42. Morir bien

 

El pasado mayo llegaba al Congreso de los Diputados una proposición de ley del Parlament de Catalunya para despenalizar la eutanasia que nos pondría a la altura de países como Holanda, Bélgica o Luxemburgo (para nada sospechosos de ser unos bárbaros por sus costumbres) respecto a eso tan humano de tener una buena muerte.
 
Al mismo tiempo, el PSOE preparaba otra proposición (“más amplia”, según la describen los periodistas de El País, de nuevo libres de amar a Pedro Sánchez) y Ciudadanos pensaba en una ley de dignidad al final de la vida. Finalmente, la proposición del Parlament, al contrario de lo sucedido un año antes con una proposición muy similar de Unidos Podemos, que fue rechazada por las abstenciones de los partidos del ahora presidente Sánchez y Rivera, y la sempiterna negativa del Partido Popular, fue admitida a trámite (cuántas personas habrán sufrido innecesariamente en el tiempo transcurrido entre aquella y esta otra proposición al parecer importa poco).
 
A finales de junio, ya con Pedro Sánchez en La Moncloa, el PSOE presenta su ley sobre la eutanasia (alguien podría pensar que algo tenían que hacer los socialistas después de que nos hayamos enterado de que ni van a derogar la reforma laboral del PP, ni la ley mordaza, ni van a desmontar el lupanar en que ha convertido RTVE el gobierno de Rajoy, ni…, pero no seré yo quien lo haga, yo sí creo que el PSOE es la verdadera izquierda, la socialista y la obrera, y la del puño en alto, amén de adalid del progreso, la igualdad y la justicia social…), la número 18 sobre este asunto en la historia de nuestra democracia (iba a entrecomillar democracia, o adjetivarla con imperfecta o insuficiente o engañosa, pero que cada uno entienda lo que quiera, oye, que ya somos mayorcitos). Y parece que por fin, aunque tarde, muy tarde, y por mucho que el PP intente dilatar el proceso y tengamos que volver a pasar por esa máxima según la cual las cosas de palacio siempre van despacio, será aprobada y puesta en marcha (sea cuando sea, y a costa de mucho sufrimiento innecesario en el camino, insisto). Así que, en lo que a mí respecta, y pese a todo lo anterior, puesto que dentro de mis planes futuros tengo pensado morirme y de momento no tengo manera de saber cómo será mi partida ni en qué condiciones, lo considero una buenísima noticia.
 
 
Sin embargo, debemos preguntarnos qué ha cambiado para que ahora sí se dé lo que antes parecía imposible. En primer lugar, como ya he apuntado, que el PSOE tenga el poder, por muy limitado que sea su margen de maniobra (¿veis?, no sólo reparto palos, de vez en cuando obsequio con alguna zanahoria). Lo que antes no merecía su aprecio ni consideración, la propuesta de Unidos Podemos, supongo que por aquello de que no fuesen a robarles votos por la izquierda, ahora lo proponen como suyo para contar precisamente con esos votos (ojo, no quiero decir que no exista una verdadera preocupación por el asunto; lo que me chirría, o me asquea, mejor dicho, es el tiempo que se ha perdido en un asunto tan delicado por motivos partidistas… ¡cuán ruiz, perdón, ruin, es la política!). En segundo lugar, Ciudadanos, que vendería su alma al diablo por un puñado de votos, si es que no lo ha hecho ya, ha cambiado su abstención por el apoyo a la ley de Sánchez, creo yo, para poder seguir vendiéndonos esa mentira de que son un partido de centro, de todos y para todos. De hecho, los únicos que no se han movido de su posición entre los cuatro partidos mayoritarios dentro del panorama político español son Podemos y el Partido Popular. Y ambas posturas son lógicas dadas su ideología y estrategia política. La despenalización de la eutanasia es una vieja reivindicación de las políticas de izquierda, así que no tiene ningún sentido no apoyar la ley propuesta por el PSOE, por mucha jugarreta socialista que se haya dado. El PP, por su parte, sigue en su línea de rechazo a las libertades sociales, y más aún que se va a endurecer de aquí en adelante: Ciudadanos y VOX le restan votos de derecha y ultraderecha, y se han lanzado a recuperarlos (¡Hola, Pablo Casado!).
 
Lo que sí que resulta gracioso, o bochornoso, o casposo, que me lío con la adjetivación, son los argumentos que esgrimen los populares para justificar su rechazo. El discurso imperante en el partido teme que la eutanasia suponga menos trabajo para los médicos y resulte más barata para los gestores sanitarios que los cuidados paliativos (una inyección y chimpún: el muerto al hoyo y el vivo al bollo que se ha ahorrado en el proceso, ¿no?), de modo que una ley que la despenalice, según su opinión, lo que va a hacer es que se dispare esta suerte de “homicidios”. Sin embargo, cabe recordarles a estos defensores de las “políticas anti-” que la despenalización no significa generalización, sino que, y ahí están las estadísticas, en la mayoría de casos propician un descenso de lo regulado: verbigracia, el aborto. Lo que sí garantiza la despenalización, que no nos tomen el pelo, es que las personas que se quieran acoger, bien sea a un aborto o a que le practiquen la eutanasia, estén amparadas por la ley y puedan elegir libremente sin que nadie tenga que dar con sus huesos en la cárcel por ello.
 
Y es que por mucho discurso tremendista con que nos torpedeen, la cosa no va de que mañana me levanto un poco bajo de moral y me voy al hospital más cercano para que me eutanasien, no. Como tampoco va de que un médico perezoso (me maravilla que el PP siga teniendo tantos votantes después de andar siempre a la greña con profesionales tan importantes socialmente hablando como son los docentes o los sanitarios… ay, España…) te diga, entre bostezo y bostezo y repantingado en su silla: oye, mira, te aconsejo morir, así que fírmame estos papeles y que pase el siguiente… bueno, ahora no, que es la hora del desayuno… No, para poder acogerte a la eutanasia debes ser un caso extremo, es decir, debes padecer una enfermedad grave y/o una discapacidad crónica que impliquen un gran sufrimiento. Vamos, que tu vida ya no sea una vida que merezca vivir porque lo único que sientes es un dolor insoportable e irremediable. Quienes hayan tenido la desgracia de vivir algo así con alguno de sus seres queridos ya saben de lo que hablo (y no me quiero imaginar lo que puede ser sufrirlo en tu propia piel). Se trata, en definitiva, como bien dice Adriana Lastra, de que “el horizonte de un deterioro sin esperanzas hace que estos ciudadanos quieran decidir por sí mismos cuándo y cómo morir. Es su último derecho y su última voluntad: morir bien”. Y una ley que legalice y regule la eutanasia garantiza el que muy probablemente sea el derecho más importante de todos: disponer cuándo acabar con la propia vida.
 
Además, hay que tener en cuenta que desde que uno decide dejar de vivir (no morir, no, sino dejar de vivir de esa manera en que alguien se ve obligado a vivir en contra de su voluntad, que quede claro) hasta que le inyectan la sustancia letal que reducirá a 0 sus constantes vitales para siempre pasarán un mínimo de 32 días, es decir, que la eutanasia no es un salto al vacío, no se trata de una suerte de viaje sin retorno (bueno, al final del proceso sí, por supuesto), sino que desde que la solicite un paciente hasta que se lleve a cabo transcurrirá un tiempo prudencial en el que podrá meditar su decisión y, si así lo considera, echarse atrás. Ninguna bala lo enviará al otro mundo un segundo después de haber firmado los papeles, así que no tenemos que temer una decisión precipitada o producto de una desesperación pasajera.
 
Pero claro, como además de cuestiones jurídicas y médicas, la eutanasia también hace que nos replanteemos cuestiones de índole ética, con la iglesia hemos dado, Sancho, pues ya tenemos servido el debate: los moralistas, tan amantes de meterse en la libertad ajena, se creen interpelados y con derecho a arrojar luz (¡su Luz, la verdadera!) con su vela en este entierro (la verdad sea dicha, no me he molestado en rastrear las opiniones que puedan tener al respecto los representantes del clero, porque ellos y sus ideas trasnochadas no merecen mi consideración y mi blog no va a hacer de transmisor de sus opiniones; de todos modos, ya tienen sus púlpitos para elevar la voz, incluso cabe la posibilidad de que monten algún guateque en forma de manifestación cuales perroflautas radicales de izquierda ahora que ya no gobierna Mariano, y encontrarán sus voceros y palmeros habituales en las filas del Partido Popular y entre la prensa), y ya sabemos que en “la España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María… esa España inferior que ora y bosteza, vieja y tahúr, zaragatera y triste” siguen teniendo su peso. Pero esta vez, voy a ser un optimista pecador, ni la Divina Providencia va a impedir que tengamos una ley sobre la eutanasia.
 
Llegados a este punto, me gustaría volver a la idea que impulsa la despenalización y la regulación de la eutanasia: el derecho y la oportunidad de morir bien. ¿Qué significa exactamente morir bien? Pues además de evitar un sufrimiento que sólo irá en aumento hasta que expiremos, supone la oportunidad de despedirnos de nuestros seres queridos antes de que el deterioro de la enfermedad que padecemos convierta todo lo que aún somos en un vegetal o en un envoltorio de huesos cuya lucidez se apaga sin remedio por las brumas de la sedación. Así, morir bien es un adiós sin prisas, meditado, pausado y consciente, un dejarlo todo atado y bien atado, sin engaños ni falsas esperanzas. No se me ocurre nada más humano ni más digno con lo que abandonar la vida que una despedida así, ¿no creéis? Yo amo la vida, adoro mi vida, pero dado que tengo que morir, prefiero hacerlo mientras todavía quede un mínimo de lo que soy. O, cuanto menos, me gustaría poder elegir, con eso me conformo.
 
Si soy sincero, todo esto de la buena muerte y la eutanasia me hace pensar en Julijonas Urbonas, el artista, diseñador, investigador e ingeniero lituano que en 2010 escandalizó al mundo con su montaña rusa de la eutanasia. La obra, una maqueta a escala de una atracción cuyo autor asegura que acabaría con la vida de sus 24 pasajeros de una forma placentera, elegante y ceremonial, fue presentada en la exposición HUMAN+. The Future of Our Species, en la Science Gallery de Dublín, y posteriormente ha llegado a exponerse, entre otros lugares, en el MoMA de Nueva York. Aunque más propia de una serie de ficción de HBO que de la vida real, la Euthanasia Coaster es un monstruo posible, y eso es lo que en principio nos horroriza. No en vano, si algún día se llegase a construir, cumpliría con una eficacia casi del 100% su cometido: acabar con la vida de las dos docenas de personas que formasen su tripulación. Y es que científica y tecnológicamente hablando se trata de una máquina perfecta.
 
El último viaje que propone Urbonas se inicia con una primera subida de 510 metros, y mientras se asciende, cualquiera de los 24 pasajeros puede detener el vehículo. Una vez llegados arriba, se precipita en caída libre, alcanzando una velocidad de 360 km/h y una aceleración de hasta 10G (para que nos hagamos una idea, las montañas rusas más salvajes “sólo” llegan a 4G) a lo largo de los 7 loops y 3 minutos y 20 segundos que dura el trayecto. Pero no os preocupéis por la agonía, pues todo está perfectamente calculado para que los pasajeros hayan muerto por hipoxia cerebral en unos 60 segundos (después de tres loops), el resto del viaje sirve para garantizar la muerte de las personas cuyos organismos sean más resistentes.
 
Urbonas, que seguramente tenía en mente el proyecto desde que fue director de un parque de atracciones soviético en Klaipeda, ha dado vida a lo que John Allen, expresidente de la Philadelphia Toboggan Company, dijo una vez: “la mejor montaña rusa se construye cuando envías a 24 personas y todas vuelven muertas”. Desde luego, no creo que Urbonas pretenda en realidad que su maqueta cobre vida, por lo menos no en este mundo, pero como artista que es, ideó un artefacto que trajo a primera línea la eutanasia. Y es que una de las razones de ser del arte es precisamente ésta: remover conciencias, cuestionar principios morales, incomodar y provocar un debate, en definitiva, obligarnos a replantearnos cómo sentimos y cómo entendemos nuestra existencia[1].
 
Claro que la montaña rusa de la eutanasia nos escandaliza y nos horroriza por igual, en parte porque como seres humanos que somos aún ansiamos la divina inmortalidad y tememos la no-existencia. Para nosotros la muerte es algo muy serio, y realmente lo es, no pretendo restarle importancia, así que alguien que la concibe precedida de sensaciones placenteras nos parece poco menos que un loco. Pero si pensamos libres de prejuicios en la idea de Urbonas, lo que se nos propone, en mi opinión, tampoco es tan frívolo, más bien al contrario: la sustitución de una escena que no deja de ser patética, el goteo mortal de esa sustancia letal que, a través de una vía, se introduce en nuestro organismo para matarnos en una cama de hospital (¿ante la mirada de nuestros seres queridos?), por un último viaje que provoca en nosotros sensaciones de vértigo y excitación antes de sumirnos en la inconsciencia y la muerte. Frívola o no, no me parece una forma de morir mucho peor que una solución líquida de fármacos que me quiten la vida. Si aun así seguimos pensando que la propuesta artística de Urbonas es un disparate, tal vez deberíamos formularnos las preguntas siguientes: ¿qué es lo que me parece un disparate: la aceptación de la eutanasia, el hecho de que la eutanasia sea un motivo artístico o el vínculo entre la eutanasia (y la muerte, claro está) y una actividad lúdica? Yo ya tengo mis respuestas, pero cada uno debe buscar las suyas.
 
 
 
 
 
 
 

 


 

[1] Los sociólogos afirman que si todo el mundo respetase las normas que establece una sociedad cualquiera, se producirían menos conflictos; pero también que si nadie se saltase esas mismas normas, dicha sociedad no progresaría. Ahora bien, si todo el mundo se saltase las normas, se originaría el caos absoluto. De ahí el papel capital en la sociedad que deben desempeñar el arte y los artistas, de ahí la importancia del arte como denuncia.