9. Violencia de género: la expresión, el problema y la solución

Vivimos en un curioso país donde si es necesario hacer un puente, se contrata a un arquitecto, aunque el puente se desmorone y su construcción suponga un agujero más a las arcas públicas; en el que si tienes que ir a juicio, debes contratar a un abogado y toda la parafernalia que rodea legalmente a ese concepto tan confuso que es la justicia; en el que nadie discutiría que el mejor pan es el que hace el panadero. Sin embargo, cuando se trata de alguna cuestión de índole lingüística, nos olvidamos de aquellos que se han especializado en el estudio de la lengua y su más alta expresión, que es la literatura, los filólogos.
Supongo que el hecho de que se obvie a los entendidos en la materia se debe a esa idea, con la que no puedo estar más de acuerdo, dicho sea de paso, de que las lenguas son un fenómeno vivo que construimos todos sus hablantes cada día tras día. Pero esto no quiere decir que todo valga, porque en algunas ocasiones y a propósito de algunos temas, es muy importante llamar a las cosas por su nombre. Y si además ese grupo de expertos decide pronunciarse, habría que dedicarles por lo menos cinco minutitos de nuestra vida —se rumorea que viven en profundas cavernas bajo la superficie terrestre, y que sólo salen de su estado vegetativo cuando la ocasión lo merece especialmente—, no sea que por una vez tengan razón.
Toda esta introducción, sazonada de ironía y sarcasmo, qué le vamos a hacer, soy como un chiquillo, se debe a que sigo leyendo y escuchando en los diferentes medios, no en vano ha estado muy presente en campaña electoral gracias a Ciudadanos, muy regeneradores ellos, la expresión violencia de género —desgraciadamente casi no hay semana que no la tengamos presente— para describir aquella violencia ejercida por los hombres sobre las mujeres, uno de los dramas de la moderna sociedad española del siglo XXI.
Pues bien, a propósito de este mal uso periodístico, como estoy seguro de que más de uno recordará, allá por el año 2004, cuando el gobierno de Rodríguez Zapatero presentaba el Proyecto de Ley de la que posteriormente se convirtió en la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, publicada en el B.O.E. el 29 de diciembre de 2004, y que está vigente, incluida su revisión del pasado 7 de octubre de 2015, desde el 28 de enero de 2005, ya la Real Academia Española publicaba un informe en el que se analizaba la torpeza lingüística de la expresión y se proponía a consideración del Gobierno su sustitución por “Ley Integral contra la violencia doméstica o por razón de sexo[1]”, sin duda más acorde con la realidad biológica del hecho y, quizá, más igualitaria —aunque hablar de igualdad en este caso me suene a mí mismo a frivolidad, ahí están los datos y la realidad, así que entiendo que deba haber una ley propia para prevenir la violencia en esta dirección, que nadie me acuse de nada antes de tiempo—. Pero como ya adelantaba al inicio de esta entrada, nadie hizo caso de lo que recomendaban y proponían los expertos.
Las razones de esta “desobediencia” a ciencia cierta no las sé, no voy a mentir, pero es posible que la inclusión del sustantivo sexo en la denominación les pareciera algo sucio a nuestros políticos, tan modernos ellos, y que les sonara a semen y flujo vaginal, tan puritanos seguimos siendo. Y si nuestros políticos pueden saltarse a la torera las recomendaciones de aquellos que limpian, fijan y dan esplendor a la lengua —sin comentarios—, quién soy yo para decir nada sobre los continuos malos usos que se han venido dando desde entonces.
Eso sí, lo que he hecho ha sido buscar en el banco de datos de El País en su versión digital las noticias que se ocupaban de este tipo de violencia —demasiadas— durante los últimos 11 meses, pues diciembre ha quedado fuera del sondeo, once años después de las recomendaciones de la RAE, por aquello de que uno es curioso y le gusta saber de primera mano qué es lo que ocurre con estas cosas —sí, soy un perro verde—, y los resultados han sido los siguientes:
En un total de 42 noticias, la expresión violencia de género aparece por lo menos una vez en 41 de ellas; violencia machista, en 25; violencia contra o sobre las mujeres, en 14; violenciadoméstica, en 8; violencia sexual, en 5; violencia intrafamiliar, en 2, aunque uno de esos usos necesitó de una fe de errores ante la reacción suscitada entre la mayoría de sus lectores; violencia sexista, en 1; y en una noticia sobre la violencia de este tipo en Colombia, aparecía una variante que a mi parecer es bastante acertada por las razones que haré explícitas más adelante: violencia por culpa del pensamiento patriarcal que impregna el sistema. Eso sí, todas estas noticias estaban etiquetadas como “Violencia de género” en el archivo del periódico.
Como se puede observar, los redactores optan mayoritariamente por la expresión maldita, aunque supongo que haciendo caso a algún antiguo profesor de estilo, recurren a diferentes expresiones sinónimas para no repetirse, cuando en realidad esos sinónimos son más apropiados, en mi opinión de aburrido filólogo, que la expresión a la que reemplazan. Cosas de la vida.
Y una vez dicho esto, me ocupo de lo que realmente importa, de la raíz del problema que subyace en ese terrible drama que es la violencia machista: creo que no me equivoco y que todo el mundo estará de acuerdo conmigo si afirmo que sólo por medio de la educación podremos ponerle fin a este tipo de violencia, es decir, y para que me entienda todo el mundo, incluidos los periodistas amantes de la equivocada expresión con que se identifica esta lacra, debemos reeducar el género[2]para combatir la violencia relacionada con el sexo. Pero ¿cómo se hace esto? Pues mediante la destrucción de nuestra tan adorada cultura occidental, mucho me temo. Porque es nuestra cultura la que, por amplia mayoría, hace que un sexo maltrate y asesine al otro.
Y lo primero que debemos tener muy presente a la hora de combatir este problema[3]es la diferencia ser humano. O, lo que es lo mismo, que sepamos identificar los rasgos innatos y  aquellos que son adquiridos[4]. Los primeros provienen de nuestra herencia biológica y forman parte de nosotros desde que nacemos hasta que morimos: el sexo, el color de la piel, los rasgos de la cara, etc. Los segundos, en cambio, los hacemos nuestros mediante el aprendizaje social: nuestra lengua vehicular, la manera como nos vestimos o peinamos, etc.
entre sexo o naturaleza y cultura, que son los dos grandes pilares sobre los que se sostiene la esencia de aquello que llamamos
Así pues, si hombres y mujeres se visten de manera diferente o se relacionan con sus parejas mediante pautas de comportamiento distintas, no se debe a ningún factor innato biológico, sino a factores culturales o de género, que como ya he dicho antes, son adquiridos y, por lo tanto, se pueden modificar. Por si mis palabras se quedan cortas, recuerdo lo que escribiera Simone de Beauvoir en El segundo sexo(1949):
No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino. Únicamente la mediación de otro puede constituir a un individuo como Otro.

Y es que no nos queda otra que reconducir, si no destruir, la cultura de la que tan orgullosos estamos. Pero no para eliminar al macho de la cúspide de la pirámide para sustituirlo por la hembra, como pretende un feminismo mal entendido[5], pues la convivencia no es competencia, sino desde la igualdad total y absoluta con la que venimos al mundo. Y por una de esas paradojas perversas de la condición humana, esto no depende de las mujeres, o no exclusivamente de ellas, por bienvenida que sea toda reivindicación en este sentido, sino de nosotros los hombres, yo el primero, que debemos dar un giro de ciento ochenta grados al pensamiento patriarcal (del que hablaba la noticia de la violencia en Colombia de la que hablaba hace unas líneas) con que nos han educado, porque, como decía el antropólogo Clifford Geertz en La interpretación de las culturas (1973):
El concepto de cultura que yo sostengo no tiene múltiples acepciones ni, por lo que se me alcanza, ninguna ambigüedad especial: cultura denota un esquema históricamente transmitido de significaciones representadas en símbolos, un sistema de concepciones heredadas y expresadas en formas simbólicas por medios con los cuales los hombres comunican, perpetúan y desarrollan su conocimiento y sus actitudes frente a la vida.

Es la hora de hacer historia, de crear una nueva historia, de cambiar de actitud. Todas y todos.


[1] http://www.uv.es/~ivorra/documentos/Genero.htmA quien no le apetezca saber la opinión de la RAE, se la resumo burdamente: el género es cosa de los sustantivos, pronombre y adjetivos, lo que los seres humanos tenemos entre las piernas, y lo que diferencia biológicamente a hombres y mujeres, es el sexo.
 [2] No sería todo lo riguroso que pretendo ser si obviase que la RAE dota al sustantivo género del significado ‘grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico’.
[3] Mucho más allá de debatir la dureza de una ley, pues las leyes son punitivas, es decir, actúan a posteriori, cuando ya es demasiado tarde, y nunca han servido para evitar que se cometa un delito o una praxis deleznable: verbigracia, la famosa Ley Seca de los EE. UU.
[4] Si bien es cierto que hay algunos rasgos en los que se dan elementos innatos y adquiridos. Por ejemplo, la inteligencia, que depende del cerebro con que nacemos, pero también del aprendizaje que vayamos adquiriendo a lo largo de nuestra vida.
[5] Porque al final se corre el riesgo de convertirse en aquello que más se odia. Y no es la solución.
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