34. Prefiero el fútbol

No sé si a alguno de vosotros también os estará pasando, pero empiezo a estar harto de 1 de octubre, de referéndum, de represión, de violencia, de condenas, de amenazas, de políticos, de policías, de declaraciones, de silencios elocuentes, de miedos, de manipulaciones, de distancias insalvables, de graciosillos sin gracia, de progres de red social, de tertulianos, de periodistas, de rupturas, de falsas uniones, de ofertas de diálogo ficticias, de reyes que avivan fuegos en lugar de intentar apaciguar los ánimos, de apoyos, de traslados de empresas, de legalidades, de ilegalidades, de parrafitos de una constitución añeja o de un BOE, de ideologías oscuras y cavernarias, de unilateralidad, de inflexibilidad, de valientes y de cobardes, etc., y me niego a que mi vida sea absorbida por ese gran agujero negro que amenaza con tragárselo todo. Claro, que desconectar, lo que se dice desconectar, tampoco es que sea fácil[1].

Yo, por mi parte, ya he hecho todo lo que estaba en mi mano: participé libre y pacíficamente en un referéndum en el que no creo porque aún creo menos en los violentos (y si esa violencia la ejerce quien debería garantizar los derechos y las libertades de TODOS, para qué te cuento), me he manifestado en contra de la violencia de los cuerpos policiales y de los gobiernos que los utilizan como herramienta de represión (como he hecho siempre, de ahí el plural de gobiernos[2]), y me he enfrentado a hooligans irresponsables de uno y otro lado que no son conscientes de que nos llevan a un callejón sin salida o cuya salida puede ser terrible para todos si seguimos esta línea, aun a riesgo de pasar yo mismo por hooligan de la parte contraria cada vez, y cayendo en el fanatismo en algún caso, lo reconozco; es lo que tienen ciertos temas y ciertas personas, que acaban sacando lo peor de uno mismo, aunque no es excusa, eso también lo sé. Yo tengo que expiar mis culpas como cada uno tendrá que expiar las suyas si quiere o puede. Todos somos mayorcitos.

Ahora es el tiempo de la política, la de verdad, el momento en que quienes cobran por ella justifiquen unos sueldos que les pagamos todos. Se acabó el mostrar músculo, es hora de hablar y de pactar, de pensar en la gente y en el futuro, de dejarse el cálculo de votos de las próximas elecciones en casa. Si tanto quieren a sus países y a sus gentes como dicen, es hora de dialogar de verdad (yo les animo, señores del Partido Popular, a dialogar; lo hicieron con la banda terrorista ETA, y tienen negocios con países que apoyan al terrorismo yihadista, así que no creo que sentarse a hablar con quienes desean votar pacíficamente les vaya a suponer un escollo insalvable). Si algo ha demostrado el desarrollo, la participación y los resultados del referéndum del pasado 1 de octubre, es que ambos gobiernos, el español y el catalán, tienen un gravísimo problema. Y lo hecho hasta ahora, en lugar de acercarnos a una solución, sólo ha servido para agravarlo. Y es verdad que tal vez a los políticos les interese todo esto, pero ha llegado el momento de que los ciudadanos les digamos “¡basta!” y les exijamos que hagan su trabajo, de igual modo que a nosotros nos lo exigen de lunes a viernes en las obras, supermercados u oficinas en las que llevamos a cabo nuestra actividad laboral. Ni más, ni menos.

Y digo que ambos gobiernos tienen un gravísimo problema por lo siguiente: por un lado, a Junts pel Sí no pueden valerle los resultados del referéndum para la DUI por la anormalidad del proceso en sí mismo (que asuman su parte de culpa también, la del gobierno español ya está clara) ni por el porcentaje de participación, que lo han convertido, no nos engañemos, en una fiesta a la que sólo han acudido sus amigos de siempre y cuatro renegados que, como yo, fueron a votar para hacerle frente al miedo con el que nos han querido asustar los ultras del Partido Popular; por otro lado, el gobierno español ha quedado en una posición bastante deshonrosa ante la opinión internacional y ante sus propios ciudadanos (los normales, los otros ya sabemos que piden la aplicación del artículo 155, lo cual sería un disparate más) y se ha mostrado incapaz, por enésima vez, de hacer frente a un problema que lleva muchos años gestándose y que, en lugar de intentar solucionarlo, siempre se ha dedicado a alimentarlo (lo último ha sido fichar para su causa al Borbón, que tiene cojones lo suyo, por lo que dijo y por lo que no dijo, y por la puesta en escena). Y si encima quien ahora se ampara en la legalidad está infectado de corrupción hasta la médula, ya me diréis qué legitimidad tiene todo aquello que diga… A todo esto, habría que tener en cuenta esa máxima según la cual si una persona se salta la ley, es un problema; pero si se la saltan más de dos millones y medio de personas[3], las leyes y quienes las defienden a rajatabla son el verdadero problema. Y creo que por ahí van los tiros.

Porque no nos engañemos, para que esto se solucione pacíficamente, va a ser necesaria una profunda reforma constitucional (y si no es así, nos va a ir muy mal a todos; si no, al tiempo). Sí, ya sé que hoy todos somos juristas y sabemos mucho de leyes, pero la Constitución tiene casi cuarenta años, y además de que nadie nacido después de 1960 la ha votado, no hay que ser muy listo para darse cuenta de que la España de 2017 no tiene encaje en un texto legal que sirvió, aunque sólo aparentemente visto lo visto, para dejar atrás un régimen dictatorial. Por suerte, muchos ya nos hemos integrado de pleno en siglo XXI, y queremos leyes de este siglo. Y que no nos digan que otras constituciones no se modifican, porque es rotundamente falso. Todas se van actualizando para adecuarse a los nuevos tiempos (¿os suena eso tan típico de las películas de abogados de “acogerse a la quinta enmienda” o lo de “según la segunda enmienda”…? ¿Sabemos lo que es una enmienda?), excepto, al parecer, la española. ¿Por qué? Porque, me aventuro, los cambios constitucionales seguramente suponen para unos pocos la pérdida de sus privilegios, no nos engañemos. Pero es hora de que todos hagamos efectivo eso de que la soberanía reside en el pueblo, y obliguemos a quienes mandan a que escuchen al pueblo. Bien mirado, “el asunto catalán” tendría que ser visto como una grandísima oportunidad para el resto de españoles. Pero no parece que estén por la labor, que aquí los malos malísimos somos los catalanes…

Además, quienes nos dicen que la Constitución no se puede cambiar nos mienten descaradamente. Hace poco el Partido Popular y el PSOE se pusieron de acuerdo para modificarla en apenas unos días… ¿y sabéis para qué fue? Exacto, para limitar constitucionalmente el gasto público. ¿Y sabéis qué significa eso? Que nuestros derechos y libertades, sagrados y garantizados según nos dicen estos días, quedan supeditados a los mercados por cortesía de los partidos mayoritarios españoles y el Borbón. ¿Y no gritamos “¡a por ellos!” por esto? No, qué va, es que no nos interesa la política…

Y mientras los políticos justifican su sueldo, no les queda más remedio que hacerlo, los ciudadanos deberemos ejercitarnos en la superación del odio y la frustración, no nos queda otra. Porque no va a haber vencedores ni vencidos (de eso va alcanzar pactos: de ceder en unas cosas para conseguir otras, y esto debe afectar por igual a todos los actores implicados en el conflicto), o sí, los medios de desinformación ya se encargarán de vendernos una u otra versión, y eso no va a ser fácil. En el camino hemos dejado que nos arrebataran muchas cosas, y no todas las vamos a recuperar, ni todo lo que nos han dicho que vamos a conseguir lo vamos a acabar obteniendo. Y la situación es triste, muy triste, y penosa, muy penosa, y no puedo entender las expresiones de júbilo de un lado y otro, porque yo sólo puedo sentir pena y vergüenza. Y el verdadero peligro es que un país de cainitas como es éste no sea capaz de entenderlo. No hay nada de lo que enorgullecerse, no hay nada por lo que ser feliz en todo esto. Ni los unos ni los otros.

Eugène DELACROIX: La Libertad guiando al pueblo (1830).
Yo, por mi parte, creo que lo tengo fácil. Aunque es cierto que hay gente con la que seguramente no volveré a hablarme en la vida (o sí, pese a que hoy por hoy lo veo bastante difícil), ése es el peaje que tengo que pagar, mi existencia, como anunciaba al inicio de este post, no se limita a ningún procés, y me niego a que así sea. De hecho, prefiero el sexo con y sin amor, el amor sin sexo, la música, la literatura, el cine, el arte, una cervecita fresquita o un buen vino a todo esto. Y claro que lo que ha pasado antes y después del 1 de octubre se me quedará grabado para siempre en la memoria, y sentiré indignación cada vez que vea las imágenes de cómo la Policía Nacional y la Guardia Civil cargaba contra mi pueblo. Pero he escogido una poderosa imagen para combatir la bilis que todo esto me genera: la de mi pareja, en el colegio electoral, introduciendo en una urna la papeleta con su voto mientras nuestra hija mamaba de su pecho. Si Delacroix hubiese estado presente, La Libertad guiando al pueblo no sería el cuadro que conocemos hoy en día, estoy seguro. Mejor antídoto contra tanto odio y tanta frustración por venir no lo hay, al menos para mí. Y a él me agarro y en él confío.

Cuántas veces habré pensado, y con esto acabo, “mierda de país éste, más preocupado por el fútbol que por las cosas que de verdad importan. Si en lugar de tanto Barça o Madrid, o tanto que si fue o no fue penalti, nos ocupásemos de la política, otro gallo nos cantaría”. Sin embargo, hoy, desgraciadamente, no pienso lo mismo; después de todo lo ocurrido no me queda más remedio que gritar a los cuatro vientos que prefiero el fútbol.


[1] De hecho, el otro día me puse a ver la tercera temporada de Narcos y, ¡joder, ahí tenía de nuevo al Partido Popular!
[2] Me permito recordar, y ahora tal vez hago de abogado del diablo, que las reformas liberales de Partido Popular y Convergència han supuesto, entre otras cosas, el cierre de plantas de hospital y privatizaciones, y eso significa, aunque no de manera evidente y consumida en directo, la muerte de muchos ciudadanos inocentes: mujeres, niños y yayos. Lo que ocurre es que esos muertos son difíciles de cuantificar y tampoco interesa hacerlo, aunque quien quiera hacerse una idea aproximada, puede consultar las estadísticas, porque se han estudiado los efectos de los recortes. ¿Lo consideramos violencia? A lo mejor no, porque no vi tantísimas reacciones en aquel momento como ahora, la verdad sea dicha. Y las que vi, fueron calificadas de “antisistema”, y vistas como actos cometidos por “perroflautas y pincha ruedas de bicis” por la prensa y el gobierno españoles y catalanes y por mucha de la gente que ahora se lleva las manos a la cabeza. Que todo hay que decirlo y todo hay que tenerlo en cuenta, no jodamos.
[3] Y que no nos vengan con mayorías silenciosas. Hasta que llegó Piolín al puerto de Barcelona, yo era uno de esos silenciosos, y no creo que ni Ciudadanos ni el Partido Popular comulguen demasiado con lo que opino al respecto de todo esto. Y a lo mejor eso es lo que sucede realmente, que no quieren saber qué piensa en realidad ese grupo de gente que nunca alza la voz. Así, unos y otros pueden utilizarlo según convenga a sus intereses.