37. The Leftovers

A los pocos que me aman y a quienes yo amo, a los que sienten más que a los que piensan, a los soñadores y a los que depositan su fe en los sueños como únicas realidades, ofrezco este Libro de Verdades, no como Anunciador de Verdad, sino por la Belleza que en su Verdad abunda, haciéndola verdadera.

Edgar Allan Poe: Eureka, un poema en prosa (1847). 

 
I believe in love and I live my life accordingly
But I choose to let the mystery be. 
 
Iris DeMent: “Let The Mistery Be”, en Infamous Angel (1992). 

 

Me hubiese gustado empezar este post diciendo que todo fue fruto de la casualidad, que una de esas extrañas coincidencias con que a veces nos premia la vida propició que nos encontráramos. Sería bonito, y mucho más poético, por supuesto, pero no sería verdad. La realidad, como sucede siempre, es mucho más prosaica.

Así que arranco de nuevo: sumido en el vacío existencial que separa el final de una serie del inicio de otra, o en el compás de espera previo al estreno de la nueva temporada de alguna de las que ya sigo, ahora no lo recuerdo con exactitud, tras haber agotado o descartado todas las recomendaciones (no, esta vez no me fiaba de nadie que ponderase las bondades de tal o cual amiga o compañera como para lograr que me decidiera a tener una cita a ciegas), y como no soy persona de esperar a que las cosas sucedan como por arte de magia, sino que cuando quiero algo, hago todo lo que está al alcance de mi mano para conseguirlo antes de desistir, me lancé a la búsqueda de algún título que sirviese para rellenar ese tiempo de ocio que paso frente al televisor.

En consecuencia, como muchas otras veces, acabé acudiendo a HBO, mi página de citas preferida y productora de la que guardo un mayor número de series en mi corazoncito. A nadie engaño si digo que con A dos metros bajo tierra, Los Soprano, Carnivàle y Juego de Tronos mantuve (y mantengo en el caso de la última, aunque la sitúo un peldaño por debajo de las dos primeras) unas relaciones tan intensas y placenteras que creo que jamás las olvidaré. Son de esos amores que duran toda la vida. 

Claro que su método no es infalible: Treme acabó ahogándose en el Misisipi antes de llegar al final, de True Detective me quedo tan sólo con la interpretación de McConaughey en la primera temporada, The Newsroom me parece un artefacto para que los estudiantes de periodismo se masturben, y con The Wire, no sé por qué, no me acabo de atrever1; pero comparado con los empleados por el resto de productoras, con cuyas creaciones, salvo benditas excepciones2, no he mantenido relaciones de mucho más de una noche, HBO casi siempre es garantía de éxito, ni que sea por el cuidado que pone en cada uno de los detalles de sus producciones, te gusten más o menos al final. 

Así las cosas, buscando entre todo lo que había disponible, me di de lleno con The Leftovers, que por aquel entonces constaba de dos temporadas. Y la verdad es que las críticas eran de lo más dispares: desde gente que se declaraba cautivada por la serie y la calificaba como obra de arte (la minoría, la verdad), a gente que la había descartado después de los primeros capítulos o la primera temporada (¡o incluso en el capítulo piloto!) y la calificaba de paja mental sin sentido y aburrida. Además, planeaba sobre ella el rumor de que quedaría inacabada porque en Estados Unidos no había obtenido la audiencia esperada (ni aquí, donde en escasos foros se hablaba de ella). En lo que a mí respecta, con toda sinceridad lo digo, ni las críticas positivas ni las negativas me importan demasiado, tanto las dirigidas a lo que hago yo (el otro día Julia Otero decía que para que una crítica negativa no te destroce, no debes darles alas, y a su vez, a las positivas, tampoco, y creo que está en lo cierto e intento aplicármelo siempre que se dan ambos casos) como a lo que hacen los demás, soy de los que prefieren formarse su propio juicio, aunque en este caso concreto me parecían más sólidas las pocas que leí a favor que las muchas en contra (por supuesto, siempre hay que tener en cuenta quién es el crítico, sus conocimientos de la materia, cómo expresa sus juicios, etc.); en cuanto a que la productora dejase la serie inacabada, con el precedente de Carnivàle muy presente, tampoco me preocupaba en demasía. Para mí es mucho peor estirar la goma hasta que acabe por romperse, así que más vale un buen final en mano (no nos engañemos, el formato serie, a no ser que tenga un gran número de seguidores detrás que garanticen la continuación, suele cerrar cada una de sus temporadas con un buen final, aunque no sea el definitivo ni el deseado), que cientos de capítulos volando con el fin de rentabilizar el producto tanto que no lo reconozca ni su padre. Y de esto existen numerosos ejemplos… 

En fin, sin más información que la que he relatado hasta ahora y con nada mejor que ver en aquel momento, desprovisto de unas expectativas demasiado elevadas, pero atraído por la atmósfera de rareza que todos los que habían visto la serie coincidían en señalar (qué le vamos a hacer, lo que encuentra acomodo en los márgenes de la normalidad siempre me ha parecido mucho más interesante que lo considerado normal, a todos los niveles y en todas las situaciones), me embarqué en un viaje que a la postre ha sacudido mis emociones como sólo lo había hecho antes la fascinante A dos metros bajo tierra. Y es que eso es The Leftovers, una experiencia emocional como nunca antes la hemos visto, desde los primeros segundos de metraje hasta los últimos. Para muestra, un botón: el capítulo piloto arranca con una mujer que habla visiblemente nerviosa por el manos libres (al parecer, intenta solucionar una inundación en el sótano de su casa) mientras prepara la colada en una lavandería automática y mece a su bebé, que llora desconsoladamente (los que somos padres sabemos cómo castiga el sistema nervioso el llanto de nuestros hijos, y conocemos muy bien eso de hacer veinticuatro cosas a la vez mientras intentamos que la criatura se tranquilice y deje de llorar). La acompañamos hasta su coche, la vemos colocar al bebé en el interior acorde a las normas de seguridad vial y, por fin, mientras ella se sienta en el asiento del conductor, llega el ansiado silencio. Pero siguiendo esa máxima que dice que cuando no oigas qué hace tu bebé, ponte a temblar, la mujer se gira para cerciorarse, quizá por última vez antes de iniciar la marcha y mientras le da una serie de instrucciones a su pareja, ahora el interlocutor, de que todo está en orden. Sin embargo, su bebé no está, se ha volatilizado apenas unos segundos después de que su madre fijara el Maxi-Cosi en el coche. El pánico entra en escena: los gritos de alerta y el desconsuelo de la madre se nos clavan en el corazón. Nos unimos a ella para pedir a gritos una ayuda que en nada puede ayudar. Sentimos casi tanto como ella la magnitud de su pérdida. En ese mismo momento, un niño llama a su padre, que también ha desaparecido. Es posible que sólo unos segundos antes se cogiera de su mano. El carrito donde llevan la compra que acaban de hacer, ya sin nadie que lo dirija, choca contra otro auto que se encuentra estacionado y provoca que se dispare la alarma. Un coche sin piloto embiste a otro. Una melodía empieza a alzarse entre tanto ruido, es la primera vez que una de las piezas compuestas por Max Richter nos pone los pelos de punta. Teléfonos que suenan sin respuesta, sirenas que se dirigen al desastre. Fundido en negro. Llamadas de emergencia. El caos absoluto, la desesperación, el horror. Arranca The Leftovers. Tres años después.

He escrito expresamente lo de “tres años después” porque muchas de las críticas negativas que he leído sobre la serie se centran en el hecho de que no se explica por qué desaparece la gente ni por qué desaparecen esas personas en concreto y no otras. Y aquí sería necesario tener unas nociones de narratología que al parecer todo el personal que se dedica a esto de la crítica pseudoprofesional no tiene. La desaparición un 14 de octubre del 2% de la población mundial (¡poca broma, hablamos aproximadamente de unos 140 millones de personas en todo el planeta!) no es otra cosa que el motivo narrativo que impulsa a The Leftovers, es decir, un acontecimiento que pone en movimiento la trama, la excusa imprescindible sobre la que edificar la serie. Motivos narrativos hay muchos: que un desconocido entre en el bar de un pequeño y tranquilo pueblo, que unos adolescentes de la Alemania nazi descubran el swing, que a un profesor de química de secundaria le diagnostiquen un cáncer terminal, etc3. Así que, en el caso de la serie que nos ocupa, poco o nada debería importarnos qué pasó y cuáles fueron sus causas, porque nunca es su intención dar respuesta a esas incógnitas. Y no será que no nos lo dicen constantemente: sólo en el capítulo piloto hasta tres veces y tres personajes distintos afirman con rotundidad que nunca sabremos con certeza qué pasó… pero nada, la audiencia becerril (y que me perdonen los becerros del mundo) sigue viendo capítulos, erre que erre, para ver si se desvela el misterio… 

Pero si soy sincero, vi la primera temporada, basada, según dicen, casi a rajatabla en la novela homónima de Tom Perrotta4 y quizá por eso la más floja de las tres (aunque tiene un par de capítulos absolutamente magistrales), con el miedo de que The Leftovers se pareciese más a la adaptación de una novela de Stephen King que a lo que en un principio prometía. Esto es, centrarse en el drama que supone la desaparición repentina de algunos de tus seres más queridos y en la lucha por seguir adelante pese a todo el dolor, la ira y la frustración que causa un fenómeno para el que no existe explicación (como sucede con los atentados, los accidentes o las catástrofes naturales que acaban con miles de vidas humanas). Porque de esto va el asunto, de un grupo de personajes completamente rotos que se encuentran en una sima emocional de la que no pueden escapar por la imposibilidad de pasar página, porque para ellos no hay duelo posible, ni individual ni colectivo: la religión y la ciencia, asideros tradicionales a los que agarrarse en busca de una explicación de lo inexplicable, se vienen abajo del mismo modo que se han venido abajo las vidas de cada uno de ellos en ese microcosmos que será durante la primera temporada la localidad ficticia de Mapleton, en Nueva York. De ahí que sobrevengan sectas y advenedizos, como el pertubador Remanente Culpable y el Santo Wayne. Y en medio de todo ello, el viejo orden del pasado que busca sobrevivir y volver a la normalidad, encarnado en los personajes de Kevin Garvey Jr., jefe de la policía y siempre al límite de seguir los pasos de su padre, internado por voluntad propia en un psiquiátrico; el reverendo Matt Jamison, que busca una explicación de por qué él, un hombre de Dios, no ha sido salvado; y su hermana Nora Durst, que trabaja para el nuevo departamento administrativo encargado de otorgar o denegar las ayudas a las personas cuyos seres queridos partieron repentinamente.

Con todo, The Leftovers no es una serie para todos los públicos, y esto se confirma a partir de la segunda temporada, que es cuando verdaderamente se puede decir que se libra del corsé de la novela en que se basa y despega hacia la genialidad5. Y el primer hecho significativo es el opening que dará inicio a cada capítulo: las terribles escenas que recuerdan a los frescos de la Capilla Sixtina son sustituidas por una serie de instantáneas de la vida cotidiana de personas anónimas en las que se han borrado los desaparecidos; y la sintonía de Richter, por el Let the Mistery Be de Iris DeMent (¡grandísima elección que deja atrás la castrante imaginería bíblica!). Además, si la primera temporada se centraba en Mapleton, Nueva York, la segunda se traslada a Jarden (¿del Edén?), Texas, pueblo rebautizado como Miracle porque ninguno de sus habitantes partió aquel 14 de octubre. Un lugar único, un axis mundi, una suerte de paraíso perdido donde estar a salvo de ser arrebatados. Pero como sucede con cualquier paraíso que se precie, no todo el mundo es recibido con los abrazos abiertos, y es que la entrada a este edén está protegida por muros y alambradas infranqueables. Resulta lógico, pues, dada la jugosa recompensa, que multitud de personas de toda clase y condición se hacinen a las puertas del pueblo a la espera de su oportunidad (¿te recuerda a algo, vieja y triste Europa?).

En Miracle, los Garvey entran en contacto con Erika y John, el matrimonio Murphy, y sus dos hijos adolescentes, y serán ellos los primeros que nos provocarán la sensación de hallarnos ante un peligro latente e inminente, de que no es oro todo lo que reluce, de que el pueblo tiene más de infernal que de celestial y de que el azar es más poderoso que la mano de ningún dios. De hecho, lo único milagroso que encontramos allí son los elementos fantásticos, cada vez más numerosos, más ambiguos y más desconcertantes (¡cuánto de David Lynch hay en la serie a partir de la segunda temporada!), que elevan el lenguaje narrativo y los recursos expresivos de The Leftovers por encima de lo que nos tiene acostumbrados cualquier producción televisiva o cinematográfica. Y todo ello enmarcado a la perfección entre dos grandes seísmos (el primero de ellos después de un fabuloso prólogo muy a lo Kubrick de 2001: Una odisea del espacio), distanciados entre sí por unas réplicas que sobre todo nos afectan a nosotros, los espectadores.

La tercera y última temporada se inicia, después de otro fabuloso prólogo que conecta con el presente, esta vez ambientado en el siglo XIX, a siete días del séptimo aniversario de la Marcha Repentina y en la antesala del apocalipsis en forma de un nuevo diluvio universal (y asistimos a un apocalipsis, que no os quepa la menor duda, pero en el sentido etimológico del término, el de ‘revelación’). Bien es cierto que el final de la segunda temporada ya era suficiente para concluir la serie (a mí ya me habría bastado) y que esta temporada olía a más de lo mismo, pero visto lo visto creo con toda sinceridad que lo han acabado de bordar, pero no porque se resuelvan todos los enigmas que quedan por resolver, la cosa nunca va de eso, insisto, sino como traca final de un espectáculo piromusical extraordinario que tiene lugar en Australia, una suerte de tierra prometida en la que convergen lo antiguo y lo moderno, y donde se traslada la trama tras los pasos de Kevin Garvey Sr. y su lento peregrinar. Además, los ocho capítulos que concluyen la serie abundan en el acertado recurso de la focalización variable que se adopta (¿y se entrena?) a partir de la segunda temporada, es decir, que cada uno de los capítulos, casi en exclusiva, se centra en uno de los personajes que nos han acompañado en este intenso viaje que es The Leftovers. Como si de un narrador diferente en cada capítulo se tratase, los hechos nos llegan a través del filtro del personaje que los vive (o los inventa, o los sueña, o vaya usted a saber qué), y esto es meritorio porque, pese a que pone a prueba nuestra fe en lo que se nos cuenta y supone un martillazo demoledor a esa máxima narrativa que dice Show, don’t tell, acaba funcionando, vaya si lo hace. Si todavía queda algún escéptico en la sala, que vuelva a ver el final y calle para siempre.

Como colofón, me gustaría señalar algunos de los factores que convierten a The Leftovers en una serie imprescindible (perseverando en los ya comentados y añadiendo algunos nuevos):

1. Supera el miedo al perdido de Damon Lindelof. Yo no he sabido hasta acabar de ver la serie que The Leftovers se debe a la persona que tanto amor y odio suscitó en su momento con Lost, y me alegro soberanamente. Perdidos es una de aquellas series que siempre ha provocado y provoca un sarpullido en casa, así que nunca hemos visto ni uno sólo de sus capítulos, y mucho me temo que de haber sabido que a ambas series las une tal parentesco, es muy posible que no le hubiese dado una oportunidad a la que protagoniza este post. Sí, todo el mundo tiene prejuicios.

2. Una tragedia griega moderna. La mayoría de las opiniones que se vierten sobre la serie enfatizan en que The Leftovers es el dolor hecho televisión, en que cuenta una historia desoladora a la par que apabullante donde la tristeza, la culpa, la frustración, la locura y la soledad son las verdaderas protagonistas. Y es cierto, el dolor que se nos muestra en pantalla lo sentimos como muy profundo y muy real, porque precisamente ése es su objetivo. ¿Esto la convierte en una serie oscura y, como dicen algunos, peligrosa en función de cuál sea tu estado de ánimo al enfrentarte a ella? ¿Quienes la han seguido con pasión y han disfrutado con ella son un poco masoquistas? Pues yo creo que no, y más bien me inclino por todo lo contrario: cuanto más jodido estés, más necesario es que veas The Leftovers. En cuanto a su método terapéutico, si se me permite que lo llame así, no tiene nada de novedoso, pues se remonta a la antigua tragedia griega: el espectador, mediante la experimentación del temor y la piedad, suscitada por la identificación con los personajes (¡cómo no nos vamos a identificar con ellos si, en mayor o menor medida, nuestros traumas se alimentan de las mismas ausencias, de las mismas dudas y temores, y de las mismas locuras individuales y colectivas que los de ellos!), llega a la catarsis, es decir, a la purificación de las pasiones que afectan a unos seres de ficción a lo largo de tres temporadas y a muchos de nosotros durante todas nuestras vidas.

3. El amor como motor y solución. El viaje que nos propone The Leftovers no se entiende sin la omnipresencia del amor, otro punto más a tener en cuenta para dudar de todas las opiniones que se centran en la negatividad de la serie. De hecho, este sentimiento es el motor que impulsa a los protagonistas y que soluciona el conflicto principal que se plantea: cómo pasar página a una situación traumática producida por la pérdida repentina de los seres a quienes más aman; y lo consiguen, para empezar, porque se aman a sí mismos y a los demás, por muchas dudas que alberguen todos ellos al respecto. Sin el papel capital que juega el amor en la serie, en definitiva, no podemos acabar de entender a sus complejos personajes (y si no los entendemos, ya me diréis qué sucede con una serie tan coral como ésta): Laurie, la exmujer de Kevin, actúa como actúa porque ama a su exmarido, a sus hijos y a sus nietos, a John, a Nora y al prójimo; y lo mismo podemos decir de Matt y el amor que siente por su esposa, por la idea de su paternidad, por su hermana Nora o por el mismísimo Dios. Incluso los personajes que se ganan nuestro odio a pulso, como la detestable Patti (o la Nora de algunos momentos), aman, y se ganan nuestro amor o, como mínimo, nuestra comprensión tan sólo un segundo después de que hayamos deseado que les suceda algo malo. Y como paradigma de todo esto que apunto, la relación entre Kevin y Nora, una travesía que se inicia en la primera temporada y que culmina con esos siete minutos de monólogo tan antitelevisivo con los que Carrie Coon, cómo se notan sus tablas en el teatro, acaba de enamorarnos a todos. En el camino, hemos visto cómo se conocieron, cómo se enamoraron, cómo lucharon juntos para superar su dolor y formar su propia familia, cómo se destruyeron mútuamente y, por último, una vez transcurrido el barbecho necesario, cómo recompusieron las piezas de un amor que habían saboteado. Y es entonces cuando llega la apoteosis de Kevin, quien lleva a cabo la declaración de amor más sincera y bonita que se le puede hacer a alguien: “Te creo”. “Porque estás aquí”. Y The Leftovers baja el telón.

4. Las interpretaciones y los cambios de focalización. Si bien The Leftovers, sobre todo al principio, es una serie que podríamos considerar coral, no sería la obra de arte que es sin las magníficas interpretaciones de los actores que le dan vida, tanto los que tienen un papel protagonista (Justin Theroux, Carrie Coon, Christopher Eccleston y Amy Brenneman), como alguno de los muchos secundarios (la grandísima Ann Dowd, Scott Glenn, Liv Tyler…) que transitan Mapleton, Jarden y/o Australia. “No sé si nosotros somos parte de vuestra historia –le dice el “fantasma” de Patti a Kevin sobre los Murphy cuando los conoce en la segunda temporada– o vosotros parte de la nuestra”, aunque se podría estar dirigiendo a cualquiera de nosotros, los espectadores, tal es la huella que imprimen en nuestros corazones. Y es gracias a esa fuerza que posee cada uno de ellos que la serie puede explotar uno de sus grandes recursos: el cambio de focalización. Esta herramienta narrativa permite enriquecer lo que se nos está contando, pues nuestra perspectiva gana en amplitud y dota al mensaje de una profundidad semántica que de otro modo jamás tendría.

No puedo cerrar este punto sin hablar un poco más de Nora Durst, el personaje interpretado por Carrie Coon, que debería servir de ejemplo de cómo crear un personaje absolutamente redondo. Sin duda, Nora es el personaje que presenta una mayor evolución, y eso que no lo tiene sencillo: parte de la peor situación posible, pues ella es la persona que más ha perdido en Mapleton, arrastra un complejo de culpabilidad que la hace refugiarse en el silencio y se muestra dura, fría y antipática desde el principio. Sin embargo, a medida que avanza la serie, y sobre todo a partir de la segunda temporada, la acompañamos en el intento de perdonarse a sí misma, pese a que durante muchos momentos no sabemos exactamente qué se tiene que perdonar: ¿no haber partido junto al resto de su familia?, ¿no ser digna de ser llevada?, ¿seguir con vida?, ¿tener la posibilidad de volver a empezar e intentar ser feliz?, ¿sentir la necesidad de olvidar a quienes tanto ama? Y ya en la tercera temporada, quien pasó de ser un personaje a la sombra de Kevin a coprotagonizar la serie se convierte en la protagonista absoluta de los últimos momentos que nos brinda The Leftovers y pone el broche de oro a la serie con el impresionante monólogo del que ya hablé antes. Fa-bu-lo-sa.

5. La renuncia a la búsqueda de respuestas. Como he dicho con anterioridad, quien espere respuestas puede renunciar a disfrutar con la serie. Al menos en lo que respecta a respuestas facilitadas por quienes la han creado. Aunque, a decir verdad, haberlas, haylas, pero sólo las podemos encontrar en nuestro interior, ningún agente externo viene a decirnos “Esto es así por H o por B”, no. Así que mejor será que hagamos caso a ese proverbio que dice que en el río encontramos cosas que no se hallan en el mar y echemos un vistacito a qué nos remueve por dentro lo que vemos en la pantalla. En este sentido, podemos decir que The Leftovers frustra de la misma forma que frustra la vida, donde abundan los enigmas y los porqués irresolubles, donde la ciencia y la religión tampoco lo abarcan todo, donde cada solución precisa de nuestra fe y suele ser la puerta de entrada a nuevos interrogantes, y donde cada uno de nosotros acaba por contarse la versión del cuento que más le convence para seguir adelante.

Sin embargo, The Leftovers es honesta con sus espectadores y ya desde el capítulo piloto nos advierte de que nunca sabremos las razones de todo lo que sucedió ni de todo lo que sucede, y esto se hace todavía más evidente en la segunda temporada con la incorporación de la canción de Iris DeMent al opening de cada capítulo (¡su letra nos recomienda dejar que el misterio surja, que se abra camino!). De hecho, uno de los méritos, a mi entender, de la serie es la inexistencia de la verdad y la mentira como conceptos categóricos, y que nos decantemos por una u otra depende en cada momento de nuestra necesidad. Y ésta es la clave de todo: la necesidad. ¿Qué necesitamos para seguir adelante? ¿Y para ser felices? ¿Y para tener fe o recuperarla? ¿Esto o aquello otro? No importa cuál es tu elección, si se trata de algo real o no, tampoco importa que sea algo absurdo o ridículo, se trata simplemente de que te agarres a ello con fuerza mientras te sea útil, y cuando deje de serlo, que lo sustituyas por otra cosa. Lo importante son ellos, lo importante eres tú, lo importante es su vida y tu vida, lo importante es vivir. Nada más importa. Y cuando la verdad no sea suficiente, echa mano de una mentira tolerable. Y luego de otra, y de otra… Y a esto se dedica el plantel de personajes de The Leftovers: a transitar de la verdad a la mentira y viceversa, y nosotros los acompañamos en su viaje. Kevin y Nora son los dos ejemplos más claros de esto que digo, pero no los únicos: Laurie abandona la aparente verdad inmutable del Remanente Culpable para, a través de la mentira y como una suerte de Santo Wayne provisto de buenas intenciones, aliviar el dolor de los demás con la complicidad necesaria de John; el reverendo Matt, por su parte, pasa de airear los trapos sucios de los desaparecidos para demostrar que no son personas dignas de ser salvadas, sin importarle a quién afecte esa verdad, a buscarle un significado a esa nueva palabra de Dios que debe ser descifrada y puesta en conocimiento de todo el mundo, aunque para ello él mismo deba escribir un nuevo evangelio (serán el “mismísimo Dios en persona” y la realidad de su enfermedad quienes le muestren una nueva –¿y definitiva?– verdad); el padre de Kevin sigue su verdad (la que le dictan las voces que sólo él oye) hasta que ya no le queda más remedio y el mundo inventado en el que él es protagonista lo devuelve a la cruda realidad…

Con todo, The Leftovers, pese a que no proporciona respuestas, tampoco deja que te desvíes demasiado del camino, y cuando existe un peligro real de que te pierdas, te reconduce a sacudidas, aunque sólo sea para volver a hacer que te extravíes: si decides depositar tu fe en aquellos personajes que se decantan por la hipótesis religiosa, los desenmascara descubriendo a falsos mesías, dioses que no son más que criminales charlatanes, milagros que tienen una sencilla explicación o presentándote a quien considerabas un creyente como un total descreído; si optas por ser fiel a Kevin y creerte sus alucinaciones o sueños o viajes al mundo de los muertos o a realidades paralelas, será el mismo personaje quien dinamite, y nunca mejor dicho, ese otro mundo dentro del mundo, y no sólo eso, sino que, como Christopher Sunday, el sabio aborigen convertido en Primer Ministro australiano, hace con él, te hará preguntarte qué haces ahí, por qué has seguido esa senda si en realidad no crees en ella; si, por el contrario, te alías con quienes se abrazan a la ciencia, descubrirás que no existe nada al margen del puro azar, y que la esperanza científica no es más que una gran absurdidad, una grandísima broma. Y para ello, nada mejor que hacer que aparezca el primo Larry interpretándose a sí mismo en el capítulo titulado “No seas ridículo”, el latiguillo que Balki hizo famoso en Primos lejanos a finales de los años ochenta y principios de los noventa, para demostrarnos que lo único ridículo somos nosotros por creernos semejante hipótesis…

Claro, todo esto hace que nos sintamos tan desvalidos como el padre de Kevin cuando le pregunta a su hijo en lo alto del tejado de una casa en Australia: “¿y ahora qué?”. Pues no lo sabemos, no hay certeza de nada en absoluto. O sí, si hay una constante en The Leftovers, se trata del amor, y con el amor se cierra un círculo que amenazaba con ser infinito. Y hete aquí de nuevo a Kevin y Nora y la ya citada última escena de la serie. Y hete aquí la que con toda probabilidad sea la mentira más bella jamás contada, y por boca del personaje que más fiel se había mantenido a la verdad: Nora Durst. Y como le sucede a Kevin, la creemos, no porque nos hayamos tragado un cuento sobre el que ya tenemos muchas sospechas de que es falso, sino porque necesitamos creerla y, sobre todo, ella necesita que la creamos. Y lo hacemos. Porque es mejor una mentira que nos permite vivir en el presente y mirar a un futuro posible que la verdad que nos mantiene anclados en el pasado.

6. El equilibrio entre narración y estética. The Leftovers es lo que es, además de por las interpretaciones de los actores que dan vida a la serie, gracias a los recursos narrativos y estéticos que emplea. Ya he hablado con anterioridad del cambio de focalización como uno de sus grandes logros, también me he referido, aunque sin entrar en detalle por no desvelar más de lo que ya desvelo, a esa realidad paralela que visitamos de vez en cuando junto a Kevin (¿imaginaria?, ¿onírica?, ¿subconsciente?, ¿límbica?, ¿interdimensional?), y a todo esto habría que sumarle una serie de recursos sin los cuales el mundo de la serie no funcionaría como funciona. Entre ellos, y utilizado casi a la par que la focalización variable y con su misma finalidad narrativa, destacan las anacronías (analepsis y prolepsis), que nos permiten viajar en el tiempo histórico de la serie e ir completando la información que nos falta. Además, hay que decir que, pese a algunas de las opiniones que se vierten por ahí (y con por ahí me refiero a Internet, el reino de los sabios), en ningún momento se rompe el pacto de ficción entre la serie y sus espectadores. Quien haya decidido entrar sin coraza ni prejuicios a The Leftovers no puede decir que es inverosímil lo que allí se cuenta. Quizá no sea un mundo perfecto, de acuerdo, pero sí es un mundo donde es posible, y casi inevitable, que suceda todo lo que sucede. Es un mundo raro, sí, pero creíble; diferente, pero también muy parecido al nuestro. Y eso se debe a que la compleja mitología propia en que se sustenta la serie se basa en una profunda red de referencias filosóficas, científicas y religiosas que todos reconocemos (¡anda que no estoy siendo generoso!), aunque utilizadas a menudo simplemente para ponerlas del revés.

Sin embargo, lo que de verdad sorprende de The Leftovers es lo cuidado de su estética, desde la banda sonora de la serie hasta la fotografía, pasando inevitablemente por esa apuesta tan antitelevisiva y poco moderna a priori de decidirse a contar antes que a mostrar en momentos absolutamente cruciales de la trama. Sin duda, la música compuesta por Max Richter para la serie eleva la expresividad de cada momento crucial y la emotividad de cada gesto y de cada personaje hasta cotas elevadísimas, y en esa función cuenta con la ayuda de la tan impecable como variada selección de piezas de otros compositores o grupos musicales: Schubert, Wagner, Verdi, Duke Ellington, Nina Simone, Simon & Garfunkel, Otis Redding, The Beach Boys, ABBA, Crowded House, Metallica, Coldplay… Y junto a todo ello, el excelente trabajo realizado en lo que respecta a la fotografía, que cuida todos y cada uno de los detalles de la estética de The Leftovers: los escenarios, los movimientos de cámara, el encuadre, la altura, la colocación y la dirección de los personajes, la iluminación, el color, las sensaciones que transmite cada plano…

En definitiva, es posible que pueda gustar más o menos (a estas alturas no hace falta que diga que a mí me ha fascinado y que intuyo que en un futuro será considerada como una serie de culto), pero lo que no se le puede negar a The Leftovers es la valentía de contarnos lo que nos cuenta de la manera en que lo hace. Sin embargo, como siempre sucede con la genialidad, le costará abrirse camino hasta el reconocimiento. Pero lo hará, no tengo la menor duda de que así será.

1. Ahora mismo estoy con la primera temporada de Deadwood y me está costando, no sé si por ser un wéstern, género que nunca me ha acabado de atraer; y tengo en cola Westworld, a la espera de su momento y, a poder ser, de que esté también disponible la segunda temporada por si la primera me engancha.
2. Sobre todo hablo de la grandiosa Breaking Bad (Sony); de las cuatro primeras temporadas de Dexter y las tres primeras de Homeland (Showtime); de la FOX me quedo con House, The Americans y la primera temporada de Fargo (y todavía dudo de si darle una oportunidad a Sons of Anarchy); y de Netflix, por supuesto, con Stranger Things y, salvo la última temporada, la quinta, con Orange Is the New Black (y a ver qué tal The OA, que todavía no he visto); y no me puedo olvidar, yo también tengo una faceta de cotilla, de Mujeres desesperadas (ABC) y de las carcajadas que nos pegamos mi pareja y yo con las andanzas de los Solís y con el personaje de Bree Van de Kamp/Hodge (¡genial!). De producción europea, me encantaron en su momento 1864 e Hijos del Tercer Reich, además de Roma Criminal. 1992 no estuvo mal, pero no me casaría con ella, y tengo pendiente Babylon Berlin.
3. ¿Recordáis la novela de Calvino Si una noche de invierno un viajero? Pues eso…
4. Traducida al español con el título de Ascensión. Y aunque no la he leído, si de verdad la primera temporada le debe tanto a la novela, me parece una pésima elección. ¡A ver cuándo somos capaces en este país de despojarnos de tanta imaginería cristiana! Leftover significa algo así como ‘lo sobrante’, ‘lo descartado’ y, por extensión, ‘lo inútil’.
5. De hecho, la primera temporada elige a sus espectadores como si de la selección natural se tratase; actúa como actuaba el primer año de carrera en algunas de las antiguas licenciaturas, seleccionando a aquéllos que llegarían hasta el final mediante la criba que suponía la acumulación de asignaturas-hueso en los primeros años del plan de estudios.