54. El periodo de adaptación

La llegada de septiembre, además de marcar el fin del periodo vacacional y la vuelta a la rutina (el trabajo, la convocatoria de elecciones, la liga de fútbol… vamos, lo normal de cada año), significa para quienes tenemos hijos de entre 0 y 5 años (por ponerle, aun a riesgo de equivocarme, un límite al asunto) tener que hacer malabarismos para afrontar ese periodo anormal con que conseguir la normalidad comúnmente llamado adaptación.
Y aunque es cierto que para nuestros hijos se trata de un periodo más que necesario (y para sus progenitores, que a todo tiene que acostumbrarse uno y todos tenemos sentimientos, por mucho que haya personas empeñadas en reservarse la exclusividad sentimental, pero eso ya es otra historia), para nosotros, padres y madres, suele ser más una putada que una ayuda, sobre todo a la hora de conciliar nuestras jornadas laborales con los horarios que se establecen en los diferentes centros educativos; aquí se da una primera diferencia entre las guarderías y escuelas públicas y las privadas: el dinero mueve montañas, amplía horarios y avanza fechas; que sea beneficioso o perjudicial para los más pequeños no es algo que esté en posición de juzgar, como mínimo me falta la mitad de la información, y además no es mi intención.
Seamos sinceros, en este país la palabra conciliación está más vacía de contenido que libertad, o que democracia, o que igualdad, o que la expresión amparado por la Constitución, por poner otros ejemplos sangrantes. Aquí, conciliar significa reducir tu jornada laboral (con el consiguiente recorte de sueldo, faltaría más, que somos europeos sólo en aquello que les interesa a unos pocos, a los de siempre, vamos), o guardarte unos días de tus vacaciones (quien lo pueda hacer; yo, por ejemplo, no puedo: la empresa donde trabajo cierra de tal a tal fecha, y no tengo la opción de mover mis días vacacionales), o echar mano de esa bolsa de horas extraordinarias que has ido acumulando a lo largo del año con vistas a posibles imprevistos (llamémosles adaptación, o enfermedad infantil o, simplemente, reuniones con los profesores de tu hija), o prometer que esos días u horas que necesitas por el bien de tu hija ya los recuperarás más adelante (¿cómo y cuándo?), o pedir por favor (al loro: por favor), puesto que no vas a poder recuperar esas horas que necesitas debido a que tu hija va a seguir necesitando tu atención y compañía todos los días de su vida hasta una edad determinada, que descuenten de tu sueldo esos días y/o horas que has necesitado para cuidar y acompañar (ojo al sentido del término acompañar, que es el verdadero sentido de este post, creo que más simpático de lo que parece hasta el momento, por mucho que me esté adentrando en las tinieblas en su introducción) a tu hija durante esos primeros días de guardería y/o colegio. O bien ya mandarlo todo a la mierda y llamar al trabajo diciendo que has sido víctima de una gastroenteritis nocturna, o que tienes unas décimas de fiebre, y que te quedas descansando en casa, pero que ya mañana o pasado mañana estarás en condiciones de reincorporarte a tu puesto…
Pues bien, en el caso de la adaptación a la guardería de Júlia, nuestra pequeña de dos años, mi pareja tuvo que pedir dos días de permiso, 5 y 6 de septiembre, que aún hoy sigue recuperando (cuando puede, porque tiene que salir a escape del trabajo y devorar más que comer para llegar a tiempo de recoger a nuestra pequeña; que sí, que la podríamos dejar más tiempo, pero somos de los que pensamos que, si hemos tenido descendencia, es cosa nuestra, así que salvo causa mayor no la dejamos más tiempo del necesario en la guardería ni se la “endosamos” a los abuelos), y yo, aprovechando que tenía un buen número de horas a mi favor (cosa de estar en un año laboral prácticamente sin puentes, a lo que le sumo que alargo mi jornada cuando tengo trabajo “por lo que pueda pasar”), las mañanas de los días 9 y 10 del mismo mes. Hasta ahora no habíamos tenido demasiados problemas al respecto: yo no he reducido mi jornada laboral en ningún momento para que mi hija pudiese estar el máximo tiempo posible con su madre (en lo que representa un sacrificio más que una forma de desentenderse, pese a que haya gente que no lo entienda así, y por aquella razón tan tonta de que somos animales mamíferos, y mamas que nutran de leche en mi casa sólo están las de mi pareja…), casi dos años a la postre, pero desde hace ya unos meses estamos trabajando los dos, así que había que adaptarse a la nueva situación porque no se puede ocupar ella sola de toda la logística que comporta tener un hijo.
Como es natural después de haber pasado un mes con mamá y papá, contando, además, los 14 días de vacaciones en los que hemos estado 24 horas por y para ella, el primer día de guardería (la primera hora y media, que eso es una adaptación: ir incrementando el tiempo que pasa la niña en la guardería con el acompañamiento de sus padres; y a medida que aumenta el tiempo allí, va disminuyendo el acompañamiento paterno) no fue bien. Júlia lloró y no quiso despegarse de su madre, aunque la segunda parte de ese primer día la pasó “bastante bien”. Para el segundo día Júlia ya había entendido perfectamente que, del mismo modo que papá y mamá tienen que ir a trabajar, a ella le toca ir al cole (así le llamamos en casa a la guardería): ni siquiera dejó que su madre se parara a saludar a otros padres, ella tenía que ir al cole y no podía entretenerse en saludar a nadie (ojalá tuviera yo la mitad de las habilidades adaptativas a los cambios que tiene mi hija, y no es pasión de padre, no). Allí, besito y abrazo a su mami, y a jugar, que la nueva clase la espera.
Pero entonces el proceso adaptativo se ve interrumpido por el fin de semana, y eso, junto al hecho de que el lunes sería yo quien la llevase a la guardería en lugar de su madre, nos hacía temer que volviese a tener un mal día. Pero nos equivocábamos: Júlia se despertó, desayunó y emprendió el camino hacia la guardería con absoluta normalidad. Más o menos a mitad del trayecto, se despidió de su mamá y completamos la ruta cantando y jugando. Y una vez en la guardería, y tras enseñarme el nuevo espacio y jugar unos 10 minutos conmigo, me dio un besito, me abrazó y me soltó un “¡adiós, papa!” que me dejó de piedra. Vale, hija, pues me voy (no me quieras tanto, pensé entre divertido y aliviado), en un ratito vengo a buscarte. Así que salí y me tomé tranquilamente un té matcha (¡menuda cosa me ha descubierto mi pareja!) mientras leía un poco y esperaba que fuese la hora de irla a buscar. Llegado el momento la recogí (la cosa ha ido muy bien, me dicen las profesoras), la dejé en casa de los abuelos, donde protestó un poco, y me fui a trabajar. Mañana será otro día, pensé (el último antes del parón, otro más, de la Diada, y antes de ampliar el horario y juntar a todos los niños de la clase; hasta ahora los habían dividido en dos turnos).
El martes día 10 de septiembre amenazaba con tormentas (según los meteorólogos, iba a caer la de Dios), y aunque nos llovió un poco en la parte final del trayecto hasta la guardería y el día pintaba bastante mal, al final no fue para tanto. Pero Júlia estaba como el tiempo, y ese día, cuando parecía que todo estaba solucionado, no quiso separarse de mí y lloró cuando le dije que me iba un ratito y luego volvía a buscarla. Así que me quedé jugando con ella: vestimos y le cambiamos el pañal a una de las muñecas que tienen allí para que jueguen, le dimos un paseo en el carrito por toda la clase y, finalmente, nos tumbamos para jugar con la increíble multitud de dinosaurios (¡dinosaurios!) de plástico que guardan en una de las cajas de los juguetes. Y cuando digo nos tumbamos, es que nos tumbamos de verdad. Y venga dinosaurio para aquí, y venga dinosaurio para allá, y éste le muerde el dedo al papa, y aquél, la nariz a Júlia, todo ello con los efectos sonoros adecuados para la ocasión, no penséis que jugábamos en silencio (es curioso que a Júlia le gustan los dinosaurios de verdad, los que tienen dientes afilados, y garras, y aspecto fiero, y en concreto su preferido es el Tyrannosaurus rex, buen gusto que tiene ella; pero no cualquier tiranosaurio porque al que sale en las películas Toy Story no le hizo ni caso, y cada vez que yo se lo daba lo metía de nuevo en la caja, pese a estar provisto de una sonrisa que le da un aspecto de lo más simpático). Con todo, al final de cada escaramuza reptiliana, por aquello de que no fuesen a pensar que educo a mi hija en la violencia más despiadada (¡joder, la de la vida real! Se supone que los dinosaurios eran así, ¿no?), todos los dinosaurios se daban besitos y se abrazaban como buenos amigos que son…
 
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La verdad es que no sabía cuánto tiempo llevaba jugando con mi hija y los dinosaurios (si por casualidad hubiesen sido Playmobil o muñecos de Star Wars me podrían haber dado las doce perfectamente), pero empezaba a tener la mosca detrás de la oreja porque el resto de padres no jugaban con sus hijos (en cambio, a Júlia y a mí se habían acercado otros niños, y jugábamos también con ellos), y aunque en principio pensé que vaya una gente sosa, llegó el momento en que todo empezó a resultarme sospechoso. Así que cuando empezaron a marcharse los primeros padres, decidí volver a hacer una intentona. Sin embargo, Júlia se me enganchó a la pierna con ese abrazo parasitario tan propio de los niños pequeños y empezó a llorar porque no quería que el papa se fuera. Entonces intervino una de las dos profesoras, la cogió y con tono y mirada de reproche me dijo: Claro, como jugando con el papa se lo pasa tan bieeeeeeen (así, estirando el adverbio)… Touché, cogí la indirecta a la primera, me despedí de Júlia y, turbado, me fui a tomar un matcha: había acabado mi primer día de adaptación expulsado de la clase por mi hija, y el segundo, por una de sus profesores. ¡No es un mal bagaje en absoluto!
Una vez que recogí a Júlia de la guardería, la dejé en casa de los abuelos (donde repitió la escenita parasitaria) y llegué al trabajo, comenté la jugada con mis compañeros Marta y Jordi (la primera tiene un hijo un poco más pequeño que Júlia, y el segundo, una hija y un hijo ya adolescentes), ¡y no creáis que se rieron poco! ¿Pero cómo se me había ocurrido ponerme a jugar con la niña? (pues porque mi hija quería jugar conmigo, ¡y yo no soy un padre soso de ésos que o bien no les sale o bien sienten algún tipo de pueril vergüenza de ponerse a hacer el indio con sus hijos en público!) Además de que tampoco me apetecía, ni me apetece, ponerme a hablar con otros padres sobre nuestros hijos: que si el mío ya recita el abecedario del revés, que si la mía ya caminaba cuando estaba en el útero, que si la mía con tres meses ya andaba y ahora es capaz de saltar un metro en vertical y a pies juntos… ya sabéis la de tonterías que decimos los padres cuando hablamos de nuestros hijos… Se supone que durante el periodo de adaptación la misión de los padres es acompañar a los pequeños, pero no interactuar con ellos, pues de ese modo se acostumbran a estar sin nosotros… de repente se me enciende la bombilla, y el eco de una conversación casi olvidada retumba en mi cabeza. Por si acaso me equivoco, cuando por fin hablo con mi pareja, ella se encarga de confirmar mis sospechas: poseía toda la información referente a la adaptación porque lo habíamos hablado con anterioridad… creo que no os descubro nada nuevo si os confieso que me sentía culpable. Errar es cosa de humanos, y uno aprende a sobrellevar los errores que comete y a aceptar sus consecuencias, pero si tus errores acaban afectando negativamente a tus hijos…
Y como la mente es así, al menos la mía lo es, empecé a imaginarme que por culpa de mi Jurassic Park particular el proceso de adaptación de Júlia tendría que volver a empezar porque seguiría echando de menos a sus padres y lloraría desconsoladamente cada mañana cuando su madre la dejara en la guardería (os recuerdo que al día siguiente era festivo en Catalunya, y luego venían dos días de guardería más, el último de ellos ya full time)… le pedí a mi pareja que se disculpara en mi nombre con la profesora que amablemente me había echado de clase el día 10, y me expliqué a mí mismo, supongo que para excusarme, que entre las muchas cosas que cambian (o se deterioran) en una pareja cuando llega un hijo, hay que contar con la comunicación. Y no es porque no se hable, no, se habla y mucho, y casi siempre es sobre los hijos. Lo que ocurre es que en muchas ocasiones esas conversaciones se dan en situaciones comunicativas complicadas: a última hora del día, ya agotados; mientras se baña o se cambia a los hijos; mientras se prepara la cena; mientras nuestros hijos cantan o bailan, o las dos cosas a la vez; etc. Así que en muchos casos las respuestas a la información que a uno se le transmite (sea quien sea de los progenitores el receptor) es sí, sí, o entendido, o ajá, cuando en realidad no se ha procesado absolutamente nada de lo que te han dicho. Y luego, claro está, uno se tumba en el suelo a hacer de diplodoco que huye despavorido del ataque de un famélico tiranosaurio…
Ya os avisaba unas líneas más atrás de que ya me gustaría tener la mitad de las habilidades adaptativas que posee mi hija, y no os engañaba. Por fortuna, todo ha tenido un final feliz (de lo contrario no estaría escribiendo sobre ello), y Júlia está más que encantada con la guardería. Disfruta como una niña pequeña (nunca mejor dicho, y como tiene que ser) de su tiempo allí, y demuestra que, además de una polvorilla, es muy independiente (las profesoras se alegran cuando les dice algo, o les da un besito, porque en toda la mañana no las requiere para nada, salvo los accidentes típicos de estas edades). ¡Imaginaos que nada más acabar de comer, sin esperar a nada ni a nadie, coge su muñeca Poppy (la de Trolls), se va a toda pastilla a la estancia donde duermen la siesta, se quita sus zapatitos y se pone a dormir! Así que, pese a todos los impedimentos: la inexistencia de una conciliación real, un padre que no está muy afortunado cuando es su turno de ejercer de acompañante y los días de fiesta que cortaban el proceso; podemos decir que hemos superado, y con nota, la prueba (gracias a Júlia en su mayor parte).
Yo, por mi parte, al final pienso que hice bien (supongo que porque no ha habido ningún problema): mi hija requería y esperaba de mí que estuviera y jugara con ella, y eso es lo que hice. ¿Que lo volvería a hacer? Por supuesto, ¡y más si el asunto consiste en jugar con dinosaurios (por no hablar de si se tratase de Playmobil o figuras de Star Wars)!