62. Réquiem por un sueño

El sueño de la creación artística nace en la adolescencia. Al menos así fue en mi caso y en el de algunos de los amigos que, en aquella época hormonalmente tan cambiante, sentimos esa inclinación en alguna de sus manifestaciones. Entre nosotros, el que parecía que iba más en serio era un chico que quería ser director de cine, sueño que siguió alimentando, por lo menos, hasta la treintena, momento en que le perdí la pista. Lo sorprendente del caso, vamos, lo que a mí me sorprendió y me sigue sorprendiendo, es que no era un gran cinéfilo (su conocimiento de los clásicos del séptimo arte era nulo) y renegaba de la tradición, hasta tal punto que ya siendo adulto y cursando algo relacionado con la enseñanza del anhelado oficio, me llegó a confesar que por qué tenía que saber qué habían hecho los Kurosawa, Lang, Welles, Hitchcock o Fellini, que él lo que quería era ponerse a rodar, y que le sobraba toda aquella información inútil. Por lo que sé, creó su propia productora, y entre sus grandes éxitos se cuentan algunas escenas de pornografía amateur que circulan por la red…

En mi caso, y en parte por eso estoy aquí, escribiendo este artículo, mi deseo siempre fue convertirme en escritor (siendo niño, en cambio, decía que sería médico, pero creo que más por la aprobación que esa profesión generaba en mi entorno que por verdadera vocación; ni punto de comparación la reacción que suscita la medicina con la cara de tus progenitores cuando les dices que tú lo que quieres es ser artista, ya me entendéis…). Así que me dediqué en profundidad al estudio de la literatura, en base a ese sueño adolescente y en base a que, llegado el momento de elegir qué estudiaría, opté por la única constante en mi vida hasta aquel entonces: leer. Al contrario que mi antiguo amigo, yo valoro la tradición, porque a escribir (como sucede con toda disciplina artística) se aprende de los maestros, de quienes han ejercido con anterioridad esa profesión (y de quienes lo están haciendo mientras uno se inicia, claro) con maestría, y cualquier ilusión de originalidad pasa necesariamente por su lectura y relectura, por la interiorización y puesta en práctica de sus estrategias y estilos, y ya con un poco de suerte y mucho talento, con la ruptura, reversión o inversión de todo aquello que has aprendido. Eso es la originalidad y el genio artístico. En caso contrario, puedes acabar escribiendo “a la manera de” y, sintiéndolo mucho, entre leer a un mal imitador de Faulkner y leer al Faulkner auténtico, yo me quedo con la segunda opción.

El problema del estudio de los clásicos, al menos en mi caso ha sucedido así, es que te empequeñecen, su sombra es demasiado alargada. Yo nunca seré un Borges o un Cortázar, y eso hasta ahora ha hecho que me piense muy mucho dedicarme profesionalmente a la escritura de ficción. Y quizá me equivoco y debería aspirar a ser únicamente Alfredo Martín, pero como lector competente que me considero, no le encuentro sentido al hecho de sumarme a una serie de nombres que no le aportan nada al panorama literario, salvo grosor. Pero esta idea se ha ido desarrollando con el paso de los años y con la acumulación de lecturas; como os decía, mi ilusión adolescente era ser escritor, y esa ilusión seguía muy viva durante mis años en la Facultad de Filosofía y Letras.

Y fue allí, en la universidad, en pleno crecimiento de la autoestima (al fin y al cabo, como nos decía la profesora, escritora y editora Carme Riera, se suponía que éramos la futura élite del país) y mientras me devanaba los sesos en busca de cuál sería la voz narrativa adecuada para una novela que tenía en mente y que desde entonces duerme el sueño de los justos en algún cajón, que aprendí todo lo que os contaba más arriba. Como buen estudiante que he sido, ya había dejado atrás la clasificación infantil de los tipos de narradores en función de la categoría gramatical y me centraba en la teoría de Genette que se basa en la relación que narrador y narratario establecen a través del texto. Así, iba llenando una tabla que recogía las focalizaciones y voces propuestas por el teórico francés para ver cuál sería la indicada para mi novela. Como todos los tratados recogen y los talleres literarios insisten, la elección del narrador es crucial para el éxito o el fracaso de una novela. Y yo me lo tomaba muy en serio. Al fin y al cabo, y aunque sea una perogrullada, la narrativa recibe ese nombre porque es una narración, y toda narración requiere de una figura que narre, independientemente de que esta lo sepa todo de todos los personajes, o solo de uno o dos, o se limite a darnos información sobre lo que hacen y dicen, o que sea un simple testigo, o un protagonista, o que viva en una realidad alternativa fuera del mundo narrado (veo que los profesores de talleres literarios asienten; bien, creo que voy por el buen camino), ¿verdad que sí? Pues no.

Fue la profesora Helena Usandizaga, una suerte de princesa Mérida cuasi quincuagenaria enamorada de la literatura hispanoamericana en general y de la ciudad de Lima en particular, quien me demostró, con el ejemplo de El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, que aunque importante, la figura del narrador no es fundamental (¡avisen a un médico, los profesores que antes asentían ahora están hiperventilando!). La genialidad de Puig es construir una novela (me encantaría hablaros de ella en profundidad, pero tendrá que ser en otro espacio y en otro momento) que funciona pese a renunciar a lo que todos damos por hecho que es irrenunciable. ¿Cómo? Pues supliendo al narrador con otros recursos narrativos y haciéndolo, claro está, con maestría: los diálogos que mantienen los presos Valentín, un preso político, y Molina, acusado de corrupción de menores, durante el gobierno de un Perón enfermo y a las puertas del golpe de Estado de Videla; los argumentos de películas de serie B con que Molina pretende seducir a su compañero de celda y que hacen avanzar la trama; los elementos procedentes de la cultura pop o directamente kitsch; los informes policiales o los que recogen los interrogatorios a Molina; los monólogos interiores; las notas al pie, algunas de ellas con información de psicoanalistas reales y otros inventados que sirven a Puig para hablar de la sexualidad… en definitiva, una maravilla de novela y un ejemplo de que la genialidad, como os decía muy al principio de este texto, consiste en conocer la tradición, a los maestros, la técnica y las convenciones establecidas y, luego, hacerlo saltar todo por los aires.

No sirve, a mí no me sirve al menos, quedarse con y repetir lo establecido. Las convenciones, como los sueños, convenciones son. Y quienes las conocen para saltárselas, para abrir una nueva senda en el camino, y no para adorarlas como a dioses ancestrales, son los escritores que merecen la pena ser leídos. Los escritores que yo nunca seré.

48. La vida es sueño

Gustav KLIMT: Muerte y Vida (1910-1915).

Hoy he soñado que las últimas palabras de mi novela eran escritas por otra persona.

Sin la más mínima emoción.
                                       Sin aspiración poética.
                                                                   Sin la menor trascendencia.
                                                                                                       Sin dolor.
                                                                                                              Sin compasión.
                                                                                                                              Sin perdón.
                                                                                                                          Sin reproches.
                                                                                    Sin recuerdos ni conocimiento.

                                                                           Sin admiración.
                                                                   Sin rencor.
                                                           Sin amor.

Con pulso y letra de funcionario desgastado.

“H
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