34. Prefiero el fútbol

No sé si a alguno de vosotros también os estará pasando, pero empiezo a estar harto de 1 de octubre, de referéndum, de represión, de violencia, de condenas, de amenazas, de políticos, de policías, de declaraciones, de silencios elocuentes, de miedos, de manipulaciones, de distancias insalvables, de graciosillos sin gracia, de progres de red social, de tertulianos, de periodistas, de rupturas, de falsas uniones, de ofertas de diálogo ficticias, de reyes que avivan fuegos en lugar de intentar apaciguar los ánimos, de apoyos, de traslados de empresas, de legalidades, de ilegalidades, de parrafitos de una constitución añeja o de un BOE, de ideologías oscuras y cavernarias, de unilateralidad, de inflexibilidad, de valientes y de cobardes, etc., y me niego a que mi vida sea absorbida por ese gran agujero negro que amenaza con tragárselo todo. Claro, que desconectar, lo que se dice desconectar, tampoco es que sea fácil[1].

Yo, por mi parte, ya he hecho todo lo que estaba en mi mano: participé libre y pacíficamente en un referéndum en el que no creo porque aún creo menos en los violentos (y si esa violencia la ejerce quien debería garantizar los derechos y las libertades de TODOS, para qué te cuento), me he manifestado en contra de la violencia de los cuerpos policiales y de los gobiernos que los utilizan como herramienta de represión (como he hecho siempre, de ahí el plural de gobiernos[2]), y me he enfrentado a hooligans irresponsables de uno y otro lado que no son conscientes de que nos llevan a un callejón sin salida o cuya salida puede ser terrible para todos si seguimos esta línea, aun a riesgo de pasar yo mismo por hooligan de la parte contraria cada vez, y cayendo en el fanatismo en algún caso, lo reconozco; es lo que tienen ciertos temas y ciertas personas, que acaban sacando lo peor de uno mismo, aunque no es excusa, eso también lo sé. Yo tengo que expiar mis culpas como cada uno tendrá que expiar las suyas si quiere o puede. Todos somos mayorcitos.

Ahora es el tiempo de la política, la de verdad, el momento en que quienes cobran por ella justifiquen unos sueldos que les pagamos todos. Se acabó el mostrar músculo, es hora de hablar y de pactar, de pensar en la gente y en el futuro, de dejarse el cálculo de votos de las próximas elecciones en casa. Si tanto quieren a sus países y a sus gentes como dicen, es hora de dialogar de verdad (yo les animo, señores del Partido Popular, a dialogar; lo hicieron con la banda terrorista ETA, y tienen negocios con países que apoyan al terrorismo yihadista, así que no creo que sentarse a hablar con quienes desean votar pacíficamente les vaya a suponer un escollo insalvable). Si algo ha demostrado el desarrollo, la participación y los resultados del referéndum del pasado 1 de octubre, es que ambos gobiernos, el español y el catalán, tienen un gravísimo problema. Y lo hecho hasta ahora, en lugar de acercarnos a una solución, sólo ha servido para agravarlo. Y es verdad que tal vez a los políticos les interese todo esto, pero ha llegado el momento de que los ciudadanos les digamos “¡basta!” y les exijamos que hagan su trabajo, de igual modo que a nosotros nos lo exigen de lunes a viernes en las obras, supermercados u oficinas en las que llevamos a cabo nuestra actividad laboral. Ni más, ni menos.

Y digo que ambos gobiernos tienen un gravísimo problema por lo siguiente: por un lado, a Junts pel Sí no pueden valerle los resultados del referéndum para la DUI por la anormalidad del proceso en sí mismo (que asuman su parte de culpa también, la del gobierno español ya está clara) ni por el porcentaje de participación, que lo han convertido, no nos engañemos, en una fiesta a la que sólo han acudido sus amigos de siempre y cuatro renegados que, como yo, fueron a votar para hacerle frente al miedo con el que nos han querido asustar los ultras del Partido Popular; por otro lado, el gobierno español ha quedado en una posición bastante deshonrosa ante la opinión internacional y ante sus propios ciudadanos (los normales, los otros ya sabemos que piden la aplicación del artículo 155, lo cual sería un disparate más) y se ha mostrado incapaz, por enésima vez, de hacer frente a un problema que lleva muchos años gestándose y que, en lugar de intentar solucionarlo, siempre se ha dedicado a alimentarlo (lo último ha sido fichar para su causa al Borbón, que tiene cojones lo suyo, por lo que dijo y por lo que no dijo, y por la puesta en escena). Y si encima quien ahora se ampara en la legalidad está infectado de corrupción hasta la médula, ya me diréis qué legitimidad tiene todo aquello que diga… A todo esto, habría que tener en cuenta esa máxima según la cual si una persona se salta la ley, es un problema; pero si se la saltan más de dos millones y medio de personas[3], las leyes y quienes las defienden a rajatabla son el verdadero problema. Y creo que por ahí van los tiros.

Porque no nos engañemos, para que esto se solucione pacíficamente, va a ser necesaria una profunda reforma constitucional (y si no es así, nos va a ir muy mal a todos; si no, al tiempo). Sí, ya sé que hoy todos somos juristas y sabemos mucho de leyes, pero la Constitución tiene casi cuarenta años, y además de que nadie nacido después de 1960 la ha votado, no hay que ser muy listo para darse cuenta de que la España de 2017 no tiene encaje en un texto legal que sirvió, aunque sólo aparentemente visto lo visto, para dejar atrás un régimen dictatorial. Por suerte, muchos ya nos hemos integrado de pleno en siglo XXI, y queremos leyes de este siglo. Y que no nos digan que otras constituciones no se modifican, porque es rotundamente falso. Todas se van actualizando para adecuarse a los nuevos tiempos (¿os suena eso tan típico de las películas de abogados de “acogerse a la quinta enmienda” o lo de “según la segunda enmienda”…? ¿Sabemos lo que es una enmienda?), excepto, al parecer, la española. ¿Por qué? Porque, me aventuro, los cambios constitucionales seguramente suponen para unos pocos la pérdida de sus privilegios, no nos engañemos. Pero es hora de que todos hagamos efectivo eso de que la soberanía reside en el pueblo, y obliguemos a quienes mandan a que escuchen al pueblo. Bien mirado, “el asunto catalán” tendría que ser visto como una grandísima oportunidad para el resto de españoles. Pero no parece que estén por la labor, que aquí los malos malísimos somos los catalanes…

Además, quienes nos dicen que la Constitución no se puede cambiar nos mienten descaradamente. Hace poco el Partido Popular y el PSOE se pusieron de acuerdo para modificarla en apenas unos días… ¿y sabéis para qué fue? Exacto, para limitar constitucionalmente el gasto público. ¿Y sabéis qué significa eso? Que nuestros derechos y libertades, sagrados y garantizados según nos dicen estos días, quedan supeditados a los mercados por cortesía de los partidos mayoritarios españoles y el Borbón. ¿Y no gritamos “¡a por ellos!” por esto? No, qué va, es que no nos interesa la política…

Y mientras los políticos justifican su sueldo, no les queda más remedio que hacerlo, los ciudadanos deberemos ejercitarnos en la superación del odio y la frustración, no nos queda otra. Porque no va a haber vencedores ni vencidos (de eso va alcanzar pactos: de ceder en unas cosas para conseguir otras, y esto debe afectar por igual a todos los actores implicados en el conflicto), o sí, los medios de desinformación ya se encargarán de vendernos una u otra versión, y eso no va a ser fácil. En el camino hemos dejado que nos arrebataran muchas cosas, y no todas las vamos a recuperar, ni todo lo que nos han dicho que vamos a conseguir lo vamos a acabar obteniendo. Y la situación es triste, muy triste, y penosa, muy penosa, y no puedo entender las expresiones de júbilo de un lado y otro, porque yo sólo puedo sentir pena y vergüenza. Y el verdadero peligro es que un país de cainitas como es éste no sea capaz de entenderlo. No hay nada de lo que enorgullecerse, no hay nada por lo que ser feliz en todo esto. Ni los unos ni los otros.

Eugène DELACROIX: La Libertad guiando al pueblo (1830).
Yo, por mi parte, creo que lo tengo fácil. Aunque es cierto que hay gente con la que seguramente no volveré a hablarme en la vida (o sí, pese a que hoy por hoy lo veo bastante difícil), ése es el peaje que tengo que pagar, mi existencia, como anunciaba al inicio de este post, no se limita a ningún procés, y me niego a que así sea. De hecho, prefiero el sexo con y sin amor, el amor sin sexo, la música, la literatura, el cine, el arte, una cervecita fresquita o un buen vino a todo esto. Y claro que lo que ha pasado antes y después del 1 de octubre se me quedará grabado para siempre en la memoria, y sentiré indignación cada vez que vea las imágenes de cómo la Policía Nacional y la Guardia Civil cargaba contra mi pueblo. Pero he escogido una poderosa imagen para combatir la bilis que todo esto me genera: la de mi pareja, en el colegio electoral, introduciendo en una urna la papeleta con su voto mientras nuestra hija mamaba de su pecho. Si Delacroix hubiese estado presente, La Libertad guiando al pueblo no sería el cuadro que conocemos hoy en día, estoy seguro. Mejor antídoto contra tanto odio y tanta frustración por venir no lo hay, al menos para mí. Y a él me agarro y en él confío.

Cuántas veces habré pensado, y con esto acabo, “mierda de país éste, más preocupado por el fútbol que por las cosas que de verdad importan. Si en lugar de tanto Barça o Madrid, o tanto que si fue o no fue penalti, nos ocupásemos de la política, otro gallo nos cantaría”. Sin embargo, hoy, desgraciadamente, no pienso lo mismo; después de todo lo ocurrido no me queda más remedio que gritar a los cuatro vientos que prefiero el fútbol.


[1] De hecho, el otro día me puse a ver la tercera temporada de Narcos y, ¡joder, ahí tenía de nuevo al Partido Popular!
[2] Me permito recordar, y ahora tal vez hago de abogado del diablo, que las reformas liberales de Partido Popular y Convergència han supuesto, entre otras cosas, el cierre de plantas de hospital y privatizaciones, y eso significa, aunque no de manera evidente y consumida en directo, la muerte de muchos ciudadanos inocentes: mujeres, niños y yayos. Lo que ocurre es que esos muertos son difíciles de cuantificar y tampoco interesa hacerlo, aunque quien quiera hacerse una idea aproximada, puede consultar las estadísticas, porque se han estudiado los efectos de los recortes. ¿Lo consideramos violencia? A lo mejor no, porque no vi tantísimas reacciones en aquel momento como ahora, la verdad sea dicha. Y las que vi, fueron calificadas de “antisistema”, y vistas como actos cometidos por “perroflautas y pincha ruedas de bicis” por la prensa y el gobierno españoles y catalanes y por mucha de la gente que ahora se lleva las manos a la cabeza. Que todo hay que decirlo y todo hay que tenerlo en cuenta, no jodamos.
[3] Y que no nos vengan con mayorías silenciosas. Hasta que llegó Piolín al puerto de Barcelona, yo era uno de esos silenciosos, y no creo que ni Ciudadanos ni el Partido Popular comulguen demasiado con lo que opino al respecto de todo esto. Y a lo mejor eso es lo que sucede realmente, que no quieren saber qué piensa en realidad ese grupo de gente que nunca alza la voz. Así, unos y otros pueden utilizarlo según convenga a sus intereses.

33. Cuando me hice catalán

Recuerdo perfectamente cuándo me hice catalán. Fue una primavera del ya lejano año 1980. Un sábado 31 de mayo para ser exactos. A las 15 horas.

Sobre la causa principal de mi conversión sólo sé que se debió a que mis padres emigraron a Catalunya, como tantísimas otras personas, en busca de un futuro mejor para ellos y para lo que pudiese venir, que a la postre fuimos mi hermano y yo, y nuestras respectivas hijas. Un futuro, todo hay que decirlo, que no parece que la tierra de la que son originarios fuera capaz de garantizarles. Que esto de Catalunya y los emigrantes poco tiene que ver con el rapto de Helena; aquí había trabajo y se necesitaba mano de obra, y en otras partes de España había desempleo, necesidad y miseria, y no hay que ser una eminencia para darse cuenta de que si no hubiesen emigrado andaluces, extremeños o murcianos, lo hubiesen hecho personas de otras regiones o nacionalidades. Y el proceso de integración hubiese sido exactamente el mismo. Fin del falso mito según el cual ciertos emigrantes han levantado Catalunya o la han tomado sin pegar un tiro.

Y sigo con mis “sorprendentes” confesiones: amo a mi tierra, por muchas contradicciones, incoherencias y disensiones que se den en su seno, como entiendo que todo el mundo ama a la suya; y por tierra supongo que ya se entiende que me refiero a las personas que viven en ella, no a partidos, instituciones ni ideologías de un signo o de otro. Y como creo que es lógico, además de fácil de comprender, tengo más cosas en común con el resto de catalanes que con alguien que vive a mil kilómetros de distancia o en el archipiélago canario.

Sin embargo, esto que parece tan sencillo de entender en el caso de que lo manifieste henchido de orgullo patrio un cántabro, un gallego o un aragonés, cuando lo manifiesta un catalán adquiere tintes sospechosos y es recibido casi con desprecio. Y no es cosa de ahora, no, en pleno fuego cruzado pro- y anti- independencia (cosa que tampoco entiendo, la verdad; lo que resulta sorprendente no es que la mitad de Catalunya desee independizarse de esta España, sino por qué el resto quiere seguir sometiéndose a ella), sino que desde que tengo uso de razón lo he sentido en mis propias carnes. Y no voy a hablar de cosas evidentes como los insultos a la lengua, o el trato, las miradas y los comentarios directos cuando viajas por España[1] (hasta que pagas o dejas una propina, ¿eh?, que Catalunya es deleznable, pero el dinero que se genera allí no, eso siempre se acepta con una sonrisa y un gracias educado), sino de esas cosas minúsculas que se deslizan cotidianamente sin que aparentemente quien las dice se dé cuenta de ello (no sé si será una comparación muy válida, o si voy a frivolizar, pero es algo semejante a esos tics recurrentes, machistas o xenófobos, por ejemplo, que tenemos tan incorporados y que a todos nos salen o nos han salido alguna vez y contra los que hay que luchar). Me refiero a los chistes sobre catalanes (¡que se quejen también los leperos, hombre!) que no tienen ni puta gracia (para que algo sea un chiste, tiene que hacer reír; si cabe la posibilidad, ni que sea del 1%, de que pueda ofender a alguien, ya no entra dentro de la categoría de chiste, sino en la de basura ideológica; y no mueven a la risa sino al odio, ya se pueden hacer todas las fintas habidas y por haber para intentar excusarlos y excusarse quien los cuenta), a los “eres muy gracioso para o pese a ser catalán” o “cómo se nota que tienes raíces andaluzas”, o a “si fueses X (que cada cual sustituya la X por el gentilicio que más gracioso y agudo le parezca) lo habrías pillado, no me acordaba de que eras catalán”, o a los “yo no tengo nada en contra de los catalanes, ¿eh?” de gente que te acaba de conocer, etc. En definitiva, todas esas bromitas y comentarios recurrentes que cuando uno se queja de ellos no recibe otra respuesta que “qué susceptible eres”, “te la coges con papel de fumar” o “es que tienes la piel muy fina”. Eso sí, mejor que no se te ocurra responderle con la misma moneda a quien se dedica a ofenderte, porque se conoce que es mucho más fácil vestirse con el traje de ofensor que con el de ofendido. Y ya verás, ya, qué mal llevan las verdades algunas personas…

Pese a todo lo dicho, no sea que quede algún despistado en el auditorio o alguien que tenga problemas de comprensión lectora, por muy catalán que sea y por mucho que quiera a mi tierra, no soy independentista. Esto no le sorprenderá a quien me conozca un poco o a quien haya leído las cosas que he escrito en este blog al respecto (ver Triste epístola desde el exilio, por ejemplo). Las patrias y las banderas son un invento muy antiguo, y sólo sirven al poder. Poco tiene que ver con ellas alguien que verdaderamente sea de izquierdas. Y como ciudadano de izquierdas que soy y me considero (la cópula no es baladí, el mundo está lleno de gente que se considera cosas que luego no es), no puedo estar a favor de la sustitución de un Estado para poner en su lugar a otro. El Estado es opresor per se, siempre, es propio de su naturaleza ser así; igual que es propio de las leyes ser punitivas. Y en el caso concreto que nos ocupa, para más inri, hablamos de sustituir la España de PP y PSOE por la Catalunya de Convergència y ERC. Creo que no hace falta que añada nada más al respecto…

Claro, como ya se imaginará, pensar como yo pienso no es fácil si tenemos en cuenta que se trata de un asunto tan polarizado. Hace escasas fechas Jordi Évole se sacaba la equidistancia de la chistera, una suerte de nueva tercera vía que pretende abrirse un hueco entre tanto maniqueísmo, y mirad el chorreo que le ha caído. Al parecer, esto al final se convierte en un si no estás conmigo, estás contra mí, y eso hace que quienes no optamos por ninguna de las dos opciones (¡si existe gente tan loca que se siente a la vez española y catalana!, aunque tampoco es mi caso) sintamos mayor opresión en el pecho que Jon Nieve en la batalla de los bastardos. Eso sí, sin ninguna esperanza de que una carga de caballería acabe sacándonos del lío en el último momento. Sin embargo, pese a todo, defiendo mi causa con fiereza y determinación, y combato sobre todo a esas voces pseudoautorizadas que inundan las redes con información manipulada y ponzoñosa, cuando no directamente falsa (que haberla la hay para todos los gustos y colores, y de un lado y del otro), y contribuyen con más mierda a sembrar un campo que ya cuenta con un excedente de abono. Pero ¿por qué gasto mi energía y mi tiempo enfrentándome a unos voceros impresentables y al coro de orcos palmeros que siempre aplauden sus mentiras y secundan sus insultos y sus amenazas (a mí me han amenazado con un duelo a catana… sí, ése es el nivel…) si sé que discutir con esas personas no sirve de nada? Pues porque creo que me juego bastante, ya que a todo lo dicho anteriormente, por si acaso aún no es suficiente, le sumo el hecho de que dentro del abanico de posibles finales que puede tener esto, existe uno, por remoto o cercano que sea, según quién te cuente la película, que supone que a todos nos va a ir muy mal (incluso es posible que aunque a Catalunya le fuese bien, a mí, por mi formación, no… ¿no lo habías pensado antes de juzgarme? Craso error el tuyo…). Y como dentro de ese todos me encuentro yo y mi familia, y no quiero tener que emigrar para buscarme la vida como tuvieron que hacer mis padres (es aquello de la independencia económica, tal vez la única independencia posible y la única a la que aspiro; aunque sólo sea para no depender de nadie, ni yo ni mi hija, ni ahora ni en un futuro), intento defender algo que cada día se hace más difícil de defender por los palos en las ruedas que van poniendo unos y otros.

Y así, a lo tonto, nos plantaremos en el 1 de octubre, día del referéndum. Y así, a lo tonto, mientras escribo esto, riguroso directo (por algo soy corresponsal…), el gobierno de España suspende el autogobierno de Catalunya mediante la intervención de sus cuentas y arresta a políticos por sus ideas (mientras seguimos subvencionando, por poner un ejemplo, a la Fundación Francisco Franco… ¡España una, grande y libre!, ¿no?). Y no sé de qué nos sorprendemos, ya hace unos años que la España de las Autonomías se pasó por el forro el pacto constitucional. ¿No os acordáis? Sí, hombre, sí, fue cuando se tumbó el Estatut de Catalunya, que había sido aprobado en mayoría por el pueblo catalán. Ése fue el primer ataque a la soberanía de Catalunya, y es muy probable que de aquellos barros…

Y es curioso -pienso mientras veo cómo los cuerpos de represión del Estado cumplen con sus órdenes y nos conducen a tiempos oscuros, fértiles en prohibiciones-, porque hace poco me hablaban de que esto de Catalunya era un golpe de Estado, cuando en realidad los golpes de Estado siempre los dan gente armada (en España, para más señas: españoles y mucho españoles), y tienen como fin derrocar un gobierno para colocar otro en su lugar. Y los catalanes independentistas no quieren derrocar ningún gobierno, no sé de qué tienen miedo los españoles unitarios, pueden seguir con su Partido Popular y su PSOE y su monarquía heredada del dictador hasta que la corrupción los sepulte. Los independentistas simplemente pretenden romper con un gobierno y pasar a gobernarse a sí mismos, y todo por la vía pacífica y democrática, y nunca golpista (y quizá otra cosa no tenga el movimiento independentista, pero ejemplar y admirable por su civismo sí que lo es, y estaría bien que según quiénes aprendiesen de ello).

Y llego por fin a ese referéndum que tantas ampollas levanta y tantos sarpullidos provoca, y confieso que soy de las personas que no pensaba ir a votar, por varias razones, algunas de las cuales ya las he ido desgranando más arriba. Entre lo que aún no he comentado, está el hecho de que no creía que este referéndum en concreto (leed bien: éste en concreto, con sus pocas garantías y la ausencia de porcentajes para que una de las opciones sea aprobada o de participación mínima, por no hablar de la inexistencia de apoyo internacional) sirviese para nada más que para volver a demostrar lo fuerte que son unos y otros ante los que ya piensan como ellos. Vamos, que si esto fuese la Escocia de William Wallace, se alinearían unos frente a otros para mostrarse sus respectivos culos y penes, y cada uno seguiría riéndose de sus propios chistes. No creo que nadie pensase que el día 2 de octubre, fuese cual fuese el resultado, fuera a cambiar algo. Por mucha ilusión que se tenga o por mucho ímpetu prohibitivo que te impulse, un Sí no iba a suponer la independencia de Catalunya y, de la misma forma, un No no iba a acabar con el independentismo catalán. Pero todo esto ya lo sabe el poder, quienes hemos decidido ignorarlo somos la gente de la calle.

Además, me niego a seguir a quien ahora me cita a las urnas recordándome en su campaña que nací con el derecho a decidir. Claro que sí, ya lo sé, y ese derecho a decidir también lo tenía cuando los ahora convocantes y defensores de derechos se dedicaban a recortar en Sanidad o Educación, competencias de la Generalitat, y mandaban a los Mossos d’Esquadra a desalojar a golpes a quienes se manifestaban en la plaza Catalunya, por ejemplo. Pero en aquella ocasión nadie me preguntó si estaba o no estaba de acuerdo con una política económica que castigaba a los más débiles ni con unos porrazos contra personas que también manifestaban su derecho a decir No a unas políticas concretas. ¡Maldita memoria y malditos principios!, ¿verdad?

Y es verdad que la situación es excepcional y que parece que el gobierno de España nunca va a propiciar un referéndum pactado y vinculante. Y es cierto que parece que no hay otra alternativa que la desobediencia civil y la convocatoria de una consulta “oficiosa”. Pero también es verdad que la desobediencia civil se origina y se promueve entre los ciudadanos, de ahí el adjetivo civil que complementa al sustantivo desobediencia. Lo que es raro, y sospechoso, y alarmante, es que sea una institución la que adopte el papel que le corresponde a los ciudadanos e incite a llevar a cabo tal desobediencia. Y creo que ya ha quedado claro qué opino de las instituciones…

Sin embargo, hace ya unos días que decidí que haría lo posible por votar, aunque fuese No, en el referéndum. Escuchar y leer a personas de todo tipo decir que votar era ilegal y antidemocrático ha sido demasiado. Entre traicionar los principios que hasta aquí vengo exponiendo y abrirle la puerta de mi casa a la censura, la prohibición y la opresión, decido participar en la votación de algo que sé que no servirá para nada más que para afianzar en su sitio a cada uno de los bloques. Es más, por si aún me quedaba un atisbo de duda, la intervención de la Guardia Civil en Catalunya ha acabado de despejarla. Quienes dicen que los catalanes quieren romper España no se dan cuenta de que quienes la han roto, acaso definitivamente, son Mariano y su partido y los poderes a los que representan. Y esto es lo que pasa con la inflexibilidad, que cuando se produce una oscilación, por pequeña que sea, acaba propiciando la ruptura.

Esta lucha de poderes, porque a fin de cuentas se trata de eso, del control y la administración del poder, ya tiene un ganador. Y sin necesidad de dar ningún golpe. El independentismo catalán puede seguir esgrimiendo el argumento de la víctima, y seguramente haya sumado algún adepto más a su causa. Las hordas de Rajoy habrán gritado de júbilo con la suspensión del autogobierno de Catalunya, pero han perdido. Aquí y en el resto del mundo civilizado.

Y lo triste de todo esto es que a partir de ahora se empezará a hacer política y a negociar. Y es muy posible que la situación política se arregle, para estas cosas el dinero es cojonudo, pero tengo serias dudas de que la fractura social, que ya existe, no nos engañemos, pueda llegar a recomponerse. Hay cosas que el dinero no las puede.

Y al final, si el gobierno sigue utilizando el Estado de derecho para privar a una parte de sus ciudadanos de sus derechos, lo que conseguirá es que gente como yo acabe posicionándose también. Por muchos principios que tenga, ahora mismo en lo primero que tengo que pensar es en el futuro de mi hija. Y si tengo que reconducir mi carrera y empezar de cero, lo haré. Prefiero eso a que mi hija tenga que crecer donde no tenga garantías de que se vayan a respetar sus libertades.

Personalmente lo tengo claro, si al final tengo que elegir, te lo avisaba al principio de este post, soy catalán. Y entiendo que te sorprenda, sólo has tenido 37 años, 3 meses y 21 días para ser consciente de ello. Y a quien no le guste, las puertas de entrada y salida a mi vida son grandes. Ancha es Castilla.


[1] Ojo, no quiero decir que todos los españoles sean así. Gente maja hay en todas partes, incluso me arriesgaría a decir que son mayoría frente al número de imbéciles que la vida te va poniendo por delante. Eso sí, siempre que he viajado por España, y lo he hecho muchos veranos, me he encontrado como mínimo con un par de ellos: el dependiente de una gasolinera, el camarero de un restaurante, el director de un hotel, la dueña de una tasca, la taquillera de un museo, un familiar, la señora que te cobra en un peaje…

28. Triste epístola desde el exilio

Se cuenta que el poeta elegíaco Ovidio, por orden del emperador Octavio Augusto, fue exiliado a orillas del Mar Negro, en concreto al bárbaro país de los getas, en la actual Rumanía[1].

Desde allí escribió sus últimas dos obras, Tristia y Epistulae ex Ponto (aunque la autoría de los últimos libros de esta última parece que no se debe a Ovidio), dirigidas al emperador, a su familia, a sus amigos y a sus enemigos para que intenten favorecer su retorno, y, finalmente, a la posteridad, que se convertirá en la receptora de sus dísticos gracias a la inmortalidad literaria. En efecto, una vez que va perdiendo la esperanza de volver alguna vez a la ciudad de las siete colinas, reflexiona con amargura y desencanto sobre su entorno, sobre su existencia y sobre su poesía (es, quizá, la primera reflexión metapoética moderna, que sorprende cuando se lee por la actualidad de las concepciones literarias que expone el de Sulmona).

J. M. W. Turner: Ovidio desterrado de Roma (1838).
Y salvando las distancias, yo, hoy, me siento Ovidio (de hecho, de igual modo que “todos somos Homero”, pienso que la gran mayoría deberíamos sentirnos Ovidio): desencantado, triste, exiliado, en un entorno “hostil” y como aquél que predicaba en el desierto pero con la certeza de que ningún dios acudirá a enseñarme el camino recto. Pero a diferencia del poeta, mi exilio, aunque no deja de ser forzado, no me resulta desagradable. Al contrario, a mí es Roma quien me repugna, y ni romano soy ni a Roma adoro, ni en Roma creo ni a Roma amo. Me explico:

El pasado día 19 de este mes las cosas andaban revueltas por la editorial donde trabajo como consecuencia de la serie de artículos relacionados con la supuesta manipulación de los libros de texto catalanes que la máquina de propaganda española y españolista publicaba. Y me hizo tanta gracia uno de los artículos en cuestión (no hay cosa más divertida que el periodismo una vez que eres consciente de que sólo sirve al poder; en caso contrario, no hay cosa más peligrosa), que lo compartí en Facebook. En concreto, hablo del publicado por ABC y titulado “Cómo Cataluña inculca el odio a España en las aulas”[2]. Además, para que quedase clara cuál era mi intención, que ya se sabe que tendemos a malinterpretarlo todo, lo acompañé del comentario siguiente: “cómo adoctrinar hablando del supuesto adoctrinamiento de otros, clase práctica impartida por el sindicato minoritario afín a Ciudadanos AMES y el periódico rancio ABC (que yo no sé por qué al periodismo se le llama el cuarto poder, cuando siempre ha sido, es y será un apéndice del primero). Y que éste sea el alimento con que se nutren las mentes de los españolistos… por no hablar del daño que estas gilipolleces le hacen a las editoriales en cuestión, de cuya existencia depende el sueldo de muchísimos trabajadores… en fin, una mierdaca más de este rollo que sirve para ir disimulando la corrupción y el retroceso económico y social. ¡Bravo por todos nosotros!”

Creo que como queda meridianamente claro, mi comentario perseguía los siguientes objetivos:

1. Señalar la perversión con que el periodista y el medio de comunicación utilizan el lenguaje; sí, adoctrina denunciando otro supuesto adoctrinamiento. Y es que con estas cosas sucede lo mismo que cuando se habla de lo perniciosos que son los nacionalismos, y eso te lo dice, claro está, un nacionalista español. Pero eso es lo normal, ¿no? ¡Hay que llevar a España en el corazón! ¡Claro que sí, guapi!
2. Señalar que el sindicato no es nadie, y que el ABC tampoco. Bueno, sí, herramientas de manipulación y adoctrinamiento.
3. Que hay que ser muy poco inteligente para que tus opiniones (las que hablan por boca de la verdad absoluta, ¡por supuesto!) se basen en este tipo de informaciones. Así nos va…
4. El riesgo que suponen para las empresas (y esto me preocupa porque sin empresas no hay trabajo) y, sobre todo, para sus trabajadores, este tipo de cosas. Los trabajadores catalanes podemos “hablar raro”, alimentarnos de bebés recién nacidos los días impares y odiar a muerte a los españoles, pero necesitamos trabajar para pegarnos la gran vida a costa del resto de España (salpimiéntese todo esto con ironía, sarcasmo y mala leche, de lo contrario no acabará de entenderse el sentido que quiero darle a esto que escribo).
5. Felicitarnos a todos por seguirle el juego al poder, al catalán y al español, y no ocuparnos de lo que realmente importa: nosotros somos el ojo de Sauron al que se distrae; ellos, Frodo y Sam, que ya se nos han metido por la retaguardia y siguen perforándonos poquito a poco. Y aunque ya notamos cierto escozor, aún no nos hemos dado cuenta de que la infección nos está costando la misma vida.

Pero no hay nada que hacer, ya estamos todos revisando las hemerotecas en busca de aquel artículo de aquella editorial española que publicaba aquella información filofascista, o hablando de los pitos a un himno o del rechazo a una bandera (¡qué oportuno que un equipo catalán y uno vasco hayan llegado una vez más a la final de la Copa del Rey de fútbol!), jugando a este y tú más del que no quieren que salgamos. Porque si en algún momento salimos, se les desmonta el chiringuito a todos estos políticos que nos gobiernan.

¿Pero entonces tú qué eres: español o catalán? ¿Independentista o no independentista?, me han preguntado quienes han hablado de este tema conmigo alguna vez. Pues ni una cosa ni la otra, sinceramente. La vida no es el fútbol, que si no eres del Madrid tienes que ser del Barça, no es todo blanco o negro (o azulgrana), afortunadamente. De hecho, considero igualmente limitaditos intelectualmente a los unos y a los otros (y si alguien se ofende, que se fastidie; a mí sus tonterías me afectan cada día y ya estoy muy harto de tanto tonto y de tanta tontería), igualmente dañinos. Y mis últimos votos, no me sonroja decirlo, al contrario, han ido a parar a Podemos, En Comú Podem y a la CUP, que son las propuestas políticas que mejor representan mi ideología, al margen de patrias, himnos y banderas. Porque a mí, y a ti, si te los piensas un poquito, los temas patrióticos no me tocan el corazón, sino que me afectan al bolsillo, a la salud, a la educación, en definitiva, a todo aquello que nos están robando mientras los orcos de uno y otro lado se lanzan pullas. ¿Qué queréis que os diga? Ser de izquierdas no es votar a partidos que incorporan el adjetivo obrero o el sustantivo esquerra a sus nombres pero que después aprueban y apoyan leyes de derechas. Y eso es lo que sucede tanto en España como en Cataluña, ni más ni menos. Pero no, aquí en Cataluña, en caso de conseguir la independencia todo va a ser diferente, ¿verdad? La derecha rancia catalana (Convergència o PDECat, que aunque la mona se vista de seda…) y la derecha con disimulo (ERC; ¡qué diferencia entre lo que dicen en el Congreso o los tuits de Rufián y lo que aprueban desde la Generalitat! ¡Valientes hipócritas traidores!) van a hacer políticas diferentes a las que hacen PP, PSOE y Ciudadanos desde Madrid… ¡claro que sí, guapis, ya lo estamos viendo![3]

La identificación con la patria es un truco que tiene miles de años y que sirve, en efecto, para que nada cambie. Ya desde la República (¡leed a los clásicos, cabrones!) sabemos que la defensa a ultranza de la tierra sirve para mantener un régimen clasista, antidemocrático, que aunque no es inamovible, sí está basado en una perversa meritocracia (los méritos tienen que ser observados y valorados por otros, los ciudadanos del primer nivel), y que se sostiene con una ficción inventada por el poder: la tierra es nuestra madre, nuestra nodriza, y moriremos por defenderla de cualquier ataque externo. ¿Tengo que hacer yo los paralelismos? Creo que no…

Y es que, y con esto voy acabando, cualquier cambio necesariamente tiene que venir desde abajo, ya tenemos suficiente de “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”, de este neodespotismo ilustrado que nos hace transitar por caminos que sólo interesan a unos pocos. Cualquier cambio, finalmente, tiene que venir de la clase obrera. Y éste es el verdadero problema, que a diferencia de los primeros movimientos obreros, hoy en día nadie es un obrero o, por lo menos, nadie quiere sentirse un obrero. Nos han adoctrinado tan bien, unos y otros, que nos han hecho pensar que la lucha obrera es cosa de otro siglo, ya lo obrero nos suena a sucio, nos huele a sudor, nos parece ignorante, hasta ofensivo. ¿Cómo voy a ser un obrero si tengo un sueldo que me permite tener una casa en primera línea de mar o vivir en un barrio residencial? ¿Si el sueldo de mi marido o de mi mujer me permite dar la vuelta al mundo en ochenta días? ¿Si trabajo sentado en una oficina protegido de la intemperie y visto de traje y corbata? ¿Si tengo una mutua médica y llevo a mis hijos a un colegio de élite? ¿Si me puedo comprar un móvil de última generación y no me falta absolutamente de nada? ¿Si puedo ir al teatro, o a museos, o al fútbol? Pues yo te digo que, además de ser un obrero, eres tonto o tonta de remate y, además, un cáncer para los de tu misma clase social. ¿Podrías seguir conservando todo eso si te faltase el trabajo? ¿Tu patrimonio te permitiría vivir de las rentas? ¿No? Pues entonces eres un obrero, bienvenido seas al mundo real, has conseguido salir de Matrix. Y los obreros luchan por sus derechos, y no tienen patria (de ahí aquello de la Internacional que estudiaste un día para olvidarlo para siempre), porque saben que sea cual sea su bandera, no representará sus intereses.


[1] Digo “se cuenta” porque ya desde mediados del siglo XX se alzan voces, la de A.G. Lee en concreto, que manifiestan que las poesías del exilio no son más que una invención del narizón, por decirlo de alguna manera, una artimaña literaria del de Sulmona (quien, a decir verdad, siempre fue muy moderno en cuanto a su concepción poética) sin parangón en las letras clásicas. Además de la propia historia, pues no se conserva ningún documento que confirme tal exilio, otros estudios de finales del XX, como los de Fitton Brown o el de Alvar Ezquerra, profundizan en la hipótesis de que Ovidio nunca fue exiliado. Sin embargo, yo soy de los que prefiero pensar que sí fue así, que los misteriosos carmen (¿el Ars Amandi?) et error (¿las correrías nocturnas de Julia, la hija del emperador?) que tanto molestaron a Octavio sucedieron en realidad, y que tanto Tristia como Epistulae ex Ponto recogen, entre otras cosas, la desesperación de quien es obligado a abandonar Roma.
[3] Que no se me malinterprete, todo esto no quiere decir que me alinee con quienes se niegan a que se haga un referéndum de autodeterminación vinculante en Cataluña. Al contrario, soy tan profundamente democrático que quiero que los catalanes votemos, aunque mi voto vaya a ser negativo (porque no vamos a encontrar nada nuevo bajo el sol). Soy tan profundamente democrático como para querer que la independencia de Cataluña se decida en un sistema de votación basado en “un ciudadano, un voto”, y no que se decida unilateralmente basándose en la trampa de un sistema de votación para elegir representantes en el Parlament. Soy tan profundamente democrático que lo votaría de forma directa todo, desde el sistema político monárquico de herencia fascista que tenemos hasta si estos personajes que nos gobiernan (en realidad, que se gobiernan) merecen el oxígeno que respiran.