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Blog personal de Alfredo Martín G.

70. El espectro de las navidades pasadas

En 1988 se estrena Los fantasmas atacan al jefe (Scrooged), película dirigida por Richard Donner y protagonizada por el genial Bill Murray, una nueva versión paródica, con más pretensión que éxito, de la dickensiana A Christmas Carol (1843).

Como sabéis, durante el filme Francis Xavier Cross, Frank, para los “amigos”, el ejecutivo televisivo interpretado por Murray, trasunto del viejo avaro y egoísta Ebenezer Scrooge de Dickens, recibe la sucesiva visita de tres fantasmas durante los días previos a la representación en directo, precisamente, de Cuento de Navidad.

En efecto, como en la obra de Dickens, los tres fantasmas son la encarnación, si se me permite aplicar tal sustantivo a unos espectros, de su pasado, su presente y su futuro, y su misión consiste en mostrarle gradualmente a Cross cómo se ha ido convirtiendo en un ser cruel y despreciable, y de qué manera su forma de ser se ha llevado por delante las vidas de los desdichados que lo han amado alguna vez.

Es decir, en Los fantasmas atacan al jefe se parte de una situación feliz, la infancia del protagonista, que nos conduce a una situación cada vez más triste que desembocará, en el futuro, en la muerte en soledad del protagonista y en un final terrible para aquellos que alguna vez fueron sus seres queridos.

Pues bien, no sé si se debe a la proximidad de la Navidad, pero yo mismo he recibido la visita de mi propio fantasma del pasado. Que me perdone la persona en cuestión, lo de fantasma no es más que un juego tonto para situar lo que viene a continuación, ni por asomo se me ocurriría calificarla de tal forma, porque sería grosero y porque no lo pienso en absoluto. Al contrario.

Sea lo que fuere, hace unos días me contactó una persona a la que conocí en mi infancia y con la que durante muchos años mantuve una buena y más o menos estable relación, y cuyo recuerdo guardo en el cajoncito de las personas que aprecio. Luego, por el mero hecho de existir, nos distanciamos. Ya sabéis, los primeros buenos amigos se convierten en viejos amigos; donde unos amigos desaparecen otros irrumpen con fuerza; unos hacen sus vidas por allí, y otros, por aquí; los intereses comunes dejan de serlo; llega la descendencia, que todo lo cambia… en fin, lo que es la propia vida, no estoy descubriendo la sopa de ajo.

La cosa es que ya nos habíamos vuelto a encontrar alguna que otra vez y, la verdad, nos habíamos saludado con cariño y el hecho de volver a coincidir nos había hecho ilusión. No hubo fingimiento en las muestras de afecto (tampoco tenemos por qué fingir estas cosas a estas alturas de la vida, digo yo, quien no aporta, o te molesta, o te incomoda, suele ser ignorado, exiliado a la parcela del olvido de donde solo tiene permiso para volver, acaso en forma de chispazo, el tiempo en que tarda en volver a ser descartado), esas cosas se notan. Pero una cosa es saludar y otra, bien distinta, es tener tiempo para hablar. Ya no ponerte al día, hace tiempo que eso es imposible, no se pueden recuperar vidas, me refiero a tener una conversación que vaya algo más allá del qué tal estás y del cómo me alegro de verte.

La razón primera por la que me contactó poco importa para estas líneas que ahora escribo, zanjaré el asunto diciendo que se trataba de temas personales entre esa y otras personas, de los que yo estaba al corriente, pero sobre los que no tenía todos los detalles, o todas las versiones, mejor dicho, y tampoco me había preocupado por tenerlos, lo reconozco. No soy persona que vaya a juzgar a otra por lo que una tercera me cuente, ni me voy a decantar por un bando u otro de los que entren en conflicto si yo no soy uno de los actores implicados. Para eso suelo recurrir a mi propia experiencia y a mi propio juicio, que, errado o acertado, para eso lo tengo. Así que si lo que le preocupaba a quien me contactó era lo que yo pudiera pensar sobre lo que me estaba contando, no tenía por qué.

Sin embargo, la conversación (escrita) siguió avanzando hasta que llegamos al punto que me ha llevado a escribir este post: entre sus recuerdos de nuestra relación conservaba dos momentos que yo había olvidado por completo (recordaba muchas más cosas, como yo también las recuerdo, las mismas y otras diferentes: ¡es curioso cuántas versiones distintas puede tener una misma vida!). Curiosamente, no me avergüenza decirlo (quienes se avergüenzan siempre callan), se trataba de dos momentos en los que yo no me había portado bien, uno de acto, siendo niño, y otro de palabra, siendo adolescente. En descargo de esa persona (¡como si algo así necesitase de justificación o defensa, un mini punto para mí, por campeón!), diré que en todo momento le quitó hierro a ambos asuntos, como si se tratase de aquellos sucesos que hace unos años se excusaban, y acaso se ocultaban, bajo el manto del “son cosas de niños”. Pues sí, son cosas de niños, pero hoy sabemos, o deberíamos saber ya, que esas cosas de niños pueden ser, y en realidad lo son, graves. ¡Pero si me las estaba recordando más de treinta años después de que sucedieran, cómo no les iba a dar importancia!

Cierto es que, en ese momento (no quiero guardarme nada en lo que se refiere a mí mismo), le dije a mi pareja, con quien había ido comentando la conversación, que X me estaba leyendo la cartilla, que era mi espectro de las navidades pasadas y que pretendía ajustar cuentas conmigo. Y yo no pensaba excusarme, sino todo lo contrario. Como se suele decir, todo el mundo tiene un pasado, y yo tengo el mío, y hay muchas cosas (bueno, igual no tantas, pero sí un número considerable de ellas) que me gustaría cambiar. Mi yo pretérito no siempre soporta la mirada de mi yo presente, y espero que aún tolere peor la de mi yo futuro, en eso trabajo y esa es mi aspiración, y supongo que coincido con todas aquellas personas que quieren ser consideradas buenas. Y para ello, mucho me temo, debo reconocer, enfrentar y mitigar las sombras que conviven con mis luces.

Además, como padre que soy, este es otro detalle importante, no me gustaría que mi hija pasase por algo semejante, ni como agente ni como paciente. Recordar algo más de treinta años después, por leve que sea, significa, precisamente, que de leve no tuvo nada. Y así lo sentí yo, por mucho que la conversación diese mucho más de sí y lo único “negativo” fuese el detonante de este post. Lo que mejor y más recordaré de este reencuentro, lo habéis adivinado, será esto.

¿Qué hice al respecto? Pues lo único que podía hacer: pedir disculpas y reconocer que no estoy muy contento con esas y otras cosas de mi pasado (supongo que a todo el mundo le ocurre algo parecido), y reconocer que en el imposible caso de que pudiese volver atrás siendo la versión de mí mismo que soy hoy, me comportaría de manera diferente. Porque entiendo a la perfección a esa persona, entiendo esa necesidad de expulsar de una vez por todas esos quistes de existencia que se resisten a disolverse naturalmente. Al contrario, siempre siguen contigo, y por mucho que te lo repitas, nunca acabas de acostumbrarte a ellos. Si para expulsarlos tienes que decírselo a quien te los causó, aunque sea más de tres décadas después, que así sea. Solo espero que a esa persona le ayudase soltar ese lastre, porque a mí me ha ayudado. Quizá no sea consciente de ello, pero desde el presente, con la voz del pasado, ha hablado con mi yo del futuro.

Siento que viajo en dirección contraria a Frank y al viejo Scrooge…

Gracias, espectro de las navidades pasadas.

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