28. Triste epístola desde el exilio

Se cuenta que el poeta elegíaco Ovidio, por orden del emperador Octavio Augusto, fue exiliado a orillas del Mar Negro, en concreto al bárbaro país de los getas, en la actual Rumanía[1].

Desde allí escribió sus últimas dos obras, Tristia y Epistulae ex Ponto (aunque la autoría de los últimos libros de esta última parece que no se debe a Ovidio), dirigidas al emperador, a su familia, a sus amigos y a sus enemigos para que intenten favorecer su retorno, y, finalmente, a la posteridad, que se convertirá en la receptora de sus dísticos gracias a la inmortalidad literaria. En efecto, una vez que va perdiendo la esperanza de volver alguna vez a la ciudad de las siete colinas, reflexiona con amargura y desencanto sobre su entorno, sobre su existencia y sobre su poesía (es, quizá, la primera reflexión metapoética moderna, que sorprende cuando se lee por la actualidad de las concepciones literarias que expone el de Sulmona).

J. M. W. Turner: Ovidio desterrado de Roma (1838).
Y salvando las distancias, yo, hoy, me siento Ovidio (de hecho, de igual modo que “todos somos Homero”, pienso que la gran mayoría deberíamos sentirnos Ovidio): desencantado, triste, exiliado, en un entorno “hostil” y como aquél que predicaba en el desierto pero con la certeza de que ningún dios acudirá a enseñarme el camino recto. Pero a diferencia del poeta, mi exilio, aunque no deja de ser forzado, no me resulta desagradable. Al contrario, a mí es Roma quien me repugna, y ni romano soy ni a Roma adoro, ni en Roma creo ni a Roma amo. Me explico:

El pasado día 19 de este mes las cosas andaban revueltas por la editorial donde trabajo como consecuencia de la serie de artículos relacionados con la supuesta manipulación de los libros de texto catalanes que la máquina de propaganda española y españolista publicaba. Y me hizo tanta gracia uno de los artículos en cuestión (no hay cosa más divertida que el periodismo una vez que eres consciente de que sólo sirve al poder; en caso contrario, no hay cosa más peligrosa), que lo compartí en Facebook. En concreto, hablo del publicado por ABC y titulado “Cómo Cataluña inculca el odio a España en las aulas”[2]. Además, para que quedase clara cuál era mi intención, que ya se sabe que tendemos a malinterpretarlo todo, lo acompañé del comentario siguiente: “cómo adoctrinar hablando del supuesto adoctrinamiento de otros, clase práctica impartida por el sindicato minoritario afín a Ciudadanos AMES y el periódico rancio ABC (que yo no sé por qué al periodismo se le llama el cuarto poder, cuando siempre ha sido, es y será un apéndice del primero). Y que éste sea el alimento con que se nutren las mentes de los españolistos… por no hablar del daño que estas gilipolleces le hacen a las editoriales en cuestión, de cuya existencia depende el sueldo de muchísimos trabajadores… en fin, una mierdaca más de este rollo que sirve para ir disimulando la corrupción y el retroceso económico y social. ¡Bravo por todos nosotros!”

Creo que como queda meridianamente claro, mi comentario perseguía los siguientes objetivos:

1. Señalar la perversión con que el periodista y el medio de comunicación utilizan el lenguaje; sí, adoctrina denunciando otro supuesto adoctrinamiento. Y es que con estas cosas sucede lo mismo que cuando se habla de lo perniciosos que son los nacionalismos, y eso te lo dice, claro está, un nacionalista español. Pero eso es lo normal, ¿no? ¡Hay que llevar a España en el corazón! ¡Claro que sí, guapi!
2. Señalar que el sindicato no es nadie, y que el ABC tampoco. Bueno, sí, herramientas de manipulación y adoctrinamiento.
3. Que hay que ser muy poco inteligente para que tus opiniones (las que hablan por boca de la verdad absoluta, ¡por supuesto!) se basen en este tipo de informaciones. Así nos va…
4. El riesgo que suponen para las empresas (y esto me preocupa porque sin empresas no hay trabajo) y, sobre todo, para sus trabajadores, este tipo de cosas. Los trabajadores catalanes podemos “hablar raro”, alimentarnos de bebés recién nacidos los días impares y odiar a muerte a los españoles, pero necesitamos trabajar para pegarnos la gran vida a costa del resto de España (salpimiéntese todo esto con ironía, sarcasmo y mala leche, de lo contrario no acabará de entenderse el sentido que quiero darle a esto que escribo).
5. Felicitarnos a todos por seguirle el juego al poder, al catalán y al español, y no ocuparnos de lo que realmente importa: nosotros somos el ojo de Sauron al que se distrae; ellos, Frodo y Sam, que ya se nos han metido por la retaguardia y siguen perforándonos poquito a poco. Y aunque ya notamos cierto escozor, aún no nos hemos dado cuenta de que la infección nos está costando la misma vida.

Pero no hay nada que hacer, ya estamos todos revisando las hemerotecas en busca de aquel artículo de aquella editorial española que publicaba aquella información filofascista, o hablando de los pitos a un himno o del rechazo a una bandera (¡qué oportuno que un equipo catalán y uno vasco hayan llegado una vez más a la final de la Copa del Rey de fútbol!), jugando a este y tú más del que no quieren que salgamos. Porque si en algún momento salimos, se les desmonta el chiringuito a todos estos políticos que nos gobiernan.

¿Pero entonces tú qué eres: español o catalán? ¿Independentista o no independentista?, me han preguntado quienes han hablado de este tema conmigo alguna vez. Pues ni una cosa ni la otra, sinceramente. La vida no es el fútbol, que si no eres del Madrid tienes que ser del Barça, no es todo blanco o negro (o azulgrana), afortunadamente. De hecho, considero igualmente limitaditos intelectualmente a los unos y a los otros (y si alguien se ofende, que se fastidie; a mí sus tonterías me afectan cada día y ya estoy muy harto de tanto tonto y de tanta tontería), igualmente dañinos. Y mis últimos votos, no me sonroja decirlo, al contrario, han ido a parar a Podemos, En Comú Podem y a la CUP, que son las propuestas políticas que mejor representan mi ideología, al margen de patrias, himnos y banderas. Porque a mí, y a ti, si te los piensas un poquito, los temas patrióticos no me tocan el corazón, sino que me afectan al bolsillo, a la salud, a la educación, en definitiva, a todo aquello que nos están robando mientras los orcos de uno y otro lado se lanzan pullas. ¿Qué queréis que os diga? Ser de izquierdas no es votar a partidos que incorporan el adjetivo obrero o el sustantivo esquerra a sus nombres pero que después aprueban y apoyan leyes de derechas. Y eso es lo que sucede tanto en España como en Cataluña, ni más ni menos. Pero no, aquí en Cataluña, en caso de conseguir la independencia todo va a ser diferente, ¿verdad? La derecha rancia catalana (Convergència o PDECat, que aunque la mona se vista de seda…) y la derecha con disimulo (ERC; ¡qué diferencia entre lo que dicen en el Congreso o los tuits de Rufián y lo que aprueban desde la Generalitat! ¡Valientes hipócritas traidores!) van a hacer políticas diferentes a las que hacen PP, PSOE y Ciudadanos desde Madrid… ¡claro que sí, guapis, ya lo estamos viendo![3]

La identificación con la patria es un truco que tiene miles de años y que sirve, en efecto, para que nada cambie. Ya desde la República (¡leed a los clásicos, cabrones!) sabemos que la defensa a ultranza de la tierra sirve para mantener un régimen clasista, antidemocrático, que aunque no es inamovible, sí está basado en una perversa meritocracia (los méritos tienen que ser observados y valorados por otros, los ciudadanos del primer nivel), y que se sostiene con una ficción inventada por el poder: la tierra es nuestra madre, nuestra nodriza, y moriremos por defenderla de cualquier ataque externo. ¿Tengo que hacer yo los paralelismos? Creo que no…

Y es que, y con esto voy acabando, cualquier cambio necesariamente tiene que venir desde abajo, ya tenemos suficiente de “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”, de este neodespotismo ilustrado que nos hace transitar por caminos que sólo interesan a unos pocos. Cualquier cambio, finalmente, tiene que venir de la clase obrera. Y éste es el verdadero problema, que a diferencia de los primeros movimientos obreros, hoy en día nadie es un obrero o, por lo menos, nadie quiere sentirse un obrero. Nos han adoctrinado tan bien, unos y otros, que nos han hecho pensar que la lucha obrera es cosa de otro siglo, ya lo obrero nos suena a sucio, nos huele a sudor, nos parece ignorante, hasta ofensivo. ¿Cómo voy a ser un obrero si tengo un sueldo que me permite tener una casa en primera línea de mar o vivir en un barrio residencial? ¿Si el sueldo de mi marido o de mi mujer me permite dar la vuelta al mundo en ochenta días? ¿Si trabajo sentado en una oficina protegido de la intemperie y visto de traje y corbata? ¿Si tengo una mutua médica y llevo a mis hijos a un colegio de élite? ¿Si me puedo comprar un móvil de última generación y no me falta absolutamente de nada? ¿Si puedo ir al teatro, o a museos, o al fútbol? Pues yo te digo que, además de ser un obrero, eres tonto o tonta de remate y, además, un cáncer para los de tu misma clase social. ¿Podrías seguir conservando todo eso si te faltase el trabajo? ¿Tu patrimonio te permitiría vivir de las rentas? ¿No? Pues entonces eres un obrero, bienvenido seas al mundo real, has conseguido salir de Matrix. Y los obreros luchan por sus derechos, y no tienen patria (de ahí aquello de la Internacional que estudiaste un día para olvidarlo para siempre), porque saben que sea cual sea su bandera, no representará sus intereses.


[1] Digo “se cuenta” porque ya desde mediados del siglo XX se alzan voces, la de A.G. Lee en concreto, que manifiestan que las poesías del exilio no son más que una invención del narizón, por decirlo de alguna manera, una artimaña literaria del de Sulmona (quien, a decir verdad, siempre fue muy moderno en cuanto a su concepción poética) sin parangón en las letras clásicas. Además de la propia historia, pues no se conserva ningún documento que confirme tal exilio, otros estudios de finales del XX, como los de Fitton Brown o el de Alvar Ezquerra, profundizan en la hipótesis de que Ovidio nunca fue exiliado. Sin embargo, yo soy de los que prefiero pensar que sí fue así, que los misteriosos carmen (¿el Ars Amandi?) et error (¿las correrías nocturnas de Julia, la hija del emperador?) que tanto molestaron a Octavio sucedieron en realidad, y que tanto Tristia como Epistulae ex Ponto recogen, entre otras cosas, la desesperación de quien es obligado a abandonar Roma.
[3] Que no se me malinterprete, todo esto no quiere decir que me alinee con quienes se niegan a que se haga un referéndum de autodeterminación vinculante en Cataluña. Al contrario, soy tan profundamente democrático que quiero que los catalanes votemos, aunque mi voto vaya a ser negativo (porque no vamos a encontrar nada nuevo bajo el sol). Soy tan profundamente democrático como para querer que la independencia de Cataluña se decida en un sistema de votación basado en “un ciudadano, un voto”, y no que se decida unilateralmente basándose en la trampa de un sistema de votación para elegir representantes en el Parlament. Soy tan profundamente democrático que lo votaría de forma directa todo, desde el sistema político monárquico de herencia fascista que tenemos hasta si estos personajes que nos gobiernan (en realidad, que se gobiernan) merecen el oxígeno que respiran.

7. Radicales

No deja de tener cierta gracia el panorama político español que se esfuerzan en presentarnos los miembros del Partido Popular y sus voceros habituales. Y como se acercan las elecciones generales, intuyo que lo vamos a tener que escuchar con mayor frecuencia de lo que lo aconsejarían las autoridades sanitarias (aunque tal vez es cosa mía, pero tengo la sensación de que vivimos en una continua campaña electoral, porque lo único que importa es la elección, la permanencia en el poder o su consecución, y que gobernar, lo que se dice gobernar, se gobierna bien poco, y, además, no interesa).
Según su riguroso y nada partidista análisis, que la demagogia, la corrupción, la manipulación y las mentiras siempre son cosas de los otros, la escena política se divide de la siguiente forma: ellos, virtuosos garantes del justo término medio aristotélico, se sitúan en el centro ideológico[1], y a partir de aquí, empieza la degeneración rumbo a la izquierda, que se inicia con la eliminación de la ambrosía de la dieta habitual y culmina con la compra de ropa en el Alcampo.
Así, el siguiente escalón en esa pérdida de la divinidad es Ciudadanos[2], el partido de los guapos, que aunque aún mantiene la belleza característica de los dioses del Olimpo, forma parte de lo que los populares llaman el centro-izquierda. Tal vez la prueba inequívoca de esta pérdida de la virtud la tuvimos el día después de la reciente noche electoral catalana, cuando quedó demostrado en la persona de Rivera que ellos preferían la ingesta de cava y otras sustancias para sus celebraciones a la tan conocida bebida de los dioses.
Un paso más allá en esta escala descendente, siempre a ojo de buena gaviota, se entiende, está el PSOE[3](supongo que los del PP, además de ellos mismos, son los únicos que se siguen creyendo eso de que es el partido de los obreros), que a pesar de tener a otro guapo como cabeza visible, Pedro Sánchez, y a ese rumor que dice que ha pactado junto a PP y Ciudadanos no derogar la reforma laboral, sea cual sea el futuro resultado electoral, no deja de tener ciertos mínimos tics que lo sitúan en la izquierda de la política española a ojo de buen popular.
Izquierda Unida ya ocuparía el espacio destinado a la extrema izquierda, pero no la radical, tal vez en reconocimiento al pacto contra natura extremeño que le dio esa comunidad a Monago. Pero como nunca han molestado demasiado y de todo tiene que haber en el reino del Señor, además de que nunca han acabado de entenderse con el PSOE y le “roba” a este partido unos cuantos votos, no están en el punto de mira de la ira de los dioses (y más ahora, que no han sucumbido a la seducción del maligno y no acudirán en la misma lista que Podemos).
Por último, los tertulianos y políticos “ultracentristas” se han inventado una subcategoría dentro de la extrema izquierda, ejemplo de la degradación total del Homo hispanicus, la extrema izquierda radical, hábitat donde conviven los leprosos y apestados de la CUP y Podemos[4], el séptimo círculo del infierno dantesco de la política española. De las profundidades de este averno rojo surgen ideas tan perniciosas como la justicia social, la igualdad económica o de género, la lucha contra el capital que nos asfixia y mil plagas más que amenazan con acabar con las comodidades y las libertades que tantos sudores y años de transición democrática borbónica nos han costado.
Pero como las opiniones unívocas, aquéllas que se esconden bajo lemas del tipo “Una, grande y libre”, sólo se consiguen con el miedo y la fuerza, y a mí nadie me asusta tanto y me van a tener que golpear muy fuerte para que siga a las ovejas, no puedo hacer otra cosa que pintar un panorama algo diferente:
La derecha política en España, por mucho camuflaje variopinto que se emplee, no nos engañemos y que no nos engañen, son el Partido Popular, Ciudadanos, Convergència y el Partido Nacionalista Vasco (PNV). Claro que, dentro de esta derecha, hay que hacer alguna distinción para poner a cada uno en su lugar, pues en las filas del Partido Popular y Ciudadanos, y a la altura de ese ente casposo escindido llamado VOX, conviven los neofascistas, que lo único nuevo que tienen es el elemento compositivo neo- que tan generosamente les he atribuido, con los neoliberales, adoradores del “tanto tienes, tanto vales”, y el resto, “a galeras a remar”[5], entre los que hay que contar a unos cuantos del PP y Ciudadanos (los Inda de la vida), y a Convergència y PNV.
El centro derecha es el territorio de PSOE y ERC, que aún tenemos que ver adónde le llevan a Junqueras sus amistades peligrosas convergentes. Ya dicen bien que con el paso de los años nos acomodamos y nos volvemos más conservadores[6], y de aquello que fuimos a lo que nos acabamos convirtiendo queda únicamente el nombre. Pues eso mismo les ha pasado a estos dos partidos, otrora defensores de los trabajadores y sus derechos y hoy paladines del capital y de la patria respectivamente.
Y llegamos, por fin, a la izquierda, una ideología que, por definición, tiene que ser radical, pero en su segunda acepción, a saber, la que dice que lo radical es aquello que ‘tiene en cuenta lo fundamental o

lo esencial’.  Tajantemente, desde luego, como hay que defender todo lo que realmente importa. De manera que no sé por qué utilizan ese adjetivo los “ultracentristas” como arma arrojadiza o como un insulto. Claro que, a diferencia, y por fortuna, que ya estamos en pleno siglo XXI, de aquellos anarcosindicalistas o anarcocomunistas que hacían la guerra de clases a bombazo limpio, los “radicales” de hoy han olvidado la violencia, a diferencia de sus enemigos (porque violencia es exprimir a la población y recortar en todos aquellos servicios sociales que sirven a la mayoría, y que, paradójicamente y para mayor inri, sustenta esa misma mayoría). Hoy las armas son otras, la democracia directa, la de todos en igualdad de condiciones, y la palabra, destructora de muros y constructora de puentes, pero la guerra es la misma.

Y entre estos radicales de izquierdas, con toda la ironía del mundo los llamo así, se encuentran IU, aunque intuyo que a Alberto Garzón le iría mejor si fundase un nuevo partido, de nombre “Alberto Garzón”, la CUP, Podemos, Compromís y los seguidores de Voldemort. Cada uno con sus diferentes ideales, más o menos realizables, pero todos en la tradicional brecha de la izquierda.
Llegados a este punto, tengo que aclarar que, aunque en alguna entrada anterior he hablado en contra de los nacionalismos, como no puede ser de otra manera en alguien que se considera de izquierdas, porque para mí no conducen a ningún sitio y suponen seguirles el juego a los poderosos, hablaba de todos ellos. Y si de todos ellos se habla, no está de más dejar claro que el peor de todos, el que mayor número de muertos lleva a sus espaldas en la historia, es el español, ese que parece que no exista porque es lo “normal y natural” ser y sentirse español. En este sentido, supongo que no hace falta decir lo que pasó en las Américas, eso que nos inflama el pecho cada 12 de octubre, y lo que sucedió en la olvidada Guerra Civil española. Así pues, y por no extenderme, creo que no miento cuando digo que son millones de asesinatos de ventaja los que les saca a los nacionalismos vasco y catalán, por muy condenable que sea arrebatarle la vida a alguien por motivos políticos (o por los que sean, claro).
Así pues, y para ir acabando, supongo que soy un radical de extrema izquierda. Pero qué queréis que os diga, soy nieto de mineros, mi abuelo materno y sus hermanos tuvieron que huir al monte y acabaron en prisiones fascistas, y soy hijo de familia trabajadora. Soy pueblo, eso forma parte de mi mochila de viaje y está inscrito en mi ADN. Y para mí es un orgullo. Aunque entiendo que al niño bien cuyo mayor logro en esta vida es haber nacido en casa rica le cueste entenderlo.


[1] En clave catalana, que al fin y al cabo soy catalán, es el mismo lugar que ocupa en mi Ítaca particular la Convergència de Mas.
[2] Aquí podría hablar también de UPyD, pero ya le dedicaré algunas líneas el día que hable de los dinosaurios y otras especies extinguidas.
[3] Y Esquerra Republicana de Catalunya.
[4] Y Bildu, aunque como a Voldemort, lo mejor es no nombrarlos.
[5] Reconozco que no sabría decir cuáles de los dos son peores. La respuesta correcta, tal vez, es que no se salva ninguno de ellos.
[6] Si yo fuese de esos jóvenes que piensan como sexagenarios me lo haría mirar, corren el riesgo de muerte cerebral cuando cumplan 60 años reales.

2. La izquierda fragmentada

Hace unos días, una persona a la que le tengo aprecio[1], y con la que en los últimos años diría que he hablado casi de cualquier cosa sin tapujos, me dijo que parecía mentira que, con la que nos está cayendo, la izquierda se encuentre fragmentada: unos luchando por el a unas cosas, otros, por el a otras[2].

Reconozco que me quedé sin saber qué decir durante unos segundos, pero no porque el político sea un tema que me incomode, ni porque sea uno de esos inconscientes ignorantes que van de modernos porque pasan de la res publica, ni siquiera porque sea de aquellos otros, cada vez más numerosos, esa peculiaridad tienen la fe y las cosas del corazón, ya se sabe, que cuando no comulgan con su opinión, no esgrimen más argumento que el silencio —y no es porque tengan presentes las perlas y los puercos de Mateo, Erasmo o Shakira, allá cada cual con sus referentes culturales—. No, no van por ahí los tiros.

Simplemente tardé en responder porque su concepción de la política y sus extremos no coincidían con los míos, y eso, lo reconozco, siempre me ha desorientado. ¿La izquierda, fragmentada? Pues no, no lo creo. Claro que depende de qué entendamos por izquierda…; pero para mí no lo está. En absoluto.

Es más, para mí, y espero que para muchos otros como yo, en Cataluña[3] se presentan únicamente dos partidos de izquierda a las próximas elecciones, por mucho maquillaje preelectoral que se den algunos, uno más combativo, el otro menos. Uno con el factor independentista como una de sus reivindicaciones capitales, y otro sin él, pero sin renunciar a ello si es lo que decide finalmente la mayoría. Pero ambos están donde tienen que estar y luchan por lo que tienen que luchar: las reivindicaciones sociales y laborales de siempre, la igualdad y, en definitiva, la dignidad de las personas. De todas ellas, sin distinciones ni excepciones.

En efecto, hablo y hablaba de la CUP (Candidatura d’Unitat Popular dels Països Catalans) y de la coalición Catalunya Sí que es pot (formada por Podemos, ICV-Els Verds, EUiA y EQUO). Y dejé y dejo fuera de esa izquierda, expresamente, al PSC —y al PSOE, su matriz— y a Esquerra Republicana de Catalunya.
Pues bien, después de mi primera respuesta, ese potencial amigo añadió algo aún más perturbador, pues quería que le diese mi opinión pero sin hacer ningún juicio de valor, señal, mucho me temo, de que empezaba a no gustarle lo que le estaba diciendo… pero ¿cómo se puede valorar algo sin valorarlo? Primero tendré que valorar qué es la izquierda, y luego hacer una selección de los partidos políticos que encajen en esa valoración. Así que, con un poquito de mala leche, le dije expresamente que “socialistas” —sí, entrecomillados— y Esquerra son partidos de derecha.


Los primeros, porque sus políticas económicas —y no voy a hablar de las declaraciones recientes de algún histórico dirigente— han demostrado que podían ser tan o más liberales que los ultras que habitan el Partido Popular, Ciutadans y CiU (o CDC y Unió), y los segundos, porque han dado su apoyo al gobierno “tijeretero” de Artur Mas[4], con lo cual se han convertido en cooperadores necesarios y cómplices de los delitos cometidos contra el bienestar social en Cataluña. Porque esto es así, por mucho que se haya intentado culpabilizar únicamente al Gobierno de Rajoy, la Generalitat y la ideología del partido del President Mas tienen mucho de responsables. Otra cosa muy distinta es que no lo queramos ver o que hayamos decidido que, ya que nos roban, es preferible que lo haga alguien de aquí. Lo lamento, no soy nada maquiavélico, y no creo en eso de que el fin justifica los medios —aunque diría que el principesco italiano nunca escribió la tan famosa sentencia que se le viene atribuyendo años ha—, así que no salvo a Junqueras y su partido del infierno. Sería ir contra mis principios y convicciones, sería ir contra mi propio ser.

Y de principios y convicciones creo que iba y va todo esto. Pienso que mi potencial amigo se siente y es de izquierdas, e imagino que en convocatorias electorales pasadas habrá votado a alguno de los partidos a los que intencionadamente he desterrado de la esfera siniestra, de lo contrario no me hubiera replicado, casi ofendido, que durante muchos años gente que es muy de izquierdas ha votado socialista o a ERC. Sin embargo, pregunto: ¿la tendencia de los partidos políticos responde al significado de sus siglas y a la ideología de sus votantes? ¿O, por el contrario, responde a las políticas que llevan a cabo una vez en el poder o, en su defecto, a las políticas que con su apoyo ayudan a poner en marcha? Si como creo no ando errado y la respuesta correcta es el segundo interrogante, PSC/PSOE y ERC —y no digamos ya el Junts pel sí del señor Mas[5] y su continuismo sombrío y antisocial— quedan lógicamente fuera de las izquierdas. Facta, non verba.

Decía antes que de principios y convicciones iba y va todo esto, y creo que mucha de esa gente de izquierdas de la que hablaba mi potencial amigo —tal vez incluido él mismo, quién sabe— está profundamente perdida y decepcionada, porque, en efecto, nos han hecho perdernos, nos quieren seguir perdiendo, y nos han decepcionado[6]. Pero esto no acaba aquí, hay más opciones, dos para ser exactos.

Las banderas y los himnos, aunque nos han hecho creer que son necesarios e imprescindibles, alimentan poco y, además, siempre se indigestan[7].


[1] Como él mismo dice, aunque no somos amigos, lo podríamos haber sido, o lo podríamos ser en un futuro. Con toda sinceridad, me gusta la gente que no considera un amigo a todo el mundo (ya es un primer paso para que lo acabemos siendo), soy de los que piensa que la amistad es algo que se fragua con el tiempo, y para ello, además de las simpatías y los intereses compartidos, las experiencias vividas juntos son imprescindibles. Y de ellas carecemos para considerarnos como tales. Al menos de momento.
[2] En honor a la verdad, toda esta conversación se produjo en catalán, pero para evitar los prejuicios poco inteligentes que habitualmente campan por eso llamado España, he decidido traducirla y adaptarla al español.
[3] Pues la conversación y esta reflexión que ha generado deben entenderse en clave catalana. Otra cosa es que alguien las extrapole a sus propias regiones y/o países, pero no seré yo quien se meta en problemas de casa ajena.
[4] Hoy me resisto a hablar de la deleznable corrupción que afecta a PP, PSOE (me sorprendió el otro día Susana Díaz cuando dijo que a España le sobraba Rajoy, y a Cataluña, Mas… ¿y a Andalucía no le sobra Susana Díaz? Nos quejábamos de Valencia y su inmovilismo a pesar de tanto excremento, pero lo del PSOE y Andalucía empieza a ser como las gárgolas y la catedral de Notre-Dame), Convergència y ya veremos si también a ERC…
[5] Reconozco que uno de los mayores éxitos de Convergència ha sido enmascarar su verdadera identidad, pues hay quien todavía se sorprende cuando digo que ellos y el PP son Cástor y Pólux en cuanto a su concepción de la economía se refiere. Y todo análisis que sea desapasionado y racional sobre esa cuestión acabará llegando a la misma conclusión.
[6] A mí, por ejemplo, me decepcionó profundamente ICV-EUiA cuando después de haberlos votado, pactaron a la extremeña para conseguir la alcaldía de la localidad en la que resido, con idéntico resultado posterior que el obtenido en Extremadura por ese mismo partido después de unir sus fuerzas a las del “cojonero progresista” de Monago. Esto es, vuelta a una más que discreta oposición. Y, por supuesto, la pérdida de mi voto per sæcula sæculorum.

[7] Quien esto escribe nunca ha pasado hambre, pero es nieto, hijo y sobrino de quienes sí la pasaron, y ha escuchado y ha aprendido de esos testimonios de un tiempo que ya no existe, pero que amenaza con volver. En nuestra mano está. Alea jacta est.