65. ¡La literatura es una verga bien parada!

Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles.

John Waters

Siempre he creído que leer es de las cosas más sexis que existen. Me encanta contemplar a una mujer mientras lee —aquí el determinismo de mi orientación sexual juega un papel capital—, es una de mis debilidades: analizar sus gestos; ver cómo se entrecierran sus ojos por la concentración que requiere un párrafo enrevesado o cómo se abren de par en par por la sorpresa literaria; comprobar si mueve los labios, si se los muerde, si los mueve de derecha a izquierda o solo hacia uno de los lados, o si no los mueve en absoluto; descubrir si se acaricia el cabello, o las orejas, o las cejas, o el mentón, o si juega con los botones de su camisa o con el cuello o los tirantes de su camiseta —si se trata de una lectura estival—, o de su jersey —si, por el contrario, se trata de una lectura invernal—… en definitiva, acompañar con mi mirada cómplice cualquier movimiento involuntario de los que suele conllevar la actividad lectora.

Desde hace más de una década, que es el tiempo que llevo desplazándome en transporte público de mi casa al trabajo y viceversa, mi coto de caza de mujeres lectoras se ha trasladado de las bibliotecas, los parques públicos y los cafés a la línea R4 de Cercanías de RENFE. Es ahí, si no viajo acompañado y yo mismo no voy leyendo, cuando mi radar se activa e identifico a mi «víctima». Una vez hecho esto, me siento cerca de ella —la elección del asiento donde acomodo mis posaderas no tiene relación alguna con la belleza física, no estoy hablando de eso— y me deleito con todo lo descrito en el párrafo anterior. Por suerte para mí, las mujeres leen, y leen mucho más que los hombres, al menos si me ciño a los lectores que se distraen de esta forma mientras dura su trayecto en transporte público; así que no es difícil toparme, como mínimo, con una de ellas en cada viaje.

Si sigo tirando del hilo del fecundo símil sexual, diría que todo lo expuesto con anterioridad puede ser considerado como el equivalente al encuentro e intercambio de primeras palabras y copas en un club entre dos desconocidos, que puede dar paso, o no, a una tórrida noche de intercambio de fluidos sexuales, evocaciones al Altísimo y jadeos. Sin embargo, para que la cosa pase de una noche —o de los primeros minutos de contemplación, mejor dicho— y tenga una continuidad en el tiempo, no es suficiente con leer —o tener buen sexo—, sino que me tiene que gustar lo que está leyendo, lo que el libro —y la persona— alberga en su interior. De igual modo que la contemplación de una mujer mientras lee eleva mi libido intelectual, por llamarlo de alguna manera, aquello que esté leyendo puede provocarme un deleitoso orgasmo mental o, por el contrario, enterrar mi lujuria a dos metros bajo tierra.

Así que, ¿cuál es el siguiente paso? Es evidente, intentar leer el título del libro que tiene entre manos, acción que equivaldría a un nivel de dificultad propio de observadores principiantes; o intentar leer unos cuantos de los párrafos que ella misma está leyendo e intentar identificar qué lee exactamente, acción que equivaldría a un nivel de dificultad para observadores expertos y, sin duda, mi opción preferida, aunque no os la recomiendo de entrada porque es mucho menos discreta que la primera. Y puedo dar fe de que no soy el único tarado que se dedica a estos menesteres: cuando soy yo quien lee, siempre doy con alguien que intenta leer el título de mi lectura. Aunque yo, que disfruto sobremanera con el juego, no se lo pongo fácil y voy inclinando el libro que tengo entre manos, de manera que este y aquel, ya fundidos en uno, inician un apasionado tango… ¡os sorprendería la capacidad de torsión que tienen algunas personas! Todo sea dicho, el libro electrónico, soporte que yo nunca utilizo, pero que ya os adelanto que tiene su papel en este artículo, supone una dificultad añadida a este proceso, un reto para valientes, pues te exige trabajar en el nivel para observadores expertos sin el recomendable paso previo por el nivel para principiantes.

Pero ¿qué se lee en el tren? Pues si me baso en mi trabajo de campo, cuyo objeto de estudio es la mujer lectora, se lee, sobre todo, y a cualquier hora del día, literatura erótica, y con el adjetivo erótica estoy siendo muy benévolo, porque si a los párrafos leídos desde la clandestinidad me remito, yo la calificaría de pornográfica —quizá el subidón que tal lectura proporciona a quien la consume sea útil para evitar el primer café del día, mi conocimiento de la materia llega hasta donde llega—. No en vano, diría que el 90% de las lecturas que consigo descifrar —ni os cuento el día que identifiqué al Settembrini de La montaña mágica en la lectura de una de las mujeres observadas; ¡estuve a punto de abrazarla!— sin ser descubierto en mi empeño acaban conteniendo «una verga bien parada», «un mástil enhiesto», «un bulto duro que busca acomodo entre mis nalgas» o cualquier otra fórmula más o menos elaborada para designar al pene en erección y su actividad depredadora —la utilización de la preposición a para introducir, y nunca mejor dicho, el complemento directo el pene no es baladí; en ese tipo de lecturas el falo adquiere autonomía y personalidad propias, es un semidiós que despierta de su letargo para someterlas a todas—. Claro, que el pene nunca viaja solo, sino que suele compartir travesía húmeda con cuevas provistas de un alto porcentaje de lubricidad —o, simplemente, «coñitos», si la escena ya está disparada— y pezones turgentes y con una sensibilidad tal que el más mínimo aliento basta para que su poseedora acabe estremeciéndose por el más absoluto de los placeres…

Fuente: Ilustración propiedad de eljueves.es

Sé que esto de lo que hablo no es algo nuevo, que la literatura mal llamada erótica —o «que desata pasiones», como se ha referido a ella alguna lectora de este género con la que he hablado sobre el asunto— se encuentra entre las más leídas, fenómeno que se disparó con la publicación de Cincuenta sombras de Grey y que, sin duda, ha ayudado a consolidar el libro electrónico —creo entender, he aquí una pinceladita machista, que antes daba cierto pudor ser sorprendida leyendo según qué libros, pero que ahora, con la generalización de los e-reader, ese tipo de obras ha encontrado un camuflaje perfecto para pasar desapercibidas—. Supongo que las cosas son así, los hombres, diría que todos, consumimos pornografía, ya sea como parte de las cosas que se envían y se reciben por medio de cualquier método de mensajería instantánea, ya como parte del ritual de la/s macuca/s diaria/s —entre las diferentes acepciones del sustantivo macuca, no se encuentra la de sinónimo de hacerse una paja; mi padre es la única persona a quien le he escuchado emplearlo con ese sentido, y la verdad es que me parece muy adecuado para referirse a tal actividad—; y las mujeres, las que lo hacen, prefieren no ir directas al grano y recrearse en ladrillos de más de 500 páginas, pero con poco peso literario, a modo de preliminares. Desde luego, para mí, de literatura tienen poca cosa, y se contarían entre esas lecturas que me generan impotencia instantánea.

Ilustración de CLARA.. que resume a la perfección la “bonita” historia de amor de Anastasia y Christian.

Sé perfectamente que después de lo escrito se me puede tachar de esnob en lo que se refiere a la cosa literaria. Y no lo niego, es muy posible que lo sea, siempre y cuando se considere que el esnob en esto de la literatura es aquel lector que admira y defiende la calidad y el trabajo intelectual como condiciones sin las cuales no se da una obra literaria que se precie como tal. Qué le vamos a hacer, supongo que por deformación profesional no puedo compartir esa idea, tan de nuestros tiempos —mediocre, por otra parte, y ridícula, pues la cosa llega al extremo de llegar a manifestar que se prefiere leer a Federico, el vecino taxista que acaba de autopublicar una novela, antes que a escritores consolidados o clásicos; no sé si es cosa mía, pero diría que el hecho de que unos sean consagrados y clásicos, y el otro, taxista, no se debe únicamente a un episodio de mala suerte—, de que literatura es todo aquello que se puede leer. No, por un lado está la literatura, y por otro, este tipo de artefactos elaborados con el único propósito de ser consumidos —me muero de la risa cuando escucho a este tipo de escritores afirmando que lo que desean es trascender; debe de ser una estrategia de autobombo más para que te gastes las cuatro perrillas que te sobren en su libro—. Y que sí, cabe la posibilidad de que sean mucho más rentables, tanto por el número de ventas como por la cantidad de esfuerzo de quien las escribe, y de fácil lectura, pero ni una cosa ni la otra los convierte en literatura —por no hablar ya de buena literatura—. De hecho, me inclino a pensar que es justo todo lo contrario.

Sin embargo, antes de acabar creo que debo aclarar que el género no tiene nada que ver con la calidad literaria de la obra, mi esnobismo, si se da, no llega a estos extremos: la literatura erótica, o romántica (al final, lo uno y lo otro acaban copulando la gran mayoría de las veces), no tiene por qué ser mala, a fin de cuentas, si lo sumamos a la muerte, el amor es uno de los grandes temas de la literatura de todos los tiempos. Tal vez no como componente único y esencial, pero grandes historias de amor tenemos para dar y vender en la lista de la literatura apta para un esnob, y eso que no me voy a meter en el fecundo terreno de la poesía tal y como la entendemos hoy, pero sí que voy a citar obras escritas en verso: Homero y la fiel Penélope —u Odiseo y sus amantes—, Eurípides y la terrible Medea, Ovidio y sus múltiples cambios, el Eneas virgiliano, todo lo que hay de lujurioso en el melódico libro de la Biblia, los amigos Calisto y Melibea y el amplio elenco de prostitutas que le hacen los coros en la obra de Fernando de Rojas, las lozanas andaluzas y los libros que se ocupan del buen amor, el caballero Tirante y los placeres de su vida, Dante y su Beatriz, Shakespeare, tal vez incluso Alonso Quijano y su Dulcinea, Stendhal de rossonero, Flaubert y su educación, Goethe y sus desventuras juveniles, la novela rusa del XIX, las hermanas Brontë, Jane Austen, Mann y su muerte en un día soleado de playa, los espumosos días de Vian, las cosas de Cortázar, la cólera del Pélida García Márquez… vamos, que no hay excusa que te lleve a ensombrecerte con los Grey de la vida. Por esta razón se me cae el alma a los pies cuando veo a mi alrededor tanto lector —al contrario de lo que se dice, hoy se lee más que nunca, al menos cuantitativamente hablando; con anterioridad, la cultura, y por consiguiente también la literatura, era uno de los juguetes de las clases pudientes— desperdiciando su tiempo con según qué lecturas.

Si recordáis, iniciaba este artículo con la famosa cita de John Waters, que en realidad es más larga de lo que se suele recordar: «Necesitamos hacer que los libros vuelvan a molar. Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles». En mi opinión, como creo haber dejado claro, deberíamos modificarla de este modo: si vas a casa de alguien y no tiene libros —y si los tiene, según cuáles sean—, no te lo folles. Porque si de lo que se trata es de que los libros vuelvan a molar, lo que debemos hacer es leer libros que molen. Así de simple.

41. El blog de mi bebé

 

Cuando escribo se me pasa todo; mis penas desaparecen, mi valentía revive.
 
 
Anne Frank, 5 de abril de 1944.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Hace sólo unos días que le decía a mi pareja, con intención jocosa (que no quejosa), que tal vez sería mejor cambiarle el nombre a este blog. En lugar de Alfredópolis, blog personal de Alfredo Martín G., debería llamarlo Bebelópolis, el blog de mi bebé; sin lugar a dudas, a la vista del impacto producido por los tres posts escritos sobre mi hija, tendría un mayor número de visitantes (lo de los lectores reales aún no hay manera de contabilizarlo, por mucha estadística e información que nos proporcione a los autores la plataforma donde publicamos nuestros textos, y quizá sea mejor así; pero desde ya, aviso, voy a suponer que toda persona que ha entrado los ha leído). No en vano, están entre los cuatro más leídos, tal y como se puede ver en la sección “Entradas populares de este blog”, situada a la izquierda. Y si mi objetivo fuese generar tráfico en mi blog personal, todo parece indicar que el cambio de nombre podría ser una buena estrategia.
 
Ahora bien, si pienso en las razones por las que esos posts han sido más leídos que otros (los menos leídos suelen ser los que les dedico a algunas de mis lecturas, salvo curiosas excepciones), la verdad es que no me motiva mucho hacerlo (en el caso hipotético de que el cambio de nombre hubiese sido alguna vez una opción real, cosa que ya os adelanto que nunca ha sido así), y es que sólo se me ocurren las siguientes[1]: se supone que un bebé es algo positivo, bonito, que enternece, y tanto la gente que me conoce en persona, como la que no, quiere compartir y hacer suyos también esos momentos felices que se supone que encontrará en lo escrito; tal vez los que ya han sido papás o mamás se identifiquen con lo narrado, y es probable que revivan, recuerden y/o rememoren su propia (y maravillosa) experiencia gracias a ello; los que aún no hayan tenido descendencia, pero quieran reproducirse en un futuro más o menos cercano, acaso los leen para ver qué pueden esperar cuando al fin les suceda, quién sabe. Además, hay que contar con los que los leen simplemente con la intención de chafardear, porque ya sabemos que las intromisiones en la vida ajena gustan mucho en este mundo en que vivimos, y yo les derribo la cuarta pared y les muestro la mía en aquellas entradas que etiqueto como “Vida” (y lo hago porque quiero, porque me apetece y porque, en muchas ocasiones, lo necesito como bálsamo; y no requiero el beneplácito de nadie para hacer lo que hago, por si hay alguien en la sala a quien se le pase por la cabeza eso de “pues yo no lo haría”… ¡pues no lo hagas, oye!); así como con algunos otros, una minoría, espero y deseo, a quienes les da igual el tema de lo escrito: lo suyo, además del cotilleo, es la crítica y la censura, y no les guía otro propósito más que ése cuando los leen (y si eso les sirve para que sus vidas sean algo menos insulsas y aburridas, pues yo que me alegro: podéis desconectar la televisión por una noche, ya tenéis tema de conversación y alguien a quien despellejar, ¡felicidades!).
 
Dicho esto, ¿me he imaginado escribiendo sobre bebés? Pues lo cierto es que sí, el contador de visitas es siempre muy tentador, un dulce de lo más goloso, y mentiría si dijese que no lo he hecho. Pero la verdad es que me veo incapaz de hacerlo por dos razones esenciales: 1. Porque no tengo ni puta idea sobre el tema (no poseo los amplios conocimientos de esos escribidores que pueden tratar cualquier tema porque todo lo saben y de todo saben…); las cosas que puedo saber, siempre insuficientes, las voy aprendiendo cada día, y es mi propia hija de diez meses quien me las enseña (como es natural, también aprendo y desaprendo de otros padres, de pediatras y de enfermeras, pero el conocimiento verdadero es el que obtengo después de haber bajado a la arena, allí donde se demuestran o se desmontan las bellas teorías, para “enfrentarme” a mi hija), así que tengo serias dudas sobre si lo que aprendo puede ser aplicable a cualquier otro bebé que no sea ella; y 2. Porque no me da la gana. Una cosa es que cada cierto tiempo escriba algo sobre mi hija (¿qué otra cosa puedo hacer con alguien que tiene un papel capital en mi vida?), y otra muy distinta es que sólo escriba sobre ella. Y que nadie me malinterprete, Júlia es mi tema de conversación preferido, la principal protagonista de mis pensamientos, una fuente inagotable de anécdotas, la mayor de mis preocupaciones, quien me conoce ya lo sabe, pero no por ello tengo que verme obligado a escribir únicamente sobre ella, por muchos nuevos lectores que obtenga por ello. Es más, si yo así lo quisiera, no protagonizaría nunca más un texto escrito por mí (cosa que no va a suceder, ya os lo digo, porque todo lo relacionado con ser padre o madre genera mucho material susceptible de ser publicado en este blog; eso sí, unas veces ese material es tierno y/o divertido; y otras, bastante penoso, sobre todo el relacionado con lo que llamaré la flora y la fauna existente en el hábitat de ser padres[2]). Además, hay otro importante factor muy relacionado con el hecho de negarme a escribir única y exclusivamente sobre mi hija: si bien es cierto que la llegada de un hijo nos cambia la vida, altera nuestras prioridades y supone un antes y un después para nuestras existencias, flaco favor nos hacemos (a nosotros y a nuestro entorno más cercano, a todo eso que decimos que más queremos) si dejamos de ser quienes éramos. Vamos, que se trata de luchar contra la disolución de la propia personalidad, de evitar que nuestro yo adulto ceda un espacio que resulte irrecuperable una vez que nos convirtamos en el padre o la madre de X o Z; creedme, esa metamorfosis ha venido a usurpar nuestro lugar en el mundo, y aunque es una guerra que nunca podremos vencer, pues tenemos en contra la biología, los sentimientos y la cultura, debemos mitigar en lo posible sus efectos.
 
 
Así, durante los últimos diez meses[3], he escuchado en boca de varias personas eso de “ahora todo ha cambiado, ya no puedo seguir haciendo esto o aquello otro porque la prioridad es mi bebé” y bla, bla, bla. Tonterías, o miopía, un error mayúsculo, en suma. Pues claro que la prioridad es y será por mucho tiempo tu hijo o hija, pero eso no quita que uno será mejor padre o mejor madre cuanto más a gusto esté consigo mismo y mayor capacidad para ser feliz tenga (y la felicidad no siempre nos la van a proporcionar nuestros hijos, mejor que lo tengamos claro), y si lo que nos hacía felices antes de la llegada de la criatura era derribar paredes a escupitajos, es fundamental que sigamos haciéndolo[4]. Quizá no pueda ser cada día, pero si se busca el momento, estoy convencido de que se encuentra… Es más, estoy casi seguro de que, en caso contrario, nuestras cabezas (o las de nuestras parejas) tienen muchas más posibilidades de convertirse en el lugar perfecto donde los pájaros vayan a anidar, y es probable, entonces, que uno de los dos (o los dos, cada uno por su lado, que las parejas se erosionan, y mutan, y necesitan reinventarse para sobrevivir al recién llegado; pero no al principio, no, que al principio se unen más que se separan, pero sí al cabo de tres, cuatro, cinco o seis años) se encuentre diciendo aquello de “ésta no es la vida que imaginaba para mí”, “no eres tú, soy yo”, “siento como si fuésemos dos desconocidos”, “ya no te ocupas de mí ni estás pendiente de mis necesidades como antes”, “quiero volver a sentirme hombre (o mujer) más allá de padre (o madre)” o los penosos “cariño, no es lo que parece” o “puedo explicártelo todo”; si no tenemos algún caso más o menos cercano, al menos hemos visto suficiente cine o leído suficientes novelas[5]como para no tener que hacer un gran esfuerzo imaginativo, ¿verdad?
 
Así que, volviendo al meollo del asunto, en lo referente a la cuestión: to be or not to be read, manifiesto que, pese a que haya personas que no acaben de entenderlo, ser leído o no serlo en absoluto cada vez me quita menos el sueño. Bien es cierto que faltaría a la verdad si dijese que no me alegra comprobar que un post ha sido leído o que ha generado algún tipo de reacción o comentario[6], o incluso que algún loco se ha lanzado a compartirlo. Hay numerosos estudios que equiparan los efectos de un “Me gusta” a una foto subida a Facebook o a Instagram con masturbarse, ganar dinero o comer chocolate (el más reciente, de la Universidad de California en Los Ángeles, la mítica UCLA del baloncesto), por ejemplo, así que imaginaos lo que experimenta alguien como yo, que ya tiende de manera natural al hedonismo, con lo que genera algo que he escrito[7]. Pero por muchas zonas del placer que se activen en mi cerebro, por decirlo de alguna manera, no escribo para mi público, y creo que nunca lo haré. A fin de cuentas, y por mucho que le cueste creerlo a algunas personas, yo no escribo para ser conocido, ni para ganar dinero, ni para que me contrate nadie, ni por ningún tipo de reconocimiento, ni siquiera el tuyo, lamento decírtelo, querido lector, sino que principalmente lo hago por mí mismo. Tuviese o no tuviese un blog, iba a continuar escribiendo, aunque de esta manera mis textos son leídos por un número mayor de personas que si decidiera guardarlos en un cajón tras dejárselos leer a la gente de mi entorno más cercano (que era lo que hacía hasta que nació Alfredópolis[8]). Claro, si puedo elegir, prefiero que me lean a que no lo hagan, no soy hipócrita, pero lo que quiero por encima de todo es escribir.
 
Permitidme que insista en esto último: si el fin de Alfredópolis fuese conseguir un número de lectores tal que me permitiese sacar pecho, decir aquello de soy escritor, o bloguero o cronista independiente (¡juas!), además del giro copernicano que supondría el cambio de nombre y temática de lo que comparto con vosotros aquí, podría optar por otras estrategias más fecundas y sencillas. Por ejemplo, hacerme tan accesible a los motores de búsqueda de Internet como fuese posible, es decir, dotar a mi blog de una mayor visibilidad para que cuando alguien busque algo relacionado, ni que sea remotamente, con el contenido de alguno de mis posts, mi blog sea una de las opciones que el navegador le sugiera al internauta en cuestión. Pero no, podéis creerme: no le facilito en nada el hallazgo al navegante curioso y/o despistado. Así, mi modus operandi en lo que respecta a Alfredópolises el siguiente: me fijo en qué hacen dos blogueros a quienes conozco en persona (aunque a uno de ellos no sé si llamarlo así; me parece, no sé exactamente por qué, pues bloguero es la persona que crea o gestiona un blog, que el sustantivo desmerece lo que hace y disminuye, si eso es posible, el ingenio y la sabiduría que tiene a bien compartir con sus lectores), que se convierten en los límites que marcan el exceso y el defecto de lo que yo quiero para mi propio blog. El exceso sería acabar convirtiéndome en un ridículo vendedor de mí mismo, abusar del autobombo y citarme y compartir mis posts hasta la saciedad (algún día tendré la dicha de que alguien me explique qué sentido tiene compartir siete veces algo que ya has publicado con anterioridad… a mí, con sinceridad os lo digo, se me escapa… o, mejor dicho, prefiero no saberlo) en una red social abierta a todo el mundo como Twitter; al fin y al cabo, supongo, se trata de que el contador de visitas, ¡bien visible, por supuesto, para todo el mundo!, registre el número más alto posible (¿un ego de tales dimensiones tendrá bastante con un billón de visitas? No sé yo…). El defecto es publicar mis posts únicamente en mi blog, y confiar en que mis lectores vayan mirando qué he ido colgando allí desde la última vez que lo visitaron (en el caso de que no se hayan suscrito; si lo han hecho, entonces reciben una notificación vía correo electrónico anunciándoles la nueva publicación); claro, el problema es que luego, como dice este autor-modelo, acabas hasta las narices de escribir cosas que nadie lee (y a mí me hace muchísima gracia cómo lo dice, y que, pese a todo, siga publicando cosas; respect!).
 
Llegados a estas alturas, es evidente cuál de los dos modelos me parece mejor, como también es evidente que en mi valoración de cada uno de ellos juegan un papel importante tanto mi aprecio personal como mi respeto y admiración intelectual por cada uno de ellos. Cierto, pero no por eso deja de ser verdad lo que he escrito antes. Soy de los que cree, y es posible que no me equivoque, que la necesidad de estar continuamente en el candelero, más allá de interpretaciones freudianas que no vienen al caso, te convierte en un escritor folletinesco (¡y que me perdonen los estudiosos de la literatura decimonónica!), y tus textos, más allá de tu propia valoración (excelsos, faltaría más), son el heno con que se alimenta el ganado. ¿Qué decir en mi caso concreto? Pues algunos de los que leéis esto ya lo sabéis, comparto mis posts en la página de Facebook Alfredópolis y, desde allí, en mi página personal, restringida a lo que voy a llamar “mis amistades”. Nada más, ni nada menos. Con eso ya me doy por satisfecho. La posición en que me deja esto ya no me corresponde a mí juzgarla, pues sería totalmente parcial; eso ya es cosa tuya, querido lector. Mientras tanto, y sea cual sea el veredicto, no te lo tomes a mal, yo voy a seguir escribiendo. Como dejó escrito Virginia Woolf en su diario el 14 de mayo de 1925[9], cuando se disponía a dejar el periodismo (¡bien por ella, y por nosotros, los grandes beneficiados de su decisión!) y centrarse en lo que luego fue Al Faro: “la verdad es que escribir es el placer profundo; y ser leída, el superficial”.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 


 

[1] Los que leen mis entradas con fidelidad, versen sobre lo que versen (que haberlos, haylos; muito obrigado a todos ellos), quedan fuera de esta clasificación, es obvio; ellos siempre están en las estadísticas, aquí me ocupo sólo de las “anomalías detectadas por el sistema”.
[2] Es probable que en un futuro le dedique un post a esto, que tiene bastante miga la cosa.
[3] Llega un punto en que esto de tener un hijo se parece bastante a romperte un brazo: de repente todo el mundo tiene hijos, todo el mundo se relaciona con otras personas que tienen hijos, todo el mundo habla de sus hijos, y acabas viendo hijos hasta en la sopa.
[4] Claro, durante los primeros meses, y sobre todo en el caso de las madres, esto parece una utopía. Pero hay que intentarlo, por la salud mental de todos los actores implicados, empezando por ellas mismas. Llegará el momento en que se precise de una conversación adulta, de una película, de unas copas con los amig@s, de teatro, de una noche de sexo hasta que salga el sol… yo qué sé, de miles de cosas en principio poco relacionadas con el bebé, de todo aquello que en apariencia ha quedado atrás y que solíamos llamar “mi vida”.
[5] La novela decimonónica hizo un arte del adulterio como consecuencia del aburrimiento y la monotonía. Su gran pero, que en su inmensa mayoría quien lo cometía era la esposa. Quizá porque el adulterio del marido era consabido y menos censurable cuando no absolutamente disculpable y casi beneficioso para el matrimonio.
[6] Tal vez sea de perogrullo, pero no está de más decir, si dejamos de lado el polisémico silencio, que sólo se pueden recibir dos tipos de crítica: positiva y negativa, y ambas deben ser recibidas con gratitud, pero sin que la primera alimente nuestra vanidad en exceso ni que la segunda machaque nuestra autoestima. La segunda, además, puede ser de dos tipos: constructiva y destructiva. La constructiva debe ser considerada el mejor de los regalos que nos pueden hacer, pues nos sirve para seguir aprendiendo y mejorando. La destructiva busca hacernos daño, y suele provenir de un ser frustrado; para minimizar su impacto, disponemos de tres opciones: ignorarla, hacer que la Musa cante nuestra ira y darle de comer a los perros el cadáver de quien ha intentado dañarnos, y dialogar educadamente con el crítico hasta que él mismo y sus limitaciones (existenciales, de carácter, intelectuales) se evidencien; al fin y al cabo, nosotros vamos a poder hacernos los tontos todo el tiempo que queramos, pero a él le va a resultar imposible simular que es listo mucho más allá de su crítica. Sin embargo, pese a que nuestra naturaleza animal nos incline a ello, es recomendable no optar por la segunda opción: aunque puede ser muy gratificante dejar K.O. a nuestro oponente con un buen directo de derecha (siempre dialécticamente hablando, se entiende), ya tiene bastante el pobre desgraciado con ser como es. Bastantes golpes le ha dado ya la vida como para darle su merecido también nosotros. Apiadémonos de él.
[7] Estaremos de acuerdo, espero, y que me perdonen los fotógrafos aficionados, en que escribir un texto sobre lo que sea, y por ridículo que sea, tiene un pelín más de mérito que hacerte una foto tomándote un gin-tonic a la luz de la luna, ¿no? Yo al menos soy capaz de hacerme una foto parecida: sólo necesito una luna, una copa, hielo, ginebra, tónica, especias varias y/o plantas y arbustos que añadirle a la mezcla, y una cámara de fotos o un móvil.
[8] No es verdad, antes de este blog hubo otro, El rincón de pensar, que abandoné porque no tenía muy claro hacia dónde se encaminaba, y corría el riesgo de convertirse en una mala caricatura de la idea de la que partía. Asimismo, Alfredópolisreemplazó a Caballo de juguete, que era como había pensado llamar a este artefacto en un principio, y que pretendía ser un homenaje a la novela de Laurence Sterne Tristram Shandy (ejemplo paradigmático de la literatura que se recrea en el placer mismo de escribir…). Quienes la hayáis leído ya sabréis que el caballo de juguete, interpretaciones sexuales al margen, era la ocupación que permitía al tío Toby escapar de la realidad. Sin embargo, dos cosas me llevaron a adoptar el nombre actual: que se me identificara con el tío Toby (un tullido digamos que poco hábil con las mujeres) y el hecho de que por qué debía conformarme con un refugio cuando tenía al alcance de mi mano crear mi propia realidad. Así que Alfredópolis, para mí, más que un blog o una identidad virtual, es esa vida entre paréntesis que transcurre, salvo pequeñas incursiones, en paralelo a la mía.
[9] Estas palabras de Virginia Woolf son un gran ejemplo de la impostura y la desinformación que campa a sus anchas por Internet. En muchas páginas dedicadas a esas chupicitascelébres con que adornamos nuestra profunda sabiduría, las palabras de Woolf son deformadas, y en ningún caso se cita la fuente. Luego ya están los blogueros más sabios, que además de seguir deformando la cita original, quieren hacernos creer que procede de La señora Dalloway (1925). Nunca antes fue más cierto eso de que, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey.
 

 

30. Leer (y escribir)

El pasado 7 de junio se presentaba, en un acto presidido por el entonces conseller de Cultura Santi Vila (el yerno perfecto, en dura pugna con Albert Rivera: joven, guapete, barbita arreglada, ultraliberal y… ¡llibrèfil!), en la Fundació Tàpies de Barcelona, el Pla de Lectura 2020.

Vaya por adelantado que, como amante de la lectura que soy (lletraferit, mejor dicho; prefiero, con diferencia, la palabra catalana; en castellano no existe un equivalente tan bello), compartí vía Facebook un artículo de Bernat Puigtobella[1] para Núvol, donde el periodista se hacía eco del futuro acto que se iba a celebrar y citaba a algunos de los autores, críticos, editores, traductores y otras personas del mundo de la cultura que han participado en el volumen Per què llegir que ha editado la Conselleria junto al ya mencionado Plan. Y aunque el propósito de este post era y es dedicarle unas cuantas líneas al fenómeno de la lectura (y de la escritura), no he podido resistir la tentación de leerme un plan que, a priori, parece una buena idea (cualquier cosa que fomente la lectura tiene que ser buena, ¿no?). Así que antes de seguir adelante, comento lo más brevemente que pueda qué me parece el “revolucionario” plan puesto en marcha por la Conselleria de Cultura de la Generalitat de Catalunya y luego ya me centro en cosas más serias.

Ya en el Prólogo del Plan[2], firmado por el muy honorable Santi Vila i Vicente[3], se manifiesta que, en aras de la creación de una sociedad realmente educada, culta y finalmente libre, se impulsa el nuevo Plan para incentivar el hábito lector, según manifiesta el conseller llibrèfil, prioridad (cultural, se entiende) de esta legislatura que estamos viviendo… ¿de verdad que ésta es la prioridad cultural? ¿Lo que interesa es que la gente lea y a ello se dedican todos los esfuerzos y medios disponibles? Yo tengo una opinión muy distinta, que no manifestaré, pues no quiero precipitarme, así que voy a hacerle caso al señor Vila y seguiré leyendo crítica y atentamente sus propias palabras…

[Entienda el lector que ésta y la siguiente pausa que la seguirá intentan reproducir el tiempo que quien esto escribe tarda en nutrirse de la prosa didáctica del conseller]

¡Vaya, veo que el conseller llibrèfil (o quien le ha escrito el Prólogo) es un tío culto, pues parafrasea, aunque no reconoce la fuente, sin duda un rasgo de actualidad, el clásico texto de Immanuel Kant Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?[4] (La cosa promete, ¿verdad? Reconozco que me ha excitado el intelecto). El sueño ilustrado, dice… yo me sé otra máxima ilustrada: “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”, y esto empieza a apestar a despotismo, veremos si me equivoco…

[… ¡Ajá! ¡Te pillé, bandido!]

Creo que por fin he dado, 22 líneas después, con la verdadera prioridad de la legislatura: el conseller, cual mago que se precie (o trilero, mejor dicho), convierte ante nuestros ojos un acto íntimo y privado (y es que no vivimos en tiempos de aedos ni rapsodas, Bob Dylan mediante), la lectura, en un proceso colectivo, y compara la libertad individual que puede experimentar quien lee un libro con el anhelo de quien desea la independencia como salida al yugo de una supuesta represión, además de identificar a quien lee, el culto, el guay, el diferente (en sentido positivo), con los que piensan como él. Menos mal que ya nos ha avisado de que teníamos que poner en práctica la lectura crítica, eso sí que lo tiene este buen señor… Pues bien, ya tenemos la cultura supeditada a un objetivo político; quien se nos presentaba como paladín del libro acaba de mostrarnos su verdadera intención: la lectura, al contrario de lo que manifestaba el conseller inicialmente, no es un fin en sí mismo, sino un medio. Y sólo nos hemos leído el Prólogo… Fantástico esto de la deconstrucción, ¿verdad?

Pero, sigamos, que la cosa promete no tener desperdicio: una vez fijado el objetivo, a nadie se le escapa que puede haber diferentes formas de alcanzarlo; a un destino concreto se puede llegar por arriba o por abajo, y por la izquierda o por la derecha. Así que, ¿qué nos deparará el Pla de Lectura 2020? Pues no hace falta avanzar demasiado en el documento, porque en la introducción, a cargo del periodista Quim Torrent Frigola, Director general de Creació i Empreses culturals (¿Empresas culturales? ¿Cultura y empresa formando un mismo sintagma cuyo núcleo es empresas? ¡Suena la fanfarria ultraliberal! ¡Vargas Llosa acaba de tener un amago de erección!), después de mencionar la postverdad (interesante concepto, sin duda), se nos informa de que las veinte medidas del Plan no se doblegarán (¡por fin!) ante los cambios que puedan experimentar las circunstancias políticas, económicas o financieras, pero que (ay, amigos, siempre hay algún pero), para lo bueno y paro lo malo, estarán sometidas a las disponibilidades presupuestarias… ¡en qué quedamos, señor Torrent, que me tiene usted la picha hecha un lío con tanto sí, pero no! ¡Menudo brindis al sol que nos están vendiendo!

Va, sin que sirva de precedente, vamos a confiar en estos políticos que sí que dicen la verdad en la época de la postverdad, leamos el documento hasta el final, que, además, las fotografías que lo acompañan son muy chulas…

[Pausa parecida a las anteriores, pero sin tanto deleite; la descripción de las veinte medidas del Plan no tiene ni punto de comparación con la exquisita prosa del conseller llibrèfil]

Pues una vez leído dónde va a ir el dinero del contribuyente (en caso de que las disponibilidades presupuestarias así lo permitan, ya estamos advertidos) para esto de fomentar la lectura, veo que no se ha pensado destinar ni un céntimo a las bibliotecas escolares (iba a escribir también públicas, en referencia a las escuelas públicas, pero tampoco quiero provocarle un sarpullido a ningún miembro del govern). Así que, ¿para qué y para quién se destina este plan? Porque los que amamos la lectura y la hacemos formar parte de nuestra vida como algo normal (y es que se trata de normalizar, no de prestigiar, los lectores no somos más guays que el resto ni somos una especie evolucionada del Homo sapiens sapiens, ni otras paparruchadas por el estilo), sabemos que para que el hábito lector se cree y se consolide son necesarias dos cosas: la primera, que en los centros educativos (y si son públicos, mejor, ni que sea por aquello de hacer llegar al máximo número de personas la iniciativa…) se disponga de las bibliotecas adecuadas y de tiempo para que los más jóvenes descubran eso tan maravilloso que son los libros; y la segunda, que en los hogares la lectura sea algo normal, para que pase de padres a hijos. Y como veo que el llibrèfil no se quiere enterar, le adjunto Stages of the reader, una viñeta muy pedagógica del siempre genial Grant Snider, a ver si para el próximo plan nos olvidamos de tanta ilustración despótica y manipuladora, y nos centramos de verdad en la cuestión, ¿eh, conseller?:

Supongo que a nadie le habrá sorprendido que el Pla de Lectura 2020 no sea más que pura propaganda simpática (desde arriba en la escala social y por la derecha en cuanto a ideología), o no debería, ya sabemos qué tipo de personas son éstas de la antigua Convergència (en lo económico y social, una suerte de PP cuya lengua vehicular es el catalán, de igual modo que ERC es una suerte de PSOE, con el añadido de algún tuitero-regordete-ídolo-de-masas). Pero no me detengo más en una iniciativa que no va a ningún lado, y me ocupo ya de la lectura en sí misma, a ver si consigo vendérsela a alguien.
En efecto, como bien apunta alguna de las opiniones que recoge el artículo de Puigtobella, la lectura no sirve absolutamente para nada, podemos seguir viviendo sin haber leído jamás un libro, en caso contrario la especie humana ya haría tiempo que estaría en serio peligro de extinción. Pero aunque leer no nos sea útil para nada, pocas veces, y éste era el comentario con el que presentaba el artículo cuando lo compartí en Facebook, algo tan inútil resulta, a la postre, ser tan útil. Pero ¿para qué es útil entonces?
Quien esté pensando que la respuesta a la pregunta sobre la utilidad de la lectura tiene que ver con el dinero, motor de nuestro mundo, anda muy despistado. Tampoco me voy a dedicar a copiar aquí citas célebres de escritores del tipo “quien lee vive seis mil veintisiete coma tres vidas, y quien no lee se resigna a vivir sólo una”. Tengo la impresión de que esta mitificación (aparte de ser útil en las presentaciones de los malos pedagogos) de la lectura sólo complace a quienes ya leemos habitualmente, y quienes ya leemos habitualmente no necesitamos que nos canten las virtudes de algo que ya sabemos que es maravilloso. Lógico, ¿no? Si se trata de incentivar la lectura, se debe normalizar el acto lector. No en vano, desde los albores de la cultura, la lectura, en forma de literatura oral, ha estado siempre presente en la vida de los seres humanos, es ahora cuando la hemos echado de nuestras vidas o, mejor dicho, pienso yo, cuando algunos sectores económicos, políticos y sociales han hecho lo posible no sólo para que no leamos, sino para que le bordemos la letra escarlata a quien decide libremente pasar su tiempo libre ocupado en una actividad tan aburrida e improductiva como leer. Para que nos entendamos, es mucho más digno de respeto y admiración aquél que corona una cima o que corre 10 kilómetros diarios equipado con su reproductor musical para no pensar que aquél que lee 100 libros al año para pensar más y mejor… y o yo soy muy raro, o aquí hay algo que no funciona como debería funcionar.
Y es que la lectura es fundamental para el pleno desarrollo del ser humano, entre otras muchas cosas, porque amplía nuestro vocabulario: ¿recordáis a Wittgenstein y aquello que decía sobre que los límites de nuestro mundo son los límites de nuestro lenguaje? Pues es así, todo lo que no sepas nombrar no existe, la vida es lenguaje y símbolos que hay que interpretar. Además, la lectura permite fijar la ortografía y las estructuras sintácticas de la lengua que hablemos para poder comunicarnos con el resto de hablantes de forma adecuada, correcta y coherente. Asimismo, quien lee, analiza, y quien lee mucho, en consecuencia, analiza (“vive”) numerosas situaciones que siempre serán susceptibles de ser aplicadas a la vida cotidiana de cada individuo (vamos, que es muy probable que sea más difícil que nos la den con queso). La lectura también ejercita el cerebro, el músculo más importante del cuerpo humano y que nunca se trabaja en un gimnasio. Claro que nunca lo podremos vestir con unos leggins o con una camisetita ajustada, y no suele ser muy fotogénico… La lectura, además, es fundamental para la adquisición de conocimiento (sí, ya sé que cada vez que se habla de adquirir conocimiento -“inútil”- muere un gatito en el mundo, a un pedagogo le entra diarrea, a un político le tiemblan las piernas y a una mamá moderna se le tuerce el gesto porque va en contra de la enseñanza orientada a las capacidades específicas de su hijo, que lo conducirán, haciéndole el trabajo al futuro departamento de recursos humanos que se ocupe de su caso concreto, a empaquetar en cajas de cartón objetos fabricados por máquinas en una fábrica cualquiera). La lectura, en definitiva, enriquece y amplía nuestra visión y nuestra experiencia y nuestra interacción de y con el mundo, y no deberíamos dejar que nadie nos hiciese olvidarlo. ¿Pueden existir motivos más poderosos para lanzarnos a leer un libro tras otro? Para mí no los hay, pero ya decía al inicio de este post que soy un lletraferit, así que nadie tiene que convencerme de nada.
Quien esto escribe devorando El cerdo que quería ser jamón, de Julian Baggini.
Los caminos de la lectura son inescrutables, y es muy posible que nuestra incursión en este mundo nos lleve a acabar escribiendo también nosotros para que nos lean otros. De hecho, siempre que alguien me ha preguntado cómo podía aprender a escribir bien (o correctamente, que no es lo mismo: se puede escribir bien pero no correctamente, y del mismo modo se puede escribir correctamente pero no bien; en todo caso, a ambas cosas se llega de la misma forma: ¡leyendo! También es cierto que lo más frecuente es no hacerlo bien ni correctamente, todo hay que decirlo; lo que sí está claro es que quienes mejor y más correctamente escribe pocas veces dice de sí mismo que lo hace, así que algo relacionado con la humildad también interviene en esto), mi respuesta ha sido: ¡leyendo! Es muy cierto eso de dime qué lees y te diré cómo escribes.
Así las cosas, yo escribo, lo cual no hay que confundir con que soy escritor: escribo cuando puedo en este blog (de hecho, es el patito feo de mi escaso tiempo libre, de ahí que no publique muy frecuentemente y que todos los temas sobre los que escribo sufran cierto delay) porque me divierto haciéndolo, porque la escritura me relaja y me ayuda a pensar (de hecho, en muchas ocasiones no sé a ciencia cierta qué pienso sobre algo hasta que lo pongo por escrito), porque la escritura actúa como catarsis, tiene un efecto reparador en mí, y porque, en cierta manera, la escritura siempre ha sido una necesidad que, tarde o temprano, tengo que satisfacer (como un yonqui con su adicción, para que nos entendamos). Pero eso no significa que sea escritor, no me gano la vida con lo que escribo, no publico y no sé si algún día intentaré publicar algo (sobre todo por mi alto nivel de autoexigencia, que si lo que quisiese es publicar, ya podría haberlo hecho; no sé, para publicar algo con lo que no esté satisfecho intelectualmente siempre estoy a tiempo); supongo que sé lo suficiente de narrativa, poesía y teatro como para no llamarme escritor (y eso que la tentación es grande, que con esto de las redes sociales y de la autopromoción hay un montón de nuevos-y-geniales-escritores-que-no-escriben-o-lo-que-escriben-no-vale-ni-para-equilibrar-la-mesa-coja, así que es fácil llegar a pensar que si X dice que lo es, ¿qué no seré yo, que lo hago infinitamente mejor?). Pero escribo, y me gusta hacerlo. Y me gusta que mi pareja se emocione cuando le escribo algo, y que se le inunden los ojos de lágrimas cuando escribo sobre nuestra hija, o que alguien se ponga en contacto conmigo a raíz de la última entrada que publiqué en este blog (Into the Wild) porque había tenido a una suerte de McCandless en su vida al que no había entendido en su momento pero que ahora, después de leer mi texto, veía con otros ojos. Eso es lo que encuentro gratificante de la escritura, de mi escritura, la posibilidad de conexión emocional e intelectual con otras personas: encontrar nuevas palabras más allá de las palabras. El resto, el business, la fama, no me interesan.
Sin embargo, y con esto me despido, como decía el gran Borges, “uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”. Y Borges es Dios.


[3] Como curiosidad, el señor Vila se inició en esto de la política en las filas de ERC, y, vaya por Dios, si hubiese sabido qué postura ideológica acabaría haciendo suya el partido de Junqueras, bien podría haberse ahorrado el cambio. Eso sí, las conselleries habrían tenido que esperar un poco más…
[4] “Perquè afavorir l’hàbit de la lectura és condició necessària per poder disposar de ciutadans capaços d’encarnar el somni il·lustrat que va imaginar que, un dia, els humans podríem abandonar definitivament la nostra autoculpable minoria d’edat, foragitar la ignorància, la superstició i els prejudicis, i afirmar el triomf definitiu de la raó.” Pla de Lectura. Vol. 1.