46. El club de los mentirosos

 

Todos mienten por una razón: funciona.[1]
 
 
 
 
 
Hace unos meses que leí El club de los mentirosos, de Mary Karr, y desde entonces quería escribir algo sobre él. El libro en cuestión, que formaba parte de la heterogénea compra que hicimos con motivo de la última Diada de Sant Jordi (fue adquirido junto a títulos de Ian McEwan, David Foster Wallace[2], Ernest Cline[3] y un par más para nuestra hija Júlia), fue publicado en 1995 y, pese a aunar éxitos de crítica (elegido libro del año, entre otras publicaciones de prestigio, por The New York Times) y público, no hemos podido disfrutar de su traducción hasta el pasado octubre de 2017[4].

Considerado por la propia autora como unas memorias[5] (“cuando el destino te pone en bandeja unos personajes así, ¿para qué inventar nada?”), El club de los mentirosos se centra en un periodo de la infancia de Karr, transcurrido entre un pueblo de Texas, Leechville (leech significa ‘sanguijuela’, con lo cual ya podemos hacernos una idea de qué podemos encontrar tras este topónimo inventado), dedicado casi en exclusiva a la explotación de pozos petrolíferos, y otro de Colorado. Y es a través de los ojos de la pequeña Mary Marlene (Pokey, para su padre) como iremos conociendo a su familia y sus circunstancias: su padre, un obrero del petróleo y sindicalista, tan simple y rudo como una bestia, pero cálido con todo lo relacionado con su hija pequeña, su ojito derecho, líder natural de sus semejantes, alcohólico, jugador, pendenciero y, por encima de todo, gran narrador y creador de anécdotas ficticias; Lecia, la hermana mayor de Mary Marlene, que avanza a marchas forzadas hacia el cinismo característico de la vida adulta en detrimento de la inocencia propia de la infancia, sostén de la familia y tan tirana con su hermana pequeña (a fin de cuentas, es la mayor y más fuerte) como cómplice de ella; la terrible, despiadada y terrorífica abuela Moore (no quiero desvelaros nada sobre ella por si decidís aventuraros a leerlo); y, por encima del resto de miembros de la familia, la para mí inolvidable Charlie Karr, la madre de Lecia y Mary y gran protagonista del libro, tan alcohólica o más que su marido, tan imperfecta como heroica (¡tan real!), psicótica, con un pasado capaz de estremecer los cimientos de su familia cada vez que vuelve a él (¡casada en siete ocasiones!), víctima de la frustración del presente, aquejada de un bovarismo casi de manual, depresiva y obsesionada con la cultura (la suya y la de sus hijas), artista, desesperante e indignante por igual, y al final, entrañable a su manera.
 
El otro gran pilar sobre el que se sostiene El club de los mentirosos, al margen de la complejidad de los miembros de la familia Karr, son los hechos que se narran, muy capaces por sí mismos de satisfacer la curiosidad morbosa con que gustamos de asomarnos, con disimulo, a la vida de los otros: la agonía previa a la muerte, el alcoholismo, peleas, obscenidades varias, tiroteos, suicidios, abusos sexuales, huracanes e incendios devastadores, plagas de insectos y de reptiles… en definitiva, algunas luces y muchas sombras con las que deleitarnos… ¡Esperad, esperad!, ¿he escrito “los hechos que se narran”? Perdonadme, ahora mismo me aplico un correctivo de cien latigazos como mínimo. Sí, desde luego, qué se narra tiene su importancia, pero el gran logro de la autora es cómo narra esos hechos: con una habilidad narrativa sorprendente mezcla oralidad con lirismo[6] (¡menuda poeta de odas y madrigales nos ha salido la buena de Mary Karr!), lo cual dota al libro de frescura y verosimilitud, a la par que de entidad literaria. Además, todas las sombras que orbitan en torno a los Karr quedan pronto difuminadas, y es que, por muy trágico que sea lo narrado, no acabamos de sentirlo así. Al contrario, cada una de las desgracias suele ir seguida, o acompañada, de un estallido de humor o de ternura, o de ambos a la vez, y esto se consigue cediéndole el timón a la inocente y a la vez salvaje Pokey, entrenada como oyente en aquellas reuniones de adultos (a la salida del duro trabajo en la refinería, o mientras esperan pacientemente que algún pez muerda el anzuelo durante un día de pesca, o durante una partida de billar) donde se competía por contar la mejor historia, inventada, eso sí, y en las que su padre era un maestro. Ella nos presta sus ojos, y adoptamos como si fuera nuestra su propia inocencia, y así, de la mano, conjuramos los demonios invocados por cada una de las tragedias de las que somos testigos (pensándolo bien, estamos ante una Bildungsroman puesta del revés). Si tal como manifiesta la autora El club de los mentirosos le sirvió para sanar viejas heridas, creo que no me equivoco si afirmo que quien lee el libro sana con ella, tal es la capacidad de empatizar que despierta en el lector.
 
Por lo que respecta al título, que como ya se desprende de todo lo anterior remite a esas reuniones de amigos y compañeros de trabajo a las que la joven Mary Marlene acompañaba a su padre (por el mar corre la liebre; por el monte, la sardina; tralará), responde a la perfección a la intencionalidad de Karr cuando se decidió a escribir sus memorias y se convierte, a la vez, en una metáfora perfecta de la literatura misma: a través de la mentira, contar (y afrontar) la verdad. Por lo que a mí respecta, si os soy sincero, el título fue lo primero que me sedujo, pero no por lo que acabo de escribir, no tenía ni idea de qué iba El club de los mentirosos ni de quién era Mary Karr cuando decidí que formaría parte de nuestra Diada de Sant Jordi (luego ya sí, que a estas alturas acumulo años y lecturas suficientes como para andar gastando mi tiempo y mi dinero en “grandes historias que te llegan al corazón”… ¡aparta de mí este cáliz!), sino porque la idea de un club formado exclusivamente por mentirosos me remitía a algunas reuniones de trabajo a las que, por desgracia, he tenido que asistir (desde que soy un trabajador cualificado, han aumentado exponencialmente; lo curioso es que para mí son una putada, mientras que hay personas que venderían su alma al diablo con tal de ser invitadas a participar en ellas… ¡Ególatras insensatos!), ésas en las que se calla mucho y se habla poco, y lo poco que se habla suelen ser mentiras de las más lamentables, de las que revelan rostros y bajan pantalones por igual, de las que reducen la dignidad humana a mínimos vergonzosos. Pero la mentira forma parte de todos nosotros, es una de las características que nos hace humanos (pienso, por ejemplo, en el lenguaje de las abejas, incapaz de generar mentiras simplemente porque no las necesitan[7]), y todos mentimos, porque nos es útil para alcanzar nuestros objetivos, sean cuales sean: esconder una falta, destruir a alguien, ocultar un pasado, mantener una posición de privilegio u optar a ella, y un millón de razones más que no enumeraré. Lo único que podemos hacer, si tenemos un mínimo de conciencia, es no caer en los tipos de mentiras más detestables (a mí me molestan mucho, además de las anteriores, las innecesarias, aquéllas tras las que no hay ningún objetivo demasiado importante o claro, las que me hacen preguntarme “¿pero por qué me mientes en esto?”, pero yo es que soy así de rarito).

 

Sin embargo, pese a que mi primer acercamiento a las memorias de Karr partía de una premisa equivocada, pude leer el prólogo en la Red y lo que allí encontré me convenció de que debía formar parte de mi cesta de la compra. A mi manera, coincido con ella en la consideración de la literatura como terapia, algo sobre lo que ya he trazado alguna pincelada aquí[8]. Allí, Karr comparte las razones por las que se decidió a escribir algo tan personal y cómo se sintió al hacerlo: “nos resignamos extrañamente a ciertos episodios que antaño nos torturaron y estuvieron a punto de destruir nuestra familia, en cuanto fueron proclamados a los cuatro vientos. Llamadlo terapia de aversión, pero los acontecimientos calaban un pelín más hondo. Comprobamos que las heridas cicatrizaban mejor si las dejábamos al aire —si bien nunca fue ése mi propósito—. Nuestras catástrofes, tan lejanas, se volvieron asumibles. Es lo que los griegos llaman catarsis.” Y al hacerlo, se dio cuenta de que “conforme iban desapareciendo tabúes antiguos en mi familia aumentó vertiginosamente el nivel de sinceridad”. Para alguien como yo, culpable de innumerables crímenes por sincericidio, dar (¡por fin!) con alguien que prefería contar antes que callar supuso un importante espaldarazo. A fin de cuentas, ¿podéis decirme algo que haya solucionado el silencio? Ya sé que las palabras hieren, y que siempre permanecen, acostumbra a ser la excusa de los defensores del mutismo. Pero también sé que a las palabras que se han dicho, respondan a una realidad o a un simple calentón, siempre se les puede añadir otras que las dulcifiquen, las apacigüen o las justifiquen. Como ser poseedor de un lenguaje que soy, siempre que no me dejen otra alternativa, optaré por la palabra antes que por el silencio.
 
Claro que antes de contar todo lo que cuenta en El club de los mentirosos, Karr tuvo que someterse a la tiranía del consenso a la que tarde o temprano tiene que someterse todo aquél que escribe: “me encargué de prevenir a mi madre y a mi hermana Lecia de los sucesos que me proponía contar, y desde el principio la respuesta de mi madre fue: «Tú sácatelo todo de dentro, di que sí… Si a mí me hubiera importado alguna vez lo que piensa nadie me habría pasado la vida haciendo galletas y yendo a reuniones de la Asociación de Madres y Padres de Alumnos.»” Yo, por mi parte, siempre vivo con miedo de que algo de lo que escribo aquí sea malinterpretado o de que alguien que se vea reflejado se lo tome (muy) a mal. Al fin y al cabo, escribo un blog personal, que como su nombre indica, se nutre de mis propias experiencias, ideas y reflexiones. De hecho, hubo una persona que se leyó aquí y me lo reprochó. Y me hizo dudar de si lo que había hecho era correcto o no. Pero después de pensarlo fríamente llegué a la conclusión de que su nombre no aparecía en ningún sitio, ni era identificable para nadie que pudiese reconocer a tal persona (contando con que alguien que la conozca lea alguna vez mi blog y aquella entrada en concreto, cosa que dudo mucho). Y aunque era cierto que escribía sobre cosas en las que aquella persona había intervenido, también eran mis cosas, y como tales, hago con ellas lo que quiero (me parece cuanto menos inquietante el paso que hemos dado desde una posición de indignación a la de ofendidos por todo). Además de que, en ese caso concreto y sin que sirva de precedente, no escribía ninguna mentira (a lo mejor se debió a eso de que sólo le duele la sinceridad a quien vive en un mundo de mentiras, pero no sé si es esto es así ni me importa, la verdad). Así que, señoras y señores, concluyo diciendo que esto es un blog personal, y si no les gusta lo que leen, no lo hagan. Nadie les obliga a ello. Yo, por mi parte, no voy a dejar que nadie me censure (miento… ¿qué os decía sobre la omnipresencia de las mentiras en nuestras vidas? Todas las entradas de este blog le son leídas a la persona que elijo para ello antes de ser publicadas, y sus opiniones y puntualizaciones son escuchadas, valoradas y tenidas o no en cuenta finalmente), y mucho menos sin que haya necesidad de ello.

 


 

[1]Palabras del doctor Gregory House, el personaje interpretado por Hugh Laurie. Ya es revelador de por sí que la famosa serie se abriese con un episodio titulado Everybody lies (uno de los mantras habituales de House) y se cerrase con otro titulado Everybody dies: la conexión entre la mentira y la vida, y la vida y la mentira, se mantiene hasta que la muerte sobreviene.
[2]Karr y Wallace mantuvieron una relación amorosa, y según se cuenta, ella sirvió de inspiración para el personaje de Madame Psychosis en La broma infinita. Lo curioso del caso es que yo desconocía toda esta información en el momento de la compra de los libros. ¡El mundo y sus felices casualidades!
[3]Ready Player One es la viva muestra de que no se sale airoso con sólo apelar a la nostalgia. Eso sí, estoy seguro de que muchos ochenteros encontrarán placentero reencontrarse con muchos de los juegos de ordenador y las películas con que se deleitaron en su infancia. Pero la novela de Cline no es más que eso, un pastiche, un continuo de relaciones intertextuales incapaz de abrirse su propio camino. Para que nos entendamos, no es otra Stranger Things.
[4]Mary KARR: El club de los mentirosos. Traducción de Regina López Muñoz. Periférica & Errata Naturae (2017).
[5]Voy a evitar iniciar una discusión sobre el género al que pertenece el libro de Karr (que si memorias, que si autobiografía parcial, que si autoficción, que si…), porque al final resulta peregrina y sería meterme en un jardín. Si ella misma lo califica de memorias, pues que así sea.
[6] Captada con maestría por la traductora, Regina López Muñoz (al César, lo que es del César).
[7]Y pienso en mi profesora de lingüística y en el día que se puso a imitar cómo se comunican las abejas en medio de una clase. ¡Dios, qué buen rato pasamos y cómo llegamos a reírnos!
[8] Ver en este mismo blog la entrada titulada Apuntes sobre el suicidio.

 

12. Sant Jordi

¡Gentes de la cultura, amantes que aman en todas las posibles modalidades, catalanes, ya tenemos la Diada de Sant Jordi aquí!

Ni que decir tiene que mañana día 23 de abril celebramos mi fiesta favorita. Como es bien sabido, se conmemora la muerte de aquel apuesto caballero romano de nombre Jordi (aquí que cada cual lo bautice según su lengua) que perdió la cabeza por negarse a perseguir a los cristianos. De ahí que tan valiente negativa y trágico desenlace le valiesen la beatificación popular y la posterior canonización oficial. Pero no sólo eso, sino que la supuesta figura histórica pronto se vio ataviada con las atractivas galas del mito y la leyenda.

Una de las gestas que configuran la sombra legendaria de Sant Jordi cuenta que un malvado dragón poseído por la gula asolaba las tierras de Libia o el Montblanc, tanto da el escenario. Así pues, para evitar los estragos que tan poderosa criatura provocaba, los habitantes del lugar llegaron a la brillante conclusión de que si le ofrecían una persona en sacrificio a diario, seleccionada con anterioridad por sorteo, como aportación proteínica esencial para su dieta, la maléfica criatura dejaría vivir al resto en relativa paz.

Y así fue durante un tiempo, en menoscabo de la demografía, hasta que la macabra lotería hizo que un día la premiada fuese la bella princesa Cleodolinda. No tardaron en aparecer quienes se ofrecieran como manjar en lugar de la joven de sangre azul, pero su padre, el rey, firme en sus convicciones y de corazón incorruptible (se conoce que este tipo de monarca ya se extinguió), los rechazó uno a uno, y su hijita tuvo que emprender el camino al encuentro del dragón y la muerte.

Pero entonces la divina providencia quiso poner en su camino a un joven caballero de dorada armadura (siempre acuden héroes en ayuda de las princesas, ora sean caballeros, ora fiscales del Estado), que siguiendo una revelación que había tenido, acudía para salvar a los lugareños de aquella pérfida fiera. Y así, citados por su destino, se encontraron caballero y dragón, y ante la presencia de la asustada Cleodolinda y tras una breve lucha, Jordi, un maestro en el manejo de la lanza, dejó malherida a la bestia, que fue transportada ante el rey y sus súbditos (cómo lo hicieron no queda claro, tal vez en lugar de libios o del Montblanc, Jordi y Cleodolinda fueran vascos, no lo descartemos), donde finalmente fue rematada por aquellos que habían perdido a sus familiares y amigos por el caprichoso sorteo. De la sangre de las heridas del dragón brotó un bello rosal de rosas rojas, del que Jordi, todo un gentleman, cortó una y se la regaló a la princesa, antes de desaparecer, tan rápido como había aparecido, por siempre jamás (hay quien cree que la princesa sólo tenía de linda el nombre, y cuando el rey quiso que el caballero se casase con su hija, éste puso pies en polvorosa). De ahí que sea costumbre regalar una rosa a las personas que se aman por esta fecha, aunque, lo reconozco, yo la mayoría de las veces he regalado libros, me parecen tanto o más bellos, y sin duda más duraderos, que las rosas.

ca.wikipedia.org
Porque la Diada de Sant Jordi, patrón de Cataluña[1], coincide con el Día Internacional del Libro y de los Derechos de Autor, que por mucho que nos hayan querido vender que se debe a las muertes en esa fecha de Cervantes (falso, murió el 22 de abril y el 23 fue enterrado) y Shakespeare (falso también, según el calendario gregoriano murió el 3 de mayo), se debe en realidad a la festividad catalana[2], cuya trascendencia más allá del Ebro y los Pirineos hizo que la UNESCO propusiera esa fecha en 1995.

Desde entonces, editoriales y libreros (porque no nos engañemos, éste es un mundo donde el que menos gana, salvo cuatro excepciones, es el escritor) hacen su particular agosto el 23 de abril, y los títulos y los autores inundan nuestras calles con agrado de los que, como yo, vivimos de, por y para los libros.
Sin embargo, como no todo puede ser positivo, tendríamos que preguntarnos, pese a ya saber la respuesta en nuestro fuero interno, si realmente es necesario que se publique todo y a todo el mundo[3]. Y como todos sabemos que no, no lo es, ahora mismo estaremos explicándonos por qué pasa esto. Yo, por mi parte, apenas anuncio las siguientes ideas:
1.       El libro, por mucho romanticismo con que lo miremos, es un negocio como otro cualquiera, así que su principal fin no es otro que la obtención de beneficios económicos. Es de perogrullo, pero es imposible sobrevivir en este mundo salvaje sin ganar dinero.
2.       El hipotético lector, en caso de que exista, es heterogéneo. Por mucho que nos tiente, la república de las letras no es más que una utopía. Así que es lógico que junto a Pavese o Borges, por ejemplo, figuren el torero de turno, o el cocinero, o nuestro vecino del sexto, quien dice de sí mismo en el perfil de una red social que es poeta.
3.       La cultura se ha democratizado y, por consiguiente, se ha vulgarizado. Esto tiene cosas buenas, como que tú y yo tengamos acceso a ella, y cosas malas, como que los Coelho, las Allende o la señora que escribe pornografía para marujas se forren con eso de la literatura.
4.       Existen más libros que lectores porque los costes de producción son relativamente bajos. Y lo que a las librerías llega se puede vender, y lo que no, no. No importa la calidad, sólo la venta y el beneficio.
5.       La democratización implica, es evidente, la masificación, y la masificación, en efecto, la industrialización. Sólo hay que reparar que es de uso generalizado la expresión industria cultural en los medios para cerciorarse de que la economía lo engulle (y lo prostituye) todo. Así que aquello que solíamos entender por cultura ya no es esta cultura.

Pero no quiero amargarle a nadie el día de Sant Jordi, quizá sólo remover conciencias, si es posible, ya he dicho antes que es una festividad que a mí me encanta. Y los seres humanos somos así, y hasta a los elementos que se tornan más perversos podemos encontrarle una parte positiva. De hecho, me parece bellísima la proteica finalidad que la venta del libro adquiere en esta fecha, al margen de todo lo dicho anteriormente: quizá sirva para conseguir un amor, o para recuperarlo, tal vez sólo se busque sacar una sonrisa o gastar una broma, incluso su compra puede estar al servicio de una buena causa, como ayudar a los que menos tienen, a financiar la investigación de una enfermedad rara o a obtener el dinero que falta para que esos chicos y chicas puedan pagar el viaje de sus sueños. No importa. Eso sí, yo por mi parte pienso separar el grano de la paja, y buscar ese libro y ese autor que de verdad valgan la pena.

Feliç Diada de Sant Jordi a tothom!


[1] Cómo somos de trabajadores los catalanes, que ni siquiera el día de nuestro patrón es festivo en el calendario, por mucho que lo sea en nuestros corazones.
[2] En sus orígenes, el día del libro en Cataluña se celebró por primera vez un 7 de octubre, pero en 1929, coincidiendo con la Exposición Universal de Barcelona, se trasladó esa fecha al 23 de abril actual.
[3] De hecho, recuerdo que ya hace años se decía que España era un país de compradores de libros pero no de lectores, porque estaba bien visto tener libros en casa que arrojasen algo de luz después de tanta oscuridad franquista, y aunque al final no se acabaran leyendo, había que tenerlos, quedaban bien, eran un buen elemento decorativo. Hoy, mucho me temo, estamos perdiendo esa costumbre, y en según qué círculos hasta es gracioso no haber leído nunca un libro…