44. Cuando un amigo se va

 

Algo se muere en el alma
cuando un amigo se va.
 
Amigos de Gines: El adiós (1975).
 
 
 
Si tuviera que catalogar las canciones con mayor presencia en mi infancia, la sevillana El adiós, de Amigos de Gines (creo que se trataba de ellos, aunque bien podría haber sido otro grupo; ya les preguntaré a mis padres, si me acuerdo, cuál era), figuraría en un lugar destacado[1].
 
Y no es porque me gustase especialmente, no. De hecho, las sevillanas no forman parte, ni nunca lo han hecho, de mi lista de reproducción musical habitual, lo cual no impide, bien es cierto, que disfrute del sentimiento, y lo valore, de quienes participan en toda su parafernalia[2]. Tampoco es debido a que me gustase la letra, porque, aunque es fácil que te remueva por dentro, no me encontraba en condiciones de asimilarla por una cuestión lógica de inmadurez existencial.
 
Sin embargo, sí que captaba que para mis padres, cada vez que el casete del coche la reproducía (y lo podía hacer muchas veces durante un viaje de hasta 12 horas de duración), adquiría un significado que iba más allá de lo que yo llegaba a entender; además, la desconcertante capacidad de cambiar la atmósfera que tenía (cinco minutos antes podíamos estar cantando a coro El señor don Gato, Vamos a contar mentiras o alguna de Los Payasos de la tele tan alegremente), de enrarecerla, era mayor y más profunda cuando se trataba del viaje de vuelta. Y eso me turbaba, porque añadía unas gotas de desazón a mi incomprensión.
 
Aunque no puedo precisar con exactitud cuándo sucedió, años más tarde comprendí que aquella canción daba voz a todo por lo que habían pasado mis padres muchos años antes: el dolor de tener que dejar su tierra, a sus padres, a sus hermanos (en el caso de mi padre), a sus amigos, sus vidas enteras cuando emigraron a Barcelona con una mano delante y otra detrás. Para ellos, era el dolor mismo hecho canción, un llanto ejecutado a ritmo de guitarra española y a duras penas disimulado delante de aquellas dos personitas, mi hermano y yo, que viajaban en el asiento trasero. Las vacaciones, en concreto la vuelta de vacaciones, éste fue mi descubrimiento, suponía el retorno de todo aquello; y El adiós hurgaba en una herida que nunca ha llegado a cicatrizar[3] (sí que su dolor se ha mitigado, creo, pero nunca ha llegado a desaparecer); era un elemento más que jugaba su papel en el inacabable proceso de duelo que viven mis padres.
 
Desde luego, no podemos sentirnos culpables, haríamos mal si así lo hiciéramos, porque no tuvimos voz ni voto en aquella lejana y, por encima de todo, valiente decisión, por mucho que se tomara pensando en nosotros cuando todavía no éramos. Al contrario, me siento muy agradecido, y eternamente en deuda con mis padres por renunciar a todo lo que renunciaron. Y aunque no hay forma humana de saber qué hubiese pasado si no hubiesen emigrado, dudo mucho de que a nosotros, sus hijos y ahora también sus nietas, nos hubiese ido mejor. Ahora yo también soy padre, y como tal tomaré las decisiones que tenga que tomar teniendo muy presente a mi hija; así, si tengo que variar de un modo drástico el rumbo de mi vida en cualquier momento, serán ella y sus intereses futuros los motivos que me lleven a hacerlo por delante de cualquier otra razón. Por eso sé que mis padres hicieron lo que tenían que hacer, por lo menos para los que aún estábamos por venir. Y si tienen que sufrir[4], que lo hagan sólo por ellos; su nostalgia, su pérdida y su vacío jamás serán los nuestros: nosotros no hemos tenido que alejarnos de nadie ni nos sentimos privados de nada, el estado actual de las cosas es nuestra normalidad. Las lágrimas que han llorado han evitado que fuésemos nosotros los que tuviésemos que llorar. A fin de cuentas, no se puede extrañar lo que nunca se ha tenido.
 
Sin embargo, la vida se ha encargado (tal vez siempre lo hace con cada uno de nosotros) de que los recuerdos de El adiós y, sobre todo, de la atmósfera que generaba evoquen mis propios vacíos y mis propias ausencias. Diferentes a los de mis padres, claro, y tal vez menos traumáticos vistos desde fuera, lo acepto, pero míos y sólo míos, y por tanto, mucho más dolorosos para mí. No es algo insólito: nuestro transitar podría resumirse en una serie de personas que vamos sumando y restando a nuestras vidas (good friends we have, good friends we’ve lost, along the way, que cantaba el amigo Bob), y es frecuente que la pérdida de amigos deje mayor huella que su conservación o su nueva adquisición. Quizá es cierto eso de que no valoramos las cosas hasta que las hemos perdido. En mi caso, ya en la edad adulta he experimentado unos adioses definitivos (el maldito cáncer y el terrible asesinato se han llevado por delante la vida de dos amigos) y otros que no tienen por qué serlo, por mucho que su barco se haya hecho pequeño en el mar. Sin embargo, por mucho que estos adioses no sean definitivos (por fortuna), no dejan de ser adioses. Hoy, sin ir más lejos, despido a mi amigo y compañero Jordi, sin cuya presencia la vida en la editorial donde hemos trabajado codo con codo durante los últimos años no será la misma. Ya no lo es. Por lo menos para mí.
 
Foto tomada el 6 de abril de 2017, en plena April Madness de la edición.

El suyo es un adiós agridulce: por una parte, me alegro de que por fin se jubile, de que tenga tiempo para hacer esas otras cosas para las que nunca tiene tiempo (hace poco que me ha confesado que quiere aprender a tocar la guitarra eléctrica, uno de sus sueños por cumplir siempre aplazado sine die), para disfrutar de su familia, para viajar, para leer y escribir, para seguir con su café filosófico en el barrio del Raval de Barcelona, con su coral… en fin, para todo lo que haga un jubilado de sus características e inquietudes; pero, por otra, me apena que se tenga que ir con un proyecto sin concluir (y casi sin empezar; si existe el infierno, sé de tres o cuatro personas que no van a necesitar de abrigo en la otra vida…) y que alguien con una mente tan despierta y con tanta sabiduría que compartir tenga que abandonar la editorial… pero sobre todo me apena que me vaya a dejar sólo[5] (soy así de egoísta, cuando doy con personas que brillan y me hacen brillar, quiero tenerlas a mi ladito, por y para siempre), que los martes y los jueves no aparezca por mi despacho para hablar de cualquier cosa, divina o humana, no recibir correos electrónicos o algún whatsapp a las tres de la madrugada donde me cuente la nueva idea que se le acaba de ocurrir, nuestras conversaciones literarias, sus clases improvisadas de filosofía, nuestras discusiones sobre cualquier pequeñez de índole lingüística, nuestras travesuras y maquinaciones, las recomendaciones culinarias, el intercambio de libros, su reacción a mis maldades, su letra ininteligible, sus párrafos oscuros, su tozudez (no conozco a nadie que defienda sus ideas con tantos y tan variados argumentos como él) para combatir la mía…

Y es que, aun a riesgo de ser injusto, porque es cierto que tengo la suerte de seguir contando con bellísimas personas a mi alrededor (en caso contrario, no formarían parte de mi presente; a mí eso de que hay que tener amigos hasta en el infierno no me vale; quien allí habite ya puede tener por seguro que no será considerado mi amigo), si tuviera que quedarme con sólo una persona de las que me he encontrado desde que trabajo en el mundo editorial, Jordi sería el elegido. Por todo, por ser como es como persona y por ser como es como profesional, por el placer que me ha proporcionado ser su editor[6] (por ser yo el exigido por él para esa labor) y traductor, por considerarme su amigo, por estar siempre ahí.

Pero ahora se me va. Lo que parecía una broma de mal gusto el pasado día 11 cuando me lo comunicó en privado acaba de ocurrir. Y como si no pasara nada, mañana saldrá el sol e iré a trabajar. Y se sucederán los martes y los jueves, semana a semana, y mes y mes. Y él no aparecerá. Y ese vacío que deja el amigo que se va es como un pozo sin fondo que no se vuelve a llenar.

 


 

[1] Asimismo, sigue muy vivo el recuerdo de otras, como A la puerta de Toledo, de Chiquetete; Esta noche se casa mi niña, de Ecos del Rocío; Blanca y Azul, de Los Marismeños; y Alas de libertad, de Sombra y Luz, aunque esta última diría que se trata de una rumba y que ya no era tan pequeño cuando mis padres la escuchaban en el coche.
[2] Del mismo modo que me sucede con cualquier otro baile regional. Todos poseen algo mágico, que conecta al individuo con la tierra que lo vio nacer, o con aquélla, sea por la razón que sea, que ha decidido hacer suya.
[3] Se me ocurre ahora Emigrante del sur, de los Romeros de la Puebla, otra sevillana capaz de evocar en mis padres, una y otra vez, el mismo sentimiento de pérdida.
[4] Por supuesto que me gustaría que nada afligiese a mis padres, pero éste del que hablo es un dolor que yo no puedo mitigar en absoluto. Lamentablemente para ellos, no se puede volver atrás en el tiempo, el pasado, valga la redundancia, ya pasó. Y por la parte que me toca, con toda sinceridad lo escribo, lo prefiero así.
[5] Sara, la secretaria con quien trabajo habitualmente, opina de mí que soy autista (en la primera acepción del término, la de replegarse patológicamente sobre uno mismo), y mucho me temo que la marcha de Jordi va a acentuar aún más esta “peculiaridad” mía.
[6] Su libro, sin duda, es el mejor que ha pasado por mis manos, y aunque su edición ha sido la que más estrés me ha generado (por los plazos, por la complejidad, por la originalidad, por la de veces que la he tenido que pelear y explicar para que fuese entendida y aprobada, por la gente que se suponía que debía ayudar y no ha hecho más que introducir palos entre las ruedas), también es de la que mayores satisfacciones he obtenido… sin exagerar, ha sido el libro que, ¡por fin!, me ha hecho disfrutar de mi trabajo como editor, el que más me ha exigido y al que más le he dado.

43. Vacaciones en familia

 

Me siento cómodo con este blog porque la relación que mantengo con él es semejante a la que puedo mantener con un buen amigo: no importa el tiempo transcurrido desde la última vez que coincidimos, bastan unos minutos (una copa o un café) para reanudar todo lo que había quedado aplazado por el espacio y el tiempo. Simplemente necesitamos de unos momentos para ponernos al día y reanudar la amistad allí donde la habíamos dejado. Así las cosas, puesto que desde finales de julio no publico nada aquí, creo me toca hablar de las vacaciones antes de ocuparme de otros temas.
 
Pues bien, ciñéndome al tema vacacional, supongo que todos habéis oído alguna vez, al reincorporaros al trabajo tras las vacaciones, la típica pregunta del típico compañero el típico “primer día después de”: Las vacaciones, ¿bien o en familia? En mi caso, para mi desgracia, la tengo que escuchar cada año… y es que no todo el mundo tiene claro eso de que los chascarrillos tienen gracia una vez, o dos, o tal vez tres, pero estirarlos más es confiar demasiado en la tolerancia de los otros… a lo que voy: sí, en efecto, mis vacaciones han sido en familia, pero, entiendo yo, no con esa familia a la que se refiere el chiste en cuestión.
 
Y es que lo que se dice familias, las hay de muchos tipos; y aunque se puede pertenecer a más de uno de los grupos con que las resumo, de un modo rápido y despreocupado, a continuación, grosso modo las clasifico así[1]: la que siempre ha estado, está y va a estar ahí; la que te buscas (pienso en los amigos, y en los compañeros de viaje); la que vas ganando con los años (por ejemplo, la política; que no tiene por qué ser mala, al contrario, por lo menos en mi caso); la que te ha tocado (personas de las que conoces su nombre, con suerte, y poco más, que a lo mejor no has visto en tu vida, o que hace tanto tiempo que las has visto que ya ni las recuerdas); la lejana (geográfica y/o emocionalmente); la molesta[2]… y la que acaba formando uno mismo, con su pareja y sus hijos, si es que decide y puede tenerlos. Y es con este último tipo de familia con el que he tenido la suerte de pasar las vacaciones.
 
Libre de todo compromiso moral y, por tanto, sin cargo de conciencia alguno que me impela a hacer lo contrario (desde que falleció el último de mis abuelos me siento así, la verdad), hace muchos años ya que no “sacrifico” mis vacaciones estivales con visitas familiares[3]. Al fin y al cabo, la distancia que separa a A de B es exactamente la misma que la que separa a B de A (nota mental: comprobar en Google Maps que esto sigue siendo así), y aunque mis vacaciones y tiempo necesario de descanso y desconexión no son más importantes que el de otras personas, también es cierto que no valen menos. Así que prefiero, una vez que he aprendido a comportarme como todo el mundo se comporta (esto es: hacer caso en exclusiva a mis apetencias e intereses), pasar las vacaciones con quien quiero y de la manera que quiero. Es más, ser padres ya es eso, volver a experimentar “primeras veces” (primer aniversario, primeras Navidades, primer diente, primera palabra, primer paso, primeras vacaciones…), muchas de las cuales ya ni recuerdas. Y la verdad es que afrontábamos las vacaciones con muchísimas ganas e ilusión, no en vano iban a ser las primeras con nuestra hija.
 
Así pues, gracias al impagable trabajo logístico de mi pareja, emprendimos las primeras vacaciones con Júlia, nuestra pequeña de 12 meses de edad por aquel entonces. Y ya desde la misma planificación se notó eso de que un hijo te cambia la vida (eso es así, y a todos los niveles), tanto en el destino elegido y lo que haríamos una vez llegados allí (no muy lejano, apto para un bebé que por aquel entonces sólo gateaba, poco caluroso y con actividades adecuadas tanto para Júlia como para sus papás) como en la cantidad de bultos con que cargar (se trataba de pasar quince días y catorce noches alejados de las comodidades domésticas). Sobre esto último, os digo que llegó un momento en que pensé alquilar un camión, o en hacer dos viajes, tal era la cantidad de cosas que considerábamos necesarias (las vidas de los padres primerizos son fértiles en por si acasos, y el capitalismo, además, se encarga de alimentar tu imaginario con toda nueva necesidad hipotética que se te pase por la cabeza o, directamente, te genera una nueva cada vez. Y, claro está, ¡qué no estamos dispuestos a hacer por nuestros pequeños!). Por suerte, y aunque nunca fui un gran jugador de Tetris, conseguí hacerlo caber todo en el coche… eso sí, sumándole el asiento del copiloto y buena parte de lo que quedaba desocupado en los asientos traseros al maletero.
 
Pero no os creáis, no todo han sido flors i violes (me cuesta tanto creerme a la gente que se empeña en vender su vida como perfecta que cualquier imperfección en la mía, por pequeña que sea, tengo que mencionarla): como decía, tener hijos te cambia la vida, y dentro de esos cambios hay que contar con los ritmos, las cosas posibles e imposibles de hacer en tus nuevas circunstancias y un número de variables casi infinitas que sólo echas de menos cuando ya no las tienes (la normalidad anterior a, podemos convenir en llamarlas). De tal modo que la lluvia; las trece horas que suele dormir Júlia repartidas entre la noche, bien entrada la mañana y la siesta; el tiempo lluvioso (cuya temperatura tendría que haber agradecido siempre, pues mientras que el resto del país se evaporaba bajo los efectos de la ola de calor, nosotros dormíamos bien tapaditos y sin pizca de humedad) y tener un montón de senderos por los que no podía transitar se conjuraron para hacerme tener uno de esos días en los que no me soporto ni yo mismo[4] (uno de quince, no está mal; conozco a personas a las que una baldosa mal puesta es suficiente para torcerles el día, cuando no la semana entera, de ésas que por mucho que les sonría la vida nunca estarán bien porque se dedican a buscar excusas para no ser felices). Acostumbrado a ser el tipo de turista que explota hasta la extenuación la zona donde ha decido veranear, me parecía poca cosa lo que Júlia nos “obligaba” a hacer… ¡sí, señoría, culpable de egoísmo e inexperiencia!
 
 
Sin embargo, el cambio de actitud fue relativamente sencillo: sólo había que centrarse en lo bien que se lo pasaba la pequeña, en cómo se ganaba con su simpatía y su sonrisa eterna a los vecinos del pueblo, a los compañeros de desayuno o a los clientes de tal o cual restaurante; en cómo disfrutaba de la compañía de otros niños (todo un acierto escoger como destino una zona de turismo tan familiar); en cómo jugaba con las cabritas o en qué cara puso cuando vio su primer oso y el resto de animales en el parque que visitamos; en cómo se ha ido convirtiendo en una gran gourmet, pues sólo hay que ver lo que come para saber si lo que pagamos en tal o cual restaurante merece o no la pena (y después de años de ir de restaurantes, os podemos asegurar que Júlia tiene el morro fino… en efecto, no nos va a salir barata)… por desgracia, ella no recordará sus primeras vacaciones, pero para nosotros serán inolvidables. Y no las cambiaría por nada del mundo, entre otras cosas, porque nos han servido de aprendizaje: hemos detectado muchos errores (¿os he dicho alguna vez que no somos perfectos?), que nos serán muy útiles de cara a las vacaciones venideras, que esperamos que sean muchas y todavía mejores.
 
Así que, en efecto, querido ser-cansino-que-cada-año-me-preguntas-lo-mismo-y-ya-hace-tiempo-que-has-dejado-de-tener-gracia, mis vacaciones han sido en familia, con mi familia, lo cual no ha sido impedimento para que hayan ido mucho más que bien.
 
 
 
 

 


 

[1] Mi sentido arácnido me advierte de que siempre es mejor guardar silencio sobre estos temas. Sin embargo, voy a ignorarlo, una vez más, por las razones siguientes: 1. No hay nada peor que la autocensura; 2. Escribo desde mi verdad, sin pretender convencer a nadie de lo que digo ni, por descontado, sin intención de que nadie se dé por aludido porque no escribo sobre nadie en concreto; y 3. Escribo desde la asunción de que yo también formo parte de alguno o de varios de los grupos para otras personas, o de las equivalencias que ellas, a su vez, hayan hecho; es del todo normal que así sea. Si yo, con lo zoquete que soy, lo entiendo, ¿qué puedo esperar de personas mucho más inteligentes que yo?
[2] La lejana y la molesta podrían ser subtipos de la que me ha tocado, cierto es. Pero no todos los que me han tocado son lejanos o molestos, ni únicamente son molestos los que me han tocado, ya se entiende. Eso sí, no creo para nada en la importancia determinante de eso que se ha dado en llamar la sangre. Si lo único que comparto con alguien es una parte de mi código genético, me parece demasiado poco, la verdad. En la vida, y en las relaciones humanas en concreto, hay muchas cosas más. Por lo menos para mí.
[3] Durante mi infancia, las vacaciones en el pueblo (en el pueblo de mis padres, en realidad, porque ni es mi pueblo ni es mi tierra, ni nunca lo serán), como les sucedía a muchos hijos de inmigrantes españoles, eran lo habitual. Pero no sólo las de verano: recuerdo alguna que otra Semana Santa e, incluso, haber hecho triplete un año con las de Navidad. Eso sí, como mínimo una vez al año tocaba hacerse los 1000 kilómetros en coche para ir a visitar a la familia. Pero a medida que he ido creciendo y mis abuelos han ido faltando (los paternos, porque los maternos se trasladaron a Barcelona para estar cerca de sus hijas), y no está de más decirlo, he empezado a hacerme esas preguntas que todo lo cambian (sí, las del tipo “¿y por qué yo sí y tú no?”, o “¿por qué siempre yo?”), las visitas se han distanciado hasta casi desaparecer por completo. Eso sí, durante las primeras vacaciones que hice en pareja después de muchos veranos sin disfrutar de un merecido descanso estival (la pobreza del estudiante, ya me entendéis), aún hice un hueco para ir de visita por aquello de “hace mucho tiempo que no los veo”.
[4] Infinitas gracias a mi pareja por aguantarme cuando esto sucede, no conozco a nadie igual. Tolerante, comprensiva, no rencorosa, con una habilidad adaptativa que supera con mucho mis capacidades. Todo un ejemplo a seguir.