20. Apuntes sobre el suicidio

Hace escasos días que he leído Apuntes sobre el suicidio, de Simon Critchley, un ensayito de poco más de setenta páginas escrito, en un momento difícil de su vida (“mi vida se ha disuelto durante este último año como un azucarillo […] me he visto luchando de verdad contra pensamientos suicidas, […] motivados por la autocompasión, el asco por uno mismo y los deseos de venganza. […] Este ensayo es un intento de superarlo”), por el filósofo Simon Critchley, conocido, entre otras cosas, por ser el autor del famoso El libro de los filósofos muertos.

Pero que nadie se asuste. Pese a su título, cuya intención provocadora me recuerda a Del asesinato considerado como una de las bellas artes, de De Quincey –sí aún vivís con papá y mamá, no se os ocurra dejarlo a la vista, por ejemplo, sobre la mesita de noche; y si viajáis en transporte público, y permitís que las miradas curiosas del resto de viajeros lo lean, y se esforzarán por hacerlo, creedme, preparaos incluso para que alguien os pregunte si estáis bien o si necesitáis ayuda–, ya en la primera línea nos advierte de que “Este libro no es una nota de suicidio”, y aunque en su interior nos enfrentamos a muchas notas y a muchos suicidios, ni Critchley (“no tengo la intención de quitarme la vida”) ni quien esto escribe tienen intención de suicidarse.
 
El análisis –lúcido, pormenorizado y no exento de buen humor– de las diferentes motivaciones que hacen posible que alguien llegue a quitarse la vida que lleva a cabo Critchley se apoya en numerosos casos de suicidio, unos notorios históricamente –desde Sócrates a Robin Williams– y otros no tanto, y en los grandes pensadores que se han atrevido a enfrentarse a este tema –desde Platón a Cioran, pasando por Spinoza, Hume o Freud–. En resumidas cuentas, según el ensayo, las personas que se suicidan lo hacen por las siguientes razones:
 
  1. A causa del dolor físico producido por una enfermedad, cuyo padecimiento se pretende evitar con la propia muerte. 
  2. A causa del dolor psíquico de una depresión severa.
  3. Por una causa más importante que la propia vida (que podríamos llamar suicidio mesiánico), entre los que destacan el terrorismo suicida, la autoinmolación, la huelga de hambre o lo que lleva a un soldado a morir por su país, por ejemplo.
  4. Por venganza, por el odioamor del que hablaba Lacan, por haber sido víctima de una traición, personal o colectiva (los amores y desamores de toda la vida, vamos).
  5. Por varias o todas las razones anteriores.
Todas estas motivaciones, en mayor o menor medida, se pueden comprender; por medio de nuestra capacidad de raciocinio podemos llegar al porqué del irreversible paso que se ha dado. Podemos empatizar con el suicida, aunque su acto atente contra nuestros principios, aunque en el fondo sepamos que está mal lo que ha hecho, que eso no se debe hacer. Pero, y esto es realmente lo que nos aterra, he aquí el tabú social que tiñe del oscuro color del silencio al suicidio, ¿y si alguien decide suicidarse porque sí? ¿Y si alguien siente el deseo de morir y punto? ¿Y si se quita la vida sin más? Y es justo en este punto, una vez que nos asomamos al abismo, cuando el ensayo de Critchley se pone interesante.

Apuntes sobre el suicidio propone que nuestra visión se separe por fin de la metafísica cristiana, per saecula saeculorum castradora, y de la explicación sobre el suicidio que nos ha venido inoculando el Estado, sucesor de la narración religiosa de los hechos. El suicidio no debe de suponer una suerte de fracaso, no tiene por qué ser algo triste o estar simplemente mal. Debemos intentar comprenderlo, prosigue Critchley en busca de un nuevo camino que arroje algo de luz a tan definitivo acto, al margen de la rabia de los cónyuges, amigos y familiares que hayan perdido a un ser querido por esta causa, con distancia y frialdad si se quiere, sin la vergüenza ni la hipocresía siempre presentes cada vez que reunimos el valor necesario para hablar del tema. No en vano, nos recuerda Hume, “no creo que nadie haya tirado su vida por la borda mientras valiera la pena conservarla”.
 
Si conseguimos librarnos de las ataduras morales y del marco legal bajo la lupa de los cuales hemos analizado el suicidio, si por fin conseguimos derrocar tan pesados muros –¡atención, aviso a navegantes, nuestro sistema de valores está a punto de recibir un nuevo martillazo nietzcheano! ¡Critchley también es dinamita!–, es posible que lleguemos a la misma conclusión a la que nos conduce sin remedio Apuntes sobre el suicidio: “dar el salto”, como llama Critchley al acto de quitarse la vida, “tal vez sea […] lo que nos identifica, cuando menos parcialmente, como humanos”. No en vano, ningún otro ser vivo tiene la capacidad de autodestruirse por el mero hecho de hacerlo. Las plantas y los animales pueden sacrificarse en beneficio de su especie, cierto, pero jamás se suicidan. El suicidio es sólo cosa de los seres humanos. Ahora sí, queridos amigos, cojámonos las manos y elevemos juntos nuestra voz, como si en el mismísimo corazón de la tenebrosa selva congoleña hubiésemos comprendido nuestra verdadera naturaleza: ¡El Horror! ¡El Horror!
 
Pero Simon Critchley no es un suicida, no quiere quitarse la vida –nos lo avisa ya en la primera línea de su ensayo, ¿recordáis?– ni pretende que nadie lo haga. Lo único que desea es comprender por fin que la existencia humana es un regalo y al mismo tiempo una maldición: la de poder elegir libremente entre vivir o morir. 
 
Sin embargo, no quisiera poner el punto y final a este post sin antes comentar un par de cosas más que me han resultado interesantes. La primera –ya está aquí el inglés fumador de opio–, señalar el valor estético que tiene el suicidio –“¡Dios mío, pero qué dice este muchacho, definitivamente ha perdido la chaveta!”, exclaman alarmados los adultos del lugar al tiempo que tapan los oídos de sus hijos y los apartan de mí con gesto protector–. En efecto, el suicidio tiene la capacidad de eliminar todo lo anterior, de obligarnos a “leer” de nuevo la vida de quien “ha dado el salto” a la luz de ese último acto. Porque la vida, mientras dura, es una opera aperta. Antes de su final, puede pasar cualquier cosa. Sófocles ya decía que nunca podíamos afirmar que un mortal fuese feliz hasta el último día de su vida. ¿Comprendes ahora, ¡oh, Musa!, la obsesión del Pélida Aquiles por lo que se contase de él una vez muerto? ¿Podemos ver la vida de Virginia Woolf, Paul Celan, Kurt Cobain o Robin Williams obviando cómo se la quitaron? Creo que no. Y esto sucede, en cierta manera, porque el suicidio otorga una suerte de inmortalidad: nunca se olvida, es la obra que sobrevive al artista. 
 
La segunda cuestión, espero que un poco más alegre, tiene que ver con la motivación que lleva a Critchley a escribir su ensayo: el intento de superar la pulsión mortal que ha sentido en los últimos tiempos. ¿Cómo lucha contra el destrudo? Recurriendo a la escritura, ya lo hemos visto. Y es que la escritura posee en sí misma una capacidad curativa, porque nos permite explorar la oscuridad de nuestro ser –la escritura sincera, por supuesto–. De hecho, hace pocos días le recomendaba a una amiga que no pasa por su mejor momento que se pusiera a escribir, no importa sobre qué, porque al final descubres que sea lo que sea sobre lo que escribes, encuentras mucho más de ti allí de lo que pudieras imaginar –otra opción válida es escribir sobre uno mismo, a modo de diario, ¡de diario, insisto!, algo íntimo y personal, por y para ti, no para subirlo a las redes sociales–. A mí me sucede, y me ayuda. 
 

Esta idea me retrotrae a mi primer año de licenciatura, a mis clases de Teoría de la Literatura, en las que uno de aquellos profesores –por una vez seré prudente y no daré nombres–, cuyas excentricidades te impresionan tanto el primer año de carrera como las encuentras absurdas después, nos decía que cuando algo nos hiciera vivir con aflicción, acudiéramos a nuestro lingüista, pues es el único especialista que nos enseña a verbalizar por nosotros mismos qué nos sucede. Y sólo así lo podremos comprender y superar. Y no puedo estar más de acuerdo. En relación a esto, y ya acabo, cito lo que el propio Critchley escribe al respecto:

“Quizá lo más cerca que podamos estar de la muerte es escribiendo, en el sentido de que escribir es ausentarse de la vida, un abandono provisional del mundo y de nuestras nimias tribulaciones para intentar ver las cosas con mayor claridad. Escribiendo, uno da un paso atrás y al lado respecto de la vida para verla con mayor desapego, tanto de manera más distante como más próxima. Con una mirada más firme. Escribir te permite dar las cosas por zanjadas: los fantasmas, las obsesiones, los remordimientos y los recuerdos que nos despellejan vivos”.