56. El macizo de la raza

La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y de alma quieta,
ha de tener su mármol y su día,
su inefable mañana y su poeta.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero:
a la moda de Francia, realista;
un poco al uso de París, pagano,
y al estilo de España, especialista
en el vicio al alcance de la mano.
Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas,
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.
El vano ayer dará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero.
El vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahíto
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.
Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.
 
Antonio MACHADO: “El mañana efímero” (1913), en Campos de Castilla (1907-1917).
 
 
 
 
 
 
 
 
Corría el año 1913 cuando Antonio Machado, siempre muy preocupado por su España, acuñó una expresión, macizo de la raza, que, desde entonces y hasta nuestros días, más de 100 años después de que la incluyera en uno de los versos de “El mañana efímero”, tal es su grandeza, sirve para describir el carácter (entiéndase carácter como eufemismo benevolente de tara) de la sociedad española y para señalar los males que la aquejan.
 
Dedicado al periodista y político republicano Roberto Castrovido Sanz, el poema le sirve a Machado para señalar los defectos, numerosos y tangibles, y las virtudes, aún por llegar, de España. Así, la España machadiana es retratada ya desde los primeros versos como un país frívolo, fanfarrón y fullero (tahúr, zaragatera, de charanga y pandereta, de espíritu burlón); hipócritamente piadoso, obtuso, supersticioso y dado al secretismo y a la inmovilidad (cerrado y sacristía, de alma quieta, que ora y bosteza); que reparte su devoción entre los toros y las romerías (devota de Frascuelo y María); y que, por encima de todo, es reaccionario (vieja, triste, que ora y embiste cuando se digna usar la cabeza). Un país, he aquí el viso de esperanza que tiene Machado, que debe perecer (ha de tener su mármol y su día, su inefable mañana y su poeta) para renacer, después de un proceso de depuración generacional (El vano ayer engendrará un mañana vacío y ¡por ventura! pasajero,que tendrá luengo parto de varones amantes de sagradas tradiciones y de sagradas formas y maneras; y otras calvas en otras calaveras brillarán, venerables y católicas), con el propósito de esculpir su propio futuro (Mas otra España nace, la España del cincel y de la maza; Una España implacable y redentora, España que alborea con un hacha en la mano vengadora, España de la rabia y de la idea). Creo que no me equivoco si escribo que Machado erró sus predicciones…
 
Diluida entre tanta crítica amarga en el poema de Machado, la expresión el macizo de la raza no fue dotada de significado hasta el año 1962, cuando el poeta Dionisio Ridruejo la asocia, en Escrito en España, publicado en Buenos Aires (¿a alguien le sorprende que no se haya reeditado en España hasta el año 2008?), no ya a una ideología concreta, sino a la mentalidad inherente a las clases medias españolas (mientras que para Machado el macizo es producto de la indiferencia y del fanatismo propios del nacionalcatolicismo, para Ridruejo lo es de la España rural, de la pequeña burguesía y buena parte de los intelectuales: los tecnócratas relacionados con el Opus Dei que iban a impulsar España), para las que toda reforma o atisbo de cambio supone una amenaza a la esencia nacional y su condición perpetua. En palabras de Ridruejo, que pasó de ser miembro de Falange Española, responsable de la propaganda del bando franquista durante la Guerra Civil (para que nos entendamos, fue uno de los poetas del régimen junto a los Panero, Vivanco o Rosales) y combatiente voluntario de la División Azul a enfrentarse a Franco por su desviación del fascismo (por lo que llegó a ser encarcelado antes de exiliarse) y defender posturas más democráticas que coqueteaban, según el día, con el liberalismo y con la socialdemocracia, el macizo de la raza es aquella inmensidad apática y silenciosa que “respira apoliticismo, apego a los hábitos tradicionales, temor a la mudanza, confianza a las autoridades fuertes, y superstición del orden público y la estabilidad”. Sin embargo, es preciso añadir que ni Machado ni Ridruejo consideraban a la clase obrera como parte del macizo. Y es lógico y comprensible, por aquel entonces el obrerismo era combativo, y los textos de ambos, por este orden, coincidían con los primeros actos de la CNT y con la fundación de Comisiones Obreras. Dadas sus circunstancias, no es de recibo condenarlos por albergar esperanzas.
 
Sin embargo, mucho me temo que hoy en día, en pleno siglo XXI, la clase trabajadora no se libra de formar parte del macizo de la raza. Al fin y al cabo, la conciencia de clase de muchos obreros (cuando no reniegan de ello, pese a que sean precisamente eso: obreros) se reduce al deseo de vivir como viven los burgueses. Y los partidos que se han ido alternando en el poder, como buenos herederos de aquellos partidos restauradores liderados por Cánovas del Castillo y Sagasta que son (Rey, Cortes, Constitución y turno fueron sus pilares; ¿os suenan de algo? ¿No os parecen ecos del pasado que alcanzan el presente?), lo saben. Es más, diría que, para la continuidad del paraíso para unos pocos que es este país, el macizo de la raza es una cuestión de capital importancia a la hora de garantizar que nada cambie y aun así se genere la ilusión de que todos progresamos. Me explico un poco mejor.
 
En 1978, felizmente muerto el dictador que hace escasos días han vuelto a sacar de paseo con vergonzosos honores, se celebraron unas Cortes Constituyentes que, bajo la máscara de la democracia, y a pesar de algunos avances significativos (que ya se habían empezado a ver, aunque sin soporte legal, en los últimos años de la dictadura), en el fondo garantizaron que nada cambiase en lo esencial (tiene un serio problema quien no quiere ver que la Constitución se aprobó en medio de numerosas presiones y concesiones dado el régimen del que se venía): sustituía a un Franco por un Borbón (elección del dictador, no lo olvidemos, que ya en 1969 manifestó haberlo dejado todo “atado, y bien atado”); un año antes, en 1977, se aprobaba la Ley de Amnistía, que ha sido denunciada por Human Rights Watch, Amnistía Internacional y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos porque incumple la normativa internacional sobre derechos humanos (de hecho, la propia Constitución de 1978, si en realidad fuese tan importante como nos quieren hacer creer los partidos que se hacen llamar constitucionalistas, pese a menoscabar la Carta Magna que tanto aman cada vez que pueden, esto es, con unas políticas y unas leyes que vulneran y deterioran artículos, derechos y libertades, la derogaría por inconstitucional, según muchos juristas); no depuraba ni modernizaba el aparato judicial, simplemente le añadía la etiqueta de democrático; legitimaba la desigualdad tributaria entre territorios; establecía un sistema electoral que favorece a los dos grandes partidos, a su opacidad y a la instrumentalización de los aparatos del Estado en base a los intereses de esos mismos partidos… en definitiva, mera ilusión de cambio, que es lo único que el estático macizo ha estado siempre dispuesto a aceptar: la erosión del progreso real no amenazaba sus profundos cimientos.
 
De hecho, PP y PSOE, y sus sucedáneos modernos, Ciudadanos y VOX, y todas las voces autorizadas que orbitan a su alrededor, nos inoculan implacablemente la idea de que la Constitución es inamovible porque ya es cuasi perfecta. Así, se generaliza la idea de que no es necesario modificarla, entre otras cosas, porque es complicado que esos partidos, con sus supuestas diferencias ideológicas, puedan llegar al consenso necesario para emprender tamaña empresa. Al pueblo español, misoneísta donde los haya, le va como anillo al dedo esta idea. Tener que modificar algo significa que no somos perfectos, y eso sí que no estamos dispuestos a aceptarlo: ¡que se note que somos españoles, coño! ¿Veis por dónde van los tiros? La jugada maestra es presentarnos la Constitución española como un fin en sí misma, cuando en realidad es (debería ser) el principal instrumento normativo para conseguir que todos los españoles podamos convivir en base a los valores de libertad e igualdad. Por tanto, la Carta Magna debería adecuarse, para ser eficiente en su razón de ser y tantas veces como fuese necesario, a las circunstancias de cada momento histórico, y a la vista está su fracaso en este sentido. Pero claro, si desde Europa nos dicen que hay que supeditar el gasto público al pago de la deuda contraída por el Estado (entre otras cosas, debido a las corruptelas de PP y PSOE, a los rescates a bancos sin condiciones de retorno y a todas esas cosas tan necesarias para la sostenibilidad del estado de bienestar…), pues ahí están populares y socialistas, más patriotas que nadie y haciendo gala de su sentido de Estado, para reformar la Constitución en un santiamén. Y para que nos entendamos, la famosa reforma del artículo 135 significa llevar a la máxima expresión lo que los bancos nos decían en plena crisis a los ciudadanos de a pie: tú lo primero que tienes que hacer es pagar la letra del piso, luego, si eso, ya comerás. Aquí, lo que nos dicen es: primero tapa los agujeros que le han hecho tus políticos a las arcas públicas, y luego, si eso, ya te preocuparás de las pensiones, la educación pública, la sanidad, la dependencia, la igualdad… que esto se traduzca en que España siga a la cola de Europa en cuanto a gasto público social por habitante es peccata minuta. ¿No merecemos todos una cerrada ovación?
 
Desgraciadamente, no creo que esta situación sea reversible bajo ninguna circunstancia, o no, al menos, hasta que aquella juventud de la que hablaba Machado en 1913 por fin sea una realidad. Nuestros partidos, porque al final la política también es una liga de dos, se deben al poder, gobiernan única y exclusivamente por y para él (de ahí la mediocridad de nuestros políticos, la abundancia de los “a ver si me coloco”, tanto a nivel estatal como local; y de ahí, entre otras muchas cosas, las puertas giratorias), y el ciudadano de a pie sólo les importa cada vez que se convocan elecciones (del todo necesarias para seguir con esta farsa interesada). Y es entonces cuando movilizan al macizo de la raza española, siempre latente. Porque éste es el gran hallazgo de esta plutocracia que nos han vendido como democracia: conseguir que el macizo de la raza se movilice y sirva a sus intereses, que siempre coinciden o emanan de los poderosos, los que sólo se preocupan de su cortijo (y de esta forma nos mantienen atados, y bien atados). Así, con la colaboración necesaria delos medios de comunicación y de los voceros del poder, poco importa que sean mantenidos por capital privado o público, se invoca a los terribles demonios que amenazan la pureza del macizo de la raza española: si antes fueron los vascos y ETA, o ETA y los vascos, tanto da; ahora lo son la supuesta izquierda radical y sus amos venezolanos e iraníes (todo es falso, como así se ha demostrado, pero la desinformación ya ha cumplido su cometido) o los independentistas/secesionistas/fascistas (sin comentarios) catalanes… al macizo no le han importado, no le importan ni nunca le importarán el terrorismo de Estado (los GAL, para ser exactos), ni la corrupción (los ERE, la Gürtel, Castor, los papeles de Panamá… echadle un vistazo a los casos de corrupción, abiertos y cerrados, en este enlace; por curiosidad, ¿me podrían decir los que justifican su invariable voto con“el todos son iguales” cuántos se refieren a Podemos? No hay más preguntas, señoría), ni la injusta justicia, ni los recortes sociales, y el poder y sus partidos lo saben de sobras y cuentan con ello. Así pues, el verdadero cáncer de este país, el bipartidismo turnista y complaciente con los poderes fácticos, que independientemente de cuál de los dos partidos gobierne, PP o PSOE, seguirán dirigiendo la función entre bambalinas, sale airoso. Y es gracias a ese macizo de la raza que les vota pase lo que pase y hagan lo que hagan, como si de la fidelidad a los colores de un club de fútbol o a un jefe sectario se tratara.
 
GOVE&TECÉ
 
En las pocas ocasiones en que la estrategia anterior falla, y el macizo parece despertar de su letargo patriótico y reaccionario para interesarse de verdad por la política, y con esto acabo, aunque tengo la sensación de que podría seguir ad nauseam, es cuando PP y, sobre todo, PSOE echan mano de la falacia de la ideología. Es entonces cuando su antagonismo simulado acapara titulares, y el comunismo podemita (sin comentarios), Lenin, Stalin, Chávez/Maduro, el régimen iraní o el despilfarro social son enfrentados al miedo a la derecha, a Franco, a los recortes sociales, a las libertades, etc.; y se apela a los famosísimos votos útiles. El resultado, al final, siempre es el mismo: poder para unos u otros, tanto monta, o para los dos, que parece que es hacia donde nos encaminamos en estas nuevas elecciones, innecesarias si el PSOE fuese de verdad un partido de izquierdas. ¿Qué ha cambiado? Pues que con lo que sucede y seguirá sucediendo en Catalunya ya no tienen que simular que son de izquierdas, al menos hasta la próxima ocasión. ¿Para qué molestarse? El macizo no va a reparar en que el Pedro Sánchez despechado que escupía a los poderes fácticos en aquel Salvados del 30 de octubre de 2016 no ha movido un dedo para aprobar unos presupuestos generales más sociales, no ha derogado la Ley mordaza, la Reforma laboral, ni ha hecho nada de lo que se supone que debería hacer un partido de izquierdas. Entre ello, lo más importante: llegar a un acuerdo con Podemos para tener un gobierno estable de izquierdas. Supongo que su plan, ayudado por la exhumación de Franco y por la sentencia del Procés, es ganar tantos escaños como los pierda Podemos, de modo que la única posibilidad de formación de gobierno pase por aliarse con Partido Popular y/o Ciudadanos, de modo que tanto sus bases como ese electorado suyo que se considera de izquierdas (ya me diréis en base a qué, porque no será por las políticas que lleva a cabo el PSOE) no pueda sentirse traicionado: les dirán que no quedaba alternativa, y a otra cosa, mariposa. Y podemos estar tranquilos, son gente de Estado, patriotas, y si tienen que dejar de lado sus profundas diferencias ideológicas, lo harán. No me cabe la menor duda de que lo harán. Ya lo han hecho antes. Lo llevan haciendo toda la plutocracia.
 
 
 
 
 
 
 
 

55. Lliçó d’alemany

Decía Umberto Eco, en la que es probable que sea una de las pocas citas célebres que circulan de muro en muro y de móvil en móvil que tenga un correlato real (¡dejad ya de publicar cosas que no le hayáis leído u oído a quien se supone que las dijo o escribió, da un poco de vergüenza ajena cuánta cita mal atribuida, deformada o directamente inventada se comparte!), que el mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee. Y tengo la sensación de que con Lección de alemán, de Siegfried Lenz, he topado con uno de esos tesoros ocultos a ojos de la gran mayoría (el adjetivo precioso, en boca de Eco, no significa lo mismo que cuando es empleado por algún lector, por ejemplo, de Isabel Allende, supongo que se entiende).

A la novela de Lenz se la compara, en cuanto a su voluntad de asimilar y superar el pasado, con El tambor de hojalata, de Günter Grass, y tal vez ésta es la razón por la cual en España, pese a haber sido reseñada de manera muy positiva en prensa, ha pasado desapercibida (sí, soy un iluso, ya sé que las reseñas literarias que se publican las leemos 4 personas los días más afortunados). Envidia me dan los alemanes en este sentido (de hecho, creo que es lo único que les envidio): han sabido conjurar el nazismo, arrinconarlo, derribar sus ídolos y enterrar sus restos para siempre bajo la asunción de la culpa colectiva, mientras que aquí, en España, seguimos siendo hijos y nietos del “con Franco esto no pasaba” y del “con Franco vivíamos mejor”, y la presencia del dictador y sus “gestas” siguen muy vivas en nuestras calles y monumentos y, lo que es peor, en nuestros debates políticos (¿cómo pueden seguir siendo objeto de debate Franco y el franquismo? ¿Cómo es posible que el traslado de sus restos se convierta en un nuevo funeral de Estado?). Esto es algo muy difícil de explicar (entre otras cosas, porque es vergonzoso formar parte de una sociedad así) cuando se habla con gente que no es de aquí… al final, el eslogan Spain is different!, de forja franquista, sigue siendo lo que mejor nos define. De hecho, en Alemania Lección de alemán es de lectura obligatoria en bachillerato; ¿comparamos con las propuestas e intenciones a este respecto de ciertos partidos políticos españoles?

Sin más preámbulos, me centro en la novela de Lenz: en principio iba a ser una lectura para las vacaciones de verano, porque cuando me la prestaron yo estaba leyendo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace, un ensayo mordaz sobre la moda de hacer un crucero (que sin duda también os recomiendo, aunque no le haya dedicado un post, de hecho no se lo dedico a todo lo que leo ni a lo mejor que leo, es posible que os ahorréis un buen dinero después de su lectura; y si no, os reiréis un rato con la experiencia vivida por DFW), y otros libros me esperaban antes de plantearme siquiera empezar con el de Lenz. Sin embargo, como era la segunda vez que me lo recomendaban en un espacio relativamente breve de tiempo, y ambas recomendaciones provenían de personas que considero de fiar en cuanto a gustos literarios se refiere (en ocasiones creo que se trata de la misma persona, con otros cuerpos y otros sexos, pero la misma persona; tal es la coincidencia en sus recomendaciones), decidí ponerla por delante del resto. Y ahora puedo decir que no me equivoqué[1].

Publicada en Alemania en 1968, las únicas traducciones que teníamos al castellano hasta el pasado año 2016 eran las de Caralt Editores (1973) y Editorial Debate (1989). Hoy, por fortuna, disponemos de la de Impedimenta al castellano y de la de Club Editor al catalán, ambas del ya mencionado año 2016. Yo, en concreto, he leído Lliçó d’alemany, la fabulosa traducción de Joan Ferrarons para Club Editor. Y no miento si os digo que esta traducción ha paliado un poco la desdicha de no poder leer, por desconocimiento, la novela de Lenz en el alemán original. Por fortuna para mí, en este país en el que utilizamos las lenguas como armas arrojadizas en lugar de como herramientas comunicativas o puertas de acceso a la cultura, no soy de las personas a las que la traducción a una u otra lengua les supone un impedimento a la hora de leer un libro. Todo lo contrario, soy un privilegiado, porque puedo elegir una u otra traducción o no tener que esperar a que tal obra se publique en mi lengua materna y/o habitual. Me pierdo muchas menos cosas siendo como soy, la verdad. Los prejuicios, si algo tienen, es que nos conducen directos a la majadería.

 
Emil NOLDE: Molino (1924).
 
La novela de Lenz se inicia en 1954, en un correccional hamburgués para jóvenes inadaptados a orillas del río Elba. Allí, Siggi Jepsen, de 21 años, debe permanecer encerrado en una celda como castigo por entregar en blanco una redacción para la clase de alemán hasta que cumpla con su deber. El tema que le habían propuesto, las alegrías del deber, se convierte desde ese momento en el leitmotiv de Lliçó d’alemany. Pero Siggi no padece agrafia, ni mucho menos el incumplimiento de la tarea impuesta se debe a que no tenga nada que decir al respecto de ese tipo de alegrías, sino todo lo contrario: el joven se ve superado por la cantidad de cosas que se acumulan en su cerebro, y una simple redacción y el plazo de entrega de la misma le resultan del todo insuficientes para cumplir con su deber. Un deber al que se dedicará, valga la redundancia, con alegría.
 
En efecto, la lección de alemán de Siggi se convierte, en lo que supone uno de los muchos méritos de la novela, esto es, el juego con las perspectivas y los puntos de vista, en el libro que estamos leyendo; y el joven Jepsen, en su narrador. Desde ese momento, en un continuo viaje desde el presente hasta el pasado y viceversa, las palabras de Siggi nos conducirán al año 1943, a su infancia en Rügbull, un pueblo ficticio (trasunto, probablemente, de Rutebüll) ubicado en el Estado federal de Schleswig-Holstein (por cierto, escenario de la serie de televisión danesa 1864, a la que hace unos años le dediqué una entrada en este mismo blog), bañado por las aguas del mar del Norte y cercano a la frontera con Dinamarca, donde viviremos, a través de los ojos perplejos del niño de 10 años que entonces era, cómo el régimen nazi prohíbe pintar a Max Ludwig Nansen (una suerte de trinidad pictórica con base real: de la literaturización de los pintores Emil Nolde, cuyo verdadero nombre fue Hans Emil Hansen, Max Beckmann y Ernst Ludwig Kirchner, tres artistas calificados de degenerados y poco heroicos, emerge el personaje inventado por Lenz). La razón: que su arte es enfermizo, de inexistente raigambre alemana.
 
El encargado de hacer efectiva tan absurda, pero real, prohibición es Jens Ole Jepsen, único agente de policía de Rügbull y padre de Siggi, además de amigo de la infancia del pintor, con quien, además, le une una importante deuda. Más kantiano que el propio Kant en lo que a la ética se refiere, el policía, tan cómplice nazi como casi todo el pueblo alemán, se dedicará en cuerpo y alma a su deber, pues como agente del orden que es, debe obediencia a sus superiores de Berlín (o de Lübeck, que es la ciudad desde donde recibe órdenes). Así, se inicia una nueva guerra dentro de la guerra, la que enfrenta a la obediencia contra la necesidad, a la autoridad contra el arte, a la sumisión contra la libertad. Y como toda guerra que se precie, en ésta también hay víctimas inocentes: Siggi Jepsen tiene que nadar entre dos aguas, que lo arrastran y acaso lo condenan, la de la lealtad al padre y la de la lealtad al amigo admirado, cuya imposibilidad de pintar en el pasado encuentra un puente que nos comunica con la dificultad de escribir de nuestro narrador, y de esta forma, tanto la expresión pictórica como la escrita invocan a la memoria y se convierten en modos de expiar la culpa, asumir la responsabilidad y combatir la vergüenza. O más sencillo si se prefiere: arte y literatura son los dos únicos medios para suturar de manera efectiva las heridas del pasado, un bálsamo frente al deber que aniquila cualquier asomo de humanidad.
 
Pero Lliçó d’alemany es mucho más que todo lo comentado hasta aquí. Es una novela de tiempos enfrentados, el de la visión de la niñez con el de la visión adulta, y el de la Alemania nazi que ya empieza a vislumbrar su fin con el de la Alemania que lucha por racionalizar y superar lo irracional y casi insuperable de su pasado y de su presente; y de espacios, sobre todo de espacios. No exagero si digo que hacía mucho tiempo que no me topaba con un escritor que dominase como domina Lenz el recurso de la descripción. Y es que la sensación que tenemos cuando avanzamos en su lectura no es la de ir consumiendo páginas, sino la de ir saltando de lienzo en lienzo. El paisaje del extremo norte de Alemania, siempre amenazado por la monocromía del nazismo latente, adquiere el mismo colorido y la misma viveza que un cuadro expresionista. De hecho, cobra vida y significado, y al contrario de lo que suele suceder con el abuso de la descripción, que dificulta y dilata la trama, en Lliçó d’alemany la protagoniza, la posibilita, la hace avanzar con maestría y la enriquece semánticamente.
 
Por último, no puedo olvidar otro de los temas centrales de la novela: la libertad y su privación. Tal vez una de las lecciones más importantes que aprendemos de la obra de Lenz es que toda libertad (la inherente a la infancia, la artística, la personal…) es susceptible de ser arrebatada, cuando no se trata más que de una mera ilusión o de un engaño, autoimpuesto o impuesto por otros. La única libertad posible, según nos plantea la lección que tenemos entre manos, es interior (como la celda donde recluyen a Siggi) e invisible (como las pinturas invisibles con las que Hans Ludwig Nansen consigue burlar, y burlarse de, la prohibición a la que se le somete). Quizá deberíamos tenerla todos muy presente y aplicarla a nuestras vidas.
 
 
*Reseña publicada por la revista literaria Letralia. Tierra de Letras  el 24 de noviembre de 2019.
 
 
 
 
 

 

 
 
 

1Así pues, una novela destinada al descanso estival me duró apenas una semanita (quienes me vieran caminar mientras leía, o leer mientras caminaba, que no sé si es lo mismo, por el glamuroso barrio de Sarrià, en Barcelona, de 13:45 a 14:30 horas ya saben qué título tenía entre manos), porque lo que encontré allí me cautivó como hacía tiempo que no me cautivaba una novela “actual” (quizá de las que he leído en los últimos años, por sensaciones, por muy distintas que estas hayan sido, a la altura de Ànima, de Wadji Mouawad, en la traducción al catalán de Anna Casassas Figueras para Periscopi).