22. Vida y tiempo



Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.
Francisco de QUEVEDO



Vida y tiempo son dos conceptos unidos, nunca mejor dicho, hasta que la muerte los separe. De hecho, una de las acepciones del DRAE −la novena, para ser exactos− define vida como el ‘tiempo que transcurre desde el nacimiento de un ser hasta su muerte o hasta el presente’. Somos seres finitos, nuestra vida está limitada en y por el tiempo. La ciencia podrá dilatar nuestra existencia, como ha venido haciéndolo desde el siglo XIX, pero en algún momento nos iremos para nunca volver, lo siento, señor Disney, eso es tan seguro como que nos pasaremos la vida pagando impuestos. Y ojo, en todo momento me estoy refiriendo a la ciencia, no a las pseudociencias tan de moda últimamente, sobre las que prometo escribir otro día si me veo con ganas.

En este sentido, os recuerdo que se está hablando de que en un futuro muy cercano podremos vivir muchos más años de los que vivimos ahora, pero en ningún caso se habla de inmortalidad, sólo de ganarle tiempo a nuestro tiempo. Hago un pequeño inciso, pese a que sé que es otro tema, pero me resulta muy curioso que todo esto se diga en un momento en que sabemos que el cambio climático hará imposible la vida humana en el planeta, en que sabemos que muchos de los nacidos ahora mismo no encontrarán nunca un trabajo, que gran parte de la población mundial sufrirá y perecerá por la escasez de alimentos y agua, o que un meteorito de dimensiones descomunales colisionará contra la Tierra y acabará con todo ser viviente sobre la superficie del planeta; así que, ¿vivir más para qué? A lo mejor, llamadme loco, tendríamos que destinar nuestras energías a otras cosas. En fin, sigo con lo mío.

La pregunta clave es y sigue siendo la siguiente: ¿qué es el tiempo? Pues no tengo ni la más remota idea, como, de hecho, nadie la tiene. Tiempo es un concepto que se resiste a todo aquél que intenta definirlo, y aunque se ha delimitado su significación desde muy distintos campos, al final todas las propuestas resultan insuficientes o incompletas, o más propias del mundo de la ficción. El tiempo es una magnitud más cuya unidad, según conveniencia del sistema internacional, es el segundo, es relativo, o lineal, o circular, o simplemente no existe. Pero, en cualquier caso, nosotros lo experimentamos, de eso no hay duda, tenemos una experiencia consciente de su paso que, a la postre, es el nuestro. Muere con nosotros a la vez que nos mata.

Fotograma de El Hombre Mosca (1923), película dirigida por Harold Lloyd.

Nuestro tiempo, la consciencia que tenemos de él, es tricéfalo, pues se compone de pasado, presente y futuro. El pasado es lo que ya no es y nunca será, por mucho que sus largos tentáculos puedan oprimirnos en el presente; a priori es irreversible e inamovible, aunque como podemos visitarlo cada vez que queramos con nuestra memoria, siempre tendremos la opción de edulcorarlo, magnificarlo o simplemente ignorarlo. Pero lo pasado, pasado está, es de sobras sabido. El futuro, por su parte, es incierto, porque todavía no es, y en el momento en que es, pierde su condición de futuro. Es una gran nada que nunca logra ser. Así que lo único que existe es el presente, lo único que somos es ese presente cansado del que habla Quevedo en uno de los versos con que abro este nuevo post. Ese momento continuo de nuestra existencia que muere y se regenera a cada segundo, lo único que cambia sin moverse, lo que no es que, cuando por fin logra serlo, deja de existir y se convierte en algo que ya no será.

Pero nosotros no sólo existimos, sino que también vivimos. Tú y yo y esa roca que recibe los embates del mar compartimos la existencia, tenemos presencia en la realidad, pero sólo nosotros dos, querido lector, lo lamento profundamente por la roca, tenemos la fortuna de vivir, tenemos consciencia de nuestra existencia, de nuestro anclaje en el eterno presente, y podemos, y debemos, interactuar con ella. No en vano, no dispondremos de una segunda oportunidad una vez que hayamos perdido la vida.

¿Oís ese rumor, queridos amigos? Es el coro de adolescentes de entre catorce y cuarenta y cinco años que alza su voz sobre la del resto de los mortales para invocar a esa antigua divinidad a la que han decidido dedicar su vida: Carpe diem! Carpe diem! Carpe diem! Sí, claro, no hay mejor manera de afrontar ese eterno instante que, como ya hemos visto, es nuestra existencia que dedicándolo a menesteres que nos resulten placenteros. No obstante, sin pretender desmerecer en absoluto la máxima horaciana, habría que tener en cuenta algunos pequeños matices que uno va descubriendo con el paso de los años y que expondré a continuación. Y es que los adolescentes carecen de muchas cosas, entre ellas, experiencia vital; así que lo que se dice caso, hagámosles el justo y necesario, por muy atractivo que en apariencia nos resulte su mensaje:

  1. Memento mori: todos, altos y bajos, guapos y feos, listos y tontos, gordos y delgados, ricos y pobres, mujeres y hombres, niños y ancianos, vamos a morir. 
  2. Hay tantos presentes como segundos nos separan de la muerte. 
  3. Lo que hagas en un presente determinado puede influir, positiva o negativamente, en futuros presentes. 
  4. Pese a tu condición mortal, si todo va bien, tu vida constará de muchos presentes.

Visto lo visto, y si sirve de algo mi experiencia (supongo que a nadie le extraña que hable de mí y de lo que he vivido y vivo, ¡esto es un blog personal!), hay que unirse a esa secta que, es muy posible, adora a Horacio sin tener ni idea de quién fue Horacio (¡Pinchadiscos!, dirán algunos de los que ya estén en la treintena); eso no importa, pero sí que es muy importante que, cuando formalicemos nuestro ingreso en tan jubilosa comunidad, tengamos en cuenta un pequeño matiz: es preferible decantarse por ‘no malgastes tu tiempo’ como traducción de carpe diem! y máxima existencial, que por ‘disfruta el momento’. La segunda opción está llena de incógnitas futuras, mientras que la primera, pese a que implica no abandonarse del todo al presente, conlleva no encontrarte abandonado en los presentes por venir. Y esto es aplicable a todos los ámbitos de nuestra vida a los que tenemos que dedicarles nuestro tiempo y nuestra energía: formación, trabajo, familia, amistades, relaciones, etc. Vale.

10. El teatro del mundo

El theatrum mundies uno de aquellos tópicos literarios tan vivos y omnipresentes que hacen que uno acabe por convencerse de que la vida no es más que literatura de ficción.
Museo  Tamayo

Quién es el autor de la pieza representada y a qué responde su intención ya depende del momento histórico concreto, aunque casi siempre se puede identificar con una entidad superior que podríamos llamar  dios (ya sea corpóreo y más o menos antropomórfico, etéreo o sólo la simple intuición de un mundo ideal mejor, es indiferente): así, podemos seguir la evolución del tópico (y acaso de la naturaleza humana en general) desde la trágica antigüedad griega, siempre con actitud estoica, y su reverso romano, de carácter más ligero, hasta el mismísimo día de hoy, aunque, para ello, tengamos que jugar al ajedrez para acabar encontrando a Carroll y a Borges, y leer a Balzac o a Flaubert, sin olvidarnos, por supuesto, de Calderón (y “sus antecesores cristianos”), Shakespeare, Cervantes, Quevedo o Mateo Alemán…; la función, hasta hoy, casi siempre ha sido la misma, esto es, la representación de un orden social caracterizado por la rigidez y el inmovilismo. Dios-entidad superior-destino es el encargado de asignar los papeles que nos corresponden, y nosotros, simples marionetas, actuamos en consecuencia y en función de lo que nos marcan esos límites caprichosa (por muy inescrutable designio de que provengan) y previamente asignados. Eso sí, se nos concede un escaso margen de maniobra conocido en unas ocasiones como libre albedrío, y en otras, como razón (hasta cultura se lo he oído o leído llamar a algunas y algunos…).

Qué pasa hoy en día y adónde quiero llegar con todo esto…  pues bien, en la actualidad, después del deicidio nietzscheano y el nacimiento del nuevo hombre, como bien señalaba el muchas veces extremista filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard, el ser humano, huérfano de entidades superiores, ha creado un nuevo ente que se encarga del reparto de papeles, pero ahora ya no somos actores activos sino pasivos, meros espectadores encadenados a un sofá, con lo cual se da una vuelta de tuerca más a la idea del teatro del mundo, ya que se elimina de un plumazo la libertad de acción o libre albedrío y, por supuesto, casi cualquier posibilidad de raciocinio. En efecto, ese ente del que hablo son los medios de comunicación en general y la televisión en particular, de la que, como dice Habermas, no somos más que meros consumidores pasivos de las opiniones con que nos bombardea continuamente.
El mundo ya no es lo que sucede al otro lado de la ventana, sino lo que nos muestra esa caja tonta a la que hemos dotado de poderes divinos. Sólo tenemos que advertir que tiene la capacidad de cambiar gobiernos, iniciar y finalizar guerras, generar pandemias inexistentes, crear tendencias y manipular conciencias, controlar, en definitiva, a través del miedo… de tal manera que vivimos dentro de esa hiperrealidad baudrillardiana que imposibilita la necesaria distinción entre la realidad y su representación, con lo que al final sólo existen simulacros de la primera de ellas.
Y ahora apliquemos todo lo anterior a cada uno de nosotros, que al final es lo realmente interesante: educados como somos educados, para ser los mejores, los más guapos y los más listos, y con la obligación de no sólo serlo, sino además de parecerlo y, sobre todo, de demostrarlo y presumir de ello, pues este instante de flashes y escaparates en que nos ha tocado vivir así nos lo exige en todo momento (so pena de depresión si no conseguimos tan valiosos reconocimientos), ansiamos tener un rol social protagonista[1]. Y no hay papel más importante que el de Creador, máxime teniendo en cuenta que es una categoría vacía, un puesto vacante que quién mejor que uno mismo para ocuparlo. No en vano, todos somos los mejores, los más listos y los más guapos para nosotros mismos, sin discusión. Es entonces cuando nos abrimos una cuenta en una red social, Facebook, Twitter o Instagram, o en todas ellas, y nos dedicamos a poblar ese mundo dentro del mundo que sólo a nosotros nos pertenece y que, por consiguiente, podemos colorear a nuestro antojo.
El procedimiento de todo ello es de sobras conocido, ya lo utilizó un tal Yahvé, dicen, hace mucho tiempo. Consiste en utilizar la Palabra, lo único existente al principio, para ir dando vida a lo que antes sólo era la Nada absoluta. Son nuestros estados, y si los podemos acompañar de una buena fotografía en la que posemos en actitud muy natural aún mejor, los que irán confeccionando ese simulacro de realidad en que se convierte nuestra vida (aunque bien mirado, tal vez sea sólo el almacén de nuestros deseos, donde guardamos la ilusión de la vida que nos hubiese gustado vivir o la imagen de la persona que siempre quisimos ser). Son nuestras palabras las que se encargan de transformar en acto lo que todavía sólo lo es en potencia, ahorrándonos, ésa es su gran ventaja, el esfuerzo real intermedio. Así, nos convertimos en profesionales sin tener siquiera categoría de aprendices, irradiamos felicidad aun cuando en nuestra vida tal vez no existan más que sombras, lanzamos pildorillas de falso conocimiento sacadas de los memes que circulan por ahí o, lo que es peor todavía, leídas en el blog de algún chiflado como el que esto escribe. Y somos felices como sólo lo pueden ser quienes bebían ambrosía. O tal vez sólo lo parecemos. O ni una cosa ni la otra.


[1] Recuerdo ahora a un profesor de Literatura medieval que tuve durante la carrera, que me parecía pesadísimo, por cierto, amén de un poco salidillo, como no puede ser de otra manera en quien se especializa en tan santo periodo literario, que siempre nos hacía reparar en la diferencia entre los sabios de aquella época y los supuestos sabios actuales. Los primeros, siempre al amparo de la discreción y el anonimato; los segundos, sedientos de fama y exhibicionismo.