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Blog personal de Alfredo Martín G.

71. Sobre la calidad literaria y otras cosas sin importancia. Respuesta a una simpática usuaria de Twitter

Este post hay que entenderlo en el contexto de una conversación mantenida con una usuaria de Twitter cuya identidad se esconde, entre otras cosas, tras una combinación de letras que juega con el adjetivo ilustrada (o frustrada, tampoco puedo daros más detalles, acabó tan satisfecha con la alegre charla que mantuvimos que ha acabado bloqueándome). Como el límite de caracteres de la red social limita los debates que vayan un poco más allá de la mera ocurrencia (ojo, el señor Musk parece que abre la puerta a ampliar el margen hasta los cuatro mil y transformar, así, su red en el Facebook de los pajarillos silbadores), voy a explicarme un poco más, y espero que un poco mejor, aquí. Veamos, sin más dilación, cómo fue la cosa.

Hace unos días, un usuario, este sí con nombre y apellido, exponía en esa red social que le había escrito una chica quejándose de que, a pesar de autopublicar dos o tres novelas al año, no tenía éxito. El usuario, con educación y tacto, porque otra persona, tal vez yo mismo si se hubiese dado el caso, le podría haber contestado que si considera que el éxito responde a la cantidad de (auto)publicaciones al año, tal vez debería dedicarle su tiempo a otra cosa, le había respondido que quizá ese era el problema, (auto)publicar tanto, que debería centrarse en una de ellas porque dos o tres novelas anuales significa, con seguridad, que están poco trabajadas. La chica, declaraba no sin tristeza el usuario con nombre y apellido, se había molestado tras su respuesta.

Este comentario, como no podía ser de otra manera en Twitter, cantera de escritores y odios, y de escritores que odian y son odiados, y de escritores odiosos, había suscitado muchísimas respuestas, y buceando entre ellas me encontré con una de una usuaria (no, todavía no hemos llegado a la ilustrada/frustrada, un poco de paciencia) que le decía que no, que la cantidad y la dedicación no era el problema, sino que todo se debía a que los autopublicados no cuentan con la difusión de unas librerías (¿?) o la caja de resonancia de los influencers (no sé si me explico, pero ella aún lo hacía peor; la idea creo que se entiende) y concluía, cómo no a modo de lamento, que los lectores preferían pagar por el libro de un famoso (supongo que se refería a algún escritor famoso y no a algún famosillo farandulero) o por algún clásico.

Aquí es cuando intervine y le dije que era muy probable que la gente comprase (leyese o no, aunque siempre deseo que gane la primera opción) el libro de un (escritor) famoso o un clásico porque poseen garantía de calidad; el clásico, de ahí su denominación (‘lo que se enseña en clase’, es decir, con lo que deberían aprender a escribir escritores publicados y autopublicados, tú y yo y Juan el de la frutería, para que nos entendamos), sin duda es garantía de calidad literaria; y el (escritor) famoso, dada su trayectoria, la que lo ha llevado a ser famoso, también debería serlo. Por contra, un escritor autopublicado genera dudas, porque puede que sea buen escritor y su obra sea de calidad, pero lo más probable es que no lo sea (son muchos, muchísimos, y no todos pueden ser buenos, la estadística, una vez más, manda). De ahí que el lector prefiera invertir su dinero, mucho o poco (y aunque regales por tiempo limitado tu libro en Amazon: el tiempo, valga la redundancia, es oro, y un mal libro te hace perderlo), en libros y autores que le garanticen esa calidad mínima que busca. Si autopublicas y tienes la suerte de que das con cien personas, más allá de familiares y amigos comprometidos, a las que esto no les importe o que quieran ser mutuals de compra y venta, pues habrás vendido cien ejemplares, ya te puedes dar por satisfecho si recuperas tu inversión inicial. En caso contrario, mucho me temo que estás condenado al poco éxito del que se quejaba la chica del primer mensaje que he citado.

[Fanfarria de trompetas. La usuaria ilustrada entra en escena, visiblemente enfadada. Con la bandera del duelo como única vestimenta, exhibe uno de sus pechos, no sabría precisar si se trata del de la ilustración o del de la frustración. El pueblo despierta de su letargo y la sigue.]

Es entonces cuando la usuaria ilustrada/frustrada hace acto de presencia y responde a mi comentario, literalmente (las correcciones, entre corchetes, son mías), que “hay autores famosos a los que le[s] publican truños insoportables. Eso no es garantía de nada. Entre [los ¿libros, autores?] autopublicados hay joyas a las que no se les da siquiera la oportunidad porque para entrar en el mundo editorial necesitas padrino. Y lo sabe todo el mundo”. Reconozco que me encanta ese contundente y lo sabe todo el mundo del final, el argumento ad populum es mi falacia informal favorita (y, cada día, la de más gente), que puede colar en Twitter, voz y eco de los pueblos, pero no en un debate más o menos serio.

Mi siguiente respuesta, ahora sí dirigida a la usuaria ilustrada/frustrada, subrayaba el hecho de que había resaltado la trayectoria en mi comentario anterior, o el nombre si así se prefiere, me da igual, eso que ha llevado a un escritor a ser comprado, porque nos permite movernos en el terreno de la garantía y la certeza, otra cosa bien distinta es que no se quiera ver. Además, añadí, yo no descarto en absoluto la existencia de joyas autopublicadas, pero me parece lógico que si alguien tiene que gastar su dinero en algo (o su tiempo, ya lo he dicho antes), opte por lo seguro antes de descargarse (no digamos ya pagar) algo que bien podría estar escrito por un joven de quince años (o lo que es peor, escrito por un adulto que escriba como un joven de esa edad), por nimio que sea su precio. Porque no nos engañemos, para encontrar una joya en el océano de la autopublicación, finalizaba mi comentario, donde, como es normal, lo más probable es que abunde lo mediocre, lo mismo te tienes que gastar mucho más dinero que el precio de venta de ese clásico o esa novela escrita por ese autor famoso que te proporcionan, casi con toda seguridad, lo que andas buscando. Esa es la diferencia y esa es la verdadera razón de que destinemos nuestro dinero a unas obras y no a otras.

Yo lo hubiese dejado aquí, pero la usuaria ilustrada/frustrada no tenía intención de hacerlo. Al parecer, no había agotado su lista de argumentos falaces, y a la falacia informal anterior le sumó un argumento de autoridad (que, en principio, no es falaz), pero sin citar el nombre de tal autoridad (ovación cerrada para ella), con lo cual el argumento tiene el mismo valor que un peine para Kojak (sí, ya tengo una edad): “Pero si lo dicen hasta los autores. Que entrar no fue fácil porque te devuelven los manuscritos sin mirar. O no te los devuelven (esto es lo normal, querida amiga). Un autor m[u]y famoso nos contaba (¿a quién, a todos los autopublicados de Twitter? ¿A ti y a la comunidad de vecinos donde vives en la última junta extraordinaria? ¿A Bombur y a Balin y a Fili y a Kili y al resto de los enanos de tu pandilla?) co[ó]mo metía hojas invertidas en sus manuscritos (precioso, ¿verdad?, me recuerda a esas madres que ponen cositas que creen que traen suerte entre las páginas del manual del que estudias para que apruebes el examen del día siguiente) y se los devolvían tal cual. Hasta que le llegó [un] bu[e]n padrino…”.

No hay discurso bueno en Twitter, si a los escritores se refiere, si no va acompañado de su buena dosis de excusa y de la culpa es de cualquier otro pero nunca mía. Vaya, que si no tengo padrino (y de los buenos, que no cualquier padrino es útil para vencer tan pesadas barreras), no hay futuro en esto de la publicación literaria, ¿no? Pese a que mis textos destilen calidad, pese a que los haya trabajado durante dos, tres o cuatro años, y pese a que sean producto de mis cientos de lecturas sobre el género, estoy condenado al fracaso si no cuento con el favor de esa misteriosa (y caprichosa) figura conocida en el mundillo como padrino

A decir verdad, voy dejando de lado, aunque no la pierdo de vista, la conversación mantenida con la usuaria ilustrada/frustrada y me lanzo a terminar de ganarme la antipatía de todo este tipo de escritores, la gran mayoría de esos lamentos, por no decir todos, se apoyan en una serie de falsos supuestos que, por mucho que se repitan hasta la saciedad, no dejan de ser falaces (y ridículos). Me refiero a mantras como Mis novelas autopublicadas (la mayoría son novelistas y han autopublicado varias novelas; ya…) no son valoradas como las de X o Z (nombrad a X y a Z con los nombres y apellidos de aquellos grandes escritores que admiréis) porque el arte es subjetivo, y aunque X y Z han publicado una o dos novelas buenas (en el caso de que la persona que se lamenta les conceda al menos este mínimo mérito), el resto son un truño (por utilizar el adjetivo empleado por la usuaria ilustrada/frustrada); las mías están a la par, y peco de modesto porque en realidad creo (y sé, otra muestra más de mi infinita modestia) que son mucho mejores”.

Para empezar, querido escritor, deberías diferenciar entre lo que es un juicio descriptivo de lo que es un juicio valorativo. Si digo María se hurga la nariz sentada a la mesa, estoy emitiendo un juicio descriptivo que explica cómo es el mundo y las situaciones que en él se dan, mientras que si digo Está mal que María se hurgue la nariz sentada a la mesa, estoy emitiendo un juicio valorativo, y los juicios valorativos, incluidos los de tipo moral o los socialmente aceptados, están relacionados con nuestros gustos y preferencias personales. Así que calificar una obra literaria de truño ya me diréis qué relevancia tiene…

Considerar la literatura un arte me parece apropiado. Ahora bien, ¿todas las novelas son arte? ¿La valoración del arte es subjetiva? Es más, ¿haber escrito y (auto)publicado una novela te convierte en artista y, por consiguiente, mereces ser editado y distribuido y publicitado como X y Z? Si has respondido afirmativamente a estas cuestiones, deja de leer ahora mismo, te llaman a filas, acabas de engrosar el ejército de los escritores ilustrados/frustrados del mundo y en Twitter (y otras redes sociales) dispones de tu propio muro de las lamentaciones. Si, por el contrario, respondes negativamente o albergas dudas, estás salvado o aún puedes salvarte.

Veamos qué es esto de la subjetividad del arte, que no es tarea sencilla. Si el arte es subjetivo, significa que el objeto artístico (novela, cuadro, escultura o lo que sea) en sí no posee la cualidad de arte, sino que esta cualidad se la atribuye el sujeto que lo contempla (o lo lee), que lo piensa o lo siente como tal. Sin embargo, estoy seguro de que cualquier persona sensata (iba a escribir normal…) intuye que una novela (aunque solo lo piense de las que haya escrito ella) es arte porque posee algo de lo que carecen sus zapatos, las lechugas de su huerto y muchas otras novelas que se han escrito, se escriben y se escribirán alguna vez, y este algo (Lorca lo llamaría duende) proviene, para empezar, de la maestría con que se escribe. Como sabréis, arte proviene del término griego techné, que vendría a significar ‘habilidad, técnica, dominio de un oficio’, así que si no dominas la lengua en que te expresas en todos y cada uno de sus niveles, y no dominas el género al que se adscribe tu obra, puedes ir pensando en otra cosa. Y la cosa no consiste solo (como si fuera poca cosa) en escribir bien porque, parafraseando a Bolaño, esto lo puede hacer cualquiera…

Desde luego, otro factor fundamental a la hora de determinar qué es arte y qué no lo es, sin duda, es el valor estético de la obra, su capacidad para generar belleza en sus lectores/espectadores, entendiendo belleza en un sentido amplio, ligado a la capacidad de embelesarte, maravillarte o emocionarte.

Al dominio de la técnica y al valor estético, además, habría que sumarle la intención artística de quien produce esa obra, porque sin intención no hay obra de arte que valga, esto es de perogrullo porque quien pretende publicar (que no escribir, para escribir puede haber muchas otras razones) se supone que tiene entre ceja y ceja producir una obra de arte, o así debería ser. Es decir, que podemos considerar que un amanecer o un anochecer son bellos, pero no los consideramos obras de arte como sí lo hacemos, por ejemplo, con La noche estrellada de Van Gogh, supongo que se entiende.


Bien, por fin he escrito mi novela y, como creo que se corresponde con las intenciones artística y estética con que la inicié y hago gala de mi dominio de la técnica narrativa en ella, la autopublico (porque no tengo padrino, claro está) y, si no tiene éxito, me explico a mí mismo, y a quien quiera prestarme un mínimo de atención, que mi fracaso se debe a la subjetividad con que es juzgada toda obra artística. Incluso rastreo en Internet casos sonados de escritores, almas gemelas, cuya maestría no fue reconocida en vida, pero que la posteridad ha aupado al Olimpo de los Letras, y les digo a mis detractores: ¡Mirad, mirad, envidiosos, a D y a F les ocurrió exactamente lo mismo en su tiempo, y ahí los tenéis, bien a la vista en vuestras estanterías!; creo que empieza a quedar claro por dónde van los tiros… y es que la objetividad, ya que hablamos de ella, debería empezar en uno mismo. Pongo un ejemplito pedagógico:

Una vez que se dio por acabado el confinamiento, me regalaron una bicicleta de montaña y empecé a realizar salidas cada vez con mayor asiduidad. Contaba cuarenta años por entonces, y aunque los principios fueron duros, he ido mejorando. Mucho, diría yo. A esa primera bici de montaña la ha seguido una de carretera, que es lo que realmente me gusta, rodar y rodar y subir puertos; aunque me cueste lo mío, me lo paso bien y lo disfruto. Pues bien, como creo que es lógico, y hasta recomendable, al ver que mejoraba y que empezaba a ser más fuerte y mejor que otros ciclistas (esta sensación es mucho más evidente con la bici de montaña; entre sus practicantes abundan los que solo salen una vez a la semana; los carreteros suelen entrenar más días y, por consiguiente, suelen ser más fuertes), algunos días me he sentido capaz de ganar el Tour de Francia, la París-Roubaix y lo que se me ponga por delante. Hasta que ha llegado un puerto y un ciclista veterano que lleva treinta o cuarenta años entrenando y me han sacado de punto a las primeras de cambio. Ergo, nunca ganaré el Tour, puedo garantizarlo con total objetividad. Es más que probable, incluso, que nunca llegue a ganar una carrera para aficionados, pero eso no va a hacer que me queje de la suerte de otros ni, mucho menos, que deje de montar en bici. El problema de la literatura, ¿veis por dónde voy?, es que no existe puerto donde medir la fuerza y la resistencia de tu novela con las de X y Z. Así que siempre se puede apelar a la (falsa) subjetividad para justificar que no te editen, que no te compren o que no te valoren. Si al final todo se debe al capricho de un juicio valorativo, puedo reducir el éxito o el fracaso de una novela a una simple cuestión de buena o mala suerte. Oye, y así no tengo que confesarme a mí mismo que no soy un gran escritor, entre otras cosas porque sí lo soy, realmente es así, y de los mejores…

Aún nos queda una cuestión no menor por resolver: si he escrito mi novela, si domino el oficio (como todo oficio, la escritura se puede aprender: leyendo o acudiendo a talleres literarios, por ejemplo) y si tanto mi intención artística como mi intención estética se dan por supuestas, ¿quién decide si es realmente buena o no? No, si estás pensando en tu familia y tus amigos, incluidos esos otros escritores que, como tú, andan a la caza de una primera edición en una de esas demoníacas editoriales que solo tienen un NO por respuesta, te estás equivocando. Quien debe decidir que tu novela es una obra maestra (una joya, decía la usuaria ilustrada/frustrada), lamento decírtelo, debe pertenecer al mundo de las novelas: editores, libreros, profesores de literatura, lectores (gran número de ellos), etc. Me explico, de nuevo, con un símil ciclista: imagina que estás viendo la etapa que decidió el pasado Tour de Francia junto a un amigo. A ti el ciclismo te suena a siesta de las largas, a tu amigo, en cambio, lo apasiona. En dicha etapa, con final en el Col du Granon, el Jumbo-Visma destrozó a Tadej Pogačar gracias a una estrategia basada en ataques continuados de sus grandes bazas para la general, Vingegaard, a la postre ganador, y Roglič, lesionado de gravedad etapas antes y que actuó de señuelo. Así que tu amigo, emocionado por el espectáculo, no deja de maravillarse con la estrategia, de ponderar el sacrificio de Roglič, de felicitar a quien ha diseñado el plan para vencer al invencible, de entusiasmarse con la fortaleza del danés o de lamentar, finalmente, la derrota del ídolo en el Granon. A ti todo eso te suena a chino, el ciclismo no solo no te gusta, sino que te aburre soberanamente. ¿Vale lo mismo tu opinión que la de tu amigo? No, como es lógico. Él lo sigue, a lo mejor lo practica, conoce las estrategias y sabe de su dureza, y un largo etcétera que a ti se te escapa. Por esa razón los juicios de tu amigo cuentan más que los tuyos, él pertenece al mundo del ciclismo y tú no. Por esa razón tus opiniones no son relevantes y las de tu amigo sí. Pues lo mismo sucede cuando hay que valorar la calidad de una obra literaria (si queréis saber más sobre la definición institucional de arte y qué significa la expresión el mundo del arte, os recomiendo buscar información sobre George Dickie y Arthur Danto, ellos lo explican mucho mejor que yo).

No puedo acabar este largo post sin dar respuesta a la pregunta ¿quién publica hoy?, entendiendo publicar de la forma tradicional, es decir, a través de y gracias a una editorial. Pero no voy a dar mi opinión al respecto, que la tengo y muy clara, sino datos: al hilo de todo lo que vengo comentando, hace escasas fechas El Español, en su sección El Cultural, publicaba un artículo titulado “Los diez mejores jóvenes debutantes del año en novela española”. Primera sorpresa, el título no es “Los diez mejores ahijados debutantes del año en novela española”. Qué raro… Si habéis hecho clic en el enlace, habréis comprobado que todos y cada uno de los escritores que se nombran tienen formación en esto de la literatura y/o han trabajado en el mundillo literario: tenemos licenciados, profesores, doctores de universidades como Princeton, la Queen Mary de Londres o la Autónoma de Madrid, editores, guionistas, dramaturgos, poetas… vamos, querida amiga ilustrada/frustrada, personas cuya trayectoria personal, académica y profesional irradia garantía de calidad, que, a la postre, es el primer paso para que te den una oportunidad. Un malpensado podría llegar a decir que el padrino no parece ser el factor determinante, ¿cierto?. Pero seguro que se trata simplemente de eso, de un malpensado amargado que no tiene ni idea de lo que habla, ¿y los de El Español? Unos vendidos, seguro.

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