52. Cursos de escritura creativa (testimonio del joven Alfredo Martín G.)

Mi excompañero y amigo Jordi se quejaba un día, en una de aquellas conversaciones en mi despacho que tanto añoro, del panorama literario español (y catalán) actual, de la poca entidad que el género narrativo tenía comparado, por ejemplo, con lo que nos llega traducido de Estados Unidos (o de Francia, o de Inglaterra, o de Rusia, algunos de los países de origen de los novelistas que hemos leído o nos hemos recomendado[1] a lo largo de los años que hemos pasado trabajando juntos). Si no recuerdo mal, su queja se refería, sobre todo, a la escasa o nula destreza que poseen nuestros novelistas a la hora de construir sus relatos (“se desmoronan”, o algo parecido creo que dijo, o tal vez hizo un gesto que pretendía expresar esa misma idea), más que a cuestiones argumentales que sólo preocupan a los malos lectores.

Debido a mi recomendación, por aquel entonces se encontraba en plena lectura de una novela de Joyce Carol Oates (no sé cuál, pero tratándose de la Oates tanto da), así que toda comparación iba a resultar, por fuerza, odiosa. No en vano, Oates es una de las grandes novelistas de finales del siglo XX e inicios del XXI. Habitual candidata al Nobel, hablar de ella es hablar de una superdotada (tanto por su coeficiente intelectual[2] como por su prolífica producción literaria, de excelsa calidad), y sobre todo de alguien que sabe mucho de literatura: licenciada con honores, doctora, profesora emérita de escritura creativa en la prestigiosa universidad de Princeton… así que cuando Oates escribe, sabe perfectamente lo que se trae entre manos. Con semejante bagaje, se entiende que pocos novelistas pueden estar a su nivel tanto en lo que se refiere a dominio de la técnica como a eso otro, llamémosle genialidad, que sólo tiene a bien aparecer cuando se está trabajando. Y Oates en alguna entrevista ha confesado que no se ha tomado un día de descanso en la vida…

Jordi decía que aquí nadie te enseña a escribir, y que por eso nuestra narrativa tiene el nivel que tiene. Claro, se siguen publicando novelas, entre otras cosas, porque las editoriales viven de eso, pero de poca calidad (al fin y al cabo, y esto lo añado yo, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey, ¿no?). En Estados Unidos, proseguía Jordi su argumentación aprovechando el ejemplo de Oates, se enseña a escribir ficción en las facultades universitarias[3]. Aquí, en cambio, aunque algunas universidades ofrecen créditos relacionados con la escritura creativa (de relleno, para completar el currículum, de esos que cuando yo estudiaba se denominaban de libre elección), no hemos acabado de copiar el modelo anglosajón y lo de la creación literaria nos sigue pareciendo algo propio de la esfera privada, públicamente (¿o productivamente?) tan poco importante que no merece la pena ser tenido en cuenta. Sin ir más lejos, yo soy filólogo, y lo más parecido que hice durante mi licenciatura fue una asignatura llamada Prácticas de lengua oral y escrita (un semestre dedicado a cada uno de los componentes de la cópula) en la que no aprendí a hablar ni a escribir (mis capacidades, en uno y otro sentido, si es que las tengo, las he adquirido por otros medios), y eso que mis profesores fueron la catedrática Dolors Poch y el con posterioridad director de la Real Academia Española de la Lengua José Manuel Blecua hijo[4], así que a una cuestión de nivel del profesorado no se debió mi fracaso.

Ojo, que el oficio de escritor, como sucede con todos los oficios, y hasta aquí estoy de acuerdo con lo que exponía, no sin amargura, Jordi, se puede enseñar (parafraseando a Bolaño, escribir bien lo puede hacer cualquiera; lo cual no implica que lo que se escriba sea de calidad). Y, de hecho, se enseña. Pero pagando un precio, claro está, que vivimos en una sociedad capitalista. ¿Te sobran unos 17000 eurillos? Pues puedes matricularte en algún máster sobre escritura creativa. O tal vez puedes optar por alguno de los numerosos cursos privados que se ofrecen, siempre más económicos[5], ya sean presenciales o en línea, que aunque no durante tantas horas como un máster, al final se ocupan de lo mismo: tipos de personajes, tramas, puntos de vista, descripciones, diálogos, ritmos, voces narrativas y focalizaciones, temas… ya podemos olvidarnos de todo lo que hayamos leído sobre aquellos salones literarios de siglos pasados (en concreto, entre los siglos XVIII y XX) en los que la literatura era el motivo de discusión y se exponían y debatían problemas técnicos sobre la escritura, y se leían y se comentaban los textos de los asistentes. Ya hace tiempo que se extinguieron. It’s money time.

Pero la cuestión es: ¿sirven de algo los cursos de escritura creativa? Pues depende de las expectativas con que se asista a ellos. Si creemos que saldremos de allí convertidos en primeras espadas de la literatura universal, mucho me temo que nos llevaremos una gran decepción. Una cosa es que podamos aprender qué es un narrador homodiegético-intradiegético-con focalización externa, y otra muy diferente es que cuando se trate de nuestro propio texto seamos capaces de emplear con maestría los conocimientos que hayamos adquirido durante el curso. De hecho, ya son unas cuantas veces que lo manifiesto aquí, lo de escribir con maestría se logra, valga la redundancia derivativa, aprendiendo de los maestros, es decir, leyendo. Y escribiendo, sí, y dominando ciertos aspectos técnicos relacionados con la escritura, eso también: de los que nos hablarán e intentarán que dominemos (compaginando carga teórica con ejercicios prácticos) en los famosos cursos de escritura creativa. Pero no nos engañemos, lo esencial es leer, y leer, y volver a leer, y seguir leyendo… ¿Quiere decir todo esto que los cursos no sirven de nada en absoluto? No, de momento sólo afirmo que no obran milagros, y os cuento mi experiencia personal al respecto.

Hace cinco o seis años, no recuerdo con exactitud cuánto tiempo ha transcurrido desde entonces, me matriculé en el curso de escritura creativa que impartía el escritor Juan José Flores en la agencia literaria, con sede en Barcelona, International Editors’ Co (IECO), presidida, ni más ni menos, por Isabel Monteagudo. Lo cierto es que varias razones (en concreto, cinco) me hicieron decantarme por aquel curso en cuestión en lugar de, por ejemplo, matricularme en la archifamosa Escola d’Escriptura Creativa de l’Ateneu Barcelonès.
1. El precio. Qué queréis que os diga, por mucha literatura protagonizada por escritores[6] que haya consumido, en la que la asistencia de algún personaje a un taller literario (gratuito en la ficción) es casi un lugar común, sabía que por asistir a cualquier curso o taller literario iba a tener que rascarme el bolsillo, pero no estaba dispuesto a pagar cualquier precio, que soy pobre, pero no tonto, y no suelo pegarme tiros en el pie. La decisión, en este sentido, fue sencilla: entre el precio, para mí abusivo, del Ateneu y el del curso impartido por Juanjo, ganaba el segundo por goleada.
2. Las referencias. Aunque no tenía ni idea de quiénes eran Juan José Flores, la agencia literaria o la Monteagudo en aquel momento, busqué unas cuantas referencias al respecto, sobre todo centrándome en quien iba a ser mi profesor, porque lo demás, y soy del todo sincero, me importaba más bien poco (no pensaba, ni lo pienso ahora, profesionalizar unas de mis pasiones; mal asunto me parece tal solución). Pues bien, como decía, gracias a Internet me informé un poco acerca de quién era Juanjo, y descubrí que, aunque no había publicado demasiado (si no me equivoco, por aquel entonces tres o cuatro novelas y un libro de relatos), alguna de sus novelas había recibido algún elogio por parte de Fernando Valls, que, entre otras cosas, aunque no sé si confundo al crítico, valoraba la valentía de Flores por no hacer concesiones al gran público. Punto y pelota. Si lo ponderaba Valls, a quien conozco por haber sido uno de mis profesores de literatura contemporánea, me valía. No en vano, Fernando es una autoridad en cuanto a la narrativa breve (e hiperbreve) en español se refiere, y sabe de lo que habla cuando se trata de literatura (de su amplio currículum cabe destacar que ha sido director de la prestigiosa revista Quimera durante años). Así que Juan José Flores podía ser mi hombre.
3. La duración del curso y el número de alumnos matriculados. Dinero y tiempo son dos cosas que no hay que malgastar. El dinero, porque crearlo es muy costoso y se destruye con facilidad; el tiempo, porque sólo se destruye, es imposible crearlo. Así que El sueño de la ficción, nombre del curso de escritura creativa que impartía Juanjo Flores, de dos horas a la semana hasta un total de veinte (esto es: mes y medio de duración), volvía a presentarse como la opción más factible. Además, puesto que ya había decidido participar de forma presencial, el número de alumnos matriculados también jugaba a favor del curso de Juanjo, que advertía de que disponía de “plazas limitadas”. En el Ateneu, aunque no recuerdo la cifra exacta, eran muchos más, y no me hacía demasiada gracia por aquello de que soy asquerosamente selectivo en cuanto a las relaciones sociales se refiere.
4. La escuela de escritores. Si bien sobre El sueño de la ficción manejaba poca información (por no decir ninguna), del Ateneu sí que sabía algunas cosas. Por ejemplo, que se hacían llamar y creo que aún se llaman así, como reclamo publicitario, supongo, “la escuela de escritores” (ya podéis ir descartando un flechazo por mi parte); que de allí había salido Ildefonso Falcones y La catedral del mar, su gallina de los huevos de oro[7], y que ambos, hombre y monstruo, también eran utilizados como reclamos publicitarios (con lo cual la cosa no hacía más que empeorar entre el Ateneu y yo: se encontraban a un tris de perder a un posible alumno); y que una compañera de trabajo, futura poeta laureada del reino como mínimo, asistía como alumna. De hecho, por ella supe del número de alumnos matriculados y del tipo de ejercicios que hacían allí. Ella, como Falcones, y vuelvo al terreno de la suposición, se había propuesto escribir una novela a partir de alguno de los ejercicios que había presentado en el Ateneu, que al parecer le valió alguna que otra alabanza. Y así se pasaba los días, escribiendo y escribiendo, y dándole a leer cada nueva página que completaba a sus personas de confianza. Cinco o seis años después, los lectores del mundo aún esperamos su novela… Ya veis que todos los caminos me seguían llevando a Juanjo Flores.
5. Las tres cosas que debo hacer antes de morir. No, no me refiero a plantar un árbol, escribir un libro y tener descendencia, porque todo eso, aunque con alguna trampa, ya lo he hecho: no he plantado árbol alguno, pero sí que lo han hecho en mi nombre (en concreto, la compañía que me factura el gas); no hay nada publicado (a libros, me refiero) con mi nombre, pero sí que existe un libro en el mercado cuya parte dedicada a la gramática española (la mitad del manual, más o menos) he escrito yo, y hasta aquí puedo leer…; y, finalmente, soy padre desde hace dos años. Además, todo eso me parece “de personal normal”, y yo, de normal, lo sé y lo asumo, tengo poquito (me considero más anormal que especial, no soy de ese tipo de personas, maravillosas y únicas, que tanto abundan en el mundo). Si soy sincero, siempre he querido hacer otras cosas (tranquilos, no voy a dejar que mis fantasías sexuales salgan del tintero), entre ellas, asistir como alumno a un curso de escritura creativa; o hacer como que me dejaba seducir por alguna secta religiosa y asistir in situ a alguna de sus celebraciones; o participar en una de esas reuniones de solteros, creo que copiadas de los singles estadounidenses, en las que tenías cinco minutos para “conocer” a la otra persona antes de cambiar de pareja (yo creo que en cinco minutos no me da tiempo ni de salir del paritorio, así que siempre me ha interesado saber cómo condensaban su vida en tan reducido tiempo los participantes en semejante mercado de la carne). Por desgracia, creo que moriré habiendo realizado sólo una de las tres cosas que enumero, porque no me veo infiltrándome en una secta ni acudiendo a esas reuniones (no soy soltero y sería difícil de explicar, y creo, además, que ya no se organizan). Pero al menos he asistido al curso de Juanjo Flores, oye. Eso sí, tenéis suficientes pistas como para saber con qué ánimo e intenciones me encaminaba a la agencia literaria para asistir a mi primera clase como alumno…

usborne.com

La primera sesión de El sueño de la ficción fue como todo primer día de un nuevo curso, estudies lo que estudies: presentación del profesor (no sabéis cómo agradecí la absoluta normalidad de Juanjo); presentación de los alumnos, que consistía en decir nuestro nombre, ocupación, relación con la literatura en general y con la escritura en particular, el porqué de nuestra matriculación en el curso y qué esperábamos encontrar allí (yo fui el último en presentarme, y después de sobreponerme a las pulsiones de Tánatos, logré no empezar mi intervención con un “Hola, me llamo Tom, y soy alcohólico”); así que dije mi nombre, y mencioné mi formación y mi profesión; en cuanto al porqué de mi matriculación en el curso, zanjé el asunto con un “siempre he sentido curiosidad por ver qué podía aprender en un curso de escritura creativa” que, al parecer, convenció a todos los presentes salvo a mí mismo); y presentación y comentario breve por parte de Juanjo del temario del curso (ahora no recuerdo si ya entonces nos pasó las fotocopias de las lecturas que trabajaríamos o nos las fue entregando en el transcurso de las sesiones siguientes). Ya hacia el final de la sesión, Juanjo nos presentó la tarea que teníamos que realizar para la segunda clase: vimos una secuencia de un filme protagonizado por George Clooney (que ni había visto ni creo que veré nunca, y que para el ejercicio que nos iba a proponer, mejor que fuera así; a posteriori investigué, eso sí: la película en cuestión era Michael Clayton), en la que se veía un coche de gama alta que abandonaba un palacete y, después de transitar un rato por la campiña inglesa (que no sé por qué tenía que ser la campiña inglesa, porque nunca he estado allí… pero me la imagino de ese modo, tonterías mías; de lo que estoy seguro es de que no transitaba por campos castellanos), el conductor, ahora ya sí con la certeza de que era Clooney, se topaba con tres caballos en libertad, así que detenía el coche, bajaba y, extasiado, se dirigía hacia ellos, y justo cuando iba a metamorfosearse en Robert Redford y a empezar a susurrarles, su auto explotaba. Fin de la secuencia. Nuestra tarea consistía en describir por escrito qué sensaciones nos había producido la escena en su totalidad. Y así nos despedimos hasta la próxima semana.

Está claro que lo que acabamos de ver, me decía en el viaje de vuelta en los ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, es una suerte de epifanía que experimenta el personaje interpretado por Clooney. Una revelación, además, que le salva la vida, y que tiene que ver con la libertad, quizá opuesta a la actividad profesional a la que se dedica el personaje, simbolizada con toda probabilidad por el vehículo de gama alta y por el caro traje que viste, unos buenos corsés. Esto es (ahora veréis que mis capacidades analítica e interpretativa no es que sean muy elaboradas ni meritorias), lo ocurrido es la señal de que es necesaria una vuelta a los orígenes, a la sencillez, a la humildad, a la vida salvaje… ahora que lo pongo por escrito, suena verosímil, ¿verdad? Y ahora que lo pongo por escrito me doy cuenta de que con esto hubiese bastado, y quizás con esto todo hubiese sido diferente a como a la postre fue. Me explico: en las horas siguientes a esa primera clase, decidí que por qué me iba a conformar con la descripción de las sensaciones que me había provocado la escena cuando podía ir un poco más allá. No porque yo sea más chulo que nadie, sino porque si me salía del camino trazado era muy probable que el asunto me resultase más divertido de lo que a priori me parecía. Así que escribí un relato breve (de unas 6 páginas de extensión) sobre un escritor que había gozado de cierto éxito, pero que se había quedado sin ideas y que, una vez demostrada la naturaleza efímera de su fama, malvivía gracias a lo poco que ganaba impartiendo cursos de escritura creativa (de donde esperaba sacar alguna idea potente para una novela) y a la generosidad de su editor[8]. Para hacerlo más desgraciado aún, pensé que debía haber sido abandonado por su mujer, quien le arrebató la custodia de sus hijos (el recuerdo de la familia perdida era evocado por una de esas plaquitas con las fotos de los hijos que se colocaban en el salpicadero del coche, tan habituales en mi niñez, donde se leía: “No corras, papá”). Todo esto se narraba a bordo del automóvil que conducía el escritor y desde el interior de su mente, de camino a Madrid, adonde viajaba por imperativo editorial, apremiado por la necesidad de volver al candelero mientras aún estuviera a tiempo y amenazado con ser engullido por la nada del olvido. El relato finalizaba en la habitación del hotel donde se alojaba en la capital, tras una conversación telefónica con su editor y otra, sin respuesta, con el contestador automático del que había sido su hogar. Entonces, el protagonista se acercaba a la ventana de su habitación y miraba cómo unos niños jugaban con la nieve que empezaba a caer sobre Madrid…

Y llegamos a la segunda sesión. Tras los saludos de rigor, nos pusimos manos a la obra, que para eso habíamos pagado. Juanjo inició la clase con más teoría, aunque ahora no podría decir sobre qué se habló, ni ese ni ningún otro día, pero después de una filología y Teoría de la literatura y Literatura comparada, todo me era más que conocido; es más, a la mierda la modestia, diría que mis conocimientos sobre la materia eran mayores y más profundos que los suyos si a la teoría nos ceñimos (a fin de cuentas, según supe más tarde, él es biólogo, lo cual no es óbice para ser escritor ni para saber mucho de literatura, claro, doy por sentado que se entiende lo que quiero decir). Sobre los ejemplos literarios y los textos propuestos (todos estaban muy bien seleccionados, la verdad), pues también se me ocurrían otros que cumplirían, como mínimo, el mismo papel, y alguno incluso mejor (pero no dije esta boca es mía, que cada maestrillo tiene su librillo, y los elegidos por él cumplían a la perfección su cometido). Pero no era eso lo que me interesaba, yo ya había acabado mis estudios y si me había matriculado en un curso de escritura creativa no era para volver a oír hablar de la morfología del cuento tradicional según Propp (aunque sabía que materia de ese tipo sería la que se trabajaría), sino para tener acceso a alguien que ya publicaba con cierta asiduidad, saber de su método (si es que merecía la pena) y otras cuestiones relacionadas con la práctica. Sólo aguardaba conocer más y mejor a Juanjo Flores antes de aprovechar mi momento, y tal y como se iban a desarrollar las cosas, no tardaría en presentarse…

Una vez llegamos a los últimos cuarenta y cinco minutos de sesión, instante en que los alumnos teníamos que leer en voz alta nuestras descripciones de la secuencia que habíamos visto la semana anterior, empezaron los problemas: eché una mirada rápida a qué habían escrito mis compañeros y comprobé, no sin preocupación, que quien más se había explayado no pasaba de media página, y que eran mayoría los que apenas habían llegado a las seis líneas (y escritas a mano). Y yo allí con mi relato de seis páginas a ordenador, bien grapadito… para más inri, Juanjo decidió que fuera yo el primero en leer: por suerte, reaccioné rápido y le dije que lo mío era muy largo, que mejor que empezasen mis compañeros por si no daba tiempo de acabar (la cara de sorpresa de Juanjo y las miradas de mis compañeros acentuaron mi ya disparado desosiego). Todo el mundo estuvo de acuerdo, yo sería el último en leer mi texto. Entonces se sucedió una serie de descripciones, ricas en adjetivos (antepuestos, pospuestos y porque es imposible meterlos con calzador en medio de los sustantivos), que si no me dormí fue por obra de la divina providencia… eso, y que comparaba lo que leían mis compañeros con lo que había escrito yo y pensaba “esta vez te has pasado, chaval”. Por supuesto, no entré en los debates y análisis posteriores a cada lectura, el peso que de repente habían adquirido las seis páginas que ocupaba mi relato doblegaba mis fuerzas y voluntad. Pero llegó mi turno, y leí mi relato… y silencio, mucho silencio, e intercambio de miradas entre mis compañeros… y, por fin, siempre le estaré agradecido por el capote (si pudiera volver atrás, el escritor de mi relato no malviviría de cursos de escritura creativa ni parasitaría de las ideas de sus alumnos), Juanjo me preguntó que si todo eso lo había escrito a raíz de la secuencia de la peli de Clooney, y empezó a destacar el dominio del lenguaje y el simbolismo de mi relato, y cuando cedió la palabra a mis compañeros… silencio y más silencio, y miradas entre ellos. Por si faltaba algo para sentir que me había pasado de la raya, Juanjo decidió variar ligeramente el ejercicio que nos propuso para la siguiente sesión: en base a una fotografía (creo que se trataba de éste), debíamos escribir una suerte de relato, cada cual dentro de sus posibilidades, como había hecho Alfredo hoy con la secuencia de la película. Pues ya estábamos, el sabelotodo del curso abandonaba la clase en la más absoluta soledad rumbo a su localidad de residencia.

A partir de la tercera sesión, se dieron una serie de cambios: con respecto a mis compañeros de curso, la relación se volvió más fría (aunque nunca fue mi intención ampliar mi nómina de amigos con ellos), algunos dejaron de asistir (supongo que eran ricos, y no les importaba malgastar el dinero que habían pagado) y, entre los que continuaban, empezaron a ser mayoría quienes se presentaban sin haber hecho las tareas pactadas, eso sí, las miradas y los cuchicheos siguieron igual; con respecto a Juanjo, digamos que empezó a dedicarme una atención especial, y a insistirme en que aquello era una agencia literaria, que la del agente literario era una figura poco utilizada y hasta desprestigiada aquí (excepto los grandes tótems, como la Balcells o la Monteagudo, por hablar de los que operan desde Barcelona), pero que era muy habitual en países como Estados Unidos, donde era impensable que alguien escribiese sin un agente literario trabajando para él. El agente, proseguía, te ahorra la frustración de tratar con las editoriales, criba por ti, te asesora y te empuja, digámoslo así, al ruedo editorial/comercial. Así que si tenía una novelita guardada en un cajón, que no lo dudara, que en la agencia le echarían un vistazo y se pondrían a mi servicio… claro, una agencia literaria vive de escritores, así que en virtud “a lo que había demostrado en el curso”, yo podía ser una potencial fuente de ingresos (como veis, mi recelo respecto a la verdadera razón existencial del curso seguía muy vivo). Pero para eso, respondía para mí, tendría que tener una novelita en el cajón, la intención de publicarla en caso de que existiera y, por último, pero no menos importante, querer que la agencia en cuestión fuese mi mediadora.

No me extiendo mucho más: durante las sesiones que faltaban hasta finalizar el curso, y al contrario de lo que creía Juanjo, esto es, que mi ejemplo haría que mis compañeros se esforzasen más (¡ay, santa inocencia, como si los participantes en estos cursos tuviesen algo que aprender! ¡Si para ellos mismos ya lo saben todo y son los mejores, su única motivación es que se lo reconozcan públicamente!), la asistencia fue decayendo (¡menudas excusas tuvimos que oír, cada cual más disparatada!), hasta que el único asistente que quedó con vida fui yo. Continué haciendo las tareas que me proponía Juanjo, y juntos comentábamos mis textos, para mi disgusto, deteniéndonos más en mis virtudes que en mis defectos[9], hablábamos de literatura, de su método, de cómo se había montado la vida laboral para poder seguir escribiendo (lo de dedicarse full time a escribir es de pajilleros; sólo le sucede a una minoría, a los más grandes, ¡ah!, y a los mercenarios, y a los que para vivir se apoyan en rentas o bailan sobre tumbas de otrora ilustres apellidos ya enterrados), de cuáles eran los pasos a seguir en caso de querer publicar algo… y poco a poco nos fuimos conociendo (si me lees, me disculpo por no haber asistido a la presentación a la que me invitaste, no me gustan esos baños públicos, los protagonice yo u otra persona) y, entre otras cosas, me presentó a Maru de Montserrat, su agente y socia de IECO, a quien le había hablado de mí y de las cosas que escribía, quien me dijo que las puertas de la agencia estarían abiertas para mí en el momento en que quisiera sacar del cajón esa novelita que seguro que ya tenía escrita…

Llegados a este punto, retomo la pregunta que formulaba hace un rato: ¿sirven de algo los cursos de escritura creativa? La respuesta, según mi experiencia personal, es ambivalente. No creo que nadie salga de allí siendo mejor escritor de lo que ya era antes de entrar, aunque sí que es probable que adquiera la práctica de escribir (yo escribí un relato breve a la semana para un total, si no ando mal encaminado, de ocho en las diez semanas de duración del curso). Por tanto, creo que sí que pueden ser útiles para la inoculación de esa dulce (pero mortal) enfermedad que es la escritura. Asimismo, se puede llegar a aprender en qué consiste el oficio, la técnica narrativa y sus vericuetos desde la segura barrera que es la teoría. Otra cosa bien distinta es cuando demos el salto a la arena y los monstruos de los que habíamos oído hablar se materialicen en nuestras peores pesadillas (y desafíos). Y, por último, pero no por ello menos importante, pueden ser útiles a la hora de perder el miedo: a escribir, a que nos lean, a leernos, a criticar y a ser criticados (se trata de abandonar la zona de confort que son nuestros familiares, amigos y vecinos, que acostumbran a tener tanta buena fe como poco criterio y que no es que suelan ser muy imparciales a la hora de emitir sus juicios). Así pues, si alguien está pensando en asistir a un curso de escritura creativa, que lo haga, pero que tenga en cuenta todo lo que he comentado aquí (o no, que si le sobra tiempo, dinero y paciencia, es libre de gastarlos como bien quiera). Y que sepa, por si aún no lo tiene claro, que como mucho es un punto de partida, nunca un fin. La meta, si es que alguna vez se alcanza, está precedida de múltiples puertos de montaña que son nuestras lecturas. Ahora bien, ni siquiera salvar tales cotas nos asegura ganar la gran vuelta, pero sí acabar la carrera, que ya es algo muy honroso y gratificante.


[1]Últimamente es mi compañera Maite la persona que ha jugado ese mismo papel: tanto la novela que acabo de leer como la serie de televisión que estoy siguiendo se deben a su recomendación. A cambio, yo le he prestado la imprescindible Antología de la literatura fantástica, selección de relatos (o fragmentos literarios) de esa Santísima Trinidad formada por Ocampo, Bioy Casares y Borges, y le he recomendado un par de series.
[2]Forma parte, entre otras asociaciones, fundaciones y academias, de Mensa Internacional.
[3]Y suelen emplearse escritores consolidados: además de Joyce Carol Oates, David Foster Wallace, Salman Rushdie, Kurt Vonnegut, John Barth, William Burroughs, Susan Sontag, Raymond Carver y tantísimos otros se han dedicado o se dedican a la enseñanza de la literatura y/o de la escritura creativa.
[4]El profesor Blecua, encargado de la parte escrita de la asignatura, siempre nos decía al comenzar su clase: “Hoy dividiremos la clase en tres partes”; pero lo cierto es que jamás supimos qué se guardaba don José Manuel para aquellos tercios del final porque nunca tuvimos oportunidad de descubrirlo: tal era la parsimonia del mayor de los hermanos Blecua, que se le morían las clases antes de cumplir con sus planes organizativos. Sospecho que era justo en aquellos momentos perdidos para siempre cuando tenía pensado enseñarnos a escribir…
[5]Aún más económica, pero mucho más fría, es la opción de comprar libros que versen sobre la escritura creativa. Yo tengo (y he leído, que una cosa no siempre implica la otra) Escribir ficción: Guía práctica de la famosa escuela de escritores de Nueva York (la Gotham Writer’s Workshop) y Mientras escribo, de Stephen King… sí, habéis leído bien: Stephen King, y lo digo así, sin sonrojarme… qué queréis que os diga, guardo un buen recuerdo de las novelas que leí de él durante mi adolescencia (menos a It, que me acojonaba, me refiero a las más famosas de aquella primera etapa tan exitosa, a las que les sumo La mitad oscura, que también me enganchó), y sentía curiosidad por saber cómo era el día a día y el modus operandi de tan fecundo escritor. Dicho lo cual, tanto uno como el otro, y cada cual a su manera, se ocupan de las cosas de siempre: aspectos técnicos, disciplina y la importancia capital de la lectura para la propia escritura.
[6]¿Sobre qué puede escribir un novelista que no sea aquello que mejor conoce? Pues eso, sobre escritores, él mismo u otros, y sobre la literatura misma, ¿no?
[7]Recuerdo, precisamente en alguna clase de Fernando Valls, cómo despellejábamos en aquella época a Falcones y a Ruiz Zafón, los vendedores de libros del momento, y cómo arrojábamos sus despojos a los perros. Hasta tal punto llegaba el pitorreo, pero también nuestro posicionamiento literario, que pensé hacerme una camiseta con el lema “¡Ni Falcones ni Zafones!”, y a lo mejor retomo la idea.
[8]Ya veis por dónde iba, ¿no? Como soy consciente de que lo mío es de risa, decidí convertirme en el protagonista del clásico chiste: “¿Vende usted manuales para hacer amigos, quiosquero de mierda?”. Lo que ocurre es que mi relato no provocó la reacción que esperaba…
[9]Al fin y al cabo, las virtudes, en caso de que existan, ya las tengo; de lo que se aprende es de los errores, pero él se empecinaba en destacar mi dominio del lenguaje, mi habilidad para crear y desarrollar tramas secundarias, mi control del tiempo narrativo en función de mis intereses… Entendedme, le agradezco sinceramente todos los elogios, fueron importantes porque venían de un escritor de verdad, de un “igual”. Pero si sólo quisiera que me dijeran lo bien que escribo, me dirigiría a mis familiares, a mis amigos y a mis vecinos de toda la vida. Estos nunca fallan si la intención es subirte la autoestima o mantener el (falso) estatus de tu ego.