12. Sant Jordi

¡Gentes de la cultura, amantes que aman en todas las posibles modalidades, catalanes, ya tenemos la Diada de Sant Jordi aquí!

Ni que decir tiene que mañana día 23 de abril celebramos mi fiesta favorita. Como es bien sabido, se conmemora la muerte de aquel apuesto caballero romano de nombre Jordi (aquí que cada cual lo bautice según su lengua) que perdió la cabeza por negarse a perseguir a los cristianos. De ahí que tan valiente negativa y trágico desenlace le valiesen la beatificación popular y la posterior canonización oficial. Pero no sólo eso, sino que la supuesta figura histórica pronto se vio ataviada con las atractivas galas del mito y la leyenda.

Una de las gestas que configuran la sombra legendaria de Sant Jordi cuenta que un malvado dragón poseído por la gula asolaba las tierras de Libia o el Montblanc, tanto da el escenario. Así pues, para evitar los estragos que tan poderosa criatura provocaba, los habitantes del lugar llegaron a la brillante conclusión de que si le ofrecían una persona en sacrificio a diario, seleccionada con anterioridad por sorteo, como aportación proteínica esencial para su dieta, la maléfica criatura dejaría vivir al resto en relativa paz.

Y así fue durante un tiempo, en menoscabo de la demografía, hasta que la macabra lotería hizo que un día la premiada fuese la bella princesa Cleodolinda. No tardaron en aparecer quienes se ofrecieran como manjar en lugar de la joven de sangre azul, pero su padre, el rey, firme en sus convicciones y de corazón incorruptible (se conoce que este tipo de monarca ya se extinguió), los rechazó uno a uno, y su hijita tuvo que emprender el camino al encuentro del dragón y la muerte.

Pero entonces la divina providencia quiso poner en su camino a un joven caballero de dorada armadura (siempre acuden héroes en ayuda de las princesas, ora sean caballeros, ora fiscales del Estado), que siguiendo una revelación que había tenido, acudía para salvar a los lugareños de aquella pérfida fiera. Y así, citados por su destino, se encontraron caballero y dragón, y ante la presencia de la asustada Cleodolinda y tras una breve lucha, Jordi, un maestro en el manejo de la lanza, dejó malherida a la bestia, que fue transportada ante el rey y sus súbditos (cómo lo hicieron no queda claro, tal vez en lugar de libios o del Montblanc, Jordi y Cleodolinda fueran vascos, no lo descartemos), donde finalmente fue rematada por aquellos que habían perdido a sus familiares y amigos por el caprichoso sorteo. De la sangre de las heridas del dragón brotó un bello rosal de rosas rojas, del que Jordi, todo un gentleman, cortó una y se la regaló a la princesa, antes de desaparecer, tan rápido como había aparecido, por siempre jamás (hay quien cree que la princesa sólo tenía de linda el nombre, y cuando el rey quiso que el caballero se casase con su hija, éste puso pies en polvorosa). De ahí que sea costumbre regalar una rosa a las personas que se aman por esta fecha, aunque, lo reconozco, yo la mayoría de las veces he regalado libros, me parecen tanto o más bellos, y sin duda más duraderos, que las rosas.

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Porque la Diada de Sant Jordi, patrón de Cataluña[1], coincide con el Día Internacional del Libro y de los Derechos de Autor, que por mucho que nos hayan querido vender que se debe a las muertes en esa fecha de Cervantes (falso, murió el 22 de abril y el 23 fue enterrado) y Shakespeare (falso también, según el calendario gregoriano murió el 3 de mayo), se debe en realidad a la festividad catalana[2], cuya trascendencia más allá del Ebro y los Pirineos hizo que la UNESCO propusiera esa fecha en 1995.

Desde entonces, editoriales y libreros (porque no nos engañemos, éste es un mundo donde el que menos gana, salvo cuatro excepciones, es el escritor) hacen su particular agosto el 23 de abril, y los títulos y los autores inundan nuestras calles con agrado de los que, como yo, vivimos de, por y para los libros.
Sin embargo, como no todo puede ser positivo, tendríamos que preguntarnos, pese a ya saber la respuesta en nuestro fuero interno, si realmente es necesario que se publique todo y a todo el mundo[3]. Y como todos sabemos que no, no lo es, ahora mismo estaremos explicándonos por qué pasa esto. Yo, por mi parte, apenas anuncio las siguientes ideas:
1.       El libro, por mucho romanticismo con que lo miremos, es un negocio como otro cualquiera, así que su principal fin no es otro que la obtención de beneficios económicos. Es de perogrullo, pero es imposible sobrevivir en este mundo salvaje sin ganar dinero.
2.       El hipotético lector, en caso de que exista, es heterogéneo. Por mucho que nos tiente, la república de las letras no es más que una utopía. Así que es lógico que junto a Pavese o Borges, por ejemplo, figuren el torero de turno, o el cocinero, o nuestro vecino del sexto, quien dice de sí mismo en el perfil de una red social que es poeta.
3.       La cultura se ha democratizado y, por consiguiente, se ha vulgarizado. Esto tiene cosas buenas, como que tú y yo tengamos acceso a ella, y cosas malas, como que los Coelho, las Allende o la señora que escribe pornografía para marujas se forren con eso de la literatura.
4.       Existen más libros que lectores porque los costes de producción son relativamente bajos. Y lo que a las librerías llega se puede vender, y lo que no, no. No importa la calidad, sólo la venta y el beneficio.
5.       La democratización implica, es evidente, la masificación, y la masificación, en efecto, la industrialización. Sólo hay que reparar que es de uso generalizado la expresión industria cultural en los medios para cerciorarse de que la economía lo engulle (y lo prostituye) todo. Así que aquello que solíamos entender por cultura ya no es esta cultura.

Pero no quiero amargarle a nadie el día de Sant Jordi, quizá sólo remover conciencias, si es posible, ya he dicho antes que es una festividad que a mí me encanta. Y los seres humanos somos así, y hasta a los elementos que se tornan más perversos podemos encontrarle una parte positiva. De hecho, me parece bellísima la proteica finalidad que la venta del libro adquiere en esta fecha, al margen de todo lo dicho anteriormente: quizá sirva para conseguir un amor, o para recuperarlo, tal vez sólo se busque sacar una sonrisa o gastar una broma, incluso su compra puede estar al servicio de una buena causa, como ayudar a los que menos tienen, a financiar la investigación de una enfermedad rara o a obtener el dinero que falta para que esos chicos y chicas puedan pagar el viaje de sus sueños. No importa. Eso sí, yo por mi parte pienso separar el grano de la paja, y buscar ese libro y ese autor que de verdad valgan la pena.

Feliç Diada de Sant Jordi a tothom!


[1] Cómo somos de trabajadores los catalanes, que ni siquiera el día de nuestro patrón es festivo en el calendario, por mucho que lo sea en nuestros corazones.
[2] En sus orígenes, el día del libro en Cataluña se celebró por primera vez un 7 de octubre, pero en 1929, coincidiendo con la Exposición Universal de Barcelona, se trasladó esa fecha al 23 de abril actual.
[3] De hecho, recuerdo que ya hace años se decía que España era un país de compradores de libros pero no de lectores, porque estaba bien visto tener libros en casa que arrojasen algo de luz después de tanta oscuridad franquista, y aunque al final no se acabaran leyendo, había que tenerlos, quedaban bien, eran un buen elemento decorativo. Hoy, mucho me temo, estamos perdiendo esa costumbre, y en según qué círculos hasta es gracioso no haber leído nunca un libro…
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