; que se encuentran a la puerta del lavabo, vista al suelo y paso al lado; que coinciden en la máquina del café, pues se abandona para siempre la cafeína…
 
Sin embargo, y pese a que durante los primeros días y los primeros encuentros su conciencia ha sido visitada por los molestos remordimientos, pronto ha empezado a restarle importancia al asunto. A fin de cuentas, no es que hubiese tenido nunca una relación muy fluida con la compañera en cuestión; es más, no sabe en virtud de qué, pues nunca han trabajado juntos ni pertenecen a la misma especialidad formativa ni siquiera al mismo área de trabajo, pero siempre se ha sentido como si lo mirase por encima del hombro (su profesión tiene muchas cosas buenas, pero una de las malas es ésta, la de los egos insaciables de las personas con estudios superiores: la gente siempre parece competir por ver quién es más listo o mejor que el otro, y ella, al parecer, ya hace tiempo que ha decidido quién gana esa pugna particular: ¡su cuerpecito y su mente serranos!), y, además, él sólo había pretendido pasar un buen rato, sin intención de ofender a nadie, así que pronto zanja el asunto con el definitivo ¡que le den!.
 
Lo que sí que le preocupa es la peligrosidad que entrañan y lo contraproducente que resultan en la vida adulta en general, y en la laboral en particular, la espontaneidad, la sinceridad y la autenticidad, y, si me apuráis, la alegría misma. Asume que para él ya es tarde; aunque los bofetones que reciba le hagan ser un poco más prudente, en esencia va a seguir siendo como es. Y continuará jugando a ese juego basado en la ocultación, la hipocresía y el silencio que es la vida de adulto, no le queda otra. Las cosas son así, y de muy poco sirve rebelarse (bueno, sí, para ser asesinado socialmente, pero no es eso lo que queremos, ¿verdad?). Si se me permite el símil, ya no es el joven estudiante recién licenciado que cree que podrá cambiar el mundo infecto que parece haberlo estado esperando, a él y sólo a él, para que lo limpie de podredumbre. Tiene los años y la experiencia suficientes como para haberlo despojado de su máscara y ver que su rostro está monstruosamente desfigurado por el vacío y la falsedad. Sin embargo, los tiempos cambian, y con ellos, también cambian nuestras preocupaciones; hasta hace muy poco, aunque sabe que su postura lo situaba en el peligroso borde del precipicio nihilista, asumía con resignación que el mundo es una gran boñiga jurásica, y que nada ni nadie iba a poder cambiarlo[5]. Creía que lo máximo a lo que se puede aspirar es a saber reconocer las pocas reglas y las muchas trampas con que quienes nos gobiernan limitan nuestras opciones existenciales, e ir sobreviviendo con el máximo de dignidad posible entre tanta mierda que nos rodea y nos consume. Pero desde hace poco más de nueve meses la cosa ha cambiado. Ahora es padre de una niña a la que tiene que educar, a la que tiene que dotar de herramientas de las que echar mano cuando tenga edad de enfrentarse ella sola al mundo. ¿Significa eso que prescindirá de la espontaneidad, la sinceridad, la autenticidad y la alegría, cuya propia experiencia le ha demostrado que provocan más quebraderos de cabeza que satisfacciones? No, por supuesto que no. En primer lugar, porque todo niño es la inocencia personificada, y se debe conservar esa inocencia el máximo tiempo posible (si les mentimos sobre los Reyes Magos o Santa Claus, o sobre la muerte, se dice, ¿cómo no voy a hacerlo yo con, por ejemplo, la sinceridad?). En segundo lugar, por protección: mientras un niño es niño, tiene que ser sincero con sus padres y familiares más cercanos, pues, si siempre dice la verdad, se podrán detectar algunos problemas que pueden surgir en la escuela o en su grupo de amigos o sea donde sea. En tercer lugar, porque esos valores la ayudarán a ser ella misma, harán que se convierta en una persona autónoma e independiente, capaz de tomar sus propias decisiones de un modo responsable (si, en efecto, es una persona auténtica, tendrá que pasar cuentas ante el juez más severo que existe: su propia conciencia) y, sobre todo, de vivir sin miedos. El mundo siempre encontrará el momento de cornearla, no hay por qué precipitar la ocasión.
 
Pero aquí nuestro editor, que en unas pocas líneas se nos ha convertido en padre, topa con una nueva preocupación: la educación que nos están vendiendo desde hace unos años desde sus torres de marfil quienes se dedican a pensar en esto de cómo se debe educar, haciéndonos creer que la instrucción es educación. Se nos insiste en la importancia de criar niños felices y sanos (hasta aquí bien) para que se conviertan en ciudadanos activos de la familia (joder, ¡si hay familias que, cuanto más lejos, mejor!, aunque sí que está de acuerdo con la importancia de la tribu en el proceso educativo, que bien podría entenderse por la familia, va… ¡y que lo ridiculicen y lo crucifiquen como hicieron con Anna Gabriel cuando dijo esto mismo!) y la sociedad. Esperen, esperen un momento. ¿La sociedad? ¡De qué cojones nos están hablando! ¿Tenemos que facilitar que se integren en una sociedad donde, por poner sólo unos cuantos de los muchos ejemplos sangrantes que tenemos a nuestra disposición, la corrupción campa a sus anchas, donde se recortan derechos esenciales tales como la sanidad, la educación o la libertad de expresión, o donde se convierte en abuso lo que es una brutal violación en grupo? Porque esto es nuestra sociedad, y sus ciudadanos somos quienes lo consentimos y lo toleramos. No, queridos pedagogos y madres y padres del mundo. A nuestros hijos, se envalentona nuestro editor que también es padre, hay que educarlos en la rebeldía y la destrucción. Ellos son quienes han venido a este mundo a hacerlo saltar todo por los aires. Ellos tienen que ser la dinamita. Ellos tienen que ser el martillo con que hacer añicos esos falsos ídolos en que se basa esta sociedad (la justicia, la Constitución del 78, toda esta “democracia”) y que nos han hecho creer, por activa y por pasiva, que es la mejor de las posibles. Ellos son quienes tienen que sobreponerse a nuestra inutilidad e ineficacia, a nuestra cobardía, a nuestro fracaso como ciudadanos; y tienen que hacerlo ellos, por ellos mismos y por los futuros hijos que vendrán.
 
Es ahora, en pleno subidón revolucionario, cuando nuestro editor se acuerda de esa compañera que recurre con frecuencia, para lo que sea, al Capità Enciam, personaje de ficción de la década de los 90 de la Televisió de Catalunya cuyo lema era els petits canvis són poderosos. Y piensa en su hija, y piensa que, en efecto, no hay nada más pequeño que ella. Y que en sus manos está el primero de los cambios que pondrán, para bien, el mundo del revés…


[1] Sí, aunque su trabajo apriori no es muy exigente físicamente hablando, no al menos como muchos otros que ha tenido antes de ganarse el pan como en la actualidad se lo gana (vamos, que no es que se haya pasado la vida viviendo de la sopa boba precisamente, no; ni que se haya dedicado a mamar del pezón de las arcas familiares hasta que por fin ha llegado la oportunidad de su vida o se ha materializado ese sueño para el que vino a este mundo, eso tampoco; ni menos aún ha malgastado su tiempo lamentando su mala suerte ni se ha limitado a lamerse las heridas y a decirle a todo aquél que haya tenido la mala suerte de prestarle oídos lo pobrecito que es mientras esperaba, ¡claro, la cosa va de esperar!, que un milagro hiciera por él lo que sólo estaba en sus manos: hacer más amable, dentro de sus posibilidades, el futuro), también se cansa; y sus cervicales, su espalda (tiene dos hernias discales), sus antebrazos, sus manos, sus dedos y sus piernas se resienten de la rigidez postural ligada a su oficio; y sus ojos se agotan de tanto leer, corregir, reescribir y reelaborar, ante el papel o el monitor del ordenador, durante muchas horas y día sí y día también, a lo que hay que sumarle unas buenas dosis de presión y estrés (por los plazos, por la adopción rápida de decisiones, por la asunción de errores y responsabilidades, por las batallas absurdas y no tan absurdas que tiene que librar…). ¿Que parece poca cosa? Tal vez sí, pero ya le gustaría ver en su situación a alguno o a alguna de esos que se pasan la vida embelesados con el ir y venir de las nubes, no está de más decirlo.
[2] Esta broma tonta tiene su nivel. No muy elevado, cierto es, pero lo tiene.
[3] He aquí otra broma del mismo estilo que la anterior. Es voluntad del autor y editor de este texto regalar una audioguía con el próximo post que escriba para no dificultar la lectura del texto con tantas notas al pie.
[4] Tras esta inicial se esconde el noble nombre de pila de nuestro misterioso editor (aquí vuelve a deslizarse una broma tonta… bueno, en realidad dos, pues una incluye otra; va siendo necesaria la audioguía, sí… eso, o que quien esto escribe deje de reírse de sus propios chistes…).
[5] Esta postura no siempre ha sido así, sino que se ha ido construyendo sobre los cimientos del desengaño: ha participado en movimientos antibelicistas, en campañas para erradicar el hambre, en manifestaciones en pro de todo tipo de derechos sociales, en contra de la violencia y a favor de la libertad de expresión… Y el resultado siempre ha sido el mismo: unas energías y buenas intenciones que han echado por el retrete quienes tenían que prestarle oídos a este tipo de “luchas” (cuando no se han mofado directamente de ellas).

35. ¿Pienso luego existo?

Conócete a ti mismo es uno de los aforismos que daban la bienvenida a todas aquellas personas que, independientemente de su condición, acudían al templo de Apolo, en Delfos, para consultar el oráculo de la pitia en la antigua Hélade. Y ese mismo aforismo es utilizado por Julian Baggini, autor del “oscarizado” El cerdo que quería ser jamón[1], y Jeremy Stangroom para marcarnos el camino de entrada a ¿Pienso luego existo? El libro esencial de juegos filosóficos[2].
 
Como ya indica el título del libro, Baggini y Stangroom cuestionan la primera verdad indudable a la que llega el método cartesiano, el cogito[3], pero no para refutar nuestra propia existencia, sino para demostrar cuán ficticios pueden ser nuestros pensamientos, nuestros valores y nuestras opiniones. Y a todo ello se llega, no hay nada como edulcorar la píldora, a través de una serie de divertidos e ingeniosos juegos filosóficos[4]. No sé, en un mundo como el nuestro, donde proliferan los pensamientos únicos, no debería parecernos una cuestión de poca importancia.
 
En efecto, sumergirse en las páginas de ¿Pienso luego existo? es como ser Luke Skywalker adentrándose en la Cueva del Mal del planeta Dagobah[5], mítica secuencia de la saga galáctica que se nutre del mito de la caverna platónico, aunque se trate, en este caso, de un Platón invertido: tras completar los juegos que nos propone, lo único que encontraremos en su interior será lo que ya llevemos con nosotros. Por desgracia, su lectura no completará nuestro entrenamiento Jedi, pero sí que nos ayudará a tener un poco más claro qué pensamos en realidad y cómo pensamos.

Fotograma de Star Wars: Episodio V. El imperio contraataca.

Sin embargo, Baggini y Stangroom no se ocupan de toda la complejidad de eso que solemos llamar identidad personal. Se centran en la idea (errónea) de la incorregibilidad de lo mental, aplicada a la definición de nuestro yo. Los 12 juegos que conforman ¿Pienso luego existo? ponen a prueba los sólidos cimientos sobre los que creemos que se sostienen nuestras opiniones, analizan cómo funciona nuestra lógica de pensamiento y cómo construimos los silogismos de los que emanan nuestras deducciones, y examinan nuestras actitudes frente a Dios, nuestros tabús, y todo lo referente a la ética, la moral, el arte, nuestra propia existencia y nuestra libertad. En definitiva, se pone en duda todo aquello de lo que decía Descartes que no se podía dudar porque justamente dudamos, todo el material al que recurrimos habitualmente para decirnos a nosotros mismos y a todo aquél que nos preste oídos “así soy yo”.

Vale la pena preguntarnos, una vez llegados a este punto, si era necesario un libro como ¿Pienso luego existo?. De hecho, deberíamos formularnos esta pregunta ante todo libro que se publica, pero ésa es otra historia. En el caso que nos ocupa, el libro de Baggini y Stangroom, está claro que mi respuesta es afirmativa (de lo contrario, no le estaría dedicando un post en mi blog personal). Y es que, aunque parezca mentira, porque al fin y al cabo yo siempre es la persona de la que tenemos más información (aparentemente lo conocemos todo de yo: sus pensamientos más ocultos, sus fobias y sus filias, sus anhelos, sus miedos) y con la que más tiempo pasamos durante toda nuestra vida (¡nos entierran con él!), eso de conocernos a nosotros mismos no resulta nada fácil. Pensadlo bien, si lo fuera, quienes se dedican a la buenaventura hubiesen desaparecido hace tiempo de la historia de la humanidad, del mismo modo que los libros de autoayuda no inundarían las librerías ni figurarían entre los más vendidos del panorama literario (iba a escribir “de no ficción”, pero no sé yo…), por no hablar de los psicólogos, psicoanalistas y otros terapeutas de la mente humana que pagan sus facturas gracias en buena parte al desconocimiento de ese yo que a todos nos es tan familiar. Así que, ¡bienvenido sea el libro de los juegos filosóficos!

Pero aviso a hipotéticos navegantes, en ¿Pienso luego existo? nadie descubrirá su gran Verdad, ése es un trabajo que tenemos que hacer a lo largo de toda nuestra vida, pero sí que se encontrará frente a frente con muchas de sus mentiras. Como los propios autores nos advierten en la introducción:
 
[…] tras su lectura, bien puede ocurrir que el lector se descubra pensando que lo que piensa que piensa ya no es lo que pensaba. Y, al igual que esta última oración, esto puede resultar desconcertante, algo confuso, pero a fin de cuentas bastante divertido.
 

Y es cierto que eso es lo que sucede: los juegos te divierten, te desconciertan, te confunden y te sorprenden. Y además, añado yo, lo cual me ha resultado de lo más interesante, es muy posible que el lector-jugador se encuentre luchando consigo mismo para no hacer trampas. Me explico: en todo momento, o al menos a partir del primer juego, “El chequeo filosófico”, uno es consciente (tal es el revolcón que te llevas) de que sus respuestas serán evaluadas al final de la actividad que se plantea, y de que esas respuestas con toda probabilidad dirán algo de uno mismo que irá en contra de lo que piensa que piensa, y de que eso que dirán no será demasiado positivo (a no ser que tengamos algún tipo de problema de salud mental, la imagen que tenemos de nosotros mismos suele ser positiva, y la adornamos y la sustentamos con atributos e ideas que consideramos, y suelen ser considerados, positivos: tolerante, simpático, solidario, etc.). Y como los nombres con que se bautiza cada juego y las citas que los encabezan ya te dan una idea de por dónde pueden ir los tiros en aquel caso concreto, uno tiende a adecuar sus respuestas al resultado que desearía obtener[6]. Ésa es la primera gran lección de ¿Pienso luego existo?, y tal vez la más importante, al menos en mi opinión: somos unos mentirosos contumaces, y la primera víctima de nuestras mentiras somos nosotros mismos. Y si no podemos ser sinceros con nosotros mismos, ¿podremos serlo alguna vez con los demás?

¡Hagan juego, señoras y señores!

 

 


 

[1] Julian BAGGINI: El cerdo que quería ser jamón, Paidós Ibérica (2007).
[2] Julian BAGGINI: ¿Pienso luego existo? El libro esencial de juegos filosóficos, Paidós Ibérica (2008).
[3] No sabemos qué existe en realidad, porque todo es dudoso: nuestros sentidos nos engañan, el mundo en que existimos nos engaña, la misma razón nos hace cometer errores; pero si dudamos, si nos planteamos preguntas, si pensamos, significa que al menos nosotros sí existimos, por medio de nuestra intuición somos capaces de saberlo.
[4] Algunos de estos juegos, como Staying Alive, y otros pueden encontrarse en www.microphilosophy.net. La página de Internet que hace unos años recogía todos los juegos, www.doyouthinkwhatyouthink.com, ha dejado de estar operativa.
[5] Star Wars: Episodio V. El imperio contraataca (1980). Dirigida por Irvin Kershner.
[6] Mi padre siempre dice entre risas, y quizá no le falta razón, que cuando él muera, se muere lo que más quiere de su casa. Y ya sabemos que al objeto de nuestro amor se le perdona (casi) todo, sobre todo sus defectos, que hacemos lo posible por enmascararlos, los ignoramos, los minimizamos o nos convencemos a nosotros mismos de que no lo son en absoluto o de que en todo caso se deben a una percepción equivocada e incompleta de los otros.

29. Into the Wild

Verano de 1992. Mientras yo disfrutaba de una nueva exhibición de Induráin en el Tour de Francia, pasaba un caluroso día en la Exposición Universal de Sevilla o vivía los Juegos Olímpicos de Barcelona, el joven Chris J. McCandless moría en los bosques de Alaska a la temprana edad de veinticuatro años.

¿Quién es Chris J. McCandless? Pues es probable que muchos ya lo conozcáis: quizá hayáis leído Into the Wild (Hacia rutas salvajes[1]), el libro donde Jon Krakauer se hace eco de su historia, o seguramente hayáis visto la película del mismo título, escrita y dirigida por Sean Penn en 2007, que tan buena recepción tuvo en su momento. Yo, sinceramente, no he tenido noticia de McCandless hasta este año, cuando los autores del libro de filosofía para cuarto de ESO que he tenido la suerte de editar proponían un fragmento del libro de Krakauer como prólogo del tema dedicado a la libertad personal y social, y sus límites. Y a partir de ahí he ido tirando del hilo (me leí el libro y este último fin de semana de tres días que he disfrutado he podido ver la película, además de bucear por Internet y empaparme de todo lo escrito referente al joven aventurero que falleció en Alaska hace ya veinticinco años[2]) de una historia que, creo yo, a nadie deja indiferente.

Grosso modo, McCandless era el primogénito de una familia adinerada del este de los Estados Unidos, un brillante estudiante, un atleta más que aceptable y no demasiado popular por una inclinación innata a la soledad, que, una vez licenciado, decide donar sus ahorros (¡24000 dólares de 1990!) a OXFAM y abandonar a su familia sin dejar rastro y dejando de lado su “brillante porvenir”. Para ello, se deshace de cualquier documento que lo pueda identificar, se inventa una nueva identidad, Alex Supertramp, y a bordo de su viejo Datsun (que pronto tuvo que abandonar), equipado con lo mínimo para procurarse la supervivencia y con la única compañía de sus libros, una cámara de fotos y una videocámara, desaparece sin previo aviso.

Su viaje, que Krakauer ha podido reconstruir gracias a las fotografías, a los vídeos y al diario que iba escribiendo Chris/Alex (y a los testimonios de las personas con las que se fue cruzando, en las que siempre dejó una impronta profunda) lo lleva a atravesar de este a oeste Estados Unidos, hasta que finalmente acaba sus días en el salvaje norte, su “aventura final”.

Las razones que lo llevan a emprender su viaje sin retorno, y que lo han convertido en uno de esos mitos adolescentes modernos, tal es el aura romántica que desprende, es la necesidad de huir de las leyes y las normas sociales, de la falta de autenticidad, del dinero y de las posesiones materiales, de la hipocresía que tuvo que vivir en su propio hogar, y, sobre todo, la pretensión de ser libre en el único lugar donde él pensaba que podía serlo, en medio de la naturaleza salvaje[3]. ¿Quién no se apunta a la filosofía de McCandless? ¿A quién no le asquea en muchas ocasiones el falso mundo en el que vivimos? ¿Quién no siente o ha sentido alguna vez ese impulso de abandonarlo todo en pos de una vida más auténtica? Pero nos falta valor, algo de lo que el joven Chris/Alex andaba sobrado.

Claro que enseguida el sentido común nos lleva a pensar que lo que el joven McCandless hizo fue una irresponsabilidad, un exceso de orgullo y egoísmo que acabó provocando un dolor irreparable a todas aquellas personas que lo querían. Una temeridad digna de alguien poco inteligente, la aventura de un loco novato que sólo podía tener el desenlace que finalmente tuvo, una tragedia personal. Yo también he pensado todo esto, he vivido la vida de Chris/Alex desde fuera, voy a ser padre en breve y no me puedo ni imaginar lo que sería que mi futura hija hiciese algo así, de modo que mi primer juicio también ha sido el de considerar a McCandless un iluso y un irresponsable. 
Última fotografía que se tomó Chris McCandless, cuando el desenlace ya era un hecho. http://www.christophermccandless.info
Pero sin necesidad de idealizarlo como lo idealizan muchos desde entonces: adolescentes que “quieren ser” Chris, las familias que organizan excursiones para ver el lugar donde el joven murió o los mismísimos Krakauer y Penn, creo que esa primera opinión está equivocada. Después de mucho pensarlo, he llegado a la conclusión (o estoy llegando, por eso escribo este post, para ver si saco algo en claro entre tanto sentimiento contradictorio) de que McCandless hizo lo correcto. Vivió como se esperaba que viviera, hizo lo que se esperaba de él, pero no encontró satisfacción en ello. Así que lo único que le quedaba era intentar vivir como él quería vivir, sin complacer a nadie más que a él mismo. Y a decir verdad, fue muy coherente y muy honesto con lo que siempre quiso. Y eso no es algo que podamos decir todos. 
Fue tan maduro que pronto se dio cuenta de que nuestra libertad individual topa con numerosos obstáculos y límites: nuestras capacidades y dependencias: físicas, cognitivas, económicas, emocionales, logísticas…; los intereses de la comunidad en que vivimos, es decir, el conflicto entre los intereses propios y los del resto de personas; y los principios morales, las normas sociales y las leyes, siempre elementos coartadores. Así que la única salida que le quedaba era la soledad. Sin embargo, y éste es el primer error y quizá el más grave de todos los que cometió Chris, la soledad no te libra de dependencias absolutamente básicas de tipo logístico: dónde dormir y, sobre todo, cómo procurarte el alimento necesario para tu subsistencia[4]. Pero claro, hoy en día ya no queda nada por descubrir, ya hemos pintado todo el mapa, la aventura en solitario sólo es posible en zonas verdaderamente salvajes, y son zonas llamadas así porque es casi imposible la vida humana en ellas.
Pero McCandless tenía eso que tienen todos los héroes y todos aquellos que adoptan comportamientos de riesgo: negaba su propia muerte. Punset dice, con ironía y buen humor, que es inmortal hasta que se demuestre lo contrario, y algo parecido deben de pensar las personas que se lanzan a aventuras potencialmente mortales como la emprendida por McCandless. Claro que entonces, debes ser consciente de que corres el riesgo de cometer pecado de hybris, que como bien sabemos es intentar sobrepasar la medida humana, ante lo cual, los antiguos dioses griegos solían castigar al pecador con una muerte o una pena cruel (a la medida de su osadía). Algo así podríamos decir que le ocurrió al joven.
El autobús mágico abandonado donde fue encontrado  el cuerpo sin vida de Chris McCandless.http://www.christophermccandless.info  
¿Significa esto que la de Christopher J. McCandless fue una vida desaprovechada? En mi opinión, rotundamente no. Chris en ningún momento quiso morir, sino todo lo contrario: pretendió vivir su vida del modo más intenso y real que se le ocurrió (el único), hasta tal punto que acabó encontrando su propia muerte. La vida de McCandless tuvo un fin muy claro: destruir su falso yo interior y llevar a cabo una revolución espiritual que le permitiese adquirir el conocimiento de la verdad, de su verdad. Y en este sentido, fue una vida plena y completa. Aunque, y éste es el punto dramático de la historia, la revelación le llegase tarde. Se encaminó hacia lo salvaje, como una suerte de Don Quijote, únicamente acompañado de las lecturas que releía una y otra vez y que servían de alimento de su imaginación y de forja de sus ideales: Tolstoi, Thoreau, London, Pasternak…, con la única diferencia de que los tuertos a enderezar no le salían al paso, sino que habitaban en su interior. Y aunque tengamos la tentación de considerarlo un loco como al caballero de la triste figura, pues sin duda es un loco quien se toma en serio a alguien que nunca pisó las tierras en que contextualiza sus novelas (London) o que su comportamiento real dista mucho de lo que proclama en sus obras (Tolstoi), no hay nadie más cuerdo que el loco, pues éste es capaz de ver sin ataduras de ningún tipo.

Ya justo antes de iniciar su incursión en Alaska, el afable anciano Ron Franz, una de las últimas personas que convivió con McCandless y que lo quiso adoptar como su nieto, y a quien Chris le cambió la vida por completo, recuerda que, en referencia a las tormentosas relaciones familiares que suponía que lo habían hecho partir, le dijo al joven, citando las Escrituras, que “cuando perdonamos, amamos”. Y quizá ese poso que dejó Franz fue el que más tarde, cuando terminó la lectura de Felicidad familiar[5], de Tolstoi, en el autobús mágico, le hiciera intentar volver a la civilización. Pero el buen tiempo necesario como aliado para garantizarle el alimento durante su estancia en Alaska se convirtió en su peor y más letal enemigo: el deshielo hacía imposible que McCandless pudiera atravesar el Teklanika, así que tuvo que volver al autobús donde moriría en apenas un mes.

Curiosamente, el último libro que su salud le permitió leer fue Doctor Zhivago, de Pasternak, donde escribió en el margen: “La felicidad sólo es real cuando es compartida” (la conocida cita de Pasternak, en concreto, es: “La felicidad no compartida no es felicidad”). Y ése fue el último descubrimiento de McCandless, con él su viaje llegó a su fin. Y podría muy bien ser el primer descubrimiento con el que iniciar nosotros nuestra propia andadura. Quizá así y sólo así la muerte de Christopher J. McCandless no fue en vano. Vale.


[1] Jon KRAKAUER: Hacia rutas salvajes, Ediciones B, B de Bolsillo. Trad. de Albert Freixa. Barcelona, 2007.
[2] Quien quiera saber más de la aventura de McCandless y de todo el universo que creó alrededor de su aventura, puede consultar el siguiente enlace: http://www.christophermccandless.info/
[3] “Hace dos años que camina por el mundo. Sin teléfono, sin piscina, sin mascotas, sin cigarrillos. La máxima libertad. Un extremista. Un viajero esteta cuyo hogar es la carretera. Escapó de Atlanta. Jamás regresará. La causa: ‘no hay nada como el oeste’. Y ahora, después de dos años de vagar por el mundo, emprende su última y mayor aventura. La batalla decisiva para destruir su falso yo interior y culminar victoriosamente su revolución espiritual. Diez días y diez noches subiendo a trenes de carga y haciendo autostop lo han llevado al magnífico e indómito norte. Huye del veneno de la civilización y camina solo a través del monte para perderse en una tierra salvaje.” Inscripción garabateada por McCandless en el autobús abandonado de Fairbanks, su hogar y su tumba en Alaska.
[4] Krakauer se empeña en señalar el envenenamiento como la causa de la muerte de McCandless: primero, lanzando la hipótesis de que confundió una planta comestible, la patata silvestre, con otra venenosa, el guisante silvestre (ésta es la que se muestra en el filme dirigido por Penn), y más tarde, suponiendo que fue la semilla de la patata, que aún no se había descubierto que era nociva para el consumo humano, la que provocó la muerte de Chris cuando éste tuvo que empezar a alimentarse de ella una vez que escaseaba el alimento. Sin embargo, creo que es más plausible que McCandless muriera de hambre, desnutrido, pues la cantidad de alimentos en forma de pequeños mamíferos y plantas que registra en su diario parecen insuficientes para garantizar la supervivencia de un ser humano adulto durante los meses que McCandless estuvo en Alaska. Bien es cierto que muchos aventureros modernos someten su cuerpo al límite y su dieta se basa en más o menos el mismo aporte calórico que la de Chris, pero también es cierto que esos aventureros finalizan sus peripecias en un plazo máximo de un mes, y luego pueden recuperarse del desgaste al que han sometido a su cuerpo. Sea como fuere, poca importancia tiene saber cómo murió finalmente McCandless.
[5] “Él tenía razón al decir que la única felicidad segura en la vida es vivir para los demás […]. Ha pasado por muchas vicisitudes y ahora creo haber descubierto qué se necesita para ser feliz. Una vida tranquila de reclusión en el campo, con la posibilidad de ser útil a aquellas personas a quienes es fácil hacer el bien y que no están acostumbradas a que nadie se preocupe por ellas. Después, trabajar, con la esperanza de que tal vez sirva para algo; luego el descanso, la naturaleza, los libros, la música, el amor al prójimo… En eso consiste mi idea de la felicidad. Y finalmente, por encima de todo, tenerte a ti por compañera y, quizá, tener hijos… ¿Qué más puede desear el corazón de un hombre?” Pasajes subrayados por Chris McCandless.

20. Apuntes sobre el suicidio

Hace escasos días que he leído Apuntes sobre el suicidio, de Simon Critchley, un ensayito de poco más de setenta páginas escrito, en un momento difícil de su vida (“mi vida se ha disuelto durante este último año como un azucarillo […] me he visto luchando de verdad contra pensamientos suicidas, […] motivados por la autocompasión, el asco por uno mismo y los deseos de venganza. […] Este ensayo es un intento de superarlo”), por el filósofo Simon Critchley, conocido, entre otras cosas, por ser el autor del famoso El libro de los filósofos muertos.

Pero que nadie se asuste. Pese a su título, cuya intención provocadora me recuerda a Del asesinato considerado como una de las bellas artes, de De Quincey –sí aún vivís con papá y mamá, no se os ocurra dejarlo a la vista, por ejemplo, sobre la mesita de noche; y si viajáis en transporte público, y permitís que las miradas curiosas del resto de viajeros lo lean, y se esforzarán por hacerlo, creedme, preparaos incluso para que alguien os pregunte si estáis bien o si necesitáis ayuda–, ya en la primera línea nos advierte de que “Este libro no es una nota de suicidio”, y aunque en su interior nos enfrentamos a muchas notas y a muchos suicidios, ni Critchley (“no tengo la intención de quitarme la vida”) ni quien esto escribe tienen intención de suicidarse.
 
El análisis –lúcido, pormenorizado y no exento de buen humor– de las diferentes motivaciones que hacen posible que alguien llegue a quitarse la vida que lleva a cabo Critchley se apoya en numerosos casos de suicidio, unos notorios históricamente –desde Sócrates a Robin Williams– y otros no tanto, y en los grandes pensadores que se han atrevido a enfrentarse a este tema –desde Platón a Cioran, pasando por Spinoza, Hume o Freud–. En resumidas cuentas, según el ensayo, las personas que se suicidan lo hacen por las siguientes razones:
 
  1. A causa del dolor físico producido por una enfermedad, cuyo padecimiento se pretende evitar con la propia muerte. 
  2. A causa del dolor psíquico de una depresión severa.
  3. Por una causa más importante que la propia vida (que podríamos llamar suicidio mesiánico), entre los que destacan el terrorismo suicida, la autoinmolación, la huelga de hambre o lo que lleva a un soldado a morir por su país, por ejemplo.
  4. Por venganza, por el odioamor del que hablaba Lacan, por haber sido víctima de una traición, personal o colectiva (los amores y desamores de toda la vida, vamos).
  5. Por varias o todas las razones anteriores.
Todas estas motivaciones, en mayor o menor medida, se pueden comprender; por medio de nuestra capacidad de raciocinio podemos llegar al porqué del irreversible paso que se ha dado. Podemos empatizar con el suicida, aunque su acto atente contra nuestros principios, aunque en el fondo sepamos que está mal lo que ha hecho, que eso no se debe hacer. Pero, y esto es realmente lo que nos aterra, he aquí el tabú social que tiñe del oscuro color del silencio al suicidio, ¿y si alguien decide suicidarse porque sí? ¿Y si alguien siente el deseo de morir y punto? ¿Y si se quita la vida sin más? Y es justo en este punto, una vez que nos asomamos al abismo, cuando el ensayo de Critchley se pone interesante.

Apuntes sobre el suicidio propone que nuestra visión se separe por fin de la metafísica cristiana, per saecula saeculorum castradora, y de la explicación sobre el suicidio que nos ha venido inoculando el Estado, sucesor de la narración religiosa de los hechos. El suicidio no debe de suponer una suerte de fracaso, no tiene por qué ser algo triste o estar simplemente mal. Debemos intentar comprenderlo, prosigue Critchley en busca de un nuevo camino que arroje algo de luz a tan definitivo acto, al margen de la rabia de los cónyuges, amigos y familiares que hayan perdido a un ser querido por esta causa, con distancia y frialdad si se quiere, sin la vergüenza ni la hipocresía siempre presentes cada vez que reunimos el valor necesario para hablar del tema. No en vano, nos recuerda Hume, “no creo que nadie haya tirado su vida por la borda mientras valiera la pena conservarla”.
 
Si conseguimos librarnos de las ataduras morales y del marco legal bajo la lupa de los cuales hemos analizado el suicidio, si por fin conseguimos derrocar tan pesados muros –¡atención, aviso a navegantes, nuestro sistema de valores está a punto de recibir un nuevo martillazo nietzcheano! ¡Critchley también es dinamita!–, es posible que lleguemos a la misma conclusión a la que nos conduce sin remedio Apuntes sobre el suicidio: “dar el salto”, como llama Critchley al acto de quitarse la vida, “tal vez sea […] lo que nos identifica, cuando menos parcialmente, como humanos”. No en vano, ningún otro ser vivo tiene la capacidad de autodestruirse por el mero hecho de hacerlo. Las plantas y los animales pueden sacrificarse en beneficio de su especie, cierto, pero jamás se suicidan. El suicidio es sólo cosa de los seres humanos. Ahora sí, queridos amigos, cojámonos las manos y elevemos juntos nuestra voz, como si en el mismísimo corazón de la tenebrosa selva congoleña hubiésemos comprendido nuestra verdadera naturaleza: ¡El Horror! ¡El Horror!
 
Pero Simon Critchley no es un suicida, no quiere quitarse la vida –nos lo avisa ya en la primera línea de su ensayo, ¿recordáis?– ni pretende que nadie lo haga. Lo único que desea es comprender por fin que la existencia humana es un regalo y al mismo tiempo una maldición: la de poder elegir libremente entre vivir o morir. 
 
Sin embargo, no quisiera poner el punto y final a este post sin antes comentar un par de cosas más que me han resultado interesantes. La primera –ya está aquí el inglés fumador de opio–, señalar el valor estético que tiene el suicidio –“¡Dios mío, pero qué dice este muchacho, definitivamente ha perdido la chaveta!”, exclaman alarmados los adultos del lugar al tiempo que tapan los oídos de sus hijos y los apartan de mí con gesto protector–. En efecto, el suicidio tiene la capacidad de eliminar todo lo anterior, de obligarnos a “leer” de nuevo la vida de quien “ha dado el salto” a la luz de ese último acto. Porque la vida, mientras dura, es una opera aperta. Antes de su final, puede pasar cualquier cosa. Sófocles ya decía que nunca podíamos afirmar que un mortal fuese feliz hasta el último día de su vida. ¿Comprendes ahora, ¡oh, Musa!, la obsesión del Pélida Aquiles por lo que se contase de él una vez muerto? ¿Podemos ver la vida de Virginia Woolf, Paul Celan, Kurt Cobain o Robin Williams obviando cómo se la quitaron? Creo que no. Y esto sucede, en cierta manera, porque el suicidio otorga una suerte de inmortalidad: nunca se olvida, es la obra que sobrevive al artista. 
 
La segunda cuestión, espero que un poco más alegre, tiene que ver con la motivación que lleva a Critchley a escribir su ensayo: el intento de superar la pulsión mortal que ha sentido en los últimos tiempos. ¿Cómo lucha contra el destrudo? Recurriendo a la escritura, ya lo hemos visto. Y es que la escritura posee en sí misma una capacidad curativa, porque nos permite explorar la oscuridad de nuestro ser –la escritura sincera, por supuesto–. De hecho, hace pocos días le recomendaba a una amiga que no pasa por su mejor momento que se pusiera a escribir, no importa sobre qué, porque al final descubres que sea lo que sea sobre lo que escribes, encuentras mucho más de ti allí de lo que pudieras imaginar –otra opción válida es escribir sobre uno mismo, a modo de diario, ¡de diario, insisto!, algo íntimo y personal, por y para ti, no para subirlo a las redes sociales–. A mí me sucede, y me ayuda. 
 

Esta idea me retrotrae a mi primer año de licenciatura, a mis clases de Teoría de la Literatura, en las que uno de aquellos profesores –por una vez seré prudente y no daré nombres–, cuyas excentricidades te impresionan tanto el primer año de carrera como las encuentras absurdas después, nos decía que cuando algo nos hiciera vivir con aflicción, acudiéramos a nuestro lingüista, pues es el único especialista que nos enseña a verbalizar por nosotros mismos qué nos sucede. Y sólo así lo podremos comprender y superar. Y no puedo estar más de acuerdo. En relación a esto, y ya acabo, cito lo que el propio Critchley escribe al respecto:

“Quizá lo más cerca que podamos estar de la muerte es escribiendo, en el sentido de que escribir es ausentarse de la vida, un abandono provisional del mundo y de nuestras nimias tribulaciones para intentar ver las cosas con mayor claridad. Escribiendo, uno da un paso atrás y al lado respecto de la vida para verla con mayor desapego, tanto de manera más distante como más próxima. Con una mirada más firme. Escribir te permite dar las cosas por zanjadas: los fantasmas, las obsesiones, los remordimientos y los recuerdos que nos despellejan vivos”.