47. ¡Ya están aquííí!

Creo que no engaño a nadie si digo que hay temas sobre los que deseo no tener que escribir nunca. Pero, dada la gravedad del asunto, no voy a tener más remedio que profundizar un poquito más en los resultados de las elecciones a la Junta de Andalucía (ya he lanzado un par de pildoritas en las redes sociales, ¡pero es tan limitada la comunicación allí!).
Sí, ya sé, querido lector, que te estarás preguntando ahora mismo qué hace un catalán como yo, de nacimiento y de sentimiento, hablando de las elecciones andaluzas; no son las mías, cierto es, razón por la cual me disculpo de antemano por romper la sana convivencia que caracteriza a este civilizado y respetuoso país en el que nadie habla de los otros, y que caigan ahora mismo muertos todos los fascistas del reino si estoy mintiendo.
Sin embargo, no puedo negar que el pasado domingo día 2 de diciembre, para mayor gloria de España, me sentí llamado a las urnas. No en vano, llamadme iluso, pensé que tanta mención a Catalunya y a los catalanes durante la campaña andaluza se debía a que nos estaban invitando a participar en la votación (eh, que yo le atizo a mi padre y a mi madre por igual, que aquí se ha hecho lo mismo con el Espanya ens roba[1])… y es que la gente me confunde, la verdad: tanto ciudadano ajeno a Catalunya dispuesto a venir a manifestarse a Barcelona (por el bien de los catalanes, eso sí, que no se les puede negar la buena fe) y a decidir en un referéndum mi futuro y el de mis conciudadanos catalanes me ha llevado a pensar que a lo mejor yo también podía participar en las decisiones que afectan a otras comunidades. A fin de cuentas, los catalanes, con sólo nombrarnos (para mal), somos capaces de generar un buen número de votos a favor de quien tanto piensa en nosotros, así que sería de recibo salir en los créditos de la película dado el protagonismo no buscado del que solemos gozar. Preguntadles, si no me creéis, por los réditos electorales obtenidos a la “imbatible” Susana Díaz; al hombrecillo que siempre aparece detrás de Pablo Casado en los mítines y ruedas de prensa del Partido Popular andaluz (sí, el pequeño Jedi ése que le susurra a las vacas); al candidato ciudadano, extrañamente poco atractivo para formar parte ese partido político, si se me permite el apunte glamuroso; o a la gran nueva esperanza blanca de pelo en pecho y salvapatrias de Vox… brutalmente significativa en este sentido fue la reflexión de Díaz en su primera comparecencia ante los medios después de su batacazo electoral[2], cuando reconoció que su error consistía en no haber hablado más de Catalunya en el cierre de campaña. ¡Anda, toma castaña! Si yo fuese andaluz, estaría la mar de tranquilo, con estos políticos que tienen la solución al paro, la prosperidad y la mejora de perspectivas de futuro están al caer…
Pero vuelvo a la mañana del domingo: motivado como siempre lo estoy cuando me llaman a consulta democrática (y eso que casi siempre pierdo), me desperté temprano: odio las aglomeraciones en los colegios electorales, y en una región donde el índice de paro está como está y las perspectivas presentes y futuras no es que sean muy halagüeñas, era lógico pensar que las colas para votar fuesen interminables[3]. Así que me aseé con ahínco, desayuné con profusión, me vestí con el traje de los domingos y me engominé bien el pelo. Mi reflejo en el espejo parecía querer decirme: “ahora sí, ya estás listo para ir a votar, a tomarte unas cervezas o a tu propia boda; ya pareces todo un señor”. Y con las mismas, salí a la calle con la intención de participar en la fiesta democrática a la que, sin duda, había sido invitado. Así que imaginaos cuál fue mi sorpresa cuando me presenté en el colegio donde suelo votar y me lo encontré cerrado a cal y canto. Para mayor desconcierto, todas y cada una de las personas a las que les pregunté a qué hora abrían los colegios me miraban con incredulidad y respondían que no tenían ni idea. Incluso hubo quien se preocupó sinceramente por mi salud y llegó a invitarme a un café en alguno de los bares que hay en las cercanías del colegio… Tras denegar cortésmente tan amable ofrecimiento, puse pies en polvorosa hasta mi casa. Allí, por fin, no sin cierto estupor, fui consciente de mi error, el primero de algunos más que cometería a lo largo de ese día, tanto para mi propia desgracia como para la de muchas otras personas más.
Dicen que a la fuerza ahorcan, así que, a pesar de estar muy interesado en participar en unas elecciones que me habían hecho sentir tan mías, me resigné a tener que esperar hasta bien entrada la tarde para conocer los primeros sondeos y hasta pasadas las 22 horas para conocer los primeros resultados. Mi pronóstico era el siguiente: esperaba que Susana Díaz ganase las elecciones, pero que perdiese la Junta de una vez por todas (iba a escribir que los ERE tenían que acabar pasándole factura a su partido, pero es bien sabido que la corrupción no importa demasiado en este país a la hora de votar, porque ahí tenemos al Partido Popular). Qué queréis que os diga, no le tengo ninguna simpatía a esta mujer, debido a su prepotencia, a su ambición desmesurada, a sus aires de grandeza y a su catalanofobia (que no es de ahora, no, que lleva unas cuantas campañas basando sus discursos en la unidad de España y en los catalanes que queremos destruirla… que eso le haya dado y le dé votos a alguien, se llame Susana o Susano, ya es de por sí bastante penoso), y deseaba que perdiese. Por supuesto, era sabedor de que mi deseo era irrealizable, pues consistía en que el relevo lo tomara Teresa Rodríguez, más cercana a mi ideología política. Pero los deseos, deseos son, y al final lo más lógico era que la Junta se la llevara el Partido Popular con el apoyo de Ciudadanos (qué queréis que os diga, a mi esta cópula me sigue pareciendo incestuosa). Puestos a premiar un discurso anticatalán, era lógico pensar que acabasen triunfando quienes suspendieron la autonomía de Catalunya y han utilizado la justicia para llevar a políticos y no políticos catalanes a la cárcel, y quienes simbolizan, cual Cid Campeador, el espíritu de la reconquista española de Catalunya. Lo que nunca me había llegado a imaginar era la irrupción de Vox en el panorama político andaluz, por mucho que sea una tendencia europea y mundial que partidos de extrema derecha vayan asomando la cabecita en los diferentes parlamentos. No sé si es por un exceso de bondad o por inocencia, pero consideraba a los votantes andaluces un poquito más inteligentes (tranquilos, no matéis aún al mensajero, que no pienso esto en exclusivo de los andaluces y sus resultados electorales; me sucede lo mismo con todos los españoles y los catalanes cuando acudimos a las urnas). Pero no, una vez más me equivocaba: Vox obtenía, ni más ni menos, la friolera de 12 escaños.
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Así que imaginadme, como si la pequeña Carol Anne Freeling fuese, plantado frente al televisor al tiempo que empezaba a hacerse realidad la sacudida del terremoto electoral andaluz: la Bestia ya está aquí y, mucho me temo, Andalucía sólo es el primer paso.
Si os soy sincero, ya hace tiempo que sabía que tarde o temprano esto iba a pasar, y quien me conoce ya sabe que llevo un tiempo avisándolo (no hay que ser muy inteligente, ¿verdad?). De hecho, han sido cuatro sucesos diferentes los que me han hecho anticipar, con bastante adelanto, que nos esperan tiempos oscuros: el primero, que me insultasen dos cuerpos (no puedo decir personas, porque eso implicaría suponer que este tipo de gente tiene cerebro) cuando paseaba por mi localidad de residencia acompañado de mi pareja, mi hija de apenas unos meses de vida y mis padres por la sencilla razón de ir vestido con la camiseta de una asociación cultural que destina el dinero que recauda a la ayuda de refugiados que llegan aquí huyendo de todo tipo de conflictos y persecuciones en sus países de origen; el segundo, las terribles imágenes (lo lamentable es que haya personas a las que les resulten simpáticas) llegadas desde Huelva de aquella buena gente que despedía a los miembros de la Guardia Civil que se desplazaron a Catalunya al grito de “¡a por ellos!”; el tercero, ver que personas cercanas a mí se manifestaban sin pudor alguno y con orgullo al lado de gente como la que ahora va a ocupar 12 asientos en el Parlamento andaluz; y el cuarto, oír y leer según qué posturas y opiniones de gente que consideraba amb seny antes, durante y después de aquel 1 de octubre.
Pese a todo lo escrito hasta aquí, dejando de lado mis dotes como vidente, no esperaba (o, mejor dicho, no deseaba) que todo esto sucediera tan pronto y, además, en Andalucía, pero que gente como la de Vox iba a acabar apareciendo, como veis, estaba cantado. De hecho, no es que se hayan generado espontáneamente, ni han venido de otra esfera, dimensión o mundo, sino que siempre han estado aquí, con nosotros, porque nunca hemos acabado de expulsarlos. En efecto, se esconden tras el rostro de tu vecina; del panadero del barrio al que le compras el pan religiosamente cada día; de la madre de Fulano o Mengano; de Pili, la del colmado; del albañil que hizo la reforma de tu casa; del señorito que te emplea; de la señora que se gana el pan limpiando casa ajena; de la chica simpática del banco por la que bebes los vientos desde hace tiempo… en definitiva, de gente como tú y como yo que se encontraba en un estado latente del que empieza a despertar porque ha encontrado el caldo de cultivo apropiado para crecer y multiplicarse. ¿Cuál es la receta? Pues la de siempre: un poquito de miseria, otro tanto de ignorancia, una buena parte de desesperación, mucho de poco futuro, un buen puñadito de odio y un buen trozo de culpabilización de terceros. Y toda la mezcla sazonada con abundante manipulación. Probadlo en casa, os quedará un pastelito de fascista la mar de sabroso.
A propósito de esto, durante la semana escasa que ha pasado desde que se celebraron las elecciones, se han emitido todo tipo de análisis, comentarios y justificaciones sobre lo ocurrido (¡y hasta peticiones de auxilio!). Entre los más llamativos, por flagrantes o divertidos, destaco los cuatro siguientes:
1. La gente que ha votado a Vox está cómodamente asentada en las capas altas de la sociedad andaluza. A ver, si tenemos en cuenta que el lugar donde mayor presencia tiene el partido de Abascal es la zona de Andalucía donde mayor paro hay y mayor es la presencia de emigrantes, y que le han votado más de 300000 personas (¡300000!), ¿se trata de clases acomodadas? Eso sin tener en cuenta que la gente con dinero a quien vota es al Partido Popular o a Ciudadanos (o al PSOE), que son liberales en lo económico. A quien tiene dinerito, no le interesa para nada la cerrazón económica de una ideología como la de Vox. Para que os hagáis una idea de la perversión, pongo la mano en el fuego y afirmo que prefieren vérselas con un independentista catalán (siempre que tenga dinero, que la pela és la pela, oi?) o con el rey de Arabia Saudita antes que con alguien de Vox. A fin de cuentas, el dinero no tiene patria y necesita movimiento…
2. Los andaluces, que somos un don divino para el resto de pobres mortales, no hemos votado con odio porque nosotros no somos así, nosotros no nos metemos en lo que no nos importa y nos dedicamos a hacerle mejor y más alegre la vida al prójimo. Al parecer, quienes así piensan, no oyeron los gritos de “a por ellos”, ni han escuchado las entrevistas que se les ha hecho a los habitantes de El Ejido. A lo mejor una mirada menos mitificada a la realidad sería más útil, porque es muy grave lo que tienen allí metido. No pasa nada por reconocer que hay mucho malnacido entre tanta buena gente (como en todas partes, vaya). De hecho, es esencial para plantarle cara a la extrema derecha que se sienta ampliamente en el Parlamento. Las explicaciones míticas son muy bellas, pero tienen muy poco de realidad y mucho de autoengaño. Y, así, no vamos bien.
3. Los andaluces hemos reaccionado contra los nacionalismos excluyentes. Esta excusa reconozco que es la que más me gusta: claro, para hacerle frente a los nacionalismos excluyentes le doy mi voto al nacionalismo de Vox, que si por algo se caracteriza, es por ser de lo más inclusivo. Grande, ¿no? ¡Si al final van a intentar hacernos creer que en lugar de votos metieron flores de colores en las urnas!
4. Solidaridad, en estos momentos tan duros, con el pueblo andaluz. Pues sí, toda mi solidaridad con todos aquellos andaluces que se solidarizaron en su momento con el pueblo catalán y con todos los que son conscientes de cuál es la verdadera lucha. Que tal vez no sean la gran mayoría, pero que haberlos, haylos. Sobre el resto… pues las tripas me dicen que se lo han buscado: si tú vitoreas y alientas a quien va a reprimir y a moler a golpe de porra a quien quiere votar (entonces y siempre), te mereces esto y mucho más (ya sabes, si cuando fueron a por A, B, C, D… no hiciste nada; cuando al fin vayan a por ti no quedará nadie que te ayude); y el cerebro me dice que fueron unas elecciones limpias, sin denuncia de pucherazo ni sospechas de ello, así que si eso es lo que quiere el pueblo andaluz, es lo que hay, lo han elegido democráticamente; y, finalmente, mi corazón me dice… pues a mi corazón no le voy a dejar participar en este debate porque suele nublarme el entendimiento.
Por último, y con esto acabo, toda esta superproducción no hubiese sido posible sin los miles de votantes andaluces que se quedaron cómodamente en casa y no fueron a votar. Y los entiendo perfectamente, ¿qué demonios les puede importar la educación de sus hijos, la salud de todos sus familiares o la atención a sus mayores? Visto lo visto, nada de nada. Queridos colaboradores necesarios de los resultados electorales del 2 de diciembre, sin vuestra inacción nada de esto hubiese ocurrido, supongo que tendréis el pecho henchido de orgullo andaluz.


[1]Y que tal vez es cierto, no lo niego. Pero que te lo diga quien se ha embolsado el 3% de toda obra pública desde que se extinguieron los dinosaurios y se ha dedicado a privatizar y recortar las parcelas sanitaria y educativa es, cuanto menos, vergonzoso y para hacérselo mirar.
[2]Con toda sinceridad os digo que esperaba que en algún momento afirmara, a voz en grito, “¿Socialismo?… ¡socialismo soy yo!”.
[3]Aquí, si el tema del post fuese Catalunya y los catalanes, algún payaso con ínfulas de poeta metido a cantante de medio pelo intentaría ridiculizarnos con la mala imitación de nuestra forma de hablar ante la algarabía de sus palmeros. Pero como yo tengo más estilo, educación y respeto, y tengo las luces suficientes como para entender que los dialectos y las lenguas, y sus variedades de uso, son siempre riqueza y nunca motivo de escarnio, voy a ignorar a payasos y palmeros por igual.